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¡Que

trenzas!

Larguísimas! Estoy re-contenta: el otro día mamá me llevó al Campeonato Mundial de Trenzas y salí campeona. Me encanta tener las trenzas más largas del mundo, sí. Digo, no. No está tan bueno. Para lavar mis trenzas me tienen que ayudar mis hermanos, mis primas y mis papás (en total somos 13). Papá se queja porque uso 3 litros de shampoo por día: me dijo que es muchísimo. No, no está tan bueno tener trenzas larguísimas: a mis amigas les encanta saltar la soga... ¡Con mis trenzas! ¡Ay, me duele! Encima, mi hermano me tira de las trenzas y no le puedo decir nada porque esta re-lejos. ¡Ufa, no llego! Sí, son lindas mis trenzas y re-largas; pero son muy pesadas: para ir al colegio las tengo que meter en la mochila. ¡Ufa, ufa! Los libros son muy pesados. ¡Me canso, me canso!. Un día que mamá se había ido de compras, hablé con mi hermano que sabe mucho de peluquería y de pelo: “Hermanito, ¿me cortás el pelo? Dale...porfi...sé bueno...sos re-buen peluquero” -le dije sin descanso hasta convencerlo- “Gracias, re-gracias: sabía que me ibas a ayudar. El corte es re-lindo, parezco una barbie”. Mi hermano me regaló las trenzas y salí de mi casa con una sonrisa. Me subí a un árbol y até las trenzas a una rama grandota. Después me bajé y le puse una maderita para poder sentarme. ¡Que bueno, que bueno: hice una hamaca! ¡Si, si! ¡Hice la primera trenza-hamaca del mundo y mi cabeza no me pesa más!

Autor: Andrés Galay Kibrik / Ilustradora: Sandra González


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