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ARMAR Y DESARMAR

El arte de Andrés POR CARLOS SALAS

Carlos Salas es pintor. Estudió arquitectura en la Universidad de los Andes, pero sólo la ejerció durante dos años; se fue a Paris a estudiar pintura. En 1999 el Museo de Arte Moderno realizó una retrospectiva de su obra. Actualmente es el director de MUNDO.

>>> Acumular, reciclar, agigantar y reelaborar son algunos de los aspectos que caracterizan la obra de Andrés. Todo se ejecuta en un gran espacio, el cual él mismo ha sabido moldear. Para Andrés realizar un pequeño objeto o construir un gran espacio arquitectónico se mueve dentro de los mismos principios creativos. Un artista habla de la experiencia artística de Andrés.

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>>> CRUZ Una cruz en madera con grilletes forrada en tapas de gaseosa que con sus filos aumentan el caracter trágico de este símbolo cristiano.

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urante veinte años Andrés ha venido construyendo un espacio de una riqueza ilimitada. Un espacio donde cada elemento contribuye a crear una atmósfera onírica; donde arquitectura, escenografía, objetos y teatralidad

hacen llamados constantes a los sentidos. Un espacio dentro del cual se vive el hecho artístico no sólo como observación sino como hecho vital. Andrés ha construido un restaurante pero, como buen creador, ha sobrepasado los limites convencionales. Ha materializado una idea original íntimamente ligada a la pregunta sobre la identidad y el sentido de ser

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colombiano y latinoamericano. En este espacio se vive una síntesis de muchos sitios ubicados en rincones muy ligados a la geografía, planteando una particular mirada sobre la relación entre lo urbano y lo rural. La producción de Andrés ha venido siendo realizada en el marco de un negocio, ha estado sostenida por una dinámica de mercado. Esto requiere una seria reflexión cuando pensamos en cómo el engranaje artístico se ha convertido en una máquina costosísima. La producción de la obra, su exposición, el manejo de medios, su publicidad y su manejo institucional implican grandes inversiones. Así mismo, cabría preguntarnos ¿Sí la producción artística se encuentra libre de las dinámicas de mercado cuando la globalización trae consigo complejísimas reglas de juego?. El proceso creativo de Andrés se mueve dentro de esta complejidad sin perderse en ella. Su obra tiene una clara validez artística que ha sabido sortear los riesgos a los que se ha visto enfrentada. Aquí se tratará de dilucidar parte del proceso de este artista, cuestión que no dejará de crear polémicas. ESPACIO ONÍRICO “La relación entre la búsqueda, como proceso, y la terminación de una obra de arte, es la misma que aquella entre una recogida de champiñones y un canasto lleno de champiñones. Sólo este último constituye la obra de arte, en su contenido real y formal”. Estas palabras del gran cineasta ruso Andrei Tarkovski pueden servir de introducción en el momento de abordar los procesos creativos en los que se ha introducido Andrés Jaramillo. Recoger con cuidado es parte indispensable en la labor del artista pero ocupa tan sólo un lugar en el proceso creativo. Esto lo ha comprendido muy bien Andrés y ha sabido cuidarse de no perderse en esta etapa. De ahí la diferencia que lo caracteriza, lo que le da su sello distintivo cuando podría perderse en el anonimato de la cultura y el arte popular. Recoger, acumular hasta saturar, es el peligroso ejercicio que ha emprendido Andrés y que sólo se sostiene por una construcción espacial. El arte y el lugar para el arte es una preocupación contemporánea. Los espacios del arte: taller del artista, espacios del coleccionista, lugares públicos y museos se han vuelto de especial preocupación para el arte y su relación con el público. Así, como al mismo hacer artístico se le ha convertido en algo maleable, los espacios para su producción y recepción han sufrido alteraciones inesperadas surgidas de la acelerada acumulación de objetos y de ideas a la que se ha visto expuesto el arte. El ejercicio de Andrés cobra una razón de ser fundamental con la definición de un espacio donde él puede llevar a cabo todo el proceso con autonomía. Hay talleres de artista donde el espacio se ha ido configurando a la par que la obra realizada. Esto implica una determinada manera de concepción de la misma ya que se transforma en un acumulador de las experiencias cotidianas sedimentadas ahí. El

de Andrés, a diferencia del taller privado, recoge y acumula infinitas experiencias y por esto su acción se asemeja a la de un director de cine, quien con un inmenso equipo de trabajo va generando su universo particular. Los espacios para el arte alimentan necesidades del hombre contemporáneo donde se nutre y se digiere no sólo la obra sino el espacio en su totalidad. El símil entre la percepción de la obra de arte y el proceso digestivo es cada día más aplicable: para la comprensión de la obra hay que digerirla en su percepción. En el caso de la obra de Andrés el símil deja de serlo para convertirse en un hecho real. El espacio de Andrés es un restaurante, un espacio que se encuentra impregnado de sonido, olor y objetos a la visión, el tacto y el sabor. Lo que se digiere no es sólo el alimento sino el espacio en su totalidad. La acción artística emprendida ahí implica una dinámica única activada por Andrés desde la adecuación espacial. De esta va surgiendo una obra que se concibe como una totalidad dada a los sentidos, una gran máquina del deseo cuyo engranaje se alista en una paciente labor durante la semana para ponerse en funcionamiento en delirantes escenas el fin de semana. Andrés ha venido realizando una construcción arquitectónica nacida de ensayos, de aciertos y de errores. Una complicada y funcional máquina que conserva toda su simplicidad. Un gran envoltorio transformable donde se producen continuos cambios. Un teatro donde actor y espectador se confunden y donde los roles de cada uno van a ser puestos en cuestión. Ahí cualquier profesión, va a ser tan sólo su propio disfraz: la prostituta real no lo es menos que la visitante, el travesti tiene su lugar ya que cualquiera está travestido de sí mismo. Una creación colectiva donde Andrés, como director de orquesta, da marcha a una ópera urbana dentro de una escenografía cuidadosamente estudiada y donde cada uno tendrá su papel. Elaboración donde el tiempo es un aliado: lo que ha acontecido se guarda como memoria colectiva para posteriores funciones o para la gestación de objetos. Éstos al independizarlos de su espacio, se podrían catalogar como obras de exposición sin perder su esencia ni sus raíces: salen con su carga propia, nacida de experiencias ordinarias dentro de un espacio fuera de lo ordinario. Dentro de este espacio el objeto actúa como evocador, perdiendo valor en sí mismo, tan sólo se reconstruye en su asimilación, en la digestión del espacio. Se pierden en la maraña que construyen ellos mismos: un barroquismo exuberante que distorsiona nuestros hábitos de percepción. ARMAR Y DESARMAR En rápidos bocetos nacidos a partir de la evocación de una situación determinada, Andrés ingenia objetos. Cada uno lleva consigo una pequeña historia vivida en un teatro construido por el y para el objeto. Si el espacio es el acumulador, el objeto es su residuo alterado por su paso dentro del espacio. Andrés trabaja armando y

desarmando, su acción llega al paroxismo cuando no tan sólo recoge y acumula material de desecho, sino cuando nuestras experiencias y vivencias, se vuelven material de reciclaje. Lo representado cobra una nueva dimensión y exige otras maneras de percepción. Ante un objeto de Andrés podemos apreciar sus cualidades formales y caer en la trampa que el mismo objeto nos coloca. La misma en la

que caemos al disfrutar del espacio ¿Digerimos lo que se nos ofrece o somos digeridos por él? El proceso de digestión se da en los dos sentidos, nos alimentamos y somos consumidos por el espacio. Andrés procede para la elaboración del objeto de una manera delirante. Cuenta con un inmenso taller,

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Los objetos de Andrés nacen de ideas rápidas desde la cual se empieza una larga elaboración: el término reciclaje está siempre presente. De la saturación de materiales que han sido usados y desechados y que se encuentran dispuestos a cobrar cierta dignidad, nacen figuras inesperadas con aire de objetos surrealistas. Muchos de ellos van a cumplir funciones practicas: lámparas, mesas, cajas para facturas o cientos de otros que cumplen funciones en el restaurante. Otros, son objetos autónomos de carácter simbólico que estructuran toda la poesía del lugar. LO TRÁGICO Y LO CÓMICO Andrés, con gran humor, reelabora lo trágico y lo cómico colocándolos en un mismo nivel. La acción creativa está impregnada de humor popular. En esto procede de una manera similar a los artistas dadaístas y surrealistas gestando un universo onírico impregnado de cierto erotismo oculto. El espacio donde se instalan los objetos y el cual ellos mismos construyen, es un lugar de fiesta y de rumba cargado de erotismo. El objeto nace en esa atmósfera y a su vez refuerza los contenidos eróticos el espacio. El carácter escenográfico colabora en esta función y los actores, en su ambigüedad, animan el carácter orgiástico del lugar. Hay surrealismo en Andrés cuando a través del objeto genera un trastorno que nos lleva a preguntarnos por la realidad de nuestras percepciones. Con un elaborado trabajo de diseño transforma los objetos cotidianos en extrañas piezas escultóricas que avisan sobre las cualidades mismas del objeto y pone a dudar sobre su finalidad y sobre su uso habitual. Un florero lleno de complicadísimas flores en hierro nos advierten sobre la precariedad de nuestro mundo imaginativo. Las obras de Andrés mueven al asombro y conservando en apariencia toda la fragilidad del objeto artesanal, llevan una carga de agresividad inusitada. Nos acercamos a él con confianza dejándonos atrapar por su humor intrínseco sin percatarnos de la tremenda carga trágica que llevan por dentro y que actuará de manera crítica sobre nuestros hábitos de percepción.

>>> OBRAS Arriba: cuadros que son y no cuadros. Una superficie lastimada y un collage en cerámica, son algunas de las obras pictóricas de Andrés. Al frente: Chaqueta en metal como un discurso sobre el deseo.

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múltiples operarios, artistas, escritores, teatreros, actores, cocineros, dependientes del restaurante, etc. Todos actuando el rol asignado por el director. Asignación de roles que serán alterados en el transcurso de la producción. Así mismo, cuenta con una gran cantidad de materiales listos para ser reelaborados y reciclados. El objeto se transforma y adquiere cualidades inéditas: un cernidor de arena se convierte en una gigantesca pieza de exhibición conteniendo todo lo cernible, una chaqueta de jean en un discurso sobre el deseo, una pareja de vaca y toro en hierro, en devoradores del espacio. Un molino exterior que es anuncio de la fiesta y de los giros que pueden darse en el interior de ese espacio.

DEL OBJETO A LA OBRA Un cuadro realizado por Andrés es y no un cuadro. Un collage de cerámica o una pintura abstracta sobre madera, el residuo de una construcción enmarcado y grafiteado, un dibujo de su infancia reelaborado en hierro recortado o los ensamblajes con tapas de ollas de cocina, son algunas de las obras “pictóricas” realizadas por Andrés. Desde la materialidad de la obra hasta sus representaciones tienen una particularidad que nos pone en alerta sobre su razón de ser y sobre nuestros juicios artísticos. En apariencia son obras de arte que podrían ser domesticadas en el devenir de cualquier obra. En su esencia conservan su raíz original sin dejarse apabullar por el discurso crítico. En el taller de este artista se viven continuas trans-formaciones, de la idea inicial a la obra

realizada pueden ocurrir accidentes inesperados. El material acumulado siempre está dispuesto para su reelaboración y para adquirir cualidades simbólicas a las cuales el mismo material hace un llamado. Una cruz en madera con grilletes forrada de tapas de gaseosas que con todos sus filos, aumentan el carácter trágico de la cruz como símbolo cristiano. El material hace llamados a su utilización, es el ojo despierto del realizador quien atiende a ese llamado. Igualmente en tapas hay banderas que ondean, aquí se fragiliza la dureza del latón. Una cruz sigue siendo una cruz utilizable, cualquiera podría ser crucificado en ella y una bandera conserva su función simbólica pero pervertida por la acción lúdica de Andrés. SURREAL Y HUMORISTA Parte de la acción surreal y humorística de Andrés la ejecuta agigantando los objetos. El trabajo con materiales como el hierro -con el cual ha sabido jugar con gran libertad-, la madera -siempre presente ya que en los talleres de Andrés se fabrica todo el mobiliarioy la cerámica ya sea artesanal o de construcción, le ha dado la posibilidad de monumentalizar sus objetos. Un pez en el cual cada escama es una pala, adquiere unas dimensiones que controvierte la corriente labor artesanal convirtiéndose en una pieza artística. Mesas en pesada madera con incrustaciones en hierro que es representación y objeto a la representación, da a La Última Cena o a una mujer yaciente a la espera de ser poseída, un carácter mas allá de lo real. Es el objeto dispuesto al uso y es el uso en sí mismo. Es recurrente en Andrés la utilización de las marcas. El diseño inicial de una marca implica una larga elaboración y Andrés conserva ese valor intrínseco y la transforma en un elemento decorativo que por su repetición conforma texturas y composiciones de color inéditas, en forma similar a como lo hicieron los artistas pop: las cosas se consumen y se desechan pero conservan la opción de ser reinstaladas en el mundo. Acumular, reciclar, agigantar, reelaborar son algunos de los aspectos que caracterizan la obra de Andrés. Todo se ejecuta en un gran espacio arquitectónico, el cual él mismo con la asistencia de un arquitecto, ha sabido moldear. Para Andrés realizar un pequeño objeto o construir un gran espacio arquitectónico se mueve dentro de los mismos principios creativos. De ahí que la obra de Andrés se asemeje a una inmensa instalación donde se realizan performancias. Pero estos términos nacidos para designar parte de la producción artística contemporánea se quedan cortos cuando se habla de esta obra.

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l camino emprendido por el objeto al pasar por la máquina del deseo que ha construido Andrés, su envejecimiento natural al cual se le deja intencionalmente y su ubicación espacial dentro de la gran escenografía da como resultado un objeto lleno de contenidos. Su traslado a un lugar de arte sea museo o galería implica un cambio en el objeto. Él, en contrapartida, trastornará su nuevo hábitat.

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UN UNIVERSO BARROCO

El esteticismo de la res POR FERNANDO TOLEDO

Publicista y periodista cultural, Fernando Toledo se ha movido en distintos campos que vienen desde la actividad empresarial hasta el oficio de escritor. Recientemente fue publicada por el sello Alfaguara su novela Liturgia de Difuntos. Ha sido comentarista de música, editor de revistas, director de programas de televisión y colaborador de distintos medios escritos. Además forma parte de las Juntas Directivas de la Fundación Camarín del Carmen y de Foto Museo. En la actualidad prepara el libro Filarmónica de Bogotá 35 Años.

>>> Fernando Toledo, como en un plano secuencia, nos arrastra en tiempo y espacio, a la atmósfera ornamental, con delirios de performance y de instalación, al tapíz que se despliega en el universo barroco de un espacio que compite con cualquiera de los más exuberantes

del mundo.

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uando se estaba preparando este número de MUNDO, me dijeron que el tema central sería el de Andrés Carne de Res. Me pareció indicado que una publicación que analiza los lenguajes y las tendencias del arte le diera notoriedad a una propuesta que trasciende el ámbito de la broma y se planta, con sobrados méritos, en los espacios de la estética. A lo largo de veinte años de acumular objetos que podrían no tener una relación entre sí, de disponerlos en forma tal que cada uno de ellos consigue dejarse ver, los propietarios del restaurante, un poco al azar, en parte por burlarse de sí mismos o, como dicen los franceses pour épater les bougeois terminaron por establecer una línea, más que ornamental, atmosférica, que no sólo es acertada como idea visual, sino que irrumpe con una identidad propia en la contemporaneidad. Pero más allá de la intención, o de un accidente producido por la insubordinación contra las pretensiones de lo almidonado, se halla una clientela que completa el retablo de kaleidoscopio. En Andrés, se da una simbiosis entre el performance y la instalación: con esa acumulación en apariencia caótica de utensilios, algunos de ellos usados, otros recogidos al azar, y los más inventados; con una bruma imaginaria, con la iluminación, con la heterogeneidad de los parroquianos y con la posibilidad permanente de la sorpresa, se ha acuñado una especie de happening inquebrantable, emparentado con el hipismo, con un contenido paralelo al de los lenguajes propios del umbral de un nuevo milenio, al cual se suman cada noche cientos de devotos que participan en un rito repetido con frenesí semana tras semana. Pero la cuestión no se resuelve en un montaje que podría interpretarse como teatral o envuelto en una nostalgia trasnochada; se

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trata de un recinto vivencial, casi de un penetrable, entre cuyos muros la ilusión del laberinto propone ambientes y establece la sensación de la pertenencia. Si los cafés de París o de Viena hicieron parte de la ofensiva del Nouveau y del Deco, y en cierta medida determinaron la validez de los nuevos estilos frente a unas sociedades que buscaban la renovación de la belleza ¿Porqué ese abigarramiento humano y substancial de Andrés no ha de expresar un postmodernismo sui generis, que se nutre de un equilibrio ente lo naif, lo kitch, lo popular y lo esnobista, sin dejar de lado un humor que permite la reflexión? El lugar tiene la virtud de establecer una posición, hasta cierto punto critica, frente a un estilo de vida: el “todo Bogotá” hace parte de la función; la moda banal de las pasarelas, que no deja de hacerse presente y el utilitarismo de un machote oxidado se confrontan en un diálogo tan divergente como entretenido; las cadenas de oro de las señoras de la burguesía se balancean en los cuellos de garza, al ritmo de los sones de las negritudes del caribe; los astracanes de las fiestas de boda se impregnan de aromas a carne asada y establecen una relación, que se debate entre la autenticidad y una pretendida compostura, interrumpida desde cuando las copias de las arañas de Baccarat devoraron, en un imaginario de aspiraciones colectivas, las tapias de barro pisado. En Andrés como ocurre con ciertas tendencias del arte, los significados van más allá del aferramiento banal, aún folclor de pacotilla; se definen en unos enunciados cuya profundidad depende, en buena medida, de la capacidad de lectura de los observadores de un tapíz que se despliega ante ellos sin dejar de convertirlos, al mismo tiempo, en los protagonistas de la anécdota.

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Revista Mundo No 6 Andres Jaramillo