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nicia un año más de la revista literaria de Lagos de Moreno. Las esperanzas y anhelos de todos están puestos en este 2021; queremos olvidarnos del año infame, y de una vez, comenzar los nuevos felices años veinte, pues no solo inicia un año, sino también una década. La forma de comenzar el digital rumbo de este can en el 2021 es con una diversa selección de obras del castellano, creadas por autores de ocho países: Venezuela, Argentina, Perú, Colombia, Chile, Guatemala, España y México; de este último, relatos y poesías de cinco estados están resguardadas aquí: Jalisco, Guerrero, Chiapas, Chihuahua y Ciudad de México. Es vasta esta selección, pero sobre todo es apasionada y llena de visiones y cosmogonías, una diferente de la otra. Entonces, demos por iniciada esta larga carrera de doce meses, esperando que el 2021 nos sorprenda para bien, o, ya de plano, que mínimo no nos agarre a chingadazos. Amaury R. Ledesma

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Sobre el autor: (Venezuela, 1984). Profesor egresado de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador- Instituto Pedagógico de Caracas. Ensayista y escritor. Corrector de estilo de la revista Gaceta de Pedagogía. En cuanto a sus publicaciones, las mismas han aparecido en revistas de investigación como Gaceta de Pedagogía (UPEL-IPC), en Letras (UPEL-IPC) y Dialéctica (UPEL). En narrativa ha publicado en las revistas: El elefante azul, El morador del Umbral, El gorrión ahorcado, Artesiente, Juggernaut, Marginalees, Perro Negro de la Noche, Revista Literaria Pluma, y Almicidio; en las antologías Microcuentos y relatos Sublime Mujer, Microcuentos de terror en tiempos del Coronavirus, La vida, Conspira y Almas confinadas.

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«La muerte me guiñe un ojo» Txus de Fellatio

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sa tarde, en el banco encallado sobre el verde césped del parque y, apenas a cuatro metros de la baranda que cercaba el mismo, la bahía se dibujaba gratamente frente a los observadores. Allí, en ese lugar, caía el atardecer más hermoso que jamás se hubiese visto en la ciudad. El mar reflejaba con sutiles trazos los colores más divinos que se pudiesen imaginar. La niña vestida de harapos, largas trenzas con pequeños grumos entre sí y con los zapaticos rotos, se veía cansada en la distancia, había caminado durante muchas horas. Se sentó en el banco y abrió sus ojos un tanto desorbitados, mientras su respiración se normalizaba. Los transeúntes pasaban y la veían. La pena les embargaba el corazón cuando divisaban que la pobre niña, maravillada por el atardecer, necesitaba ayuda, pero no hacían nada al respecto como ocurre en estos casos. —¿Puedo sentarme contigo? —inquirió una alta y desgarbada anciana cuya sonrisa se intentaba dibujar trabajosamente en su rostro. La anciana no obtuvo respuesta a su pregunta. Entonces se sentó plácida al lado de la niña, se puso a dibujar los contornos celestes junto a su recién adquirido embeleso. —¿Cómo te llamas? —una nueva pregunta y la respuesta tampoco consiguió obtener. No obstante, escuchó muy de cerca cómo el estómago de la niña daba fuertes alaridos en alarma de no haber comido en días. La niña se llevó las dos manitas al mismo como para tratar de calmarlo. La anciana mujer sacó una roja y apetitosa manzana que acercó a la niña. Esta sin pensarlo dos veces la tomó y le dio dos rápidos mordiscos. El néctar de la fruta corría por los labios de la infante, mientras sus ojos, ávidos de placer, no se apartaron de la pintura que estudiaba desde hacía horas. De pronto, cayó en cuenta que había sido muy descortés con la anciana y le hizo un gesto de ofrecimiento mientras su boca disfrutaba un tercer mordisco. —No gracias, no me apetece —señaló la anciana mientras intentaba sonreírle a la niña. «Es una extraña mujer», pensó para sus adentros la niña. Llevaba el cabello largo hasta taparle los ojos, era cenizo, tan cenizo que parecía nieve, nieve como una de las noches de invierno en la cual la niña había estado a punto de morir de asma e inanición por no haber probado bocado durante una semana. Un mal recuerdo sin duda alguna. —Hummm, debería probar al menos un poco, está deliciosa —expresó la niña de manera inocente. Un niño pequeño, de unos cinco años, caminaba muy ufano frente a la niña de la banca sobre el césped, y al verla, dibujó una sonrisa enorme en su cara, pero cuando detalló a la extraña mujer, se congeló del susto. Sus padres lo llamaron varias veces y al fin reaccionó mientras las lágrimas procedían a ser expulsadas por las comisuras de sus grandes ojos marrones. Aquella mujer le provocó miedo. —¿Esperas a alguien? —quiso saber la anciana. —No, no espero a nadie —respondió primero y luego corrigió—. En realidad, sí — Ahora con el apetito un poco más calmado—, espero a mi mamá. Este era su lugar favorito y me gusta pensar que algún día la encontraré aquí mismo y podremos estar juntas para siempre—. Ya la niña no tenía más lágrimas para llorar tras este comentario porque la vida que le había tocado vivir las había secado por completo. —Entiendo. Yo tampoco tengo madre —exclamó la mujer. Sus labios intentaron dibujar una sonrisa forzada. No importaba, de cualquier modo, la niña no la observaba en lo

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más mínimo, porque su pena era mayor al saber que aquella mujer compartía la misma razón para estar triste. Aunque esa tarde había sido calurosa, la niña sentía muchísimo frío y recién se daba cuenta. Observó entonces el cielo mientras una estrella fugaz desaparecía rápidamente y cerró sus ojitos para pedir un deseo. —¿Qué has pedido? — quiso saber la ceniza mujer. —No puedo decírtelo porque después no se cumplirá mi deseo —sostuvo la hermosa niña. —Eso no lo puedes saber a ciencia cierta. Te prometo no decírselo a nadie —la extraña tenía razón, no se lo diría jamás a nadie. Por alguna extraña razón, la niña confiaba en ella. Frotó sus manitas mientras que de su boca salía un pequeño círculo helado. —Pedí estar con mi mamá para siempre. Eso pedí —de pronto, sintió la mano de la extraña sobre la suyas y para su sorpresa, era cálida, muy tibia. Desvió su mirada y creyó que sus ojos le jugaban una mala pasada: su madre estaba junto a ella. ¡No podía ser cierto, eso era imposible! Aunque no salía de su ensimismamiento, veía el rostro, pero no los ojos de su madre. —Tranquila, no pasa nada, aquí estoy, querida —dijo su madre. —¿Estaremos juntas para siempre, madre? ¡Estaremos juntas para siempre! — exclamó mientras sus ojitos se cerraban y se acurrucaba en el cálido pecho de su madre. —Si eso deseas, así será, mi pequeña. Descansa tranquila —sus tibios y largos brazos arroparon aquel minúsculo y febril cuerpo mientras pequeñas lágrimas similares a la escarcha cayeron del hermoso rostro. La pequeña niña ya no supo nada más de sí ni de su madre. Así debía ser, ya no hacía falta… A la mañana siguiente, un vagabundo consiguió a la niña recostada en el mismo banco sobre el verde césped del parque. Parecía un pequeño querubín rendido tras una dura faena. Una muñeca de porcelana. Tenía un nuevo vestido y su rubio cabello ya no iba trenzado ni sucio, sino limpio y armado en bellos bucles, su angelical rostro sonreía porque ya no tenía de qué preocuparse. El vagabundo se le acercó y besó su frente como cuando un padre demuestra su amor a una hija. Su compungida alma lloró, no hacia fuera sino hacia adentro frente a las injusticias de la vida. Al frente de la niña que yacía sobre el banco, una niña vestida igual observaba la escena, pero no la entendía. Se sintió muy triste, aunque no entendía la razón. Aferrándose a la tibia mano de su mamá caminó unos cuantos pasos. —Más adelante lo entenderás —dijo de manera tierna la mujer. Porque a veces la muerte, esa extraña mujer, toma la figura de alguno de nuestros seres queridos.

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Sobre la autora: Ale Montero. Acapulco, México. 1995. Lic. en Psicología y psicoterapeuta. Publicó el poemario La locura del poeta. Ha publicado cuentos y poemas en la revista La Testadura, revista Zompantle, revista Almicidio, revista Tabaquería, revista Elipsis, Iguales revista, Granuja revista, Mar de tinta -edición creativa, gaceta número dos del Circuito Independiente de Arte Morelia, MEUI Revista Cultural, Teresa Magazine y en Cuadernos de taller, medio de difusión del taller literario Desierto, mar y letras. Colabora en el proyecto literario El ocaso de las letras.

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L

a ira recorría mi sangre. No podía contener más la intensa furia escapándose por los músculos de mi mano. Tuvimos la discusión que se repite diariamente. Sentí un insoportable hartazgo: quería descargarlo con puñetazos y gritos. Tomé el cuchillo de cocina. Me dirigí a la habitación. Se escucharon inconsolables gritos. Las paredes se mancharon de un color rojo resplandeciente. El suelo se inundó. Cuando regresé al comedor me quedé sin aliento del susto. Me arrodillé. Lloré tanto que me dolió la garganta. Me puse una soga en el cuello. Me paré en una silla. Mi cuerpo quedó suspendido. Esto lo pude evitar si hubiera notado que sobre el comedor había un regalo de cumpleaños con una tarjeta que tenía escrita una palabra: perdón.

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Sobre la autora:

Zulema Holguín Sánchez. Nació el 9 de agosto de 1992 en Parral, Chihuahua (de nacionalidad mexicana). Estudió la Licenciatura en Filosofía y Maestría en Educación Superior en la Universidad Autónoma de Chihuahua.

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e vez en cuando me quedaba observando las luces en movimiento de los carros, imaginando que conducía uno, hasta que el semáforo cambiaba a rojo. Entonces, como siempre, montaba un show de cincuenta segundos enfrente, lanzando las pelotas al aire, atrapándolas, fingiendo entusiasmo —¿quién se alegra de pasar el día bajo el intenso sol y la noche con el frío encima? —, sobre todo en tiempo de frío, de no saber si cogerías un resfriado o una neumonía. Llevaba demasiadas horas intentando juntar unas monedas, y a diferencia de mi compañera; que siempre portaba un grueso abrigo, yo no tenía más que un suéter ligero. Después de toda una vida trabajando en lo mismo, mi tolerancia a los climas contrastados era evidente, pero ese día el frío pegaba duro y las noticias anunciaban un nuevo virus mundial. Cosa que desconcertó a todos. Las personas debían recluirse en sus hogares durante un tiempo, pero ahí estaba el detalle; los indigentes y pobres como yo no teníamos más opción que confinarnos en algún sitio a la intemperie; con el cielo como testigo de nuestra miseria, con su cobijo universal y desinteresado. Todo lo que quería era que pasara la pandemia y que el semáforo rojo que anunciaban las noticias, y el cual hacía referencia al no acostumbrado, pasara a verde. Trabajar de perdida con la tranquilidad de saber que el virus no nos alcanzaría un día de esos en las calles, o en la noche mientras nos cubríamos con un pedazo de cartón que simulaba ser una delgada hoja de mármol; endurecida por lo helado del clima. A pesar de ello mantuvimos la buena vibra entre los nuestros. La vida nos había jugado sinsabores tantas veces, que ya en el fondo agradecíamos estar vivos. Palomo era el más optimista del grupo. Era un perrito blanco con manchas oscuras en las patas, parecía que había nacido con botines incluidos, como si el destino arrepentido de mandarlo a nuestro triste nicho lo compensara con los botines. Llegó una noche de lluvia, con la mirada triste, el cuerpo escuálido y aullando como si estuviera en un concurso para perros; premiar al que mejor alertara sobre la presencia de la muerte. Palomo era así; podía percibir cosas que nosotros no veíamos ni sentíamos, avisarnos de los peligros de la noche y protegernos del enemigo. Cuando llegó le ofrecimos un poco de nuestra cena y desde ahí su compromiso de acero surgió. Nos seguía a todos lados, más a mí, intuía que yo lo quería más que el resto. Pero triste aquella madrugada, cuando decidí pelear con otro desdichado por una manta de estambre, esta parecía que cubría mejor el frío. La encontré en un vertedero. Donde estaba un tipo extraño, no en su aspecto similar al mío, sino en su exagerado estado de ánimo; brincaba entre la podredumbre, como si hubiera encontrado un tesoro en el lugar menos probable. Más tarde supe el motivo de su exaltación, minutos atrás, sobre un cúmulo de ropa maloliente había encontrado una navaja oxidada, —¿quién se alegra de encontrar una navaja oxidada? —, se preguntaría extrañado el resto, aquellos que no necesitan de mucho o de nada, no obstante, las personas como yo sin duda alguna apostaríamos por el rol que jugaba aquel sujeto en el momento. Feliz bajo la promesa de protección de aquella herramienta, como si ahora pudiera andar a sus anchas, recolectando de aquí a allá, y de allá a acá. Intimidando todo aquel que considerara una amenaza y como si el virus este le fuera hacer los mandados. Ese día, en la madrugada trabajaba. Burlaba la brisa helada a través del movimiento mientras rezaba para que el virus no se instalará en mí. Después de unos minutos encontré la manta y la sujeté entre mis brazos. Hasta que sentí un jalón que me hizo caer al suelo, era aquel individuo tratando de quitármela. Indignado ante su acción e ignorando que portaba la navaja le hice frente, y rodamos unos metros hasta que el Palomo se le lanzó. Quitándomelo de encima. Fue en ese instante que escuché un fuerte chillido. El Palomo estaba herido; desangrándose y haciendo esos ruiditos que le parten el alma a cualquiera, moviendo la cola porque estaba haciéndole cariño. ¿Qué había hecho yo para merecer aquello? Ambicionar la

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manta, por supuesto. Quería llorar y reprocharle a Dios, si es que existía, aquel acto desgarrador. ¿Por qué el Palomo que no le hacía daño a nadie? ¿Por qué sus formas misteriosas e injustas de ser a veces irrumpen de esa forma? Ese día no fui a trabajar al semáforo, pasé la tarde llorándole al Palomo mientras lo enterraba. Más tarde, intrigado me pregunté el paradero de mis amigos, no los había visto hacía semanas, no me preocupó en el momento, a veces desaparecían por meses. Yo mismo había desaparecido un largo tiempo. Fue hasta que una noche, muriendo de hambre, sed y frío me aproximé a una tienda a pedir un taco. El propietario me acercó una silla, me senté y cerca del calentón comía un tamal y un café que me había ofrecido mientras platicábamos viendo las noticias en la tele; estaba pegada a la pared, a un lado del mostrador. Hablábamos sobre cuestiones donde yo era el protagonista. ¿Que cómo le hacía para subsistir con el nuevo virus? Como si la vida de los pobres les importara, sin embargo, respondía más por gratitud al gesto. Las noticias anunciaban el fallecimiento de miles de personas en el mundo a causa del nuevo virus. Fue ahí que sentí una sensación extraña, de no saber si mis amigos estaban bien, y aunque la mayoría de las veces la libraban, esta vez podría ser la excepción. La locutora me había traspasado su preocupación. Antes de irme el dueño de la tienda me regaló un cubrebocas. Ahí entendí que el uso de esta cosa era vital, al igual que tomar todas las medidas sanitarias; el lavado constante de manos, no salir de casa al menos de que fuera realmente necesario, y de serlo aplicar la sana distancia. Aunque toda esta situación me parecía absurda, no por la gravedad del asunto, sino por el hecho de que pretendían que cumpliéramos con todas las reglas de sanidad, sin tener en cuenta que muchos no teníamos un techo y comida estable. Caminaba pensando en mis amigos, la incertidumbre crecía conforme me acercaba al lugar. Hasta que los vi sentados alrededor de una fogata mientras se frotaban las manos con insistencia. Los saludé y con alegría correspondieron mi saludo. Me acerqué a ellos y después de un rato inhalando el humo me empezó a dar una tos terrible, entonces Martha en forma de broma hizo un comentario con respecto al nuevo virus. Todos comenzamos a reír, más el Pablo que por todo se reía, parecía que en lugar de llorar sacaba el dolor a través de la risa. ¿Quién no tiene pesares viviendo en esas condiciones? Y más aún, por estar a disposición involuntaria de contraer el virus. Yo mismo le seguí el juego, reí para que, de apoco, saliera el dolor atravesado como una daga en el pecho; drenando como sangre, perdiendo vitalidad y fuerza. Energía que se consumía a través del deterioro de nuestras capacidades físicas e intelectuales que se esfumaban entre la indolencia del que más podía. Al día siguiente nos fuimos a trabajar, pero en la mañana noté que Ramón tenía tos y prefirió reposar otro rato antes de levantarse. Cuando llegué al semáforo la calle estaba vacía, en eso escuché un grito y corrí asustado a la calle donde provenían los sonidos y conforme me acercaba se oían más como lamentos, luego, a lo lejos alcancé a ver cuerpos tirados en el callejón. Los familiares lloraban inconsolables, pero ninguno se atrevió a tocarlos, tenían miedo de infectarse y ser los siguientes. Me recargué a un lado de la pared y desde lejos observé personas con trajes blancos de pies a cabeza. Subían los cadáveres para trasladarlos y cremarlos o enterrarlos en fosas comunes, el asunto debía ser rápido, ya que se creía que, de lo contrario, los contagios aumentarían. Asustado corrí para avisar sobre la gravedad de la situación a mis compañeros. Cuando llegué, me llené de pánico, Martha estaba llorando porque el Ramón se nos había adelantado a causa del virus. Le pregunté si habían ido al médico, a lo que ella impotente dijo que lo habían hecho, pero el hospital estaba saturado y

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no tenían más ventiladores, así que esperaron a que se desocupara uno y cuando por fin pasó, le dieron prioridad a un joven que se veía elegante, limpio y como si fuera de clase social alta, no obstante, eso no generó la rabia de Martha, lo que la ocasionó, fue que escuchó a la mamá del joven decir por teléfono: —Le dije que no fuera a esa fiesta, y menos, sin cubrebocas.

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Juan Rogelio (Ciudad de México, 4 de abril de 1994). Cuenta con una página en Facebook (https://m.facebook.com/Juan-Rogelio-108979084074895), donde comparte algunas de sus obras, anécdotas sobre ellas, los sitios en que llegan a publicarse, sus inspiraciones, entre otras cosas. Sus poesías han aparecido en la página del grupo Legüera Cartonera (marzo, 2020); en una antología, del mismo grupo, titulada Desde la cueva. Tatuajes de un tiempo difícil de nombrar (abril, 2020); en el sitio web de Teresa Magazine (mayo, 2020); en Fanzine Parasitosis, #31 (Julio, 2020) y #32 (agosto, 2020); en Perro Negro de la Calle, #47 (agosto, 2020) y #49 (octubre, 2020); en La Letrina, #1 (agosto, 2020); en Revista Elipsis, #1 (septiembre, 2020); y varias de ellas fueron recitadas, por el locutor André Michel, en Spotify, para la colección #AudiosDeConsumo, del grupo Existencias (Julio, 2020). En narrativa, colaboró con un pequeño relato erótico, en el sitio web de Caracola Magazine (junio, 2020); con una minificción, en Perro Negro de la Calle, #48 (septiembre, 2020), en la página Comunidad Tus Relatos (octubre, 2020), y en Delatripa, #45 (noviembre, 2020); y con otra más, en Fanzine Parasitosis, #34 (octubre, 2020), y Perro Negro de la Calle, #51 (diciembre, 2020).

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—¡U

vita, rápido! Esa es la muchacha que te dije. —Cállate, tonto —le dijo la osita, en voz baja—: no tenemos que hablar delante de los humanos nunca. —Tú sabes que no podemos abrir la boca —dijo Triguito—. Y estamos dentro de la vitrina: ella no puede escucharnos. —Por favor, no me molestes —le pidió ella, tristemente, y mirando por la calle a los que pasaban, a todos menos a quien la miraba, a la chica pelirroja, que le veía con ternura. —Uvita, mira rápido, por favor —rogó él. —¿No entiendes que no me molestes? —Rápido, rápido: te está viendo. —Ni porque te lo pido por favor me dejas en paz. Qué ganas me dan de irme de este lugar, para dejarte de… —Uvita, no seas… —¡Déjame en paz! Triguito, triste, bajó la cabeza. Miró que la chica pelirroja continuaba viendo a su compañera, completamente enternecida, pero también un poco triste, quién sabe por qué razón. Vio exactamente lo mismo al día siguiente, y al siguiente. Y estuvo así, por unas dos semanas, siempre viendo a Uvita, quien miraba a todas partes, menos hacia donde estaba esa chica, viéndole con tanto amor y deseando que fuera su osita. Triguito no dejó de insistir, jamás, para que Uvita mirara a la chica, pero ella no le hacía ya mucho caso. De hecho, se empezó a portar todavía más altanera que de costumbre: dejó de hablar y de prestarle atención a todo, no solamente a su necio compañero, sino también a las personas que pasaban por enfrente de la vitrina, al hecho de que el dueño le sacara de la vitrina para sacudirle el polvo, a su propia existencia, a todo. El osito no se imaginaba cuándo la muchacha de los cabellos rojos compraría a su compañera. Esperaba que fuera pronto, porque quería ver feliz a Uvita, aun cuando lo fuera al marcharse de allí. De menos hubiera querido Triguito que ella fuera así como él, que llevaba también algún tiempo en la tienda, pero que no por eso pensaba que nunca llegaría un niño o niña que casi suplicara a su madre que lo comprara, o que llegaría algún chico o chica enamorada a comprarlo para ir a dárselo como regalo a su novia o novio. Se sintió aterrado y triste cuando, una mañana, dos meses después de haber llegado a la tienda, abrió los ojos y vio que Uvita ya no estaba, y que delante de donde ella solía permanecer de pie, el vidrio de la vitrina estaba roto. Con rapidez, corrió hacia el agujero deforme, y vio que, yaciendo en la acera, se encontraba un soldadito de plomo. También vio, con tristeza y horror que, a la mitad de la calle, completamente sucia y destrozada, debido seguramente a las llantas de un camión o un auto, estaba Uvita. En las repisas de abajo, ninguno de los juguetes hablaba, pero Triguito estaba más que seguro de que estaban indignados, porque no cabía duda que Uvita se había valido de la dureza del cuerpo del soldadito de plomo para romper el vidrio de la vitrina, y que por allí se había escapado, para ponerle fin a su existencia…

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Sobre el autor: Juan MartĂ­n Paris. Nace en 1965 en Mar del Plata, ciudad argentina conocida por sus playas y alfajores. Actualmente reside en la Patagonia, Argentina. GeĂłlogo, MBA, Coach y Escritor aficionado, ha colaborado con diferentes blogs literarios.

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e detengo en la puerta. La mujer me pregunta si voy o si vengo. No estoy seguro, es mi primera vez, le pido ayuda. Me contesta que nunca es la primera vez, que no tiene tiempo. Que no es su trabajo aconsejar confundidos. Que vaya al piso ocho a consultar los registros. El octavo está atestado de gente. Tengo sueño. Saco número. Tengo el 1.085.002.183. Todavía faltan más de dos mil números para mi turno, así que tomo asiento, ya que es demasiado tiempo para esperar parado. Me duele el ciático. No es que esté disconforme, pero pienso que las cosas podrían ser más ágiles. Menos burocráticas. Más simples. No soy de quejarme, pero podrían aprovechar las ventajas de la informática. Busco algún buzón para dejar sugerencias, pero no veo ninguno. Veo la gran sala de espera y me imagino que parece una jaula llena de pequeños gatitos esperando ansiosos a ser dados en adopción. Vuelvo de repente a la realidad. Me pareció escuchar mi número. Me avergüenzo por haber estado distraído. Le pregunto al que está sentado a mi izquierda. Por suerte estaba atento. Me señala uno de los escritorios del fondo. Un funcionario me indica que me siente en una silla frente a él. Me mira a la cara. Mira mi legajo. Vuelve a mirarme. —¡Que hace aquí! —me reprende—. El bebé está por nacer. Usted reencarna en cuarenta y cinco minutos. ¡Apúrese! Inmediatamente corro hacia la puerta.

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Nostalgia FotografĂ­a de Demetrio Navarro

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Sobre el autor:

Guillermo Pegoraro (1966 Córdoba, Argentina). Licenciado en Comunicación Social. Licenciado en Psicología. Autor de libros de contenido psicológico como Cápsulas del tiempo, Delirios de un psicólogo, Te perdono, La leyenda de Crhist, Zapatitos de cristal, Sin códigos, Talón de Aquiles y Maldito YO interior.

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arde marchita en la ciudad. En las oficinas de la comisaría Novena no se percibe cambio alguno, salvo por el vetusto reloj de pared que desfila al paso de las horas. El oficial García teclea desde que comenzó su turno, transformando la desazón y el sufrimiento, en denuncias por robo o de violencia familiar. No está solo, son cuatro los que recopilan datos y serán los encargados de investigarlos. En la sala principal varias personas aguardan su turno para denunciar. Algunos, ansiosos, vigilan al reloj de pared; otros, potencian sus oídos para escuchar las historias de tropelías que por allí abundan. De repente, por la añeja puerta del ingreso, dos fornidos policías acompañan a un pobre muchacho desgarbado. La sangre tiñe sus ropas destrozadas, y diferentes hematomas se muestran a simple vista. No lo conducen al calabozo, lo dejan sentado en el extremo del banco de espera. Los que juntan paciencia hasta ser atendidos, sigilosamente se apartan, evitando contagiarse de esas penas. García piensa: «un accidente de tránsito», reflexión alejada de la realidad. A los cinco minutos ingresa ella. Rubia despampanante. Ojos color océano, caderas perfectas para una cintura de princesa. Jeans tiro bajo y pupera blanca. Delicado piercing en el ombligo, piel bronceada y florida mariposa tatuada en hombro derecho. Rostro de modelo… pero muy serio, casi odioso, insuflando fuego. Permanece de pie; y en cada vuelta de minutero, hacia el flacucho envía una mirada asesina… con claras intenciones de atacarlo. Para evitar mayores problemas, García hace pasar al joven, invitándolo a sentarse frente a él. —Campeón... ¿qué pasó? —pregunta el sumariante. El otro con rostro y mirada perdida tarda un buen rato, y al final se explaya; primero con dudas, luego con desazón. Había estado junto a sus amigos en la verja de su casa. De repente, la señorita (señalando a la blonda) acompañada de otra niña, que supone ser una hermana menor, pasaron por delante de ellos. Sus amigos más osados le regalaron piropos, algunos subidos de tono; mientras él, por tímido, mantuvo silencio. García sigue escuchando con atención, pero no deja de pensar con algo de pedantería y soberbia, que esa clase de muñecotas solo están destinadas a hombres con actitud (como él) y no a tristes ejemplares como tiene al frente. El joven continuó hablando, llevando la historia a otro nivel. Resulta, que mientras las chicas evitaban las palabrotas, y sin decir «agua va», lo inesperado: un gran perro marrón se abalanzó sobre las desprevenidas e indefensas mujeres. Sus amigos se paralizaron, pero él no. Como si hubiese ingerido la espinaca de Popeye, y en el único arrojo de valentía de su vida, se lanzó al cruce del enorme can. Lo atrapó antes que las feroces fauces laceraran la piel de las inocentes doncellas… dando inicio a la virulenta reyerta. El animal se olvidó de su original objetivo, y se concentró en el nuevo enemigo. El muchacho comenzó a sentir las garras del animal despedazándole sus ropas, y a los dientes clavarse sin dificultad en sus débiles músculos. Pero él redobló fuerzas; no permitiría que el mastín se saliera con la suya. Lo aprisionó con sus delgados brazos e intentó alejarse de los filosos colmillos. Pero el animal podía más, y él cada vez menos. La batalla estaba perdida para el principiante de gladiador. La fortuna hizo gala. En un estiramiento de mano derecha, alcanzó un trozo de ladrillo y se lo impactó en la cabeza. El gran perro sintió el golpe y quedó atontado. Él se levantó como pudo y luego se presentó como salvador ante las damiselas. La rubia se le acercó y titubeó: «El perro... el perro», y él con el ladrillo todavía en su mano esgrimió una mueca parecida a una sonrisa, como la que habría hecho David con la honda todavía en su puño. La rubia se le acercó y sin preámbulo comenzó a insultarlo y a pegarle cachetadas, exigiendo razones del por qué había agredido a su mascota, que había intentado alcanzarla

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luego de haber saciado sus necesidades en un pituco jardín. El joven antihéroe se dejó maltratar, los hechos heroicos no habían sido escritos para él. De repente, por la puerta principal de la comisaría ingresó un hombre mayor, padre de la rubia. Ambos dialogaron, luego con el oficial de turno y al final con García. Sentados los tres, el sumariante luchó por desviar la mirada hacia el ombligo de la joven, temiendo el enoje del padre. Al final los convenció de no realizar denuncia contra el muchacho, apelando a la piedad y la confusión. Sin mucho convencimiento, los dueños del can se retiraron. Han pasado tres meses, y hoy por la tarde, tomando una exposición por extravío de documentos, García ve a un joven sentarse en el banco de espera. Le encuentra cara conocida, pero son tantas las personas atendidas, que le resta importancia. Lo hace pasar, el otro se presenta: «¿Me recuerda?». García duda, al final responde con un sí. El otro relata: —Ese día me retiré de aquí e intenté llegar a casa, pero por la conmoción me desmayé en el trayecto. Me hospitalizaron y a los tres días se presentó Andrea, la dueña del perro. Atractiva y dulce como caja de bombones. Se había enterado de mi destino y vino a ver cómo estaba. Charlamos un largo rato… yo con sonseras por culpa de mi analfabetismo con mujeres; ella con un léxico preciso, como resultado de su anclada autoestima. Y a pesar que me dolía cada centímetro del cuerpo, me sorprendió como ella acoplaba realidad con fantasía. Me aseguró que ningún hombre conocido o idealizado se había jugado por ella de esa manera, y que de ningún modo le atraían los hombres de fortunas heredadas, sino aquellos que aún en desventaja fabricaban sus triunfos. Hace dos meses que somos novios, y dentro de tres nos casamos. Hoy vine a agradecer su oportuna intervención. El flaco se retiró con un andar de ganador… y García permaneció perplejo dudando a quién atender después; si a la morocha de minifalda o a la cándida anciana por una exposición de ruidos molestos. Sin dudarlo hace pasar a la segunda; deberá darse un tiempo y revisar su actitud hacia el género opuesto, si quiere tentar a la suerte.

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Sobre la autora:

Ale Montero. Acapulco, México. 1995. Lic. en Psicología y psicoterapeuta. Publicó el poemario La locura del poeta. Ha publicado cuentos y poemas en la revista La Testadura, revista Zompantle, revista Almicidio, revista Tabaquería, revista Elipsis, Iguales revista, Granuja revista, Mar de tinta -edición creativa, gaceta número dos del Circuito Independiente de Arte Morelia, MEUI Revista Cultural, Teresa Magazine y en Cuadernos de taller, medio de difusión del taller literario Desierto, mar y letras. Colabora en el proyecto literario El ocaso de las letras.

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esperté una madrugada. Me atormentaban sensaciones en la piel. Me paré dando tumbos. Encendí la luz. Mi piel parecía agua escapándose por pequeños orificios, agotándose lentamente. Con ojos muy abiertos me observé en el espejo. Al tocar mi brazo sentí una gran viscosidad. Me desmayé. Al recobrar la consciencia estaba en una cama. Sentí frío. Yacía en una refulgente habitación. Deslumbrantes luces amarillas provenían de pequeños focos que me apuntaban. Quise sentarme. Tenía sondas penetrando la carne de mis brazos. Me inmovilizaban artefactos orgánicos: sostenían algunas de mis extremidades. Había una muchedumbre apenas perceptible cerca de una zona penumbrosa. Una translúcida silueta se acercó lentamente. Era un ser de gran cráneo e indeterminadas facciones. Alrededor había ventanillas. Me alcé lo más posible para ver el exterior. Afuera estaba oscuro. Al ver hacia abajo noté estar ya lejos del suelo. Escuché intermitentes gruñidos. Me rodeaban seres con gigantescos cráneos, ojos totalmente negros e inmensos, tentáculos membranosos, piernas musculosas y patas similares a las de un dinosaurio. —Ve a dormir a tu habitación —escuché. Abrí los ojos. Había dejado la televisión encendida.

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Sobre el autor:

José Luis García Herrera. Nacido en Barcelona, España, en 1964. Poeta, narrador y crítico literario. Miembro del grupo cultural Versikalia. Fundador de los premios literarios Ciutat de Sant Andreu de la Barca. Ha publicado 24 libros de poesía.

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Cerrar así la noche, con botellas vacías. José Gutiérrez

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copa alzada estalla el vino en la boca y la sangre agita su valor de corsario, fomenta vendavales de fuego y tonadas de esparto que elevan su razón de amarga locura y desuellan la paz severa de la noche. Las respuestas no están en el poso de los vasos aunque bebamos la vida en busca de respuestas. La vida es un desfile de soles ensangrentados atrapados bajo los adoquines de las estrechas calles: ruinas que recorro sin conocer sus límites ni el desorden que extienden entre mis ropas. En esta barra tosca de taberna —anochecida la ciudad— reafirmo la resaca de los días fracasados, el trago ácido de los sueños perdidos en el páramo de la nada; el soliloquio del borracho sin nada que decirse a sí mismo, sin fuerza para mover las aguas muertas de la memoria embalsada tras los ojos. Alzo la copa y una repentina nostalgia me aturde, me delata entre los mimbres de la tierra, entre las leyes que únicamente exigen saber adónde vamos, para quién abrimos la frontera que nos muestra distintos. En el laberinto de humo espeso y agrio resuelvo mi teorema de existencia y retraso la cuenta de los tragos. Para mi desgracia, la muerte acuñó la hiel de la derrota en el fondo de todos los vasos. Brindo por los viajeros de la niebla.

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Sobre el autor: Juan MartĂ­n Paris. Nace en 1965 en Mar del Plata, ciudad argentina conocida por sus playas y alfajores. Actualmente reside en la Patagonia, Argentina. GeĂłlogo, MBA, Coach y Escritor aficionado, ha colaborado con diferentes blogs literarios.

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Extracto de manuscrito hallado en Normandía (1432).

P

rimero desaparecieron los zombis, en nombre de la moral y las buenas costumbres. Pero yo no me preocupé, porque yo estaba vivo. Después se llevaron a los vampiros, invocando la profilaxis, higiene y la salud pública. Pero yo no me opuse, ya que no era vampiro. Luego fue el turno de los fantasmas, espectros y demás espíritus errantes, bajo pretexto de los ruidos nocturnos… de que todos gozaran de un sueño dulce y apacible. Nunca fui fantasma. ¿Por qué debería de entrometerme? Ahora siento que golpean la puerta de mi casa. Pero ya es demasiado tarde. Ya no queda nada por lo que luchar.

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Sobre el autor: Ramsés Ramírez Delgadillo (2006) Originario de Guadalajara. Estudiante de secundaria, fanático de la ciencia ficción, de la música y del cine.

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«L

a vida tal y como parece no tiene metas ni rumbo alguno por el que vagar, solo tenemos sed de incredulidad e insensibilidad ante los demás, por ello el consecuente de un acto mordaz. Por cualquier camino eso no es importancia, queda en blanco, dejando así un sentimiento de tristeza, como una noche en el que el regocijo deja de suceder y comprendes todos los abrazos. Cada día tiende a ser un tiempo inestable, cada vez más estrecho, un pasillo lleno de punzadas, siendo pocas veces las que la brisa se posa dentro; buscando alguna verdadera forma de existir y obtener gratificación por nuestros dichos «logros». Oscura, sucia e incomprensible es la vida, y aunque creamos que suceden momentos buenos, es nuestra imaginación. La meta nunca se logra, moriremos y ya está, esa es nuestra meta racional, el fin de nuestro propio mundo. —Melody. Los rayos del sol no existían sobre las calles, como si el día fuese invisible, solo en un anochecer infinito, con la única luz de faros gigantescos en cada esquina. Eran sombras caminantes en forma de personas, recorriendo de manera perfecta y sin rozaduras al lado de personas las calles. El destino de esas personas era indeterminado; tal vez iban al trabajo, a pasar el rato con amigos, o simplemente ir a comprar comida, ¿quién sabe? Podrían ir a cualquier lado, como todas las ciudades, todo estaba lleno de polvo, agrietado y, nadie se miraba fijamente, sin sentir que alguien de verdad estuviera allí con un corazón latiendo, era como si nadie se conociera. Lo único que nos importaba era estar vivos, en un tiempo en el que moríamos por dentro. La neblina saliente de los pasos, de las luces blancas que reflejaban los autos mugrientos sucios y rotos, de los destellos que dejaban lucir un poco a las personas pasando con su maletín, con su reloj en mano, o su celular, esperando algo, como todos, siendo esclavos del propio tiempo y la muerte, hasta de los recuerdos y el olvido, inclusive de los sentimientos. En alguna casa de las tantas que reflejaban esa luz blanca en las ventanas, en una habitación de las tantas que había por la ciudad, vivía yo, la típica chica que de la cual su biografía tendría dos palabras, alguien que pincelaba su vida como un pintor sin su musa, sin pasión. —¿No ves cómo vivimos y tú sin trabajar? Melody, estamos muriendo de hambre, apenas podemos vivir con el dinero que gano. ¡Eres una desobligada! —daba atención a mi madre sobre su cara. Sus ojos se encontraban friolentos, llenando las mejillas de lágrimas. Sus rojizos labios lanzaban palabras irrelevantes para mi entendimiento a la situación. —¡Deja de drogarte, ya no eres una niña como para no entenderlo! Se movía de un lado a otro gritando de manera agitada por mi habitación. La luz proyectaba completamente el lugar y reflejaba mi cama junto a unas cobijas desordenadas. Estaba situada en mi cama. El éxtasis encima de la suave tela continuaba ahí, haciéndome ligeramente feliz. Volteé hacia el techo, mis pupilas se contenían en el color blanquecino opacado de la suciedad del lugar. Mis pensamientos quedaron vacíos, ya nada me importaba. —Vete de la casa, no te quiero volver a ver aquí —sonriendo histérica al escuchar eso de mi madre, puse mis manos en la cama y me levanté rápidamente, miré a mi madre y cerré los ojos casi cayendo al suelo; tomó mi brazo derecho con fuerza y dije con una voz ininteligible. —Bien, si quieres que mi presencia dejé de estar en tu horrible casa, con mucho gusto lo haré —caminé tomando toda mi ropa y el poco dinero que tenía. Mis pasos se acercaban

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cada vez más a la puerta justo recordando todo lo que viví en esa casa. Los muebles, la cocina, mi cama, el comedor, el baño, las paredes, el piso, mi madre... —Tal vez sea la última ocasión que nos veamos, así que un adiós no sería tan malo, ¿no? —dije con un tono burlón al mismo instante que acomodaba la mochila en la que contenía mis objetos. —¡Vete de aquí! —gritó con demasía sin remordimiento. En aquel momento divisé a mi madre como nunca la había visto, todo estaba derrumbado en su interior, su única razón para poder continuar adelante era yo, su única hija a la que parió, el último verídico dolor por el que valió la pena se iría eternamente de un momento a otro. Olvidar el trágico pasado sería complicado, pero recordar los buenos momentos sería imposible.

Melody y su madre jamás se volverán a ver.

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Sobre el autor: Pierre Turcotte, M.A., nacido en Canadá en 1959, vive en Málaga desde 2016. Tiene un Máster en Literatura de la Université du Québec à Montréal (UQÀM, 1999). Fue editor de la revista canadiense Chanter. Ha publicado poemas, cuentos, ensayos y artículos en revistas y antologías canadienses, francesas, belgas y españolas.

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C

arne jugosa de Argentina amor recompensado de la pampa reducción del sabor al tamaño infinitamente concentrado barbacoa de mi alma aumento de la sensación al tamaño infinitamente grande concentrado corazón sangrante y salado me das la vuelta sobre las brasas como un torturado de la inquisición española soy más feliz que el volcán más rojo entre tus manos.

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Sobre la autora: Irma Lozano Ramírez. Arandas, Jalisco, México. 1973. Ha publicado: en el periódico NotiArandas dos poemas, en el Caballo Negro dos sonetos periódicos locales de Arandas, Jalisco en la página virtual café de letras con algunos haiku e ilustraciones. Ganadora del segundo lugar de los Juegos Florales 2017, Encarnación de Díaz, Jalisco. Con el poemario El umbral Del fénix. Actualmente participando en dos antologías: 1: Los Cuentos de la Campana, libro que se está editando por la fundación del pensamiento editorial de Arandas, Jalisco. Participando con el cuento El sonido de la oscuridad. 2: Mujeres Poetas de los Altos de Jalisco; libro que ya fue publicado por el ayuntamiento de Guadalajara, Jalisco, viendo la luz el 4 de marzo del año en curso participo con dos haiku, otro haiku se tomó como portada para la revista virtual el colibrí https://www.facebook.com/Collhibrirevista/ . Acreedora a un reconocimiento en el II encuentro de poesía haiku llamado Una gota de agua, el cual se llevó a cabo en Zapotlanejo, Jalisco, realizado por la fundación TAU y casa de la cultura Zapotlanejo.

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L

a noche es un cadĂĄver mausoleo solitario desvanezco como el humo de un cigarro. Bodas negras, huesos sin color polvo sin rumbo se trunca mi luz he muerto y no lo sĂŠ.

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L

a memoria del hombre se basa en los pesares del pasado. Me encuentro divagando ahora el pasado, tan cerca y lejos. Y puedo suponer que todo no es más que mi mente fingiendo que el tiempo existe, pero, aunque finja es real, tan real como yo. Que no sé si soy simulado, o en verdad siento, toco, pruebo y bebo. Siento más de lo que toco, y quiero tocar más de lo que siento. Aunque duela, aunque sea tan verdadero; ser esclavo de mis sentidos, pero amo de mi realidad. ¿Cuál realidad? ¿La mía o la que creo tener? Quizá soy esclavo de mi realidad. Quizá soy la realidad de un esclavo. ¿Acaso no todos somos fantasmas en la mente de alguien más? Y yo quiero ser el fantasma de tu vida… Hasta el último latido de tu corazón.

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Sobre el autor:

Juan Luis Henares nació en 1963 en Paraná, Argentina. Profesor en Ciencias Sociales. Sus cuentos han sido publicados en antologías, revistas y webs de Argentina, Cuba, México, Uruguay, Venezuela, Colombia, Guatemala, Chile, Perú, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos. En 2018 fue publicado su primer libro: Lápiz clandestino. Actualmente prepara el segundo. Web: https://juanluishenaresescritor.wordpress.com/ FB: https://www.facebook.com/profile.php?id=100010167552389

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E

l callejón se encuentra despejado; aislados relámpagos iluminan de manera intermitente la oscuridad que reina en esta lluviosa noche de primavera. Aguardo a que el semáforo de la esquina dé paso, así circulan los autos y la calle queda desierta; allí podré salir sin que nadie me observe. Resultó más simple de lo que esperaba. Al terminar con la limpieza guardé mis ropas en el casillero y me despedí de algunos empleados; en caso de ser interrogados, declararán que me retiré en el mismo horario que lo hago a diario. En lugar de ir hacia la puerta trasera me escondí en el baño de servicio. Esperé a que se fueran, minutos después, el silencio me indicó que era el momento oportuno. Me puse los guantes, la máscara —Anonymous de V de Vendetta, famoso personaje, la venden en todo multirubro que se precie de tal— y sigilosa me desplacé a la sala que ocupa Adrián, el guardia que tiene turno hoy jueves. Estaba sentado frente a la pantalla de la computadora; no vigilaba las cámaras de seguridad, sino que se encontraba entretenido con un juego de guerra online. Me acerqué, lo tomé del cuello y coloqué el paño bañado en cloroformo en su rostro. Se resistió, mas de inmediato aflojó su cuerpo. Até sus tobillos y muñecas, pegué varias vueltas de cinta en su boca para que al despertar no pudiera gritar y, no sin esfuerzo, lo arrastré y encadené al pie del lavatorio en el baño. Cerré la puerta con llave. Sucede que me cansé de llevar una vida llena de privaciones. La rutina se repite: limpiar inodoros manchados con caca, fregar con el trapo el piso de las oficinas, lavar la vajilla en la cocina. También soportar empleados machistas que consideran que, al ser quien realiza la limpieza de su mugre, debo estar agradecida cuando me dicen las cosas que me harían en la cama. Y la frutilla del postre: Alfonzo, el hijo del dueño de la Casa de cambio, que hace dos meses me acorraló y manoseó las tetas. Ese día me juré no tolerar más la situación. Por mí y por mi hija. Comencé a planearlo. En los medios, las encuestas mostraban que la oposición triunfará en las elecciones; según ellas, este domingo habrá presidente, sin necesidad de recurrir al ballotage. Los pronósticos se reflejaron en el precio de las monedas extranjeras, que comenzó a subir de manera lenta pero continua. Al acercarse la fecha se produjo la consabida corrida a comprar dólares, cuya cotización alcanzó valores exorbitantes. La actividad se volvió vertiginosa; a principio de semana resolvieron extender el horario de atención al público hasta las veinte. Esto facilitaría mi tarea; ya no debería esperar horas escondida en el toilette, sino que podría hacerlo luego de cerrar el local. Tras asegurar la puerta del lavabo con Adrián dentro, fui a la sala donde se almacenan los billetes; marqué en el teclado el código de la alarma —fue fácil obtenerlo: al realizar la limpieza era habitual observar en detalle a los empleados al introducirlo— y me dirigí a las bolsas repletas de divisas, las que aguardaban al camión de caudales que pasará a retirarlas a medianoche. Descarté las que contenían moneda extranjera: sería sencillo rastrearme al pagar o intentar el canje por pesos nacionales. Cogí entonces billetes locales, llené la mochila con fajos de mil pesos y salí de la habitación. Mis movimientos quedaron grabados en las cámaras, sin embargo, quien debía controlarlas se encontraba maniatado y encerrado. Al revisarlas verán como Anonymous se marchó con el dinero. El semáforo pasa a verde, los coches avanzan. El silencio vuelve a reinar en el callejón, solo lo interrumpe el sonido de solitarios truenos. Parto. Al poner un pie afuera del establecimiento escucho un ruido proveniente de su interior; doy media vuelta, no logro ver nada. Pronto un mareo me invade; lo ignoro y camino con la pesada mochila colgada de mis hombros. Al alejarme me quito la máscara; doblo en la avenida y a la siguiente calle giro a la izquierda: anónima me pierdo entre la lluvia que moja la capucha de mi campera. Arribo

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a mi domicilio, mi sobrina me aguarda. Le agradezco haberse quedado más de lo acostumbrado; le digo que mañana es el último día, el lunes volveré al horario normal. Me saluda y se larga. Mi niña duerme en la cama que compartimos; me acuesto a su lado y juntas tenemos hermosos sueños. A las siete suena el despertador; desayunamos y nos vamos a la escuela. En la entrada me despide con un abrazo inmenso, me besa y grita te quiero. Se me caen las lágrimas; dudo si no renunciar ya mismo al trabajo y ambas retornar a casa. No obstante, es imposible; sospecharían de mí, debo aguardar un par de meses. Transito las cuadras que separan la escuela de la oficina; cesó de llover, y el tiempo sobra, pues entro a las nueve. Me detengo en las vidrieras. En un comercio de ropa infantil me enamoro de una campera de color rojo que le quedará hermosa a mi chiquilla; frente a la zapatería decido que a la salida regresaré a comprarle esas botas de gamuza que tanto necesita. Soy otra mujer, ahora el mundo es bello. Casi sin darme cuenta estoy frente a la Casa de cambio. Pulula la policía; hay patrulleros al frente del local e inspectores de tránsito desvían los coches en dirección a la mano opuesta de la avenida. Me desplazo con disimulo hacia la esquina, transeúntes curiosos se agolpan e impiden el ingreso al callejón. Logro escabullirme y me acerco a la puerta posterior. Adrián con ademanes explica lo sucedido al dueño. Pobre, se lo nota alterado, será difícil convencerlo de que fue sorprendido y encerrado en el baño. Detrás varios agentes, parados en círculo, se amontonan en la vereda. Intrigada me acerco; uno de ellos se hace a un lado. En el centro, tendido en el suelo, el cuerpo de Anonymous con un orificio de bala en su frente decora la escena.

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Sobre el autor: Diego A. de Loayza Castillo nació el 12 de octubre de 1983 en Lima, Perú. Es agente inmobiliario, youtuber y escritor. Su cuento El Maquiportal ha sido publicado en Muerte Súbita N°2 fansize en Lektu, y participó en Uruboros 2020 como panelista.

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E

l Doctor Reyes abre sonriente la pesada puerta de madera tallada con símbolos egipcios de su morada en Las Casuarinas. El último invitado humano de esta histórica velada es el jefe de la unidad de astrofísica de la Agencia espacial del Perú, el doctor Jorge Samanes, quien le devuelve la sonrisa antes de estrechar su mano mientras se disculpa por la demora. Juntos atraviesan el jardín frontal hasta llegar a la sala y le dan una última mirada a la imponente estructura de cables y metal construida por Reyes: el Maquiportal. Amanda lo llama disimuladamente a un lado, Reyes entiende la señal y se acerca a su esposa, ella le dice al oído mientras sus cálidas manos lo abrazan: —¿No sería bueno que tuvieras la pistola de tu cajón contigo? —Reyes aleja su rostro de ella. —¿Cómo se te ocurre eso? Te imaginas qué dirían los invitados, qué clase de confianza les daría. Amanda cierra sus ojos y asiente con la cabeza. —Cambiemos de tema mejor, los tamales ya los tengo listos en la mesa. —Estupendo, ¿y Clara? —Está en su cuarto bien dormida —dice Amanda. Reyes le da un beso a su esposa y la lleva de la mano a la sala, toma una copa de cristal de la mesa y la golpea para llamar la atención de los presentes. El Maquiportal se impone detrás de Reyes, se asemeja a un sarcófago en pie con varios cables, ventiladores, computadores y diferentes paneles que hacen sentir a los trece invitados como si estuvieran a punto de despegar en una nave espacial a otro mundo. —Antes que nada, quiero agradecer a mi amada esposa que durante este año me ha dado su confianza y su apoyo incondicional —los esposos cruzan miradas mientras Amanda se sonroja al sentir la atención de los invitados—. Quiero agradecer también al doctor Samanes por la valiosa ayuda, que sin sus autorizaciones y su apoyo financiero algunos de los artilugios necesarios para el funcionamiento de mi obra hubieran sido imposibles de obtener. Gracias a todos por aceptar la invitación y respetar la privacidad de este evento, espero sea una noche inolvidable. ¡Salud! —¡Salud! — contestan en unisonó. Reyes respira profundo antes de beber un sorbo de la copa y retrocede unos pasos para acercase a la pizarra acrílica empotrada en la pared junto al panel principal que enciende el Maquiportal. —Vamos a avisarles que ya estamos listos de este lado —dice Reyes con desparpajo y procede a tocar varias veces la pizarra comunicando lo dicho por lenguaje Morse. Los invitados miran sorprendidos las marcas que se dejan ver en la pizarra con la respuesta de los seres del otro lado, quienes golpean la pizarra en Morse sin que nadie los vea. —Están listos —dice Reyes sonriente. —Sin más preámbulo, empecemos ya mismo en cinco —todos corean. —Cuatro. —Tres. —Dos. —Uno. Reyes presiona el botón verde del panel principal, las luces en toda la casa parpadean, el sonido de los ventiladores enmudece los murmullos y Reyes lleva sus manos sudorosas a ambos lados de su cuello tocando con sus dedos sus mejillas como si no quisiera que su cabeza se despegara. Una luz ciega a todos, Reyes apoya su brazo en el hombro de Amanda que sostiene en sus manos un cojín rojo con una muestra de bienvenida: un brillante tamal

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de pollo. El humo generado por el Maquiportal se disipa y deja ver una figura verde grisácea que emite un sonido ajeno a este mundo como intentado comunicarse, el sonido perturba tanto a Amanda que deja caer el cojín al piso. Mientras el primer ser de dos metros toca el techo con sus largos brazos, el segundo se le nota ingresando a través del humo. Reyes impide a Amanda recoger el cojín, él se inclina a recogerlo para su suerte aún contiene el plato con el tamal intacto. Con el bocado de bienvenida en sus manos el tiempo parece desacelerarse y antes que Reyes pueda ordenar a sus piernas erguirse, un reflejo rojo se esparce por el brillante piso. Reyes levanta su cabeza en dirección a los dos seres que lo observan con sus múltiples ojos de diferentes tamaños y que sostienen un aparato rectangular que echa humo de sus manos de tres dedos. En ese momento Reyes logra ver de reojo cómo algo borroso se precipita al piso. Al Intentar reaccionar para atraparlo, se corrige en el acto muy a su pesar. Lo que se precipita es algo que le pertenecía a su esposa que jamás pensó intentar atrapar y que al desenfocar su mirada todos sus invitados han dejado caer. Las cabezas hacen un sonido seco poco uniforme al caer al piso. La sonrisa de Reyes se transforma y lo único que piensa, al ver parte de Amanda en el gélido porcelanato, es en su hija Clara dormida en el tercer piso, un dolor de estómago lo aqueja, pero ya no hay tiempo. Casi sin levantarse, Reyes se impulsa hacia atrás y corre a la puerta de la cocina, puede ver el reflejo rojo en la puerta blanca, pero el láser impacta el marco destrozándolo, Reyes aún puede llegar a su hija. Atraviesa la cocina golpeando la mesa a su paso, se arroja a la escalera de servicio, sube los primeros escalones y un rayo impacta la escalera remeciéndola, ingresa a su habitación a sacar el arma de su cajón a una velocidad digna de sus años mozos, arma en mano sale del cuarto y se frena resbalando por el piso recién encerado y cae de rodillas, delante de Reyes la figura alienígena que convirtió su sueño en pesadilla y la docena de ojos que tiene le miran, solo atina a empuñar su pistola apuntando al invasor y cierra sus ojos. Algo extraño sucede, Reyes ordena a sus dedos apretar el gatillo, pero el arma no suena y siente precipitarse al piso. Al caer siente un dolor intenso en el cuello seguido de un mareo y da varias vueltas antes de detenerse. Reyes piensa en cómo el sueño de ser el hombre más admirado de la historia de la humanidad se desvanece, cómo su ambición por la grandeza le ha causado tanto dolor en segundos por la pérdida de su esposa, recuerda cuando la conoció. Se vuelve a mover abruptamente y mira cara a cara a la criatura que le trajo esta desdicha. Se siente muy ligero, todo está nuboso parece una pesadilla, Reyes piensa: «Por favor, Clara no despiertes, por favor nunca despiertes.» La cabeza desprendida del cuerpo de Reyes ingresa al tórax del alienígena.

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Sobre el autor:

Demetrio Navarro del Ángel. Jalisco, México. Nació en 1976. Docente por vocación y escritor por convicción. Uno de sus textos se encuentra en Antología de poesía erótica Trazos tórridos, Ediciones Afrodita (2020). Volutas Volumen I. Fotografía y Poética. Foto Trips MX (2020). Es columnista en la Revista Literaria Engarce, revista cultural mexicana. Algunos de sus textos también han sido publicados en la Revista Literaria Perro Negro de la Calle. Pueden encontrarse cuentos de su autoría en las Antologías de cuento breve Cuentos de Misterio, suspenso y horror (2019), Para un mundo mejor (2018), Todos somos inmigrantes (2017), todos ellos de Grupo Editorial Benma. Finalmente, prosa y poesía en la Revista electrónica Teresa Magazine.

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M

ariana era una niña soñadora, embelesada en las maravillas que la naturaleza le mostraba cada día de su vida. Seguía con su mirada las hermosas flores aladas multicolor que iban de aquí para allá posándose en los capullos abiertos de los rosales de su jardín. Otras veces se mostraba absorta observando desde la ventana de su habitación o desde la ventanilla del automóvil de sus padres las nubes y las caprichosas figuras que se formaban en el inmenso lienzo azul, incluso los insectos y otros diversos animales que podía apreciar le parecían hermosos. Sin embargo, por la noche, entre sueños escuchó una hermosa voz, casi angelical, suplicando que la ayudará. En el sueño, Mariana con sus ojos color miel veía un mundo totalmente diferente, con un cielo grisáceo, el ambiente era poco respirable, de hecho, tocía continuamente, sentía que se asfixiaba, el suelo era de un color café óxido, el verde de los jardines se había esfumado. No quedaba ya ningún rastro de que antes hubiera existido algo con matices verdes, la voz seguía suplicando, pero ella no podía ver a nadie. —¡Ayúdame por favor, bella niña! —¿Quién eres? —preguntó dulcemente Mariana. —Soy Gaia, la Madre Tierra —respondió Ella. Mariana, no salía de su asombro, e incluso, intentó balbucear algo, pero antes de que lo hiciera, la voz continúo su diálogo. —Lo que te estoy mostrando en este momento es lo que puede ocurrir en la Tierra en pocos años. Yo soy la madre de la vida en la Tierra, soy la fuerza generadora de la existencia humana y de todo cuanto existe sobre la faz del mundo, pero ahora estoy agotada. —¿Y dónde estás? —volvió a preguntarle. —Estoy en todas partes, bajo tus pies, en el centro de la misma Tierra, en el aire que respiras, en el cantar de los pájaros, adonde quiera que tus ojos puedan ver, allí estoy yo. Gaia también le dijo: —Estoy cansadísima, porque los hombres se han aprovechado de todo lo que con tanto sacrificio realizo, desperdician el agua, la contaminan, talan los árboles, tiran contaminantes en la Tierra y el mar, y los animales y plantas también lo están resintiendo. ¿Puedes entender eso, Mariana? —Desde luego —respondió ella. —Pero ¿cómo sabes mi nombre? —preguntó Mariana algo intrigada. —Lo sé, porque tú me observas cada día, y aprecias lo que hay en la naturaleza, lo sé también porque escucho a tus padres cuando te llaman y tú los obedeces. —Pero ¿cómo puedo ayudarte yo, si soy tan pequeña, y tú, que eres la Tierra, eres enorme? —Puedes, no importa que seas una niña, con sencillas acciones, tú, tu familia y tus amigos pueden ir logrando diminutos cambios. Imagínate qué lograríamos si todos los seres humanos en el mundo aprendieran y también realizaran pequeñas acciones. —¿Cómo cuáles? —preguntó nuevamente Mariana. —Llevar bolsas cuando vas de compras con tus padres, de esa manera se ahorra plástico, y no habrá tantas bolsas plásticas tiradas o volando por los aires; separar la basura en orgánica e inorgánica, apagar las luces de tu casa cuando no las estés utilizando, regar los jardines cuando oscurezca para que el sol no evapore el agua rápidamente. Hay muchas más, que irás conociendo después, pero con estas que te he dicho en este momento serían suficientes para aportar como dicen ustedes: un granito de arena a la gran tarea de cuidarme. —¡Te ayudaré! —respondió Mariana con gran entusiasmo.

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—Gracias —respondió Gaia—, ahora vuelve a dormir tranquilamente. Desde ese día y hasta hoy, Mariana cumplió su promesa, cuidando la naturaleza. Ella sabía en su corazón que si lo hacía también estaba cuidando la vida misma de la raza humana.

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Sobre el autor:

Gabriel Nucamendi Ovando nació en Suchiapa, Chiapas en el año 2002, ha sido publicado en la revista “Letra Suelta”, fue ponente en la presentación del libro Epistemología: Problemas clásicos y respuestas contemporáneas de Laurence BonJour. El joven actualmente tiene 18 años y cursa el séptimo semestre de la licenciatura en Filosofía en la Universidad Autónoma de Chiapas.

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ú vas por la segunda avenida norte, te diriges hacia el poniente. Es media noche. Recuerdas cómo fue la noche del 25 de diciembre de hace dos años, cuando Julio fumó tanta hierba que empezó a decir que era Aristóteles, y lo que para Aristóteles fue fundar el liceo e ir en contra de Platón, para julio era abrir un nuevo restaurante y mandar al carajo al gerente de donde trabajaba como cocinero, cosa que sí logró, pero robó muchísimas recetas del lugar, el muy hijo de puta. Das vuelta hacia el norte, en la calle tercera. Llegas a una casa amarrilla con puerta blanca, la casa tiene un tejado y no una losa, y abres su puerta. Oyes cómo los perros del vecino, los cuales están sueltos en la calle te ladran, y tú los ahuyentas con piedras que recoges de la acera y con intentos de gritos, que más bien, son susurros. Al entrar, enciendes la luz de la sala de estar. Sientes cómo el calor del foco calienta el clima ya calentado, te sofocas y vuelves a la calle; pero, en ese momento te das cuenta que fue una mala idea, porque el perro del vecino se te abalanza y te desgarra un pedazo de blusa. —Mierda, hijo de puta —dices entre dientes mientras le sueltas una patada al perro. Estás pálida y asustada, tienes el cuerpo frío y tieso, te calmas, y entonces decides volver a la avenida de donde venías.

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Sobre la autora: Yanna Gaab, nació un 2 dos de agosto, para el día del niño, en la provincia de Buenos Aires, Argentina. Es cantante y escritora, ha comenzado en el arte de pequeña, pero no lo hizo profesionalmente hasta hace unos años, con la música. Ahora está comenzando también con la literatura. Ha estudiado teatro, audiovisual, y música de manera independiente. Se define como una persona autodidacta, apasionada y perseverante. Publica textos gratuitos en la plataforma de Wattpad, y ha comenzado a publicar de forma independiente su primera colección de novelas cortas. Define su estilo literario como historias de romance, drama, erotismo y suspenso.

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—S

e acabó, Viktor —respondió con lágrimas en los ojos. —Alejarás a Daiana de mí también, no es justo; esa basura no es el padre —dije gritando. —Él tiene en claro que no es su padre, y que Daiana tiene un padre, no vino a reemplazarte —resopló molesta—, pero como pareja fracasamos. —¿En qué fallé, Sophia? —pregunté derrotado. —No eres solamente tú, ambos fallamos; es responsabilidad de ambos. Nunca imaginé que pasaría, pero ya no quiero atarme a esta relación que murió hace meses atrás solo porque Daiana está entre nosotros. Esa conversación aún me resuena en la mente, han pasado largos meses desde su abandono, y aun me miento porque la realidad es, que llevo intentando olvidar todo de ella. Cada detalle de su cuerpo, de su personalidad. He intentado salir con otras mujeres para olvidarla, pero ninguna de las relaciones que entablé funcionaron verdaderamente, pasaran semanas o meses siempre terminaban en una ruptura. Aún tengo en mente y corazón a Mia. Yo odiaba mentirle, engañarla, fui una persona ejemplar con quien ella pudiera compartir el resto de su vida; por supuesto ella no tuvo los mismos valores, porque no le importó irse con él, con quien ella nombra como el amor de su vida; el mismo con quien me engañó saliendo paralelamente, para quien se vestía y arreglaba, como no lo hacía en mucho tiempo. Todas esas palabras resuenan en mi mente como punzadas agudas que lastiman, ya no quiero escucharlas, cubrirme con una manta o quedarme en un rincón de la habitación con una botella de alcohol no vale de nada, eso no la hará regresar. Son como cientos de voces recordando que no me siento nada, que la perdí para siempre y que jamás volveré a ganar nunca más en mi vida, ella lo era todo y ahora estoy sin nada. Incluso ya tampoco tengo a nuestra pequeña, verla una vez por mes, no alcanza. Claro, la jueza ordenó ese régimen de visitas porque según ellos tengo una ocupación que demanda mucha atención y que una niña no puede estar con alguien así. Desde que Mia se enteró de que comencé a beber, eso lo empeoró todo. Quisiera salir de esta situación, aunque me cueste tengo solo dos salidas, o dejar de existir o seguir adelante, recuperarme y demostrarle a esa sucia jueza que soy un padre ejemplar. Los libros de autoayuda que he leído son una porquería, ninguno me ha ayudado, ni tampoco han traído de vuelta mis dos grandes amores. Daiana llenaba la casa de energía, de alegría. Cada vez que llegaba de trabajar ella estaba allí esperándome en la puerta para recibirme con un fuerte abrazo, era la luz de la casa; ahora todos los colores se han opacado y algunos hasta gris son. Mi pequeña apenas hablaba y ahora incluso sabe hasta leer sus propios cuentos, en unos meses comenzará sus estudios básicos y yo no podré estar ahí. Llevaba tres años y la situación no cambiaba, al menos no para mejor, esto está empeorando. Seguramente en estos últimos meses se acostumbró a decirle papá a ese hombre, ya no tengo exclusividad, ella tiene dos papás. Me siento fatal, si en este preciso momento alguien visitara mi casa no pensaría que es la casa de un hombre soltero, sino que ha estado en un bombardeo continúo, hace tres días que no salgo de la habitación y en el suelo está todo lo que tenía roto, la bronca se convierte en dolor, y el dolor en llanto, llevó tres días así. No tiene importancia cuántos pasaron, para mí son todos iguales, el sol sale y se esconde día tras día, desde el rincón donde me encontraba, me pregunté si alguna vez volveré

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a amar, si alguna vez tendré el brillo en los ojos como cuando estaba con ella. Mi vida no tiene caso, era un estado que me estaba perjudicando incluso en los negocios, aunque prefería estar desalineado en casa, que siendo un hipócrita soportando reunión tras reunión de malditos falsos, mediocres. Mis dos mejores amigos Ethan y Liam suelen visitarme día por medio, siempre que sus ocupaciones se lo permiten. Justamente estuvieron ayer, tras su charla; terminé en el estado actual. —No puedo olvidarla —dije molesto. —No es que no puedes, Viktor, no quieres —dijo Ian en tono firme delante mío. —Deberías acudir a un terapeuta o psicólogo, alguien que te ayude a continuar — espetó mi segundo amigo Ethan. —Largo de mi casa —grité. —Esa no es la solución —comentó intentando calmar mi humor, Liam. —Que se larguen —arrojé un jarrón a la pared. —Yo me voy —espetó Ethan— no tiene caso. —Estás perdiendo todo por capricho —dijo Ian antes de salir por la puerta. —Vete al infierno —grité—, nos encontramos ahí —murmuré—, yo ya estoy ahí. Esa casa ya me estaba ahogando, y borrando el poco juicio que me quedaba tras su partida. Mi pequeña niña, cuanto la hacía sufrir, ella sí quería verme, me extrañaba y yo solo pensaba en mí. Aquella tarde todo cambió, se me había cruzado por la cabeza la idea más oscura o la más acertada por la mente, no sabré nunca si estuve en lo correcto o no, pero fue la decisión más impulsiva que tomé. La premisa era: qué sucedía si dejaba de vivir, si el corazón dejaba de latir y los pulmones de recibir el aire necesario; sería un recuerdo vago en la mente de Daiana, y dejaría que Sophia fuera feliz como se merecía. El rostro de mi hija llorando el día en que se fueron de la casa, fue lo que me llevó a semejante declive, ella no quedará huérfana, tiene un padre, que probablemente la amaría en ese momento más que yo, un loco desquiciado con delirios de suicidio. Aquellos pensamientos me comenzaron a llenar de un fuego ineludible, que mejor que el agua para apagarlo. Tomé mi chaqueta, unos lentes, eran cerca de las tres en el reloj de mi teléfono cuando decidí salir de mi casa. Al salir la cantidad de alcohol que tenía en el cuerpo se intensificó cuando respire la primera bocanada de aire puro. No desee que nadie me viera así, por lo que tomé un camino diferente hacia el lago, quedaba cerca de casa, y con mi graduación alcohólica creerían que era un accidente, la mejor decisión, no había dejado carta de despedida, por lo que era justo lo que necesitaba. El universo conspira de maneras misteriosas. Mis pasos eran pesados y casi que caminaba arrastrando los pies, la cabeza baja mirando al suelo tiempo, estaba solo con mi alma en toda la ciudad, pero si alguien me vio, seguro pensó que parecía un zombie. No dejaban de cruzarse por mi mente pensamientos oscuros, mis peores pesadillas se hacían realidad sin ella; las sombras cubren toda claridad a tal punto que apenas me daba cuenta por donde caminaba. Mis pasos parecían guiados por algún ente invisible. El ambiente se encontraba denso, tanto como mis pasos. Era un otoño de los más tristes que había vivido, y solo llevaba un poco más de un cuarto de década en ella. Mis pies me dirigieron hasta un banco en frente al lago, siempre me había parecido un bello lugar, pero aquella tarde todo estaba amarronado; dicen que el exterior es reflejo de nuestro interior.

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Los pensamientos de ella golpean mi mente con intensidad, el día en que se fue, las lágrimas derramadas por mi pequeña Daiana, y ese último abrazo, intentaba calmarla cuando yo estaba hecho trizas por dentro. Me pregunté por última vez si la solución no la tenía frente a mis ojos, y no quería verla. Mi misión en su vida estaba completa, había ayudado a que viniera al mundo, tendría un padre mucho mejor. Intenté levantarme en reiteradas ocasiones, pero la gravedad hacía que me volviera a sentar, o quizás sería el alcohol que había ingerido por días. Me levanté una vez más y caí sobre el césped, el lugar estaba vacío, era solo yo con mi alma, si es que aún tenía algún resto. Me arrastré y perdí una a una mis zapatillas, el césped estaba húmedo y mis pies se mojaron, llegué como pude hasta la orilla del lago y unas lágrimas brotaron por mis ojos; estaba seguro que serían las últimas, mi última respiración con los últimos latidos. Me encontraba con los pies rozando el agua, me faltaban agallas para hacerlo de una, pero sabía que sí lo haría, cuando estaba con toda la intención de arrojarme hacia delante, el peso de mi cuerpo cayó hacia atrás. Sentí una mano en el hombro que me empujaba en dirección contraria. Mi respiración se agudizó, sentí pánico, me había dado cuenta de que estaba por cometer una locura. Cerré y abrí mis ojos rápidamente, y al abrirlos, la vi, con sus ojos llenos de amor y paz, me quitó los lentes, pude observar su sonrisa. Era un mensaje sin duda, me reincorporé confundido y volteé a verla ya que se había sentado a mi lado. —¿Estas bien? —preguntó. —Eso creo —desvié mi mirada. —Soy Mia, Mia D’Brown —extendió su mano para que la tomase. —Viktor A’Goldsson, disculpa mi apariencia —dije apenado. —No te preocupes, imagino que no debes estar pasando un buen momento, no cualquiera decide tirarse al lago sin una buena o mala razón —hizo mueca con sus labios, y la vi aún más hermosa—. ¿Qué te parece si te invito un café? y charlamos un poco, quizás solo estés necesitando algo de compañía —se levantó. —Quizás sea eso —me levanté también—. Conozco uno muy cerca. Me senté nuevamente en el banco para colocarme las zapatillas. Caminamos hacía el bar conversando de la vida, al llegar al bar pedimos una mesa para dos y mientras esperábamos los cafés seguimos hablando, la conversación continuó hasta que el sol le dio paso a la luna.

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Sobre el autor:

Edgard J. Rivera nació el 4 de agosto de 1994 en Piura, ciudad del norte de Perú. Es egresado de la Universidad Nacional de Piura y actualmente se desempeña como docente de Literatura en un colegio pre universitario en su ciudad natal. Sus cuentos y poemas han sido seleccionados por revistas digitales e impresas nacionales e internacionales, como Revista Periferia, Revista Sangría, Revista Phantasma, Revista Chaquira, Revista Mar de Tinta, Revista Hojas en Guarda, etc.

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S

oy el único que se ha dado cuenta de que vivimos en una mentira. Todos siguen indiferentes mecánicamente una rutina vital: Nacen, crecen, se reproducen y mueren. Todo esto mientras somos gobernados por entidades más fuertes y poderosas. Vivimos en una realidad inventada por ellos con propósitos perversos, y yo lo comprobé hace poco. Había dejado caer las llaves adrede, lo hice con el propósito de confirmar su existencia. El secreto es no pensar. Ellos controlan nuestras mentes. Así que arrojé las llaves, sin permitir que cruce por mi pensamiento la consciencia de mi acto. Todo el tiempo estuve pensando en dejarlas como siempre en el mismo predecible lugar detrás del perchero, al costado de la puerta de entrada. El ruido que naturalmente debió retumbar ligeramente, sí, el sonido metálico provocado al caer sobre el concreto, nunca llegó. Silencio. Vacío solo interrumpido por los latidos de mi corazón, el caminar del reloj y mi respiración expectante. Titubeé, pero sin pensar en lo que acaba de ocurrir caminé por el pasillo, volteé a la derecha, subí por la escalera, abrí la puerta de mi dormitorio y, siguiendo con la rutina diaria, terminé acostado sin sueño en mi cama. Después procuré pensar en otras cosas: El trabajo, la deuda en el banco, mi mujer en los brazos de otro, etcétera, hasta que conseguí dormirme. A la mañana siguiente, casi olvido el incidente de la noche anterior, a no ser porque vi las llaves puestas perfectamente en el portallaves. No habría nada raro sino viviera solo desde que me abandonó mi esposa. Por cierto, algunos pretenden tacharme de loco por intentar asesinarla cuando, también siguiendo pistas, descubrí que me engañaba. No estoy loco. Y de eso me di cuenta con lo de las llaves. Habían caído en mi trampa, y sentí que podía desenmascararlos, pero ¿Cómo?, si son fuerzas capaces de inventar una realidad diaria. Seres tan poderosos que nos manipulan a su antojo. Claro que lo descubrí antes, pero ese día lo confirmé. Han creado un espejismo para someternos a una insignificante existencia con el fin de aplastar lo único real en nosotros: la capacidad de soñar. Intenté escapar y, en un momento de debilidad, miré a todos lados; pero me recuperé y tomé las llaves. Salí de casa, subí al auto y conduje hasta el trabajo. Todo el tiempo sentía la mirada invisible de esos seres. —¿Estás bien? —preguntaron a mi espalda una vez que llegué a la oficina—. Te noto extraño hoy. —¿Cómo me notas raro si me viste de espaldas? —le contesté en un susurro casi a Jefferson, quien tiene un profundo anhelo de reconocimiento. —Hombre, cálmate. No es necesario gritar —mintió él. —¿Qué? Claro que no estoy gritando. Incluso estoy susurrando —contesté nervioso al notar algo diabólico en su mirar. —¡Estás loco! Siempre lo he dicho. No entiendo cómo te admitieron después del intento de homicidio —inquirió sonriendo. Me di la vuelta y pretendí huir, creí reconocer en sus ojos el resplandor perverso de aquellos seres que están detrás de esta gran pantalla a la que llamamos realidad. Se abrió el ascensor y dos hombres emergieron de su interior y, asiéndome fuertemente, me introdujeron dentro. —Eres hombre muerto —escuché en la voz de Jeff antes que se cerrará completamente el ascensor. —No ejerza resistencia —dijo uno de ellos como especie de ritual. Yo no me movía. Me mantenía quieto como un cordero yendo al matadero y, sin emitir gemido fui conducido a donde estoy hoy. Jeff dijo que no comprendía por qué me habían permitido seguir trabajando, pero yo sí sé. No había más propósito que el de vigilarme para atraparme.

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Me diagnosticaron locura y me sentenciaron a permanecer recluido en un manicomio hasta mi completa curación. Pero sigo aquí, con la clara noción de que vivo en un mundo de enfermos donde el sano es el enfermo. Algunos médicos, hablando de mi condición, dicen que me volví loco después de intentar matar a mi esposa y que me encerraron desde ese instante, en el mismo día; y que esa es la razón por la que me sentía vigilado. Pero no, yo estoy seguro de haber ido a mi empleo una semana completa después de eso y lo dicho por Jeff lo confirma. Intentan confundirme. Pero no lo lograrán, pues la razón por la que no maté a mi esposa esa tarde en el parque, a plena luz del día, es porque me paralicé al ver el reflejo del cielo en el cuchillo que llevaba en la mano derecha y pude distinguir, entre las nubes, a los seres que nos vigilan siempre con sus enormes ojos, mirando entretenidos mi escena como la tendencia del momento en su mundo.

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Danza FotografĂ­a de Demetrio Navarro

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Sobre el autor:

Diego A. de Loayza Castillo nació el 12 de octubre de 1983 en Lima, Perú. Es agente inmobiliario, youtuber y escritor. Su cuento El Maquiportal ha sido publicado en Muerte Súbita N°2 fansize en Lektu, y participó en Uruboros 2020 como panelista.

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P

ues no me he sentido bien, hoy es primero de Noviembre. Hubiéramos cumplido cuatro años de casados. Recuerdo el aniversario anterior estuvimos paseando por una pintoresca feria, una gitana nos leyó las cartas y nos dijo que estaríamos unidos inclusive hasta después de la muerte, que era nuestro destino. Luego en la cena de esa misma noche ella me dijo: —Klauss, la vida sería tan amarga sin ti, que si un día te pasara algo quisiera que me llevaras al otro lado contigo. Y yo le repetí lo mismo a Kolinda, pero hablábamos de cuando fuéramos abuelitos, jamás pensé que no podríamos ni cumplir el cuarto aniversario, el corazón de mi amor se rindió tan joven. Sabes que ella se fue abrazando la almohada con la que duermo todas las noches, una que le regalé cuando andábamos de novios. Me he venido sintiendo mal, pero hoy día es especialmente difícil, solo quería contárselo a alguien, gracias por escucharme, amigo. Dejo el celular al lado, tengo que dormir, ¿dónde está el Negrito? debería estar por aquí. El celular vibra otra vez en la mesa de noche, reviso el mensaje, es mi amigo, me dice que lamenta mi situación, me desea que sea fuerte y pregunta si guardo algo más de ella. Me sugiere deshacerme de esas cosas poco a poco. Mientras tengo abrazado al peluche que ella me regaló en nuestro segundo aniversario, le escribo que sí tengo cosas de ella, pero que jamás podría deshacerme del Negrito, es así como le pusimos al peluche de un chancho negro que me regalo cuando yo aún era gordo. He perdido tantos kilos desde que ella se fue, a veces pienso que la vida sería mejor con ella aquí. Dejo mi celular y el Negrito no está a mi lado, por alguna razón está a los pies de la cama, es un poco extraño porque recuerdo hace unos pocos segundos haberlo puesto a mi costado, ¿habrá rodado? Decido arrimarlo un poco hacia dentro de la cama para que no se caiga al piso y apago las luces para poder dormir. Duermo boca arriba a pesar que dicen que no es bueno para la respiración, pero recostarse de lado es una invitación a encogerme en llanto, así que cierro mis ojos y deseo encontrarla en mis sueños, aunque sea una vez más, un último beso, un último paseo por el puente o la plaza, tantos años, tantos recuerdos. Empiezo a sentir una presión en mi nariz, me empieza a faltar el aire, abro los ojos, todo está negro, tengo algo encima que es suave, pero me aprieta con una fuerza sobre humana, me cuesta respirar. Le ordeno a mis manos, un poco dormidas, que me salven, pero estoy perdiendo la batalla. ¿Será así como me reúna con ella? ¿Será esta mi última noche? Logro poner mis manos alrededor del agresor y lo toco, es el Negrito, está encima de la almohada y no lo puedo remover, pesa como un ladrillo y mi nariz me duele, grito, pero es insuficiente el aire no escapa, ojalá mis vecinos pudieran ayudarme, pero nada tiene sentido. De repente, se me ocurre algo y grito en la almohada: «¡Kolinda, no!». La presión se aliviana y me levanto violentamente, la almohada y el Negrito van a parar a los pies de la cama, trato de recobrar el aliento; aún agitado, veo la húmeda almohada, el peluche que parece mirarme y digo: «Lo siento, mi amor, pero aún no es mi momento, sé paciente, por favor».

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Sobre el autor:

Claudio Navarro nació el 22 de febrero de 1957, en Santiago de Chile. Su afición a la escritura, en especial a la variable poética la traía incorporada desde su niñez, y se revitalizo en su adultez. Es así como en la actualidad sus escritos han sido publicados en diferentes formatos, fuera de su país de origen. La paradoja es que él no ha publicado de forma directa o por iniciativa propia su vasta obra literaria.

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E

s de mañana, llueve copiosamente. Desde mi escritorio veo a la lluvia derramando en los cristales de las ventanas gota tras gota su abecedario, escribiendo fluidas historias; yo pretendiendo escribir un poema, pero mi bolígrafo no da el tinte. La humedad me impregna de melancolía, y mis ojos se inundan de lágrimas, como tormenta que se desata electrizada, llanto que contengo con el paraguas de mis manos. La lluvia cae incesante, aumentando la cota en mi embalse de recuerdos, y se derrama en mi niñez, para encontrarme con mi barquito de papel timoneado por la corriente, navegando en los canales diseñados por el aguacero, con aguas transustanciadas de fantasías, y yo corriendo tras de él con mis pies descalzos… Y él confluyendo hacia el final del arco iris, en donde cuentan que hay una barrica con tesoros… Que no encontré.

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Sobre el autor:

Gabriel Nucamendi Ovando nació en Suchiapa, Chiapas en el año 2002, ha sido publicado en la revista “Letra Suelta”, fue ponente en la presentación del libro Epistemología: Problemas clásicos y respuestas contemporáneas de Laurence BonJour. El joven actualmente tiene 18 años y cursa el séptimo semestre de la licenciatura en Filosofía en la Universidad Autónoma de Chiapas.

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N

o entiendo la virtud en la sabiduría y en el sabio, al menos no entiendo por qué considerárseles virtuosos; la sabiduría consiste en una búsqueda interminable por esta, entonces, sabio es aquel que busca la sabiduría y no aquel que cree que la tiene, no sé si me explico, creo que estamos en un completo error al considerar a la sabiduría como un absoluto. Debemos de tener en cuenta que el mundo está en constante cambio, nunca es el mismo y nunca lo volverá a ser, no existe esa sustancia en las cosas, hace muchos años, en una época distinta, a una serpiente se le podía otorgar el ser de un dios en una cultura X inventada por mí para dar este ejemplo, pero ahora le otorgamos el ser de organismo biológico o algo así… entonces ¿cuál ha sido la concepción que tenemos de sabiduría en las distintas épocas? La misma, intentar alcanzarla no sabiendo qué es y sabiendo que nunca llegaremos a eso que desconocemos. La sabiduría se abstrae del mundo real cambiante, le otorgamos un ser que no cambia y probablemente ahí está el error, creemos que es, pero ¿en realidad es? La seguimos teniendo en esa concepción griega en la que le otorgamos un ser que fue, es y será para siempre, le otorgamos a la sabiduría una voluntad que está por encima de la nuestra, algo que no conocemos como el nóumeno, pero si no la conocemos ¿por qué creemos que existe? Al carajo la sabiduría, no nos sirve porque no podemos llegar a ella, somos seres que buscamos entender algo que no puede ser entendido, si esa concepción de sabiduría existe, es algo así como la causa eficiente entendida por Dios y no por el hombre finito, aquellos que se dicen sabios, no son más que falsos profetas, sabio solo Dios, debemos preocuparnos por una causa final: el hombre mismo y la comunidad, algo de lo que sí estamos seguros. Esa concepción de sabiduría hay que dejársela a Dios, pensamos que es nuestra y nunca la cuestionamos, somos tan tercos que al saber que no podemos llegar ahí seguimos intentando comprenderla, no queremos revolucionar, somos reaccionarios. Esa concepción de sabiduría nunca la hemos revolucionado, no nos damos cuenta que debe ser educada, hacer que toque tierra y que sea influida por ella, debe aceptar que, siendo educadora, debe ser educada a la vez. En todo caso, la que estamos haciendo es cambiar ese ser del concepto «sabiduría», será una sabiduría (1) que ya no es la sabiduría a la que nos referíamos al principio; será una sabiduría que sí es virtud porque apunta hacia el bien ya antes mencionado: el hombre y su comunidad; y solo ahora sí existirán hombres sabios, hombres de «verdad» en tanto que no están enajenados y conocen el mundo y su miseria, hombres que no están de espaldas al mar.

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Sobre el autor:

Eduardo Omar Honey Escandón (México, 1969). Ing. en sistemas. Participante desde los 90s en talleres literarios tanto en México como Venezuela bajo la guía de diversos escritores. Publica constantemente en plaquettes, revistas e internet. Ha participado en diversas antologías. Coordina talleres de introducción a la escritura.

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T

enemos algo más de dos horas para tomar una decisión. Margely sigue en el comando intentando enlazar con alguna de las estaciones de radio o de apoyo. Por su parte, Hayami y Antoine continúan con los preparativos en el Skylark IV. Es un trabajo que implica largas horas de verificación, no importa que ya estén bastante automatizadas las cápsulas. En la enfermería, Timothy está solo y bien sedado. No creo que recupere la vista en el tiempo que nos queda. Aún no tengo claro si es asunto fisiológico o psiquiátrico. A esta altitud no debe llegar suficiente radiación para quemarte la retina, menos con los filtros que hay en todas las ventanas diseñadas para contener la radiación solar. Ya decidimos cómo resolver este asunto. Tras una breve reunión, Margely aceptó que no tendrá la última palabra: somos cinco y habrá espacio solo para que tres regresen. El azar dirá, no ella. El sentimiento de todos era el mismo, no fue agradable que esto empezara un día antes de que pudieran relevarnos. Mientras tanto, sigo operando los EVAs restantes para que nos mantengan en posición. En cuanto se les agote el combustible empezaremos a caer. Tardaríamos dos semanas en quemarnos lo que da tiempo para pensar en otras opciones. Pero solo tenemos esta órbita para tener un reingreso seguro al área que Hayami determinó. A cientos de kilómetros del estallido más cercano hay un lago con profundidad suficiente y costa cercana para llegar nadando o en la balsa auxiliar. ¡Me lleva! Perdí el último de los microEVAs. Era de esperarse, tienen poco combustible, aunque es buena noticia: requieren mucha supervisión manual. Empecé con siete microEVAs y llevo así casi dieciocho horas sin parar cuidándolos como un grupo de perritos. Reajusto un poco la posición del EVA-3 para mantener el empuje suficiente. Analizo la situación. En los siguientes cien minutos se irán apagando el EVA-2, EVA-5, EVA-3 y EVA-1. Uno casi cada veinticinco minutos. Simulo por última vez la trayectoria de la estación. No hay mucho más por hacer. Salgo de ingeniería y me lanzo por el túnel rumbo a la Grand Promenade para llegar al comando. —Aquí Libertad IV, ¿me escuchan? ¿Alguien me escucha? —Margely repite de nuevo. No ha dormido y no lo hará mientras haya algo por hacer. Por algo es la comandante. —¿Cómo te ayudo? ¿Te falta alguna frecuencia? —ofrezco mis servicios. Niega con la cabeza mientras repite el mensaje. Sabemos que difícilmente alguien puede apoyarnos en tierra. Hemos escuchado emisiones en diversas lenguas por onda corta. Una que otra nos mandaba llamar preguntando si seguíamos en el cielo. Señala mi lugar. Entiendo. Floto hacia él, me siento y conecto la segunda antena. Abro el máximo número de canales que me permite el sistema para emisión simultánea. Inicio también la grabadora. Margely sabe que debemos hacer esto mientras haya tiempo. —Libertad IV a quienes nos puedan escuchar. Soy Orlov Traschikoff, subcomandante de la estación espacial. La tripulación se encuentra en perfectas condiciones fuera de Timothy Clark. Él estaba de guardia en el módulo de comando cuando todo empezó. En apariencia su retina fue afectada por las explosiones y ha perdido la vista. Lo hemos atendido con los recursos que tenemos disponibles, pero necesitamos otras pruebas con las que no contamos para un mejor diagnóstico. Desde el incidente —fue el nombre que le pusimos— hemos estado trabajando con la única cápsula de retorno que disponemos, la Skylark IV. Tiene la capacidad de transportar a tres de los cinco tripulantes que estamos aquí. Confiábamos poder retornar a alguno de los puntos de reingreso usados anteriormente o los que están planeados en caso de emergencia. Desafortunadamente no recibimos respuesta en

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las primeras veinticuatro horas. Hayami Tanake halló un punto al que puede descender la cápsula sin necesidad de asistencia marítima mayor, así que cambiamos la trayectoria de la estación. Las coordenadas de dicho punto son las siguientes… Tecleo las coordenadas para que una voz automatizada las emita junto con un stream de datos en canales digitales. Paro la grabadora, la conecto a la radio, programo que esté en loop y dejo que transmita de nuevo. —En cuanto se determine quiénes retornarán a tierra, daremos los nombres esperando contar con ayuda de alguno de ustedes en ese lugar. Por el momento es todo, gracias. Marjorie no ha dejado en intentar contactar a las estaciones. Su voz estuvo de fondo mientras enviaba mi mensaje. Me levanto de mi lugar y floto hacia ella. —Es hora, ¿vamos? —le digo suavemente. No tenemos más tiempo, queda una órbita de noventa minutos, si es que debemos hacerlo. Asiente, finaliza su último llamado y se quita los audífonos con el micro integrado. Suspira y me sigue. La cita final será en el centro de la Grand Promenade. Cuando llegamos ya están esperándonos Hayami y Antoine. Por la ventana superior vemos que estamos entrando al lado nocturno de la Tierra. Saco los cinco papelitos que hice. Tres están marcados con una palomita y hay dos que tienen un tache. Se los enseño a todos. El acuerdo es que los doblaría en cuatro y cada uno tomará el suyo. De los dos que queden, uno lo seleccionará Hayami en nombre de Timothy. Después, si así decide, quien tenga la palomita puede intercambiar lugar con alguien con el tache. Procedemos. Todos tienen un papelito doblado y estamos listos para verlo. Entonces nos llama la atención un nuevo resplandor en la oscuridad del planeta. No podemos evitar mirar por la ventana. —¡Mon Dieu! Otra atómica más. ¿A cuál energúmeno le quedan aún? —grita Antoine con enojo. A esta altitud es irreal ver la detonación de un arma nuclear: es como mirar un video. Después del destello de luz sigue una redonda y brillante mancha amarillo-naranja con trazos negros. Se expande primero rápido y, conforme gana tamaño, disminuye su velocidad. Fuegos artificiales del infierno. —No deja de crecer. Muchos megatones para un bombazo final —comenta Marjorie. Ayer, en un inútil ejercicio corrimos un conteo guiado por la computadora. Algo más de 35000 estallidos por toda la superficie terrestre. Desde algunos kilotones hasta unos quince bombazos de cien megatones sobre grandes ciudades de EUA y Europa. Dejo de ver el espectáculo de allá bajo, quiero observar las reacciones de mis compañeros. Hayami no está. Antoine y Marjorie se dan cuenta también. Estamos mirando a todos lados, pero la comandante es rápida en reaccionar. Toma el túnel que va hacia el comando. La seguimos de inmediato. Hayami está sentada en el lugar de Marjorie. Sigue tecleando sin dejar de ver las pantallas que la rodean. Mapas geográficos de la superficie que muestran nuestra trayectoria a 340 kilómetros de altura, una línea punteada que sería el retorno del Skylark IV que termina de un círculo naranja parpadeante que se expande. Antoine suelta un puñetazo contra el techo. Nadie más hace gesto alguno, todos estamos observando la pantalla por largo rato. Lágrimas flotan en mi derredor. Desdoblo mi papel: tiene una palomita. A diferencia de los de allá abajo, al menos tengo la oportunidad de decidir cómo morir: en llamas al reentrar o por radiación si regresamos.

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Sobre la autora:

Roxana Aguilar Rebollo, de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México. Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Chiapas. Actualmente cursa el Cuarto semestre de la Carrera de Filosofía, por la misma universidad. Ha publicado en diversas revistas electrónicas: Revista El futuro del ayer, hoy, en el Magazine Calleb, en el Blog Argentino Las musas despiertas, en la Red tapatía de revistas y fanzine, Revista Independiente Unión José Revueltas y la Revista Perro Negro de la Calle y en la Edición especial Grimm de Otoño, de la misma revista, en el Circuito Independiente Arte Morelia y la revista Elipsis. Además de ser publicada en la antología de cuentos de horror, Pm: Perturbaciones de la editorial Librerio, y tener una mención honorifica en el primer concurso de literatura universitaria Oscar Oliva: 2020, con el cuento La otra pandemia.

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H

oy, papá ha muerto. No, en realidad fue asesinado. La policía lo mató. Dicen que fue un malentendido. Yo lo llamo asesinato a sangre fría. Papá no debería estar muerto. Papá debería estar acostado ahora mismo en aquel viejo reposet en la sala viendo el resumen del partido. Papá debería estar vivo y no muerto en una fría morgue esperando los trámites para reclamarlo. Pero, cómo empezó esta tragedia. Como todo lo que ocurre en México, de la nada y sin sentido, en una vorágine de acciones repentinas que te asfixian hasta matarte. Es como si al azar, la vida de las personas fuera tirada en suerte, para ver de qué forma estrepitosa, violenta y extraña te toca morir. Esta vez fue papá. Papá, mamá y yo, habíamos decidido ir a la final del partido, Tigres contra Monterrey, Papá era aficionado, y un día, después del partido, cumpliría años; mamá y yo decidimos festejarlo así. No habíamos tenido una reunión familiar más cordial y afable que aquella visita al estadio, hablábamos, bebíamos, reíamos y cantábamos las porras que victoriosas todos coreaban, Monterrey se alzaba campeón del torneo, la alegría de papá era evidente, y mamá y yo estábamos satisfechos, de aquel regalo que había sido todo un éxito. El partido terminó, papá estaba emotivo, desbordante de satisfacción, no paraba de abrazarme, palmear la espalda y besar a mamá, el día era pleno. No hacía falta nada. Entramos a un restaurante cercano al estadio, comimos tranquilamente, la charla de sobremesa derivó en mis aspiraciones de irme a una maestría a la Ciudad de México, y posiblemente entrar a un despacho a trabajar de manera seria. Pedimos la cuenta, mamá fue al baño, papá esperaba al mesero y yo me adelante a la salida, deseaba fumar un cigarro para aquello de la digestión, la emoción del gran día aún estaba a flor de piel, y al salir a la calle noté aun el alboroto del triunfo que corría por ella, un grupo de jóvenes pasó junto a mi tocando el claxon y agitando la bandera de Monterrey y yo en un ataque de travesura pueril tomé una de las banderas que adornaban el restaurante y la hondee a modo de complicidad con aquellos muchachos similares a mí. Sin percatarme de la presencia de dos tipos justo en la entrada de la puerta del restaurante, tomé el banderín sin pensarlo, y ellos de inmediato me sometieron. Pedí una disculpa al darme cuenta que eran la seguridad del lugar, pero mis explicaciones parecieron inaudibles a sus hoscos tratos, les pedí que me soltaran, que yo era comensal de dicho lugar y que mi padre llegaría en un momento pues se encontraba pagando la cuenta. Me tiraron al piso. Comencé entonces a gritar cuál era la causa de dichas agresiones. Uno de ellos me puso un pie sobre la cara. Para entonces la gente ya empezaba a arremolinarse frente al restaurante, y oí la voz de mi padre. —¿Qué está pasando? ¡Suéltenlo! ¡Es mi hijo! En eso, patrullas. No podía ver nada, la suela del zapato áspero me arañaba la cara y al intentar removerme el dolor agudo de los huesos de mi cara con el choque del asfalto se intensificaban. La voz de mi padre se notaba desesperada, angustiada y terriblemente indignada. Un policía habló, no fue nada conciliador, al contrario. —Nos han notificado sobre disturbios en esta zona, así que yo le recomiendo que baje la voz, si no quiere más problemas. —¿Cuáles disturbios? Estoy saliendo del restaurante con mi hijo y mi mujer y estos tipos someten a mi hijo y no me dan explicación ni dejan que él se explique. De repente, la orden. Esa frase imperativa que hiela mi sangre, y seguramente la de papá. Luego el llanto de mamá, lo reconozco. —¡Que se calle! Deténgame a estos dos también.

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Sigo sin observar lo que pasa, pero ahora oigo la desesperación de mamá y el reclamo incansable de papá. Y luego. Luego un golpe seco, como un gran bloque de hielo estrellándose contra el piso, seguido de un silencio embriagador, y poco a poco, murmullos inaudibles, gritos y conversaciones que se entrecruzan. Pero lo que definitivamente ya no seguía ahí era la voz de papá. Papá se había ido. El terror se apoderó de mí, cuando el que parecía el jefe de la policía empezó a presionarme para que le dijera de que estaba enfermo papá. Al principio no entendí la pregunta, y con la cara aun aplastada lo miré con sincero desconcierto. El policía, sin embargo, continuó el interrogatorio incomprensible, hasta que exasperado ordenó que me subieran a una patrulla. Dejé también de oír los llantos de mamá. Un halo enajenante se apoderó de mí entonces. Pensé que me bastaría dar la vuelta y el incidente habría terminado. Pero no fue así. El sol me daba de lleno en la espalda y su calor intenso hacía arder mis mejillas mientras sentía gotas de sudor acumularse en mis cejas. Inmediatamente después de ser detenido, fui interrogado varias veces, y volvieron a cuestionarme por esa «enfermedad de papá». Sin más respuestas que negativas de mi parte, un señor vestido de negro, entró justo en medio de mi interrogatorio y ordenó mi libertad. Era un abogado. Al salir de aquel frío espacio encontré a mamá desconsolada, pero papá no estaba ahí. Papá ya no estaría más ni ahí ni en ningún lado. Ahora sé que aquel golpe seco que escuché, fue la cabeza de mi padre azotada fuertemente contra el piso, después de ser maniatado con las esposas de aquel policía. Sé que la insistencia de buscar la excusa de su muerte en alguna enfermedad crónica radicaba en una coartada perfecta para poner excusar la confusión. Pero papá no estaba enfermo, su salud era envidiable, pero nadie es inmune a la brutalidad policiaca que se vive en este país. Sé también que, si sigo vivo, es porque mucha gente captó el hecho con cámaras de celular, me hubiera gustado más que esas voces se hubieran hecho presentes en ese momento y no en el resguardo de una pantalla, lejos de la realidad. Quizá papá aun estaría vivo. Pero no. Hoy papá ha muerto.

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Sobre el autor:

Javier LeĂłn (Jota). Un artesano nacido en los primeros dĂ­as de 1990, con las letras de su madre y padre por nombre, manteniendo una costumbre ancestral de no permitir que el olvido les llegue a los vivos o a los muertos. Publicado en Mundo de escritores con su cuento El mirĂłn, en Perro Negro de la calle #48 y #49, en Revista Miseria #60 y en su especial de placeres culposos.

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M

ujeres, no olviden del hombre los pechos, que, aunque son instrumentos humildes y mal hechos, condensada llevan la lujuria de unas tetas. Atrofiados senos que se ignoran por completo; afables y erógenas vides son en realidad estos desechos. Así como ustedes disfrutan de una lengua culta y húmeda cimbreando en sus pezones, los hombres tremulan de gozo al sentir lamidos sus pechos indecorosos. De terremotos de satisfacción son provocadores, de jadeos explosivos ellos son los protectores. Así que, si quieres ver a un hombre complacido y sometido, oblígale pues, a dejar de lado sus temores, que, así como el orgasmo con un dedo en su culo no les hace menos hombres, una buena amamantada, provoca agonía suculenta, les hace humedecer sus firmes dones. No olviden mujeres que ellos son miedosos, se dicen libres, pero están llenos de decoros. Aterrados ante la idea de ser penetrados, asustados ante el goteo de su semen en tus labios rojos. Ni a saborear su propia piel se atreven, pues esto para ellos es actuar pecaminoso. Ante esto, mujer, sume sus miedos en pasiones, que con tu coño lleno de verga y tu boca alimentada en sus «indignos» pezones, son gémires augurados los que al venirse proveerá en tu honor aquel cobarde hombre.

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Sobre la autora: Norma Yurié Ordóñez (guatemalteca). Diseñadora Gráfica de profesión. Realizó estudios de Cinematografía en 2009. Segundo lugar, categoría cuento, Don Simón; Primer Premio Nacional de Literatura para Nuevos Escritores, Diario de Centro América, 2013. Cuentos en antologías: Viaje a la oscuridad, Editorial Mexicana Lengua de Diablo, 2015; Antología Centroamericana de minificción Tierra Breve (El Salvador), 2018; Brevirus; Revista Brevilla (Chile), 2020. Ha publicado, además en revistas blogs y páginas como Gazeta (Guatemala), Microrrelatos (Honduras), Fantastique, Ek Chapat, Teresa Magazine, Perro Negro de la Calle e Ibídem (México), Plesiousario (Perú), Piedra y nido (Argentina), Brevilla (Chile), Letras Itinerantes (Colombia) y en el suplemento Cultural del diario la Hora (Guatemala).

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A

ntonio esperó el final de la obra y que la gente partiera. Mario siempre era el último en salir, pues solía fumarse un cigarrillo mientras rumiaba sobre su última actuación y recorría los callejones solitarios del centro. Acercándose, Antonio, vislumbró bajo la mortecina luz aquella silueta parecida a la suya. Tenían la misma edad y presencia escénica, sin embargo, irónicamente, su colega raro e insondable empezaba a conseguir papeles más significativos. Abordándolo, recorrieron una interminable escalera hasta la terraza. Tras la prolongada conversación, alternando sorbos de vino, Mario le confesó excitado que había conseguido el mejor rol de su carrera en una convención underground anual llamada El Festín. Al despedirse, Antonio lo escoltó sin que lo notara. Siguiéndolo, se percató de que el camino distaba de su casa hacia una zona plagada de tugurios cercana a las antiguas vías del tren. Lo vio detenerse en una de las puertas. Varios hombres, de pronto, lo introdujeron violentamente. Confundido y paranoico, se alejó sin contarle a nadie. Días después, ignorando su radical desaparición, le sorprendió recibir un boleto que le avisaba con grafía estilizada y la fecha de ese día: El Festín ¡Felicidades! Fuiste elegido para Interpretar el papel protagónico (A las 19:00 horas)

Aunque anhelaba el personaje, Antonio, perturbado, ignoró el boleto sin advertir que unos tipos lo retenían también a él y lo metían con vehemencia a un auto. Después de transitar una extensa sucesión de terrenos baldíos y atravesar algunos jardines espléndidos pero descuidados, fue custodiado a una mansión y ataviado en el vestíbulo con una capa brillante. Al entrar, la concurrencia volteaba con expectación. Por momentos, disimulando su alteración, se sentía El Amo en el Gran Escenario. ¡Al fin tenía el papel estelar! El rito parecía breve: los comensales, con túnicas opacas pero solemnes, formaron dos filas viéndolo recorrer la interminable alfombra del salón. El enorme silencio se convirtió en ovación al atravesar el siguiente set, que parecía parte del anterior solo que bastante falso y más estrecho, sin público, tapizado de terciopelo rojo.

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A pesar de la distancia, la penumbra y las paredes altas, lograba divisar al fondo un pedestal adornado con piedras preciosas que sostenían una enorme forma indefinida. Sin poder hacer nada, adivinó la descomunal figura de alguien que, articulando muecas y movimientos ajenos a la especie humana, acechaba ansioso. Intentó retroceder, pero los destellos del traje alertaron al ente desplazándose con destreza formidable en la oscuridad. Las paredes rojas se desplomaron y los comensales invadieron el escenario. Antes de que lo deglutieran por completo y con parsimonia, alcanzó a oír indignado que su actuación había sido insípida: ni siquiera había tenido la buena sazón de Mario…

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Una mirada FotografĂ­a de Demetrio Navarro

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Sobre el autor:

Claudio Navarro nació el 22 de febrero de 1957, en Santiago de Chile. Su afición a la escritura, en especial a la variable poética la traía incorporada desde su niñez, y se revitalizo en su adultez. Es así como en la actualidad sus escritos han sido publicados en diferentes formatos, fuera de su país de origen. La paradoja es que él no ha publicado de forma directa o por iniciativa propia su vasta obra literaria.

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E

n aquel burdel clandestino donde acostumbraba rematar sus largas jornadas de parrandas se hallaba Cornelio, rodeado de amigotes y bataclanas. Impregnado por el aire sucio del entorno y desdibujado por la humareda del tabaco plasmando huevadas. Notoriamente borracho a causa de la ingesta del alcohol bebido a tragadas, restregaba continuamente sus ojos desorbitados pretendiendo regular la mirada. Una deslenguada mujerzuela estimulada por la jarana, le confidenció de manera exagerada sobre la infidelidad de la que era objeto por su «amada». Esta mala noticia, más un rayón de la diosa blanca lo despabilaron. Ahora se dirigía enfurecido a emplazar a su odiada…Con parte de las ultimas chauchas que le quedaban, pagó la carrera al chicoteado taxista…y con las restantes, fondeadas entre las pelusas de sus bolsillos, compró una garrafa de vino en el boliche de la esquina cercano a su morada, le pidió al cantinero que la descorchara, ahí mismo, sin respirar le bebió casi un litro de la cantidad de cinco embotelladas. Ubicado frente a su morada… con una certera patada la puerta principal fue derribada, la perra (su mascota), no ladró, ni movió la cola, hubo de eludir una bofetada dirigida a su hocico, y despavorida huyó hacia la explanada. Al entrar él buscó de cuarto en cuarto… incluso en la rinconada. Para suerte de ella (Magdalena), en aquellos lugares no se situaba. Entretanto para la adultera todo era pasión; escondida junto a su amante en medio de una arboleda, apoyados al tronco de un viejo pino como dos ramas injertadas semejando una horquilla dispar. En los momentos en que ella enaltecida como una araucaria, y él disminuido como un ébano en bonsái ensamblaban sus maderas mezclando sus savias con sus lenguas anudadas… brotó la figura de Cornelio como una maleza agresiva; a torso descubierto, esgrimiendo con su mano diestra un largo y afilado punzón, mientras que con la mano menos hábil sostenía la garrafa contenida del brebaje demencial… vomitando su ira oprimió con su intimidante arma la garganta de la adultera ante el estático patas negras: «¿A quién amai, a este chico hijo de puta, o a mí?». La amedrentada miró a su esmirriado amante y en el tono más bajo emitido por sus cuerdas vocales estocadas le respondió: «A…ti». Y se marcharon eslabonados por las asas de la garrafa, sostenida por las manos de ambos.

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Sobre el autor: Alejandro Diazdepardo. Bogotá, Colombia. Tiene 33 años y nació un 11 de septiembre de 1987. Ha publicado en algunas revistas independientes. Trabaja en el servicio postal, le encanta la lectura y ama la escritura que abre puertas a la imaginación y el desahogo.

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A

quel país era fascinante. Su tranquilidad, aunado con una faceta natural de soledad y serenidad que el ambiente trae consigo el este de Europa, genera un gusto que raya con la repulsión que te pueden generar las cosas que pueden darte horror o sobresaltarte… Allí conocimos cada lugar que databa de la Edad Media. Cada resquicio que reflejaba la historia de estos parajes llenos de misterio y oscuridad gracias a las leyendas y al folclor que se distribuye en la cultura pop que inunda el mundo fue visto con la inefable perplejidad de alguien que vivió embebido de aquellas sombras mitológicas que encubren el misterio de las tierras más allá de los bosques. Pero no sería un endriago ni un ser salido de fábulas contadas al amor de una hoguera por decenas de miles de años atrás aquello que es el sustento de la visión más macabra y escabrosamente maravillosa que me dejó la visita a estas tierras alejadas de la civilización occidental. Cabalgando por cañadas, por bosques arcanos y en una neblina espesa que da para pensar en cada personaje siniestro que se pueda concebir, pude pasar por un singular castillo en ruinas que se alzaba en el fondo de un valle sombrío. Parecía que estuviera sacando la cabeza para respirar, como alguien que se está ahogando en las profundidades de un mar hecho de coníferas y de hiedra tan verde que contrastaba con el negro de la centenaria roca. Bajé hasta el lugar para observar de manera más exhaustiva aquella curiosidad arquitectónica de la que nadie en el pueblo más cercano conocía ni había escuchado mencionar. Busqué algún documento acerca del sitio con idénticos resultados, lo que acuciaba mi deseo de saber algo acerca de este castillo que, al llegar allí, se veía imponente en el fondo del pozo. Era un lugar bello. Se cimentaba sobre una enorme meseta cubierta totalmente por pastos perennes y las hojas que caían de más arriba. Estaba abandonado, en ruina completa, y sin embargo podías estremecerte con su gallardía, su tremenda arrogancia en aquella sima incognoscible en mitad de la nada. Todo era de piedra negra, desde los escalones hasta cada pared cubierta por la hiedra y las enredaderas que atestiguaban lo viejo del lugar. Pero lo más relevante eran sus jardines exteriores, ya que estaban sembrados de centenas de rosas blancas y rojas que se alternaban como si hubiese sido diseñado el campo de manera calculada… y así lo era, pues luego de entrar a uno de los sembrados de fragantes flores que me enamoraban de forma inmediata de su aroma y su belleza, una visión me sacó del éxtasis en el que ese delicioso olor me tenía… Entre las rosas que se iban alternando había una pequeña figura. Un hombre moreno, poco habitual fisonómicamente a las gentes del país, se hallaba ahí entre las flores con un pincel con el cual pintaba meticulosamente los pétalos color nevado con un nuevo tono escarlata brillante. Era matemático, calculado y verdaderamente extraño que alguien se encontrara acá. en un oficio tan raro como éste. «¿Le gustan?», preguntó con voz suave, casi sibilante como el siseo de una serpiente, pero hermosa, musical y dulce. Respondí afirmativamente. «Son hermosas, y este sitio es maravilloso para que crezcan y vivan; su perfume es la perfección hecha vida», decía, y le escuchaba casi hipnotizado… «¿Por qué las pinta, acaso no hay variedad de rosas que son rojas?», tenía esa pregunta en la mente, más aquel hombre me habló respondiéndome que en este lugar las rosas solo son blancas, el clima solo ofrece las condiciones para que las flores sean blancas, y él mismo deseaba tener rosas rojas, puesto que eran la flor favorita de su amada, quien ya no existía en este mundo a causa de la peste… las alternaba porque amaba el cuadro visto desde arriba de puntos blancos y rojos, ya que son las fases de la vida, los opuestos, la alegría y la tristeza, la vida y la muerte, etcétera… todo ello lo oía bajo el influjo del aroma que fluía en el aire y que embriagaba de manera avasallante, como una enorme ola que te azota contra los

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farallones en una playa desolada. Era sencillamente angelical el ambiente, y las rosas pintadas olían más dulce que las blancas por alguna razón. «Huelen más dulce porque su pintura les da ese aroma, es el aroma del amor que mi amada posee por la eternidad y que le manifiesto con estas bellezas, con lo que ella más amó en esta tierra, las pinto con la vida que ella me insufló cuando me vio y me hizo suyo a base de caricias, besos y detalles tan sencillos que son para mí lo más preciado del universo». Y siguió pintando a pesar de mi palidez y mi espanto al ver que introducía el largo pincel en su pecho a la altura del corazón, en una enorme herida donde la sangre manaba serenamente con la precisión suficiente para no desperdiciarse al untar y seguir la espeluznante tarea. «No tema, nada ha pasado. Simplemente desde que ella se fue perdí mi corazón, ya que era de ella, y he aprendido a vivir sabiendo que puedo hacerla feliz a la distancia regando sus flores favoritas con lo que queda de mí… sí, no se puede explicar cómo no he muerto, pues debe ser por el mismo ambiente gélido del lugar que mantiene mi herida como la ve usted, fresca y pendiente de no secar la tinta de mi pincel porque aún faltan muchas rosas por pintar… es como hacer feliz a quien en verdad amas a pesar de que eso sea tu propia perdición; eso es el amor, como el olor de las rosas». En ese momento desapareció entre las flores dejando el perturbadoramente dulce olor del amor al ocaso de tremenda oda a la entrega…

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Sobre el autor:

Francois Villanueva Paravicino. Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013) y en diversas páginas virtuales, revistas, diarios, plaquetas y/o; de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVACasa de América Los jóvenes cuentan (2007).

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El calendario de los astros dura milésimas de segundos en un abrir y cerrar de ojos, de un suspiro a otro uno ya no es uno, es incluso alguien distinto un limón, una piedra o un río furioso o tal vez solo uno mismo, solo yo amarga como una naranja dura como una gema o un furibundo que ama la cama vacía el sabor de la fruta podrida el espejo melancólico y manchado como un espectro nocivo en nuestra alma ensombreciendo y frunciendo la contemplación triste de lo que amamos, como el arma de doble filo que nos escinde con bisturí de manos enfermas y odiosas.

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Sobre el autor:

Javier LeĂłn (Jota). Un artesano nacido en los primeros dĂ­as de 1990, con las letras de su madre y padre por nombre, manteniendo una costumbre ancestral de no permitir que el olvido les llegue a los vivos o a los muertos. Publicado en Mundo de escritores con su cuento El mirĂłn, en Perro Negro de la calle #48 y #49, en Revista Miseria #60 y en su especial de placeres culposos.

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unca le consideré una puta, ni siquiera esa noche en que, tras diez minutos de conocernos, estábamos follando contra un árbol detrás del habitual bar, o minutos más tarde cuando me convenció, al igual que a dos parejas más, de irnos a mi casa y seguir la fiesta, ni esa cercana tarde en que tres hombres nos vinimos sobre su sudado rostro, ni cuando comenzamos a andar tomados de la mano, ni cuando me dijo: te amo. Tampoco cuando para mi cumpleaños me entregó una joven atada a la cama con cintas negras, con sus ojos cubiertos, con una bola tapando su boca, con un látigo sobre su pecho, con un punto de crema en su pie izquierdo y una madeja de lana roja en cada mano. No le consideré una puta cuando para navidad fui yo el inmovilizado, mientras tres hombres le vejaban a mi lado, ni cuando gritó: «sí, acepto», mientras como un condenado estaba a sus pies arrodillado, ni cuando el cura nos declaró marido y mujer. No, nunca le consideré una puta, ni siquiera cuando cada tres días exactos follaba con un extraño, ni cuando cada miércoles lo hacía con cualquier mujer, ni cuando me llevaba en las mañanas el más perfecto café. Para mí nunca fue una puta, ni siquiera cuando al borde del suicidio dejaba de lado sus planes para abrazarme y acompañarme en silencio, ni cuando las drogas estaban a punto de acabarme y ella entre gritos e histerias me daba ánimo para no dejarme someter y me halaba con sus manos, arrebatándome de los brazos de quien antes de ella creí mi dueña. Nunca fue para mí una puta, ni cuando abortó por causa de sus vicios, ni cuando lloró durante meses por lo sucedido, ni cuando a su lado me quedaba en silencio apretando con fuerza su cuerpo repitiendo un «te amo» que nunca había sentido. Siempre fue una señora, una dama, mi esposa, mi amada, un desastre de mujer, mas nunca una puta, ni siquiera ese último día, esa última mañana, en que dejó de latir su corazón llevando un café a la cama.

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