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LO

P A ’ LA SANDUNGA , JALA LA ALDABA

M ESTIZA E DICIÓN S EMANAL 003

05.02.13

DE HOY :

El Tunel (Luca Verssini)

Uno de tres caras (Muro)

En el abismo (El arlequín)

Elucubraciones (El Gordo Farrugia)

E L T UNEL

Tremuloso Parto (Seeus)

El camino era escabroso, la temperatura de un calor sofocante, y las paredes, parecían tornarse más estrechas con cada nuevo avance, como ansiosas de aplastarlo. ¿Cuánto tiempo llevaba deambulando por esta caverna de horror e incertidumbre? Se preguntaba desorientado, mientras se arrastraba penosamente a través de aquel túnel; tan angosto, que sólo permitía un traslado unidireccional. Su mente se nublaba con las conjeturas más siniestras, y así, llegó a convencerse de que no saldría jamás de aquel infierno; moriría ahí, en aquella opresiva oscuridad; en esa marea espesa de soledad, de silencio; sin haber amado, sin haber sido amado; en este manicomio de calor asfixiante, que era a un tiempo, su principio y su final. ¡Que terrible agonía la especulación! Continuaba moviéndose, lo que le representaba un esfuerzo tremendo, considerando que —desde el inicio de su cruzada— no había recibido ningún tipo de incentivo. ¿Se movía acaso? Tal vez, o quizás, se encontraba durmiendo, y en sus sueños —tan sombríos como su realidad— creía moverse trabajosamente. ¿Se dirigía a algún lugar? ¿Existía en primera instancia? Quién lo sabría… Desde el comienzo estaba asustado, invadido por un profundo sentimiento de indefensión; lo aterraba carecer de un propósito, y su cuerpo, se encontraba cada vez más extenuado. Lo azotaba un calor despiadado, bañándolo en sudor, que se convertía entonces —para aquel desdichado — en la terrible materialización de su temor; quería gritar, y no podía; ansiaba correr, y le era imposible. Las sensaciones, se convirtieron en su único sostén con la realidad, y se aferró con vehemencia a ellas. Sentir las paredes del túnel, ciñéndose sobre él, rozando con su consistencia mohosa —cada vez más cerca— su cuerpo escuálido. Soportar el bochorno suicida del ambiente; experimentar la incansable lluvia de sudor en su frente… Esos pequeños detalles se convirtieron en su existencia, aprendió a apreciarlos y en una medida menor, a disfrutarlos, hasta que un buen


día, hizo un descubrimiento insospechado, que lo llenó de júbilo: El calor disminuía conforme avanzaba —prueba fehaciente— ¡Se movía! Entonces, se permitió por primera vez, sentir la esperanza, y esta, ardió en su pecho apasionada, transformando su habitual sopor, por un nuevo andar alegre, de voluntad inexorable. No pasó mucho tiempo sin que el túnel le cobrara esta falta, devolviéndolo a esa miseria, que al parecer era muy suya. De algún lugar —indescriptiblemente lejano—, alcanzó a escuchar un murmullo horrible y cavernoso, que parecía acercarse con una velocidad vertiginosa. Entonces las paredes comenzaron a temblar, y se contorsionaron de una manera salvaje —súbitamente dilatadas—; y en aquella tempestad, que parecía anunciar el final de los tiempos por su violencia, sintió el estruendo acercarse, cada vez más cerca, con su velocidad infernal, y el pequeño, anheló ahora, su antigua condición de inexistencia, mientras trataba —por todos sus medios— de aferrarse a las paredes, que se agitaban indomables. El resto fue confuso; abrumado por una oleada de sensaciones nuevas, sólo alcanzó a distinguir dos. La primera fue una ráfaga fugaz —como una horda de pequeños y enfurecidos demonios—, que lo golpeó de lleno, impregnando el aire, con una temperatura cálida; sacudiendo sus pensamientos y —con más fuerza aún— su cuerpo, que debió salir disparado un largo tramo. La segunda fue aquel murmullo gutural que —al acercarse— se convirtió en un espeluznante graznido, colisionando con él y estremeciendo así, cada una de sus fibras. Cuando recuperó su conciencia (¿la perdió acaso?) todo era confusión, superada sin embargo, por la creciente felicidad de seguir con vida. De pronto —con el alma bañada en lágrimas de alegría— fue testigo de un milagro. Allá a lo lejos, descubrió radiante, un destello hermoso, un resplandor de esperanza. Entonces lo comprendió todo; en ese fulgor descubrió la vida, y comprendió la muerte; encontró el amor que lo tenía en falta y amó con la pasión más sincera; encontró por fin su destino, y fue consciente —al fin— de su propósito. En ese pequeño fragmento de luz, residía la plenitud, y nuestro amigo, completamente realizado, corrió hacia ella —por fin liberado de los pesares que lo aprisionaban— y saboreó por fin, el final de su túnel. Cayó posteriormente, por un suave tumulto de colores cálidos, y aterrizó de forma ligera, en el edén de un manantial; para hundirse por siempre, en el olvido… *** El sujeto sin mirar al menos hacia abajo, jaló distraídamente, la palanca de su excusado.


U NO DE TRES CARAS Primera cara Sentado meditabundo, recordaba el carrusel de imágenes largamente almacenadas a lo largo de su efímera vida. La cabeza le revoloteaba con cada giro; múltiples rostros aparecían sonriéndole, cada cual montado en un caballito que iba de abajo arriba y viceversa, mientras una musiquita de campanas servía de telón de fondo a todo este escenario mental. Lo invadía la nostalgia de aquello ahora ido, de lo cual sólo quedaban figuras borrosas y obnubiladas como en un día de mucha niebla. Lloraba la distancia, cada lágrima emitida le hacía patente el irrecuperable apretón de manos, del cálido beso en la mejilla, la charla informal, la cotidiana pérdida de tiempo en sólo estar sin hacer nada más que platicar sobre los lugares comunes de la vida. La virtual memoria, ese maravilloso dispositivo que hace ser lo que ya no es como si todavía fuese haciendo perdurar su eco de determinación, se convertía en una horrorosa pesadilla que le embarraba en el rostro la absoluta convicción de la pérdida. Había vivido: esa era una convicción confesa. Segunda cara Sentado meditabundo, alargaba la mirada, se veía en compañía de todos los que lo habían conocido y querido, ficcionaba que en su muerte no faltaría nadie. Pasaba lista – tal como lo hace un profesor- y no había ausencias, lloraban su ida, le llevaban muchas flores y lamentaban profundamente su ausencia. No faltaban las iniciativas de editarle sus obras completas, que a decir verdad no llegaban sino a un puñadito de escritos maltrechos. Le gustaba pensarse como alguien que perduraría por largos años en la memoria de todos y todas. Tenía una férrea fe en que sus actos, alambicados,


darían de qué hablar en momentos célebres y dignos de citación. Aún no había terminado su vida, pero ya se adelantaba sobre su trayecto completo. Tercera cara Sentado meditabundo, escribe en el presente sobre su pasado y en prospectiva juega con su vida futura (incluida su partida); a la manera del obispo de Hipona (Aurelio Agustín), logra en cada meditación, una distención del tiempo presente, haciendo converger al pasado y al futuro en el único tiempo existente: el presente. Un presente denso que da lugar a la escritura y a su virtualidad multitemporal.

E N EL ABISMO Y en un sorbo seco y largo se me va la noche, en la mirada se me va el instante, en la palabra se me va el alma y en la vida se me va ella misma… Día con día me retaba a mirarla, temía parpadear por el hecho de perder el más minúsculo instante; juguetona mi mirada, la desnudaba salvajemente; depilaba el vello corporal que se extendía a lo largo de su figura, desgarraba con éxtasis adictiva su tersa dermis, blanca y pura, brillante y suave, su coraza de ensueño caía ligeramente como las hojas que caen de los fresnos. El tiempo se deslizaba en sus arterias; en sus venas; en sus músculos; en sus huesos. Poco dura una ilusión y pesa tanto como el párpado que constriñe el globo ocular que se cierra mientras cae la lágrima que moja la mejilla. El instante salió airoso dejando a la visión hundida en la derrota, pero mi inquieta imaginación poseedora de un cinematógrafo aún funcional proyectaba la escena una y otra vez; cortando aquí pegando allá, la cinta se fue extendiendo. Domesticada a mi fantasía, mi ilusa intérprete siempre tan vivaz, sin queja alguna podía ser quien yo quisiera, desde la más dulce de las concubinas hasta la más perversa de las asesinas. Mi manjar más suculento, mi obra más preciada, la extensión de mi palabra, el recoveco de mi lujuria, eso era, esas eran las cadenas que le había colocada y ahora caía en la desdicha de arrastrarlas de un lado a otro, sin posibilidad de zafarse, sin oportunidad de librarse de las garras de mi artificiosa quimera. Como aquellos reos cuya fe ha sido pisoteada y esperan inútilmente una muestra de microscópica esperanza, mi hermosa prisionera se escondía en lo más pro-


fundo de su celda escapando de vez en cuando a mi ojo todopoderoso. Sus tretas tan poco elaboradas resultaban siempre en vano haciendo más y más fértil mi obsesión; su sensualidad, su inusual belleza y su silencio eran el alimento de mi perversa ofuscación. Y llegó el día en el que los nutrientes que ella me ofrecía fueron insuficientes para florecer mi obsesión; volteé la mirada, la película se había detenido, la luz del proyector permanecía en la calma característica del ojo de un huracán. Y corrí desesperado, corrí dando la espalda a la calma, corrí adentrándome al furor de la tormenta. En su polvorienta celda la encontré, su rostro pegado al suelo, en su mano derecha sostenía un cuchillo ensangrentado; la tomé del hombro y la vire hacia mí, y vi su rostro, sin expresión, ni la más mínima mueca de dulzura, ni la más sensual de las miradas. Horrorizado me eché a correr, corrí, corrí; pero por más lejos que mis pasos llegaran, no avanzaba, me hacía cada vez más pesado, mis rodillas comenzaron a quebrarse, sentía como viajaba el dolor por cada una de mis fibras nerviosas. Hundido en el suelo, me desquebrajaba lentamente, poco quedaba del hombre que en su totalidad alguna vez fui; mi vanagloriosa fantasía me había traicionado, me acuchilló por la espalda, sentía el recorrido de mi propia sangre tan suave tan cálida. Ironías de la vida son el perder lo que buscabas y encontrar lo olvidado; y la perdí y en su pérdida me encontré, reflejado en su rostro, en su rostro inexpresivo, en mi rostro olvidado; la perdí y en su pérdida me encontré, entre las líneas de quien me escribe y en los ojos de quien me lee…


E LUCUBRACIONES Éste es mi último intento… Te he puesto ojos y voz, te he imaginado roja y ausente, te he comparado con uno de esos libros de los que nada he leído y sin embargo, añoro el corte, el tamaño y la textura. Te he pensado. ¿Sabes cómo se piensa lo que no se conoce? Es siempre más lindo. Así te tengo y no me importas, y todo lo bueno que hay en ti, es mío. Vamos a llamarte hoy así: mía. Ayer recorrí tus manos –las mías− y tus hombros –los míos−, te di un lugar en mis palabras y te senté en mi escritorio para decirte todo lo que nunca te había dicho. Parecías inquieta, como si el hecho de que existieras tan sólo porque te pensase te doliera. Pero no ves que eres más afortunada, que la muerte no te toca, ni el tedio ni la razón; que eres tan libre como yo te quiera y yo te quiero libre; que si un día de estos me decido a abandonarte, me voy y punto, y luego apareces con otros ojos y en otro libro, y entonces volvemos a estar juntos y te vuelvo a sentar en mi escritorio; que aunque no estés, te escribo. Pero tengo que confesarte algo: así como en días te construyo, hay días en que de ti no sé nada y pareces más real; y si ya no te quiero libre, lo sigues siendo; y si percibo algo de tedio, a ti no te importa; y si te hago plática con lo que me viene de momento, me siento estúpido. Te siento más fuerte. ¿Qué clase de forma tomas entonces que cuando pretendo abandonarte tú ya te has ido? … Últimamente no has venido, y no es el sueño ni el hambre ni los vicios. ¿Será acaso que te estoy perdiendo? Será acaso que te estoy encontrando. Decirte mía ya no significa nada, como si entonces ahora yo estuviera sentado en tu escritorio. No te lo niego, ahora eres linda porque existes y más porque no te tengo. Pero y si de pronto decidiera tenerte y tú decides que tengo que esperar, que tengo que querer, que tengo que reír, que tengo que soñar, que tengo que morir y que tengo que hacer todo lo que los burócratas piden para estar contigo, como si no bastará ya que desde antes te hubiera pensado y gozado en cada uno de tus encuentros –los míos−. Me muero.


Sí, conozco tus manos –las mías−, conozco tus hombros –los míos−, conozco cómo eres cuando no existes y cómo eres cuando yo te pienso. Y no te creo justa. Por eso te pido, dame el merito de pensarte, de crearte, de hacerte y de tocarte. Permíteme la suerte de no conocerte y aun así no olvidarte. Regálame las letras que de tu cuerpo te construyan prosa: tú nombre como título, tu boca como estrofa y tus parpados como firma. Déjame robarte lo que te defina. Déjame robarte. Déjame robarte. Pero ante todo y sobre todo, en especial te pido, que si uno de estos días coincidimos – ya no en nuestros escritorios− y me reconoces desde el fondo, y yo a tus −mis− manos y hombros a lo lejos, no me sigas la mirada, ni supongas que tal vez yo existo. Recuerda que al final de todo, tú y yo nunca nos hemos conocido.

T REMULOSO P ARTO Era el único habitante del culo del mundo. Un día sin fecha, lo habían desterrado de su pueblo sugiriéndole irse al culo del mundo. Ya ni siquiera recordaba el por qué lo corrieron y lo mandaron al culo del mundo. Claro, pudo buscar otra ciudad en donde residir, pero como a cualquiera le apeteció más el culo del mundo. Creyó que ahí se encontraría con similares, puros desterrados sin motivo alguno, pero estaba vacío el culo del mundo. Entonces, en su soledad, comenzó el descenso de las colinas que abarcan el culo del mundo y ya al nivel del mar (que en realidad era un lago, pero, como no conocía ninguno de los dos decidió que lo nombraría mar) se masturbó. Lo hizo una y otra vez hasta quedar sin algo que expulsar. Se deslechó sobre el agua y terminado su trabajo murió. Y así, por obra del Espíritu Santo, la Tierra parió a un niño diferente a todo lo conocido, nació de la nada. El ser humano es degenerado desde su impúdico nacimiento. Nunca ha tenido la sensatez de digerir sus arcaicas creencias y defecarlas como el único tributo que (los) Dios(es) merece(n). Por eso viven siendo pecadores y pagando facturas de gastos que no realizaron. Deudas que nadie debe. Ustedes son materia llena de sentimientos podridos que como jacal de manzanas, que como peste, contagian a sus cercanos. Yo en cambio, soy superior. Soy una obra fuera de sus asíntotas de perfección. Estoy por encima de eso. Por encima de ustedes.


Los veo sentados como especímenes en decadencia, su raza está pereciendo, estas tierras pertenecerán a nosotros los olvidados, los paridos en las cloacas de mal formadas ciudades adeptas a cualquier clase de idolatría. Ustedes serán nuestras mascotas, cambiaremos de papeles, serán nuestras perras y ahora nos mirarán para arriba. Los compraremos y venderemos como esclavos, atenderán nuestras necesidades, porque nosotros somos verdadera gente pensante, no necesitamos ademanes para expresarnos, no necesitamos de un retrogrado lenguaje para hablar. No tenemos sentimientos, no tenemos placeres, somos individuos sin necesidades. Podemos cohabitar con dragones y elefantes enanos, casi tan enanos como nosotros. No queremos tecnología, queremos lo que tenemos, queremos nuestros amorfismos, nuestra singularidad, queremos nuestros pensamientos. Libre albedrío. ¿Libre albedrío? ¿Qué es eso? ¿Quién lo conoce? ¿Quién exceptuándome a mí? Hemos renacido. Estamos apareciendo de nueva cuenta en la poco conocida bifurcación de la evolución. Pero sin quererlo, alguien leerá esta carta, alguien conocerá la verdad. Tal vez la mentira. Muy probablemente no conozca nada, o nada que no conociese ya. Un día, yo me cansaré de hablar, de repetir las mismas voces imitadas. Me cansaré de ser un nacido a causa de una telúrica partenogénesis. Y así, por obra de algún Dios dentro de la isla de Flores, un simio diferente a todo lo conocido, murió de la nada.

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Mestiza 3  
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