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Ensayos

Defender la alegría Está de puta madre, la crisis Silencio administrativo Soledad y misantropía

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Reseñas

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Habitantes

Lucía Fraga Pepe Pereza Ángel Muñoz Rodríguez Alfonso Vila Francés Adolfo Marchena Sergio S. Taboada Ana Patricia Moya

Visitantes

Patricia Peral Víctor González Edwin E. Figueroa-Acevedo Lauren García María Pilar Álvarez Jorge Decarlini Aleqs Garrigóz Francisco Priegue David García Matthieu Baumier Amancio de Lier Pablo Natale Alex Bravo Carlos Buj Raúl Bombs José Luís Álvarez Vélez Arantxa Oteo José Alfonso Pérez

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Groenlandia número quince (Septiembre \ Diciembre 2012). Directora: Ana Patricia Moya – Vicedirectora: Bárbara López Mosqueda – Vicedirector y caballero groenlandés de la máxima excelencia: Andrés Ramón Pérez Blanco – Habitantes: Lucía Fraga (A Coruña), Esperanza G. Guerrero, Antonio J. Sánchez (Sevilla),

Ana Vega (Oviedo), Alfonso Vila Francés (Valencia), Adolfo Marchena (Vitoria), Sergio S. Taboada (Avilés), Pepe Pereza (Logroño), Ángel Muñoz (Madrid), Ana Patricia Moya (Córdoba) – Visitantes: Patricia Peral (Salamanca), Víctor González (Colombia), Edwin E. Figueroa-Acevedo (Puerto Rico), Lauren García (Oviedo), María Pilar Álvarez, David García, Arantxa Oteo (Madrid), Raúl Bombs, Jorge Decarlini (Cádiz), Aleqs Garrigóz, Amancio de Lier (México), Francisco Priegue (Avilés), Matthieu Baumier (Francia), Pablo Natale (Argentina), Alex Bravo (Sevilla), Carlos Buj (Málaga), José Luís Álvarez Vélez (Vitoria), José Alfonso Pérez (Murcia) – Ilustradores, fotógrafos: Felipe Solano, Felipe Zapico, Óscar Cardeñosa, José Naveiras, Juan Carlos Cardesín, Ángel Muñoz Rodríguez – Edita: Revista Groenlandia – Coordinación, corrección, 2 maquetación, diseño: Ana Patricia Moya - DEPÓSITO LEGAL: CO 686-2008 – ISSN: 1989-7407


La actual crisis está teniendo numerosos efectos económicos, desesperantes para muchos, y difíciles para casi todos; pero, además, a su alrededor se está formando una importante dimensión psicológica: en todas las conversaciones comentamos magnitudes económicas cuya existencia ignorábamos hace unos meses y que, por lo general, siempre tienen un tinte negativo. De ese modo, la gran mayoría de nuestras charlas con amigos y vecinos se tiñen de amargura, desánimo y mal humor. Ese estado de ánimo nos envuelve constantemente, lo llevamos encima, y a la vez lo encontramos en los demás; formamos así un círculo vicioso que se retroalimenta. En medio de esta situación que vivimos la queja es un desahogo terapéutico necesario, además del valor intrínseco que tienen la denuncia y la presión para hacer que cambien las cosas; pero no podemos empantanarnos en el constante discurso de la negatividad: hemos de romper el círculo vicioso. En palabras de Mario Benedetti, es tiempo de defender la

alegría.

Por supuesto que mantener la alegría en las actuales circunstancias se hace muy complicado (quizás por eso hay que hacer un llamamiento a su defensa: si viviésemos tiempos fáciles, la alegría brotaría sola), pero es precisamente ahora cuando se hace más necesaria que nunca. Es tiempo de protestar, de alzar la voz con firmeza, pero eso no es incompatible con hacer otras cosas; nuestra protesta no va a perder intensidad por el hecho de que dediquemos parte de nuestro tiempo a temas agradables. Por recurrir a la cita bíblica tantas veces usada, hay “ un tiempo para demoler y un tiempo

para edificar; un tiempo para llorar y un tiempo para

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reír, un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar”

(Eclesiastés 3, 3-4).

Vivimos un estado de opinión general en el que parece que si huyes de la queja y la protesta eres complaciente con la situación y con quienes la han provocado, pero quienes sufrimos nuestro constante estado de enfado y amargura somos nosotros mismos. Pretendemos castigar a los culpables de la situación, pero esos culpables están lejos, y, por muy fuerte que sea nuestro enfado, ellos ni se enteran. Así que buscar una actitud positiva es, en realidad, ser complacientes con nosotros mismos y con quienes nos rodean. Es muy común oír frases del tipo de “la crisis que la pague quien la ha provocado ” o “que lo arreglen ellos” : ésa es una reacción lógica y legítima, pero esconde una trampa sutil: dejamos en manos de los de siempre la solución, lo cual es una forma de reconocer que tienen el poder real. La mayoría de nosotros está viviendo una difícil situación de la que no es en absoluto responsable. Pero no por eso podemos quedarnos sin hacer nada: es como si alguien me atropella y me causa varias fracturas y pretendo que la rehabilitación la haga quien conducía el coche, que para eso es el culpable; puede que eso sea lo más justo, pero soy yo quien voy a perder movilidad en mis miembros si no tomo parte activa en mi recuperación. Si somos pasivos con nuestra propia vida, le hacemos la mayor concesión a quienes quieren desactivarnos. Y hay otra trampa que nos han tendido y frente a la que hemos de resistir: nos rodea un sistema basado en el consumismo, que nos hace creer que nuestra felicidad depende, exclusivamente, de nuestra capacidad de gasto y de consumo; y, en tanto en cuanto esa capacidad se vea dañada, sólo nos queda como opción el dolor y la amargura. Es indudable que,

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cuando nuestro poder adquisitivo se reduce de forma significativa, no sólo se ve afectado nuestro día a día, sino que también se resiente nuestra capacidad de desarrollar un proyecto de vida a largo plazo. Pero tenemos que recordar que la posesión material no lo es todo: tenemos que buscar actividades y referencias que nos hagan felices y que no se encuentren mediatizadas por factores económicos. Por poner algunos ejemplos: hacer deporte (hay deportes caros - sky, surf, vela… -, pero salir a correr por un parque sale gratis), leer (los libros cuestan dinero, pero nos quedan las bibliotecas), pasear, disfrutar de la gente a la que queremos… No podemos controlar las circunstancias externas, pero sí nuestra actitud ante ellas. Las magnitudes económicas de la crisis están fuera de nuestro alcance, pero no las psicológicas. Evidentemente, es difícil. Pero podemos. Es tiempo de adaptarse a las circunstancias, sin dejar de pelear por cambiarlas. La mayoría de nosotros ha visto su situación económica perjudicada, y muy posiblemente, lo que estamos sufriendo sea injusto; pero, nos adaptemos o no, la realidad es tozuda y va a seguir siendo la que es, y cuanto antes aprendamos a convivir con ella (lo que no quiere decir resignarse), más fácil será nuestra vida. Acordarnos una y otra vez de los tiempos mejores no va a hacer que vuelvan antes. Tenemos un ejemplo, relativamente cercano, en la generación anterior. Todos conocemos historias de nuestros padres y/o nuestros abuelos, del tipo “tenía

sólo un pantalón y el día que tocaba lavarlo no podía salir”, “tuvimos que vender el armario para poder pagar el alquiler de la casa”, “mi hermana, mi madre, mi tía y yo dormíamos en la misma habitación”, “yo no tuve ducha en casa hasta que me casé”. Y sabemos que esa generación arrastra heridas, carencias y defectos, pero

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también conocemos historias de felicidad y éxito surgidas de ahí. Alegría no quiere decir verlo todo rosa y engañarse. Hay que estar atento a lo que pasa y mantenernos firmes en la exigencia para que cambien las injusticias. Hay que saber de donde viene el viento para poder ponernos de cara a él, y resistir: estar alegres para resistir mejor y mantener la resistencia en defensa de la alegría pese a las circunstancias. La amargura y el desánimo nos desactivan, nos dejan en estado de pasividad (o provocan reacciones de desesperación deslavazadas e ineficaces). Tenemos más fuerza y más capacidad de acción si estamos armados de esperanza y entusiasmo; en una frase tópica pero cierta, podemos decir que la alegría es revolucionaria. Es complicado, muy complicado, buscar y mantener la alegría en estos tiempos difíciles, pero quizás el llamamiento cobre especial fuerza si nos lo hace alguien que sufrió persecución, exilio, y que durante toda su vida mantuvo una lúcida actitud de militancia. Por eso hoy tienen más sentido que nunca las palabras de Mario Benedetti:

“Defender la alegría como una trinchera defenderla del escándalo y la rutina de la miseria y los miserables de las ausencias transitorias y las definitivas”.

Antonio Sánchez Fernández

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Lo de Grecia me hace pensar. Hablando de la propuesta de subir la jornada de ocho a trece horas y de trabajar los sábados, alguien dijo en la televisión que era cómo volver al siglo XIX; yo me dije: "No. Se trata de volver más atrás, a la

monarquía absoluta, al feudalismo. ¿Pero eso es malo? No sí tú eres el noble. No si tú eres el rey".

¿Por qué un país como Grecia, sin casi industria, tiene que aumentar, de ese modo tan brutal, la jornada laboral? ¿Qué producción pretenden aumentar? ¿Realmente piensan que haciendo trabajar a la gente más horas en trabajos no productivos (sector servicios, especialmente) van a aumentar el PIB? Pues tal vez no. Tal vez no se trate de eso, tal vez se trate sólo de acabar con la democracia, con los logros sociales, con todo lo conseguido por el pueblo en los últimos doscientos años. ¿Sabéis cuánto costó alcanzar la jornada de ocho horas diarias? Hasta 1840, después de la tercera oleada revolucionaria del siglo XIX, se consiguió en muchos países de Europa occidental, aunque en otros aún hubo que esperar más años; eso les costó a la clase obrera muchos muertos, heridos y encarcelados. Las huelgas y las manifestaciones estaban prohibidas y eran muy peligrosas: te jugabas no sólo tu trabajo, también tu vida si participabas en ellas. Por poner un ejemplo, diré que sólo en Francia, en la dura represión que siguió a la revolución de 1840, murieron unos 20 mil obreros, que se dice pronto, y además, no murieron a manos de los nobles, sino de los burgueses, sus antiguos aliados y sus nuevos enemigos... Ahora todos esos 7


logros (que no fueron gratis, repito) los van a borrar de un plumazo. Y la culpa no es de ellos, de los que mandan, de los que saben que el poder es más efectivo cuando es más reducido que a un grupo más pequeño de personas les toca un trozo del pastel más grande, y que para eso hay que someter a la mayoría, y hay que desarmar esa mayoría logrando un estado débil (esa es la esencia del feudalismo: si el estado no existe y el pueblo vive al borde de la miseria, todo el poder y toda la riqueza son para la minoría privilegiada, esto es, para la nobleza, incluidos cardenales, obispos y demás, que también son de la clase privilegiada, no lo olvidemos). No, la culpa no es de ellos, es nuestra: se lo hemos puesto en bandeja... Ellos sólo se han resignado a esperar hasta que les ha llegado el momento de resarcirse, ¿o es qué pensáis que los patronos que cedían ante sus obreros lo hacían de buena voluntad, por puro altruismo? ¿Pensáis que los nobles y los reyes depuestos y exiliados no soñaban nunca en recuperar su poder? Y lo mismo vale para dictadores vencidos y desterrados, que nunca dejaban de conspirar desde sus refugios lejanos; pues bien, si ahora retornan es porque nosotros se lo hemos permitido. No hay más que decir: nosotros hemos "pasado" de la política, nosotros hemos dejado que nuestro destino lo manejen otros (generalmente bastante mediocres) y nosotros hemos bajado la guardia. Nosotros hemos confiado en los bancos. Nosotros nos hemos dejado engañar. Nosotros hemos sido cómodos y conformistas. Y ahora nos toca pagar por ello. Así de simple.

Alfonso Vila Francés

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Hay algo que siempre he entendido como una falta de respeto hacia toda aquella persona que está esperando una respuesta: es el llamado “silencio administrativo”, término legal muy utilizado en las administraciones públicas, el cual nos demuestra una inactividad para concluir un procedimiento y notificar la resolución al interesado; pues bien: este método que tanto se ha criticado por su mutismo en caso de contestación negativa, se ha convertido como algo habitual en el ámbito civil. No sé si en otros países es tan utilizado como en España, pero aquí puedo decir que cada vez está más extendido, llegando a ser considerado como algo correcto. Este hecho es incongruente si contemplamos el avance de las nuevas tecnologías con respecto a la comunicación: resulta chocante que ahora, cuando esa comunicación entre las personas es más rápida y eficaz, ahora que no hay que escribir la respuesta en un papel, ni introducir esas líneas en un sobre… ¡y menos aún buscar algún buzón cercano e introducirlo en el interior para que llegue a su destino! Ahora que todos estamos localizados a través del teléfono móvil; justo ahora que con teclear las vocales y consonantes correctas y seleccionar el apartado de responder, existe el 99% de fiabilidad de que la contestación llegue a su destinatario. Pues es en este momento cuando el hecho del silencio administrativo ha encontrado su caldo de cultivo más apetecible, desarrollándose de igual manera entre los poderosos y humildes de nuestra sociedad. Ante este hecho me pregunto: ¿por qué se ha instaurado con tanta facilidad?; ¿es por desinterés, 9


falta de eficacia, educación, comodidad? ¡No sé! Pero, sea cual sea el motivo, la realidad es que los responsables de dar una contestación no son conscientes de la importancia que esas palabras puedan llegar a tener para algunas personas; piensan que es el procedimiento adecuado, donde sólo hay respuesta para quienes consideran que reúnen las cualidades exigidas; el resto no son dignas de sus palabras, así que son ignoradas con el silencio. Centrándome en el apartado cultural, ámbito del que se puede pensar que es más generoso con la palabra, hay que decir que este método está a la orden del día: es de lo más habitual entregar proyectos culturales a entidades públicas o privadas y no recibir contestación alguna. O enviar manuscritos buscando ingenuamente que alguna editorial esté interesada en publicar un libro y la respuesta sea el silencio. Es una forma de actuar que se ha extendido de forma indiscriminada en ayuntamientos, empresas de servicios, bibliotecas, editoriales… y aunque lo veamos como algo frecuente, creo que denota la falta de empatía, sensibilidad y compromiso social en la cual se ve inmersa la sociedad actual. Pese a todo, no quiero ser pesimista: creo que muchas personas considerarían interesante eliminar el “silencio administrativo”, ponernos en el lugar de quien espera una respuesta y admitir que todos tenemos derecho a una contestación, aunque esta sea negativa. Siempre se puede decir “NO” sin que nadie se sienta ofendido.

Esperanza García Guerrero 10


“No olvide nunca que pertenezco a la soledad; que no he de tener necesidad de nadie; que incluso toda mi fuerza nace de ese desapego. Le suplico, como a todos los que me aman, que ame mi soledad. De no ser así tendría que esconderme a sus ojos y a sus manos, como un animal salvaje que se esconde de la caza de sus enemigos”: descubro el domingo estas palabras de Rainer Maria Rilke que parecen

ajustarse perfectamente a un comportamiento un tanto insólito que sufro desde hace años: el “modus operandi” de un solitario. Me gusta disfrutar de un café tranquilo y silencioso en cualquier mesa, barra o similar, callejear y perderme (no dejar rastro alguno); desenchufarme del mundo, apagar móvil o cualquier aparatejo cuya función exclusiva sea molestarnos y esclavizarnos; me gusta ver gente desde lejos, escuchar conversaciones ajenas a cierta distancia, mantener mi intimidad entre las cuatro paredes de mi cuarto (sí, ingenua, mucho: pidamos lo imposible); me gusta, en definitiva, estar sola. ¿Defecto, virtud, misantropía, torpeza social o respetable modo de esquivar el mundo y que no nos atropelle? Lo curioso del asunto es que todo el mundo parece extrañado cuando alguien confiesa que le gusta comer solo, ir al cine o pasear sin nadie que nos marque el paso, pero nadie parece sorprenderse de que a otros les encante compartir cada momento del día con alguien. ¿Quién es el raro por lo tanto, los de este lado o los del otro? ¿Serán “normales” tan sólo los del “medio” (algo así como los que disfrutan de la soledad, la compañía y el trío incluso, a los que le va el monte y la playa)? Desde luego, hay momentos para todo, para la sociabilidad más exacerbada que luce el enamorado “express”, a 11


la misantropía del herido a muerte por la vida. Sin embargo, no suele darse el tipo intermedio. Aunque ya sabemos todos que generalizar no es cuestión de sabios precisamente. Los seres más sociales tienden a sociabilizarse aún más, y los solitarios a convertirnos en ermitaños muy ladradores pero poco mordedores al fin y al cabo. Quizá esto sea una especie de choque de placas que lo que consigue es separar más y más ambos lados, dichas tipologías: una especie de falla universal que divida misantropía y habilidad social. Y me pregunto si esto tiene algún tipo de relación con esa otra falla abisal que divide a los fieles amantes de los gatos (y sus costumbres: independencia generalizada) y los amantes de los perros (dependencia generalizada), aunque la realidad supere a la ficción siempre, siempre, y siempre. O toda diferenciación, etiquetado y categorías no son válidos desde el momento en que metemos en un mismo saco a seres tan diferentes como el “ser humano” y el “ser humano”. He conocido perros aquejados de misantropía y gatos dependientes (éxtasis líquido y todo tipo de sustancias, muy suyos ellos), pero no me ha sucedido nunca eso de encontrarme con un misántropo sociable ni un “ser sociable” cuyo sueño sea una tarde a solas consigo mismo. El mundo es un lugar extraño. No logro entender nada. Ruego alguien me explique…

Ana Vega 12


(Dirigida por Ridley Scott). Si eres fan de la saga Alien

y esperas grandes expectativas de este film, ten cuidado: puedes salir del cine defraudado. Inolvidables son las cuatro producciones anteriores del terrorífico alienígena dirigida por distintos directores (en lo personal, mi favorita, la primera, que con los medios técnicos de la época consigue crear una atmósfera opresiva y espeluznante; sin embargo, “Alien Resurrection”, es espectacular con respecto a efectos especiales, si bien es una película trepidante que concentra demasiada acción y pierde la esencia del suspense), pero ésta recién estrenada en los cines se aleja – menos mal – de las desechables secuelas coprotagonizadas con los Predators, e incluso mantiene distancia con el universo original causante de esta historia de ciencia ficción que marcó un hito en el género. Sí: como precuela, en “Prometheus”, encontraremos los orígenes de esos asquerosos extraterrestres negros que, con cada aparición, nos hacían brincar de la butaca, pero esa sensación de angustia en espacios agobiantes y lo inesperado – a mi modo de ver, todo resulta muy previsible: más o menos te hueles quienes son los tripulantes “malos” a bordo de la nave y sus intenciones -, da paso a un tímido intento de impregnar, con un mensaje filosóficamente profundo, las casi dos horas de metraje. ¿Quiénes nos crearon? ¿Por qué existimos? Respuestas que buscan un grupo de especialistas en un misterioso planeta de otra galaxia, y que han de enfrentarse a una serie de acontecimientos hostiles al entrar en contacto con una antiquísima raza espacial. Tremendos actores el Fassbender – actor de moda: camaleónico, sensacional, prometedor – y la sufrida protagonista, una Rapace que sustituye con nota a la

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incomparable Ripley; Theron aprueba con suficiente (no es la mejor de sus interpretaciones), efectos especiales que se disfrutan mejor en el carísimo visionado en sistema 3D. Acción, terror (impactante la escena de la operación) e intriga en dosis justas. Con todo, el guión cojea: de ahí que ya se haya confirmado una segunda parte que, esperemos, aclare todas las incógnitas. No es una mala película, que conste, no aburre pero no se coloca a la altura del gran clásico que hace treinta años deleitó a millones de espectadores.

(Dirigida por John Patrick Shanley). En una escuela

privada muy conservadora, se admite, por primera vez, a un joven alumno de color. La expectación crece entre el profesorado y los chicos del centro escolar, muchos de los cuales no tratan bien a su nuevo compañero de pupitre por ser un muchacho “diferente”. Las disciplinarias monjas que se encargan de su educación procuran la integración así como la protección del chaval que, sin embargo, se convierte en el monaguillo favorito del respetado y piadoso Padre Flynn, recién incorporado al centro y muy querido por la comunidad gracias a sus interesantes misas y servicios sociales prestados a feligreses. Pero surge la sospecha: la exigente directora considera que el tratamiento especial que recibe el nuevo protegido por parte del cura es excesivo, demasiado “íntimo”. Sus pesquisas le llevan a dudar del profesor religioso que ha sido trasladado, varias veces, de parroquia; la sombra de posibles abusos de menores le ronda y la institutriz no descansará hasta averiguar más aspectos del turbio pasado del ambiguo Flynn. Aquí parte 14


el argumento de este film lento, muy lento, para lucir a una espléndida y siempre eficaz Meryl Streep, y un sorprendente Hoffman que, aunque siempre ha destacado como secundario, en “La duda” se revela como un gran actor. Una madre que acepta que un religioso actúe como el padre ausente; una joven e idealista novicia que confía en la bondad del ser humano; una valiente señora que se opone al machista sistema eclesiástico, muy convencida de su instinto; un hombre que defiende su inocencia y que justifica cariño desinteresado a un ser indefenso: todo desemboca en la gran incertidumbre, en saber si existió pecado o no. Una hora y pico de película que puede aburrir por su ritmo tan lento, a pesar de la interesante propuesta de ventilar los miles de preocupantes casos que defiende la hipócrita institución religiosa, incapacitada para preservar la dignidad. Nominada a destacados premios de la academia.

Ana Patricia Moya

EL EQUIPO DE GROENLANDIA RECOMIENDA: Ice Age 4 (Steve Martino & Mike Thurmeier) Batman: El regreso del caballero oscuro (Christopher Nolan) Los vengadores (Joss Wedon) Magic Mike (Steven Soderbergh) Spiderman (Marc Webb) Brave, indomable (Estudios Pixar) El invitado (Daniel Espinosa) Lo imposible (Juan Antonio Bayona) Pollo con ciruelas (Marjane Satrapi) Blancanieves y la leyenda del cazador (Rupert Sanders) 15


La conocida actriz Isabel Ordaz, famosa por su papel de mujer extremadamente frágil, mística y muy extravagante – de apodo “la hierbas” - en la exitosa comedia televisiva “ Aquí no hay quien viva”, nos sorprende, y muy gratamente, con un bello libro de poemas: “No sé”.

“También tú querías llegar más alto, pero el amor nos fuerza / a bajar todos y el dolor nos dobla / con mayor ímpetu / más no torna en vano / nuestro arco al punto que partió”, cita inicial de Hölderling cuyos versos toma

prestados la autora para adentrarnos en su universo poético, universo donde el amor, la belleza y los elementos cotidianos que nos rodean cobran un nuevo sentido frente a la fugacidad de la vida y a la inexorable llegada del dolor, elementos éstos apenas perceptibles para el ojo humano que no se detiene a mirar, que camina a veces sin sentido, sin conciencia de su paso por el mundo. Ordaz nos ofrece una poesía intimista, sosegada, dulce, en la que un ritmo perfectamente hilvanado se convierte en melodía: “Al atardecer su

cuerpo fue cayendo, / abrazándose, mínimo, / con la esperanza de otro reino. / Ella, se iba, se estaba yendo / ¡ningún pájaro alcanzara / aquella levedad!”. La poetisa elabora de forma casi artesanal pequeñas estampas, acuarelas casi, donde consigue detener la acción, que el tiempo permanezca agazapado: “Dormir me pedía el Ser

entero, / huir de las heladas cumbres, / de los impertinentes logros: / el querer en el olvido, / la memoria blanca, / interceptar la vida como a un barco / que demasiado rápido, / asusta e interrumpe el boqueo de los peces”. En sus poemas encontramos imágenes poderosas, impactantes, precisas en su descripción, tal y

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como podemos comprobar en la reproducción exacta de nuestra diminuta e irrisoria presencia frente a la muerte:

“Al verme, tan pequeña, a punto de caer / subida a sus tacones”. Así consigue también trasladar al poema la

perfección que vemos en la naturaleza, en el paisaje que nos rodea, en el orden inalterable que parece reinar más allá del hombre: “En el brazo del abeto, / apoyada

está la tórtola, / a lontananza mira / ¡jerarquías hay tan silenciosas!”; s usurra sus poemas, obsequiándonos con versos de gran belleza como si de un “ensayo general de eternidades” se tratase. Y bellas y originales imágenes:

“La noche es un cielo en fuga / que aprieta a devoción”.

Es éste, sin duda, un libro singular – como el papel desempeñado por la actriz en la famosa serie de televisión - pero cuyos poemas invitan a un momento de paz con nosotros mismos y con cuanto nos rodea, a una atenta lectura. A veces lo mejor es silenciarse por dentro para que el ruido externo no nos confunda y entonces, y sólo entonces, la respuesta que buscamos acuda a nuestro encuentro: “Llenarse de silencio /

Opacearse / Hasta que a la boca ascienda / El sabor de la certeza”.

Ana Vega

EL EQUIPO DE GROENLANDIA RECOMIENDA: Mi padre, el rey (Gsús Bonilla) Poesía completa (Paul Auster) Artefactos (Nicanor Parra) La ciudad de los constructores de violines (Henrik Norbrandt) La palabra placer y otros poemas (Gonzalo Rojas) La ansiedad del escapista (Pepe Ramos) Puta y atea (Rakel Rodríguez) Poesía (Michel Houellebecq) 17


Leer a Ann Beattie es adentrarse en una atmósfera densa y, en apariencia del todo cotidiana, sin sobresaltos; una realidad en la que reconocernos sin demasiado esfuerzo, unos personajes que nos narran sus vivencias, el amor, la amistad, la familia, aquello que en principio no debería suponer obstáculo alguno en nuestro camino sino más bien un bastón en el que apoyarnos. Ann Beattie esconde tras la aparente fragilidad de su prosa, su desnudez - ese lenguaje coloquial y diálogos excepcionales, vivos, de los que nos hace partícipes por su extrema habilidad a la hora de expresar todo lo que sienten sus personajes - una voz firme, mordaz, que pone de manifiesto el desencanto más inmediato y existencial desde sus primeras páginas. La ironía de Ann Beattie se encuentra justo en el paso previo de la tristeza al llanto, quizá a la desesperación. Por todo esto, “Postales de invierno” se ha convertido en una de las novelas imprescindibles y toda una revelación. Sus personajes y sus historias forman una especie de mosaico universal en el que se reflejan todas esas emociones que hemos sentido y podemos sentir: Charles y su eterno amor por Laura, su amigo Sam, caótico y sincero; su hermana Susan, pragmática, quizá menos sensible, su padrastro Tod que intenta esconder sus problemas tras la bebida o cualquier obsesión por cosas incomprensibles; y Clara, la madre que se introduce en la bañera para permanecer allí inmóvil durante horas. En esencia, el desconcierto, aquello que nadie nos advirtió, tal vez para lo que no estamos ni estaremos preparados nunca. Esta novela nos ofrece un elemento añadido: su melodía. Cada pasaje, cada movimiento de los personajes va acompañado de una canción ( “Charles cae en

la cuenta de que las canciones siempre son oportunas. Suene el disco que suene siempre resulta pertinente” ).

Nuestro protagonista recomienda a Janis Joplin como terapia: “Siempre pasa: los políticos son unos mandantes; los

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discos

siempre

resultan

apropiados

para

la

situación”.

Mientras leemos sus páginas escuchamos a Dylan, Rolling Stones, Lennon, Lou Reed, Elton John y un largo etcétera. Podría tratarse de algo así como la “road movie” en que se convierte nuestra vida pasados los treinta. Destacar, por supuesto, el desencanto mencionado anteriormente de una juventud que arrastra los ideales del movimiento hippie, el alma agrietada de Woodstock y todos aquellos sueños que no sólo no se cumplieron sino que tal vez desde su origen mismo fueron del todo imposibles de alcanzar. La insatisfacción heredada y esa especie de melancolía de los sueños rotos, por tanto. Rodrigo Fresán describe en el prólogo de esta edición alguna de las claves para enfrentarse a esta novela, según confiesa: “Me sigue haciendo temblar de emoción y de risa y de frío”. Y añade:

“Postales de invierno es una de las novelas más tristemente graciosas o graciosamente tristes que jamás se hayan escrito”. He aquí una de las definiciones más exactas y brillantes sobre esta novela. La ironía en esta obra nace de la impotencia, del desencanto, en definitiva, que define cada “postal”. En dicho prólogo hallamos un extracto de una entrevista realizada a la propia autora en la que ella misma reconoce esta dualidad: “Un periodista una vez me dijo que

Postales de invierno era una de las novelas más tristes y deprimentes que jamás había leído. Y la verdad que el comentario me desconcertó. Lo cierto es que yo no paraba de reír mientras la escribía y, en ocasiones, tenía que detenerme porque mis carcajadas me desconcentraban. Pienso que Postales de invierno, en esencia, es un libro muy gracioso”. Lo que en un principio puede parecer contradictorio se convierte en particular, excepcional, pues en comedia y viceversa; tan sólo objetiva para comprender esta

un grado de lucidez muy toda tragedia hay algo de es necesaria cierta mirada supuesta contradicción: “Eso

de que los alcohólicos no nos preocupamos por nada es un error muy extendido. Si no nos preocupáramos por nada, no habría ni un solo alcohólico” . Ann Beattie consigue arrancar

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“Corren rumores de que los hippies entierran hierba en el parque, para esconderla; si algún día llegara a quemarse, los bomberos terminarían tan colocados que no podrían apagar el fuego”. Nada más el

humor

más

sarcástico:

saludable que el humor para enfrentarse al dolor cotidiano, ese horror que se manifiesta cada día: “Charles siempre

imagina desastres. Aunque lleguen a la otra acera sanas y salvas, para Charles las ardillas que cruzan la calle siempre terminan descoyuntadas y llenas de sangre”. En esta novela vemos nuestro reflejo: “La realidad invade sus fantasías, es un problema que siempre he tenido”. Como en nuestras

propias noches de insomnio. La autora sabe aplicar esa visión demoledora de la realidad en cada diálogo, cada pensamiento, aquello que nos atraviesa por, precisamente, ser tan real: “El psiquiatra le dijo que el dolor de garganta

se debía a que la ocluía voluntariamente para no gritar”.

Ann Beattie se pregunta aquello que nosotros tememos: “¿Qué hará el ciego cuando tiene pesadillas?”. “ Postales de invierno” es una de las novelas más escalofriantes por su belleza helada y su realismo exacerbado, una de esas historias que no te abandona, te acompaña siempre; una lectura que ha de repetirse pasados los años y que una y otra vez te sigue emocionando. Novela no apta para optimistas desinformados, la realidad es evidente incluso más allá del ser humano: “El perro está paseando otra vez, y su

collar tintinea. Ya no queda ninguna duda: el perro tiene insomnio”. Nadie está a salvo. Ana Vega

EL EQUIPO DE GROENLANDIA RECOMIENDA: Calle Katalin (Magda Szabó) El callejón de las almas perdidas (William Lindsay Gresham) Menos que cero (Bret Easton Ellis) Los huerfanitos (Santiago Lorenzo) 20


De la biblioteca extraje otra estupenda novela gráfica, obra de uno de los dibujantes españoles más prometedores: el alicantino Kenny Ruiz, autor también de la fantástica “Barcelona”. Las páginas de “El cazador de rayos” nos trasladan a un futuro post-apocalíptico: la lluvia incesante sumerge al mundo en una oscuridad tenebrosa, y la humanidad, supersticiosa, abocada al hambre y la miseria, se aferra a creencias, mitos y milagros. Sólo un héroe elegido por la profecía puede traer la luz: ese es Kaín, un guerrero en cuyo rostro está la marca del Sol y que, después de suceder a su hermano Yarred (el antiguo cazador de rayos, que muere brutalmente), asume su destino y afronta su papel como nuevo Mesías luchando contra los enemigos de la raza humana; en su periplo, contará con sus leales compañeros de batalla y con el amor de su hija ciega, Yuvia. Con claras referencias a diversos títulos del género de la ciencia ficción, no puedo destripar nada más del argumento: os invito a que os hagáis con ella pues os depara sorpresas inesperadas, algo muy positivo para enganchar a los lectores y convencer al escéptico de que cómic español es sinónimo de talento. Sigo insist iendo: los autores nacionales tienen mucho que ofrecer, y nosotros debemos aprender a conceder una oportunidad: a veces, superhéroes americanos y manga no son sinónimos de buen cómic. Tenemos a nuestro alcance significativos títulos que no pueden ser ignorados. Publicada, hace años, en dos ediciones diferentes: la primera, repartida en tres álbumes (“Esperanza”, “Responsabilidad” y “La Verdad”), y la segunda, en un volumen integral. Una excelente propuesta de lectura.

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A los “paladares exquisitos” que exigen color, músculos y sobretodo, buenas ilustraciones (aunque el guión sea inexistente o inapreciable): no os dejéis engañar por el dibujo tan näif que destila esta controvertida novela gráfica; el estilo de esta desconocida autora francesa es efectivo, adecuado para describir, con toda su crudeza, la brutalidad de los crímenes y la ineficacia de la justicia en Ciudad Juárez, una de las ciudades más violentas del mundo; porque eso es “Luchadoras”, una crónica en viñetas y concentrada en menos de cien páginas sobre el sufrimiento que padecen miles de mujeres en fronteras mexicanas, un homenaje a centenares de fallecidas y desaparecidas, víctimas del silencio y del machismo más exacerbado. Sí, es algo más que un cómic feminista (es evidente la denuncia que Peggy Adam imprime en ella): es un retrato fidedigno de una población diezmada por la corrupción, repleto de escalofriantes testimonios. “Luchadoras” va más allá del drama: es la puta realidad. Es una obra contundente pero que, probablemente, seguirá pasando desapercibida (se publicó hace tiempo en nuestro país) en las tiendas especializadas y en las estanterías de nuestras bibliotecas. Las apariencias engañan: estamos ante un gran libro. Muy recomendable. Ana Patricia Moya EL EQUIPO DE GROENLANDIA RECOMIENDA: Sambre (Yslaire) Wet Moon (Ross Campbell) El paraíso de Zahra (Amir & Khalil) El manual de mi mente (Paco Alcázar) Traéme tu amor (Bukowski \ Crumb) Bukowski (Schultheiss) 22


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Lucía Fraga Pepe Pereza Ángel Muñoz Rodríguez Alfonso Vila Francés Adolfo Marchena Sergio S. Taboada Ana Patricia Moya 24


(A Coruña, 1979). Traductora y asesora lingüística. Licenciada

en Filología Hispánica. Especialista en el área de Teoría de la Literatura. Posee diploma de Estudios Avanzados y ha realizado un curso de especialización sobre Teatro, Cine y Audiovisuales. Ha elaborado diversos trabajos sobre escritores en lengua gallega y cine. Ha residido en Alemania, donde impartía clases de literatura contemporánea. Sus textos han aparecido en distintas publicaciones: “Coolcultural Galicia”, “La bella Varsovia”, “Piedra de Molino”, “Al otro lado del espejo”, etc. Ha participado en antologías literarias. Su último poemario: la plaquette “Nostalgia del acero” (La Fraga de Metáforas).

Los parroquianos ladran y golpean con fuerza los naipes gastados contra el tapete. Cualquier día quedarán oros, bastos, espadas y copas grabados sobre ese trozo de fieltro verde menguante. Estoy lejos, demasiado lejos de todo... Ya no sé dónde tengo la cabeza. Me siento consumida por un sopor hipnótico. No puedo dormir. No, no podría dormir ni aunque quisiera. Algo que desconozco se rumia en mi mente. 25 25


Tomo un té. Un tristísimo te con limón, sin azúcar. Mi estómago se retuerce tanto o más que mis nublados pensamientos. ¿Qué será este extraño tejido que se ha pegado a mis ojos? Un tul sobre los párpados. Una viscosa tela de araña tejida en la córnea. Lo importante debe de ser que perciba la vida

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como un viejo carrete fotográfico velado. A alguien le interesa que yo no sienta. Sin emociones, sin sentimientos: nada. Al igual que los pájaros disecados con penetrantes y muertos ojos de cristal. Sólo soy otro "Hombre de Hojalata" oxidado, que por no tener, nunca ha tenido corazón.

"Te quiero", "te quiero", "te quiero": qué frase tan gastada en tu boca.

"Te quiero", "te quiero", "te quiero": palabras tan reiteradas que se vacían en una gramática absurda sin andamio.

"Te quiero"... Alguien lo ha dicho y ha grabado con una llave esa frase hueca en la puerta de los retretes. Esas puertas llenas de mensajes anónimos que convierten el amor en una escobilla.

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"Te quiero"... Lo has dicho tantas veces que ya no me sirve. El Amor, de Letra Grande, se vuelve pequeño en tu boca, mientras intento limpiar el abecedario, porque quiere el que no lo dice, pero lo siente.

"Te quiero"... La mentira más vulgar, más fácil y más idiota. Yo sé que quiero, porque me duele la vida sólo de pensar en el silencio y la sombra que queda, cuando tu Ego ya no merece un "absolvo" y "tu amor" necesita un orinal.

Lucía Fraga 28


(Logroño, 1964). Ex actor, guionista, poeta, escritor y director.

Sus relatos han aparecido en revistas y fanzines (“Narrativas”, “Lafanzine”, “Al otro lado del espejo”, “Agitadoras”, “Cruce de Caminos”, “Deshonoris Causa”, “Ágora”, “Letras”, “En sentido figurado”, etc). Ha publicado los libros de relatos “Putas”, “Momentos Extraños” (ambos en Groenlandia) y “Relatos del Humo y del hachís” (Editorial Origami). Aparece en distintas antologías de narrativa: “Beatitud” (Ediciones Baladí), “Nadando Contracorriente” (Ediciones Escalera), etc. Actualmente, escribe su primera novela y prepara la segunda edición de “Putas” (Editorial Groenlandia).

El bar lleno de noctámbulos; él estaba apoyado en la barra, tomando una cerveza sin ganas, más que nada por hacer gasto y justificar su estancia en el garito. Pensaba en marcharse cuando la vio al otro extremo de la barra. Parecía sola, y por su cara no se estaba divirtiendo, más bien al contrario. Uno de los focos la alumbraba desde atrás, resaltando su figura a contraluz, con su pelo formando una especie de aureola. Sus gestos eran educados y elegantes. Le llevó su tiempo tomar la decisión de acercarse hasta ella. − Hola. ¿Cómo te llamas? − ¿Por qué sois siempre tan originales? − ¿Quién? No entiendo. − Los tíos. Que si no podíais ser un poco más originales a la hora de entrarnos. Es lo que hacéis todos.

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− Yo sólo he dicho hola y he preguntado tu nombre… ¿Y bien? − ¿Y bien, qué? − Tu nombre... Ella bebió de su vaso antes de contestar: − Agustina de Aragón. − Ya… muy graciosa. − ¿Y el tuyo? − Napoleón. Napoleón Bonaparte. Emperador de medio mundo. − Un placer conocerle, señor Emperador. He oído hablar mucho de usted. − Confío en que sólo cosas buenas. Yo también estoy encantado de conocerla, Señora de Aragón. − Señorita... − Mucho mejor, muchísimo mejor. − Es usted un pícaro, Sr. Emperador. − Mejor nos tuteamos ¿No? − Mejor. − Ahora en serio. ¿Cómo te llamas? − Ibas muy bien, no la jodas ahora... − Como quieras. ¿Tienes sed, Agustina? ¿Te pido algo? − No, gracias. Por ahora estoy servida. − Esta noche me siento peligroso, pediré un tequila para mí. − Le veo muy atrevido, señor Emperador. − ¿No habíamos quedado en tutearnos, señorita de Aragón?

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− Tienes toda la razón. Pido disculpas. − Concedidas… Así siguieron, manteniendo sus personajes, sin entrar nunca en sus vidas privadas. El invento les funcionó porque media hora después, ambos salieron del local muy apretaditos. Y esa noche el gran Emperador Napoleón Bonaparte y la valiente y aguerrida Agustina de Aragón se pusieron las botas.

Reconozco que me gusta observarte, y ahora que estás dormida y no temo incomodarte, me g ustas más todavía. Aquí estoy, mirándote como u n tonto sin poder conciliar el sueño. Maldito in somnio de las narices. Tú, ahí, tan plácida m ientras que yo te miro a falta de otra cosa m ejor. Me pregunto el porqué de nuestra r elación. Yo soy nocturno, tú diurna; yo in trovertido, tú extrovertida; a mí no me gusta la g ente, tú adoras las multitudes; me gusta estar en casa, a ti estar todo el día en la calle. Curiosamente, lo que a mí me gusta, tú lo detestas. Nos pasa con la música, la literatura, el cine, por ejemplo: esas películas que me entusiasman, a ti te dejan dormida en el sofá. Realmente ignoro que nos une. Según dicen todo

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se reduce a la química. Por lo visto, mis feromonas son compatibles con las tuyas y eso hace que todo funcione. Aunque intuyo que no es tan sencillo como los químicos quieren hacernos creer. La convivencia es un vaso que se va llenando gota a gota, una vez desbordado la relación deja de funcionar y todo se acaba. El secreto para mantenerse unidos es ir vaciando el vaso; ¿cómo se hace eso? Ahí está lo complicado, es ahí donde la química no tiene nada que hacer, justamente ahí es donde se equivocan los científicos. Además, quién va a dar crédito a alguien que achaca a unos simples efluvios el complejo acto de amar. Qué sabe esta gente del amor si dedican la totalidad de su tiempo a estudiar el comportamiento de unos pobres ratones que además están drogados. No, esos científicos locos están equivocados. El que tú y yo estemos juntos no sólo obedece al efecto químico de nuestras feromonas y que seamos tan distintos uno del otro, por alguna razón que desconozco, más que separarnos nos une. La química y las emanaciones corporales no lo son todo. Para cerciorarme, acerco la nariz a tu hombro y aspiro el aroma que desprendes, de inmediato me asalta un deseo irrefrenable de abrazarte. Eso hace que me replantee la cuestión. A ver si esos empollones de laboratorio van a tener razón y todo es cuestión de gases.

Pepe Pereza

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(Leganés, Madrid, 1977). Licenciado en Historia del Arte. Poeta,

narrador, fotógrafo, editor. Como poeta, ha publicado “Ya no leo tebeos de Wonderwoman” (Groenlandia), “Como Ulises en una cacharrería” (Bohodón) y “Amor manual” (Talentura Libros). Como fotógrafo, ha trabajado para algunas editoriales y ha realizado exposiciones en la capital madrileña. Sus poemas y relatos aparecen en antologías literarias (“Heterogéneos”, “Al otro lado del Espejo \ Nadando Contrarroriente”; Editorial Escalera) y en publicaciones literarias, impresas y digitales.

el poema como consecuencia vaciar el aljibe quedándose en lo básico del desnudo y la vestimenta sea el agua que forzada se ocupa de escarificar otras pieles arrojar los sentimientos al igual que las mudas en las estaciones del año releer estos versos y con cada pase la mutación sea una aliada tal vez me falten argumentos y no compartamos camino sólo viajamos en idéntica dirección sigo creyendo en el sinsentido de las consecuencias las causas siempre serán las primeras en la cola

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“Es el recuerdo y no la noche quien me priva de mí” (Joan de la Vega) saber el momento en el que la tecnología no nos supera descolgando el auricular con el simple motivo de echarnos a la / calle abandonar no es fácil aunque el esfuerzo sea básico restos de poros los suficientes para huir de las réplicas sin olvidar que los monstruos son coetáneos y una asfixia incapaz de serenarse recordar el lugar del que venimos

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como punto de fuga un mar de plástico facilitará el retorno y mientras preguntarnos quién y porqué nos colocó aquí estar bien es saber elegir lo que puede ser distinto de las complicaciones que inventamos el resto es un presente no tienes más

“Yo soy vigilante de una cantera en el desierto” (David González)

el viento no diluye las ganas de precipitarse entre despojos de / cansancio que a fuego en el chaflán impiden la aridez de los lagrimales aprisionados por unas / cuencas urdir cualquier trama y así posicionarte frente a los abatidos el pie próximo a la línea un extremo u otro pasado y presente el futuro es un detrito sin puertas respeto

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el respeto no se adquiere sencillamente es respeto aunque salen heridas ajenas o desguacen redes respeto adquirir la capacidad del sol para iluminar para no entrar en detalles las velas de las embarcaciones vacías de rencor como cráteres desubicados en el océano

Ángel Muñoz Rodríguez

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(Valencia, 1970). Ha vivido en Orihuela, Madrid, Debrecen

(Hungría). Actualmente, reside en su ciudad natal. Se ha dedicado a distintas profesiones: profesor, bibliotecario, etc. Ha escrito para revistas literarias y ha obtenido diversos premios por sus textos. Ha publicado el libro de relatos “La vida mientras tanto” (Editorial Groenlandia). Tiene obras inéditas.

− Son cosas de la vida − nos dijo el loco. El loco vivía en una cabaña en el monte, una de esas cabañas que el ayuntamiento alquilaba a los turistas. Vestía siempre la misma ropa y se pasaba el día tumbado al sol. Era un ser totalmente inofensivo aunque, hasta que llegamos nosotros, vivía en la más

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completa soledad. Antes de oír su historia, nosotros ya habíamos conocido a la panadera. Era una chica muy joven y atractiva, y cada vez que volvíamos a casa, parábamos en aquel pueblo sólo para verla. Ninguno de nosotros tenía la menor oportunidad de intimar con ella. Nos conformábamos con hablar un par de minutos, intercambiar alguna broma y poco más. Cuando descubrimos que tenía un hijo, surgió un agrio debate. Algunos decían que era muy joven. Otros argumentaban que la vida en los pueblos era diferente a la de las ciudades. Nadie lo decía, pero todos envidiábamos al marido (dábamos por supuesto que estaría casada). Algunos seguían admirándola como antes y otros la admiraban pero menos. Y entonces ocurrió la desgracia. Un día bajamos del jeep y nos encontramos la panadería cerrada. Extrañados, leímos el pequeño cartel de la puerta. Cerrado por defunción. Nadie podía imaginar que se trataba de ella. Pero era ella. El loco nos lo contó con una absoluta y cruel indiferencia. Son cosas de la vida, nos repetía. Para entonces ya teníamos algunos datos. Sabíamos que su marido era camionero y que todos los días se cruzaban por la carretera. Sabíamos que los otros camioneros, los que bajaban todos los días de la cantera, también la conocían. Y que entre ellos se avisaban por la emisora. Nos lo imaginábamos diciendo: “Cuidado, que baja la mujer de tal… tan rápido como siempre”. Esa chica que siempre iba con prisas, aunque la carretera se llenaba 38


con el fango que desprendían las ruedas de los camiones. El loco nos dijo que se veía venir. Todos estábamos consternados. Pasaban las semanas y no nos la quitábamos de la cabeza. Era una historia horrible y el loco, con su frialdad, aún la hacía más siniestra. Al principio no sabíamos por qué se había decidido a acercarse hasta nosotros. Llevábamos semanas viéndole en la puerta de su cabaña, ignorándonos, actuando como si estuviera solo. Un día tuvo una visita. Un hombre apareció andando por el camino. Le llevó unas bolsas. Discutieron. Fue la única vez que le oímos gritar. Aquel hombre, después lo supimos, era su padre. Tal vez aquello tuvo que ver, lo cierto es que el loco se nos acercó a la mañana siguiente. Y nos habló de su prima, la panadera. Entonces fue cuando nos contó lo que había sucedido. Nos contó que en la cantera trabajaban en ese momento seis camiones, que además del marido de la chica, también trabajaba allí su cuñado, que el momento más peligroso era cuando dos camiones se encontraban de pronto en una curva. Nos contó el accidente y nos contó lo que pasó después. Nos contó todo lo que nosotros hubiéramos deseado no saber. La historia era terrible. La fatalidad y la inconsciencia habían unido sus fuerzas para tejer entre las dos una urdimbre perfecta, que no dejaba el menor resquicio a la esperanza. Y la historia era terrible, más terrible era el modo tan claro y descarnado, con que estas palabras llegaban hasta nosotros, atrapándonos, envolviéndonos en una tristeza inexpresable absoluta. 39


Entonces fue cuando entendimos que aquel muchacho estaba realmente loco, que no tenía remedio. Y entendimos que nosotros no podíamos hacer nada. Después de discutir con él, su padre había venido a hablar con nosotros. Le contestamos que haríamos lo que pudiéramos. Y por un momento incluso llegamos a pensar que tal vez podíamos hacer algo, ser de alguna utilidad. No útiles a la sociedad, que era algo abstracto y frío, sino útiles a una persona, a un padre desesperado, a una familia rota y golpeada por la tragedia. Pero el pobre muchacho, sin saberlo, con unas simples palabras, nos había hecho comprender que todas nuestras ilusiones eran vanas. Así que volvimos a lo nuestro. Cogimos el equipo y nos distribuimos para una última inspección. Pasamos la tarde pensando en la panadera, en su marido, en su hijo, ese hijo que se salvó del accidente en el último momento… El loco había vuelto a su cabaña. No lo vimos cuando regresamos al punto de encuentro. Empezaba a ser la hora de recoger y volver a casa. Nuestro turno había acabado sin incidentes reseñables. Nos montamos en el jeep y dejamos atrás la pista de tierra. Aquel momento siempre nos sobrecogía íntimamente. Salir de las montañas era como quitarse el uniforme. Era el momento en que por fin podíamos relajarnos. Aún no estábamos en casa, pese a todo. Teníamos más de tres horas de carretera por delante. Normalmente, discutíamos de algo, sólo por matar el aburrimiento. Aquel día nadie tenía ningún tema del que hablar. Sobre nosotros flotaban las preguntas que ninguno 40


quería responder. Las notábamos. Estaban planeando sobre nosotros como sombras silenciosas.

allí,

Llegué a casa y me acosté. Estaba cansado. No pude quitarme al loco de la cabeza. A la mañana siguiente nos comunicaron por radio que nos cambiaban de zona. No pude evitar sentir un cierto alivio. Miré a mis compañeros preguntándome si ellos sentían lo mismo. Nadie dijo nada. El jeep arrancó.

Alfonso Vila Francés 41


(Vitoria, 1967). Codirige la revista “Amilamia”, junto a José Luis

Pasarín Aristi con quien publica el poemario “Cartapacios de Lucerna” (Ediciones Libertarias \ Prodhufi). Sus poemas han aparecido en “Cuadernos del Matemático”, “Letralia”, “Rio Arga”, “Turia”, “Océano”, “El cuervo”, etc. Ha publicado los libros “La reconstrucción de la memoria” (Groenlandia) y “’Planta de neurocirugía” (Ediciones Electrónicas Remolinos). Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas. Coautor de los libros “La mitad de los cristales” (Bubok) y “Poemas fundidos” (Groenlandia).

te pido una vez más la ocasión de pintar de rojo todas las paredes. Mariposas vuelan en decrépito mensaje. Sabes que fuimos reyes de una Alejandría que vestía sus colores en pintores con bloqueo, en aquellos que decían que temían a la imagen. Congestionamos el verbo principal ante causas de infarto en el reclamo de cazadores que buscan huellas. Ante tu desilusión por todo te pido que disculpes a este hereje de provincias que teme solamente el vino pasado y la hostia.

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edulcoran sustancias de 叩tomos pegajosos, la primera palabra del impuesto, la indecencia del tenor que canta obras en pa単os menores. Hay quien sufre de espasmos en la primera cita, quien se ausenta del estrado ante el bullicio, quien se relaja comiendo tarta de manzana. Llegan los a単os de crisis en amalgama de colores a単os en que recortan los pantalones y todos los marineros muestran sus tatuajes de aguardiente.

Adolfo Marchena

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(Avilés, 1974). Poeta, narrador, agitador cultural. En la poesía

tiene su desahogo. Sus versos tienen clara influencia musical y contienen mensajes de clara denuncia social. Autor de los poemarios “Y la vida” y “Ana y la incertidumbre” (Groenlandia, 2011). Realiza espectáculos poético-musicales y organiza las timbas poéticas.

Dedicado a mi abuela.

Tú, que eres más alegre que todos ellos, ayúdame a marchar de aquí. Todas las tonterías dichas hasta entonces se compactan en esa petición de auxilio. Categórica. Plena de verdad. La verdad de quién intuye que de esta quizá saldrá, pero es como mucho la penúltima; su cuerpo está diciendo hasta aquí. Sus huesos se pulverizan. Las costillas le oprimen el pecho. La espalda chirría el dolor de una vida sobre ella. Yo, que soy más alegre que todos ellos (afirmación esta totalmente discutible), recibo de golpe un golpe seco en la mandíbula que me borra la sonrisa. Una batería de preguntas aporrea el bombo a ritmo frenético. No le importa el cansancio del viaje, ni el cansancio del calor, ni el cansancio de las dudas.

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Bombo, bombo, bombo.

Voy a echar un pito abuela. Deberían prohibir los ingresos en los hospitales a partir de determinada edad. La edad que determina que, invariablemente, una persona - más o menos lucida - pierde la noción temporal, la noción espacial, la noción de sí misma. La edad en que una persona despierta rodeada de extraños, en un lugar extraño, frío, donde todo parece ausente. Vale que el dolor no está o se encuentra prisionero de ejércitos químicos (química bendita), pero tampoco están esas pequeñas cosas que ofrecen seguridad a una vida ya basada en la seguridad de las pequeñas cosas. Una cama que es su cama, un cuarto de baño que es su cuarto de baño, una butaca junto al ventanal que es su butaca junto al ventanal, donde tantas horas cosió sufrimiento, la farola de ahí fuera, el árbol de ahí fuera, la gente de aquí para allá, horizonte reducido a una manzana, sí, pero horizonte seguro. ¿Por qué intimidad?

privamos

a

la

muerte

¿Cómo despedirse de alguien probable no vuelvas a ver?

a

de

su

quien

es

Tranquila abuela, esto es solo un ratito, digo

al regresar a la habitación.

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¡Uy, qué sorpresa! ¿Cuándo has venido? ¡Qué alegría, no te esperaba! Oye, tú que eres más alegre que todos ellos, ayúdame a marchar de aquí. No necesito forzar una sonrisa.

Cierro la persiana. Como cada noche. Cuidando que unas rendijas permitan la entrada de frescores intermitentes. Apago la luz. Alumbro el camino hacia la cama con el teléfono móvil. Deberíamos cambiarle el nombre por teléfono todo. Es como las navajas suizas. Multiusos. Navaja suiza de la vida moderna. Curioso. Siempre apellidamos la existencia como moderna. La débil luz del teléfono linterna alumbra el escritorio. Sobre él descansa la libreta abierta por el último 46


verso. Solitario verso. Parece esperar paciente la llegada del amanecer. Como si tuviera la certeza que viene acompañado por un nuevo verso humeando café y tabaco. Como si fuera consciente de que, aunque con trazo irregular, éste le otorgará el sentido interrumpido. Lo que creo no sabe es la probabilidad de su cambio a golpe de sensaciones desperezándose. No me conoce aún el verso. A su lado, la pluma duerme ajena a cualquier divagación. Compruebo que esté bien arropada, que nada pueda alterar el flujo de su tinta ahora inmóvil. Por fin logro acostarme. Repaso hechos y palabras. Guardo unos cuantos, el resto, los arrojo al camión de la basura del olvido. Suena el teléfono despertador. La cocina me ofrece un café recién hecho. Las manos lían torpes un cigarro que salta hacia mi boca ardiendo ansiedad. Los vapores arrancan la almohada incrustada en mi mente. Recuerdo un verso esperando. Conozco a su compañero. Corro a despabilar a la pluma de su letargo. No entiendo. No está el verso solitario. Pierde el sentido su compañero. La pluma se niega a trazar mis designios. Le practico una autopsia. En su interior sólo hay tres gotas de tinta seca. En la libreta, este relato.

Sergio S. Taboada 47


(Córdoba, 1982). Estudió Relaciones Laborales y es Licenciada

en Humanidades. Directora de Editorial Groenlandia. Sus poemas y relatos han aparecido en diversas publicaciones, impresas y digitales, de España e Hispanoamérica, así como en antologías literarias, blogs y páginas Web. Ha publicado el poemario “Bocaditos de Realidad” y el libro de relatos eróticos “Cuentos de la Carne”. Ha sido traducida a seis idiomas. Actualmente, escribe su sexto poemario y se busca la vida como puede. Misántropa, huraña, ermitaña: un personaje entrañable.

Me ofreciste una cama azul de sábanas desgastadas - demasiado sudor ajeno -, tus hormonas desbocadas - un parpadeo, y mis bragas, en el suelo e infieles, - compartidas extraoficialmente -, una correa para retenerme - en caso de emergencia por falta del polvo de turno, tirar fuerte de la cadena -, tu acento pegajoso, tu saliva impura, tus cartas y poemas de corta y pega - trampa perfecta para princesas desorientadas -, tu patriotismo ególatra - tú, tú, tú, y sólo tú -,

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tu exquisita colección de corazones fragmentados y coños saboreados con avaricia, un diccionario plagado de dobles sentidos, una miserable cajita con cuatro tonterías… y una herida que supura cada vez que desempolvo la poca correspondencia que se salvó de la quema, pruebas que conservo para rememorar mi entrega absoluta a lodo biológico,

para no olvidar jamás que yo soy dolor.

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Tenía un vecino que le daba unas palizas brutales a su perro. El pobre Thysson - así se llamaba el animalito -, era un cruce de pastor alemán, siempre lleno de heridas sanguinolentas y magulladuras. Todos nos preparábamos para una pesadilla de chillidos cuando el viejo cabrón que tenía por dueño sacaba la vara de roble y le golpeaba, sin descanso, hasta que el can, derrotado, caía exhausto al suelo. Por el carácter violento de Don Anselmo, el propietario, jamás nos atrevíamos a encararlo… o denunciarlo. A veces, cuando no estaba el indeseable recorriendo su propiedad, a través de la reja, miraba, compasivo, a Thysson, rodeado de moscas, barras de pan duro

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roídas - de semanas - y bebederos casi vacíos; le susurraba, observando sus ojos llorosos y su terrible aspecto, que tenía que revelarse contra su destino; pero él, ni se inmutaba ante mis palabras de aliento. Sin embargo, un día, y no sé de dónde, saqué el valor suficiente para defender al perro. Había comenzado ya la sesión de palos y yo, que estaba en el patio de mi parcela, me harté de ser un simple espectador; me invadió, repentinamente, la rabia, y sentí como mi corazón se estrujaba por tanta violencia sin sentido - los aullidos eran espantosos, te dejaban el vello de punta - y salí, apresurado, en dirección a la casa del maltratador, con idea de ayudar al pobre animal. Aproveché que estaba el portón abierto para colarme y rescatar al desgraciado Thysson. Y cuando levanté la mano para arrebatarle la tremenda estaca al viejo, el perro me atacó. Sí. Me atacó. Con una furia desmedida, sus colmillos se clavaron en mi brazo y sentí desgarrarme de dolor; a pesar de estar malherido, sus fauces no me permitían escapar; la agonía finalizó cuando Anselmo neutralizó al animal con un potente varazo en todo el morro que lo tumbó; ya liberado, me agarré la parte afectada, con el corazón golpeándome el pecho, loco del susto; observé que me estaba desangrando y me invadió el pánico al observar que Thysson, a duras penas, volvió a incorporarse, gruñéndome, amenazante; el vecino lo apartó, a empujones, hasta que consiguió encerrarlo en el cuartillo de las herramientas; luego, me gritó como un energúmeno, colérico, me increpó, que qué cojones estaba haciendo, pero yo estaba más pendiente de la gravedad de mis heridas. Lo que 51


ocurrió a continuación fue una sucesión de imágenes que aún recuerdo como si fuese ayer: un montón de personas congregándose alrededor de la parcela y que no paraban de cuchichear; Don Anselmo insultando a unos agentes de policía municipal y a los tipos de la ambulancia de urgencias que, diligentemente, me estaban asistiendo; notar los puntos de sutura atravesando mi carne mientras apretaba los dientes; el traslado al centro médico, las vacunaciones del tétanos y la rabia, mis mareos, el ataque de ansiedad de mi mujer al verme en tal lamentable estado… Me concedieron el alta de madrugada; al llegar al hogar, unos vecinos me confirmaron que Thysson, aquella misma tarde, murió sacrificado. Se dice que Don Anselmo reclamó el cadáver del perro para enterrarlo, entre lágrimas, cerca de la caseta dónde estuvo Thysson, desde cachorro, encadenado; dos meses después, él y su esposa se trasladaron a otra ciudad. Nadie ha vuelto a saber algo de ese asqueroso malnacido. Como recuerdo de aquel día, una fea cicatriz adorna todo mi brazo. Al acariciarla con los dedos, a mi mente regresa una visión nítida del cuerpo huesudo y torpe de Thysson, sus ojos hundidos, la fuerza de sus mandíbulas. Y no puedo evitar sentir pena, mucha pena, porque los perros son igual de estúpidos que las personas: se dejan herir, ciegos, de puro amor, y muerden, desconfiados, las manos que pretenden salvarles.

Ana Patricia Moya 52


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Patricia Peral Víctor González Edwin E. Figueroa-Acevedo Lauren García María Pilar Álvarez Jorge Decarlini Aleqs Garrigóz Francisco Priegue David García Matthieu Baumier Amancio de Lier Pablo Natale Alex Bravo Carlos Buj Raúl Bombs José Luis Álvarez Vélez Arantxa Oteo José Alfonso Pérez 54


(Salamanca, 1993). Escritora y fotógrafa. Actualmente,

estudia el Grado de Estudios Alemanes en la Universidad de Salamanca. Los textos que acompañan a las primeras fotografías son de su autoría.

“(…) Y eso también me diferencia de los demás, porque al ser una persona rara y amante de la soledad, he tirado a la fosa común todo aquello que podía caracterizarme como una persona normal y he vendido mi alma al viento sin pedirle nada a cambio, salvo un pequeño bocadillo de jamón serrano. Dime tú si eso es de gente normal o no."

Nothing´s gonna changes my world

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What flew away and won´t come back “Extrañándote como te extraño, es difícil dejar de pensar en lo extrañamente exhausto que me resulta todo sin tu presencia expatriándome por ser tan extraterrestre. Me extingo de ti a excepción de mí. Te exhalo del aire, te expelo de mi alma, por tanto me exijo expirar en la vida que tú exploraste, sin exclamaciones, tan sólo como el extraño que tú exiliaste.”

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Ghost world Querido tĂş

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To build a home

58 Patricia Peral


(Colombia). Comunicador social y periodista; escritor, poeta,

catedrático de la Universidad del Norte y gestor cultural. Autor de “Alejo Durán, el juglar inmortal”. Sus artículos periodísticos son publicados en el diario “Heraldo de Barranquilla” y otras publicaciones nacionales. Tiene obras inéditas.

De ti aprendí que el blanco es el color del lunes, que cada noche hay que reinventar los sueños, que la seducción debe ser brutal y que el amor hay que darlo a borbotones. Tú me enseñaste que el café de la mañana debe ser dulce, muy dulce, que los besos a hurtadillas son los mejores, que de vez en cuando hay que creer en el horóscopo sin perder la fe en Dios, y que una mujer es más hermosa desnuda que bien vestida. De ti aprendí que las canciones de Silvio no son tan raras como parecen, que una copa de vino diaria evita el infarto y que la mejor bienaventuranza está en tu piel. Tú me enseñaste que cualquier sitio es bueno para hacer el amor 59


y que las estrellas son alcanzables. De ti aprendí que no hay que rezar demasiado para conseguir un milagro, que sólo basta el amor para mover montañas.

Me piden ser implacable en la sentencia que por el delito que has cometido debo dictar. No saben ellos que no puedo condenarte, pues, al igual que lo hizo Friné, tú también me mostraste tus pechos.

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Juro que a partir de ahora dejaré de pagar el recibo de la luz Luis E. Aute

Una mujer desnuda y en lo oscuro genera una luz propia y nos enciende Benedetti

¿Para qué la claridad si la oscuridad me lo da todo? Me da tu piel para que las ganas se viertan y mis manos se pierdan en ella. Me da unos labios a pedir de boca y la oportunidad de besarte sin cerrar los ojos. Me da también la eternidad del tiempo que Cupido detiene para que la noche sea inmortal. Me da un mar de sudores con el aroma de la vida, el ansia y los espasmos que sólo nuestros ojos pueden ver. Me da la suavidad de las sábanas blancas cómplice de esta pasión. Me da tus cabellos para que mis secretos se escondan en ellos y una luna que se oculta para no molestar. Entonces vuelvo y pregunto: ¿para qué la claridad, amor, si la oscuridad me lo da todo?

Víctor González 61


(Puerto Rico, 1990). Fotógrafo, pintor, dibujante aficionado,

vitralista, poeta, escritor de microrrelatos y cuentos infantiles. Estudia Bachillerato de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico. Sus textos han sido publicados en revistas electrónicas y blogs como “El escritor errante”, “Colectivo Literario”, “El relicario”, “El vicio del tintero”, etc.

Nombre que se hace carne en los labios. De piel de negra bullanguera. Túmulo de caracolas azabaches, que amurallan el cuero negrero. Volcanes que estallan en los labios. La huida salvaje de tus bestias, estremecen tus desoladas sábanas. El marfil erguido que traza trayectoria en la tierra del elefante iracundo. El huracán violento de las entrañas, va cortando mares hasta llegar diluido a las costas de la isla del fuego. Antojo negro que se hace carne en los labios.

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Tu mirada atrapa mi piel y mi recuerdo esboza tu cuerpo. El rostro absurdo de la ausencia, la muerte despoblada escurre entre nosotros. Ahora átame a tu boca, despacio absorbe mi ser, aspira mis días y hazlos tuyos, rodéame con tu silueta oscura. Tumbados por la cósmica derrota, el silencio ahoga las huellas plasmadas, en la penumbra de la noche. 63


Con los besos que riguran los labios, como mieles que endulzan el cafĂŠ invernal, las veces que fantasean con miradas furtivas. La obediencia de dos cuerpos totalmente vĂ­rgenes que cada uno se despavorece para luego aceptarse como una simbiosis carnal que terminan con el eco entrecortado de sus almas. Almas exhaustas, pero con un sentimiento gratificante, que culmina con una palabra, con una sonrisa, con una mirada, con un silencio cercenado.

64 Edwin E. Figueroa-Acevedo


(Oviedo, 1977). Periodista. Ha colaborado en medios de

comunicación como “La Nueva España” o “La Estrella Digital”, abordando temas culturales. Sus poemas han aparecido en diferentes revistas, como “Periódico de Poesía” (Universidad Autónoma de México) o “Escribir y publicar”. Aparece en los libros colectivos del Premio Internacional de Poesía del Círculo de Bellas Artes de Palma de Mallorca, y en “El Quijote”, de Gijón. En 2005 publicó su primer libro, “Versos como sangre hirviendo”.

El suficiente anhelo para volar. Escribirte desde la guerra con el amparo de una candela desafiante. Que la carne se haga humana. Apenas la seducción tiene el significado de tu cuerpo y rastrea la determinación de embargar el mundo. Así las palabras se amenazan a sí mismas. El relejo de un arroyo es el de un héroe romántico.

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Arquitectura prohibida de mi juventud. Rosa incendiada del desierto. Sueño de neón latente que conduce a la tormenta rebelde del viento que a cada paso sonsaca luz a la mirada.

Lauren García 66


(Madrid, 1963). Filóloga Hispánica. Escritora, actriz teatral,

articulista y crítica literaria. Especializada en Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. Profesora de Lengua Castellana, Literatura y Francés. Ha sido varias veces finalista en certámenes literarios de relatos y microrrelatos. Sus relatos aparecen en distintas publicaciones antológicas (“Futuro Imperfecto”, “El Aleph”, “Apenas unos minutos”), así como en revistas literarias (“El humo”, México). Coautora de “La aventura de Escribir”.

No recuerda que el dorso de aquella mano fuera tan áspero. Arrastra los labios por él y, bajo esa textura, intenta apoderarse de un perfume a hortensia latente en su memoria. Revive el roce de la mano contra uno de sus pómulos, luego contra el otro; un estremecimiento vago. Cierra los ojos y la extrema solidez de las puntas de los dedos le deja un acento frío en los párpados. − ¿Sir Winter? – oye al mayordomo tras la puerta -, acaba de llegar Lady Rose. Consulta su reloj al final de una cadena dorada y, sin apresurarse, abandona el diván. − Hágale pasar al salón y sírvale un Oporto. Retira unos libros de su inmensa biblioteca y, acto seguido, aparecen unos huecos horizontales que dejan al descubierto una serie de pequeñas urnas.

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En una de ellas, bajo la etiqueta “Lady Hortense”, deposita cuidadosamente la mano. Y mirando la siguiente urna vacía, con exquisito celo, murmura una promesa que cumplirá antes de que finalice el día.

“La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte.”

Leonardo Da Vinci

Dentro de aquella tela se encontraba realmente incómodo. Llevaba varios siglos arrodillado, en la misma postura, al lado de una hermosa dama y de dos niños. Le parecía estar despertando de un letargo duro y enigmático. El tiempo, en el interior de aquella cueva, hacía varios siglos que se había detenido. Sin embargo, todavía recordaba la primera sesión donde, con una mano, sujetaba la cintura a uno de esos pequeños. Después de tantos años, se había creado un punto de inflexión entre el espacio exterior y el cuadro donde él moraba, un punto impregnado de algo que se colaba en los poros del lienzo, de sus ropajes, de su carne. No habría sabido precisar si era un fenómeno natural o una emanación desconocida; lo que sí estaba claro era que, desde el momento en que aquella imprimación le penetró, se dio cuenta de su estatismo, de su encierro y de su planitud. 68


Movió ligeramente el ángulo de sus ojos buscando la causa de su despertar, y la vio al otro lado, ajustando el caballete en la posición más adecuada para recibir la luz. Aquella mañana la pintora había madrugado algo más de lo habitual. Se sentía especialmente excitada por la sesión, la última de su trabajo; había dejado para ese día la cara, la parte que más admiraba. Preparó las mezclas con parsimonia, con el rigor de un ritual a punto de consumarse, pues los colores podían variar de un día para otro si la luz no caía sobre la paleta con la misma inclinación. Se colocó frente al cuadro y cerró los ojos para evocar el mismo estado de ánimo de los días precedentes. Al instante, su amor por la belleza magnífica de aquel ser se intensificó más que cualquier otro día. Desde el principio había decidido que no pintaría a la Virgen de las rocas, ni a los dos niños: solamente a aquel ser de belleza indescriptible. Y cargó su pincel con la mezcla de óleos precisa para intentar reproducir la textura de aquellos párpados, su cadencia, sus curvas exquisitas. Al tocar con la pintura el lienzo para delimitar el perfil inconcebible de los labios, el modelo sintió un beso tibio y su carne plana se llenó de volumen. A la artista le pareció que el original se había estremecido, y se afanó más en recrear la ligereza de los rizos, la delicada inclinación de

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la cabeza, el divino abandono… con entregada fidelidad en cada trazo. Por fin, acabado su volumen, incorporarse por completo y la vio hermosa y brillante, con un vestido seda y un pañuelo anudado en los desde el cuadro, le tendió una rebasó la pared del museo.

él pudo de frente, blanco de cabellos y, mano que

Ella abandonó sus pinceles y, perpleja, se acercó para ofrecerle la suya. Cuando sus dedos se tocaron, el pie de ella se elevó, delicado, para entrar definitivamente en el recinto.

María Pilar Álvarez 70


(Puerto

de

Santa

María,

Cádiz,

1987).

Poeta y escritor. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Ha publicado en diversas revistas literarias, impresas y digitales, como “La bolsa de Pipas”, “Cuadernos del Matemático”, “Groenlandia”, “Palimpsesto 2.0”, etc.

Justo enfrente del cementerio de mi pueblo venden droga. Es un lugar tan bueno como otro cualquiera para hacerlo. Al pasar por allí y bordear lo que algunos llaman el camposanto me pregunto para qué hicieron tan altos esos muros. Total, si los que están dentro no pueden salir y los que están fuera no quieren entrar. 71 71


Su mujer no se divorció por las manchas de carmín en el cuello de la camisa o el color de los números de la cuenta corriente, sino por las dos cosas. Él entonces creyó que se le abrían mil universos por explorar y descubrió que ya sólo quedaban agujeros negros y sucios. Ahora suda como un cerdo haciendo ejercicio después del trabajo para que las putas, al verlo entrar, no murmuren entre ellas

“ahí está el gordo”

antes de escupir el chicle y ponerle su mejor sonrisa.

72 Jorge Decarlini


(Puerto Vallarta, México, 1986). Autor de varios títulos de

poesía. Premio de Literatura Adalberto Navarro Sánchez en el 2005, otorgado por la Secretaría de Cultura en Jalisco. Aparece en la antología “Nueva poesía hispanoamericana”, coordinada por Leo Zelada. Premio de Literatura 2008 en Guanajuato. Sus poemas aparecen en medios electrónicos e impresos de México e Hispanoamérica.

Polvo somos, y en el polvo vivimos: el polvo que recibe la sangre a raudales. Si jóvenes y hermosos, nos contemplamos en el espejo de otros y tontamente nos enamoramos. Porque el placer ha de durar la brevedad alucinada que hay entre el polvo alzándose y volviendo a caer. Es nuestra condena de nacimiento: no tener consistencia; que el viento nos arroje a las distancias; enfermar al prójimo. Y no saber siquiera procedencia.

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Mi pena se parece a una muñeca meciéndose sola con el viento: tan abandonada está. Ya en el ojo del huracán, o en el ovillo del mal, estoy siempre en el lugar equivocado. Como tenazas que apretaran mis sienes para colocarme en donde nadie me busca soy de tanto pensar en lo que no tiene remedio. Y caen las hojas de mis poemas como cae el polvo en un bosque maldito. Y caen los años. Y yo envejezco sin haber confesado lo único importante... 74


Un viento congelado cubriéndolo todo de cortantes cristales. Un cementerio gris en el que cada tumba contiene una persona enterrada viva. Frutos caídos antes de madurar y corazones arrancados en el suelo tapizado de semillas estériles. Disecaciones como en un muestrario en todo alrededor que es un camino cerrado que sólo conduce a sí mismo. Y yo, en medio de todo, apenas visible, ahogado en un lago de lágrimas: tal es la única visión en mis sueños.

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Aleq s Garrigóz


(Avilés, 1991). Poeta. Estudia Bachillerato y es presentador de

     

un programa sobre música libre y poesía en una radio on-line. Sus poemas aparecen en antologías y revistas de diversa índole, como “Revista El Bollo”, “La contraportada”, “Texedores de Lletres”, etc. Ha publicado la plaquette “Llegar tarde es una rutina”. Ha ganado certámenes de poesía a nivel local y regional. A veces participa en actividades culturales como el Festival de Andar por casa y en timbas poéticas.

Sinonimia de dos palabras exiliadas, apariencia extraña de un sexto sentido que no siempre se oculta tras la piel. Pero la eterna marea que deforma lentamente nuestro rostro aparece en la agonía de los años tormentosos en los que naufraga nuestro cuerpo material.

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Pactos clandestinos y a la vez bellos de un cuerpo artificialmente modificado. Deseo de no ENVEJECER. Testimonio universal.

Luna llena carcomida convertida en menguante: alimento de ánades noctámbulas en el paso de las noches humanas. Satélites anímicos que desaparecen en la charca de la antimateria cerebral. Supernovas efervescentes que ingerimos cada día nos ayudan a modificar el rumbo de vuelo de aves telescópicas. Sólo son simples ejemplos de un espacio acuático o estelar por el que vagamos a diario cual astronauta náufrago. 77


Me partes en pequeñas estrellas polimórficas que caen encima de la escena final de nuestra película de suspense. Es cierto que el calidoscopio crea formas bonitas que sólo tú puedes describir pero también muestra la vida de las plantas fósiles que florecen en tus pinchazos. Cuando muestras el mundo irreal que creas se me erizan los pelos como agujas venenosas y te punzan y te convierten en ponzoña inservible para mis brazos.

Francisco Priegue

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(Madrid). Estudió bachillerato artístico en la Escuela de Artes y Oficios, Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid y un módulo de fotografía en la Escuela TAI. Ha trabajado en Santiago de Chile como fotógrafo freelance. Actualmente, trabaja como gestor informático mientras lo compagina con su pasión por la literatura y la escritura. Francisco Priegue

Son las seis y media, te despiertas y te levantas de la cama. Narcotizado por la madrugada, caminas hacia la ventana y apartas la cortina. En la calle no hay nadie todavía; abres y dejas que entre el frío de la mañana. Te duchas y desayunas un café soluble. Sales a la calle, caminas hacia la parada del treinta y ocho cuando las preocupaciones se materializan lentamente en tu mente: el dueño del taller mecánico en el que trabajas acumula una serie de deudas que ponen en peligro tu situación laboral. Los clientes no son tan numerosos como antes. Hay mucha gente sin trabajo, gente que tiene que dejar aparcado el coche. Hay menos dinero para todo, y el negocio no pasa por su mejor momento. Si pierdes este trabajo lo vas a tener complicado para encontrar algo similar. Hace ya unos meses que has aprendido a vivir con esa sensación de miedo encima, pero eres consciente de que si no puedes conservar tu empleo, estarás perdido. Tú también tienes deudas. Durante un tiempo, como todo el mundo, has vivido por encima de tus posibilidades. Tienes una hipoteca, tienes el coche a medio pagar; y si bien es cierto que no gastas mucho en ti, no has sabido ahorrar ni siquiera cuando hace ya unos años la crisis estaba en boca de todos. Tu sueldo lleva congelado desde

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hace tres años y el mes pasado cobraste el día quince porque el dueño no pudo pagaros antes. A las ocho menos diez te estás poniendo el mono de faena. El trabajo en el taller no te disgusta, pero hubieras preferido terminar la carrera de ingeniería; una familia rota te lo impidió y la urgencia por salir de casa hizo que aceptaras el trabajo en el taller demasiado pronto. Parece que esta mañana el trabajo no falta, por lo que puedes abstraerte durante las ocho horas que dura tu turno entre las herramientas y las piezas de los motores. El trabajo te ayuda a olvidar por un tiempo la angustia; pero no puedes evitar fijarte en las caras de tus compañeros y en la expresión de derrota de Manuel, el dueño. Piensas en Laura. Te acuerdas de ella todos los días, pero gracias a una bujía atascada logras mantenerla apartada de tu mente durante un rato. Laura ha sido tu novia de toda la vida. La conociste en el instituto y desde entonces hasta hace no mucho siempre habíais estado juntos. La gente decía que hacíais muy buena pareja; a ti te gustaban los coches rápidos y a ella los chicos que conducen deprisa. Sin apenas darte cuenta, termina tu jornada. Te lavas las manos concienzudamente; pero no hay manera de sacar toda la grasa negra que puebla las arrugas de tus dedos y la superficie bajo tus uñas. Sales a buen paso hacia la estación del tren de cercanías. No piensas pasar al bar a tomar una cerveza con los compañeros, ni de beber tienes ganas. Caminas mirando al suelo y pensando en ella, en Laura. El recuerdo de su piel junto a la tuya te transporta al momento de vuestra ruptura, hace ya 80


seis meses. Cualquiera se habría dado cuenta, mirando desde fuera, de que habías dejado de prestarle atención. No fuiste capaz de ver que cada tarde pasabas más tiempo con el coche y en el bar que con ella. No supiste refugiarte de tu fracaso en sus brazos. Las señales eran claras, pero hasta el último minuto no quisiste reconocer que la relación había terminado. Como todas las tardes de camino a casa, haces balance de tu vida, sopesas tu amargura, tu angustia, y dejas que la preocupación te bañe por completo. Si no hubieras dejado de estudiar, piensas mientras miras por los ventanales del tren el paisaje en movimiento, ahora tendrías un trabajo más estable y mucho mejor pagado. Si no hubieras aceptado el puesto en el taller, no te habrías arrojado al alcohol y a las malas compañías. Encadenas como en una mesa de montaje los pasos de tu degradación; rememoras, con una punzada en el pecho, cómo perseguiste al olvido entre las sábanas de las casas de citas de la ciudad. Entre las luces del atardecer dejas que tu poder de ensoñación aflore. Con qué facilidad juegas con la idea de viajar al pasado y cambiar todas las decisiones estúpidas que te han llevado a una vida de insatisfacción aplastante, como si pudieses viajar al pasado; sin embargo, por muy absurda que parezca, por unos instantes calma tu ansiedad. Bajas del tren y metes las manos en los bolsillos. De camino hacia tu casa paras a comprar algo de leche y unas latas de cerveza. Intentas esquivar a la preocupación con una buena dosis de aburrimiento.

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Subes hasta tu piso y dejas las llaves encima de la nevera, coges una lata y vas al salón. Te colocas frente al televisor y dejas que pasen las horas, entre la espuma de tu lager . Las risas enlatadas del programa que estás viendo te apartan de los pensamientos en espiral. Son apenas las siete cuando suena el timbre. Te levantas aturdido por el alcohol y corres a abrir la puerta. No esperas a nadie. Un niño de apenas dieciocho años, con pendientes repartidos por toda la cara y unos tatuajes coloridos en los brazos te pregunta si eres Israel González. Tú asientes. Te hace firmar y te da un paquete sin remitente. Cierras la puerta y abres el paquete con ansiedad. Está forrado con un papel de cartón marrón y lleva tu nombre escrito en letra cursiva. Tras el envoltorio, que tiras al suelo, te encuentras con una caja cúbica de madera. Vas al salón y te sientas en tu sofá para abrir la caja. La abres nervioso y encuentras una carta lacrada y un reloj de arena. 82


La arena es azul y aunque te cueste creerlo desafía la ley de la gravedad manteniéndose en el bulbo superior. Colocas el reloj en la mesa y te centras en la carta que en un tono circense explica las maravillas de una precaria máquina del tiempo. ¿Por qué ha llegado hasta tus manos? No puedes explicarlo; pero por muy rara que te parezca la idea te sumerges de lleno en las instrucciones de uso. Piensas que quizás sea el punto de locura que necesitas para calmar el dolor. No tienes mucho que perder. El funcionamiento del reloj es tan extraño como sencillo: tienes que lograr abandonarte, dejar la mente en blanco y centrarte en el punto hacia el que deseas saltar en el tiempo, invertir el reloj y esperar. Te lleva unos minutos despejar tu mente y dejar tu ego atrás, entonces conectas con el momento al que pretendes volver. Algo dentro de ti te susurra que la demencia se está transformando en energía temporal. Giras el reloj con ambas manos y sientes un mareo terrible. Abres los ojos y ves cómo las paredes se iluminan, el aire se distorsiona a tu alrededor y apareces en un salón que se parece mucho al tuyo, pero no es igual. Te levantas del sofá y ves que el reloj ha desaparecido. Vas a la cocina y ves un periódico deportivo, con algo de temor miras la fecha de la portada: estás cinco años atrás exactamente. Cinco años en el pasado, un buen margen para reorganizar tu vida y no cometer los mismos errores. Empiezas a hacer planes. Vas a cuidar de Laura, vas a encargarte de que sea tan feliz a tu lado que nunca se le 83


pase por la cabeza abandonarte. Vas a continuar estudiando y buscarás un trabajo mejor. Te sientas de nuevo en el sofá y te carcajeas nervioso. Golpeas varias veces el reposa-brazos. Te sientes libre, liviano, renovado; pero tras unos pocos minutos algo sobrecoge tu alma. Algo que te acompañará para siempre. Maldices en voz alta cuando ves una figura de ti mismo que, cinco años más joven, aparece por la puerta de la casa. No contabas con eso en absoluto. Tienes que pensar rápido y actuar en consecuencia. Pasan los años, más de cinco. Nunca pudiste acabar la carrera, nunca estuviste capacitado para ello. Teniendo que compaginar los estudios con un trabajo a media jornada no has podido dedicarle el tiempo suficiente a ninguna de las dos cosas. Has perdido las esperanzas y el trabajo. Tu carácter se ha agriado casi al completo. Con un dolor indescriptible has descubierto que Laura te abandonaría de todos modos. No puedes echarle la culpa por ello. Ahora no tienes un trabajo estable y andas de obra en obra manejando maquinaria pesada y malviviendo para poder pagar una habitación en un hostal de mala muerte. Eres cinco años más viejo y tu vida está peor que nunca. Tras el encuentro macabro con tu otro yo no has vuelto a ser la misma persona. Te persiguen allí donde vayas malos sueños, ruidos en la cabeza y una pasividad crónica. Nunca conseguirás reponerte de aquello. Todavía hoy piensas en todas las decisiones equivocadas que has ido tomando a lo largo de tu vida. Todavía hoy en día no puedes quitarte de la 84


cabeza la expresi贸n desencajada de terror en tu propio rostro, mientras matabas con las manos a tu otro yo del pasado. Si pudieras retroceder de nuevo en el tiempo...

David Garc铆a 85


(París, Francia, 1964). Escritor y poeta. Ha publicado novelas, poemarios y ensayos. Su obra poética aparece en antologías y revistas francesas. Actualmente, es editor \ director de la publicación literaria digital www.recoursaupoeme.com. H

H

lo del posfin del mundo. Ahí donde lágrimas de lluvia van corriendo, donde secretamente las palabras esculpen ilegibles insomnios. Vivo en el Callejón del Alma ahí donde, unas piedras escriben el paisaje del fuego. Vivo en la estela de sombríos ejércitos y me apodero de un ojo en silencio. Desde aquel instante escribo lo del posfin del mundo, y vivo en una sonrisa arrancada a la sangre de las estrellas. Yo lo digo: Que se calle la prosa ahora y deje que se desvíe el espíritu del agua.

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íbamos vagando en la espuma del fuego los hombres brindaban a la salud de la glaciación del sol. Andrajoso, el cielo golpeaba en las puertas cerradas del instante y murmuraba lágrimas marchitas. Ya no había Lugar alguno por aquellos tiempos. Sólo inauditos rumores de guerras y la mutilación, el desgarrarse del Poema.

Matthieu Baumier 87


(Magdalena

de

Kino,

Sonora).

Poeta mexicano, heredero de la dinastía de poetas De León Torres y De León Iturbe. Inicia su formación en la biblioteca pública municipal Eusebio Kino. Discípulo literario de Sergio Valenzuela Calderón. María Ha colaborado con sus Pilar Álvarez poemas en el proyecto “Difusionados” y ha obtenido menciones de diversos certámenes poéticos. Autor de “Danzas en lo oscuro” y “Autoumbría”.

Océano la noche, con quien hablo. Pintura nos deshace. Gente desconocida en otro lenguaje, flores sobre nosotros. Plena oscuridad; plenilunio. Triángulos de perfección admirable - la noche - vino sus danzas. El reflejo distingue esta mano... de lapislázuli oscurece.

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Sumido en palabras lleno de tĂ­teres sostenidos, hilos de nostalgia. Esta noche sin luna en el parque, en la banca de siempre. Las palabras esta noche caen mecĂĄnicamente. Levantar los ojos en esta galerĂ­a imaginaria; de rostros, de sabanas tendidas soledad celda cĂŠsped azul, en la que letras de anilina a las flores; hablando de ti misma. Amancio De Lier 89


(Córdoba, Rosario; Argentina, 1980). Poeta, escritor, guionista y

músico. Ha escrito los libros: “Un oso polar”, de cuentos (Recovecos, 2008), “Vida en común”, poemario (2011), “Berenice y las ocho historias del pálido fantasma”, relatos para niños (Cuenta Conmigo, 2012). Ha coordinado talleres de literatura contemporánea, dicta clases de español para extranjeros, colabora en diferentes medios con reseñas y ensayos; es miembro del grupo musical “Bosques de Groenlandia”, cuyo primer disco salió el año pasado.

Mi propia música va y viene alrededor de cuatro paredes cuando escucho que mi madre y mi padre discuten. Otra vez parece como si cada uno llevara una pala y se lanzaran tierra de manera interminable. Ya no hay nada que hacer me encantaría decirles ya no hay nada que hacer, pero anunciar eso implicaría continuar la cadena a la espera de que un nuevo portador de inocencia

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explique por qué y cómo son las cosas qué es lo bueno, qué es lo malo cuánto han llegado las cosas a su fin. Mientras tanto las palas siguen su lenta danza de amor y odio. Tienen treinta. Cuarenta. Cincuenta. Acaban de cumplir cincuenta y dos años. ¿Cómo podrían hacer para empezar otra cosa? ¿Cómo se hace para terminar con una pasión multiplicada desdoblada en sí misma y empezar otra luego de treinta años? Mientras tanto yo no sé de dónde sale mi propia música. Una y otra vez dos adultos se trenzan en una discusión matrimonial y las voces me dicen que es como si se hubiesen dejado de lanzar paladas de tierra uno a otro y ahora se lanzaran ladrillos y así fuese asombrosamente posible construir una casa, un patio lleno de tierra la propia música que me desborda y que canto. El silencio que la sigue.

Pablo Natale 91


(Sevilla, 1982). Artista polifacético y escritor. En 2002 se

traslada a Madrid para comenzar su preparación como artista gráfico. Fundador del colectivo “La Huella” y director \ coordinador del espacio cultural “Ultramarinos” Ha publicado varios cuadernillos poéticos (“La circunferencia”, “El frío y el ganso”, “Tesoro”). Ha publicado los libros poéticos “Vuelos” y “Sexo, amor y universos mentales”. Ha colaborado en varias revistas y periódicos digitales. Ha dirigido exposiciones artísticas y ha participado en diferentes recitales.

Ahora a los veinte y diez no hay sitio negativo por donde comenzar la repartija de mi corazón porque se encuentra henchido, en un baúl teñido de miedo y amor. ¿Quieres pasar dentro? Está mi infancia loca y solitaria, está el convento donde filmé mis primeras películas,

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está la terraza levantina y sus pájaros marinos, está el disfraz de lobo con el que me alumbraron, están las manos mágicas de Laura interpretando la mañana de tormenta, está la intensidad de tus pupilas observando mis detalles, está la ausencia de sonidos de la noche montañosa, está la fotografía perfecta que nunca tomé, los abrazos que reprimí y las canciones que no olvidé.

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La euforia, el rock ´n´roll, las copas y la sangre, la cama, el deseo, la virtud... Y los árboles simplemente hablan, expresan la primavera, cantan en verano. El tedio, la ansiedad, el silencio y el rencor, la lluvia, el piano, el desánimo... Y los árboles sencillamente callan, lloran en otoño, limpian el invierno.

Alex Bravo

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(Málaga). Estudia Lengua y Literatura en la UNED. Ha

       

publicado los libros de relatos “Hablando con muertos” (Entrelíneas) y “Tiempo perdido” (Nostrum). Colabora como articulista en Suite 101. Apasionado del cine, la música y la fotografía.

No sé si llegarás a leer esta carta, pero cuando acabe de escribirla y echarla al buzón, me sentiré más tranquilo: habré hecho lo que tenía que hacer. Y es que cuando las cosas se piensan demasiado, pierden su atractivo. Eso dice mi padre: hay que ser decidido, si algo te gusta ve a por ello; mi padre es una de esas personas que no malgastan el tiempo, ya se ha casado tres veces. Empecé a pensarlo la segunda vez que te vi. En esa calle, bajo la lluvia. Llevabas el pelo largo, de color castaño, y parecías preocupada. Es el gesto que más me gusta de ti, cuando te muerdes el labio y estás en otro sitio, dándole vueltas a la cabeza. A mí me sucede con frecuencia, estoy en la cama y no dejo de pensar en una u otra cosa. Dicen que es la edad, pero a mi tía Gloria le ocurre lo mismo y tiene casi cincuenta años. Más que la edad, yo creo que es la época porque todos andamos con prisas y un poco angustiados. Mi hermano Pere dice que esto viene del Barroco y que, desde entonces, no hemos parado. Y es que mi hermano Pere es muy inteligente. Va para escritor. Bueno, el caso es que, cuando no puedo dormir, pienso en ti muchas veces. En plan bien, no te creas.

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Me encanta el cine, voy todos los fines de semana, así que a veces imagino que nos vemos envueltos en una intriga criminal. Un hombre te hace chantaje y acudes a mí, que soy detective privado, uno de esos que aparecen en las películas antiguas, con gabardina y sombrero de ala estrecha, esos que tienen respuesta a cualquier pregunta. No sabes cómo echo de menos esto en los exámenes porque, la verdad, las cosas no me van muy bien este año. El caso es que la historia siempre termina del mismo modo, en un coche, frente a tu casa. Es un edificio elegante, de muchos pisos. Como en el que antes vivía con mi padre. − − − − − −

Todo está arreglado. Aquí tienes los negativos. Pero, ¿y ese hombre? Ahora tiene otras cosas de qué preocuparse… ¡Estás herido! ¿Qué ha pasado? Nada, estaré bien. ¿Cómo que estarás bien? Ven, sube a casa.

Y es verdad que estoy herido, apenas puedo moverme. Aquel hombre, un gangster de los bajos fondos, no quiso avenirse a razones y acabó disparándome a traición. Entonces subimos a tu casa: es enorme, con grandes ventanales. Todo muy funcional, como uno de esos lots o lofts, como se diga y que se llevan tanto ahora. El padre de Elías, mi compañero en clase de música, tiene uno, pero a él no le gusta porque dice que no hay forma de ir al servicio sin que nadie se entere. Y es que eso es muy personal, yo lo entiendo. En fin, que subimos a tu casa. Calientas un poco de agua y traes unas vendas. Mientras me curas, huelo tu perfume, siento tu cuerpo muy cerca del mío. Llevas uno de esos

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vestidos cortos, de tirantes. Es posible que negro o con algún adorno, esa parte no la tengo muy controlada, porque sólo están tus manos, estoy a solas contigo y no hay nada más. Entonces me abrazas, como cuando te vi con aquel hombre en el puente. Fue la primera película que hiciste, “Aguas envenenadas”: imagino, que la recordarás. Era de noche y las luces brillaban en el horizonte. Entonces ibas de rubia y ya no parecías preocupada, sino feliz por encontrarte allí, y te besabas con él. Como nosotros hicimos luego en tu apartamento, un beso largo y romántico. Era la escena final. Elías se burla de mí. Piensa que debería centrar mis esfuerzos en cosas reales, en las chicas del instituto, por ejemplo; “ tienes que ir al grano, ¿has visto cómo se ha puesto Graciela?”, me pregunta a menudo. Entonces suele dibujar una figura en el aire, que lo mismo pueden ser unas caderas que un melón. Y es que Elías para lo de la música, bien, pero en lo que se refiere al dibujo es un desastre. La verdad es que anda salido de madre. Ve una minifalda, una media sonrisa que se cruza a su paso y empieza a imaginarse cosas raras; “¿has visto cómo me ha mirado?” No digo que no haya conseguido alguna cosa: hace unas semanas se ligó a una de tercero, una rubia muy delgada que hace ballet clásico y siempre mira por encima del hombro. Lo hace con tanta frecuencia que la hemos bautizado con el sobrenombre de “la cigüeña”: “ahí va la cigüeña, mira,

parece que va a echar a volar de un momento a otro”. Pues bien, Elías estuvo con ella tres días, él dice que cuatro noches, como en los anuncios de los hoteles,

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pero por lo que contó creo que no llegó al meollo del asunto. Nunca llega, en realidad. Es un quiero y no puedo, así que sus amores, diga lo que diga, son tan platónicos como el mío. Peor es el caso de “el sueco” que llega, pero nunca acierta y siempre anda con problemas y tristezas. Sus amores, como dice Pere, más que platónicos son daltónicos, porque de un modo u otro siempre se equivoca de persona. En eso se parece mucho a mi padre. Yo también he tenido alguna oportunidad: con Elena, mi compañera de pupitre, sin ir más lejos, pero nadie puede compararse a ti, con esos gestos y esa manera de fumar. Tienes eso que se llama glamour, algo especial, como cuando uno va al cine. Se apagan las luces y entras en otro mundo. Por eso, muchas veces, cuando llego del instituto, vuelvo a ver algunas de tus películas. Me gusta mucho la de ese director francés, ambientada en la Alemania nazi, “El destierro”: fue la tercera que hiciste, cuando ya empezabas a aparecer en las revistas y te llamaban directores famosos, como Nicol Ray. Menudo personaje. Tengo un sombrero firmado por él, me lo envió desde California. La verdad es que el guión me pareció flojo, algo trillado, pero hacías un gran papel. Porque no sólo me fijo en ti, también en la trama o en los actores, y pienso, francamente, que hay algunos que no están a tu altura, como ese héroe de la resistencia del que te enamoras al final. Es muy malo, no sabe interpretar; además, tiene cara de almohadón con ese pelo tan repeinado. Por eso, si no soy escritor como mi hermano, me gustaría dedicarme a dirigir, como esos que hacen sus propios guiones y tienen un aspecto como descuidado, con esa barba de tres o cuatro días y cara de haberse levantado hace poco. 98


Bueno, ya me despido. Espero no haberte robado mucho tiempo. Eso es lo que suele decir mi padre, y es que a su manera también tiene mucho estilo. Y mucha labia: cuando sonríe y habla así a alguna amiga, temo que vuelva a divorciarse de nuevo, y es que cuando lo hace, nuestra casa se hace más pequeña. Empezamos en un piso de seis habitaciones y ahora estamos en un estudio con lavadero comunitario. Eso sí, con muy buenas vistas, porque mi padre es de los que dice que hay que tener amplitud de miras, aunque todo lo que esté a tu alrededor se vuelva pequeño. Claro que, como siga así, no sé qué va a pasar… Yo creo que eso es lo que me ocurre contigo y con el cine. Eso dice Pere, y lo que dice Pere, va a misa. En fin, solo quiero que me envíes una foto firmada, a poder ser, de tu primera película, “Aguas envenenadas”, de esa escena del puente con las luces brillando en el horizonte, y aquel hombre que te besaba. Porque ese beso me recuerda al nuestro, a mi otra película, la película de mis sueños, cuando llegamos a tu apartamento y sentí tu perfume muy cerca del mío.

Carlos Buj 99


(Cádiz, 1981). Estudió Economía. Actualmente, reside y trabaja en Torino (Italia). Lee y pasea mucho.

O tal vez no. No existen malos poemas. Si existen malos poetas. Un poema es un grito y un grito puede ser escuchado puede ser no entendido o mal interpretado creerlo eco y no prestarle atención. Hay gritos de terror, gritos de alegría o desesperación pero no hay malos gritos. Si hay malos poetas. Tú sólo escribe, sin dudarlo. No importa el bando. Yo lo dejaré cuando no pueda pasear, no es cuestión sólo de escribir se trata de peatonar, de caminar. ¿Qué es entonces la poesía? La poesía es un sentimiento escrito grabado 100


a veces pulido, refinado a veces bruto una situación intacta, y sin serlo lo más parecido a un diamante lo más parecido a una cueva. O tal vez no.

Me celebro a mi mismo y por esta noche y por las que queden hasta mi suerte brindo no a la tuya, no a la de una estrella ni a la de los campos esta noche es mía sólo mía y nada más que mía. Lo soy todo sólo esta noche soledad de mi sombra desgastada soy las piedras del camino el reflejo de mis versos y sus vagos intentos soy el sentido de la vida y su dirección incorrecta soy el reloj detenido blanco y negro como mi hoja, como el odio soy todo lo que leo y donde existo y pertenezco soy más que eso más allá del Universo mi cuerpo baila, danzan mis versos. Y envejece pero yo tengo arrugas como el mar, olas que gritan valientes su destino y muerte. Y mi alma cambia y así como cambia se libera no temo no tengo anclas ni bandera 101


extranjero voy donde quiero y puedo rechazar sin vergüenza al ser que fui hace horas. Y la muerte espera y lo único sensato es servirse una copa mientras llega sentado, que te busquen unas bonitas piernas es de lo poco que aún merece la pena. Todo lo que vendrá antes se irá después como siempre todo se ha ido saludando, de frente, con mueca vaga y paso lento pero esta noche Romeo es sólo Romeo y se celebra y se canta… políticos, policías y banqueros siempre en mi oración no soy más que ellos sin un arma.

Raúl Bombs 102


(Vitoria, 1949). Poeta, dibujante, escultor, orfebre, pintor. Estudió

     

en la Escuela de Artes de Vitoria con destacados profesores, entre ellos, Víctor Aramburu y Aurelio Rivas (escultores). Ha realizado diferentes exposiciones (individuales y colectivas) y también ha obtenido distintas menciones (premios, becas y accésits) por su obra pictórica y escultórica.

Donde el verano es frescura, verano es tu prebenda blanca, herbácea que da vueltas por los hemisferios, fuerte, maleable, resistente. Tendida en un plano, bastidor, para que tu tensión sea acariciada por tus cerdas de cariño. Tu cuerpo es fibra, y tu expresión de trazo sobre tramas y urdimbres.

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Cruda, blanco, sepia, colores. Artistas que pintáis entonando, dejando lagunas de color base. Prendo camino, a ti, a ti.

Tengo sed de vinagre, las grasas me estorban, lucha de caminos perdidos, pero lucha. Han destrozado todo y ahora ajustes. Han dejado que se pudra la memoria para no darse cuenta donde empieza el amor. Es una asfixia tormentosa en la que aire se termina, y la muerte se loaba en morfina para perder la sed de vinagre. Quiebran rayos para la extinción del hombre, y cuando se desmembra, clama al llanto, pues todo el dolor está en mi último suspiro.

José Luís Álvarez Vélez

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(Madrid, 1966). Escritora y poeta. Doctora en Filología,

                       

Licenciada en Filología Inglesa y en Antropología. Profesora de inglés. Ha participado en circuitos poéticos, recitales, tertulias y cafés literarios y encuentros de poesía (resultando ganadora en varias ediciones), como “Internacional Spoken Word” (Santa Coloma), “V Encuentro Internacional de Poesía” (Rosario), “Transpoesía” (La Plata), etc. Ha participado en distintos proyectos poéticos: “La sombra (de lo que fuimos)”, “Álora”, “Gatos y Mangurrías”, “Pulso Digital” y “Prisma” (mítica revista fundada por Borges), entre otros. Miembro del Colectivo de Cultura Indigente. Ha prologado Ha publicado el libro de relatos de ciencia ficción “ReviCIoNEs”. Ha escrito un poemario, todavía inédito, “La que camina entre Leones”; actualmente trabaja en un poemario escrito a cuatro manos.

Nuestra primera cita prometía mucho; yo estaba junto al río, deshojando unas florecillas silvestres, arrojándolas al agua como una Ofelia un poco tristona y melancólica y, de repente, vi su reflejo formándose entre las ondas que hacían los pétalos en el agua... No podía imaginarme que ese espejo juguetón iba a desvelarme el rostro del que enseguida sentí que sería el hombre de mi vida. Mis cabellos se erizaron cuando, lentamente, me giré y me encontré con su imponente figura, cuando noté su delicado tacto en mis manos, esos ojos suyos que me traspasaban, su rostro sereno, su cuerpo fuerte y acogedor y esa mirada suya que evidenciaba su fina inteligencia, toda su sensibilidad y esa belleza interior que lo inundaba todo y que transformaba ese día que había empezado gris en un derroche de arco iris.

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Pero fue sobre todo su voz lo que me enamoró; la voz de Franky me acarició y me estremeció cuando abrió sus labios para decirme eso tan bonito y delicado de “hasta este momento no sabía qué

hacer con mi vida y acabo de descubrir que todo ha tenido sentido porque al final del camino estabas tú”. Caí rendida entre sus brazos y mientras me hacía suya me susurraba al oído “strangers in the night / to lonely people we were strangers in the night...” mientras yo gritaba de placer eso de “fly me to the Moon / let me swing among the stars / let me feel what spring’s like on Jupiter or Mars” al descubrir ese dulce secreto de la me regaló. Quisimos sellar nuestra un beso tierno, cálido, lleno de luz: suya, él siempre sería mío , forever

vida que Franky eterna unión con yo siempre sería

and ever...

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Desgraciadamente, esa promesa no ha podido hacerse realidad como a los dos nos habría gustado: él es para el mundo y yo no puedo ser tan egoísta como para privar a la humanidad de tanto genio, de tanta grandeza, de tanto amor... Casi inmediatamente comprendió que yo tenía razón, me dijo que mi sacrificio iba a ser enorme y que por eso mismo nunca me olvidaría, pero la causa lo merecía, la humanidad tiene que poder disfrutar de su talento y tiene que disfrutar sintiendo esa misma pasión que nubló mi entendimiento y que arrancó de lo más hondo de mi alma lágrimas de auténtica felicidad. Le dije que se fuera a NY, y él improvisó con su tierno y envolvente timbre de barítono “if I can

make it there, / I’ll make it anywhere / It’s up to you / New York, New York”. Y le vi girar sobre

sus talones y hacerme un cálido gesto de despedida con su mano que, sin embargo, me decía todo lo contrario: “Recuerda, baby, soy tu Franky y tú eres

mía, los dos solo uno, para siempre, bestialmente enamorados, monstruosamente amantes... volveré a ti, volveré”.

Hoy, mientras buscaba desesperadamente una peluquería que me arreglara estos pelos, vi fugazmente al pasar por un kiosco de prensa las portadas de Life, Paris Match, Newsweek y el dominical de La Razón. Mi Franky ocupaba las primeras planas de todas ellas y se entrecomillaban sus primeras declaraciones a la prensa internacional: “I did it my way”. En sus ojos brillaba una luz especial: me acerqué y no puede evitar la 107


emoción de ver cómo ocultaban sus pupilas unas lentillas de diseño en las que Franky había hecho grabar mi retrato y mi cabellera, tan desparramada al viento como la de Julieta Serrano en Mujeres al borde de un ataque de nervios... Sólo me pregunto si habrá laca suficiente para mantenerla así, como a él le gusta, hasta el día feliz en que nos reunamos, hasta el momento bendecido en que de nuevo me estreche entre sus brazos, en que devuelva el color a esta película en blanco y negro en la que vivo desde que se fue, cuando volvamos a amarnos salvajemente, cuando, de nuevo, los dos seamos uno, bestialmente, monstruosamente uno.

Arantxa Oteo108


(Cartagena, Murcia, 1976). Bachiller de Humanidades y

Ciencias Sociales, estudió Historia en la Universidad de Murcia. Sus poemas han aparecido en “Oh, Poetry”, “Ágora” y “El Coloquio de los perros”. Autor de “Poemas”, “Galería de Estatuas”, “Mítica Materia”, “Preso en el Tiempo” y “Raros”. Es María Subdelegado del Círculo Pilar Álvarez Cultural Pigmalión.

Y uno es protagonista de su vida, también actor secundario en la de otros, y hasta, sí, mero espectador a veces. Y en este escenario tanto zopenco, tan pocos sabios, tanta oscuridad. Es sueño hallar sentido al argumento, y esperar de otros, o hasta de uno mismo, un comportamiento que llamar digno. Es una obra plena de ruido y de furia, dijo el bardo, y que nada significa. No sabemos siquiera en qué acto estamos, y cae el telón cuando no lo esperas. No hay apuntador, el guión se improvisa. El teatro es cochambroso y excelso, vejado, mas aún de gran belleza, el azul planeta llamado Tierra.

109 109


En Avalón refulge con luz propia cada piedra y hay un dios, como antaño, en cada río y cada árbol. Reina Arturo en Avalón, entre hiedras, brumas, sortilegios. Hay crepúsculos eternos y nadie muere. Es un vasto reino de lirios y arcadas góticas. Refulge en cada mano una piedra mística, arde en cada pecho un corazón.

110 José Alfonso Pérez


Groenlandia, revista cuatrimestral de literatura, opinión y arte en general número 15 (Septiembre \ Diciembre del 2012) Publicación posterior al suplemento Groenlandia quince.

Todos los contenidos incluidos en esta revista (textos e imágenes) corresponden a sus respectivos autores, que son los que a continuación se exponen: Ana Vega, Patricia Moya, Antonio J. Sánchez, Alfonso Vila Francés, Esperanza García Guerrero, Lucia Fraga, Pepe Pereza, Ángel Muñoz Rodríguez, Adolfo Marchena, Sergio S. Taboada, Patricia Peral, Víctor González, Edwin E. Figueroa-Acevedo, Lauren García, María Pilar Álvarez, Jorge Decarlini, Aleqs Garrigóz, Francisco Priegue, David García, Matthieu Baumier, Amancio de Lier, Pablo Natale, Alex Bravo, Carlos Buj, Raúl Bombs, José Luís Álvarez Vélez, Arantxa Oteo, José Alfonso Pérez, Óscar Cardeñosa, Felipe Solano y Felipe Zapico. Para el

diseño de esta publicación se han utilizado fotografías e ilustraciones de: Gerard Burns (26, 32), Kurt Stallaert (28, 46, 67, 78), Fredrik Ödman (29, 72), Kim Cogan (34, 37), Dan Voinea (36), Shepard Fairey (47), Nydia Lilian (49, 118), Jan Saudek (50), Russ Mills (60, 87), Christian Martin Weiss (63, 74), Joel Meyerowitz (66), Alison Blickle (70), Sebastián Liste (82), Yves Marchand & Romain Meffre (95), Veronique Meignaud (89), Chelsea Greene (90), James Guppy (93, 103), Ian Crawford (99), Fran Recacha (102), Joel Peter Witkin (106), Simon Norfolk (108) y Adrian Borda (110).

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También se han empleado obras (ilustraciones y fotografías) de Felipe Solano (portada, contraportada, imágenes páginas 111 y 112), Felipe Zapico (páginas 42 y 42), Óscar Cardeñosa (24, 97), Ángel Muñoz Rodríguez (2, 41 y 97) y Patricia Peral (55, 56, 57 y 58). Las imágenes utilizadas para el diseño de esta publicación han sido obtenidas de la red. Todos los contenidos de esta publicación digital, desde el número cero, están protegidos. Groenlandia expresa que, para proteger nuestra cultura, es esencial proteger las ideas originales de sus autores porque las mismas son un trabajo de imaginación y esfuerzo únicos.

Groenlandia aboga por la total libertad de expresión sin censuras. Groenlandia es una publicación gratuita que no busca lucro: defiende la gratuidad de la cultura. Todas las publicaciones son de descarga gratuita desde las distintas plataformas disponibles (página Web, ISSUU, SCRIBD).

DEPÓSITO LEGAL: CO-686-2008 ISSN: 1989-7405

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Los rincones más oscuros, antología del miedo Poetas guerreros (antología jóvenes poetas mexicanos) Un poema siempre será nada más que un poema Lo que habita en el cristal (antología jóvenes poetas españoles) Des-amor (antología literaria groenlandesa) Poesía en los bares (coordinada por el Kebrantaversos) Próximamente:

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Como queda demostrado, el mundo moderno se compone de flores artificiales que se cultivan en unas campanas de vidrio parecidas a la muerte, está formado por estrellas de cine, y de sangrientos boxeadores que pelean a la luz de la luna, se compone de hombres ruiseñores que controlan la vida económica / de los países mediante algunos mecanismos fáciles de explicar: ellos visten generalmente de negro como los precursores del otoño y se alimentan de raíces y de hierbas silvestres. Entretanto, los sabios, comidos por las ratas, se pudren en los sótanos de las catedrales, y las almas nobles son perseguidas implacablemente por la policía. (Nicanor Parra, Los vicios del mundo moderno)

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REVISTA GROENLANDIA QUINCE