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número

002

abril

2021

CONTEM PLACIÓN


Renacer (2021) Diana Arenas

Metepec, Estado de México, México.

© Revista EOS

-

2021

Todos los derechos reservados. Contacto: contacto@revistaeos.com

Instagram: @revistaeos

Todas las imágenes y textos publicados en este número son propiedad de sus respectivos autores. Queda por tanto prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de esta publicación en cualqueir medio sin el conocimiento expreso de los autores.


Contemplación abril 2021

2. Playlist.

3.

Primeras Palabras

4. Haiku

Í N D I C E

5.

Sofía Coppola: La Política De La

Contemplación /

8.

El Pulpo Que No Murió /

10. El Sur /

12. Ojos Pulverizados /

17. Diccionario Postmoderno /

18. Milagros Secretos /

21. Cómo Se Salvó Wuang-Fo /

29. Corgilicious

30. Cuando Pienso En Derecho /

34. Favoritos

36. Reportaje A La Ansiedad

Cine Microcuento

Poema

Por Confinamiento /

41. Recomendamos...

43. Últimas Palabras

45. Horóscopos

46. Editorial

47. Colaboradores

Literatura Letra: B

De lo bello, De lo feo Cuento

Derecho

Entrevista

Co ntemp l a ció n / abril 2021

Revista EOS

1


1

Playground Love

7

2

Jupiter

8

3

Sweet Bird

9

4

Sparks

10

If I get High

5

Blue World

11

Reptilia

6

Short Change Hero

12

Train Song

Air Gordon Tracks

The Marías

Young Hunting

Coldplay

Mac Miller

The Heavy

Far From Any Road

The Handsome Family

Wildflower

Beach House

Get it On T. Rex

Nothing But Thieves

The Strokes

Vashti Bunyan

Te recomendamos escuchar esta lista de reproducción en conjunto con tu lectura. https://spoti.fi/3a2GVId

P l a y li s t 2

Revista EOS

Con t e m p la c i ón / abril 2021


Prim er as Pal ab r as . . . Las transiciones son semejantes a la ma-

gia. Nos dormimos una noche con la caricia de un copo friolento y nos despertamos en la mañana con la endecha de las alas en la lluvia (Pizarnik). Pareciera que fuera en un abrir y cerrar de ojos pero la transformación es lenta y un poco cruel. Tres meses interminables de vacío, donde los días se fusionan en uno. Las extremidades del cuerpo pesan lo suficiente para lograr que un parpadeo se convierta en triunfo. Y te preguntas si alguna otra realidad, pasada o futura, es tangible, merecedora de ti. Sin embargo, un cierto día llega y te despiertas con el juego del viento y la rama y te obligas a salir. Una caminata corta a la tienda de la esquina y por primera vez en meses caes en la cuenta de que respiras. No es como que no hayas respirado durante todo este tiempo pero definitivamente no habías descansado tu atención en el movimiento de tu pecho que convierte oxígeno en dióxido de carbono. Ahora sí. El intercambio entre ti y el árbol al lado es latente. Un aire ligero y tierno roza tu cuello como el amante que nunca fue. Te compras una botella de vino, cae una jacaranda a tus pies y te das cuenta que ha llegado la primavera. ¡Feliz lectura querido lector!

Under the jacaranda (1903) R. Godfrey Rivers

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S/T (2021) Ely Astorga

H ai ku

“La luna de la montaña ilumina también a los ladrones de flores - Ma tsuo Ba sh o -

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Sof i a C o ppo l a : L a Po lít i ca d e l a C on te m p l a ci ó n

La contemplación es la reinterpretación profunda de lo visual-superficial. Y cuando pienso en esto en el mundo de la cinematografía, pienso en Sofia Coppola —pionera de lo delicado, de lo hermoso; penumbra de lo femenino, que ha sido constantemente criticada por su afinidad a la contemplación interna y externa de su género. La directora, primero conocida por el apellido de su padre, el creador de la trilogía El Padrino, después por el nombre de un papel mal recibido, Mary Corleone, y finalmente por Sofia; el nombre, “sinónimo de nepotismo” (Mayukh,

Jackie Cole

2017), fue víctima —como su personaje— de la grandeza y ambición de su padre, cargando sus fracasos en los hombros. No obstante, el “defecto principal” de la tercera y última película de la trilogía de Francis Ford Coppola se redimió con su debut como cineasta. Sus películas que han recibido una noria de comentarios, buenos y malos, no son intachables. Sin embargo, aunque existen críticas válidas de sus obras imperfectas, como todas, también es increíblemente difícil ignorar los matices sexistas que vienen de muchas de estas opiniones,

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creadas en un círculo cinematográfico mayoritariamente masculino. Todas sus cintas podrían, y son, descritas por el término impreciso y flojo de girly (afeminadas). Lo cual es impropio ya que descarta el contexto de cada película individual y la mujer que hay detrás de ellas. Los temas recurrentes de las historias de Coppola son variantes del vacío que se vive cuando se vive en opulencia, de la alienación y de la juventud femenina, todos reflejados y enmarcados con visuales pintorescos que distinguen a la cineasta. Pero, las críticas que reciben estas películas usualmente van de la mano de algo como “La mayor parte de lo que sucede es una tediosa vacuidad, expresada sin crítica”, “Es un soufflé espectacular de película”, “Sólo es para chicas y gays” o “Es como una manicurista diciendo que captura la experiencia interna de tu meñique”. Como bien lo describe Anna Backman Rogers en The Politics of Visual Pleasure, “La implicación misógina que es vergonzosamente evidente aquí es que la hermosa y decorativa puesta en escena de Coppola se toma para significar nada más allá de su agradable superficie” (2019). El error es pensar que las escenas completamente visuales de Sofia no tienen nada que decir, cuando lo dicen todo. No creo que los mayores críticos de Coppola, en Hollywood, sean incapaces de leer imágenes y situaciones visuales en películas porque justamente a eso se dedican, pero entonces, ¿qué dicen sus comentarios de ellos? ¿Será que son incrédulos en pensar que una mujer es capaz de generar significados de la belleza? ¿Será que en verdad piensan que Sofia Coppola dice “hay que meter esta escena porque ¡mira que bonito! me gustó”? Un concepto completamente extraño, ya que para mí la contemplación es un término

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inherentemente femenino. Como en su película Las Vírgenes Suicidas, cuando los chicos, que narran los acontecimientos de sus vecinas, confiesan, después de haber leído sus diarios: “Sentimos el encarcelamiento de lo femenino, la forma en que activaba tu mente, la forma en que caes en ensueño, cómo terminas sabiendo qué colores van juntos”. ¿O será que en verdad necesitan la traducción? ¿Necesitan tanto del texto explicativo como las imágenes? Anna Backman también destacó, “su obra se compara con frecuencia con una pastelería cinematográfica, una suculenta crema de hojaldre, llena de aire delicioso pero carente de sustancia carnosa (y masculina)” (2019). Hay algo mucho más complejo en esas hermosas imágenes. Hay reminiscencias psicológicas sobre la individualidad, la identidad y la adolescencia femenina y la delicadeza visual es sólo una parte de su ingenio. Sus imágenes parecen placenteras, pero denotan algo que sólo pueden ser captadas mirando de una manera oblicua, pueden ser realmente inquietantes. Cada escena de Maria Antonieta muestra emociones complejas a través de lo visual. Y tomando la película como es, una reinterpretación de la humanidad de este personaje histórico, y no lo que no es, un recuento fiel de los acontecimientos reales de Francia, uno se puede dar cuenta que lo esencial es el espejo creado por Sofia Coppola para demostrar a Sofia Coppola, como lo remarca Roger E., “Esta es la tercera película de Sofia Coppola enfocada en la soledad de ser mujer y lo que significa estar rodeada de un mundo que sabe usarte, pero no comprenderte” (2018). “Las Vírgenes Suicidas, es una película que se


deleita con las bellas superficies, pero trabaja para subvertir esas superficies y las revela como frágiles, huecas y falsas porque se trata de un régimen e ideología de imágenes... a lo que la película implica que las mujeres jóvenes se ven obligadas a someterse —que impone al cuerpo femenino una forma de muerte eterna” (Backman, 2019). Sofia Coppola codifica los detalles de sus películas. Desencadenantes sensoriales que invocan sentimientos que no pueden ser creados a través de palabras. Poesía en aspectos mundanos y triviales de la vida suburbana, en brumosas calles solitarias, en el desorden misceláneo de una casa, en el fuego de una ventana o un lente telescópico, en sus marcos bañados en azules profundos y amarillos muertos que crean una idea de las psicologías de las hermanas. Las narraciones de Coppola están compuestas

de materia microscópica contemplativa que existe en los momentos más pequeños de una historia y, sin embargo, se sienten fundamentales para la experiencia de ser mujer. Su habilidad de trascender sentimientos femeninos a la pantalla y la falta de distintas directoras destacadas es lo que encasilla a la mujer a lo girly en el mundo de la cinematografía. No obstante, esto no significa que Coppola deba generar otro tipo de películas que sean más afines a lo masculino. Sólo significa que “como reina se espera que brille, sea mejor, más bonita, más elegante, más vivaz, hasta que sea denigrada por ello” (Cohen, 2018). Sigamos disfrutando de la bella contemplación de Sofia Coppola, sigamos siendo fascinados por la forma pastelera que te golpea con melancolía de lo femenino delicado, mientras buscamos ver la representación de toda mujer en la pantalla.

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Microcuento

E l Pul po Q u e No M u r i ó Sakutaro Hagiwara

S/T (2021) Cynthia Caponni

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Un pulpo que agonizaba de hambre fue en-

En esta forma el pulpo terminó comiéndose

cerrado en un acuario por muchísimo tiem-

todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su es-

po. Una pálida luz se filtraba a través del

tómago; absolutamente todo.

vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó

Una mañana llegó un cuidador, miró dentro

de este lóbrego acuario. Se podía suponer

del acuario y solo vio el agua sombría y las

que el pulpo estaba muerto y solo se veía el

algas ondulantes. El pulpo prácticamente

agua podrida iluminada apenas por la luz del

había desaparecido.

crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y

Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba

cuando despertó de su sueño tuvo que su-

vivo en ese acuario mustio y abandonado.

frir un hambre terrible, día tras día en esa

Por espacio de siglos, tal vez eternamente,

prisión solitaria, pues no había carnada al-

continuaba viva allí una criatura invisible,

guna ni comida para él. Entonces comenzó

presa de una escasez e insatisfacción hor-

a comerse sus propios tentáculos. Primero

renda.

uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.

Sakutaro Hagiwara (Maebashi Guma, Japón 1886 - Tokyo, Japón 1942) Escritor Japones de Verso Libre. Desde jóven escribió poemas para revistas literarias y es considerado el “Padre de la poesía coloquial moderna japonesa”.

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S/T (2021) Daniela Campos

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Desde uno de tus patios haber mirado las antiguas estrellas, desde el banco de la sombra haber mirado esas luces dispersas que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar ni a ordenar en constelaciones, haber sentido el círculo del agua en el secreto aljibe, el olor del jazmín y la madreselva, el silencio del pájaro dormido, el arco del zaguán, la humedad - esas cosas, acaso, son el poema.

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Argentina 1899 - Ginebra, Suiza 1986) Figura importante en la literatura universal, fue escritor de cuentos, poemas y ensayos, así como crítico literario y traductor.

Jorge Luis Borges

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S/T (2021) Manuel Manero

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Oj o s P u l ve r i z a do s Julio Calleros

I Para el poeta, la contemplación debe ser también un aniquilamiento, una autodestrucción. No nos inquietemos. No son suicidas mis palabras. Hablo de rebelarse. Una rebelión que consista en “[...] mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos” (Pizarnik, 2018, p.125). Contemplar es ver más allá de lo contemplado. Es trascender a la observación y al objeto observable; como seres limitados, eso incognoscible —más allá del objeto, o su sombra (del que solo especulamos)— nos niega; para llegar a él debemos rebelarnos: hay que arrancarse los ojos. Con miedo de quedar en la ceguera, es comprensible dudar en un principio. Entiendo quienes prefieren no hacerlo. Yo también temo: la ceguera de la que hablo trata con el miedo al error de creer en lo que se cree1. ¿Cómo sé que la rosa a la que miro es la rosa que debo ver? ¿Hay, en cualquier caso, una rosa específica o es cualquier rosa? Y si es cualquier rosa ¿cómo mirarla, por cuánto tiempo? ¿Por qué, en fin,

mirar la rosa y no un cerezo? “Quien busque el infinito, que cierre los ojos” sentencia Kundera en La insoportable levedad del ser. La duda es infinita, igual que la oscuridad de la ceguera, y nos orilla a especular a tientas con lo infinito2

II Especulamos porque solo nos servimos de lo sentidos y la razón para poder elevar nuestra visión a la capacidad de contemplación; pero nadie ha visto a Dios, nadie le ha tocado o le ha oído pronunciarse3, ya ni hablemos de los otros dos sentidos. Pan o vino, sigue siendo como probar el silencio, como olerlo, dejar que entre —inquieta— en la oquedad del cuerpo, y retumbe. Todo se reduce. Especular es creer, o tener esperanzas de que se cree en eso de lo que se especula porque hay una finalidad de por medio: puede ser conmovedora, útil, placentera, etc. Al final se trata de lo bello, lo estético, y el deseo de que nos rebase, nos transforme; de otra forma, nos amarga y terminamos insultán-

1

Aunque para algunos creer ya de por sí no es un error, y por lo tanto, no hay por qué temer.

2

Irónico es que, hasta en la oscuridad, todos los ojos parecen abiertos aunque estén cerrados; hagan la prueba, miren

a alguien dormir en la oscuridad y vean cómo se forma una agujero mucho más oscuro en sus párpados, igual que un par de cuencas llenas de negra leche que les mira, creando la ilusión de que en realidad los tiene abiertos.

3

El silencio es también un campo vacío de inquietud a la que le tenemos fe. Tener fe en Dios es tener fe en el silencio

(Kierkegaard, 1843).

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dola: en un mundo que nos imposibilita, no somos más que nuestras frustraciones. Esa es la pesadilla de todo artista, “la risa espantosa del idiota” (Rimbaud, 2018, p.31). Por eso es necesario rebelarnos. No solo rebelarse existencialmente a la manera de Camus (2017), que busca germinar del absurdo una postura fundadora y solidaria para criticar esa violencia intelectual de sus contemporáneos durante el siglo XX: “Me rebelo, entonces, somos”4 (p.45). Hay que llevarlo más allá: aniquilarnos no solamente con nosotros mismos, sino también con el mundo, con el objeto mismo que contemplamos, solo así trasciende: si como seres limitados, eso incognoscible (más allá del objeto) nos niega; hemos entonces de transformarlo, ser entes activos que hagan del objeto no un muro estético que solo nos conmueva, sino verlo como una posibilidad que nos rebase. Algunos dirán que no es aniquilamiento, sino retorno, un intento de regresar a lo primigenio por medio de la libertad. Lo primigenio, bien puede ser la otredad, pues al fin y al cabo, en lo otro nos identificamos: el otro es espacio y sujeto, es destino, y si toda otredad es un encuentro entonces es “[...] ser el mundo sin dejar de ser él mismo” (Octavio Paz, 2015, p.284). Otros dirán que se trata de un imposible, de una frustración siempre queriendo superarse: somos incapaces de ser uno mismo porque para serlo, se necesita ser más allá de sí mismo; ser en Dios, que todo (no solo el poeta) también regrese a su estado primigenio, a la infinita multiplicidad de sus posibilidades. “Porque cada ser lleva como

4 5

¿No estaré cayendo en una contradicción? No nos entreguen a ninguna costa terrenal hasta / No quedar resuelta en el vórtice de nuestra tumba / la vasta

mirada de espuma hacia el paraíso

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posibilidad una diversidad infinita respecto a la cual, lo que ahora es, es únicamente porque ha vencido de momento. Significa una injusticia” (María Zambrano, 2019, p.103). Para regresar a ser encuentro, o ser más allá de los límites posibles, ¿no es acaso de cierta forma aniquilarse? ¿No es desprenderse de este que somos ahora para verdaderamente empezar a ser? Todo cambio es sacrificio, y en todo sacrificio hay un cordero y una piedra que pide su sangre. Al momento de cambiar nosotros mismos, nos desprendemos de aquél que éramos, y que no puede ser por sí mismo sin nosotros, sin el cuerpo y el alma que somos, entonces, muere, no en el olvido, porque siempre le recordaremos, sino en la imposibilidad de que vuelva a ser: su muerte es absoluta, es un aprisionamiento en el sacrificio. Pienso más acertada la idea de que lo primigenio es como lo muestra el largo recorrido sobre El vórtice de Eliot Weinberger “principio [...] y fin de los tiempos”. “Hart Crane: Bequeath us to no earthly shore until / Is answered in the vortex of our grave / The seal’s wide spindrift gaze toward paradise”5. “El remolino de viento desde el que Yahvé le habla a Job, el que lleva a Elías al cielo, y desde el que la visión produce ruedas y querubines monstruosos, es invisible en sí mismo, y solo es visible por lo que hace hace girar; es poder puro”. Lo primigenio es un volver a ser destructivo, es una desintegración de la individualidad en el todo de una unidad devoradora. El origen, el principio de todas las cosas, es una bestia que espera —entre el movimiento y la quietud, tras el velo que oculta el secreto de todas las cosas— ansiosa y famélica, para devorarnos en nuestro nacimiento:

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nos devora regurgitándonos. Sus dientes son la daga de nuestro sacrificio. Y el sacrificio, no es otra cosa que los ojos pulverizados de los que habla Pizarnik.

III Este soy yo, siendo: ¿cómo aniquilarme? Volvamos del objeto contemplado una daga, una lanza, una flecha dorada, el vórtice mismo6. Es necesario la Voluntad, la acción de volver el objeto contemplado sujeto, ente vivo, como uno mismo —por medio de un mirar con deseo a ser dicho objeto, porque el objeto vuelto daga, o lanza, o flecha, no solo es daga, o lanza, o flecha, es también una otredad. Así entonces toda percepción debemos verla como un encuentro que, a diferencia de Paz, no se trata de una armonía entre los polos, de un acoplamiento entre la individualidad y el todo, sino lo contrario: el encuentro, es una lucha que ya tenemos perdida, porque nadie puede ganarle a la bestia primigenia, y sin embargo, el valor yace no en la derrota, sino en el hecho mismo de haber luchado contra ella, de sentir sus dientes en nuestra piel, desgarrandonos, permitiéndonos el sacrifico (el éxtasis destructor)7. Para lograr esta transformación de objeto a sujeto, hemos de usurpar la palabra. El poeta, el verdadero poeta, no es

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ningún santo de las palabras, ningún protector, tampoco es un puente, la poesía no va hacia ningún lado; la poesía no tiene destino. Así, el poeta es todo menos una fuente de la palabra, al contrario, es su usurpador. Hemos de pervertir las palabras para universalizar nuestra individualidad a pesar de que para Mishima (2010) era peyorativo y absurdo. Sin embargo, lo único que hizo él fue volver de la palabra la carne, fue ser —literalmente— lo que creía, que la palabra escrita se volviera carne; pero una palabra sin Dios, una palabra pronunciada por los otros, que los otros le pronunciaran con el cuerpo y así alcanzar la gloria militarizada8. Deseaba predicar con el cuerpo. “[...] el triunfo de saber que uno es igual que los demás. [...] Con una universalidad así alcanzada estaría exenta de toda corrosión privada, de toda traición” (p.36). A diferencia de Mishima, yo no soy tan dramático. (En todo caso me veo en esos pobres diablos de los que la plebe se burlaba en las comedias griegas hace siglos). Hemos de alcanzar el lenguaje del cuerpo, sin necesidad de ninguna gloria. No es necesario la literalidad cuando con la poesía, el mundo se vuelve símbolo y el tiempo presencia. Escribir, poetizar, ya fuera con la palabra (menos dramático para el mundo más que para el poeta) o con los actos (más dramática

Claro que este fenómeno puede ser equívoco. Uno puede ver el mismo objeto, y verlo transformarse en miles de

formas, un dios, un origen, una bestia, hasta desintegrarse en sí mismo por el tiempo: eso es la metamorfosis, la contemplación que transforma el objeto contemplado en aquello que te aniquilará.

7 También puede verse como un espacio al que se tiene acceso por el objeto vuelto sujeto, daga, que te dará muerte. El sacrificio puede materializarse de múltiples formas porque múltiple es la humanidad. Al final, todos significan lo mismo, y todos nos conllevan a la ceguera.

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Dicha gloria era también en parte por el sentido de pertenencia frente al objeto bello que le conmovía a Mishima que era el cuerpo del Héroe, tanto espiritualmente como físicamente; después de todo, quién no quiere ser correspondido por lo bello, quién no quiere ser lo que representa, lo que crea y ama, como El David y Miguel Ángel, o como el Hombre con el dios que haya decidido crear, y por lo tanto, creer.

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para el mundo que para el poeta) es presenciar el símbolo, y simbolizar la presencia por medio de la libertad y la imaginación. Volver del mundo el propio tiempo que uno está viviendo y ser capaz de ver en el mundo el presente que se vive, pues solo así la aniquilación sucede; entre símbolo y presencia, mundo y tiempo, ya no hay cabida para el yo. El yo temeroso. El yo al que estamos acostumbrados a usar como máscara; ya está perdido en el leteo, ya en el mar en que cayó Ícaro. Ahora somos el propio río, y cada uno de los rostros que ha mirado, cada sed por el que se ha bebido; somos el propio mar meditarraneo, la espuma de Icaria, el sol y el reflejo.

IV En la belleza, en el objeto contemplado vuelto daga, vuelto bestia, el cuerpo se suma a la santidad del alma por medio de la herida que genera la daga (la bestia) en el poetizar, en el conmoverse, y entonces, el cuerpo se rinde al alma, se vuelve alma. Hay igualdad entre los dos polos. Es más, se justifican la una a la otra, solo tienen sentido por medio del otro, solo existen en el otro. Cristo, de haber sido poeta (stricto sensu), no habría tenido necesidad de crucificarse, tendría suficiente con sus poemas, ahí su sacrificio sería diario, su resurrección, el pan de cada día. Pero los cristianos querían la literalidad; más dramática y por lo tanto, más convincente al conmover y traer por primera vez a la tierra, la oportunidad de que cualquier mortal venza (literalmente) a la muerte. Cosa contraria de haber sido poeta, un poeta no vence nada (más que así mismo), un poeta (en su ingenuidad y narcisismo) quiere salvarlo todo, hasta de aquello que lo aniquila, del absurdo (que es infierno asfódelo), mientras se es en ese todo, mientras lo vive, no solo como conjunto, o unidad, sino respetando cada iden-

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tidad individual del todo. Antes solo los héroes clásicos “regresaban” de la muerte, del inframundo. Y como todos los héroes van al infierno: Ulises cuando habla con Aquiles, Eneas frente al Leteo, Orfeo y Eurídice, Rimbaud, Dante... Se presupone entonces que el alma es el absurdo del infierno, es descender en sí mismo y regresar transformado para la trascendencia, luminosos. Pero no somos semidioses ni estamos bendecidos por el genio. Para nosotros no hay salida, nuestra transformación debe ser aquí, entre los campos asfódelos, inventando pequeños paraísos fugaces: nuestras propias trascendencias que nos definen solo en un instante. Para Pizarnik “la mirada desde la alcantarilla” es la postura que toma como una forma posible de explicación para lograr la conversión del objeto contemplado. En ese inicio de su poema número 23 del poemario Árbol de Diana (1962), está la respuesta para lograr la pulverización. La alcantarilla es el reverso de toda ciudad, el lado contrario de todo un mundo. El alter mundus. Subterráneo (como el infierno), oscuro, cegador; desde esa visión, desde la oscura oquedad de nuestro cuerpo, de nuestra alcantarilla, podemos lograr la conversión. Al pulverizarse los ojos, al lograr la metamorfosis del objeto contemplado, la flor se revela como algo más. En la poesía, rebelión es revelarse en contra de, es quitar el velo de lo oculto: la rosa pulverizada es de fosfeno ondulado hacia sí misma, hacia su centro (remedando el movimiento de un torbellino, de un vórtice), hasta que Dios abra los ojos.


D iccionario

B

Postmoderno Boomer Del fr. ogre; la forma f., del fr. ogresse. m y f. Pequeños monstruos nostálgicos nacidos entre 1946 y 1964 productos de un capitalismo que profesaba la abnegación por un bien mayor: el consumismo (que llevaba a la felicidad), por lo que ahora, viven succionando el flujo del tiempo como sanguijuelas al romantizar e idealizar un pasado que jamás fue “bueno” o “mejor” que el presente en que ahora viven. Existe una expresión despectiva “Ok Boomer” popularizada a inicios del 2019 en las redes sociales que busca burlarse de la anticuada visión de esta generación.

Bebé

f. Mamífero doméstico de la familia de los cánidos y/o felinos (dependiendo de la persona que le adopte) como reemplazo de una autorrealización familiar de ciertos grupos sociales, en especial los jóvenes y los artistas —gracias a ciertos principios misantrópicos totalmente injustificados —puesto que no son potenciales suicidas— por la idea central de no querer tener hijos porque “sufrirían de esta vida injusta y cruel”.

Burro m. y f. coloq. Persona que se jacta y se enorgullece de su falta de criterio y conocimiento respecto a un tema o asunto al considerar que, como todo es subjetivo, cualquier opinión es válida por la simple arbitrariedad de la persona; rebuzna sus opiniones más como una queja que como un aporte sustancial, no tienen empatía por las ideologías contrarias, y tienen más predisposición a creencias inspiradoras y ficcionales que a los hechos objetivos y claros por considerarlos cientificistas: no quieren entender que, al invalidar cualquier postura absoluta, la subjetividad adquiere mayor responsabilidad, mayor criterio y cuestionamiento puesto que ya nada nos garantiza que alguna idea u opinión es válida o correcta.

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M il agro s. . . Mariposa 2 (2021) Alejandro Águilar

D e lo b e l l o La guirnalda iridiscente que cae, solitaria, en medio de una calle desierta.

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. . .sec reto s Mariposa 1 (2021) Alejandro Águilar

De lo f e o La agonía de una mariposa blanca, muriendo en la palma de mi mano.

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Cuento

S/T (2021) MJ Wall Paint

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C ó m o se salvó Wan g -Fo

Marguerite Yo u r c e n a r

El anciano pintor Wang-Fo y su discípulo Ling erraban a lo largo de los caminos del reino de Han. Avanzaban lentamente ya que Wang-Fo se detenía en la noche para contemplar los astros y en el día para mirar a las libélulas. Iban poco cargados porque Wang-Fo prefería la imagen de las cosas a las propias cosas. Ningún objeto en el mundo le parecía digno de ser adquirido con excepción de pinceles, tarros de laca y tintas de china, rollos de seda y papel de arroz. Eran pobres porque Wang-Fo cambiaba sus pinturas por una ración de puré de mijo y despreciaba las piezas de plata. Su discípulo Ling, inclinado bajo el peso de una bolsa llena de apuntes, doblaba respetuosamente la espalda como si llevara la bóveda celeste, pues para él ese saco contenía montañas cubiertas de nieve, ríos en primavera y el rostro de la luna de verano. Ling no había nacido para andar los caminos al lado de un viejo que poseía a la aurora y retrataba el crepúsculo. Su padre había sido comerciante en oro; su madre, la hija única de un mercader de jade que le heredó sus riquezas luego de maldecirla por no haber sido hombre. Ling creció en una casa donde la abundancia había eliminado los azares. Esta existencia cuidadosamente

delineada lo había vuelto tímido: Ling temía a los insectos, al trueno y a la cara de los muertos. Cuando tuvo quince años su padre le escogió esposa. La tomó muy bella porque la idea de procurarle tanta felicidad a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sirve para dormir. La mujer de Ling era frágil como una caña, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda los padres de Ling llevaron la discreción hasta su propia muerte, y su hijo permaneció solo en la casa pintada de cinabrio en compañía de su joven mujer que siempre sonreía, y de un ciruelo que cada primavera daba flores rosas. Ling amó a esta mujer de corazón transparente como a un espejo que no se opaca, como un talismán que se lleva para siempre. Frecuentaba las casas de té para seguir la moda; favorecía discretamente a los acróbatas y a las bailarinas. Una noche en una taberna tuvo de compañero de mesa a Wang-Fo. El anciano había bebido para poder pintar mejor a un borracho; su cabeza colgaba de lado como si tratara de medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz soltaba la lengua de este artesano taciturno, y durante aquella noche Wang habló como si el silencio fuera un muro y las palabras colores destinados ha habitarlo.

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Gracias a él, Ling conoció la belleza de las caras de los borrachos manchadas por el humo de las bebidas calientes, el brillo marrón de las carnes desigualmente acariciadas por los lengüetazos del fuego, y el exquisito rosado de las manchas de vino cubriendo los manteles como pétalos marchitos. Un ventarrón rompió la ventana, la tormenta entró en la habitación. Wang-Fo se inclinó para hacer admirar a Ling el pálido dibujo del relámpago y Ling, maravillado, dejó de temer a la tormenta. Ling pagó la cuenta del viejo pintor. Como Wang-Fo no tenía dinero ni lugar para quedarse, él le ofreció humildemente albergue. Hicieron el camino juntos. Ling llevaba una linterna, su luz proyectaba en los charcos flamas extrañas. Aquella noche Ling aprendió con sorpresa que los muros de su casa no eran rojos como el creía, sino que tenían el color de una naranja a punto de podrirse. En el patio, Wang-Fo advirtió la delicada forma de un arbusto al que nadie había prestado atención y lo comparó con una joven mujer que deja secar sus cabellos. En el corredor siguió con deleite el tímido paseo de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror de Ling por estos animalillos se desvaneció por completo. Entonces, al comprender que Wang-Fo acababa de regalarle un alma y una nueva percepción, Ling acostó respetuosamente al viejo en la recámara donde su padre y su madre hacía mucho que habían muerto. Desde mucho tiempo atrás Wang-Fo soñaba con hacer el retrato de una princesa antigua tocando el laúd a la sombra de un sauce. Ninguna mujer era lo bastante irreal para servir de modelo, pero Ling podía hacerlo porque no era mujer. Después Wang-Fo habló de pintar a un príncipe tirando el arco al pie de un gran cedro.

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Ningún joven de aquel tiempo era lo bastante irreal para servir de modelo, pero Ling hizo posar a su propia mujer bajo el ciruelo del jardín. En seguida, Wang-Fo la pintó con ropas de hada entre las nubes del anochecer, y la joven mujer lloró porque esto era presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que Wang Fo hacía de ella, su rostro se marchitaba como la flor expuesta al cálido viento o a las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la faja que la estrangulaba flotaban confundidas con su cabellera; parecía aún más delgada que de costumbre, pura como las bellezas celebradas por los poetas de los viejos tiempos. Wang-Fo la pintó una última vez porque le gustaba ese tono verde con que se cubre la cara de los muertos. Su discípulo Ling mezclaba los colores y esta tarea exigía tanta aplicación que olvidó derramar lágrimas. Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su fuente para procurar al Maestro tarros de pintura púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, la abandonaron y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fo estaba cansado de una ciudad donde las caras no tenían ya nada que enseñarle, ningún secreto de fealdad y de belleza, y el maestro y su discípulo vagabundearon juntos por los caminos del reino de Han. Su reputación los precedía en los pueblos, en las castillos y bajo el atrio de los templos donde los nerviosos peregrinos se refugian al anochecer. Se decía que Wang-Fo tenía el poder de dar vida a sus pinturas por un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros venían a suplicarle que les pintara un perro guardián y los señores querían de él imágenes de soldados.


Los sacerdotes honraban a Wang-Fo como un sabio, el pueblo lo temía como un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opinión que le permitía estudiar a su alrededor expresiones de gratitud, de miedo o de veneración. Ling mendigaba la comida, velaba el sueño del Maestro y aprovechaba sus éxtasis para frotarle los pies. Cuando apenas comenzaba a amanecer y el viejo aún dormía, Ling salía a la busca de paisajes tímidos disimulados detrás de los cañaverales. Al atardecer, cuando el Maestro, desalentado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang estaba triste y hablaba de su larga edad. Ling le enseñaba sonriendo el sólido tronco de un viejo castaño; cuando Wang estaba feliz y decía chistes, Ling hacía humildemente como si lo escuchara. Un día, cuando el Sol se estaba ocultando, llegaron a los suburbios de la ciudad imperial. Ling buscó para Wang-Fo un lugar donde pasar la noche. El anciano se arropó con unos andrajos y Ling se acostó contra él para calentarlo la primavera apenas había comenzado y el piso de tierra aplanada estaba todavía helado. Al alba, unos pasos enérgicos retumbaron en los corredores de la casa. Se escucharon los cobardes susurros del dueño y algunas órdenes gritadas insolentemente. Ling tembló al recordar que la víspera había robado un pastel de arroz para la cena del Maestro. Sin dudar de que venían a arrestarlo, se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fo a pasar el vado del río próximo. Los soldados entraron con linternas. La luz filtrada a través del papel abigarrado daba tonalidades rojas o azules a sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba sobre sus hombros y los más feroces lanzaban de improviso brami-

dos sin razón. Pusieron pesadamente la mano sobre la nuca de Wang-Fo, quien no pudo dejar de observar que sus mangas no hacían juego con el color de los abrigos. Sostenido por un discípulo, Wang-Fo siguió a los soldados tropezando por lo desigual de los caminos. Los curiosos reunidos se burlaban de esos dos criminales que llevaban sin duda a decapitar. A todas las preguntas de Wang los soldados respondían con un gesto amenazador. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su Maestro sonriendo, lo que para él era una manera más tierna de llorar. Al fin llegaron a las puertas del palacio imperial cuyos muros violetas se levantaban en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados hicieron pasar a Wang-Fo por innumerables salas cuadradas o circulares cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, el macho y la hembra, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas emitiendo una nota musical y su disposición era tal que al atravesar al palacio de este a poniente se recorría la escala tonal. Todo se concertaba para dar la idea de un poder y una sutileza sobre humanas; se sentía que las órdenes más insignificantes pronunciadas aquí deberían ser definitivas y terribles como la sabiduría de los ancestros. En fin, el aire se enrareció y el silencio se volvió tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina, los soldados temblaron como mujeres y el pequeño grupo entró en la sala donde reinaba el Hijo del Cielo. Era una sala desprovista de muros, sostenida por gruesas columnas de piedra azul. Un jardín se desparramaba del otro lado de los fustes de

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mármol, y cada flor de esos bosquecillos pertenecía a una rara especie traída de más allá de los océanos. Pero ninguna tenía perfume por miedo a que la meditación del Dragón Celeste no fuera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que se bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior de las murallas e incluso se había alejado a las abejas. Un enorme muro se paraba al jardín del resto del mundo, a fin de que el viento que pasa sobre los cadáveres hinchados de los perros y los restos de los campos de batalla no pudiera rozar siquiera la manga del Emperador.

llorar. Levantó su mano derecha que los reflejos del pavimento de jade hacía aparecer glauca como una planta submarina, y Wang-Fo, maravillado por esos delgados y largos dedos, buscó entre sus recuerdos si no había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato mediocre que mereciera la muerte. Pero era poco probable pues Wang-Fo hasta ese día casi no había frecuentado la corte de los Emperadores prefiriendo las chozas de los granjeros, o en las ciudades, los rumbos de las prostitutas y las tabernas a lo largo de los muelles donde pelean los estibadores.

El Amo Celeste estaba sentado en un trono de jade. Sus manos estaban arrugadas como las de un abuelo a pesar de que apenas tenía veinte años. Su túnica era azul para recordar el invierno y verde para figurar la primavera. Su rostro era hermoso pero impasible, como un espejo colocado demasiado arriba que no reflejara sino los astros y el implacable cielo. Tenía a la derecha a su Ministro de Placeres Perfectos y a la izquierda a su Consejero de Justos Tormentos. Como sus cortesanos, parados al pie de las columnas, tendían la oreja para recoger hasta la más mínima palabra salida de sus labios, había tomado el hábito de hablar siempre en voz baja.

—¿Me preguntas qué daño me has hecho, viejo Wang-Fo —volvió a decir el Emperador, inclinando su cuello estrecho hacia el anciano que le escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno de otro no puede deslizarse en nosotros sino por nuestras nueve aberturas, para mostrate tus faltas debo recorrer contigo los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la recámara más secreta del palacio, porque creía que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a la vista de los profanos, en presencia de los cuales no pueden bajar los ojos. Es en esas salas que fui criado, viejo WangFo, ya que se había dispuesto a mi alrededor la soledad para permitirme crecer ahí. Para evitar a mi candor la salpicadura de las almas humanas, me habían alejado de la marea agitada de mis futuros súbditos y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta por miedo a que la sombra de ese hombre o de esa mujer llegara hasta mi. Los pocos servidores viejos que se me habían otorgado se mostraban lo menos posible; las horas daban vuelta en círculo, los colores de tus pinturas se encendían con el alba y palidecían con el crepúsculo. En la noche, cuando no lograba

—Dragón Celeste—, dijo Wang-Fo arrodillado—, estoy viejo, soy pobre y débil. Tú eres como el verano, yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas, yo sólo tengo una que ya va a terminar. ¿Qué te he hecho? Me han amarrado las manos que jamás te han perjudicado. —¿Me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fo? —dijo el Emperador. Su voz era tan melodiosa que daban ganas de

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conciliar el sueño, las miraba y durante cerca de diez años las he observado todas las noches. Durante el día, sentado sobre una alfombra de la que me sabía de memoria el dibujo, con mis manos vacías en mis rodillas de seda amarilla, soñaba con las alegrías que me guardaba el futuro. Me imaginaba el mundo, con el país de Han en medio, semejante a la llanura monótona y vacía de la mano que atraviesan las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor el mar, donde nacen los monstruos, y más lejos todavía las montañas, que soportan el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas estas cosas me servía de tus pinturas. Tú me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua desplegada de tus telas, tan azul que cuando una piedra se hunde en él no puede sino volverse zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como si fueran flores, parecidas a las criaturas que salen, impulsadas por el viento, en las avenidas de tus jardines; y que los jóvenes guerreros esbeltos que vigilan las fortalezas de las fronteras, eran ellos mismos flechas que podían traspasarte el corazón. Cuando tuve dieciséis años vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para contemplar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Ordené mi litera: sacudido por caminos de los que no imaginaba ni el barro ni las piedras, recorría las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres semejantes a luciérnagas, tus mujeres cuyo propio cuerpo es un jardín y una aurora. Los guijarros de las orillas me desilusionaron de los océanos; la sangre de los torturados es menos roja que la granada detenida en tus lienzos; la miseria de las aldeas me impide ver la hermosura de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna como la carne muerta que cuelga de los ganchos del carnicero y la gruesa carcajada de mis soldados me revuelve el corazón. Tú me has mentido,

S/T (2021) MJ Wall Paint

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Wang-Fo, viejo impostor: el mundo no es sino un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, mojadas eternamente con nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más bello de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el cual vale la pena gobernar es donde tú penetras, viejo Wang, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Tú eres el único que gobiernas en paz sobre montañas cubiertas con una nieve que nunca se funde y sobre campos de narciso que no pueden morir. Esta es la razón, Wang-Fo, por la que he buscado qué suplicio estaría reservado a ti, cuyos sortilegios me han desilusionado de lo que poseo y encendido el deseo de lo que nunca tendré. Y para encerrarte en la única celda de la que no puedas salir. He decidido que te quemen los ojos, porque tus ojos, Wang-Fo, son las dos puertas mágicas que se abren a tu reino. Y como tus manos son los dos caminos de diez senderos que te llevan al corazón de tu imperio, he decidido que te corten las manos. ¿Me has comprendido, viejo Wang-Fo? Al escuchar esta sentencia el discípulo Ling arrancó de su cintura su cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo detuvieron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro: —Y también te odio, viejo Wang-Fo, porque has sabido hacerte amar. Maten a ese perro. —Ling dio un salto hacia adelante para evitar que su sangre manchara la ropa del Maestro. Uno de los soldados levantó su sable y la cabeza de Ling se desprendió de su cuello como cuando se corta una flor. Los sirvientes se llevaron sus restos, y Wang-Fo desesperado admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejara sobre el pavimento de piedra verde.

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El Emperador hizo un gesto y dos eunucos secaron los ojos de Wang-Fo. —Escucha, viejo Wang-Fo —dijo el Emperador—, y enjuga tus lágrimas porque no es éste el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer limpios a fin de que la poca luz que les queda no sea ahuyentada por tus sollozos. Ya que no sólo por rencor deseo tu muerte, no es sólo por crueldad que quiero verte sufrir. Tengo otros planes, viejo Wang-Fo. Poseo en mi colección de tus obras una pintura admirable donde las montañas, el estuario de los ríos y el mar se reflejan, infinitamente reducidos sin duda, pero con una evidencia que aventaja la de los propios objetos, como las figuras repetidas en las paredes de una esfera. Pero esta pintura no está terminada, Wang-Fo y tu obra maestra es apenas un borrador. Es evidente que en el momento en que pintabas, sentado en un valle solitario, observaste a un pájaro que pasaba o a un niño que perseguía a ese pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No terminaste ni las orillas del abrigo del mar ni la cabellera de algas de las rocas. Wang-Fo, quiero que dediques las horas de luz que te quedan a terminar esta pintura que en cerrará así los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No tengo ninguna duda de que tus manos, tan próximas a caer, no temblarán sobre la tela de seda y que la eternidad penetrará en tu obra por esos trazos desdichados. Y ninguna duda de que tus ojos, tan cerca de ser eliminados, descubrirán secretos en el límite de los sentidos humanos. Este es mi plan, viejo Wang-Fo, y puedo obligarte a cumplirlo. Si rehusas, antes de enceguecerte haré quemar todas tus obras y serás entonces como un padre al que le han matado los hijos y destruido las


esperanzas de posteridad. Pero cree más bien, si quieres, que esta última orden no es sino consecuencia de mi bondad, pues yo sé que la tela es la única amante que jamás has acariciado. Y ofrecerte pinceles, colores y tinta para ocupar tus últimas horas, es conceder una ramera a un hombre condenado a muerte. A un movimiento del meñique del Emperador, dos eunucos llevaron respetuosamente la pintura inacabada en la que Wang-Fo había trazado la imagen del mar y la del cielo. Wang-Fo secó sus lágrimas y sonrió, porque ese pequeño borrador le recordaba su juventud. Todo mostraba una frescura de alma a la que Wang-Fo ya no podría pretender, y sin embargo faltaba algo, porque en la época en que Wang la había pintado aún no había observado bastantes montañas, ni peñascos que bañaran en el mar sus flancos desnudos, tampoco había penetrado lo suficiente en la tristeza del crepúsculo. Wang-Fo escogió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender sobre el mar inacabado largos trazos azules. Un eunuco sentado a sus pies mezclaba los colores, pero lo hacia tan mal que Wang-Fo lamentó más que nunca la pérdida de su discípulo Ling. Wang comenzó por pintar de rosa el extremo del ala de una nube posada sobre una montaña. Después añadió a la superficie del mar pequeñas arrugas que no hacían sino volver más profundo el sentimiento de su serenidad. El pavimento de jade se volvía singularmente húmedo. Pero Wang-Fo, absorbido en su pintura, no se daba cuenta de que trabajaba con los pies en el agua. El frágil bote fortalecido bajo la mano del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. Un cadencioso golpe de remos se le-

vantó de repente a la distancia, rápido y nerviosos como un batir de alas. El golpe se aproximó, llenó dulcemente toda la sala, por fin cesó y algunas gotas temblaron inmóviles, suspendidas en los remos del lanchero. Desde hacía tiempo el fierro rojo destinado a los ojos de Wang se había apagado sobre el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmóviles por la etiqueta, se levantaban sobre la punta de los pies. El agua alcanzó por fin el nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que uno hubiera podido escuchar la caída de una lágrima. Era Ling. Llevaba su vieja túnica de todos los días y su manga derecha aún tenía un desgarrón que no había podido reparar en la mañana antes de la llegada de los soldados. Pero ahora llevaba alrededor del cuello una extraña mascada roja. Wang-Fo le dijo dulcemente sin dejar de pintar: —Te creía muerto. —Si usted seguía vivo —respondió—, ¿cómo hubiera podido morir? Y ayudó al Maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba sobre el agua, de suerte que Ling parecía navegar en el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos del Emperador flotaba como una flor de loto. —Mira, hijo mío, —dijo melancólicamente Wang-Fo—. Esos desdichados van a perecer si no es que ya están muertos. No me sospechaba que hubiera suficiente agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué hacer?

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—No tema nada, Maestro —murmuró el discípulo—. Muy pronto estarán secos y no recordarán siquiera que sus mangas estuvieron mojadas. Sólo el Emperador guardará en el corazón un poco de amargura marina. Estas gentes no están hechas para perderse en el interior de una pintura.

cado contra un tapiz. Una barca ocupaba todo el primer plano. Se alejaba poco apoco dejando tras ella un estrecho surco que volvía a cerrarse sobre la superficie inmóvil. Ya no se distinguían los rostros de los dos hombres sentados en la barca, pero aún se podía ver la mascada roja de Ling, la barba de Wang-Fo flotaba al viento.

Y añadió: —El mar está tranquilo, el viento es bueno, los pájaros marinos hacen su nido. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas. —Partamos, —dijo el anciano pintor. Wang-Fo tomó el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La cadencia de su golpe llenó toda la sala, firme y regular como el ritmo de un corazón. El nivel del agua desminuía insensiblemente alrededor de los grandes peñascos verticales que volvían a convertirse en columnas. Pronto, uno que otro charco brillaba solitario en las de presiones del pavimento de jade. Los vestidos de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador guardaba algunos vellones de espuma en el filo de su capa.

El golpe de los remos adelgazó; después desapareció obliterado por la distancia. El Emperador, inclinado hacia adelante, la mano sobre los ojos, miraba alejarse la barca de Wang y ya no era sino una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vapor dorado se elevó y se desplegó sobre el mar. En fin, la barca giró alrededor de un peñasco que cerraba la entrada de alta mar, la sombra de un acantilado cayó sobre ella. El surco se borró de la superficie desierta, y el pintor Wang-Fo y su discípulo Ling desaparecieron para siempre sobre este mar de jade azul que Wang-Fo acababa de inventar.

El cuadro terminado por Wang-Fo estaba colo-

Marguerite Cleenewerck de Crayencour (Bruselas, Bélgica 1903 - Maine, USA 1987) Mejor conocida como Marguerite Yourcenar, fue novelista, ensayista y poeta belga. Su padre le inculcó la lectura desde muy pequeña y publicó su primera novela en 1929. En 1980, ingresó a la Academía Francesa de las letras, siendo la primera mujer en hacerlo.

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Corgi Galés Pembroke (2021) José Gálvez (jochelethepotato)

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Derecho

Justicia en vigor (2021) Alejandro Martínez Aguilar

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C u an d o pi e n s o e n de r ec h o Edgar Pacheco

Cuando pienso en filosofía, la existencia, el ser… en fin, todo aquello que los estudiosos de la rama hablan y le dan vueltas día tras día, en algún momento llego a relacionarlo con el derecho, y es que la belleza de lo jurídico, de la norma y el estricto derecho me hace contemplar la belleza del hombre. Parece raro considerar que el ser humano tiene su estética en la parte física, en el arte que elabora o hasta en la energía que irradia por el simple hecho de existir, pero para mí se encuentra en la capacidad de reacción, en su conciencia y en la ética que maneja. Si bien puedo hablar de esto es porque no hay palabras erróneas en temas existenciales, pero he de admitir que encuadrar lo jurídico con lo artístico, lo hermoso y lo absurdo, es una tarea interesantemente compleja. Contemplar no sé si es sinónimo de observar a groso modo, puedes ir más allá de lo literal y adjudicarlo a un mecanismo de criterio, una sincronía con lo tangible y lo intangible, con aquello que te llevaría a un estatus de inmortalidad crítica frente a un dilema o un acto cualquiera. Personalmente, todo lo anterior es lo que percibo en el derecho, es lo que observo y critico (la contemplación en el derecho, es la búsqueda de

un ideal ético y moral por medio del criterio. La contemplación es sinónimo de tener criterio.) en el mundo jurídico, lo hago cuando me siento a leer sentencias, cuando redacto una demanda, al momento de escuchar los alegatos de las personas y leer sus causas por las cuales se sienten víctimas o juzgados. Contemplar el mundo del derecho no es menos existencialista que sentarse y hablar del por qué estamos en donde estamos y hacemos lo que hacemos, no se aleja de la realidad y del psicoanálisis profundo de un acto o un hecho, de un ser o una sociedad. El derecho va de la mano con la crítica del hombre, de su fundamento para realizar u omitir algo en situaciones diversas. Existe un sentido realmente bello en la observación del ser jurídico, en su razón para legislar, gobernar y juzgar, en lo que lo conmueve al conocer hechos de gente ajena a su esfera directa pero que aun así impacta en su sentir y no deja de sorprenderle. El mundo jurídico no es menos glorioso y profundo que el arte, porque existe “algo” que se necesita para entrar ahí, un “requisito” innato o adquirido que te da una percepción diversa para actuar en beneficio o aprovechamiento de situ-

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aciones y personas, porque dentro de la misma ley hay escritos que valen la pena enaltecer y aplaudirlos no solo por lo estético de la redacción, sino por el mensaje que conlleva, derechos humanos, equidad, igualdad, limitantes para hacer funcional una sociedad, y otros más que al leerlos comprendes que hay una búsqueda de protección para las personas. A su vez, se sufre, te lastima conocer las lagunas, los errores, el manejo de la gente inepta que no debería de estar en puestos fundamentales para el cambio positivo en la sociedad. Lamentamos la poca preparación de aquellos que deberían proteger, la burla que conlleva la impunidad, el compadrazgo, dedazos, selecciones privilegiadas por vínculos de sangre o puramente sexuales, el chiste de ver que todos buscan el cambio haciendo exactamente lo mismo que nos sigue llevando a lo más profundo de la porquería en la que no podemos salir, las “justificaciones” para ensuciarse las manos en falsa salvaguarda de otros. Pero no todo es negativo, existe un criterio fuerte, poderoso y a veces suficiente de quienes protegen, de quienes sacrifican todo para conseguir mucho, una voz que grita las cosas de aquellos que no pueden hablar, una enmienda por los daños sufridos por la incapacidad de

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otros o por la simple malicia de quien decidió hacer el mal. El derecho tiene un lado merecedor de contemplar, de sentarse y repasar la historia que ha traído, la fuerza y debilidad que ha otorgado. Leemos a Cicerón aplaudiendo su devoción hacia la legalidad, aunque, por otro lado, sufriendo la puñalada que César le dio a la dignidad humana de toda Roma mientras lo veneran e idolatran. Nos damos cuenta de la traición hacia la soberanía y de la lastimosa actuación de la sociedad y, sin embargo, preferimos darle la espalda e ignorarlo como si así la sociedad floreciera, no conocemos lo que nos rige, pero tenemos la desfachatez de criticarlo y peor aún, juzgarlo para catalogarlo de inútil. No nos interesa el contexto ni la historia que lo ha convertido en lo que hoy es, mucho menos exigimos que las leyes, instituciones y representantes sean justas con un fundamento real y no solo un capricho, esperamos que nos den todo sin esfuerzo y cuando eso no pasa “la culpa es del gobierno”. Creemos que gritando se nos escucha cuando no hemos intentado el diálogo, no confiamos en nada, pero tampoco hacemos algo por acoplarlo a lo que debería ser, sino que preferimos sentenciar y penalizar sin intención de mejorar, porque eso conlleva trabajo, un análisis, hipótesis, ac-


tos y resultados, procesos que no estamos dispuestos a pasar porque salen de nuestro confort o de nuestro interés. Y aun así, con todo eso, me permito romantizar la idea de lo jurídico, los estatutos reglamentarios que nos gobiernan y el fundamento con el que lo hacen, porque no hay algo más bello que la crítica justificada y motivada con sentimientos y conocimientos éticos-reales. Caigo en el absurdo cuando me quejo y grito fastidiado que tanto la sociedad como los gobernantes no ven más allá de sus propios intereses, pero salgo a la calle esperanzado de que todos pueden tener “buenos sentimientos e ideales” que en algún punto los regirán al actuar. Me enorgullezco de conocer, aunque muy escuetamente, lo que el derecho significa, y me alegra compartirlo con mis allegados, plasmarlo a su vez en palabras inexpertas pero que conllevan un mensaje, aunque romántico, tal vez funcional, y sobre todo analizarlo diariamente, no juzgando a quienes deciden romper las leyes, sino tratando de entenderlos, no re victimizando a los que han ultrajado, sino arroparlos con el velo de la justicia, y más que nada, satisfaciendo mi privilegio de estar sentado leyendo la norma que protege más allá del ser humano, que

traspasa los límites retrógradas cada vez más, que considera a todo ser vivo como merecedor de protección y respeto, porque qué puede ser más bello que la salvaguarda de la integridad por el simple hecho de existir, hables o no, tengas racionalidad o solo sentimientos, seas capaz de ejercer tus derechos o alguien más los pueda hacer valer por ti. El mundo jurídico es eso y me alegra decir que no acaba ni acabará aquí, porque siempre hay algo más, un caso más, una litis más, lo que conlleva a otros análisis, nuevas perspectivas y criterios innovadores, porque la ley no puede quedarse estancada, la sociedad avanza y los juristas deben de avanzar con ella, todos somos un conjunto funcional y dependiente, y es por ello que merecemos nuestra aceptación, admiración y reconocimiento, porque sin ello no somos nada, nada sería algo ni algo sería nada, y en esta vida arraigada al tiempo, el derecho es de las pocas cosas que mutiladas y vivientes, necesarias para mí, para ti y para todos.

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Película

The Father Película de drama en la que se retrata la vida y los problemas de un hombre y su lenta, pero progresiva pérdida, de la memoria. Nominada a 6 nominaciones a los 93° Premios Oscar, incluyendo mejor película. Con las actuaciones de Anthony Hopkins y Olivia Coleman, entre otros. Disponible en Cines

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2 Artista

TTRRUUCES

Banda independiente de rock psicodélico y sonidos únicos y experimentales. Fundada por Natalie Findlay y Jules Apollinaire (ambos músicos con geniales proyectos solistas). El concepto de su primer álbum sigue las aventuras de dos personajes: Sad Girl y Lost Boy.

L o s p u e d e n e n c o n t r a r e n Yo u T u b e , S p o t i f y o D e e z e r

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Libro

After Dark

Libro del aclamado escritor japones, Haruki Murakami. En él, pasaremos una noche entera en Tokio, siguiendo a personajes como Mari Asai, de 19 años, Takahashi Tetsua, un joven estudiente, entre otros, y los encuentros fortuitos entre ellos.

Disponible en librerías

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Serie: Interiors

Todd Hido

R e po r ta j e a la ans iedad p o r confinamien t o 36

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Supimos de Antonio Albarrán Jiménez (1965) por una advertencia. En Toluca, Estado de México, los vecinos especulan sobre que en los últimos departamentos de un edificio ubicado en la colonia Juárez, número 30, están embrujados: un grupo de niños decidieron entrar a uno de los departamentos (no tuvieron que esforzarse, la puerta no tenía seguro); sin muebles, refrigerador o estufa, lucía abandonado: un olor insoportable obligó a que uno los niños vomitara sobre el piso; todos fueron guardando silencio ante una respiración gutural y cavernosa que los hizo adentrarse en la segunda habitación; iban grabando con el celular. En las redes sociales circula el vídeo de un hombre sentado en medio de un cuarto vacío, con una rendija como ventana, cubierto con todos los hongos que este planeta ha germinado. Un comentario de un perfil falso en Facebook atribuye la autoría del vídeo al monstruo que se narra cuando Maldoror se describe a sí mismo en el canto IV (Isidore Ducasse, 1868, más conocido por el seudónimo de Conde de Lautréamont) “Je suis sale. Les poux me rongent. Les pourceaux, quand ils me regardent, vomissent. Les croûtes et les escarres de la lèpre ont écaillé ma peau, couverte de pus jaunâtre.” Al principio fue reacio a no querer conceder ninguna clase de interacción con nosotros; le explicamos que nuestros motivos eran informativos, que no buscábamos el amarillismo; accedió solo cuando nos comprometimos a que él leería la versión final de la entrevista (que no duraría más de diez minutos) para su aprobación —sin equipo de video o de sonido, por lo que el reportaje aquí publicado es una transcripción literal del encuentro que aconteció el 4 de abril del 2021, a 376 días desde el arranque de la Jornada Nacional de Sana Distancia (JNSD) el 23 de marzo del 2020 en México, con algunas de sus excepciones.

Cuéntenos por favor señor Albarran, más o menos ¿cómo comenzó todo esto de los hongos y las esporas en la piel? ¿Ve mi rostro? ¿Sabe si lo estoy mirando?

No. Lamentablemente no lo sé. Estoy aquí. [Señala —con lo que queda de la forma de una mano repleta de ameboides— una enorme protuberancia de medio metro escalonada entre diferentes capas de lisotróficos y eumicotes.] Esa es mi cabeza. Aquí es donde tiene que mirarme, como las personas decentes. Cuando hablan la gente se mira a la cara…

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Por su puesto. Fue poco tiempo después de que iniciara la pandemia, como por junio del año pasado. Empezó como un sarpullido. No quería ir al doctor. Y aunque hubiera ido no me aceptarían. Estaba atiborrado de pacientes del Covid. Me asusté mucho, porque yo sentía que ya lo había agarrado también pero pues nada decía que el sarpullido era un síntoma así que intenté tranquilizarme. Yo hago, hacía, trabajo de oficina desde la casa, por lo que prácticamente salía solamente para comprar comida y papel higiénico, desodorante... lo indispensable, pero pues yo vivo solo, sin padres, y tenía harto miedo de que me fuera a pasar algo; salía bien protegido, con guantes y cubrebocas, el gel, todo, hasta que sentí que todas las personas lo tenían, que todos estaban contagiados de Covid y no sabían. El sarpullido creció a los pocos días hasta que se formaron pequeños granitos llenos de pus, eran millares, mi pecho y espalda parecía como uno de esos ralladores de quesos.

¿Entonces qué hizo? Nada ¿qué iba hacer? La gente estaba muriendo por esa maldita enfermedad. Yo no quería morir. Por eso me deshice de todo. ¿Leyó que el virus sobrevive por un determinado tiempo en diferentes superficies? ¿Sí? Vendí por Mercado Libre todo lo que pude, y lo que no se vendió lo tiré a la basura. Si no había superficies donde pudiera sobrevivir el virus tendría menos chance. Yo trapeaba con cloro y un poco de Fabuloso, y con eso. Mi departamento olía a limpio. Luego apareció como ese hongo, similar al que te sale en los pies, entre los dedos de mis manos, en las axilas y en el cuello. A los pocos días vi en las mismas zonas, cabezas pequeñitas de hongos esparcidas en las mismas áreas de mi cuerpo como si fueran una alfombra sobre la piel.

¿No fue motivo suficiente como para ir al hospital? No, porque me los quitaba y ni se sentía nada. Ya sé. Suena medio pen#$ pero me sentía bien, estaba trabajando desde casa, y allá afuera la gente caía como moscas. No me iba a exponer… Luego pasó lo de la cama. Desperté y descubrí que no me podía mover. Pensé que se me había subido el muerto pero era la piel, bueno, el salpullido; se había adherido a las sábanas de mi cama, no tuve que hacer mucho esfuerzo para desprenderme, es como cuando despegas ese pegamento líquido que te embarrabas de niño porque era divertido…

¿Cuándo la situación se volvió insostenible? En diciembre creo. Todo rastro de cabello o pelo en mi cuerpo se me había caído, tenía las uñas larguísimas, la piel se había vuelto rígida, casi imposible de mover, como de piedra o corteza de árbol, pero ya para entonces había quedado adherido a esta silla.

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¿No siente la desesperación de estar así? ¿Cómo come? No sé, yo ya no siento hambre ni sed. Ni tampoco calor, o frío. Y no he muerto entonces... algo tendrá que ver con esto [con sus dos extremidades se señala el torso repleto de musgo, líquenes y toda clase de hongos marinos].

Qué pasó con su trabajo en %&$#! Tampoco lo sé. Yo supongo que contrataron a alguien nuevo…

Y el departamento ¿cómo lo paga? El agua… ¿Le parece que me baño? No yo… El departamento es mío. Lo compré… Le digo que desde entonces no me he movido de aquí. No le respondí a la pregunta de antes…

¿Cuál? Lo de la desesperación… Que si siento desesperación y no. Estoy tranquilo, más tranquilo que nunca. Creo que si las personas tuvieran un techo y no necesitaran comer o beber agua, la mitad de los problemas los tendría resueltos…

¿Pero no se aburre? ¿No se siente solo? Ya me sentía así mucho antes de todo esto. Mucho antes de la pandemia. Haga la prueba usted: chéquese. Verá que pasa más de la mitad del tiempo como yo: sentado y sin hacer nada. La única diferencia es que a usted no le salen hongos…

¿No le da curiosidad saber cómo es que le salieron? ¿A usted sí? Mire, si me pasó a mí, a fuerzas le pasó a alguien más. No es para tanto cuando el problema le sucede a más personas porque no eres tan especial. Nada merece nuestra atención por tanto tiempo. No ahora. Ya nada merece nuestra atención lo suficiente como para que realmente tenga un impacto en nosotros. No. No me da curiosidad. Prefiero ver cómo salen las cucarachas de ese hoyo que está detrás de usted, por la noche. Sé exactamente los lugares donde la luz del sol iluminará este cuarto a lo largo del día. Lo que pasó con los niños fue una estupidez y nada más. Van a crecer y recordarán más cuando uno de ellos vomitó en mi sala y se reirán de todo esto. El hecho de que ustedes estén aquí es una estupidez. ¿No se sienten tontos hablando conmigo?

Pues no, la verdad que no.

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Yo me llego a sentir tonto hablando conmigo, pero hay veces en las que me respondo y ni me doy cuenta ¿sabe? Como si hubiera sido alguien más… Eso pasa cuando uno está tanto tiempo sentado. Es como entrar a una cueva húmeda... Pero bueno. Yo ya me aburrí. Por favor…

Solo una última… No, ya me cansé. Estoy seguro que quien esté leyendo esto también ya se cansó.

Entiendo, claro. Bueno, muchas gracias por la oportunidad… Ajá...

Listening (2017) Rick Amor

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R e c o m e n d a m o s. . .

Seguir a: Eduardo Videgaray de Rivera Torres

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Twittter: @EVIDEGARAY

Para la satírica del México político actual

Allegra Shaw

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Instagram: @allegrashaw

La deben seguir si buscan contenido actual y constante de moda. Sus mejores videos son los de outfits de temporadas y su Instagram está hermoso. Sacó una marca de ropa, Uncle Studios, que es extremadamente buena con respecto a piezas básicas. Su estilo personal es muy limpio y clásico.

Alberto Chimal

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Twitter: @albertochimal

Es considerado como uno de los escritores de literatura fantástica más importantes de Latinoamérica: por lo que es muy activo en redes (algo raro en un escritor), tiene un blog y un canal de Youtube.

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Usar: Amarillo, bufandas, mini faldas, backless, maxy y minidresses Juego de Mesa “UNO”

Cafetera, indispensable.

Entretenerse con: Familia de Media Noche y El Agente Topo

documentales disponibles en Netflix

Future Nostalgia: Moonlight Edition

álbum de Dua Lipa

Sharp Objects

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serie de Thriller disponible en Prime Video

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s P ala bra s

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Primavera & Reflexión Intelectual (2021) Elías García

La consistencia y el compromiso son los aspectos más difíciles de la creación... hoy tal vez nos queramos rendir pero cada día es la elección activa de levantar la pluma, y eso es reconfortante. ¡Muchas gracias por leernos! Nos vemos en agosto...

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Aries

Tus números de la suerte son: 1234

Estás que ardes y no es por nada: eres el inicio de toda pasión, rebosante de energía y aventurera; vas picando con tus cuernos de carnero todos los culos que quieras. Este es tu mes. Comprar papel.

Tauro

Tus números de la suerte son: 00o0

Eres centrado y con los pies en la tierra pero para que te los chupe el diablo porque nomás no haces nada con tu vida: perdiendo el tiempo como siempre. Haz algo además de poner los cuernos..

Géminis

Tus números de la suerte son: 3210

La dualidad de tus personalidad está a la orden del día en este año: onanista de tu propio reflejo, no haces más que compararte con los demás a cada oportunidad, perdiendo el chance de crear vínculos verdaderos. (Nada personal).

Cáncer

Tus números de la suerte son: 7411

Por ti el planeta está muriendo. Sí, solo por el nombre de tu signo. No tengo nada más para ti.

Tus números de la suerte son: 435

Leo

¡Ruge leo! No dejes que esta cuarentena te quite lo culero que eres con las demás personas. A poner en marcha esa mentalidad de tiburón. ¡Eres un rey! Simba.

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Virgo

Tus números de la suerte son: 7226449311

H o ró s co po s

Nomás no tendrás nada de pique en los próximos meses. Y ya no hay más, es suficiente como para deprimirse esta cuarentena. Saludos. Este es mi número 7226449311

Libra

Tus números de la suerte son: 1219

Querido libra, en estos próximos meses te vas a embarazar ya que no puedes controlar tu sexualidad femenina. Por esta razón la gente te tiene mucha envidia, cuídate de la hipocresía y los engaños. El karma está de tu lado.

Escorpio

Tus números de la suerte son: 0666

Una nueva relación se avecina pero trata de vencer los instintos básicos. No le des todo a la primera... O sí, ya que importa... porque viene algo muy malo y cruel a tu vida.

Sagitario

Tus números de la suerte son: 7274

Veo un escándalo ocasionado por las copas excesivas en tu futuro… no caigas en la indignación o van a llover putazos. Cuídate, también, de flechas caídas del cielo, de quemaduras por la luna, los lobos hambrientos, y de langostas venenosas... mejor no salgas de casa.

Capricornio

Tus números de la suerte son: 8095

¡Brilla! No dejes que tu pesimismo y melancolía te hagan decaer, total, solo e inseguro ya estás (aunque estes con alguien), por lo que ¡sonríe! Ponte al tiro y deja ya de autoflagelarte.

Horóscopos Co ntemp l a ció n / abril 2021

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E dito r i al Consejo Editorial Edgar Pacheco Hernández Diseño Editorial y Consejo Editorial Esteban Hernández Espinoza instagram @3rapersona / @3rapersonaPhoto

Consejo Editorial y Social Media Jaqueline Cole García instagram @20sfloppyhat Consejo Editorial Julio Calleros instagram @ccr_photo

De lo Perecedero (2021) Mabel Gálvez

De lo Solitario (2021) Mabel Gálvez

Muchísimas gracias a todos nuestros

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Guarda Interior Diana Arenas Ilustradora y fotógrafa instagram @arenita_arenas

Pag. 4

Pag. 8

Ely Astorga Ilustradora y diseñadora mexicana instagram @elyastorga.art

Cynthia Caponni Ilustradora y dibujante instagram @caponni

Pags. 18 y 19

Pag. 10

Pag. 12

Dan Martín del Campo Ilustradora freelance, especializada en ilustración infantil y editorial instagram @dan_martin_del_campo

Manuel Manero Artista visual y fotógrafo de Xalapa Veracruz instagram @xyzmanero

Ilustración de portada, Pags. 20 y 25 MJ Wall Paint Artista visual y muralista en San Miguel de Allende instagram @mj_artdesign

Pag. 30

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Alejandro Martínez Artista “La creación gráfica en cualquiera de

José Gálvez (Jochelethepotato) Ilustrador Chileno instagram @jochelethepotato

sus ámbitos significa para mis dos cosas; un medio de expresión hacia los demás, y una conversación conmigo mismo.”

Pag. 46 Pag. 43 Elías Neftalí García (Svutura) Ilustrador y diseñador Mexicano instagram @svtvrastudio

Alejandro Aguilar Artista visual y pintor y encuadernación artesanal instagram @icthi.andro

Mabel Gálvez Artista visual mexicana, ha participado en diferentes proyectos y forma parte del grupo Proyecto Urutaú (2020) instagram @cmabelgq

instagram @alex.mtz.aguilar

Ilustración de contraportada BIG PACH edad: 25 instagram @mad.kraken.studio

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Revista EOS 002 - Contemplación  

¡Segundo número de Revista EOS! Tu nueva revista favorita en español que lo tiene todo. Nuestras páginas te ofrecen una experiencia única de...

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