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// Nacional

Una izquierda necesaria

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iramos, pero no vemos. Las largas jornadas laborales, los bajos salarios, las duras condiciones y la desprotección laboral eran cuatro de los grandes males a los que tenían que hacer frente los obreros del siglo xix y que dieron lugar a la organización de la clase obrera. A partir de ese momento se iniciaría una lucha por transformar el trabajo en un derecho y no en una forma más de esclavitud. Sin embargo, hemos pasado de la fábrica a la especulación; del explosivo e imponente capitalismo productivo al insaciable capitalismo financiero; del patrón que estaba detrás de la máquina, a la invisibilidad del que se esconde tras la nada. La Revolución industrial trajo consigo la desintegración cultural de la que llegaría a ser la nueva masa obrera y su concentración en los grandes núcleos urbanos. Estos dos elementos fueron esenciales en la creación de la conciencia obrera y en la necesidad y posibilidad de organizarse. En este contexto, además, la riqueza de unos y la miseria de otros se materializaba en un espacio común. Ahora, esto no ocurre. Ninguno de nosotros nos cruzaremos jamás con ellos, han aprendido de la historia. Ahora nos dejan a nosotros con nosotros mismos para enfrentarnos: a los que tienen un contrato indefinido con los que tienen un contrato temporal, a los parados con los ocupados,

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a los que se dedican al sector público con los del sector privado, a la juventud con sus padres... En definitiva, a los trabajadores con los trabajadores. Si hasta hace poco los invisibles eran todas aquellas personas que se encontraban en situación de exclusión, ahora lo son los inmensamente poderosos. Además, la voracidad del capitalismo ha polarizado la situación de la clase trabajadora en relación al número de horas laborables: si antes eran explotados a razón de largas jornadas, ahora lo están siendo a la baja, por contratos temporales y precarios, y asfixiados por la alta tasa de paro. Asimismo, la desprotección jurídico-laboral sigue siendo un aspecto primordial hasta el extremo de que estar hoy en posesión de un puesto de trabajo no supone salvarse de las garras de la pobreza. El neoliberalismo, y el determinante impulso dado por Thatcher y Reagan, ha colocado a los agentes financieros, a las grandes empresas nacionales y transnacionales y a los oligopolios estratégicos ­­–léase compañías eléctricas, gasísticas, petroleras, de telecomunicaciones, farmacéuticas…– en una situación de hegemonía económica que les ha permitido dominar, seguidamente, la vida mediática, política y social, dinamitando en última instancia el pacto social de posguerra entre trabajo-capital.

Núm. 3 - Gaza: ground zero - El Ala Izquierda  
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