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Revista Literaria Luna

Uno Noviembre 2016


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Uno Lunáticos: Bienvenidos nuevamente a Revista Literaria Luna, el lugar donde está lo emergente y establecido. Este nuevo número está dedicado al horror y terror y veremos, con la selección de textos, que nuestro mundo es subjetivo a cualquier situación para lograr causar algo en el lector. Los esperan fantasmas, asesinos, antropófagos, vampiros, seres de lo más común que nos harán estár al filo de la lectura. Contamos además con una entrevista, que agradezco personalmente a la Maestra Encarnación López Golzálvez, que nos hablará sobre el horror y terror en el campo literario. Así como también al fotógrafo sinaloense Alonso Belmar que nos concedió una entrevista sobre una sesión fotográfica espeluznante. Espero que disfruten tanto las lecturas, como el material visual en portada y un par de páginas dentro que corre a cargo de Arturo Cervantes. Agradezco también a todos los que nos mandaron material y creen en un proyecto como Revista Literaria Luna, así como también a quienes nos leen y nos piden más.

Jesús M. Peña


Índice Uno * 3 * Editorial Colina de las luciérnagas * 6 * Poeta de la Noche La estatua delatora * 17 * Agustín Álvarez Por las aguas del río Sena * 24 * Ana Laura Salcido García Frankenstein * 31 * Arturo Cervantes Kurt * 32 * Josefina Velázquez Holocausto en la playa Porto * 36 * Hugo Casarrubias Confesión * 43 * Margarita Rodríguez Ella * 52 * Lilo Tejeda Un amor de rechupete * 56 * Jamie Miller Cenizas * 63 * JAMS Natán * 70 * Conde S. Sonrisa Carmín * 75 * Jesús M. Peña Entrevistando a... * 84 * Encarnación López Gonzálvez


Relato licántropo * 90 * Irad González El Dj de Chapultepec * 92 * Angélica Martínez Operón INS * 96 * José Enrique Orozco Frías Wolfe tenía razón * 103 * Carter Evan Roust Obra fotográfica * 107 * Entrevista Selección Poética * 115 * Alejandro Abracxas El collar * 119 * Manuel Nuño Mi diario en neblinas * 121 * Anubis Sandoval Jugando a morir * 126 * Pinkamena Villalvazo Colaboradores * 131 * Rat with wings * 132 * Arturo Cervantes


Cuento

Colina de las luciérnagas

Poeta de la Noche

Todo lo que compartiré es auténtico, no hay un solo rastro de mentira que me haya contado mi amigo —cambiaré su nombre con la finalidad de proteger su identidad y el de los testigos de este diabólico suceso— el señor Darío A., hombre de familia, responsable, con raciocionio y conciencia inquebrantable, sin embargo, aquella noche de julio de 1978, en la Colina de las Luciérnagas, quebrantó su salud y sucumbió en cama poco después, y lamentablemente la muerte lo reclamó ante el dolor de sus hijos. El legado que dejó para ellos es la casa en M..., Jalisco. Ninguno quiso aceptarla, dejándola en venta, es más, se resisten a volver a su pueblo natal, no después de lo ocurrido... Ahora la casa se muere con cada atardecer, su madera es un cadáver expuesto ante la intemperie. La valiente decisión motivó más el interés de los habitantes a querer dejar su tierra natal, pero se hallan atados a un temor. M es un lugar mágico, enigmático y lleno de secretos. Yo crecí en O..., Jalisco a solo 2 kilómetros de ahí. Aún recuerdo como mis abuelos me advertían no ir, negándose a dar una explicación. Mi abuelo decía “Si existe un lugar donde Lucifer cayó después de ser expulsado, ése sería M...”. Lo que un principio creí que se trataban de viejas supersticiones se volvieron realidad cuando una noche apareció Darío en el bar. Pálido y con una desencajada mueca me hizo despertar 6


mi curiosidad, misma que fue matada al verlo encanecido; es como si hubiese envejecido 20 años de golpe. Su mirada pérdida me invitó a tomar asiento frente a él y preguntar qué rayos había sucedido. Tardó en responder, y cuando por fin escupió la primera palabra, era como un sonido que surgía de una caverna de infinita profundidad. Reitero que Darío es una hombre congruente, de fe indeble. Al verlo así no puedo negar que sentí compasión y hasta pena. No había tocado su tarro de cerveza y su postura era petréa, como una gárgola. —El Mal en verdad existe, y no me refiero al crimen organizado o a la corrupción, eso no es nada comparado con lo que viví en esa maldita capilla. —¿A cuál capilla te refieres? —Me aventuré a preguntar. —La capilla del Cristo Negro... Al pronunciarlo, una estaca invisible atravesó su corazón mientras se sostenía de la mesa. —¿La que está en la Colina de las Luciérnagas, verdad? —Así es... y lo que te voy a contar te juro que es verdad, por la tumba de mi esposa, ¡debes creerme! Su voz se atascó en un torrente de lágrimas. Se disculpó por su reacción y prosiguió: —Debes prometer que jamás, pero jamás deberás poner un pie en ese maldito sitio, y no solo tú, ningún hombre, ninguna mujer o niño debe entrar a ese terreno blasfemo. Es un lugar abandonado por Dios. 7


De repente recordé las palabras de mi abuelo, y presté atención sin interrumpirlo. Antes de iniciar su relato, me hizo jurar otra vez que no debo ir. Lo hice y he mantenido mi promesa desde entonces y así inicia: Esto que te voy a contar demuestra que Lucifer sí existe, no es una parábola ni un mito. Toda la maldad se concierne en la Capilla del Cristo Negro, y no debe existir, pero lo está, y creo que Dios lo permite para que el hombre crea y se arrepienta de todo corazón. Recuerda que siempre he ayudado al padre Francisco en sus quehaceres. Desde que murió mi mujer no he dejado de creer, es cierto que he dudado y ahora, con lo sucedido, mi temor al infierno se han reforzado. Y reitero, que si el Maligno existe es para que creamos. ¿Recuerdas las desapariciones de los niños en M...? Quizá no estés enterado, pero las autoridades lo han manejado herméticamente, y los mismos pobladores han callado. Ha habido dolor, mucho dolor, pero nadie se ha atrevido a hacer algo. Todo el pueblo es cómplice. Desconozco qué carajos pasa, no sé si es por temor a represalias, no lo sé. Es una auténtica locura. Lo único que sé es que a los menores se les vio por última vez en las calles y nadie volvía a saber sobre ellos. El colmo de todo fue cuando Verónica, hija de Don Julio P, el dueño de las caballerizas, fue la última en desaparecer. Ya ves que el pobre también es viudo, y la suerte no lo ha mirado con buenos ojos, ha tenido que vender sus mejores caballos, pero en fin. Por poco pierde la razón cuando su 8


pequeña no regresó a casa. Preguntó, desquiciado, a los chiquillos que estaban con ella. Estos le respondieron que jugaban a las escondidas, en las cañadas, cuando se alejó del grupo y se fue directo a la Colina de las Luciérnagas. Ellos no fueron a buscarla por temor a las leyendas que ahí se cuentan. “La niña no les hacía caso”, referían los menores. Don Julio ha perdido muchas cosas, y no estaba dispuesto a dejar a lo único que le quedaba en esta tierra. Mi alma se quebrantó al verlo tan miserable, de hecho, ver a un hombre desgarrado es lo más lamentable en este mundo. Cansado de que las autoridades no hicieran nada, opté por ayudarlo y no solo eso, ningún ser humano se ha atrevido a ir solo a la Colina de las Luciérnagas, nombrada también como “La Colina de los Condenados” por la terrible y sangrienta guerra que los Cristeros ahí dejaron, pero la gente prefiere mejor el otro nombre; es cierto que de noche las luciérnagas hacen un espectáculo maravilloso, e insisto, es un telón que cubre las desgracias ahí acontecidas. Si hay una persona decidida a penetrar la diabólica naturaleza de ese sitio era el padre Francisco. En un principio se resistió, y no te imaginas mover cielo y tierra para convencerlo. Ahí estábamos los tres, transitando por las cañadas, armados solo con linternas. No hay animales peligrosos, pero el cura nos comentó que nuestra fe sería nuestra mejor arma. Él sostenía un maletín que tomaba con firmeza. Llegamos a pie a la Colina de las luciérnagas. Atrás 9


quedaron las luces del pueblo, y hasta el mismo silencio no se atrevía a abundar entre los matorrales y árboles ominosos. Las cigarras y las aves nocturnas abandonaron todo coro de música. Entre nosotros no hubo palabra alguna. Las linternas iluminaban pobremente el campo abierto. Esperaba a las luciérnagas, pero no estaban, era como si hasta la misma Madre Naturaleza tuviera terror estar ahí. Solo el corazón de un padre desdichado desafió el lugar y gritó a todo pulmón el nombre de su pequeña. Hizo esto sucesivamente y después de tres minutos escuchamos un especie de gemido que provenía en dirección del noreste. Esperanzados, la llamamos. En un momento el imperceptible sonido aumentaba de volumen hasta ser muy definido. No parecía el tono de una niña, no sé qué era, si se trataba de un animal o qué. Avanzamos en dirección al tiempo que el gemido enmudeció. —Verónica, hija, ¡responde! —llamó desesperadamente Don Julio P. En medio de la nada y rodeados de un asfixiante oscuridad que jugaba con nuestras mentes, oímos el sonido de unos pasos aplastar el hierbajo. Parecían que corrían. Impulsado por el anhelo de reencontrarse con su hija, Don Julio P siguió los pasos. —¡Espere, no sabe lo que hay ahí, deténgase! —Advirtió el cura. De inmediato pensé si él sabía lo que ahí pasaba. ¿Por qué tanto misterio sobre esta colina?, ¿por qué la gente calla 10


ante lo que ahí pudiera ser la respuesta de las desapariciones de los menores? Detuve su paso que intentó detener a Don Julio P y exigí respuestas. —¿Qué demonios nos enfrentamos? —Fue mi última pregunta. Como respuesta, me comentó que lo siguiera y seguimos a Don Julio P . Después de recorrer, no sé la distancia, pues era como entrar a un túnel sin fin, llegamos a una arboleda. El matiz de oscuridad adornaba a la perfección, resaltando un aura maligna. El padre me señaló al fondo y vislumbré la silueta, un tanto deforme, de una pequeña construcción. Tuve que acercame más, descubriendo una capilla. Lo había olvidado por completo, se trataba de la Capilla del Cristo Negro, abandonada desde hacía más de dos décadas. Fue un lugar de oración y se convirtió en una tumba del tiempo. Debo admitir que mi piel se enchinó, aunque fuera a distancia. Me sentí mareado y en mi interior se negaba a proseguir. Mi linterna descubrió a Don Julio P aproximarse ahí, invitado por una figura. Distinguí un vestido turquesa y una larga cabellera, era Verónica. Daba la espalda a su padre y ambos se dirigían a la misma dirección, ella lo guiaba. El cura gritó al desconsolado que no se acercara más, pero éste desoyó, y desapareció en las entrañas de la capilla. Corrí detrás del sacerdote. El mareo se intensificó al hallar una estatua de mármol del niño Jesús, empotrado en la punta del techo. Extendía los brazos y su rostro estaba deforme por el 11


moho. Sentí como su mirada me apuñalaba. Cómo era posible que un lugar sacrosanto me produjera tal sensación, y a manera de respuesta, el clérigo me advirtió que ese sitio no estaba abandonada. —Este lugar fue profanado para adorar a seres prohibidos, y te sugiero que te mantegas cerca de mí. Hice caso y con el corazón en un puño, entramos. Sentí que había firmado una sentencia de muerte y recorría la antesala del infierno cuando pusimos un pie en la empolvada suela. Un olor a húmedad nos recibió y al fondo, en el altar, se hallaba Don Julio P de rodillas, si no fuera por su atuendo, lo habría confundido con las estatuas decapitadas de santos en las paredes. Cargaba un bulto y hendía su cara en él. Una infantil mano ensangrentada asomó entre la tela envuelta que apretaba contra su pecho... Cómo era posible tanta maldad. El representante de la Iglesia descubrió la roída tela y lo que vimos nos aterrizó, no era Verónica, era el cuerpo sin vida de un pequeño cerdo al que le faltaban los ojos y rastros de gusanos salían expulsados de fisuras en su piel. Mi acompañante me señaló que este lugar corrompía la mente. Por fin soltó su maletín y lo abrió, extrajo una estola, un crucifijo que besó con fervor, una biblia y agua bendita. Me pidió que sostuviera la cruz. Pregunté qué rayos estaba pasando, y él solo me dijo qué para rescatar a Verónica, me preparara porque esto solo era el inicio de una batalla entre el Bien y el Mal, y no siempre el bien gana. Por eso se había 12


negado acompañarnos, sabía lo que ahí dominaba. No entendí pero ejecuté su indicación. Comenzó a rezar el salmo 91 mientras arrojaba agua bendita. No sé si fue mi imaginación, pero advertí un gruñido a mis espaldas, algo parecía demasiado molesto por nuestra presencia. El padre Francisco estaba inmovilizado, me pidió que no volteara y sostuviera la cruz. Prosiguió con el rito. Sentí una prensencia amenazante que acrecentaba. Me resistía a voltear y ese gruñido estaba ya en mis tímpanos. —En el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, te exijo que te manifiestes y entregues a la pequeña. —alzó la voz el sacerdote mientras cerraba los ojos— Por la bendita sangre derramada en la cruz, ríndete ante nuestro verdadero Señor. Arrojó violentamente el agua bendita. En ese preciso instante, un estruendo me obligó a dirigir la vista. Una sacrosanta figura se había derrumabado. No sé si las palabras del cura hicieron efecto. Me sentía muy mal y quise abandonar todo, pero ese deseo se trasladó a Don Julio P que soltó el bulto y huyó del altar, gritaba enloquecido. Por una vez dejé mi sitio, ignorando las palabras del cura y seguí a detenerlo. Afuera nos esperaba lo peor... distinguí varias siluetas apoyadas sobre la tierra. Advierto que no existen animales peligrosos en esos lares, ni nada, pero lo que vi no me dejará en paz. Nos esperaban lobos, así es, ¡eran lobos de pelaje negro! Sus resplandecientes ojos me intimidaron y sonreían presumiendo sus colmillos. Traté de impedir que Don Julio P corriera, pero fue alcanzado 13


por una de esas bestias que, sin compasión, no tardaron en destruirlo. Uno de esos animales se dirigió a mí y alcé el crucifijo. Se detuvo y se limitó a gruñir feroz, se mofaba de mí. Retrocedí y cerré la portezuela. Se escuchaban los gritos de Don Julio que no tardaron en extinguirse en compañía de los aullidos triunfantes. Era una tortura. El padre Francisco me exigió regresar y terminar el rito. Ya habíamos desafiado a la fuerza demoníaca y debíamos encararla. —¡”Como el humo es expulsado, ellos son expulsados; como la cera se derrite ante el fuego, también los malvados perecen ante la presencia de Dios!” ¡En el Nombre del Padre, del Hijo, y de Espirítu Santo! ¡Doblegáte ante Dios, Espíritu inmundo y devuelve a la pequeña! Una pestilencia nos invadió, no sé con qué palabras describirlo, solo sé que me dieron ganas de vomitar. Un zumbido atrajo mi atención, y con la linterna descubrí un enjambre de moscas tapizar la pared del lado Este. Parecerá una locura, trataban de dar un mensaje. ¡Maldito sea el momento que entré a esa capilla del infierno! ¡Me arrepiento de todo corazón cuando vi que los bichos formaron un rostro desencarnado que se mofaba...! ¡Grité con todas mis fuerzas que dejaran de lacerarnos de esa forma! El padre deshizo el ejército de voluptuosos insectos con solo lanzar agua bendita. No dejaba de recitar oraciones, lucía fatigado. Algo me obligó a voltear hacia el altar. Desconozcó si mi cordura me abandonaba, pero eso fue la gota que derramó 14


el vaso. Sentada sobre el altar, estaba mi esposa... ¡Dios, por qué! Envuelta en el manto de la Virgen María, me invitaba a acercarme. Me aproximé y sé que no fue una visión cuando el cura me impedía el paso. Lo ignoré al tiempo que dejé caer la cruz. Ella me alzó los brazos, y yo deseaba acompañarla al mismo infierno. Al estar a escasos centímetros, el cura me derribó, logrando romper el enlace. Tropecé con la frágil duela y se abrió un boquete, surgieron ¡huesos pequeños y cráneos de niños! ¡Los niños servían de alimento para la diabólica bestia que ahí descansaba! Mi última visión, antes de salir corriendo, fue al padre Francisco envuelto por... por... algo espantoso, sin nombre. La boca, o cualquier representación de aquella blasfemia, mordía el cuello del cura; gozaba con su dolor y la sangre, y sus oblicuos ojos ¡eran lascivos! ¡Todo Poderoso, te maldigo por dejar que esta cosa exista en la tierra! Logré escapar no sin antes descrubrir a un grupo de personas alrededor de la capilla. Ataviados con vestimentas negras, me encontré con sus rostros: algunos eran la misma gente de M... y los otros me eran desconocidos; sujetaban con gruesas cadenas a los lobos. Recitaban un canto incomprensible. No sé cómo escapé de ellos y llegué a casa, pero ahora heme aquí, tratando de emborracharme. Cualquier lugar es mejor que ahí.... Estas fueron sus últimas palabras antes de derribar la mesa y tirarse al suelo. Arrojaba espuma por la boca, reía y gritaba enloquecido. 15


He cumplido mi promesa a DarĂ­o, ni por todo el oro del mundo pondrĂŠ un pie en M... y mucho menos en la Colina de los Condenados, donde la Bestia sigue aguardando.

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Cuento Agustín Álvarez

La estatua delatora

- ¡Auxilió… más rápido, allí viene! - ¡Ulrich despierta, despierta! Está teniendo ese sueño otra vez. - ¡Despiértalo, antes de que se lastime! - ¿Qué ocurre, por qué me sacudes? - Estabas gritando como loco ¿estás bien? - Volví a soñar “aquello”, pero esta vez lo sentí mucho más intenso. - Deberías de ver al Maestro Dorobo, él sabrá qué es lo que te pasa. - Iré a verlo esta misma noche. En el claustro de Furlurs, sólo habitan los discípulos más devotos a las enseñanzas de la secta de Balal. Eso se debe a que su recinto resguarda una legendaria estatua conocida como Liliath. Esta estatua ha pertenecido a la secta desde hace XVII siglos y fue encontrada en unas ruinas de la antigua Mesopotamia. Ella es capaz de penetrar en el alma de quien se presenta ante su altar y proclama los pecados que el hombre haya cometido. Algunas veces solloza, otras se puede apreciar la aflicción en su semblante, en otras declama el nombre del pecado cometido, pero las ocasiones más severas, grita de terror ante las almas más corrompidas. Esto se lleva a cabo dos veces por año, en la cual 17


participan todos los iniciados en la secta. Para considerarse miembro oficial, deben pasar la prueba al menos tres veces, pero si alguno de ellos es delatado por la estatua entonces se somete a un castigo de acuerdo al pecado cometido. El rito es realizado con la finalidad de purificar en cuerpo y alma a los iniciados por las faltas cometidas a su dogma. “Sólo el dolor equilibra el pecado” reza el epígrafe de la estatua. Los castigos son de lo más variado: van desde ayunos durante varios días, baños con agua fría, encierros solitarios, hasta castigos físicos que dejan cicatrices de por vida. Sin embargo, Ulrich desde su llegada, hace ya un año, no ha sufrido penitencia alguna, ya que es bastante devoto y posee un alma inmaculada. Pero desde la última ceremonia se ha sentido culpable de actos que desconoce, como si padeciera una culpa ajena, similar a la sensación de haber olvidado algo. -Esta misma noche iré a visitar al maestro, ya no soporto esta carga, seguramente él conocerá el significado de este extraño sueño y la influencia que está causando en mi. Al llegar ante la puerta del Maestro, Ulrich se detiene indeciso, pero después de un momento llama dos veces: ¡Tóc tóc! - ¿Quién viene por estos lugares? - Soy uno de los iniciados, maestro, mi nombre es Ulrich. - ¿Qué ocurre joven? ¿A qué se debe su visita? - ¿Podría hablar un momento con usted? Me gustaría conversar sobre… 18


- ¡Claro muchacho! ¡Pasa, pasa! Pero ten cuidado que esta capilla es vieja, el piso y las paredes comienzan a desmoronarse. Siéntate y espérame aquí, ahora vuelvo, conseguiré otra vela pues ésta está por agotarse. Ulrich obedeció y esperó mirando la bóveda de aquella capilla, apenas visible por la pequeña vela que había dejado su maestro sobre la mesa. Al cabo de un rato el hombre volvió con dos grandes cirios y los puso junto a la ya encendida, entre Ulrich y él. - ¡Ah! Así está mejor, ahora puedo verte bien, ahora dime ¿Qué es lo que te tiene tan perturbado? - Bueno… es una inquietud que me asecha por las noches. Se presenta en forma de sueño; la primera vez no le di importancia, pero ha sido muy recurrente en las últimas semanas; justo ayer volvió con mayor intensidad. - ¡Un sueño! Bueno, debes saber que los sueños son muy importantes para nosotros, jovencito. Ellos son la mayor revelación de nuestra alma, nos dicen mucho de lo que somos en verdad, no de lo que creemos ser. Cuéntame ¿cómo es tu sueño? - Al principio estoy completamente solo, caminando inmerso en la oscuridad apoyando mi mano por un largo muro. Lo único que puedo percibir es la rugosidad de la pared y el sonido de mis pasos… entonces, a lo lejos aparece una antorcha encendida que alumbra el pasillo. Camino con cautela hacia ella y cuando estoy más cerca puedo ver un gran portal al final del pasillo. En ese momento creo que sólo 19


estamos los tres: Yo, el portal y la antorcha, justo en medio de nosotros. Pero en ese momento me detengo y siento una presencia temible detrás de mí; con mucho cuidado giro mi cabeza y ¡Allí está! Una enorme sombra alargada desde mis pies que se pierde en la oscuridad del fondo. Sé que este fenómeno me parecería de lo más natural durante la vigilia, pero dentro del sueño lo siento absolutamente sobrenatural; no sólo siento aquella sombra ajena a mí, sino peligrosa… enemiga. – fija su mirada en la llama que sale de la vela y calla por un momento. - Siento que espera que yo haga el primer movimiento para perseguirme… Mi corazón palpita rápidamente, sé que debo llegar al portal antes de que me alcance. Entonces tomo aire y con la mayor de las valentías comienzo a correr tan rápido como mis piernas me lo permiten, pero instantáneamente, como cuando un depredador corre en cuanto su presa descubre su emboscada y huye, la sombra comienza a perseguirme. Yo sólo sigo corriendo, pero parece que ella es más veloz; cada vez está más cerca, la siento pisándome los talones, la tengo tan cerca y entonces, pasa por debajo de la antorcha y es cuando la sombra cruza atravesando mi cuerpo entero, me adelanta, pero aun así seguimos corriendo en la misma dirección, ahora corro detrás de ella intentando alcanzar el gran portal, pero cada vez se alarga más frente a mí, estiro mi brazo, pero ella es la primera en llegar. Abre el portal, sale y cuando voy a salir yo, ella se separa, cierra el portal de golpe y yo quedo atrapado. Es 20


entonces cuando despierto. Con una mirada levemente inquisidora el maestro Dorobo pregunta: - ¿Desde cuándo has tenido ese sueño? - Desde la última ceremonia de la Estatua. - ¿Y siempre sucede lo mismo? - Ha sido idéntico en todas las ocasiones. - No te preocupes, meditaré sobre lo que me has contado, tú sigue siendo tan buen discípulo como todo este tiempo, pues has sido un buen ejemplo para los otros aprendices. No olvides que ya se acerca la siguiente ceremonia, espero verte allí, tan seguro como las otras dos ocasiones, recuerda que para ser candidato debes pasar la prueba una vez más. - ¡Muchas gracias por escucharme maestro! Espero no haberlo molestado, ahora me retiro pues pronto será la hora de la cena. Al cerrar la puerta el Maestro se quedó meditabundo un momento pensando: “Será posible que este joven conozca el portal de… ¡Bah!, eso es una locura, nadie tiene acceso a esa área, solo es un muchacho inquieto, ya se le pasará.” Por la noche, en la habitación de los iniciados, Ulrich luchaba por no quedarse dormido, pues el miedo de un nuevo encuentro con aquella pesadilla lo agobiaba. Pero tras unas horas de resistencia sus párpados cedieron un momento y su cuerpo exigió descanso. Y desde el interior de su cuerpo se escuchaba una voz diciendo: 21


- ¡Maldito hombre! Me ha robado valioso tiempo de libertad; de cualquier forma, ahora ha caído la noche, podré pasar inadvertida por donde me plazca. En ese momento algo inmaterial y sin peso alguno se deslizó desde el cuerpo de Ulrich por su cama, después el suelo y salió al fin por la rendija del ventanal escurriéndose por el muro hasta llegar al patio. - Ahora bien, ¡Todo el día he estado encerrada entre estos muros! ¡Arrastrándome por el sucio suelo a los pies del cobarde de Ulrich! Es hora de hacer todo lo que deseo, ya que, en el día, mi dueño, no se atreve. - La siniestra sombra salió del claustro hacia el pueblo aledaño a realizar toda clase de actos infames: visitó antros de vicio sin que nadie la advirtiera, bebió gran cantidad de botellas que parecían evaporarse, robó ropajes y joyas para causar desgracia entre las personas y fornicó con decenas de mujeres y prostitutas que se despertaban en pleno clímax. Justo cuando la noche comenzaba a clarear, la sombra regresó al claustro arrastrándose como una serpiente embriagada hasta penetrar en la habitación de Ulrich; ya la aurora hacía presencia cuando se fundió de nuevo con “el otro”. Ulrich con evidente pesadumbre se vistió con la toga para la ocasión y junto a todos los iniciados, se enfiló hacia el recinto de la ceremonia. Alrededor de las 10:30am todos estaban listos para comenzar la ceremonia sentados en torno del zócalo de la estatua. 22


Los iniciados mirábanse nerviosos los unos a los otros en espera de su llamado, pues uno a uno debían postrarse a los pies de la estatua para escuchar su sentencia y sabían que ella no podía ser engañada, era prácticamente infalible. - ¡Oh tú, la de los ojos que atraviesan el cuerpo y observan el alma de tus súbditos, la justa entre las justas, te damos gracias por ayudarnos a ser puros! Y en este día te invocamos para escuchar tu veredicto. La estatua rompe su rigidez y al abrir sus ojos proclama: ¡que comience el juicio! Y uno por uno fueron pasando ante ella, la mayoría recibió castigos leves, a unos cuantos los condenaron a ser encerrados en el calabozo por pocos días y sólo dos fueron castigados con 10 azotes. Pero al pasar Ulrich, esperando los demás que pasara la prueba y Liliath quedara en silencio, una cara de espanto se dibujó en el rostro de ella y tras un instante de asombro emitió un grito tan intenso, que todos, incluyendo el maestro, se llevaron las manos a los oídos, mientras eran testigos de cómo la estatua se iba resquebrajando y agrietando. El rostro de Ulrich fue de espanto absoluto y ante él, la estatua terminó por caer en cientos de bloques. Fue la última vez que vio la luz del día, allí ante los restos de la estatua, su sombra inmóvil cobijando los restos, los sacerdotes lo tomaron a la fuerza. El castigo fue inhumano

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Cuento

Por las aguas del río Sena

Ana Laura Salcido García

Después de visitar el cementerio por tercera vez aquella semana, John Turner regresó a su casa recién adquirida en París para continuar con el esbozo de su próxima novela. Podría haberla terminado mientras vivía en Londres, pero el remordimiento palpitando en sus venas le había impedido escribir más de dos líneas, por lo que decidió mudarse a París con la esperanza de terminar allí su obra, aunque fuera más tarde de lo planeado. En cuanto llegó a su residencia se dirigió a un gran salón donde había un viejo escritorio, sobre el cual había colocado su máquina de escribir. Se sentó frente a la máquina y después de una semana las primeras palabras fluyeron de su mente: El cielo azul resplandecía brillante sobre el firmamento, cuando súbitamente se tornó gris y unas espesas gotas de lluvia cayeron sobre el río… Sobre el río Sena, pensó John, “donde tendría que haberla visto por última vez, pero no lo hice, porque yo…” no pudo escribir más, sus manos quedaron paralizadas sobre las teclas y John, consciente otra vez de lo que le impedía escribir, fue incapaz de detener las lágrimas, que enseguida se convirtieron en un llanto desconsolado. Cuando se cansó de llorar ya había oscurecido, así que fue a su dormitorio, se quitó los zapatos y se acostó sobre la blanda superficie de la cama. 24


Lo despertaron unos pasos ligeros que caminaban por el corredor. John se sobresaltó y se levantó rápidamente de la cama. Tomó un revólver de un cajón del buró y abrió la puerta de la habitación. La oscuridad era total, pero John no se animó a prender una vela porque prefería enfrentarse en la oscuridad a aquello que rondaba por su casa. Otra vez unos pasos, ahora en la planta baja. John corrió hacia la escalera para bajar y los pasos ahora corrían detrás de él. John tenía miedo, pero aun así se dio la vuelta y escrutó en las tinieblas, mas no distinguió nada y en ese momento los pasos se detuvieron. Entonces se escuchó un grito desgarrador, seguido por un llanto que provenía del dormitorio de John. Éste se asomó a la estancia y encontró a una mujer tirada en el suelo, llorando. Tenía un vestido largo y claro, estaba descalza y su cabello le ocultaba el rostro, pero John sabía quién era. - ¿Anne? ¿Eres tú? - el rostro volteó hacia él y su llanto cesó. - ¡John! Creí que te habías ido, yo me sentía tan sola y tenía miedo… grité y después sólo vi oscuridad. Tal vez porque pensó que era un sueño, John olvidó que era completamente imposible que ella estuviera con él, en su habitación, y fue a estrecharla entre sus brazos. - Tranquila querida, ya estoy contigo, ven, vamos a la cama. Se tendieron sobre el lecho y después John la abrazó, notando que su piel estaba fría, tan fría como la de un 25


muerto… Cuando John despertó a la mañana siguiente, pensó “¡qué sueño tan extraño tuve ayer!”, pero luego comprobó que no había sido un sueño. Anne dormía tranquilamente sobre su pecho, su rostro sereno y marcado por las lágrimas que había derramado la noche anterior. John la dejó dormir y fue al salón, e inmediatamente se acercó a la máquina y escribió: “algo insólito ocurrió anoche, vi a Anne llorando en mi habitación y parece que no recuerda lo que pasó la última vez que nos vimos…” - Nunca dejas esa maldita máquina ¿verdad? Creí que, al menos por mí, dejarías de escribir todo el tiempo y vendrías conmigo a París, como te lo pedí. - Anne, ya estamos en París, juntos tú y yo… - ¿De verdad? ¿Estamos finalmente juntos? - Sí amor, estaremos juntos por siempre. Pero John no estaba seguro de que aquello fuera cierto. Una parte de él le decía que seguía soñando, pero el resto le aseguraba que era realidad, que después de todo, Anne estaba con él y que lo anterior había sido un sueño, una pesadilla. A partir de entonces, John no pudo distinguir entre la realidad y la imaginación. ¿Estaba Anne realmente con él? ¿O era sólo un sueño, un fantasma de su pasado? Varios días después, mientras John descansaba sobre un sofá, viendo a través de la ventana, recordó una conversación tres semanas atrás, mientras estaba con Anne en el Pont des Arts, el Puente de las

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Artes. - Por favor John, ven conmigo, podemos alquilar un departamento fuera de la ciudad y después comprar una casa. - Anne, yo no estoy listo para marcharme ya, perdóname. Debes entender que lo más importante para mí ahora es terminar la novela y, cuando la concluya, con las ganancias podremos conseguir una vivienda más agradable. - Yo ya no puedo esperar John. Ven conmigo, te esperaré aquí mismo, en dos semanas, cuando regreses de Londres; pero si no vienes, entenderé que ya no quieres nada conmigo y dejaré de molestarte… Los pensamientos de John se interrumpieron a causa de la misma voz que había escuchado en su mente y que ahora estaba junto a él. - ¿Estás bien John? - Sí, sólo necesito un poco de aire fresco. Voy a salir antes de que Anne contestara que quería acompañarlo, John se aproximó a la puerta y al abrirla encontró a su amigo Richard, que estaba a unos pasos de la entrada. - ¡Vaya, qué sorpresa! - exclamó John, sorprendido y alarmado porque su amigo viera a su amada detrás de él, pero Richard no pareció notarla. Lo invitó a pasar al salón, y ella todavía iba detrás de John, pero cuando entraron al salón desapareció. “Tal vez fue a la habitación”, pensó. - ¿Cómo has estado, amigo? Me preocupé mucho desde tu última carta.

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- Lamento no haberte avisado que ya estaba en París, pero necesitaba descansar. - Lo entiendo, John. Pero, a juzgar por tu aspecto, parece que no has descansado. Conversaron un rato más, cuando Richard se alejó por el camino de la entrada, John se quedó pensando en que su amigo no se había percatado de que Anne pasaba varias veces por el salón, acomodando objetos. O tal vez sólo él podía verla. Más tarde, encontró a su amada llorando. - ¿Sabes John? Cuando dijiste que estábamos juntos yo te creí, porque así parecía, pero ambos sabemos que no es así. - ¿De qué estás hablando Anne? Estamos juntos en París, como habíamos acordado. - ¡No es cierto! No estamos juntos, yo recuerdo que tú nunca llegaste a donde prometiste que nos veríamos, luego yo… yo cometí esa terrible atrocidad y ahora siempre tengo frío y estoy muy pálida. ¡Tú sabes por qué! John lo sabía, lo había sabido desde la semana pasada, pero en ese momento, con ella enfrente de él, se negó a aceptar la verdad. - Estoy muerta - dijo Anne con sorprendente tranquilidad. - No, no lo estás, Anne, no digas eso, tú no estás muerta. Pero sí lo estaba. Sin darse cuenta, John estaba llorando. Ella estaba muerta y todo por su culpa, si John no hubiera sido cobarde, si no hubiera tenido miedo y hubiera acudido a su encuentro, tal vez habría llegado a tiempo al Pont des Arts

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para ver a Anne, antes de que ella cayera al río y se ahogara en las gélidas aguas del Sena. Cuando la vio de nuevo, las facciones de Anne habían cambiado. Sus ojos ya no eran los mismos, su mirada ahora estaba distante y su rostro ya no reflejaba amor y dulzura, sino algo más, odio y maldad. - ¿Por qué tenías que dejarme John? - Comenzó a llorar, pero se detuvo - pero aún podemos estar juntos John. Puedes venir conmigo. - Lo lamento, de verdad lo lamento, pero tú no eres real, no lo eres… - Ya no soy real, John. Por eso me voy, me voy para siempre, aún puedes seguirme, si así lo deseas después Anne desapareció. John no estaba seguro si había sido el fantasma de Anne o sólo un producto de su imaginación, pero de lo que sí estaba seguro era que tenía que ir a su encuentro. Las últimas semanas se había sentido lleno de remordimiento y desesperación porque no hubo nada que hacer para traerla de vuelta, así que probablemente el fantasma de su amada había aparecido para persuadirlo de ir con él, o su mente había producido a una Anne diferente que lo había incitado a tomar una decisión. John caminaba por las orillas del Sena durante la madrugada, contemplando los altos edificios y los pocos transeúntes que pasaban con sus cabezas agachadas para resguardarse de la fría brisa que transportaba el río,

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mientras el amanecer llegaba a la ciudad con cierta timidez. La única mujer que John había amado murió porque él había tenido miedo de comprometerse, de dejar todo atrás para seguirla y vivir juntos como habían asegurado que lo harían. Tal vez John ya no podía hacer nada por ella, pero sí por él, podía unirse a Anne y de esa forma expiar su culpa por haber llegado muy tarde, así que, sin pensarlo, se arrojó al río, esperando encontrar a su amada dondequiera que ella realmente había ido después de pasar por las aguas del río Sena.

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Ilustraciรณn

Frankenstein

Arturo Cervantes


Cuento

Kurt

Josefina Velázquez

La verdad es que no sé contar historias, y lo peor es que no sé cómo comenzarlas ni cómo inicia mi pesadilla, sólo sé qué es lo que sucede. Si alguna vez se vuelve realidad, lo más aterrador sería no saber cómo inicia, ni qué está ocurriendo hasta que vea aparecer a Kurt. Kurt. He vivido con él desde que tengo memoria. Siempre ha estado ahí, acompañándome noche tras noche sin saber quién es, por qué llega o cómo llega. Tengo miedo de no saber hasta qué punto es realidad, miedo de que alguien se entere de él y me atormente llevándome a un psiquiatra, como si no fuera suficiente con no poder dormir todas las noches. He tenido muchas veces esa misma pesadilla. Es una pesadilla muy difícil de explicar, y no podría decir con exactitud desde cuándo la he tenido. Intento recordar cuándo fue la primera vez que la tuve, pero para mí siempre ha existido, y a pesar de conocerla perfectamente y saber qué es lo que sucede, aún me es difícil poder explicarla y escribirla. ¿Por qué hay una criatura parecida a un fauno que se aparece todas las noches sin falta, tras una ventana, sonriendo de una manera aterradora? Tiene unos ojos rojos horribles que podrían destrozar a cualquier inocente que se le cruce. Como ya ha estado conmigo mucho tiempo, le puse un

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nombre. Kurt. Vivo soñando con Kurt, con la misma pesadilla, con él apareciendo tras la ventana, con él en la misma habitación, él simplemente a lo lejos con una vela en la mano izquierda, o parado frente a mí, viéndome con sus ojos de fuego. No sé qué quiere decirme, y no sé por qué no ha dejado de aparecer. Hay dos jóvenes, un chico y una chica, ambos amigos, o vecinos, creo que están muy enamorados el uno del otro, o simplemente son hermanos muy unidos que no pueden vivir sin el otro. La chica, Febe, siempre esta vestida con una bata para dormir, nunca se la quita, ya está amarilla de tanto usarla, se ve arrugada y sucia. El chico, Bruno, siempre vestido con un overol de mezclilla, como un granjero, descalzo, con una playera de manga larga color gris, y un sombrero de paja para cubrirse del sol. Febe y Bruno tienen prohibido dormir juntos, y a pesar de que todo el día se la pasan al lado del otro, por la noche, se despiden temerosos, deseando a que pase rápido el tiempo y el sol se aproxime lo más pronto posible. Tienen miedo de no volverse a ver, aunque saben que nada les puede pasar. Al dar las once en punto, se reúnen frente a la puerta de sus respectivas casas. Ambas casas están separadas por escasos metros. Las puertas y ventanas están paralelas, así que si uno de los dos quiere fijarse por la ventana, y el otro está frente a ella, sus miradas se encuentran. Cada quien toma su vela y se despide, como cualquier día, pero ese día,

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ese en especial, Bruno sentía en sus venas que esta era una despedida definitiva, no sabía por qué pero lo sentía, sabía que no volvería a ver a Febe, y a pesar de esta advertencia que su cuerpo le daba, se despidió de ella con más calidez en sus abrazos, y amor en sus ojos para que cada quién entrara a su casa. Estando adentro, Bruno cerró con candado la puerta y se paró frente a la ventana. Febe igual, ambos se volvieron a despedir, Bruno puso su mano sobre la ventana mientras derramaba una lágrima. Al momento, Febe sonrió malvadamente, y detrás de ella aparece Kurt, sonriente, con sus ojos escarlatas, y fuego en sus cuernos. Bruno lanzó un pequeño chillido y al instante se apagan las velas. Eso es todo, se apagan las velas y todo queda a oscuras. ¿Hasta qué punto es sueño y cuándo se vuelve realidad? Justo ahí, cuando no hay luz. Las paredes se vuelven negras, y lo único que puedo ver en medio de toda esa penumbra es la pared que sella cuanto ha crecido Kurt. Cada día está más fuerte y crece más con cada minuto que pasa, él aprovecha y atormenta mi mente. Si tan solo alguien me creyera y pudiera ver a Kurt. Tengo miedo. No estoy loca, lo juro. No. Estoy. Loca. Él existe. Kurt está cerca. Y viene por mí. Me ha escogido a mí porque sabe que soy la persona más débil y que aun así trato de ser fuerte. Sabe que puedo ceder a cualquier propuesta inteligente. Sabe muy bien cuáles son mis debilidades y me va a destrozar, va a acabar conmigo.

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No dudará en hacerlo. Sabe cuál es mi defecto y el por qué no amo a nadie. Él lo sabe y me va a hacer sufrir. Kurt me asusta, en algún momento, cuando no me dé cuenta, él vendrá por mí, vendrá por mí sin importar qué es lo que tenga que perder.

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Cuento

Holocausto en la playa Porto

Hugo Casarrubias

Ya habían pasado cerca de 10 años que esto no volvía a ocurrir. La playa Porto se había visto casi desértica en ese periodo y el pescador Heriberto lo sabía. Su vasta experiencia en la pesca era parte de su vida, prácticamente desde su nacimiento hasta la edad en la que se encontraba. No tenía idea de cómo se movía el mundo, la tecnología no era parte de la vida costera en aquel remoto lugar del mundo. Solo se sabía de las cientos de especies de pescados que rondaban las aguas de aquella enorme playa y de una antigua leyenda relacionada con la inesperada aparición de un barco en la orilla. Según la leyenda esto no había vuelto ocurrir hasta ahora. Los extraños sucesos ocurridos marcaron de por vida a la playa y los cientos de habitantes que vivían cerca de ella. La zona pesquera contaba con varias chozas que albergaban cerca de quince familias, del otro lado de la playa se alzaba un pequeño pueblo dedicado a atender el turismo y crear refrigerios para los cientos de visitantes que venían año con año. La vida en aquel recinto de arena y mar infinito era casi perfecta pues la delincuencia y la inmoralidad eran asuntos extintos entre los pobladores. Había incidentes, pero todo el tiempo era debido a los visitantes que traían consigo actitudes fuera de lugar, fuera de eso la playa Porto era un lugar exquisito para vivir, hasta que llegó aquella tarde de Mayo de 2006.

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La playa había despertado con el dulce canto de las aves que sobrevuelan el agua clara del océano. Los peces danzaban al unísono con el amanecer y todos los habitantes de playa Porto despertaban al cálido fulgor de la mañana. En los muelles los barcos pesqueros estaban siendo preparados para la fecha abundante del año. Los pescadores y marineros se preparaban para los trabajos pesados del día cuando de pronto un enorme barco apareció a la distancia. El padre de Heriberto fue el primero en percatarse del enorme navío que parecía venir a toda velocidad. El y los demás pescadores calcularon que estaba a una distancia de 2 kilómetros pero en los próximos cinco minutos el enorme barco ya se encontraba a tan solo uno. El hombre bajó del barco al pequeño Heriberto y los llevó más allá de la orilla, más allá de las chozas, a cincuenta metros de la playa donde ya se veía el camino de tierra que conectaba con la playa. La gente comenzó a correr despavorida hacia el camino. El barco parecía aproximarse hacia la pequeña población pesquera no hacia el pueblo así que algunos de ellos huyeron hacia el pueblo esperando lo peor. Heriberto no tenía idea de la velocidad que llevaba aquella enorme cosa de metal pero sabía que los hogares de los lugareños iban a ser destrozados en su totalidad. El barco arremetió con una fuerza sobrenatural contra la playa, levantó la arena como si esta fuera polvo y, como pensó Heriberto desde un principio, cerca de seis chozas fueron totalmente destruidas, algunos muelles junto con los barcos

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pesqueros fueron aplastados ante la fuerza del barco y el mar se convirtió en su más ferviente aliado. El barco avanzó cerca de treinta metros sobre la arena, se detuvo muy cerca de donde Heriberto y algunos pobladores se encontraban. Todo quedó hecho un desastre, la fuerza bruta del gigante de metal fue devastadora creando una melancolía entre la población que a la vez se encontraba sorprendida y sumamente asustada, pero el terror apenas comenzaba. El padre de Heriberto junto con varios hombres (veinte en total) entraron al barco pues no se veía ninguna señal de vida. Tuvieron que escalarlo con sogas y ganchos filosos de metal pues el frente de este medía cerca de diez metros de alto. Heriberto había insistido en ir con su padre pero este a su vez se lo negó pues no tenía idea que clase de gente había en aquel barco y el hombre sabía de antemano que el mar trae consigo peligros y hechos inexplicables y peligrosos a la vez. Ya lo había visto una vez. Heriberto recuerda que su padre y aquellos diecinueve hombres estuvieron dentro del barco de veinticinco metros de largo por trece de ancho varias horas. No tiene idea de cuánto tiempo estuvieron dentro pues la policía y los bomberos junto con algunas ambulancias habían arribado al lugar dos horas después de su extraña llegada. La tarde finalmente había caído y no se tenía noticia de los hombres, fue como algunos bomberos y policías decidieron escalar el barco y entraron a babor. Lo que encontraron los

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llenó de un terror abrasador que les recorrió cada centímetro de sus cuerpos. La parte superior del gigante se hallaba desierta pero en la inferior encontraron cientos de cajas de madera perfectamente selladas con destinos hacia varios puntos del planeta, Sudáfrica, Inglaterra, México, Chile, España, en fin, cada una de estas cajas portaban sellos de importación exclusiva junto con indicaciones de fuertes advertencias con respecto al contenido de cada una de ellas. Una de estas cajas se encontraba abierta, aparentemente había sido forzada y un penétrate olor a descomposición salía de su interior, sin embargo se encontraba vacía y al percatarse de esto unos extraños ruidos rastreros se escucharon en el profundo interior del barco, cerca de las ultimas cajas del fondo. Tanto los bomberos como los policías se pusieron en guardia y comenzaron a avanzar lentamente entre las cajas. De pronto unos extraños ruidos comenzaron a emerger del fondo, ahí donde la oscuridad total se hacía presente. Una serie de ruidos parecidos a carne machacándose se hicieron presentes. Los policías desenfundaron sus armas, listos para cualquier evento que pudiera venirse. Lo que encontraron fue el horror total. Había una criatura encorvada y peluda que devoraba a un hombre, o al menos lo que quedaba de él. Uno de los policías no pudo contener el terror y soltó un fuerte grito de pánico. La criatura volteó su cabeza ciento ochenta grados y lanzó un fuerte graznido. En la playa los múltiples disparos resonaron en el paisaje tropical y todos

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los habitantes comenzaron a verse entre sí. De pronto los disparos cesaron y el grito aterrador de un hombre se dejó escuchar. Todos esperaron impacientes lo que pudiera venir. Una silueta extraña emergió dentro del barco y detrás de ella había cincuenta más. Eran las extrañas criaturas que salían de sus cajas para devorar a la gente. Heriberto no huyó se escondió en una pequeña cueva que estaba cerca de un acantilado donde frecuentemente jugaba con sus amigos. Los gritos de auxilio de cerca de cien personas se dejó escuchar en el paisaje y pronto el mar comenzó a teñirse de rojo. Los múltiples gritos de terror adornaron aquel cómodo paisaje tropical en un funesto campo de concentración. Heriberto tapó sus oídos con ambas manos mientras las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas, su padre estaba muerto, estaba seguro de ello pero no quería imaginarse la manera en que fue asesinado, quería recordarlo como siempre lo había hecho, sonriente, feliz, lleno de una energía inagotable. Quince minutos después el silencio reinó. Heriberto quitó las manos de sus orejas que, ya se encontraban blancas por la presión. Salió de la cueva y la escena era grotesca, espeluznante. Nunca en su vida había visto un mar tan rojo como aquel, en este en lugar de peces se encontraban partes humanas cercenadas, mordisqueadas, acompañadas de órganos y materia putrefacta. La mayoría de los cadáveres se encontraban esparcidos cerca del enorme barco que

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parecía una casa embrujada olvidada por la mano de dios. Bajó una pequeña colina para poder llegar a la playa de la muerte y una serie susurros comenzaron a emerger detrás de él. Tragó saliva y con sumo terror miró lo que le aguardaba. Las criaturas se encontraban agazapas en la parte posterior del acantilado, observando al único sobreviviente de aquella masacre. Heriberto pudo ver sus deformes facciones a la luz del sol. Se trataba de una criatura que median cerca de un metro de estatura pues sus espaldas se encontraban encorvadas, sus hocicos ochenta y siete centímetros de largo por cincuenta de ancho. Poseían colmillos largos afilados que estaban teñidos al igual que el océano a su izquierda. Sus garras parecían partir a cualquier ser vivo en dos. Enormes, afiladas y distribuidas en tres gordos dedos. El rostro de Heriberto se contrajo en una expresión de terror absoluta. Una de estas criaturas. Bajo de un salto y se acercó al pequeño lo agarró de la cabeza y Heriberto pudo sentir el filo de sus garras. De pronto lo soltó y di media vuelta en dirección a la cueva de donde había salido el niño. Todas las demás criaturas lo siguieron y se perdieron en el interior de la tierra, en un abismo inexplicable. Al pasar la última bestia la cueva se cerró y un extraño símbolo se dibujó en la tierra. Un círculo enorme con siete círculos dentro de este, todos con extraños jeroglíficos en sus circunferencias. Diez años después la cueva se había vuelto abrir y Heriberto sabía lo que esto significaba. Había turistas en la

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playa. Los suficientes para saciar el hambre de las bestias. El hombre trepรณ al barco abandonado y esperรณ a que el holocausto se fraguara.

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Cuento

Confesión

Margarita Rodriguez

¿Cómo contar que la maté? Si me agarra la policía, “debo” decirles que la maté. Pero, si… sólo tendré que… ¿Por qué esta necesidad de contarlo, cuando fui tan cuidadoso? Puedo decir que me volví loco, la maté y la tiré en un barranco, con cauce de agua al fondo, qué había llovido mucho y oí el golpeteo del cuerpo destazado y bien envuelto caer entre las rocas. Pero ese no es el problema; sino a quién y cómo contarlo. No es que sienta culpa, no, es otra cosa. Tal vez revivir aquellos acertijos: ¿Qué pasaría sí…? De cuando era niño. Un día, rompí en veinte pedazos mi credencial de identificación (qué poca favorecedora fotografía), revolví los trozos como fichas de dominó y las repartí en tres bolsas distintas de basura. Luego me encaminé a la dependencia del gobierno donde se reportan desaparecidos y homicidios, hice turno, di mis datos. Me dijeron que ahí no se recibían reportes de documentos extraviados o robados. Sólo fue un cáliz, como para observar el tejemaneje y darme a conocer: Un inocente no tiene nada que temer ¿O sí? Luego en la oficina adecuada reporté el robo de una cartera, con ochocientos setenta y dos pesos, la mencionada credencial, cinco o seis tarjetas de presentación (distribuyo a pequeños comerciantes, refacciones y partes para automóviles y otras menudencias de ferretería)

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un billete de lotería y dos fotografías viejas. - “Relate en este formato los hechos y los objetos sustraídos, saque seis copias y venga a que le sellemos de recibido. Una copia será para usted, pero le advierto que no seguimos con mucha entrega este tipo de robos, pues tenemos mucho trabajo” dijo la secretaria, pero agregó: – “Es para su propia seguridad; hemos tenido casos de asesinatos, en donde se dejan junto al cuerpo credenciales robadas. Así, con este documento, usted puede comprobar, si llegara el caso, que la suya le fue sustraída en tal y tal circunstancia y fecha.” Salí de ahí, claro, sin contar nada, mas bastante seguro de mí. Luego, días después, tramité mi nuevo documento de identidad. Por necesidad de mi trabajo debo desplazarme a lugares periféricos de la ciudad y aún a pueblitos arrimados que apenas se les puede llamar así. A veces en transporte de pasajeros y otras en mi camioneta, grande, roja, a la que le di una agrisada, para hacerla menos notoria. Eso de gastar tanta gasolina, si no llevo pedidos, hace que tome rutas de regulares a pésimas, de las que suben y bajan tan diversas gentes. Pues bien, por costumbre hago anotaciones en la parte posterior del boleto. Un día me asusté, pues escribía las iníciales de ella, y a veces las mías... Luego me percaté que mi elegante pluma fuente era muy notoria. La guardé en casa y compré varios bolígrafos económicos y, además al bajar del camión, hacía bolitas o fragmentos el papel, regándolo por aquí, por allá.

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En una de esas travesías para localizar un pequeño changarro (¿A quiénes les vendería en ese lugar tan alejado? O por el contrario, al estar tan lejos, y único…), llegué de casualidad a una casa medio derruida, con árboles de gruesas ramas, yerbajos enormes, con los marcos de las ventanas y puertas desvencijadas. ¡Cuál calle! Más bien boquetes bajo los boquetes, arroyos de agua pestilente. Dejé la camioneta detrás de aquella casucha, para no dar dos vueltas a ese mugriento lugar, y caminando, entre perros y charcos, di con el negocio. Ahí arregle varios pedidos, dándole pie al señor de soltar lengua… y tanta fue, que me contó que la casa había sido de unos señores que se fueron a buscar a sus hijos al otro lado, y nunca volvió nadie. –“¿Le interesa?” - “Pues…no sé, además a quién preguntarle si se vende o se renta”… Ni tardo ni perezoso, me dijo que él tenía unas llaves, (que ni eran necesarias, la verdad) y con un módico arreglo de dinero, él se haría de la vista gorda. Además - “Yo nunca paso por ahí, ni nadie; hasta dicen que se oyen ruidos, aunque la verdad, ha de estar infestada de ratas y otros bichos.” Terminé mi negocio entregándole unas cuantas cajitas de tornillos, empaques y cosas así, cobrándole un buen precio, para que su gratificación pareciera más substanciosa, me retiré y no volví a la zona hasta pasadas un par de semanas y muy de madrugada. Le hice a la casita algunos arreglos, lo más urgente, fumigué, llevé poco a poco algunos muebles, una hornilla, una lámparas de pilas, conecté agua del depósito…

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Bueno, dejarla un poco habitable. El ramaje del frente igual, para que siguiera pareciendo abandonada. Dejé pasar otra semana, fui a llevarle al comerciante algo de productos, dejando la camioneta donde acostumbraba: en la parte posterior de la vieja casa, luego dí un rodeo para parecer que venía en un transporte, y a propósito pise charcos. Al llegar, el hombre me dice – “¿Qué se le ofrece?” - “¡Oh, un buen punto!”, le recordé para que lo visitaba: “Soy el vendedor de refacciones”. Me comentó que era algo olvidadizo, sobre todo para las caras, que lo disculpara. Llevaba conmigo unas cuantas cajas, de poco peso, de las que se quedó con algunas. Le volví a sacar hebra; ya ni se acordaba que me había dado las llaves, pero luego como que le volvió la memoria y me preguntó que si seguía interesado. –“Este trabajo es muy cansado, yo cuando me retire, quiero un lugar aislado, para descansar, sembrar unas plantas, cosas así.” Le contesté. Luego él empezó a buscar algo en unos cajones de su mostrador, y sacó unos papeles. – “Mire, esto me dejaron los señores cuando se fueron” quise tomarlos, pero él se montó sus lentes y leyó que le autorizaban a limpiar y rentar la finca. No quise mostrarme muy interesado… Que si no hay electricidad, que ni calle es, etcétera. Ahí quedó la cosa. Me pagó y regresé dando el mismo rodeo. En realidad, esto me está gustando. Cierto que la hembra (¡mamacita!) es bastante buena y me encapriché. Con dinerito, dinerito al principio, aunque desde que salió con sus

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macheteos, me da una picazón, le doy un par de cachetadas… La dejo plantada. Y sigue: -“Amorcito ¿Cuándo viviremos juntos? Anda, ponme casa…” y bueno, le pondré casa. Ella quiere. Me puse en un plan entre cariñoso, halagador y duro. –“Te pondré una casita, aunque no sea la gran cosa” Ella brinca, me besa, me acaricia… Hasta entonces, cuando teníamos ganas, nos íbamos a moteles distintos, para hacer la cosa variada. Ya contenta ella y yo, tomada la decisión y formulando el plan, le digo que está lejos y es un rumbo medio feo, pero por algo se empieza. – “Sólo que ¡no verás a nadie, a nadie, júralo! Te llevaré comida y lo que necesites, y a veces iré por ti para pasear o que me acompañes. ¿De acuerdo?” Claro que estuvo de acuerdo. Fuimos a comprar garras, lo que le encanta, hasta modeló para mí un vestidito muy untado. ¡Cómo me recordó a mamá, qué bien lucía esas cosas, con sus muslos carnosos, sus…! Así fue pasando el tiempo, soy paciente, muy paciente. Cierto que ella se aburría un poco, pero la consolaba con ropita exótica, provocativa, me dejaba apapachar, alguna salida de cuando en cuando, hasta que la tuve bien controlada, que supiera que mando yo. Ya en la fecha que me pareció conveniente, hice lo que quise: Matarla. Fue bastante sencillo, menos emocionante de lo que esperaba, bueno, es que el jueguito previo fue para mí mucho más divertido. Días antes, hasta cambiando de atuendo y siempre con distintos

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lentes obscuros, de esos


baratos, que compré en diversos comercios, sábanas, una cobija, bolsas grandes de plástico, calzones y sostenes rojos, una blusa abierta al frente, negra, transparente, hasta unas chucherías de las que a ella tanto le gustan. Muy cuidadoso, cuando los dependientes me enseñaban, yo no tocaba nada. –“Eso está bien, empáquelo, pero por favor, quite las etiquetas de los precios” Unos días antes, compré unos “gallitos” en buen estado, con llanteros lejos de mis rumbos. Ya después cambié las llantas viejas por las buenas y me deshice de aquellas. Allá, le dije que se vistiera con lo recién comprado, que bailara, suavecito, que se fuera a la cama. Espera tantito, le dije. Tenía guantes y condón listos. –“¿Guantes?” Preguntó. – “Es algo nuevo que se me ocurre, te gustará”. Ya sólo fue apretar, apretar, ese cuello tan delicioso. Lo demás fue desmembrar la cabeza, envolverla en las sabanas, la cobija y las bolsas. Tuve que cambiar de guantes varias veces, antes de que se fueran a rasgar, todo muy cuidado. En lo que si me tardé, fue en limpiar la casucha ¡era un sangrerío! Las cosas que había ido comprando, voluminosas, esas las recogí días después, de madrugada. Esa noche, sólo lo menudo, ropa, comida. Mi cabeza fría, a pesar de que sí sudé bastante. Usé para limpiar y envolver, un gorro desechable, cubre bocas y una camiseta de manga larga, y todo lo quemé después en un barranco lejos del otro, hasta el pantalón, zapatos… Los domingos, muchos vecinos salen a lavar sus

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vehículos. Momento ideal para hablar de futbol, o simplemente saludar y tomar una cerveza helada. Igual que ellos, lavé a profundidad la camioneta. Como a veces traigo refacciones y frascos de grasa, la sangre que hubiera quedado, se confundió con el aceite. Aspirada a fondo. Un metiche me preguntó por qué la había pintado de ese feo color: - “Pues no pusieron el color que quería, pero el rojo ya estaba muy quemado.” Ahora sí, ya todo resuelto, analizo mi método. Medito a quien contarlo. Es de nuevo el juego. Y ¿Si esto, qué? ¡Claro! a un confesor. (Hace años que no soy practicante, si voy a veces a una misa, pero, o es de difuntos o de boda). Busco un templo grande y concurrido, dedicado a una Virgen muy venerada. Es una especie de capilla, larga, con un altar, y unos reclinatorios. Hay una serie de confesionarios, seis para ser precisos. En unas bancas, mucha gente esperando. Una señora les cede su turno a los que están atrás. Me atrevo y le pregunto – “¿Por qué?” Me dice que el Padre Gabriel es más riguroso y sólo está confesando él y el otro sacerdote: Rafael. Ella prefiere a éste, pues sabe escuchar y es muy comprensivo. Se siente una aliviada, confortada. Me señala cuál es el cubículo del P. Rafael. La señora sigue dejando pasar y me pregunta si sé confesarme –“ Pues la verdad, ya ni me acuerdo. Sí señora, tengo muchos pecados” - “Mira joven, ahí está ese cartel, que te enseña a hacer una buena

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confesión. Léelo y prepárate. Hablar de nuestras culpas, nos limpia y nos deja tranquilos” Después de otra persona y ella, me toca a mí. Me arrodillo: - “Cu… Gu, eee, aste?” - “Creo que me pregunta hace cuanto que me confesé; ya ni me acuerdo” - “Agg, diii… aados, ¿fuuu agg isa? “ – “¿Misa?, ya ni me acuerdo, a veces, muy de cuando en cuando” – “Agg… tu… ados” - “Mis pecados, ya le dije que son muchos, lo último es que maté” - “Gu,gu. Mmm“ -“Creo que el padre está dormido.” Es voluminoso, con papada doble, cara roja, abotagada. Murmura algo: - “¿Será latín?” –“Gg…Cives arías. Ci adres estros. Ci n…arios”. Creo que es la Penitencia: - “¿Cien? Aves Marías, Padres Nuestro y ¿arios?” Levanta algo su brazo derecho y sigue con lo que creo son latinazos, le tomo la mano y me dibujo una cruz, pues Rafaelito ya no puede concluir el movimiento. Bueno no le entiendo muy bien. Por las canijas dudas rezaré cien de cada cosa. - “¡Híjole!” Salgo de la capilla y ante el Altar mayor, de rodillas empiezo, me equivoco, ya se me olvidaron los rezos. Me duelen las rodillas y se me entumen las piernas. Veo cerca a mi consejera. Me acerco y le cuento mis dudas: -“¿Tengo que hacer toda la penitencia de rodillas, es que ya me cansé?” Me explica que no es necesario hacerla toda de una vez, pero sí cumplirla, o no se nos borrarán nuestros pecados. Así que me siento, pero ya perdí el cálculo. Que los vaya contando, así no perderé la cuenta –“¿Pues cuántos te dejó?” –“Creo,

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cien, y cien y ¿arios? Cien” -“¡Huy, pues que habrás hecho, muchacho!, Son rosarios, te vas a tardar mucho”. Me regala uno, bonito. Me explica, me deja un folleto chiquito, se persigna. Tiene que ir a darle de comer a su esposo. –“Mira, como son tantos, anota los que llevas, y los haces poco a poco, ven seguido a este lugar, para que te concentres. Cada rosario son cinco Padres Nuestros, cincuenta Aves Marías. Multiplica por cien, más las otras oraciones; ¡Ya no peques tanto, hijo! A mí el padre nunca me ha dejado una penitencia tan cansona, y eso que soy un poco criticona y bueno, por ahí tengo mis pecadillos” Le doy las gracias - ¡Que señora tan agradable! Saco uno de los bolígrafos que compre antes, y una libretita, empiezo a anotar. - “¡Que pesado se me está haciendo, ya tengo hambre!” Rezaré varios días. Bueno, después de todo: Una Muerta y el Perdón, a cambio de una penitencia… Bien valen la pena. M. Armarrod.

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Cuento

Ella

Lilo Tejeda

José tenía razón al decir que era una niña, nomás se equivocó al decir que vivía abajo de mi cama, en realidad vive en el closet. A veces la veo, otras solo siento su presencia… sí se esconde debajo de la cama pero nomás eso, obviamente no la veo, sin embargo sé que está ahí. Al principio me asustaba, sobre todo cuando al verla ahí parada, adentro del closet o en la puerta de entrada, mirando por la ventana del cuarto de adentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, en el jardín, en el baño, aquí y allá, por toda la casa, no me quitaba la mirada de encima. A veces aparecía de la nada y se esfumaba, otras la veía durante todo el día y otras la veía moverse de lugar o desaparecer. José, mi amigo, dijo que era una niña no porque la hubiera visto, sino para asustarme, dice que una vez que pasó por mi casa vio que se prendió la luz de mi cuarto, una noche que salí a cenar con la familia. Supongo que los niños le dan miedo a él. Es curioso pero cuando cambio los muebles del cuarto es cuando más la veo, como que se extraña, se confunde y a cada parpadeo que doy cambia de lugar, de postura. En las noches, cuando apago la luz, ni con la poca que

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entra por la calle logro verla, supongo que entra al closet y ahí se queda y cuando cierro sus puertas escucho que mueve la ropa, los ganchos. Nunca he sabido si es porque le gusta o porque no. A veces percibo muy fuerte su presencia, no abro los ojos si estoy descansando o la volteo a ver porque sé que es ella, con sus ojos entrecerrados, al pie de mi cama, de la mesa, del sillón o donde me encuentre, ojos como los de alguien que usa lentes y no los trae y no ve nada. Seguido escucho que mueve la cortina de piedritas que está en la habitación de a lado, como si pasara sus dedos entre ellas, también que abre y cierra las llaves de la regadera en la madrugada o de vez en cuando veo dos tres libros en el suelo. Los días de lluvia los pasa afuera, la veo desde mi ventana, con su mirada hacia mí. Veo como las gotas caen como hilos por su cabello, sus mejillas pálidas resienten el frío y se ponen azules, y me observa, hasta que finalmente se difumina con el ambiente. Los días de invierno no sale del rincón del closet, donde tengo los abrigos, me asusto de vez en cuando, cuando necesito uno, o un pantalón o una blusa y detrás está ella. Un tiempo observé que se quedaba al pie de la escalera con la mirada hacia arriba, otras al revés, con la mirada hacia abajo, hacia la entrada del cuarto o debajo de la cama, día y noche, periodos de tiempo como de un mes por cada una de

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sus obsesiones. José ya no entra a la casa, desde afuera me habla al celular o chifla y mientras espera se sienta en la banqueta y prende un cigarro -es que adentro no puedo fumar- dice y avienta el humo hacia mi ventana. Pero desde adentro yo la veo a ella, con sus manos empuñadas y sus ojos de pistola puestos en él, así como lo hace con Tobi, quien también la ve al igual que yo y seguido aulla desde la cochera hacia mi cuarto, como si le cantara serenata (eso me gusta imaginar) otras veces se eriza del lomo como un gato y le pela los dientes y otras, nomás desaparece. Así José, desaparece de mi vista cuando pongo un pie adentro y vuelve cuando pongo uno afuera. ¿Y la familia? ellos creen que soy yo, que después de media noche me da por estudiar y hago ruido, que me da por bañarme, que me da por entrar y salir de las habitaciones. Ya no suben las escaleras, los espacios de arriba se han vuelto desconocidos para ellos, inexplorados, oscuros. Dicen que es para darme mi espacio, sin embargo, mi madre me confesó en varias ocaciones que soñaba que subía a limpiar los estantes de libros de la sala y una niña salía por debajo del sofá y la mordía y le arrancaba pedazos de carne, o que la aventaba por las escaleras y bueno, a partir de ahí sólo da órdenes de mantener limpio. Ella me observa, sentadita en un escalón, con sus manos descansadas en los barrotes que enmarcan su rostro, me

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espera, sobre todo cuando paso mucho tiempo abajo. Todas y cada una de las cosas que hace ya las sé y ya no me extrañan. Lo único que creo que le puede llegar a molestar es que un día me vaya de la casa y la deje sin muebles, sin cortina de piedritas, sin abrigos, sin mí.

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Cuento

Jamie Miller

Un amor de rechupete

Mi dolor es tanto que, si aún pudiera gritar, me habría desgarrado la garganta. ¿Cómo fue que llegué a esto? Ahora que no puedo cubrirme, aunque esté tiritando de frio, que no puedo correr ni luchar, ahora que tengo que resignarme y aceptar mi destino, me pregunto cómo fue posible que no viera ninguna señal, alguna advertencia… ¿Cómo fue que terminé aquí sin si quiera preverlo? Entonces, trato de hacer memoria… Es curiosa la forma en que, cuando uno intenta recordar el momento exacto en el que te enamoraste de esa persona especial, siempre resulta complicado encontrarlo, como si simplemente una red se hubiese tejido a tus pies sin notarlo, y entonces, cuando te das cuenta, ya estás atrapado. Conozco a Johana desde el primer día de clases, entonces todos lucían como posibles amigos y completos extraños al mismo tiempo, de modo que ella se perdía entre la multitud de chicos por conocer. Así pues, Johana y yo pasábamos la mitad del día encerrados en la misma aula durante gran parte de la semana y durante muchos meses ella y yo no nos dirigimos más palabras de las necesarias. Entonces, llegó la tardeada. Al principio no tenía muchas ganas de ir, de entrada, porque soy un asco bailando, sin embargo, mis amigos me convencieron

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de que sería divertido si lográbamos colar algunas botellas a la fiesta. Rodrigo, uno de mis amigos, tenía un hermano mayor llamado Carlos, él sería el adulto responsable que se encargaría de la operación. Al final, como el tal Carlos era toda una fichita en la escuela, nadie se tragó el cuento de que quería ayudar en la fiesta solamente por buena onda, aunque hubiera jurado en nombre de su madre que el tonayan era agua bendita, nadie se lo hubiese creído. Entonces, todos los demás nos quedamos como mensos dentro de la fiesta esperando a que llegara Carlos. La que sí llegó fue Johana, pero al principio no la reconocí porque con el maquillaje, los tacones y el vestido hasta parecía de diecisiete. En cuanto la vi, sentí algo extraño, como si mi cuerpo se hiciera de gelatina y un montón de hormigas me caminaran encima haciéndome cosquillas con sus patas. Ni lento ni perezoso, corrí a donde estaba Johana a sacarle plática. Nos la pasamos juntos hasta que se acabó la fiesta, yo estaba bien volado porque ella se reía de todos mis chistes, hasta de los más sonsos. Además, cada que reía sentía otra vez las hormigas caminándome por la panza, no sabía bien qué era, pero se sentía bien padre. Antes de despedirnos, le di mi número, nos agarró la madrugada de tanto chatear. Después de eso, todo se fue dando como en automático: salíamos de paseo, le compraba helado, hacíamos equipo

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en todas las clases y hasta iba a las prácticas de basquetbol con los cuates, aunque sólo se quedara en el banco, observándonos y tomando fotos. La neta es que nunca había salido con chicas hasta antes de conocer a Johana, así que prefería hacer las cosas a su manera para no arruinarlo todo, a fin de cuentas, yo me sentía todo un campeón a su lado. Además, descubrí que teníamos los mismos gustos: el helado de limón, las películas de acción, los tostilocos y los videojuegos, hasta resultó ser de las mejores invocadoras de la escuela. Entonces, en el tercer mes de novios, Johana me regalo todo un conjunto de ropa y me dijo que lo utilizara en nuestra siguiente cita. Yo estaba fascinado porque el conjunto que me regaló era totalmente mi estilo (pantalón de mezclilla, tenis rojos y una camisa con un estampado chistoso) cual fue mi sorpresa cuando ella apareció a la cita con la misma ropa que me había regalado, incluso se había hecho un corte igual al mío. Ella corrió a abrazarme, de la nada sacó su celular para tomarnos una foto “ahora somos como dos gotas de agua” y me besó. Aunque admito que me parecía algo inquietante, se veía tan contenta que preferí seguirle el juego. Al día siguiente, no me la podía acabar con mis amigos, todos me hacían burla, no sólo por el corte de mi novia, sino también por el uniforme de niño que comenzó a llevar a partir de ese día, hasta mi sexualidad quedó en duda por su chistecito. Esa fue nuestra primera pelea. Yo llegué todo

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enojado a gritarle que se dejara de esas cosas, pero ya me arrepentía porque lo único que logré fue hacerla llorar con tanta amargura que ya casi me golpeaban los de último año por andar metiendo su cuchara en el asunto. Nomás de acordarme las miradas que me lanzaron tenía para aguantarme la carrilla. La siguiente pelea fue justamente por mis amigos, que comenzaron a sentirse incómodos con Johana en los entrenamientos, en especial porque ahora que entraba al juego, que trataba de hacérselos amigos y de vez en vez hablaba con mis expresiones y medio le salía un acento parecido al mío. Decían que les daba sabe qué, como si tuviera un clon, incluso me dijeron que estaba loca y trataron de convencerme de que la dejara. Pero ella lloró, se tiró al suelo y me imploró que no lo hiciera, que ella hacía todo eso sin malicia, porque yo era como un modelo a seguir y le encantaba la idea de que se notara que éramos una pareja tan afín. Me pareció tan tierna que al final decidí cortarla con mis amigos por la buena, ya que se veía que ellos no entendían nuestra relación. Después de eso, pasamos la mayor parte del tiempo juntos, ella venía a mi casa después de la escuela y hacíamos la tarea juntos, paseábamos juntos, incluso los fines de semana estábamos juntos. Mis padres, que a ratos les parecía chistoso decir que tenían dos hijos, ya hasta tenían pesadillas con ella, en su momento ellos también intentaron disuadirme

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de que rompiera con ella porque algo no les terminaba de gustar, pero como Johana era toda atención y cariños con mi familia, no tuvieron argumentos algunos para insistir, así que terminaron por dejarnos en paz. Así, llegamos a nuestro sexto mes y para ese aniversario, ella me invitó a su casa. Fue curioso porque hasta entonces no me había preocupado por preguntarle por su familia, pero ella me dijo que no era un tema del que le gustara hablar y que lo importante era que estaríamos solos, completamente solos. Y eso sólo podía significar una cosa: nuestra primera vez. Al fin, después de escondernos en lugares apretados, de ser interrumpidos de maneras bochornosas en mi cuarto, después de los millones de salmos de las ancianitas del parque, al fin tendríamos la oportunidad de darle rienda suelta a nuestros deseos. La casa era muy sobria por fuera, ya que un enorme cancel electrificado no permitía ver mucho de lo que se encontraba adentro. Algo que me llamó la atención fue que los muebles tenían una cubierta de plástico, Johana me dijo que su mamá era una obsesiva de la limpieza y por eso tenían los muebles así. Tan sólo cerrar la puerta, ella se lanzó a mis brazos y comenzó a besarme con rudeza, como si hubiésemos estado separados todo un año. Ella me fue empujando con su cuerpo hacia las escaleras, de reojo pude ver que en la mesa del comedor estaba dispuesta con copas, platos y cubiertos, ella me dijo que dejara eso para después, que en ese momento

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lo que deseaba era llevarme a su cuarto, y así me dejé conducir por ella escaleras arriba hasta caer en una cama suave. Nos besamos apasionadamente hasta sentir que nos quedábamos sin aliento, mis manos caminaron por todo su cuerpo sin reserva alguna mientras su cara enrojecía y por lo bajo se escuchaban unos delicados gemidos. Cuando ya no pude resistir más, saqué el condón que traía en la cartera. Las manos me temblaban, tardé tanto en ponerlo como se debe que casi se me iba la erección, pero ahí estaba, listo para entrar en ella. Habíamos estado tan ocupados, que no le había prestado mucha atención a su cuarto, fue hasta que estuve encima de ella que me relajé lo suficiente como para mirar alrededor y notar que las paredes estaban llenas de fotos, varias de ellas de nosotros juntos, pero también había muchas en las que aparecía solo aparecía yo, incluso, algunas que no me había percatado que había tomado, algunas se veían tan borrosas o tan lejanas que hasta podría jurar que eran de antes de salir con ella. Además de las fotos, había listas: mis shows favoritos, mis bandas favoritas, mis mejores amigos… todo estaba ahí. Más que excitado, comencé a sentirme aterrado. En ese momento, Johana me prensó entre sus piernas y con una fuerza que jamás creí que tuviera, hizo que los dos rodáramos de tal modo que ahora ella me montaba a mí y hacía lo que quería con mis genitales, aún dentro de su

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cuerpo. - Sólo hay una manera de permanecer unidos por siempre amorcito, tenemos que ser uno. Ni siquiera vi de dónde sacó el cuchillo o en qué momento me lo enterró. El dolor fue lo que me advirtió que ya era muy tarde, después sentí algo caliente que me mojaba, hubiera jurado que era pis de no saber perfectamente de dónde provenía. Así pues, después de perder la conciencia, ella me hizo trizas y se deshizo de muchas de mis partes. Los detalles siempre estuvieron ahí, al alcance de mi vista, pero yo siempre pensé que mi noviazgo era único y especial, que iba más allá de las relaciones convencionales y me regodeaba de ello. Tuve que llegar a este estado para entender. Lo que ha quedado sobre este frio plato de porcelana no se parece en nada a quién era, ahora sólo soy una masa gelatinosa e ingenua, al lado de un músculo estúpido sazonados con hierbas finas y sal de mar. ¡Felicidades bombón! Espero que disfrutes la cena.

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Cuento

Cenizas

JAMS

Sarah se derrumbó en su cama. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, maldiciendo al amor, y repitiendo: Lo odio, lo odio, ¡LO ODIO! Mientras golpeaba la almohada a cada palabra. Había tenido una relación amorosa con Jonathan por los últimos 9 meses, pero todo había terminado cuando Sarah descubrió que su novio gustaba de acostarse también con su mejor amiga. La confianza se terminó, y ahora Sarah se encontraba perdida. Sus amigas habían hablado con ella, le habían advertido que todos los hombres eran iguales y no había manera de fiarse de ellos, pero ella ciega de amor nunca vio lo que su novio hacía. Cada una de sus amigas le proporcionó una idea para vengarse, pero todas ellas le parecían patéticas. Una sugirió rayarle el coche, otra aventar huevos a su casa, otra publicar el engaño en todas las redes sociales. Pero no era suficiente, parecían venganzas que realizaría una niña de secundaria. Sarah se limpió las lágrimas y se sentó al borde de la cama. Respiró profundo y su mirada se centró en la caja amarilla que yacía sobre el librero. Sin dudarlo se puso de pie y la tomó. Era la caja de recuerdos, ahí guardaba todos los regalos que Jonathan le hizo, los pequeños claro. Desde la primera carta que le escribió, hasta la envoltura del condón

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de cuando se acostaron la primera vez. Observó cada uno de los regalos, los recuerdos acudían a su mente y las lágrimas le nublaban la vista. - Tengo que deshacerme de esto – susurró. Tomó la caja entre sus manos y salió de la habitación. Se detuvo en la cocina. Su casa estaba vacía, sus papás habían salido al cine. Tomó unas tijeras y en el fregadero comenzó a aventar los pedazos de las cartas. Eran bastantes y en minutos una montaña de papel cortado estaba frente a ella. Los boletos de la primera vez que fueron al cine, envolturas de chocolates, poemas que Jonathan le escribió improvisto comparando la belleza de las estrellas con la suya. - Mentiras, todas y cada una de las palabras aquí escritas – chilló mientras recortaba más papeles. Después encontró los regalos más sólidos. Las cadenas de plata, las pulseras y una playera. Pasó las tijeras por la tela y la hizo jirones. Gritó, lloró, dolió, pero no le importó, Sarah tenía que salir adelante. - Qué se pudra. Se giró para tomar la caja y sin querer la golpeó. El último objeto cayó al piso y escuchó como el vidrió se rompía. Era un portarretratos con una foto que se tomaron a los 3 meses de novios. Retiró los pedazos de vidrio con cuidado y tomó el marco con ambas manos. Había olvidado esa fotografía. En ella se podía apreciar a los dos sonriendo frente a la

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cámara. Estaban sentados en la fuente de un parque al que acostumbraban visitar. Jonathan llevaba puesto un suéter a rayas, sus lentes de aumento y un collar que Sarah le había regalado, mientras que ella lo miraba con ojos de amor, y con su mano tomaba su mejilla. Había sido una foto divertida, y en cuanto la vieron no dudaron en imprimirla y comprar un portarretratos para guardarla para la posteridad. Al tenerla en sus manos y verla de nuevo, Sarah recordó exactamente las palabras compartidas aquel día. - ¿Sabes una cosa? – preguntó, en aquel entonces, su novio. - ¿Qué somos la pareja perfecta? - A parte de eso. Dicen que en las fotografías se guarda el alma de las personas. - Eso no tiene sentido, la gente se hace miles de fotografías, dudo que el alma pueda guardarse en distintos sitios. Jonathan sonrió, sus ojos voltearon a verla y ella sonrió también. - Claro que no en todas las fotos se guarda el alma, solo en las especiales. Sarah miró la fotografía mientras salían de la tienda de portarretratos. - Mira fijamente los ojos – pidió él – Tanto los tuyos como los míos, y dime qué ves.

Sarah se acercó la fotografía y miró el brillo que había en

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sus ojos, el brillo que resplandecía en los de él a través de los lentes. - Brillan. – respondió. - Ahora nuestra alma está dentro de esa fotografía, así que cuídala bien, nuestras almas están en tus manos… Ella lo había callado con un beso en los labios, no había creído ni una sola palabra de lo que le había dicho y pronto lo había olvidado, pero ahora en la cocina al ver el brillo en los ojos se detuvo. - ¿Cómo me deshago de esta fotografía? Después de tanto tiempo seguía sin creer la tonta historia de las almas, quizá había sido la manera de que Jonathan le dijera que la quería. Pero eso había sido antes, antes de que la engañara, antes de que rompiera su corazón. Y en caso de ser verdad que sus almas estuvieran dentro ¿Cómo deshacerse de ese objeto? Tomó las tijeras y estuvo a punto de cortar la fotografía por la mitad cuando tuvo una mejor idea. El fuego consumió los pedazos de papel, las palabras románticas, la tela de la playera. Las llamas se elevaron en el jardín, bajo la luz de la luna. Sarah sonrió, ya no quedarían vestigios de su relación con Jonathan. Tomó la imagen con la mano derecha, besó el espacio donde estaba su ex novio y la aventó al fuego. Las llamas consumieron el recuerdo. con

A pesar del frío que estaba haciendo, y de estar tapado dos

cobijas,

Jonathan

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sintió

que

la

temperatura


aumentaba. Había tenido un día ajetreado, desde que terminara con Sarah su vida se había acabado, su mejor amiga ahora tampoco quería verlo. Estuvo tentado de hablar con Sarah para pedirle perdón y solucionar las cosas, pero sus amigos lo habían prohibido, eso no hacían los caballeros, no valía la pena humillarse, y Sarah saldría adelante sola. Claro, sus amigos podían decir muchas cosas, pero él tenía la última palabra. Se paseó por la habitación con el teléfono en la mano, marcando los primeros dígitos y después borrando todo, con temor de cómo podría reaccionar su ex novia al otro lado de la línea. Repasó la relación que mantuvo con Sarah, y el error. No tenía que pensarlo mucho, después de cinco meses con su novia, su mejor amiga comenzó a insinuarse, primero iba a visitarlo después de la Universidad, lo invitaba a salir al cine, todo eso era normal hasta que se la encontró en el mismo gimnasio, fue esa tarde cuando ella lo besó y él como un hombre que piensa con el cuerpo siguió el instinto y terminaron en la habitación de un motel con una amarga sensación y la falsa promesa de que no se volvería a repetir. Pero se repitió a la semana siguiente, y la siguiente y así durante los siguientes cuatro meses. Hasta que Sarah decidió llegar de sorpresa a su casa la mañana anterior, con la idea de pasar un fin de semana juntos desde temprano. Él salió a recibirla en ropa interior, lo normal para ser su casa, pero todo se salió de control cuando Sarah ingresó a la habitación

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y encontró la ropa interior de la mujer por el suelo, después del grito, la mejor amiga salió del baño cubriéndose los senos mientras Sarah le lanzó dos bofetadas. Jonathan intentó explicarlo, pero la escena habló por si sola y no supo de Sarah desde que la vio salir hecha una furia por la puerta principal. Jonathan no pudo conciliar el sueño, nunca había sido partidario de pensar antes de dormir, pero era inevitable en esa situación. Finalmente se quedó dormido, con las dos cobijas cubriendo su cuerpo, debido a las bajas temperaturas del fuente frío que golpeaba la ciudad. Pero la temperatura fue en aumento, y una gota de sudor resbaló por su frente. Tiró una cobija al suelo pero no fue suficiente, la camiseta ahora estaba pegada a su pecho mojado. De verdad estaba haciendo mucho calor. Abrió los ojos cuando se dio cuenta que el calor no era normal. Todo lo que vio era color naranja, las paredes, el suelo, la cama. La playera le ardía e intentó quitársela pero la piel se quedó pegada a la tela. Gritó. Se estaba quemando vivo. Sarah observó las llamas que consumían la casa de su ex novio. Se encontraba dentro de su coche, frente a la casa, con el bote de gasolina en el asiento trasero. Cuando vio la foto consumirse con las llamas la idea llegó sola a su mente, el fuego era la solución perfecta, además había sido muy sencillo. Gasolina, un cerillo y la felicidad eterna.

De todos modos si el tonto cuento de Jonathan sobre las

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almas era verdad, de nada le servía vivir en un mundo sin alma, aunque con lo que le había hecho, Sarah dudaba que alguna vez tuviera una. La existencia del alma era un misterio, mucha gente decía que todos nacíamos con una, había quienes vendían su alma al diablo para conseguir éxito, otros alteraban su alma al convertirse en asesinos, y había otros que creían que el alma se quedaba guardada en las fotografías. Sarah no creía en ninguna de esas cosas, ella solo sabía una cosa… al quemar la fotografía el miedo de vengarse de su novio había desaparecido. Cuando condujo de regreso a su casa recordó aquella fotografía, había quedado negra. Pero antes de eso se habían podido ver a dos personas sonrientes, una era su ex novio, Jonathan, tuviera o no alma ahora estaba muerto, y la otra persona era ella. Si el alma había desaparecido, Sarah no notó ninguna diferencia.

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Cuento

Natán

Conde S.

En una sofocante y calurosa noche, Natán se vistió con completa naturalidad, o mejor dicho, no lo hizo. Meditaba sobre la oscuridad y la procedencia del alma, a la par que su cuerpo se alistaba para descansar. Su habitación lucía vacía, no estaba vacía; lo era. Natán pasaba todo el tiempo en ella, ésta, a pesar de ser vacía, estaba impecablemente limpia. La habitación era su familia, era el único vínculo familiar que conoció. Se le pegaban los miembros pegajosos por el sudor, esto incomodaba y frustraba su intento de descansar. Exasperado se puso de pies frente a la ventana abierta queriendo ser viento y volar. Lo que en realidad quería era algo más… — Quiero ser viento y volar, así no tendría estos pensamientos, y lo más importante, no se me pegarían los miembros nunca más— dijo Natán. A través de la ventana algo llamó a sus ojos, aguzó la vista para distinguir lo que veía pero la figura no se esclarecía, en su mente parecía la silueta de un hombre, sin embargo, había algo muy extraño en aquella forma. Irradiaba extraña luz, pero al mismo tiempo la absorbía. Natán quedó absorto ante tal acto, una fuerza de atracción irresistible hizo que Natán saltara a través de la ventana, cayó descalzo fuera de su habitación y caminó lentamente en total silencio y oscuridad. Sólo seguía aquella

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luz que era expedida y consumida en figura misma. — ¿Qué eres tú?— preguntó Natán con mirada excitada. — Eres muy atrevido al preguntar a pesar de ser, o en tu caso, para no ser lo que eres. — ¿Qué eres tú? —repitió Natán. — Pobre niño, solo en tu habitación. — Dime qué eres tú. — Yo soy el espíritu de la humanidad, que en el futuro decae, por tu culpa, niño mal-nacido. — ¿El espíritu de la humanidad? ¿Tú? ¿Qué culpa tengo yo de desgracia ajena? — Me sorprende tu última pregunta, siendo tú… Quiero decir, cuidado, Natán, la desgracia es ajena sólo para los de conciencia corta. Verás, has hecho mucho daño en el futuro, te convertiste en un tirano, mandaste a matar a todo aquel que no fuera de tu agrado. Millones y millones de cadáveres en descomposición por culpa de tu misantropía. — Pero qué dices. Yo no lastimaría a alguien ni aunque mi vida dependiera de ello. — Qué curioso que hables de vida… Digo, lo mismo creía yo, hasta que lo que te cuento sucedió. Natán comenzó a sospechar de aquel espectro, había algo oscuro en él, todo él era oscuro, claro, excepto por aquella luz que era expedida pero consumida al instante. Natán se acercó para descubrir qué había tras la capucha, pero su mano atravesó aquella figura. Se quedó pasmado, no tuvo

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miedo; Natán no conocía el miedo. Pero algo lo dejó frío: la idea de que aquel espectro en verdad fuera el espíritu de la humanidad, eso implicaba, claro está, que lo que decía sobre él era verdad. — Yo no puedo ser aquel tirano que tú dices. No lo acepto; no lo seré. — Niño, existe una forma de cambiar lo sucedido en el futuro. — Supongo que implica mi muerte. No tengo nada que perder, así que pásame esa piedra afilada y nada de lo que dices que en el futuro pasa pasará. — No es así de simple, al nacer tu destino fue trazado. Aquellas atrocidades del futuro pasarán con el simple —no tan simple— hecho de tu nacimiento. — Dijiste que existía una forma de cambiar lo sucedido, pero si no es muriendo, yo no la veo. — No debiste haber nacido, niño mal-nacido. Esa es la forma. Te enviaré al pasado y deberás evitar tu nacimiento. — ¿Cómo es eso posible? ¡Me siento tan ligero! — Mantente cerca, Natán. * — ¿Ella es? Es tan hermosa, es tal como la imaginé. Y en su vientre… ¿Puede verme? — No, no puede. Pero puede oírte. Recuerda a qué has venido, Natán, recuerda las muertes. No te distraigas. — Madre, madre mía ¿Me escuchas?— La madre de Natán

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se despegó del suelo de asombro por un segundo al escuchar aquella voz. Volteó a su alrededor pero no logró ver a alguien cerca en aquél andén. — Madre, no temas. Te amo. Soy yo: Natán. Tu hijo del vientre. — ¿Qué es esto? ¿Quién eres? ¿Dónde estás? Muéstrate desgraciado, no es gracioso. — Madre, no temas. Te amo. Soy yo: Natán. Tu hijo del vientre— La madre, espantada, volteó hacia su vientre y notó más actividad de Natán de lo normal. Acarició su vientre. — Hijo, Natán ¿Eres tú quien habla? — Sí, madre, soy yo. Pero no estoy en tu vientre, estoy frente a ti, no puedes verme. He venido del futuro, me he enterado que en un futuro aún más lejano que del que yo vengo me he convertido en un tirano asesino. Madre, me ha enviado el espíritu de la humanidad. Me ha encomendado que impida mi nacimiento. Si esto no fuera cierto, yo no podría estar haciendo algo tan inverosímil como lo que estoy haciendo: hablar contigo en el pasado. — Natán, ¿Cómo podría impedir que nazcas? Eres mi hijo, te amo, no puedo hacerlo— Natán siguió insistiendo, contando a detalle todo lo que sabía, hasta que finalmente su madre se dirigió a las vías para… * — Déjeme adivinar, el nombre que usted tenía para su hijo era Natán.

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— Sí. Yo era aquella desdichada madre, pero no me ha dejado terminar de contar mi historia… Sin embargo… he tenido tiempo para reflexionar las palabras de Natán, aquel supuesto espíritu de la humanidad, su aspecto, por su descripción, era más similar al de algún ser maligno… Yo escogí el nombre de Natán porque estaba segura que mi hijo traería paz a la humanidad. ¡Pero qué he hecho! Ahora lo entiendo todo… La voz de Natán venía de mi vientre, él tenía su mente muy desarrollada, pero aún tenía la inocencia de un feto… ¡Maldito espectro, defendías tu reinado en la tierra eliminando a mi Natán. Y sólo podías hacerlo engañándolo, engañándonos… — He oído suficiente. Denle su medicamento y llévenla a su habitación.

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Cuento

Sonrisa carmín

Jesús M. Peña

Por las calles y grandes avenidas de la ciudad sonaba un estrambótico anuncio del próximo Circo Ambulante: Amiguitos y amiguitas, el circo ya llegó a su ciudad, no pierdan la oportunidad de ver los actos más sorprendentes del mundo. Promoción por única función… Olivia salía de su trabajo habitualmente a las 16:00 hrs, pero por estar ocupada haciéndole un pequeño regalo a su novio terminó yéndose dos horas después. Cinco llamadas perdidas de él y tres mensajes. “¿Ya saliste del trabajo” 16:20 “Te amo, recuerda nuestra cita para ir a cenar. Feliz aniversario.” 16:50 “¿Ya te estás arreglando? Cambio de planes, paso por ti a las 7.” 17:15 Maldita sea, pensó, tengo sólo media hora para estar lista. Responder: “Claro, espero no vayamos a ir de nuevo a algún lugar underground con esa música chafa que te gusta XD. Te amo. Aquí te espero.” Enviar. Como pudo se subió con media montaña de papeles y con el extra que representaba su cursi regalo. Salió por la avenida, 60 km/hr y llegó en un santiamén a su casa, tiempo record. Bajó solamente la pesada sorpresa y se metió rápidamente, directo a la ducha. Sólo le quedaban 15 minutos y aún no decidía que ropa llevaría. ¿Iremos al cine, a un bar, a caminar,

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a cenar? Tantas opciones de lugares e iguales opciones de combinaciones. Por fin se decidió por un vestido carmín con tacones negros. Al estarse maquillando sentía que la edad, 30 y pico de años, se le echaba encima y recordaba los sermones de su abuela, de su madre y de su vecina. Yo a tu edad ya iba a ser abuela, y tú ni aún te casas, ni hijos. Se te pasará el tiempo y te arrepentirás. Pero ay de ti, te acordarás el día… Tock tock… La puerta sonó y aún no estaba lista. Dios qué pensará Kevin cuando me vea así de fodonga. Se para y abre la puerta. - ¿Mamá? ¿Qué haces aquí? - Sólo vine a visitarte. ¿Saldrás? - Sí, hoy cumplo dos años con Kevin… - Ah… Kevin… Pensé que ya habías terminado con él… Como ya ni me vas a visitar no me entero de lo que pasa en tu vida. - Trabajo mamá, por eso no he tenido tiempo y ahorita está a punto de llegar él, pasa o sólo vienes a tocar la puerta. - Ya me voy, sólo pasaba por aquí, vine con tu tía. Por cierto, con ese vestido utiliza el collar que te dio tu padre. - Está bien mamá, te amo. Clack. Corre hacia el tocador, saca el collar de perlas (imitación barata) y toma por acertado el comentario de mamá. Sigue maquillándose. Termina. ¿Saca los papeles de la oficina? Sí, abre la puerta, ve el auto de Kevin acercarse. Cierra la puerta. Se acomoda el pelo.

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Tock tock… - ¿Quién? – Olivia con voz dulce. - El amor de tu vida – del otro lado de la puerta. - No sabía que los perros hablaran – ríe y abre. Kevin se esconde tras un pequeño y modesto ramo de rosas rojas, no tan rojo como el vestido de Olivia, asoma su melena y sus perspicaces ojos. Olivia toma las flores y lo abraza. Beso. Huele las flores, sonríe, busca un florero y las deposita allí. - Tengo que bajar algo del coche. - ¿Te ayudo? - No. Da dos vueltas para bajar todo el papelerío y los pone sobre los sillones. Gran trabajo el de mañana. Kevin observa y Olivia lo percata. - ¿Qué me ves? - Eres hermosa ¿Nos vamos? - No me dijiste a donde iremos… *** - ¡Tercera llamada! ¡Tercera llamada! ¡Comenzamos! Las luces multicolores inundaban el lugar y de la pequeña abertura de la carpa salía un hombre de pantalón bicolor, saco, sombrero de copa y un látigo, corría por todo el lugar saludando jovialmente a todos. - Bienvenidos y gracias por venir a la única función del Circo Ambulante, tenemos el gusto de presentarles a nuestro

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elenco… Uno a uno fueron saliendo los integrantes de artistas del circo, se sentaron en lugares de entre el público y el show comenzó. El primero de ellos fue un número de perritos poodle. Caminaron en dos patitas, brincaron, bailaron (varios de ellos en faldita), cantaron e hicieron una veintena de cosas más nunca antes vistas en la tv. Más adelante el show de la mujer y hombre fuertes, pidieron voluntarios y entre ambos levantaron un automóvil con 8 personas dentro. Además, después de tan agobiante esfuerzo, lanzaron el reto de las vencidas y quien, del público, ganara se llevaría una sorpresa. Cinco fitness men no pudieron con la mujer fuerte, ni intentarlo con el hombre. Después del penoso intento de fuerza siguió el número de una cantante algo exótica, los trapecistas que contaban con una red en llamas, un hombre que tragaba primero sables, después hilos, serpientes y demás objetos de difícil descripción. Se apagó la luz y vino un interludio. - Espero te esté gustando la sorpresa, mi vida – dijo Kevin aún extasiado con el número de la bailarina casi exótica. - ¡Sí! Me encanta este tipo de espectáculos. Te amo. Vamos por algo de comer, quiero unas palomitas. La segunda parte comenzó con un payaso sin gracia. Sonrisas, se decía él. Su maquillaje parecía improvisado pero profesional, algo blanco por aquí y por allá, pelo y labios rojos,

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tan rojos como el vestido de Olivia, su camisa percudida y su pantalón de mezclilla roto daban impresión de ser de aquellos payasos que llenan teatros y cobran dinerales por hacerlo. - Necesito una persona aquí conmigo. Los reflectores pasaron entre todo el lugar y un par de ellos se detuvieron en Olivia, su vestido la hacía resaltar. - Veamos quién quiere subir… La joven de vestido carmín, venga conmigo. Todos aplaudieron y voltearon a ver a Olivia mientras ella comía palomitas. El gracioso número terminó con un beso del payaso en una de las manos de la mujer. Sonreía radiante, se robó el show y varios chiflidos de los allí presentes. Al finalizar el espectáculo todos los personajes del circo esperaban afuera de la carpa para agradecer la visita y tomarse fotos con los asistentes. Olivia no desaprovechó la oportunidad, Kevin tomaba las fotos: con las contorsionistas, el hombre fuerte, la mujer enana, el traga objetos, pero con quien quería tomarse la foto era con Sonrisas, por fin apareció, wisky, adiós. Terminada la sesión fotográfica, el destino y la hora los llevó a tener su cena romántica en el único lugar abierto a las 2 de la mañana: una taquería. Comer, pagar, besos, te amo, hasta mañana. *** Una camioneta se estacionaba. Los perros ladraban. La luna irradiaba.

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Olivia dormía plácidamente. Trash. Una ventana rota ¿Un ladrón? Se levantó de golpe, al acercarse para cerrar la puerta de su habitación recibió un golpe de entre la oscuridad que la dejó noqueada. *** - Despierta bella, despierta. Esa voz… esa puta voz la reconocía ¿De dónde vino? Sus ojos no se habían acostumbrado a la oscuridad y después del golpe recibido sólo veía manchas blancas. Tras un momento soltó un gemido de dolor, al ya sentir el golpazo en su cabeza. - Calla bebé, calla amor. Despertarás a los vecinos. ¿No querrás armar un escándalo verdad? Una pequeña luz se veía, él estaba fumando. Lo notaba por el aroma y el humo que se impregnaba en su piel. No podía gritar, estaba amordazada. No podía moverse, estaba amarrada. Poco a poco se aclimataba a la oscuridad y vio lo que la rodeaba, estaban en su sala. ¿Pero dónde estaba él? Click. La lámpara de la mesita se prendió. Voltea rápido. Sí, sí, es él, lo sabías. - Hola de nuevo ¿ya estás descansada? Veo que tienes mucho trabajo para mañana. ¿Importa si te ayudo? – Se acercó a donde estaban los papeles, apagó su cigarrillo en ellos y los tiró sobre el piso. Ella lo veía, veía su maquillaje gastado, sus pantalones rotos, esa camisa percudida. Su sonrisa era infantil, sobria y molesta. Él se acercó para acomodarle el cabello, su mirada

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temerosa chocó con sus ojos, lloraba. Le secó sus lágrimas, la acarició, ella comenzó a tratar de gritar, hacer ruido, algo para llamar la atención de sus vecinos. Bofetada. - ¡Cállate! No queremos tener compañía aquí – Mordió su labio inferior, la miró y sonrió - Aún no entiendo por qué las mujeres más bonitas son las más ruidosas. ¿Podrías explicarme eso? Hizo la señal de silencio y le quitó la mordaza. - Por favor… por favor… te… te… tengo dinero… - No me interesa tu dinero cariño – sonrió y se acercó a ella. - ¿Qué quieres? Por favor no me hagas daño. - ¿Qué quiero? ¿Qué quiero…? Eres una belleza, no te haría ningún daño si tú no me dañas. Me cautivaste en el circo, tu vestido, tu pelo, tus ojos, la frialdad de su piel. Pero sabes qué fue lo que más me cautivó de ti: tu sonrisa. Esa sonrisa tan encantadora que tienes. Por favor, sonríe para mi ¿Podrías? Olivia lloraba aún más, pero trató de esbozar una sonrisa. - Por favor… déjame… - Noooo… Así no… Estúpida – Bofetada. Con sus manos trato de hacerle una mueca parecida a una sonrisa, pero no pudo. Su enojo comenzó a crecer. - ¿Por qué son todas iguales? Sólo me gustó tu expresión, necesito que vuelvas a hacerlo o me voy a enojar y no te gustará… no, no… no te va a gustar…

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Por más que intentaba no lograba esbozar la sonrisa deseada por aquel payaso, prendió otro cigarro y vio como Olivia se esforzaba en vano. Miró el reloj de pared: 5:25. Pronto tendría que irse. Se acercó de nuevo a ella, tapo su boca y apagó el pitillo en uno de los blancos muslos de la dama. – Si quieres que me vaya tendrás que volver a sonreír como lo hiciste en el circo ¿entiendes maldita zorra? – Los labios del payaso temblaban y su desesperación era más evidente. La mujer no pudo contener el llanto, ni los ecos que en ello acarreaba, gritos y sonidos de los golpes que recibía en su cuerpo. Sonrisas volvió a poner la venda en la boca de Olivia y se dispuso a terminar antes de hacer más escándalo. Caminó por la casa, regresó con algunos cuchillos y demás cubiertos. – He escuchado que el dolor tensa los músculos y la piel, y yo sólo quiero esa sonrisa intacta. – Comenzó a calentar uno por uno los tenedores y cucharas poniéndolos sobre los brazos y piernas de la pobre mujer, los tenedores más largos los incrustaba sobre el estómago y las pequeñas cucharas las introducía dulcemente en la vagina. Ríos de sangre manaban del cuerpo de la purísima Olivia, entró en estado de shock y no tardaría en morir, eso lo sabía perfectamente Sonrisas. Como última parte del show y en plena conciencia de la mujer comenzó a desprender los senos con los cuchillos, entremezclado de leche, sudor y sangre salían de ellos, excitado el payaso bebía de cada uno de ellos con un placer indescriptible.

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*** Una camioneta se iba. Los perros ladraban. La luna dormía. Olivia dormía plácidamente. Tock tock. ¿Nadie en casa? Kevin fue al trabajo de su bella novia para pedirle matrimonio, al tontito se le olvidó hacerlo el día de ayer. ¿No está? ¿Habrá amanecido enferma? Tock tock. Nota el vidrio roto. Abre como puede la puerta. Deja caer el gran ramo de rosas blancas, el anillo, todo.

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Entrevista

Entrevistando a...

Encarnación López Gonzálvez Universidad de Guadalajara (México) México

Encarnación López Gonzálvez es Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Almería (España), Maestra en Literatura Comparada por la UNAM (México) y doctoranda del programa de Doctorado en Letras de la misma institución. Es profesora de la Universidad de Guadalajara y ha participado activamente en diversos proyectos relacionados con la literatura de terror, horror y misterio, como el Foro de Novela Negra que se desarrolló anualmente en Guadalajara durante cinco años, desde 2007. En 2015 formó parte de la coordinación de Poéticas del Horror. Primer Encuentro sobre el Necronomicón, que tuvo lugar en Palíndromo los días 19, 20 y 21 de agosto. Entre sus publicaciones cabría destacar «Salamandra, de Efrén Rebolledo: la femme fatale mexicana», en Cecilia Eudave y Angélica Maciel (coords.) (2012): La vuelta al signo. Análisis discursivos y semióticos actuales de la literatura mexicana. Guadalajara: Universidad de Guadalajara, pp. 143-158 (ISBN 978-607-450-577-1) y «La araña como metáfora vampírica

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en un cuento de Alejandro Cuevas», en Cecilia Eudave y Encarnación López Gonzálvez (coords.) (2012): Zoomex. Los animales en la literatura mexicana. Guadalajara: Universidad de Guadalajara, CUCSH, pp. 47-58 (ISBN 978-607-450-6709). Y “De la tradición gótica en la literatura hispanoamericana: ‘La granja blanca’, de Clemente Palma”. Brumal, vol. II, núm. 2, otoño de 2014, pp. 177-186. ISSN 2014–7910”. De manera paralela trabaja activamente en edición, corrección y redacción de textos como freelance. Destaca su participación para editoriales como Ediciones B y Andrés Bello (por medio de The Type entre los años 2005 y 2010), Rayuela (entre 2012 a la fecha, con el editor Avelino Sordo Vilchis), su labor como correctora de planta para el departamento editorial del Colegio de Jalisco (2011-2012), así como múltiples trabajos en ámbitos privados y públicos (informes de gobierno para el Ayuntamiento de Guadalajara, Jalisco, en los años 2010 a 2012, textos publicitario para la marca de tequila María Pascuala (2016), entre otros).

¿Qué interés tienes en el horror/terror? Desde que empecé a estudiar literatura siempre me ha llamado la atención (y he preferido desde el más puro gusto personal) la literatura de corte fantástico, en todos sus ámbitos. Cuando terminé la carrera, además, creía que en realidad es un tipo de literatura que no se ha estudiado, académicamente hablando, de forma tan profunda y tan seria

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como debería hacerse porque la crítica literaria siempre ha tendido a desprestigiarla precisamente por sus características que la separan de la literatura de corte e intención realista. Así, decidí juntar mis dos pasiones: la literatura fantástica y el estudio e investigación académica.

¿Tienes algún escrito narrativo del género? De creación tengo algunos pero ninguno he compartido aún, siento que debo trabajarlos más.

¿Cómo se diferencia el terror del horror? Es una cuestión difícil porque ni la crítica se pone de acuerdo al cien por ciento en definir ambos términos, teniendo en cuenta que una de las principales características de este tipo de literatura es la ambigüedad. Aun así, siendo quizá muy sintética me atrevería a afirmar que el terror es de corte más mitológico y legendario, y el horror posee un tinte más psicológico. Por lo general se cataloga como literatura de terror aquella que cuenta con monstruos, la mayoría de las veces provenientes del imaginario cultural: vampiros, fantasmas, criaturas...; el horror se desarrolla, en cambio, con cuestionamientos más profundos sobre la realidad (que también hace el terror pero, quizá, en menor medida), la alteración de la misma, lo que convierte el componente psicológico es crucial conllevando que nos preguntemos si lo

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que ocurrió en realidad ocurrió.

¿Cuáles son algunos de los textos representativos de dichos géneros? Citemos unos cuantos clásicos, en el terror, Drácula, de Stoker, El gran dios Pan, de Machen y El castillo de Otranto, de Walpole; en el horror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James, Dr. Jekyll & Mr. Hyde, de R. L. Stevenson y El retrato de Dorian Gray, de O. Wilde.

¿Cómo un texto de horror se convierte en terror? Lovecraft, me parece, es el ejemplo más claro de esto, pues a pesar de que trabaja con criaturas en cierto sentido mitológico o legendario (los mitos de Cthulhu) lo que se cuestiona de fondo son los límites de la realidad, de la percepción, la insignificancia humana. En definitiva, volviendo a ser muy simplista, podríamos decir que un texto de terror se convierte en horror cuando se pone el acento en la alteración de la realidad, aunque para ello utilice criaturas legendarias.

¿Qué es lo más importante en el horror/terror? La transgresión. Lo que define a un texto tanto de terror como de horror es la transgresión, el elemento que entra en el mundo cotidiano y lo rompe y provoca desajustes.

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Muchas veces los límites se vuelven a reestablecer pero ya hubo un cambio, un cuestionamiento. Los demás elementos narrativos se configuran en la mayoría de las ocasiones a partir de este punto central de transgresión. La atmósfera, los escenarios (que suelen ser proyecciones de los cambios de los personajes, es decir, simbólicos, pensemos en La caída de la casa de Usher, de Poe, por ejemplo), los personajes mismos se elaboran a partir de este punto central transgresor.

Autores en habla hispana que recomiendes. De los clásicos, los modernistas; Tario, Felisberto Hernández, Cortázar, Borges y una larga lista de una literatura de extensa tradición, sobre todo en Argentina, Uruguay y Chile, aunque también la hay en el resto de países de habla hispana.

¿Cómo va la narrativa actual del género? En realidad ha habido pocas modificaciones de fondo, los cambios se deben más, como en el resto de la literatura, a elementos de experimentación literaria. Creo que uno de los autores más novedosos en este sentido, es Thomas Ligotti, autor estadounidense que continúa con la literatura de corte lovecraftiano.

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¿Cómo hacer que se interese por el género del horror/terror? Si cuestionas la realidad, si desconfías de la falibilidad de los sentidos, si consideras que en realidad no somos tan importantes como nos hemos construido culturalmente, te interesa la literatura de terror y horror.

¿Cuál es tu autor favorito? Uy, muchos. No puedo reducirlo a uno. Drácula, de Stoker es de mis favoritos, también los es Felisberto Hernández, Poe y Lovecraft. Y me gusta seguir descubriendo otros.

¿Poe o Lovecraft? No están peleados ni enfrentados, se complementan. Lovecraft era un gran admirador de Poe, lo asimiló y añadió a lo que había hecho Poe su peculiar visión de las cosas, de la realidad, del horror. De los dos, no escojo a uno sobre otro.

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Cuento

Relato licántropo

Irad González

Veinte veces pasaba mi lengua sobre mis colmillos y ya no era su sabor atrapado en mi paladar, su recuerdo permanece aquí, como al principio, muy ahora en el final. Puse un poco más de papel en la fogata, el frio tensaba y el eco del vacío se hacía inmenso. Con las rodillas comprimiendo el pecho, las manos restregando y rasgando la ropa, un vaho como de dolor se desprende de mí; estoy así ya desde hace días, no vivo esas horas pero estas toscas garras me laceran el olvido, arrastran de mi memoria el cadáver despedazado de una memoria ya enterrada… - ¡No grites! Le dije, pero no obedeció y no tuve otra opción. Mis ojos me enjuiciaban, me reprendían con todo el miedo del mundo, desconcertada sus pupilas brillaban aún más que las mías en un noche de claro de luna; por un momento pensé que si sería ella, estúpido mi razonamiento, estúpido y animal y… Ella siempre hablaba con una tenue sonrisa en su blanco rostro y yo apenas aullaba unas palabras. No sabía que decir incluso con tanto en la cabeza, con tanta locura archivada entre sienes. Y no la deje ir. La rastreaba ya no por su aroma, ni sus huellas, mucho menos con la vista, habitaba en mi como una necesidad animal, un instinto poderoso, un llamado natural de atracción fantástica, no era hambre, ni por sangre,

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ella entera, un símbolo. Yo su presa, su tacto mi tesoro y recompensa. Pero no se puede combatir con un rasgo primitivo, con el eco ancestral que da sentido a la existencia. No hay justificación para los actos de los que no se está consciente: es el filo de tus dientes mascando, rasgando y sonriendo, el ancho de la manos embrutecidas en garras furiosas incontenibles, la profundidad abismal de tu ojos arrinconando el alma de la ahora víctima, todo, bestia, animal , monstruo… Regresar, saltar con espasmos de confusión, hallarse en medio de un callejón, desnudo y desorientado. Temblar de pie y seguir un rastro. La encontré junto a un contenedor, los parpados aún húmedos y el brillo de sus ojos escapándose lentamente, su rostro carcomido, su vientre en tajos horribles, un mísero pedazo de inexistencia ya se pudría y yo, con el estómago lleno, la cara y las manos manchadas, mi corazón agitado y un lamento retumbando justo en el momento que la luna y el sol combaten al alba.

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Cuento

El DJ de Chapultepec

Angélica Martínez

Leonel miraba a través de su ventana, observaba como caían las gotas de la lluvia, mientras el silencio invadía su departamento. Apenas eran las 7:00 de la noche, todo estaba muy tranquilo, sólo se escuchaba el sonido del agua al caer y el maullar de su mascota, que se acercaba hacia él, pidiendo comida. De pronto sonó su alarma para indicarle que ya tenía que partir a su trabajo, preparó su comida, tomó su mochila y caminó por las calles de Av. Vallarta mientras observaba los aparadores de las tiendas de vestidos de novia y quinceaños, odiaba pasar por ahí, porque no podía apreciar su reflejo. Leonel trabajaba como DJ, así podría salir todas las noches sin que nadie se enterara de su secreto, era un joven alto, delgado, moreno claro, con una barba como de chivo, tenía expansores en sus orejas, un piercing en su ceja izquierda, sus ojos mostraban unas ojeras pronunciadas y reflejaban la tristeza con la que vivía, el deseo de huir de todos lados y el fastidio de la inmortalidad. Había intentado acabar con su vida, cuando sus seres queridos lo habían dejado solo, habían tenido un accidente automovilístico cerca del bosque de la primavera, el único sobreviviente fue Leonel, quien apareció en medio de la nada, en un bosque obscuro, donde observó que tenía una agilidad, fuerza y velocidad impresionante, al principio sintió pánico, 92


recordaba muy bien el accidente y él estaba sin ningún rasguño de ese suceso fatal. Escucho el sonido del tren que pasaba a toda velocidad, no lo pensó y se aventó a las vías, quería terminar con su vida; con horror observo que no le pasaba nada, que en cambio la locomotora se averió y el chofer murió de un infarto al observar que Leonel se levantaba de las vías. Posteriormente trato de buscar algún animal venenoso una víbora, una tarántula o un alacrán, para acabar con su existencia, encontró un nido de arañas sin embargo al irlo morderlo una a una iba muriendo, cansado de experimentar se refugió en Guadalajara, primero en la casa en que vivían sus padres, después se fue a vivir cerca del parque rojo, poco a poco se fue acostumbrando a su nueva vida. Leonel era Dj en “Los olvidados”, le encantaba el olor a pizza a la leña y como se veían las bebidas pop, con bolitas de colores, el concepto retro lo hacía sentir como en casa o le recordaba su etapa más bonita, al lado de su familia, sin embargo, todas las noches se cuestionaba por qué él tenía que ser inmortal, cuando él quería haber muerto desde hace 100 años, en el accidente. Su rostro se volvió duro, su cara no expresaba emociones, simplemente observaba como pasaban los días, asistiendo a su trabajo y regresando a casa, no tenía amigos por miedo a perderlos, mucho menos se enamoraba. Cuando llegó al trabajo, se encontró con la novedad de que había una nueva cocinera: Claudia, a él le daba lo mismo,

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no hablaba mucho y siempre se mantenía apático. Claudia era una joven con el pelo lacio, delgada y de tez blanca, vegetariana, le gustaba el reggae y luchaba por los derechos de los animales; estaba muy nerviosa por ser el primer día, los clientes pidieron una pizza “Mauricio Garcés”, empezó a preparar la masa, a reunir los ingredientes, pico albahaca y mientras seccionaba los jitomates se hizo una ligera cortada, Leonel no podía soportar el olor de su sangre, se volvió casi loco, quería abalanzarse sobre ella y saciar su hambre, tenía tiempo que no ingería sangre humana, pero también sabía que era un lugar muy concurrido y que si no se contenía, su secreto iba a ser descubierto. Leonel luchó con sus instintos, con esa energía que lo obligaba a cazar, a matar, se sintió mareado y le empezaron a sudar las manos, se puso más pálido de lo normal, decidió retirarse del lugar, pasó por el callejón de los rumberos mientras recuperaba sus pensamientos, escucho la música en vivo, se acercó por curiosidad, observo a las parejas bailando salsa, pensó que era un baile muy raro, como era atractivo una chica lo jalo y lo invitó a bailar, ella se le quedo mirando, quedó hipnotizada con su mirada, con sus ojos color café, él sabía el efecto que causaba, era atractivo con mal carácter. Dejó de bailar y se fue del lugar, la chica lo siguió, no quería perderlo, el desapareció entre la avenida Vallarta, la joven se quedó triste y desconsolada. Leonel pensó varios días sobre como saciar su antojo de sangre humana, pues se había mantenido con sangre animal, pensó en las miles de opciones

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que le ofrecía la avenida Chapultepec. Decidió que cada mes seleccionaría una víctima, una persona que fuera a ésta avenida, que tomara en grandes cantidades y que estuviera sola, los viernes eran los días más concurridos, se daba el lujo de seleccionar a su presa, pues le sobraban las opciones. Su primera víctima fue un joven de 18 años que quedó dormido en las bancas de Chapultepec, sus amigos que estaban igual de borrachos lo dejaron solo, Leonel lo despertó y el joven alarmado gritó, pero nadie pudo oírlo, el vampiro le sonrió y le dijo: “no te asustes que tu sangre se va a amargar” y en menos de dos segundos, ya había consumido su sangre, además lo había convertido en rata. Leonel se fue a casa feliz y satisfecho de consumir sangre humana, pensó en su siguiente víctima, en los jóvenes que van a divertirse y que serán convertidos en su comida. Los medios de comunicación nunca mencionaron que cada mes se están perdiendo jóvenes, que hasta la fecha llevan más de 100, que llegan a divertirse, pero jamás regresan a casa. Leonel está esperando que vayas a Chapultepec, que te pases un rato agradable, que consumas alcohol de más, que tus amigos te dejen solo para que seas uno más de los desaparecidos, de esos que no anuncian ni en internet.

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Cuento

Operón INS

José Enrique Orozco Frías

“Antes pensábamos que nuestro futuro estaba en las estrellas. Ahora sabemos que está en nuestros genes.”-James Watson.

Cuando uno piensa en un doctor se le pueden venir a la mente algunos aspectos respecto a su personalidad: por su parte, están quienes lo ven como un alma caritativa, dedicada a hacer el bien, personas cultas y bondadosas; por otra parte, hay gente que los ve como prepotentes, engreídos, corruptos e inútiles que solos saben recomendar paracetamol. El perfil de un médico como individuo puede llegar a ser mucho más complejo de analizar que la forma hecha por estas dos vertientes. Y hoy, amigo mío, le contaré la historia de una mente brillante, sin duda alguna muy culta. Sin embargo, esta misma persona se encargó de usar el noble arte de la medicina para fines oscuros contrarios a los propuestos por Esculapio. Conocí al doctor José Eduardo Meléndrez en mi primer semestre como estudiante de medicina. En ese entonces, impartía clases de bioquímica y he de decir que era un profesor ejemplar. Puntual, ordenado, dirigiéndose siempre con respeto hacia sus alumnos, algo estricto en cuanto a calificaciones pero sin duda alguna sabía como dar una cátedra de la materia; presiento que cualquier alumno suyo podría recitar la vía metabólica que se le pregunte con todas sus variantes sin titubear. Algo particular de su clase era que 96


conllevaban una parte práctica dentro de ello al hablarnos sobre distintos casos clínicos. Siendo el encargado del área de genética en una clínica particular, nos llegó a contar que los casos fueron efectivamente aquellos con los que ha trabajado. Sus clases me generaron un enorme interés, además de convertirse poco a poco en un amigo desde una ocasión en que me vio entrando al salón con un libro de Lovecraft. Desde entonces, llegamos a conversar del mítico autor. Aparentemente, él también era un gran entusiasta de su obra y me confesó que su relato favorita era “Herbert West: Reanimador”, hablando en ocasiones sobre las posibilidades de una historia así en el campo médico actual. Durante el transcurso del semestre, nuestra amistad fue creciendo; a tal grado que me invitó a colaborar con él en un proyecto respecto a la genética durante el verano. A pesar de que no entré a la carrera con el particular deseo de convertirme en genetista, pensé que podría ser muy interesante, así que terminé aceptando. Al principió pensé que estaría trabajando junto a él dentro del laboratorio, pero me equivoqué. Según me había informado, el turno sería en las noches y el pasaría a recogerme a mi casa para no tener inconveniente. Hasta aquí, parecía todo normal, aunque el horario nocturno no era de mi mayor agrado. Empecé a sentirme incómodo desde que me subí a su carro, ya que me estuvo hablando del infame “Ángel de la Muerte”: el doctor Josef Mengele. Generalmente, me intriga mucho el hablar de historia, sobre todo con alguien versado en el tema; pero su forma de hablar respecto 97


al médico nazi llevaba ciertos aires de alabanza más que de interés o mera curiosidad. La preocupación incrementó cuando después de aproximadamente veinte minutos, comencé a notar que las calles estaban cada vez más oscuras y despobladas. Al llegar a nuestro destino, fue en una colonia marginada, no en el sentido de los barrios llenos de delincuentes esperando a cada esquina para asaltarte; sino que literalmente alejada de toda civilización. Todas las construcciones parecían estar en ruinas y abandonadas, podría jurar que solamente estaban nuestras dos almas en varios kilómetros a la redonda. La única edificación decente era en la que nos bajamos. Por fuera, parecía ser una casa como cualquier otra en el área popular de la ciudad, limpia y ordenada contrastando totalmente con el resto de la arquitectura en la zona. Adentro de ella me esperaba una enorme sorpresa. El doctor bajó, abrió la puerta que daba entrada al lugar y me invitó a pasar después de encender las luces. Nervioso, caminé en su dirección con pasos tambaleantes esperando pasar desapercibido. Sentía escalofríos recorriendo toda mi columna vertebral mientras el me miraba ansioso al acercarme a ese lugar inhóspito. - Adelante, esto te encantará.-Sus palabras fueron adornadas con una mueca grotesca, digna del mismo “Joker”. Mi primera impresión fue extrañamente positiva. Me sentí gratamente sorprendido al ver un lugar de trabajo totalmente pulcro, con infinidad de materiales desde microscopios más potentes que los usados en la facultad, pasando por 98


centrifugadoras de modelos recientes, hasta un instrumental quirúrgico de alto nivel. Según lo dicho por el profesor, este laboratorio personal le era financiado por un generoso filántropo quien no me quiso mencionar y, al ver la siguiente habitación; no me sorprende que prefiera mantener su anonimato... Habiéndome relajado un poco después de la tensión en los momentos previos, lo que presencié después me cayó de golpe, dejándome con un “shock” horrible. El profesor me guió hacia otro segmento de las instalaciones donde se encontraba el verdadero fin de esta maligna mente. En una habitación iluminada muy pobremente, me demostró sus experimentos: seres humanoides, decenas de ellos; todos de diferentes tamaños, colores y complexiones. Diferentes malformaciones acompañaban a cada uno de estos seres, siendo curioso el hecho de que la mayoría no podía mantenerse en bipedestación. Todos ellos desnudos, la gran mayoría de sexo masculino. - Hermoso, ¿no lo crees?. El horror me devoraba por dentro al momento de su pregunta, mi consciencia me decía “¡Grita, corre!” Pero mi cerebro asimiló que de hacerlo, esta pesadilla tendría un fin prematuro y poco favorable. Intentando mantenerme frío ante los abominables hechos que estaba presenciando, simplemente asentí y me dediqué a indagar un poco en sus investigaciones. El profesor me explicó que modificando la estructura génica, o el operón de un individuo; se puede conseguir 99


una nueva fase en la escala evolutivo. No conforme con solo alterar su información genética, me explico que incluso había mezclado información genética de estas personas con la de distintos animales con la esperanza de conseguir un ser humano más fuerte, ágil e inteligente. Al preguntarle acerca del origen de sus “conejillos”, me dijo que la mayoría eran simples drogadictos o vagabundos, gente que solo de esta forma puede aportar algo a la sociedad. Hizo una demostración: con un chasquido de sus dedos, todos los sujetos voltearon en pose de obediencia tal como haría un perro entrenado. Tomó a dos de ellos quienes fueron trasladados a una jaula circular enorme e hizo una señal, tras esto; comenzaron a pelear. Uno de los sujetos era de los pocos bípedos aunque no caminaba del todo erguido, sino que de una forma similar a un chimpancé, al igual que contaba con una hipertrofia muscular impresionante incluso para un fisicoculturista. El contrario estaba a cuatro patas y corría en círculos por la jaula a una velocidad impresionante, tenía garras afiladas en lugar de uñas al igual que unos dientes más parecidos a los de un animal de caza que a un humano. La pelea comenzó entre ambos, uno aprovechando su velocidad para embestir a su contrincante mientras el otro lo recibía con un fuerte puñetazo a la anatomía de su rival. Cada que acertaba un golpe, sin embargo; recibía a su vez una fuerte mordida en los brazos. No pasó mucho para que ambos estuvieran sangrando bañadas en sangre, uno con cortadas en gran parte de su torso y el otro mareado con moretes prominentes ocasionados por los golpes; emitiendo 100


gritos animalescos de dolor. Antes de que ambos perecieran, el doctor emitió un silbido que los detuvo en seco. Se acercó a ambos, les dio una especie de galleta y los regresó a sus jaulas originales. El profesor se acercó hacia mi, me miró fijamente a los ojos y me preguntó si me gustaría unirme en su búsqueda por llegar al próximo escalón evolutivo. De nuevo comencé a temblar, sentí una gota de sudor recorrer mi cuello y la totalidad de mi dorso. Sabía que si me negaba, no me dejaría salir vivo de este recinto, así que siendo presa del miedo, acepté la oferta. Mientras escribo esto, he de decirle que han pasado años después de esta experiencia. Quizá habrá pensado que acusé al profesor en la primera oportunidad y todo su laboratorio su trabajó se vino abajo. Si eso cree usted, déjeme corregirle. Mientras empecé a trabajar con el, me di cuenta que tenía razón. Esto es un trabajo de excelsa calidad que le ha llevado años de investigación y experimentación, sería una pena no solo para el sino para toda la humanidad que se desmantelará su trabajo. Usted podrá pensar que soy un demente, pero su opinión me es irrelevante, será lo que digan sus nietos lo importante. Tesla, Newton, Galilei, todos ellos fueron marginados y considerados locos en sus respectivas generaciones siendo las futuras quienes los vieron como visionarios. Pues eso exactamente es lo que nos espera al doctor Meléndrez y a mi, su servidor. Hacemos un bien enorme a la sociedad buscando la perfección de la especie humana al mismo tiempo de sacarle 101


provecho a la escoria social. Estoy bastante seguro que en el prรณximo siglo, nuestra historia serรก fuente de admiraciรณn, aunque por ahora su cerrada mente retrรณgrada solo sentirรก miedo por no ser capaces de ver el futuro delante suyo.

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Cuento

Carter Evans Roust

Wolfe tenía razón

Después de cinco años de horrores, el único miembro sobreviviente de mi banda y yo volvimos a nuestro pueblo natal. Por todos lados veíamos gente intentando reconstruir sus vidas: gente reparando muros y ventanas derruidos; gente levantando cuerpos de la calle; gente buscando a su familia. Por alguna razón no había pensado en mi familia en mucho tiempo. Cuando tu preocupación constante es sobrevivir, te queda poco tiempo para pensar en otras cosas. Llegamos al edificio de departamentos donde solía vivir mi amigo antes de que todo esto empezara. Al entrar lo encontramos vacío y descuidado. Subimos lentamente hasta el último piso, exaltándonos ante el mínimo ruido. En el piso debajo del departamento encontramos a dos de ellos que al vernos, corrieron hacia nosotros. Después de batallar un poco con ellos, nos deshicimos de ellos y salimos una vez más a la calle para buscar otro lugar dónde quedarnos. Un par de calles más abajo vimos gente haciendo fila para algo y nos acercamos. Era una casa en la que estaban regalando comida y ofreciendo un lugar dónde pasar la noche. No más dormir en edificios viejos, o en baños de gasolinera con la puerta atrancada; no más saquear supermercados o tiendas de conveniencia con los ventanales rotos y los cajeros tendidos sobre el mostrador. El sol comenzaba a ponerse mientras hacíamos fila cuando mi vista se fijó en un portón gris entreabierto. Del interior emanaba una oscuridad terrible 103


y una sensación de pánico se apoderó de mí. ¿Cómo pude olvidarla? Le dije a mi compañero que volvería y con mucha cautela entré. Adentro estaba completamente a oscuras: el sol ya se había puesto pero la luna no brillaba. El auto de mi padre estaba ahí, pero los cristales yacían por todo el suelo y crujían bajo mis pies. Caminé lentamente por el pequeño jardín central que llevaba a las diferentes casas, pero antes de llegar a la que buscaba me tropecé con algo. Una mujer sin vida bloqueaba el paso. No sé cómo supe que era una mujer en esa oscuridad. No sólo eso, otra sospecha me acechaba, pero decidí ignorarla y seguir adelante. Acostumbrado como estaba ahora a los cadáveres, no esperaba reaccionar de tal manera ante lo que encontré colgando del árbol de mandarinas al lado de la puerta. Secándome las lágrimas intenté recordar el nombre del perro mientras lo bajaba de entre las ramas, pero un ruido en el fondo del jardín me interrumpió: La puerta de la casa de mi tía se abría. Blandiendo mi cuchillo me preparé para cualquier cosa. Un grupo de hombres, los rostros ocultos por las sombras, salieron caminando en silencio por el camino que da a la calle. En estos cinco años he aprendido a confiar en mis instintos y en este instante me decían que no debía dejar que me vieran así que abrí la puerta (milagrosamente aún tenía las llaves) y me adentré lo más rápido que pude. – ¿Cómo entraste aquí? –Fue el recibimiento que tuve, junto con una escopeta con hambre de mis sesos. Alguien que parecía mi padre, pero con muchos kilos menos y la mirada completamente perdida, a pesar de estar enfocada 104


en mí, me amenazaba desde atrás de un sillón en ruinas. Al reconocerme bajó el arma y se tiró detrás del sillón para beber lo que quedaba de una botella de tequila. Al cerrar la puerta me pareció escuchar un ruido que venía del pasillo junto a la sala. Miré alrededor y de inmediato supe que mi madre había muerto debido a su propia terquedad. Mi hermana de seguro había huido a la primera oportunidad que tuvo. No la culpo. El pasillo estaba oscuro, pero levemente iluminado por lo que parecía ser la luz de un monitor de computadora que por más que buscaba no podía ver. Parado en el centro, intentando localizar la fuente de aquella luz fría y enfermiza, escuché el ruido que me había atraído a ese cuarto, ésta vez detrás de mí. En la esquina, una figura apenas humana babeaba y se revolcaba en su propia suciedad. Al ver esto, el olor, que antes no había notado, golpeó mis pulmones con la fuerza de un camión y me tumbó al suelo. No había comido nada en dos días, así que las arcadas fueron aún más dolorosas, ya que hicieron que mis costillas se rasparan unas con otras. Regresé gateando a la sala y, una vez aminorado el dolor, me di cuenta de que el hedor no era del todo responsable de mi malestar. Después de todo, uno no pasa cinco años entre la muerte y la descomposición sin acostumbrarse. No, lo que me afectó de tal manera fueron los ojos de aquel desgraciado, enloquecido. Esos ojos tan parecidos a los de mi padre, el único indicio de la identidad de mi hermano entre la desconocida emaciación en lo que solía ser un rostro robusto. Mi padre ahora dormía, o había perdido el conocimiento. 105


Busqué en la cocina y encontré una que otra lata de comida aún intacta. Busqué en los cuartos y tomé toda la ropa que pude. Salí a la calle, evitando el cadáver en el suelo, y busqué a mi compañero, quien había encontrado ya un lugar donde podríamos pasar la noche.

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Galeria

Entrevista

Criaturas y pesadillas

Coniuncta corpora Alonso Belmar, amante de la fotografía, 18 años de edad, originario de Sinaloa, México. // Exposición ‘’Criaturas y pesadillas’’ en DESART, plazuela 27 de septiembre (Sinaloa) 2016.

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Clamor

“...con esto me propuse a darle vida a eso que me encanta pero aterra al mismo tiempo...�

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“Las criaturas las he tenido presente toda mi vida, siempre me han atraĂ­do los seres peculiares, sobrenaturales...â€?

Homines venandi

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“Tratan de comunicarse con los humanos, quieren ser vistas, algunas sufren...�

Oculorum 110


Quattuor “Quiero

creer que sí, que en realidad en algún lugar podrían existir, para mí todo lo desconocido es posible, los siento junto a mí, en la noche los veo, podrían estar en cualquier realidad, viviendo en mi cabeza o sueltos rondando en los lugares más oscuros a donde los humanos no hemos llegado...” 111


Retrorsum

“...la inspiración viene de cualquier lado, pero estas criaturas las veo atrapadas en la oscuridad de la noche, me persiguen, quizá para que yo las comparta con el mundo...”

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“...son sólo diferentes, aunque sí son representaciones de mis pesadillas, estoy aprendiendo a convivir con ellas..” Scolopendra

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“...quieren ayuda, una vez conociéndolos no creo que den miedo...”

Vulnus

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Poesía

Alejandro Abracxas El quimérico inocente I Dó buscar deidades piernas veros aquesa acusáis por mirar esas breñas Non pecador soy florido almena de la gnosis mi engaño apenas Por tus quimeras me has hallado fiera y en castigo muera, Ya que por tus sueños me dicen hoy, prisionera.

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Yo soy ese cuerpo de perro Qué nadie mira cubierto de nubes blancas recostado bajo el sol en tránsito de la ciudad El viento traspasa mi ser la botella coronaica esta suelta y la rompe un carro al pasar me inmolo en el concreto el solaraico me devora lar de viejas rencillas sonrisa de los viejos felicidad apacible saber ser cercenado por un narco desmembrado por un carro que saber compartido un único amor día añico día fragmentado reconstruido ni las horas más ardientes entibian mi corazón.

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Transpire la muerte de los sauces Bauman bautiza líquidamente la sociología mientras que Fuco, Fuck me again whit the power bitch te panoptiquea en discursos castigadores. Masa, ácido bórico, azúcar, químico X, una cucaracha sale atontada por el fumigante, es por contacto, y alienta a que se reproduzcan cuando las aplastas,*crach* el sonido aplastante *crach*, es ligeramente toxico, fluorito, y cáncer prolongado. Las imágenes de cuerpos enterrados, la lengua es y será un órgano pizarniko, no se puede resucitar el pasado, por no eso no existe la resurrección del pensamiento que es tan obsoleto que se usa con el fin de adoctrinar masas. Dormir es algo puro Dormir es algo puro Conozco de purezas, soy puro en mi corrupción, debería dedicarme a la maldad, exportando crudezas, he tenido buenos maestros, pero no algo más puro que la poesía, sanguijuela del cerebro, vástago de sus corazones, erecciones de las pasiones. Nada puede morir 117


nada existe, El estado blanco es por eso que se le teme al dormir, mi alma es algo divino y puro, es difícil desentrañar el espectro de la consciencia. Es un duro oficio ser poeta, mis palabras impregnarán generaciones a través de generaciones, es estar en el concreto e inmolarme por el sol. Los viejos mueren y son reemplazados por recién nacidos, nuevas generaciones creen siempre ser mejores que las antiguas, se diluye el conocimiento.

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Cuento

El collar

Manuel Nuño

Camino por las calles oscuras de la ciudad, los callejones sucios y las amplias avenidas donde abundan la basura y los cadáveres de los perros que se aventuraron a cruzar; miro sin ganas los aparadores de las tiendas cerradas, sin luz. Los maniquíes me acechan, me miran amenazadores; sus rostros cambian cada vez que la luz de los carros al pasar los ilumina. Estoy nervioso; mis manos llenas de tierra sostienen con pulso tembloroso el collar, el collar que le arranqué del cuello al cadáver de esa mujer. Mientras camino me parece ver algo en una alcantarilla: una cara. Su cara. Sus ojos fríos, lechosos, grises, llenos de odio me miran. Sus labios, carcomidos por los gusanos, se levantan en una mueca de desprecio. Miro con horror cómo su mano tiesa y pudriéndose golpea la rejilla que la separa de la calle; no puedo moverme, su mirada me hipnotiza, de repente noto que no hay ruido en la calle más que el de la carne descompuesta rozando el asfalto al arrastrarse para salir de la alcantarilla. Quiero correr, escapar, pero mis piernas están paralizadas. Se está acercando. Intento gritar pero mi garganta está cerrada. No hay gente en la calle, sólo ella y yo. Ya ha salido de la alcantarilla y sus huesos crujen al levantarse; tambaleante avanza hacia mí mientras escucho un sonido gutural, casi inaudible, que sale desde su estómago a través de su garganta. Camina lentamente, cada segundo me parece eterno mientras se acerca a mí cruzando la amplia avenida; 119


sus pasos suenan como una naranja siendo exprimida, la podredumbre de sus pies resuena en el asfalto a cada paso que da. Ya está cerca, puedo olerla, ese olor nauseabundo, el hedor de la descomposición penetra en mi nariz e inunda mis pulmones, quiero vomitar, mas no puedo. El terror y el asco aumentan conforme se acerca. Con disgusto noto cómo su cerebro escurre por su oído izquierdo; está tan cerca que puedo sentir su aliento caliente y apestoso en mi cara y… ¡No, por favor, no!

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Cuento

Anubis Sandoval

Mi diario en neblinas

Recuerdos que nos hacen viejos sabios, deseos de comer el mundo y robar almas. Recuerdos que no volverán, que sacaron sonrisas en mis lúgubres ojos solitarios y que empiezan a hacer juego entre las neblinas de mi falsa existencia.

26 de octubre de 1996.

- ¡Hey! Le he pedido un café desde hace diez minutos- dije exasperada. - ¿De qué sería su café?- Su cara parecía sapo, pero al fin me hizo caso. - Capuccino, por favor- sonó una aguda voz detrás de mí. - Serían treinta pesos, por favor- respondió la barista. - ¡¿Qué?!- Reproché. Me puse furiosa y caminé a la puerta. De repente se escucharon gritos de dolor a mis espaldas, gritos desgarradores. Me di cuenta al girar la vista, que el café ardiente de las cafeteras estaba saliendo a chorro y salpicaba todo. Los gemidos de la barista me erizaron los cabellos, le había caído todo el café encima y se había quemado. Salí corriendo de la cafetería. Sucesos como este me recuerdan que han pasado cosas muy raras, desde aquel día que llegué a la casa y vi una nota de Fernanda, mi hermana, que decía lo mucho que me

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extrañaba… no la he visto, no sé dónde está, he ido a su casa y no se encuentra, he llamado y no responde. Me he sentido muy sola, invisible incluso. No había querido salir hasta hoy. Por la mañana salí a regar las plantas y me encontré a mi pequeña vecina, encantadora, de mentalidad brillante y muy dulce, con cabellos rizados y negros, hija de Carolina. Llegó, extendiéndome una begonia y me preguntó que si me encontraba bien, que tenía un color pálido en la cara. En eso tomé la flor y le dije que últimamente he tenido momentos de profundo sueño y que no me he sentido muy bien, pero que esa flor lo había cambiado todo. Mi vecina salió y llamó a su hija. Zazil se fue corriendo a tomar la mano de su mamá y se giró para decirme adiós con su mano izquierda. Carolina volteó y… quizá fue mi imaginación, pero parece no haberme visto. Espero no esté enojada conmigo por lo de la maceta de barro que tiró el Sr. Boris de su patio, es un gato algo rebelde y vago, pero es mi único amigo. Lo que pasó con mi vecina hizo que tomara la decisión de salir a dar una vuelta y tomar algo en el café donde conocí a mi difunto esposo, Alejandro. Sin embargo, gracias a lo que sucedió con la barista, el café, los gritos y mi enojo me he sentido peor que antes. También he tenido sueños bastante raros sobre un incendio y lapsos en los que no sé si estoy despierta o no; duermo en mi cama y amanezco en el sillón de la sala, además de que mis horarios de sueño no son nada normales. Por suerte dejé de trabajar hace un año y los últimos meses he recorrido el mundo, dedicando tiempo 122


para mí y manteniéndome con lo de mi jubilación… extraño trabajar y viajar. Ahora que recuerdo lo de mis sueños, esta vez pasó algo peculiar, sí, a pesar de que de por sí son extraños. Me encontraba de nuevo entre obscuridad, fatigada y sin casi poder respirar, olía a fogata, a madera quemada. Caía en el vacío, así como las demás veces, pero esta vez escuchaba la voz de Fernanda a lo lejos gritando el nombre de mamá. Creo que debería… 27 de octubre de 1996, en la noche. Me quedé dormida sobre mi diario. Ya es una libreta muy deteriorada, debería cambiarla, pero le tengo mucho cariño para hacerlo. Aquí escribí cuando conocí a Alejandro, cuando partió de este mundo y cuando me embarqué en mis viajes por los diferentes continentes. Cuando desperté hoy, era temprano y me propuse limpiar la cocina. Decidí descansar unos minutos más y cuando desperté habían transcurrido HORAS de sueño. No entiendo cómo mi cuerpo lo resiste y consiente, esto no me parece normal. Creo que necesito ir al doctor. 29 de octubre de 1996 en la tarde. ¡Me siento pasmada y aterrorizada! No sé qué me pasa, no encuentro saber qué es lo que provoca mis letargos de sueño, ayer desperté a las diez de la mañana y acabo de despertar no hace mucho. ¡Más de un día dormida, Dios! ¿Cómo puede 123


ser eso posible? He leído sobre síndromes extraños que padece la gente, casos en los que las personas se duermen repentinamente en el camión o en la escuela. No creo que me suceda eso ¿o sí? ¡Oh! El Sr. Boris acaba de asomarse por la puerta de la cocina, hace dos días lo volví a ver y me alegré de tenerlo de nuevo en casa. Yo estoy escribiendo esto en la mesita de la sala, está lloviendo y a través de mi ventana puedo vislumbrar las luces de un carro que anuncian la llegada de Carolina. Presiento que anotar mis días me hará sentir mejor y que de alguna manera servirán como evidencia de alguna clase. Siento un temor muy grande sobre lo que me está ocurriendo, temo a la muerte que me toca los pies en cada uno de mis sueños. ¡Oh, esta lluvia que parece diluvio, cómo me disgusta! Me hace sentir peor con cada gota que golpea la ventana y aun así no para. Mañana es mi cumpleaños y dudo que Fernanda venga a visitarme, temo por ella también. Creo que voy a dormir. 30 de octubre de 1996. Hoy mi vida ha cambiado, no sé siquiera si llamarle vida. La existencia que envuelve mis sentimientos no es la misma y se pudre en cada respirar, el cual no es más que un invento… Me siento desdichada, no sé qué pensar; empero, sigo aquí en este mundo y no sé tampoco el porqué, estoy confundida… Tengo que narrar todo, mi corazón está agitado y merece la calma, tal vez escribiendo todo, el dolor de mi 124


alma disminuya y mis grandes dudas sean respondidas. Por la mañana me desperté y fui a la cocina a tomar algo del refrigerador. Sonó el timbre, me emocioné al pensar que era mi hermana y efectivamente era ella, llevaba un ramo de rosas color rosa pastel. - Elizabeth, ¡sigues aquí!- empezó a decir al ver que abrí la puerta- No pensaba encontrarte aquí… ¿Realmente estás aquí? - Claro que sí, ¿por qué no iba a estarlo? Tú eres la que no ha estado en casa, te he buscado por todas partes, ¿qué sucedió contigo? - ¿Qué quieres decir con ello? Un momento… ¿No estoy alucinando, cierto? De verdad puedo verte y hablar contigoempezó a llorar… No creo que pueda escribir lo que siguió después. ¡Estúpidas lágrimas! -Creí que nunca volvería a verte, después del incendio internaron a mamá en el Hospital psiquiátrico Herzogheim… Mis sueños y letargos del sueño eran memorias grabadas de aquel incendio y fases del desprendimiento espiritual, mi melancolía era reflejo de mi alma que vaga en esta casa. Los sucesos repentinos e inverosímiles fueron producto de mis estados de ánimo. Después de sus últimas palabras pude ver las ruinas en las que estaba, pedazos de escombros de una casa quemada y al Sr. Boris con una transparencia en su cuerpo igual que la mía.

- Elizabeth, falleciste en el incendio del 23 de octubre. 125


Cuento

Jugando a Morir

Pinkamena Villalvazo

Agustina Carrillo Gómez era una niña de ocho años que como muchas niñas de su edad fantaseaba con muchas cosas y le daba curiosidad otras tantas, ella tenía el deseo de morirse ya que en su rancho ubicado en San José de Gracia, Nayarit, a todos los niños que fallecían los vestían de “angelitos” con sus trajecitos blancos, algunos niños con trajes de San José y algunas niñas con el traje de la Virgen, los tendían en mesas cubiertas de blanco, los llenaban de flores recién cortadas que rodeaban las humildes casas del rancho y les prendían muchas veladoras para guiarlos en su camino hacia la luz. Agustina anhelaba tanto morirse para que la arreglaran como un angelito, tener un hermoso vestido y estar rodeada de flores, tantas eran sus ganas que le dijo a su padre que quería morir, su padre sorprendido a lo que Agustina le pedía le preguntó porque quería morirse a lo que ella le contestó que quería ser vestida como la Virgen y estar rodeada de flores y velas, su padre le dijo que le cumpliría su deseo. El padre de Agustina empezó a preparar todo, en su cocina tenían una mesa enorme que no utilizaban para nada, la cubrió de blanco y subió a Agustina a la mesa donde la tendió, fue a cortar las flores del patio de la casa, recogió todas las veladoras que la madre de Agustina le prendía a la Virgen y a los santos, acomodó todo en la mesa tal y como Agustina se lo pidió, al finalizar le dijo a Agustina: - ¡Muérete pues! 126


- ¡No puedo Apá! - Cierra los ojos con mucha fuerza y muérete. Agustina cerraba con mucha fuerza sus ojos para morirse mientras tenia las palmas de sus manos juntas.- ¡Apá, es que no me puedo morir! - Entonces bájate de la mesa. Agustina entristecida se bajó de la mesa con ayuda de su padre. Pasaron los días y Agustina aún anhelaba morirse, estaba claro que ella no sabía lo que implicaba la muerte, ella sólo quería convertirse en un angelito como todos aquellos que vio en el rancho, le pidió nuevamente a su padre que la tendiera en la mesa prometiéndole que ahora si se iba a morir, su padre por tal de complacer a su hija volvió a preparar la mesa y tendió a Agustina, como era de esperarse ella por más que apretaba y se esforzaba por morirse no logró su cometido. Los padres de Agustina reían a carcajadas por la inocencia de su hija al intentar morirse y no lograrlo. Agustina estaba tan frustrada de no lograr su sueño que seguía pidiéndole a su padre que la siguiera tendiendo, su padre siguió jugando con ella por varios días y Agustina no se moría. El padre de Agustina estaba cansado de tanto poner la mesa y de tender y des tender a su hija, así que le dijo que por última vez lo iba a hacer, Agustina estaba muy angustiada de no lograrlo así que daría su mejor esfuerzo para morirse y convertirse en un angelito. Su padre como ya era costumbre preparo la mesa para tender a Agustina, forro la mesa de blanco, fue a cortar las 127


flores de los vecinos ya que había acabado con todas las flores de su casa y prendió lo poco que quedaban de las veladoras, subió a la niña a la mesa y la dejó con los ojos cerrados mientras iba con su esposa a carcajearse. El padre y la madre esperaron algunas horas en lo que Agustina se enfadaba de estar ahí tendida, el padre ya enfadado de reírse de su hija fue a la cocina a bajarla de la mesa para poder cenar. - ¡Tina, ya bájate de la mesa que ya vamos a cenar! Agustina no contestaba, ya que era su última oportunidad para morir. - ¡Agustina Carrillo que te bajes te digo! Agustina seguía sin responder. El padre desesperado por el hambre y el enfado de ver casi todos los días a su hija tendida, la sacudió con fuerza para que esta se levantara pero Agustina no se levantó. - ¡Apá ayúdeme intentó levantarme y no puedo! Me siento muy pesada. Mientras su padre empieza a llorar desesperado al notar que Agustina ya no respira, pone su oreja en el pecho de su hija y nota que ya no hay latidos, comienza a gritarle a su esposa. - Apá, ¿Por qué llora? Estoy aquí, solo levánteme y ya verá como estoy bien. La madre de Agustina llega rápidamente al escuchar los gritos de su esposo, el padre le dice que la niña no reacciona, no respira y no late su pequeño corazón, la madre comienza a llorar incontroladamente mientras examina a su hija y se da 128


cuenta de que realmente está muerta, con su piel helada y los labios levemente amoratados. - Amá, Apá, No lloren, estoy bien, solo no puedo moverme, ayúdenme. La madre de Agustina no resiste el dolor y se desmaya, el padre auxilia a la madre mientras el dolor de perder a su hija lo consume. Los habitantes del rancho acuden a la casa de Agustina para darle el último adiós, una vecina arreglaba a Agustina con el traje de la virgen, cada uno de los habitantes le llevaba más flores y velas, tendieron a la niña con su nuevo traje, nuevas flores y nuevas velas tal y como ella lo anhelaba. La gente rezaba rosarios por el eterno descanso de Agustina. - ¿Pero qué están haciendo? Yo no estoy muerta. Agustina estaba muy asustada a pesar de que su sueño se había cumplido, ella quería levantarse y cenar, tenía tanta hambre, pero pasó toda la noche escuchando rezos y llantos sin poder hacer nada. Al amanecer Agustina sentía cosas muy raras en su cuerpo, sentía burbujeos y como si algún animal le caminara por dentro, siguió escuchando rezos y llantos incontrolables, de repente sintió como la levantaban dos hombres y la acomodaban delicadamente dentro de una caja. - Yo no estoy muerta, yo no estoy muerta, ¡Ayúdenme! Los hombres sellaron la caja dejando a Agustina en completa obscuridad, sintió como se elevaba y tambaleaba. Agustina escuchaba cantos, rezos y llantos, estaba muy 129


desesperada por salir, sentía como su cuerpo se hacía rígido y apestaba, Agustina estaba muy asustada por fin comprendió que era la muerte. Sintió como su cuerpo descendía. - Apá ayúdeme, tengo miedo. Los hombres comenzaron a echar tierra sobre la caja de Agustina empezó a escuchar los mismos rezos y llantos, pero sobretodo los gritos de su madre y de su padre que estaban destrozados. Pasaron dos horas y la gente se fue de donde estaba Agustina, ella siguió gritando angustiada al estar en completa obscuridad y no poder moverse, siguió sintiendo como su cuerpo se desintegraba y olía más y más horrible. Lo que Agustina no esperaba era escuchar más gritos de ayuda, eran todas las personas que estaban cerca de ella que también estaban muertas soportando su propia putrefacción y la desesperación de ya no poder salir jamás. Agustina era finalmente un angelito.

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Colaboradores Cuento Poeta de la Noche Agustín Alvarez Ana Laura Salcido García Josefina Velázquez Hugo Casarrubias Margarita Rodríguez Lilo Tejeda Jamie Miller JAMS Conde S. Jesús M. Peña Irad González Angélica Martínez José Enrique Orozco Frias Carter Evan Roust Manuel Nuño Anubis Sandoval Pinkamena Villalvazo

Poesía

Alejandro Abracxas Ilustración: Arturo Cervantes Portada, King in yellow. Pagina 132/133, Rat with wings Pagina 31, Frankenstein. Fotografía Alonso Belmar

Agradecemos a Encarnación López Gonzálvez y Alonso Belmar por el tiempo otorgado.

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Ilustr

Rat wit


raciรณn

th wings Arturo Cervantes

Uno  

Segundo número de Revista Literaria Luna, en donde abordamos el horror y terror.

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