Revista literaria beatsbury segundo número

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NĂşmero 2 - Enero 2017

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Número 2 - Enero 2017

MAQUETACIÓN: SERGIO GOZZI VALLEJO RAFAEL GARCÍA MARCO

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Cianómetro, poema conjunto......................................................................................4 La Negra, de Sergio Gozzi...........................................................................................7 Tu rostro en cinco actos y un epílogo, de Alfonso Calvo.......................................9 Amor incondicional, de Antonio Ballesteros..........................................................10 Cianómetro, poema conjunto.................................................................4 Vacío, de Bárbara Nur Ferrante. ..............................................................................11 Su pequeña María, de Ana María Martínez...........................................................12 Hasta el final, de Anabella Giménez........................................................................ 17 Flamenco, de Claudio Valdivia..................................................................................18 Poemario inconcluso, de Cristina Cobo Hervás.....................................................23 Shakuhachi, de Arturo Mora Rioja..........................................................................25 Multiplicando, de Antonio Ballesteros....................................................................28 Flying back, de María Castro Domínguez...............................................................29 Haikus, de Gabriella Mariani....................................................................................31 Mágica tempestad, de Manuel Vega.........................................................................32 Impuros, de Sergio Balbotín......................................................................................35 Cynthia Ozick, de Mariano Hortal...........................................................................38 El retrato ciego, de Daniel Palacios.........................................................................42 La chica de la mirada violeta, de Anabella Giménez.............................................44 Eco (Beta), de Bárbara Nur Ferrante.....................................................................46 (Des)obediencia tardía, de Victoria Arenas...........................................................48 El bibliófilo, de Rafael García....................................................................................50 Life on Mars, de Anna Gavilà...................................................................................52 Agradecimientos.........................................................................................................60 Página 2


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N Muchos no saben escribir. Pero sus letras ya fueron escritas hace mucho tiempo. Muchos no saben leer.

h

Pero sus letras ya fueron leídas y vividas hace demasiado tiempo. Sus cuerpos están marcados por cada letra de la historia. Segundas letras nunca fueron buenas.

Letras escondidas. Ocultadas por las tintas de dedos férreos. Letras prohibidas. Quemadas por los fuegos de la intransigencia. Letras femeninas. Silenciadas por los cánones de la tradición. Letras olvidadas. Relegadas al abismo de la inexistencia.

V

Letras vagabundas. Caminadoras de una tierra, en busca de una garganta que las pronuncie. Y entre todas ellas surgirá una rebelde, disidente, discordante. Dispuesta a alzar la voz. Una voz solista que destaque entre un coro inhábil de voces átonas. Una voz negra entre voces blancas. Una voz cantada, rasgada, impetuosa. Una voz nacida para leer, no para ser leída.

X

Los músicos afinarán sus instrumentos para protegerla. Entonces habrá llegado por fin la armonía a la tierra.

Sergio Gozzi

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Corre el azul de la noche en espiral para abrazar la eternidad Sin importar el ritmo vertiginoso de un tiempo que decanta En azul cobalto del cielo que acoge tu círculo infinito. Y, atrapados en su iris de luz Que guarda tus cincuenta y tres modos de cantar En afinaciones añiles que perfilan este temblor Me brotan sin quemar chispas que no se consumen Y provocan destellos sobre el rumor del mar Desvelado de aquello que mirar no puedo. Tiemblo Y sólo deseo que cruces mi atmósfera y derrames, azul Destilado este color, dolor acantilado Roca, sima, quebrada, anegado En los abismos a tu caricia Al silencio que erosionas de celestes. Perdernos hasta tus labios De delicados encajes rasgados, recogidos en la tormenta Azul que quieres reflejarte en la arena y te responde el mar De impacientes anzuelos y azulejos Ecos de una inmensidad Ajena a mí, tal vez espuma a ti Quebrando tu inmediata acuarela acuática inesperada Canícula transgresora que hierve en nocturnas aflicciones ¿Manas acaso, o trasciendes del horizonte tu trono? Brotas y asolas la corriente suspensiva de cuaresmas Tú comenzaste, entrégate ahora a mi rugido Comprime tus horas en festín de husos A una alada nocturna.

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Ilustración: Ariel Rohner Gavilà

CIANÓMETRO

Cianómetro


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No te huyo, te recibo Suave ancla de arenas movedizas Aprende y prende este oleaje en tu carta de navegación Arriba a mi puerto De heridas que se han vuelto orilla. Conozco la caída y el vacío Ya me pierdo, la corriente es mi destino No te recuerdo, la piel azul marino He orzado a tu laberinto de atardeceres Dejando atrás tu enciclopedia de nimiedades Y sólo me calienta El fuego ardiente de mis naves rotas La locura incierta de mis manos inadecuadas De mis penas y flagelos, inútiles dentelladas A la inocencia que aún nos queda Condenada y redimida por un verso Escrito al aire de tus cielos Ya transluce el arpegio de tu alma Ad-verso al naufragio de tu firmamento El arquero que irisando nubes Despeina los mares que surca tu canción no escrita Y sangra su flecha en el terroso costado de Anteo Que un antes a la pupila su lupa una lágrima Asomaba incandescente en armas de vuelos templados Iridiscente mana hasta mis manos Con las que acomodo su último sueño Amainado como la penumbra quejumbrosa del hierro clandestino Herrumbre ingrata que espanto Besando tempestades. ¡Tiembla, yunque! Grito Enemistando temblores, quebrando sortilegios

Cianómetro

Ilustración: Maya Vericad Gavilà

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Responde a la forja que te amansa Perfora el pétalo que te define Y besa la hoja Y planta la fibra que enquista el fonema Y duerme mis labios, o cierra mis ojos Ahuyenta la mortaja de escondrijos inconexos O mátame y dime de tu carta: ¿Soy el azul, o soy el negro? Corta el océano, tiembla el pulso amarrado de los mapas Detén el tiempo y llévame en tus brazos Dentro.

POEMA CONJUNTO

Ilustración: Maya Vericad Gavilà

Anna Gavilà Arturo Mora Rioja Bárbara Nur Ferrante Claudio Valdivia Sandra Ruiz Victoria Arenas

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Cianómetro


L

LA NEGRA

a Negra se despertó en medio de la noche. Sus ojos azabaches se confundían con el negro que sujetaba las estrellas en el cielo. Decía que le enamoraba la noche porque se iba cada día sin llegar a abandonarla, porque le pertenecía sin ser suya del todo, porque era más fácil perderse para volverse a encontrar. Su negritud se escondía entre las sombras blancas y se perdía entre sueños lúcidos llenos de irrealidad. Decía que la noche sanaba las heridas de la luz del día. Era romántica hasta el amanecer, después los primeros rayos del día llenaban de silencio sus palabras. Su cabello negro como el carbón del fogón que encendía cada mañana. Lo hacía para mantener vivo el calor de la noche. Allí, en medio de la nada, entre cuatro paredes de adobe rajado y reseco por el viento y el sol, calentaba el café cada mañana desde tiempos inmemoriales, tanto que ya

La Negra

Sergio Gozzi

Fotografía: Sergio Gozzi

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nadie recordaba el lugar sin la Negra. La Negra hacía el café y el café hacía a la Negra. Le daba vida. La misma vida que luego entregaba a la noche. La misma vida que entregaba a cada campesino del cafetal. El café de la Negra era parte del jornal diario. Más de uno se lo gastaba allí entero escondidos entre las sombras blancas de la noche. Los jornaleros eran todos tan negros como la Negra. Todos se decían Negro uno al otro, pero siempre sabían a quien estaban nombrando. Los negros pueden reconocer tantas negritudes como Negros hay en el mundo. Y la negra les despertaba con los mismitos granos de café que ellos, con sus manos habían recolectado. Así el ciclo de la vida comenzaba una y otra vez. Grano, manos, sombras, estrellas, elixires y nuevamente los granos de café. Se cree que las plantas alimentan sus raíces con el néctar sagrado de la Negra y que por eso unas no pueden vivir sin

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beatsbury la otra, ni la otra sin las unas. Los espíritus se alimentan mutuamente en estas tierras. Así ha sido desde que la primera Negra dio de beber de su elixir a estas tierras y de su unión nació el cafetal. Por eso el café siempre se beberá negro. En honor a la Negra que lo parió. Y de paridades hablando, apareció una mañana un hombre blanco, flaco como la espiga, huesudo hasta doler del hambre que traía consigo. Nadie sabe cómo llegó hasta allí. Dicen los espíritus que quien está pa´juntarse, por mucho que se alejen, la tierra es redonda pa´volverlos a rejuntar. Porque sabe Dios que no haya Negro de estas tierras que no haya intentado arrejuntarse con la Negra. Pero Dios es caprichoso y estipuló en el contrato que este baile sólo uno lo podía bailar, que esas manos sólo las podrían sujetar unas manos blancas como la luna. El día que el Flaco llegó, la Negra entendió porque siempre levantaba sus manos a las estrellas. Coincidían en sus diferencias, tan distintos que parecían iguales. Nadie supo ni nadie preguntó de dónde venía el Flaco. Aquí no se hacían esas preguntas. Simplemente no se hacían preguntas. Tampoco hubo respuestas. Si la tierra los había juntado no hacía falta más nada. La Negra enseñó al Flaco los secretos del café, sus aromas, sus esencias. También los secretos de la noche. Las estrellas dejaban las huellas de su historia escritas en su piel. El Flaco y la Negra engordaron por necesidad ya que piel blanda borra los recuerdos. Página 8

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Y el cafetal se fue extendiendo cosecha tras cosecha. Y al Flaco se le fue oscureciendo la piel teñido por el café y por la Negra. Y los inviernos dieron paso a los veranos, para volver otra vez el invierno. Y la tierra siguió nutriéndose del elixir de la Negra y la Negra, del Flaco; y el Flaco, del café; y el café, de la sombra de la noche; y la sombra de la noche, de la blancura de las manos del Flaco; y las manos del Flaco, del grano de café que engordaba su piel.

De lo que pasó con la piel de la Negra y el Flaco,

mejor lo cuento otro día.

La Negra


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TU ROSTRO EN CINCO ACTOS Y UN EPÍLOGO

I Hay un campo de trigo agitándose en tu mejilla derecha II Ahí, en esa línea u oquedad, improbable, remota, imprevisible que queda entre tus labios, llueve. III En tu ojo izquierdo, un colibrí verde esmeralda hace cabriolas alrededor de una flor blanca. Una gota de rocío cae, parece un milagro. IV Las gaviotas se disputan el aire que moldea el acantilado de tu cuello. Un helecho amarillo se descuelga de un saliente. V Un glaciar se estremece entre tu pelo negro; las noches de luna llena se puede ver cómo rompe sobre tus hombros. Epílogo

Alfonso Calvo

Tu rostro en cinco actos y un epílogo

Fotografá: Yolanda Andrés

Saborear el fruto hasta desarmarlo, pleno de raíz, palpitando… …y rendirme a lo vivo.

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Fotografía: Yolanda Andrés

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AMOR INCONDICIONAL

Antonio Ballesteros

Estaba dispuesto a acabar con aquella relación que no le aportaba otra cosa que silencios. Hizo dos intentos serios de despedirse de ella. La primera vez, la muchacha ni siquiera volvió la espalda cuando él comenzó su discurso. La segunda, se quedó arrobada, contemplándolo mientras hablaba, con una bella e irresistible sonrisa en el rostro. Aquel gesto le conmovió hasta las lágrimas, y decidió compartir con ella su vida para siempre. No fue resignación, sino amor incondicional más allá de las palabras. Es lo que tiene enamorarse de una sorda sin tener ni puñetera idea de lenguajes de signos.

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Amor incondicional


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VACÍO

Vacío al alma en la nada oscura, consciente, alerta, aún respira y suspira sin voz, su luz al aliento. Arde al abrazo de nieve. Inmóvil. Mirada a lo imposible vida mía. Íncuba de cristal, crisálida umbilical unida matriz máquina a la creencia torturante. Parpadea una vez sí, dos no. Convertida al acero, al uno, la serie comunica desconectando al techo un cuerpo. Cuadro blanco pintado al sueño, que es un vuelo, y un salto, tal vez un después al silencio…

Fotografía: Maribel Díaz

Bárbara Nur Ferrante

Vacío

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Ilustración: Ana María Martínez

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SU PEQUEÑA MARÍA su pequeña María le gustaba robar. Era un hecho. Lo había visto con sus propios ojos. Si alguien lo hubiera insinuado siquiera habría sido capaz de matar a esa persona. Pero en realidad nadie hubiese pensado jamás algo así de su pequeña María a no ser que como Jose Luis, su marido, en efecto la hubieran visto también con sus propios ojos y era seguro que se habrían quedado casi tan perplejos como él.

A

Jose Luis y María llevaban casados más de tres años. Ambos procedían de familias destruidas. Cuando se encontraron sus almas rotas se ensamblaron sin más. Pero a Jose Luis nunca dejaría de sorprenderle que una mujer tan linda y delicada como su pequeña María se hubiera conformado con un bruto como él.

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Ana María Martínez Era menuda y algo llenita, muy rubia y con unos rizos apretados que siempre peinaba primorosamente. A menudo la llamaba mi dulce Doris Day. Le gustaba pensar que eran un matrimonio diferente, como sacados de una película de los años cincuenta. Era cierto que María era muy dulce y tan tímida que se ponía colorada si le prestaban atención más de una milésima de segundo; que siempre le dejaba a él que hablara en público, y tan cariñosa y responsable que al menos una veintena de familias la hubieran elegido sin dudarlo para dejarle a sus hijos si a ellos les ocurriera algo. Era una hormiguita rubia, formal y quizás a algunos podía parecerles algo aburrida. Todo esto era verdad, pero Jose Luis sabía que también tenía una parcelita juguetona que lo volvía loco.

Su pequeña María


beatsbury María desde el principio de su matrimonio cuando se iban a la cama, se apretujaba a su lado con un libro en las manos y le decía: “Jose Luis, ¿quiéres que te lea un poco?”. Él sería un bruto a veces, pero enseguida se dio cuenta de que ella al leerle esperaba una reacción por su parte. Llegaría incluso a sentirse muy orgulloso de sí mismo al ver lo bien que interpretaba todo lo que su María le leía Por ejemplo, cuando le leyó el fragmento del libro Trenes rigurosamente vigilaos, de Bohumil Hrabal en el que uno de los trabajadores de la estación le estampaba sellos en el trasero a la telegrafista, provocó que al día siguiente regresara a casa con un sello y llenara el propio trasero de María con estrellitas de tinta azul. Coleccionaban lecturas comunes como quien colecciona fotografías de viajes de enamorados. Y claro, tenían sus preferidas. Como la instantánea obtenida tras la lectura de un cuento de D.H. Lawrence, La media blanca, cuyo recuerdo a ambos les causaba una especial turbación. En ese cuento de celos por más vueltas que le daba no encontraba la pista de lo que ella quería. Una noche, en el sillón del salón, mientras se balanceaba en su regazo con sus regordetas piernas sobre los mullidos brazos de tela, creyó haber dado de pronto con lo que ella esperaba y parando un tanto el balanceo se quedó mirándola fijamente a los ojos y le espetó: “mi pequeña putilla”. Ella se puso tan colorada como si toda la sangre de su cuerpo se hubiera trasladado por entero a su cara, como si toda la sangre de todos sus antepasados

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se hubiese asomado a su rostro de golpe. Jose Luis, se sintió de pronto aterrorizado. Le entraron las dudas, “tal vez no era esto lo que esperaba. Con lo que la quería y respetaba qué iba a pensar de él”. Pero entonces ella muy lentamente reanudó el balanceo y una sutil sonrisa borró el temor de Jose Luis.

Sí, su María no era tan formal y aburrida como algunos podían pensar. Pero de eso a que se hubiera convertido en una delincuente… Durante un tiempo Jose Luis observó que estaba algo triste. A veces cuando llegaba a casa del trabajo la encontraba encogida en el sofá con las luces apagadas y ella siempre le pedía que las dejara así. “¿Te ocurre algo, pequeña?”. “No, no te preocupes tan solo me duele un poco la cabeza”. Pero él sabía que algo iba mal. Un día le dijo que sus sueños se le iban alejando cada vez más. “Es como si hubiera estado observando unos pájaros durante horas y al caer la tarde se retiraran a descansar y ya no supiera cuáles he estado mirando entre tantos, y quisiera distinguirlos al día siguiente y me fuera imposible. Una gran inquietud me sobrecoge, mis recuerdos y mis sueños posados sobre las ramas y los unos comiéndose a los otros y vomitando unos monstruos espantosos. Pero yo sigo buscando mis lindos pajaritos y nunca vuelven a ser los mismos”. Jose Luis durante unas semanas tuvo esos pájaros agujereándole el estómago. No sabía cómo ayudarla.

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beatsbury Él tenía su propio pasado, pero había logrado dejarlo en un cuarto oscuro y tirar la llave con un gran peso al fondo del mar. Cuando la veía muy triste le preparaba la cena y le leía él a ella. Pero lo hacía tan mal que María se impacientaba y con el ceño fruncido se daba la vuelta en la cama y le daba la espalda. A él le parecía que su espalda entonces se convertía en una zanja enorme y se inundaba de soledad. Pero, esta situación cambió. Un viernes regresó del trabajo y ella todavía no había llegado, cuando normalmente llegaba antes. Se dio una ducha y ya comenzaba a inquietarse cuando oyó la puerta. Salió a su encuentro para preguntarle qué había pasado y al verla echó la cabeza hacia atrás sorprendido, la encontró bellísima. Lo miraba sonriendo, con los ojos juguetones que él conocía bien y antes de que le diera tiempo a reaccionar lo estaba desnudando. Sacó una barra de labios del bolso y lo sostuvo por un instante como si fuera un objeto mágico, se acercó a él y le pintó los labios, después se los pintó ella y comenzó a besarlo por todo el cuerpo y Jose Luis la besaba también y en cada beso la tristeza como un fantasma lo intentaba avisar de que seguía allí y él cerraba los ojos, los apretaba muy fuerte, y la besaba como un loco. El graznido de los pájaros se alejaba cada vez más y unos chiquitines se rezagaban, pero los ojos estaban cerrados. Vivieron unas semanas de dicha, pero el sentía que la casa se había quedado casi en penumbra, justo con esa luz huidiza de cuando la tarde

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muere. Le parecía que no había vuelto a ver a María a plena luz y que ambos se habían instalado en el brillo malsano de sus pupilas que traía los viernes por la tarde. Cada viernes un nuevo objeto cobraba protagonismo. Un perfume, una pluma estilográfica, un colorido pañuelo y otros muchos. Inocentes objetos en apariencia a los que ella concedía un gran poder. Eran los viernes, él lo sabía. Pidió salir unas horas antes del trabajo y la siguió. Entró a los grandes almacenes donde acostumbraban a ir y la vio cómo con extraordinaria destreza metía unos guantes en el bolso. La primera vez quiso creer que la vista lo engañaba, pero la segunda vez ya estuvo seguro y la tercera estaba tan asustado que creyó que cualquiera se lo leería en los ojos. Le espantaba pensar que la pillaran. Ella que se encogía ante el más mínimo reproche. Durante toda la semana su mente analizó lo que ocurría una y otra vez y desde el miércoles ya creía saber lo que tenía que hacer, pero lo angustiaba una barbaridad que no funcionara. Unas cuantas veces mientras fumaba en la puerta de los grandes almacenes había hablado con el guarda de seguridad y le había parecido un buen hombre. Incluso, le había hecho algunas confidencias. A menudo le sucedía con la gente, que rápidamente les infundía confianza. La noche de ese

Su pequeña María


beatsbury miércoles esperó a que el hombre saliera de trabajar y fingió chocar con él casualmente. Se disculpó y tras mostrar sorpresa y agrado al reconocerle le preguntó si se tomaban una copa antes de irse a casa. Fue más de una copa porque no encontraba el momento de plantearle lo que pretendía. Se sentía como el autor de un crimen buscando un cómplice. Cuando viendo lo tarde que era ella lo llamó al móvil preocupada, él al fin se decidió. Le contó al guardia de seguridad lo que su pequeña María estaba haciendo y que por nada del mundo podía permitir que la atraparan robando, que era lo que temía que sucediera tarde o temprano, y que sintiera semejante vergüenza. Lo que le pidió, le imploró, es que callara y que él pagaría lo que ella se llevara. El hombre tuvo sus dudas, pero al fin aceptó, ya que iba a abonarle el precio de lo sustraído y le había emocionado el cariño de Jose Luis por su mujer. “Pensaba que en este mundo ya no quedaban románticos”, le dijo. María no se llevaba piezas de mucho valor, pero sí suponían pequeños lujos para la economía del matrimonio. Tanto ella como Jose Luis cobraban unos sueldos muy modestos. Poco a poco fue siéndole más difícil pagar lo que ella se llevaba y comenzó a vender su colección de discos. Intentó lo imposible para no vender su tesoro más preciado, un disco firmado de Bob Dylan. Sabía de coleccionistas que le darían mucho dinero por él. Se resistió cuanto pudo, hasta que

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no tuvo otra opción. El guardia de seguridad cada vez sentía más pena por Jose Luis. Un viernes no pudo más, fue a hablar con María y le contó lo que su marido estaba haciendo por ella. Le enterneció verla con lágrimas en los ojos y tan avergonzada. Pero se sintió satisfecho con habérselo dicho. Pensó que era una monada y que sabiendo del sacrificio de su marido no volvería a hacerlo. Cuando a la mañana siguiente Jose Luis se acercó a pagarle, el guardia se dio cuenta de lo que había ocurrido. Al contárselo a la mujer se había ido a otro lugar y había vuelto a robar. Le explicó que ella lo sabía, que él se lo había contado. “Amigo, esa mujer no le conviene…”. Jose Luis fuera de sí lo agarró por el cuello y enfurecido le dijo que se callara, que no dijera ni una palabra más o era capaz de matarle. “¡Mi pequeña María es la mejor mujer del mundo!”. Por la noche tenían invitados en casa, un compañero de trabajo de Jose Luis y su esposa. La velada fue muy agradable y María estuvo pendiente de todos. Hubo un momento en el que su compañero se acercó y le susurró: “Cada vez está más guapa tu mujer. No sé, tiene algo en su rostro, una determinación diferente, que la hace muy seductora. No te importa que te lo diga, ¿verdad? Tú en cambio, estás cada día peor”. Y soltó una gran carcajada. Arriba, María le enseñaba la casa a la esposa. “¿Y ese cuarto?”, preguntó. “Oh, no es nada. Trastos”, dijo María mientras

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Ilustración: Ana María Martínez

cerraba la puerta del cuarto donde su marido guardaba los pocos discos que le quedaban.

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HASTA EL FINAL La mira con un cariño infinito. Su niña de ayer tiene arrugas que él no ve. Sus manos tiemblan, sus pies vacilan. Su voz es queda, Su luz se apaga, Su mente perdida ni lo recuerda. Para él, ella siempre será su estrella.

Fueron felices, también lloraron. Crearon mundos que solo ellos Redibujaron. Me da ternura cuando los veo Y me imagino cómo se amaron. Tantas caricias… y tantos años…, Las hayas saben, y el viejo banco.

Fotografía: Yolanda Andrés

¿Qué te hacía sonreír, qué provocaba tu pena? ¿Cuál era el objeto de tus deseos? ¿Qué guardas en tu caja de secretos? Tus propios hijos nunca supieron. Él sí lo sabe, él la conoce. A veces, lúcida, dice ‘Te quiero’. Siempre fue suyo y ella de él.

Amor eterno se prometieron, Sus manos frágiles aún se encuentran, Cuando eran nuevos besos y sueños. Y aunque el sendero se les termina No tiene miedo, él va con ella, Él solo teme ser el primero. Valió la pena y fue verdad. Juntos caminan Hasta el final Anabella Giménez

Hasta el final

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Fotografía: Yolanda Andrés

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FLAMENCO

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ivimos en nuestro mundo relativamente tranquilo hasta que un tren nos pasa por encima, nos destroza y hay que levantarse. Siempre levantarse, recoger los jirones de nuestra memoria, limpiarnos la nariz de sangre, los ojos de lágrimas y reunir la poca o mucha conciencia que nos quede. Mi tren se llamaba Elisabeth y era de Vancouver, Canadá. Yo tenía dieciocho años cuando la conocí en el puerto de Santa María el año 1962. Ella tenía veinte. Nunca me gustó la escuela, así que en cuanto aprendí a leer, escribir y las tablas, mi padre me llevó con él a trabajar en la construcción. Mi escuela fue el mortero, la piedra, el martillo y el dintel. Levantarme temprano era un placer, bañando el sol nuestra tierra gaditana con su generosidad de siempre, con su fiereza de siempre, haciéndonos sudar y vivir, en definitiva sufrir, que es vivir. Elisabeth aconteció una tarde en que yo había cobrado cien pesetas y se había instalado una pequeña feria

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Claudio Valdivia a las afueras. Una noria diminuta, coches de choque, música, sonrisas y niños por todas partes. Ella paseaba con su familia sin mucho interés, acostumbrada, imagino, a diversiones de mayor categoría. No pude evitar acercarme a ella y cuando la vi separada de su familia le dije: ―Hola. No eres de por aquí, ¿Verdad? ―Hola. ―contestó ella casi sin acento― No, vivo en Canadá, pero mi papá es de aquí. ― ¿Te gustaría montar en la noria? ―pregunté sin mucha convicción. ―No, gracias ―respondió ella sonriendo― pero sí me gustaría ir a la playa. ―Entonces ven ―dije cometiendo mi primer gran error― Vamos con mi moto. Y así, sin preguntar a nadie, sin pedir nada a nadie y sin esperar nada fue como pasamos aquella tarde. ¿Qué contar de una tarde frente al mar compartida por dos

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beatsbury jóvenes? Hablamos y observamos el mar, hablamos y nos observamos el uno al otro, sonreímos y nos mantuvimos en silencio hasta que la luz se fue difuminando y nos besamos tumbados sobre la arena, abrazados en silencio. ―Manuel ―dijo entonces― Tengo que decirte que nos vamos en una semana. La miré en silencio, súbitamente preocupado. Ella entonces comenzó a llorar en silencio. ―Lo siento ―dijo― ¿Me escribirás? ―Claro que lo haré. Me gustaría conocerte mejor, y a tu familia. Sintiéndome el hombre más afortunado del mundo, ella se acurrucó en mi pecho, se hizo muy pequeñita y cerró los ojos de los que manaban grandes lágrimas. ¿Qué hacer entonces? La arropé lo mejor que pude y reprimiendo mi dolor dejé que descansara en mis brazos hasta que se hizo demasiado tarde.

Aquella semana pasó como una centella. La mejor, más apasionante, más bella y trágica semana de mi vida. Viví aquellos días con Elisabeth la mayor de las intensidades, descubriendo su voz, su aliento, su cuerpo y muchas de las historias que guardaba. Apenas dormía y permanecía en un estado de agitación permanente. En consonancia, al parecer con la infinita vibración de toda la vida a mi alrededor. Descubrí una nueva dimensión de la existencia aquella

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semana y un día, de repente, todo acabó cuando les vi cogiendo un taxi, cargados de maletas hacia el aeropuerto. Así comenzó mi tortura. Comencé a escribir cartas y a recibir la alegría inmensa de saber que le gustaban, que a alguien por primera vez le gustaban mis palabras. Yo no tenía mucho que contar. Mis días eran monótonos. Me levantaba y trabajaba y ahorraba con el objetivo de ir a verla. Ella me decía que me echaba de menos y que ojalá pudiéramos vernos pronto. Quería estudiar Literatura Francesa, yo le decía que si fuera a Francia yo iría allí a verla. El mundo entonces me parecía pequeño en comparación con mi pasión. Todo era posible. Yo podía todo, y no había muro u obstáculo que no fuera capaz de superar por ella. Pasados cuatro meses había ahorrado lo suficiente para ir a verla. Comencé a gestionar los papeles, mi foto del pasaporte, mi visado, un poco de ropa que no delatara mi modesto origen y una guitarra. Algo al menos que no me hiciera olvidar mi país y mi gente. Ya que estaba dispuesto a entregarme por completo a Elisabeth, no quería dejar atrás todo lo que era. Tocar la guitarra para mí había sido como aprender a caminar. Todos los sábados, cuando mis tíos y primos se acercaban a la casa encalada de mi abuela tocaban, bebían, reían y bailaban hasta que la noche les envolvía. Aprendí los primeros acordes en las rodillas de mi tío Juan y de manera natural la guitarra se había hecho la compañera de

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beatsbury aquellas tardes en que languidecía acordándome de Elisabeth. Llegó el momento del viaje. Todo aquél cemento y cristal, los señores de traje, las pantallas llenas de datos y yo caminando despacito con pasos pequeños temiendo caerme en un abismo en el que podría desaparecer. Sudaba al pensar que podría meterme en el avión equivocado, pero me ayudaron. Madrid― Londres, Londres―Vancouver. Vuelo 7650G. ― ¿Tiene usted la tarjeta embarque? ―me preguntaron.

de

todo. El todo es siempre difícil de explicar, aunque se entiende rápido. Yo observaba sus ojos y su rostro, que tantas ganas tenía de besar, su cuerpo enfundado en un grueso jersey de lana, su cabello despeinado… y tenía que contener el deseo de abrazarla mientras escuchaba las palabras que salían de su boca: “Lo siento, perdona, no quería, no pude, lo lamento, te pagará mi padre, ahora no tengo tiempo, fue tan bonito, el próximo semestre comenzaré la universidad, no me siento preparada, te tengo mucho cariño, ahora no estoy lista.”

― ¿Eh? ¡Ah! Sí, sí…

Una vez allí llamé a Elisabeth por teléfono pero no contestaba. Al día siguiente fui a la dirección que me había dado. Tenía tanto frío que temblaba por el camino. Era una casa grande en una avenida llena de árboles sin hojas. Todo estaba cubierto por una fina capa de hielo. Toqué el timbre abrazado a mí mismo y zapateando para espantar los tiritones. Pasaron unos minutos interminables, escuché unas voces dentro y finalmente Elisabeth apareció ante mí. En cuanto vi su cara entendí

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Fotografía: Yolanda Andrés

Me sentía fuera de mi mundo, pero tenía a Elisabeth en mi mente y en mi corazón y esto me guiaba. Al aterrizar no me sentí en otro país, me sentí en otro planeta. Todo tan limpio y al mismo tiempo tan frío. Elisabeth no pudo ir a esperarme así que cogí un autobús hacia la pensión que había contratado desde España.

Me di la vuelta, sin llegar a franquear las puertas de su casa. Eso fue todo lo lejos que llegué. Quedé en el umbral de su vida, apenas vislumbrando los frondosos jardines del interior.

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El dolor que sentía me recorría como una negruzca llama helada, sentía que en mis venas corrían alfileres y que el aire helado que respiraba me asfixiaba. Una vez en la habitación de la pensión cogí la guitarra y comencé a tocar. ¿Qué hacer con los catorce días que me quedaban en Canadá? Empleé el poco dinero que me quedaba para comprarme algo de ropa de abrigo y recorrí las calles como un alma en pena, sentándome en las plazas a tocar hasta que se me entumecían los dedos y debía continuar mi camino. Sin planearlo mis pasos me llevaron al puerto, a lo más parecido a casa que me ofrecía el paisaje. Subí por una calle en cuesta, quería apartarme de la gente y encontré un lugar silencioso detrás de unas pistas de tenis. Entonces, bajo un estoico rayo de sol saqué mi guitarra y comencé a tocar pensando en Elisabeth, en su cuerpo acurrucado junto al mío en aquella playa. Pensé en sus cartas y en sus besos. En el peso de su cabeza en mi regazo y en todos los abrazos que ya nunca le daría. Ella había renunciado a mí antes de que pudiera entregar algo de lo que quería darle y el dolor hacía que mi música se elevara como una burbuja que me rodeaba y me apartaba del mundo. Debí de tocar bien, y atraje a algunos de los muchachos que jugaban tenis. Sin importarme su presencia, cerré los ojos y seguí tocando, tratando de apartarme de aquella existencia que se me antojaba insoportable. ¿Qué le diría a mi padre? ¿Y a mis amigos? Y sobre todo ¿Qué hacer ahora? ¿Qué?

alto y desgarbado que observaba desde lejos. Parecía pertenecer a otro grupo ajeno a los tenistas. Era simplemente un muchacho que me había escuchado y se había acercado. Parecía dividido por el placer que le daba mi música y la vergüenza por mezclarse con aquél grupo.

Mi pequeño y sudoroso público aplaudió regocijado en mi dolor. Abrí entonces los ojos para ver un joven

Le mostré lo más básico y le hice practicar un poco. Mejoró rápidamente, tenía talento. Volví al

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Cuando ellos se cansaron y se fueron para continuar jugando él se aproximó y tras un diálogo rudimentario en francés entendí que me pedía clases de guitarra. Sin mucha convicción tomé la dirección que escribió en un papel y me fui a la pensión. Aquella noche tuve claro que quería morir. Ya no era ni siquiera por Elisabeth, era por mí. Me había invadido un profundo cansancio por la vida. No me sentía con ganas de seguir existiendo. No deseaba seguir aquí y fue la mayor de las convicciones que había tenido. Sin embargo al día siguiente fui a casa del chico. Se llamaba Leonard. Vivía en un barrio modesto no muy lejos de mi pensión. Le pedí que tocara lo que supiera. Tenía una bonita guitarra. No sabía nada. Tomé su instrumento y lo afiné. Entonces toqué algo sencillo y dejé que escuchara algo bien afinado. Su cara de sorpresa y felicidad me llegó al corazón. Le devolví su guitarra y le hice tocar: Era muy malo. ―Je vais montrer les acordes ―le dije.

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beatsbury hostal sin saber si vería otro día. Apreciando el azul cobalto del cielo, la lluvia que empezaba a concentrarse sobre mí, dándome tiempo para guarecerme, respetando mi dolor.

El tercer día Leonard sonrió por primera vez desde que lo había conocido. Era un muchacho muy serio. Tuve una extraña sensación de que cobraba afecto por mí, pobre chico. Me sentí intensamente emocionado cuando dejé su casa ya que era la última vez que lo vería. Él, para mí, ya sabía suficiente. No me necesitaba más.

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Dejé su carta doblada sobre la mesa de noche, llené la bañera de agua caliente, me introduje en el agua y me corté las venas. Al día siguiente nadie llegó a casa de Leonard. Decepcionado y triste, me buscó y le dijeron que “le garçon espagnol est mort”. No sabía nada de mí, ni de porqué había ido allí, ni de porqué me había quitado la vida, pero mucho después se acordaría de mí y de nuestros acordes.

Llegué con una profunda paz a mi habitación. Un sobre me esperaba en el suelo. Era una carta de Elisabeth. Me pedía disculpas por los errores que había cometido, me agradecía mi visita y prometía ir a verme a c a s a el año que viene. Junto a la carta había cuatrocientos cincuenta dólares canadienses “todos mis ahorros” decía. Con eso pensaba compensar mis gastos.

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Flamenco


beatsbury

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Pintura de Antonio Hervás Amezcua

Borrosa Quiero dibujar una espiral Infinita. No sé dónde empieza. Negro sobre papel arrugado, Se desdibujan los bordes con el agua Que gotea desde el pelo, Desde los ojos, Hacia mi pecho. Las líneas se ríen de mí. Escribo en un libro cerrado.

Cristina Cobo Hervás A veces siento tu dedo en una herida. Pero sólo a veces. A veces eres un poema inconcluso. Pero sólo a veces. A veces eres el compás que termina en silencio. Pero sólo a veces.

El fraude No me gusta este vestido. La cremallera me abrocha La boca. Las arrugas Finas, precisas, Parecen de otra persona. Ya no quiero sonreír Porque no las reconozco. No mires en el espejo, Sólo de espaldas. El perfil no es más que un lado Y no sé cerrar los ojos. Orgullosa de mí. MENTIRA. Soy un fraude que se arruga.

Poemas, Cristina Cobo Hervás

Este alma se escapa gota a gota por las rendijas de su jarra rota.

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beatsbury

La prosa de lo ordinario Esta es la prosa de lo ordinario. Es el verso de la tinta sin tiempo. A mi alrededor, las bocas ladran y el vapor de una máquina ahoga cafés para vidas amputadas. Es el tiempo de lo vulgar. De mujeres aisladas de su propia vida que vaciaron su vientre y que asen con fuerza un cordón que acaba en nada. Es el papel que nunca termino, el texto inacabado, es mi palabra debajo del colchón. Demasiado cansada, demasiado poco. Sin tiempo para escribir, sin tiempo para vivir, sin tiempo. Las palabras brotan, manchan cada línea, pero no intentan nada que no sea salir de aquí, salir de mí, dejarme aún más hueca. Porque tuve un sueño y pensé que podía escribirlo. Pensé fingir otra vida y otros cuerpos, y una carga se solapa a otra mientras pienso. Quise escribirlo todo y serlo todo. Pero esta es la prosa de lo ordinario, del café a destiempo, es la prosa del reloj. Es la ausencia de las personas sin tiempo.

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El libro vacío Cada pensamiento va y viene va y viene. Ninguno se queda. Ningún te quiero, ningún dolor, ningún amor. Detrás no hay nada, o no lo hubo en tu boca En mi frente flores frescas, caricias, promesas, en mi mente todo pasa. Detrás no hay nada, o no lo hubo en tu cuerpo. En el mío tu espalda, tu beso, tu entrada, en mi cuerpo todo pasa. ¿Cómo empiezo ahora? ¿Cómo olvido? Si no hay NADA… Sólo un punto y final. Y mi libro se queda tan vacío tan blanco, todo por escribir NADA por recordar. Cada pensamiento va y viene va y viene. Ninguno se queda. Ningún te quiero, ningún dolor, ningún amor.

CRISTINA COBO HERVÁS PINTURA DE ANTONIO HERVÁS AMEZCUA

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SHAKUHACHI Arturo Mora Rioja

L

as direcciones postales en Japón no respetan la estructura occidental que divide los municipios en calles y estas en números. En el país nipón los guarismos representan edificios dentro de manzanas o terrenos en áreas rurales. El orden numérico es el de construcción de cada bloque, por lo que encontrar una dirección es una tarea ardua en ausencia de un plano. Para complicar aún más la búsqueda, las indicaciones cartográficas japonesas no suelen ser fieles a las dimensiones impuestas por la geografía. Las instrucciones de localización impresas en folletos o tarjetas de visita describen elementos notables del terreno que hay que identificar como quien interpreta un mapa del tesoro –una escalera en curva hacia la izquierda seguida de un

Shakuhachi

Fotografía: Arturo Mora Rioja

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rascacielos; al girar a la derecha y cruzar el río se encontrará el destino tras una pagoda de cuatro alturas. A tenor de lo visto es fácil comprender la desesperación de Él1. Perdido en un laberinto de calles –algunas sin nombre–, tampoco podía preguntar por la dirección a unos transeuntes 1. Encontrar un nombre adecuado para un personaje es una labor lenta y tediosa. Como el Autor no dispone de mucho tiempo, ha decidido identificar al protagonista masculino de la historia de la forma más neutra posible, si bien dándole un toque de distinción al escribir en mayúscula la inicial del pronombre, ahora convertido en nombre de pila (se equivoca el lector avezado si cree identificar un guiño a la deidad. El Autor es ateo y jamás incluiría una referencia religiosa en sus textos; Dios le libre).

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que no hablaban inglés –como buen español, tampoco es que Él lo dominara2 – y además no eran capaces de comprender los caracteres del alfabeto latino que describían el destino. La ciudad era distinta a todas las que había conocido en Europa o América. Edificios alargados repletos de luces de neón parecían reírse a su paso. Ningún interlocutor válido, ningún punto de referencia. Agudizando el ingenio, decidió adentrarse en algún comercio potencialmente atractivo para turistas. En una amplia avenida encontró una tienda de productos artesanales a la que decidió entrar. A pesar de estar repleta de enseres, permitía al cliente disfrutar de un espacio considerable. Él3 se encaminó hacia el mostrador, donde le recibió una joven japonesa con una leve inclinación de cabeza. Intentó comunicarse con ella en inglés, pero solo obtuvo respuestas ininteligibles. Señaló la página de su agenda donde había apuntado la dirección. Le ofreció el mapa que traía impreso. Ella replicaba con miradas de disculpa. Empezó a gesticular, agitó violentamente el plano y, sin darse cuenta, se encontró alzando la voz ante la indignación del resto de la clientela. Su “I’m sorry” se desvaneció como un susurro en el viento. No entendía. No le entendían. Agotado, se acercó 2. Ruego al lector disculpas por este comentario políticamente incorrecto. A veces los narradores salen así de rebeldes. Del mismo modo, espero que sepan disculpar al otro narrador, al de la nota al pie de página anterior, que no me conoce tan bien como presume. De hecho recomiendo obviar las notas al pie de página a partir de ahora [N. del A.].

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Fotografía: Arturo Mora Rioja

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al ventanal y fijó su vista en un punto imaginario más allá de esta urbe cuyo acceso se le negaba. El orden en las calles, la ausencia de suciedad y el comportamiento ejemplar de los ciudadanos se desplegaron ante su mirada perdida. Cómo un entorno tan funcional podía ser a la vez tan inhóspito. Él4 , la persona más fiable del mundo, ahogado en un laberinto incomprensible. Faltaría a su cita. Nada podía evitarlo.

3. En este punto el Autor escribió inicialmente “Nuestro protagonista” en vez de “Él”. Lo descartó porque pensaba que sugería un grado de confianza excesivo con el lector (sí, la a de “Autor” es mayúscula y la ele de “lector” minúscula; ese es el orden jerárquico dominante en la mente de aquél). Por cierto, la “Nota del Autor” anterior no es suya, sino mía.

Shakuhachi


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La toalla ya tirada, se relajó y alcanzó cierta paz interna en parte por puro abandono, pero también gracias al sonido embaucador de una flauta de bambú que provenía del fondo de la tienda. Un anciano de rostro relajado –¿el dueño?5 – soplaba el instrumento con suavidad, profiriendo largas notas rodeadas de un silencio aún más expresivo. Él, ahora de espaldas al ventanal, observaba la escena con los párpados algo caídos y los brazos caídos del todo. La música era lo único que llenaba ese instante. La música era el instante. El anciano apartó la flauta de sus labios pausadamente, miró a Él y, con gestos reposados, le instó a acercarse mientras caminaba hacia la trastienda. Una vez allí, sirvió sendas tazas de té verde y se acuclilló6 en el suelo de tatami. Él, asumiendo la invitación, se descalzó y acompañó a su anfitrión, que volvió a enarbolar la flauta de

bambú y a emitir esa música que embelesaba a Él. A ratos el anciano abandonaba el instrumento para servir más té; a ratos cerraba sus ojos y entraba en un estado meditativo al que arrastraba a su mudo interlocutor occidental; a ratos sonreía y hasta reía. Él asentía y se dejaba llevar. No se puede decir que estuviera siguiendo la corriente, porque era esta la que le atrapaba y le sumía en una forma de interacción desconocida. Se comunicaban sin palabras. Pensaban y sentían. Escuchaban los sonidos. Escuchaban los silencios. Lo demás no importaba. Él olvidó todo lo aprendido, abandonó sus mapas, y solo así encontró su destino.

4. Nótese que, debido a la holgazanería del Autor, este “Él” causa ambiguedad sintáctica, al poder tratarse de un pronombre o de un nombre propio.

6. Querido lector: me siento avergonzado. Yo siempre habría escrito “se sentó en cuclillas” en vez de “se acuclilló”, pero he perdido por completo el control de mis narradores. Dado que, no pudiendo responsabilizarme de la autoría del texto, me da pavor pensar en cómo continuará el relato, le suplico que abandone la lectura en este punto [N. del A.].

5. Como buen conservador que soy, y dado el poder que me otorga mi condición de narrador principal, esta observación me parece más que oportuna. Lo normal es que la mujer joven sea la dependienta y el hombre anciano el propietario, más aún en una sociedad tan tradicional como la japonesa. Espero compartir esta opinión con mi compañero, el narrador de los pies de página.

Shakuhachi

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MULTIPLICANDO

La multiplicación es nuestra genuina esencia matemática. En alguna curva de las elipses infinitas del eterno universo, nos espera, alborozado y anhelante de darnos por fin un prolongado abrazo, uno de los luminosos dobles que nos guían. Y en este plano febril de la existencia, lo que llamamos amor, no es sino el gozoso reconocimiento de dobles que se avienen en el mar de murmullos silenciosos de vaporosos ángeles que nunca necesitan hablar para entenderse. Pero cuídate mucho de encauzar a tu Sombra, la forma sinuosa de los dobles, porque a ella también le tienta la mala costumbre de multiplicarse.

Antonio Ballesteros

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Multiplicando


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Fotografía: Yolanda Andrés

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FLYING BACK

L

eft outside in the pouring rain, I felt very vulnerable. I used to wait outside school for hours, the door closed at five on the dot. My parents were always the last to pick me. Not only was I late to be picked up from school. It was everywhere, parties, doctors and so on. Hence they called me the late Castro. Restlessly I’d spend those hours inventing stories. Imagining a life where I would be the first everywhere. Where I was the punctual one and my parents welcomed me back like the prodigal son. But my reality was very different. My mother usually collected me and always pressed for time, demanded I hurry up or else.. I´d be dropped off outside my house like a burning parcel, discarded as quickly as

Flying back

María Castro Domínguez

possible without a single word. So I invented a new collect-me-upperson. A nanny. I imagined her like Mary Poppins but darker. She was late also, but I didn´t care. The wait was joyous as I anticipated all the things we would do. She picked me up and swinging on her umbrella we´d surf the skies. After a sugary laden tea she´d teach me martial arts with her umbrella. I always found it difficult to confront school bullies. Of course nothing extraordinary about this. I mean how many children invent stories or secret invisible friends? But my dilemma took place when I confided this to a girl, Judy, and she believed me. Yes, she believed my nanny would come flying with her

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beatsbury umbrella and all that.

And seriously I even started to believe it myself. We´d spend our break together looking at the sky. “What does her umbrella look like?” She´d say. “Dunno, like the one in the movies, you know. Shiny and black and enormous.” “Does she come from here or there?” She´d ask

pointing to some shy clouds. “Normally from there.” And I´d point at some distant place above.

away from the flying-nanny topic. But usually it was impossible. She was determined to know more. Day after day we got to know each other better. In fact we became very good friends. We´d sit together in class, play together. She was always doodling. Drawing cartoons of me and her, both in school uniforms. She had a natural flare for it. I would write stories for her pictures. In a way we both had a need to create, to escape into a different universe. One day she decided to wait with me after school. I was aghast. Of course like usual my mother arrived two hours late. Very disappointed Judy started crying. “You said she´d come! I´ll never see her, never!” Feeling terrible and foolish, I explained that my nanny had left, gone to another family, I no longer needed her. I could now fend for myself. After this we continued being the best of friends. As the years passed she realised it was a fantasy, but never told me. Today I sometimes mention this to her, she laughs but looks at me in a way….

Sometimes I´d manage to lure her

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Flying back


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Gabriella Mariani Fotografía: Gabriella Mariani

HAIKU 493

HAIKU 523

Piano de sueños entre notas dormidas vaga el silencio.

Olas de arena las caricias del viento mecen la playa.

Fotografía: Gabriella Mariani

HAIKU 545

Fotografía: Gabriella Mariani

Peines de lluvia pétalos despeinados entre sus gotas.

Haikus, Gabriella Mariani

HAIKU 566

Cuerdas del alma la música desnuda ecos lejanos.

Fotografía: Carolina Pérez Almeida

Piano de sueños entre notas dormidas vaga el silencio.

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Fotografía: Yolanda Andrés

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MÁGICA TEMPESTAD

Manuel Vega

PRÓSPERO.- “Ahora magia no me queda y sólo tengo mis fuerzas, que son pocas. Si os complace, retenedme aquí, o dejadme ir a Nápoles. Con todo, si ya el ducado recobro tras perdonar al traidor, no quede hechizado yo en la isla, y de este encanto libradme con vuestro aplauso. Vuestro aliento hinche mis velas o fracasará mi idea, que fue agradar. Sin dominio sobre espíritus o hechizos, me vencerá el desaliento si no me alivia algún rezo tan sentido que emocione al cielo y excuse errores. Igual que por pecar rogáis clemencia, libéreme también vuestra indulgencia.”1 Con los brazos abiertos cerró los ojos y se hizo el oscuro, mientras caía el telón. Los aplausos sonaron atronadores. Se encendieron las luces de la sala y pudo contemplar a todo aquel público entregado, en pie, gritando bravos y silbando entusiasmado. Saludaba una y otra vez cogido a las manos de sus compañeros de escena. Una eléctrica sacudida, transferida y transmitida al mismo tiempo, hacía que sus ojos, desbordados, no quisieran ni pestañear al encantamiento.

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Una vez más inmerso en aquel éxtasis, en aquel estremecimiento tan difícil de explicar, pero en el que necesitaba sumergirse una y otra vez para seguir vivo. Un sueño tantas veces vivido pero que, sin embargo, siempre resultaba igual de mágico, igual de excitante; un momento único, repetiblemente irrepetible. ¡Un Shakespeare, nada menos! Por unas horas la felicidad era suya, y sabía que podrían robarle cualquier

Mágica tempestad


beatsbury cosa, lo que fuera; pero sentía que nadie lograría arrebatarle jamás esa emoción. Después, los besos, los abrazos, las felicitaciones, los halagos, unos más verdaderos que otros… Daba igual. Todo iba acompañado de un continuo estallido en su espíritu. Desde el mismo instante en el que subió al escenario, su energía, tan fantástica como el don de su personaje, no le dejó solo ni un segundo. Una prodigiosa banda sonora de instrumentos milagrosos se había instalado ya en sus sienes. El silencio se desconvertía, como si nunca hubiera existido, danzando de encanto en encanto.

Una vez más inmerso en aquel éxtasis, en aquel estremecimiento tan difícil de explicar, pero en el que necesitaba sumergirse una y otra vez para seguir vivo Durante la cena brindó con una alegría desmesurada. Entre bocado y bocado repetía y repetía frases y momentos del espectáculo, uno tras otro, sin agotarse, como si su copa estuviese llena de un nuevo hechizo vigorizante; un embrujo capaz de borrar, de un solo trago, el más mínimo resquicio de infelicidad o desamparo.

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A la puerta del restaurante se despidió de todos sus compañeros y amigos y, borracho de pasión, cogió el coche, de vuelta a casa. Las imágenes se sucedían una tras otra. No podía ni quería librarse de aquella excitación. Se pasó más de un semáforo en rojo, absorto en su remembranza. Si hubieran existido “controles de euforia emocional”, habría terminado en el calabozo. ¿Por qué estaba llorando? le habría preguntado el policía. A lo que él hubiese contestado: ¿Se puede arrestar a alguien por ser feliz? Al llegar a casa, consciente de su estado, supo que sería incapaz de conciliar el sueño. Aparcó y se fue a caminar por las calles semivacías. Los instrumentos seguían sonando sólo para él y quiso gozarlos hasta la extenuación. Ya no disimulaba. Percibía perfectamente las miradas de los pocos transeúntes que se le cruzaban, girando las caras, sorprendidos unos y turbados otros. Él sonreía abiertamente a todos, sabedor y gozoso de que el encanto en el que se hallaba podía advertirse a simple vista. Siguió su ruta hacia ninguna parte, negándose a cerrar los ojos. Los mensajes de WhatsApp fueron cesando conforme avanzaba la noche y se percató de que había llegado al paseo marítimo. Estaba desierto. Empezaba a refrescar y se abrochó la chaqueta. Sintió que la libertad le acariciaba las mejillas. Saltó a la Página 33


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arena de la playa. Se tumbó con los brazos abiertos al firmamento y dijo:

Fotografía: Yolanda Andrés

…y de este encanto libradme con vuestro aplauso. Vuestro aliento hinche mis velas o fracasará mi idea, que fue agradar.

La melodía seguía sonando… mientras la tempestad se llenaba de luz.

1. La Tempestad. Epílogo. William Shakespeare.

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IMPUROS

Sergio Balbotín

IMPURO I Mientras te penetro lentamente afuera los cafés enfrían los inviernos.

IMPURO II Te he llegado a creer dormida y masturbada en mi bañera me he llegado a suicidar, me he llegado a tocar en ti.

IMPURO III Me follaste una noche en tu jardín de estatuas y luego soplaste un avión que me llevó muy lejos.

Poemas pertenecientes a La comisura de las luciérnagas, XXX Premio Cálamo de poesía erótica organizado por la Sociedad Cultural Gesto (Gijón)

Impuros

Ilustración: Ricardo González García

No te acuerdas.

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IMPURO IV Te deseo desde que empezó a girar la tierra. Mucho antes de convertir palabras en caricias y hielo en océanos. Desde que pintaba bisontes persiguiendo tu cuerpo desnudo en las cuevas de mi corazón.

IMPURO V El sexo pasado siempre es hermoso, fugaz pero hermoso. Mucho más hermoso que todos los caballos salvajes.

IMPURO VI

Poemas pertenecientes a La comisura de las luciérnagas, XXX Premio Cálamo de poesía erótica organizado por la Sociedad Cultural Gesto (Gijón)

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Ilustración: Ricardo González García

Tan sólo dos cosas; el color de tu respiración reflejada en el horizonte y tus pechos contra el viento haciendo crujir los icebergs.

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IMPURO VII Dentro de cada vestido sin tu piel se muere una estatua rellena de viento.

IMPURO VIII Tu cuerpo desnudo en mis sueños enloquece los espejos.

IMPURO IX La distancia más corta entre dos cuerpos es la mirada.

IMPURO X

Impuros

Ilustración:

Poemas pertenecientes a La comisura de las luciérnagas, XXX Premio Cálamo de poesía erótica organizado por la Sociedad Cultural Gesto (Gijón)

Ricardo González García

¿Qué agua puede esconderme un cometa que no haya saciado ya entre tus muslos?

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BLOG LITERARIO DE MARIANO HORTAL

METÁFORA Y MEMORIA ENSAYOS REUNIDOS DE CYNTHIA OZICK LA RELEVANCIA DEL ENSAYO Mi primer acercamiento a la norteamericana Cynthia Ozick ha sido directamente una confirmación; había pensado en ir a sus famosos cuentos, pero la editorial Mar Dulce ha publicado Metáfora y Memoria. Ensayos reunidos en este mismo año y me parecía una buena solución, ya que no es tan extenso para empezar con la autora. Como podéis suponer me ha convencido y mucho; esta antología contiene ensayos que se dividen en dos grandes grupos: aquellos relativos a los temas (cualquier tema en particular asociado a la literatura principalmente) y los que se refieren a los autores (con reflexiones sobre diferentes escritores) Sentía la necesidad de poner algo

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sobre ellos y en el horizonte se me planteaban dos posibilidades: por un lado adoro todo lo relativo a Henry James que aparece en sus segunda parte; por el otro un metaensayo con el que se inicia la antología llamado Ella: retrato del ensayo como cuerpo tibio donde encontramos una reflexión tremendamente lúcida sobre el carácter y la forma del propio género. Me he decidido por este último desde que leí la primera página:

“UN ENSAYO ES UN PRODUCTO DE LA IMAGINACIÓN.

Si en un ensayo hay información, es solo circunstancia, y si hay una

Cynthia Ozick


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opinión, es necesario desconfiar de ella a largo plazo. Un ensayo genuino no tiene aplicación educativa, polémica, ni sociopolítica; es el movimiento de una mente libre que juega. Si bien está escrito en prosa, se halla más cerca en esencia de la poesía que de cualquier forma literaria. Al igual que un poema, un ensayo genuino está hecho de lenguaje, de personalidad, de un estado de ánimo, de temperamento, de agallas, de azar.

fuerza siempre logra: obligarnos a asentir. No importa que la forma y la inclinación de un ensayo se opongan a la coerción o la persuasión ni que el ensayo tampoco se proponga ni busque hacernos pensar como su autor, al menos no abiertamente. Si un ensayo tiene una “motivación”, esta se vincula más con la casualidad y la oportunidad que con la voluntad aplicada. Un ensayo genuino no es un tratado doctrinario, un esfuerzo propagandístico ni una jeremiada.”

Y si hablo de un ensayo genuino es porque los falsos abundan. Podemos recurrir aquí al anticuado término poetastro, aunque indirectamente. Lo que el poetastro es al poeta –u aspirante menor-, el artículo es al ensayo: una imitación consumada destinada a envejecer pronto. Un artículo es chisme. Un ensayo es reflexión y visión interior.”

En efecto, según lo leía me ocurría exactamente lo que comentaba la autora, sentía la necesidad de asentir; y este asentimiento estaba en contra de lo que yo pensaba sobre el género:

Ozick reflexiona sobre la esencia del ensayo y lo equipara con la poesía distinguiendo entre ensayos genuinos y ensayos falsos, abundando desgraciadamente estos últimos. Es imposible no rendirse ante la elocuencia de la escritora, sobre todo cuando compara el ensayo genuino con el artículo y define su sentido ontológico en base a su perdurabilidad y su capacidad de reflexión. De estas características es capaz de dilucidar sobre una casualidad que no había pensado anteriormente, el poder:

“De modo que el ensayo es antiguo y variado, pero esto es un lugar común. Hay algo más y es algo todavía más sorprendente: el poder del ensayo. Por “poder” me refiero precisamente a la capacidad de lograr lo que la

Cynthi Ozick

“A fin de cuentas, en ensayo es una fuerza destinada a obtener un consentimiento. Se apropia del consentimiento, lo corteja, lo seduce. Porque durante la breve hora que nos entregamos a él es seguro que nos rendiremos, convencidos. Todo esto ocurrirá aunque estemos intrínsecamente decididos a resistirnos.” El ensayo, según Ozick, no debería convertirse en un tratado doctrinario o propagandístico, más bien, debería ser esa fuerza destinada a obtener el consentimiento de sus lectores que sentirán cómo sus ideas preestablecidas cambian ante los argumentos que nos está mostrando. Para entender aún mejor sus cualidades, lo contrapone con la novela:

“La novela tiene la capacidad para someternos. Suspende nuestra participación en la sociedad en la

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que vivimos cada día, de modo tal que mientras leemos, la olvidamos por completo. Pero el ensayo no nos permite olvidar nuestras sensaciones y opiniones habituales; hace algo aún más potente: nos hace negarlas. La autoridad de un ensayista magistral –la autoridad del lenguaje sublime y de la observación íntima- es absoluta. CUANDO ESTOY CON HAZLITT, NO CONOZCO MAYOR COMPAÑÍA QUE LA NATURALEZA. CUANDO ESTOY CON EMERSON NO CONOZCO MAYOR SOLEDAD QUE LA NATURALEZA.” Mientras la novela nos aliena, nos aísla de la sociedad, nos somete al dictado de la ficción; el ensayo actúa sobre nuestras opiniones y sensaciones habituales, siempre y cuando el ensayista sea tan magistral que sea capaz de convencernos de sus argumentos; sí está claro que el ensayo no nos sustrae de la realidad que vivimos, más bien nos integra con ella y nos ilumina sobre temas de los que no éramos conscientes. Una vez establecidas estas bases, da un paso más allá entrando en la aparente arbitrariedad de los argumentos, o la dispersión de la que a veces se le puede culpar y define varias de sus cualidades:

“Lo maravilloso de todo esto es que de esta Parente arbitrariedad, de esta caprichosa dispersión del ver y del contar, nace un mundo coherente. Es coherente porque un ensayista debe ser, después de todo, un artista y todo artista, cualquier que sea el medio que utilice, llega a un marco imaginativo singular y sólido, o llamémoslo, en menor escala, una cosmogonía. Página 40

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Y es dentro de este marco, de esta obra de arte, donde quedamos atrapados como peces en una red. ¿Qué nos mantiene atrapados allí? La autoridad de una voz, el placer -a veces la ansiedad- de una nueva idea, de un ángulo insólito, de un trocito de reminiscencia, de una dicha revelada o de un susto transmitido. Un ensayo puede ser el fruto del intelecto o de la memoria, de la liviandad o del abatimiento, del bienestar o de la irritación. Pero siempre hay en él una cierta quietud, a veces una suerte de distanciamiento. La furia y la venganza, creo, pertenecen a la ficción. El ensayo es más apacible.” Posiblemente la que más me gusta es su cualidad de ser apacible, alejado de la furia y la venganza. Es la autoridad del narrador la que nos engancha a un ensayo pero no lo hace de manera violenta, muy al contrario, hay una calma inherente a todo ensayo genuino. El giro final de la autora, simplemente excepcional, es atribuir el género femenino (el del título) al ensayo, toda una subversión del valor tradicional asociado a lo masculino, de esta manera le atribuye características insospechadas y nos prepara ante la posibilidad de que el poder se desplace, nada malo hay en que “ella” sea el ensayo, importa más que esto que este ahí, que esté viva, que nos invite a entrar para sumergirnos en su autoridad magistral:

“Digamos que no tiene sentido decir (como lo he hecho repetidamente, aborreciéndolo cada vez) “el ensayo”, “un ensayo”. El ensayo – un ensayo- no es una abstracción; puede ser una forma femenina de contornos reconocibles, pero también muy colorida y con una Cynthia Ozick


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identidad individual; no es un tipo. Es demasiado fluida, demasiado esquiva para ser una categoría. Puede ser osada, puede ser tímida, puede confiar en su belleza, en su inteligencia, en su erotismo o en su exotismo. Sea cual fuere su historia, es la protagonista, la personificación del yo secreto. Cuando llamamos a su puerta, nos abre, es una presencia en el umbral, nos guía de una sala a la otra; entonces ¿por qué no deberíamos llamarla “ella? Puede que en privado se muestre indiferente a nosotros, pero no puede ser más hospitalaria. Por encima de todo, no es un principio oculto ni una tesis ni una construcción: ella está allí, es una voz viva. Y nos invita a entrar.” No sé si he convencido a alguien para leer a esta escritora, espero que alguno lo tenga ya claro; de todos modos me permito terminar con su idea de lo que debe ser la meta de la literatura; nos presenta la dicotomía universal-particular; siendo la segunda, la verdadera definición de lo que busca el arte literario en la actualidad: mostrar. reconocer aquello que es particular:

“Así llegamos, al fin, al pulso y a la meta de la literatura: rechazar el borrón de lo “universal”; distinguir una vida de otra; iluminar la diversidad; encender la menor partícula de un ser para mostrar que es concretamente individual, diferente de cualquier otro; narrar, en toda la maravilla de su singularidad, la santidad intrínseca de la partícula más

pequeña.

“La literatura es el reconocimiento de lo particular.” 1. Los textos vienen de la traducción de Ernesto Montequin de Metáfora y Memoria. Ensayos reunidos de Cynthia Ozick para la editorial Mar Dulce

http://lecturaylocura.com/metafora-y-memoria

Cynthi Ozick

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EL RETRATO CIEGO

F

ranshua no soportaba que lo mirasen. Y mucho menos de aquel modo tan pedestre. Todos los días tenía que soportar colas y colas de curiosos que se paraban frente a él y hacían todo tipo de comentarios. Como si realmente entendiesen lo más mínimo de arte, e incluso, si lo hacían, como si a él le importase en absoluto su opinión.

Daniel Palacios

Fotografía: Yolanda Andrés

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aderezo perfecto de unas mandíbulas prominentes y masculinas, que no hacían más que realzar la fuerza de una mirada penetrante y misteriosa, similar a un abismo insondable del que una vez dentro, no se podría escapar... o al menos eso se repetía él durante las largas e

Él ya sabía que era un retrato augusto e irrepetible, no necesitaba que aquella recua

de paletos ignorantes viniese a

En vida, Franshua había sido todo un caballero, uno de esos personajes ilustres de alta alcurnia, porte señorial y modales exquisitos, que despertaban la admiración de todo el qué lo rodeaba. Pero de todas sus cualidades, de la que más orgulloso se había sentido siempre, era, sin duda alguna, de su semblante. Aquella pronunciada barbilla tildada con aquel hoyuelo tan varonil, eran el

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Fotografía: Yolanda Andrés

recordárselo a diario.

interminables jornadas que pasaba contemplándose en el espejo. Eso sí, cada día en un espejo diferente,

El retrato ciego


beatsbury pues Franshua pensaba que no había nada más vulgar que repetir espejo. Por ello, el día que aquel rostro sin mácula dibujó los primeros síntomas de esa trágica enfermedad conocida como “vejez”, Franshua decidió que un señor como él no podía irse de este mundo sin antes dejar algo para la posteridad.. Otros grandes personajes de la historia habían aportado su granito de arena, así que él debía también contribuir con un legado para la humanidad, algo que las generaciones futuras pudiesen recordar durante siglos; pensó mucho al respecto, hasta decidir que se inmortalizaría a sí mismo a través de su retrato. La idea le había parecido maravillosa. La inmortalidad de la que disfrutaría desde su retrato le permitiría verse cada día reflejado en un sin fin de espejos diferentes; todas y cada una de las pupilas de la cohorte de personajes ilustres que sin duda irían cada día a contemplarlo, y al mismo tiempo daría a todos aquellos rostros menos afortunados la oportunidad de deleitarse, al menos durante un instante, de aquella isla de perfección. . Pero las cosas no fueron exactamente como él había esperado, Franshua adoraba el modo en que él se veía a sí mismo, pero verse reflejado en los ojos de los demás era muy diferente. Resultaba, y él odiaba aquella palabra, vulgar. La mayoría de sus voyeurs no tenían la delicadeza artística para admirar la perfección en sus matices de la que tanto se enorgullecía. Había incluso quien se atrevía a criticar tal o cual aspecto;

El retrato ciego

Número 2 - Enero 2017

pero sin duda los peores eran los que lo miraban con indiferencia. ¡Como le gustaría sacarles los ojos a todos! En alguna ocasión lo había llegado a intentar, había sacado momentáneamente un brazo a través del lienzo, tratando de extirpar de cuajo los globos oculares de aquellos ignorantes que no sabían darles el uso apropiado. Pero el vigilante del museo siempre intervenía a tiempo, salvando a los desafortunados mirones y propinando una buena regañina a Franshua. Aquella situación parecía no tener arreglo, y Franshua estaba empezando a entrar en una profunda depresión. Pero un buen día consiguió sustraerle el borrador a un estudiante de arte que se paseaba despistado por el museo, y antes de que el vigilante pudiese

intervenir, se borró los ojos.

Desde entonces, Franshua, nunca más ha podido verse a sí mismo, pero al menos, tampoco tiene que soportar el modo en que le miran los demás.

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LA CHICA DE LA MIRADA VIOLETA

N

o sabría precisar cuándo sus ojos se encontraron por primera vez. Lo cierto es que ya hace mucho, mucho tiempo, se ha convertido en un hábito, no, más que un hábito, una necesidad. Cada día, Alice se sube en el metro a la misma hora y por la misma puerta, segura de que encontrará una fugaz, aunque cálida, mirada. Tan intensa como breve, porque su dueño abandona el compartimento en el que ella entra cada día para llegar a su trabajo, rutinario y monótono como su vida. Es curioso cómo una sola mirada puede cambiar las cosas. La tenue llama de la esperanza, que ella creía extinta, se aviva cuando se abre la puerta, y aunque ya no es una niña, siente cómo su corazón se acelera ante la sola idea de volver a ver sus ojos. A veces se pregunta si él sentirá

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Fotografía: Yolanda Andrés

beatsbury

Anabella Giménez

lo mismo. En los mejores días, está convencida de que él también la espera, que necesita tanto como ella ese momento. En los peores, se dice

‘Deja de soñar, Alice. Estas cosas no le pasan a la gente como tú’. Hoy ha escogido ponerse el vestido malva de mariposas que guardaba en el fondo de su armario, tan arrinconado como sus ilusiones. Lo compró para una ocasión especial que nunca llegó. Se lo pone frente al espejo, observándose meticulosamente, contoneándose coqueta. Sí, definitivamente realza el color de sus ojos. Se suelta el cabello despacio y la asaltan las dudas, ¿la reconocerá? Ella siempre va con vaqueros y camisetas oscuras, y con el pelo recogido en una coleta… no, está bien, quiere que esta vez sea

La chica de la mirada violeta


beatsbury distinto.

Quizá no suba hoy al vagón, tal vez lo espere en el andén y hasta le dirija la palabra. ¿Quién sabe si…y…oh no…! ¡las 16:30!

quedó sin su dosis, su antídoto contra la poquedad que sufre. No puede evitar sentir una losa en su corazón, aunque sabe que mañana se volverá a abrir esa puerta. Camina cabizbaja, el suelo está húmedo, igual que sus ojos. De pronto ve algo al borde de la plataforma, como un sobre pisoteado. Lo recoge y lo abre con un poco de vergüenza, como si estuviera asomándose indiscretamente por la ventana de alguien. Es un disco con una dedicatoria:

Fotografía: Yolanda Andrés

Coge las llaves y el bolso y baja las escaleras de casa de dos en dos, no puede llegar tarde, hoy no.

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Ha llovido. Cuando llega a la estación el andén está casi vacío. Tan solo aquellos que, como ella, llegaron tarde al tren de las 16:30. La puerta que tanto deseaba ver abrirse se había cerrado, y el vagón se perdía lentamente en la distancia. Hoy se

La chica de la mirada violeta

A la chica de la mirada violeta.

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Ilustración: Bárbara Nur Ferrante

beatsbury

ECO (BETA)

Bárbara Nur Ferrante

Grité al vacío arrancada a las cuerdas para que tú me oyeras - Las gotas sobre el cristal del ático resbalan como la miel. ¿Qué pasaría si yo me dejara deslizar así? Qué suavidad, sería tan dulce al fin descansar, sin nada más que decir, sin otra lágrima que alimente el lago de la desesperanza -Musitaba Klara en un momento de pausa abrazada a su cómplice. Tomó el último trozo de resina. - Tendré que ir a comprar más a la tienda del señor Vogel. Pero eso será mañana, sí, tal vez mañana. Frotando la crin de su arco, con un vaivén que recordaba al de una delicada caricia, sensual, como quien roza el cabello de un amante tras haber probado su sabor, cuando aún vibra su gemido susurrante al oído, y ya no hay un tú, ni un yo, sino dunas que se entremezclan y se alejan donde uno siempre se pierde, y lo desea. Sus piernas apretaron el cuerpo suave, la piel en caricia Página 46

al bosque; en melodía impetuosa al ascua casi extinguida de la noche. La humedad de la pluma llenó de risas la partitura, de llantos, gritos ahogados que sólo la música puede expresar a la vez, con la libertad de quien se sabe la locura. Aquel invierno había esculpido caramelos de hielo en las fachadas de las casas. Eran tan suaves, tan parecidos a encontrarse en una cueva ancestral en la que uno puede hablar consigo mismo y con su eco. Klara había terminado, al menos lo que necesitaba decir quedó plasmado entre algunas notas. Se lo dedicaba a él, como todas las cosas, como sus movimientos, como respirar. El chelo ardía entre sus piernas mojadas de sudor, por aquello que por fin había logrado dar a luz, pues una mujer necesita crear desde sus entrañas, y hacer nacer, siempre viva, siempre dándose. Primero quiso abrazarlo, llevarlo consigo, convertirse en viento entre Eco (Beta)


Ilustración: Bárbara Nur Ferrante

beatsbury

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s u s cuerdas y penetrar en los sonidos, en los murmullos, en las gargantas y en los pechos de los amantes. Lo dejó caer, primero a él, después iría ella. Observó la luz que a t r ave s a b a los trozos de hielo, parecían cristales hechos por un artesano que se había obsesionado con formas que le recordaban a un instrumento musical del que había olvidado el nombre. Un farolero terminaba de alumbrar la última de las calles, nunca había visto la ciudad desde tan arriba, donde los tejados parecían conformar una dimensión escondida en la que poder habitar. Recordó el olor a chocolate de las pastas de su

pueblo de Colonia, y la sonrisa de su madre, y el reloj de bolsillo de su padre, cuando jugaba a escondérselo y él la reñía por ello haciéndole cosquillas con su frondoso bigote en el cuello hasta que las risas inundaban toda la casa. Y los gritos de los cerdos, y cómo sonaba el cuello de las gallinas al partirse, y el tío Klaus, que por las noches la hacía visitas en su cuarto mientras todos dormían.

Eco (Beta)

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Fotografía: Yolanda Andrés

beatsbury

(DES)OBEDIENCIA TARDÍA Victoria Arenas

dijeron que no debemos salir, pero aquí no hay espacio, está oscuro. Somos muchos. No sé por dónde es, que entran más y más de nosotros. No se cabe. No se puede estar más apretado. Golpes, codazos, hedor; estamos hacinados. No me toques. No me roces. No salir, no salir. Grito. Pero ni yo mismo entiendo lo que pido, ni sé contra quien blasfemo. ¿Quién nos acoge aquí? ¿De qué están hechas estas paredes viscosas? Resbalo mi alma por su superficie, resbala mi aliento entre los huecos de otros entes iguales a mí. No salir, no salir. Pero ¿por qué? Nos dijeron que no deberíamos salir porque fuera había una amenaza. ¿Acaso aquí estamos a salvo? ¿Acaso aquí hay esperanzas de algo, sino es para ver cómo morimos aplastados? Algunos de los nuestros ya se han Página 48

quitado la vida. Con sus afiladas garras rasgaron su abdomen, sacaron sus vísceras negras hechas de filamentos de desesperación y silencios. Convivimos con sus despojos putrefactos. No puedo más –¿quién me sigue?–. Más silencio. Abro la boca para volver a gritar, pero esta vez mi voz se queda dentro. Está dentro de mí. Intento que salga el aliento. Imposible. Jadeo. Tanteo con mis manos mi pecho. ¡Está abierto! Me doy cuenta en ese momento de que estoy vacío. Toco el calor de mis fluidos internos, pero mis manos solo encuentran una cavidad hueca. No tengo tráquea, ni

FOTOGRAFÍA: YOLANDA ANDRÉS

N

o salir, no salir. Nos

Desobediencia tardía


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beatsbury pulmones, ni corazón. ¡Mi vacío es físico y real! ¡No tengo voz, y es algo definitivo! Así descubro que estoy aislado hasta de los míos. No salir, no salir. Sé que fuera me tratarán mejor. ¡Me han robado las entrañas! ¿Qué mal puede haber fuera que me haga más daño que perderlo todo? La piel que me cubre era la coraza que debía proteger el resto. Ya no la quiero para nada. No me sirve. No tengo nada que guardar. Todavía conservo los ojos. El oído. Vuelvo a escuchar la voz que antaño nos dijo que no saliéramos. Ahora dice como en un eco antiguo: “¡No salgáis! Fotografía: Ana Estrada Fuera sólo hay un mundo contaminado por un baile de máscaras diabólicas. ¡Aquí estáis a salvo, hijos míos!”

Pero ¿quién habla? ¿De dónde procede esa voz? ¿Será de algún ser divino de los que hablan los libros? Si es así, ¿de cuál? Hay decenas de dioses, ¿quién es el que nos habla? Obedezco desde niño a esta voz, sin cuestionarme su origen, ni sus intenciones. Un zumbido, un alarido… la nave viscosa y oscura en la que viajamos se agita violentamente. Algo frío y afilado pasa por mi lado. Me rasga el brazo. Siento el calor de la sangre que chorrea. Así pierdo lo único que conservaba.

Silencio, gritos.

Gritos.

Y silencio.

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EL BIBLIÓFILO

uando el viernes, tras una breve ducha y un café macchiato, al fin tuvo la novela en sus manos, supo que aquella noche sería solo para ellos. Desde que había decidido leerla, apenas el trasiego de la semana, las inevitables compras de última hora y alguna visita inoportuna (que despachó sin esforzarse en parecer amable), habían postergado su encuentro. A solas con ella, por fin, ese velo de irrealidad que llaman realidad había caído. Cogió la novela y desprendió con las uñas la película que velaba, como un sucinto encaje de transparencias, la cubierta de la nueva edición. Unos segundos en sus manos le bastaron para percibir el equilibrado gramaje de la tapa, su densidad precisa, que no caía en las trampas de la rigidez ni en la muelle flacidez de otras ediciones. Bajo el halógeno del comedor abrió el libro y hojeó con meditada parsimonia el inicio. Los titulares, la cifrada dedicatoria (cuyas iniciales ignoró), ese otro

Fotografía: Rafael García

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Rafael García

Fotografía: Rafael García

Foto: Rafael García

beatsbury

libro dentro del libro que es el prefacio, le supusieron un agradable preámbulo. La luz que se desprendía del papel en esas primeras páginas, de exiguas palabras, evocó ante él la imagen de un paisaje nocturno tras las primeras nieves. Bajo esa luz invernal, las letras se le antojaron las huellas dispersas de

Bajo esa luz invernal, las letras se le antojaron las huellas dispersas de un lobo solitario. un lobo solitario. Se acomodó en el sofá y dejó que su cuerpo recrease en torno a ellos su propia intimidad. Luego no pudo –no quiso– esperar más y buscó con impaciencia el inicio de la historia. Como había previsto, del libro se alzaba un perfume almizclado a tinta y pegamento, a simiente de papel; un aroma denso y dulzón, un olor que atravesó sus poros hasta adentrarse en su sangre, como esos venenos a los que basta el contacto con la piel para penetrar en el flujo sanguíneo. Fue como si se adueñase de él una El bibliófilo


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beatsbury punzante lascivia. Su cuerpo se tensó y sus manos abrieron aún más el volumen, empujándolo con una vehemencia ancestral, con el gesto del hombre que separa con

Al roce de sus yemas experimentó un leve temblor, como un chasquido, que parecía provenir del centro mismo de la página. tosca delicadeza las piernas de la amada. La novela abierta pareció dejarse hacer, sumisa y obediente bajo su envite, echando hacia atrás su cuerpo, mostrando sin recato alguno la superficie desnuda de su alma de papel. Al roce de sus yemas experimentó un leve temblor, como un chasquido, que parecía provenir del centro mismo de la página.

por ello las vanidades de la forma. Se recreó en los vocablos, en el significante sin significado. Para él, si en el rostro de la literatura la sonrisa era el significado, el significante eran los labios. Cómo disfrutar del beso profundo de la literatura sin ellos. Recorrió con sus dedos la esbelta tipografía, una variedad de Garamond que desconocía y cuya sutileza en los remates halagó su sensibilidad, como si la novela hubiera elegido una lencería exclusiva, una que solo él sabría apreciar, únicamente por complacerle. A su provocador regalo respondió con recíproca entrega. Extendió los dedos y acarició fugazmente los senos de las emes, el escote de las uves, demorándose luego en el monte de Venus de la ípsilon. Curioso, se dijo, que la única conjunción con forma de pubis fuese la copulativa.

«Ahora. ¡Ven!», le dijo –se dijo.

Fotografía: Rafael García

En un ritual que repetía desde su primera lectura, muchos años atrás, pronunció las primeras palabras de la historia en voz alta, como quien invoca una presencia. Sentía que, de alguna manera, la novela había de regresar a la vida a través de él. Si el escritor era un demiurgo, el lector había de aspirar a ser uno con la obra, por imperfecta que fuese. Leyéndola, pronunciándola, la convocaba, la encarnaba, como esos personajes de Bradbury que se convertían en libros a fuerza de recitarlos. Mientras leía el texto, notó el dócil cuerpo de los fonemas conformándose en su garganta, deslizándose lúbricamente sobre el tobogán de su paladar, cómo a cada frase leída el verbo se hacía carne. Captó el sabor salino de las sílabas en los receptores de su lengua, jugó a subir y bajar la entonación, del susurro al gemido, enfatizando ciertas palabras que intuyó excitarían su deseo, mientras el texto iba y venía de sus pupilas a sus papilas, con la sinuosa y húmeda cadencia del placer humano. «Aún no», se murmuró –le murmuró.

Fotografía: Rafael García

Se detuvo, diciéndose –diciéndole: «No, aún no».

La cogió de la mano y la condujo hasta su cama. Allí gozó de cada página de la novela una y otra vez, con la sublime intensidad de los amantes furtivos, hasta que horas más tarde los sorprendió en su lecho, exhaustos, el previsible amanecer. Las manos del hombre se hundían entre las páginas como quien hunde sus manos en el cabello de su amada; como si aun dormido continuara, sueño adentro, acariciando palabras.

Era un lector de fondos, pero no desdeñaba

El bibliófilo

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beatsbury

LIFE ON

Ilustración: Candela Torres

MARS

Anna Gavilà

e aburría. Se llamaba Eva Sinclair, y tenía el pelo tan desordenado y rizado como las ideas. Miraba por la ventana por si aparecía algún personaje interesante, alguna historia que mereciese haber vivido el día y su pena. Era como una estrella que se hacía la dormida, esperando el sabor de sus próximas lágrimas. Yo también. No. Yo no me llamaba Eva Sinclair, y no lloraba. Yo era Dave. Simplemente Dave. David Jones, pero eso no sería siempre así. Yo también me aburría, quería decir. Desde mi ventana podía ver la suya. Imaginaba sus piernas interminables, que acababan siempre en zapatos de hebilla, color manzana de caramelo, colgando desde el alféizar. Vivíamos en un barrio residencial. A la Página 52

hora en que nosotros buscábamos alimento para nuestros sueños y buceábamos entre las nubes, los demás seguían hipnotizados delante de los televisores o los tocadiscos. Nadie tintaba las nubes de azúcar y canela como Eva quería. Nadie, tampoco, lanzaba un rayo fulminante que nos abriese las mentes de una vez, como yo había imaginado tantas veces. Nadie escuchaba a Patti Smith ni leía a la generación Beat. Sólo nosotros dos permanecíamos en esa ensoñación de un mundo menos gris. Decían en las noticias que los planetas estaban a punto de alinearse, pero no decían cuáles. Las chicas de primer curso en la universidad estaban muy interesadas en la astrología. Yo era capricornio, pues nací, y también, curiosamente, morí en enero. Luego descubriría que Eva era una aries. Fantaseé con un día en que pudiésemos ir a ver marte y venus juntos, y tal vez entonces podría pedir su mano. Desde mi posición, Life on Mars


beatsbury ella me parecía una galaxia muy lejana, inalcanzable. Lo era. Supongo que estaba deseando independizarse. De momento vagabundeaba por el universo de su habitación. La pantalla de su televisor parpadeaba tanto como sus ojos bicolores. Peleas falsas, nauseabundos intercambios polisémicos, los absurdos noticiarios. Ya habíamos conquistado la luna, o eso nos habían hecho creer. Yo también quería visitar otros planetas, y acercarme a otros satélites. Los cambios eran vertiginosos, pero no parecían afectarnos mucho. Sus discos de los Beatles, los de Eva, se amontonaban en estanterías repletas de vinilos polvorientos. Ya no los escuchaba. Nadie en su casa lo hacía. Tal vez la chica esperaba algo mejor: un toque de glamour, unas letras que hablasen de ella mirando por la ventana, desenredándose su cabello dorado rojizo, o de presenciar una

Era entonces cuando el sol se filtraba mejor en nuestra calle, dándonos el aspecto de una fotografía abandonada porque nadie querría ya volver a mirarla. El color sepia, el color del olvido. pelea multitudinaria en un bar, pero sin implicarse. Una tarde me acerqué. Le ofrecí un cigarrillo y sonreí. Se lo guardó en el bolsillo, y la sonrisa también. Le vi hacerlo. Me habló de que estaba comprometida. Llevaba un anillo barato, oxidado, que le apretaba bastante. Se lo quitaba en presencia de sus padres, decía. Eran muy conservadores y pensaban que ella era demasiado joven para tener novio. Yo también pensaba que ella era demasiado joven, y también demasiado bonita para tener novio y que el novio no fuese yo. Él le había dicho que el nombre de ella desanudaba los ecos de sus ruinas. Eso

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era mucho, pensaba ella, aunque lo había interpretado en clave sexual. Me hubiese gustado decirle que ante el amor todos nos convertimos en poetas, pero me pareció trivial, pues ya alguien lo dijo antes que yo, y yo no estaba aquí para repetir, sino para transformar. No hablaba mucho, pero le gustaba escuchar. Tal vez porque no había mucho más que hacer. A veces respondía y, con frecuencia, preguntaba sin poner mucho interés en lo que yo contestaba. Yo me sentaba junto a ella, y como si fuésemos niños distraídos que no saben a qué jugar, a veces nos quedábamos quietos en el cómodo silencio que sólo comparten los personajes como nosotros. Esa primera tarde, sorprendidos, nos quedamos mirando aquella puesta de sol descolorida. Fue allí donde nuestras atmósferas conectaron. Suspiramos pensando en el sueño americano, o en un viaje a Ibiza. Ella iría con su prometido. Se bañarían en aguas turquesas y harían el amor bajo la luna. Los Pink Floyd habían estado allí, componiendo un par de temas y fumando hierba. Que si tenía hierba. Aunque yo estaba seguro de que ella no fumaba y también de que nunca había hecho el amor y de que su prometido no la quería. Me guardé esa carta para otra tarde, la de la hierba, porque ella era para visitarla por la tarde. Era entonces cuando el sol se filtraba mejor en nuestra calle, dándonos el aspecto de una fotografía abandonada porque nadie querría ya volver a mirarla. El color sepia, el color del olvido. Y allí estábamos, dejando que el tiempo nos llenase de huecos en nuestros vacíos contemporáneos, tan similares. Hablando de cartas, se me ocurrió decirle que era un gran conocedor del tarot de Alastair Crowley. Sus ojos relampaguearon.

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beatsbury

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Sí, estaba prometida, pero también se aburría, y yo era un buen jugador. Le prometí que le haría una lectura personal, pero que a cambio ella tendría que invitarme a un helado. Negoció que mejor un batido, y eso lo apunté para una próxima canción.

recuerda.”– Decía siempre. También podíamos hablar de poesía francesa. Yo había leído a los simbolistas, ella adoraba a Char y a Jaccottet.

Aún no le había dicho que yo era músico. Retrasaba el momento casi con placer. Sé que ella se había dado cuenta de que mis ojos eran bicolores como los suyos, y de que mis botas de plataforma tenían también el color de las manzanas de caramelo. Pero lo que más nos unía era ese inmenso aburrimiento y nuestro peculiar modo de compartirlo. Llegaban noticias multicolores, promesas de vida nueva y sueños intergalácticos, pero nosotros estaríamos siempre tristes y el verano se nos antojaría demasiado largo como para estar haciéndonos guiños desde el tejado de nuestras respectivas casas.

Creo que ella tampoco. Lloró en una de las escenas. Dijo que no era nada, que le había parecido muy aburrida. Yo sólo pude decirle que la invitaba a tomar algodón de azúcar, sumándome a su aburrimiento. Hubiese deseado pintarla. La luz de la tarde bordaba su falda azul marino en encajes psicodélicos. Su cabello era como hilos plateados de un mar muy quieto, capaz de reflejar todas las estrellas nocturnas. Llevaba los zapatos de siempre, y su anillo de compromiso. Su lengua rosada se fundía con el algodón pegajoso. Y yo, yo me humedecía los labios pensando en mil maneras de acercarme a su cuello y descubrir nuevos sabores en ese azúcar de jazmín, tan blanco.

UNA TARDE FUIMOS AL CINE. NO RECUERDO EL TÍTULO DE LA PELÍCULA.

Debía ser cuidadoso en mis maniobras de aproximación y aterrizaje, pues sé de buena tinta que si nos acercamos demasiado la chica se enamora. Y cuando eso ocurre, hay

Ilustración: Ariel Rohner

A Eva le gustaban los cómics. Yo tenía una colección estupenda y fantaseaba con leerla juntos y hacernos cosquillas que pudiesenterminar en algo más. Había empezado a dibujar algunos bocetos de sus piernas colgando del alféizar, pero no me atrevía a enseñárselos. “Estoy comprometida,

* * *

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beatsbury que salir huyendo y dejarla con sus lágrimas para no extinguir el proceso creativo musical.

—Si pudieras viajar en el tiempo, ¿a dónde irías? —Preguntó. —Probablemente al futuro. — Le dije. No sé. Llegaría hasta mil novecientos ochenta y cuatro al menos. Seguro que los coches ya no existirán y nos desplazaremos en naves espaciales. —¿Crees que desaparecerán las bicicletas? —Preguntó, con expresión lánguida, bajando la mirada. Tomé su mano, y ella la soltó rápidamente. —Eva, las bicicletas no desaparecerán nunca. Nunca, ¿entiendes? —Le dije, consolándola. Parecía a punto de llorar. Pude verla en su bicicleta roja, en unas vacaciones en el campo, sentada de lado mientras su prometido, Tom, la llevaba por un camino encharcado, bajo unos árboles frondosos que iban desprendiéndose de sus hojas y anticipando un triste otoño. —Promételo, David. Promételo. Promete que no desaparecerán las bicicletas. — Insistió. Se lo prometí, y quise darle un beso, pero miré su anillo oxidado, el anillo de

Life on Mars

—Dave, ¿tú crees que hay vida en Marte? —Preguntó.

Ilustración: Maya Vericad Gavilà

Sentados, en el parque, comentamos el guion de aquella película. Ella quería ser guionista. Tenía buenas ideas, decía. Además su prometido era escritor. Poeta, según ella. Seguro que podían hacer algo juntos. Él la ayudaría. Querían irse a vivir a América. Allí todo saldría bien.

compromiso, y me contuve.

—¿Que si hay vida en Marte? Claro que sí. Allí los suelos son de color manzana caramelo. Nos costaría caminar, porque no nos veríamos los pies. Los discos de John Lennon estarían prohibidos, y el único modo de transporte sería la bicicleta.— Mientras le decía esto, me permití tomar un mechón de su cabello. * * *

A

TENÍA EL PELO REVUELTO. VECES

LLORANDO,

LA

IMAGINABA

EMPAPANDO

LA

A veces la soñaba junto al teléfono que no sonaba.Yo leía los periódicos buscando el anuncio de su boda, que nunca sucedía. Necesitaban tiempo, había dicho ella. No quería hacerle daño, habría dicho él, seguramente. Siempre decíamos eso cuando dejábamos de interesarnos.

ALMOHADA.

Tenía el pelo revuelto, pero yo quería revolverlo un poco más. Y después, desenredarla. Eva estaba llena de canciones por escribir y estaban todas en su pelo. Sólo necesitaba que me dejase acercarme un poco más a ella, absorberla tan sólo un poco más. —Dave, si hubiese vida en Marte, ¿me llevarías contigo? —Dijo Eva. Le caían gruesas lágrimas de sus ojos bicolores. —Si hubiese vida en Marte, yo te llevaría conmigo, Eva. —Sequé esas lágrimas con mis pulgares tibios y le di un beso en la frente. Eva sonrió.

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beatsbury

Una tarde la echaron de casa. Estaba sentada en la acera porque me esperaba. Los calcetines hasta la rodilla no escondían su piel blanca bajo la falda. Estaba llorando bajo un libro, bajo un parasol de barro, bajo un sueño que se hundía en la arena. No había llamadas. Su amigo no aparecía por ningún lado. Todo esto ella no me lo había dicho, pero yo ya lo sabía.

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había dicho mi profesión. Seguía retrasando la idea de contárselo. Ella, por el contrario, me había contado que era estudiante de arte y que estaba siguiendo un curso de escritura creativa. Allí había conocido a ese chico. Sí, ya sé que su prometido era poeta, pero a mí también se me podía dar bien escribir si me enamoraba un poco más. Yo había leído a los grandes. Algún día, incluso, me atrevería con T.S. Eliot y La tierra baldía.

Necesitaban tiempo, había dicho ella. No quería hacerle daño, habría dicho él, seguramente. Siempre decíamos eso cuando dejábamos de interesarnos.

—No me gusta el nuevo disco de Lennon.— Dijo como excusa para su llanto.

Esperamos a que Terry acabase de tocar para llamar al timbre. No queríamos interrumpir. Le gustó verme con una chica. Una chica con buen aspecto, quise decir. Sonrió, pero fue bastante discreto. Ella lo miraba entusiasmada, aplaudía. Terry hizo una pequeña reverencia y nos dejó pasar al salón. Parecía tranquilo. Eva miraba poco a poco, como a sorbos. Nos sentamos en el sofá rojo, con Terry, y encendimos cigarrillos juntos. La habitación se llenó rápidamente de humo. Eva tosió. No fumaba, sólo quería ser

—Ni a mí, Eva. —Contesté. Aunque ni siquiera lo había escuchado. Había gastado casi toda mi asignación en cigarrillos. Y en la baraja del tarot, el de Crowley, claro, en el mercadillo de segunda mano. Parecía nuevo. Le gustaría. Quería protegerla. En mi casa había demasiado ruido. No era el mejor lugar para salvarla. Pensé que podíamos ir al piso de Terry. No caía lejos, y él nos dejaría quedarnos. Busqué en los bolsillos de mi abrigo azul marino. Aún tenía algunas monedas para comprar leche y cereales. Eva debía ser de esas chicas que sólo comían leche y cereales. Y alguna vez, manzanas de caramelo y algodón de azúcar. —¿Te gustan los cereales para el desayuno? —Pregunté, intentando calmarla. La ayudé a levantarse y nos fuimos hacia el apartamento de mi hermano. Eva me dejó coger su mano, como si me hiciese un precioso regalo. Al llegar escuchamos a Terry tocando uno de sus solos de saxo. Eva apretó mi mano con más fuerza. Le gustaba la música. Yo aún no le

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Ilustración: Maya Vericad Gavilà

Me senté a su lado. Apoyó su cabeza en mi hombro. No nos importaba manchar nuestra ropa londinense en las húmedas aceras. Ya lo sabíamos todo de estas calles. Ya nos habíamos aburrido suficientemente de los demás.

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beatsbury e d u c a d a . Terry dijo que podíamos quedarnos en la habitación que usaba como estudio. Había un sofá cama bastante cómodo. Hice un gesto nervioso con la cabeza que él no supo interpretar.

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—Sueño con desaparece.

que

Tom

—¿Tom? ¿Es… algún actor, un personaje de una canción, de un cómic? —Es un poeta. Contestó Eva.

Ya no pregunté más. Tom era su prometido, y la película en la que à ricad Gavil n: Maya Ve Ilustració —Yo dormiré aquí, en el salón, desaparecía era la que ella Terry. —Dije, finalmente. veía todos los días desde la ventana de su vida. Tom ya no la quería, pero ella siempre le Eva se rio y yo no entendí su risa. Al caer la esperaba. Por eso pasaba todas las tardes bajo noche salimos a la terraza con unos vasos de aquella ventana, con sus piernas colgando. licor. Algún día, pensaba ella. Algún día. —Mañana te llevaré al ensayo. —Me atreví a decir. No pareció sorprenderse mucho, ni preguntó qué tipo de ensayo, pero ya no estaba aburrida. —¿Tienes pesadillas a veces, Dave? —Me preguntó. —De niño soñaba con ratones. Como en ese cuento… —¿El flautista de Hammelin? —Sí, pero muchísimos más. Cientos de ellos. Miles de ellos. —¿Como si trazásemos una línea desde el Mediterráneo hasta el frío norte?

Sopló una brisa ligera que nos despegó un poco el calor del verano. Me fijé en que uno de los tirantes de su camiseta se deslizaba por su esbelto hombro. Bajó la mirada, y luego posó sus ojos bicolores en los míos, que también lo eran. Se escuchaban risas, se escuchaban nuevas canciones. Alguien tecleaba en una máquina de escribir unos versos que nunca terminaba y que no le llevaban al lugar que soñaba. Eva bebió de un trago todo lo que quedaba en su vaso y entonces me besó. Fue un beso inocente, espontáneo. No significaba nada. Sólo gratitud. Conmigo, pensé, no se aburriría nunca, y eso podía gustarle.

—Sueño con que estoy en el cine y siempre proyectan la misma película.

No sucedió nuestra noche. Eva se levantó para ir al baño y se marchó, dejando un rastro de música en el perfume de su cabello enmarañado. Terry me miró y yo sólo pude encogerme de hombros y seguir fumando y canturreando el resto de la noche.

—Es que siempre es la misma. La que vimos la otra tarde. Sólo hay esa.

—Ven, siéntate al piano. Toquemos algo, Dave.

—Algo así. ¿Y tú, con qué sueñas?

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Número 2 - Enero 2017

beatsbury * * * EVA ESTÁ SENTADA EN UNA CAFETERÍA. Afuera ha dejado su bicicleta nueva, apoyada contra la pared, sin candado. Lleva sus gafas bien ajustadas. Han pasado algunos años desde que la conocí, desde la noche que me dejó solo en casa de Terry. Muy despacio, pasa las páginas de una vieja novela, la que ella lee siempre. La misma vieja novela de siempre. En un cuaderno rojo toma notas para el guion de la película que sigue mirando todos los días. Está esperando a Tom, pero sabe que no va

Han pasado algunos años desde que la conocí, desde la noche que me dejó solo en casa de Terry. Muy despacio, pasa las páginas de una vieja novela, la que ella lee siempre. a venir. Aun así, la inquietud que le produce la espera nunca la abandona. Escucha su nombre y reconoce la voz. —Dave. —Dice. Y yo sigo adorando cómo lo pronuncia. No va a hablarme de mi música. Es probable que no la haya escuchado, que no haya tenido tiempo para hacerlo si tiene que seguir viendo aquella película y leyendo su libro interminable cada día. Lleva un vestido de flores muy largo y una chaqueta estrecha de color negro que se aferra a esos brazos tan largos que ella tiene. —¿Aún dejas colgar tus piernas desde el alféizar? —Le pregunto. —¿Aún fumas como si el tabaco estuviese lleno de música? —Me contesta. Ha dejado de leer su novela. Ha dejado, Página 58

también, de tomar notas y se ha quitado las gafas y me está mirando. —Déjame ver tus manos de músico. —Me pide. Las observa, sin tocarlas. Primero la derecha, luego la izquierda. No va a cogerlas entre las suyas. Está comprometida y espera a Tom, que no va a regresar nunca. —Debo irme, Eva. Sólo quería decirte que escribí una canción para ti. —Le digo. Eva sonrió, volvió a colocarse las gafas, abrió la novela, y continuó como si la escena hubiese sido fruto de su imaginación. No quería desvanecerme sin acariciar su cabello, pero temí que se asustara y me marché. Al salir me crucé con Tom. Le miré a los ojos, pero no vi nada, estaban vacíos. Quise avisar a Eva y salir con ella de esta historia. Entonces vi sus manos, las manos del poeta, y comprendí por qué Eva no había cogido las mías. Tom vio a Eva leyendo su libro. Se acercó a ella como si no la hubiese visto desde el día anterior. Habían pasado algunos años pero, aunque nada había cambiado mucho, él ya no era el mismo. Eva habitaba en su particular celda de cristal, que la separaba del mundo, y también de él, que se sentó unas mesas más atrás, pidió café y encendió un cigarrillo. Sacó su cuaderno, vacío, porque hacía tiempo que ya no escribía. Comenzó a sonar una canción. La entrada de piano le resultó melancólica. Miró hacia Eva. Ella había dejado de leer y parecía absorta escuchando. Había reconocido la voz. Tom comenzó a intentar describir las manos de Eva recogiendo sus lágrimas. Miró sus propias manos de poeta y se dio cuenta de que esa canción era para ella y de que él no Life on Mars


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había sido capaz de escribirla. Cuando la canción dejó de sonar, Eva recogió su libro y, atravesando la pantalla de cristal, salió del local buscando algo que sabía que no volvería a encontrar. Demasiado tarde. Como en aquella novela, El velo pintado, el amor llegaba tarde, a destiempo. Tom se acercó a la mesa que ella había ocupado. Sobre su cuaderno abierto había dejado el anillo, bajo el cual se leía una sola frase: Is there Life on Mars?

Life on Mars

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AGRADECIMIENTOS En este segundo número nos propusimos que todo lo que apareciese en la revista fuera fruto de nuestro trabajo. Esto se refería por supuesto a los textos, pero también a las fotografías e ilustraciones que acompañan y enriquecen cada texto. Esto no habría sido posible sin la colaboración desinteresada de los siguientes fotográfos: Yolanda Andrés, Ana Estrada, Carolina Pérez Almeida y Maribel Díaz; y los siguientes ilustradores: Maya Vericad Gavilà, Ariel Rohner, Candela Torres y Ricardo Gómez García. Gracias también a Laura Valdivia por el fotomontaje de la portada y la contraportada. Muchas gracias por compartir con nosotros vuestro trabajo. Este número incluye un relato en inglés. Nuestra intención para futuros números es incluir más material en diversos idiomas. Esperamos que hayas disfrutado.

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