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Al mirar las fotos que la retratan en su adultez, todo aquel que no la conoce podría decir que Simone de Beauvoir era una “institutriz con zapatos de taco chato”, como la llamó alguna vez Nelson Algreen, el escritor norteamericano y su gran amante (después de Sartre, claro). Pero ocurre que esa mujer de turbante rojo, eterno rodete y ojos claros, esa señora que vestía con total modestia, fue un verdadero terremoto, tanto para su época, como para las que le siguieron y le seguirán. ¿Se la imaginan deambulando por los cafés de Montparnasse, en París, gastándose en alcohol y drogas estimulantes el dinero que ganaba con las clases de filosofía que daba? ¿Al frente de manifestaciones feministas? ¿Sola de viaje por el mundo para solidarizarse con alguna causa tan ajena como propia? ¿Cruzando el océano para visitar a algún amante? ¿Publicando un libro que pondría en jaque el concepto “mujer” desde que este existe? Pues bien, tendrán que poner su imaginación al poder porque Beauvoir hizo todo esto y más, en una época en la que la mujer no tenía un destino más allá del ámbito doméstico. Simone es otra de nuestras denuncias contra la frase: “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. Porque si bien ella, contradiciendo por momentos la imagen de mujer emancipada y libre que promulgaba, se aferró con fanatismo al filósofo Jean Paul Sartre, construyó su propia existencia a base de un meticuloso empeño “por ser”: profesional, exitosa, escritora, famosa, interesante, inteligente, luchadora, rebelde, inconformista… Y si alguna vez fue la sombra de Sartre fue porque ella así lo quiso. “El Castor”, como la apodó su gran amor en honor a su ímpetu por trabajar y producir, fue una idealista empedernida que narró en vida su historia. Muchos la tildaron de exhibicionista, pero tantos otros aseguran que este afán por contarlo todo tenía que ver con su intención de no sustraerse como objeto de análisis de sus investigaciones. Por eso mismo es ahora, cuando se cumplen 100 años de su nacimiento desde aquel 9 de enero de 1908, un buen momento para sacar conclusiones y cuentas de cuánto le debemos

como mujeres a Simone de Beauvoir.

Por qué se volvió una intelectual Su padre, un derechista que solía asegurar que “la mujer es lo que su marido hace de ella”, se crió en un ambiente burgués con ínfulas de aristocracia y estudió derecho porque no se animó a ser actor. “Despreciaba los éxitos que se obtienen con el trabajo y el esfuerzo. Según él, si uno era ‘bien nacido’, poseía condiciones más allá de todo mérito (…) Lo malo era que en el seno de esa casta a la que pretendía, no era nadie”, confesó Simone en sus Memorias. Su madre, provinciana, también proveniente de una rica familia burguesa, rozaba con el fanatismo religioso y fue el eterno superyó de su primogénita. “Como la costumbre la obligaba a disculpar ciertas libertades de los hombres, concentró sobre las mujeres su severidad (…) Los temas físicos le repugnaban tanto que nunca los tocó conmigo”. Beauvoir creció en un ámbito feliz junto a su hermana dos años menor, con todos los lujos (hasta la Primera Guerra Mundial, donde conoció las necesidades) y el máximo incentivo por parte de sus padres. El la motivaba en la intelectualidad; y ella, en la espiritualidad. Tanto que hizo de Simone una megadevota que a los trece años se flagelaba esperando dilucidar los misterios de la santidad. Pero la etapa de la niña prodigio, de la nena aplicada y atenta a la mirada censuradora de su madre (“aprendí de mi madre a pasar inadvertida, a controlar mis palabras, a censurar mis deseos”) comenzó a notar un choque entre la ética profana de su padre y la moral tradicional de su madre, desequilibrio que la abocaba a la crítica y que años más tarde entendería como una de las razones por las que se volvió una intelectual. En la adolescencia, Simone atravesó una crisis espiritual que la alejó de la fe extrema que promulgaba. Ya no quería ser monja y se sentía culpable por tener fantasías sexuales (con el tiempo aseguró


que los tabúes la acompañarían el resto de su vida). Pero, como lo haría siempre, enfrentó la “responsabilidad de ser” y, contra la opinión de las monjas de su escuela y de su madre (su padre aprobó el proyecto) decidió estudiar Filosofía en La Sorbona y Letras en la Escuela Normal del Neuilly.

“La distancia para escribir me la dio la formación del trío entre Sartre, Olga y yo. La ansiedad, la soledad, y finalmente la desesperación que el trío me provocó, formaron el espacio interior que yo necesitaba para escribir”. Inspirada en esta historia concibió La invitada, donde al final el personaje que encarna a Simone asesina a Olga.

Extraña pareja

Vanguardista

El sentimiento de saberse independiente la conecta consigo misma. Se rebela contra la clase de sus padres y se enamora de un primo. Jacques está en la movida artística, frecuenta los bares de Montparnasse y es partícipe de la nueva contracultura, las drogas, el alcohol y el amor libre. Simone, fascinada, de día estudia y de noche desafía su destino de chica bien. Cuando termina sus estudios en La Sorbona decide hacer el profesorado de filosofía en el liceo Janson de Sailly, donde conoce a Sartre (“fue la primera vez que me sentí intelectualmente inferior a persona alguna”). En 1929 la extraña pareja sella un especial compromiso, “el pacto incluía la transparencia: nos contaríamos todo, incluyendo los ‘amores contingentes’”. Para el existencialismo que Sartre había esbozado, y Simone adoptado, cada conciencia que logra su libertad es una constante superación de sí misma hacia otras libertades. No se trataba de alcanzar la felicidad, sino de explorar la libertad. Fue entonces, en nombre de esta corriente filosófica, que adoptaron varios “amores contingentes”. Simone y Sartre armaron varios tríos: con Olga, una alumna rusa de 18 años que quedó tan trastornada que se apagaba los cigarrillos en los brazos (“sus desdenes de aristócrata en el exilio armonizaban con nuestro anarquismo antiburgués”, dijo sobre ella Beauvoir); con Louise, otra alumna; con Natalie, cuya madre denunció a Simone por corrupción de menores en 1943 (así fue expulsada de la enseñanza)… Todos fueron jóvenes que, a cambio de que les pagasen los impuestos, adulaban hasta el hartazgo y prometían sexo libre a esta extraña pareja.

Durante la Segunda Guerra Mundial Simone trabaja activamente en la resistencia y escribe La sangre de los otros. En octubre de 1945, cuando todos los líderes de opinión buscaban recuperar su lugar en la cultura francesa, funda junto con Sartre y los pensadores franceses Merleau Ponty, Albert Camus y Raymond Aron, Les Temps Modernes, la revista con la que lograron cumplir su deseo de ser “intelectuales comprometidos”. Beauvoir y Sartre se convierten en el blanco más buscado de los paparazzis; los jóvenes inconformistas (para la época estaba bien visto rebelarse contra lo establecido), los van a ver a los cafés de Saint Germain des Prés y les copian el look y el vocabulario. En octubre del ´46 Simone empezó un ensayo sobre los mitos que los hombres habían creado acerca de la mujer y Sartre le sugirió que abarcase la historia y las bases fisiológicas de las diferencias entre sexos. Entonces, con la tesis de que “la mujer es el otro de la cultura”, publicó El segundo sexo (Leer Romper con el mito), obra que constituye el manual del feminismo y que marcó un antes y un después por su carácter de denuncia. Hubo críticas encarnizadas, pero más bien tuvieron que ver con la desesperación de quien ve mermar su poder. Por otro lado, muchas mujeres dicen deberle todo. Su segunda obra más lograda fue Los mandarines, novela que la convirtió en la tercera mujer en recibir el Premio Goncourt. Beauvoir quiso contar en esta historia la situación de los intelectuales de izquierda al final de la guerra, la desilusión de ver que nada iba a ser como ellos lo imaginaban. En 1956 el diario del Vaticano, L’Osservatore Romano, condena la


“doctrina inmoral” de las obras de Simone, que “hacen respirar la atmósfera malsana de cierta filosofía existencialista”. La Congregación del Santo Oficio se horrorizaba por la postura de la pensadora respecto del matrimonio, el amor libre y la maternidad.

Incansable El resto de su vida trascurre a través del compromiso con diferentes causas. Es activa en la política de su país y de países en revolución, compromiso que varias veces la lleva a vivir en la clandestinidad; junto a Sartre se solidariza con el movimiento estudiantil del mayo francés; apoya agrupaciones de mujeres que luchan por sus derechos (en 1970 se declara feminista y se suma a las militantes más radicalizadas. También se une, desde París, al reclamo de las Madres de Plaza de Mayo); pelea por la libertad de prensa en Francia; y escribe… registra cada instante de su vida, tratando de cerrar con coherencia la imagen de sí misma que había creado. El ejemplo más contundente es lo que relató de la muerte de Sartre, cuando aseguró que el filósofo le dijo en sus últimos segundos: “La amo mucho, mi querida Castor”. Pero lo cierto fue que era Arlette, hija adoptiva de él y su única heredera, quien estaba ahí. Simone llegó después. Camino a su final empezó una batalla de publicaciones. Beauvoir lanzó La ceremonia del adiós, sobre los últimos años de Sartre; Arlette, los manuscritos póstumos del pensador; Simone contraatacó con las cartas que él le había mandado. Hasta que después de su propia muerte (el 14 de abril de 1986), su hija adoptiva Silvie, porque ella también, como Sartre, había establecido un vínculo al parecer bastante bizarro con una chica, editó sus cartas, que terminaron por mostrarla, lejos de su imagen auto-diseñada, tal cual era. Algunos hablan de venganza, otros de homenaje y también están los que dicen que el móvil de Silvie fue el dinero. Pero lo cierto es que no se sabe mucho de esta relación que duró los últimos veinte años de Simone. “Había mucha gente que había hecho cosas: yo también quería”, escribió en su primer volumen de memorias, como profetizando un destino que ella misma iba a delinear, por momentos con vehemencia. Hoy, que contamos con material de sobra para estudiarla, podemos ver a la Simone que ella misma creó (la joven formal) y a la verdadera (una mujer muy alejada del concepto de formalidad). Pero lo interesante es que, como miembros de una generación alegremente liberada de varios prejuicios, podemos afirmar que lo valioso de Simone de Beauvoir es haber hecho cosas.


“(…) El segundo sexo representa una verdadera cosmovisión, una manera de mirar-habitar el mundo, de allí que su lectura no sea entretenida o amena, sino conmocionante, esto es, que conmociona, que mueve a reflexionar para transformar una determinada realidad. Es una de esas obras de las cuales uno sale herido. La herida es la marca de una palabra que se ha mostrado para quedarse, una palabra que expresa la historia de las mujeres y de la cual uno se apropia por representativa”.


“Simone de Beauvoir desmitifica la naturalidad de lo femenino que la gran usina productora de subjetividad cimentó. Pensamos que las mujeres son por naturaleza dulces, cariñosas, maternales, solícitas, obedientes, sumisas y abnegadas, cuando en realidad ese modelo de subjetivación es del orden de la ficción. Lo construido ha devenido natural. Y, desmontar esta construcción es una tarea política”.


OLAF HAJEK


Carlson Michele, (detalle).


MICHELE CARLSON


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Travnik Juan, Claromec贸, 2006 #7.

Travnik Juan, Claromec贸, 2003 #3.

Travnik Juan, Claromec贸, 2005 #6.


Travnik Juan, Claromec贸, 2005 #2

Travnik Juan, Claromec贸, 2006 #1

Travnik Juan, Ushuaia, Tierra del Fuego, 2003 #2

Travnik Juan, Buenos Aires, 2000.

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Travnik Juan, Lloyds Bank, Buenos Aires, 2003

Travnik Juan, Dunamar, 2001. #1

Travnik Juan, Buenos Aires, 1985.


Tota Topete, la maest

ra.


Tota Topete es madre, abuela y técnica en educación familiar (carrera que ya no existe). Da clases a mujeres sobre cómo llevar un matrimonio feliz y ser “completas” y “perfectas”, desde hace más de 40 años. Los cursos están repletos y siempre hay lista de espera. “Todas son universitarias o van a estudiar una carrera, pero comprenden que si no llevan bien su hogar algo va a cojear, algo va a estar mal. Si aprenden todas estas técnicas va a ser más fácil que no sufran diciendo qué difícil es el matrimonio. Muchas veces no lo es, lo que pasa es que no saben pegar un botón, subir un dobladillo, hacer arroz o una salsita verde rica... Si rápidamente remiendas tu dobladillo, todo va sobre ruedas, las cosas van bien”.

Afuera, sigue siendo 2008.


Lo que ellas leen “Acepta a tu marido tal como es. Haz dos listas, una de sus defectos y otra de sus cualidades. Lee atentamente la lista de los defectos y rómpela; no vuelvas a pensar en ellos. Acuérdate solo de sus virtudes”. “Levántate más temprano que tu marido, arréglate bonita, recuerda que tienes la competencia de todas las mujeres arregladas que él va a encontrar en la calle y en la oficina”. “No dejes que la preocupación por ‘tus derechos’ te impida ser agradecida. Da las gracias a tu marido por todas las pequeñas cosas de la vida, y el empezará a concederte esos ‘extras’ que tú siempre deseaste. Si eres una mujer que trabaja, él necesita tu apoyo y tu agradecimiento todavía más, ya que su masculinidad puede sentirse amenazada por tu paga”. (Morgan Marabel, Mujer Total, Editorial Plaza y Janés).

“Si un hombre no ama a su esposa con todo su corazón y con toda su alma, la culpa es de la esposa. Un hombre deja de adorar y de apreciar a

una mujer después del matrimonio porque ella deja de hacer las cosas que despiertan esos sentimientos”. “Muchas mujeres preguntan, ‘¿debo aceptar el alcoholismo de mi esposo? (...)’. En primer lugar, debe comprender que el alcoholismo es la más difícil de superar de todas las debilidades. Tendrá que adquirir cierta comprensión de la profundidad del problema al cual se enfrenta el hombre. Sé que ya le han dicho esto antes, pero he aquí lo que puede hacer para que esa simpatía sea real. Una vez al mes ayune durante tres días, prescindiendo de cualquier alimento o bebida, sin tomar nada que no sea agua, o bien, renuncie a fumar, a tomar café, dulces o cualquier otro hábito que la esclavice. Muy pronto tendrá una idea de lo que puede esperar de un hombre cuando le pide que renuncie a ese hábito que lo tiene esclavizado”. “No traten de superarlo: para ser femeninas, no compitan con los hombres en nada que requiera una capacidad masculina. Además, no traten de competir con ellos por una promoción en el trabajo, por un salario más elevado o por obtener mayores honores”. (Andelin Helen, Femineidad fascinante, Edivisón).


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Gata Flora Numero #5