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Equipo

de trabajo

Solangy Carrillo Pineda Estudiante de Bibliotecología Directora encargada Editora de sección cultural Diseñadora

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Carolina Ramírez Chica Estudiante de Archivística Programadora y diseñadora Editora de sección académica Juliana Sepúlveda Hurtado Estudiante de Bibliotecología Correctora de estilo Comunity manager

Colaboradores Martín L. Rocha Ríncon Bibiliotecólogo. José Pablo Arana Duque. Estudiante de Bibliotecología.

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La columna en mitad del desierto J. sebastian Mejía R.

Entonces un ave o quizá el alma; por momentos, Jean mira a los pájaros creyendo que la suya propia pudiera ser arrebatada. Mirando a las aves, Jean recuerda el antiguo mito que generación tras generación fue narrado en su pueblo. Ese mito que repetían tanto sus abuelos y que ahora lentamente se iba perdiendo con el tiempo, hablaba de un antiguo valle en cuya zona se alzaba una monumental columna para despedir a los muertos. Cuenta la leyenda que por los áridos desiertos donde la naturaleza verde de la Media Luna Fértil jamás floreció, las personas emprendían largas caminatas como un sentido ritual. Se cuenta, que alguna vez un padre y una madre iniciaron un largo viaje rumbo al Yahannam, un desierto de fuego: El padre, hombre robusto y fuerte como todos los hombres de la zona, marchaba a metros de distancia de su mujer. La madre, mujer piadosa y noble como todas las de la zona, caminaba rezagada por los fuertes vientos del desierto. Ambos, que habían caminado por más de tres días buscando la columna en la que reposaría uno de los suyos, ahora, temían no poder llegar puesto que estaban sedientos y fatigados. A causa de los vientos que hacían imposible el paso, apenas sí se podía avanzar un poco más; de pronto, la madre cayó desplomada, y el padre, que estando unos cuantos metros adelante, avanzó un poco hasta notar su ausencia y luego regresó. Su esposa era una mujer muy fuerte, de aquellas de voluntad y físico


inquebrantable; en últimas, ella era una mujer acostumbrada al desierto; pero quizá, esto era demasiado; ahora, , ella lucía tan frágil que le era imposible continuar. El padre, considerando que estaba lo suficientemente lejos como para regresar, tomó las telas que llevaba su mujer y decidió avanzar hasta la siguiente duna. El padre avanzó otro tanto, entonces, pudo atisbar unos cuantos arboles negros que parecían retorcerse por el calor que aumentaba progresivamente. Descendiendo de la duna y, sintiendo que por el calor sus prendas se encendían, se percató de la planicie seca y resquebrajada en la cual se alzaba la monumental obra: una columna gigante y erguida hacia lo alto señalaba al sol. Después de extenuantes días de caminata, por fin, el rito de purificación estaba casi completo; sólo faltaba el último adiós. El padre buscó entre las telas y tomando a su pequeño hijo, lo alzó hasta la cumbre de la obra. No pasó mucho tiempo para que las aves comenzaran a llegar. Rápidamente, las telas en las que estaba envuelto el niño fue invadida por las aves carroñeras que la elevaron como una tímida alma… Luego, las aves volaron, mondaron y volaron batiendo fuertemente sus alas. Jean, regresando al presente, revisó su cuerpo; miró sus ropas y estirando continuamente sus dedos frente a sus ojos, era consciente que aún estaba allí, intacto. Jean estaba equivocado, las aves volaron, se fueron, una pareja que había pasado cogida de la mano había espantado las aves que estaba mirando; las aves se fueron, era una suerte, seguir aún con vida. J. Sebastian Mejía R. Estudiante de filosofía. Universidad de Antioquia. E-mail: cheby92@hotmail.com


La columna en mitad del desierto  

Relato. Autor: J. Sebastian Mejía. Revista Pérgamo, 2015.

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