Page 25

Revista Literaria Guatiní

Page25

en las sienes. El marinero apellidado, Rodrigo de Triana que insiste en atosigarme con el cuento repetido de sus meritos como descubridor de las tierras de América y no el renombrado Cristoforo Colombo. Una rubia de senos mórbidos apellidada Monroe, contándome con pelos y señales sus extravagancias de sexo y los argumentos de filmes más prominentes (esas madrugadas me levanto a escondidas de mi mujer y tengo que calmar mi libido con autosatisfacciones en el baño). Un fenicio capataz mal hablado fustigando esclavos en una galera, que siempre acabo sujetándole la mano que no se confunda con mi espalda que no soy esclavo ni árabe que se sepa. El escritor argentino de apellido Sábato que de fresco se pone en mi escritorio a redactar paginas de una novela inédita, continuación de su éxito de librería “Sobre héroes y tumbas”. Ese día siempre acabo con los dedos tullidos que no acierto una tecla en mi oficina. Y el cosmonauta. Un impenitente aventurero que juramenta que no regresara, porque tiene programado una travesía hasta Saturno -dice en sus fabulaciones-, cuando ni siquiera hemos podido visitar a Marte. “A que no se imaginan a lo que vino a parar el aquelarre de sesiones de terapia con el doctor de pacotilla? Me cito para una consulta final. Que hizo el mediquito Rodríguez? Lo inverosímil, nada más entrar lo observe acostado en el diván cual si se cambiaran los papeles: yo el médico y el mi paciente. ‘Fabricio, tengo una confesión que hacerle. Gracias a la divina providencia de sus visitas he descubierto por mis lecturas de los textos hindúes, que efectivamente, la reencarnación existe. Y lo más sorprendente, cada noche me visitan Napoleón Bonaparte, Babe Ruth el jonronero de los yanquis y Madame Curie, científica excelsa, que soy por línea directa descendiente de todo ese realengo de personalidades. Mire Ud. qué suerte haber descubierto por su visita una prosapia de tanta jerarquía’. Me levante de su butacón y salí como un bólido a la calle, que deje a la secretaria con la mano extendida para despedirme’. Que es lo peor, si es que existe experiencia más agónica que la de Fabricio? Pues, que lejos de curarse sufrió una recaída sin regreso. Acabo en el psiquiátrico de la ciudad, con la camisa de fuerza ceñida a su cuerpo, cual si fuera la celebrada momia de Tutankamon. Y nadie, ni enfermeros o médicos más expertos pudieron advertir que entre aquellas cuatro paredes se albergaba la personalidad histórica más importante que cualquier manicomio del más alto rango envidiaría: el guerrero macedonio, Alejandro Magno.

Nro 165  

PARA ACERCARTE AL ARTE Y LA LITERATURA

Nro 165  

PARA ACERCARTE AL ARTE Y LA LITERATURA

Advertisement