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Papeles Náufr agos

Tuve que dejarla ir

Osvaldo Rodríguez

Finalmente se murió Mamá. Fue un proceso lento y agónico que duró, prácticamente, toda la vida. No sé cómo va a hacer ahora, porque con el temita este de la muerte, siempre conseguía tenerme en vela. De tanto cuidar enfermos se terminó enfermando, como una nena con sus muñecas. Desde entonces no para de hablar de lo TERRIBLE que es estar muerta. – Un suplicio. Esto de estar muerta es insoportable. Ella dice que yo no entiendo todo lo que sufre, que sólo padeciéndolo podría saberlo. Mi madre sufre. Siente que el sacrificio la enaltece más allá de cualquier cosa. Sufre, se sacrifica; se sacrifica, sufre. Porque así es más buena para el mundo. Un poco me da culpa dejar de pagar el servicio. Un poco me da culpa dejar de tener culpa. Un poco por eso tuve que dejarla ir. Además es injusto que me cobren esa enormidad por el poco espacio que ocupa el fantasma electrónico de mi mamá. Si sumamos: sus recuerdos, sus endebles conocimientos científicos, su cultura general, algunas canciones viejas, la compresión absoluta de la guía de canales, la complejidad de sus traumas, las cosas que piensa, mi mamá –y todo lo demás que hace la personalidad de la gente–, no ha de ser tanto. En los servidores se acumulan las copias electrónicas de las personas vivas, esperando a que sus originales se mueran para cobrar vida. Mantener vivo el recuerdo de una madre muerta, cuesta, más o menos, lo mismo que una prepaga, que la banda ancha, que la terapia. Es un servicio mensual. Si dejas de pagar, vaya a saber qué pudiera pasar, con todas esas deudas vencidas, impagas. Sospecho que existe la trata de muertos. Que bajo amenaza de ser borradas para siempre sus memorias electrónicas, abandonados por sus deudos, se les obliga a hacer trabajos horribles. Eso me da un poco de miedo. Mirá si un día, ya olvidado yo de mi mamá, me la encuentro así de golpe atendiendo la caja de un McDonald’s, o de telefonista del médico del barrio, ese con la sala de espera siempre en sombras. Una mujer de su casa, trabajando tardíamente para ganarse la vida, ya muerta. Dice mi mamá que aún después de muerta se sufren los mismos dolores. Quedás para siempre así, con una parte de vos congelada. Con las cosas a medias, sin terminar, pasa lo mismo y quedan sin resolver. Si sale el sol, no te calienta. Si se te pudre la cabeza te podés resetear y deshacerte de esas malas ideas.

116 • PERIPLO • DICIEMBRE 2011 • Vol. XII

PERIPLO. Los límites del cuerpo  

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