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ropa, a pleno viento, también al fondo. Mucho frío en las habitaciones. Mucho sol al frente, dos habitaciones para beneficiarse, el resto en el frío y la humedad. Mucha vigilancia con el agua, por aquello del agua servida y el pozo que debía vaciarse. Varias fronteras, finalmente, frente al disfrute alegre y liviano de comodidades que a primera vista parecían al alcance de la mano. Un déficit que dice mucho de la desatención pública a estos desplazamientos poblacionales en los barrios de esta tercera década de nuestra historia del siglo veinte. Pero en cambio estábamos libres del hacinamiento. Cada familia tenía su techo, con dos o tres hijos como mucho, y todos al trabajo. Los que estudiaban eran vigilados celosamente en su desempeño, hasta por el cura gaucho, y controlados en su desplazamiento por cien ojos curiosos. Esa hermosa plaza que no fue, nos recuerda que por ese límite, del otro lado, tampoco nos vinculamos con un área de encuentro y de relación, que fue la Primera Sociedad de Fomento del barrio, "Luz del Porvenir", con local propio en Dupuy 1135, que se fundó en 1923, en donde sabíamos que para las fiestas patrias se corrían carreras de embolsados y otras diversiones, y que había reuniones y conferencias. Territorio vedado, quizá porque seguramente tendrían veleidades socialistas. Nunca lo sabremos. Poco después se fundó otra sociedad de fomento, que tuvo crecimiento notable, pero en otra barriada, más cercana a Liniers, con lo que se fusionó una biblioteca pública "Belisario Roldán", con la que se vinculó el Sr. J. Illan, muy conocedor de Versalles y autor de un prestigioso trabajo, que en parte utilizamos para las precisiones de estas páginas. VI) Vengan ahora las fronteras sutiles e innombradas. Lo que vivimos como discriminaciones, leves algunas, rígidas otras. En mi cuadra eran bastante palpables. Tres familias de origen italiano se sucedían desde la quinta, de primera generación, pero ya emancipadas del lazo con las familias respectivas y encerradas en sus respectivas vidas de trabajo y rutina. El frutero y el chanchero, con sus pullas relativas a la vida de mercado, generaban adhesiones por sus propias modalidades con el público, mientras una esquina específica despertaban los respectivos orígenes tan estridentes. Tengo muy presente a los demás, pero de un modo genérico, de modo que los reservo para el desván de esta historia. Por marginales algunos, como unos polacos reservadísimos, donde el marido tocaba el acordeón, unos jubilados provincianos, poco comunicativos, una misteriosa familia en su casa muy sobria, un policía jubilado y su mujer maestra, unos criollos oscuros, los únicos que conocí en mi infancia, que vivían en un rancho bien campero que seguramente era un relicto del avance urbano. A otros chicos los conocí en el club del cura, o en la parroquia, en esa tácita articulación de redes que las miradas y las paseadas camino al club generaban. Un mundo con muchas presencias consabidas, y muchas expectativas que cubrían una mirada, una sonrisa, un gesto. Un mundo muy lleno, nunca aburrido. Sin grandes esperanzas, un mundo niño. De afuera traía mi padre los libros de la Biblioteca Obrera, nada menos que a Césare Cantú, y su historia universal, que leíamos por las noches rígidas sentadas rígidamente para no dormirnos aunque corriendo siempre el riesgo. Así se entendía la cultura, como ingestión de libros, sin crítica, y sin la intención de generarla. El mundo de la política, total ausente, temerosamente oculto y tácito. Los discursos de Mussolini se perdían en las aclamaciones escuchados atentamente en una radio a cajón alto muy imponente y signo de status casi equivalente al auto más tarde. Las canzonettas italianas tampoco se perdían, y eran buen vínculo expresivo de alegría. Todo un poco laxo, como que la sabiduría estaría en no dejar sanción expresa a nada, mucho 70

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RHB N°10 - CONURBANO BONAERENSE  

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