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Revista Literaria Trimestral. Año VIII. Abril 2008. No. Mythos 1

Los Regalos Perfectos Cuento de O’Henry La Novela en el siglo XXI Ensayos de Andrés L. Mateo Escritores dominicanos en Italia Poesía Finisecular Dominicana de F. Cabrera

Andrés L. Mateo Expresión de la dominicanidad


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Palabras

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umiando mis últimas lecturas me quedo a ratos con el sabor amargo de abundantes y estériles páginas que me hacen sospechar que en algún momento mis días de “excelente…sensible y agradecido lector” se escaparán, como lo hacen con los años otros placeres. Pero no, todavía. No debe confundirse la proliferación de literatura vana con desinterés por la lectura. El mismo Borges, autor de este encomillado me devuelve a su mundo, a su idea de concebir el paraíso como una gran biblioteca. Sucede que ha llegado en buena hora una edición de los cuentos preferidos de este genial cuentista y poeta, en una acertada publicación de la Editorial Alfaguara: Cuentos Memorables según Jorge Luis Borges, realizada por primera vez en el 1999 y de la cual tengo a mano la novena reimpresión del 2007. Estos deliciosos textos no podían ser mejor elegidos sino porque quien fuera maestro y defensor de ese género al cual consideraba como la joya de la literatura. Y de cuya selección reproducimos en este número Los Regalos perfectos de O” Henry.

Este acierto puede haber inspirado a la misma editorial para editar también en el 2006 los Cuentos inolvidables según ese otro argentino universal, Julio Cortázar, también cultivador por excelencia de la narración corta. Y me parece que se puede predecir también para este texto un promisorio futuro de reediciones. Si nacionalizamos este asunto, me encantaría tener una edición de los cuentos que Luis Martín Gómez metió en una mochila para presentarlos

en una conferencia en Italia. Estuve completamente de acuerdo con su selección de los mejores cuentos dominicanos que obviando la limitante de presentarlos en público podrían ahora meterse en una maleta para incluir los que faltaron. Me parece muy buen material de exportación. Como deben haberlo sido las atinadas ediciones nacionales de esa institución en el género novela. Una Vez un hombre de José Enrique García, libro que recrea el caudillismo y las guerras montoneras de principios del siglo XX, en un país en que al poder político se accedía a puro machete y liderando turbas que cambiaban de gobernante como de remuda. Lo gracioso de esta novela es que no queda un refrán dominicano que no sea apropiadamente utilizado en ella a través de personajes tan reales que nos transportan sin pausa y llenos de entusiasmo hacia su tiempo y su espacio. Carnaval de Sodoma de Pedro Valdez es una de las pocas novelas dominicanas llevadas al cine. La hilarante coincidencia del prostíbulo y la iglesia del pueblo puerta con puerta en un mismo vecindario recrea una serie de situaciones que añadido a la acostumbrada gracia narrativa del autor la coloca entre las primeras de este catálogo. El Secreto de Neguri de Luis Arambilet, es una novela que sorprende y atrapa, es suspenso del bueno creado por un autor en el que se percibe un alto nivel cultural y destreza en el manejo de diferentes disciplinas, las cuales sabe mezclar acertadamente en un estilo nuevo, ágil, y que se hace notar. Estas ediciones son a mi juicio una sobresaliente representación del libro dominicano actual en ese género. Al disfrutar estos libros, nace la tentación de adquirir la costumbre de Don Rigoberto, un personaje de Vargas Llosa que imponía un límite a la capacidad física de su biblioteca, obligándose a sacrificar un libro cuando entraba otro mejor. De esta forma nos procuramos una biblioteca sustanciosa, y de esas páginas que regurgitan amargas, sólo quedará atenuado por el tiempo, el pesar de no haberlo aprovechado de mejor manera.


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DR. ANDRÉS L. MATEO BIOGRAFÍA

Autor de numerosos libros de la literatura dominicana, fue condecorado con la orden “Caballero de las artes y de las letras” por el gobierno de Francia.

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s doctor en filología por la Universidad de La Habana y profesor del Departamento de Letras de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Dirige, en la actualidad, el Departamento de Español de la Universidad APEC. Es columnista habitual de la prensa dominicana, y en 1999 obtuvo el Premio a la Excelencia periodística dominicana. Cultiva el ensayo y la narrativa, géneros que le han permitido ganar el Premio Nacional de Novela, en dos ocasiones, y en otra el Nacional de Ensayo. Es, además, Premio Nacional de Literatura y Miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española.

Contenido

Revista Literaria Trimestral. Año VIII. Abril 2008. No.

Andrés L. Mateo con Juan Bosch y Pedro Bergés en los 80’s.

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Los Regalos Perfectos Cuento de O’Henry La Novela en el siglo XXI

Andrés L. Mateo por Miguel Ángel Fornel P-6 Discurso de Andrés L. Mateo P-9

Ensayos de Andrés L. Mateo Escritores dominicanos en Italia Poesía Finisecular Dominicana de F. Cabrera

Andrés L. Mateo Expresión de la dominicanidad

El Ombligo P-11 Libro sobre Pedro Henríquez Ureña P-12 Ensayos de Andrés L. Mateo P-14 Poema de Andrés L. Mateo P-15 Literatura Dominicana en Italia P-16 Entrevista a Sidney Hutchinson P-17 Cuento: Los Regalos Perfectos P-20 Mármol comenta Libro de Cabrera P-22 Fragmentos del Libro Utopía y Posmodernidad P-24 Veredas del Recuerdo de René R. Soriano P-26 La Novela en el siglo XXI P-27 Lo que pasó P-30

Andrés L. Mateo es padre de cuatro hijos: Giselle Marie Mateo, Andrés Raúl Mateo, Miguel Andrés Mateo, y Carlos Andrés Mateo.

Mythos Abril 2008. Año VIII. Número 37 Re­vis­ta Tri­mes­tral. Fun­da­da en San­tia­go de los Ca­ba­lle­ros. No­viem­bre de 1999

Co­r reo elec­tró­ni­co: myt­hos­re­vis­ta­@hot­mail­.com Te­lé­fo­no: 809-971-0094 • San­tia­go

Directora: Ro­sa Ju­lia Var­gas

VENTAS:

Comite editorial: Bruno Rosario Candelier, Luis Beiro, León David, Manuel Mora Serrano, Al­ta­gra­cia Pé­rez Al­mán­zar, Carmen Comprés y Fausto Leonardo Henríquez.

Li­bre­ría La Tri­ni­ta­ria Ar­z. Nouel esquina Jo­sé Re­yes, Santo Domingo. Li­bre­ría Ma­te­ca Jo­sé Con­tre­ras esq. Abra­ham Lin­coln, San­to Do­min­go. En­tre­li­bros y Re­vis­tas Ave. Al­ma Ma­ter #76 esq. Jo­sé Do­lo­res Al­fon­se­ca, UASD, San­to Do­min­go. Cues­ta Cen­tro del Li­bro Su­per­mer­ca­dos Na­cio­nal. San­tia­go y San­to Do­min­go. Li­bre­ría Avante Arzobispo Nouel. Ciudad Colonial. Li­bre­ría Geyda Plaza Naco y Edificio “La Francesa”, Santo Domingo. Li­bre­ría Amengual Ave. 27 de Febrero casi esq. Máximo Gómez, Sto Domingo. Li­bre­ría Macalé Arzobispo Nouel esq. Isabel La Católica Ciudad Colonial. Li­bre­ría Thesaurus Santiago y Santo Domingo. Philobiblia Al­ma Ma­ter esq. Jo­sé Do­lo­res Al­fon­se­ca, UASD, Sto Do­ min­go.

Comite Internacional: Sergio Ramírez, Marta Aponte Alsina, Mario Guevara Paredes, Giovanni Di Pietro. Di­se­ño: Maxan S. A. / 809-583-0344 Co­la­bo­radores de los primeros números: • Bruno Rosario Candelier • Nelson Julio Minaya • Güido Riggio Pou • Julio Adames • Juan Luis Guzmán • Manuel Llibre Otero • Pura Emeterio • Máximo Vega. Co­la­bo­ran en la pre­sen­te edi­ción: • José Mármol • René Rodríguez Soriano • Fernando Cabrera • Miguel Ángel Fornerín • Altagracia Pérez Myt­hos re­ci­be con apre­cio las co­la­bo­ra­cio­nes de es­cri­to­ res y gru­pos li­te­ra­rios y se re­ser­va el de­re­cho de pu­bli­car aque­llas que con­si­de­re opor­tu­nas.


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ANDRÉS L. MATEO

Y la Aventura Espiritual de la Dominicanidad Miguel Ángel Fornerín

Es poeta, ensayista y crítico literario dominicano.

Introducción al libro Andrés L. Mateo y la Aventura Espiritual de la Dominicanidad que publicará próximamente Miguel Ángel Fornerín.

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ndrés L. Mateo nació en esta ciudad de Santo Domingo el 30 de noviembre de 1946. Desde muy joven participó en los movimientos culturales de su época y se distinguió como miembro del grupo cultural y literario La Isla. Publicó sus primeros poemas en el diario El Caribe, bajo el reconocimiento de don Manuel Valldepérez. En 1971 se marchó a Cuba donde estudió filología general y filología hispanoamericana en la Universidad de La Habana. Regresó al país a fines de la década del setenta y se integró al Departamento de Letras de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde ha realizado una labor docente por más de veinte años. Publicó su primera novela, Pisar los dedos de Dios en 1979, con la que tuvo un amplio reconocimiento de la critica. Luego formará parte también de la sección de investigación literaria de la Biblioteca Nacional y de Peña de Tres, programa de televisión que realizó, por varios años, junto a Tony Raful y Pedro Peix. Desde su llegada al país, Mateo brilló como uno de los intelectuales dominicanos de más valía. Fue director de la Editorial Universitaria y colaborador en periódicos, revistas del país y en el extranjero. En 1982 obtuvo el Premio Nacional de Novela “Manuel de Jesús Galván” con su obra La otra Penélope. Marchó de nuevo a La Habana donde se doctoró en ciencias filológicas, en 1993, con su tesis Mito y cultura en la Era de Trujillo. A su regreso al país, Mateo fue laureado con el premio de novela de la Universidad Pedro Henríquez Ureña por su obra La Balada de Alfonsina Bairán, luego obtuvo el Premio Pedro Henríquez Ureña de Ensayo con Mito

y cultura en la Era de Trujillo. Finalmente, en el 1999, ganó el Premio “Arturo J. Pellerano” a la excelencia periodística y el Premio Nacional de Literatura, por la totalidad de su obra literaria Andrés L. Mateo es, además, miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española. Sus primeras inclinaciones literarias estuvieron dominadas por la poesía. Actividad que se integró a una prosa que, después de un largo período formativo, encontrará concreción estética en su primera novela. Mateo ha contribuido significativamente al conocimiento y estudio de la estética literaria dominicana con la publicación de Manifiestos literarios de la República Dominicana (1984), en el que realiza un análisis de los postulados de los principales movimientos de vanguardia que aparecieron en Santo Domingo en el siglo XX. Cada uno de las proclamas nos permite analizar la poesía dominicana como la expresión del movimiento estético europeo y latinoamericano. Con el Postumismo tiene el país un movimiento post-modernista que busca las esencias dominicanistas y latinoamericanas, mediante la expresión artística; con la Poesía Sorprendida, a los universales, y, en la Generación del Cuarenta y Ocho, la fusión entre los universales y lo dominicano. Finalmente, el Pluralismo es la última gran aventura literaria dominicana que Mateo estudia y con lo cual busca romper la noción del poema y su formalidad letrada.

También Andrés L. Mateo dio a la estampa una antología de la poesía de Post-guerra, que se autodenominó Joven Poesía dominicana. Esa es la poesía de su generación. En esta antología, Mateo fija los valores de la poesía de los años sesenta y señala cómo ésta se vio sacudida por los acontecimientos políticos del momento. La joven poesía fue la respuesta política de unos jóvenes escritores ante la situación de su época. Su arte, ancilar, como lo ha llamado el autor, fue también un arte que llevó más lejos la relación entre el decir y el vivir. Fue, en síntesis, una generación de la libertad y de la cultura. Este grupo fija el cuestionamiento de los valores de la época, entronca con el Postumismo y la Generación del Noventa y Ocho y forma una nueva corriente literaria unida abiertamente con lo político. Era, según Mateo, una literatura que buscaba “combatir los remanentes del ‘ancien


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Revista de Arte y Literatura régime”. Para nuestro autor, la escritura joven de su generación buscaba capturar lo histórico, se reafirmaba en el escenario de la ciudad, y muestra un profundo “desgarramiento existencial”. Esta generación -agrego yo- no sólo muestra la resaca de la guerra, sino que muere con ella. Lo más destacado de la generación de 1965 fue su lucha por la libertad. Si queremos sacar a los escritores extraordinarios de este grupo, tendríamos que hablar de Alexis Gómez y José Enrique García. A los que se agregan Enriquillo Sánchez y Tony Raful. Desde los nuevos críticos hasta las últimas décadas, la reflexión literaria ha tendido como norte ver la obra en su propia constitución formal y en su relación con el mundo que le rodea. Y se entiende que son obras literarias aquellas que usan la palabra con la intención de crear belleza estética. Independientemente de la cultura o de la naturaleza que exprese, lo literario está conformado por la creación verbal. Y será mejor reconocido aquel escritor que atine a crear, mediante la palabra artística, un mundo prodigioso. Así que no caben en la literatura, después del positivismo, aquellas obras que, aunque bien escritas, no tengan como finalidad la creación de la belleza artística. Indudablemente que la obra de Andrés L. Mateo presenta el perfil de una creación poética que, además de crear la belleza a través de la palabra, es obra en la que se reflejan las luchas y esperanzas de una comunidad. Y es justamente esta la razón por la que la obra de Andrés L. Mateo ha recibido importantes reconocimientos; su literatura ha engrandecido la lengua que hablamos y que ha representado, a través del arte de la palabra, la vida, la historia y la sociedad dominicanas. La poesía fue el género con el cual se iniciaron los primeros pasos literarios del doctor Mateo. Es el mismo autor que en la introducción a Poesía de Post- guerra/ Joven Poesía dominicana, nos describe la época en que todavía los jóvenes imberbes de su generación literaria empuñaron el arte como una arma de lucha. Todos habían sido lanzados a una querella política para la cual no estaban preparados. Como escritores,

dieron respuestas a los llamados de su época. Cuando leemos los primeros poemas de Mateo, vemos que aunque la época era panfletaria, de guerrillas literarias y de descarnado verbo, la palabra es límpida, bella y refulgente y deja ver el estro de un joven escritor de ya labrada estatura. Esa ya clásica antología que publicara el joven crítico José Alcántara Almánzar, Antología de la literatura dominicana (1972), da cuenta de los primeros pasos poéticos de Andrés L. Mateo. Al referirse a su poema “Portal del mundo”, dice el crítico: “el alborozo de la lucha invade el verso, variado y recio, para comunicar un mensaje de esperanza en un futuro mejor” (61): Dejemos en el cielo las palomas. Iremos por la vida sublevados A levantar el reino de este mundo. Quien busque mi garganta Encontrará la tuya. Quien apenas te roce con su aliento Empañará mis ojos. Y no será tu nombre una tarjeta Con fechas retorcidas. O algún simple papel de timbre muerto. Y montado en la mejor tradición de la poesía dominicana, de Federico Bermúdez a Moreno Jimenes y de Mir a Incháustegui Cabral, el poeta nos lanza sus cuitas sociales: Construiremos aquí El reino de los cielos. Orfeos amordazados, Levantaremos bien alto la guitarra. Quién podrá entonces utilizarnos a gusto. Decirnos que el hombre más feliz Es el que tiene camisa, Porque ellos están encamisados. (“De Portal del mundo”) La poesía de Andrés L. Mateo miró hacia su prosa. Hacia un sentimiento que brota como el fuego de las cinceladas formas del ensayo. Los primeros trabajos publicados por nuestro autor están relacionados con la investigación literaria, además de la antología de poetas del 65, generación que él mismo configura, publica una de las investigaciones más

importantes que se han realizado a favor de la crítica de la poética en el país, Manifiestos literarios de la República Dominicana. Es la primera recopilación de proclamas poéticas que nos permiten ahondar en la estética de la poesía. Este libro, junto a Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX, de Diógenes Céspedes, ha sido de singular importancia para seguir el curso de las corrientes poéticas que dominaron la escena literaria en el último siglo. Pero es en el terreno de la crítica cultural donde se destaca la ensayística de Andrés L. Mateo. Con la publicación de Mito y cultura en la Era de Trujillo, Mateo entra a la gran tradición de los escritores civiles que han buscado una explicación cultural a las distintas interrogantes de la dominicanidad. Esta tradición, que tiene autores de la talla de José Ramón López, Federico García Godoy, Pedro Henríquez Ureña, Américo Lugo, Francisco Eugenio Moscoso Puello, Juan Isidro Jimenes-Grullón, Peña Batlle, Juan Bosch, Joaquín Balaguer, Federico Henríquez Gratereaux y Manuel Núñez, resuena en una prosa límpida, concisa y brillante. A lo que se une un marcado interés por situar las ideas dominicanistas dentro de las corrientes del pensamiento latinoamericano y caribeño. En Mito y cultura en la Era de Trujillo, Andrés L. Mateo no sólo estudia la relación de los letrados con


8 Mythos el poder, sino las ideas dominicanistas frente al despotismo y el pragmatismo que han caracterizado la vida nacional. Es sintomático que en el plan de construcción de la obra, el autor esté siempre avanzando en el tiempo estudiado sin dejar de recorrer los pasos perdidos del pasado dominicano. Este libro viene a llenar un vacío en la aproximación culturalista de la dominicanidad, dejado por la nueva historia, la historia económica y la historia marxista. Andrés L. Mateo muestra la importancia del intelectual como productor de sentidos y de la necesidad, muy especial, que ha tenido el poder en la República Dominicana de usar a los productores textuales en la conformación de un sentido político que edifique e invente un presente que será, a todas luces, contradictorio y problemático frente a las diversas lecturas de su pasado. En este ensayo crítico-cultural, el autor compone una obra sintética en la que maneja innovadoras tesis que se explican tanto en el texto analizado como en el contexto. Política, arte, literatura, pensamiento, economía y sociedad, son los ejes en los que se va construyendo su mirada. Sin ser un tratado que agota el tema, en algunos casos, lo pone sobre el tapete y deja a los venideros investigadores campo abierto para futuras lecturas o miradas. En el campo periodístico, la obra de Andrés L. Mateo se ha distinguido por varias razones. En primer lugar, por ser una creación lingüística que hace recordar la relación, siempre contradictoria, entre periodismo y literatura. En secuencia mayor por ser textos cimentados en la trascendencia estético-literaria. Además, nuestro autor se ha destacado por ser la voz civil de una generación que, empinada en el conocimiento de la cultura dominicana, ha propugnado, como la tradición liberal, por la fundación de la República verdadera. Andrés L. Mateo ha hecho de la palabra la tribuna de los principios éticos y políticos. No ha sido el portavoz de ningún grupo, sino la voz angustiada de la dominicanidad. Dos libros recogen este constante pensar, simbolizar lo dominicano: Al filo de la Dominicanidad y Las palabras perdidas. En el primero, el ojo de Andrés L. Mateo

Revista de Arte y Literatura hace crónica e interpreta, lee símbolos y signos; contextualiza la condición

posmoderna y nos sitúa en la periferia de una cultura que pretende globalizarlo todo. Su relato es el de un observador, un poeta con palabras, figuras e imágenes precisas. Mateo es un narrador que impacta desde la primera línea y busca el final adecuado para sus crónicas. Muchos de sus escritos son joyas del periodismo. La síntesis, la elegancia, la gracia, las puntualizaciones, las reflexiones apropiadas, le dan a este libro valor artículo por artículo. En cuanto al segundo, Las palabras perdidas, el autor nos presenta las distintas miradas que nos conducen al encuentro del presente con el pasado, para actualizar el pensar de hoy con el pensamiento de ayer. Las aristas más significativas de esa dominicanidad son la alterabilidad política y la corrupción; el autoritarismo y el liberalismo; el pragmatismo y el idealismo; así como las prácticas intelectuales frente al poder. Esos problemas son planteados por Andrés L. Mateo como contrariedades de la dominicanidad y como temas reiterados del pensamiento dominicanista en distintas épocas. Por otra parte, la ensayística de Mateo tiene su más reciente entrega en una biografía de Pedro Henríquez Ureña, Pedro Henríquez Ureña, errancia y creación. Nuestro autor estudia una de las figuras más paradigmáticas de la dominicanidad letrada. Este libro es revelador en su ensayística en la medida en que pone como un continuo su visión de la República Dominicana y de América Latina. Pedro Henríquez Ureña es, en la narración de Mateo, un héroe que busca el fuego del saber, mas, acosado por el autoritarismo, no puede regresar a su

comunidad de origen. Este ensayo biográfico es fundamental en su ensayística y lo es porque a través de él podemos entender al autor y encontrar el perfil que le asigna a la dominicanidad. Sus apuntaciones nos muestran la relación entre el poder y los letrados. El resumen de esta relación está determinado por el uso que el poder da a la cultura, una cultura que pocas veces puede ser vista más allá del poder. La narrativa de Andrés L. Mateo hay que situarla dentro de las grandes corrientes del Boom latinoamericano. La escritura de un nuevo barroquismo literario en el que se distingue una prosa artística, unida a la tradición filosófica y literaria de los años cincuenta y sesenta que tiene en el existencialismo de Sartre y Camus, en Francia, y a Ramón Lacay Polanco, en el país, a sus máximos representantes. Las obras de Mateo están dentro de una narrativa breve de extraordinario valor. Esto se echa de ver en los textos de otros creadores como Marcio Veloz Maggiolo, Carlos Esteban Deive, como figuras anteriores; así con Pedro Peix, José Enrique García y Guillermo Piña Contreras, de la misma generación de Mateo. En fin, en la novelística de Mateo se unen brevedad y entroncamiento con lo dominicano, a una factura estética del lenguaje que tiene ecos de la tradición poética que inauguraron Darío, Martí, Lezama Lima, Mieses Burgos y Gabriel García Márquez. En definitiva, la escritura de Andrés L. Mateo es portadora de variados recursos artísticos. Entre los que se destacan el experimentalismo, los distintos recursos narrativos y la plasticidad del lenguaje neobarroco. Sus personajes, construidos dentro de una realidad que no dista de lo histórico y social, son figuras de la vida dominicana, y no son el calco realista de representaciones sociales, sino seres en el mundo que se plantean los complejos procesos vividos desde una postura social y existencial. Los logros artísticos de la prosa de Mateo le han ganado variados reconocimientos en el extranjero. Algunas de sus obras han sido publicadas por prestigiosas editoriales internacionales, y reconocidos críticos han ponderado los valores de su literatura.


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Discurso en ocasión de recibir el “Premio Nacional De Literatura” Andrés L. Mateo

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Ensayista y narrador dominicano.

n la misa de cuerpo presente que se le hizo al general Ludovino Fernández, en la iglesia San Juan Bosco, el 14 de abril de 1958, el niño que movía el incensario era yo. Trujillo había llegado despacio y se había colocado en silencio a mis espaldas. En uno de los giros que daba al incensario el rostro de Trujillo apareció súbitamente ante mis ojos. Yo era tan solo un niño, frente a ese falso infinito que su humanidad desplegaba, mi rostro de muchacho se extasiaba como en la relación que se establece entre Dios y el hombre. Dios es como un prójimo, pero Trujillo era un Dios distante que no estaba inscrito en las cosas, como el Dios de los místicos, de que habla San Juan de la Cruz. Con su cara rosada, maquillado para alejarlo del común de los mortales, sus medallas deslumbrantes desviaban la luz de los cirios. En el fondo del cielo de su grandeza, esa presencia no me concernía. Yo era una brizna, una insignificancia, frente a un ser tan superior como él, un signo celeste, que se movía incómodo en el poco de humanidad que le quedaba. Pero mis ojos de niño lo cifraron. Sin saber por qué tenía el presentimiento de que algún día lo describiría. Entonces inicié la vanidad sublime y cándida de descubrir las palabras, el lazo de los soliloquios que me llevaría a ser escritor. ¿Por qué las palabras se expandían reviviendo las acciones, y empinando sobre la majestad de los hechos el hormigueo de un mundo inventado? ¿Quién gobierna esas hilachas milagrosas de sonidos que salen de nuestras bocas, y que ponen en funcionamiento la complejidad del pensamiento humano? ¿Por qué las palabras tienen ese espesor infinito, esa magia que permite hacer regresar el pasado, reconstituir el presente y desteñirse sobre las cosas como si fueran

ellas las que inventaran la realidad? Las palabras son el medio que nos permite apropiarnos de la realidad, es a través de ella que ordenamos nuestras experiencias en el mundo objetivo y subjetivo, son ellas las que nos permiten aprovechar la experiencia de los demás. En su libro “Esencia de la poesía” Horderlin dice que la palabra es el más inocente de los dones que Dios ha dado al hombre, pero al mismo tiempo, según él, el más peligroso e impredecible. En la “Era de Trujillo” la palabra era potencialmente peligrosa, la característica más sobresaliente de ese régimen era la polarización entre la vida y la palabra. Y aquel niño que movía el incensario, sólo mucho después, intentaría definir el labio hinchado de poder y soberbia del déspota más engreído de la historia americana. Soy producto de la movilidad social de los años sesenta. Vengo de esas jornadas. Tras la caída de la tiranía se abrió el esplendor de un discurso humanista. Trujillo nos había separado de las corrientes del pensamiento universal. Los que entonces éramos jóvenes habíamos creído en el simplismo épico de dividir la sociedad entre trujillistas y antitrujillistas. Pero esa última inocencia estalló abriendo un espacio de injurias a nuestros ideales, y tejiendo los primeros tormentos de un largo martirologio. Con la desaparición de Trujillo quitamos los cerrojos de los labios, hicimos poemas, contamos historias, nos desgarramos gritando el sueño de una reconquista de nosotros mismos, casi perdidos y tomados por los bríos del ideal, con las camisas en llamas, jurando exterminar la explotación del hombre por el hombre. Entonces fuimos comunistas. Todos los fetiches del alma los inscribimos en nuestras banderas, y encaramos en el eje de las revoluciones que azotaban los pueblos del continente americano en esa década ardiente, vimos morir a muchos “subiendo las escarpadas

Andrés L. Mateo en compañía de Pedro Mir

montañas de Quisqueya”, desaparecidos en las cárceles, fusilados en parajes inhóspitos, cazados como bestias en el asfalto de las ciudades, o vendidos, simplemente entregados, domesticados y despojados del escozor de las antiguas subversiones, que es, también, otra forma de morir. Atribulados por la extensión del alba, los del sesenta vieron desmoronarse, en un breve lapso de tiempo, el ideal comunista. Poco más de diez siglos de pensamiento revolucionario se vinieron abajo junto con la caída estrepitosa del muro de Berlín. A todos nos vistieron de cenizas, en un mundo unipolar que escarnece los sueños. Todos nos quedamos agitando pañuelos en la noche, buscando nuevas palabras para vestir esfinges, esculpiendo la ironía básica que nos permitiría entender los terribles caminos que se abrían por delante. Era el vacío ensordecedor lo que nos cercaba. Todo se desplomaba para nosotros. De derrumbe en derrumbe, el reencuentro fija hoy la adolorida memoria de las grandes pérdidas. Náufragos, sobrevivientes, argonautas de las decepciones, los del sesenta estamos también aquí. Ya no somos los mismos, y pese a que tampoco le asignamos a la muerte esa clarividencia que la vida no tiene, todo nuestro vivir, queramos o no, está entretejido con ese pasado. Yo mismo, que recojo hoy este Premio Nacional de Literatura no he escrito una sola línea en mi vida que


10 Mythos no esté en relación con todos esos acontecimientos que se desataron en el país después de la muerte de Trujillo, porque fue bajo la mirada negra y cejuda del desconsuelo que nosotros descubrimos el horror, la mentira y el crimen. Los del sesenta salieron a buscar su lugar en el mundo, quizás todo lo que nuestras almas anhelaban se resumía en el descubrimiento alborozado de la palabra libertad, y en el rebelde gesto de pedir la justicia. Hoy ya no hay trapos sagrados que defender. Todo se compra y se vende. No hay principios, sino estrategias. Se desandan los pasos, incluso el pasado nos da miedo. Se reescriben los libros airados, o se borran los grafemas. No hay canallas, sino diferencias cuantitativas entre los actos humanos. La postmodernidad lo ha relativizado todo. ¿No es, acaso, la indolencia, el abandono, la bandera que capitanea los sueños del individualismo postmoderno? ¿Qué puede decir un poeta, un escritor, a una sociedad que apaga los fueguitos del alma desbordando el cerco esquivo de su vida interior, con los artefactos asombrosos de la postmodernidad? Leyendo al más divertido de todos los filósofos postmodernos, el norteamericano Richard Rorty, a quien los círculos académicos llaman el “filósofo de la paradoja”, he encontrado algunas ideas que podrían reconciliarnos con el papel de la literatura en el mundo de hoy. Según Rorty, en el mundo postmoderno es necesario una readaptación de la filosofía, porque el ideal de cultura habrá de ser el poeta y no el científico. Rorty piensa que en las nuevas condiciones no nos serán muy útiles los filósofos tradicionales. En el sentido del sujeto individual, la postmodernidad es la creación de uno mismo. Y siendo así, lo que necesitamos son poetas, narradores, que nos ofrezcan ejemplos de autotransformación, y también nuevas metáforas para imaginarnos a nosotros mismos. Rorty acude a la vieja categoría de la Poeysis griega, asignándole a la creatividad un rol indesterrable en la idea que tenemos de lo que es la verdadera condición humana. La lectura de Rorty puede producir extrañeza, pero lo más sorprendente es que en su sistema, la literatura encuentra

Revista de Arte y Literatura una justificación de existencia en la porque me quiere leer el último verso de postmodernidad. Incluso la ciencia es su cosecha que, según él, ningún otro un género de la literatura, que edifica poeta podrá jamás superar. Es sábado a través del lenguaje los cimientos de y tengo que reunirme con Tony Raful, la autotransformación. Yo, un hombre no el Secretario de Cultura, sino aquel emergido de los años sesenta, se regocija muchacho febril, lector voraz, que sobre esta noche por haber encontrado que lo la verja del dispensario antituberculoso que ha hecho durante toda su vida, tiene del barrio mejoramiento social, hablaba un lugar en el mundo de hoy, aunque como haciendo poesía siempre. Tengo sea a costa de los filósosfos, que a fin de prisa porque Miguel Alfonseca leerá unos cuentas son siempre, también, un poco poemas en la Logia Cuna de América, y poetas. Esto solo daría significado a la le he prometido que asistiré. Norberto noche, como un rojo farol que se enciende James, el cocolo, me visitará para leerme para alentar a los cientos de miles de su nuevo poema “Los inmigrantes”, una poetas y escritores deshilvanados en el epopeya caribeña de sus ancestros, seres mundo, que sienten sobre sus cabezas el de caras tristes que vinieron del sur de sentimiento de inutilidad que le prodiga martinica. su tiempo. Hoy puedo ser múltiple, puedo ir Quiero agradecer a la Fundación y venir en el tiempo, soy yo quien puede Corripio por haber instituido estos elegir el emplazamiento y los límites, Premios Nacionales como una forma incluso vivir fuera del mundo, bajo las de estimular el trabajo creativo de aguas silenciosas e indiferentes, como el nuestros intelectuales. Y agradecer, de Dios oriental, en el corazón de un tallo todo corazón, a mi amigo el profesor de de loto. Aunque todo sea innecesario la Universidad de Puerto Rico Miguel porque hoy, al recibir este premio, creo Ángel Fornerín, la deferencia de haberse que sigo siendo aquel niño que se quedó trasladado a la República Dominicana, moviendo el incensario para toda la vida, especialmente para leer mi semblanza. buscando en su mente la palabra precisa Un premio como este permite unificar que le permitiera describir el aura todos los momentos diversos de la vida milagrosa del tirano. de un escritor. Yo soy casi viejo, tengo derecho al inventario. Ahora estoy en San Juan Bosco, leyendo a los griegos por primera vez, en una edición que el padre Ernesto Buzón puso en mis manos. Por mi mente cruza el club Serra Aliés, en la calle Enriquillo, donde el grupo La Isla se reunía a mediado de los años sesenta, todos los sábados y domingos, a discutir las últimas lecturas o a leer el último cuento, o poema, escritos con el criterio de que el arte no tenía su razón de ser en sí mismo. Me veo caminando por la calle El Conde, junto a Jacke Viau Renaud asomándose a la vida sin Andrés L. Mateo en diferentes momentos de su juventud. demasiadas esperanzas. Veo mis puñitos rosados alzados contra el miedo en las calles insurrectas de Santo Domingo. René del Risco me mira con sus arrebatos, su majestad, su orgullo y su gusto por lo sublime. Juan Sánchez Lamouth, estrafalario, me espera en la escalinata de la biblioteca Froilán Tavárez, lleva horas esperándome, afanoso


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El Ombligo Andrés L. Mateo

L

Ensayista y narrador dominicano.

a cultura judeocristiana grabó una imagen de mujer convertida en un objeto disfrazado, que alejaba el cuerpo, y vertía en lo que la tela dibujaba de los órganos, la idea del sexo y su conjuración. Lo erótico no es lo explícito, lo palpable, lo que se muestra palmario. Lo erótico es lo que se insinúa, esa secreta profundidad que abre y contiene el deseo. Es por eso que Roland Barthes considera que el striptease, contrario a lo que se cree, desexualiza a la mujer en el mismo momento en que la desnuda. Y yo siento lo mismo caminando por la calle El Conde y por las plazas comerciales de nuestro país. Con tantos ombligos al aire, con tantas bellas muchachas con sus ombligos inesperados, que sin embargo, parecen abolir el erotismo, domesticándolo, confinándolo a la mansedumbre de mirar sin asombro ya, una pieza antaño destinada a la complicidad de la alcoba. El ombligo ya ha perdido todo su misterio. Hoy es como una enseña de pirata, como una coquetería al desgaire, como un carnet de identificación femenina, porque no hay dos ombligos iguales, y todos los ombligos tienen su historia. Para empezar el ombligo es el centro mismo del equilibrio del cuerpo, y se encuentra en un sitio neutro respecto de las restricciones que la moral establece sobre lo que se debe y no se debe enseñar en público. Las muchachas que se pasean con el ombligo al aire son, por lo tanto, candorosas, y no violan ningún precepto establecido, porque el ombligo es como una frontera. Se ofrecen dentro de la misma vestidura

Otros libros de Andrés L. Mateo

que se niegan, puesto que el ombligo remite también al nacimiento, a la inocencia, al recuerdo de la envoltura natural del cuerpo. Por el privilegio de su ubicación, una muchacha que exhibe la singularidad de su ombligo en la calle, muestra también una metáfora. El ombligo es, entre las nobles zonas del cuerpo humano, el de mayor uso metafórico. Se suele decir: “creerse el ombligo del mundo”, cuando se habla de alguien muy presumido que se autoestima con toda desmesura. La muchacha que muestra su ombligo, por el contrario, “da un ombligo al mundo”, ella no es “ombligo del mundo”. Metáfora invertida que el sentido común ha codificado para crucificar a los presumidos. La expresión “haberle cortado el ombligo”, que se usa cuando alguien tiene bajo sus dominios la voluntad de otro, y que remite a un conocimiento minucioso e inicial, puesto que quien corta el ombligo es quien pone en marcha la vida independiente del niño; hace de la muchacha con el ombligo al aire una criatura indefensa a la que “todos le hemos cortado el ombligo”. En cierto modo, quienes la observamos casi sin asombro, somos sus comadronas. Lo que no se puede decir de la frase “encogérsele a uno el ombligo”, que se esgrime cuando uno se mete en miedo o se desalienta, porque no hay nada más alentador que la geométrica rugosidad de un ombligo. Por último, un ombligo al aire tiene un final aliciente religioso y de misterio. El “Diccionario de la Real Academia Española”,

en la página 977 del tomo II, describe el ombligo de la siguiente manera: “Cicatriz redonda y arrugada que se forma en medio del vientre, después de romperse y secarse el cordón umbilical”. ¿Entonces el ombligo no es más que la fría indiferencia de una cicatriz? ¿No hubo, acaso, una mano sagrada, que amarró el nudo a cada hombre y mujer? El diccionario está equivocado. El ombligo es el último nexo material con el misterio de la creación, y si Dios fuera sastre, el ombligo sería como la puntada final, el último guiño divino, la huella de nuestro origen celestial. Puerta del cielo, metáfora del inicio de la vida, brizna del feliz universo intrauterino, el ombligo borra la carne, en el mismo momento en que finge desnudarse. Las muchachas con sus ombligos al aire lo que están es filosofando.


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Cartografía y arqueología cultural en Pedro Henríquez Ureña, errancia y creación de Andrés L. Mateo

Es poeta, ensayista y crítico literario Miguel Ángel Fornerín dominicano.

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esde Vidas paralelas de Plutarco, la narración de una vida ha sido un motivo para construir la historia de un ser ejemplar. Y eso es lo que nos queda cuando leemos este libro de Andrés L. Mateo sobre el itinerario cultural de Pedro Henríquez Ureña. Un ejemplo que, sin embargo, ha sido poco valorado en la República Dominicana. El texto de Mateo nos conduce por los caminos que siguió el maestro de América. Por los caminos físicos y espirituales y en su trashumancia letrada lo acompañamos. La pasión de la cultura y el aprendizaje, el dolorido vivir de Pedro Henríquez Ureña son narrados por una prosa límpida, directa y de hermosos momentos poéticos. Este libro es significativo en la ensayística de Andrés L. Mateo en la medida en que pone como un continuo su visión de República Dominicana y de América Latina. Está estructurado, como toda biografía, por una narración vital que se abre con el nacimiento y termina con la muerte. Los períodos de caídas son constantes en el personaje. Su reconocimiento fuera de su patria es apoteósico, mientras que las peripecias de la política dominicana lo convierten en un errante. Pedro Henríquez Ureña es, en la narración de Mateo, un héroe que busca el fuego del saber, mas, acosado por el autoritarismo, no puede regresar a su comunidad de origen. Fue Henríquez Ureña maestro allende las fronteras, pero no en su propia patria. Una tríada de los saberes se convierte en enfoque permanente en la narración de Mateo. Ésta se basa en las tres disciplinas que fundamentalmente aparecen estudiadas en toda su ensayística: la política, la economía y la cultura. En este libro la política es una espada de Damocles, pues es la relación entre autoritarismo

y democracia lo que perfila el contexto dominicano y latinoamericano en el que va a nacer Pedro Henríquez. Dos elementos se encuentran en su origen: una parte de su familia proviene de los judíos sefarditas, establecidos en Curazao y que luego pasan a Santo Domingo. De ahí, parte de una diáspora empujada por el autoritarismo y el comunitarismo religioso. Luego, su nacimiento se da en el contexto de la lucha dominicana por la organización liberal del Estado; un Estado que más tarde quedará

en las manos del dictador Ulises Heureaux (1884-1899). En “A mi Pedro”, el poema que le dedicara Salomé Ureña Díaz, su madre, y que Mateo lee como letra que se impregna en la idea del héroe-Pedro, la relación entre las letras y la espada queda expuesta. En su lucha, el mundo letrado debe ganar a la marcha de la Guerra. Esa preocupación de la madre-poeta es sintomática y declara el futuro del niño como héroe de la cultura. La política va a determinar en mucho sentido el itinerario del padre y así el de Henríquez Ureña. El inicio de ese salir de

la comunidad en busca del saber lo inicia el padre y ese itinerario se va a transformar en diáspora intelectual como una forma que evita el encuentro frontal del padre con el autoritarismo de Heureaux. La herencia del padre arrastra al hijo. Lo económico se convierte en un eje fundamental en la narración, pues será parte condicionante de los esfuerzos por mantener la adquisición del saber. En Cabo Haitiano, Pedro estudia francés. Y con esto se inicia la relación toponímicoaprendizaje. Pero es constantemente un ser en busca de la cultura y un héroe dominado por las peripecias económicas y políticas. Las económicas están marcadas por el nivel de inestabilidad personal: cuando su padre no puede mantenerlo en Nueva York, pues ha cambiado la situación política en República Dominicana, Pedro se ve forzado a aminorar su búsqueda cultural y trabajar en una empresa comercial. Para lograr este empleo, tiene que hacer un aprendizaje nuevo: teneduría de libros, aprender las técnicas de administración de oficina y perfeccionar sus competencias en lengua inglesa. A veces se nota en la narración de Mateo que la economía es parte del contexto social, pero, en mayor grado, la narración biográfica de Mateo se centra en la familiar y la personal de Pedro Henríquez Ureña. Si en El Lazarillo de Tormes se muestra a un anti-héroe que tiene hambre y lucha por saciarla. En este texto sobre la vida de Henríquez Ureña aparece un héroe que busca desesperadamente la cultura, todo el tiempo, y que nunca se saciará, nunca logrará terminar su búsqueda y nunca logrará afincarse en suelo propio. Es la economía y el autoritarismo lo que le impiden convertirse en Prometeo, para robar el fuego a los dioses y entregarlo a su comunidad. La cultura es el constituyente último y fundamental de la tríada: economía, política y cultura. Pedro Henríquez Ureña es, en la narración de Mateo, un héroe cultural. Y este es tal vez


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su mayor elemento de ejemplaridad. Un héroe cultural que surge, en primer lugar, de una entrega prodigiosa a las letras; de ahí toda la narración del Pedro-niño, de sus pequeñas hazañas como lector e imberbe periodista y crítico literario. Pedro nace de cuna letrada: su abuelo, poeta innovador, de su madre poetisa aclamada, de su padre científico, su tío, amigo del patriota Martí; de su ejemplar vida cultural en el hogar, donde se educa, en fin, no hay nada de que hurtar: Pedro nace letrado y su vocación será siempre una búsqueda. Sobre todo la búsqueda de la perfección o de la identidad, no sólo de los dominicanos sino de todo un continente. La formalización de esa vida estará, en un principio, determinada por las ideologías de su época. Las visiones de mundo marcan a Henríquez Ureña: en primer lugar, el positivismo, que en Santo Domingo era el hostosiano, contradictor de del autoritarismo; pero que en México será el sustento del autoritarismo de Porfirio Díaz. A esto se une el arielismo de Rodó, que Pedro abraza como la mirada latinoamericanista. Positivismo y arielismo formarán la visión de mundo del héroe cultural dominicano. En ellos se empina para entrar al mundo cultural cubano y luego al mexicano. Poco a poco, va dejando atrás su positivismo. Mateo lo presenta como un ente en transformación. Así México lo va a convertir en revolucionario de la cultura. Mientras la Revolución realiza su trabajo en el campo de económico y político, Pedro se abraza a la cultura, lugar donde puede luchar sin ser atacado por su condición de extranjero. Aunque en México tiene camaradas e iguales. También realiza una labor de magisterio, como lo ha hecho con su hermano Max. En resumidas cuentas, En México Pedro forma una confraternidad de ilustres de América: el Ateneo de la Juventud se instaura como faro rodiosiano de América. Además, en México Pedro encuentra ciertas raíces, raíces americanas. El éxito le acompaña y también su lucha personal que se convertirá en el relato de Mateo en lucha agónica, existencial. En México deja de ser positivista de verdad y comienza su búsqueda de los universales. La lectura de Platón, el encuentro formal

con el mundo griego, con Nietzsche, con la filosofía del momento, a la vez que profundiza en la mexicanidad y en los orígenes culturales de la América hispana, como se echa de ver en En la orilla. Mi España. El encuentro con los universales es lo que mejor define la cultura de un erudito en formación. Son los universales de la mirada; archivos de la humanidad en los que el sabio entra como el que se baña en un río. Mas en Henríquez Ureña, lo universal tiene una especificidad local, cultural y filológica. Por otra parte, Mateo muestra las distintas miradas que da Henríquez Ureña a la ciudad de Nueva York y su papel de pionero de los estudios hispánicos en Estados Unidos. Pero también, las contradicciones entre su patriotismo dominicano con la política norteamericana. La ideología arielista sirve como un sustrato de la mirada, ya que es por los ojos de Rodó que Pedro Henríquez ve a los Estados Unidos. Su arielismo se trasformará hasta llegar a convertirse en la utopía de América. Henríquez Ureña calificará a los vecinos del norte como el país donde la utopía ha sido secuestrada a favor del utilitarismo y el comercio. En Estados Unidos logra el héroe cultural dominicano el aprendizaje de una lengua, el conocimiento de un contexto cultural, la extensión de su erudición hacia el mundo y la cultura anglosajona, así como el reconocimiento en una de las cunas de la difusión de las ideas del mundo hispanoamericano. En Minnesota fue alumno y maestro y en Harvard ya era una leyenda. Cada uno de esos triunfos de Henríquez Ureña están acompañados de la narración de una vida que se divide entre una búsqueda incesante del fuego del saber y una angustia personal, una enrrancia lastimera. Si en México fue héroe de la cultura, compañero y maestro de quienes serían las voces más preclaras del continente, como Caso, Reyes y Vasconcelos; si en México fue discriminado y convertido en Menox, haitiano y puertorriqueño. Si en México logra tener una cátedra, puestos en el sistema educativo y reconocimiento público y aprecio, también será despreciado por sus enemigos y traicionado por José de

Vasconcelos y comprendido por Alfonso Reyes. En Argentina será ignorado, menospreciado por las autoridades educativas, y, sin embargo, tendrá palestra en la revista Sur y discípulos como Borges y Sábato. Logrará realizar una gran labor editorial en Losada, de la que fuera socio y escribiera sus principales obras como lingüista. Mateo llama a la etapa argentina la etapa de su madurez. Su breve estancia en Santo Domingo, como ministro de educación y reformador, lo ponen de nuevo de frente al autoritarismo. Y muestra de nuevo que es el autoritarismo el que no le permite al héroe cultural regresar a la comunidad y entregar el fuego del saber. La ciudad letrada de Santo Domingo estaba dominada por un dictador. Henríquez Ureña vuelve a su diáspora cultural y regresa a la Argentina. Su muerte la describe Mateo como el continuo trajinar. Como metáfora de una labor educativa y cultural que aún debe perdurar como ejemplo. Este ensayo biográfico es fundamental en la ensayística de Andrés L. Mateo. Lo es porque, a través de él, podemos entender al autor y encontrar el perfil que Mateo ve en la dominicanidad. Para Mateo, esa dominicanidad es cultural. Su ensayística nos muestra la relación entre el poder y los letrados. El resumen de esta relación está determinado por el uso que el poder da a la cultura, una cultura que pocas veces puede ver más allá del poder. Existen tres intelectuales a los que Andrés ha consagrado sus reflexiones: Arturo Peña Batlle, Joaquín Balaguer y Pedro Henríquez Ureña. El primero crea un pensamiento ancilar para la dictadura,

una dictadura que no podrá asumirlo ya que el pragmatismo la domina. El segundo organiza un pensamiento oblicuo en el que se mezclan “jerga” y discurso, todo con el interés de suceder a Trujillo. En el caso de Henríquez Ureña, es el autoritarismo


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el que no le permite ingresar a la ciudad. Una ciudad que él había sublimado en una ciudad cultural, para evitar a la polis y las consecuencias que el aposicionamiento acarreaba. Mateo parece prefigurar el destino de la intelectualidad dominicana: su lucha por el pensamiento y la cultura lo conduce al aislamiento, a la errancia o al silencio. Pedro Henríquez Ureña pudo realizar su gesta fuera de su propia tierra. Y, a más de medio siglo de su muerte, esa gesta es el gran ejemplo que dejó a los dominicanos. Nadie como él llegó tan lejos. Nadie como él logró estar más lejano del poder autoritario, lejanía que no siempre, vale decirlo, lo liberó de sus garras. En suma, Pedro Henríquez Ureña, enrrancia y creación es una obra significativa porque en ella Andrés L. Mateo pone en ejecución la cartografía de su mirar lo dominicano. Su saber es un desplazamiento desde la economía, la historia, la política y la cultura. Con la figura de Pedro Henríquez Ureña nos pone a pensar en la dominicanidad. Y, más allá, su estilo literario es aquí directo: como si quisiera que fuera Henríquez Ureña que hablara por sí mismo. El telón de fondo de los acontecimientos no deja de ser el mismo que acompaña las reflexiones de siempre de Mateo, sus ideas sobre el país, el tono angustioso, la vida dominicana como las innumerables caídas del ideal de libertad y la lucha sostenida por conocer, aprender y saber. Todo esto aparece unido a una voluntad de identificación a un deseo de pertenecer y a una utopía grande que en Santo Domingo tiene como puerto el derribamiento del autoritarismo y el pragmatismo a favor de una vida cultural, política y democrática digna.

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Ensayos de Andrés L. Mateo

Publicados en la Prensa Nacional, en la columna “Sobre el tiempo presente”

JUAN SÁNCHEZ LAMOUTH

Todos los años reescribo una viñeta condolida sobre el poeta Juan Sánchez Lamouth, como parte de un pacto silente que me impuso su vida. Se trataba de un resentido, un insignificante, que, por demás, tenía la impenitente manía de mentir. Se situaba en las tardes de la aldea, que era como llamaba al barrio de pobre donde vivía en Los mina, y escribía poemas a una novia tísica que nunca existió. Hablaba, engañándonos, como siempre, de un zapatero amigo, José Gros, lastimero porque las olas del mar de Macorís no deberían llegar tan azules hasta su puerta. Derribaba las ventanas de las prostitutas, lánguido por los vientos de la madrugada, y juro que más de una vez yo vi muchas de esas mujeres marchitas anegadas en lágrimas, mientras él declamaba, con su voz aguardentosa, unos poemas dificilísimos de William Blake en plena calle Duarte. En el juego de la vida se dio, sin embargo, a la reciprocidad. Llevaba siempre un puñal remoto, una pena baldía que lo empujaba a odiar y a amar indistintamente. Y toda la sórdida realidad que conocía la poetizaba. Sus libros son un fresco gigantesco por el cual desfilan las grandes y pequeñas aventuras del ser, los minúsculos hombres que compartieron con él las copas, las amantes de turno que intercambiaban su tiempo de poeta por amor, las viudas que inútilmente buscaban cuanto gastó la vida, los marineros perdidos en su lecho de agua, la carta escrita para la tristeza, en las horas idas, cuando las lilas crecieron en la vigilia del odio; las vendedoras de café de la calle José Martí, solidarias con los borrachines dispuestos a cantar nuevas resacas; el chivato de torva mirada, la puta del crepúsculo atormentada por sus propios ardores, el barbilindo atravesado por un suspiro, la chopa emboscada a la espera del viandante que le ha prometido el amor. Toda la mezquidad que vieron sus grandes ojos de bosque detenido está en sus versos, en la diatriba que salía de sus gruesos labios de hombre de piel negra. Y estaban,

también, las debilidades y el servilismo que la inexorabilidad de la existencia le había destinado. Ponía el nombre de los poderosos al pie de sus poemas, y pasaba en las tardes de su degradación a recoger el peso, la limosna, que muchos le dieron llevándose la punta de los dedos a la nariz. Un día, en medio de una borrachera, a pleno pulmón, pidió a sus amigos que cuando él muriera, si le ponían su nombre a una calle, nos orináramos en ella para refrescarle el camino. Siempre miró a la muerte con desdén. Hay dos calles que llevan su nombre, Dios sabe que a veces lo hago. BALADA PARA EL OTOÑO

Hubiera querido escribir sobre la celebración de los cien años de Joaquín Balaguer, pero siempre escribo una balada a la llegada del otoño, esa “estación de la bruma y la dulce abundancia”- como la llamó el gran romántico inglés John Keats-; porque el otoño concurre a la explicación exageradamente visible de las estaciones. Nosotros, los habitantes de las islas del caribe, no lo sabemos, alardeamos con bríos de nuestro “eterno verano”. Las variaciones en el tiempo son un espectáculo que se suma a otro, y luego a otro, y cada momento impone el conocimiento total de una pasión, enfática dentro del orden de los signos que el hombre y la mujer les han impuesto a las manifestaciones de la naturaleza. El otoño, por ejemplo, es un peón del invierno. Llega y reparte cartas. Desnuda los árboles, viste de gris la imagen momentánea del poniente, y en el agobio desvaído de las tardes fulmina las hojas, que planean rendidas, con trazos sin volumen, encargadas de significar el gesto intolerable de una impotencia y una derrota. Nos decepcionará la primera imagen de lo innoble que él ofrece, solo que no es él, el otoño es únicamente un peón del invierno. Los dominicanos nunca hemos disfrutado de ese espectáculo porque las estaciones son para nosotros el mito de lo


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idéntico: “un eterno verano”. Y el otoño es lo gris, el lecho pródigo de las hojas, la suma larguísima de una tristeza. Mientras en el verano todo es inocente, en el otoño todo es sombrío. Además, no se anuncia ceremonialmente, como la primavera, simplemente aparece. Siempre cuento a mis estudiantes la forma imprevista como me topé con el otoño (hablo del verdadero, no de esa versión que se enmascara en la isla). Había llegado a París al final del verano. Agigantada hasta la talla de un signo, la realidad era todavía verde la noche anterior. Cuando abrimos las ventanas por la mañana, la visión panorámica de una naturaleza unívocamente gris nos dejó perplejos. Allí estábamos Norberto James y yo, sobrecogidos por la turbación y sin decirnos nada. Era como si millones de querubines hubieran pintado el mundo de gris, en una sola noche, mientras nosotros dormíamos. Entonces me prometí a mí mismo que al inicio de todos los otoños de mi vida escribiría una balada. Nadie puede dudar que el otoño posee el poder de transmutación más asombroso, figura inteligible que cambia, además de la naturaleza, al hombre y la mujer. Y si cuento esta historia es para subsanar una carencia, porque el verano se va y es como si llegara, pero es una pena que el otoño nos deje instalado en la perplejidad de los dioses, y ni siquiera nos demos cuenta. Hubiera querido escribir sobre la celebración de los cien años de Joaquín Balaguer, pero es el otoño y esas arideces refulgen en el río de sangre que Balaguer convoca. Prefiero el otoño. ¡Ah, el otoño, que es tan solo un peón del invierno! EL DELEITE DEL PENSAMIENTO

Para cualquier estudioso de los actos de habla, el pensamiento es un deleite. Siempre advierto a mis alumnos sobre el hecho trivial de descubrir el pensamiento, de disfrutarlo como un tesoro inapreciable, casi perdido en los intersticios de la agobiante cotidianidad. Porque si hay algo paradójico en este mundo que llamamos “sociedad de la información”, es el hecho de que la idolatría tecnológica nos separa

cada vez más de la reflexión sopesada y la aventura de la imaginación. Suelo advertir en las aulas sobre ese designio del mundo posmoderno, y ruego a mis alumnos que espíen su núcleo más íntimo, que indaguen sobre la naturaleza de cualquier otro tipo de placer, y hagan la geología de la condición humana, seguro de que hallarán el pensamiento como un arma que define la aventura del ser. Entonces los sitúo frente a la lengua y la lectura, atravesando la idea de que no hay pensamiento sin lenguaje, y dejo fluir ese costado sublime que es la imaginación, hasta remontarnos al también deleitoso descubrimiento de que esa invención humana, el lenguaje, penetra hasta el fondo de nuestra inteligencia. En ese libro tan usado por los estudiosos modernos (“Problemas de lingüística general”,1966), que escribiera Emile Benveniste, se demuestra que no hay en la historia de la humanidad un solo instante en el que el ser humano aparezca separado del lenguaje. No existe un ser humano sin lenguaje, la lengua es consustancial a la condición humana, fundamento de su práctica, base de su comunicación, cemento invisible de la colaboración y la vida en sociedad, herramienta del pensamiento y la planificación, cuerpo material de los saberes, su multiplicación y su preservación. Pese a toda la apabullante tecnología del mundo contemporáneo, no es concebible ningún nivel del desarrollo alcanzado sin la lengua, y todo saber atraviesa sus signos. Porque si algo sacó a flote Ferdinand de Saussure es el hecho de que la mente humana es estructuralmente lingüística. Hablo de algo tan simple como la capacidad de apropiación de las leyes de la realidad, porque la realidad no tiene un diseño previo al pensamiento, sino que es el pensamiento el que diseña la realidad. La realidad es múltiple, plural, llena de texturas y de colores, de formas diferentes y objetos diversos. Acompaño siempre esta aseveración en la sala de clase pidiendo observar las cosas que nos rodean, y luego nombrándolas, para sentir el misterio de designarlas, el orgullo de la apropiación. ¿No es, acaso, esta tensión creativa la verdadera configuración del sujeto? ¿No está rubricada toda la hazaña humana en

la poderosísima tarea lingüística? ¿Los códigos del mundo cibernético no nos enseñan sólo lo que el lenguaje nos permite conocer? El pensamiento es un deleite, y un arma que hace apto al sujeto en cualquier situación de indefensión. Nadie está completamente desprovisto si maneja su lengua. Y en particular un estudiante, porque si la lengua es objeto de estudio, es también con ella que se estudian todas las otras asignaturas, y es ella la que provee las categorías del pensamiento. Escribo estas notas porque he estado revisando los resultados de los últimos cinco años en las pruebas nacionales en lo que respecta a enseñanza del español, y si este fuera un país y no una caricatura, hubiéramos declarado una emergencia nacional por amenaza de cretinismo galopante. La educación dominicana está en crisis, nuestros estudiantes no manejan el instrumental principal del sistema enseñanza-aprendizaje, que es la lengua; y esto los aleja de la maravillosa sensación de descubrir el deleite del pensamiento. Prometo que en el año próximo escribiré algunos artículos sobre el tema.

Poema Inédito MI PEQUEÑA CAPUCHA Andrés L. Mateo

Sueño así, bajo mi pequeña capucha, con muchos cascabeles. Soy un hombre que debe morir. No paso inventario, pero debo decir que he regresado a mi encubierto silencio. Campana del viento llameante, ligera libertad del olvido, el rostro tenue de mi madre que casi he olvidado. Nada. Hilos de fuego, mis hijos regresando con sus manitas en alto, pajarillos en fiesta, entre los garabatos de los días. Es así como sueño, bajo mi pequeña capucha, con muchos cascabeles, aunque soy un hombre que debe morir.


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Literatura Dominicana en Exportación Altagracia Pérez Almánzar

Periodista y Escritora

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pesar de la sobrada calidad que dispone nuestra literatura, la realidad es que en nuestro país, todavía no se registra la gran obra, esa que al traspasar los límites territoriales, haya generado grandes ventas en masa, en los mercados internacionales. Sin embargo, en los últimos años se ha venido operando un fenómeno de introducción de la literatura dominicana a otras latitudes, que ya va estableciendo una experiencia casi global de expansión de nuestro talento. Promotores como Roberto Gómez Sánchez, desde la editora Isla Negra en Puerto Rico, sienta precedentes en esta gestión; de igual modo, el italiano Danilo Manera, quien presentara por primera vez en Europa a escritores dominicanos, como Angela Hernández, Pedro Peix, Marcio Veloz Maggiolo, José Mármol, Máximo Vega, Manuel Llibre, entre otros, aportando interesantes obras de referencia de nuestra cultura y literatura, como son ´´I cactus non temono il vento´´ , ´´Santo Domingo respiro del Ritmo´´ y ´´Onde, Farfalla e aroma di caffè´´. Otros trabajos de esta índole,

Universidad de Guadalajara, México. Esta labor de exportación del producto literario nuestro, se viene consolidando ahora con la italiana María Antonietta Ferro, traductora de textos Jurídicos, quien al realizar su tesis de maestría en Traducción Literaria en la Universidad de Siena, decidió inclinarse por nuestra literatura, luego de descubrir la poca presencia de la literatura dominicana en su país. En el año 2005, luego de realizar un levantamiento por la Internet, la novela Chat del escritor Pedro Camilo sería la primera obra dominicana que captaría el interés de Ferro, convirtiéndose en sustento de su tesis de Maestría; también le seguiría su traducción del “Como viento en el arpa” de Camilo y el cuento “Luis Pié” de Juan Bosch para la Revista “Estudios latinoamericanos” de la Universidad de Udine. Esta acuciosa investigadora de la tierra de Dante, que se motivaría a venir en el mismo año 2005 a nuestro país, siente que la literatura dominicana la ha ido atrapando convirtiéndose en una “pasión literaria”, por lo cual manifiesta, que aunque Italia es el país de los santos, los navegantes y los poetas, República Dominicana “en cuanto a poetas, no tiene nada que envidiarnos”. Porque precisamente afirma, haber podido comprobar que en lo

Gautier, Brache, Solano y M.A. Ferro en la Basílica de San Pedro, Roma.

“Me gusta como los dominicanos cuentan su realidad, como la analizan, la critican, la aman, la hacen vivir por medio de sus palabras”, puntualiza Ferro. Por esto, la lista de autores aumenta, en este tren de traducciones que ella timonea, y que comienza por enarbolar con la figura de Juan Bosch, a quien califica escritor por excelencia; también se suman los trabajos de “Miles manos”, de Emilia Pereyra, “Hansel & Gretel” de Máximo Vega, “El creador” de Reynaldo Dysla, “El cojo, o Agustín

Porto Venere, Italia

nos remiten a la especialista en literatura caribeña y profesora de la Universidad de Puerto Rico, Vivian Auffant, quien ha compilado literatura dominicana, en una antología anual, realizada para la

que se refiere a estilos y temas, los escritores dominicanos “representan los sentimientos universales y eternos que pertenecen a todos los hombres de cada tiempo y de cada parte de la tierra”.

Sánchez”, de Eulogio Javier, “Piel acosada” Avelino Stanley, , “La segunda señal”, de Nan Chevalier y otros autores, en la antología de “Voces de Quisqueya” publicada en Italia en 2006. Continúa en la página 19


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ENTREVISTA

Altagracia Pérez Almánzar

Periodista y Escritora

A

unque auténtica norteamericana nacida en el estado de Arizona, Sydney Hutchinson, musicóloga e investigadora, camina, respira y transpira con una entusiasta pasión por la República Dominicana. Graduada de Licenciatura en música Clásica de la universidad de Arizona, y una maestría en Piano, Etnomusicología de la Indiana University; luego de trabajar, Folclore en la ciudad de New Cork, por más de 3 años, la inclinación de Sydney por nuestra música típica la ha llevado a residir desde el año 2004, en el país, para la exploración de las raíces del merengue típico, investigación que fundamentará su tesis de grado de doctorado en Musicología. Su interés por nuestra cultura ya va legando incalculables aportes, en abril del 2007, produjo para la casa disquera Smith Sonian, un CD de 12 merengues típicos grabados por La India Canela, con el objetivo de mercadear nuestro merengue típico tradicional al público estadounidense. Al conversar con Hutchinson, no sólo nos contagia con el amor que irradia por el merengue típico, al mismo tiempo nos hace asomar a aspectos diferentes de nuestro carnaval, manifestación de la cultura dominicana, con la cual se identifica de tal manera, que ya es de las que se disfrazan, incorporándose como una dominicana más, que ama y disfruta nuestras comparsas carnavalescas. ¿Cuándo haces contacto con la cultura dominicana? SH.- Después que me mudé para New York. Nunca había conocido a un dominicano, porque no hay ninguno en Arizona y en Indiana; entonces, cuando llegué a New York, hay tantos ahí, eso me llamó la atención porque no sabía nada de esa cultura y cuando estaba en el Centro de

Música y Baile tradicional en New York, yo trabajé con ellos para organizar una parte del Festival Nacional del Folclore en Washington con la Smith Soniac, que es el museo nacional de Estados Unidos. Ellos tienen un Festival del Folclore todos los años, en el verano. Escogen una región para ser representados en el Festival y ese año fue en New York. El Festival iba a llevar muchos grupos de música de New York, representando todas las culturas. Entonces ellos llevaron merengues típicos y fue ahí que conocí el merengue típico, lo cual me impresionó mucho. ¿Cuál fue el primer sentimiento que te invadió con respecto al merengue típico? SH.- Emocionante. Tuve que bailar y toqué la güira también. Y me gustó mucho más que el merengue de orquesta, que fue el único merengue que yo había conocido, hasta entonces. El merengue típico es mucho más emocionante, mucho más impresionante para el músico, porque ellos improvisan más, son músicos de verdad. Además que siempre me había gustado el acordeón, pero ellos lo tocan mucho, de verdad,

porque improvisan mucho, tocan de oído y tienen una técnica que es impresionante. Siendo tú formada en música, cómo explicas esa técnica de oído, con que ejecutan los merengueros típicos. SH.- Bueno que es impresionante, porque con la música clásica, aprendemos todo de partituras; entonces yo creo que pierde un poco de vida, por ser transmitida por partituras. El merengue típico es una tradición oral, y uno aprende de un maestro cara a cara, entonces hay una interacción humana, que es muy necesaria para sostener la tradición. ¿Qué pasa con los merengueros? No leen música, pero saben más que aquel que lea música, porque inventan cosas en el momento. Mis maestros me entrenaron a tocar lo que está ahí en la página, pero a no tocar más nada, que no esté escrito en esa página. Entonces, ellos tienen esa capacidad para inventar


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música en el momento, para reaccionar lo que están haciendo los otros músicos del conjunto, eso viene siendo como un jazz dominicano, porque eso es lo que hace el jazz norteamericano, que hay una interacción entre todos los músicos del conjunto, que todos tienen que agudizar su oído para prestar atención y ver que están haciendo los otros músicos, para reaccionar y combinar. Es más, los merengueros típicos tienen mucho más memoria, porque hay algunos de ellos, por ejemplo, Rafelito Román tiene 500 merengues, que él los tiene de memoria, que no tiene que ir buscarla a una partitura, ni a un libro, él los tiene ahí, eso es impresionante. Al conocer esa parte de lo que es la identidad dominicana. ¿cuándo decides entonces venir aquí? SH.- Bueno, yo creo que siempre quería venir para ver como era aquí, pero hay tantos merengues típicos allá, también, que no hay esa necesidad de salir de la ciudad, para verlos. Porque cada noche, hay presentación de merengue típico, por ejemplo, en Brooklyn, cuando yo vivía allá, no tanto como en el alto Manhattan, donde viven mucho más dominicanos, Brooklyn tienen más músicos típicos, entonces en la semana siempre puedes encontrar una fiesta de música típica. Yo salía todo el tiempo a hablar con los músicos, y aprender lo que pude. Entonces fue que después que yo decidí hacer mi tesis de doctorado sobre merengue típico y entonces vine para acá en el año 2004. Al llegar aquí también te identificas con nuestro Carnaval, ¿cómo entras en contacto con el Carnaval? SH.- Cuando vine, yo realmente no sabía nada del Carnaval, después veía algunas cosas que trataba del Carnaval, las caretas que estaban en el Museo folclórico Tomás Morel; pero, no sabía nada, y quería saber más, entonces un día pasé por la 37 por Las Tablas, ellas estaban tirando fotos al Lechón, que se llama José Isaías. Yo vi ese disfraz que tenía tan bonito, y me puse hablar con él. Mi forma de conocer la cultura y de estudiar, hacer investigación siempre ha

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sido participar, pero yo no me mantengo aparte mirando, yo participo a ver cómo es, entonces yo le dije a José Reyes, que yo quería participar. Eso de tu participar ¿es una metodología que te enseñó la Universidad, o es algo personal tuyo? SH.- Es algo mío, bueno hay otros que trabajan así, hay otros que no, pero esa situación es igual que como mi formación para bailarina, si yo quería conocer algo sobre el baile, yo me puse a bailar ¿verdad? Entonces, hacía merengues típicos, eso significa que tenía que tocarlos, tuve que aprender a tocar acordeón. Entonces le dije a José Reyes, que yo quería participar y disfrazarme. Entonces, él me dijo: bueno, vamos a ver lo que pasa hasta que tú vuelvas al país y vamos a ver si te metemos en algún grupo. Entonces en el 2004, yo me fui. Volví en Septiembre del 2005 y llamé a José Reyes y dije: aquí me tienes. Y me dijo “vamos a ver si te encuentro un grupo”. José Reyes habló con el grupo que me iba a aceptar, que se llama “Los Confraternos”, de Pueblo Nuevo. ¿Cuál fue tu primera impresión cuando entraste? SH.- Bueno, que era mucho trabajo, porque teníamos que recabar fondos, teníamos que preparar los disfraces y diseñarlos. Buscar las caretas, mandar a hacer las botas que usamos. Entonces hice muchísimas cosas, era un trabajo grande. Empezamos en Diciembre, el otro año y terminamos a mediados de Febrero con los disfraces. En ese trayecto que vas acumulando con los grupos de carnaval de Santiago. ¿Cuál es la vivencia que te va aportando de disfrazarte? SH.- Primero conocer mucha gente que no había conocido en los barrios; también, a sentir lo que es el Carnaval, porque los lechones, por ejemplo, tienen un movimiento social, que hay que aprender con ellos. Tú sientes que ya no eres tú, te conviertes con ese disfraz, en alguien que no eras antes.

¿Quién era Sydney antes de esa experiencia? SH.- La Sydney desapareció en ese momento, forma más parte de la cultura de aquí; siempre que me veían o yo abría la boca, de una vez sabían que yo no era de aquí, con esa careta quien iba a saberlo. ¿Cuáles serían las expresiones que tú utilizarías para describir nuestro Carnaval? SH.- Los carnavales de cada país son diferentes de uno y otro. Es un poco complicado, porque aquí hay tantos carnavales tan diferentes, el uno y otro, creo que en este país hay más diversidad, que en cualquier otro país. ¿Qué te parece el carnaval de Santiago? SH.- Es mucho mejor porque es un Carnaval bastante participativo, que si quieres participar puedes hacerlo, en la forma que quieras, no hay tantas reglas para poder participar, así que hay más comparsas, además hay más diversidad, y me gusta eso, que una persona común que no tenga recursos puede participar. Es un Carnaval para todos, el Carnaval debe ser para todos. ¿Qué significa para ti ser lechón? SH.- Es un poco difícil, es participar de una tradición, que ya ha durado tantos años, que tiene tantas raíces profundas, es algo profundo. A mi me gusta ser lechón, porque como te dije uno se siente más fuerte, yo siempre he sido así, yo soy una mujer fuerte, yo no hago lo que la gente espera, lo que una mujer espera, porque ser lechón es algo fuerte, es duro que requiere mucho trabajo, mucha fuerza y por eso me gusta, todavía no hay muchas mujeres que se disfracen de lechón, pero las que sí de disfrazan de lechón son mujeres fuertes. Y me gusta eso, porque enseña eso, que una mujer puede ser fuerte.


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Revista de Arte y Literatura Viene de la Pág. 17

“Son joyas literarias, gotas de oro fundido encerrando la profundidad y las contradicciones del alma humana.” Así se refiere Ferro con exaltada pasión sobre estos autores, los cuales han logrado insuflar su hábil ánimo traductor, hasta conllevarlos ya a impactar en importantes concursos literarios de Italia. De la mano traductora de Ferro, participaron diez cuentos y doce poemas de autores dominicanos en el Concurso de Cuentos y Poesías “Città di Viareggio”, de Italia, promovido por la Editorial Il Molo, de Viareggio, en septiembre del 2005; aquí obtuvieron cimeros lugares en los géneros de narrativa y poesía Avelino Stanley, Alexis Gomez Rosa, Guido Riggio, Pedro Camilo y Manuel Salvador Gautier, segundo premio de concurso con su cuento “Urías”. Para abril del 2007, presentaría el ensayo “Comparación entre Juan Bosch y Giovanni Verga, en la X Feria Internacional del Libro en Santo Domingo y también en la Fiesta del Fuego en Santiago de Cuba en Agosto 2007. También en el pasado año 2007, al traducir la última novela de Manuel Salvador Gautier, “El asesino de las lluvias”, Ferro consiguió captar el interés editorial de Giovane Holden Editori y Viareggio, asimismo para el poemario de “Rituales de la Lluvia” de Jaime Tatem Brache y varios cuentos de Miguel Solano. Tres Escritores Dominicanos En Italia Esta “fuerza divina” que ella afirma haber encontrado en los poemas de los autores dominicanos, es la que hace dedicar todas sus energías a la difusión de estas obras, sin embargo es a partir de su encuentro con los escritores del movimiento Interiorista, cuando Maria Antonietta Ferro siente que se despierta una emoción “viva” por la poesía, ayudándola abrazar la labor traductora de la poesía, sin temores, con todas sus posibilidades. En su visita a uno de los encuentros de escritores realizados por el Ateneo Insular en la Colina Interior en el año 2005, es cuando surge el germen que la impulsaría a organizar la presentación de

María Antonieta Ferro

uno de los eventos que más engrandecen la literatura nacional. A finales de septiembre del año pasado, en una labor de promoción que abarcó unas cuatro ciudades, entre ellas Roma, Génova, Lucca, y Florencia, introduce el trabajo de tres importantes escritores nuestros, Salvador Manuel Gautier, Jaime Tatem Brache y Miguel Solano. De acuerdo a las palabras del Embajador de la República ante Italia, don Vinicio Tobal, es un acto cultural sin precedentes, ya que según él, antes no se había escenificado un hecho de esta categoría, con tres escritores de “tanta importancia en la literatura dominicana”. En la primera presentación realizada en el instituto Italo-latinoamericano, situado en el Palacio Santa Croce, donde se llevó a cabo el acto de puesta en circulación de la novela “El Asesino de la Lluvia” de Gautier y el poemario de Jaime Tatem Brache, aparte de la presencia del embajador ante la a República de Italia, estuvo la presencia del Embajador ante la Santa Sede, Rafael Marion Landais. Además, el pintor León Bosch, hijo de Juan Bosch, la Arquitecta Julia Vicioso, e Ignacio González, quien forma parte de la delegación de funcionarios de la embajada en Roma, aparte de un nutrido grupo de dominicanos e italianos. Ferro, se refiere a esta experiencia “la puesta en circulación de los libros en varias ciudades italianas, me hizo sentirse muy orgullosa de encontrarme en compañía de ellos, donde me sentía más dominicana que italiana”. Maria Antonietta Ferro, quien además trabaja a nivel académico, desde hace tres años en la Universidad de Udine en la redacción de la Revista Literaria Estudios Latinoamericanos, también relata sensibilizada: “No me emociona el himno nacional italiano tanto cuanto el

dominicano. En el Liceo Scientifico Ame Agnoletti, en Campi Bisenzio, al cantarlo junto con los estudiantes, casi lloré. Muy emocionante fue también el leer en dos voces los poemas de Tatem. Él leía en español y yo en italiano. El público ni respiraba.” Esta declaración es corroborada por el novelista Manuel Salvador Gautier, al hablar sobre este viaje: “Fue un momento emocionante oír cantar el himno dominicano por cuarenta voces de estudiantes italianos”. El escritor Miguel Solano, a quien Ferro le ha traducido los libros Ratonear, Yo soy la Imagen, Las lágrimas de mi papá y La sagrada familia, estas tres últimas publicadas por Giovane Holden Ediciones, se refiere de esta experiencia, con estas palabras: “creemos que fue uno de los más grandes recibimientos que han tenido los escritores dominicanos en Italia, una verdadera conexión entre poetas, versos y sentir humano”. Ferro, en tanto, la enmarca así: “El compartir dos semanas, días y noches, con mis “Tres Mosqueteros” fue una experiencia a la vez literaria y humana de inmenso valor. Mi casa estaba llena de alegría, de poesía, de amor...y de camisas!.. . Tienen mucho *pathos* los poemas de Jaime, y llevan a una dimensión metafísica que uno ni se imagina. La prosa de Gautier es algo increíble. La descubrí gracias al cuento Urías, que empecé a traducir después de recibirlo por e-mail y no pude parar hasta que terminé. Tenía la fuerza de un imán. Hablar de Solano es como hablar de un huracán. Todo te lo cuenta y todo te lo crees, se inventa las historias más impredecibles y te las proporciona como verdad. Una maravilla”. En tanto, la personalidad lírica, apasionada conduce a la hábil pluma traductora de Maria Antonieta Ferro, que parece dispuesta a agitar el centro de ebullición, el gran epicentro editorial, desde el cual los autores dominicanos, puedan mostrar al viejo mundo, muchas de sus fantasías, sus ángeles y demonios… Las traducciones crecen, los libros se multiplican, no sabemos si ya a la vuelta de esquina esté, que la magia de alguno de estos autores, en estas tierras


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Los Regalos Perfectos Clásico Cuento de William O’Henry (1862-1910), Autor Norteamericano, cuyos cuentos imaginativos y técnicamente perfectos constituyen uno de los puntos más elevados de la literatura norteamericana moderna.

U

n dóla r y ochenta y siete c e nt a v o s . E s o e r a t o d o . Un dólar y ochenta y siete centavos, reunidos uno a uno, a fuerza de regatear centavo tras centavo al almacenero, al verdulero, al carnicero, sintiendo las mejillas ardiendo con la vergüenza que significa esa mezquindad. Tres veces contó Delia esta pequeña suma. Un dólar y ochenta y siete centavos. ¡Y al otro día sería Navidad! Se echó, gimiendo, en su angosta cama, recordando aquella máxima en la que se explica que la vida está hecha de contrariedades, sinsabores y cosas por el estilo. Dejemos a Delia entregada a estos pensamientos y dirijamos una mirada a su hogar: un piso amueblado por el que se pagaban ocho dólares semanales. En la puerta del vestíbulo había un buzón en el cual no se hubiera podido echar ninguna carta, y un timbre eléctrico del cual ningún dedo humano hubiera conseguido arrancar un sonido. Debajo de éste aparecía una tarjeta, que ostentaba el nombre de “James Dillingham Young”. El “Dillingham” había sido desplegado a todos los vientos, durante aquel antiguo período de prosperidad en el que su poseedor ganaba treinta dólares semanales. Ahora, cuando el ingreso fue disminuido a veinte dólares, las letras de “Dillingham” aparecían confusas, como si estuvieran pensando seriamente en irse contrayendo hasta convertirse en una modesta y vulgar “D”. Pero, en cambio, a cualquier hora que Mr. James Dillingham Young llegara a su casa, Mrs. James Dillingham Young, a quien hemos presentado

como Delia, lo llamaba “Jim” y lo abrazaba muy fuerte, lo cual era muy lindo. Delia terminó de llorar y pasó el cisne por sus mejillas. Luego se paró al lado de la ventana y comenzó de nuevo a buscar una solución a su problema. Mañana sería Navidad y ella disponía solamente de un dólar y ochenta y siete centavos para comprar algún regalo a su Jim. Veinte dólares semanales no alcanzan para mucho. Los gastos resultaron mucho mayores que lo que había calculado. Siempre sucede así. Solamente un dólar con ochenta y siete centavos para hacer un regalo a Jim. Su Jim. Muchas horas felices pasó Delia imaginando algún presente bonito para él. Alguna cosa fina, rara, de valor; algo que se pareciera un poco al honor de pertenecer a Jim. Entre las ventanas del cuarto había un espejo incrustado en la pared. Quizás alguno de vosotros habrá vis¬to uno de esos espejos en un piso de ocho dólares. Una persona muy delgada y muy ágil podría, observando su reflejo en una rápida sucesión de franjas longitudinales, obtener una idea algo fantástica de su aspecto. Delia, siendo esbelta, había dominado este arte. Se apartó de la ventana y se detuvo delante del espejo. Sus ojos brillaban, pero sus mejillas se habían tornado pálidas. Con un movimiento rápido, soltó sus cabellos y dejó que cayeran en todo su largo. El matrimonio Dillingham Young poseía dos tesoros de los cuales se sentía muy orgulloso: uno lo constituía el reloj de oro de Jim, que había pertenecido primero a su abuelo y después a su padre. El otro era el cabello de Delia. Si la reina de Saba hubiera vivido en el piso que el patio separaba del suyo, Delia se hubiera sentado en la ventana a secar la masa espléndida de sus cabellos, sólo para que empalidecieran las joyas y la belleza de la reina. Si el portero hubiera sido el mismo rey Salomón, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim nunca hubiera dejado de sacar su reloj cuando pasara delante de él, sólo para ver cómo se pellizcaba la barba con envidia. A l l í, ante el espejo, el cabel lo

de Delia caía cubriéndola, ondeado y brillante como una cascada de oscuras aguas. Le llegaba hasta debajo de las rodillas y envolvía su cuerpo como un manto. Rápidamente lo recogió y después de una última vacilación se puso su viejo tapado y su viejo sombrero, y con los ojos brillantes todavía abrió la puerta y bajó las escaleras como una exhalación. Se detuvo delante de un negocio que ostentaba esta inscripción: “Mme. Sofroine. Especialista en pelucas y peinados”. Delia entró. -¿Compraría usted mi cabello? -preguntó a Mme. Sofroine. -Sí. Compro cabello -contestó la aludida-. Sá-quese el sombrero y veamos cómo luce el suyo. De nuevo ondeó la oscura cascada. -Veinte dólares -dijo Madame, tocando el cabello con dedos expertos. Delia aceptó. Las siguientes dos horas fueron para ella un sueño rosado. Olvidó la metamorfosis que las tijeras obraron en su cabeza. Sólo sabía que estaba recorriendo negocios en busca del regalo para Jim. Por fin lo encontró. Seguramente había sido hecho para él. No había ninguno parecido en todos los demás negocios. Lo sabía bien. En su afanosa búsqueda no le quedó lugar sin revolver. Se trataba de una cadena de platino para reloj, simple y neta en su dibujo, proclamando su real valor por sí misma y no por medio de vanidosos adornos. Así deberían ser todas las cosas buenas. Era verdaderamente digna del reloj. Tan pronto como la vio, comprendió que estaba destinada a Jim. Veintiún dólares le pidieron por ella y volvió a su casa con los ochenta y siete centavos restantes. Con semejante cadena en su reloj, Jim, estando acompañado de alguien, se sentiría ansioso acerca de la hora y la consultaría a cada momento. Antes no podía hacerlo sin avergonzarse, pues su precioso reloj pendía de una humildísima y vieja tira de cuero. Cuando Del ia l legó a su casa, su fel i z at u rd i m iento pasó a ot ros pensamientos más práct icos. Buscó sus tijeras de enrular, encendió el gas y


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comenzó a reparar los destrozos que se habían cometido en su cabello. En menos de cuarenta minutos, su cabeza se cubrió de pequeños, cortísimos rulos, los que le daban un maravilloso aspecto de píllete rabonero. Se miró al espejo, largo rato, cuidadosamente. -Si Jim no me mata -se dijo- antes de dirigirme una segunda mirada, me dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué hubiera podido hacer con un dólar y ochenta y siete centavos? A las siete en punto el café estuvo listo y la sartén preparada para cocinar las chuletas. Jim nunca tardaba. Delia escondió la cadena en su mano y se sentó frente a la puerta por donde siempre entraba él. De pronto oyó su paso en la escalera y empalideció. -¡Dios mío, haced que me encuentre bonita aún! -rogó. La puerta se abrió y entró Jim. Era delgado y muy serio. ¡Pobre muchacho! Tenía sólo treinta y dos años y ya tenía un hogar sobre sus espaldas. Necesitaba un sobretodo nuevo y estaba sin guantes. Se detuvo al entrar, quedando completamente inmóvil. Sus ojos estaban fijos sobre Delia, que no pudo descifrar la expresión que se retrataba en ellos.

No era ira, ni sorpresa, n i de saprob a c ión , n i horror, ni ninguno de los sentimientos para los que estaba preparada. Delia se levantó y corrió hacia él: -Jim querido -gimió-. ¡No me mires así! Corté mi cabello y lo vendí porque no hubiera podido pasar Navidad sin hacerte un regalo. Ya crecerá otra vez. A ti no te importa. ¿No es cierto? -¿Te has cortado el cabel lo? -preg u ntó t rabajosa mente Ji m, como l le g a ndo a e sa conclusión después de una paciente labor mental. -L o corté y lo vendí -repitió ella. Ji m d i r ig ió u na mirada curiosa a todos los rincones del cuarto. -¿Dices que tu cabello se ha ido? -preguntó con un aire casi idiota. -No necesitas buscarlo -observó Delia-. Lo vendí y ya no está aquí. Mañana es Nav idad, quer ido. No te enojes. ¿Pondré a cocinar las chuletas? Ji m consig u ió despejar su aturdimiento y abrazó a Delia. Seamos discretos y, por diez segundos, fijemos nuest ra atenc ión en c u a lqu ier ot ro objeto. Ocho dólares por semana o un millón anual: ¿en qué se diferencian? Un matemático podría dar la errónea respuesta. Los Reyes Magos traían valiosos regalos pero esto no les concernía a ellos. Dilucidaremos más tarde esta afirmación tenebrosa. Jim sacó un paquete del bolsillo de su sobretodo y lo arrojó sobre la mesa. -No pienses ma l de m í, Del ia -dijo-. No creas que tu cabello cortado o cu a lqu ier ot ra t ra nsfor mación te haría menos linda a mis ojos. Pero si desenvuelves este paquete comprenderás el porqué de mi expresión al verte así. Dedos blancos y febriles desataron el piolín y quitaron la envoltura; un grito

de alegría, e inmediatamente un femenino cambio e histéricas lágrimas y lamentos necesitaron el pronto empleo de todas las virtudes persuasivas de Mr. Dillingham Young. Porque allí estaban las peinetas, el juego de peinetas que Delia admiró mucho tiempo en una vidriera de Broadway. Eran hermosas, de carey legítimo, recamadas de pedrería. Sabía que eran muy caras. Las había deseado con ahínco y sin la menor esperanza. Y ahora eran suyas; pero las trenzas que hubieran podido lucirlas no estaban ya. Sin embargo, oprimió las peinetas contra su pecho y dirigió una profunda mirada a Jim. De pronto dio un gritito al recordar que él no había visto aún su regalo. Abrió la palma de la mano, extendiéndola ansiosamente hacia él. El precioso metal parecía brillar animado por el ardiente espíritu de Delia. -¿No es u na preciosu ra , Ji m? -preguntó-. Anduve toda la ciudad para conseguirla. Me imagino que desde este momento consultarás la hora cien veces por día. Dame tu reloj. Quiero ver cómo queda con la cadena. En lug a r de obedecer, Ji m se tumbó en la cama, con las manos detrás de la cabeza, sonriendo. -Delia -dijo-, dejemos nuestros regalos de Navidad y guardémoslos para más adelante. Son demasiado hermosos para usarlos ahora. Yo vendí el reloj para poder comprar tus peinetas... Y ahora, supongamos que pones a cocinar las chuletas. Los Reyes Magos, como se sabe, eran hombres prev isores y marav i l losamente sabios, que tra ían regalos a los niños. Ellos inventaron el arte de regalar cosas en Navidad. Siendo tan sabios, sus regalos serían sabios también y tal vez existiría el privilegio de cambiarlos si eran repetidos... Yo he relatado aquí la aventura de dos niños locos en un pisito, que insensatamente sacrificaron el uno para el otro los mayores tesoros de su casa. Pero en una palabra final para los sabios de estos días, dejemos dicho que de cuantos reciben regalos, estos dos fueron los más sabios. De todos cuantos entregan y reciben regalos, los que son como ellos son los más sabios. En todo son los más sabios. Los verdaderos Reyes Magos son ellos.


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POESÍA EN EL TIEMPO José Mármol

C

Poeta y ensayista dominicano.

ada época tiene su modernidad, se suele decir. Cada período histórico tiene sus momentos de esplendor y decadencia, sus delirios de gloria y sus grandes fracasos. A veces el tiempo nos parece un eterno retornar. Otras veces se nos aparece como una línea recta que se distancia perseverantemente de su punto de origen. A veces la historia se nos presenta como la más cruel realidad, como la realidad misma. Otras veces se nos vuelve utopía o ilusión, sueño en construcción perpetua, irreductible posibilidad. Sin embargo, el pasado siglo XX y la apertura del siglo XXI tienen connotaciones particulares, sobre todo, en términos de acontecimientos históricos y de evolución del pensamiento y la creatividad del hombre y la sociedad. Tal vez muy pocos siglos en la historia de Oriente y Occidente han comprendido, con un paradójico sentido de la espontaneidad, la voluntad de creación y destrucción, el instinto de preservación y exterminio intraespecíficos, la racionalidad tecno-lógica y la irracionalidad bélica, las revoluciones en el arte como muestras de abierta sensibilidad y, al mismo tiempo, las más horrendas muestras de desprecio por la vida y alocada destructividad, el imperio y la derrota de las ideologías, el totalitarismo de uno y el totalitarismo de varios como asociación democrática de malhechores, el progreso y las más desastrosas crisis económicas, la paz necesaria sucumbiendo a cada instante a los pies de la ineludible guerra, la abundancia de alimentos y las más terribles hambrunas, el avance de las ciencias médicas y su impotencia ante nuevos y mutantes virus, la llamada era de la comunicación y, en sus propias entrañas, la imposibilidad del diálogo constructivo, el levantamiento y el derrumbamiento de cortinas ideológicas de hierro y muros de oprobioso hormigón e inhumano y

racista acero, la consagración y el peligro de la civilización, el Y2K versus el VIH, la persistencia y arraigo por vivir y la constante amenaza de muerte del libro y de la creación literaria, el sentido y el sinsentido de la vida, en fin. Este ensayo de Fernando Cabrera, conjunto de reflexiones acerca de los orígenes y evolución de la poesía dominicana del pasado siglo XX e inicios del presente siglo XXI, nos coloca ante esos paradigmas y a la vez encrucijadas, para desafiarnos a reconstruir el tiempo, o bien, la historia y la cultura, tejiendo, como Danae o Ariadna, las manifestaciones y concepciones del lenguaje y del poema en los distintos movimientos y autores. No se trata, no obstante, de una historia de los movimientos poéticos dominicanos a la manera convencional de la precaria historiografía literaria nacional. Esta amplia reflexión va más allá. En Utopía y posmodernidad. Poesía finisecular dominicana nos encontramos con una suerte de planteamiento genealógico de la poesía dominicana en la vertiente propia de Friedrich Nietzsche, que lo entronca, sin ambages ni desperdicios, con el método de reconstrucción arqueológica puesto en práctica por Michel Foucault en varias de sus historias (de la locura, de la clínica, del castigo y la vigilancia, del ejercicio y microfísica del poder), para configurar un fresco representativo de los más encumbrados momentos del lenguaje poético y de la concepción misma de la poesía en la tradición literaria de n u e s t r o país, desde las utopías vanguardistas de inicios del pasado siglo XX hasta lo que el autor denomina la “sensibilidad finisecular”

como reflejo de una actitud creativa posmoderna. Para el autor, protagonista de un dilatado ejercicio crítico y de reflexión poética y estética, la poesía es “una dinámica de pensamiento intrínsecamente subversiva” (Epílogo). Y es, precisamente, por la constructividad y deconstructividad in via, constitución y autodestrucción, por las diferencias más que por las semejanzas, por las rupturas más que por las continuidades, por las hendiduras y fisuras más que por los empalmes generacionales, por las poéticas contrapuestas más que por las armonías estéticas como Fernando Cabrera articula todo un entramado, erudito e intenso, por demás, acerca de los múltiples recursos expresivos y formaciones discursivas que, en base a determinadas y epocales concepciones del oficio poético y de la praxis escritural misma, los creadores dominicanos, tanto del lar nativo como de las diferentes diásporas, han logrado estructurar. Son, en efecto, esas discontinuidades, esos extraños paradigmas diametrales, interconectados en su diversidad, convergentes en sus divergencias los que concretizan la tradición poética de una lengua y una cultura. En Utopía y posmodernidad. Poesía finisecular dominicana, su autor muestra con agudeza reflexiva y hondo escalpelo crítico las características de una secuencia de actitudes individuales o movimientos


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poéticos grupales que, en conexión con los avatares de nuestra vida política, económica y social, y la relación de estos con lo propio en el Caribe hispánico y en España y Latinoamérica, a veces se articula, otras veces se desfasa y en no pocas refleja tardíamente las tendencias estéticas y las transformaciones del lenguaje y la concepción del oficio poético. De ahí, por ejemplo, la cercanía y prácticamente la simultaneidad de la poética de la negritud o del afroantillanismo en Cuba, República Dominicana, y Puerto Rico. Además, las convergencias entre el grupo Orígenes, en Cuba, y La Poesía Sorprendida en nuestro país, a mediados del siglo XX. Pero, también, la expresión relativamente tardía, aunque enriquecida, del Pluralismo de Manuel Rueda, que surge a inicios de los años 70 frente al grupo Noigandres y el Concretismo brasileños que arrancan desde inicios de la década del 50. A esto habríamos de sumar las semejanzas en el lenguaje y simultaneidades epocales en la llamada poesía telúrica o de la tierra y en la expresión socialmente comprometida de la literatura, y en particular de la poesía, que tiene lugar a partir de la devastadora experiencia europea de la Segunda Guerra Mundial y las luchas por conquistas sociales impostergables en América Latina. Por si fuera poco, los albores del pasado siglo XX y las vanguardias artísticas como su más connotada expresión estética se reflejaron en forma particular y en tiempo oportuno en actitudes vanguardistas individuales y colectivas de creadores de Latinoamérica y de nuestro país. Sea, pues, por sintonía o por atonía, tanto en el tratamiento del lenguaje como en el momento histórico, la poesía dominicana del siglo XX, a pesar del aislamiento cultural vivido por nuestro país por más de treinta años bajo la sangrienta tiranía de Trujillo, mantuvo, en cierta forma, una, como muy bien establece y profundiza el término Manuel Matos Moquete, relación discursiva con el entorno literario europeo y latinoamericano. El análisis de los diferentes movimientos, generaciones y tendencias

poéticos llevado a cabo por Fernando Cabrera, específicamente aquellos que, al comprender el pasado siglo XX el autor denomina “Siglo de Oro”, conjuntamente con las “Poéticas Finiseculares”, subraya esa relación discursiva, a veces en el contexto de lo que ocurrió en la poesía vernácula en sus distintos momentos, otras veces extrapolando ese radio de acción y proyectándose hacia la vastedad cultural de la lengua española. De ahí que transgreda su enfoque crítico el paradigma de las generaciones o promociones poéticas o literarias y cosas parecidas, estableciendo con propiedad la noción de sensibilidad finisecular o posmoderna para agrupar, respetando las singularidades, expresiones estéticas individuales o gregarias en un contexto sociohistórico determinado, sobre todo, a partir del Pluralismo de Rueda, es decir, de la primera mitad del decenio de los 70, las manifestaciones y actitudes estéticas con denominadores conceptuales o estilísticos comunes. Para Cabrera, el hecho poético es el producto “de un acto reflexivo más que intuitivo. El verso que aparenta fresco no necesariamente lo fue en su concepción; probablemente ha costado mil fraseos echados afortunadamente al zafacón”. A

partir de esta premisa concluye: “La poesía, Ítaca, se alcanza haciendo deambular las abstracciones definitorias de lo humano (pensamientos y sentimientos) sobre lo físico del lenguaje, las palabras; este proceso de plasmación requiere significativo esfuerzo, probablemente la relación sea de un momento de inspiración por diez de arduo oficio”. He ahí una concepción de la poesía que centra lo esencial de ella y de su oficio en la problemática del lenguaje, y por vía de consecuencia, resalta la relación de este con el pensamiento y con las emociones o sentimientos. Mallarmé estableció, sin ambages, que son las palabras y no las emociones las que imperan en la génesis y concreción del poema, con lo que exaltaba la especificidad del lenguaje como asunto central de la creación poética. Tenemos, pues, en este trabajo reflexivo de Fernando Cabrera un recorrido crítico singular por el entramado de convergencias y divergencias, rupturas y tradiciones o continuidades propias de la expresión poética del español dominicano en algo más de los últimos cien años de nuestra historia y cultura. Es la agudeza, lo incisivo, la brevedad expositiva, pero, al mismo tiempo, la hondura de concepto, amén de lo probablemente controversial de los juicios y lo apartado de los esquemas y paradigmas ortodoxos de la crítica y la historiografía literaria convencionales en el abordaje de Fernando Cabrera lo que hace de Utopía y Posmodernidad. Poesía finisecular dominicana un estudio que todo aquel interesado en la poesía dominicana y del Caribe hispánico habría de consultar y leer con detenimiento. Constituye un aporte más de este autor, figura destacada de la Generación de los 80, en una trayectoria que, desde la creación poética al ensayo sobre arte o literatura, entre otras ramas del arte, ha puesto un particular y notable acento a la reflexión y el diálogo epocales en torno a las especificidades de nuestra cultura. Santo Domingo, D. N. Enero de 2008


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Transitando la Posmodernidad Fernando Cabrera

Poeta y ensayista dominicano.

Del libro Utopía y Posmodernidad. Poesía Finisecular Dominicana.

P

aradójico el que nuestros creadores toquen la posmodernidad m ie nt r a s l a mo de r n id a d , e n su acepción de desarrol lo socioeconómico, aún se resiste a sentar reales por estos predios; no obstante, al margen de que el posmodernismo más que determinar una época signa una condición, lo anterior encuentra sentido toda vez que en aspectos culturales, las provocaciones y desacralizaciones modernas —vanguardias y demás opciones estéticas emergentes, en su apuesta optimista a los cánones infalibles de la industrialización y las ciencias— f ueron asi m i ladas tempra na mente, pudiendo rastrearse desde principios del siglo XX, y principalmente a partir de la década del 40, en las aspiraciones de los movimientos poéticos dominicanos. La sensibi l idad posmoderna emergente no necesariamente desplaza, en nuest ro caso, los elementos de la modernidad, sino que viene a enriquecer y confirmar el efecto invernadero, la cultura del collage, que siempre ha caracterizado a nuestra literatura, en la cual armonizan — si bien no en cont i nua celebración febril, con tolerancia— sagas clásicas atemporales como conceptualizaciones y mitologías grecorromanas, misticismo religioso (de referencia directa de San Juan de la Cruz y Sor Juana Inés), formas del siglo de oro español (gongorinas y quevedeanas), elementos orientales (zen y budista), movimientos del pasado reciente, (romanticismo, modernismo , surrealismo, concret ismos, exper i menta l ismo y propuest as ideológ icas) y propuest as esteticistas apremiadas por la filosofía. Concomitantemente f luyen, —tanto en prosa como en verso, o bien, diluyendo las fronteras entre narración y poesía—, arriesgadas búsquedas de emancipación expresiva, exper i menta les, así como corrientes y tendencias, a veces lideradas

por los mismos protagonistas, que procuran recuperar ritmos y usos conservadores de la lengua que priorizan la hondura de pensamiento y la probidad del decir. Posmodernistas, en tanto testigos reales, virtuales en muchas ocasiones, del ocaso de la modernidad, huérfanos de fama y fortuna, sobre expuestos a las adversidades del canibalismo capitalistas, sobrevivientes al diagnóstico fatal de desaparición de su oficio ante las avasalladoras opciones multimedias, estos poetas, como el sándalo que perfuma el hacha que lo hiere, desde una utopía innegociable —la poesía, última frontera de la estética—, se obstinan en dedicar loas a lo que sin piedad procura eliminarlos. En agonía por el desarraigo y la frivolidad resultante de la pérdida de fe, paradójicamente se afanan en construir símbolos de sus cenizas; aferrados a fraseos figurados en momento de sordos, de una general izada indiferencia, asumiendo, a l menos en las metáforas, u na ét ica suicida; al no tener que perder, procuran asombrar, eternizando lo efímero e incierto, desnudando sus sensibilidades con digna arrogancia. Los creadores finiseculares —y aquí sobre todo la mujer y su poesía en plano visceral y libérrimo—marcan con la fuerza o debilidad del ego su territorio en el azar; desde riesgos conscientemente tomados requieren abandono incondicional de la pasividad a qu ienes abrevan del fruto de su ingenio; en vez de lectores reclaman reconstructores, recreadores, en tanto renuncian a las recetas conocidas (verosímiles, confortables, manidas) a favor de textos que signan sus propias reglas. Jamás ofertan armónicas rimas o equilibrantes pies quebrados, tampoco exóticos oasis, sólo la visceral visión de autor, su lenguaje, su peculiar jerga, su manera única de sortear lo fragmentario, inestable y catastrófico. Nada escapa a su canto tránsfuga, ni los espacios estériles (calle, ciudad, oficina, cárcel, burdel); ni los lenguajes usualmente antipoéticos (coloquiales, periodísticos, publicitarios); con gula se apropian del mundo en su inmediatez, abordándolo desde perspectivas desinhibidas; verbalizan su critica del presente, solazándose en el prosaísmo, en el lirismo narrativo y en la narratividad lírica, despersonalizándose

en el fragor de orgías verbales, pastiches y barrocas ventanas intertextuales; siempre en tono trágico, como la realidad misma, conscientes de que el único refugio con que cuentan, la única forma de evitar la locura y burlar la muerte, es la escritura del asombro, la auto-reflexión acerca de su escurridizo objeto del deseo, la poesía… 1. A lbrecht Wel l mer, a l i n icio de su ensayo “La d ia léct ica de modern idad y post moder n idad” de 1985, ref iere: “ E l conce pto de p ost mo de r n id a d o postmodernismo se ha convertido en uno de los conceptos más esquivos en la discusión estética, literaria y sociológica de la última década . E l tér m i no post moder n idad pertenece a u na red de conceptos y pensa m ientos “post ” — sociedad post i ndust r i a l , postest r uc t u ra l ismo, postempirismo, postracionalismo—, en los que, según parece, trata de articularse a sí misma la conciencia de un cambio de época, conciencia cuyos contornos son aún imprecisos, confusos y ambivalentes, pero cuya experiencia central, la de la muerte de la razón, parece anunciar el fin de un proyecto histórico: el proyecto de la modernidad, el proyecto de la ilustración europea o finalmente también el proyecto de la civilización griega y occidental”; en ese mismo tenor concluye: “El postmodernismo, empero, en la medida en que sea algo más que una moda, una expresión de regresión o una nueva ideología, cabe entenderlo como una búsqueda, como una tentativa de registrar las huellas del cambio…” Págs. 103 y 138, respectivamente; “Modernidad y Postmodernidad”, compilación de Josep Pico, Alianza Editorial, 1988. 2. El movimiento cultural modernista de final del siglo XIX que aparece como oposición al realismo, de amplia repercusión en las letras hispanoamericana en las artes, pero sobre todo en poesía, liderado por el nicaragüense Rubén Darío. Interesante referir el uso del término “posmodernistas” para nombrar al inicio del siglo XX a los opuestos al modernismo Rubendariano; los cuales proponían abandonar el esteticismo banal para contemplar la intimidad del poeta y describir el mundo inmediato. Poetas de este movimiento, los mexicanos Enrique González Martínez (1871-1952), autor del texto inicial “La muerte del cisne”, Ramón López Velarde (1888-1921) y los argentinos Baldomero Fernández Moreno (886-1950), Rafael Alberto Arrieta (18891967) y Arturo Capdevilla (1889-1967).


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Utopía al filo del tiempo

Del libro Utopía y Posmodernidad. Poesía Finisecular Dominicana Por Fernando Cabrera En tanto la imagen audiovisual se adueña por versatilidad y facilidad de contagio de la sensibilidad epocal, advienen interrogantes sobre la validez de la poesía y su apelación a complejos arquetipos conceptuales expresados lineal y pasivamente, en mecánica a todas luces disociada de las apetencias multimedias contemporáneas. Para muchos su desfase, su anacronía, radica en su especificidad textual, su reciente pero notoria abdicación de la oralidad y en su defensa de la pureza genérica, cuando toda la literatura —pese a considerarse expresión connatural a la modernidad misma— parece estar en crisis. En extinción los poetas (para Barthes, el concepto de autor), supeditado su oficio a la funcionalidad de otras expresiones, la sociedad indiferente ante la escritura, lo cierto es que el panorama no puede resultar más sombrío. El carácter intimista, posesivo, exigente, de la poesía, acaso la hace el género menos dotado para sobrevivir a la inmediatez y superficialidad, pero sobrevive; paradójicamente, y acaso como postrer consuelo, aún inspira un utópico sentimiento de libertad y perfección, representando la mayor aspiración, el paradigma estético, de las demás expresiones artísticas, incluso de las más recientes, como la cinematográfica y las soportadas en conexiones hipertextuales, computacionales. A sus diferenciados cultores y diletantes no le cabe duda de que esta ventana a la esencialidad humana, superará toda coyuntura, cualquier circunstancia trivial o dramática, y evolucionará, sin abandonar sus pilares tradicionales, sus dioses y melopeas paganas, hacia las formas que la nueva cosmogonía milenaria exija . Claro, en el presente las rutas de la poesía necesariamente continuarán diversificándose y ensanchándose, mas, sin dejar de lado a las vacas sagradas del parnaso, las de clasicidad remota o recientes como Homero, Publio Ovidio Nasone, Dante Alighieri, Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, Walt Whitman, Gustavo Adolfo

Bécquer, Stéphane Mallarmé, César Vallejo, Octavio Paz, Pablo Neruda, Jorge Luís Borges ⎯en nuestro breve espacio insular, Salomé Ureña de Henríquez, Domingo Moreno Jimenes, Franklin Mieses Burgos, Pedro Mir, Freddy Gatón Arce, Tomás Hernández Franco⎯, las cuales encuentran, y encontrarán siempre, espacio de estudio y placentera lectura. Importan tanto los esfuerzos de renovación como la fidelidad a la tradición; pues mal servicio prestan quienes sólo aspiran los hallazgos clásicos, y también los obstinados en deslumbrar a cualquier precio, regularmente interesados en los tonos banales y melifluos del gusto contemporáneo . Ni los solemnes ecos del pasado, tampoco la popularidad, e incluso cantidad de nuevas ediciones, garantizan permanencia del género, puesto que lo poético gravita encima de los referentes estadísticos, en la expresión estética sincera, en la comunicación efectiva de la emoción y el asombro que la existencia entraña. Tiempo y cultura hacen inclinar la preferencia hacia textos poéticos, a Dios gracias, siempre distintos; lecturas posibles hay como lectores. Justamente en esta polisemia reside la fortaleza, pues a diferencia de las demás expresiones literarias, en la poesía toda aproximación obra-lector se realiza sobre la base de afinidad emotiva, concitándose, en consecuencia, sugestivos planos de significados, distintos niveles y caminos de decodificación. Un poema no necesariamente contiene el anzuelo de una trama elaborada, tampoco la perspicaz definición de caracteres, ni la magia de espacios comunes celosamente descritos; sin embargo, su inventario de letras genera ⎯y es suficiente⎯ una intimidad cómplice, la comunión entre las sensibilidades del autor y su público. En términos concretos, fuera de la natural vocación y empatía referida, para el creador poco incentivo existe; al contrario, dura realidad enfrenta para la difusión de sus obras, sobre todo en sociedades que no privilegian hábitos de lecturas, ni incentivan la interpretación textual en su sistema educativo. Sin embargo, y pese

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a las severas premisas que condicionan el mercado literario, paradójicamente no dejan de aparecer poetas y poemas nuevos. Alguna explicación a este fenómeno podría derivarse del hecho de que, en extraña compensación, poesía y poetas aún generan desconcierto y admiración. La canalización de la propia identidad en palabras, así como la generación de percepciones insospechadas de la naturaleza y el mundo a partir de las asociaciones intuitivas del lenguaje, a todas luces resultan connaturales a lo humano. Esta casi religiosa facultad hace de la poesía un imán a cuyo influjo se rinden incluso los escépticos. La actualidad o no de lo poético como mecanismo de autorepresentación, insisto, resulta pobremente evaluada si se parte exclusivamente de índices mercuriales. La poesía se alimenta siempre de futuro, toda vez que se afana en desentrañar sentidos y lógicas originales, posibilidades sensibles no contaminadas. En todo caso, y no como estigma, la poesía apuesta a elementos de adherencia incondicional, en tanto propicia un cariz ritual; sus seguidores constituyen una densa subcultura, acaso un inalienable ghetto de resistencia ante cualquier esquema estandarizante. En el umbral del tercer milenio, poetas y poesía, probablemente constituyan el único reducto de oposición a la corriente planetaria en boga, a los preceptos que proponen habitar un “mundo feliz” al modo de Aldous Huxley, esa aldea estéril para la diversidad e identidad tanto del individuo como de la colectividad que paradójicamente pretende integrar. La poesía –y con ella toda la literatura – hoy como ayer y mañana, continge entre caducidad y actualidad; esa dualidad le es necesariamente intrínseca. Desde sus monumentos, sus memorias, su fauna mitológica, reclama rigurosidad, en tanto su cotidianidad se aferra a la destrucción, golosamente se alimenta de cenizas. Al final esta constante vocación de muerte constituye el caldo de cultivo de su propia renovación; sobre su propia agonía emergerá, y no importa si adaptada o en dicotomía , mas escrita con el corazón de siempre.


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Veredas del recuerdo René Rodríguez Soriano

Escritor dominicano residente en Estados Unidos.

Los buenos libros, necesariamente no tienen por obligación que enseñarnos algo.

S

iempre recuerdo el día en que Virginio me llevó, montaña arriba, hasta el lugar donde manaba el agua más fría y dulce que he bebido jamás. Era sábado, no había escuela, y el caballito melao, sin rechistar, si aspavientos, sorteó arroyitos y pedregales sin resbalar, sin corcovear. Sería tal vez el mediodía, estábamos tan lejos que era imposible oír el pito de las doce, minutos más, minutos menos, pero qué importa, andaba con Virginio y con él los días no tenían orillas, sabían a ginas y a guamas y a caimitos y a limones. La escuela era un baldío del recuerdo que retornaría el remoto lunes cuando Dolores, a la entrada, nos invitara a cantar nuevamente: “ya empezó su trabajo la escuela y es preciso elevarse al azul…”; recuerdo otro domingo, no sé cuándo ni con cuál de mis hermanas, caminando y descubriendo un verde que jamás he vuelto a ver. Pinar Bonito se llamaba aquel lugar, fuimos allí después de misa. No recuerdo haber regresado jamás, el río crecido o los prácticos que trazan y borran los caminos o algún insigne talador de la patria habrá dado cuenta de las cientos de miles de tonalidades de verdes que me robaron y me devolvieron el aire esa mañana. De grande, vuelvo allí cada vez que cabalgo sobre el potro sin freno de la lengua, y leo y me leo entre las líneas que abren compuertas a la imaginación y a la memoria. Recuerdo diez, quince o dieciséis ciudades por las que he pasado y caminado alguna vez bajo las sombras de sus árboles y edificios; recuerdo a Troya, Ur, Macondo, Santa María, San José del

Puerto y cientos de miles de ciudades de palabras, mágicas palabras que a través de su lectura me transportan e introducen por rincones y lugares que acontecen en el mundo inmenso y sabio de las páginas de los libros. Viajo en barco, en bus y en aeroplano cuando leo, y leo cuando viajo en barco, en bus y en aeroplano. Acabo de venir de un viaje donde alterné, podría decirse, con tantos y tantos entrañables amigos y conocidos, y conocidos de mis conocidos. Anduve por los patios y los callejones de la infancia. No me detuve en procesiones ni en retretas, robé y corté rosas y dalias y gladiolos y claveles. Oí llorar más de una vez las guitarras de la madrugada y a Homerito salmodiando sus “Querube”; oí a mamá rezar y vi a papá darle de comer a las gallinas. Volví a la escuela, a todas

las escuelas a las que fui de mañanita con neblina y sin linterna. Leí de nuevo en mi desgastado manual de la “Colección Sembrador”. Nada fue remoto ni en el espacio ni en el tiempo, las fórmulas, los mapas, los dioramas, la tiza y el compás siguen pautando traslaciones y rotaciones. Y el recuerdo, sin capote, sale a la intemperie a lavarse de la ausencia y el hastío. Ahora no recuerdo si este intenso viaje fue en barco, en bus o en aeroplano, sólo sé que la memoria se me salió de madre y salté y corrí y nadé en las aguas limpias del recuerdo más puro. Acabo de leer Datos y relatos del ayer.

Recuerdo la tarde en que su autora puso en mis manos un ejemplar recién salido de impresión, tenía ese olor que sólo tiene en mi memoria el pan que hacía doña Poma en un caldero ya sin forma y sin color definidos. Los libros entrañables tienen esa particularidad, traspasan la piel, se le pegan a uno como parte de uno mismo y no hay forma de escaparse de su influjo o de su embrujo. Lo puso en mis manos con esa orgullosa timidez con la que la madre lleva al crío a la escuelita por primera vez, y lo traje conmigo o yo me fui con él, viajé a través de él de vuelta al barrio, a ese lugar donde dice Ernesto Sábato que siempre se retorna, a reencontrarse con los muchachos, con los amigos de siempre, con los pana; y vuelve a corretear, a marotear y a ver pasar y saludar a los muchachos y muchachas que se sentaron junto a uno en la misma fila, con los mismos maestros y frente al mismo pizarrón. Alba Estela Burgos Weber fue maestra por 35 años de su vida, oyó y vivió quién sabe cuántas historias en las calles de la hoy vieja Ciudad Nueva. Ahora, que ya a nadie asusta el coco ni el haitiano con su mocha de cien filos, ella no pretende enseñarnos nada ni cambiarle los colores al mapa ni definir la ruta incierta de los días sin luz, mojados; a una distancia que, lo mismo da que sea cercana o lejana, ella sólo quiere invitarnos al barrio, sentarnos en la vieja mecedora a ver los días pasar, de lunes a domingo, llenos de buhoneros, marchantas, bicicletas, mariposas y la muchachachería y el cepillito negro aquél, impertérrito, infaltable, insultándolo todo. Los buenos libros, necesariamente no tienen por obligación que enseñarnos algo. Con que nos insinúen un trecho, un hueco en el espacio para poder soñar o volar, es suficiente, y Datos y relatos del ayer de Alba Estela Burgos Weber cumple, con creces, este cometido. Justo es reconocerlo, y saludarlo.


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@l@ aR ed La Novela, @ en el siglo XXI, goza de buena salud @

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Manuel Rico

Es poeta, narrador y crítico literario español.

Vicente Verdú publicó el pasado 17 de noviembre en Babelia (Suplemento Cultural del Periódico “El País”, de España) el artículo “Reglas para la supervivencia de la novela”, en el que afirmaba: “En la narración es torpe seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera”. Estos dos artículos responden a su Decálogo.

La literatura supera lo trivial al aportar conocimiento, emoción, placer y una nueva mirada al mundo. Los nuevos medios conviven con ella.

El artículo de Vicente Verdú Reglas para la supervivencia de la novela acerca de la virtualidad que, en este comienzo de siglo marcado por los nuevos horizontes que ofrecen las tecnologías de la información, tiene la novela como género literario sustentado en la ficción, en la “historia”, suscita algunas reflexiones de largo alcance. ¿Estamos ante la decadencia de la novela y, más allá, del arte narrativo? ¿Ofrece la vida tantas posibilidades de experiencia al ciudadano medio que convierte en inútil la lectura de ficción? Las nuevas tecnologías aplicadas a la comunicación escrita -internet, el correo electrónico, la telefonía móvil- ¿reducen el campo de la novela tal y como la hemos entendido históricamente? ¿Pierde todo sentido contar una “historia” mediante la novela cuando hay otros medios con capacidad para hacerlo con eficacia como el cine o la televisión? La “historia”, el argumento, ¿han de ser transferidos al guión cinematográfico, o televisivo, abandonando el campo de la novela? A estas y otras preguntas, acaso no muy diferentes a las que se formularon no pocos escritores en los años veinte y treinta con la irrupción del cine y con la aparición de las vanguardias literarias, o a finales de los cincuenta con la crisis de la “historia”

en la novela, el auge del experimentalismo que representó el nouveau roman y la generalización del medio televisivo, intenta dar respuesta Verdú con una conclusión, a mi juicio, cuanto menos discutible. Podemos convenir que los últimos premios literarios (Verdú cita sólo el Herralde) han premiado a novelas de la periferia del sistema (Latinoamérica y otras zonas del mundo), donde todavía pervive la novela convencional. También que en el resto de los premios se han galardonado obras de autores españoles que responden al “molde tradicional”. Según Verdú, estas últimas serían productos que ya no se cultivan con la debida dignidad por haber caducado mucho antes de iniciarse el siglo XXI. A partir de esa lógica, incurriría en torpeza o en falta de sentido histórico quien opta por seguir escribiendo novela como si “no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o blogosfera”. Se trataría, por tanto, de excluir historia y argumento del arte narrativo, de la literatura, y situarlos sólo en el ámbito del cine, del telefilme, de otros productos audiovisuales que buscan el entretenimiento a través del guión. No parece, sin embargo, que ese diagnóstico sea acertado. Premios literarios a novelas escritas con poca dignidad se han dado a lo largo de toda la historia de los premios de novela (no hay más que repasar la nómina de obras galardonadas en algunos de los más sonados para darse cuenta de ello) y carece de rigor identificar “novela con historia” con mero cauce para el entretenimiento. Entre otras razones porque, siempre, todo arte literario, incluso el más alejado del argumento como la poesía, ha tenido una vertiente nada desdeñable en el entretenimiento, en la búsqueda del placer del lector, en la posibilidad de invitarlo a vivir otros mundos y a gozar de la experiencia lectora. Cierto que las mesas de novedades de las librerías viven, desde hace algunos años, una invasión de títulos basados en intrigas vaticanas, en argumentos situados

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en tiempos remotos, de productos de encargo cuya única finalidad es entretener mediante trucos y apelaciones a misterios supuestamente no revelados. Pero tan cierto como eso es que la pujanza de otra narrativa, transmisora de conocimiento sobre la condición humana, impulsora de reflexión sobre la Historia y sobre los azares del presente, profundamente vinculada a la tradición literaria, también con historia y con argumento, cosecha altos niveles de aceptación entre los lectores de todas las clases y sensibilidades, desde el público joven y universitario, frecuentador del chat y de internet, hasta los públicos más exigentes y cultivados pasando por lo que entendemos convencionalmente como lector medio -seguramente, muy pocos de los “lectores melancólicos que transpiran alcanfor” a los que alude Verdú-. Paul Auster o Richard Ford, Julian Barnes o William Boyd, Sándor Márai o Imre Kertész, Irene Némirovski o Niall Williams, Jonathan Littell -su voluminosa novela Las benévolas es, formalmente, tan convencional como cualquiera de las de los autores hasta aquí citados- son, entre otros muchos autores que cultivan una narrativa que descansa en una historia, narradores con un público vasto que no buscan en sus obras entretenimiento (aunque su lectura lo conlleve), sino lo que siempre ha ofrecido la literatura: una forma de entender la relación del ser humano con el mundo, con los otros, con la propia existencia, con las incertidumbres que le acechan en su vida cotidiana. Discrepo, por ello, con Verdú respecto a que la ficción literaria, en este comienzo del siglo XXI, debe considerarse superada. A lo largo del siglo XX no han sido pocos los peligros que han planeado sobre la virtualidad de la novela como recipiente de historias: el cine, la radio con sus seriales (seguidos en algunas etapas del siglo por colectivos amplísimos de oyentes), la televisión como impulsora de historias propias y como soporte del cine y del teatro, el cómic, el tebeo... Es decir, las


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bases técnicas que podían poner en crisis la capacidad de la novela como aparato de lenguaje con capacidad para albergar una historia ya estaban, hace casi medio siglo, dadas. Sin embargo, la novela (o, por ser más estrictos, la narrativa entendida en sentido amplio) siguió gozando de una enorme vitalidad: tanto en nuestro país como en aquellos países, más modernos y avanzados, con democracias consolidadas desde hacía muchos años, en los que se desarrolló como un género prestigiado por los nuevos colectivos de lectores engendrados por la burguesía primero y por la universalización de la educación después. Eso ha ocurrido porque nunca la novela (ni siquiera la buena novela negra), desde su aparición como género literario, ha sido solamente historia, relato de acontecimientos. Ha sido “historia” más lenguaje, literatura a fin de cuentas. Es decir: un artefacto distinto a cualquier otro, un híbrido en el que siempre (no sólo en el siglo XX) han confluido elementos de otros géneros: ensayo, poesía, periodismo, teatro, documento, filosofía, meditación. En toda época -no sólo en la actualha habido malas novelas, textos reducidos a la redacción de una peripecia con crimen e intriga incorporados, del mismo modo que ha habido malas películas o cómics nefastos, poesía ripiosa y periodismo amarillo. Chandler, Hammett, Simenon construyeron casi todas sus novelas a partir de uno o varios crímenes y desarrollaron sus respectivas tramas con la tensión inherente al proceso de descubrimiento del asesino. Todos ellos escribieron alguna que otra obra maestra que, leída hoy, mantiene todo el vigor originario, toda la frescura del momento en que fue escrita. Porque, gracias a la combinación de estructura, argumento y lenguaje sus autores lograron construir un artefacto literario, una materia autónoma y viva sólo sustentada en el lenguaje y su poder irreemplazable. Más de medio siglo después de su publicación, El guardián entre el centeno mantiene viva su capacidad de concitar la reflexión y el gozo literario en las nuevas generaciones de lectores. De un modo parecido podríamos referirnos a Santuario,

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de Faulkner; a Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, y a un número incalculable de espléndidas obras narrativas escritas después del Quijote. De muchas de ellas ha habido versiones cinematográficas, series televisivas y radionovelas, versiones infantiles o para jóvenes, traslaciones a soportes como el cómic, el telefilme o los dibujos animados. Sin embargo, ninguna de esas versiones ha podido sustituir a las piezas narrativas originales. Esa realidad pone en precario la afirmación de Verdú en el sentido de que las “historias” las cuenta mucho mejor el vídeo, el telefilme, el cine. Novela y cine, incluso cuando aquélla cuenta una historia, son territorios radicalmente distintos. Nunca una novela podrá ser sustituida por una película salvo que quien lo decida quiera, al tiempo, amputar una parte importante de las posibilidades de gozo artístico, de meditación, de ejercicio de la memoria, de reflexión crítica que ofrece la historia contada mediante el lenguaje. Cada palabra es un universo de significados, un recipiente de experiencia individual y colectiva, de evocaciones, de sutilezas emocionales y psicológicas. ¿Puede una imagen sustituir la capacidad metafórica de las palabras, las múltiples lecturas que éstas ofrecen, las posibilidades de recreación íntima que en el lector generan? Parece plausible pensar en un futuro en que la novela literaria (de calidad, para entendernos) conviva con internet y con los nuevos medios, también con el cine y la televisión. De hecho, lo está haciendo ya. Diría más: convivirán novelas en las que tenga un peso esencial la historia con aquellas otras que ensayen nuevos lenguajes, que carezcan de argumento y de estructura, que se nutran de técnicas importadas de otros géneros y de otras áreas de la comunicación. ¿Acaso no ocurría algo parecido cuando convivían Rayuela y Cien años de soledad, o La celosía, de Robbe-Grillet, y La peste, de Camus? ¿Cómo explicar, entonces, la simultaneidad, con parecidos niveles de calidad literaria, de Carver, el cuentista directo y escéptico, crítico de la era Reagan, y Pynchon, el narrador

de la quiebra de la estructura narrativa que ya en los años sesenta calificó una de sus novelas, La subasta del lote 49, de “tecnoficción”? ¿Qué fueron El hombre sin atributos, de Musil, o Ulises, de Joyce, sino intentos de trasladar a la narrativa componentes propios de otras artes y disciplinas convirtiendo la novela en un espacio mestizo que convivía con obras directas, casi historias en esqueleto, como las de Hemingway? Todas esas experiencias son arte, literatura. Como lo son hoy todas aquellas novelas que, tengan o no historia, se sustenten en una opción narrativa tradicional o lo hagan en un molde vanguardista, experimental, basado en la búsqueda de la belleza estética, descansan sobre un uso del lenguaje revelador, capaz de aportarnos conocimiento, incertidumbre, emoción, placer, empatía con otras vidas y otros mundos. El propio Verdú, seguramente sin pretenderlo, define lo que creo debe de ser la novela contemporánea intentando descalificar lo que llama novela tradicional. Afirma: “Cualquier obra literaria actual debe insistir más que nunca en la categoría de su escritura. Es decir, en su habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento y comunicación peculiar”. En efecto: así debe ser. Así ha sido históricamente. Y así será. Pero incluso en la era de internet, de la blogosfera y de la interactividad, la escritura, la narrativa como género literario, se sustentará en una “historia”. El autor, al escribirla, incorporará todos los ingredientes que considere oportunos, sean novedosos o tradicionales. Y lo que dará una dimensión superadora de lo trivial a la obra no será la presencia o la ausencia del elemento “historia” (tampoco la persona desde la que hable el narrador) sino la originalidad, el acierto, la capacidad de dotar al lenguaje de nuevos significados, de transmitir conocimiento sobre la vida interior y exterior del lector, de aportar una nueva mirada sobre el mundo. Creo que todos los libros citados en el presente artículo cuentan con tales atributos. Y, curiosamente, en casi todos


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ellos se cuenta una historia. De un modo peculiar, irrepetible, y con unos efectos que el soporte audiovisual nunca nos ofrecerá. Es decir: la novela sigue vigente se base o no en una “historia”. Entre otras razones, porque es un artificio construido con lenguaje que vive y cobra sentido en el territorio del lenguaje escrito y en ningún otro. Nabokov, a mediados de la década de los cincuenta del pasado siglo, escribió: “La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neandertal gritando ‘el lobo, el lobo’, con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que el chico llegó gritando ‘el lobo, el lobo’, sin que le persiguiera ningún lobo”. En esa frase se resume la magia, el poder seductor de la ficción literaria. Una frase que, hoy, casi al final de la primera década del siglo XXI, permanece vigente.

A

quél que conoce a los otros es sabio.

No se hace notar y por eso es notado.

Aquél que se conoce a sí mismo es iluminado.

Y, porque no está compitiendo,

Aquél que vence a los otros es fuerte. Aquél que se vence a sí mismo es poderoso. Aquél que conoce la alegría es rico. Aquél que conserva su camino tiene voluntad. Sé humilde y permanecerás íntegro. Inclínate y permanecerás erguido. Vacíate y permanecerás repleto. Desgástate y permanecerás joven. El sabio no se exhibe y por eso brilla.

No se elogia y por eso tiene mérito. nadie en el mundo puede competir con él. Tao Te King - (Lao Tse)


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Lo que pasó

Manuel Mora Serrano

L

a Academia Dominicana de la Lengua celebró un acto denominado “Tertulia de las Letras”, en honor al escritor Manuel Mora Serrano; estuvo presidido por el Dr. Bruno Rosario Candelier, director de la Academia, Premio Nacional de Literatura 2008, además de José Enrique García, miembro de número, Miguel Collado, miembro correspondiente de la organización y un variado público. La actividad, se inició cuando una joven estudiante leyó una semblanza del escritor, a seguidas el homenajeado Mora Serrano, con el tema: “Reflexiones sobre el misterio poético”, comenzó resaltando, que la poesía puede surgir en cualquier momento, en cualquier lugar, pero, es preciso tener muy buen criterio para escribirla, denunciando que existen muchos farsantes. Entre otras cosas dijo que, una muestra de la gran poesía es Domingo Moreno Jiménez, con una obra de toda la vida y otros tantos grandes de la poesía universal. Concluyó su disertación invitando a los críticos y escritores, a rescatar los grandes valores poéticos nacionales y que no pasen de contrabando los simples palabreros como verdaderos poetas. A seguidas, Rosario Candelier destacó que para todo se necesita una conciencia y el creador una conciencia poética, que la tiene Manuel Mora Serrano, aunque ya no escribe poesía. Se ha dedicado a promover la creación de jóvenes escritores, a los que respalda y estimula.

El director de la Academia significó, que por su conciencia del lenguaje, su formación intelectual y el uso adecuado en la escritura, es que se le reconoció con una distinción, pues es uno de los escritores, que haciendo el uso apropiado y ejemplar de la lengua, ha incursionado en diversos géneros de manera destacada. Para concluir, se le hizo entrega al escritor Manuel Mora Serrano del pergamino otorgado por la Academia Dominicana de la Lengua.

Subsecretaría de Estado de Cultura Región Norte

La Subsecretaría de Estado de Cultura y La Dirección Provincial de Cultura de Santiago, efectúan su proyecto: Murales Urbanos: por una ciudad más creativa, con el fin de reconocer mediante homenajes a respetados pintores de esta ciudad, también anhela crear mediante estos murales un efecto visual agradable en el público que transita por las calles. Este proyecto inició el 18 de abril del 2007, donde se realizó el primer mural dedicado al maestro Yoryi Morel, creado por el pintor Víctor Tavárez en la calle Sánchez, el segundo mural fue dedicado al maestro Mario Grullón, el 31 de mayo del 2007, realizado por Víctor Tavárez, en una de las paredes de Acción Callejera, el tercer mural se dedicó al también maestro de la pintura costumbrista de Santiago, Federico Izquierdo, el 26 de julio 2007, realizado por el pintor Nelson Batista con la asistencia de Jairo Ferreira y Waly Vidal, el cual está ubicado en la Av. Antonio Guzmán Fernández, con calle 16 de agosto, el cuarto mural se dedicó a Clara Ledesma, una maestra de la pintura de Santiago; éste fue realizado por el pintor Jairo Ferreira y Nelson Batista, situado en la calle 30 de Marzo, esquina 16 de agosto.

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En esta ocasión, es dedicado al pintor Juan Bautista Gómez, y estará ubicado en la calle Mella esquina Restauración, realizado por el pintor Eridelvis López. El develamiento del mural se realizó el miércoles 26 de marzo del año en curso. Juan Bautista Gómez, (1870-1945). Escultor y retratista enfocado en los temas regional, citadino, costumbrista y paisajístico. Fue quien inició de manera formal el desarrollo pictórico en Santiago de los Caballeros, de donde fue oriundo. Instaló en su ciudad natal el primer atelier artístico (1914-1918). Bautista Gómez, fue profesor de dibujo en la Escuela de Santiago, así como Director de la Escuela de Artes Manuales desde la década de 1920 hasta principio del 1940. Sus últimas obras pictóricas fueron los retratos de nuestros próceres Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella, las cuales le fueron ordenados por el Gobierno de Trujillo, para ser expuestos en el Senado, en Santo Domingo. Además, retrata al dictador Rafael Leonidas Trujillo y Los cuatro Evangelistas en la cúpula de la iglesia Mayor de Santiago, fueron pintados por él en su juventud. Fue designado cónsul dominicano en París. En Francia transformó su paleta que se ceñía a la academia decimonona e igualmente adquiere la vivencia de la escuela naturalista y del método de pintar fuera del recinto techado, al aire libre, realizando excursiones.

Dirección Provincial de Cultura realizó II Feria Cultural Barrial Dedicada a José Armando Bermúdez (Poppy) La Dirección Provincial de Cultura de Santiago, realizó el 22 de febrero, la

II Feria Cultural Barrial, dedicada a José


Mythos 31

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Armando Bermúdez (Poppy), en la parte frontal del Palacio Consistorial (Parque Duarte). La misma fue una muestra de los resultados obtenidos en los cursos talleres impartidos en las diferentes vertientes artísticas materializadas por esta dependencia, en los barrios de: Cienfuegos, La Otra Banda, Gurabo, Ensanche Bermúdez, La Joya-Baracoa y La Yapur Dumit, dentro de su programa: “La Cultura en los Barrios”, en apoyo al Plan de Seguridad Democrática. El Programa La Cultura en los Barrios, comenzó al inicio de esta gestión, con presentaciones y espectáculos Folklóricos, Bachatas, Son, Palos, Típicos y de Orquestas, en los diferentes barrios. Es con el surgimiento del Plan de Seguridad Democrática, que el programa entra en una etapa que incluye cursostalleres de Macramé, Origami, Teatro, Pinceladas, Iniciación al Folklore, Pintura, Poesía, Velas y velones y Creatividad Infantil, en los barrios anteriormente citados. La Cultura en los Barrios, ha dado la oportunidad a niños, jóvenes y adultos de expresarse en el arte de su preferencia. Al final de los cursos, tanto los padres, madres, maestros, directores de escuelas y público en general, pueden apreciar la creación de los alumnos a través de exposiciones y espectáculos que se presentan en cada barrio, donde se llevan a cabo los talleres de formación, lo cual contribuye a motivar a los artistas en cierne. Durante la II Feria Cultural Barrial, los asistentes fueron testigo de las obras realizadas por los estudiantes, que desde la sencillez de su comunidad, sólo esperaban una oportunidad para expresar su sensibilidad artística. En el evento se realizaron exposiciones de: Dibujo, Pintura Decorativa, Velas y Velones, Piro Grabado, Macramé y Pinceladas, así como muestra de la memoria gráfica y audiovisual de los trabajos realizados durante el año 2007. Además, dentro de las presentaciones artísticas de la feria, se realizó un espectáculo folklórico con: Mascarade, Ga-Ga, Pri- Pri, Merengue,

Palos, La Jaiba, Congo, Machacó. En el ámbito teatral, se presentaron las obras “Los Habladores”, “Los Sordos” y “El Reglamento es El Reglamento”. Durante el día ferial, los asistentes disfrutaron de los juegos tradicionales infantiles como: Corrida de Sacos, Baile de Aro, El Pañuelo, Peregrina y El Huevo en la Cuchara; así como función de payasos y títeres. Esta fiesta de la cultura, estará amenizada por el grupo de son “Los Caminantes”, Grupo de Palos El Varón y su Tipi Palos, Danzas Modernas, Phoenex y Típico, los solistas Anyi Paulino, Tito Vidal, Carlos Metz y Richard Winstong. El objetivo final de la II Feria Cultural Barrial, es mostrar la capacidad creativa y al mismo tiempo motivar a los alumnos, para que éstos se conviertan en agentes promotores de la cultura popular dominicana, en el seno de los barrios donde habitan.

Subsecretario de Estado de Cultura para la Región Norte.

La Secretaría de Estado de Cultural ha instituido, a partir de este año 2008, un galardón para aquellas personas que hayan realizado aportes notables de gran valoración para el desarrollo cultural dominicano, durante el año 2007. El lauro busca distinguir a estas personalidades, de modo que su ejemplo se servicio a la causa cultural nacional pueda ser emulado por las generaciones actuales y venideras que habrán de ser beneficiados con su labor y aportes. El premio personalidades culturales 2007 fue entregado de manera solemne en acto especial que se realizó

el mes de febrero de 2008, en la Sala de la Cultura del Teatro Nacional Eduardo Brito. En este sentido, el Lic. Enegildo Peña, Subsecretario de Estado de Cultura Región Norte, fue seleccionado para recibir este premio, en su primera edición, en reconocimiento a la extraordinaria labor que ha desarrollado en la provincia, la más ingente labor cultural que se haya conocido en mucho tiempo en Santiago de los Caballeros, con la organización permanente de exposiciones, recitales, conciertos, coloquios y concursos, etc, destacándose su proyecto: “ La Cultura en los Barrios”, que ha masificado la acción cultural en territorios donde nunca antes se llevó a cabo ninguna actividad cultural. Como premio a su labor el Presidente de la República lo designó Subsecretario de Estado de Cultura para la Región Norte, primera vez que Santiago de los Caballeros tiene una autoridad de este nivel. Junto a éste otras once (12) personalidades serán acreedoras este año de este galardón, con el que esperamos retribuir su amplia presencia en el desarrollo de la cultura y en la valuación de la misma como un ente de crecimiento humano, espiritual y económico. Enegildo Peña, nació en Santiago de los Caballeros, en el año 1966. Perteneció a la promoción de poetas de los 90. Es un activo gestor cultural, director y fundador del Taller Literario Virgilio Díaz Grullón y de la revista Voz Literaria del (CURSA-UASD). Fue cofundador del Círculo de Escritores de Santiago (1992) y co-fundador del Taller Literario Litera (1985). Poeta, escritor, antólogo, periodista, gestor y especialista cultural. Ha ganado premios de poesía; ha publicado poemas y estudios en la prensa; textos suyos han sido publicados en las siguientes antologías: “Juego de Imágenes” (Ediciones Hojarasca,1995); “Antología del Ateneo Insular” (Colección en la Interior Bodega,1995); “Antología del Ateneo Insular” (Colección en la Interior Bodega,1997); en el Diccionario Enciclopédico Dominicano (1998) y por el Azul del mar –(encuentro artístico dominico-español,1995); también está


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