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Unlugardeplacerydistinci贸n Pte. Per贸n 8798 - Colectora Au. del Oeste Entre puentes Mart铆n Fierro y Brandsen Parque Leloir

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Teatro


Hajek Olaf, Picknick (Personal art).


Hajek Olaf, Underwaterballet (Personal art).


Hajek Olaf, Mother Nature (para una muestra de ilustraci贸n).


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F: Rebecca MartĂ­nez


que tuvieran monstruos, que fueran fantásticas”. Pero quizá lo monstruoso, lo deforme, lo freak, es lo que lo llevó a fantasear con cuestiones más complejas y oscuras que una película de acción pochoclera. Todo esto, bajo la sombra de esa niñez que en la charla aparece con cuentagotas pero de manera recurrente, junto a la idea base de una no-felicidad o, al menos, de una angustia contenida y materializada en lo cotidiano. Hasta que una frase dispara pasado y, a la vez, grafica su presente bañado en fílmico: “O me suicidaba o hacía una película”. Así carburó la cabeza de TL hasta que filmó sus primeros cortometrajes, sobrecargados de todo eso que logró licuar y volcar en la pantalla. Porque “uno cuando la pasa mal se deprime, pero cuando ya es demasiado y la ironía no alcanza, se transforma en un cínico”, asegura. Y añade: “La risa es una salida. Siempre voy a hacer comedia, hay cosas que me duelen y las transformo en comedia para poder masticarlas”. Fuera de lo normal “Un día le pregunté a mi viejo, en una Pelopincho: ‘¿Cuándo te diste cuenta que ya no podías actuar en películas?’”. Y el viejo le dijo: “Nunca”, lo que hoy TL logró considerar obvio para el tipo de persona que era su papá. Así de categórico. Tanto como oírlo usar el mismo adverbio para hacer referencia a cuando estudió cine. Y, tal vez por eso, sus comienzos fueron más similares a uno de sus cortometrajes de humor absurdo que a un trabajo práctico del Enerc o de Imagen y Sonido de la UBA. “Era muy ignorante... me olvidaba de prender la luz, no tenía asistente... yo quería hacer”, recuerda, y agrega una definición de militancia under que sustenta la coherencia de su perfil artístico: “Es mejor una muestra de alumnos, que una película apoyada por el INCAA donde son los mismos de siempre, sin espacio para alternativas”. Y pronto, pese a que a lo largo de la entrevista mantiene una compostura digna de un monje zen, Tetsuo se enoja y dispara contra los profesores que usan a sus alumnos para terminar sus proyectos. No puede creer “que en algunas universidades paguen quinientos pesos, o mil por mes, para que otro haga su carrera”. Y hablando de carrera... ¿Documentales? “Jamás, salvo apócrifos”. Ocurre que TL remarca una y otra vez la idea de que cuanto más alejado de la realidad y menos le pase por al lado la tristeza, mejor. “No conviviría con una historia triste”, explica. “Quiero hacer cosas que me hagan reír, necesito la risa”. ¿Se quiere evadir Tetsuo Lumière?, preguntaría uno que quiera pasar por incisivo. “Nunca quise tapar nada. Pero no me gustan los dramas coloquiales, con personajes comunes... me ponen mal... necesito que haya algo fuera de lo normal”. Gracias al museo cool El Lumière fake jura que lo suyo es simplemente entretenimiento. Más allá de que, queriéndolo o no, elija ponerse de acuerdo con la mitad

de la biblioteca referida a si el cine es arte o una rama más del diseño. Y sentencia que su largometraje “no es una obra de arte; tampoco estoy de acuerdo con que lo sea. Es una peli de noventa minutos en los que la gente se ríe mucho. Todavía no me propuse hacer una obra de arte, cuando la haga te llamo”. ¿Y el no-arte es caro? TL también se refirió a los costos de producir entretenimiento, o al menos de los suyos: “Tengo muchas ideas que voy a hacer cuando tenga dinero. Mi problema es económico. El dinero es un asco, pero quiero plata para divertirme y hacer películas”, confiesa, sabedor de que “de las artes, el cine es la más cara de todas, lejos”. Pero, ¿para qué necesita el vil metal si se puede hacer cine protagonizado por vecinos amateurs que se sientan a tomar mate frente a la cámara? “Cine costumbrista, ésa es la palabra”, dice con cara de asco como para que conste en actas. Ah, claro, él forma parte del eternamente llamado, muerto y resucitado nuevo cine argentino, ése que ahora se proyecta en el gran circuito legitimador del arte local: el Malba. Allí fue proyectada TL-1: Mi reino por un platillo volador durante 16 fines de semana, a sala llena, durante 2006. Tetsuo cree conocer cuál es la función del museo más cool de Buenos Aires dentro del arte local y el universo cultural que involucra. “Al final estuve en el nuevo cine argentino, que no me gusta nada”, pone cara de asco otra vez. Sin embargo, se toma su paso por allí con sincero agradecimiento. “Es un lugar más para mostrar y le agradezco un montón porque hubo un cambio enorme desde que proyecté ahí”, sublima; y ahora dobla la apuesta: “Mi vida no hubiera sido lo mismo sin el Malba”. Todo tiene un final. O no Como toda película con éxito, TL-1 tendrá su TL-2, también muda. Su creador está actualmente preproduciendo imágenes, corrigiendo el guión y revisando todo eso que hace falta para concretar un proyecto fílmico (locaciones, actores y demás). ¿Después?... ¡TL-3! ¿O acaso solo las sagas de Hollywood pueden tener sus continuaciones pautadas? “Va a ser como Volver al futuro”. ¿Promete? ¿Augura? ¿Arriesga? Mientras corren los títulos de crédito de la entrevista (o cartones escritos a mano, para ser más ad hoc con el personaje) aparecen ventanas pop up de mensajero on line con preguntas de Lumière como “¿conocés un enano?”, “¿dónde lo puedo conseguir?”. Ocurre que el hombre de las películas mudas está produciendo y las ideas le disparan necesidades concretas, como el cobro de trabajos que hizo para el canal Ciudad Abierta. También lo acecha una feliz inquietud: su largo fue seleccionado para el premio Cóndor (el modesto Oscar argentino) en la categoría Videofilm. Algo que, más allá de los resultados concretos (que no conocemos porque Gata Flora 6 entró en esa fecha a imprenta), sin duda no cambiará la esencia de un artista que, sin decir palabra alguna, ya pegó más de un grito en el pequeño universo fílmico de esta tierra, al sur del sur.



Gata FloraNumero #6