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colectivos, era controlado por el cura de la parroquia vecina, que celosamente vigilaba a los adolescentes en la utilización de su tiempo, y en el desarrollo de sus conciencias desde la confesión. Allí, de ese otro lado de la estación que había que atravesar, cruzando sus rampas de acceso, para instalarse en el otro lugar, estaba mi casa, a tres bloques simétricos. Mi hermosa casa, con frente futurista, jardín a ambos lados de un pasillo al frente muy sofisticado con diseño futurista, alambre artístico en la puerta, la construcción "más elegante" de toda la cuadra. Bien diseñada frente a las vecinas restantes, fruto de albañiles prácticos, estilo galería y piezas corridas, con cocina al fondo. Tampoco era maravillosa, esta casa, ni mucho menos, pero impresionaba. Mucho más en lo externo que en la concepción espacial, mostraba un cierto estilo de vida, proyectado hacia el éxito y el afuera, con desestimación de la labor interna del propio hogar. Poca cocina para tanta casa, ninguna comodidad para patios y lavaderos, y un galpón de chapas al fondo de 50 metros, donde se guardaba carbón y cajones vacíos, enseres de labranza, en verdad una cueva de gatos y ratones nocheros. No hubo gas ni teléfono durante más de quince años, pozo negro hasta más de una década, ningún teléfono en cuadras a la redonda, todo lo cual revelaba ese desacuerda entre el frente futurista y el adentro, por otra parte problema corriente en los cien barrios porteños. (6). III) La calle Arregui donde termina la plaza, a la que da el mercado, era y sigue siendo un eje del barrio. Pero el eje de mi mundo era la calle Bruselas, que cortaba la calle Arregui al norte. Hacia el sur, a tres cuadras de mi casa, estaba la Iglesia de Nuestra Señora de la Salud, en donde el padre Julio Menvielle era párroco activo y caudillo. En el salón parroquial se daba cine los domingos, tres funciones, de aventuras y cazas de indios o de negros, daba igual. Se entraba con moneditas si se tenía al día el carnet en donde constaba la asistencia a misa. Más de una vez resonaban en la Iglesia las bofetadas del cura, en medio de la confesión de algún muchachito, quizá todavía con pantalones cortos. Costaba dinero calzarse los largos, y era frecuente asistir a esa transición dolorosa para los bolsillos paternos, y vergonzante para el chico. Eran tiempos también de portar mangas que quedaban cortas, tan cortas que casi apenas bajaban del codo. Renovar abrigos era un drama, y también una señal de pobreza digna habitual. Llevar saco, los hombres y los chicos que vestían como grandes, era toda una frontera para superar, y sobrepasar. A nadie digno se le ocurría dispensarse del saco como también ninguna mujer se podía considerar bien vestida son optar por un sombrero. O llevar medias con la costura torcida. Nadie pensaría no llevarlas, por último. La parroquia se había alzado en 1928, y en julio de 1938 se levantó el famoso Ateneo Popular de Versalles, en Roma 950, que resultó una verdadera maravilla para el barrio y que además lo lanzó a ala palestra frente a otros clubes con los cuales compitió en basket inicialmente. Toda la gestión creativa estuvo a cargo del cura Menvielle. Tiempos eran aquellos en que un chocolate con leche era un lujo, pero un lujo posible, que nos complacía a todos como una verdadera fiesta, en las fechas más caras. Los cumpleaños, las, comuniones, alguna fiesta patria, y alguna fiesta religiosa. Muchas veces el salón parroquial era la sede, el mismo que usábamos durante la semana para las clases de bordado, que dos mujeres hermanas pacientes, enseñaban con gran devoción e implacable parloteo. Mundo de mujeres, bien cerrado, especie de clase alta de pueblo, con acceso al poder que circundaba al cura, y que bien lo hacían notar. Eran las imitadoras de las damas de beneficencia, aunque sólo tuvieran para donar y repartir la buena disposición o la vigilante censura, sin rigideces ridículas, pero operativas en el control. 68

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RHB N°10 - CONURBANO BONAERENSE  

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