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a Eduardo Santellรกn in memoriam

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participan en este NÚmero Salta

cHACO

Juan Manuel Díaz Pas Daniel Medina

Mariano Quirós

TUCUMAN Fabián Soberón Horacio Baca Amenábar

CÓRDOBA Salomé Esper Andrea Teruel Pablo Aguiar Cáu Carlos María Rivero

MISIONES Christian Giménez

BS. AS. Gustavo Álvarez Núñez

Santiago del estero Belén Cianferoni

Cochabamba Luis Carlos Sanabria Juan Pablo Salinas Pablo César Espinoza Lafuente Gabriela Montesinos Paz

Jujuy Rodrigo Moltoni Carlos Ramírez Mateo De Urquiza Tomás Bree Gabriel Salgado Eugenia Caballero César Colmenares Pablo Chavarría Juan Páez Beatriz Bruce Álvaro Zambrano Daniel Burgos Martín Goitea Pamela Stemberger Facundo Lerga Elízabeth Soto

Licencia Creative Commons

DirecciÓn Rebeca Chambi - Meliza Ortiz - Federico Giriboni Carlos albarracín - Fernando Choque Edgardo Gutiérrez - Matías Teruel

IlustraciÓn de tapa Rodrigo Moltoni

Dibujos y Pinturas: Gabriela Montesinos Paz Carlos Ramírez Meliza Ortiz

DIBUJO POSTER Tomás Bree

DiseñÑo y diagramaciÓn Matías Teruel

CorrecciÓn Meliza Ortiz Fernando Choque Carlos Albarracín

Coronel Dávila 236 P.A. CP 4600 / S. S. de Jujuy Argentina Tel.: 0388 4231355 / 154330794 revistaintravenosa@gmail.com

http://www.facebook.com/intravenosa.jujuy

Año 7 - Número 12 / Diciembre 2012

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Índice Pág. Una editorial no urgente

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Pinturas 78

Acomodar el mundo, decir amor y desaparecer

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Mi pequeño apocalipsis 82

Aceras calientes 15

Se abarca el espacio

¿Nueva narrativa salteña? 17

Corto cinematográfico 85

Siesta 20

Preguntas y respuestas: Angélica Gorodischer

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Atacama attacks! 21

Nos dijeron que podía pasar

92

Kim Novak en Santa Bárbara

29

A propósito de La piel que habito de Almodóvar 100

El fin del mundo es una medusa en el cielo

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La mesa puesta 104

¡Madición! alguien se fumó un porro 8

Pág.

84

Ahí viene la plaga...

106 108

y apretó el botón rojo

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Un final más feliz para el mundo

El fin de todos los mundos posibles

40

Secretos 111

Armagedón 4 44

Dilemas de solvencia

This is it 48

No necesito silencio, yo no tengo en qué pensar... 114

Batman 49

Es el fin del mundo y me siento bien

La última será la primera

Epílogo 126

59

112 122

Simulacro 61

La palabra ausente Sobre todo: una lectura

129

Maqueta freak 62

Blood on the tracks

132

Una breve conversación conmigo mismo

Formas del fin 134

sobre la apocalipzación

64

Educación sexual o la pubertad

138

Desmonte 66

Una Maravilla y una tragedia del cine apocalíptico 142

It´s the end of the world (as we know it)

Berretines de verdura: entre el rock y la cumbia

145

Marco sin cuadro 71

Mapas musicales: Los caminos del gusto

152

A voluntá nomás 72

La epifanía de Piet Mondrian

159

El fin del mundo en 9 cigarrillos

Fotonovela 164

67

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Editorial Parece que fue ayer que dejamos de salir a la calle, que fue ayer que nos paramos a ver pasar el mundo. Y claro, el mundo siguió andando. A pie, luego de observarlo un poco, nos resultó complicado seguir su ritmo y en breve se nos alejó definitivamente. Ni cuenta se dio que habíamos bajado del tren. Y lo cierto es que tampoco quisimos quedarnos. Verdad es que partimos, nos partimos. De la hipodérmica, se hicieron agujas por un lado, tubos de ensayos por otro, hasta alguna pistolita de agua en épocas festivas. Quizás haya sido porque nuestras contradicciones se impusieron a nuestras coherencias, y porque atendimos más a lo que se hablaba que a los escritos. Quizá fuera porque en algún momento fuimos iguales a quienes no queríamos ser. Y creímos en nuestro fin. Durante dos años nos cocinamos en el fuego de nuestro propio apocalipsis. Vimos pasar los cuatro jinetes del micro cuento, en micro-libros, en micro-relatos, en micro-solapas, en micro-tapas. Del tren solo quedaron los micros y quieren quedarse definitivamente. Hasta que un día decidimos dejar de creernos eliminados para volver a empoderar las palabras que olvidamos en nuestras páginas. Nada más y nada menos que volver a crear. Resolvimos volver y cuando lo hicimos pudimos ver que en el andén nos estaban esperando aquellos que no habían dejado de creer en Intravenosa. Lo cual nos permitió tomar conciencia que el proyecto se realizaba a partir de lo colectivo y no por lo individual, en definitiva que el arte es y se hace socialmente. Rechazamos la cuestión del arte individual donde solo importa el ego de quien lo realiza y no lo que expresa en su obra. A partir del material recibido podemos afirmar que no nos

equivocamos al regresar, porque la revista es un polo atractivo y un espacio continente para las producciones de artistas de una región, que requieren un lugar genuino donde exponer sus creaciones. Intravenosa salió otra vez a la calle, remasterizada, ancha, poderosa, extensa, llena de páginas, imágenes y palabras. Diferente pero igual, con el espíritu imberbe de las primeras y las ideas maduras del fin que fue su inicio. Así les proponemos a nuestros lectores un nuevo pacto en la relación. Pues solo en ellos y en su esfuerzo se sostendrá esta empresa. Por ello hemos decidido abandonar la publicidad para que los lectores sean inversores. Y porque nos cansamos de sobar las espaldas de los comercios por unas monedas, o de recorrer las oficinas pastando en largas colas frente a oficinas displicentes para buscar un cheque. Por tanto Intravenosa será más “cara” pero será más suya. Y el único lucro que les ofrecemos será la autenticidad de lo dicho, esa autenticidad que no surge de un estilo, o de una gramática sino de un código profundo ajeno a la superficie, que tienen en el cuerpo las personas que escriben en Intravenosa. No sabemos si esos cuerpos están en el centro o en la periferia, lo que si sabemos es que las voces que están en estas páginas crean su propio espacio. Un lugar donde solo estaremos lectores y productores. Hoy le damos final al apocalipsis. Y para eso lo llenamos de Intravenosa.

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Una editorial no urgente “Afortunadamente, en algún lugar entre la suerte y el misterio se encuentra la imaginación, lo único que protege nuestra libertad” Luis Buñuel

Editoriales urgentes, ésas que se resisten a escribirse y retrasan cierres de edición. Editoriales urgentes, muchas de ellas vomitadas sobre el papel sin la necesaria cuota de mesura, que salen de la carne para volver a entrar por la dermis en una versión post-apocalíptica de El Ciclo Sin Fin del Rey León. Editoriales urgidas ensayadas a contratiempo para fastidio del imprentero. A esas editoriales nos acostumbramos. Aprendimos a concentrar en ellas ideas como líneas paralelas que logran cruzarse con el paso del tiempo. Supimos que hay veces que es necesario volver sobre los pasos, recurso indispensable para el crecimiento. Intuimos que en el enlazamiento de algunas palabras se formaba una cadena genética y se constituía una identidad mancomunada. En otra de esas editoriales urgentes nos encontrábamos cuando la noticia del fallecimiento de Eduardo Santellán nos dejó las palabras retorciéndose en la garganta, molestando, doliendo, y sin saber qué hacer con ellas. La cita de Buñuel que precede a este texto es la misma que oficia de introducción al libro Húmedo y Vertical que Santellán publicara a mediados del 2010. Entre tantas citas, la elegimos porque, de alguna manera, sentimos que expresa lo que fue nuestra relación con él.

Nunca lo conocimos personalmente. Nos contactamos por un mail que él había enviado a uno de nosotros solicitándole la dirección de Elena Bossi. Estaba en plena preparación de su libro y necesitaba comunicarse con ella para pedirle un ensayo sobre el erotismo. Ese correo venía acompañado de un breve currículum, “dibujante autodidacta” decía, y de un link a una página web. Le enviamos la dirección solicitada y de paso le comentamos sobre la existencia de Intravenosa y lo invitamos a participar. Suerte para todos entonces, él consiguió lo que buscaba y en una de esas nosotros conseguíamos unos dibujos para ilustrar la revista. Pasados algunos minutos, que bien pudieron haber sido horas, alguno de nosotros gritó “¡Pero este tipo es grosso! Mirá, le hizo las tapas a Spinetta”. Y ahí, la verdad desnuda frente al monitor nos mostraba portadas de Bajo Belgrano, El Valle Interior, Fierro, El Péndulo, Skorpio junto a otras ilustraciones increíbles. Inmediatamente después del goce ocular y con las retinas todavía resecas vinieron los reproches y la desilusión. “Le tendrías que haber explicado mejor lo de la revista”, “este tipo ni en pedo nos manda algo” y frases similares se tiraban al aire, hasta que, de golpe el inconfundible sonido de un nuevo mail en el buzón nos dejó mudos. La suerte estuvo de nuestro lado, en ese mail, adjunta, venía la ilustración que aparece en la portada del número 6 de Intravenosa.

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Con el tiempo, fueron llegando las ilustraciones del número 7, del 8, del 9, del 10 y del 11. Por qué razón Eduardo Santellán se enganchó con este proyecto y colaboró intensa y desinteresadamente es un misterio. De lo que sí estamos seguros es de que fue un artista de una generosidad incalculable, algo que en estos tiempos no es un detalle menor. Acostumbrados como estamos a la indiferencia, e incluso al menosprecio, de algunos artistas e intelectuales de generaciones precedentes de nuestra provincia, ejemplos como el de Santellán nos marcan la ruta del día a día y nos afianzan en la tarea.

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Y hoy, teniendo que escribir esta editorial no urgente que hubiésemos preferido no escribir, la tristeza nos empaña los recuerdos. Vos dijiste que no hay verdad sin cierto flagelo, así que, Eduardo, disculpanos si nos quedamos viendo esta portada en blanco, esperando esa ilustración que ya nunca va a llegar.

Nosotros 9 de agosto de 2011


Acomodar el mundo, decir amor y desaparecer

p

por Fernando Choque

erro amor explota

Nadie nos asegura que realmente estamos a minutos cósmicos del borde existencial. Ni siquiera podemos determinar la frecuencia exacta del tiempo astral, razón por la cual podemos estar tan cerca como a millones de segundos o milenios del fin absoluto. Pero podemos detenernos en un concepto que sí conocemos o al menos intuimos: Nuestro comienzo. Y me refiero a los primeros pasos como humanos, seres pensantes y privilegiados en la maraña del caos, que por alguna cuestión de las leyes físicas decidió ordenarse un poco, a favor de nuestra substancia. La premisa parece ser cumplir con la organización, y en virtud de ello la especie nace por un despliegue biológico y del lenguaje, muy ordenado. Nuestro espacio en el universo tiende a acomodarse delicadamente, como si existiese un cincel empecinado en reponer las cosas a su lugar. (Si suena creacionista, es necesario aclarar que el artículo está más cerca de las variables naturales que de las divinas) Lograr comunicarnos a partir de un lenguaje avanzado, no fue lo único importante, de todas las adaptaciones que aparecieron en nuestro organismo: bipedia, incremento de la capacidad craneal, visión frontal y periférica, etc. Voy a detenerme en esta última. Porque siempre recuerdo la hipótesis: del paso del acicalamiento simio al beso humano, que recibí en clases de Filosofía del Lenguaje. La misma proponía que el amor era producto de la mirada frontal y de la compactación pélvica; lo que nos permitió tener relaciones sexuales frontales y mirándonos a los ojos. Surgieron el beso, las caricias y el enamoramiento; la

vista en la vista resultaría ser clave en el surgimiento de las sociedades primitivas. Esto me llevó a considerar al orden como el verdadero y único camino a la desaparición del mundo. Porque en realidad nunca alcanzamos avanzar hacia un mundo de enamorados, de machos y hembras evolutivos, de sociedad y leyes; y de una armonía intolerable. Esto solo en términos sociales, porque también vale para el espacio sideral, un orden que a toda vista es rebosado por una vitalidad intrincada y desorganizada. Nada más necesario que lo caótico para la continuidad, tal cual lo plantean en la película El quinto elemento. Dónde se arroja a propósito un vaso al piso y un número indeterminado de robots sale de las paredes para reordenar el caos. Pero no hay nada más ordenado que la automatización de las máquinas, por lo que el ejemplo cierra perfecto, cuando el personaje se atraganta con la aceituna del martini, y está a punto de morir. Las anomalías, en realidad, están aleatoriamente presentes en cada acción del universo. Si bien, al parecer, primitivamente, necesitamos enamorarnos para conservar la unión, en pos de criar a los hijos. No fuimos ni somos la única especie que practica la monogamia y la fidelidad; y muchos menos hemos logrado alcanzarlas. Y el mundo sigue, así a los saltos y quiebres, megaestructurales unos y microsensibles otros. (Foucault estuvo de parabienes por ello) Por estas razones debemos fraccionar, justamente, el sentido del origen como tendencia al equilibrio y su consecuente resultado: • El origen del universo es caos ordenándose y una expansión de materia formando galaxias,

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llegar a la máxima expansión implica detenerse, es decir, ausencia total de movimiento. Se calcula que comenzaría una retracción universal hasta regresar al punto único de energía incontenible. Ambos extremos origen y expansión total son el orden absoluto, algo impensable para la física. Implica la no existencia, cuestión inconmensurable y fuera de las leyes cósmicas.

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• El origen del sistema solar y la tierra, similar al anterior, pero en escala humana. Imaginemos por un momento un solo continente primitivo, un solo hemisferio con luz constante, una sola raza, una única especie. De alcanzar algo similar, extrañaríamos los tsunamis, la noche, lo desconocido, solo por citar ausencias ficticias que fueron y son totalmente necesarias. • El origen del homo sapiens. Alcanzó a reordenar lo biológico para la aparición del lenguaje y del habla, esto como si las otras especies fueran un desastre de diseño. Admiramos el fin de cada eslabón para que nosotros existamos, pero la continuidad de las especies homínidas de simios que no desaparecieron, nos muestra que lo heterogéneo también es creación. • El origen social a partir del amor resulta convincente hasta que nuevamente el desorden retoma su poder. En realidad no hay desorden ni caos, porque son lo perfecto por excelencia. Es una fórmula que no se agota, la verdadera ley natural está en la desarmonía. Todo lo social es antinatural y la tendencia a naturalizar las acciones humanas es el verdadero comienzo de la explosión final. Sin amor el humano es realmente una especie.

Mucha experiencia para que me oiga este relajo La ciencia se ha constituido como la única categoría de conocimiento válida para comprender al mundo, sobre sus paradigmas hemos terminado de formar la sociedad, que nos protege frente a la hostilidad de la naturaleza, pero sobre todo nos permite individualizarnos. Husserl, a través de la fenomenología de las esencias, va a contradecir al discurso científico: lo desconocido no necesita de las categorías científicas para el conocimiento. La piedra basal de esta oposición se encuentra en tomar a la experiencia sobre el lenguaje. No es factible expresar conceptos sobre algo, si antes no hemos vivido su percepción para comenzar a comprenderlo. MerleuPonty afirma “La fenomenología (…) deja en suspenso, para comprenderlas, las afirmaciones de la actitud ‘natural’ (la ciencia), siendo además una filosofía para la cual el mundo siempre ‘está ahí’, ya antes de la reflexión como una presencia inajenable, (…)” Ante cada discurso novedoso y colmado de originalidad, debemos anteponer nuestra experiencia como generadora de sentido. El lenguaje no es lo excepcional, antes tenemos la experiencia propia para alcanzar la comprensión y el significado de las cosas. El cuerpo como receptor, a partir de los cinco sentidos, nos permite medir cada significación del lenguaje; y es esta instancia de admisión ante lo exterior del cuerpo lo que adecua que el lenguaje quiera decir algo para nosotros. Nos remontemos nuevamente a la “experiencia” del fin de los tiempos, algo que sin lugar a dudas, no hemos experimentado. Aunque, por supuesto, cada uno tendrá su propia versión de lo más próximo a la inexistencia misma. Retomamos el ítem anterior, y planteamos ahora que lo destructivo en nuestra consciencia es el desamor, la falta de orden sentimental,


la inexistencia o pérdida de un ser querido; y hablamos tanto sentimental como físicamente. Pero ¿cómo sentimos cuándo se nos ausenta el amor y el mundo pierde sentido? No es algo abstracto, es el mismo cuerpo sintiendo los ánimos por el suelo. Del dicho a las tripas corazón, nos resulta evidente que algo biológico actúa para describir ese sentimiento insondable: nos enamoramos desde las entrañas o el corazón, perdemos la cabeza, todo pasa por el cuerpo. Los sentidos que el físico pone en juego a la hora de actualizar sus emociones. Pero si de experimentar se trata, la especie alcanza una solución para constituir su mundo sin entrar en contradicción entre lenguaje y mundo sensible. La respuesta nos la acerca la semiótica y Foucault nos auxilia: “La única realidad no está en las palabras ni en las cosas, sino en los objetos. Los objetos son el resultado de ese encuentro entre palabras y cosas que hace que la materia del mundo, gracias a la forma organizativa conceptual en la que es colocada, sea una sustancia que se encuentra con cierta forma” En primer lugar los objetos son el nexo, que a su vez forman nuestro mundo real, conjunción entre palabras y cosas; es la escena del mundo que montamos para vivir dentro. Si queremos filosofar hacia el origen de la filosofía occidental, sería una especie de caverna platónica. Lo segundo e importante que destaco es que refiere a una forma organizativa conceptual. Y vuelvo entonces a la idea del orden para obtener los objetos que escenografían nuestro espacio. Poner todo en su lugar y especificar que para cada espacio corresponde un elemento, no es tan sencillo de lograr ante la inmensidad del universo de las cosas. Porque si el objeto es comunión entre lenguaje y cosa a partir de la experiencia, no habría estantes, ni góndolas, ni depósitos posibles para preservar los objetos que resultan.

El neurocientífico Quian Quiroga estudiando la obra de Borges y en búsqueda de los procesos del conocimiento sostiene: “Lo genial de Borges, también de Williams James, fue que él se dio cuenta de que con una memoria demasiado extraordinaria o infinita no podrías pensar, y eso es lo que él describe en Funes el memorioso. James decía que si pudieras recordar absolutamente todo estarías tan discapacitado como si no recordaras nada. Lo importante es poder olvidar.” Y si de limpiar la memoria se trata, lo que resulta de ello es un simple saquemos la basura afuera o peor aún la escondamos bajo la alfombra (el psicoanálisis vive de esto). A algún lado va a parar lo desechado, nuestra papelera de reciclaje no es una compactadora ecológica de residuos, muy por el contrario es un basurero a cielo abierto. No hay posibilidad de limpiar y dejar todo pulido y brillante. Sintetizando la experiencia es tan caótica como el origen del universo, el inicio del lenguaje es una pretensión normativa del mundo de los objetos. Si por alguna razón la mente humana alcanzare un programa neuronal o informático capaz de ordenar y conjugar todo el conocimiento en una misma instancia, como un Aleph borgeano, no nos hace falta especificar el

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resultado. Nuevamente el orden es destrucción y lo que sucede en nuestra realidad es que nadie quiere tomar la pastilla roja de Neo, el personaje de Matrix, ¿para qué salir al mundo de las cosas y las basuras si el de los objetos es tan cómodo?

El teatro del horror te hará estremecer, te hará estremecer

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Si asistimos a una representación teatral concedemos, a priori, a la puesta en escena una autorización para que ante la ausencia de elementos contextuales no resulte un proyecto trunco de duplicación de la realidad. En el escenario se presenta un universo particular, con realidades acotadas por la imposibilidad práctica de alcanzar los objetos suficientes que logren una copia fiel de la realidad del espectador en su butaca. Un barco, una playa, la puesta del sol o el último segundo de existencia, dentro de una obra requieren una interpretación particular y por ello se convierten en un problema lingüístico, al menos si solo fuesen dichos. Pero si son expresados por acciones u objetos simbólicos se convierten en un problema semiótico. Fernando del Toro explica: “El teatro dentro de las artes del espectáculo tiene un lugar privilegiado en cuanto a la producción de signos, debido principalmente a los diversos sistemas de significación que integran su práctica” La obra teatral requiere aún resolver una cuestión más profunda para completar el contexto ficcional al que se enfrenta la audiencia: “lo no expresado”. ¿Si un mimo representa que recibe un golpe? ¿Cuáles son los factores que completan la representación del cuadro escénico? El golpe pudo ser de un puño, un objeto, cachetada, codazo, cabezazo, etc. ¿A qué tipo de golpe alude?

Por otro lado, y en continuidad con el apartado anterior, ¿qué omitimos para comprender la escena?, o mejor dicho ¿hasta qué grado de reconstrucción experiencial accedemos para construir el sentido? Golpe-sangre, golpe-temor, golpe-tumulto, golpepelea, etc. Sin lugar a dudas, no podríamos interpretar la realidad de la escena sin experimentación previa. Ahora nos consideremos actores de una obra, que no es otra cosa que el escenario cotidiano de nuestras vidas. Y nos aparece lo desconocido, algo que hasta entonces estaba en las gradas de nuestra existencia, debemos construir el significado. La abstracción es otra de las importantes cualidades del lenguaje. Eco analiza -utilizando la descripción que Marco Polo hace de un rinoceronte, animal que experimenta por primera vez- lo siguiente: “¿qué vio Marco Polo antes de decir que había visto unos unicornios? ¿Vio algo que debía ser, de todas formas, un animal? Nótese que estamos oponiendo un ‘ver’ primero a un ‘decir’.” Si Marco Polo pudo establecer la existencia de un animal antes que definir al rinoceronte, nosotros debemos poder intuir la destrucción final, antes de experimentarla. Abstraemos, a partir de un sistema sígnico, que habrá muchas formas para el fin del mundo, sin todavía saber con exactitud si tendrá un solo cuerno o dos, un sol explotando, o los jinetes bíblicos arremetiendo y destruyendo nuestro sistema de cosas. Teoricemos sobre la destrucción del mundo escénico ideal, su desaparición puede compararse con el escenario teatral sufriendo un terremoto y viniéndose el edificio abajo, que entre un grupo de violentos encapuchados a caballo y rompa todo inclusive nuestros huesos, o que demos el primer paso fuera de las tablas y descubramos las cosas exteriores; como en Truman Show.


Aceras calientes La destrucción siempre implica el desparramo de una organización, física o intelectual, que todo termine dispersado e imposible de volver a reunirse. Cualquiera que sea el fin, indudablemente el lenguaje es un gran ordenador, la verdadera Matrix. Si la especie es lenguaje, el fin de los tiempos es la afasia universal o el recuerdo infinito. Anímese querido Lector, tomemos juntos la pastilla azul de Morpheus, no hay nada mejor que quedarse en la ignorancia, después de todo siempre nos desenamoramos y nunca logramos ordenar el mundo. Tomemos la pastilla azul, permanezcamos en la escena y nos hagamos pedazos en el mundo que, en última instancia, el amor también es sexo.

por Carlos “Tuta” Albarracín

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algo a caminar por la cintura cósmica del sur. Pero si mirara un mapa de esta, la América, por la altura donde está Jujuy, me daré cuenta que más que por la cintura ando por el lado de las caderas. Y, siguiendo con la analogía, no puedo dejar de observar que América se hace finita al final, casi casi como los tobillos de mis paisanas de anchas y soslayadas nalgas; mujeres de delgadas pantorrillas. Que no son todas así, ya lo sé, pero no sé; a veces o casi siempre son las que más me atraen. Y en el gusto está el disgusto decía mi madre con su filosofía de mujer de entrecasa y batón colorinche. Hoy, no puedo hacer otra cosa más que caminar. Mi bolsillo extraña a los Belgrano, San Martín y Rosas y ni qué decir de los Rocas. Ante el abandono de los billetes, decido transitar por esa mini urbe que está entre, vaya coincidencia, los nombres de los héroes de esa historia hecha de billetes. Por suerte estamos en primavera, creo. En los últimos años sabemos el mes pero no la estación. ¿Será esta una primavera fría y ventosa o el invierno tórrido y, también, ventoso? Como no sabemos en qué estación estamos, al menos nos queda la tranquilidad de saber en qué día hemos despertado. Aunque como viene el paisaje de la calle, me pregunto si no estoy soñando. Y no lo digo porque los edificios se hayan transformado o el pavimento esté más gris y sucio. Lo digo porque las mujeres que andan hoy por la calle tienen ese no sé qué. Ha de ser nomás la primavera que las anda acariciando y envolviendo. Verdad es que no me quiero sentir un acosador y les ordeno a mis ojos que se detengan y no sigan sorprendidos el bamboleo de un vestido de rosas y otras cosas. Le ruego a mi boca

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que se mantenga interpérrita ante el batir sugerente de una blusa que se cruza en mi camino. Hasta mis oídos giran descontrolados, si fuera eso posible, ante el insinuante rumor de taconeos varios. Este cerebro que me ha tocado es francamente un inútil, no puede controlar sus sentidos y tampoco ha sido capaz de inventar una buena excusa para dirigirse a todas esas mujeres que atrapa en su deseo y se le escapan entre los dedos. Esta cara no será la de Brad, pero tampoco es pa´ tanto. Mi cuerpo, es verdad, ha tendido a crecer en los lugares que no debía, así que no ha sido producto de elogios. Ha de ser por eso que las veces que una mujer ha respondido a los gritos desesperados de mis ansias ha bordeado peligrosamente el acto de caridad. Seguramente llegarán al cielo, pues creo que no le he visto la cara a Dios. 18

Me pregunto ansioso, qué es lo que tienen otros hombres que yo no tenga, aparte de una persistente alergia al desodorante Axe. Por tanto, y controlando todos mis impulsos, me pongo a mirar a mis competidores. Un rápido recorrido etnográfico por los rostros circundantes, me hace abrigar esperanzas. De cada diez que se cruzan, ocho tienen la misma cara mía. Es decir revolean los ojos para todos lados, abren la boca y son medio fieritos. Habrá dos o tres con mejor cara, pero igual miran para todos lados. ¿Serán acaso otros sus atributos? Sigo en mi investigación, tratando que mi mirada objetiva de científico no confunda a mis congéneres. Que eso ya me ha pasado. Y otro día se los cuento. Así continuando mi cualitativo recorrido observo ancianos de tiro alto, jóvenes de pretina angosta, maduros de jean y cinturón ajustado, adolescentes deportivos y cancheros, hasta que mi errancia me conduce a un puente. Ahí vendiendo pimientos y otros frutos está un negro. No un negro de mi barrio.

Gabriela Montesinos Paz

Un Negro. Un pibe recientemente llegado del África. Ahí vendiendo, pero por sobre todo esparciendo por todos lados el mito ante el que todos nos sentimos empequeñecidos. No se le nota, no es necesario. Los hombres lo miran con envidia, las mujeres con anhelo. Es solo un trabajador quemado por el sol como tantos otros, un tipo común buscando el peso pero el mito lo persigue, y quizás él no lo sabe. Al menos eso es mi pequeño consuelo. Ante él solo me surgen palabras pequeñas, mínimas. Supongo que estoy definitivamente atrapado en mi nimiedad. Será cierto lo que dijeron en la tele, me pregunto. Eso del promedio por continente. Por suerte no vivo en Asia. Maldigo mi persistente necesidad de estar informado, pues si yo no supiera, si viviera en la ignorancia, si no fuera un hombre de este siglo no me sentiría tan pequeño. Lástima, también me perdería la forma suave de esa minifalda que pasa atrayendo. Y yo la sigo, que no está muerto quien pelea. En una de esas ella solo me necesita a mí.


¿Nueva narrativa salteña? por Daniel Medina

H

ay un momento trascendental en la literatura salteña: el día en que un puñado de poetas decidió cargarse a Dávalos, hasta ese momento el padre o por lo menos el patrón de estancia de la literatura salteña. Analicemos la escena del crimen, que en este caso es el manifiesto poético de La Carpa: “Nada debemos a los falsos ‹folkloristas›. Tenemos conciencia de que en esta parte del país la Poesía comienza con nosotros”. No hace falta ser un oficial de CSI Las Vegas para dictaminar que estamos ante un “Parricidio por ninguneo”. Lo interesante de este momento o de esta escena de la literatura salteña es la forma en que distintas generaciones se encuentran, la forma en que al menos una de ellas decide luchar por el poder.

Estos encuentros son siempre conflictivos, traumáticos. Y estos rasgos parecen más evidentes en los narradores de la provincia que en este tercer milenio tratan de definir una identidad propia. Uno de los problemas en la construcción de esa identidad es que no hay un otro bien definido. Por lo general1 las identidades se crean por contrastes: uno es consecuencia de todo aquello que no quiere ser. Y esto funciona en la poesía, que tiene una larga tradición en Salta; pero no en la narrativa, que ostenta una historia más breve y difusa. 1 Inevitablemente en este artículo se recurrirá a generalizaciones, que harán inevitables palabras como “siempre”, “nunca”, “todos”, “ninguno” y, desde luego, expresiones como “por lo general”.

Es verdad que en 1932 Federico Gauffin publicó En tierras de Magú Pelá; es verdad que esta novela tiene páginas magistrales, páginas que son pura fuerza; pero de alguna manera la novela emerge recién tras 19802, década en que se publican textos fundamentales de la literatura salteña: pienso en Trenes del Sur, de Carlos Hugo Aparicio, en Bisiesto viene de golpe, de Francisco Zamora, en Alias cara de caballo, de Juan Ahuerma Salazar y en Crónica del diluvio (1986) de Antonio Nella Castro. ¿Por qué la novela tarda tanto en madurar en esta provincia? Una respuesta posible la da Martín Caparrós en su libro El Interior, en las páginas dedicadas a Salta. Ahí Caparrós tira esta hipótesis: la poesía parece un género al que la oligarquía se puede adaptar fácilmente: se toma un papel, una servilleta y se escribe unos versos cada tanto. No hay sudor. Escribir una novela, en cambio, implica un trabajo arduo, lleva meses, quizá años. Una novela solo puede ser construida por un obrero de la palabra. Entonces los ´80 serían una década de apertura social, pero de una apertura inconclusa: la novela aún hoy no consigue imponerse como el género narrativo más importante, lugar que sigue ocupando el cuento, un género de alguna manera más predecible y mecánico, con menos espacios para el despliegue de ideas, y para la experimentación3. 2 En este momento me parece obvia la relación –aunque quizá la observación sea errónea- entre el retorno a la democracia y la aparición de esas novelas, muchas de ellas escritas durante la dictadura militar. 3 El contraste, además, con Trenes del Sur o Alias cara de

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Lo que quiero destacar es que de haber un diálogo o una confrontación de los jóvenes narradores, debería establecerse con esos cinco libros de los 804. Sin embargo, el diálogo parece inexistente. En parte, porque estos libros no son fáciles de conseguir (algunos hasta hace poco tiempo sólo circulaban en fotocopias); pero sobre todo porque, salvo Aparicio, resultan poco atrayentes5. ¿Qué es lo que ven en Aparicio los jóvenes narradores de este tercer milenio?

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Una cuestión es la oralidad. Aparicio ha demostrado tener un gran oído para los diálogos y para volcar en su prosa las voces de los más humildes. Los problemas que pueden tener los jóvenes del tercer milenio, casi todos capitalinos, casi todos con estudios universitarios en Letras, son: a) no poseer el sentido de Aparicio para captar la oralidad, y b) la forma de hablar de los salteños ha mutado considerablemente y los personajes de Aparicio hablan más como nuestros abuelos o nuestros padres, pero no como nosotros, a quienes la televisión porteña ha neutralizado varios rasgos. Por eso, a veces, cuando un joven narrador trata de hacer que sus personajes hablen como los personajes de Aparicio, el resultado es impostado. Caballo, se acrecienta, porque estas tienen una experimentación notable. Por otra parte, estas características no impiden que yo sea un lector voraz de cuentos, ni que no los escriba: pese a los condicionantes mencionados se siguen escribiendo cuentos que consiguen emocionar y afectan de manera única al lector. 4 Y habría que sumar los cuentos de Aparicio y también los de Santiago Sylvester, reunidos en La prima carnal. 5 Y esto quizá sea más culpa de los lectores que de esos textos.

Presentación del libro de Alejandro Luna - Salta, Septiembre 2011

No el de todos, por supuesto. José “Pepe” González, Juan Manuel Díaz Pas, Rodrigo España, por nombrar a unos pocos, manejan muy bien la oralidad. Voy a dar un solo ejemplo, tomado en este caso de Rodrigo España, que construye gran parte de sus relatos en base a diálogos, diálogos que solo de a ratos interrumpe un narrador que también parece estar contando la historia desde un bar: “y caraplana no te queda otra que obedecer la ordenanza chamánica, porque la carmelita te espera y a este paso vas a terminar siendo lana antes de poder traquetearla hasta que le corran los jugos. te bajas el pantalón y el calzoncillo olor a culo y bolas que no te cambias desde hace una semana. no te queda otra caraplana y dejas que el colque te extraiga los pelos del culo, sin pudor y con fe, con mucha fe”6. Retornemos a Aparicio. Porque Aparicio además abrió otro camino con sus cuentos, sobre una base en la 6 Fragmento de la novela Los hombres verdaderos no matan coyotes.


que parece querer fundarse la nueva narrativa salteña: el contraste campo-ciudad. Lo que hizo Aparicio fue fundar un nuevo escenario literario: el barrio. En 2011, Alejandro Luna en la presentación del Libro de las humillaciones varias resaltó el carácter urbano de sus textos. Se podría pensar que se refería a tres instancias: la rural -de antes de los ´80-, el barrio de Aparicio, que de alguna manera conquista la periferia de la ciudad, y los cuentos de Luna vendrían a desembarcar en el centro7. Pero lo que Luna hace bien es actualizar el barrio apariciano: un barrio del tercer milenio se caracteriza por su neurosis, por sus nuevos ritmos, por la visibilidad de una composición social más heterogénea y, sobre todo, más violenta. Los cuentos de Luna muestran esto: si hay algo de nuevo en la nueva narrativa es la imposición de una ciudad desquiciada. Una comparación: en un cuento de Aparicio, a una familia le hurtan, una a una, de manera imperceptible y sutil, las ruedas del auto; en un cuento de Luna una parejita está discutiendo en la parada de colectivos cuando se les acerca un grupo de mocosos drogados para robarles, el chico se resiste, y lo matan a golpes. “Cayó al suelo y comenzaron las patadas por todo su cuerpo que no quería más que amar y que lo amen. Ella comenzó a correr. El Gabo ya no se cubría de los golpes…”, dice el narrador: la violencia es tangible y es, junto a la desolación, uno de los ejes del libro. Yo no veo, al menos con esos escritores del ´80, otro tipo de relación; y lo curioso es que los jóvenes poetas sí tienen otra manera muy distinta de diálogo. Los poetas actuales han leído detenidamente a Walter Adet, 7 De alguna manera la dicotomía campo/ciudad en los jóvenes escritores salteños es solo espectral. Para un joven narrador nacido en la capital salteña, el campo no existe.

Jacobo Regem, Jesús Ramón Vera, Manuel J. Castilla, etc., con quienes, como los lectores desarrollan, además de los sentimientos de respeto y admiración, también cierto cariño. Pero los jóvenes narradores no prestan la misma atención a sus predecesores. No hay un ninguneo programado, una actitud en los jóvenes de decir la narrativa empieza con nosotros, algunos simplemente escriben entablando diálogo con otras culturas. Esto es, en parte, porque la mayoría de estos textos son o eran hasta hace poco casi imposibles de encontrar; pero también porque los jóvenes no suelen interesarse. Lo más parecido a un milagro en Salta es esto: una generación totalmente escindida, que trata de escribir como si en su contexto cultural no existieran ni hubieran existido otros escritores. Dos hipótesis sobre lo que puede estar pasando por la cabeza de los que muestran este desinterés: a) “para un salteño no hay nada peor que otro salteño”, b) los genios o los talentosos existen, pero siempre alejados espacial/temporalmente de la provincia; o sea, no se puede ser genio y salteño al mismo tiempo, al menos no de manera actual.

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Siesta Un agravante es que tampoco se está leyendo mucho a los contemporáneos de la Argentina. Asusta pensar que quienes hoy tienen entre 20 y 40 años construyen sus caminos de lectura casi con los mismos libros que analizaron en detalle los que en la década del ´80 tenían esa edad8.

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Esta necesidad de ruptura de los narradores salteños con su pasado y con el presente parece un síntoma. Y ese síntoma solo se puede explicar en un contexto cultural extraño para Salta. Desde la gestión de Juan Carlos Romero hay una política marcada de recrear el mito de la patria chica. Es el marco de una ciudad que se ha vuelto de repente turística, y por ello hay una refundación de la salteñidad. Una salteñidad ficticia, que el gobierno ancla en la solemnidad, en una supuesta moralidad, y que trae aparejada -especialmente junto al gobierno de Juan Manuel Urtubey- la resurrección de la oligarquía provincial. Y por eso, ante este intento de homogeneizar la salteñidad, ante este intento de decir que hay una sola forma de ser salteño, los jóvenes responden con una narrativa que tematiza sus antídotos: ante la solemnidad, el humor; ante la hipocresía de la moral victoriana, el sexo explícito y sucio; ante el monólogo feudal, la pluralidad de voces de los que suelen no tener voz; y sobre todo, la necesidad de mostrar la violencia, de hacerla evidente: la violencia es la refutación más concreta al espejismo de salteñidad que sostiene el poder. 8 Los escritores del interior siempre tienen una obligación extra como lectores: además de estar al tanto de las producciones del país (Buenos Aires), de Latinoamérica y de Europa o Estados Unidos, se sobreentiende que deberían leer a sus pares provinciales. Lo aterrador es que en muchos casos la idea de leer a los contemporáneos -salvo quizá, en casos aislados- a los Norteamericanos- parece huidiza.

por Carlos María Rivero

H

ace como unas bodas de diamante en mis siestas, nos estaríamos yendo con los changos del pasaje Charcas a “rediar” al Xibi Xibi. Bajábamos al trote como tropel por el costado del inconmensurable puente Asunción y nos íbamos más arribita de la fábrica de la Coca que tiraba sus desechos al río. Todavía no era antiimperialista pero me cagaba de odio eso, porque las mojarras que sacábamos por ahí -después en la fritada- tenían un gusto… distinto: imperialista debió haber sido. Hace como veintipico de años parecíamos no tener sudor; si teníamos: ¡qué me importa!, ¡Cuchillito que no corta ni el maíz ni la mazorca! Parecíamos “cirujas” harapientos… y menos mal -para ellos- que no había shopping en Jujuy. Parecíamos sapos de un mismo pozo. Parecíamos y éramos. La siesta era, sin dudas, el primer territorio libre de nuestras vidas. Y hoy, con treinta `i pico (picos largos) de años y de sensación térmica, en la Avenida Colón arriiiba, en medio del cemento de las inversiones sojeras, del termómetro que revienta por los desmontes, haciendo malabares con los múltiplos del $3.20 para el bondi, en medio de la baldosa floja de la nostalgia… tengo que seguir laburando. Llegaron las bodas del embole. Atajensé los “cool” y los cultos; voy a citar a Arjona: “tengo ganas de comprarme un boleto de regreso al ayer… tengo ganas de no tener ganas…”. Tengo ganas de estar en el cordón de la vereda meta chupar picolé; embarrado hasta la oreja. Pero libre en la siesta.


Atacama Attacks! por Meliza Ortiz “Camarón que se duerme camarón que se duerme se lo lleva la corriente.” Ricky Maravilla

B

Dedicado a mi familia, con rencor.

ueno. Es así. Este es el fin del mundo más cercano que tuve y voy a tratar de contarlo de la manera menos drástica posible porque fue realmente feo lo que me pasó. Ya se me está pasando un poco, creo, pero hasta me diagnosticaron estrés post-traumático cuando volví, aunque el término parezca una estupidez. Todo comenzó, digamos, cuando mi familia me abandonó en el medio del desierto de Atacama y ya son muchas las personas a las que se lo conté. Es algo que la verdad estoy dudando todavía si logré perdonárselo o no. Estuve mucho tiempo haciéndoles chistecitos inconscientes ácidos sobre el hecho como para reavivarles el sentimiento de culpa cada tanto, cosa de la cual disfruté absolutamente todas las veces. Por ejemplo: llegaba y no había más ensalada: “Claro, qué se van a acordar de guardarme ensalada si no se acordaron de que yo también existía cuando se subieron a las camionetas y se fueron por el camino del desierto y los vi perderse doblando la curva del horizonte”. Y un jajaja. Y mi mamá o mi papá tragando saliva y la cara por el piso y yo disfrutando. Entre Iquique y Arica, hay un lugar fantasma que se llama, no me quiero ni acordar, Camarones. Camarones y la puta madre que lo remil parió. Así

se tendría que haber llamado el lugar ése, o mínimo debió haber tenido una bandera negra con huesitos de “mejor alejate de acá urgente”. Pero no. No la tenía y volviendo de pasar el Año Nuevo en Arica, a mi madre no se lo ocurrió mejor idea que decir, de lo más campante: “¿Entremos a conocer?” Íbamos en dos camionetas iguales. Una blanca y otra color champagne (sí, ese nombre tiene el color de la camioneta ésa). Iba a ser como un brindis con piña colada y Chandón del apocalipsis. A todo esto, a mí me daba igual todo, tirada en el asiento de atrás de la camioneta de mi hermana y mi cuñado, escuchando música con mi mp3 naranja y mis auriculares, apoyada plácidamente en la almohada blanca de mi sobrina, que ahora iba en la camioneta de mis viejos. Es verdad: yo me cambiaba constantemente de camioneta. A veces tenía ganas de estar con mi sobrina, entonces íbamos las dos en la parte de atrás de alguna de las dos. Otras veces no (porque sos muy rompepelotitas a veces, Paulita), y si mi sobrina iba con mis viejos, yo me quedaba en la de mi hermana durmiendo o estando tranquila en el asiento de atrás; o dos veces viceversa: mi sobrina y yo en la de mis viejos, o mi sobrina en la de mi hermana y yo en la otra, y así. Como se sabrá o se sospechará, son largas, larguísimas distancias las que hay que atravesar en el desierto de Atacama para llegar a algún lugar con algo. Y esto fue lo que pasó. Yo en la camioneta de mi hermana, mi sobrina en la otra. Volviendo de Arica, paramos en la ruta a doscientos kilómetros en un mini puesto de desierto, frente a una estación de servicio

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igualmente fantasma, como todo el conjunto de cosas en ese lugar. Comimos unos sánguches que vendían ahí con una gaseosa. Faltaban cuatroscientos kilómetros más para llegar a Iquique, o sea cuatro horas más de viaje promedio, de un solo tirón, sin intención expresa por parte de nadie de volver a parar en la ruta que sigue y sigue y sigue, y que en el medio, nada. O sea, nada. Nada en la acepción más estricta de la palabra. Nada de nada: arena, arena, arena, horizonte, horizonte, horizonte, un cordón de arena un poco más alto hacia la derecha, otro hacia la izquierda, ruta y listo. Se terminó para siempre la descriptibilidad del lugar. Arriba cielo y sol de muerte a las dos de la tarde y punto. Nada, pero nada más.

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Terminamos de comer los sánguches, subimos a las camionetas, yo a la de mi hermana, y siguiendo a la de mis viejos, doblan hacia la izquierda y se meten en un senderito de tierra (de arena, en realidad; ahí todo es arena), dejando atrás un cartel que decía: “Playa de Camarones 11 kilómetros” y una flecha que indicaba para adentro. Todo esto conmigo ahí adentro, encerrada, sin saber en la espantosa trampa móvil, mirando tranquila por la ventana el escenario de mi futuro propio horror, sin mayores preocupaciones en la vida que buscar en el mp3 el temita que tenía ganas de escuchar: Mika o alguna cosa así, de lo más liviana. CAPÍTULO DOS: LA QUIETUD QUE PRECEDE AL HORROR. Listoooo. Llegamos. Estacionan las camionetas en una explanada después de hacer los 11 kilómetros por un senderito estrecho de loma con pared de montaña de arena de un lado y barranco de arena del otro. Playa desierta de Camarones a unos metros, bajando a pie otra lomada de arena de tres metros de

alto aproximadamente (igual nunca supe calcular las longitudes, pero digamos que si una persona bajaba a la playa, desde donde estaban las camionetas no se la veía porque la tapaba la altura de la lomada y el de abajo tampoco veía las camionetas). Mar violento pega contra la playa rodeada de acantilados rocosos con todo el poder y la furia y hace un ruido estrepitosísimo, o sea, no se escucha nada de lo que pueda estar pasando alrededor. Dato de color: tres camioneros chilenos, únicos seres vivientes –demasiado vivientes- en los 11 kilómetros de sendero y en los 1000 a la redonda, tiran agua al mar con un tubo que sale del camión. Mi viejo se acerca y charla con ellos. Son mineros. Vienen desde Chuquicamata más o menos, porque es el lugar más cercano o algo así para tirar esa agua al mar. Bueeeno, todo bien. Bajan la lomada hasta la playa. Yo hago lo mismo. No hay un alma. Unas cuantas gaviotas devorando un cadáver de lobo marino más allá. Todo es lejos: una especie de fiordo que entra al mar y que es el único accidente geográfico visible hacia la izquierda aparte de más lomadas de arena, por supuesto, está re lejos; los camioneros, único accidente humano visible hacia la derecha, están más o menos lejos, al lado de rocas y más acantilados, la espuma de las olas violentas, más allá, hacia delante, a varios metros; un viento fuerte que también hace bastante ruido y que debe venir desde también muy lejos y desde todos lados hasta llegar y estrellarse contra toda la nada, y eso es todo, aparte del sol de verano de las dos de la tarde vertical sobre tu cabeza. Al principio me gusta; no me parece mal un lugar así de playa sin absolutamente nadie y después de un rato se me da por sacar fotos. Tremendo error. Error supremo. El paso en falso más grave que cometí en mi vida: querer sacarle fotos a la playa desierta de


SECUENCIA TRES (“SECUENCIA” PORQUE ESTO YA DESDE ACÁ ES EL GUIÓN DE UN CORTO DE TERROR QUE SÍ O SÍ TERMINA MAL).

Playa de Camarones - Foto: Meliza Ortiz

Camarones. Los otros ya de vuelta ahí arriba de la lomada donde están las camionetas. Mi madre o mi hermana que quiere orinar. Dice que va a ir más allá, a lo lejos, donde hay unos escasos arbustines. LE PREGUNTO A MI HERMANA (principal referente de una de las camionetas) POR MI BOLSO “PARA SACAR LA CÁMARA DE FOTOS”, EXPLICO. ME RESPONDE QUE NO SABE. MI MAMÁ (principal referente de la otra camioneta) ESCUCHA Y ME DICE QUE LA CÁMARA LA TIENE ELLA EN EL SUYO, QUE ESTÁ EN LA PARTE DE ADELANTE DE LA OTRA CAMIONETA. Voy a la otra camioneta, siguiendo las instrucciones expresas que me dio mi propia madre, encuentro la cámara de fotos, la agarro, y bajo tranquilamente de nuevo a la playa. A la playa del ruido y la furia, donde no se ve nada más que mar hacia delante y pared de lomada hacia atrás y donde no se escucha nada más que el ruido del viento y de las olas violentas.

Click, click, click. Saco fotos tranquila. Me preocupo por ponerles zoom para acercar lo poco que se ve a lo lejos hacia la izquierda, el fiordo (no es técnicamente un fiordo, pero yo le digo fiordo a éso). Un rato de no ver a nadie no me iba a venir mal. Todo en orden. Hasta me pongo a pensar en cosas profundas ante la vista del mar y todo. Habrá pasado ni cinco minutos. Cuando subo la lomada ya de vuelta, VEO A LAS DOS CAMIONETAS AGARRANDO PARA EL LADO DEL SENDERO QUE NOS TRAJO, UNA ATRÁS DE LA OTRA, DE LO MÁS PUBLICIDAD DE CAMEL TROPIC LAS DOS COMO SI NADA IMPECABLES E IGUALES, LAS VEO ALEJARSE CADA VEZ MÁS, ENFILANDO PARA LA RUTA DE LOS CUATROSCIENTOS KILÓMETROS SIN PARAR HASTA IQUIQUE, LAS VEO NO FRENAR NI DUDAR NI UN SEGUNDO MIENTRAS MI ALMA QUE SE ME ESTÁ SALIENDO DEL CUERPO GRITA CON TODAS SUS FUERZAS Y ME HACE AGITAR LOS BRAZOS LO MÁS GRANDE QUE PUEDE, LAS VEO EMPEZAR A SUBIR POR LA MONTAÑA, LAS VEO HACERSE CADA VEZ MÁS PEQUEÑAS, LAS VEO, FINALMENTE, PERDERSE POR LA CURVA DEL HORIZONTE, YO, UN PUNTO MÍNIMO EN MEDIO DEL DESIERTO Y UNA PARTÍCULA INVISIBLE DE LA NADA EN MEDIO DEL UNIVERSO, LAS VEO DESAPARECER Y ABANDONARME TOTALMENTE A MI SUERTE EN EL MEDIO DEL DESIERTO DE ATACAMA. PERO NO SOLA, NO, ESO NUNCA: EN COMPAÑÍA DE TRES ENORMES MINEROS CHILENOS CUARENTONES CAMIONEROS QUE SIGUEN APACIBLEMENTE MIRANDO

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CÓMO AL AGUA QUE CAE POR EL TUBO SE LA LLEVA EL MAR Y QUE YA SE DIERON CUENTA DE LO QUE PASÓ. SECUENCIA CUATRO: CHAN.

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No tengo plata. No tengo el celular. Todo quedó en la camioneta. Todo lo que tengo para tratar de zafar es nada y me juega en contra: la cámara de fotos en la mano, chancletas de goma, bermudita playera de tela beige y una campera rompeviento ROJA abierta, con una remera blanca con algo de escote abajo. Me guardo la cámara en el bolsillo y me voy subiendo el cierre de la campera ROJA, según me marca mi instinto de supervivencia -que les aseguro que SÍ existe-, mientras me voy acercando en velocidad normal, medida y calculada, a los camioneros, tratando de respirar normal y acercarme para decir algo normal al respecto, porque ya saben lo que pasó, ya vieron a las camionetas irse y ya me vieron subir la lomada y correr y gritar sin que las camionetas dijeran ni mu. Así que, lo más inteligente que puedo hacer por lo pronto, pienso, es acercarme tratando de aparentar que está todo bien, que es normal lo que pasó y que mi familia ya estará por volver. Mentirles, decirles algo así de inverosímil tratando de que parezca verdad pero sabiendo que no hay chance y después alejarme de ellos todo lo que pueda tratando de guardar calma, de no parecer nerviosa para no poner en evidencia más de lo que ya lo está mi extrema posición de presa fácil servida en bandeja en esta situación. Largarme a correr no hubiera servido de nada porque no iba a hacer ni veinte metros y hubiera sido mucho peor. Tratar de parecer lo menos chica argentina perdida, totalmente vulnerable, sin defensa y a merced de cualquier cosa horrorosa que pudiera surgir posible era lo único que me quedaba, aunque no hubiera sido posible otra manera de lograrlo ni ahí.

SECUENCIA CINCO: PÁNICO. Respiro, respiro, respiro, respiro, me acerco, me acerco, me acerco, me acerco, el corazón me rebota, el corazón me rebota, el corazón me rebota, el corazón me está rebotando mal. -¿Qué pasó? –preguntan. -No, se confundieron –respondo. (¿Tres o cuatro metros de distancia entre nos? No había forma de lograr acercarme más). -Se confundieron. Cada uno pensó que iba en la camioneta del otro. Ya deben estar por volver. -¿Tienes móvil? (No me acuerdo si dicen “móvil” o “celular”). -Sí, sí –les miento, por supuesto (no quiero sumarles encima la idea de estar totalmente incomunicada con el mundo exterior y con la vida). -¿Tienes señal? Más arriba tal vez. No están nerviosos. Siguen como si nada y eso me parece como peor. -Sí, me voy a fijar más arriba. Digo chau y fuerzo una sonrisa como puedo. Es obvio para todos que en realidad me quiero matar. Me siento muy inevitablemente tonta. Todo pendía de un hilo muy finito hasta ahora, pero cuando me doy vuelta para enfilar para el camino que lleva a la ruta, el hilo se rompe y ellos empiezan. -¡Yo te llevo! –me gritan en medio del silencio sordo del viento y risitas entre ellos. -¡Se confundieron! ¡Se confundieron! –¡y se ríen entre ellos los muy hijos de mil puta!


¿Darme vuelta y sonreír una vez más para seguir haciéndome la superadora de situaciones de terror? No puedo. Es demasiado. No puedo. Hago como que no los escucho, no me doy vuelta, ya es todo demasiado humillante, no puedo darme vuelta, sigo caminando, hay que subir por el camino la loma alta, estoy entrando en pánico, voy a escuchar el ruido del camión que en cualquier momento arranca y en ese momento me voy a querer morir mucho más, lo voy a escuchar venir hacia acá, esto no es lo peor, lo peor va a ser el momento en que escuche arrancar el camión; estoy entrando al caminito que sube la loma, si me tiro por el barranco cuando venga el camión… no voy a poder correr, estoy en chancletas, no hay manera de zafar ni de llegar a ninguna parte porque no hay alguna parte, va a ser peor, si el camión viene y yo me tiro por el barranco va a ser peor, se van a bajar los tipos, estoy entrando en pánico, quiero llorar, se me comprime toda la cara, el pecho se me sube hasta la garganta. Momento emocional decisivo ultraviolento de alto impacto: ¿¡me tiro en la arena a llorar a los gritos!? (El cuerpo me pide eso). No. ¡NO! O sea, tenés que ser inteligente, tenés que ser mental, lo único que tenés para tratar de zafar es tu cabeza. ¡Dominate! ¡Respirá, respirá, respirá! ¡Por dios, respirá! ¡Pensá! ¡Calmate! ¡Caminá! ¡Contené el llanto histérico, controlá el temblor! Puedo, ¡dale! Puedo. ¡Terminala! ¡No llorés, pelotuda! ¡Caminá! SECUENCIA SEIS: DEJÉ DE EXISTIR. O sea, los tipos podían no ser malos. Ya habían sido muy hijos de puta al gritarme cosas sabiendo que era una situación de mierda, sabiendo que debía estar recontramil asustada, sabiendo todo, los muy hijos de puta encima me gritaban cosas y se regodeaban entre ellos ante la situación. Está bien, no porque sean

camioneros van a ser así, “no hay que ser prejuicioso”, pero se estaban portando como los peores, los hijos de puta. Podían no ser malos, pero siempre queda el maleficio de la duda, podían no ser malos pero la situación estaba ahí y entre jaja y jajaja, en medio de la impunidad extrema: nadie sabía que estaban ahí, no era un sede de nada, simplemente habían ido ahí con el camión a tirar eso al mar, eran los reyes del lugar, podían hacer lo que tuvieran ganas, podía encendérseles el botón de ON en cualquier momento, entre miraditas entre ellos, entre desafíos pelotudos de hombres, provocar lo que ni ellos mismos tal vez se habrían imaginado y después esconder todo en el mar, o en el desierto, o la frontera de Tacna a dos horas, nadie nunca más va a saber de mí, mi familia va a volver pero yo no voy a estar más. ¡Mi familia! O sea… ¡Mi familia! ¡MI FAMILIA! ¡Mi papá y mi mamá y mi hermana! ¡La gente que se supone que me tiene que proteger! No sé si se entiende: ¡Es horrible! ¡Es siniestro! ¡Me habían abandonado ahí, me habían puesto a merced de todo el riesgo! No soy nada en el mundo y no tengo a nadie y los que tienen que estar acá me dejaron aquí sola. Chau. No soy nadie, no soy nada, nunca más se va a saber de mí. Dejé de existir. No hay manera de saber lo que es esta sensación sin haberla pasado: sentir que no se es nada. No se es nada. (O que se es lo que no se tiene que ser. Sentir absolutamente que está mal en ese momento ser lo que sos). Es como estar en ninguna parte siendo nada para nadie porque nadie que te quiera sabe que estás perdida ahí en cámara lenta tratando de llegar a la vida, que ahora es absolutamente, angustiantemente, inaccesible.

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SECUENCIA SIETE: (…)

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A ver, cinco horas para hacer los 11 kilómetros hasta la ruta caminando bajo los rayos del sol de la siesta de enero. En la ruta hay una mujer. Sí, hay una mujer, en el puesto. Lo atiende una mujer. Esto es lo que hay que hacer. Tratar de llegar, pedirle por favor un teléfono, decirle que le voy a pagar cuando vengan a buscarme, llamar a Jujuy a la casa de mi hermano, porque su número sí me lo sé, pedirle a él que haga algo, pero no creo que mi hermano tenga el número de mi cuñado, mi cuñado es el único que puede recibir llamadas desde Argentina porque nadie más trajo su celular o no recibe llamadas. No, no va a tener el número, mi hermano no va a poder hacer nada, pero si consigue el número de alguien de Jujuy que tenga el celular de mi cuñado… Tengo que llegar a la ruta y de última esperar ahí hasta la noche, son ocho horas, cuando lleguen a Iquique se van a dar cuenta y van a volver, o pedirle a la mujer que me deje quedarme a dormir ahí. Pero la mujer seguro vive en Arica y al atardecer se vuelve. Van a volver, tienen que volver. En caso de lograr llegar a la ruta. No tiene sentido que me vuelva a Arica ni que me vaya a Iquique. SECUENCIA OCHO: CONFIAR SÍ O SÍ. Y LA FUCKING AMBIGÜEDAD. Reprimo como puedo, con menor o mayor éxito por momentos, el ataque de histeria y voy subiendo el camino, pendiente del camión que en cualquier momento arranca y viene, cuando veo, poco después, al llegar a la cima de la lomada, un caserío. Me había olvidado que de ida habíamos pasado el caserío ese. Pienso: a lo mejor ahí haya un teléfono, un transporte para llegar a la ruta, ALGO. Empiezo a meterme al caserío, no hay nadie en ningún lado, no hay un alma, todas las casillas están con las puertas y ventanas

Playa de Camarones - Foto: Meliza Ortiz

cerradas, parece un espejismo de desierto que te hace ver todo confuso. Entre las casas precarias de madera, más allá, veo una con la puerta abierta y sí, veo, hay un hombre parado ahí. No me queda otra. No me queda otra que acercarme y hablar con él. Ahora sí que era, sí o sí, confiar. Confiar en que el tipo iba a ser bueno. Depositarme entera en esa confianza absolutamente infundada en nada. (Otra sensación poderosa). Me acerco. El tipo tendría unos 35 años. Le cuento lo que había pasado. Se puso como nervioso. Yo no sabía si era mejor o peor. Lo único que sabía era que todo podía ser malo. El tipo repetía cada tanto una frase, algo así como “qué fome”, el equivalente de “qué bajón”. Se movía como nervioso, me dijo que más allá, a unos cuantos metros, estaba su hermano, durmiendo en otra de las casillas; que el colectivito que se veía más allá lo manejaba él, su hermano, y que tenía que ir a Arica a las 5, que podría dejarme en la ruta, ahora estaba durmiendo. Faltaban tres horas. ¿Y para ir caminando? Y son cinco horas. Te conviene esperar. Pregunté por la gente del pobladío, no sabía si preguntar o no, todo lo


Playa de Camarones - Foto: Meliza Ortiz

que se decía era ambiguo, yo lo podía interpretar para bien o para mal, no sabía si preguntarle eso sería peor, si sería sembrarle alguna semilla extraña, pero había que hablar, el tipo me preguntaba otras cosas, de dónde era, por dónde había cruzado a Chile, no sé, supongo que para relajar, pero yo toda esa línea de charla la tenía en mi mente como secundaria, el tipo movía la boca, yo escuchaba apenas lo que decía, como en otro plano de conciencia, imposible, le pregunté nomás por la demás gente, me dijo que todos trabajaban en Arica, que no volvían hasta las 7 de la tarde, que él estaba ahí de casualidad ahora porque se había descompuesto un motor de algo y él lo tenía que arreglar, era mecánico, yo sin poder establecer si el pobladío era una salvación o si era una trampa el doble de peor, me ofreció un cigarrillo, es impresionante cómo se te prenden todos los sistemas de alerta de tu mente y de tu cuerpo para tratar de sobrevivir, me moría por uno y tenía miedo, tenía muchísimo miedo, no sabía qué era lo que me estaba ofreciendo, no sabía en todo el tiempo en que estuve ahí con él qué era lo que realmente me estaba ofreciendo, se lo acepté igual, casi con pánico, miré el paquete con cuidado mientras él lo sacaba, ¿qué tenía el cigarrillo? ¿tenía algo? ¿me estaba por drogar? O sea, ¡era imposible! Era un paquete de cigarrillos perfectamente industrial que estaba ahí sobre una mesa que había afuera de la casilla desde que yo había llegado, era imposible que tuviera nada, pero eso recién lo puedo ver ahora con claridad, me da el cigarrillo, me da una caja de fósforos, el fósforo se apaga por culpa del viento choto y el tipo me dice, ven, pasa aquí dentro, para poderlo prender y yo ya estoy ahí, no puedo decir que no, es todo tan fucking ambiguo, o sea, ¿qué hago? ¿decir que no y salir corriendo? Entro a la casilla, el chico me sigue adentro, adentro hay TRES CAMAS DE UNA PLAZA DESTENDIDAS, ¡eso es lo que hay! El chico agarra la caja y me prende el cigarrillo con sus manos, momento siempre íntimo

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que se produce en ese solo gesto, ahora indeseable, se prende él también uno, yo salgo otra vez, él sale, yo fumo despacio, trato de concentrarme en cobrar conciencia del efecto del cigarrillo en mi mente y en mi cuerpo, no sé si fumar es mejor o peor para el cuadro que estamos viviendo, no sé si es mejor o peor la imagen vista por él al verme fumar, la acción de fumar es ambigua, tengo que poder controlar lo que hay en el cigarrillo, me sigue preguntando cosas, me dice que me siente en la banca de la mesa, yo me siento, él se sienta también, se sienta al frente, respondo como puedo, no estoy escuchando la charla que intentamos sostener, estoy pendiente de los datos cigarrillo, tres camas destendidas, no hay nadie en el pueblo, hombre que duerme hasta las cinco de la tarde, tengo que confiar, no me queda otra que confiar, tengo que confiar, después van a encontrar la cámara de fotos y la última foto que van a ver en la memoria de la cámara es la de la playa desierta de Camarones, y respondo como puedo y me ofrece cerveza, es como demasiado, ¿me quiere emborrachar? O sea, ¿piensa que soy tan tonta como para decirle que sí? “Es que me quedé sin agua, es lo único que tengo”, le digo no gracias, creo ahora que su charla también era de nervios, ¡pero es todo tan fucking ambiguo! ¡¡¡Tan fucking ambiguo!!! -Ahí pasó una camioneta –me dice, de pronto. Yo no la había escuchado. Me di vuelta y empecé a correr, me di vuelta de nuevo y le grité chau, le agité un saludo fuerte con la mano a la distancia, le dije gracias y corrí, corrí un montón; mi viejo estaba bajando con la camioneta a 300 por hora –y más le valía- para el lado de los mineros. Sonreí estúpidamente otra vez, me subí en el asiento de atrás, “ay nena”, nadie podía decir nada, me miraban, silencio sepulcral, momento horrible, pero ya estaba ahí de nuevo sentada y las lágrimas se me

empezaron a caer solas y empecé a temblar atornillada en el asiento. No me podía mover, no podía hablar, no podía hacer nada, iba ahí. Después pararon a hacer pis en medio del camino, ya en la ruta. Yo me estaba haciendo pis también pero no me pude bajar, no hubo forma, no me pude bajar. Además sentía que odiaba a todos, que no podía confiar en nadie, que no pertenecía a nada, que nadie en realidad cuidaba a nadie en ningún lugar del mundo, que me habían dejado sola, que me habían fallado, que estamos siempre solos, que siempre somos huérfanos y que no tenemos otra cosa más que a nosotros mismos en el mundo y que éso no sirve para nada. Y a la noche le tuve que pedir a mi vieja un alplax para dormir. Me clavé el alplax de una y, por la fuerza, logré dormir hasta las cuatro o las cinco. Después en Jujuy estuve dos meses seguidos contando compulsivamente la historia a toda persona con forma de amigo que se me cruzaba en el camino, y si era de noche y tenía que bajar a comprar algo, me quedaba enclavada en la puerta del edificio. Miraba para un lado, miraba para el otro. La Güemes vacía. Y no podía, no podía con la Güemes vacía. Me volvía para adentro nomás. Sí. Todo eso me pasó. En veinticinco minutos que posta son la eternidad. Capaz no parezca para tanto pero puedo jurar que sí. Y la conclusión simple y llana es que estamos perfectos hasta que dos minutos después, sin saber cómo, estamos en el horno y todo el tranqui panorama se transforma en el infierno. ¡¡¡ESTAMOS SOLOS Y NADIE NOS VA A CUIDAR!!! Por supuesto: ¿el desierto de Atacama? No lo piso nunca más.


Kim Novak en Santa Bárbara por Fabián Soberón

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A Gabriel Bellomo

Quería convertirme en James Stewart.

Compré ropa y entré al vestíbulo desvencijado de una tienda pequeña de San Francisco y me puse un pantalón largo y un saco con una camisa lisa, un poco arrugada. En un escaparate del ajetreado Barrio Chino vi un sombrero hondo y lo coloqué en mi cabeza. Mi hijo me dijo que parecía un mexicano y con una crueldad inocente se rió, ingenuo y desenfadado. Cerca de City Ligths, la librería de Ferlinghetti, encontré un álbum con fotos de los cincuenta y en esas imágenes sepia, estudié las calles sinuosas y los pasajes inundados de luz. Con un mapa de la ciudad, busqué los espacios incoloros y famosos. Ya sabía que la ciudad tenía las innumerables lomas que definen su perfil y sospechaba que mis visitas se harían en descensos bruscos y con repentinas frenadas. El cielo nuboso, ese cielo de la neblina inconfundible, sería mi custodio permanente. Todos saben que James Stewart ha muerto. Pero yo hice de cuenta que estaba vivo. Subí al auto con el Ipad como GPS. Ese adminículo moderno era mi única ayuda. Mi memoria, perezosa, guardaba los verdes y rojos fotogramas de la película Vértigo: tenía las imágenes del Palacio de la Legión de honor, las olas turquesas del Pacífico airoso, debajo del Golden Gate, la cara de Kim Novak, atribulada, la roja alfombra del restaurante Ernies, las esplendentes paredes blancas del pequeño cementerio de Misión Dolores. Empecé por Dolores. Cuando crucé la 16 St., descubrí que la antigua misión estaba enclavada en el curioso barrio gay llamado Castro. El barrio, plagado

de las banderas multicolores, guardaba muchas muestras del orgullo gay y reproducía en cada esquina la dignidad inconfundible en detalles mínimos y elocuentes. Pensé que no dejaba de ser una paradoja que un barrio gay albergara la Misión Dolores. Los dolores de los gays por ser incorporados a la sociedad no tenían ninguna relación con los dolores de los franciscanos que llegaron a la antigua California a poblar y a evangelizar. ¿O sí? En la misión había una enorme y beige iglesia barroca y una pequeña capilla. No hizo falta nada para que descubriera que la capilla había sido la locación del primer desvío de Kim Novak en su atribulada carrera hacia el amor. La puerta estaba cerrada y un cartel de metal anunciaba, estrecha, la entrada a los turistas. Yo no era un turista sino un extraño flaneur vestido de una manera sospechosa y ciertamente ridícula, alguien que buscaba las pistas de una película perdida, después de cincuenta y cinco años. Abrí la puerta. En el interior, un grupo minúsculo de silenciosos concurrentes asistían a un reposo. Alguien golpeaba las teclas sedosas de un órgano de tubos y una lúgubre música inglesa tapaba las paredes de la estrecha sala oscura. Sostuve la puerta de madera y vi, en el fondo, el negro retablo. Vi la cara del verdadero Stewart y vi la cara de Novak entrando por el costado. Tomé una foto sin tener acabada conciencia de que cada detalle de mi peregrinación secular se convertía en un fetiche absurdo. Caminé unos metros. Hacia el costado del predio, había un profundo pasaje humedecido por el intenso sol que bajaba por las montañas cercanas. Entre los rayos naranjas vi las tumbas dispersas. Era el breve

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cementerio por el que camina Novak, falsamente desorbitada. Me estremecí. El cementerio estaba cerrado. No me dejé apabullar. Registré, entre los rombos de la tela metálica, los monumentos grises y desperdigados. Recordé la luz blanquísima que rodeaba las figuras y las comparé con los rayos naranjas del atardecer. Pensé, acaso como una obvia constatación, que los cuerpos se pudren pero las obras de arte permanecen. Observé las tumbas silenciosas y no pude no asociarlas con mi propia muerte.

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Al día siguiente, tomé la ruta 280, atravesé el tupido y reseco parque Golden Gate y llegué al rojo puente inmortal, el enorme invertebrado de acero. El auto estaba repleto de gente. Mi esposa y mi hijo iban atrás, riéndose a carcajadas, y mi madre era mi escolta involuntaria. Bajamos a la obligada área de visión. La inconmensurable masa roja se impuso. Silencioso, extraviado en el éxtasis, busqué, con unos prismáticos viejos, el inesperado y antiguo presidio de Fort point. Bajamos por la ladera en una empinada escalera, escondida en los arbustos secos del otoño. Abajo, la angosta calle que rodea la montaña me llevó a la silueta gris de Novak y al enamorado Scottie. Había dos autos antiguos estacionados, por casualidad. Scottie Ferguson sigue el auto de Novak. Ella, envuelta en un halo inexplicable, se baja. La luz hiere silenciosamente su cuerpo. Lleva un ramo de flores en la mano como la suicida Carlotta Valdés en la pintura del palacio. Novak contempla, azorada, las ahora lentas aguas turquesas. Se acerca a la orilla breve. Quieta,

Kim Novak y Alfred Hitchcock

poseída, falsa, hace unos pasos. Luego se lanza y las aguas la devoran. Scottie corre y se tira y la abraza como antes la habían abrazado las lentas olas turquesas. Scottie la levanta y la inolvidable música de Bernard Hermann repiquetea con alas de violines, melancólica. Esa música ciega sonaba en mis oídos cuando vi que mi hijo se acercaba a las gruesas cadenas del presidio antiguo. Estaba parado en la corta pared del costado a punto de lanzarse al agua. Mi esposa lanzó un grito desesperado e hizo un movimiento rápido con los brazos. Lo agarró como pudo. Yo pensé que su frustrada caída era un efecto de la película. Mi hijo caería al agua y yo tendría que rescatarlo. Mi esposa fue menos metafórica en la interpretación. Estuvimos una hora contemplando la mole roja. Después regresamos al hotel. Me acosté y apoyé mi cabeza en la almohada. Pensé en la escena y mi memoria repitió las imágenes como en un caleidoscopio imparable hasta que el sueño me venció.


3 Salimos de San Francisco. Tomé la ruta del regreso y alcancé, voluntarioso, las calles ventosas de Monterrey. El aire frío y el sol intenso anunciaban el verano indio, una semana atípica en la zona, un raro calor mayor que el del verano que habíamos dejado atrás. Atravesados por el hambre, nos metimos en un bar vacío. Mi hijo comió unas doradas y adoradas papas fritas y los demás unos sándwiches picantes, al menor estilo mexicano. Le pedí a mi mamá que cuidara a mi querido hijo. Con mi esposa nos fuimos a caminar por la escasa costa silenciosa. Vi unos pájaros revolotear, atávicos, indiferentes, en el vacío. Las nubes, inmóviles, dibujaban un curioso corazón blanco en la nada celeste. Era un homenaje a lo que acababa de ocurrir. Mi tía, mi querida tía Marta, se había muerto unas semanas antes, en una tumba sin nombre, lejos de mí, muy lejos de mí. Yo recordaba las imborrables conversaciones sobre arte, música y literatura que habíamos compartido en innumerables tardes pueblerinas. Ella custodiaba y ordenaba una vieja carpeta con recortes de mis escritos publicados en diarios y revistas. Y recogía, como Ariadna, secreta, desconocida, el hilo que une el pasado con el futuro. Con su prematura e inesperada huida hacia la nada, ese hilo se había cortado. La carpeta podía seguir pero el instante en el que ella dejó la carpeta se detuvo para siempre. El futuro era menos una trama que una sombra fría y avara. Mi tía ha muerto, pensé, y mi esposa y yo caminábamos por la áspera y estrecha costa solariega de Monterrey, en medio de las gaviotas que dibujaban el rostro del vacío entre las nubes inocentes y diáfanas. Pensé eso y mi esposa me tocó el hombro. Me di la vuelta. Recibí un sutil beso en los labios. La

suave humedad me estremeció. Ella me besaba y yo le respondía. Ella tenía los ojos cerrados y yo me desvanecía. Ella escondía en el beso las esmeraldas inconfundibles y ubicuas, los ojos verdes que guardan todas las posibilidades del verde, y yo entraba en un breve paraíso. Inseparables, nos besamos un rato. Lejos, en la lontananza amarilla y celeste, vi unos toscos árboles recortados. Eran los quietos y secos árboles de la película. O al menos eso supuse. Kim Novak tiene un pañuelo que vuela, desprolijo, y James Stewart corre, detrás, con su traje imperturbable. Mantienen un diálogo crucial para la trama pero atravesado por líneas triviales y escurridizas. Se besan para siempre, como lo hacen los personajes en la isla de Bioy. Yo ya me había quitado el ridículo y estudiado atavío que había conseguido en las calles del Barrio Chino. Y vi desde lejos la escena: el susurro de las bocas fue un estertor irrefutable. Mi esposa advirtió la distracción. Pero no dijo nada. Me siguió con las esmeraldas de la cara, insuperables. Yo divisé las siluetas del ayer y pensé que por esas calles de arena y agua, Novak y Stewart se habían besado como nosotros lo habíamos hecho hace unos minutos. El hecho no era casual. Yo había buscado Monterrey. Y lo había encontrado.

4 En Santa Bárbara, estacioné en un shopping. Las ventanas eran pequeñas pero hospitalarias: dejaban que las miradas salieran hacia el patio contiguo. Mientras devoraba un plato de pollo dulce vi una muchacha delgada, blanca, inconfundible. Tenía las

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cejas gruesas y los ojos verdes furiosos. Caminaba despacio y modulaba las palabras en un inglés susurrante. Era Kim Novak, cuarenta años después. Era Kim Novak y no lo sabía. O lo sabía y miraba como si no lo supiera. Pensé en Hitchcock y en su irrefrenable pasión por las rubias. Pensé que el recorrido afiebrado por San Francisco había quedado abierto e inconcluso y que, inexplicablemente, esta figura lenta y espectral (idéntica a la Novak de la película) era su doble joven y siniestro y que ella cerraba el círculo imaginario, el bello laberinto de Vértigo en mi memoria.

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La chica se sentó con unos amigos en la mesa contigua. Pidió un pollo dulce y empezó a deglutir. Ella no vio la película. Ella no sabía quién era Kim Novak. Pero nada de eso quitaba que fuera una réplica viviente, una escultura curiosa y fatal. La joven y desconocida muchacha de Santa Bárbara era la involuntaria doble de Novak así como Jude era la decidida doble de Madeleine. La miré durante unos minutos, menos por afición que por curiosidad. Y ella se dio cuenta. Me miró sorprendida, como si preguntara por las imposibles razones de mi mirada. Giré mi cabeza hacia la derecha y traté de evitarla. Ella se rió. Luego se fue. Mi sueño hitchcockiano se desvaneció.

5 He vuelto a ver Vértigo cien veces. San Francisco es una música hipnótica en mi memoria. San Francisco 5 de octubre de 2012


El fin del mundo es una medusa en el cielo por Salomé Esper

C

ada tanto sueño con el fin del mundo. Empieza en mi patio, en el cielo, en el cielo de mi patio. Ahí estoy yo parada, sobre los dos metros de baldosas y rodeada de plantas salvajes de aloe vera como si fuera una estampita mal pintada. Miro al cielo anaranjado, tirando a rosa, tirando a magenta, en esa paleta de colores que solo se puede encontrar en el adulterado cielo palpaleño y me doy cuenta de que no es una sola la luna, que hay dos. Inmediatamente entro en pánico, esto no está bien, no suele haber dos lunas, ni tres como ahora, ni cuatro, ni cinco. Las lunas se multiplican mientras sigo mirando arriba pero cada una tiene diferente forma y tamaño, hay unas más brillantes, hay unas más abolladas, otras más chiquitas, algunas más cercanas entre ellas. Yo sé entonces que las lunas van a comenzar a explotar y a salir de cada explosión muchas lunas y que el mundo se va a acabar pero que antes todos vamos a tener miedo y vamos a tener que mirar, casi obligatoriamente, cómo viene la mano, la mano apocalíptica, como si el cielo de Palpalá no fuera suficientemente apocalíptico.

fueran los pigmentos del Holi. Al humo se le sumaban burbujas, salían de repente desde la cima de otros edificios burbujas alargadas y tornasoladas como en un in crescendo de sustancias proféticas y hermosas. Yo no podía dejar de mirar y como si el humo y las burbujas no fueran suficientes ahora salían medusas, gigantes, brillantes, volando por el cielo. Ahí me daba cuenta que era el fin del mundo, estaba fascinada. En un momento todas las ventanas de todos los edificios se prendían en luces muy fuertes y caía un rayo gigante que me enceguecía.

Entonces me despierto, paso el patio lleno de aloes, me rasguño entera y le digo a mi vieja que soñé de nuevo con el fin del mundo.

Desafortunadamente no podemos saber cómo va a ser realmente y no nos queda otra que escuchar la versión de cada quien como si fuera un Elige tu propia aventura. Entonces tenemos las teorías espirituales, las tormentas solares (que parecen más interesantes pero no, no lo son), las religiosas y otras más. Pero ¿qué pasa si en realidad el fin del mundo es algo mucho más simplón? Sería una tristeza, pero puede pasar.

Hace poco tuve otro. Más brillante, hermoso. Viajaba en una combi por una autopista alta desde la que se veían cientos de edificios de todos los tamaños y estilos, como la autopista que va hasta Ezeiza. Iba mirando por la ventana. De la antena de la punta de los edificios más modernos comenzaba a salir un humo, pero un humo que salía de la base de la antena y la rodeaba como en una espiral ascendente. El humo de cada edificio tenía distinto color, saturado, como si

Después de eso me niego a aceptar cualquier fin del mundo que no esté a la altura de mis estándares oníricos de belleza trágica. ¿Que vamos a comenzar a percibir todo de una manera distinta porque es el comienzo de una nueva era? Ni ganas. Dame luces, dame medusas voladoras y lunas explosivas. Dame algo que valga la pena mirar.

Escenas probables

Puede que en lugar de los jinetes del Apocalipsis bajando por el cielo echando puta con cara de malos y todo, de un segundo a otro, sin darnos cuenta cómo, no estemos más sobre la tierra, sino que pasemos a ser

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el dibujo, las piedritas, los firuletes en las baldosas de una nueva civilización y estemos condenados a mirar siempre desde abajo, atrapados en suelos de edificios sin poder hacer nada más que dejarse lustrar de vez en cuando. Puede que el fin del mundo sea perder la tridimensionalidad de golpe y porrazo. O a lo mejor viene desde donde menos pensamos. A lo mejor viene desde los lapachos. Que están, ahí, tan inocentes. Tan qué lindos somos, mirá cómo te adorno tu provincia y qué lindo es vivir juntos en Jujuy. Y una tarde, nos agarran desprevenidos, sueltan un perfume siniestro y chau.

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El alineamiento y balanceado cósmico místico es solo una promesa. Una nueva consciencia, el entendimiento entre hermanos, la superación de una fase, nadie se lo cree. Y que queden los elegidos. Todos hippies. Por favor. El ser humano está hecho de rencor, nadie se salva, nadie. Si lo primero que estamos pensando es en ver cómo no se salva el otro y decirle “Ahh ¿viste? Mirá cómo te morís”. Para elegir a los elegidos primero tendríamos que saber qué es el bien y qué es el mal y nadie tiene certezas ahí tampoco. Más bien somos un masomenos constante. El fin del mundo es la muerte, pero es la muerte de todos. Quizás eso es lo que a muchos les molesta, perder el protagonismo, el propio velorio como la forma última de un ego pataleante. Es el estado general, pero general en serio, el caos total, el miedo compartido. Quizás lo que moleste sea el compartir. Particularmente los estados de ansiedad generalizada me resultan reconfortantes. Habituada a sentirme así cada día cuando el resto se sumerge en esa experiencia me siento acompañada, algo así como ir caminando panchamente por las ferias de vendedores ambulantes el 23 de diciembre, o el 24 en la tarde.

La ansiedad y el caos es una de las posibles escenas también. Una que no dé tiempo al saqueo ni a la especulación ni a la violencia, solo al miedo. Mareas humanas desconsoladas conscientes de un fin y también ansiosos porque no hay nada peor para la ansiedad que el no encontrar un fin. Todo cuento, toda historia, todo poema, necesita un final. Y a todo cuento, a toda historia y a todo poema le puedo perdonar muchas cosas, menos la falta de belleza. Como al fin del mundo. No importa lo que dure, lo cruel, lo espantoso, lo angustiante, lo ridículo, ser comidos por monstruos, ser ajusticiados por dioses, convertirnos en conejos suaves y delicados, que se fragmente la tierra y que cada pedazo vaya a parar a un lugar lejano en la galaxia, que la gente que amamos esté en ese otro pedazo. Lo que sea, pero con belleza. Y si usted, señora, señor, no encontró la belleza, no sabe cómo, no se preocupe, el fin del mundo no va a ser lo peor que le pasó, solo otro día más. Porque quizás, también, el fin del mundo sea eso: otro día que pasa sin encontrar la belleza.


¡Maldición!

Alguien se fumó un porro y apretó el botón rojo por Matías Teruel “Organización científica independiente, sin fines de lucro, religiosos o políticos, dedicada a erradicar los falsos conceptos en todos los campos del conocimiento a través de las enseñanzas de los Maestros de Luz”

Declaración de principios del Grupo Elron

p

ara no faltar a la verdad, debo decir que esto en realidad intentaba ser una brevísima historia sobre la prohibición del cáñamo y sus derivados, pero que en la tediosa tarea del investigador freelance he dado con un grupo (muy) humano que con sabias palabras me mostraron cuan engañada estaba esta oveja en su rebaño. Leyendo sobre la conspiración algodonera de los terratenientes de Estados Unidos, quienes iniciaron la campaña de demonización de la marihuana a principios del siglo XX para que su riqueza no se viera afectada, comencé a pensar en la posibilidad de que aquello nunca hubiese sucedido y que hoy la historia fuera diferente. Ledesma A4 Autor de 90 grs. Fabricado 100% con fibras de cáñamo naturales listo para armar el troncho; miles de hectáreas sembradas, fuertemente custodiadas para prevenir los hurtos de desbandados adolescentes prestos a hacerse con un cogollito. Peregrinación anual estilo Woodstock para la zafra y guitarreadas comunitarias en la quema del bagazo. ¡Si Bob Marley viviera sería hincha de Ledesma! Iba más o menos con este estilo de derrape cuando San Google en la página 5 de búsqueda me dice lo siguiente: …con una planta de marihuana se pueden obtener 15 mil porros al año, realizando 3 cosechas anuales. ¡Qué!... Algo anda mal. Desesperado busco el número de celular de la

Vaca Narvaja (esa señora que habla en la tele sobre los derechos del consumidor). Llamo. Contestador, pitido y mensaje: hola Patricia te hablo desde Jujuy. Resulta que tuve un problema y no sé qué hacer. Mi dealer me dio una plantita que una de dos, o tenía ligadas las trompas de Falopio o bien era de algún país escandinavo de esos que tienen baja natalidad. Ni a palos me dio 3 cosechas y si saqué unas 100 agujas es mucho. Me estafaron Patricia, me estafó el dealer… 200 mangos por una planta de mierda, toda fallada y seguro que con un DIU berreta del Ministerio de Salud. Patricia soy consumidor desde hace años y no tengo a quién más recurrir, por favor hacé algo al respecto. Llamada finalizada. A decir verdad, mucha fe no le tenía a la Pato así que fui derecho a las fuentes. Click derecho, abrir en nueva pestaña y la luz!!! El grupo Elron recibe con las puertas abiertas a este mortal y me advierte que no me encuentro frente a unos amateurs. Se autodenominan sin falsa modestia “la organización científica más avanzada a nivel mundial”. Algo que, como diría mi amigo Hugo, para estos tiempos no es poca cosa. Sin abandonar, todavía, la primera página a donde el mundo virtual me transportó leo que se jactan de haber realizado diferentes “descubrimientos” en torno a: el Santo Sudario; los Ovnis; Roswell; abducciones; autopsias a extraterrestres (me acuerdo del video de la Conozca Más, que terminó siendo un muñeco de goma el supuesto ET); el Triángulo de las Bermudas; la combustión humana espontánea (¿a qué se referirán? Quiero creer que no a las flatulencias y los encendedores Bic); la civilización marciana; imágenes que lloran y paredes que sangran (suena a Rubén Darío no?); hombres-lobo, Jack el Destripador, Yeti, Pie Grande, Monstruo de Loch Ness (parece la liga de la in-

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justicia); viajeros del tiempo; desapariciones misteriosas, etc. Pero eso no es todo. ¡Atenti escépticos! al final de su carta de presentación nos dan un argumento contundente para no poner en duda su buena fe: “No estamos ofreciendo meras teorías sino respuestas definitivas a todos los misterios que han desvelado al hombre desde los albores de la humanidad”. ¡Ah, bueno! Si es así me quedo tranquilo; porque una cosa es que cualquier chanta elabore teorías disparatadas sobre asuntos tan serios como estos y otra muy distinta es que sobre esos mismos asuntos se den “respuestas definitivas”.

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La cosa se estaba poniendo compleja y decidí ir al grano. Esto de los 15 mil porros por planta me comía la cabeza; según mis cálculos para fumar en un año toda la cosecha debía fumar a razón de 41 canutos diarios. Mucho para mí, pero conociendo a los garroneros de mis amigos iba a llegar justo para el brindis del 31, por lo que no me sentía tan egoísta al desear esa bendita planta. Búsqueda interna, escribir palabra. Marihuana. Resultados de la búsqueda: Apuntes sobre la despenalización. Uff! Terreno jurídico, lenguaje complicado y discusiones complejas. ¡Y yo solo me conformaba con 500 porros! Pero bueno, ya estábamos ahí y escaparle a la discusión sería de cobarde. Después de una leída al conjunto de artículos que debaten sobre el tema de la despenalización de la marihuana, me di cuenta de que estos Maestros de Luz tienen alguna fijación con los temas automovilísticos. Rescato algunos párrafos sobresalientes:

baño del boliche, una fiesta, etc.), caminando por la calle como puede, buscando sostén en los árboles y apoyándose en las paredes, como ilustran los documentales de “calle y boliches nocturnos, con drogas, y alcohol”. Además del riesgo para su propia salud el joven pone en peligro a la sociedad”. “El individuo drogado con marihuana y alcoholizado muchas veces conduce un vehículo, o puede cruzar la calle en un mal momento provocando un accidente debido a gente consciente que intente esquivarlo”. Para mí, de todos los argumento, el que sigue fue el más contundente. Por lo menos a mí nunca se me hubiese ocurrido la ecuación P +P +P = P (porro + pajita + pistear = peligro):

“Decir que se despenaliza el consumo para prevenir delitos es como decir que si hay tantos accidentes de “Desde ya que si alguien se masturba en la calle, tránsito por cruzar los semáforos en rojo, ¡saquemos pues especialmente si esta es muy concurrida, es obvio que los semáforos! y que los accidentes se deban a otra causa” estará ofendiendo al orden y a la moral pública, y entonces “Con su organismo inhibido de defenderse frente a una su conducta será punible. También si alguien, por ejemplo, intoxicación alcohólica, por estar drogado con marihuana, está conduciendo un automóvil y se masturba, por el joven parte desde el lugar donde consumió (su casa, el supuesto que ese desaprensivo comportamiento constituirá


un riesgo para terceros. Pero si la masturbación se hace en privado es tan inocua como un vaso de agua. E incluso lo mismo de saludable. ¿Por qué hacemos tanto hincapié en la masturbación? Lo hacemos simplemente porque es un ejemplo claro de que la decisión de la Corte es aplicable a la masturbación pero nunca a la marihuana. Cuando la masturbación se hace en privado, con posterioridad no representa ningún riesgo para nadie, pero en cambio la marihuana sí, y lo constituye en forma permanente porque mientras la masturbación despeja la mente, el fumador de marihuana queda reducido en su capacidad mental, y si conduce puede atropellar a alguien y si cruza la calle puede ser atropellado”. La mano venía en serio. Estos muchachos pertenecientes a la O.C.M.A.N.M. (organización científica más avanzada a nivel mundial) sabían de lo que hablaban. ¡Y yo que justo por estos días me iba a hacer las rastas para estar más en onda! Pensé en quemar mis discos de Godwana y escribirles un mail a estos Maestros para pedirles la ficha de afiliación. Incluso se me ocurrieron unas genialidades para utilizar como spots en una férrea campaña anti-faso: “No dejes que la marihuana te maneje”; “Si queres que tu nave vuele y no se estrelle no le cargues fasolina”; “Si sos tuerca no tuquees” y “La onda verde te va a dejar azul”. ¡Stop! Pausa y reflexión. La última vez que tomé decisiones apresuradas terminé en Ciudad del Este comprando un condón musical que ante cada movimiento pélvico reproducía el arrorró. Estos científicos son los “capos” en cuanto a descubrimientos se refiere, demuestran con datos fehacientes cómo la marihuana afecta a quienes andan de faso en auto o pataperreando por la calle; pero como a mí mucho no me cabe esto de hacer ejercicio (debo ser el cliente number one del 4232323) ¡Y no sé manejar ni en el Need for Speed! no represento ningún peligro para la sociedad. Me sentí aliviado de poder seguir fumando

sin culpa y tranquilo, pero todavía tenía trabajo que hacer. Fui engañado y el fraude no debía quedar impune. SMS al dealer pidiéndole que me llame. Hay que aclarar que los dealers tienen una relación directa entre el crédito del celular y la mercadería disponible: si tienen algo para vender atienden los llamados y en muchos casos son ellos mismos quienes llaman ofreciéndote sus servicios pero en cuanto la disponibilidad de productos se acaba o entra en periodos de racionamiento solo te comunicás con su buzón de voz y gastás infinidad de SMS inútiles. -Es que andaba sin crédito por eso no te devolvía los llamadosse excusan cuando reponen y deciden retomar contacto con el mundo y, por sobre todas las cosas, porque ven en vos a un potencial comprador que nunca cuestionará el abandono, la calidad ni el aumento de precios. La inflación nos afecta a todos por igual. Suena el teléfono. Yo- Hola. Dealer- Que decís, ¿andás buscando unos discos? Nota: No sé por qué los Dealers usan siempre la misma metáfora. Nunca nadie te ofrece caramelos, libros o fideos moñitos, siempre son discos. Yo- No, en realidad quería hablar con vos porque me estafaste. Dealer- Mirá, ya te lo dije una vez, si la cosa viene cortada no es mi culpa… es un problema de fábrica, digamos, y vos no tenés garantía extendida. Yo- El problema no es de fábrica, el problema es que el problema es justamente la fábrica. Dealer- No te entiendo. Yo- ¡La fábrica de discos! La rockola no produce la cantidad esperada.

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Dealer- ¿Qué rockola? Yo- ¡La planta boludo!… la planta está fallada. De los 15.000 discos no me dio ni una cuarta parte. Dealer- ¡Pero estás en pedo! ¿Cómo te va a dar 15.000? ¿Estás muy drogado? Yo- No, estoy de cara. Acabo de leer que una planta 100% original me da esa cantidad. Igual con que me la cambies por una que funcione al 50% me conformo. Dealer- ¿Qué te pensás? ¿Qué soy un vivero? Mirá para las pelotudeces que me llamás. ¿Querés comprar algo o no? No me des tantas vueltas. Si andás sin guita me pagás después.

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Yo- Te voy a denunciar a ADECUA y ahí vas a ver. No podés andar estafando gente y llevártela de arriba. Te va a caer hasta la AFIP. Al final sos peor que Garbarino. Dealer- No me amenacés, no te conviene. Te voy a meter 5 cuetazos y vas a dejar de joder. Yo- Mandame 14.900 cuetazos porque es la cantidad que me cagaste. Empezá a preparar tu coartada porque estás hasta las manos. La DGI te va a hacer un agujero así de grande.

un ingeniero agrónomo! Páginas de profesionales. Sección agronomía. La lista era extensa, pero tuve una corazonada: Ingeniero Agrónomo Armando Campos. Me pareció que encontrar a un profesional cuyo nombre tenía relación con la profesión ejercida se debía a una señal que me estaba siendo enviada. Voz femenina no identificable- ¿Hola? Yo- Buenas noches, quisiera hablar con el Ingeniero Campos. Voz femenina no identificable- ¿De parte de quién? Yo- De un cliente. Voz femenina no identificable- Espere un minutito que lo comunico. Ingeniero- Hola ¿quién habla? Yo- Qué tal ingeniero, disculpe la hora pero necesito que me ayude con algo. Ingeniero- Pero, ¿con quién estoy hablando? Yo- No me conoce, vi su anuncio en la guía de Telecom. Ingeniero- Ah, sí sí… dígame ¿qué necesita?

Corté. Si algo aprendí de mis exnovias es que cuando uno quiere demostrar enojo no sirve quedarse escuchando explicaciones. Hay que ser contundente; y qué más contundente para demostrar que la cosa va en serio que cortar el teléfono.

Yo- Mire, resulta que no cosecho la cantidad que debería.

Ahora estaba en un callejón sin salida. Había roto relaciones con el dealer, las oficinas públicas no abrían hasta mañana y en la guía no encontré ningún 0-800 donde hacer mi reclamo. Pensé a quién recurrir en casos de urgencia. Si se me rompe un caño, llamo a un plomero; si es el tele el que anda mal, a un técnico electrónico; y si se trata de una planta…. ¡a

Yo- ¡No! Ojalá tuviera una plantación, pero tengo solo una plantita que no rinde lo esperado.

Ingeniero- ¿Está hablando de una plantación? ¿De qué tipo?

Ingeniero-¿De qué especie hablamos? Yo- mmmm…. Pongámosle que son limones. Ingeniero- ¿Limones? Yo- Sí. Según los Maestros me tiene que dar 15.000


limones y no me dio ni 100 todavía. Y no es que sea impaciente, pero ya está toda flacucha y depilada la pobrecita y no pinta que vaya a dar muchos limones más. Ingeniero- ¡Limones! ¿Me llama a esta hora porque su árbol no le da los limones que usted espera? ¿No le parece un despropósito? Igual permítame decirle que 100 limones por árbol es una cantidad más que generosa. Tenga paciencia que el año que viene va a volver a dar frutos. Yo- No me entiende, no quiero esperar un año. Los Maestros dicen que tiene que dar una cantidad y no rinde lo esperado. Ingeniero- No sé quién es usted. Interrumpió mi cena para preguntarme por limones. Si la planta no está bien puede deberse a una peste. Pruebe con un plaguicida. Yo- Pero los Maestros no dicen nada de plaguicidas. Ingeniero- Si estos Maestros saben tanto pregúnteles a ellos y no moleste más. Buenas noches…. Tu tu tu tu tu….. Desde que llegué a esta página web mi vida cambió de golpe. Y para mal. Los Maestros me revelaron la verdad y esa verdad solo me había traído complicaciones: Mi planta era trucha, la Vaca Narvaja no me respondía, el Dealer ya no me iba a vender ni bonos contribución y el ingeniero me cortó el teléfono. Me di cuenta de que la vida era mucho más fácil y llevadera en mi ignorancia. Lamenté haberme dejado llevar por la curiosidad y la codicia. Lo mejor hubiese sido volver el tiempo atrás pero como era imposible no me quedó otra que resignarme. Apagué la PC y me prendí uno.

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El fin de todos los mundos posibles por Rebeca Chambi

1)

cruzaba las calles del vacío

a carcajadas había cubierto

avanzando al llamado

de sal y azúcar los cabellos

que parecía provenir del futuro

de llagas negras las ojeras

era un llamado que maduraba

paso a paso

desde el día de su nacimiento

a veces gateando estiraba los brazos

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muchos veranos se habían adherido a la solapa

alargaba las manos para alcanzar su último gesto

muchas solapas habían mudado de piel

estiraba los dedos

las raíces los frutos y las hojas traspasaban el adentro

ya casi solo uñas

salían en los pliegues del cuello de los brazos y las manos ese crecer secaba las pupilas ni vestigio de locura lujuria ni trasnoches se instalaba con todas sus garras en la cintura en la espalda y en las rodillas susurraba en las vísperas del sueño en las sobremesas y en todos todos los domingos entre la siesta y la caída de la noche

arañando 2) hoy es el día se ha apoderado en el sentido de madurar con todo su poder vena por hueso hueso por cara seso por codo bello por bello cada uno de los bellos del pubis las cejas las pestañas los pelos de la nariz


de los dedos del pie y los que estaban en la cama

de locas dulzuras y orgasmos extendidos

ni una peca ni un lunar

(ni vale la pena acordarse de los desplantes ni

ni la más mínima secuela de varicela

las malas leches

quedó librada cada órgano cada sistema en un último sacudón

ahora se inflama de a poco

para siempre por suerte por destino o infinita desgracia

el ojo derecho cerrado y el otro

para siempre ya no tendrían más de que dolerse ni andar escuchando reproches por gastos ni de chequeras ni de malos tratos en el Soria ni de abandonos depresivos ni de la cama que chupa y chupa ni del hígado que se estruja hasta la más médula para resistir un poco mas en tiempo presente hay verbos que no se pueden poemar 3) lo que no imaginamos nunca es después de idos mirar nuestro propio ser que ya no somos territorio que supo de tantos besos

medio abierto fijo hacia el sur de cada extremidad del cuerpo entero emerge un volcán de larva traslucida un aire a mujer oveja y serpiente oveja y cóndor juegos artificiales y noches de agosto huevos fritos y asados a punto helado de frambuesa mantecol y limón como su nombre tendría un color su integridad un dejo a jazmín aquellos que supo cuidar y querer cuidar y querer mirar y querer mirar

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4) esta conciencia real del cuerpo que fui del cuerpo que veo es la peor de las muertes no poder levantar los brazos para abrazarte ni mirar el cielo cargado de nubes desde mi adentro no sentir la brisa en verano ni jugar con tu lengua a la miradita está el facebook la tele y la mesa en el mismo lugar pero ya nada tienen que ver con mis ojos 44

el infierno no es el otro el infierno es que ni un dolor de muela sea en mí ni el corazón se me agite ni me pinte las uñas es esto precisamente para mí (y para los siete mil millones de cuerpos el fin de todos los mundos posibles de mi mundo de mis penas de mis alegrías y sinsabores este era el paraíso mi cuerpo y esa conciencia que de a poco me olvida eso que concienciaba lo que ya no era tampoco es


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Armagedón 4

1.

por Mateo De Urquiza

¿Por qué descreo de todos ustedes, manga de forros?

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Existen pruebas fehacientes de que el fin del mundo, o fin del tiempo, está llegando. Libros y libros y profecías y profecías declaran que el fin del mundo se acerca inexorablemente, como una enfermedad, como un minuto próximo, como dictaduras nacionales en los países del medio oriente, como dictaduras internacionales en todo el mundo. Hollywood se dedicó a sacar films (de la calidad de films que acostumbra a sacar Hollywood) cuyo contenido, llamémoslo así, es precisamente el destino de la humanidad luego de posibles catástrofes pandémicas, aéreas, climáticas, bélicas o ecológicas. Viniendo de Hollywood, es aceptable y uno puede decir que es lógico que existan films de esta categoría; pero hay otra prueba: la última película de Lars Von Trier, Melancholia. (A propósito de esta última producción: al lector interesado, recomiendo enormemente Dogville, Los idiotas y La celebración.) Claro que mucho antes, mucho antes, San Juan pronosticó, un Apocalipsis. Yo, que no soy muy versado en el asunto, y que no he estudiado fenómenos escatológicos que proponen las diversas religiones, recuerdo el suceso de Melk que nos relató Eco en Il nome della rosa. El relato policial, o mejor, el protagonista (de carácter detectivesco) se encarga de convencernos de una hipótesis que, a nuestro gusto, tiene sentido: cada crimen es una de las siete trompetas del apocalipsis. Vale decir, ciertamente, que el criminal conoce esta hipótesis que enarbola Guillermo de Baskerville y prefiere continuar con el juego para que todas las posibles conclusiones a las que llegue el ex inquisidor sean falsas y no lleven a

ningún lado. A un suceso casi azaroso, el detective le da un sentido y una orientación. Baskerville es el gran significador de las cosas. La novela italiana postula un apocalipsis: si esas muertes ocurren realmente, el fin está muy próximo. Un terror a “la noche más oscura de todos los tiempos” (la proposición es de Heidegger, y el anacronismo no es accidental) conmueve a toda la abadía. Es lógico: “está cerca el Día del Juicio” (la proposición la haría un tal Hamlet, siglos después). Cuando se acercaba el año 1.000 de la Era cristiana, un fenómeno curioso se dio en las civilizaciones devotas: se hablaba del fin como lo inexorable, como el momento al cual estaba destinado el hombre medieval. Iban a sonar, en efecto, las trompetas, el hombre oiría los cascos de los cuatro jinetes y sería testigo de los siete sellos. Los reyes se enfrentarían a Dios y serían derrotados, y entonces el relato de San Juan, diría Deleuze, sería actual. En la novela de Eco, ambientada en el 1300, se habla de ese fin de los tiempos que no sucedió en el año mil, y que para inicios del siglo XIV era seguro que sucedería. Pero pensemos en otra época. Las guerras mundiales fueron, para quienes la vivían, el principio del fin, el auténtico Armagedón, la guerra de los reyes contra Dios. La batalla final. Adorno llegó a sostener que luego de Auschwitz no existía la poesía. (Una bella anécdota relata que, luego de leer Todesfuge, el pensador se retracta de tamaña aseveración.) Luego llegaron la Guerra Fría, las dos Guerras del Golfo, la antiquísima Guerra IsraelíPalestina.


Pero no hubo tal fin. Y entonces llegamos los hijos del fin del mundo. Llegaba el tercer milenio. En el barrio, Facundo, un vecino, pretendía asustarnos a los demás con la idea de que para el año 2000 una nueva generación de especies quebraría el actual ecosistema: peces con patas y pelos; corderos con alas y no sé qué otra cantidad de alimañas que implicarían lo terrible. Y el hombre. El hombre traería para sí mismo miles de desgracias, y esto incitó a catástrofes auto-flageladoras como el suicidio colectivo en Uganda, el efecto Lenin mundial, cuya cifra final resultó ser, entre los diez y veinte millones de intentos de suicidios, un millón efectivos. Pero la cosa siguió. Y hubo atentados y tsunamis e inundaciones y más guerra. Al fenómeno que implicó la recuperación de la historia, el atentado del 11 de septiembre de 2001, se pretendió encontrarle sentido buscando semejanzas entre la forma del número 11 y la forma de las Torres Gemelas. A un número arbitrario (1000-2000) se le atribuía la condición de Anticristo. Retomemos: de una serie de crímenes casi azarosos, el monje franciscano lograba distinguir el sonido de las trompetas de la Revelación. Mientras las plantas habitan solo el espacio y los animales el tiempo, el hombre está encargado de habitar el signo. Nuestra condena es, acaso, significar. Estamos talando (la imagen es de del Estal) ese bosque del sentido y lo estamos convirtiendo en significado. De esto se trata lo artificial; de esto, el arte. El artista encuentra sentido en patrones azarosos y expone ese sentido. Un esotérico, en lugar de exponer en una obra ese sentido, lo entiende como el móvil de su vida. Gente que consulta a los astrólogos, que pretende que

la forma de Londres es igual a la de un dibujo con inscripciones que presagian el fin de todo, que sube a las redes online de vídeo augures con banda sonora de Requiem for a dream con el sólo fin de encontrarle un sentido a la vida. Todo lo que no sea catástrofe es Dios, y su opuesto es el fin del tiempo. Convengamos que la unidad, la comunión de sentido, el símbolo, es Dios, y que la disparidad, la disolución, el diábolo, es, como lo indica la palabra, el Diablo. Lo que no se puede significar, no pertenece a lo aceptable. Entonces, donde está el hombre significador está Dios. Yo, que reniego de todas estas teorías y que, desde el centro de mí, acepto que no encuentro sentido ni en el apocalipsis ni en Dios ni en la vida, me doy la licencia de seguir discutiendo si en mí está Dios o no, aunque no crea en él. Naturalmente, si ni yo creo en el Señor ni (como dijera Dostoievski) Él cree en mí, en mí está la ausencia de sentido, es decir, el diábolo. En fin, que en definitiva, aquellos que no tenemos fe ni en el Armagedón ni en Dios ni en ustedes, somos el enemigo de Dios. 2. ¿Por qué creo en San Juan? Dios es necesario. Lo comprobó la historia universal. Un hombre sin significados no es un hombre, y el significado final de las cosas es, en definitiva, eso que algunos llaman Dios. Un universo sin sentido es demasiado angustiante para la humanidad. A la idea de del Estal de que el hombre está talando una especie de bosque de sentido, para generar significado, se le adjunta el corolario siguiente: el día que no quede

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sentido y todo sea significado, será el fin del mundo o, al menos, el fin de Dios. Ahora bien: puedo hacer una objeción, acaso parmenídea: si el Ser es infinito, y todo lo Ente es explicable, significable, todo lo significable es infinito. No hay extinción de La Cosa. El problema, pues, no es este. Ya lo dijo Wittgenstein. El asunto no es la diferencia y la relación entre significado y significante, sino su absurdidad: las cosas, significadas o no, no tienen sentido. Ergo, el fin del mundo ya está acá. Si del Estal dice que el día que no quede sentido será el fin del mundo, bien podemos argüir que el fin del mundo no es una profecía, sino una crónica histórica. O tres, o diez, o una sola: la historia. San Juan tenía razón. Tenía razón, pero en la medida en que escribía historia y no vaticinios. 48

Porque, asumámoslo (y no soy en nada novedoso), Dios nos ha abandonado. Yo creo que el apocalipsis no es lo que enuncia el hombre sino el hombre enunciando cualquier cosa. El hombre tiene fe en el fin del mundo, en algo que lo extermine. Se ha deshabitado de cualquier condición. Pretende que una fuerza superior nos llena de sustancias, de deseos, de sensaciones y sentimientos, y que esa misma fuerza se encargará de destruirlo. El hombre es la máquina de Dios, es un sujeto pasivo, victimizado porque no quiere asumir la enorme responsabilidad de escribir la historia. Para él, todo lo que sucede, es por voluntad divina, y si las cosas suceden o sucedieron, se deben a una razón. Yo creo que no hay razón por la que muchas cosas pasaron. Ya no hablo a nivel metafísico: existen sucesos nefastos de los que el hombre no se hace responsable. Pensar que por algo sucedieron es una falta de responsabilidad de parte de la humanidad que

deja al ser humano como inocente. Pero es sabido que el hombre no es inocente. Diseñó un esquema perfecto y comprensible de cómo culpar a Alguien de las cosas. Responsabilizó a Dios de sus propias injusticias y perversiones. Para eso nació Dios. Para que alguien sea responsable de esa inagotable serie de noxas que inhalaría la humanidad. Por eso creo que nuestro tiempo es el que viene después del fin de los tiempos. Hace siglos que la cosa carece de sentido; hace siglos, por lo tanto, que el mundo ha terminado. Sólo nos queda asumir tales hechos. Somos responsables de que las cosas estén así, y nuestra mayor impotencia es cargar de sentido las cosas: ayer pronuncié una palabra toda la tarde, y, hacia la noche, la palabra no era más que un sonido; una vez me miré al espejo demasiado tiempo: llegué a no saber quién era poseedor de estos rasgos. Las cosas no tienen sentido. Weil dijo: “En todo está Dios”. Yo creo que, si alguna vez Dios estuvo en todo, y su función era la comunión de sentido, Dios ha abandonado las cosas. Ahí está el fin del mundo, hace añares; ahí está el diábolo, hace siglos, desde la primera vez que a Sísifo le tocó cargar con una misma piedra por el resto de la historia. Dios es discurso sin sentido. Es absurdo. Dios es el fin del mundo. ¡Bienvenidos, pues, al día siguiente de la catástrofe! ¡Bienvenidos, nosotros, los hijos de los cuatro jinetes! ¡Bienvenidos, manga de forros! ¡Bienvenidos!


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This is it por Daniel Burgos

h

oy es el fin de la ola polar. el otoño volvió a su normalidad ámbar solar. los chicos reparten los volantes en calma, en estacionamientos de la 19 de abril, donde el camión rectangular de pescado solidario se instala : me apetecen unos medallones de merluza. pero tengo para rato, y con el tiempo la chata

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pero ella, ella se desequilibró en mí también, y no pude ser lo suficientemente fuerte. me detesto. la fragilidad del que se desnuda en este mundo es inversa a la inevitable posibilidad de sucumbir ante la locura de bestias que somos.

se volvería un pez en estado de descomposición.

es imposible que tu danza no haya sido suficiente para el cielo.

( como los peces hojas cayendo casi muertos de los árboles de coral.

this is it . sí. y los chicos como animalitos jugando sin razón

vuelven los chicos : entre pepe y pakiño se ponen a joderlo a pili. el más chico ( 16 años )

provocándome la absurda risa adentro de la brisa acelerada en hojas sonidos y el olvido

le dicen puto ¡ putazo ! porque nunca la puso, y además le dicen que su hermana está buena. los chicos nuevos ( gastón y josé ) aun novatos y sin seudónimos en este humilde oficio del reparto y de insultar a pili, miran de reojo y esbozan sonrisa . ¿ que qué tengo para decirle hoy a tu luz hecha formas que avanzan ? : que está muy bonita, sonriente, elevada, ensanchada en los ojos, en calma de algún modo, sonora. me hace reír, sonreír, suspirar regocijos de esto es todo. ( this is it . ¿ qué paso con vos, eterno niño que la luz abrió ? ( lo sé perfectamente ) tendría que haberte salvado. arrancándote tu puto sombrero de pensamientos.

y entonces la dudacerteza que nace de sí : ¿ de dónde viene tu blancavida ? ¿ tu muerte tan blanca ? de las palomas acumuladas en las ramas de un sereno comiéndolo como el sol.


Batman por Juan Manuel Díaz Pas “Luego de aquel encuentro con Ryuko, Shinji permaneció pensativo durante varios días. El mundo había sufrido una modificación irreversible. El mundo tal y como él lo había conocido durante toda su vida había dejado de existir. Tanto o más irrecuperable era ese mundo porque a nadie más le importaba”.

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Yukio Mishima, Las máscaras.

Batman Huari, antes de dedicarse al periodismo deportivo radial, y antes de convertirse en director técnico, había sido arquero del Rayo del Oeste de Santa Victoria Oeste durante cuatro temporadas. A los veintitrés años, en el partido por el ascenso que finalmente perdieron, el Tanque Guaymás, agente de la policía que jugaba con el arma reglamentaria debajo del pantalón corto, le rompió la rótula en varios pedazos cuando ambos saltaron a buscar la pelota, se le escapó un tiro y acabó con su carrera. Entró y salió del hospital durante casi un año. Algunos viejos del barrio que conocían su historia aún le seguían diciendo arquero con suerte. A los veintisiete quiso volver pero todos, empezando por él, sabían que ya no era el mismo. Entonces comenzó a escribir las crónicas deportivas en La expresión de Victoria y luego pasó a comentarista de la liga victoreña para dar finalmente el salto a la gloria cuando el relator de aquellos años, Abigail Guatón González, falleció mientras transmitía una final electrizante entre los locales y el Azores de La Quiaca.

Aquél partido acabó en escándalo. Algunos victoreños, que habían perdido en el último minuto, dijeron que en el equipo rival había muchos bolivianos de la liga de Villazón, que consideraban más competitiva e incluso más profesional que la del lado argentino. Batman Huari, que no tuvo reparos en tomar el micrófono del finado, relató los desmanes que vinieron luego del pitazo final como si fuera un torneo de lucha libre. Recién una hora después anunció que el Guatón había pasado a mejor vida. El tema era que el Guatón usaba la ‘cabina’ de transmisión para chupar vino tinto hasta más no poder. Los relatos de don Abigail eran los de un hincha encarnizado. A veces a su equipo le salían las cosas bien y exageraba las virtudes. Cuando no daban dos pases seguidos despotricaba contra los técnicos y contra las estrellas del momento. No había partido que no denunciara la corrupción del arbitraje. Padecía de diabetes y ese era el único momento en que su mujer no lo vigilaba. Veinticuatro años después del fin de su carrera de arquero, Batman era el relator estrella y además el protagonista de todas las mañanas en Victoria. Había hecho un curso por internet y se había bajado el Manual de frases y metáforas deportivas de Osvaldo Príncipi. Algunas eran demasiado famosas por lo que en muchas ocasiones recurría a imágenes de su propia cosecha. El pecho de este delantero es más frío que el pico del Fundición o ¡de qué cerro bajaste cóndor sideral! eran de su autoría. También había bautizado a varios jugadores: el Fantasma Peralta, el Tigre Aguirre, el Tamal Condorí, el Suri Díaz, el Ojota Juárez, el

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Caníbal Chambi, la Guadaña Abracaite o el Tractorcito Gómez. Desde luego había muchos Cóndores, porque le gustaba el toque autóctono, y Metralletas, porque le recordaban su breve época como delantero durante el servicio militar, cuando había descubierto que tenía asma y que eso lo relegaría al arco.

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Creía que los apodos mejoraban la calidad de los jugadores, los volvía de exportación y por eso se sentía orgulloso de su trabajo. El Tamal Condorí, por ejemplo, logró el pase a Unión Central de Tarija en parte gracias a los relatos de Batman, que el manager había grabado en casetes para demostrar las cualidades de su representado. Un directivo del club boliviano había viajado exclusivamente para observarlo y para corroborar que no les estaban haciendo el cuento del tío. Se instaló en la cabina junto a Batman. Éste, que ya estaba anoticiado, relataba cada jugada como si al Tamal le hubiesen transplantado las piernas de Maradona, la cintura de Garrincha, el tórax de Pelé y el cerebro de Cruyff, aunque no habían logrado el transplante de cara y por eso algunos oyentes se confundían y creían estar viendo al mismo Tamal de siempre. Cada vez que la tocaba, aunque solo fuera para reventarla contra el cielo victoreño, el Tamal recibía los comentarios más elogiosos. “Por qué le dicen Tamal”, le preguntó el dirigente tarijeño en el entretiempo. “Porque los defensores se lo quieren comer”. “Ah”, fue todo lo que añadió el dirigente. Los problemas comenzaron porque una vez bautizó a un arquero, especialmente audaz, con el mote de Acuyico de aca. Algunos oyentes decían que Batman era un envidioso y dejaban mensajes reflotando lo de arquero con suerte. Batman hacía oídos sordos. Los jugadores opinaban que había que atarle los huevos al travesaño y fusilarlo a pelotazos. Para calmar los ánimos el relator permitió que, antes del inicio del

juego, cada jugador le llevase anotado en un papelito el apodo que más le gustara. Al principio hizo caso a estas sugerencias pero había muchos Patrones y demasiados Príncipes y hasta un ‘Yopin’, que era el salteño Silvestre de Santi, que había vivido cerca de Gimnasia y Tiro cuando los albos habían ascendido a la primera división a mediados de los noventa, luego había entrado a estudiar antropología en la universidad nacional, se había recibido, había ido a realizar su tesis a los cerros de Santa Victoria sobre las condiciones de vida del campesinado y de los aborígenes con una fuerte orientación reivindicativa, se había enavioletado de una colla, se había tenido que casar, había empezado a juntarse con los changos para jugar a la pelota, había formado un equipo de fútbol, que era la fachada de una ONG holandesa para la detección temprana de talentos, del que luego fue expulsado por coimero y terminó en el Rayo del Oeste jugando de enganche con una beca del CONICET para realizar un trabajo de campo acerca de las prácticas sociales locales que construyen identidad comunitaria. Esta situación continuó hasta que Batman decidió cortar por lo sano y tomar el control nuevamente. Un domingo tuvo que relatar un partido en el que de veintidós jugadores, diez eran la Pulga, cinco eran Mariscales y seis eran el Polenta. El único que no quería apodo era Ramón Armando Flores, el arquero de Asociación Sportiva Quelloticar, que siempre había preferido un perfil bajo aunque a Batman le hubiera gustado bautizarlo Látigo Flores. Así pasaron los campeonatos y los domingos memorables y otros en donde no se podía terminar un partido porque la pelota se iba por los desfiladeros y no había cómo traerlas sanas y salvas. Hasta que una tarde particularmente calurosa y con viento, veinticuatro años después de aquel choque fatal con el


Tanque Guaymás, Batman tuvo la idea de convertirse en director técnico. A los pocos días de tomada esta decisión llegó al pueblo el hijo de la Lucy Fernández, Rubén Segovia.

2 Tomaso Segovia, sobrino y único heredero de Segundino Segovia, retorna al pueblo a ultimar los trámites judiciales y funerarios. Don Segundino vivía solo por el camino que da a las vías del tren, cerca del puente. Los vecinos lo estimaban por más que su finada esposa hubiera dejado deslizar en alguna época que su marido era mufa. Este pueblo está retrasado por su culpa, había dicho en una reunión allá por el cincuenta y dos, cuando don Segundino se había presentado para intendente por el radicalismo. Recién cuando falleció su mujer pudo acceder al cargo, fue durante el sesenta y seis, estuvo cuatro años, intentó volver en el setenta y cuatro pero ya estaba viejo. Y ahora que la selección acababa de salir campeona del mundo por primera vez, don Segundino estaba también muerto. Tomaso Segovia aparece por la esquina, asciende una loma, se desliza y desaparece, una pila de tierra roja lo encubre, luego se ve su cara y a continuación el bolso que cuelga de su brazo y al final las piernas largas que avanzan costosamente sobre el terreno desparejo, con los pies haciendo memoria de los pocitos, las piedras y los pedazos de botellas de vino. En el patio de la segunda casa a la derecha, desde la esquina, Batman discute con su suegra porque no quiere dejarla ir a la Yamila a vivir a La Quiaca con él. Lo mismo se ha de ir solo, ya está harto. Y de ahí se va a mandar a mudar a San Salvador o a Salta y después chau, nadie lo va a volver a ver nunca más. O mejor dicho sí lo van a ver, por televisión, cuando a esta vieja se le ocurra comprarse una, cuando le alcance

Gabriela Montesinos Paz

la plata que le da el miserable de su marido. Batman no comprende cómo Doña Euforia puede hacerle eso a su hija, comprometerle el futuro de esa manera. Pronto lo van a descubrir de un equipo grande y se lo van a llevar, lo escuchó en la radio, escuchó que Don Abigail se lo decía a su papá después de la semifinal. “A lo mejor este mismo domingo después del partido ya tenga que hacer los bolsos Yamilita”, le había dicho justo antes de que llegara Doña Eufo a romper con los sueños ajenos. La suegra de Batman entra a su casa y da un portazo. Él permanece de espaldas a la calle. Resopla. Da media vuelta y camina con pasos rápidos, elevando las rodillas de un modo gimnástico-militar. Abre el portón. Sale. Lo estrella contra el alambrado. Se rompe. Apresurado, le dedica un momento. Lo vuelve a colocar. Desenrula un alambre que hace ¡plink! y retoma su marcha con los ojos clavados en el piso. Hace cinco pasos y se da con la frente en los pechos de una mujer. La derriba y él también cae de culo. Es muy linda.

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- Hola Rubén. -… - Qué susto que me has dado. -… - Cómo te ha ido, tanto tiempo. -… - Ayudáme a levantarme, querés, mirá cómo me has dejado Rubén, toda llena de mugre, siempre el mismo vos. -… - ¿Ya no te acordás de mí? ... Yo soy la Lucy Fernández. 54

-… - Bueno, mirá, no importa, ayudame. - … ¿Lucy? - Sí, Lucy, Lucy, Lucy Fernández… - … ¿Lucy? - Sí, Rubén… puta el Rubén este más pelotudo había sido. - Batman. - ¿Qué decís vos Rubén? - Batman… me dicen Batman. - Bueno, entonces mucho gusto Don Batman… mirá cómo me has dejado… ¿te puedo pedir un favorcito?... ¿me sacudís un poco la espaldita, no puedo llegar así a mi casa, qué van a pensar los demás, Batman, que me ando revolcando por ahí?... no, les voy a tener que decir, me ha chocado el Batman. -…

- Más abajito Batman, sin miedo, además vos me has hecho esto, ahora lo tenés que arreglar. - Perdón. - Qué lindo… Batman… bueno, Batman, me voy yendo sabés, yo he venido de Buenos Aires por lo de mi tío y me voy a quedar ahí en la casa nomás unos días, sabés, no sé… si querés pasar, ¿dale Batman?... y gracias por la sacudida.

3 Esa tarde Batman llegó a casa de sus viejos, donde además vivía, alistó el bolso con algo de ropa y salió corriendo. Llegó a la cancha diez minutos antes del entrenamiento. Durante el trayecto no pudo dejar de pensar en Lucy. Trató de recordarla. Hizo pasar uno detrás de otro los rostros de sus compañeras, primero las que estaban buenas. Dejó las feas para después de las gordas pero no había caso, ninguna se le parecía. Incluso la comparó con la Yamila. En el vestuario había un viejo apesadumbrado. Era el canchero del club. Tenía los ojos ardidos. Lloraba por la pérdida de don Segundino. Le extendió un vaso de vino con soda. Batman se demoró en las burbujas que estallaban en su lengua mientras la invadían de dulzor y la cubrían de almíbar. Le había dicho lindo, lindo Batman. BATMAN HUARI ES LINDO. Se enteró por el canchero que no habría entrenamiento ese día. Todos irían al velorio, sin embargo el club permanecería abierto. Decidió entrenar un poco. Corrió algunas vueltas a la cancha. Hizo unos piques. Resoplaba como un búfalo mientras elevaba sus brazos al cielo después de haber lanzado la pelota hacia arriba. Se quedaba en cuclillas


sosteniéndose el bazo. Miraba el horizonte. Tapaba el sol con una mano. En el otro arco empezaba el precipicio, luego un cerro y luego otro que le cortaba el paso y después otro más. Un desierto corrugado se le dibujaba en la frente. El aire, a esa altura, era violeta. Lucy también era linda. LUCY Y BATMAN. No importaba demasiado para el caso si la conocía o no, había venido de Buenos Aires y se quedaría unos días en la casa de su tío y luego se iría. Ya se encargaría de averiguar dónde quedaba la casa. Su novia lo fue a buscar antes de que él terminara de elongar los abductores. Cuando la saludó le sintió un olor fétido. Fingió no haberse dado cuenta y permaneció recostado en la parte donde había pasto, cerca del corner. Se masajeaba las abdominales con la punta de los dedos. Respiraba profundo, contenía el aire y lo liberaba muy lenta y ruidosamente. - ¿Te pasa algo a vos? - No. - Te vine a buscar para que vamos a verlo a Don Segundino. Tu mamá me ha dicho que estabas acá. - No voy a ir. - Pero ¿qué va a decir la gente? - No me importa una mierda lo que diga la gente, ¿acaso a vos te importa? - Mirá, Rubén Huari, ya te he dicho que no podemos irse a vivir juntos. - Pero si yo tengo trabajo y gano bien, puedo ganar más plata, además el equipo. - El equipo, el equipo… qué tiene el equipo, a ver. - El equipo, Yamila, me necesita… mirá si ascendemos y me miran jugar de otros equipos más

grandes, el Lobo o Atlético Ledesma, lo ha dicho Don Abigail en la radio y después se lo ha comentado a mi papá. - ¿Jugar, y se puede saber de qué jugás vos? - De arquero pue, opa. - Mirá Rubén, yo en mi vida te he visto jugar a la pelota… arquero… eso no es jugar… jugar es cuando metés goles, no cuando te los meten a vos… y ahora haceme el favor y levantate querés que después las manchas de pasto son difíciles de sacar. - ¿Dónde has estado? - ¿Qué? - ¿Que dónde has estado? - En la casa de Don Segundino pue, ayudando con el velorio, pobrecito, no tenía a nadie. - ¿Hace cuánto que se ha muerto? - Parece que ayer pero con este calor no sé, dicen que estaba tirado en el piso de la cocina con el mate en la mano. - Ya debe estar pasado. No voy a ir. - No seas estúpido Rubén… ves… por eso no te quiere la gente… encima él siempre ha sido buenito con vos. - … no me gustan los muertos. - Bueno, pero solo un ratito, además ha venido el Tomasito. - Jurá. - Denserio. - ¿Qué hace ese salvaje? - Ya te vas a enterar.

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- Mirá Yamila, mejor ite yendo, yo me voy a quedar a acomodar un poco las redes y las camisetas y después me voy a bañar. - Bueno Rubén, pero andá, mirá que van a estar todos y queda feo. - Sabés qué queda feo… tu mama. - Con mi mamá no te metás. - Andá, querés, andá. - Hijo de puta.

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Batman comprendió que debía descansar un poco antes de ir al velorio. Le silbaba el pecho. Recordó a su amigo de la infancia, el Tomaso Segovia. Habían sido vecinos en una época y también habían trabajado juntos en muchas poroteadas en Anta, en la aceituna de Catamarca y, el mismo año que se escapó de su casa, en la manzana de Río Negro. De ahí el Tomaso pasó a Buenos Aires. Batman tuvo que volver, dejarle toda la plata que había ganado a sus padres. Pusieron un almacén. Vendían mucho vino desde el viernes al mediodía hasta el domingo por la noche. Era lo más lejos que había llegado, la manzana de Río Negro. Si tan solo alguien descubriera su talento. No era fácil jugar en la altura, con terrenos tan complicados como esos. Además los precipicios delimitaban las canchas y las piedras estaban regadas por todo el campo de juego. Había que rebuscárselas para evadir las ventiscas y las densas nubes de polvo. Había que atajar en esas condiciones ambientales. Después había que hacer frente a las malas intenciones de los delanteros, que siempre estiraban la pierna de más, sobre todo cuando eran locales porque los árbitros, en esto, no

querían tener problemas, hacían su trabajo y volvían a sus casas enteros. Como había dicho, Batman acomodó las redes y las camisetas, tomó una ducha fría y volvió a su casa, donde se recostó. La madre se paró en el umbral de su pieza, le avisó que se iban al velorio. - Siempre nos conseguía algún trabajito en el campo… pobrecito, estaba tan solo ese hombre… dicen que ha venido el Tomaso… lo que lo ha hecho sufrir a Don Segundino no tiene perdón… y encima aparecerse así… a reclamar la casa… mirá, si a mí me sale un hijo así, que Dios me perdone, pero lo mato… hacer sufrir así a su tata. - Pero mamá, don Segundino no era el tata, era el tío, y además que el viejo también lo hacía sufrir al Tomasito, o sino por qué crees que se ha venido a escapar. - Porque era malo, hijo, ¿cómo vas a decir algo así del finado?, vos no sabés respetar nada, por eso después te quiere ojear la gente. - Mamá. - Es esa china la que te pone así, opa estás… mi chango tan opa… si me querés un poquito no me has de hacer sufrir tanto Rubencito. - Batman, mamá, soy Batman. - Ay, mi hijo, ¿estás enfermo? Nosotros te hemos bautizado Rubén por tu abuelito, ¿acaso no lo querés a tu abuelito?, ¿qué es eso de que ahora te llamás Batman? No sé a quién has venido a salir vos, tan atarantado, pobrecito. - Mamá, soy Batman Huari, el mejor arquero del campeonato, el otro día me nombraron en la radio, dicen que me parezco al Pato Fillol y que a lo mejor me transfieren al Lobo o a Zapla y de ahí quién sabe.


- Ay, mi hijo, ¿pero Batman? - Sí, mamá, Batman. - ¿Pero no te podés volver a llamar Rubén? - No, mamá, Batman es nombre de famoso, vende, mamá. - ¿Y eso qué tiene que ver hijito? - Que quiero ser famoso mamá, para sacarla a usted de esta miseria. - No te permito que me faltés el respeto, mal agradecido, nosotros seremos pobres pero te hemos educado bien y nunca te hemos hecho faltar nada. - Pero mamá, imaginate cuando juegue en primera división, o en el Lobo o en Atlético Ledesma… me vas a escuchar en la radio, a tu hijo, Batman Huari, o te voy a comprar una televisión para que me veas a color. - No, yo no tengo ningún Batman, no voy a escuchar nada, me voy a tapar los ojos… solo quiero que mi Rubencito se ponga bien y haga caso… por qué no podés ser como los demás changos… el Servando ya está casado y tiene dos hijitas. - Pero el Servando no juega a la pelota ni tiene el récord victoreño de la valla menos vencida ni atajó tres penales al hilo en la elminatoria de fin de año… soy una estrella, preguntále a Don Abigail, él nunca miente. - Pero mi hijo, una estrella no limpia los baños del club. - No limpio los baños del club, soy asistente de servicios y me pagan por eso. - ¿Te pagan? Te dan un bolsón de mercadería, hijito, vino y treinta pesos, ¿vos te pensás que eso es un sueldo?

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Gabriela Montesinos Paz

- Bueno mamá, tengo que descansar… además usted se estaba yendo al velorio, por si no se ha dado cuenta vengo de entrenar, usted sabe que necesito estar concentrado para el domingo. - Ay, mi hijo, vos me querés matar a mí, no sé a quién has venido a salir tan falto de respeto… si te viera tu abuelito, él sí que era un hombre… un hombre… un hombre sano. Batman empujó la puerta con el pie y la madre salió llorando a la calle.


5 Le costó dormir. Era temprano. Hacía calor. El ventilador giraba muy despacio. Hacía ruidos secos y chirriantes. Le faltaba grasa y le sobraba tierra pegada. Decidió levantarse. Se vistió con el buzo de arquero oficial, su mejor pantalón de vestir y se calzó los botines. Antes de salir, observó los guantes. Colgaban con los dedos hacia abajo de un alambre ganchudo junto a la ventana. Parecían listos para saludar a los que pasaban. Se los colocó. Abrió y cerró el puño con fuerza repetidas veces. Salió a la calle. Quizás el domingo empezaría a usar una vincha, como el Loco Gatti, e incluso se podría dejar el pelo por debajo de la línea de los hombros, igualito a Kempes. Si le crecieran, también le gustaría tener bigotes, como los de Villa. 58

Primero se dirigió a la plaza. Las hijitas de Servando jugaban a la pelota con sus primos. Las habían mandado al arco. Batman las observó detenidamente. Tomó asiento en un banco y cruzó las manos sobre sus muslos. Aguardó un par de jugadas y, luego de un contrataque veloz que había dejado desparramada a la defensa, saltó indignado y comenzó a dar indicaciones. Luego corrió hasta detrás de uno de los arcos y desde allí ordenaba la defensa al mismo tiempo que le enseñaba a una de las niñas cómo debía analizar el juego. - Vos sos el ojo del equipo, tenés información que no tiene nadie, tenés que acomodar a tus defensores y ubicarte un poco más adelantadita, afuera del área chica, cuando viene un defensor salís más para seguir achicándole el remate, ¿me entendés?, a ver, parate ahí, pero con las piernas más separadas, no tanto, así, las manos así, no como si estuvieras por aplaudir, mirá, así, a ver, prestáme, así, ¿ves?, no, dejalas así, ahí viene uno, mirá, salí, salí, salí, salííííííííí, SALILE,

SALIIIIIIIIIIIILLLLLLLLLLLLEEEEEEEEEEEE, SALILEEEEEEEEEEEEEEE, quééé hiiiiijjjjjjaaa de puta, tenés que salir mamita, no te podés quedar esperando, no te podés quedar así mamita, ¿no entendiste nada?, ¿eh?, ¿decime, no entendés nada vos?, ¿eh?, así te van a llenar la canasta a cada rato, te van a cagar llenando la canasta mamita, cualquiera. Las venas del cuello de Batman estaban infladas, sus ojos a punto de estallar y su cara se había puesto muy roja. Los demás niños se quedaron inmóviles y la hija de Servando comenzó a llorar. Su hermana corrió para consolarla. La abrazó y le acarició el pelo mientras lo miraba fijamente. Batman hizo unos pasos hacia atrás y comenzó a correr a toda prisa. Llegó a una cañada poco profunda, cerca del río, donde se sentó a respirar. Le silbaba el pecho. Había olvidado el PAF en su dormitorio. El aire otra vez estaba violeta. Cerró los ojos. Realizó los ejercicios que le había enseñado el agente sanitario. - ohm ohm ohm ohm ohm ohm ohm ohm ohm ohm ohm ohm ohm ohm Se incorporó lentamente. Caminó hacia la casa de Don Segundino, abatido, rayando la calle con los tapones. Colocó sus medias encima del pantalón, hasta las rodillas. Pateó algunas piedras. Llegó cerca del velorio y se ocultó detrás de un poste de luz. Afuera había mucha gente. Todas las mujeres lloraban. El intendente estaba en su camioneta. Había sacado medio cuerpo por la ventana. Hablaba para un círculo a su alrededor. Todos asentían. Ni su madre ni la Yamila ni Lucy aparecían a simple vista. Tampoco estaba Tomaso, lo reconocería a cualquier distancia. Inspeccionó las ventanas para ver si podía descubrir qué sucedía adentro. Estaba atardeciendo. Algunas habitaciones tenían luz. En la cocina había un hombre viejo con un mate en la mano. Parecía que se le iba a


caer la pava y que el mate estaba rebalsando. El viejo miraba atentamente en dirección a los cerros por donde pasaban las vías del tren. Batman hizo un esfuerzo para ver mejor. Por detrás aparecieron unas lloronas, el viejo pareció salir de su distracción, miró el mate, dejó la pava, sacudió su mano y comenzó a tomar mientras se movía de la ventana. Las viejas sacaron unas tazas y agarraron la pava. Una de ellas parecía muy animada con el velorio. Salieron. Batman rodeó la casa, firme en su propósito de permanecer invisible, y fue hasta la ventana. Miró adentro. El mate estaba sobre la mesa y no había rastro del viejo. Oyó que le chistaban. Se dio media vuelta. Había ese olor que le sintiera a la Yamila. Era el Servando. Caminaba con paso firme y decidido. Llevaba un garrote en la mano derecha. - Rubén. Rubén. Vení compadre… tomáte un traguito. Batman comenzó a correr sin mirar atrás. Estos pendejos seguro se han ido de boca, pensó, y eso que yo quería enseñarles. A lo lejos vio que el Servando se llevaba el garrote a la boca. Debe estar muy enojado el Servando, pensó. Hizo unas cuadras más y volvió a sentirse enfermo. Sin darse cuenta había llegado a las vías. Volvió a mirar para atrás, el aire estaba violeta otra vez. Un bulto venía en dirección a él. Si era Servando no tendría chances de defenderse. Tiró unos manotazos y además oyó el zumbido de miles de abejas. Adelante estaba el puente y abajo el río sin agua casi. Caminó con la mano sosteniendo su bazo. Abría los ojos, se los refregaba, los cerraba con fuerza. Cuando llegó al puente vio entre los durmientes hacia abajo. Había alguien tirado, parecía un muñeco desarticulado. Era Tomaso, lo veía con toda claridad. Batman comenzó a descender por la cañada. Hacía un gran esfuerzo para sostenerse en pie. Intentaba agarrarse de los yuyos pero estos se zafaban del suelo

con raíz y todo. Las piedras parecían ruedas diminutas que se incrustaban en el espacio entre los tapones de sus botines. Era difícil hacer pie, como aquella vez que le tocó jugar bajo la lluvia y le hicieron tres goles. Nadie le echó la culpa porque en esa época quedaba con alpargatas. Con la vista intentaba mantener un punto fijo. La distancia no era mucha pero la cara de Tomaso no se le parecía demasiado. A lo mejor era la luz, que comenzaba a menguar y el aire, que se ponía cada vez más violeta. Hizo unos metros más y se desplomó. Rodó hasta el fondo y cayó a pocos metros de Tomaso. Estiró una mano. Perdió la conciencia. Cuando se despertó llamó a su amigo débilmente. Ya era de noche. Abrió los ojos. La Lucy le acariciaba la cara. Ella le sostenía la cabeza sobre sus muslos. - Pobrecito, Batman, qué te ha venido a pasar changuito, mirá cómo te has dejado… no sé cómo los hombres tienen que andar tan borrachos, cuando te has despeñado he pensado que te has muerto, pobrecito. Batman se quitó los guantes y se sentó. La miró un segundo y ella sonrió. Le dio un beso. Estuvieron un rato en silencio, separados. Luego Batman la tomó por la cintura y la atrajo contra su pecho. Estuvieron así hasta que ella le tocó la verga erecta. Él también quiso tocarla entre las piernas pero ella le apartó la mano. Todavía no, Batman, le dijo. Se agachó hasta su miembro, abrió la boca, lo tragó hasta la garganta, subió y bajó repetidas veces, se la quitó un segundo, un hilo de saliva los unía, se lo volvió a tragar y lo soltó para besar a Batman en la boca. Se acostaron en cucharita. Ella lo guiaba. Despacito, Batman, le dijo. No demoraron demasiado. Ella se subió los pantalones con prisa, sin limpiarse. Él permaneció recostado, boca arriba, en silencio. El pecho le silbaba nuevamente. Se durmió.

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Sin levantarse ni abrir los ojos de inmediato pensó en el domingo, mañana. Era de día. Se tocó para saber si estaba sano. Estaba intacto. Abrazó a la Lucy, todavía a su lado. Arriba, en el puente, una procesión marchaba rumbo al cementerio.

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La primera noche en el hospital Batman se despertó llorando. Su mamá le sobaba la espalda. Batman lloraba. Se colgaba de su cuello. Despertaba a los demás. No podía dejar de llorar. Su mamá le iba diciendo, siempre en susurros, shhh, tranquilo, yo estoy aquí con vos mientras Batman, hecho una piltrafa, lloriqueaba y ocultaba la cara cada vez más y más debajo de las axilas de su mamá. Shhh, tranquilo, yo estoy aquí con vos. Luego le sostenía la cabeza desinflada buscándole la cara y Batman reposaba el mentón en su hombro. Seguía llorando. Batman abría los ojos. Abría los ojos bien grandes pero el aire seguía del mismo color.


La última será la primera La represión de la A a la Z

G

por Andrea Teruel

ritar ¡yupiii el fin del mundo! ante la temática apocalíptica se volvió una actitud tan trillada como su antitética, aquella otra que se inclina hacia el infinito perdón y la expiación urgente y abreviada. Pero es ley, si se busca hacerse el canchero con la temática apocalíptica, siempre se ha de caer en ese lugar común de los vivarachos a quienes la publicidad de Arnet, péseles, los volvió poco creativos: si mañana se acaba el mundo hoy doy rienda suelta a mis pasiones y deseos. Vomitaré el inodoro hasta que rebalse el pozo ciego de lechón y lúpulo; cogeré con él, con ella y con sus hijos y profanaré las tumbas de sus muertos para seguir cogiendo y cogiendo… y tomaré drogas y putearé al jefe y etc. etc. etc. La historia es conocida, y ya por conocida perdió impacto. El ¡viva la vie que, si mañana no importa, hoy todo vale! Tal suele ser la prerrogativa de esta vivaracha idea. Lástima que fue representada por una publicidad televisiva, que sólo por ser una publicidad televisiva se volvió superficial y bastante pelotuda. Sin embargo, es ineludible aceptar que dicha idea deja entrever una manifestación espontanea y sincera del inconsciente colectivo de nuestra sociedad. Si nos alejamos de la voluptuosa borrachera del after hour en un día de semana y de la pseudo orgía que representa la propaganda del servicio de internet, esta idea pone en manifiesto el franco reflejo de una sociedad reprimida hasta la médula. En otras palabras, deja en evidencia la plétora de un inconsciente que se libera de sus ataduras morales ante la falta de un juicio condenatorio. Soy consciente que el ejemplo publicitario es vago para concluir semejante diagnóstico, por eso mismo también me remonto a las más excelsas

teorías sociológicas sobre las últimas voluntades del ser. Podemos encontrar una expresión intelectual y mítica en el enfático grito de Morrison quien, en su cantata The end pronuncia como última voluntad: Father i want to kill you, mother i want to fuck you. Nuevamente nos topamos con análogos indultos: violencia desencadenada, sexo transgresor, desacato a la norma. No será mi intención pensar qué haría yo o qué podría pasar en nuestros últimos días, más bien me interesa detenerme en esta imaginería generalizada que representa a nuestro último deseo, y quehacer como la gran partuza y la precipitación arrebatada a lo prohibido. Imaginería que disfraza y oculta, creo yo, el despojo de un corset normativo y represor para dar lugar al primer y último grito de libertad. El cual, curiosamente, sólo logra hacerse oír ante la perspectiva del fin. Y el cual, curiosamente y en definitiva, solo pide coger. Intentando encontrarle una respuesta a esta concupiscencia apocalíptica me he remontado al origen de todo lo que es. La empresa parece ambiciosa pero en realidad es tan sencilla como natural: se trata de obedecer al simple movimiento cotidiano y recurrente del pensamiento cuando se pregunta “¿y cómo mierda llegué yo acá?”. Entonces, obedeciendo a la marea de la reflexión, para pensar qué hacemos en el final voy a pensar qué hicimos en el principio Bajo este entramado, en mi profesión de atea me es inevitable remitirme a las Sagradas Escrituras para la búsqueda de una respuesta. Porque si de algo nos jactamos los ateos, más allá de la certeza de nuestra propia muerte y sinsentido, es de ser imparciales,

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insensibles e inescrupulosos ante las lecturas de las verdades que nos gobiernan. Es decir, si de algo nos jactamos los ateos es de nuestra profesión de cínicos sensibles. Y, por tanto, las Sagradas Escrituras son nuestro dulce de leche. Leo en mi pocket Biblia que en el principio Dios creó el cielo y la tierra. Luego la luz, el firmamento, algunas plantitas, los animales y etc. etc. Hasta acá todo es pastoral, irrelevante y nos aburre. Nos adelantemos hacia los humanos y al porno bíblico que empieza a calentar en el versículo 1-27: y Dios creó el hombre a su imagen.

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Nos encontramos entonces con nuestro primer hombre, Adán. Acto seguido, el divino padre delibera que nadie puede estar solo sin compañía, y que sólo él puede tolerar la soledad (mal de solos consuelo de dioses), y transfigura una de las costillas del apuesto joven en una bella y cachonda mujer, Eva. Ahora sí, estamos en el vértigo del inicio de la historia de la humanidad: la transgresión por antonomasia del mandato divino, la de-generación de lo humano, la primera cogida. Y bueno, sí, obviamente estos chicos, solitos en paradisíaca escenografía, terminaron cogiendo bajo un bonito árbol. Y entonces, oh god, todo se fue a la mierda… El drama neurótico que continua en el relato bíblico ya no nos interesa demasiado. Estos jóvenes tendrán familia y un rollo de envidias; asesinatos y problemas con las redes cloacales colmaran la narración. Un intermitente desacato al mandato divino se volverá el modus operandi de la historia. En otras palabras, desde el primer parto con dolor de Eva hasta la invención de la epidural, la historia del hombre estará llena de castigos represores seguidos de nuevas transgresiones y engañapichangas a la orden.

No nos detendremos en los detalles. Con toda esta genealogía sólo nos interesa resaltar que, según una lectura bíblica, nosotros existimos bajo la égida del pecado. Y todo gracias a nuestra primera voluntad. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. La cultura, en consecuencia, será pensada bajo una concepción de aquello divinamente prohibido, y, en este sentido, articulada en un entramado de normas, costumbres e instituciones que contengan nuestros más bajos y abyectos instintos. De lo que se trata, por lo tanto, es de no tropezar con la misma piedra y que el dicho popular “el que se quema con leche cuando ve una vaca llora” sea nuestro estandarte y castrante enseñanza. Finalizada nuestra profunda exégesis de la Biblia concluimos que el primer mandato o, lo que es lo mismo, censura y represión a la que nos sometemos los occidentales y buenos cristianos reza sin más “No fornicarás”. Se trata de una importante homologación del “No matarás”, la primera ley de las tablas, con una singular interpretación de la petite mort francesa. Bajo esta directiva sólo resta decir de nuestra cultura “acá sí que no se coge”. Ahora bien, nos acerquemos nuevamente a nuestros últimos días y a aquella festiva idea del fin del mundo. Es llamativo ver cómo, con más de dos mil años de apostasía cristiana y ya más de un siglo de psicoanálisis en las espaldas, las fantasías humanas siguen gravitando en lo mismo y bajo los mismos resquemores. La representación de nuestros últimos días como la posibilidad de desencadenar nuestros deseos va de la mano y toma dinamismo en un trasfondo de lo no permitido que por fin se realiza. Nuevamente se manifiesta la voluntad humana, esta vez será la última, pero lo curioso es observar que nuevamente recae en saciar la urgente arrechura y que este biológico acto sea interpretado, una vez más, como violación al orden y transgresión. En este sentido me animo a decir que al


Simulacro pedo ha corrido tanta agua bajo el puente, ya que en definitiva, lo que separa al génesis del apocalipsis es la contranatura represión del acto sexual. Conclusión que no sólo habla de la redundancia y estrechez de nuestras fantasías sino también de la histeria humana que se somete a imperativos autoimpuestos, coqueteando y enfermándose con los mismos. En fin, y ya para terminar, todo este recorrido me lleva a pensar que es la emancipación del placer lo que no se ha podido lograr en esta historia de la humanidad que se nos acaba. Pero bien, acabarla mediante una gran acabada ya es un avance para una sociedad educada en apartar el cáliz. Y tal vez, si mañana seguimos vivos y todo fue una gran mentira, nos cojamos un poquito más.

por Juan Pablo Salinas

C

omenzó en un pequeñísimo monoblock.

Mientras entrenaba a mantenerse entre sus propias manos, los chicos se comían las orejas, con presteza, con sal, con inocencia. Frente a la caja boba. Afuera, las luces de la ciudad corrían como si se persiguieran unas a otras, las personas lo hacían también, por costumbre, por quién sabe qué. Tal vez fueron cosas tantas y diversas, como el salvaje ejercicio de ver y respirar las que hicieron poco a poco más difícil la maldita cosa. Nadie consiguió o más bien nadie quiere detenerlo. Mientras tanto, la vida sigue haciendo girar la rueda a velocidad acelerada.

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Maqueta freak por Gabriel Salgado

M

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i madre tuvo un vestido naranja en medio de la tarde verde. Y dijo que si me portaba mal, vendría el fin del mundo. En realidad dijo “la” fin del mundo; y para un niño, el destino se tornaba pesimista con la sentencia. Ella no supo buscarse, lo interpreto ahora, que las constelaciones se han vuelto voraces. Solamente permaneció en la galería con toda la luz a través del espacio, hasta llegar la encerrona de estrellas. Contemplo durante un rato la espesura del tiempo. Yo esperaba, hasta que las referencias del vestido y la tarde fueron pura planicie, todo quieto entonces y no apareció, siquiera, un pajarito extraviado. La identidad de cada cosa, los zarpazos del placer ante imprecisas superficies. Un mundo profundo y ácido se me iba a escurrir y nadie sabía. El barro húmedo de los bordes donde quedaron mis pisadas impresas, maderas calcinadas en hogueras de piedra, mi árbol alto en la alborada donde trepé tantas veces, la fruta rodando por el barranco, brisas suaves según la luz, un lienzo de vapor creciendo alrededor de las figuras, mis medias embarradas dentro del zapato, palas y azadas en el jardín abandonado, cosas arrastradas como si fueran escamas. Nadie sabía. Sobre cómo fabricar el mundo que falta, o envolver la semilla cargada de sol, desanudar el baile y las peores ganas en la tiniebla, cruzar las cumbres retorcidas con visiones de banderas perfumadas, picotear los paraguas de sabios locos mediante luciérnagas, cómo detener a las moscas que entran y salen, o redondear la roca, encerrar la tierra en un ovillo de hambre. Equilibristas en el camino, en una misma agua.

Foto: Eugenia Caballero

Nadie sabía explicarlo. Las márgenes de la flor, una piel que me recuerda ramas sobre techos y muros del callejón, la sangre grotesca después del ayuno, exhaustivo y desafiantes amores que nos liquidan, las llaves que conducen hacia el mensajero iluminado, también la cáscara del corazón ansioso y buitre, apetitos colindantes en todas sus variantes, la metafísica del vuelo inocente entre las calles. Trabajadores en fanfarria.


Nadie sabía decir. Si es un lobo o mero torbellino del viento, si ella permanece inmóvil junto al fuego, si pasa la vida con su vestido naranja parecido al de mi madre, o somos mágicos e inmunes personajes ante el conflicto, si el humilde poema sirvió para algo o mi aliento se gastó tratando de alcanzar las cosas, o si estás allí aun un poco aparte en las parcelas salvajes. Jornaleros en perfecta vigilia. Nadie supo confortar. Al sencillo trovador junto a los sauces del último verano, al poeta que sin querer nos amó desde su mirada, al despreciado tañido de una voz fúnebre entre los espejos, al intrépido viajero que lleva su maqueta freak bajo el brazo mientras regresa, a las sombras que vagan en esta cuidad vacía y gratuita, a quienes oyen rezar al aire que no renuncia a defenderse, al que aparece resplandeciente como un incendio.

Foto: Eugenia Caballero

Nadie sabía reconocer. Al rostro entero del atardecer ribereño, ni al territorio detrás de nosotros, ni a nuestra madre cerrando la puerta, o a las murgas ahí forjando cuerpos como arcoiris amorosos, las oraciones milenarias antes de ir a la guerra, bulevares con música fugitiva, ni siquiera documentos que llevaba la chica en su terrible noche, o las ferias de baratijas con íntimos olores. Laborioso orfebre en el llano.

Y en el momento cuando mis hijos pregunten, les diré que aquella tarde verde mi madre en verdad quiso decir “habrá una vez…“, con la paciencia mayor que podía entenderse, la feroz quietud del mundo no nacido todavía. Nadie hubo entonces ni ahora en la punzante leyenda y en la forma esbelta de un nuevo secreto. Pura maqueta, líneas plásticas vueltas a ensamblar.

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Una breve conversación conmigo mismo sobre la apocalipzación

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por César Colmenares

staba mateando con mis bichos, se me acerca mi gato y me roba una torta frita. El aire no se detuvo por eso. Al cebarme un mate, el agua estaba tibia. ¡No hay nada más apocalíptico que un mate tibio! Se abre un agujero negro, el día se arrastra y se pierde en él. -¡¡Gil!! ¿Qué estás hablando? ¡Es algo más! -¿Qué te metés vos? Este es mi artículo. ¡Tomá, andá traeme unos cigarrillos!

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La palabra apocalipsis indica una catástrofe antes del fin de algo. Ahora, ¿a qué hace referencia la palabra catástrofe? ¿Y la palabra fin? La primera advierte que algo anda muy mal, le sigue el mal y termina siendo malísimo. Ejemplo, la Argentina en el mundial de Corea y Japón. -A mí me parece que es una masita lo que estás diciendo. Catástrofe va más allá, implica desesperación en medio de un desastre climatológico, social, etc., en cuyo desastre se ve implicada la mano del hombre. -¿Y la selección argentina la dirigió un camello? -Pero no vas a comparar un torneo de fútbol con la desaparición de una especie, de una vida… -¿Y la desaparición de un Maradona en ese mundial no es desaparición de una especie? Bueno ahora está Messi… -Che, ¿y si mejor al artículo lo escribo yo? -¡No! Además me falta explicar qué es el fin… -Y fin es el fin de una cosa, la interrupción de un verbo, la de un adjetivo…

-¿De un adjetivo? -¿Viste cuando somos bebés, los adultos nos agarran de los cachetes y nos dicen qué cosita más linda y nos llenan de regalos y dulces? ¿Ahora sucede lo mismo? No, porque ahora tenemos menos dulzura y belleza que una pala. El adjetivo se traslada de lindo a feo. -¡Ay, Dios…! -¡Bueno, callate! ¡Dejame continuar! Como dice una canción: “todo tiene un final, todo termina”, lo que no implica que sea malo. Si vas a una cita y la persona con la que estás es desagradable, vas a rogar que al fin se tome un taxi y acuda a vos lo más rápido posible, o viceversa. En fin, catástrofe y fin hacen el apocalipsis. -¡Dale, andá al baño…! Antes de que vuelva, voy a contarles un secreto que ustedes ya lo saben pero quizás no se hayan dado cuenta: Por hambre las personas hacen de la basura su supermercado. Por hambre las personas matan, mueren. Se comen. Por hambre hay cárceles. Por poder hay pólvora, y la enfermedad que ella transmite (hambre). Por poder hay desiertos. Los noticieros hacen dinero con eso. Por poder las correas y las cadenas no son sólo para los perros. Por dinero hay animales.


Por dinero hay tandas comerciales que nos promueven como fracasados. Por dinero hay nada. Por hambre, por poder, por dinero, por codicia, por egoístas… -Hay que comprar papel. ¿A qué se debe esa cara? No te habrás metido en mi texto, ¿no? -Voy a comprar algo para el mate. -No entiendo por qué lo relaciona siempre con la muerte. La muerte nos llega a todos, de diferentes modos, pero llega. Sin ir más lejos, hace unas semanas, un canal de cable mostró cómo un hombre había muerto teniendo sexo con una gordita. Ahora que no está, les voy a contar un secreto que ustedes quizás ya lo deben saber pero quizás no se hayan dado cuenta: Cuando una señorita o un caballero te dice “dame tiempo”… ¿¡Para qué!? ¿No ven que la carne, embolsada en una tela ecológica como la piel, igual se desintegra? ¿No es, acaso, desesperante que esa botella que estás bebiendo ahora se va a terminar? ¿No te produce miedo que Papá Noel sea un comunista burgués? Un hippie tomando un colectivo, un zombi vegetariano, un emo calvo, un político honesto… ¡Eso es apocalíptico! -Me parece mentira. Te escucho y no sé quién sos verdaderamente. -¿Por qué sos tan deprimente? -Soy muy sensible. -También hay humor en la sensibilidad. Sentís que sos una bosta, que no servís, que la vida no espera nada de vos ni vos de ella, te sentás a escribir sobre el hambre, la violencia… ¿Qué corno hacés vos para que eso no suceda?

-¿Y vos, que fumas para que al menos las partículas que hay en tus pulmones no estén tan solas? ¿Vos que te emborrachas en los bares para disimular que te garcás en la cotidianidad…? -¿Y vos y tu academia de mierda que creen que todo se va a solucionar con teorías de los libros…? -¿Y vos que creés que con vomitar sos feliz…? (Después de unas copas…) (Bueno, después de muchas copas…) -Así es, hermanito. Diosito trató de borrarnos del mundo por mandarnos tantas macanas. Pero el gil, al borrarnos, usó una goma de mala calidad, por eso el mundo está todo borroneado y no nos entendemos una mierda para estar en paz. -No sé cuántos apocalípticos fines del mundo hubo. Sobreviví al último, por lo tanto me declaro legalmente inmortal. Besame Si la canción no se acuerda de vos si llorás y los autos no se detienen si corrés y el cansancio no te consuela besame. Si el sol te mezquina el día y las nubes el agua y el televisor un canal besame. Hay bombas con su bolsita recolectando gritos hay una bala buscando una cama cerrá los ojos y besame.

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Desmonte por Pablo César Espinoza Lafuente

I La Montaña no se persigna en el mercado como si fuera su derecho, no transita por los puestos de venta, ni pide rebajas en la ropa usada. La Montaña no se esfuerza en ser parte de la alcantarilla, o en descansar en la maceta y esperar el respeto que merece el Living room. La Montaña no se sube a los micros, pero si se lanza de ellos. 68

La Montaña es el destino que comparte con El Q`epi, de Observar como trabaja el Maycol y no hacer nada para llorar con él. El Q`epi esta enamorado de La Montaña. Lleva comida para ella Lleva ropa Lleva explosivos Lleva todos los instrumentos necesarios para crear un hogar en ella, mientras que cada día La Montaña se levanta en la calle por el escupitajo del minero que pijcha.

II El Q´epi nunca quiso pelear en marchas desde la espalda, tampoco huir de las mismas y recibir el último golpe, no quiso gasificarse, ni que le revienten el petardo a medio metro de altura. El Q´epi nunca quiso dejar de ser Q´epi desde su precaria percepción. Ahora El Q´epi lleva periódicos pasados, revistas con las esquinas dobladas, abarcas rotas y poleras sucias del San José. El Q´epi no se mueve, pero tampoco esta en silla de ruedas. (Bajo la cama) El Q´epi no recuerda el momento exacto en que dejó a La Montaña, pero sabe que el Maycol se hace más Michael al llegar a la ciudad.

III (Montaje) La Montaña levanta el asfalto cuando El Q´epi se lanza en caída libre. (Ambos, cada vez con más fuerza)


It´s the end of the world (as we know it) por Belén Cianferoni

I

ñaqui estaba preocupado. Se movía por la habitación de un lado a otro. Se paraba. Se sentaba. Se volvía a parar. Miraba por la ventana colgar ropa al sol a la señora Russo. En el departamento de Iñaqui, todo estaba nublado. De su cabeza salían nubes que ocupaban toda la habitación. Daba vueltas a la silla, y las nubes lo seguían, tapaban todo, tapaban los cuadros, tapaban las bananas arriba de la heladera, tapaban el calendario con la fecha límite de entrega –apenas faltaban dos días-, pero, por sobre todo, tapaban las ideas de Iñaqui para la tapa de esa revista, que le habían encargado hacía un mes. No se notaba, pero era para el 23 de diciembre de 2012. Hoy es 21 de diciembre de 2012, el fin del mundo de acuerdo con los mayas. Pero nuestro amigo no se dio cuenta. No cambiaría nada. Hace treinta días que Iñaqui está en el infierno, sin ninguna idea, exprimiendo su cerebro para dibujar. Pero nada. Nada. ¿Así se sintió Van Gogh? ¿Se odiaba como él, al sentirse tan limitado? ¡Pobre Iñaqui! Si hubiera sabido que se venía el fin del mundo, todo habría sido distinto. Estaría tirado en la cama rebosante de felicidad, mientras escuchaba al mundo explotar al unísono con su chicle globo. Mientras estaba en cuclillas en su comedor, dándole de comer a su gato, pensaba y lo miraba perdido. No podía respirar al pensar lo que pasaría si no terminaba el diseño. Una maqueta colorida para el lanzamiento de “Los Inquilinos”. ¿Cómo había caído en esto? De pronto se acordó del dinero, y un “ahh” salió de su boca. Estaba a punto de tocarlo, cuando de pronto

el gato se aburrió y salió a pasear por los tejados del edificio. Envidiaba al gato, tan libre. Podía saltar ante cualquier problema y chau. Decirle hola a una nueva situación. Parecía una buena vida. Excepto por la parte de tener que lamer tus genitales, claro está. Su deambular en cuatro patas lo llevó a sentarse en el piso, apoyado en su biblioteca. Calentaban su espalda Stephen King, Michel Crichton y un par más de yanquis. Siempre creí que Iñaqui leía demasiados norteamericanos para alguien con semejante nombre vasco. En el Mundo Editorial, su librería favorita, Iñaqui sería catalogado como un lector-consumidor de bestsellers. Muchos lo miraban y se reían al verlo levantar nuevamente en la misma esquina de siempre de la librería, religiosamente, sus libros gruesos, libros ladrillo. Por eso Iñaqui no sale mucho. Sólo a la librería y a la esquina a comprar comida de gato. El resto en la vida de nuestro amigo es delivery. VOLVAMOS al mal momento de nuestro personaje. NO QUIERO hacerlo sentir mal, hablando de sus asuntos personales y exponiéndolo en un cuento. YA QUE, claro está, no somos gente chismosa. Ahora Iñaqui está llorando desconsoladamente, mientras da golpecitos con su espalda a la pobre biblioteca. Ahora, unos libros, producto del movimiento, se están moviendo. Ahora se caen de la zona de Michel: “Jurassic Park”, “Coma”, “Next” y “Estado de miedo”. Ahora aterrizan en la cabeza de Iñaqui. Plaff.

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Ahora Iñaqui está inconsciente. Pasa una eternidad o pasa un minuto, en un sueño interminable, hasta que siente cómo alguien (que no era el gato) lo toca con una mano helada para despertarlo. -¿Cariño, estás despierto? -se escucha una voz masculina judía que lo guía hacia la luz. Poco a poco Iñaqui se reincorpora, hasta que ve todo mucho más claro. Nuestro personaje grita lo más fuerte que puede al ver esta escena. La Parca, con su uniforme negro, prolijamente planchado (una túnica y una guadaña). El pobre diseñador corre hasta la puerta, pero la Muerte lo detiene en el aire con un movimiento de su mano. 70

La Muerte gira la mano en el aire y el diseñador sale cargado en el aire hacia donde estaba inicialmente. En ese preciso momento, la vejiga de Iñaqui demuestra ser de primera calidad. Ya que la Muerte, al dejar a Iñaqui suspendido en el aire, pone su arma en el piso y con las dos manos empieza a bajar lentamente su capucha negra y siniestra. Los gritos de Iñaqui son cada vez más fuertes, mientras la cara de la Muerte queda casi expuesta. -¿Tétrico, no? -se escucha hablar a la muerte-. Le hubieras visto la cara a mi madre cuando me ensuciaba los pantalones y le arruinaba el piso recién lavado. Éso era miedo. El pobre Iñaqui empieza a hiperventilar y dice, entrecortadamente: ¿¿¿¿Woooodyy???? La Muerte, con anteojos gruesos, se sonríe y levanta los hombros. -Era lo que había, muchacho –dice, con su sonrisa–. ¿A quién esperabas? ¿A Freud?

Iñaqui es soltado bruscamente por la fuerza invisible que lo poseía. -¿Qué haces en mi departamento? –dice, agarrándose la cabeza, donde se golpeó el pobre, talentoso y estancado Iñaqui. -Estoy filmando una película… -asegura el director judío, recientemente conocido como la Muerte. -¿En serio? -se sorprende el diseñador y mira para todas partes buscando una cámara escondida. Pero escucha a la Muerte/escritor/cineasta reírse y se queda viendo detenidamente a ese hombrecito judío con una túnica negra. -No seas tonto, era una broma -sentencia Allen-. Vengo a llevarte para allá -señalando con su dedo índice al techo. -¿Al 9 C? -interrumpe nuevamente el pintor frustrado convertido en el diseñador más fashion de la costa este. -Al cielo. No sé si estás enterado, niño, pero hoy es el fin del mundo y todos los escritores estamos encargados de llevar a los diseñadores a su última morada. Castigo de Satanás para los escritores por molestarlos tanto a ustedes los diseñadores. ¡Qué loco, ¿no?! ¡Con razón el diablo es una mujer con tacos y anda menopáusica! -Casi susurrando le menciona al oído Woody- Tengo que ver antes, que acomodes todas tus cosas, dejes tus asuntos en orden y termines la revista. Con las palabras de Woody, toda la habitación se oscureció y el tiempo se detuvo. Una poderosa risa histérica domina a Iñaqui. No lo entendía. Todo era demasiado rápido. Primero no sabía qué dibujar y ahora el destino se había encargado de dibujar por él, y cuando estaba acoplándose a la idea del fin del mundo


(y le gustaba), este escritor judío/ateo le dice que terminara el diseño para esa revista. -¿¿¿Quééééé??? Por favor, ¡lléveme ya! ¿Qué importa el orden si ahora es el fin del mundo? ¿Qué importa ya esa bendita revista? No lo van a usar ni de papel higiénico. -Te lo dije, el diablo es mujer. La espera es interminable con ella. -¿Y Dios? ¿Es hombre? –interrumpe Iñaqui. -No, también es mujer. Y tiene un humor negro impresionante. Deberías escucharla, te mueres de la risa. -Uff. -Y le gustan las cosas terminadas. No es para poner presión, pero… -¿¡Pero qué!? –grita, sacado, Iñaqui. -Pero ellas tienen que aprobar el diseño. -¿Quééééé? -Sí, Dios y el Diablo -asiente Woody. -¿No sólo tengo que terminarlo, a pesar de estar estancado hace un mes, sino que además le tiene que gustar a los representantes del Bien y del Mal? -Efectivamente -sigue asintiendo Woody. -La con… -maldice el diseñador. -Yo que vos no digo eso, es que Dios es mujer y susceptible. Iñaqui traga saliva e intenta hacer entrar en razón al director. - Entienda, se viene el fin del mundo… -Ajám.

-Vamos a dejar de existir… -Cierto. -Y en vez de buscar al amor de mi vida, tengo que hacer un diseño que le guste a Dios y al Diablo. -Me estás entendiendo -sonríe Woody. -No, vos no me entiendes a mí. Lo que me estás pidiendo es imposible. -Y urgente. -¡Dios mío! -suspira Iñaqui. -No solamente les tiene que gustar, tiene que ser impactante para las dos. -Dios mío. -Yo que vos, dejo de jurar en vano, digo, no juegas bien tus cartas. ¿Recuerdas esa tabla con las reglas? Resultaron ser ciertas. -¿Pero vos no eras ateo? -cuestiona el incrédulo ilustrador. -Creer en Dios es como tirar una moneda al aire. Cuando te llega la hora puede ser tanto sí como no. Y bué… en este caso me tocó perder. Iñaqui quedó pensativo durante minutos que parecían horas. Se quedó pesando y elucubrando una tapa capaz de deslumbrar a tamaña clientela. Estaba quieto, pero dentro de él pasaban cosas. Estaba inmóvil, pero esa cabeza estaba aceleradísima, corriendo un rally contra el tiempo. Hacía y descartaba tapas mentalmente, todas eran insuficientes. Todas indignas. Cuando se hartó, le preguntó a su compañero si podía poner música y de qué tipo prefería él. Se empezó a reír mientras hablaba. Podía hablar sobre gustos musicales con el mismísimo Woody Allen. Era una lástima no poder debatir sobre sus películas. Hasta

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el director ya había usado ese recurso en una de sus películas, en la preciosa “Annie Hall”, debatiendo con el director de una película para poder ganar una pelea. Y de repente algo hizo crack en Iñaqui. -Dime Woody, ¿a ellas les gustan tus películas? -Lamento decir que no. Por lo que estuve charlando con ellas, son bastante pochocleras. Yo las aburría inmensamente, por eso me dieron este trabajo. Mientras Woody hablaba, Iñaqui brillaba, porque tenía luz y ritmo. Estos seres mitológicos no eran distintos de los humanos para los que trabajaba cotidianamente o de él mismo, que tenía ciertos gustos culposos con los libros o con ABBA.

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Fue corriendo a la computadora, agarró su lápiz digital y ya eran uno solo. Armaba garabatos en idas y vueltas, borraba y agregaba color. En una hora y media, todo estaba listo bajo la mirada incrédula de nuestro cineasta. - ¿Y esto? -preguntó Allen. -Es una tapa acerca del fin del mundo basada en Michel Crichton y Stephen King. -Brillante -se sorprendió Allen, y se puso correctamente su uniforme (la capucha nuevamente volvió a tapar su cara y la guadaña ya estaba en su mano)–. Ahora llevo esto, para que las de arriba decidan, pero creo que esto es un sí rotundo. Tienes un hit, muchacho. Ya vuelvo. Cansado, pero contento, Iñaqui se vuelve a sentar contra su biblioteca, apoyándose en sus libros, como siempre. Hasta que un temblor mueve la estantería y todos los libros y el armatoste de madera caen sobre Iñaqui.

En otra arista, ya no en el mundo de los sueños y de nuevo en un mundo más cuadrado y aburrido, despierta Iñaqui. Se toca la cara, ve por la ventana. Ahora es de noche. Aparentemente pasaron horas, inconsciente por el golpe de los libros. Ya su gato había vuelto de ronda. Y mientras se desperezaba, vio que todo estaba en orden. No había indicios del fin del mundo por ningún lado, pero sí de la fecha límite. Así que con la idea en la cabeza, se acercó a la computadora y vio, horrorizado, cómo el diseño seguía en la pantalla. Todo estaba como él lo había dibujado en su sueño, pero, ¿había sido un sueño? Mientras miraba estupefacto el monitor, se dio cuenta. Cuando vino en sí totalmente y ya no podía mentir estar dormido, es decir, cuando se despertó, los lentes de Woody Allen seguían ahí. El timbre hacía ruido. Iñaqui, asustado, abre la puerta y ve cómo la Muerte aparece de nuevo, diciendo: -Perdiste niño, a Dios no le gustó tu diseño. ¡Ah, por cierto! Olvidé mis lentes. ¿Los viste por ahí? Nuestro amigo, asustado, los señala y pregunta, mientras balbucea: -¿Qué qué se-s-e-rá de de mí? Woody, mientras levanta los lentes, sonríe y responde: -Seguir viviendo como todos los días en un trabajo que no te hace feliz. ¿Te parece poco?


Marco sin cuadro

s

por Daniel Burgos

entado en un barsucho de espaldas al mundo, donde volabas dividida en mil formas (el olvidarme y hundirme en las olas de un poema marino fue tejiendo el futuro renovamiento) salgo, y la hondura de la realidad me pasma. se abre sin dirección, la hermosa rosa de gente. los ojos horadan el vacío. nada tiene escape a los orificios. soy un muñeco que se infla de vos y vos a pesar de todo tu ajetreo, de tus pasos, tus gestos que se multiplican, tus alegrías o tristezas, tu insípido licor de nostalgias y melancolías y tu gama de tornasoles y contraluces reflejando la turbulencia de tu alma sensorial, y de la quietud oculta como una filigrana adentro del remolino, a pesar de todo, no sos más que un hueco de nada. la nada de todo que gana en inmensidad y lo que se dice vida va quedando como un pequeño hormigueo, un fuego que se extingue y se extingue y es ya humo disuelto en aire que no está pero que tampoco se siente. y sólo queda la terrible fuerza vital de algo que definitivamente no existe y por eso está. todo es algo que sucede infinitamente fuera de vos. infinitamente dentro de vos. una irrealidad, un cine, una virtualidad.

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A voluntá nomás

P

por Rebeca Chambi

ergeñando maldades, estaba sentada en cuclillas mientras miraba crecer los trapos de fuego en el brasero. De vez en cuando, casi con alguna periodicidad de reloj, caían los azotes del lazo que el abuelo iba pegando a medida que echaba sus murmullos rociando agua bendita. La noche estaba cerrada y ya todos estaban metidos de dos en dos en su cama.

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El abuelo decía que nadie tenía que ver, porque se podían prender el mal. Así que, si no curaba bien cerrada la noche, había que madrugar (en su caso) sólo para ayudar a encender el fuego y pasar al abuelo lo que pedía en monosílabos o a veces ni eso, sólo indicaba con un gesto lo que necesitaba. A veces tenía curiosidad de preguntarle para qué le pedía que estuviera a su lado para los mandados si, al fin, él terminaba haciendo todo. Él miraba con el entrecejo fruncido hasta el fondo y los ojos más brillantes que de costumbre, como si acabara de hablar con el diablo. A ella siempre le daban ganas de tirarle de las cejas para ver si le dolía. Tenía una más larga, blancuzca y medio enrulada sobre el ojo izquierdo. De muy nena hasta ahora que ya mucho no la sentaba en las rodillas, nunca se había animado a pegarle el tirón, quizá por la mezcla agridulce que inspiraba su persona, respeto, ternura, temeridad, cariño y distancia, silencio y verborragia. Se da vuelta e indica con un gesto el yerbiado. No tardó en levantarse, él mismo, medio renegando, medio amistoso, a pasarse el jarrito de loza verde, desportillado por demás, con una bombilla muy alta para el jarrito que hacía de matero, o poronga, como le decía de vez en cuando.

Quedó sonando entre las últimas chispas de la leña que se estaba quemando el chupón a la bombilla. Ella conocía el sabor que le había quemado el estómago. No sé si porque estaba tibio, casi frio, o justo ese día tendría demasiado alcohol. En una de esas noches que ya había terminado con las limpias -sería por la embriaguez que producen las curas o por el exceso de yerbiados-, que había dejado algunos utensilios en la silla mesa, entre ellas el mate desportillado, estaba segura que nadie la veía y si el abuelo ya estaba soñando con sus cosas, podía meter mano a todo. En una de ésas, con toda la fuerza que suponía que chupaba el abuelo, le dio a la bombilla, sintiendo un gusto frío de yerba en alcohol resentido de tanto aguantar el frío de las noches de junio. Y luego de asentar el mate chorriado en la silla que hacía de mesita, dejó caer dos azotes más, uno a cada costado. Ya sabía que había que anunciar la entrada de Jorge Quipildor, el compadre de una vecina que sufría de no sé qué mal. Siempre esperaban en la galería, que hacía de sala de comedor al medio día y de sala de espera a la noche, cuando alguno esperaba depositar su cura, su fe y su mejora en don Presentación Mamaní, hijo natural de Porfiria Mamaní. Del padre de Presentación nunca se supo ni una zeta, nada. Se miró balanceando hacia adelante esa bombachita de tela verdosa a cuadritos. Era fea pero la que más le gustaba, porque la había cocido a mano mami una vez que lloraba tragándose los mocos, posiblemente por la gran paliza que se había llevado la noche anterior. Tenía el labio superior cocido, porque el muy malparido se lo había atravesado con una tijera que ella, por descuido, había olvidado sobre la máquina de coser.


La Singer, como le decía Plácida, la comadre de los bollos ricos, que se la había agenciado por comadre un día de Todos los Santos. Eran comadres de pan. Así se presentaban cuando había algún evento familiar. Luego de mirarse, de suspirar profundamente esa bombachita artesanal, enderezó las rodillas, atravesó el caminito de tierra, la cocina que estaba detrás de la galería y vino hasta donde el enfermo esperaba. Con sólo pararse en la puerta con cara de nada, se pone en pie don Quipildor, que estaba sentado en un cajón de vino “Los Parrales”, donde unos cueros le servían de almohadón. Se une con fuerza a su mochila azulmugrienta y se acerca hacia la puerta, desde donde Tiburcia, la hija de la modista golpeada, pobre y golpeada, nieta y ayudante principal de Presentación Mamaní, curandero, invitaba a pasar. Seguramente, Jorge vivía en un lugar mucho más confortable que este al cual venía a buscar la paz para su alma y la cura para su cuerpo. Sin embargo, se mostraba prudente al mirar. A medida que levantaba los ojos, despacio, el mirar monótono y proporcional a su agudeza en la mirada, se abrían paso las imágenes. Era una foto de corte horizontal la de la Difunta Correa posada sobre un aguayo gastado con velas a los costados. Más arriba, como en un relieve preparado para la diferencia, estaba Nuestra Señora la Mamita Virgen del Rosario y Paypaya, amarillenta la foto, carcomida por sus vértices, y más al final estaba el Señor de Quillacas. El olor a sahumerio de incienso y mirra primero, después de coa y otras yerbas, curtía las paredes de adobe hasta llevarnos a todos, vivos y muertos, a mezclarnos en el mismo aire de noche de cura, a plena luna llena. Todo era en una esquina del lugar, con un brasero al costado derecho y a la izquierda Tiburcita, como le decía el abuelo cuando había visita; siempre en

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cuclillas, atenta a los mandados de don Presentación. Jorge, sentado en una silla detrás del curandero, miraba fijo a la derecha, donde colgaba un atado de chalas amarillentas y resecas, cagada una y muchas veces por las moscas. Arriba de las chalas, tirando un poco más a la derecha, una hilera prolija de charqui haciendo juego con la oscuridad de la habitación. Detrás del colgadero de carne seca, está enmarcada en plástico negro una réplica de la foto de Evita y Domingo Perón. Se da vuelta el abuelo por segunda vez; pero ésta ya no para intercambiar miradas y monosílabos con Jorge, sino con plomo en mano, para pasarle muchas veces por la cara que, de por sí, es redonda y firme, pero tiene un costado con más relieve y brillo que el otro. Hinchado como estaba, Jorge cerraba los ojos, como colaborando con las fuerzas desconocidas, y se dejaba, sin pensamiento quizás, pasar el plomo áspero y frío por el cachete caliente de fiebre y de dolor. Luego le hizo seña, mirando el plomo que resuelle tres veces, sobre el plomo.

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En silencio me pongo de pie y le indico a don Quipildor la entrada para la galería. Le entrego el recipiente preparado y se va al baño y vuelve con la orina humeando del plástico rojo. Al instante le entrega al abuelo y nos quedamos en la galería. Escuchamos el golpe o la fusión entre la orina echando de un sólo chorro al plomo derretido en la pequeña sartén, previamente pasado por el cachete derecho de Jorge. Había que esperar y esperamos. Yo sabía callar sin inmutarme ante la presencia de desconocidos. Miraba a Jorge, imaginaba que tenía una muela cariada hasta la raíz, por eso le debía doler. Aunque así, si no era por la carie el dolor, el abuelo le curaría segurito. Suena una campanilla de bronce. Seguida de Jorge, entra Tiburcita. 76

-En un ojo de agua tabas jugando, sin pedir permiso, cerca de un barranco está el ojo de agua, mirá -indicando el plomo iluminado y humeante todavíaun árbol con harta sombra arriba del barranquito ay asíu, te has dormío y te has despertao asustando. ¿O no? Te agarrao, no te va a dejar descansar. Noé de andarse así nomás, hay que tenerse cuidao. -Eeeeeeeeeeeeeemmmmmmmm Sí. Sí. Sí. Así ha sido. Si desa vez ya no puedo dormir. De día no me duele, liiiindo me descansa. De noche me quiere llevar pal fondo. Por eso he venío. Tiburcia conocía de memoria esa expresión que tenían los rostros cuando el abuelo les decía qué tenían, y qué debían hacer para curarse. La cara de prestar atención se ponía por debajo de los ojos y las orejas. Éste era un segundo espacio para ella; generalmente ya no le pedía nada. Ahora es el momento en que don Presentación se volvía locuaz y le explicaba bien clarito lo de las capias, la coca, el alcohol, los rezos y los números de veces que tenían que repetir, indicándoles con los dedos.

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-Tres veces, tres veces vas a pedirte perdón, no es de andarse confiao nomás por sobre lo ojo de agua. Sonido de campanitas y Tiburcia sale a buscar al próximo. Una mujer bien entrada en colores, a pesar de la poca luz. Con rulos color de la gallina colorada miraba como el cielo limpio, celeste y limpio, a un niño que tenía en brazos. El niño no daba muchas señales de querer tomar la teta ni de jugar, más bien parecía desmayado por algún cansancio lejano. -Utéd -le dice Tiburcia. -Giuliana Zampini Ficoseco de Álvarez Prado -responde la colorada. -Utéd -le dice Tiburcia, indicándole la puerta. Ella estaba sentada en un banco hecho de una madera larga sostenida por tres hileras de bloques y unos cueros recién lavados, le servían de aguantadero. Se para Giuliana pidiéndole permiso al dolor, y a la falta de fe que la había arrastrado hasta don Presentación, sin conocerlo, sólo por las habladurías


de la empleada Martita Zerpa que una y otra vez, por puro amor al Marquitos, le había dicho que le lleve, que el viejo es bueno, seguro le va salvar.

-No come, no juega, ya ni llora. Le pago lo que sea, lo que sea, por favor salve a mi hijo. Si puede -dijo medio convenciéndose a sí misma de tal pedido.

Otra vez Tiburcita bien atenta al abuelo esperaba alguna señal.

Abre un trapo don Presentación y tira la coca, una vez. Mira entornando los ojos y le pide a Tiburcita que atice el fuego. Tira por segunda vez.

“Zampini Ficoseco Giuliana”, repetía, bajando el tono de la voz, hasta que Giuliana lo dijo, ya medio dudando de su propio nombre, mientras identificaba el único lugar que le estaba designado a ella y cuanta gente entrase, uno por vez, por supuesto. Seguía el abuelo limpiando su altar de la cera que se había corrido hasta sobrepasar el posavelas de barro, que algún agradecido bien curado le había regalado. Él no era de comprar adornos, fetiches, flores, ni nada que no sea por encargo, como coca, alcohol, yerba y, de vez en cuando, unos vinitos. Todo lo que había en su altar eran ofrendas, como él decía, “pa sus wakas”. Las mismas imágenes las había heredado del padrasto de su abuelo materno. Se abrían tanto los ojos de Giuliana, que daban ganas de salir a jugar al sol. Chuspa en mano, mugrienta como todo aquello que se usa todo el día y no se lava para que no se arruinen las bolas de toro, hoja a hoja metía a la boca cansado pero tranquilo, y escuchaba a Zampini Ficoseco de Álvarez Prado lejos, lejos, sólo para darse lugar a acabar de armar el nuevo acullico. -Los mejores médicos de la ciudad lo vieron; lo llevé hasta el Juan Pedro Garrahan; vino el doctor Buitrago Lezcano de Córdoba a verlo y nada absolutamente nada lo cura por completo. Parece mejorar y está peor. Las lágrimas que caían a cántaros de Giuliana de no sé quién, ya habían enjuagado la carita a Marquitos Álvarez Prado que no parecía entender ni escuchar sonido alguno.

-¿Por qué adejao pasar tanto? -por primera vez le hablaba don Presentación a Giuliana. Tiró por tercera vez la coca y alzó el mate. Pidió la pava de agua caliente, le roció alcohol, removió la bombilla y se chupó las lágrimas que corrían por la cara de Marquitos Álvarez Prado, su cansancio y hasta los mocos de la mismísima Giuliana. -Sevacurar -le dijo, sin mirar, ya entretenido en preparar los elementos para su ritual. Esta vez no hubo limpias ni azotes. En la hoja de coca había visto cómo Marquitos se venía secando del cuerpo hacía tiempo, porque una pelea de perros le había alejado el ánima. Era clarito, la familia poco acostumbrada a los ruidos de campo, habían salido a una casa de unos amigos, los De Meriles de la Fuente, a pasar el día por un cumpleaños. Entre tanto invitado y tantos nuevos ruidos, los perros, encrespados, se tironearon un gato negro que había venido a parar sin suerte a este gran patio familiar. La mayoría, incluso la misma Giuliana, procuraban separar a los perros y salvar al bigotudo forastero. Mientras al Marquitos se le iba el ánima, como chupada por aullidos desconocidos. Presentación le pidió a Marquitos. Entonces había que salir. Puerta afuera, Tiburcia, seguida por Giuliana, que dudó en entregar a su primogénito a ese viejo medio ciego, callado, con aliento a alcohol, teñido hasta la comisura de los labios de verde por los mates y la coca, pobre, más pobre imposible. Pero mirándolo a los ojos (Presentación ni se percató), se lo confió como una última oportunidad.

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En la sala de espera, a la noche, la miraba a Tiburcia que estaba bien sentada hamacando los pies en la banca y confiada a las campanillas que ya sonarían. Relucía picardía, confianza y todo el amor que su abuelo le daba. Ella era la elegida del abuelo, la más vivaracha, así decía. Estaba llena de vida, con los cachetes rozagantes y mal lavados. Ni a ella ni al abuelo les interesaba en lo más mínimo. Zampini Ficoseco de Álvarez Prado procuraba escuchar algo de donde estaba su Marquitos. Se percibía en la sala un dolor triturador que emanaba de todo su cuerpo y rebotaba en las zapatillas flecha de Tiburcia, que jugaba a darse pataditas con el pie derecho al izquierdo y luego al revés. Dos veces más tenía que traerlo Giuliana, y así lo hizo. Con media hora de anticipación estaba esperando, Marcos en brazos, que la segunda vez vino vivaracho con ojos para todos lados. Presentación sugirió que había que terminar la cura. La tercera vez de la mano de mamá, caminaba Marcos por la galería. Hermoso de vida, ésa fue la última vez que vimos a los

Zampini Ficoseco de Álvarez Prado, pero no la última vez que tuvimos que hablar de ellos a causa de su familia amiga, caritativa, los De Meriles de La Fuente. Por su buena educación tributaria, a toda costa quería pagar el trabajito, como ella decía a don Presentación, quien le dijo “cuando se cure vamos a ver”. Nada más. La última vez, la tercera vez, en tono de quien obliga a recibir algo, le dice Giuliana, con la autoridad de tan interminable nombre: “¿Cuánto es? Le debo la vida, mi único hijo, le debo mi vida. ¿Cuánto es?”. Esta vez su voz parecía de enojo, o más bien que provenía de una larga e importante estirpe familiar. -A voluntá nomás.


El fin del mundo en 9 cigarrillos

I

por Pablo Chavarría

ba a ser la última vez que comería un helado de limón. El mismo se derretía corroyéndose en su boca, se iba mezclando con un hilo de sangre fruto de su bruxismo y, juntos, de a poco perdían su forma con las bocanadas de humo que mecánicamente atraía hacia su cuerpo. Ya no eran ni palabras ni recuerdos, ya no llegaban a nada. Esa mañana soñó con un piano que le anunciaba que existía de verdad, sólo que él lo había olvidado con imágenes de vidas anteriores. Caminó en sentido contrario a la gente que corría. Tanta gente repetida como tantas baldosas hubiera por las veredas. Algunas personas miraban hacia el cielo y otras hacia atrás, mientras él iba empujando como quien espera hablar para no ser escuchado. Todo se volvía púrpura, y mientras caían telgopores, caminaba. Caminaba y se abrazaba a él mismo cantando una canción. Se sentó frente a su balcón y clavó la mirada en el tercer piso. El edifico iba destruyéndose de a poco, y pudo ver cómo los pétalos caían desde la terraza, bailando. Encendió un cigarrillo y dobló una pierna hasta juntarla con la otra, dejando que su pie se inclinara como lo hacen los elefantes cuando se cansan de esperar y se quedan congelados y entreabriendo los ojos, como si la espera fuera un masaje, el que buscan toda la vida y el que nunca les basta. Se quedó inmóvil ahí. Aplastó con la planta del pie lo poco que quedaba del cigarrillo y encendió otro, mientras el sol gris y enfermo se hacía lugar entre sus cabellos. El viento le acomodaba la cabeza y le golpeaba el pelo contra la frente, como las olas del agua que brotaban desde las esquinas arrastrando toda la basura acumulada y coleccionada. Ya era hora de entender que el tiempo, las cuerdas de los laúdes, los zapatos,

las alamedas de las encías y los filtros de tabaco cubano no eran más que una copa levantada entre risas para festejar el elogio a la lentitud y a la autodestrucción. ¿Cómo llegamos a esto? Se preguntaba, encendiendo un cigarro tras otro. Todos los personajes imaginarios se ubicaban de a poco a su alrededor; en esa zona que no era de ningún lado; sobre el aliento de sus sueños y de las coordinaciones de las palabras, tan puras como el amarillo de los dientes de los que iban quedando tirados y desparramados por las calles. Por suerte esta vez pudo traer su piloto. Se levantó y sacó del bolsillo un viejo reloj sin maya. No funcionaba. No podía saber si estaba amaneciendo o si la vida ya era de color ocre. Fue en ese instante, menor a todos los que vivió alguna vez, en el que limpió sus lentes tarareando una melodía de Miles que iba recordando de a poco. Bajó el volumen para apreciar cómo la lluvia alteraba el latido de las ramas y se automedicó una vez más; ya no volvería a escuchar que eso lo iba a matar. Encendió un cigarrillo y pensó: ¿Qué fin del mundo?

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Pinturas por Gabriela Montesinos Paz

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Pinturas por Gabriela Montesinos Paz

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Gabriela Montesinos Paz Nació en Lima en el año 1978. Peruana de nacimiento, aunque de nacionalidad boliviana. Egresada de la carrera de Artes Plásticas de la Escuela Superior de Arte “Raúl G. Prada”, obtuvo una mención en escultura, pero sus deseos siempre estuvieron inclinados hacia la pintura. Realizó su primera exposición individual en el año 2009 en la Alianza Francesa de Cochabamba. Esa primera muestra se llamó “Caótica”, debido a que no tenía un tema concreto; era un poco de todo lo que había ido creando hasta entonces. En agosto de 2010, y hasta marzo de 2011, presentó “Afrika” en cuatro ciudades de Bolivia, muestra que la llenó de satisfacciones porque en todo ese período se mantuvo abierta la etapa de creación y el desarrollo de la obra en color y diversidad. “Minimálistica” fue presentada en febrero de 2012. Esta muestra estuvo compuesta por catorce cuadros en los que exploró el estilo minimalista; muy diferente a todo lo que había hecho hasta entonces y como transición a su próximo proyecto. Recientemente presentó “Mujeres Trabajando”, muestra que se inauguró el 11 de octubre, día de la mujer boliviana. Actualmente sólo trabaja en óleo, técnica que ahora desarrolla sobre cartón prensado, aplicado con espátula. Le gusta tomar temas simples para sus cuadros. No concentra muchos elementos y algunos de sus trabajos se centran, simplemente, en fragmentos y en detalles. Disfruta pintando mujeres, representándolas ya sea en formas, partes, cuerpos, rostros, invadiendo sus cuadros de color y texturas.

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Mi pequeño apocalipsis *

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por Matías Teruel

o puedo dormirme.

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Lo que me dijo el Mudo me da vueltas por la cabeza. Ni él, ni yo, ni Fatiga ni ninguno de los que pueda saberlo, tomamos dimensión real de la situación. Nos quedamos en el inicio de la cosa. Si sucede, todo se va a poner heavy, pero el que suceda todavía nos resulta ajeno. No creo que el Mudo cumpla con lo que dijo. No se va a matar. No puede matarse. Es un cagón. Si llega el momento en que esté con el caño en la boca, va a llamar al 101 para denunciar que hay una veintidós choreada apuntándolo. Y ése tampoco es el problema, se puede morir, lo pueden matar, puede desaparecer, tomarsélas, las cosas pueden seguir igual o incluso mejorar, pero lo que dijo es lo que nos va a cambiar. A todos. De nuevo los dientes. El insomnio me hace mal, me doy manija con boludeces. Siempre es igual. Comienzo a pensar en mis dientes. No los que tengo sino los que me faltan. Que tampoco son dientes, son muelas. Ahora me prometo que mañana llamo al dentista y le pido un turno. Que me voy a poner las pilas, voy a ir al Instituto de Seguros a hacerme las revisaciones y no voy a faltar. ¿Cuánto me puede llevar tener de nuevo mi boca sana y completa? ¿Dos meses? Cuatro como mucho. Para el verano ya voy a estar bien. ¿Y la guita? Las prótesis son caras. ¿Cuántas necesitaré? ¿Y el resto de los arreglos? No me gustan las inyecciones. Además las prótesis se atornillan al hueso. Un taco fischer en la boca. Duele la idea nomás. Demasiadas preguntas y todavía no comencé. ¿Y si me arreglo todo de un saque? Mañana hablo con Nicolás, le pido guita, mucha guita. Sé que si le digo que es para arreglarme la boca me la va a prestar. Después me voy a ver al

dentista y le digo que quiero que me arreglen todo en un solo día. Se debe poder. Que me metan en un quirófano, me duerman y me pongan las muelas que me faltan. Cuando me despierte voy a estar como nuevo. Seguro me duele un par de días, quizás una semana, pero me ahorro el trámite de tener que ir cada semana por los próximos cuatro meses. La falta de motivación también tiene que ver con mi puta comodidad. Me elegí el dentista de la vuelta para no tener que caminar. Pero además de que es un chanta, es sucio. El hijo de puta no se pone guantes y me mete sus dedos salados en la boca. Trato de no pensar qué o a quién carajo estuvo tocando antes, pero el sabor de sus dedos me obligan. Y lo peor de todo es que, a la larga, uno se acostumbra y encuentra sabores que lo transportan de nuevo al consultorio. Ojalá que mañana cuando vaya me entere que se dio un palo con el auto y se murió. O de última quedó parapléjico y no puede atender más. No parece ser mal tipo, pero lo tengo negado. Me exasperan las personas que completan lo que uno está diciendo. Siempre te repiten las últimas palabras que decís al unísono. Me pone muy nervioso y trato de hablar lo menos posible. Pero él se empecina en charlar. No sólo monologa mientras tengo la boca abierta y el torno adentro, sino que me hace preguntas. ¿Para qué carajo me pregunta si después me completa las respuestas? Se muera o no, voy a cambiar de dentista. Me voy a buscar una mina joven, linda, y con tetas grandes. Y que no hable mucho. Si usa o no guantes me da lo mismo, siempre y cuando me apoye las tetas en el cuerpo mientras me atiende. Revisar una boca debe ser de lo más asqueroso; más si esas bocas están en el mismo estado deplorable que la mía. Es imposible entonces que mi nueva dentista linda y con


tetas grandes se fije en mí. Al pedo voy a ir a hacerme la cabeza con que me la voy a coger en el sillón odontológico. Nunca va a suceder. Primero tendría que seguir yendo al hijo de puta completador de frases y una vez que me deje bien cambiar, a ella. Ahí voy a tener más chances. Tengo que parecer un tipo interesado en mi salud bucal, actuar naturalmente y evitar el trato médico-paciente. Cuando me revise y vea que estoy de diez se va a sorprender. Ese es el momento que debo aprovechar. Empezar la charla e irla llevando. El hecho de que no caigo con una orden de una obra social pedorra y le pago en efectivo, también suma. Seguro me va a preguntar a qué me dedico. Alguna profesión interesante se me tiene que ocurrir. Qué difícil es todo. Todavía no arranqué con la campaña de arreglarme la boca y ya estoy estresado. A la mierda los dos dentistas, las tetas grandes y la guita de mi hermano. Voy a seguir así hasta que ya no pueda masticar y ahí veré. Siempre fui expeditivo cuando llego a situaciones límites. Abandono el tema odontológico. Mejor delirar pensando en el futuro. Hay que ser ambicioso y asegurarnos que todo lo que venga de ahora en más va a ser mucho más prometedor. En Brasil me voy a cruzar con Natalie Portman. Nos vamos a enamorar. Ella va a comprar una isla y ahí nos vamos a ir a vivir. Una casa de la san puta, pero con buen gusto. Vamos a poner una posada. Nuestra isla va a ser un complejo turístico muy selecto con todas las comodidades. Va a estar perfectamente integrada a la selva. Hay que proteger el medio ambiente. Yo a esa altura ya dejé de fumar, y todas las mañanas con Natalie nos despertamos muy temprano y vemos cómo amanece mientras hacemos yoga en la playa. También voy a tener una banda. Mi mejor amigo va a ser un negro con rastas. Él tiene toda la onda y vive en la isla con nosotros pero en otra casa. Toca conmigo en la banda. Es el percusionista. Los negros siempre tuvieron facilidades rítmicas. Yo soy el guitarrista principal y

Natalie la cantante. No, mejor yo soy el cantante. Ella hace los coros. La banda es mía y yo decido quién toca qué. Soy la estrella. Sólo salimos de la isla para ir a tocar a los recitales. Llegué a Brasil porque mi hermano se murió. Me acusaron de haberlo matado pero no tuve nada que ver. Fue Fernando. Pero como él es abogado y tiene muchos contactos, hizo que me incriminaran. Verónica sabe cómo son las cosas y que yo no tuve nada que ver pero no puede hacer nada. Era la cárcel o irme a la mierda. Me fui a Brasil y en Paraty me cruce con Natalie. Al principio vivíamos los dos en un barquito hasta que surgió la posibilidad de comprar la isla. Ella abandonó su carrera de actriz y nos fuimos para ahí. En Jujuy nadie sabe qué fue de mi vida. Cuando pasan diez años les mando los pasajes a mis amigos y se vienen para la isla de visita. Vienen todos. El Mudo, Fatiga con su novio, Chatrán, Santiago, el Gringo, Pablo y Verónica. El negro los retira del aeropuerto y cuando vienen en el barco, les ofrece algo para tomar. En un freezer hay de todo: está lleno de diferentes bebidas. Y el barco también tiene una barra con barman incluido. Se ponen sus mallas, y toman tragos al sol. Cuando amarran en el muelle ahí esta Natalie esperándolos. Ella es quien los recibe. Se presenta como mi pareja y todos se caen de culo. Pablo y el Gringo hablan entre ellos y hacen conjeturas de cómo carajo me la levanté. Vero se siente un poco traicionada; ella pensaba que yo estaba solo y ahora por fin iba pasar algo entre nosotros. Siente un poco de celos. Ven la isla, las playas de arena blanca, la posada y nuestra casa y no lo pueden creer. Es todo muy perfecto. Natalie les avisa que yo estoy en la otra punta de la isla, que no debo de tardar en volver. Los acomoda en la posada. Un cuarto con vista al mar para cada uno. No hay otros huéspedes. La cerramos para poder recibirlos a ellos. Después que dejan las valijas y conversan sobre lo bueno que está el lugar van a la terraza de nuestra casa. Se sientan a conversar con

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Se abarca el espacio

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Natalie. En una mesa hay muchísima comida para picar, bebidas y una cajita llena de porros. Cada uno agarra lo que quiere. Desde ahí arriba me ven llegar. Me bajo de una moto de agua. Ya soy todo un brasilero. Cuerpo de surfer, color caramelo. No envejecí. En el trayecto hasta la casa me cambié de ropa. Cuando nos encontramos estoy vestido todo de blanco. Les doy un cálido abrazo a cada uno y nos ponemos a conversar. Ahora es de noche, estamos sentados en la playa alrededor de un fogón. Ellos toman cerveza. Les prometo que mañana los voy a llevar de excursión y van a conocer la mejor playa de la isla que queda justo al otro lado de donde estamos. Llegan los otros miembros de mi banda y nos ponemos a tocar. Hacemos “Se duerme otra vez” de Abuela Coca. Pero ya no es de ellos, ahora el tema es mío. Vero ve cómo me abrazo con Natalie. Se da cuenta que ella me hace bien y lo acepta. Todos somos felices. Sobre todo yo. No quiere amanecer. Me enredé en las sábanas y me está haciendo calor. Doy vueltas y vueltas. Trato de no perder el hilo narrativo. Natalie, mi amigo negro, la isla, las playas, la posada, Verónica, el resto de los chicos, la banda, la ropa blanca, el yoga, todo desapareció. Estoy transpirando. Me levanto, prendo un pucho y miro por la ventana.

por Pablo César Espinoza Lafuente “Pisar dos veces un mismo lugar”

S

obre el asfalto y a 100 kilómetros por hora

la abarca, antes de ser abarca, se figuró Bridgestone. Superó cerros, desiertos, retenes y fronteras hasta llegar al mar y al contrabando, para entender que no se tiene un país ni impuestos, cultos ó vírgenes que acatar. Cuando la abarca se vuelve abarca, abraza los callos como su propia extensión. Aprende a bajar y subir. Aprende a saltar. (Pero no hay nada mágico en dejar el suelo). Sobre la acera y a -03 kilómetros por hora la abarca, para dejar de ser abarca, marcha por la ciudad con clasificados. Hasta el inicio de la reeboklución.

*Extracto de Música (novela inédita)


Corto cinematográfico por Pablo Aguiar Cáu

-U

sted es pelotudo. No hay caso. Yo le pedí, le imploré una historia, una idea para un corto. ¿No vio que ahora dan plata del INCAA para filmar? -Yo le traje una idea -afirmé con ganas de tirarle por la cara el borrador del guión. -Pero... ¿qué tiene en la cabeza? ¿No vio que piden una historia jujeña de tinte localista? –gritó, quitándome de las manos mi borrador. -Veamos (se acomodó los anteojos y leyó): “Sara camina por avenida el Éxodo rumbo a Gorriti. (Un plano largo desde la terminal). Se la ve linda desde acá. Yo siempre la miro y me parece que ella lo sabe o lo intuye. Unas veces va con sombrilla y, otras, sólo deja su capelina con esos bordes de broderí. (Esto con una voz en off). Esta noche va a carnavalear, seguro seguro. Es mi oportunidad de mirar de cerca su pelo, sentir su perfume a frutillitas.

acercarme. Corrían las jarras de chicha, vino y licores de toda laya. Hasta que el Coludo aprovechó la oportunidad y le convidó un vaso de api, calentito, morado, mágico. (Api se consigue en el mercado, no se preocupe). No sé si los demás se dieron cuenta. Yo sí. Sara se apoyó en una pirca y el Coludo desapareció en una humareda. Hubo como una explosión y Sara se convirtió en algo que, a simple vista, no pude reconocer. (Acá jugamos con el humo y planos largos). Cuando me acerqué, temí lo peor: la vi con la camiseta de Cuyaya. ¡¡Se hizo hincha del bandeño!! ¡¡Por dios!! A medida que se incorporaba, vi que, además, se había convertido en carrocera de la ENET. ¡¡Y de la ENET 2!! (Esto le da un poco más de dramatismo a la escena)”.

Cuando llegó al Club Gorriti, ¡la magia del carnaval! Todo se transformó en Uquía y Sara se sintió feliz.

-Es suficiente. Usted no entendió que necesitamos un programa con color local. Algo que diga cómo somos, una cosa que nos identifique como jujeños. Traiga una idea como la gente y vuelva, que la guita para filmar la tenemos.

¿Cómo pasó? ¡Qué lindo ésto! Se sintieron las cajas y los erques, las coplas y la harina y comenzó la farra. (Acá, efectos de sonido y alguna bomba de estruendo de verdad).

Me fui silbando bajito rumbo a Chijra. El sol se perdía por los cerros de Yala y desde el Chingo se sentían aromas de humitas recién preparadas.

Cuando quise acercarme, lo vi. Era el Coludo, no me caben dudas. (Puede ir un filtro rojo en la lente de la cámara). La tomó de la cintura y la llevó en medio de la cueca. Yo miraba los saltos tímidos de Sara y me daba miedo

No se me ocurre nada con color local. Le diré que hagan un Purmamarca. Eso vende. Ponele.

documental

sobre

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Preguntas y respuestas: Angélica Gorodischer por Juan Páez “De los cuatro elementos, cinco si se cuenta la madera, seis si se cuenta el tiempo, de los cuatro elementos el fuego es el único que devora” De su novela Fábula de la virgen y el bombero.

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ngélica Gorodischer nació en Buenos Aires, pero vive en Rosario (Santa Fe). Su última novela Las señoras de la calle Brenner, publicada este año por la editorial Emecé, se suma a sus más de 30 títulos, todos de narrativa. A lo largo de su carrera obtuvo importantes premios, entre otros: Premio Vea y Lea, tercer concurso nacional de cuentos policiales, Premio Emecé. Premio Bullrich, Premio Konex de Platino, y en octubre de 2011 recibió en Estados Unidos el premio World Fantasy Lifetime Achievement Award (Premio Internacional a la Trayectoria en Narrativa Fantástica). Le fue concedida la beca Fulbright en dos oportunidades; y este año fue distinguida como Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. JP: ¿Cómo empezó tu carrera literaria? AG: A los siete años yo supe que iba a ser escritora, porque desde los cinco estaba leyendo todo lo que encontraba a mano, que era mucho. En casa de mis padres había una biblioteca, mi madre leía literatura, arte, filosofía; mi padre, literatura gauchesca, historia. Yo, de todo, lo entendiera o no: la cosa era leer. Y leía, leía, leía. Las escritoras nacemos de las lectoras. Si no hay lectura, no hay escritura, o la hay pero sin valor

literario. Yo leí de todo (como aconsejaba sabiamente Aldous Huxley) desde muy chica. Y me apasionaban las novelas de aventuras. A los siete años me dí cuenta, y me dije “esto es lo que yo quiero hacer”. No empecé enseguida porque tuve mucho que hacer: suspender mi educación para empezar a ir a la escuela, como dijo George Bernard Shaw, ser una excelente alumna (en esos años estaba bien visto ser buena alumna y horriblemente mal visto ser mala alumna), terminar el secundario, ir a la facultad de filosofía y letras, pelearme con mi mamá, con mi papá y con el mundo entero como corresponde a toda adolescenta que se respete, dejar la facultad en cuarto año (pensé: ¿Qué estoy haciendo acá? Yo no quiero enseñar literatura, quiero escribirla), casarme, tener mis chicos y así por el estilo. Y en un momento poco favorable para esas decisiones (tres chicos chiquitos, marido, casa, jardín, gata, perro, empleo fuera de mi casa), dije “vamos loca, ¿qué querés ser? ¿escritora o una señora que escribe?”. La decisión no era difícil. JP: Te diste, y das, el lujo de pasar por todos los géneros de la novela ¿El género es algo que planificas, que está previamente “pautado”, o escribís y a medida que avanza la escritura, se va definiendo? AG: Yo tengo que tener todo planificado y escrito en un resumen. Sé qué va a ser, si novela o cuento, cómo va a ser, quiénes son los personajes, cómo va a empezar, cómo va a terminar. Lo del medio queda un poco difuso. Siempre. Aclaración: todo lo antedicho me ayuda, pero puedo traicionarlo si me parece necesario.


su valijita y su pañuelo negro en la cabeza y una voluntad de titanio que resistió a todo), tías carnales, tías segundas, primas, todas minas invencibles con las que pocas veces estaba yo de acuerdo pero que eran admirables en su manera de enfrentar la vida. Y me puse a escribir sobre mujeres. JP: Existen cruces de lecturas interesantes en tus novelas, en el caso de “Fábula de la virgen y el bombero” ¿Cómo fue el proceso creativo?

Angélica Gorodischer - Foto: Juan Páez

JP: Tus primeras producciones están protagonizadas en su mayoría por personajes masculinos, pero luego las mujeres comienzan a entrar en tus novelas. ¿A qué se debe ese cambio? AG: Creía que las vidas de los varones eran más interesantes que las de las mujeres, hasta que siguiendo lo que veía a mi alrededor, empecé a leer libros sobre feminismo. Simone de Beauvoir y Victoria Sau en primer lugar, y abrí los ojos: pero caramba, si las vidas de las mujeres están llenas de acontecimientos, problemas, actitudes que responden a lo que la sociedad les ofrece, que es repugnante (no la sociedad sino lo que nos ofrece). En los personajes varones, el héroe y el villano tienen la misma estructura. En los personajes mujeres, los matices son infinitos (leer por favor a Margaret Atwood acerca de los personajes femeninos en la narrativa). Además tenía a mi alcance una familia de mujeres fuertes, madre, abuelas (aquí un recuerdo maravillado a mi abuela Pilar, una campesina analfabeta que vino de los montes de Aragón con

AG: Me parece que ya te contesté antes: todo eso viene de mis incesantes lecturas. Pero además Rosario es una ciudad muy interesante. En los años veinte y treinta fue la ciudad prostibularia más importante del continente. Éramos un país en serio y llegaban barcos cargados de productos y de enseres y materiales, y se iban cargados de granos, cereales para países menos afortunados en los que había hambre. Los maringotes bajaban de los barcos pidiendo mujeres: “Pichincha, Pichincha”, decían. Pichincha era el barrio de los burdeles en donde había de todo: desde el de Madame Sapho en el que todavía hoy se dice que había una bañadera de oro, hasta los más miserables en los que se conseguía una mujer por diez centavos. Y desde muy chica yo oí hablar de “las casas” como mi padre y mis tíos y sus amigos llamaban a los prostíbulos. “Cuidado que está la nena”, decía alguien mientras yo me hacía la distraída. “Las criaturas no entienden”, decía otro alguien y seguían hablando. Y yo seguía almacenando detalles. No sabía que alguna vez iba a usar todo ese material. Pero saber era necesario, urgente, impostergable. Y llegó el día para Pichincha (que hoy es barrio de boliches, restaurantes finolis y de los otros, y perfectamente respetable) y escribí la “Fábula de la virgen y el bombero”.

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cuando una lo lee (en voz alta: la lectura en voz alta es imprescindible) y piensa: “¿Ve? Esto es lo que yo quería decir”. Que el texto sea bueno, muy bueno, regular, horrible, genial, maravilloso o un asco, ya es otra cosa. Se verá. Pero si es lo que una quería escribir, ya está. JP: ¿Qué consejos le darías a alguien que quiere comenzar a escribir narrativa? AG: Para escribir narrativa hay que tener tres cosas: ojo, oreja y paciencia. Hay que mirar todo todo todo lo que la rodea a una; mirar, no solamente ver. Hay que oír y escuchar, ambas cosas. Lo que se ve y se oye hay que guardarlo cuidadosamente. Todo vale. Todo sirve.

92 Angélica Gorodischer - Foto: Emilio Temer

JP: ¿Existe la inspiración o la voluntad cuando hablamos de escritura? AG: La inspiración no existe. Lo que existe es el trabajo. Como dijo no sé quién (siempre recuerdo las citas pero nunca quién dijo eso que cito): “Llegó la inspiración...y me encontró trabajando”. Cuando una trabaja y trabaja y trabaja, todo llega, hasta las Musas. JP: ¿Corregís mucho? ¿Qué cosa define que un cuento o una novela ya no se siga modificando, que ya está terminada? AG: Corrijo muchísimo, una vez y otra vez y otra y otra más. Reescribo y corrijo, reescribo lo corregido y vuelvo a corregir y así. El texto está terminado

Pero lo que es imprescindible es la lectura. Leer, leer, leer hasta que a una se le sequen las pestañas. Pero leer lo que es bueno: se aprende rápido a detectar lo bueno. Leer a los clásicos, no de entrada, tal vez, pero no dejar de leerlos. Recordar lo que dijo Harold Bloom, que será un gordo machista pero que es increíblemente inteligente y astuto: “¿Novedades, quieren novedades? Lean a los clásicos”. Leer a los grandes. ¿Quiénes son los grandes? Revisar todo lo que dijo Humberto Eco (no sus novelas que son plomazos, pero sí, indefectiblemente, sus ensayos). Fácil: Virginia Woolf sí, Marcela Serrano no; Roberto Arlt sí, Mario Benedetti no. Cuidado con los éxitos repentinos. Cuidado con los libros que le gustan a todo el mundo. No leer libros de autoayuda, no leer best–sellers. Leer, leer, leer, leer. Si no se lee, no se escribe. O se escriben pavadas. No tengo nada contra las pavadas, pero si alguien me dice quiero ser escritor o escritora, tengo que ser inflexible.


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Nos dijeron que podía pasar Trilogía del apocalipsis cotidiano

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por Federico Giriboni

OR EL OJO DE UNA AGUJA

¡Por fin estoy acá! ¡Por fin! No es que lo anhelara mucho, pero en el fondo tenía el deseo de llegar. ¡Por fin! Sobre todo por cómo se dio. No fue nada traumático. Natural, diría. Y la verdad que tuve una vida… ¿cómo decirlo?: ¿ejemplar? Sí, ejemplar ¿Por qué no? Ejemplar.

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Es bastante lindo todo esto; como me lo imaginaba. No… mejor, mejor.¡ Qué suave todo, qué blanco! Y no siento esos dolores, ese cansancio constante, tan constante que era parte de mi vida. Este envase que sostiene el alma ya estaba desvencijado, arruinado, pero acá está sano y limpio como lo merezco, como es mi espíritu. De otra manera, no estaría acá. Así es. Para esto fue toda una vida de decencia, de honestidad y rectitud. Ahora me espera la eternidad, el infinito de satisfacciones, codeándome con la mejor gente. No tener que sufrir más con esa especie que se dice humana pero que está más cerca de la fauna. Por acá debe andar Mozart, aunque no sé, creo que era medio promiscuo, medio borracho también. Bach seguro que está, pero no me gusta tanto. Y al final existe todo esto. Yo nunca lo dudé, claro, pero ¡cómo me gustaría ver la cara de ciertas personas que se hacían las inteligentes y se decían ateas! Compañeros de la facultad (no me gusta mucho la palabra “compañero”); acompañantes de estudio, mejor. Estudio, estudio, bué… iban a la facultad a hacer cualquier cosa menos estudiar; mucha política, desarreglados, barbudos… y las mujeres, ¡qué decir!

¡Cómo me gustaría verles las caras ahora! Casi como que se reían de mis creencias. Y yo me recibí y la mayoría de ellos no, y acá estoy, recién llegadita. (Voy a visitar a todos mis parientes, ya me deben estar esperando). Claro que nunca ejercí, pero está bien, las mujeres estamos para acompañar a los maridos y ayudarlos y a la familia también. Siempre estuve al lado de Roberto. Hace unos pocos minutos que no estoy con él y ya lo extraño. Pero pudimos levantar la empresita con esfuerzo y trabajo. Además a toda la gente que empleábamos, muchos, en la finca y también en la fábrica. Claro que ellos nunca te lo agradecen, es más, si pueden se te quejan. ¡Cuántas personas hemos tenido por años y años trabajando! Hasta casa les dábamos, ahí en la finca. Ni siquiera tenían que salir, no necesitaban transporte, nada. De la casa al trabajo en dos minutos. ¡Hasta el almacén teníamos ahí! Y se quejaban. ¡Ni plata era necesaria! Les dábamos la mercadería y después se las descontábamos del sueldo. ¡No sé qué pretenden! Eso sí, esta gente come y toma como animales. Muchas veces ellos nos terminaban debiendo a nosotros. Y siempre esa ingratitud. ¡Dónde estarían sin nosotros! Claro, las casas no eran muy grandes ni muy cómodas, pero bueno, si lo único que hacen es tener hijos. Nosotros tampoco teníamos la culpa. Terminaban viviendo cinco o seis en una pieza y encima todo desordenado. Se puede ser pobre, pero limpio. Todos esos niños comían de nosotros. Por ese tipo de acciones es que estoy donde estoy. ¡Ay! ¡y todo es como de algodón! ¡Qué hermoso! Y no hace ni frío ni calor, me siento muy bien; el piso suavecito, son las nubes; como esa alfombra peluda de ese hotel en Milán y esa fragancia como de jazmines, apenas


tenue. Ahora yo no sé si esto es el purgatorio o qué, no está muy organizado. Pero estoy contenta, sí, más que nada porque veo que el cristianismo es, sin duda, el que tiene la verdad. No me equivoqué: años y años de ir a la iglesia, de confesarme, de rezar, no fueron en vano. Yo jamás perdí la fe.¡ Y todas las cosas buenas que hacía en la parroquia del pueblo! Claro, todo eso queda archivado. Hacíamos las rifas con las chicas, para la caridad, para ayudar a los que menos tienen; tomábamos el té y vendíamos las tortas, las cosas dulces, juntábamos ropa y comida, para aquella vez que fue lo de las inundaciones. Siempre ayudando, siempre; es de familia, por la educación que nos dieron. Bueno, a mi hermana se la dieron igual que a mí, pero no sé qué le pasó; se fue y no la vimos más. Ya de grande dejó de ir a la iglesia. ¡Cómo la hacía rabiar a mamá! Así que quien mal anda, mal acaba. Yo acabé acá, así que estoy tranquila. Pero no quiero ni pensar en ésa. Y cuando papá donó esas camionetas para la policía… ¡qué gesto! Recuerdo en la plaza, ese domingo, al lado del intendente y del comisario, ¡qué alegría! Estaba casi todo el pueblo. Y nuevitas, cero; nada de andar regalando lo que es viejo, lo que no sirve más. Y me acuerdo de esas hectáreas para la parroquia. Atrás hicieron la cancha de fútbol. Todavía está ahí. Seguro que papá debe estar esperándome, siempre tomando algo con Don Marcial. ¡Qué buen tipo Marcial! Lástima su mujer que se le fue y se llevó a sus hijos a Buenos Aires, así de golpe, sin avisar, cobardemente, como escapándose de su marido y de todos nosotros. Una lástima, eran unos nenes tan lindos, todos rubiecitos. ¡Pobre hombre, quedó tan mal…! Y después vino todo eso horrible que se decía con sus empleadas. Por Dios. Esas zorras son bien rápidas y aprovecharon ese momento para jorobarlo. Por suerte papá lo ayudó y habló con el comisario y con el juez, porque, en definitiva, se sabe cómo son las cosas. Al final siempre hay justicia.

Ahí viene alguien; dos son, dos personas. ¡Qué emoción! Sí, vienen para acá. ¡Ay! ¿Tendré la túnica bien arreglada? Ni sé si estoy pintada…

-Señora Costas, ¿no?

-Sí, de Palacios. Marcela Luján Costas de Palacios. Mucho gusto. -Disculpe, señora; hubo un error, de papeleo; una confusión con su hermana. Acompáñenos por acá. Usted va para el otro lado.

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UELA TAN LEVE

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A Gastón Agüero

Cuando Carlos, desde su habitación, escuchó las risas de sus padres que provenían del living, no le prestó demasiada atención. Al poquito rato volvió a escuchar casi lo mismo, pero esta vez con mayor intensidad; además se habían sumado dos de sus hermanas. Aprovechó su ida a la cocina para curiosear desde el pasillo, medio a la pasada. Cuando pasó de ida, los vio sentados frente al televisor; sus padres en el borde de los sillones marrones y sus hermanas en la alfombra, de rodillas entre ellos y el televisor. Estaba abriendo la heladera y volvió a escuchar, ahora con más claridad: las hermanas gritaron al unísono. No eran palabras, eran dos sonidos agudos y cortos, no muy fuertes. Sus padres hablaban con entusiasmo. Carlos cedió ante la curiosidad, cerró la heladera sin retirar nada y fue hacia el living. -¿Qué pasa? -preguntó. No obtuvo respuesta. Lo más cercano a una, fueron las señas de su padre que con la palma de la mano hacia abajo y con los dedos abiertos movía el brazo en forma vertical. Indudablemente estas señas estaban dedicadas a él, aunque no lo miraba. -Qué pasa? -volvió a preguntar, pero esta vez no pretendió una respuesta. Sus padres tenían las cabezas casi pegadas, los dos con anteojos, sobre un papelito blanco. Las hermanas miraban la pantalla y giraban nerviosamente para mirarlos. La transmisión televisada mostraba el sorteo del Quini 6. Al costado de la pantalla estaban los tres números sorteados hasta el momento.

-¿Cuántos números vamos pegando? -preguntó Carlos, yendo por detrás de sus padres y asomándose sobre ellos para tratar de observar la boleta. -Los tres -contestó su hermana menor. Carlos, incrédulo, bromeó e hizo la misma pregunta. -Los tres -repitieron al mismo tiempo su hermana mayor y su madre. -¡Shhhhhh! ¡Silencio! -sentenció el padre. Carlos les sacó la boleta de las manos y verificó con el televisor. No estaban jodiendo. Los tres números estaban ahí, entre los seis elegidos por su padre. Éste siempre jugaba religiosamente a los dos sorteos semanales del Quini y del Loto. Mientras las bolas flotaban en la burbuja transparente, fue a encender otra luz todavía con la jugada en la mano. -¡Traé, traé! -le ordenó la mamá, mientras sus hermanas le decían que no fuera boludo. La cuarta bola ya estaba rodando por el tubo y sus hermanas afirmaban que era un veintitrés. -¡Esperen, esperen! ¡Silencio! -dijo el papá, que otra vez había recuperado la boleta. Carlos se sentó en el apoyabrazos del sillón marrón, junto a su madre. Se produjo silencio; los cinco pares de ojos clavados en el televisor, esperando la cifra definitiva. El conductor ratificó lo que decían sus hermanas: veintitrés. -Está. ¡Lo tenemos también! Las hermanas se pusieron inmediatamente de pie y la más chica, sentada junto a la lámpara de pie, la golpeó accidentalmente con la cabeza haciéndola caer


sobre la mesa ratona. Sin importar nada, se abrazaron saltando y Carlos cayó de rodillas sobre la alfombra con los brazos extendidos hacia el techo y gritó: ¡vamos!, alargando la “a”, y luego repitió en voz baja: “uno más, uno más”, varias veces. Los padres se pasaban la boleta de mano en mano, con una la sostenían y con la otra regulaban la distancia de los anteojos respecto de los ojos, como tratando de optimizar la visión, buscando algún error en los números. La hermana del medio bajó las escaleras alegremente, preguntando qué pasaba. Nadie le contestó. Otra de las hermanas quiso sacarle la boleta a su padre y Carlos le dijo que la iba a romper, que no rompiera los huevos. Ya estaba la familia completa. Esta escena ocurría todos los domingos pero a la inversa. Empezaban presenciando todos, y poco a poco, con el correr de los números, se iban retirando a sus labores; sólo quedaba el padre hasta el final. Se acercaba el quinto número, sabían que, de acertar, ya habría un premio importante. Carlos sintió las manos sudorosas en sus puños apretados. Las hermanas en la alfombra, de rodillas nuevamente, se abrazaban. La recién llegada apoyaba sus manos sobre los hombros del padre, que era el que parecía más tranquilo. La madre tomó el control remoto para subir el volumen. Poco antes de que saliera la quinta bolilla, se puso la pantalla negra un pequeño instante y luego la cara de un actor estilo MacGyver. -¡¿Qué hacés?! -preguntó gritando Carlos con indignación. Las hermanas saltaron hacia atrás y la madre se disculpó mientras trataba de enmendar el error. -¡Dame eso, mamá! -ordenó la del medio.

Le arrancó el control de las manos, volvió a poner el sorteo y aumentó un poco el volumen. “¡Diecioooooocho!”, se escuchó estúpidamente en la tele. Los padres se pararon como resortes y las hijas también, al ver la reacción de ellos. Ahora sí se pasaban los seis la boleta de mano en mano. Cuando fue el turno de Carlos, contempló la coincidencia de los cinco números con los de la pantalla, soltó la boleta y pasó rápidamente entre sus padres. Con el pie derecho pisó el sillón en el almohadón y, con el izquierdo en la cima del respaldo, el sillón se inclinó hacía atrás hasta quedar acostado al mismo tiempo que Carlos descendía sobre éste sin caerse; siguió corriendo un par de pasos hasta la mesa de madera y se tiró de pecho encima, deslizándose con los brazos abiertas tipo “avión” hasta caer por el otro lado. En su viaje volaron algunas tazas y el centro de mesa, que consistía en una fuente con uvas de mentira. El resto de la familia se abrazaba sobre la alfombra mientras entraba la perra desde el patio y se quedaba mirando atónitamente los acontecimientos. Carlos se levantó del piso y volvió al trote hacia el televisor. Pasó por debajo de la luz, dio un gran salto, y con la punta de los dedos golpeó la bola de papel, haciendo que las sombras se movieran sobre las paredes blancas al vaivén del colgante, dándole un toque levemente psicodélico al ambiente. -¡Quieto, pelotudo! -exigió el papá y lo miró fijamente como para matarlo. Ahora estaban los seis parados; siete con la perra. La madre caminaba rápidamente alrededor del sillón caído. La hermana del medio saltaba en el lugar en puntas de pie con las manos juntas sobre el pecho. El resto que estaba más tranquilo se pasaba la manoseada boleta para ver el número que debería salir para hacerse inmensamente ricos.

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El locutor anunció el sexto y último número. La madre no soportó la tensión y se fue para la cocina llorando. Las bolillas seguían flotando juguetonas y todos los hermanos comenzaron a corear: seis, seis, seis, seis… cada vez más fuerte. Cuando la bola entró en el tubo transparente, la hermana menor giró y se puso de espaldas al televisor, el resto de la familia, exceptuando la madre, que estaba en la cocina, cerró fuertemente los ojos. Se callaron todos y esperaron. Sólo se escuchaba el jadeo de la perra, pero cada uno sentía el corazón como si, golpe a golpe, quisiera escapárseles por la boca.

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“¡Seis!”, anunció el locutor. “Cero seis”. Y dijo algo así como “afortunadas noches”. Nadie pudo escuchar esto último porque el griterío fue infernal. La hermana menor reventó el control remoto contra el espejo, se desprendió la tapita de atrás y las pilas volaron, el vidrio se rajó. La madre se deslizó lentamente con la espalda sobre los azulejos hasta sentarse en las baldosas frías. Abrió la alacena bajomesada y, buscando con la mano a ciegas, sacó desde el fondo del estante, detrás del aceite y el vinagre, la botella por la mitad de Criadores. A los poco metros estaban todos tirados sobre la alfombra en una sola bola humana. Cada uno tenía en su cabeza una cascada laberíntica de ideas y sensaciones inconexas. El padre creía estar preparado mentalmente para este momento, pero se daba cuenta de que todas sus especulaciones e ideas, tantas veces pensadas y repensadas, carecían de sustento, simplemente por no haber tenido convicción real. Ahora repasaba qué hacer con tanta plata. ¿Comprar departamentos y vivir de rentas? Antes que nada, viajar por el mundo; pero no le alcanzaría lo que le quedaba de vida para todos los lugares que quería conocer. No, comprar un velero y navegar como Dumas. Pero para eso tendría que estudiar y prepararse; no, no. Eso tampoco.

La madre se levantó lentamente y, aun con la botella de whisky, se encaminó hacia el living. Encontró a Carlitos dándole patadas al viejo aparador, dejando en evidencia su frágil puerta enchapada. Lo abrazó fuertemente y con la cara llena de lágrimas le dijo suavemente al oído: “cagala a patadas, cagala bien a patadas, hijo”. Carlos, con una sonrisa indescriptible, se ensañó aún más con el mueble como si fuera la síntesis de tantas frustraciones. La cristalería sonaba con cada embestida del pie, y el centro musical, que se apoyaba encima, se encaminaba lentamente hacia el abismo con cada sacudida. La madre se fue a abrazar con su marido que estaba llorando en la alfombra y las tres hermanas hacían una ronda con la perra, tomadas, las cuatro, de las manos. Así pasaron un par de minutos en el que cada uno vivió tamaña emoción a su manera. Para una alegría tan intensa, nadie puede estar preparado. La desgracia viene de golpe. En un segundo se puede pasar de la alegría más intensa a la tristeza más profunda, que, como se sabe, no tiene fin. Pero la alegría no suele venir de golpe, de sopetón. Uno siempre la espera. Esto los agarró totalmente desprevenidos y cada uno trataba de digerirlo a su manera. El padre se desprendió de su esposa y se levantó lentamente. -¡Un momento, paren! -ordenó sin violencia-. Algo debe estar mal -agregó. Carlos dejó de patear el mueble y las hermanas soltaron a la perra, que salió corriendo en dirección al patio. -Algo debe estar mal -volvió a decir, mientras buscaba la boleta y pedía que cambiasen de canal para ver en otro lado los números del sorteo.


La hermana del medio estaba cambiando desde los controles del televisor, cuando sonó el timbre de la casa. -No abran -dijo Carlos. -¡Mirá sin son de Lotería Nacional…! ¡Abran! -gritó la madre. -Por favor, no digan boludeces; no pueden ser ni ladrones ni de la lotería. ¡El sorteo fue hace tres minutos, pelotudos! -insultó la hermana menor mientras iba hacia la puerta. Laura, la vecina, entró preocupada por los ruidos que había escuchado. Entre abrazos y gritos le explicaron la situación. -Así que vas a cambiar el auto, Laurita -le dijo Carlos. El padre parecía haber perdido la emoción, aunque, sentado en el sillón, otra vez con la boleta, verificaba los seis números que, en otro orden, aparecían en la pantalla. -No, parece estar todo bien, está todo bien -se convenció en voz baja. -A ver, permiso -Laura se acercó y tomó el papel. Miró un rato. La cabeza iba y volvía de sus manos al televisor. A intervalos asentía, también con la cabeza. Asintió seis veces y confirmó: -Sí, está todo bien. Pero la obsesión no le permitió relajarse y siguió analizando la boletita blanca mientras pensaba en esos cuentos populares de que el agenciero no había pasado la jugada, que la boleta era falsa. Pero ya esos fraudes no se podían hacer más. La tecnología usada por Lotería Nacional no lo permitía. Fue ahí cuando se dio

cuenta. Se sentó en el sillón marrón que todavía estaba mirando el techo y sin dejar de mirar el papel, dijo: -Esta boleta es de la semana pasada. La madre dejó la botella vacía sobre el destrozado aparador y le arrancó la boleta de la mano. Carlos corrió hacia el cuarto de sus padres y se dirigió a la mesa de luz de su papá, donde siempre guardaba celosamente las boletas dentro del cajón. Efectivamente, la jugada sorteada hacía cinco minutos estaba allí y, por supuesto, ningún número coincidía con los sorteados.

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N

O SOMOS NADA

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Nos dijeron que podía pasar, las viejas, que les gusta hablar de estas cosas, ¿viste? Una no da bola. Sabés que tenés media vida por delante. ¿Y para qué?, todo es al pedo. Meta romperse el lomo, de sol a sol. ¿Para qué? Una vida dedicada al trabajo. Acá no te podés quedar quieta, sino te pasan por encima, literalmente. Hay que laburar, viejo, no queda otra. Y siempre escuchando que podía pasar… Una no trabaja per se. Es para mantener a los chicos, que ni siquiera son hijos míos. Y viste que ahora la niñez, la adolescencia, no sé hasta qué edad dura. Yo de chica ya trabajaba. No te digo que mucho, pero una mano daba. Ahora no, ahora es otra cosa. ¿Sabés qué son? Larvas, sí, son larvas. Se quedan ahí quietos, ni te ven, están como ciegos. Todo para parar la olla, pa’ que no falte la papa. Y mirá que yo no trabajaba sentada, ¿eh? Tampoco salía a caminar tranquila, con todo el tiempo del mundo sin que los jefes te vigilen, hablando con cada una que se te cruza: “Buen día, ¿cómo anda? Parece que va a llover”. No, yo fuerza, le ponía el cuerpo, a cargar cosas en la espalda. Y siempre el mismo cuento: que cuidado, que antes se vivía mejor, que se estaba más tranquilo, que nadie rompía los huevos. De todo esto hace unos años nomás, no mucho, no te hablo de dos siglos atrás, no. Y mirá ahora, nos quejábamos de la contaminación, ¡ja! ¡Por favor! ¡Qué rara está el agua!, decían; ¡nos están envenenado el aire! Yo no soy una piba pero tampoco una vieja y siempre respiré este aire de mierda con esos olores bien fuertes… Lo que pasa es que vos estás para otra cosa, no para dar opiniones; bajás la cabeza y le metés. Tenés a las de arriba que ordenan y encima viven realmente como reinas. Lo único bueno es que con esto no se salvó nadie, no hizo diferencias, a la mierda con todo el mundo. Patrones, jefes, obreros… No hizo distinción de clases. Ya se notaba el clima

medio caldeado. Yo veía que algunas miraban al cielo cada tanto, escuchaban un poco y nos mandaban a todas para adentro. Hasta nuevo aviso nadie salía. Y así transcurrieron las últimas semanas, y claro, cuando no trabajás es peor, te das manija, igual que cuando llueve; con lluvia no trabajamos… Aunque no das bola a los dichos, igual algo te jode. La cosa es… me acuerdo bien, esa mañana estaba llevando cosas, como siempre, y ahí ya nos alarmamos más porque medio que tembló el suelo un par de veces. Estaba cargando una madera; grande era, más larga que yo; estaba muerta de calor, pesaba un montón, y ya estábamos entrando todas; nos habían ordenado que nos metiéramos, por esos ruidos y sacudones que se sentían. Ahora, una cosa así nadie se la imaginó, y ahí es como que se nubló de pronto, pero fue un segundo, no era como nublado de nubes, fue una especie de eclipse; se puso todo negro de golpe, sombra, oscuridad, y ahí solté el palo a la mierda. Y levanto la cabeza, como todos, y nos quedamos con la boca abierta porque nunca habíamos visto nada igual; era algo realmente inmenso ahí sobre nosotras, en el cielo; no estaba muy alto, era negro y plano; no era un pájaro ni otro insecto, no tenía alas; podía aplastar a cientos si bajaba. Y eso fue lo que pasó. Nos quedamos mirando hacia arriba como idiotas y bajó de golpe, mató a muchos, ¡se armó un quilombo! Los de adentro no entendían nada y corríamos para todos lados, sin sentido, como nunca lo habíamos hecho. Muchas todavía con las cargas encima. Las sobrevivientes tratamos de morder éso pero al pedo, era muy duro. Salieron varias de adentro para ver qué pasaba o para tratar de plantear una defensa; entonces algunas, en la confusión, se empezaron a morder entre ellas. Y después cayó eso de vuelta entre muertos y mutilados, y ahí más muertos y otra vez cayó, y otra vez, y perdí la cuenta. Hicieron mierda el hormiguero. No quedaron sanos ni los huevos, ni las reinas, ni los machos, nada, nada.


Foto-viñeta por Carlos Ramírez

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A propósito de “La piel que habito” de Almodóvar

1.

por Beatriz Bruce

Encuadre del tema.

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Mucho se ha escrito para mostrar la capacidad de condensación filosófica que tiene la poesía. Para obviar la tarea de realizar un largo rastreo histórico o una enumeración interminable de nombres, sólo voy a mencionar a Merleau-Ponty, uno de los filósofos que nos apoya teóricamente en este trabajo. El comparó la interrogación filosófica con la creación artística: aquí y allí no hay “adquisiciones”, no hay nunca “ocasión de levantar un balance objetivo” ni de “pensar un progreso”, porque la interrogación filosófica, tanto como la creación artística, retoman y prolongan la interrogación del mundo como ese “misterio que no permite aclaración”, y eso, lejos de paralizarlas, hace que estén perpetuamente en movimiento, que siempre tengan “toda la vida por delante”.1 Estas interacciones entre filosofía y arte son posibles porque ambas comparten un horizonte de comprensión a la vez que son capaces de fundar e intercambiar percepciones nuevas y originales. Más que circunscribirse a una demarcación impermeable, son dos importantes manifestaciones del campo cultural, entendiendo así que existen condiciones comunes y vinculaciones reversibles que las entrelazan. Una de las formas artístico-culturales de nuestra contemporaneidad (aunque esto no quiera significar que la totalidad de la producción pueda ubicarse dentro de las bellas artes) es la cinematografía. Ha 1 Encontramos tanto en la Fenomenología de la percepción como en su última obra El ojo y el espíritu esta analogía. Cfr. Merleau-Ponty, Maurice: El ojo y el espíritu, Barcelona: Paidós, 1986, pp. 69, 70

sido loada por condensar varias de las propiedades que distintas musas implantaban en manifestaciones separadas. Así, entendemos que en el cine se entrecruzan –o mejor dicho: lo pueden hacer- música, artes plásticas, teatro, danza y poesía. Y, como parsimoniosamente podemos derivar de lo que se viene planteando, también filosofía.

2. La película: En el año 2011 se estrena la película del director español Pedro Almodóvar, La piel que habito, adaptación libre de una novela francesa de Thierry Jonquet, publicada en el año 1995 con el título de Tarántula. Es una película de difícil clasificación en los géneros habituales. Mezcla original de misterio, thriller, terror, ciencia ficción (se anuncia su suceder en tiempo futuro próximo), algunos pasos de comedia y ciertos componentes folletinescos tan caros al director. Presenta una excelente factura técnica, tanto en la forma de expresar y contar como en las interpretaciones y en las cualidades plásticas de fotografía, encuadre y color. El argumento explícito es original y sorprendente; va dando vueltas y revueltas en el tiempo. Robert Ledgard (Antonio Banderas) es un cirujano plástico que crea una piel artificial resistente al dolor. La motivación principal es que su esposa infiel fallece, después de una larga agonía, por quemaduras producidas por accidente automovilístico. Ella se suicida al ver su rostro desfigurado, hecho presenciado por la hija, que queda signada por la locura.


La obsesión de Robert por la manipulación genética –condenada por el status científico- hace que prosiga cometiendo el mismo error en sus relaciones. Por su descuido, la hija –ya adolescente- es víctima de un intento de violación, que complica su endeblez psíquica y la lleva también al suicidio. El camino de la venganza es emprendido por el médico secuestrando al muchacho involucrado en el hecho –Vicente- a quien va modificando y convirtiendo en Vera, mujer que tiene el mismo rostro que la suya. El cautiverio de Vicente, su transformación y su posesión es un compuesto de venganza, obsesión, violencia, sexo y deseo, que nos van enfrentando a complejos personajes, mixtura de víctimas y verdugos, a los que nos tiene acostumbrados el director. Esta escabrosa revisión del Frankestein de Mary Shelley, nos plantea una serie de interrogantes profundos respecto a nuestro mundo y a nuestra vida. Los mismos pueden ir, desde la discusión acerca de los límites éticos de la manipulación genética, hasta las densidades metafísicas y antropológicas de identidad y diferencia. Pero, vamos a tratar de circunscribirnos a lo que hemos entendido como un interesante material de reflexión respecto al cuerpo humano, ya que el film nos enfrenta a la posibilidad del fin de la especie como producto biológico de la evolución.

3. El cuerpo. La exposición de Almodóvar puede ser leída con la ayuda de la fenomenología del cuerpo de MerleauPonty o de la filosofía del cuerpo de Jean-Luc Nancy. Desde ya esta afirmación no quiere ir más allá del marco interpretativo, ya que desconozco si el director ha leído a los mencionados autores.

La posición de ambos filósofos franceses podemos resumirla en la fórmula, pronunciada casi idénticamente por ambos: “no tenemos un cuerpo, sino que somos cuerpo”.2 Añade Nancy: “Un cuerpo es material. Es denso […] Un cuerpo no está vacío. […] está lleno de sí mismo: es todo lo que es.”3 Esta tesis para nada reduce la humanidad a la biología sino que, por lo contrario, entiende al hombre/mujer como una conformación a partir de la posibilidad de ser-en-el-mundo y abierto al mundo desde su materialidad. El cuerpo es el modo en que nos damos al mundo; la forma en que somos-en-elmundo y a la vez el medio en el que el mundo se hace cognoscible y vivible para nosotros. Es aquello que, al mismo tiempo que se me da en la experiencia, la posibilita. Es el cuerpo como realidad vivida: cuerpo concienciado o conciencia corporalizada. Como sintetiza Nancy, el cuerpo es el “en sí” del “para sí” y también el “en sí” de “para los otros”. 2 Nancy, Jean Luc; Corpus. Ed. Arena Libros, Madrid, 2003. 3 Nancy, Jean- Luc: 58 indicios sobre el cuerpo, Buenos Aires, La Cebra, 2011, pág. 13.

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Se mezcla, tanto en Merleau-Ponty como en Nancy, una bidimensionalidad de la corporeidad que no puede ser sólo vista como natural; es simultáneamente viviente y vivida, naturaleza y conciencia, materia y forma.

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Nancy nos recuerda que la pregunta por el cuerpo está ligada desde su génesis a la clásica dualidad entre el cuerpo y el alma, dualidad que hegemoniza la visión del sentido común. Sin embargo, cuerpo y alma no son términos de una simple oposición. Afirma lo siguiente: “[...] por muy sorprendente que pueda parecer, el alma [...] no representa otra cosa que el cuerpo, pero ante todo el cuerpo fuera de sí, o este otro que el cuerpo es para sí mismo. Así, para Nancy, con la palabra “alma” sólo se designa el cuerpo que siente y se siente fuera de sí mismo. Cuando un cuerpo se siente a sí mismo, se siente desde el exterior, desde afuera, no se siente ni se toca desde adentro, y esto por el hecho incontestable de que el cuerpo es para sí mismo un afuera. “Cuerpo quiere decir muy exactamente el alma que se siente cuerpo. O el alma es el nombre del sentir del cuerpo, es el ego que se siente otro ego. Podríamos decirlo tomando todas las figuras de la interioridad consigo misma frente a la exterioridad: el tiempo que se siente espacio, la necesidad que se siente contingencia, el sexo que se siente otro sexo. La fórmula que resume este pensamiento sería: el dentro que se siente fuera”. Esta capacidad específicamente humana de pensarnos, de poder individualizarnos, es una potencialidad que surge a partir del cuerpo y su interacción con el mundo. La conciencia de sí no es independiente de la corporalidad.

Para Merleau-Ponty también la carne es el pliegue del mundo y la conciencia, es la exposición de la existencia. El dolor nos muestra que el cuerpo no es un objeto del mundo como la piedra que lastima mi pie. Mi cuerpo no es causa del dolor, sino que mi cuerpo duele. En suma, en el dolor es donde el cuerpo se reconoce como conciencia y la conciencia se muestra como originariamente “arrojada fuera de sí misma”, como conciencia carnal. La piel que nos envuelve es la frontera en la que ocurre nuestra exposición al exterior. Es el órgano más extenso del cuerpo y el que pone en contacto el dentro y el afuera. Extensión completamente orientada al afuera al mismo tiempo que envoltorio del adentro. De manera contraria al dictum cultural imperante, que privilegia el sentido de la vista y la distancia física que esto implica, los filósofos del cuerpo privilegian el encuentro cuerpo-mundo que se localiza en la piel. Podríamos pensar en que la piel que habito es quien, nacida del mundo, me permite relacionarme con ese mundo y así va conformando mi experiencia de vida. “La piel toca y se hace tocar.”4 De allí que la metáfora del cambio artificial de la totalidad de la piel, ponga también en juego problemas de alto contenido filosófico. El cuerpo lleva adherida una subjetividad que no se modifica por la supuesta alteración de su externalidad, sino por lo viviente-vivido. De allí que en el film, el dibujo que hace en la pared el protagonista ya trasmutado, preserva la cabeza pero deja el cuerpo expuesto a la intemperie. Esa identidad, totalidad holística e histórica entre corporeidad y subjetividad, producto de las experiencias que su cuerpo ha permitido, sufrido, padecido en el intercambio temporal con el mundo, 4 Nancy, Jean- Luc: 58 indicios sobre el cuerpo, Buenos Aires, La Cebra, 2011, pág. 32.


no puede ser modificada por un hecho fortuito y compelido, por más traumático que el mismo resulte. De allí la afirmación de la hermosa Vera: Soy Vicente. Encontramos en Nancy un relato -incluso autobiográfico debido a que fue paciente de un trasplante de corazón- en que describe la incorporación de un órgano distinto –en el caso de la película sería la totalidad de la piel, los órganos sexuales, y el rostroen términos de “intruso”. Dice Nancy: “El intruso se introduce con fuerza, por sorpresa o por astucia, en todo caso sin derecho y sin haber sido primero admitido.” 5 Para el filósofo, la modificación voluntaria del cuerpo (esto nos hace pensar en las alteraciones estéticas), no es un acontecimiento semejante, ya que lo que se recibe era esperado. No todo extranjero es intruso. Pero, si retomamos el film de Almodóvar, la modificación corporal no consentida de Vicente/Vera hace que siempre la alteración permanezca como lo ajeno. En lugar de ¨naturalizarse¨, su intromisión “no cesa de ser respecto a cualquiera una intrusión, es decir, ser sin derecho, sin familiaridad, sin adaptación y, en otro sentido, ser una molestia, una turbación en la intimidad.”6 La disociación entre el cuerpo físico implantado y su “sentirse cuerpo” es mostrada con asiduidad tanto en los recuerdos (siempre vinculados a la figura de Vicente) como en la anticipación del efecto que tendrá su apariencia ante la mirada de los otros; la inconsistencia entre lo que se observa (Vera) y lo que se oye: soy Vicente. Estas consideraciones, que se asientan sobre la compleja bidimensionalidad de la corporalidad 5 Nancy, Jean- Luc: El Intruso, Buenos Aires, Amorrortu, 2006, Colección Nómadas. Cfr. Introducción, pág. 11. 6 Nancy, Jean- Luc: Op.cit., Introducción.

humana, sirven como disparador para pensar, además de las abstractas relaciones entre cuerpo-conciencia e identidad-diferencia, la problemática más palpable de la constitución subjetiva de la sexualidad (el sexo que se siente otro sexo). Pero también se solapa en la narrativa otro dilema muy actual, vinculado con las antropotécnicas. Tanto Nancy, con su interrogación acerca de la incidencia de la incorporación corporal de prótesis, implantes e injertos, como Peter Sloterdijk, reflexionando sobre la manipulación genética, han puesto en el centro del debate la distinción entre lo natural y artificial.7 Ambos autores coinciden en que, en la actualidad, la problemática evolutiva ya no puede centrarse sólo en el terreno biológico sino que se entrecruza con la complejidad de los artificios puestos en juego en una suerte de asalto tecnológico a la humanidad. Sloterdijk, más extremo en su posición, considera que el hombre ya no es un producto de la evolución biológica, sino que es el propio hombre quien va interviniendo en la gestación de la nueva especie que somos. Como señala Vásquez Rocca, para el filósofo alemán: “El hombre se nos presenta como una deriva biotecnológica asubjetiva que vive hoy un momento decisivo en términos de política de la especie.” 8 Más allá del optimismo de Sloterdijk o de la prudencia de Nancy frente a las antropotecnologías, 7 Cfr. Nancy, Jean-Luc: op. cit.; Sloterdijk, Peter: ”El hombre operable: Notas sobre el estado ético de la tecnología génica”. Esta conferencia tuvo lugar el 19 de mayo de 2000, en el Centro de Estudios Europeos (CES) de la Universidad de Harvard; puede leerse Revista Observaciones Filosóficas <http://www. observacionesfilosoficas.net/elhombreoperable.html> 8 VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, Peter Sloterdijk; Esferas, helada cósmica y políticas de climatización, Colección Novatores, Nº 28, Editorial de la Institución Alfons el Magnànim (IAM), Valencia, España, 2008.

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La mesa puesta queda abierta en la película de Almodóvar la polémica sobre los límites éticos o antropológicos en la aplicación de procedimientos de manipulación genética al ser humano. La riqueza de los interrogantes no cesa con estos que hasta acá he planteado. Podemos asimismo leer e indagar acerca de la relación cuerpo-mujer, en donde Almodóvar retoma la cuestión del sometimiento y la posesión, cuestión ya planteada en otros films como Atame, Hable con ella o Volver.

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Por último, también creo que podemos usar la metáfora de la transmutación total del cuerpo para pensar una problemática tan cercana y dolorosa para los argentinos como es la “desaparición” de personas. El secuestro del cuerpo y su desaparición/ transfiguración quiere eliminar tanto la existencia personal para sí como para los otros. Quiere hacer de Vicente un olvido total, haciendo desaparecer junto a su existencia particular, sus ambiciones, sus deseos y su futuro posible. Podemos ver en la historia narrada por Almodóvar, también representado el dispositivo de poder represivo que el Estado argentino convirtió en su figura clave. Cuerpo-conciencia; cuerpo-sexualidad: cuerpoartificio; cuerpo- mujer; cuerpo- poder represivo. Si la mirada nos permite abrirnos a lo mirado, no podemos desperdiciar la oportunidad que nos presenta La piel que habito, como amable invitación para ahondar estas y otro sinnúmero de problemáticas de muchísima densidad filosófica.

por Pamela Stemberger

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n tenedor, un cuchillo y un plato con una milanesa de pollo comprada, un tomate partido en dos y un poco de orégano. Él no espera a nadie, la comida está servida desde hace unos segundos pero piensa que sería lindo demorarla para esperar a alguien. El problema es que ese alguien no existe, entonces ¿cómo demorar el almuerzo por alguien que nunca llegará? Si eso ocurriera, nunca comería, reflexiona. Ese razonamiento es preciso, certero y triste: está solo y no debe postergar ni demorar nada porque no le importa a nadie más que a él. Deja el repasador sobre la mesada, camina hacia la mesa de mantel con cuadrados naranjas y blancos. Corre la silla y se sienta a la mesa, frente al plato de milanesa con tomate y orégano. Cree que debe estar agradecido porque por lo menos hay un plato de comida sobre la mesa. O por lo menos eso le han dicho siempre. Presiente que esa frase, casi con seguridad, era de su madre, aunque también pudo haber sido de su tía, su abuela o su hermana. A ella le gustaba relatarle con detalles todas las carencias que tenían los niños del África, según veía en Discovery Channel, para recalcarle lo desagradecido y malo que era al no comer lo que había cocinado. Toma el cuchillo de mango de madera Made in Brazil y el tenedor. Pincha la milanesa y con el cuchillo serrucha hasta lograr partir la carne blanca por dentro y dorada por fuera en dos, luego, continúa con esa tarea precisa que es cortar un pedazo de carne de cualquier animal en varios trozos, aunque no en dos solamente, sino en tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y así hasta que toda la carne esté dividida en pedazos que puedan ser llevados a la boca, masticados y tragados sin mayores inconvenientes. Después de picar toda


la milanesa en cuadraditos, procede con el tomate. En un principio, mientras estaba en la heladera, era un gran tomate platense, rojo y con un pequeñísimo punto negro que había detectado cuando lo lavaba y se encargó de extirpar. En un principio, el tomate era uno solo, como dios y el hombre antes de que Eva pecara, piensa, y se enfoca de nuevo en los alimentos. Una vez lavado el tomate y eliminada la parte contaminada, lo cortó en dos, procurando que ambas mitades fueran simétricas. Esfuerzo un tanto idiota pues, una vez que termine de cortar la milanesa, continuará con el tomate y toda energía anterior puesta en lograr un corte que dejara dos mitades iguales carecerá de sentido ya que, el mismo procedimiento aplicado a la carne, lo aplicará al tomate. Considera que por cada trozo de milanesa, debe haber un trozo de tomate. Cuando todo en el plato está cortado en pedazos masticables y consumibles, pincha un pedazo de tomate y, a continuación, otro de milanesa. Una vez que un poco de tomate y un poco de carne quedan presos entre los dientes del tenedor, él abre la boca y eleva la mano hasta cubrir con los labios el tenedor y tener la comida en el interior de su boca. Saca el tenedor y mastica. El cuchillo ya no tiene importancia sobre la mesa. Agotó toda su función. Ahora, es un elemento inútil hasta el día siguiente, cuando lo necesite otra vez. Cuando la masa de carne, pan rallado y huevo, tomate, orégano y sal que se ha formado en el interior de su boca está por ser tragada, se produce un estremecimiento. Algo no funciona según lo previsto. Hasta ese momento, el del estremecimiento, todo sucedía con la normalidad habitual de todos los días. Intenta tragar todo lo que tiene en su boca, incluso aire. Abre la boca, sabe que entra aire pero no lo siente, no en sus pulmones. Sin que se dé cuenta, su cara y sus ojos se ponen colorados. Sí siente que caen

lágrimas. Recuerda una vez en la que su hermana había cocinado una tortilla formada por una gran cantidad de pedazos de papas cortados en cubos y que, mientras estaban comiendo, su hermana comentó algo gracioso o, por lo menos, a él le hizo reír tanto que se ahogó y cayó de espalda al suelo mientras lágrimas caían por su rostro colorado, situación similar a la de este momento aunque sin la caída. Lo desagradable ocurrió después, cuando se puso de pie, aún sentía algo incómodo en su nariz, algo que lo presionaba desde adentro y no le dejaba respirar. Se tapó un orificio y sopló hasta que del otro agujero salió expulsado como un torpedo un trozo de papa que rebotó contra la panera. Ahora, justo ahora que tiene la cara más roja, no puede hacer lo mismo, siente que toda la mezcla está atorada en su garganta y no puede hacer que salga disparada. 107


Ahí viene la plaga...

A

por Mariano Quirós

mparados en la pavada de la “inmediatez”, la tele, Internet y los diarios dan rienda suelta a un inventario apocalíptico, que de a ratos, determina lo que hacemos y dejamos de hacer. Por detrás de toda esa mentira no hay más que los intereses de unos degenerados que, a lo pavote, terminan creyéndose lo que inventan. Como nosotros, que cubiertos con barbijo y armados de repelentes nos lanzamos a contar nuestro propio fin del mundo.

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Las películas norteamericanas han hecho varios ensayos apocalípticos, algunos más y otros menos felices. Pero la mayoría se ha esforzado en mostrar el momento en que la población, asustada y loca, obstruye carreteras, puertos y aeropuertos en busca de un escape. Un escape que desde el vamos todos sabemos que será inútil, porque la peste, el monstruo, el partido apolítico, o lo que fuere que piensa arrasar el mundo, serán imparables. Es en esos momentos donde apreciamos con mayor nitidez la miseria humana; el héroe colectivo se vuelve una desgracia, no existe. En La niebla, Stephen King encierra en un centro comercial a lo más variopinto de una tranquila comunidad yanqui. Hay algo escondido en la bruma que mata sin piedad y lo aconsejable es no salir. En el centro comercial, mientras tanto, hay de todo: desde la mística religiosa que anuncia la ira de Dios hasta el progre cínico que anuncia la ira de Nietzche. Pero cuando una señora pida que alguien la acompañe por sus hijos, ni siquiera el aparente mocito pondrá el cuero. Stephen King es un genio. Sin embargo, la mayoría de las producciones hollywoodenses deja abierto un resquicio a la esperanza; por lo general aparece el tipo capaz de

plantarse como un hombre ante cualquier alienígena, el científico loco que en medio del caos dará con la cura, el ejército conmovido dispuesto a morir por su patria y por la libertad del mundo. Por ellos volvemos una y otra vez a ver la misma película, porque guardamos la ilusión de que Viggo Mortensen o alguno por el estilo, estén de nuestro lado el día del juicio. En fin. Todo el mundo sabe aquello de que los medios de comunicación se han adueñado del esquema narrativo de la ficción a la hora de expresarse. Las historias de vida, por ejemplo, cuya estructura narrativa “copia” la de los cuentos; incluso aquellos informes televisivos con música melosa o de catástrofe, de acuerdo con las ganas de conmover o de asustar. A lo que hay que sumar el frenesí del videoclip y las ediciones un poco epilépticas heredadas de los años ’90 (la cámara en mano sostenida por un camarógrafo que parece estar drogado). Bueno, sumen las variantes que quieran. A partir de este esquema promoverán en cada edición un nuevo posible fin del mundo. La placa roja de Crónica inspira ternura puesta a competir con los medios que se pretenden serios; algunos que nos burlábamos de Michael Jackson (Dios lo tenga en la gloria) llegamos a promover con insalubre obsesión el uso del barbijo, o denunciamos su falta con histeria (gripe A in memorian); lo mismo hicimos con la demanda de repelentes, y lo volveremos a hacer en pocos meses, cuando el frío amaine y los mosquitos se reproduzcan como conejos (dengue, querido dengue, ¿con qué población estarás arrasando ahora?). El mismo relato catastrófico que hemos utilizado históricamente para hablar de inseguridad. Un conteo, una mínima estadística, vendrán como flor en el ojal para que, digamos por caso, el aumento del tomate haga que


replanteemos nuestro lugar en el mundo y defina nuestro voto en las próximas elecciones. Como en las películas, el noticiero se empeña en ofrecer algún que otro posible héroe, por lo general accionista del multimedia y candidato a diputado en futuras elecciones. El resquicio de esperanza que abren se vuelve insoportable y el Apocalipsis no hace más que crecer como el agujero en el ozono. Lo destacable de las últimas pandemias es su afán equitativo, rayano en lo comunista: hay para todos. Quizá por ese motivo los noticieros —siempre refractarios a la noble distribución— ponen el grito en el cielo. El dengue y la gripe porcina se comportaron de un modo diferente al discreto Chagas, que sólo carcome la salud de los perdedores de todas las épocas. Es archisabido: en la Argentina hay más de dos millones de infectados y cada semana mueren al menos diez personas a causa del Chagas. Pero los tipos son tan pobres, tan pobres, que no les da el cuero para reclamar el barbijo. Algo parecido sucede con la llamada inseguridad: así como Robert Neville, protagonista de Soy leyenda, se atrincheraba cada noche en su casa para soportar el asedio de mutantes vampiros, así nos atrincheramos cada noche para defender lo que es nuestro. Antes la inseguridad sucedía lejos de casa, en barrios oscuros en los que marginales de la peor laya te robaban la cartera si errabas el camino. Pero ahora el asunto sucede aquí, y nuestras rejas devienen barbijos. Lean las noticias, están mal escritas pero es eso lo que dicen. Si tienen buena memoria, recordarán que hasta hace poco los delincuentes eran tipos bien definidos: por lo general jóvenes con algún ornato raro (una gorrita puesta al revés, por ejemplo) o, peor aún, sin ornatos. “Negros de mierda” o “genéricos” les decían mis amigas, que semana tras semana engrosaban el anecdotario de teléfonos celulares perdidos a manos de niños de

doce años devenidos en flagelo de la sociedad. Pues bien, las cosas siempre pueden ir más allá: cada vez con más asiduidad los noticieros entregan oleadas de inseguridad. Algo cada vez más abstracto y difuso, una pandemia que involucra tanto a violadores compulsivos como a rateros de minimercado, metiéndolos a todos en la misma página y sección. Así como el cine de terror construye relatos que narran amenazas inexplicables y funestas que se ciernen sobre pequeños poblados o comunidades (La noche de los muertos vivos (1968), Amanecer de los muertos (1978) o La cosa (1982) -por citar sólo un trío-; películas en las que la amenaza la representan, precisamente, los marginados del sistema), los noticieros aluden a la inseguridad como si ésta conformara una plaga que avanza sobre las ciudades argentinas. Degeneración quizás, todos esos relatos, de la hondura literaria del Manifiesto comunista, con su famoso e implacable “Un fantasma recorre Europa”. La inseguridad es nuestro fantasma, pero no el único. Seguramente un fantasma mucho más ramplón, pero suficiente para que mi vecina y yo tengamos de qué hablar. De todos modos ella y yo pagamos seguridad privada y estamos medianamente a salvo de la plaga. Por lo demás, si tanto nos interesa el Apocalipsis, siempre hay buenas historias a mano. Una de mis preferidas es La carretera, novela del inmenso y muy cinematográfico Cormac McCarthy. La Carretera relata el derrotero posapocalíptico de un padre y un hijo que marchan como muertos vivos a través del paisaje ceniciento de una Norteamérica -de un mundo- devastada. Es una historia hermosa, sobre todo por la ternura que se esconde tras la ruda prosa de Cormac. Léanla, no pierdan tiempo. También está la película, pero puestas a comparar, la novela le lleva mil epidemias de ventaja. Y eso que la peli tiene a Viggo Mortenssen.

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Un final mas feliz para el mundo por Meliza Ortiz “En lo que al capitán concernía, el tiempo se detuvo. Esta ilusión le era familiar. Podía contar con experimentarla varias veces al año: cada vez que recibía una noticia con la que no podía bromear. Sabía cómo poner el tiempo en funcionamiento otra vez: negando la noticia”. (“Galápagos”, Kurt Vonnegut)

El humor es lo único que queda.

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(Yo)

l

e sonó el portero eléctrico a las 4 de la mañana. Esto es lo que le estaba contando ahora la chica al señor lustrabotas desconocido petrificado que lustraba botas en la terminal, al lado de la boletería cerrada de la empresa de transportes Futuro, después de que el tren ya se había ido. Le sonó el portero eléctrico a las 4 de la mañana y debió haber estado un rato largo sonando porque la chica primero escuchaba un sonido muy lejano, después lejano, después masomenos lejano (¿sueño?), después masomenos cercano (¿vida real?), después cercano, después muy cercano y después ahí mismo, por último. Se levantó. Sonó de nuevo con ella de pie. Se asustó ahora sí. Era muy tarde y era muy real. -¿Hola?

No le contestó nadie.

-¿Sí? ¿Hola? ¿Quién es?

Le sonó de nuevo en la oreja. La hizo separarse del auricular. -¡Hola! Nadie. En serio, nadie. No era nadie. No había dicho nada el que tocó el portero así. Nada de nada. Se quedó mudo. De verdad. La chica se puso zapatillas, se puso un buzo encima lo más rápido que pudo y bajó. Medio sin saber por qué, bajó. Había muchísima gente. Muchísima pero muchísima gente. Todos tan tranquilos mirando vidrieras, sentados en las veredas, que era lo único que se podía hacer a esa hora, pero como si fuera una re cosa para hacer. Familias enteras pasando de un lado a otro con cochecitos y bebés, chicos adolescentes de la mano cruzando de un lado a otro de la calle, señores jugando al ajedrez sobre el cordón. La única cosa comercial que sucedía en aparentemente todo el centro era el chico que vendía películas en la peatonal, al frente de Castillo, porque todo lo demás estaba cerrado. El chico que vendía películas tenía películas muy buenas. Sólo películas muy buenas. Era el más raro de los vendedores de la peatonal siempre, por ese sólo motivo, pero ahora era la persona más normal como para preguntarle qué pasaba, supuso la chica. Digamos, no era normal que estuviera ahí un martes a las 4 de la mañana en el muerto centro de Jujuy, pero mucho menos normal era toda la gente paseando y riéndose como si fuera sábado a la tarde así sin más y como si fuera primavera y casi casi verano y como si fuera una especie de paseo de la alameda tertuliesco y noctámbulo pero de ahora.


Porque, o sea, estaba todo cerrado verdaderamente. Ni Bugatti, ni la Royal, ni Brujas ni la Media Naranja. Nada de nada. Todo cerrado. Y tampoco había vendedores de globos que vuelan solos ni de manzanas confitadas ni de algodones de azúcar ni de molinetes de colores, yo no sé de dónde los sacaba la gente, pero los tenían y era muy normal. -Hola. -Hola. La chica se rasca detrás de la oreja. El chico chequea con golpe de vista las tapas de películas en exhibición. -¿Todo bien? La chica se muerde una uña. El chico está pero no responde nada y le pasa un golpe nervioso de plumero a la fila que le queda más cercana de tapas de películas. La chica mira como de pasada de vista la sección Kubrik. -Tengo “La naranja mecánica” también. Y puedo conseguir otras de Kubrik para mañana. -Eh, ¿no sabés por qué hay tanta gente, digamos? -Y mirá, las películas que más están saliendo son las de humor. -Ajá. La chica mira para la izquierda. El chico mira para la derecha. -¿Por qué hay tanta gente? ¿No sabés si pasó algo o hay alguna fiesta, no sé?

-Yo estoy vendiendo mucho Wes Anderson, Jarmusch. Desde hoy a la mañana que estoy acá y la gente sigue comprando. Ahora mi hermano me está grabando más y me está por traer. Los dos se cruzan de brazos y se quedan mirándose mientras asienten con las cabezas. El chico no se sabe bien qué piensa y la chica piensa que no puede hacer mucho más con esa información y que tiene que volver a su casa a cambiarse. O sea, está en piyama. Pero no lo hace. O se cambia y vuelve. Ya viene. Listo. La chica, con ropa de estar en la calle, está en la vereda de la Necochea de nuevo y mira para adentro de la Media Naranja, en la vereda del frente. Está claramente cerrado, pero hay una luz cenital azul sobre la cabeza de una nena sola en una mesa que toma Sprite con limón y los pies no le llegan al piso por eso los balancea así mientras toma del vaso largo utilizando el sorbete y hace un poco de ruido. Primero ponés el jugo de limón en el vaso y encima le ponés el Sprite. Entonces se hacen unas burbujas como hexagonales o con varios lados que quedan ahí flotando. Cuanto más limón tiene el vaso, más burbujas hexagonales hay. La chica vuelve a la peatonal. Nota totalmente que la gente es re feliz. El chico de las películas está pegando una tela blanca grande con cinta adhesiva sobre la vidriera de Castillo. Su hermano le trajo un proyector y ahora está repartiendo pochoclos en bolsitas de papel a la gente que está en la peatonal. De pronto están pasando “Juno” en la pantalla gigante y la gente está contenta. La gente está contenta

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y un grupo de señores barre esa parte de la peatonal y hay muchos que se sientan en la calle a ver la película.

La chica en cuclillas sacudiendo un poquito del hombro al señor. El señor no se despertaba ni ahí.

Aparecieron mantas y almohadones súper cómodos donde la gente se sienta. No importa de quién es la manta ni los almohadones. La gente se sienta y se conoce entre sí.

La chica se tira un poco para atrás y suspira en señal de bueno, me rindo, no se va a despertar. Se sienta al lado del señor. Estira las piernas. Le saca un CJ del bolsillo, lo prende con un fósforo que estaba ahí.

-A mí me parece que “Juno” es una película muy linda.

¿Los señores lustrabotas fuman?, piensa la chica. ¿Los señores lustrabotas fuman y prenden el cigarrillo con fósforos que estaban ahí?

-A mí también. La gente mantiene conversaciones increíblemente invadidas de frescura. -Señor… Señor, ¡despiertesé! El señor lustrabotas está verdaderamente quieto y petrificado. 112

Era como que la chica pensaba que no podía entrar en esa realidad sin modificarla. O sea, había que pactar sí o sí con lo que estaba pasando. No se podía poner a preguntar: ¿qué pasa?, ¿por qué están acá?, ¿por qué todos se quieren entre ustedes? Porque era como muy tonto sacar de onda a la gente así. Pero también eso la ponía a la chica ansiosa. Entonces quería quedarse a ver “Juno” con la gente pero tampoco se podía quedar así de lo más tranquila, por eso agarró por la Lavalle y llegó hasta la terminal. La gente estaba como por todos lados paseando y sacándose fotos con otra gente que recién acababa de conocer o que simplemente iba pasando por el puente todo iluminado y el único quieto era el señor lustrabotas en la terminal. Todos era como que estaban en otro mundo o en otra dimensión, menos el señor lustrabotas. -Señor, disculpe.

-¿Quiere un pasaje? -le pregunta una señora regordeta y simpática que saca medio cuerpo por la ventanilla de la boletería supuestamente cerrada de la empresa de transportes Futuro. Tiene un gorro blanco de maquinista a rayas rojas-. Ahora tenemos servicio de tren. -¿Servicio de tren? ¿Y cuánto sale? -Sale 10 australes. Tarifa reducida de las 4 de la mañana. Ya deberían ser más de las 4, piensa la chica. Por lo menos deberían ser las 5. Todo esto es muy raro. Es muuuuy raro, como mínimo. -Bueno. -Son 10 australes. -Tengo 5 pesos. -Bueno, le doy el vuelto en bonos contribución que después se los reintegran en el lugar de destino. Tiene que acudir a la boletería de Tacita de Plata que le quede más cercana. ¿Por qué me los reintegran si yo tengo que pagar, digamos? (piensa). ¿Y por qué bonos contribución? ¿Para qué sirve esto? -¿Y a dónde va el tren?


Secretos -A cualquier parte. A donde usted quiera.

por Christian Giménez

-¿Pero y los demás? -Los demás también. ¿Los demás también qué? ¿Los demás también van conmigo a cualquier parte, a donde yo quiera?, piensa la chica. ¿O los demás también van a cualquier parte, a donde cada uno quiera ir? Se escucha el pitido del tren. -Usted piensa demasiado. Tómese ese tren y déjeme dormir en paz –dice el señor malhumorado lustrabotas que entreabre los ojos de pronto y los vuelve a cerrar. La chica ve cómo todos suben al tren Futuro, que está ahí y no hace nada (la chica, digamos). Se queda con el boleto en la mano. Como que no entiende. Y es una fila impresionante de gente la que va subiendo. Cada uno va a donde quiere ir y el que no quiere ir a ningún lado puede quedarse ahí y no bajarse nunca. Es como que toda la gente de la ciudad subió en el tren y nadie se quedó sin asiento. Y del tren sale una música lindísima. El tren se va y la chica y el señor lustrabotas lo miran alejarse. -Bueno, pero ahora vuelve, ¿no? –le pregunta la chica al señor lustrabotas que ahora sí se despertó mucho más. Y traga saliva. Y se miran fijo.

U

na canilla gotea

lágrimas escondidas. Éstas bajan

por la cañería estomacal herrumbrada, se pierden en la alcantarilla del olvido y terminan alimentando desperdigadas semillas de la casualidad. 113


Dilemas de solvencia por Facundo Lerga

A Jorge

E

l señor López se muere y como es de esperarse va al cielo. Sin embargo, no es el lugar que hubiera pensado, pues luego del túnel de luz y las puertas doradas y algunas trompetas, llega a una oficina pequeña y luminosa en donde hay un tipo gordo de traje en un escritorio con un cartel que avisa que es ésa la “Agencia Recaudadora de Impuestos – Seccional 2”. -Disculpe, busco el cielo. 114

-Tome asiento –le dice imperativo el hombre sin quitar los ojos del monitor de la computadora. -La verdad me esperaba otro recibimiento. -Siempre dicen eso. Nombre completo. – sigue el hombre gordo sin mirar al recién llegado. -Fernando Gustavo López. El secretario tipea en el computador que empieza hacer ruidos y a buscar datos. -Mmm, don López, parece que tenemos un problema. -¿Qué problema? No me diga que muchos pecados. -¡Qué pegados ni pecados! ¡Acá se cobran las deudas al fisco! – grita el gordo quien mira por primera vez a López y parece no estar de buen ánimo. - Pero señor, yo estoy muerto, cómo voy a andar debiendo algo!

-Ah, claro, el señorito se muere y piensa que se ya se libró de todas las obligaciones impositivas y que va a estar piola arriba de una nube rascándose el higo y tocando el arpa. No se haga el boludo, López: cuatro empleados en negro, ventas sin recibo, ocho años sin pagar el seguro… si quiere puedo seguir con la lista toda la eternidad. -Bueno, bueno y cuánto se debe – apura López como si no le importara. -86.785 c/30 dólares. -¡Dólares! -Acá el peso no corre. -Pero escúcheme amigo, no tengo ni una moneda, a lo sumo esta túnica blanca que me dieron a la entrada. ¿Cómo se puede arreglar? -¡No trate de coimearme! – vocifera el secretario levantando un dedo. -¡No quiero decir eso, por Dios! – replica López mientras se agarra la cabeza. ¿Quiere un pagaré? No sé. Ud. diga. -Servicio comunitario. -¿Cómo servicio comunitario? -Hay que alimentar los hornos del infierno, afilar los clavos, girar la cabeza del condenado. ¡Cosas don López, que no se hacen solas! En ese instante aparecen dos diablos bailando, toman por los brazos a López quien no sale del estupor y se lo llevan por una puertita lateral. De pronto se levanta el hombre gordo grita: -¡Che, vuelvan! ¡La túnica blanca se queda!


Apocalipsis Vintage por Carlos RamĂ­rez

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No necesito silencio, yo no tengo en qué pensar...

¿Q

por Federico Giriboni

ué lugar ocupa la música en nuestra sociedad? ¿Qué valor le damos individualmente?

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Aparentemente la música, en su sentido más amplio, dejó de ser una expresión artística, una manifestación cultural; muy lejos quedó lo del arte de las musas y su intima relación con lo espiritual. Son diversas las causas que provocan esta situación: la vulgarización del arte producto de la cada vez más estrecha relación entre este y la economía y el adoctrinamiento ideológico, el deterioro cultural general producto de malas políticas educativas y hasta los avances tecnológicos producidos en las últimas décadas. A la música se le ha puesto envase, y envasada, la hicieron entrar en la misma bolsa de mediocridad y vaciamiento cultural junto a la televisión, parte de la Internet, la radio, mucho del cine y hasta de la literatura, pero sin dudas, la música, por sus características, es la que sale peor parada. En términos generales, para la mayoría de los consumidores, la música pura no existe más. Por música pura me refiero a la música sola, sin influencia de la literatura y en menor medida de la danza. Prácticamente nadie escucha música sin canto, nadie escucha una no-canción. Cuando una persona se refiere a una pieza sin letra, suele decir “canción”, desconociendo en absoluto el sentido de la palabra que proviene del vocablo “canto”. Esto ocurre, no solo por ignorancia, sino justamente porque no se concibe otra forma de expresión musical. Una razón (no muy fuerte) para entender este fenómeno sería que tenemos preferencia por los discursos con significado frente a los abstractos, pero este motivo se cae ante la evidente prueba de que muchísima música con letra proviene

de países que no son hispanoparlantes y para nada el oyente está en condiciones de comprender el inglés el portugués o cualquier otro idioma. Además de ser mas fácil captar la atención con una canción mediocre que con una música puramente instrumental buena, ocurre que la canción educa y conduce opinión, a veces de forma frontal y otras de manera casi subliminar, pero sobre todo deseduca. No es casualidad que en épocas tan convulsionadas social y políticamente aparecieran cantantes como los Palitos o los Ortegas y todos sus clubes y clanes para hacer “cultura” con temas banales y cursis, tan alejados del pensamiento, la justicia, la protesta y hasta del sexo. Otro caso es el de la música entrelazada al baile. Mucha gente, por citar un ejemplo cotidiano, asegura gustarle el tango, incluso se jactan de ir todos los miércoles a la milonga. En realidad, en el mejor de los casos, les interesa el baile y con él todo el entorno que el ambiente tanguero significa, no soportarían escuchar dos CDs de tango si no están bailando o presenciando la danza.

La música pública Un factor determinante que conspira en forma contundente contra lo que debería ser la esencia de la música es la invasión constante de esta. Sí, no hay casi espacios sin música. Así como somos conscientes de la contaminación sonora o visual, no lo somos de la contaminación musical, pero existe. No podemos ir a comer a un lugar público sin música, lo mismo ocurre en automóviles, gimnasios, ferias, comercios, supermercados, salas de espera, aeropuertos, etc. Muchas cosas resaltan su existencia gracias a su opuesto, frio y calor, explotados y explotadores, hasta


Superman y Lex Luthor. El opuesto de la música sería su ausencia o el silencio, instancia necesaria para poder desearla. Si la música está siempre y en todos lados termina por no estar. ¿Cómo podemos pensar o reflexionar en un fragmento musical si estamos escuchando siempre otro y al terminar el día, al momento de acostarnos y estar tranquilos en nuestras casas nos dormimos escuchando a Tinelli? Cuando nos sentamos en un restorán a comer siempre está la música. Sin importar su calidad, suele generar un “ruido” de fondo que obliga a los comensales a levantar la voz para poder escucharse entre si, esto genera que el volumen musical sea elevado para que las voces no tapen la música y así llegar a hablar casi a los gritos, cuando lo que se buscaba originalmente era ir a comer tranquilamente con los amigos que no hablábamos hacía tanto tiempo. “Están afeando al mundo. El único lugar donde se puede conseguir belleza es en aquel del que aun no se han percatado sus perseguidores”, dice Sabina, interpretada por Lena Olin, en La insoportable levedad del ser, en un restorán de lujo en Ginebra, quejándose del ruido al que llaman música y comparándola con unas flores de plástico, a las cuales le ponen agua, utilizadas como centro de mesa. Vamos a comer a la casa de un amigo y también nos pone música, eso no está mal, pero ¿Por qué no nos sienta frente al cuadro que le gusta? ¿Por qué no nos hace ver su película favorita mientras cenamos? Parece que el discurso musical exige menos atención que otras formas discursivas. Uno paga grandes cantidades de dinero para viajar en ómnibus, por ejemplo de Jujuy a Buenos Aires y ocurre que si no se proyecta una película horrible se está pasando música. La persona que no quiere escucharla abre su libro y allí se genera la lucha descarnada entre la búsqueda de la concentración necesaria para la lectura y un concierto de Marco

Antonio Solís que invade absolutamente todo. Así transcurre la mitad del viaje de más de veinte horas ¿En qué piensan los secretarios de transporte? Señor Randazzo: ¡Haga algo! Las características intrínsecas de la música la han convertido en un elemento de relleno, ornamental, relegándola a un mero elemento decorativo, un simple Theodor adorno mas, muchas veces casi relacionada a la arquitectura. Cuando vamos al consultorio del Doctor Quiroga, en su sala de espera encontramos una moquete color crema, una secretaria operada, las clásicas cortinas rosadas, el pantalla plana con TN y una música de mierda en el que un saxo alto, estilo Kenny G, serpentea suavemente una melodía sobre una base armónica. Todo hace juego. Por suerte existe nuestro hogar para resguardarnos de estas invasiones. Sin embargo, se dice que la música no tiene fronteras y es cierto, pero no reconoce fronteras de ningún tipo, no se queda en una habitación ni en un departamento, no conoce de medianeras ni de ventanas; tampoco estamos a salvo en nuestra casa a no ser que vivamos en el medio del campo, tiene que ser realmente en el medio, en los bordes del campo tampoco sirve. Un vecino adicto a la música (en este caso la calidad sumada a la intensidad es determinante) puede generar violencia y como última instancia, la mudanza del damnificado. Cabe mencionar que no es de buena persona denunciarlo a la policía por música fuerte en la casa de al lado. Unos días tranquilos en Potrerillos, pueblito vecino a Tafi del Valle, es el comienzo de una tarde hermosa, temperatura ideal, apenas una brisa y el sol, todavía tibio, de septiembre. Uno se sienta cómodamente en la reposera a observar los cerros, al rato llega el vecino en su auto, abre la puerta y lo primero que sale es música excedida en frecuencias graves e intensidad. Detrás de ella una persona que dice a los gritos “¿Quién

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Foto: Federico Giriboni

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pone música en el equipo?”. Lo que sigue es un fin de semana largo realmente de terror con Atahualpa revolcándose en su tumba viendo, o escuchando, lo que pasa en las sendas del Tafi. Uno no tiene derecho a pedirle al vecino que quite la música pero el vecino tampoco lo tiene a obligarnos a escucharla. Otro ejemplo de invasión musical es el que ocurre en cualquier calle de nuestras ciudades. Los automóviles pueden tener equipos de audio tan caros como sus motores. Uno pasea por el parque San Martín un viernes a la noche y desde el Grido de la Avenida España hasta la punta del parque se puede escuchar perfectamente la música de un solo auto. Multipliquemos esto por diez vehículos estacionados de cada mano. Las críticas por el aislamiento social que genera el desplazarse por la vida conectados a dos auriculares no me parecen acertadas. El uso de auriculares no es adecuado en una mesa familiar, en una clase o en una

charla con amigos, pero en un colectivo o caminado por la vereda del sol si lo es. Es casi la única opción de escuchar realmente música con la concentración que esta merece sin molestar al prójimo. Los pasajeros no se van a poner a dialogar amablemente en un ómnibus por no tener auriculares puestos. Cuando vemos una persona que en lugar de mirar por la ventanilla va leyendo en su asiento no pensamos que es un inadaptado social individualista sino una persona culta que le gusta instruirse. ¿Por qué los fabricantes de teléfonos y aparatos similares ahora los hacen con parlantes? A un mundo que tiende a la superpoblación, y por ende a todo tipo de contaminación, le agregamos más confusión sin ninguna necesidad; puede ser comprensible la quema de hidrocarburos pero extender los egos personales a varios metros a la redonda no es recomendable para nada. Uno sube al colectivo a las siete y media de la mañana para ir al trabajo y escucha un contrapunto entre Karina y Damas Gratis realmente difícil de soportar. Todos tenemos los mismos derechos, entonces podríamos estar en el transporte público con cuarenta músicas diferentes, incluida la nuestra. Si tuviéramos la posibilidad de ir al trabajo en taxi podríamos disfrutar del nuevo pornofolklore o, si fuera posible, de algo peor. Florencio, por favor… El comportamiento frente a la música durante nuestra cotidianidad es distinto al que adoptamos frente a otras expresiones artísticas. Si vamos a un museo o vemos una fotografía buscamos varios puntos de vista, nos detenemos a una distancia que abarque todo el objeto y luego nos acercamos para apreciar algunos detalles que nos interesan; evitamos otras personas u objetos que estén entre la pintura y nosotros. Cuando vemos una película, aunque no sea en el cine, solemos bajar la luz, sentarnos cómodamente, si tenemos que interrumpirla porque suena el teléfono o vamos al baño normalmente


ponemos pausa en el reproductor. Si nos dedicamos a la lectura no lo hacemos a media luz o sin anteojos en caso de necesitarlos. Extrañamente cuando escuchamos música hacemos totalmente lo contrario, no solo no la escuchamos en las mejores condiciones sino que además, probablemente, hagamos otras cosas al mismo tiempo. Parecería que solamente necesitamos que ocupe un lugar en el espacio, que rellene algo que, obviamente, está vacío. No es admisible perder tiempo escuchando música, sentarse cómodamente frente al equipo musical con una bebida y escuchar uno o dos discos enteros.

La música en vivo Observemos qué ocurre esas pocas veces que decidimos ir a un teatro a escuchar música ya que somos gente culta. Este importante hecho, histórico para muchas personas, provoca el milagro de que casi nueve de cada diez personas apaguen su celular. Si vamos a ver un músico “popular”, en los pequeños intervalos entre aplausos y toses, le pedimos “temas” sin ningún tipo de tapujos desde el confortable

anonimato de la platea. ¿Con qué derecho le pedimos a Serrat que haga “Mediterráneo” o a Rodríguez que cante “Mi unicornio azul”? El tipo vino a otra cosa, a presentar su nuevo disco. ¡Eso pasó hace cuarenta años! Es increíble cuando a un grupo musical, por ejemplo una orquesta de tango, le piden Naranjo en Flor (tango canción, siempre canción), este pedido demuestra un total desconocimiento, no solo de los procesos de elaboración de una pieza musical, sino de toda noción lógica sobre cualquier empresa en la vida. Imaginemos la exposición de Warhol en los años ochenta presentando sus famosos retratos de celebridades. Un grupito desde un rincón del salón, con copas de champan y canapés en sus manos le pide cantando al unísono, “Andy: reexponete las sopas Campbell”, cuadros pintados en la década del sesenta. Sería algo inadmisible. Es normal que estemos viendo un músico humahuaqueño, por ejemplo, y un espectador le pida que toque un huayno o un carnavalito ¿Por qué? A los músicos porteños habría que pedirles tango, a los cariocas sambas y a los bohemios polcas. Esto ocurre por otro fenómeno más de esta desnaturalización del arte musical que es el de la música cosificada, la música como suvenir. Cuando una persona paga una entrada se siente con derecho a realizar otras actividades que exceden la contemplación del espectáculo. El público de fútbol puede insultar al árbitro, a sus jugadores o rivales y a cualquier persona que le plazca, puede tirar objetos al campo de juego o escupir a Riquelme valientemente desde atrás de un alambrado. Estas cosas que hacen al folklore del futbol, como si la mala educación fuera folklórica, pueden ocurrir, con un poco menos de violencia, en un escenario musical. Es sabido que en el estreno de la Consagración de la Primavera volaron sillas y golpes en el Théâtre des Champs-Élysées. Para acercarnos a un ejemplo más actual, popular y nuestro se puede citar varios conciertos de Astor Piazzolla que terminaron

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de manera similar. El escenario de “Cemento”, como muchos otros escenarios porteños, estaba separado del público por rejas. Eso si, de las escupidas, como Juan Román, no se salva nadie. El pagar la entrada no nos garantiza en absoluto que el espectáculo nos va a ser satisfactorio. Esto, a veces, lo admite el aficionado a los deportes y también debería hacerlo el melómano que asiste a un evento.

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Más curioso aun es el caso de los conciertos de rock, no en todos, por supuesto. Gran parte del público, sobre todo el adolescente que suele ser la mayoría, asiste a una fiesta, a un evento social que lo identifica y encuadra socialmente como un fragmento casi sectario que lo relaciona íntimamente con el artista, aunque esté jamás haya propuesto esto o algo similar. El grupo mas importante e influyente de la historia debido a la conducta de sus fans, suspendió en la mitad de su carrera los conciertos relegando su actividad a la tranquilidad de los estudios. Cualquier grabación de la época registra un griterío infernal por encima de los instrumentos y las voces, a tal punto es así, que muchas veces McCartney debía girar y mostrarle a Ringo que es lo que sus dedos estaban tocando para que este pudiera ajustar la batería al bajo. Pongo por ejemplo el show del Indio Solari en el Estadio Martearena. Si alguien tuvo la remota idea de ir a escuchar la música propuesta por el exricota, se equivocó. Desde los minutos previos se preveía que poco iba a importar lo que se produjera encima del escenario. Se escuchaban distintos tipos de cánticos arengando al músico e incluso a Los Redondos, banda disuelta ya hace mas de diez años. Se le pedía al Indio que ponga huevo, como si se tratara del San Lorenzo de Caruso arañando el fondo de la tabla para no caer al Nacional B. La gente que no hablaba y gritaba durante las canciones, cantaba. Esto no está mal del todo, la música es una expresión que puede ser participativa,

pero ocurre que ahora se canta todo, lo que tiene letra y lo que no tiene también, se cantan las introducciones, los solos de guitarra, de saxo, etc. Como dice mi amigo Maxi, pagó una entrada carísima para escuchar a quinientas minas cantar. Los músicos que han estudiado, ensayado, comprado instrumento y equipos caros para una mejor calidad sonora, contratado a un sonidista, etc, han hecho un esfuerzo en vano porque a nadie del público le importa. Tendría mas sentido alentar al compositor durante sus horas de creación. Un grupo de personas viendo como Solari compone su obra. Entonces, ante “el lujo es vulgaridad, dijo y me conquistó” florecen los aplausos y los gritos de aprobación; ¡Bien puesto ese La menor ahí! grita un fanático revoleando una remara de octubre; “Susanita tan bonita” medio flojo, la pequeña hinchada se queda en silencio, expectante ante la sorpresa de la rima fácil. Otro caso clásico son los cánticos diciendo, por ejemplo, que Luca no se murió y pidiendo que se muera otro músico ¿Qué tiene que ver eso con la contemplación de lo que los artistas quieren comunicarnos? He escuchado en el Estadio Obras decir a los intérpretes, interrumpiendo el concierto, que a ellos les gustaba el músico por el que el público pedía su deceso. El Chango Spasiuk dijo durante su última presentación en la ciudad de San Miguel de Tucumán: la música no es futbol. Él lo sabe muy bien, basta escuchar su obra. Muchas reacciones del público, son, sin embargo, futboleras. Está bien alentar a los atletas que están compitiendo en tiempo real contra un rival, el reloj o contra si mismos, además de un deporte es un juego. Los músicos necesitan por sobre todas las cosas la atención del público y después la aprobación como recompensa, con eso es suficiente


La música como hecho recreativo Estamos de acuerdo en que lo que escuchamos debe divertirnos, obviamente, no puede ser de otra manera. Nadie lee un libro aburrido o mira un film que no lo divierte. Pero la mera diversión no debería ser el único propósito de la música. Dice Luca Belcastro, músico italiano: “La música, además de ser una expresión individual, es un acto comunicativo, de interrelación con los otros, con quien tenga posibilidad de acercarse a ella, comprenderla y compartirla”. En reuniones con amigos, fiestas, cumpleaños, la música juega un papel protagónico indiscutible pero también es probable que cuanto más pretensiones compositivas tenga provoque rechazos. La música para eventos masivos no puede dejar de tener elementos estereotipados de lo que se escucha en los boliches, sino la reunión es “aburrida” y la fiesta es un “bajón”. Tampoco se trata de que haya que animar un cumpleaños con Erik Satie pero sin dudas hay mucha música más que buena que es fácilmente bailable. Es evidente que cuanto más componentes rítmicos posea es más fácil de seguir corporalmente para los aficionados a la danza pero no está claro por qué no se utiliza música con mayor vuelo estético. Si bien toda apreciación sobre lo que es o no

es estético está teñida de subjetividades lo cierto es que difícilmente optemos por escuchar está música fuera de la pista de baile con sus argumentos repetitivos y carentes de la mas mínima pretensión y que son la base para una literatura que no aspira a decir mucho más que a Laura se le ve la tanga o cosas similares. Parecería que la música puesta al servicio de la danza pierde toda importancia y protagonismo que no sea el de hacernos sentir los graves en el pecho y sus letras con un claro sentido sexista. Lo rápido es más divertido que lo lento, lo fuerte que lo suave y lo percutivo que lo melódico. El por qué de estas preferencias estéticas asociadas a la “joda” no tienen demasiados argumentos, o más bien ninguno, fuera de las razones que estoy enunciando. No debería haber ningún motivo para que la inmensa mayoría de la música que se pasa en una fiesta sea mala, mala siendo benévolos. Cuando se acaba la euforia de las primeras horas de fiesta, después del baile, aparecen la guitarra y el bombo, sana costumbre del norte de nuestro país. Surgen entonces temas “folklóricos” y siempre rondamos las mismas canciones que la propaganda nos impone sin mediar jamás la más mínima reflexión sobre nuestra música popular y sus enormes valores. Así los Nocheros o los Tekis siempre son preferidos a los Leguizamón o a los Falu, verdaderos músicos creadores de las mejores composiciones e impulsores de nuestra cultura con un trabajo musical y poético hecho a conciencia, evitando vulgaridades en las que se suele caer en tan difícil tarea. Si se llegara a ejecutar una zamba como Alfonsina y el mar mucha gente se iría de la ronda indignada y ofendida esperando escuchar cosas como quiero morfarte el corazón a besos. También es común escuchar a manera de queja: “ese tema es viejo”, como si el arte tuviera fecha de vencimiento; la persona que afirma esto quizás llegue a su casa y se ponga a leer a Dostoyevski, escritor ruso del siglo XIX.

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La música y los medios

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No siempre existió la contaminación musical, como tampoco las demás contaminaciones, no nos acostumbremos a pensar que el mundo siempre fue como lo conocemos actualmente, pero sí debe haber habido música de pobre vuelo artístico y estético. Todos estos factores mencionados, surgidos básicamente en la segunda mitad del siglo XX, son conocidos o, siendo ingenuos, son intuidos por la industria musical y hasta por los mismos músicos. La “industria cultural”, como lo definen los filósofos de la escuela de Frankfurt, tiene todas las herramientas para manejar las vanguardias culturales a su antojo y disfrazarlas como si se trataran de sucesos naturales. Esto no hace más que generar productos que tienden a la homogeneidad, a la perdida de la identidad cultural y a la mediocridad: “La participación en tal industria de millones de personas impondría métodos de reproducción que a su vez conducen inevitablemente a que, en innumerables lugares, necesidades iguales sean satisfechas por productos estándares”*1. Es normal escuchar en la radio anuncios como: “llega a la Argentina la cantante número uno del pop latino” refiriéndose, por ejemplo, a Shakira (podría decir lo mismo de cualquier cantante si la maquinaria lo considerara necesario) ¿Quién lo dice? ¿Bajo qué autoridad ponen esos motes? Es sabido que se puede decir cualquier cosa sin dar argumentaciones. El argumento es lo que ellos mismos provocan con sus afirmaciones, terminan convirtiendo a su gusto y antojo a quien quieran en lo que quieran. Cuanto más avanza la maquinaria que alienta el consumo, como la publicidad, la globalización y el poder de los medios, se evidencian claramente los 1 La industria cultural. Iluminismo como mistificación de masas. Max Horkheimer y Theodor Adorno

deterioros culturales. Estos deterioros son muy claros y no es necesario analizar un gran periodo de tiempo para demostrarlo. Tomemos solamente los últimos diez años: mediante concursos televisivos, para nada interesados en el arte, surgieron grupos populares como Bandana y Mambrú con gran repercusión en el público adolescente y dudosísimo sentido artístico. Hoy su lugar lo ocupan grupos como Wachiturros con el mismo o más éxito pero ya no nos dejan la menor duda sobre el sentido artístico. Solamente en un una década. Un paisaje natural, una persona, una copa de vino, el gol de Chilavert al Mono Burgos o el canto de un pájaro pueden ser cosas hermosas que embellecen al mundo y, está claro, no son arte. Pero eso no nos alcanza, todo el resto que hace nuestras vidas mas soportables está estrechamente relacionado a lo artístico y a la creación. Sin ser alarmista, ya lo fueron Adorno y Horkheimer setenta años atrás, no debemos permitir que la música, como ninguna otra manifestación humana siga cayendo en esté circulo vicioso de degradación. El panorama no es muy alentador dentro de las normas actuales impuestas por el capitalismo pero tenemos que dar batalla, aunque más no sea con focos de resistencia como si se tratara de guerra de guerrillas ya que el fin de la música y del arte sería lo más parecido al fin del mundo.


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Es el Fin del Mundo... Y ME SIENTO BIEN! por Rodrigo Moltoni Desde que tengo uso de razón, el fin del mundo ha estado a la vuelta de la esquina. El Y2K, profecías, más profecías menos. Las mayas, las no tan mayas, las de Nostradamus y de Parravicini, la Biblia y su Apocalipsis, el 11-11-11. ¡¡¡Basta!!! ¡Se viene el fin del mundo y me siento bien! Si todo se termina, ¿de verdad tendremos un final de película? Durante años me he deleitado y aterrorizado escuchando todo tipo de teorías. La Iglesia, el cine, la literatura y la histeria colectiva me rebanaron la cabeza con AHORA SÍ se viene el fin del mundo. Entonces, en vez de torturarlos con todo lo anterior, les propongo una mirada distinta de cómo creo que debería terminar el mundo, ¡y así sentirme BIEN!

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H. P. Lovecraft creó al “Cthulhu”, un dios extraterrestre anterior a la raza humana. A través del “Necronomicom” (“El libro de los muertos”), aparece en el relato “La llamada de Cthulhu” un enorme monstruo comparable a una montaña, con cabeza de pulpo y cuerpo de dragón. Es indestructible. Fue uno de los conquistadores de la Tierra y dominó desde las profundidades del océano. El Cthulhu descansa en una dimensión paralela a la espera de ocultistas y sectarios que lo liberen. Desde el mundo de Lovecraft, ha invadido miles de historias, películas, cómics y videojuegos como uno de los grandes terrores de la humanidad. Y pronto volverá... ¡para destruirnos a todos!

The Triffids Plantitas creadas genéticamente por el hombre para suplir la falta de combustible. Plantas petroleras. Mortales, voraces, carnívoras. Los trífidos nacen de la mente de John Wyndham en 1951, en el libro “The day of the Triffids”. El mundo entero se ve afectado por la caída de un cometa que bloquea al sol y enceguece a todos aquellos que se encontraban a la luz del día, una suerte de “eclipse” solar. Para mal de todos, las plantitas se liberan y hacen de las suyas tomando como ventaja la ceguera de la humanidad. Los trífidos poseen una flor a modo de cabeza con un aguijón en el pistilo y un veneno mortal. Son capaces de moverse gracias a sus raíces. Son las plantas carnívoras por excelencia. Un fin del mundo de la mano de la Madre Naturaleza. Los trífidos fueron adaptados al cine por primera vez en 1963, pero un poco antes en 1952 para la radio. En 2009, para una miniserie. Origen: Gran Bretaña.

Cthulhu

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¿Y si el fin del mundo llegara desde otro planeta? ¿Pequeños hombrecitos verdes? H. G. Wells nos plantea un fin del mundo aterrador y sumiso. Con muchos platillos voladores que, a fin de cuentas, terminan muriendo por la cantidad de virus humanos en el aire. El 30 de octubre de 1938, se emitió la dramatización radial de la mano de Orson Welles. Fue un momento histórico donde parte de la humanidad demostró que la histeria colectiva es lo que cuenta. Muchos radioescuchas creyeron que el programa era real. Hubo un par de adaptaciones más que terminaron en tragedias. Eso, amigos, se lo dejo a su disposición para que investiguen. Pero, ¿y si el octavo pasajero llegara para quedarse? Rápidamente se reproduciría y tendríamos esa invención del artista plástico Giger dando vueltas como perritos por la calle y quizás con suerte comiéndose a la vecina. En la película “Virus”, los aliens se fusionan entre la carne humana y partes cibernéticas. “The Thing” (“El enigma de otro mundo”), de Carpenter, nos muestra un alien muy hostil que competía en ese momento con el saludable y pegadizo ET. ¿Seremos dominados por una raza superior? ¿de apetito insaciable? ¿Hombrecitos verdes sodomizándonos? ¿O lagartos medio hot onda Invasión V? A estas alturas no lo sé y no me interesa. Tomaré el bando que más me convenga.

Strigoi

Alien Estamos siendo testigos de una era donde todo tiene dientes puntiagudos. Se le ha perdido el respeto a Anne Rice con su “Entrevista con el vampiro” para volver fanáticos a hordas de adolescentes por una versión light y mormónica de chupasangres carilindos amigos de hombrecitos lobos. ¡Por supuesto que también podría ser una versión del fin del mundo donde el ser humano se suicida por tal sacrilegio! “En la mitología rumana, el strigoi son las almas de los muertos que salen de sus tumbas durante la noche para aterrorizar al vecindario. Una Strigoi viu es una bruja vampira. Un Strigoi mort es un muerto vampiro” (de la Wiki). ¿Les quedó en claro? El fantástico Guillermo del Toro junto a Chuck Hogan, escribieron una Trilogía Oscura sobre un fin del mundo de la mano vampírica Strigoi. Son vampiros más terrenales que se reproducen como si de una enfermedad se tratara. Una suerte de zombies vampiros con aguijones que saltan desde sus bocas. Todos responden a un Señor de la Tinieblas al mejor estilo Nosferatu. Responden a la gula motivada por los lazos emocionales. Convierten a tu hermana, y ella te convierte a vos, y vos la buscás a tu vieja, y tu vieja a sus amantes y así sucesivamente. El mundo se vuelve oscuro, los traficantes de drogas dominan las calles y “la plata” se convierte en la moneda común para comprar alimentos. En toda historia hay un grupito rebelde y eso nos lleva directamente a un final feliz... ¿Y si no lo fuera? ¡¡¡Desconfíen de todos!!!

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Epílogo por Luis Carlos Sanabria

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os domingos son días deprimentes en sí mismos, sobre todo desde las seis de la tarde hasta las diez de la noche. La mayoría de los suicidios deben ocurrir en esas pesadas, largas y silenciosas horas. El tiempo que falta en toda la semana parece condensarse en ese lapso, y destilar cada minuto con el mayor letargo posible; la soledad se vuelve intolerable, y toda la gente se refugia encerrada en sus hogares, desesperados por el lento andar de la hora, esperando la bendición del sueño para huir de esa quietud exasperante. Y, sin embargo, en uno de esos hogares, perdido entre miles de la ciudad, don Ángel Ledezma ha encontrado una solución desde hace algunos meses atrás. Todos los domingos, cuando la tarde empieza a declinar y la ciudad a oscurecer, Don Ángel se dirige a la segunda planta de la casa y se acomoda en una larga banca de madera, ubicada al lado del teléfono, donde ya le espera en silencio con la mirada perdida en las gradas, que suben del primer piso, doña Blanca Rodríguez, su esposa. Llevan aproximadamente sesenta años de vida conyugal y recién desde hace algunos domingos atrás, y sólo los domingos de seis a diez, su matrimonio parece funcionar. Se sientan lado a lado y empiezan a hablarse a gritos, con palabras secas nada afectuosas. Empero, el primer detalle del amor camuflado en sus diálogos es el hecho de que durante el tiempo que duran las charlas, se hablan de tú a tú. Esto es en verdad importante, porque durante el resto de la semana, y desde hace aproximadamente treinta años atrás, la forma de trato del uno al otro es en segunda persona plural: puede no haber nadie en la casa, y aún

así dirán vengan, en lugar de ven. No importan los gritos, ni los carajeos seniles, porque el domingo se hablan con todo el amor que puede existir entre estas expresiones. Cuando jóvenes se casaron como cumplimiento de un rigor social, y con otros motivos diferentes al amor. Don Ángel vio en ella una guapa muchacha de buena familia y se sintió terriblemente atraído por su belleza y categoría social. Doña Blanca en cambio vio en él la oportunidad de vengarse de la rigidez de su padre: casarse con un lari –como ella llamaba a don Ángel– para darle una rabieta en gran gesto de rebeldía. No lo logró. Ángel Ledezma era un joven que dejó el campo al aprender a manejar, y meterse de ayudante de chofer en un camión. Así comenzó el viaje de su vida, dejando aquel pueblo valluno de su infancia con recuerdos fantásticos pero auténticos, como el del anciano ciego que se balanceaba en las copas de los eucaliptos, deshojándolos por unas monedas y algo de comida. Luego, antes de casarse se metió a experimentaciones mecánicas con su compadre Astulias, un borracho e ingenioso mecánico con quien creó el Marimacho, una fusión de colectivo con camión, que hacía servicio de transporte interprovincial, y en el que los pasajeros pagaban tarifas de acuerdo al lugar que ocupaban: la cabina con asientos era la de precio más elevado, le seguía la carrocería con asientos, que era la de precio medio, y la más económica era la carrocería sin nada. Sin embargo aquella ingeniosa invención se estancó cruzando un río, en cierta ocasión en que Astulias y Ángel se dirigían a la fiesta de un pueblo cargados de botellas de cerveza, bidones de chicha, y de paisanos


ebrios. No pudieron separarlo de la arena en la que se había enfangado, y dejaron al Marimacho en medio del río prometiendo volver a rescatarlo. Nunca lo pudieron sacar, y con el pasar de los años fue enterrándose poco a poco, hasta llegar a estar completamente cubierto de arena y piedras bajo el suave cauce del río. Blanca Rodríguez en cambio era la hija mayor de un contador descendiente de gamonales bien acomodados, y a pesar de no tener grandes preocupaciones económicas, era exageradamente tacaño. Tan tacaño que eso mismo fue el motivo de que el patrimonio familiar de herencia haya sido algo increíblemente insignificante. Al morir encontraron escondidos baúles llenos de dinero antiguo, que nunca se hizo cambiar por la nueva moneda nacional. Blanca soñaba con ser maestra, pero su padre nunca le permitió ausentarse unos años para ir a estudiar a la Normal en la capital. En lugar de eso le compró una máquina de coser y le hizo estudiar para confeccionar ropas. Al conocer a Ángel vio en él la oportunidad de herir el orgullo de su padre, sin sospechar siquiera que sería bien recibido por este, y que le entregaría la potestad sobre la vida de ella como se entrega un animal a un cuidador. Los primeros años fueron difíciles. Él aprendiendo a vivir con una mujer dominante y de carácter fuerte, de mucha pretensión social cuando su patrimonio familiar ya no daba para eso; y ella tuvo que aprender a vivir con el olor de un hombre de faena, con los escasos modales de un hombre de campo, con la tosquedad de un hombre de viaje. Después de que la costumbre adormeció a la infelicidad comenzaron los mejores años: el nacimiento y crecimiento de los hijos, y la lucha por darles un hogar tranquilo y con sustento. Empero, al parecer la infelicidad también es algo genético, pero esas son cuatro historias diferentes a ésta.

Tal vez los mejores años de su matrimonio fueron los de la hiperinflación, por la época de la U.D.P. Aquellos sin duda fueron tiempos sacrificados y sin embargo los mejores para la familia. Las largas filas de madrugada para comprar alimentos, la inutilidad del dinero, las labores que debían improvisarse para no desesperar: la crisis obligaba a estar unidos y a simular algo parecido al amor entre los conyugues, para infundir algo de fe y paciencia en los hijos. Así con buena cara pasaron desapercibidos los mejores años de la peor inflación. Fue también por esas épocas en las que don Ángel dejó de trabajar como chofer en compañías constructoras trasnacionales, para trabajar con el camión que había comprado con sus ahorros. En uno de los viajes ocurrió aquel accidente por el cual doña Blanca se quitaría para siempre el anillo de matrimonio. En otras palabras, si doña Blanca no exhibe ningún anillo en el dedo anular, es porque la mano derecha de don Ángel no exhibe ningún dedo anular. En un viaje al trópico, mientras quitaba la lona protectora a la carrocería del camión, el anillo se le quedó enganchado en un fierro, y en el forcejeo torpe por librase perdió el equilibrio y cayó, quedando suspendido únicamente por el anillo enganchado. Esto le arrancó el dedo. El matrimonio lo mutiló. Después de que se recuperó, doña Blanca archivó su anillo al ver que su marido ya no usaría el suyo. Lo hizo con rabia pues le vino la irracional idea de que lo del dedo no era fruto de ningún accidente, sino algo planeado por él para no tener que usar el símbolo que los unía, y así lo pensó sin decirlo por varios años, hasta que el olvido senil se fue apoderando de su mente. Cuando los cuatro hijos tuvieron que crear sus propias familias la cosa se hizo más insoportable entre don Ángel y doña Blanca: ya no había por quién esforzase en mantener un hogar equilibrado,

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y la acumulación de años de callar las cosas que todo el mundo sabía había explotado. Todo demasiado tarde, ya no había que hacer, y los años de violencia silenciosa trajeron consigo sus consecuencias. Ante esto sólo quedó tener paciencia y esperar que alguno de ellos muriera. Nunca se supo si por costumbre, o simplemente por mantener las estructuras sociales –ni ellos mismos lo sabían–, no optaron por el divorcio, sino más bien por llevar una vida de perro y gato. No volvieron a compartir el mismo lecho, ni siquiera la misma habitación, y hasta lo más mínimo era motivo de las más ridículas peleas: que no se han bañado, que huelen mal, que la carne está dura, que no se han lavado las manos, que están desperdiciando el agua.

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Esta fue la rutina de más de veinte años. Pero hacia el final la soledad y la vejez fueron uniendo sus vidas con vínculos que no habían existido en todos los años de martirio matrimonial. De pronto ya no importaba hablar a gritos mientras se pudiera hablar con alguien que entienda tus problemas de viejo porque también los tiene. Los hijos no son los más apropiados para esa labor, pues en el punto máximo de sus vidas gobiernan sobre la vida de sus padres, y luego serán gobernados por sus hijos; es el ciclo del tiempo. Don Ángel y Doña Blanca lo sabían muy bien, cada uno por su cuenta, y por eso, apiadados el uno del otro, y apiadados de sí mismos volvieron a buscarse olvidando toda una vida de desastre matrimonial. Los domingos en la tarde, en el espacio creado para no estar solos en una casa que moría y se vaciaba a esa hora, sentados en esa banca de madera, al lado del teléfono en la segunda planta de la casa, rodeados de la oscuridad que crecía gradualmente, en sus palabras y sus tosquedades aprendían a conocerse de verdad, no como conocer a alguien por ciertos hábitos que la rutina del tiempo devela, sino conocer realmente el mundo que subyace entre cada palabra que dice el

otro; exhibiéndose debilidades escondidas durante tantos años, y que se revelaban porque ya no había fuerzas para esconderlas más. Las charlas empezaban con cualquier pretexto, como la última travesura de la bisnieta, o que la comadre Bonifacia ya no les llevaba conejos cuis para lambreados como solía hacerlo algunos años atrás. Que Don Fortunato había mandado un bidoncito de chicha kulli, pero como ellos ya toman poco mejor guardarla para cuando los visite el nieto que estudia literatura, porque da alegría verlo tomar con tanto gusto. Y tras haberse herido toda una vida, por fin parecen encontrar paz sentados el uno junto al otro los domingos de seis a diez, sabiendo que en la vejez sólo te entiende el que está viejo, y por eso, sin importar quién esté cerca de ellos, sólo se tienen el uno al otro. Así son felices porque la sordera les permite gritarse; y con tranquilidad dejan que la demencia senil se encargue de destrozar sus recuerdos, porque el olvido permite que no estén solos.


La palabra ausente Sobre todo: una lectura

por Álvaro Zambrano “abro un pecho: multitud de camelias exhuberan espantando el aire, riendo histéricamente en un espiral de manotazos. […]”

A

Salomé Esper

lgunos días atrás he retomado la lectura de Sobre Todo de Salomé Esper, libro que fuera publicado por Intravenosa Ediciones en el mes de abril de 2010. Digo, he retomado porque la primera lectura que hice de él –acaso apresurada o dispersa- me había dejado un sabor, digamos, incierto. Quizá esta afirmación no hable tanto de la poesía como de mí mismo, es decir, de mi lectura y es por eso que sentí la necesidad de dedicar(me) un tiempo prudente para volver a transitar sus páginas. Entonces, intentaré compartir con ustedes algunos elementos que me parecen significativos no sin alentarlos a que realicen su propio tránsito que, estoy seguro, los arrojará a otros puertos. Pienso por dónde habré de empezar esto que, evidentemente, ha comenzado antes y como se me hace muy fácil perderme en los giros caprichosos de las palabras creo oportuno señalar aquello que de tan evidente, a veces, se pierde, se nos hace invisible. Un pájaro enormísimo aletea en tus ojos. ¿A quién reclama la voz del poema? La voz poética lo convoca, lo llama a comparecer, lo arrastra con la palabra. Sin embargo, y por mucho que se insista en su alusión o elisión, este sujeto –“llamado”- pareciera estar creándose continuamente. Es un sujeto que se

resuelve cada vez en cada poema; nos es re-presentado constantemente pero de un modo distinto. Intentaré aclarar el pensamiento. La voz ensaya alternativas, accesos posibles y distintos para llegar -¿para alcanzar?- a ese sujeto al cual se dirige; es la descripción –siempre incompleta, fragmentaria- que se hace de ese sujeto el signo más claro de que hay algo que la voz del poema no dice o, mejor aún, que no logra decir. Lo busca, lo llama; denuncia ese cuerpo que pronto no es más que evanescencia. Ese destinatario de la palabra se desliza por el tiempo: acontece en el pasado desde donde surge renovado por una suerte de nostalgia, o aparece en el pretendido presente de la voz hasta el después, hasta el vacío. Es ese tiempo una puerta abierta por donde el sujeto no termina de irse y, a la vez, por donde la voz poética se deja ir, ya como exhalación ya como resistencia. Elemento de dolor tan pasional, tan padecido, que se inscribe como huella errante para saberse “voz”, saberse viva. He aquí uno de sus poemas: Los cuervos en el papel se recortan. tus ojos que son dos cuervos en tinta china. goteando que ha llegado la madrugada. que las calles humedecen por fuera el puro invierno que

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vienen guardando. se recortan y aletean. en un rumbo incierto y peligroso de ave anochecida. se acercan despacito al oído. y hablan en un francés incomprensible, riendo en tinta china. volando vienen tus ojos. y es como si no importara entonces, que tu nombre se hamaque en esa plaza a oscuras, a la que no alcanzo a llegar.

Yo voy lamiendo tu voz como quien viaja

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He preferido hablar de “voz” del poema pues creo que esta palabra señala un movimiento que implica no sólo un origen y un destino, sino y fundamentalmente, una zona intermedia, una expulsión del aliento que tan pronto es arrojada al mundo, sonora y expectante, se va, sigue yéndose.

De este modo, de poema a poema, asistimos a algo que se nos antoja distinto pero que es lo mismo; una variedad que susurra una permanencia que sobrevive ora como palabra intensa, ora como palabra etérea. Otro poema: entonces soy un mar desamparado. me desprendo de tu ondulación. despacio como una danza española y hambrienta. se ve caer tu frescura. se siente en la espalda contra la pared y cuando mis piernas visitan el universo en un estallar de serpentinas. me desprendo de las puntas de tus besos mal pagos y de los botones que cierran tu piel para siempre, hacia dentro de tu muy marcada y deshilvanada historia. me desprendo de esta migración constante y, cuando al punto con el sol, en exacta predisposición hacia la lengua, burbujeo desde los pies una canción que se parece a alguien, pero no es.

Es esa voz la que diseña la arquitectura de los poemas; voz en fuga que busca algo que no logra asir o que lo logra pero imperfectamente. ¿Acaso no radica allí la potencia de toda búsqueda? Ahí, en lo que se pretende y no se encuentra o en eso que se tuvo y que se ha perdido, es donde podemos advertir el lugar de esta voz; ahí donde es tan imposible hallar como dejar de anhelar el encuentro.

hasta la inmensa intimidad de una granada sin abrir

De esta manera, el sujeto de esta voz nos habla de sí y del Otro o, quizá sería más preciso decir, de sí en el Otro. Se refracta. Se trasviste asumiendo otras voces, otros cuerpos, otros lugares y momentos. Pérdida de sí misma para poder encontrarse; una moneda gastada con la que pretende pagar su retorno.

La hechura de los poemas conjura un lenguaje, una forma, que no se aleja del acaecer de la vida misma –si es que se me permite esta expresión-: lugares usuales, seres del entorno familiar, acciones rutinarias y, sin embargo, no podemos dejar de percibir en ellos algo diferente.


poemas, veremos que es ese mismo cuerpo una zona de confusión pues deviene elemento atravesado por otros cuerpos, inscripto en otros cuerpos y, desde luego, en el mundo que le es tan propio como ajeno. Poema: azulejos

Quiebra, desplaza, yuxtapone, encabalga; propone asociaciones otras que nos hacen partícipes de descubrimientos en esos mismos lugares a tal punto que los torna extraños, gozosamente inquietantes.

los azulejos van a volar temprano va a darse por ser otra cosa en el mismo aire, quizás fueran nuevas palabras saliendo entonadas de tu boca también nueva, dibujándose en una nueva estampita florecida de golpe en el aleteo cayendo redonda y letrada en tus manos ofreciéndote perdones innecesarios que podrías pedir igual porque el color es tan suave a los dedos y la tarde tan mansa y desarmable que rezar podría ser más bien cerrar los ojos y recordar un pasado pasar que no es más que otros azulejos olvidados en una pared de labios mudos que los pájaros no saben volar ni atravesar.

Tal vez, podríamos pensar esta rebeldía respecto del lenguaje ordinario como un signo de búsqueda, esto es, signo de aquello que no se encuentra ¿pues, cómo entender la introducción de palabras y frases de otro idioma, de otra lengua, sino como expectación de una certeza que esta lengua, que esta voz, no alcanza?

deshilachada vas por la vida

El soplo de la voz pone de relieve una exuberancia de los sentidos (sonidos, colores, sabores, texturas) hasta la sensualidad. Una suerte de erotismo liviano y sostenido que respira por y en la palabra misma. Acaso por eso, frente a tanto sentido que se disuelve, que huye, la voz poética se vuelve sobre su única certeza, el cuerpo. Quizá porque sólo él es capaz de anclar la esperanza del ser: su existir. Mas, a poco de transitar los

Cada poema muestra algo que es dicho y algo que no logra decirse. Como un resto, la voz del sujeto poético insufla aliento a la palabra de tal modo que hay allí una presencia difusa, borrosa pero, también y por efecto de esa misma palabra, algo que es dicho pero de otro modo. Así, la palabra poética, potencia y limitación, muestra y oculta. Todas las palabras de los poemas sólo enseñan una parte –mínima- del sujeto

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que las alienta pues ninguna de todas ellas puede revelar la completud. Estos poemas nos enseñan una voz deseante que arrojada al mundo, a la palabra, va en busca de lo no hallado; voz de un sujeto menesteroso, carente, incompleto, que trata de decirse. Explora definiciones con el deseo de encontrarse. Se mueve a caballo entre la palabra y sus artilugios y la limitación de esa misma palabra. Abandonada de “verdades”, la voz sobrevive en el deseo. morir a la hora de la siesta

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los sueños hacen baldío a la tardecita. delgados hilos afligen suavemente a los tallos. casi se respira, apenas se puede. una presión invisible cubre los ojos viejos y descubre los sexos nuevos. por un segundo el mundo se desencaja, el verde palpita furiosamente y se cansa, las bocas se abren y no dicen nada. un miedo en cámara lenta lame los poros de las calles.

Sobre todo sugiere al menos dos maneras de ser interpretado, por un lado como “acerca de” todo y, por otro, como “por encima de” todo. No creo que sean sentido contrapuestos, antes considero que son sentidos que se complementan señalando aquella búsqueda, aquel deseo que se sostiene en esa palabra ausente que lo justifica. Sobre todo invita a ser leído desde el tránsito y desde esa ambigüedad y sensibilidad que demanda la palabra poética plena de nostalgia y sensaciones. Lectura que convoca todos los sentidos (del cuerpo y de los otros) en el anhelo de esa palabra que no está –y que sabemos que no está- pero que sin embargo insistimos en hallar.

Blood on the tracks por Christian Giménez

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ivisión abrupta de bienes.

Los hijos desperdigados del divorcio. A la calle y sin remitente. Ya no importan los nombres, mucho menos los apodos melosos. A rematar los recuerdos en vía pública. Cambio de cerradura y de corazón. El abasto. Escribe sus poemas en la libreta. Media res de versos desalineados. Un carré de verborragia acumulada. Puro corte inglés de metáforas. Todo, de tripas(gordas)corazón…


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Formas del fin

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por Carlos “Tuta” Albarracín

rónica de cuando ellos llegaron

Necesitamos narrar nuestra historia, pequeña y casi pura anécdota, pero nuestra al fin. Intentaremos escribirla pues contarla no sabemos. Entre los nuestros ya no quedan aquellos que sabían contar y solo nos queda escribir con la esperanza de que el papel dure y no se nos consuma en el fuego del próximo invierno.

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Cuando ellos, los otros, los que vinieron del espacio llegaron, pensamos que podría ser para bien. Claro, como nos dimos cuenta luego, no fue así y poco a poco nos fuimos escapando; algunos, otros no pudieron. Y unos cuantos se quedaron en donde estaban, pues donde ellos estaban los otros no fueron. Y así se salvaron y nos salvaron Pensaran aquellos que leerán esto el porqué del no nombrar. Y la razón quizás, seguramente, será el miedo la causa de que a los otros les llamemos así. Y también que jamás pudimos hablar con ellos. Así que si no sabemos como se llaman, que los vamos a estar llamando nosotros. Y luego nosotros que sabemos las historias pero las más de las veces no sabemos los nombres. Y por último, las historias. Que son todas iguales, historias sin héroes; pues cuando los otros llegaron vivíamos una época en las que los héroes habían desaparecido y ya no sabíamos como era serlo. Así que solo nos quedó ver las naves que nublaron el cielo y consumían en un fuego atronador a todos, ya en el cielo, ya en la tierra ya el mar. En las ciudades quedamos aquellos inteligentemente cobardes que nos refugiamos en nuestro egoísmo, por el que luego lloramos, dejando morir a todo aquel que corriera a

nuestro lado. De nuestros alados pies dependía nuestra vida. Si, la nuestra es una historia de cobardes, por eso es pequeña, pues lo cobardes no tienen historia y por eso nadie podrá contarla.

Yo Lunes a la mañana, la rutina comienza otra vez. Supongo que el despertador va a sonar en cualquier momento. No se por qué será pero cada día que pasa me despierto mas temprano que la alarma. Será la costumbre de todo el tiempo pasado. Será que afuera de la pieza se sienten los ruidos de mi mujer y los chicos que ya se preparan para salir. Silvia siempre me deja dormir un rato más, supongo que es porque soy el padre de la casa. O capaz por que no me quiere escuchar protestar. No hay caso; no me gustan los lunes a la mañana. La verdad que los domingos tampoco. Es que después del domingo llega el lunes y eso me deprime. La alarma comienza con su agobio. La verdad que no se para qué me compré este celular con tantas funciones. Creo que así se le dice a todas las cosas que puede hacer. La verdad que el Mp3 no lo uso pues la música es algo extraño para mi, como si Miranda, el Polaco o el Chaqueño (creo que así se llaman) fueran, sonaran o dijeran lo mismo. Un ruido que está y que pasa. La cámara…, capaz que la usé el primer día y después todas las escenas eran repetidas y el sol era solo uno (y así es nomás) y nada. Después, todos esas figuritas que salen en la pantalla y que la verdad no se para que están. Al final sólo uso la alarma y los mensajes (no en predictivo, que de eso tampoco


entiendo). Y sigue sonando. Que suene, ya se va a cansar. Sí tengo una virtud es la paciencia, creo. La puerta se abre y entra Silvia. Apaga la alarma. Me besa. Dice algo. Se va. Quedamos sólo yo y el lunes. Y bueno, me levanto. En la mesa una taza de café se enfría mientras me lavo los dientes, me afeito y la tomo. Salgo a la calle y el sol que es el mismo de ayer, creo que eso ya lo pensé; el sol, decía, saliendo hace que haga frío. Me llego a la parada, es fin de mes y no tengo plata para nafta, así que tomo colectivo, con lo que me rompe las pelotas. Pero… bueno, no queda otra. Encima parado. Supongo que todos los que van sentados tienen sueño, hasta parece que el chofer estuviera durmiendo mientras maneja. Tres paradas para llegar, por suerte casi no hay tránsito. Dos paradas, una vieja se baja como si todos tuviéramos que esperar sus ganas. Una parada, nadie baja. Mi turno y únicamente yo bajo. La calle está más vacía que de costumbre. ¿Será uno de esos lunes feriados y yo no me enteré? Pero, sino, mi mujer y los chicos no hubieran salido, ni la alarma sonado. El cole arranca. Rápido, furioso encara la avenida. Se supone que tiene que doblar dos cuadras más allá y sin embargo sigue derecho. En realidad, todos los vehículos que andan por la calle siguen derecho. La vieja que bajó en la parada anterior pasa a mi lado – ¿Cómo carajo llegó tan rápido?- y sigue caminando derecho, igual que el colectivo. No entiendo nada, pero no tengo ganas de pensar, así que me voy a la oficina. Allí no hay nadie, las puertas están todas abiertas. Solo algunos papeles van de aquí para allá. Como en una peli de misterio un monitor reverbera.

Salgo de nuevo a la calle, dos o tres personas pasan de largo. Nadie habla, la ciudad tiene un silencio que la encierra y parece que yo soy el único que está en ella. Sigo caminando hasta que llego a una plaza. Me siento en un banco y por primera vez miro al cielo. Arriba, compitiendo con las nubes están esas cosas. No sé que son, verdad es que tampoco me importa. Si puedo suponer que son la causa por la que todos pasan de largo y no se detienen abandonando la ciudad. Yo me voy a quedar en este banco, y esperaré el fin, si es que viene. Odio los lunes.

Él Su nombre era ……… y comenzó su camino a poco que llegaran las naves. Las leyendas que de él se contaron fueron innumerables más no quedaron en la memoria de nadie. Todavía en las hogueras de los pocos que quedan se discute si su figura tapaba el sol en las mañanas por el ancho de sus hombros y por la circunferencia preponderante de su cintura. Dicen que su brazo podía elevar sin esfuerzo tanto un garrote como una pluma y que en sus manos serían armas mortales. Sin embargo, él nunca quiso ser un héroe y el camino que emprendiera, lo recorrió en contra de su voluntad. Si hubiera sido esta, la nuestra, una época en que los Dioses hubieran tenido algo que decir, pudiéramos haber dicho que ellos le trazaron el camino y el destino. Camino y destino que no diremos: Qué bruto, qué camino, uuuhhh qué destino¡¡¡. Apenas el camino que podemos recorrer en una jornada, y un destino chiquito, pequeñito y mezquino. La primera vez que lo vi la tarde se desperezaba rumbo a una fiaca sin retorno y la gente se tiraba impúdica y hastiada en los bordes de algo que alguna vez fuera una ruta. Aquellos que todavía tenían un

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poco de energía dirigieron su mirada al paso del héroe, más fueron pocos, casi ninguno. Esos, los de allá, dijeron que su paso retumbante fue el que los alertó, otros, la mayoría, dijeron que fue su olor. La segunda vez fue la última. Estábamos, los que pudimos, a la sombra de un árbol mirándonos con la desconfianza adquirida desde los primeros días de la marcha, intentando comer los restos del espinazo de una rata, o las raíces de algún arbusto, sin que nos vieran los demás. Todos éramos hombres, más de dos y menos de cuatro, serían más o menos, no lo recuerdo. Hasta que llegó la mujer. Más que una mujer, apenas una niña. Y también llegó la lluvia. Y con la lluvia los hombres se apoderaron de las ansias o quizás fue al revés. Pues la lluvia comenzó a marcar en la poca ropa de ella los trazos insinuantes de su carne. De una carne casi inexistente, pero de esa poca aun surgía el aroma de mujer. Unos comenzaron a moverse hacia ella y casi como sin querer la rodearon. En la mirada de ella la poca luz se agotaba y eso los empujó un poco más hasta su cuerpo. Y cuando ya las manos se comenzaban a poner de acuerdo se escuchó la voz. Él estaba parado en medio de la lluvia, el agua lo rodeaba y golpeaba y sin embargo la luz de sus ojos atravesó a cada uno. Sin palabras, elevó su brazo y casi sin que lo notáramos avanzó. Todos supimos que la lucha era a muerte y así fueron cayendo los hombres ante los golpes del héroe. Yo lo admiré. Admiré su potencia, su entrega, su valor. Y supe que si el triunfaba aun tendríamos esperanza, pues alguien estaba dispuesto a luchar por el más débil, a traer un algo de orden al camino, un poco de justicia. Así que otra opción no me quedó, me levanté embargado por la emoción, alelado por la furia. Y lo maté. Luego entre los que quedamos gozamos a la mujer hasta que ella también murió. Y los dejamos.

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Foto: Mario Requelme


Nosotros Nos conocimos un poco antes de la llegada de los otros. Y nos amamos al momento de vernos. Casi fue como si no fueran nuestras manos las que nos desnudaban sino nuestro aliento. Y cuando pasó ese primer momento de furor, nos dimos cuenta que no solo eran nuestros cuerpos los que se buscaban, también nuestras mentes estaban predestinadas. Y los dos compartíamos la idea de nuestra misión. Antes, mucho antes que llegaran las naves, nosotros sabíamos que nuestro sino era salvar a la humanidad. Pero claro nadie nos creyó, y cuando lo hicieron ya era tarde para ellos. Y comenzamos nuestro trabajo, primero juntamos comida, toda la comida que pudimos. Trabajábamos para la comida. Así que Íbamos a las liquidaciones de todos los negocios de comida. Y poco a poco llenamos nuestros depósitos. Luego, comenzamos con los niños. El primero en nacer fue un varón. Lo amamos y nos amó y en él depositamos nuestras esperanzas y las de la humanidad. Luego llegó la niña y supimos que la ilusión estaba robustecida. Un poco antes de las naves llegó el tercero, también un varón. La misión estaba casi en camino. Y llegaron las naves. Y nosotros nos refugiamos, allí debajo de ellas, donde nunca pudieran pensar en buscarnos. Y los días pasaron, y los meses pasaron y nosotros esperábamos. Nuestra misión incluía la espera pero las naves no se iban, nada hacían, pero no se iban. Y pasó el tiempo y la comida se acabó. Pese a racionar la comida poco a poco nada quedó. Y un día tuvimos que tomar una decisión. No fue difícil, era mejor que viviéramos cuatro que cinco. Dos vientres, dos parejas garantizarían la supervivencia de la humanidad. Y uno podría darnos más tiempo. Así pudimos estirar el tiempo. Y las naves no se iban. Y comenzamos de nuevo a hablar entre nosotros y el primero nos escuchó. Y nos facilitó la posibilidad de vivir y nos entregó un

tiempo más. Dos vientres y un hombre podían volver a poblar la tierra. Y las naves no se iban. Y del primero nada quedaba y tuvimos que mirar a la niña. Un vientre y un hombre podían volver a poblar la tierra. Y las naves no se van. Y la niña ya no está. Y ahora nos amamos, solo el amor nos alimenta. Y después tendré que terminar con ella, cuando su boca termine de recorrer mi cuerpo, cuando ya ni este amor nos quede tendré que terminar con ella. Un hombre puede buscar afuera y resistir hasta encontrar a otra. Su boca me recorre y llega a mi centro. Su boca dice; Qué sabrosa es tu carne.

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Educación sexual o la pubertad

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por Martín Goitea

o recuerdo cuándo comenzamos a ir a la tornería de Flore. Me veo allí hablando con él, preguntándole qué le echaba a la pieza de hierro que trabajaba en el torno. -¿Y a vos qué te parece que es? -No sé, sale humo, un líquido caliente. -En todo caso un líquido frío, lo que está caliente es el fierro, por eso sale humo, es un refrigerante, sirve para enfriar.

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Un día vimos sobre el escritorio una Destape, entre el talonario de facturas, la calculadora gigante, el sello y la almohadilla. Mirando a la hembra de la tapa aprendimos por qué a la vagina le decían concha, melones a las tetas y manzana al trasero. Cuando Flore nos dio la cana hojeándola nos preguntó si nos gustaba. El único que se animó a decir que si fue Juanca. Al rato Florencio apareció con una pila de Destape y Libre. Mariano dijo que lo había visto sacarlas de su pieza. Sospechamos que no serían las únicas, seguramente escondería un tesoro. A los pocos días, cuando ya habiamos visto todas las revistas, decidimos que profanaríamos la caja fuerte de Flore que era su pieza. Descubrimos la colección de revistas pornográficas más formidable que hubiéramos imaginado jamás. Guardaba para él verdaderas gemas: Playboy y Penthouse, a nosotros nos había dado migajas. Vimos que tenía una cama de dos plazas, en la que debía coronar sus conquistas, con las que comenzamos a soñar tendríamos, no mucho tiempo después.

Sólo después de gastar con los ojos y las ensoñaciones los bustos de los almanaques que colgaban de las paredes húmedas y sin revoque del taller, comenzamos a prestar atención al trabajo del tornero. A Flore le faltaba un dedo de la mano. Dos falanges del anular de la mano izquierda. Flore dijo que era su diploma de tornero. En el otro torno del taller trabajaba el hermano de Flore. Él tenía todos los dedos, y en el que le faltaba a Flore tenía un anillo dorado. Una sola vez habló de su hermano, y fue para aconsejarnos: “Cuando cumplan catorce o quince, tienen que hacerse hombres con una puta; hay que culiar chicos, si no te ponés a esperar que se te entregue una noviecita y te metejoneás, la dejás con el bombo y te cagás la vida”. Los sábados al mediodía Florencio comía una picada con los amigos, que se extendía hasta las nueve o diez de la noche. Venían otros cuatro o cinco tipos, hacían chistes, planeaban salidas y hablaban de mujeres, bebían cerveza, fernet con coca y Los Parrales blanco con soda. Cocinaban bife a la olla, servían fiambres, queso, rodajaban el pan y en el medio de la mesa ponían un bidón con cebollitas en vinagre para que cada uno se sirviera metiendo el tenedor. Al principio era fácil, después, cuando quedaban unas pocas cebollitas, nos daban el bidón para que las pescáramos y nos daban monedas por cada atrapada. El hermano nunca se quedaba, o si lo hacía era para terminar un trabajo que quería cobrar. Un sábado la picada terminó temprano, antes de las cinco. Todos los amigos de Flore se fueron y a nosotros


nos pidió que jugáramos en otra parte, porque tenía que bañarse y después salía. Nos quedamos jugando al fútbol en la calle. Éramos cuatro, así que decidimos jugar a los penales por parejas. Armábamos el arco en la misma vereda del taller, con dos arbolitos como postes. Iba a patear el Flaco cuando oímos que se abría la puertita del portón del taller. Florencio se había bañado y olía a Old Spice. Cuando cruzó la calle, vi que se había puesto una camisa amarilla, un pantalón beige y zapatos de lona blancos. Completaba el conjunto con una cadena dorada al cuello, una pulsera de cobre y un anillo con una piedra escarlata. Flore se paró en la puerta de la casa de Osvaldo y tocó el timbre. A todo esto ya habíamos suspendido el juego. Salió la tía de Osvaldo un segundo después, como si lo hubiera estado esperando, quizá mirando furtivamente por la ventana. La mina era monumental, para los ojos de unos chicos de once años, y ni qué hablar para los de un hombre de treinta y pico. Estaba buenísima, su único defecto físico quizá fuera la dentadura, que le sobresalía apenas levantando el labio superior. Era una chica de su casa que estudiaba dactilografía, no llegaba a los veinticinco años, y con seguridad soñaba con un príncipe azul. ¿Florencio? Tenía que verlo. Les mentí a los otros que ya no quería jugar y me fui a mi casa a buscar plata para el colectivo. El plan era seguirlos. En la mañana Flore nos había hecho lavar el Fiat 1500, estaba reluciente. Me acuerdo que cuando terminamos Florencio colgó de la perilla del encendedor una bolsita desodorante y nos dio unos australes. -¡Eh, Flore!- le grité antes de que arrancara. Florencio me miró y esperó a que le hablara:

-¿Me acercás?, vas al centro ¿no? -Sí pendejo, subí. La tía de Osvaldo me miró y después se arregló el pelo mirándose en el espejo retrovisor. Tenía un perfume que podía paladearse, suave, se había maquillado y el escote le sostenía los pechos grandes y firmes. Sentí que se me ponía dura y me cosquilleaban los muslos. Su cara comenzó a mezclarse con los cuerpos de las modelos porno de las revistas de Flore y la erección me resultó incómoda, casi insoportable. Florencio me preguntó a dónde iba. Le dije que a la Plaza Belgrano a encontrarme con mi viejo, que iba a comprarme zapatillas. Después, por suerte, no tuve que inventar nada más, porque hablaron durante todo el viaje. Primero comerían algo en Charlotte, después tomarían un helado en El Pingüino y, si estaban a tiempo, irían al cine Alfa a ver Un largo camino a casa. Si un chico lloraba con esa película, seguramente una joven sensible y voluptuosa también. Buena estrategia para consolarla, pasándole el brazo por sobre el hombro y acercársele lo necesario para besarla en la boca. La escena me parecía romántica. Florencio me dejó enfrente de la Catedral y me despidió, otra vez, con un “nos vemos, pendejo”. Pero no me importaba, porque yo ya sabía, Julio nos había explicado. Julio no iba con nosotros a la tornería, decía que no tenía tiempo, trabajaba en el mercado. Julio era tres o cuatro años mayor que nosotros. Sabía destripar las viejas, las limpiaba y les sacaba los huevitos a las hembras. Después las freía en un aceite oscuro. Las viejas se pegaban a las piedras, tenían bocas como ventosas, caminábamos río arriba tanteando las piedras, cuando tocábamos alguna cerrábamos rápido la mano, con fuerza, a veces se nos escurrían, eran ágiles y resbalosas. Diez, quince, veinte viejas cada vez que salíamos, llegábamos al cruce y allí nos quedábamos a

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descansar, sentados en el cauce, sintiendo en la espalda el torrente que caía después de pasar por debajo del camino. Nos bañábamos un rato y después volvíamos al barrio, orilleando, con el botín. Un día se hizo tarde, era el anochecer y nos hizo frío. Nos dieron ganas de mear, fuimos a unos arbustos, Julio tenía una verga grande, gruesa y con pelo. Miró nuestros pitos y nos preguntó si ya nos salía leche. Que de dónde, preguntamos. Que de dónde va a ser, respondió. No entendimos. “Tengo plata, tengo ganas de ir a debutar”. Seguíamos sin entender. “Voy a ir a culiar al bajo”.

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Un domingo a la tarde, como a las cinco, caminamos las quince cuadras hasta el bajo. Un amigo suyo que trabajaba con él en el mercado le había recomendado una chica, y también que fuese un domingo a esa hora. El bajo tenía dos calles que se cortaban, en las que pequeñas casitas de bloque y chapa eran los precarios prostíbulos de la misiadura. No se veía a nadie, salvo unos perros vagabundos; una mujer corrió la cortina de una ventanita y luego salió con una palangana y echó en la calle de tierra un agua jabonosa. La miré, era una mujer de unos cincuenta años, viejísima, como si una tía se pavoneara en traje de baño, tan grotesco como eso; después apareció otra más joven, escuálida y desdentada. Seguimos caminando hasta la esquina y doblamos, nos detuvimos frente a la segunda casa, y Julio dijo “aquí es”. No era una barraca, tenía dos ventanas a los lados de la puerta de madera lustrada, incluso un jardín con algunas flores. Tocó la puerta, me preparé para volver a soportar la visión de otro esperpento. A través de una de las ventanas apareció una mujer morocha, joven, desgreñada, a quien parecía que habíamos despertado. Se restregó los ojos, miró a Julio y después nos miró a nosotros, después volvió a mirar a Julio. “Ya salgo”, dijo. Julio nos miró y sonrió, sobrador. Después metió la mano

en el bolsillo chiquito del vaquero y sacó un billete. “Aquí no se entra con más plata de la que te cobran”, sentenció como un maestro de esquina le enseña a sus discípulos. Volvió a guardar el billete, pero esta vez en un bolsillo delantero del pantalón. Diez minutos después se abrió la puerta y la chica lo invitó a Julio a pasar. Tenía ahora el pelo húmedo, la cara fresca, vestía un short blanco y un top negro, los muslos y las nalgas firmes; sin duda el amigo de Julio la sabía lunga. Julio entró y comenzamos a reírnos, yo pensaba en lo que contaría cuando saliera. Salió un rato después, caminamos media cuadra sin decir palabra; después Julio alzó la cara al cielo y dio un alarido, mientras se golpeaba el pecho como un gorila, a lo Tarzán. De eso se trataba ser un hombre, por eso Flore nos decía pendejos. La tía de Osvaldo había hecho un gesto como de que al fin se quedaban solos, levantó las cejas y resopló suavemente en su escote, se ve que le hacía calor y transpiraba, porque el perfume ahora estaba tibio, como un vaho. Fui a tomar el colectivo a la 19 de abril y volví a casa bastante antes de las diez, mi límite de horario de los sábados, con tiempo para tomar un mate cocido y contarles a los chicos lo que pasaba. Todavía estaban en la calle; al principio no me creyeron. -En serio, la función del cine termina a las once; al que quiera ver cómo termina la historia lo espero a las once en la morera -los invité, desafiándolos para que picaran; no quería estar solo a esa hora en medio de la oscuridad. -¿O se cagan? -los espoleé. A las once estuvimos todos reunidos en la morera, que en verdad eran tres plantas, una de moras negras, otra de blancas, y otra de rosadas. Todavía no era época, así que el piso estaba limpio, por eso nos sentamos en el cordón de la vereda a esperar. El taller


estaba en diagonal a unos treinta metros de nuestra posición. El 1500 dobló por la esquina y estacionó en el portón de la tornería. Ninguno respiraba siquiera, no queríamos delatarnos, aunque igual la posibilidad de que Flore se cogiera a la tía de Osvaldo nos quitaba el aliento. Bajaron. Dijeron algo y rieron (ahora que lo pienso, quizá de nosotros; ya nos habrían visto). Cruzaron la calle y fueron hasta la casa donde vivía ella. Se despidieron con un beso en la mejilla, la tía de Osvaldo entró y Florencio volvió a cruzar hacia el taller. Abrió la puertita del portón y entró. Cerró con llave. No podíamos creer que nuestros esfuerzos y expectativas fueran defraudados. -Che, Flore es un palangana; habla pero no hace nada. -¡Pará boludo!, ¿Te creés que mi tía es una puta? -Esperen, en estas cosas se va despacio, Flore nos dijo… ¿se acuerdan? No hay que demostrar que te estás muriendo de ganas, si no después ellas se hacen desear o se van con otro. En eso se oyó el chiflido del viejo del Flaco. Era tarde ya; de a uno iban a ir apareciendo nuestros padres a buscarnos o a llamarnos adentro. La chapa del portón del taller sonó. Una silueta oscura como una sombra esperaba que le abrieran. Clavamos las miradas en la escena y nos esforzamos por reconocer a ese ser misterioso que se presentaba en la puerta de Florencio justo a medianoche. Si era la tía de Osvaldo que había vuelto, lo había hecho de una manera tan sigilosa que no lo habíamos advertido. La puertita se abrió y la sombra entró. Cruzamos corriendo la calle y espiamos por la hendija entre el portón y los goznes. Florencio hablaba animadamente con una mujer que veíamos de espalda, reían, procurando bajar la voz, como si

temieran que los oyeran. Flore apagó la lámpara de la mesa de contabilidad y les quedó como única guía el rectángulo de claridad que se proyectaba por la puerta abierta de la pieza. Caminaron por la penumbra y, antes de que entraran, se oyó un estrépito que asustó a la mujer. Ella giró hacia el lugar de donde había venido el ruido y se protegió con las manos adelante. Flore también se sobresaltó, pero vieron aparecer a Jacinto (el gato del taller) de entre latas vacías de aceite. La mujer había quedado de frente y dijo “la puta que lo parió, me cagué de miedo”. Después Flore agarró a la mujer de la mano y la llevó adentro de la pieza. Cerraron la puerta y todo quedó negro de oscuridad. Volvimos a sentarnos debajo de las moreras. Ninguno decía nada, ninguno quería decir nada, preferíamos no hacerlo. ¿Para qué? Habíamos reconocido a la mujer. Era la tombolera, la que pasaba dos o tres veces por semana para anotarles las jugadas a Flore y al hermano. -Che, ¿mañana jugamos un partidito? -Sí, a las tres puede ser. -Pero con tu pelota, la mía tiene un pupo. Esa noche dormí poco, me imagino que a los otros les habrá pasado lo mismo. Aunque el Flaco se debe haber llevado la peor parte, porque era compañero de escuela del hijo de la tombolera.

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Una Maravilla y una tragedia del cine apocalíptico

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por Horacio Baca Amenábar

uede ser un hongo nuclear, que barra la existencia en cuestión de segundos. O quizá un virus, capaz de convertir a los buenos padres de familia en antropófagos horribles. El caso es que el cine jamás pudo resistirse a una buena sesión de cataclismo hipotético, y prueba de ello es el extenso catálogo de filmes apocalípticos que abundan y proliferan. La fantasía de un cierre definitivo a la vida en la Tierra tiene un atractivo innegable, y mezcla el terror, la fascinación y los efectos especiales más rancios de un modo casi virtuoso. Valgan entonces esta maravilla y esta tragedia del cine de hecatombe como homenaje a esa fantasía, y a sus consecuencias audiovisualmente más ruines o ilustres.

La maravilla: Melancholia (Lars von Trier, 2011) La película: Justine (Kirsten Dunst) llega tarde a su propia boda, organizada por Claire (Charlotte Gainsbourg), su hermana, en el hotel faraónico de su marido John (Kiefer Sutherland). La ceremonia se lleva a cabo entre miserias pequeñas o enormes. Justine, superada por lo nefasto de su familia y su propia circunstancia, protagoniza un colapso emocional, y se separa de su reciente esposo. Tiempo después, su hermana Claire la recibe nuevamente en el hotel de John. Justine está al borde de perder la cordura, y parece absolutamente desvinculada de su pasado. Mientras tanto, el planeta Melancholia se acerca a la tierra, trazando un rumbo –en principioinofensivo. Sin embargo, Claire sufre ataques de

pánico, y teme por la continuidad de su vida y la de su familia. John, aficionado a la astronomía, la tranquiliza; las predicciones indican que Melancholia no representa ningún peligro. Estas predicciones fallan, naturalmente, y la colisión entre ambos planetas resulta inminente. John se suicida, y Justine espera junto a Claire y su hijo el fin del mundo. El desastre: colisión planetaria. Nada más y nada menos. La obra es maravillosa porque se desentiende de su propia premisa: exceptuando la secuencia inicial, estúpidamente pretenciosa, omite toda referencia al cataclismo durante casi una hora de película. Como en The Last Exorcism de Stamm, un género muy acostumbrado a la hipérbole y el ridículo es tratado con un realismo raro, casi hijo de puta. El jefe de Justine la acosa para sacarle un slogan, o el padre humilla a los mozos para llamar la atención. Su madre protagoniza algunas escenas demasiado públicas y escabrosas, y su prometido hace gala de una falta total de carácter. Todo con una cámara en mano que cosifica a los actores, que los hace objetos de puro sufrimiento a los que se les puede arrancar una toma o una situación. Y de golpe otra cosa. Justine está pirada, y Claire la cuida. Como Melancholia no es una película cobarde, entre ellas hay un amor sincero. Y el planeta se viene encima, y no se puede hacer nada. Esta sensación de inevitabilidad es realzada por los ataques de pánico de Claire, que quiere subirse al auto y huir vaya uno a saber dónde. El suyo es un esfuerzo inútil, cosa evidente al tomar en cuenta la magnitud del desastre que se avecina. La colisión planetaria, en este sentido, acaba siendo un marco radical para que todo lo demás se simplifique. Las miserias desaparecen, y esto resulta la definición misma de fatalidad.


El mundo se acaba, es cierto, pero no de modo inequívoco; su mundo ardió mucho antes de que el planeta Melancholia colisione con la Tierra. Cabría aquí algún giro gracioso para cerrar la crítica, pero es ésta una película seria. Y al margen y de forma completamente independiente, una gran película.

La tragedia: 2012 (Roland Emmerich, 2009) Dunst es generosa en su agonía: son bellas casi todas las escenas que dependen de ella. Como en Eternal Sunshine of the Spotless Mind, se hace perdonar los años que pasó siendo novia de Spiderman. Gainsbourg brilla en un rol de mesura y cohesión en el seno de una familia descompuesta, demostrando una versatilidad única a la hora de manejar los distintos registros del drama; no hay que olvidar su papel en The Antichrist, diametralmente opuesto al de Melancholia, pero ejecutado con las mismas virtudes técnicas y un compromiso semejante. Sutherland, chocante y mundano durante todo el primer episodio, se transforma en un soporte necesario para los otros personajes, un espacio de calma que acentúa la desaparición de todo conflicto cuando el naufragio se torna ineludible. Melancholia no funciona alrededor del fin del mundo, sino que asume esta calamidad como horizonte. Los síntomas del apocalipsis son sutiles, como así también las formas de medirlo o cuantificarlo. En el fondo, la historia puede reducirse a un paralelismo, siendo la mayor hecatombe imaginable poco más que una analogía de los dolores de Justine.

La película: Adrian (Chiwetel Ejiofor), un geólogo yankee, descubre –junto a un colega hindú- que los neutrinos (o algo así, valgan éstos por un galimatías científico cualquiera) están calentando el núcleo de la Tierra. Y se viene la noche. En respuesta, los gobiernos del mundo comienzan a construir –en secreto- sendas arcas que han de preservar la especie y la cultura humanas. Con una capacidad para 400.000 personas, las naves se emplazan en el Himalaya. Jackson (John Cusack), un escritor, chofer de limusinas y padre disfuncional, descubre por accidente este plan de salvataje de la raza. La Tierra se empieza a partir, y los desastres naturales arrasan California y – luego- al resto del mundo. Jackson se embarca en una misión de supervivencia, que incluye a sus hijos, a su ex esposa y al marido actual de ésta última. Finalmente, llegan hasta las arcas y logran infiltrarse. El mundo se inunda, y se purifica. África es ahora el territorio más elevado del planeta, y las naves allí se dirigen a refundar la civilización. El desastre: Los planetas se alinean. Sí. Una premisa tan común que hasta forma parte de refranes populares. Esta alineación, por alguna razón, produce emanaciones solares, que calientan la Tierra y mean el

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hijos, y es finalmente reunido con ellos a través del periplo de supervivencia. Pero hay que ser Spielberg para que un drama arquetípico funcione así de bien, y Emmerich no es Spielberg. No obstante, todo esto es poco comparado con la cantidad de elementos que 2012 “toma prestados” de Deep Impact, desde el presidente negro y abnegado que se hunde con su país hasta los tsunamis que se esperan entre abrazos familiares y resignación, resultando –en algunos momentos- casi un remake plano por plano.

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asado. Pero es ésta sólo la punta del iceberg –derretidoque explica cuán profundamente pelotuda es 2012. Para empezar, su campaña publicitaria. Centrada alrededor del slogan fuimos advertidos, la estrategia se basaba en una suerte de eco-mensaje que involucraba el hacer humano en el fin del mundo. La definición misma de publicidad engañosa: la humanidad no tiene un carajo que ver, y es este final terrible un suceso escrito en la historia desde el comienzo de los tiempos. Un gran modo de aprovechar los malos entendidos sobre las predicciones mayas, mezclándolos con militancia verde absolutamente descontextualizada. Pero la cosa no acaba ahí, ya que 2012 es algo así como una reunión bastante torpe de todos los clichés del cine apocalíptico, llegando en algunos casos a despedir cierto olor a plagio. Y un cliché puede servir a la historia, e incluso fascinar, siempre y cuando se emplee con buen gusto y de forma aislada. No es el caso, ya que 2012 es una sistematización de clichés. Como en The day after tomorrow, las autoridades se muestran incrédulas en un primer momento. Como en The Core, los científicos, consternados, tratan de explicar las vicisitudes del desastre a través de combinaciones ininteligibles de términos técnicos. Como en War of the Worlds, Jackson sufre el distanciamiento de sus

Es muy triste ver a John Cusack corriendo de ciudad en ciudad, con toda la estupidez de la especie acumulada en el rostro. Es triste, porque aún se pueden recordar, con cariño, grandes filmes como High Fidelity o Identity, en los que Cusack gusta y convence. Es muy triste que tenga que poner cara de serio mientras se despliegan frente a sus narices los artilugios narrativos más arbitrarios y antojadizos. Hay ciertos recursos que ya deberían estar prohibidos, como los escapes mientras las calles se desmoronan. 2012 no sólo emplea estos recursos, sino que depende enteramente de ellos. Las secuencias de destrucción, atractivas en un principio, se repiten una y otra vez; la historia se diluye entre aviones, edificios en llamas y espanto generalizado. Los momentos de mayor tensión son resueltos con monólogos, y los cambios no obedecen a la lógica interna de los hechos, sino a transformaciones morales o actos divinos del guionista. Si de verdad fuera a acabarse el mundo a finales de este año, rodar 2012 habría sido la mejor estrategia para ocultarlo: es un film tan idiota e inverosímil que ya nadie podrá darle crédito a la teoría en cuestión.


Berretines de verdura: entre el rock y la cumbia

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por Elizabeth Soto

a música nos entrega metáforas, imágenes sensoriales, y demás recursos literarios que nos permiten hacernos cómplices en sus relatos. Podemos encontrar pequeñas alegorías que hacen referencia al sexo, las drogas, al poder, al amor, etc., etc. y ¿será ahí cuando las canciones nos gustan más? Las melodías enamoradas de la libertad que se hacen letra en la explicitud, otras en las metáforas, avanzan y se instalan en los inconcientes colectivos provocando representación en los oyentes. Algunos adhieren a las melodías por la compatibilidad de las narraciones cotidianas, por los códigos de referencia, otros porque las representaciones situacionales los cautivan, en cambio algunos por los ritmos y movimientos corporales que se pueden desprender de los sonidos, algunos ignoran las letras, mientras otros no dejan de cantarlas. Un género musical es una categoría que aglutina composiciones musicales que comparten disímiles criterios de afinidad. Existe una multitud de géneros musicales: rock, cumbia, salsa, cuarteto, tango, etc., etc. Los géneros a su vez se despliegan en subgéneros, los cuales tienen variaciones particulares como por ejemplo temáticas, sonidos, pero concordantes a su género. En la década del ´90 surge un subgénero dentro del de rock argentino, con matices muy diferenciados y con rasgos particulares, brota el denominado "rock chabón". Por otra parte en los años ´90 y principios del 2000 dentro del género de la cumbia nace el subgénero de la "cumbia villera", una clara respuesta de la visibilidad de marginalidad de los sectores más carenciados.

Huellas sonoras: de la cumbia al rock La cumbia es un género de origen colombiano en el que se han mezclado ritmos como los indios y afroamericanos, este género es hegemónico en el ámbito de la música popular. Logró la popularidad en Argentina en 1960 gracias a los Wawancó y el Cuarteto Imperial; en la década de 1980 este ritmo tomaba como representantes a Ricky Maravilla, Alcides y Pocho la pantera. Ellos fueron quienes incorpora-ron en sus letras las vivencias de los jóvenes de barrios, pero en alusión a sus picardías, por ejemplo "el hijo de cuca", canciones que no contenían alusiones a las drogas. Pero en la década de ´90 nuestro país estuvo en un contexto de fuerte crisis social, económica y política; en ese momento, en la cumbia, lo novedoso eran las letras de las canciones, que enunciaban realidades exacerbadas, expresadas en los tonos (uso de la oralidad popular), y en las temáticas, las cuales se remitían en mayor medida a: las drogas (los grupos de cumbias adoptaron nombres vinculados a esta: Flor de Piedra, Iguana Mary, La Base, Yerba Brava, Banda de Lechuga, Alto Faso), el alcohol (La Mezcla, Toma2, La Barra), y la delincuencia ( grupos: Pibes Chorros, Piola Vago, La Vagancia, La Repandilla). El rock tiene larga historia, sus inicios se remontan a las viejas barracas de los Estados Unidos, desde ahí danza un extenso camino, siendo en primera instancia interpretado solamente por personas de raza negra. El rock and roll aparece como género en los Estados Unidos en 1954 cuando Billy Halley graba con The comets el tema "Rock Around the clock", y Elvis Presley graba su primer simple. En la Argentina el origen del rock se remonta entre los años 1965 y 1966, tiempo

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en el que autores e intérpretes se reúnen en La Perla del once y La Cueva (bares locales), y donde se produce el debut discográfico de Los gatos Salvajes. Luego de su nacimiento, el rock atraviesa cambios al transcurrir el tiempo. En la década de ´90 surge un subgénero que los especialistas han denominado "rock chabón" o "rock barrial", el cual contempla como características principales la reminiscencia al barrio, a la cotidianeidad de las vivencias, al escaso uso de metáforas, al lenguaje simplista, a la escasa diferenciación entre el productor y el consumidor de la música, al establecimiento de lazos fraternales con su público.

Mil canciones, y una más 148

Entre ambos subgéneros musicales, que son antagónicos, podemos analizar los procedimientos retóricos en sus múltiples codificaciones. El tópico central de análisis son: las drogas. No con referencia a, solamente, un tipo de narcóticos sino a la diversidad como factor y expresión. Las referencias a las drogas en el rock surgen cuando nace este género musical. En la década de 1970 fueron pocas, pero no nulas, las menciones a las drogas, un enunciador fue Billy Bond y la pesada del rock and roll. En 1980 se canta más abiertamente al consumo, los efectos y demás situaciones que denotan el uso de sustancias alucinógenas, por ejemplo Los Abuelos de la Nada, Charly García, Los Pericos, etc. y en el período de los ‘90 las canciones, no en un sentido universal, han cantado lo que han querido cantar, no han pensado en metáforas sino en la enunciación cotidiana, familiar del barrio. Si escuchamos, y no tan atentamente, la explicitud ha llegado a inundar las canciones, en cuanto al sexo dejamos de escuchar metáforas (hace rato) de frutas

Foto: Mario Requelme

como "durazno sangrando" (“durazno sangrando”, Luis Alberto Spineta, 1975), o de paisajes como "Catalina Bahía" (Catalina Bahía, Pedro y Pablo, 1970), para cantar "Eva, sacate la hoja, te voy a garchar" (Eva, Viejas Locas, 1996) y hacernos voz en la explicitud. En referencia a las drogas en el "rock chabón" se cantó "a nadie importa si yo cuido mi flor, yo la protejo contra el viento, la riego un poco y la llevo al sol y con su fruto intoxicado estoy" ("Intoxicado", Viejas Locas, 1996), y en el disco Hermanos de Sangre se valieron de la voz de un muchacho que caminó solo por las calles por haber perdido a un amor «y pasé mucho tiempo caminando con las piedras que compré ayer» ("Caminando con las piedras", Viejas Locas, 1997), en el mismo disco dedicaron un tema al problema de la contaminación y ahí trataron de escapar de la situación con una bolsita de Poxi-Rán "Cuánto humo hay en la General Paz y un pájaro pasa atravesando el cielo, cuanto tiempo más este podrá volar si el humo que sube lo matará en poco tiempo…Pasame la bolsita de Poxi-Rán prefiero flashear y no ver más esto" ("Puente la Noria",


Viejas Locas, 1997). Los piojos nos transportaron al paisaje de una playa para describirnos a los crotos, "Mira, los crotos fuman fasos rotos se ríen y toman un mate también" ("El balneario de los doctores crotos", Los Piojos. 1998). En 1999 Viejas Locas enunció el himno a la legalización de la marihuana "Si mi cigarros tienen otro relleno ¿porque me miras mal? Si de la tierra crece hierva santa ¿porque no la puedo fumar? Pagamos precios y riesgos muy caros para conseguir, lo que la naturaleza nos da nadie nos debería prohibir, y canto esto para que me escuchen y se den cuenta que hay mucha gente que no debe estar presa por fumar hierba. Somos una nueva raza, una nueva generación, pongamos fin a esta tradición. Legalícenla" ("Legalícenla", Viejas Locas, 1999). En el disco No es solo rock and roll, Cristian "Pity" Álvarez con su nuevo grupo Intoxicados vuelve a cantarle a la marihuana, esa vez nos narra la manera en que él consigue marihuana en ciudad oculta, "Esquivando balas con mi bicicleta voy a casa de mi puntero a buscar mi hierba, él tiene ese faso rico que cuando lo fumo quedo bien chino, y cuando salgo estoy atento porque esos putos se están escondiendo, los azules me persiguen porque fumo marihuana" ("Una vela", Intoxi-cados, 2003). En el 2005, la misma banda presenta su disco "Otro día en el planeta tierra" donde Pity le cantó a las cosas que le gustan más "Me gustan las chicas, me gustan las drogas, me gusta mi guitarra, James Brown y Madonna" ("Las cosas que no se tocan", Intoxicados, 2005). La explicitud rondó en torno a la marihuana y Poxi-Rán. En la cumbia las referencias a las drogas son muchas más que en el rock, así en un disco de cumbia villera podemos encontrar entre diez temas musicales cinco que hablen de drogas, del consumo, de las consecuencias, del disfrute, del problema con la policía, etc. En el año 2000 el grupo de cumbia villera Damas Gratis sacaba su disco titulado Para los pibes donde los hits fueron "Hoy, para poderte recordar me fumo un alto faso que me hace flashear" ("Sólo aspirina", Damas

Gratis, 2000), y el El fumanchero. Un año después el grupo grabó en vivo un disco titulado En vivo hasta las manos, transformando "La flor" en el más popular "yo tengo una flor, la tengo que cuidar, y cuando sea grande me la voy a fumar. Yo tengo una flor la tengo que regar aunque sea ilegal para mí es medicinal" ("La flor", Damas Gratis, 2001). En el álbum más popular de Damas Gratis 100% negro cumbiero una sola canción se convirtió en el camino obligado a la hora del recital "Quiero ponerme a beber y un alto faso fumar… no estoy triste, no es mi llanto, es el humo de este fasito que me hace llorar" ("El humo de mi fasito". Damas Gratis, 2004). Otro grupo emblema de la cumbia villera es la banda de Ariel "el traidor". Los Pibes Chorros, en su álbum titulado Arriba las manos le cantaron a un "Tano pastita", a "la danza del humo", y al "empastillado", hits de principios del 2000, "Dejaste la cocaína, dejaste la marihuana, largaste a todas tus minas y el vino en damajuana, perdiste toda tu guita y te fuiste de la villa pero nunca dejarás de tomar pastillas. Alucinado todo el día, siempre re-loco de la cabeza" ("Empastillado", Pibes Chorros, 2001). En su disco siguiente, Solo le pido a Dios, los Pibes Chorros cantaron "Mangueando y robando monedas para comprarte vino tinto, coca y birra y yerba pa fumar. Vieja tengo deshecha la nariz, tengo arruinado los pulmones pero re-loco soy feliz" ("Re-loco soy feliz". Pibes Chorros, 2002). En el 2003 en su CD En vivo hasta la muerte, los Pibes Chorros le cantaron al amor "Solo y triste me refugio en mi guarida, con un vino estoy calmando mi dolor, y el recuerdo de tu voz que me decía: largá el faso, las pastillas y el alcohol. Sin embargo yo seguí dándole duro, sin pensar que por drogón te iba a perder" ("Sentimiento villero", Pibes Chorros, 2003). Yerba Brava fue un grupo que surgió a principios del 2000, que también se nombró bajo la designación

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las enunciaciones hacia las drogas sino que se orientan hacia el consumo del alcohol. Sin embargo, en una de sus canciones, Flor de Piedra narra una noche con pastillas en un boliche "Estaba en el baile tomando fernet con coca, sin darme cuenta una chica le metió una pastilla color rosa. La jarra seguía pasando de boca en boca, mareados seguimos tomando de esa jarra loca, empezamos a ver dibujitos animados, todo el baile quedó descontrolado" ("La jarra loca", Flor de Piedra, 2000).

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de cumbia villera, en su álbum De culo cantaron "Ya no te persigas, no es tu cara de payaso, que las locuras que este faso me hizo pegar, andas al pedo (…), traje la seda, traje la yerba, armó la historia, vamo’ a fumar" ("Se armó la historia", Yerba Brava, 2003). Este grupo también le cantó al amor perdido por culpa de las drogas, en su disco Nunca se acaba: "Tu vieja me vio y ahora vos ya no me querés, la fama de drogón es lo único que me hacen por ahí. Y piensan que su hija es una santa, no saben que está zarpada como yo. Y pensar que te besaba empastillada" ("Necesito una droga", Yerba Brava, 2004); en el mismo CD el grupo nos contó el color preciso que le atribuyeron a la planta de marihuana, en su tema "Verde Esperanza", "Esta yerba te mira (…) en una nube de humo voy falseando y no quiero bajar. Ando re-loco, re-zarpado, y no me puedo dejar de reír, volando me quiero ir" ("Verde esperanza", Yerba Brava, 2004). La cumbia villera reconoce a sus creadores bajo el nombre de Flor de Piedra, grupo que comenzó a abrirse camino a fines de la década del 90, su discográfica es breve, sus trabajos están enmarcados en el disco La banda más loca y Más duro que nunca. Las características de este grupo no se encuentran en

Las bandas, los grupos, los conjuntos no se valen de las mismas enunciaciones por más que deseen expresar las mismas situaciones, acciones, vivencias, vicios, etc. Hay variantes entre las enunciaciones. Hay algunos procedimientos retóricos que se han dejado olvidados en algún placard (o en muchos), por ejemplo, la rima: asonante o consonante. La reduplicación es un elemento usado de manera más general en el subgénero de la cumbia villera, una de las canciones de los Pibes Chorros sólo consta de las entonaciones "yerba, muchas yerba, más yerba. Humo, mucho humo, más humo" ("La danza del humo", Pibes Chorros, 2001), y Yerba Brava canta "pásame un churro, pásame uno, pásamelo, yo le doy duro, pásame un churro, pásame uno, pásamelo, yo le doy duro" ("El churrero", Yerba Brava, 2003). Las anáforas, (repeticiones de una palabra al comienzo de dos o más frases o secuencias), se usa también comúnmente en la cumbia "traje la seda, traje la yerba. Levante bien las manos el que no quiera laburar, levante bien las manos el que quiera fumanchar" ("Se armó la historia", Yerba Brava, 2003). La dialogía, (uso de una palabra con dos sentidos disímiles), es usada con picardía por algunos grupos villeros, Damas Gratis le canta a las vitaminas "Yo quiero tomar vitaminas, me compro una bolsa y estoy


pila, pila (…) estoy re-cantina yo quiero vitaminas" ("Quiero vitaminas", Damas Gratis, 2000) haciendo referencia al uso de pastillas. En 2004, Pablo Lezcano le cantó a la bolsa de Poxi-Rán, en el tema "El boxeador", "Quiero vivir de gira en gira, pegándole a la bolsa todo el día (…) quiero pegarle duro a la bolsa como le pegás vos" ("El boxeador", Damas Gratis, 2004). Los Pibes Chorros apor-taron lo suyo y le cantaron a su querido amigo Tano que prepara pasta base, "A mi amigo el Tano le gusta la pasta, se sirve, se sirve y nunca dice basta (…) la pasta lo enloquece de noche y de mañana. Como él no la prepara ninguno en la Villa, por eso la vagancia para en su casilla (…) El Tano con la pasta queda de la cabeza" ("El tano pastita", Pibes Chorros, 2001). Yerba Brava, en su disco titulado "Corre la coneja", se rió de los dichos de su abuela, y narra sus dichos para concluir en su vicio de la cocaína, "Mi abuela me decía: ‘no debes mentir porque sino te va a crecer la nariz’. Y me gritaba como loca: ‘dejá el vino y tomá Coca’. Y ahora yo con este naso, tomo coca y no del vaso" ("Mi naso", Yerba Brava, 2002). Sin antojos de cosas dulces, Yerba Brava se refirió al churro natural, sin azúcar, "Pásame un churro, yo le doy duro" ("El churrero", Yerba Brava, 2003). Viejas Locas le cantó a una fruta prohibida del algún árbol, escondido en algún patio casero: "Árbol de la vida dame hoy la fruta divina" ("Árbol de la vida", Viejas Locas, 1999). La personificación con referencia a las drogas se expresó en ambos géneros musicales. Los Piojos en su álbum Tercer Arco le cantaron a un gran amigo que esperaban ver con ansias muy pronto, "Fasolita, nuestro gran amigo, que ganas de verte tenemos todos acá. Fasolita, querido a ver cuándo venís por acá" ("Verano del 92", Los Piojos, 1996). Años después Viejas Locas le cantó de un ratoncito consumidor y un gato malo vendedor de drogas, "Yo soy un gato malo, él sólo un ratoncito en busca de su queso y yo aquí escondidito.

Un gato policía que no tiene huevos, siguiendo a un ratoncito comiendo su queso. Poder atraparlo y meterlo preso, sin darle un abogado ni dejarle ver a su perro" ("Sé que lo atraparé", Viejas Locas, 1999). Los Pibes Chorros no le cantaron a la marihuana, sino a la cocaína, la cual la disfrazaron de mujer, blanca y bella "Blanca y pura era la dama que su vida controló, conoció así la locura, conoció así el descontrol. Ella le hizo perder la cabeza, de la noche a la mañana su vida arruinó" ("El prisionero", Pibes Chorros, 2002), en el disco Perdónalos, no saben lo que hacen nuevamente los Pibes le cantaron a la cocaína "¿Cómo es que no sabes cómo se mueve la blanca? Se mueve toda la noche ¿Cómo que no la conoces? La encontrás, en la esquina con los pibes siempre está. Ella está esperando que la vayas a buscar. Toda la noche con la blanca quiero pasar. Loco toda la noche voy a quedar" ("La blanca", Pibes Chorros, 2007). Terminado el trabajo de campo con respecto a la escucha de música diferente/similar, complicada/ simplista, vieja/nueva, dinámica/estática, y demás dualidades binarias que se pueden plantear a partir de la lectura de este simple escrito reflexivo, queda en cada uno ser crítico a la hora de escuchar música. Los géneros van más allá de las clasificaciones de "buenos" o "malos", son elecciones puramente personales; son ritmos con contenidos que postulan, de alguna manera, el contexto social-político-cultural de cada época. Aunque más allá de estos simples postulados que traté de plantear, lo importante es tener la posibilidad de cantar alguna melodía locamente en algún momento de la vida, bailar al son de la música creyendo que estamos solos en el universo, menear al compás del ritmo cumbiero (aunque a algunas/os no les salga tan bien), o saltar con el rock chabón, con alguna bandera tapándote la vista

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Mapas musicales Los caminos del gusto

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por Edgardo “Hugo” Gutiérrez

as canciones que escuchamos al despertar, la música que elegimos para viajar en el auto, la que seleccionamos en el celular al momento de subir al colectivo, la que copiamos a la carpeta “favoritos”, son de alguna manera las elegidas para que nos acompañen en un momento determinado. Justamente son estas las canciones con las cuales nos emocionamos de manera simple y compleja, nos provocan recuerdos intolerantes y hasta son capaces de transportarnos a esos lugares donde sólo se puede viajar con la imaginación. Todo esto tiende (ya a ser) un proceso, no solamente individual, sino por el contrario una actividad social. 154

Estas canciones elegidas, seleccionadas y organizadas están justamente moldeando nuestros gustos y nuestras formas de representarnos en ellas. En una difícil tarea sociológica, podremos hablar de una música “seria” en términos de una alta cultura y aquí pongo el ojo en las producciones musicales más importantes del mundo, ya que esta música “seria” trasciende las fronteras y las fuerzas sociales; mientras que, por el contrario, la música “popular” en términos estéticos tiende a carecer de un valor universal general, es aquí donde se encuentra una doble posibilidad de análisis. Para entender este fenómeno podemos aplicar y pensar la música, en general, desde la visión de cultura que propone Umberto Eco en su tesis central sobre Apocalípticos e integrados ante la cultua de masas obra publicada en el año 1965, es decir podemos ubicar a la música “seria” en conceptos “apocalípticos” y a la “popular” en conceptos “integrados”, recordando que la visión de Eco afirmaba que para la aristocracia, la simple idea de compartir la cultura de modo tal que esta pueda llegar y ser apreciada por las mayorías

es un contrasentido, por lo tanto, lo que es accesible a las masas no sería realmente cultura sino una suerte de «anticultura». Pero en la vereda contraria hay quienes ven al fenómeno de la industria cultural, y a sus múltiples formas de difusión, como una posibilidad sin precedentes de acercar las más variadas formas de expresión artística a sectores antes marginados, pensando siempre en los conceptos de Eco. Ahora bien, dentro de este análisis podremos encontrar un campo fuertemente ligado por el término “popular”, concepto trabajado por la sociología musical de Simon Frith en su texto Towards an aesthetic of popular music, publicado en 1987 (Hacia una estética de la música popular), quien marca primeramente esta diferencia sustancial entre lo «serio» y lo «popular», partiendo desde los estudios que se realizan de cada uno como así también acerca de cuáles son los estudios que los abordan dejando en claro diferencias puntuales. Música seria: Estudios precisos de las teorías estéticas de la música clásica. Música popular: Sociología de la música sin tener en cuenta los valores estéticos. Siguiendo con la línea de Frith, él incorpora a los estudios sociológicos de la música popular, dos puntos principales; la producción y el consumo, sobre ello afirma: producimos y consumimos la música que somos capaces de producir y de consumir (afirmación que puede parecer muy obvia


pero que implica importantes cuestiones sobre capacidades, preparación y educación, que referidas a la música popular no arañen tanto a los compositores cuanto a los grupos sociales). Grupos distintos poseen distintos tipos de capital cultural, comparten expectativas culturales distintas y hacen música de manera distinta: los gustos en el pop se asocian a culturas y subculturas de clase, los estilos musicales están relacionados con grupos específicos, y se dan por sentadas ciertas conexiones entre etnicidad y sonido (Frith, 1987:148).

Si relacionamos este concepto acerca de la producción y consumo con las particularidades de Jujuy, debemos también enfrentar la realidad de la música “popular” desde lo regional y hasta de lo folklórico como puede ser el bailecito o la copla. En el prólogo del libro Cancionero Popular de Jujuy de Juan Alfonso Carrizo se afirma que “gracias a sus investigaciones y cancioneros, Carrizo contribuyó a ampliar la conciencia histórica de sus contemporáneos, incorporando la noción de memoria poética cantada por la voz popular”(2010). María Eduarda Mirande introduce el campo de la poética dentro de lo musical y retoma esta idea de la “voz popular”, elemento que también es usado por las factorías de la global musical world, es decir que la “voz popular” ya no termina siendo una ocurrencia estética de resistencia, sino que, por el contrario, se convierte en el aditivo que los productores introducen para un reconocimiento mucho más fácil por parte de los consumidores. Pensar la música popular desde Jujuy implica trabajar desde el campo de la etnomusicología, es decir desde un estudio que también contemple las formaciones culturales y las relaciones sociales para establecer los productos musicales emergentes. Pero

La Yugular - Foto: Edgardo Gutiérrez

no nos detendremos en este punto ya que la inquietud de nuestro trabajo es desarrollar las bases para un estudio de la música “popular” desde el sensorium y la valoración del uso.

Dime qué escuchas y te diré quién eres Empezamos a definir algunos conceptos que hacen al campo de lo musical y en esta oportunidad no sólo nos remitiremos al campo de rock, sino al lugar que ocupa la música en nuestra vida cotidiana, y cómo esta, de alguna manera, se va conformando en un mundo de significación, de valoraciones aparentes y no tan aparentes, debido a que muchas veces rotulamos desde el sentido común las diferentes variaciones musicales que en Jujuy terminan expresando todo un sentimiento de pertenencia, algo así como una conformación identitaria musical. Es decir que este campo musical es justamente una configuración de relaciones objetivas entre posiciones.

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Hace poco tiempo, Sergio Pujol (2010) publicó su libro Canciones Argentinas 1910 -2010, donde compila canciones argentinas, hay que entender que cuando decimos canciones argentinas estamos pensando en un ser “nacional”, que a estas alturas ya no es ni único ni compacto, Pujol afirma en su prólogo que “si determinada canción logra impactar en nuestra sensibilidad, seguramente esos escasos minutos en los que despliega su trama sonora quedarán incorporados en la memoria hasta el final de nuestros días. Como forma cultural históricamente desarrollada, la canción precede, -y seguramente sobrevivirá- a todas las demás”.

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De esta forma Pujol define a las canciones la posibilidad de ser un elemento integrado del sensorium sonoro, es decir que se trasforman ya no en una repetitiva canción de supermercado, sino por el contrario se hace piel en nosotros y se trasforma en un tejido cultural y social, que históricamente será el la que vaya formulando nuestros gustos o placeres. La música es un texto y un contexto, porque se hace muy complicado recortar su codificación, ya que se pueden identificar tres estados de lectura de la música en general; el primero (íconos), notas musicales, pentagramas, etc.; el segundo estado sería el de los productos (formas), los discos; y el tercero el de la recepción (objetivos), es decir los shows en vivo, el consumo que se realiza, etc. Solamente hago esta separación, para poder realizar un análisis de la música, sabiendo que ella es movimiento, que está en constante cambio-lucha, y se enmarca en la complejidad cultural y por lo tanto se la debe entender como una expresión artística, histórica, económica y política.

desde una perspectiva Gramsciana donde se afirma que la cultura es justamente “una visión del mundo interiorizada colectivamente”, y es en este punto donde se puede y se tiene que pensar que hay una lucha cultural, donde todos los actores sociales intentan determinar una identidad colectiva. Es decir, si la cultura musical es entendida de esta forma, tendremos una lucha en el campo de la ideología es decir “las masa humanas forman el terreno dentro del cual se mueven los hombres, adquieren conciencia de su posición, luchan, etc.”(Gramsci, 1933)

La “cultura musical” básicamente tiene que ver con una lucha en su totalidad, y no hablo de esa vieja rivalidad entre Soda Estero y Patricio Rey, ni mucho menos entre Beatles y Rollings Stone, o entre The Clash y Ramones, entiendo el término “lucha”

Toda esta cultura musical también tiene que ser entendida desde una di-mensión simbólica porque justamente el escuchar una determinada canción es una práctica social y por lo tanto está atravesada por la ideología.

Inteligencia Artificial - Foto: Edgardo Gutiérrez


Entendamos de esta manera que la cultura musical puede ser leída como un soporte de significados culturales, porque forma parte de esa cultura la manera en que escuchamos la música, el género musical elegido, las determinadas formas de uso y hasta la costumbre de escuchar rock a alto volumen, nos señala una determinada ideología. Sumado es esto, el uso de los nuevos soportes termina siendo toda una representación al ir caminando por la calle y escuchar desde un dispositivo móvil una canción. Se constituye así en una marca de reconocimiento social de un campo determinado. Mariano Ugarte afirma al respecto: La concepción simbólica-estructural de la música, refiriéndose a una concepción que privilegiando el carácter simbólico de los fenómenos culturales (musicales) como el hecho de que los fenómenos se inserten siempre en contextos sociales estructurados. En el campo de la música, los contextos estructuran su funcionamiento. La producción, trasmisión y recepción de las formas simbólicas se tornan desiguales y con un desarrollo asimétrico. Es imposible escindir la red de significación que compone la cultura y por lo tanto el campo de la música de las estructura físico materiales que establecen las políticas culturales, las instituciones, las industrias culturales, las empresas, etc. Estructuras que condicionan y/o posibilitan en parte su existencia (Ugarte, 2008;256).

De esta forma se establece un análisis acerca de estas formas de resistencia que se observan en el uso cultural de la música y se intenta focalizar el análisis en actos

de resistencia cultural, particularmente en resistencias descentradas, en pequeños actos individuales o de los colectivos de influencia media o pequeña, acciones que comprenden una micro política. Es decir que la sumatoria de los actos individuales nos establece microlugares de análisis que pueden ser observados dentro de estructuras un poco más grandes. Ejemplificando este análisis proponemos pensar las siguientes descripciones: una adolescente caminando por una vereda e la ciudad vestida con ropa deportiva y un celular en la mano escuchando alguna canción del género denominado “cumbia villera”, haciendo uso de la mayor fuerza del volumen del celular. Otra escena: una mujer de más de 40 años corriendo por el Parque San Martín con un i-pod con auriculares, escuchando posiblemente alguna banda inglesa como por ejemplo INXS. Estos dos ejemplos son cruzados por la misma forma de valorización de la música, ambos tienen una representación social de su sensorium, su cercanía al uso de la música es similar, la del acompañamiento temporal, inclusive los espacios físicos no son extremos, lo que sí cambia es la distancia estructural o cultural a la que hace referencia Alejandro Grimson cuando habla acerca de las dimensiones de la comunicación. La distancia estructural se refiere a las diferencias del uso de los elementos simbólicos en la sociedad. Lo que hace que la música sea un conjunto de símbolos es ese poder que tiene (más allá de los soportes de difusión), de generar capas de significación múltiple y de variadas densidades, sin olvidarnos que la música es justamente un espejo de lo que producimos y consumimos, es ahí donde también se semiotiza la tensión social, los conflictos, las asimetrías culturales y las políticas de dominación cultural.

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Polaroid de lucha ordinaria Es necesario marcar de alguna manera un tiempo o recorte temporal, es decir periodizar los estudios sobre la música, ya que todas las investigaciones tienden a tener esta estructura. Es importante pensar esto debido a que cada una de las investigaciones sobre música mantiene un tiempo particular, pero es un tiempo que le brinda el lenguaje con el que se habla, sobre sus referentes periodísticos y no desde el campo de la investigación, (es decir) cuando uno habla acerca del post-Cromañón, de la Generación Beat, del rock Chabón, de la emergencia de la cumbia villera, son afirmaciones que exceden al marco de campo epsitemológico de la investigación y tienen su propio reloj biológico. 158

Si pensamos que la música tiene muchas formas de re-presentarnos, todo mapa musical puede ser quebrado, se puede pensar en música “culta”, “popular”, “música bien o mal tocada”, “música nacional”, “música indie”, “música experimental”, “música para bailar”, “música electrónica”, etc. Estas denominaciones no son nada más que marcas que se realizan para poder observar sus particularidades sociales. Ahora bien, cuando escuchamos determinadas canciones del género que más nos agrada, podemos afirmar que es en ese momento donde depositamos nuestro amor propio; nos desnudamos ante los otros cuando coreamos o bailamos al ritmo de esa canción, nos salen lágrimas de placer o de emoción, nos estalla el corazón, nuestras articulaciones se ponen en movimiento, recordamos historias, aventuras, la primera vez que la escuchamos, hasta recordamos a esa novia ingrata que nos dejó plantado un viernes para volver con su ex pareja. Muchas veces se ha pensado que la música es el “lenguaje universal del hombre”

nada más alejado que eso, los gustos musicales siempre han estado enfrentados en una sorda lucha de agrupamientos parciales. Estos agrupamientos parciales son los que generan los espacios de encuentro con los otros, con los pares y, como siempre, el despierto mercado coopta a estas identidades para darles un lugar donde puedan salir libremente a bailar su mejor canción.

Un mapa para ciegos Podemos indagar acerca de cuáles son esos lugares geográficos donde se corporizan justamente las diferencias musicales y cuáles son las características más o menos formales de cada uno de los habitantes de estos templos musicales. Las variaciones de los campos musicales sonoros se distribuyen en diferentes esferas geográficas y sociales; los gustos y las diferencias son tan marcadas que construyen campos simbólicos totalmente diferenciados, exceptuando algunas pequeñas hibridaciones de género y también de identidades musicales, porque al igual que el lenguaje hay una serie de elementos que sufren cambios y originan nuevas formas. Esta propuesta de análisis surge de ver cómo se puede construir en función de los espacios musicales y de sus características intrínsecas una dimensión simbólica o una distinción particular. Ante esto nos preguntamos ¿la distinción hace a la variedad musical o es la variedad musical la que crea a la distinción? Para ello voy a hacer un recorrido breve por cada uno de los géneros a estudiar: a) La cumbia tradicional o romántica, este género que se origina a partir de los años ´60 con grupos


exponentes como los Wawancó, El Cuarteto Imperial, fue considerada por ser una música alegre y festiva. Tuvo una gran aceptación en los sectores populares; ya su vez, fue menospreciada por las capas de intelectuales que la calificaron de vulgar (Silba, Spataro, 2008). En nuestra provincia hay lugares claramente marcados donde este género musical es ecuchando e incluso son reconocidos por los propios asistentes como cumbia “chicha”. 1 Para el subgénero de la denominada cumbia “chicha” existe el complejo Sandoval (Alto Comedero), para la “cumbia del recuerdo” la Panchita Solis, el tinglado de Gladis (Barrio Belgrano) y la peña de Los Hermanos Caballero (Barrio Gorriti). Estos ejemplos configuran la importancia social de este subgénero vinculado incluso a zonas de la ciudad con una configuración social “popular”. b)- La cumbia villera, este sub-género que proviene de la cumbia toma relevancia social en los ´90. Según Pujol (2006) “la cumbia en la actualidad remite a un imaginario tropical más degradado, porque es la música escuchada por el ancho mundo de la exclusión social y sus inquietantes bordes y es la música de la reparación simbólica, la vida puede ser un infierno, pero al menos nos queda el baile”. Para la denominada “cumbia villera” existen otros espacios donde se puede apreciar este ritmo que fue creciendo en Argentina, y tuvo una explosión totalmente controlada a fines del 2009. Digo esto en el sentido de que la “cumbia villera” ya dejó de ser un espacio musical reducido para los conglomerados más periféricos de las grandes ciudades (Capital Federal, Córdoba, Rosario), y pasó a ser adoptada por todos los sectores sociales como un ritmo ampliamente promocionado. Varios de los grupos que integran este 1

Término que proviene de la cumbia peruana.

género, son convocados por diferentes boliches, La Sala (Barrio Luján), 2020, Patio Vip, Astros, Kolor, El Príncipe (Alto Comedero). c)- En Argentina, al folklore se lo conoce como la música popular de autor reconocido, inspirada en ritmos y estilos característicos de las culturas provinciales, mayormente de raíces indígenas y afrohispánicas colonial. Técnicamente, la denominación adecuada es música de proyección folklórica de Argentina. En Argentina, la música de proyección folklórica, comenzó a adquirir popularidad en los años ´30 y ´40, en coincidencia con una gran ola de migración interna desde el campo a la ciudad y desde las provincias a Buenos Aires, para instalarse en los años ´50, con el “boom del folklore”, como género principal de la música popular nacional junto al tango. En Jujuy, al ser una provincia culturalmente rica, este tipo de género musical cuenta con una gran cantidad de espacios para promocionar sus bailes; los mismos son denominados «peñas» y están ubicados en diferentes lugares como La Yapa (San Pedrito), La Casa de Jeremías (Alto Gorriti), El Fogón (Alto Comedero), Federación Gaucha (La Viña), Asociación Gaucha (Alto Comedero) entre los más destacados por su permanencia y por brindar una cartelera regular de artistas. Por una economía de espacio, realizamos un corte en estos 3 géneros particulares y solo dejo nombrados los otros dos espacios musicales que también se incluyen como variables de la selección musical; “boliches” o “discotecas” propiamente dichos, donde la elección musical termina siendo un rejuntado de variaciones que va desde la electrónica hasta la cumbia villera, pasando por el rock nacional e internacional. Entran en esta categoría Acropolis Siglo XXI (San Guillermón), Gizeh (La Viña), Quebec (La Viña),

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Para ir realizando un cierre a esta aproximación acerca de la música como factor de análisis social, podemos definir dos puntos importantes para pensar en su construcción cultural: 1.- No se puede definir el campo de lo popular dentro de lo musical o definir la música popular sin entrar a indagar con una teoría cultural compleja y completa. Se debe reponer un significado fuerte de lo popular leyéndolo desde la dimensión de lo subalterno en la economía simbólica. Diego Fischerman (1998) señalaba que Mozart y Webern no ganaron las barriadas populares pero Ricky Maravilla sí entró a las fiestas de la burguesía. Battlecry - Foto: Edgardo Gutiérrez

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Santino (Gorriti), terminando con un boliche temático denominado Under (Mariano Moreno). El mapeo se puede completar con los lugares vernáculos donde el rock se refugia, entre estos lugares podemos mencionar los que están más vinculados por su antigüedad como El Zeppelin (Centro), Imperio (San Pedrito), Los Galpones recuperados de la Tupac Catari (Barrio Estación), Camboya (Centro), La Cueva (Centro), Boxer (Centro). Como es de costumbres dentro de las inversiones locales, por parte de los dueños de los diferentes lugares, el rock como propuesta económicamente rentable termina siendo una plaza muy cerrada con la presentación de algunas bandas para luego cambiar de ritmo sin problemas o cambiar directamente de rubro; es así que estos lugares fluctúan y tienen grandes variaciones. Por lo general su permanencia en el mercado termina siendo de no más de un año, con la propuesta de las bandas locales que terminan siendo no más de 15 las que circulan y tocan en los pubs locales.

2.- La música debe ser entendida como una producción cultural, social e históricamente situada, que es atravesada por esas concepciones que circulan en el imaginario social reproduciéndolas y resignificándolas.


La epifanía de Piet Mondrian por Gustavo Álvarez Núñez “Mondrian, el estricto calvinista que no toleraba la visión del tronco de un árbol desde la ventana de su taller porque le recordaba un objeto de factura no humana. Conocí bien a Piet Mondrian y añoro todo lo que hacía antes, sus hermosos árboles, por ejemplo. Miraba la naturaleza. Sabía pintarla. Y luego, de repente, le dio por la abstracción. Fui a verle con Alberto Giacometti un día precioso, cuando la luz empieza a declinar. Alberto y yo miramos esa magnificencia que entraba por la ventana. Las declinaciones de la luz crepuscular. Mondrian corrió las cortinas y dijo que ya no quería ver eso…1

M

ondrian tenía tiempo por delante. Estaba terminando de cambiar unas lamparitas, y contaba con quince minutos a lo sumo para hacer nada antes de pasar por lo de Van. Era raro cómo, de alguna manera –y esto se repetía y se repetía–, el hecho de muchas veces contar con minutos de más antes de ir a algún lado generaba al final una predisposición acuciante por tener que hacer todo a las apuradas. Y llegar tarde. Era de cajón. Cuanto más tiempo contaba hacia delante, y más tiempo al divino botón tenía en sus manos, era más factible que, en el mejor de los casos, Mondrian acabase haciendo todo a las corridas. Bañarse, cambiarse, tomar un tren. Era una fija. No sabía por qué llegaba a instancias tales, sabiendo o conociendo el final. En sí, lo inquietante de esas situaciones estribaba en los comienzos, cuando Mondrian parecía contar con todo el tiempo del mundo y cierta ansiedad se apoderaba del asunto: dar con el corte, con ese instante revelador, en donde se hacía presente la certeza de que había un tiempo equis hasta tener que desplazarse hacia otro lado, y que ese lapso podía estirarse y estirarse, y uno no podía inmiscuirse en otra cosa que en el derivar 1

Balthus, Balthus. Memorias, Lumen, 2002.

inconsecuente, sin perjuicio pero tampoco sin destino. Una suerte de tiempo muerto que había que matar. Algo irreversible, que estaba ahí. Pero algo ante lo que había que hacer algo. Lo peor del hecho en sí era su carácter frecuente, y a la vez el rasgo inquebrantable –y más desesperante aún– de inesperado. Mondrian veía eso: suponía que había aprendido. Él había percibido cómo llegaba a organizarse ese desvarío al dejarse llevar sin miras ni fatalidad alguna, pero también con la extraña sospecha de que otra vez le habían tendido una trampa. Lo peor del hecho en sí era que la trampa la había construido él, sólo él. Mondrian mismo había pisado el palito sabiendo que el palito estaba ahí. Lo bueno era que se lo tomaba con humor, claro que a los días, nunca en ese momento, cuando empezaba a derrumbarse la seguridad de que contaba con tiempo para perder y debía apurarse, pese a haber tenido, como se aclaró más arriba, todo el tiempo del mundo. Mondrian tenía tiempo. Ya había concluido el cambio de unas lamparitas, y como hacía calor, se le ocurrió que no estaría mal, antes de irse a lo de Van, darse un baño. Casi un baño protocolar: el agua corría ceremoniosamente, el cuerpo era atraído por la ducha, la fugacidad como instancia reparadora. No mucho más. Mondrian estuvo dando vueltas con que no estaría mal pasar por el baño, abrir la canilla de la ducha, meterse bajo el agua y refrescar un poco la piel acalorada. No importaba que por la mañana se hubiese bañado como correspondía, ni que usara el desodorante suficiente bajo las axilas para que no fuese necesaria otra inmersión más. Tampoco se le cruzó por la cabeza que tal vez no vendría mal cambiarse el

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boxer: la temperatura de este día podría haber hecho mella en toda la zona genital. Pero también era cierto que no había planes de cruzarse con señorita alguna. Entonces era un detalle menor al que no había por qué darle lugar.

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Desde que tuvo noción de la partida inminente, hasta el momento en que era un hecho que debía marchar, los minutos pasaron volando. Mondrian otra vez había caído en la trampa. Si bien se había dado una ducha muy rápida, ahora estaba sudando. O mejor dicho, ya recorría todo su cuerpo un ligero sudor; bueno, mejor dicho, recorría su espalda un leve hervor, tímido en sí pero firme, de esos que producen una sensación de incomodidad inconclusa. Porque no era calor con todas las letras, ni transpiración con todas las letras, pero Mondrian notaba algo inadecuado naciendo en los pliegues de sus hombros y deslizándose sin miramientos por la columna vertebral; quizá se trataba de un hilo de secreción espontáneo, vertiginoso e imparable, que cubría retaceadamente las distintas capas de vértebras; podía tratarse de eso. Otro tema era hacer las cosas a las apuradas. O peor. Vivir con la sensación de que no podía frenar ese desarreglo, que llevaba el cuerpo de un lado a otro sin contemplar lo que había por delante; sólo esa atracción no especificada –intolerable, tal vez; inmanente, quizá–, pero sí percibida: de que no salía de tal torbellino lunático. Vivir apurado, para Mondrian, podía ser un tema de reflexión, que ganaba lugar en las charlas con sus amigos. Sin embargo, antes estaba la experiencia, la desorganización protocolar casi, el instintivo rejunte de imposiciones, la intolerable cuantificación del abuso. Mondrian se daba cuenta de que vivía apurado, de que comía apurado, de que hasta en los momentos en que se tiraba a descansar lo acababa acorralando cierta ansiedad presurosa. Cuando se lo decía a su novia, Marielesse, ella no

alcanzaba a distinguir al hombre apurado del apuro en el hombre. Para Marielesse, Mondrian estaba poseído por la superficialidad, lo que no le permitía gozar de las cosas que tenía delante suyo. Un signo claro, para su chica, de que a él le seducía más lo que estaba aún sin resolver, que los logros que podía tocar y atribuirse. Ella notaba que Mondrian era muy exigente consigo mismo, y así con los demás. No se permitía el relax, no toleraba dejarse llevar por el ocio más remoto. Según ella, él vivía envuelto en una carrera interminable hacia un lugar desconocido, cuyo imán era tan fuerte, que casi no había forma de competir. En este punto, Marielesse sentía que perdía, que era absurdo enfrentar a un enemigo tan macizo. Ella advertía que nunca iba a poder sacarle a Mondrian el dolor que roía su vida. Que detrás de esa solvencia, que detrás de esa astucia, que detrás de esa altivez, que detrás de esa prestancia, había, se escondía, se tonificaba, se encuadraba un incontrolable dejo de insatisfacción irritante. Imposible estar a la altura de este carrusel, así pensaba Marielesse. “No puedo estar


con una persona así”, intentaba explicarse mientras subía la escalera de su casa rumbo a la cama luego de haber cenado con Mondrian. A su vez, él tenía varias cosas que reprocharle: varias actitudes de ella no le terminaban de cerrar. Para Mondrian, Marielesse era muy egoísta. Siempre prevalecían los intereses personales de ella antes que los de la pareja. Y eso iba en detrimento de su deseo. Cada día era más difícil lograr relajarse ante una persona que vivía recriminándole que él no sabía disfrutar de las cosas, cuando lo que el hombre buscaba simplemente era cariño, paz o sosiego. Era posible que Marielesse se debatiese ante similar dilema, pero no había modo de que ninguno de los dos, al final, transmitiese al otro la deuda pendiente que iba encerrándolos en una coraza cada vez más imposible de atravesar. Además, si algo desquiciaba a Mondrian –hasta el punto de llorar y casi pegarse la cabeza contra la pared–, era que ella amaba con locura las historias de amor. Mondrian no podía entender cómo una persona tan fanática de las historias de amor, tan prendida a los romances con todas las de la ley –esos que lograban que las mujeres no parasen de llorar en un cine–, no capturaba para su propia existencia ese halo de dicha. Si bien ella era una asidua recurrente a embobarse sanamente con los designios trágicos del amor, ¿qué la alejaba de todo marco en que prevaleciese la caricia reparadora, la sonrisa confidente y la sensualidad abrasadora? No es que ella fuese fría, menos calculadora, pero a veces Mondrian sospechaba que estaba de novio con una chica fría y calculadora. Y sólo pensarlo, el sólo hecho de atribuirle esos rasgos, generaba en él un conflicto con muchas preguntas: “¿Qué la paralizaba a ella, ferviente admiradora de las historias de amor, a vivir su propia historia?”; “¿Por qué se negaba a entrar en un laberinto de pasiones, si en verdad a ella le encantaba verse reflejada en esos

enredos?”; “¿Qué era el amor, si cuando estaba frente a una persona a la que había elegido sobre otras y ante la cual había confesado su alto cariño, ella no hacía más que huir al poder de la entrega total?” Mondrian no comprendía bien qué pasaba, qué les pasaba a ambos, cómo un día habían encontrado un terreno en común y al tiempo se había generado el clima tenso actual. Mondrian intentó en varias oportunidades hacerle una pregunta directa a Marielesse, del estilo “¿Qué hice mal?”, pero lo único que le salía eran palabras de reproche. Tampoco pudo llegar a darle lugar a otra pregunta en la que venía pensando: “¿Qué esperás del amor para no brindar amor?”. El amor, parecía ser, era una cuenta pendiente para los dos, un fantasma que se había posado entre ellos en un momento –haciéndose pasar por un sentimiento delicado y encendido–, para después convertirse en un verdadero espectro. El amor los había seducido de una manera vertiginosa, sin prudencia, lanzándolos a una furiosa y apasionada invasión, para con el tiempo transformarse en una postal anacrónica. A Mondrian lo que más lo movilizaba era llegar a comprender qué habían visto cada uno en el otro para que ahora todo se desvaneciese sin un problema tajante. Además, notaba que todo era parte de un plan más vasto en el que las partes rehusaban a ensuciarse las manos; como si lo envidiable del encuentro –dos personas que se aman, casi a primera vista– concluyese sin estridencias ni riñas, sólo con una suma de recriminaciones, lejos, muy lejos de un huracán sentimental. Y esto era una confirmación que a Mondrian le dolía, porque terminaba de corroborar que todo lo que había de amor, todos aquellos lazos que sostenían su relación amorosa con Marielesse; todos los atributos que habían sido puntales para poder jactarse ante sus amigos de que de una vez por todas había dado con la mujer de su vida –y conste que él

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no era de esos que le enrostran a los otros sus parejas o affaires, para sentirse superiores o tocados por la varita mágica–; todo eso y todo lo otro a lo que no podía acceder con palabras eran un pergamino que no servía para nada.

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Mondrian estaba en un limbo, claramente. Por un lado, sentía que Marielesse era parte de su pasado, algo que debía olvidar, una señal que ya no tenía injerencia en su radio de acción; pero por el otro, la sola idea de estar lejos de ella, el solo hecho de no contar con su perfume o el magnetismo de su sonrisa, producía en él una suerte de apremiante desasosiego. Sin embargo, la preocupación más inexcusable para Mondrian estaba en que empezaba a encontrarse desubicado, sin ganas de participar de ningún tipo de evento social, algo bastante raro en su proceder. Lo más alarmante era que a la vez esta reacción en un momento no lo colmaba, y buscaba por todos los medios huir de sí mismo. Se volvía una persona desbocada, atraída por ese inconformismo que tanto conocía pero al que buscaba no rendirse. Cuando solía hablar sobre el tema con Marielesse, y amparado en la cordura del enamorado despechado –es decir, la del hombre que comienza serenamente a repasar las vicisitudes imposibles de soslayar y que con los minutos no puede con su genio y le estampa en la cara a su amada todo lo pertinente sobre disputas irresolutas–, Mondrian no olvidaba remarcar la marea de engaños que los había unido. Pero después, el segundo posterior a verter en la conversación todo lo que no tenía que decir, ese manojo de pequeñas cosas que no debía decir le estampaba un golpe de realidad atroz. Porque terminaban empujándolo a un costado vulnerable: ¿Quién era él para decirle a ella cómo debían ser las cosas, que al fin de cuentas los involucraban a ambos? ¿Cómo llegaba a poner en duda el arsenal de hilos que sustentaban el cariño y el amor

que se tenían? ¿Qué buscaba poner en funcionamiento él con toda esa marabunta de suspicacias? Marielesse le preguntó si esto último, lo de poner en funcionamiento toda una marabunta de suposiciones, no estaba confirmando el grado de confusión que los rodeaba, y no hacía otra cosa que darle pie a la anarquía sentimental. Mondrian no supo qué decirle. Estaba cansado de discutir. También sabía que Marielesse era su centro, que pese a que notaba que ella a veces estaba en su mundo y no lo registraba, se le hacía inviable pensar su vida sin el manto de sensualidad y belleza que rodeaba a su novia. “¿Cómo va a ser mi vida sin Marie cerca?”. Esa era la intriga más grande para un indeciso Mondrian, que tanto, como la odiaba, la amaba. Odiaba y amaba. De la radio se le pegó una canción que justamente debatía la cuestión que tanto lo angustiaba: “Para odiar hay que amar / para destruir hay que hacer”. Sí, habían construido una pareja; habían dinamitado la zona de incertidumbre (¿qué somos?, ¿amigos? ¿amigovios?, ¿un flirt?) y habían rodeado la manzana con toneladas de auspiciantes signos de amor eterno: gestos al unísono; risas estentóreas casi copiadas; la propensión a escuchar al otro y cerrar con una frase que remitía inevitablemente al universo personal del que venía hablando. Se llega a odiar pero solamente porque antes hubo mucho amor, era la enseñanza de la canción. Es imposible que se odie lo que no te moviliza, ni te interpela. Nadie odia aquello que no lo enfrenta a algo que quiere, que respeta o que busca cuidar. En el camino estaba la creencia popular, esa que a Mondrian le provocaba mucha inseguridad: del amor al odio hay un solo paso. Mondrian no quería saber nada con la indiferencia; digamos, el devenir indiferente lo trastornaba; desnudaba dudas a que quería dejar en el olvido, pero no había forma.


La frialdad que muchas veces le reprochaba a Marielesse, la falta de deseo que muchas veces le reprochaba a Marielesse, la distancia que muchas veces le reprochaba a Marielesse, se tornaban atributos inapelables de una situación lindante con el fracaso. Mondrian no quería asumir el fracaso, como tampoco quería admitir la frialdad, la falta de deseo y la distancia de Marielesse. Y en las nubes de indiferencia que comenzaron a poblar la escena del crimen (el amor había muerto) se podían detectar los resabios del miedo, el miedo de Mondrian al fracaso. Y la oferta de ella, en tales circunstancias, no fue otra que el desapego. Un arma mortal para un hombre como Mondrian. Que tenía tiempo por delante.

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Fotonovela

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Guión: Carlos Ramírez Marcela Cura Fotografía: Carlos Ramírez Selección de fotos y compaginación: Paola Reussa Actores: Paola Reussa Nicolás Di Forte


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多FIN?

Revista Intravenosa 12  

Revista intravenosa 12

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