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NUEVA GRECIA

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Pedro Luis Ibáñez Lérida Lágrima del vino Tinta el escozor de la pérdida en el cristal donde reposa su rastro gentil. El amargo delirio que antes se precipitó en el cielo de la boca y prendió en la garganta. Embebido en esa aparente fragilidad que se desliza por las paredes de la copa hasta encontrar el poso

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del olvido. Díscola letanía que aflora en la festiva ensoñación, al entrechocar el vítreo espíritu que lo contiene y enmudecer en los labios que lo besan como a la propia muerte, en sentido figurado. La celebración que enerva el cántico y lo evapora en la evanescente pugna que colma la conciencia fugitiva. En cada trago, el golpe audaz contra el apremiante tiempo que nos ceba de melancolía

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y el ufano gesto de asirlo para sí, como si nada a nuestro derredor eclipsara el fulgor de su pálido brillo. Acunado en el vientre artificial antes de alzarlo como Ganímedes, el copero de los dioses. Restaña de la agraz soledad, el denso y sobrio cuerpo que derrama su gesto de alivio y desentumece la febril animosidad como la ropa tendida al sol. Bamboleada por la brisa

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del mediodía, mientras el sahumerio de los fogones acrecienta el gusto de la hospitalidad del lar que entorna la puerta e invita a traspasar el umbral cálido y confortable. Cuerpos sudorosos y vencidos que tornan

bajo el párpado desnudo y cansino

del silencio tras el trabajo, que rumian la tristeza del jilguero ciego que canta primoroso su desdicha.

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El desencanto muerde sus costados con acerados dientes. Se animan unos a otros para que el adusto y severo caldo enardezca y eleve el tarareo y mitigue su pesar. Para más tarde, nublados y achispados, prorrumpir en ese grito de liberación que clama el ser humano desde el mismo día que emprendió el camino sin retorno.

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El dedo índice entumecido e impregnado del rico néctar. La mirada intrépida, felina e impaciente del niño a la espera que la abuela aproxime el untuoso licor. No deja de relamerse, como metáfora del ardiente deseo que, más tarde,

le perseguirá en el corazón del hombre

antes de ser herido. La añosa mujer ríe con el ansia infantil. A hurtadillas contradice las indicaciones del padre. Cómo va a ser malo para su nieto lo que fue bueno para su hijo, si ya lo fue así para su madre. Quiebra la noche la voz atávica. Soleá que despunta como voraz cuchillo. Corta los hilos de la angustia antes de urdir su dolor en el aire. Un breve trago para limpiar su hoja

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Nueva grecia nº6 primavera 2014  

revista de literatura, poesía, arte y vanguardia.