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6 R O P O P U C 多ME PREO Y O T S E E L MI HIJO O


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Es natural que nos ocupemos y cuidemos de nuestros hijos. En un artículo anterior hablaba de diferenciar las necesidades de nuestros hijos de las propiamente de los padres y de que realizar esa distinción forma parte tanto de una educación saludable como de fomentar el desarrollo de personas afectivamente sanas y maduras tanto en el caso de los padres como de los hijos.

En el artículo de hoy me gustaría abordar un tema interesante a la vez que perturbador a mi modo de ver. Me llama sobremanera la atención que hayamos admitido como sociedad y con naturalidad algunos comportamientos que las tecnologías favorecen. Conozco algunos ejemplos que me parecen espeluznantes procedentes de padres que necesitan controlar a sus hijos. Padres que conocen las claves de los perfiles de sus hijos y los espían entrando en sus redes sociales o con perfiles ficticios haciéndose pasar por amigos. Padres que controlan los movimientos de sus hijos con el peregrino dato de ver la hora de la última conexión al whatsapp o que rastrean dónde están en cada momento a través del móvil porque disponen de aplicaciones que lo permiten, por citar sólo algunas formas de seguimiento que la tecnología ofrece hoy en día al común de los mortales. Si estas prácticas respondieran a circunstancias excepcionales del tipo que sean, realmente vería esa utilidad, pero es que la mayoría de las veces responde al simple hecho de saber dónde están los hijos, sin otro propósito que el de sentir un interno apaciguamiento de la preocupación que enmascara una compulsión por rastrear los movimientos del hijo. Yo me pregunto, ¿para qué necesitas saber si tu hijo se ha conectado a las 3 de la madrugada? Para saber si está vivo o viva, responde el encuestado.


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i s r e b a s s a t i s s e a c l e a n o é d u a q t c a r e n ? o a ¿pa c d a a h g u e r s d o a j i m a l tu h e 3d

Y vuelvo a preguntar: ¿y por qué no le llamas si te preocupa tanto saber si vive?

qué indicios cuando lo único en todo caso corregible serían nuestra forma de actuar.

Entonces nos quedamos sin respuesta, porque hemos entrado en una dinámica que encubre conductas controladoras compulsivas, que desde el anonimato permiten conocer cierta información de los otros, de sus vidas y costumbres, y mantener ese regustillo de poder sobre el otro porque ignora que está siendo observado, espiado o controlado.

De nuevo, identifiquemos nuestras necesidades sin mezclarlas con las suyas, fomentemos ese espacio cordial de conexión saludable y observemos con plena consciencia nuestro comportamiento para determinar si es o no saludable más allá de las modas y del que “todo el mundo lo hace”. La cantidad no es sinónimo de correcto y acertado, dejemos de transitar las zonas aledañas que entran y salen de la legalidad invadiendo el ámbito privado de los hijos. Propongo confiar más e invadir menos.

Cuanto menos, me parece disfuncional y lo que se disfraza de cariño y desvelo se convierte manifiestamente en invasión y desconfianza. Conozco algunos casos en los que los padres realizan estas prácticas sobre sus hijos ya independizados y yo me pregunto una y mil veces: ¿no puedes llamar y charlar cariñosamente con tu hijo cada cierto tiempo como personas adultas? ¿No sería mejor mantener esa relación en la que se fomenta el diálogo entre adultos más allá de la filiación? ¿Por qué hemos llegado a ese extremo en el que un dato de conexión satisface mi interés por mi hijo en lugar de una animada charla con él? Luego nos extrañamos de que nuestros hijos quieran poner distancia y se encierren en su mundo dejándonos fuera o casi fuera. Los padres acusan primero diciendo que son ellos los que provocan tales conductas y a veces somos los padres quienes tristemente agobiamos a nuestros hijos y los tratamos como si fueran delincuentes observando cada uno de sus movimientos buscando qué sé yo

Para mí, es una sofisticada forma de esclavizar al otro conociendo detalles insospechados de su vida, pero también creo que el controlador se convierte en esclavo de sus propias conductas que se vuelven tóxicas y perjudiciales tanto para él como para su entorno. Nuestros hijos tienen derecho a su intimidad y a su vida y nosotros debemos respetarla, apoyarles y desearles lo mejor. No estamos en posesión de saber mejor que ellos lo que necesitan, lo que quieren o lo que les hace felices, deben decidirlo ellos, aunque pensemos que se equivocan, insisto, deben decidirlo ellos y sólo ellos. Estoy segura de que les deseamos lo mejor y de que su felicidad es una prioridad para


o h c e r e d n e n e i t y s o a j i d i h v s u o s r t a s Nue imidad y respetarla, t . s n r i o o j u m s e e a m b e o l d s s e l ro r t a o e s s o e n d y s le r a y o ap

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nosotros, por ello confiemos plenamente en ellos y dejémosles evolucionar y crecer como adultos, tienen sus propios recursos y están perfectamente capacitados para ello, sin duda.

Ana Méndez - Junio 2015 Coach y escritora blog: http://cambiodeactividades.blogspot.com.es/ twitter: @amendez8_11

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