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IV) Dos cuadras más allá de la Iglesia también, perpendicular a Arregui, la calle Nogoyá era un verdadero finis terrae. Camino hacia Devoto por un lado, hacia Liniers por el otro, abría la vista hacia un descampado total de quintas a la derecha, y de otra estación de ferrocarril casi abandonada, a la izquierda, Villa Real, terminal de un ramal muy espaciado del ferrocarril Pacífico. Dejaba de tanto en tanto bolsas de carbón y carbonilla, y de forraje para los carboneros del área, en tiempos en que el gas instalado pertenecía a la edad de oro futura. Tiempos en que los carros del lechero marcaban las horas, y en que ir a Villa Real era toda una aventura. V) La plaza, curiosamente, no la veo en mis recuerdos como sitio de desplazamiento, ni siquiera de juego. Su cercanía le hizo perder el encanto que poseía en un principio, cuando caminábamos desde Villa Luro para alcanzar sus canteros con flores, o sus bancos nuevos y su grava roja. Desde que vivíamos allí íbamos muy poco quizá porque teníamos un largo fondo donde podíamos jugar al fondo más fondo, cerca del galpón de chapas, bajo o entre las cañas altas, en las largas horas de siesta del verano. O bien por la cancha de bochas primaría que mi padre y dos amigos ferroviarios habían construido al costado, y donde los domingos tenían lugar homéricas bochadas de mi padre, para admiración de todos, mientras la gringa linda servía masitas recién fritas, y un mate circulaba entre arrimadas al bochín y otras estrategias. "Estudien para no ser burras como yo" era la consigna de nuestra madre. El ejemplo lo daba el padre. Siempre con libros, habiendo derivado de empleado de cuando todavía no sabía el castellano (la castilla) a aptísimo empleado de oficina de personal, hasta allí manejada por personal inglés. El idioma inglés pasaba en mi casa de él a mi hermana mayor y de ella a mí, cuando no peleábamos. Era un saber delegado, mientras el riego al lucido jardín del frente se imponía en los largos crepúsculos estivales, descalzos sobre el pasto todavía caliente. En resumen, el aislamiento social que impuso a mi padre esta elección de vida basada en la superación de las limitaciones culturales de un pasado campesino, fueron transferidas a la vida familiar con mano dura, y como resultado no buscado a la vez. La alternativas de un partido ocasional dominguero en la cancha de bochas doméstica no paliaban en nada este extrañamiento que por nuestra parte también guardábamos al ver limitado el acceso a casa de eventuales amigos o compañeros, también porque el silencio era debido en las horas de presencia paterna. De esta manera, la plaza, y la libertad que sus juegos suponían frente a la vigilancia paterna, quedaba excluida, al igual que la calesita, enfrente, porque obligaba al dispendio. Un poco más allá se alzaban a cada lado de la calle Bruselas dos establecimientos fabriles importantes, uno de pinturas industriales, de tejidos el otro. Seguramente muchos de los habitantes de esas cuadras del entorno serían empleados u obreros de estos establecimientos. Sólo conocí a dos "tejedoras" fabriles, cuyos maridos eran guardas de tranvía, y que ofrecían un modelo de organización del tiempo y del trabajo doméstico mucho más respetuoso de la mujer que en las demás casas conocidas. Se las apreciaba a estas mujeres en la medida que proveían de ingresos a sus casas, tema qué preocupaba sordamente a mi buena madre, siempre en guardia con el centavo, aunque con la sonrisa y la alegría puestas. Por lo demás, el paso a la casa de Versalles, nos había proyectado desde un servicio al fondo, con agujero negro resbaladizo, a un baño con retrete y depósito de agua, una bañera y un calefón a alcohol (que nunca usábamos salvo mi padre). Una cocina a kerosene, hasta que llegó tardíamente el gas, y un braserito al carbón y al viento, afuera, donde ricos churrascos tempraneros nos preparaba nuestra madre. Un piletón para lavar 69

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RHB N°10 - CONURBANO BONAERENSE  

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