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UNA HISTORIA DEL CUERPO

The young composer, working that summer at an artist’s colony, had watched her for a week. She was Japanese, a painter, almost sixty, and he thought he was in love with her. He loved her work, and her work was like the way she moved her body, used her hands, looked at him directly when she made amused and considered answers to his questions. One night, walking back from a concert, they came to her door and she turned to him and said, “I think you would like to have me. I would like that too, but I must tell you that I have had a double mastectomy,” and when he didn’t under st a nd, “I’ve lost both my breasts.” The radiance that he had c a r r i e d around in his belly and chest cavity— like music— withered very quickly, and he made himself look at her when he said, “I’m sorry I don’t think I could.” He walked back to his own cabin through the pines, and in the morning he found a small blue bowl on the porch outside his door. It looked to be full of rose petals, but he found when he picked it up that the rose petals were on top; the rest of the bowl—she must have swept them from the corners of her studio—was full of dead bees.

El joven compositor, que trabajaba ese verano en una colonia de artistas, la había estado observando durante una semana. Ella era japonesa, pintora, casi en sus sesenta, y él pensó que se había enamorado de ella. Le encantaba su obra, y su obra era semejante a la forma en que movía su cuerpo, usaba las manos, le miraba directamente a él cuando respondía divertida y atentamente a sus preguntas. Una noche, volviendo de un concierto, llegaron a la puerta de ella y ella se volvió y dijo, “creo que te gustaría hacerlo conmigo. A mí también me gustaría, pero debo decirte que me han hecho una doble mastectomía”, y, al no entenderlo él, “he perdido ambos pechos”. Lo radiante que él había llevado a todos lados en el vientre y la cavidad del pecho — como música—se marchitó muy r á pid a me nt e, y se obligó a mirarla cuando le dijo, “lo siento, pero no creo que pudiera”. Caminó de regreso a su cabaña entre los pinos, y por la mañana encontró un pequeño cuenco azul en el porche justo tras la puerta. Parecía estar lleno de pétalos de rosa, pero descubrió al recogerlo que los pétalos de rosa estaban por encima; el resto del cuenco— ella debía de haberlas barrido de las esquinas de su estudio—estaba lleno de abejas muertas.

Robert Hass, Human Wishes, Harper Collins, 1989. PERIPLO • DICIEMBRE 2011 • Vol. XII • 83 •

PERIPLO • Alejandr a Fernández

Lenguas vivas

A STORY ABOUT THE BODY

PERIPLO. Los límites del cuerpo  

PERIPLO. VOL. XII. Los límites del cuerpo

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