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género F OTO G R A F Í A : F 1 9 D E E H W E Y

CO STO : $ 2 5 . 0 0 E J E M P L A R G R AT I S

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E N E RO F E B R E RO


E d i t o r i a l El acoso a mujeres es un tema diario en diversos espacios alrededor del mundo, por ejemplo, en la calle, en el salón de clases, en el empleo, en el hogar, etcétera. Este acoso deviene en la máxima expresión del delito al transgredir la frontera del derecho humano universal, el derecho a la vida. México, en particular, muchas veces ha sido señalado como un país con políticas e ideologías machistas y retrógradas. Chihuahua, por ejemplo, el estado mexicano donde se ubica ciudad Juárez, uno de los espacios más reconocidos por su alto índice de violencia de género (en la cual, la simple condición de ser mujer incita dicho acto agresivo), ha sido la última entidad federativa en tipificar como delito el feminicidio. Es necesario, entonces, cuestionar ciertos comportamientos, actitudes e ideologías respecto del género, no solo en México, sino en el mundo, con el objetivo de procurar siempre el diálogo y la comprensión, no más la violencia y la represión. De manera que en las siguientes páginas, el lector recibirá un panorama amplio de los estudios de género actuales: una introducción sobre el tema de la doctora jalisciense Cándida Elizabeth Vivero Marín; ensayos sobre la posición de la academia en el tema (Alison Phipps), las mujeres mexicanas en el oriente de Los Ángeles, California (Martha Gálvez Landeros), la pertinencia de una candidata independiente indígena para la presidencia mexicana en 2018 (Eugenio Isidro Gerardo Partida Sánchez), los movimientos antigénero en Europa (Andrea Peto) y el posfeminismo y el antifeminismo (Rosalind Gill); artículos de opinión desde la sociología (Luis Rodolfo Morán Quiroz), la cotidianidad y lo académico (Kristen R. Ghodsee) y la música (Charles Nath y Rodrigo Ruy Arias); la segunda parte de la entrevista a la activista Mtra. Teresa López Pérez hecha por Irene Vega; y, un cuento de Gabriel Rodríguez Liceaga. Esperamos que el lector no sólo disfrute del contenido, sino que sirva también un poco para cuestionar los paradigmas viciados actuales en materia del género.

ENGARCE, Año 2, No. 4, enero-febrero de 2017, es una publicación bimestral editada y publicada por José Andrés Guzmán Díaz, Av. Torremolinos 474 Int. Torremolinos Sur 254, Condominio Francisco Villa 3, C. P. 45130, Zapopan, Jal., Tel. 33-1637-6650, correo electrónico: <guzmandiaz_23@yahoo.com.mx>. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2015071717374200-102, ISSN 2448-5438, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor, Licitud de Título y Contenido en trámite. Impresa por Grafisma editores, Calle Jaime Nunó 670, Col. Santa Teresita, C. P. 44600, Guadalajara, Jal., Tel. 3826-2016. Este número se terminó de imprimir el día 15 de enero de 2017 con un tiraje de 1 000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no están basadas en las posturas del editor ni de la revista. Se permite el uso del material incluido, y reproducir su contenido para trabajos académicos o de otra índole, siempre y cuando se cite la fuente.


C o n t e n i d o introducción 3  ¿De qué hablamos cuando hablamos de género? Cándida Elizabeth Vivero Marín ensayo 5  El salón de clases feminista como “espacio seguro” después del Brexit y de Trump Alison Phipps 9  Ser mujer y ser mexicana en el oriente de Los Ángeles Martha Gálvez Landeros 12  Ventajas de la participación de una mujer indígena en la contienda presidencial de 2018 Eugenio Isidro Gerardo Partida Sánchez 15  Movimientos antigénero en Europa: ¿qué hacer al respecto? Andrea Pető 22  El posfeminismo y la nueva vida cultural del (anti)feminismo Rosalind Gill artículos de opinión 28  Roles de género: ¿estábamos mejor cuando estábamos peor? Luis Rodolfo Morán Quiroz 32  Mi hija y el horror de Donald Trump Kristen R. Ghodsee 35  ¿Y la Niña? Observaciones personales sobre el sexismo en la música y en la educación musical Charles Nath 37  El mundo también se rindió ante su genio Rodrigo Ruy Arias entrevista 39  Mujer bonita es la que lucha (parte II y última) Irene Vega ficción 42  Dile que entraste a clases de violín Gabriel Rodríguez Liceaga


Equipo Editorial codirección engarce.drc@gmail.com Andrés Guzmán Díaz Germán Robles Pérez Maria Griselda Mayagoitia Cueva finanzas y publicidad engarce.fnz@gmail.com Susana Gabriela Ochoa Villarreal corrección y estilo lenadebarthiz@hotmail.com Beth Guzmán edición y maquetación V. Miguel Medina C. fotografías Oswaldo Hernández consejo editorial Corinna Ramírez Germán Robles Pérez Lourdes Cano Vázquez Mariana Dome Margarita Ortega Rodríguez Viana Flores

Andrés Guzmán Díaz Nacido en Guadalajara, Jalisco. Estudiante del diplomado en Cultura jalisciense en el Colegio de Jalisco y de la licenciatura en Letras hispánicas en la Benemérita Universidad de Guadalajara; egresado de la Preparatoria No. 7 de la misma casa de estudios. Cofundador de la revista Engarce en 2013. Miembro del consejo editorial y escritor de la revista trimestral digital Ágora 127. Participa en el proyecto de investigación “Raíces con tinta. Antología de escritoras jaliscienses del siglo XIX”. Germán Robles Pérez Estudiante de Letras por convicción (Universidad de Guadalajara) y rapero de alma. Miembro del consejo editorial de Himen, reportero de Manhattan project. Beth Guzmán Nació en Tepatitlán de Morelos, Jalisco, el 17 de julio de 1995. Estudia séptimo semestre de la licenciatura en Letras hispánicas de la Universidad de Guadalajara. Tiene varios textos publicados (online y en físico) en diferentes revistas, como Luvina, Ahuehuete, Ágora 127 y la propia Engarce. Apasionada por la investigación, tanto literaria como lingüística. Corinna Ramírez Originaria del Distrito Federal. Estudia la licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Lourdes Cano Vázquez Politóloga y estudiante de la licenciatura en Derecho de la Universidad de Guadalajara. Viana Flores Nacida el 2 de diciembre de 1994 en Zapopan, Jalisco. Egresada de la Preparatoria No. 7. Estudiante de la licenciatura en ingeniería en Alimentos y biotecnología en el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías de la Universidad de Guadalajara.


introducción ¿De qué hablamos cuando hablamos de género? Cándida Elizabeth Vivero Marín1 En los últimos años el tema de género ha cobrado una presencia muy importante no solo en el discurso gubernamental, sino también en otros ámbitos como el educativo. Sin embargo, en pocas ocasiones se entiende adecuadamente el concepto que, por lo demás, no resulta tan oscuro cuando se logra comprender la distinción primaria entre sexo y género. De manera errónea se asocia el sexo con el género, puesto que se cree que son sinónimos o equivalentes cuando esto no es así. El sexo (entendido aquí como el sexo anatómico con el que nacen los sujetos y no con la noción de sexualidad y prácticas sexuales que involucran procesos sexo-afectivos) se determina al nacer o antes de nacer; y a partir de indicar si es niña, niño o un bebé que presenta un desorden del desarrollo sexual (conocido como intersexualidad), se le asignan a los sujetos roles, acciones y hasta colores: si es niña, se le suele vestir de rosa, mientras que si es niño se le viste de azul. Esa asignación que se realiza a partir del sexo es lo que denominamos “género” y constituye así un elemento fundamental porque determina, a lo largo de la vida de los individuos, roles y hasta gustos, preferencias o comportamientos. El género, entonces, se convierte en lo que algunas académicas denominan como “principio simbólico ordenador”, es decir, un principio sobre el cual se redactan leyes y se siguen costumbres y tradiciones. En otras palabras, el género forma parte de la cultura y, como tal, varía en tiempo y en espacio: no es lo mismo ser una mujer mexicana en el sur del país que serlo en el occidente, como tampoco es lo mismo haberlo sido hace doscientos años que ahora, por ejemplo. En ese sentido, como podemos observar, es que se dice que el género se construye a partir del discurso, o sea, a partir de todos esos elementos dados por la sociedad, la cultura, la historia y hasta la filosofía. Por lo que es una imprecisión decir que los estudios de género quieren cambiar el sexo de las niñas y de los niños, o de la gente. No se trata de eso, sino de hacerle comprender a todas las personas que su sexo no las limita, si ellas así lo desean, a realizar actividades que tradicionalmente no están asociadas a su sexo: si se es hombre, se puede ser un buen cocinero; o si es mujer, se puede ser una buena líder. Los estudios de género (que no “teoría” o “ideología”, pues están conformados por muchos puntos de vista y formas de acercarse al concepto), no son homogéneos en su conjunto. Esto es, si bien todas las posturas parten de dicho principio, también es verdad que dentro de ellas hay quienes, incluso, señalan que en América Latina deberíamos desligarnos de dicha categoría pues ha sido un concepto acuñado desde Europa y Estados Unidos, postura que tampoco se equivoca en su señalamiento fundamental. Sin embargo, pese a esta disparidad de posturas que llegan a convertirse en puntos de encuentro y desencuentro, sí podemos señalar que la intención pro1 Cándida Elizabeth Vivero Marín es doctora en Letras por la Universidad de Guadalajara, coordinadora del Centro de Estudios de Género de la misma institución y directora de la revista La ventana. Ha escrito y participado en numerosas publicaciones tanto académicas como creativas a niveles nacional e internacional.


introducción funda que motiva a quienes nos dedicamos a ello es la búsqueda de justicia a través de igualdad de oportunidades para las personas, independientemente de su sexo, su sexualidad y sus prácticas sexo-afectivas. No porque se es mujer se debe impedir el acceso a la esfera pública; y no por ser hombre se debe impedir que desarrolle sus habilidades y potencialidades en terrenos considerados femeninos. Así como tampoco por no ajustarse a determinadas prácticas heterosexuales, se le debe impedir a la persona acceder a la justicia. Es ahí, en la discusión en torno a la garantía de los derechos humanos, donde los estudios de género han contribuido a abrir espacios para todas y todos. Por ello resulta preocupante que se generalicen ciertas posturas, lo cual vuelve reduccionista a dicho punto de vista, y se les tache con términos morales como la “maldad” o la “perversión”, pues, como queda dicho, hay varias formas de acercarse al tema con las cuales no todas y todos tenemos tampoco que coincidir en todo (y de hecho así sucede al interior de la discusión académica). De esta manera, seguir insistiendo, desde determinadas esferas de poder político o no, que los estudios de género son una amenaza al orden social conocido y establecido que desestabiliza a la familia o que daña irremediablemente a la sociedad, es un señalamiento con consecuencias igualmente graves, pues provoca una resistencia a la incorporación de la perspectiva de género en ciertos sectores. Es cierto que también aquí hay que hacer una autocrítica y comentar que, en ocasiones, quienes se encargan de poner en práctica esta perspectiva carecen del bagaje teórico-conceptual para entender a profundidad el propósito y fundamento de determinada acción. Pero crear y reforzar posturas encontradas, sin que medie el diálogo entre ambas, suscita no solo controversias, sino auténticos confrontamientos entre los miembros de la sociedad. Es así como lejos de generar un clima de entendimiento, se atiza el enfrentamiento que en nada contribuye a la armonía social. La escucha atenta del otro, el entendimiento de su punto de vista y el diálogo a partir de las coincidencias, que sí las hay, facilitaría en mucho el camino para allanar las desigualdades sociales y, por ende, disminuir la injusticia. Y si bien es verdad que los estudios de género no necesitan una defensoría especial, también es cierto que cuando hay una imprecisión de esta envergadura, es nuestro deber señalarla sin temor alguno, pues quien calla ante el error, se vuelve cómplice de las consecuencias de este.

Oswaldo Hernández

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El salón de clases feminista como “espacio seguro” después del Brexit y de Trump1 Alison Phipps2 Traducción del inglés al español de Andrés Guzmán Díaz Ha sucedido. Donald Trump es presidente electo de los Estados Unidos de América (EE. UU.). Continuó con un partido de racismo blanco, y múltiples alegatos de acoso y abuso sexuales no bastaron para evitar que tomara la Casa Blanca. Hubo reportes de crímenes racistas, homofóbicos y misóginos hasta pocas horas antes de que el resultado fuera declarado. David Duke la llamó la noche número uno de “lo más emocionante” de su vida, y el vicepresidente del Frente Nacional de Francia declaró: “su mundo está colapsando; el nuestro se está construyendo”. La derecha israelí aprovechó la oportunidad para anunciar que la era de un Estado palestino había terminado. Todo esto sucedió tan solo meses después de que el pueblo británico votó por salir de la Unión Europea, lo cual marcó el comienzo de una agenda de la derecha radical que asegura que los EE. UU. y el Reino Unido (UK, por sus siglas en inglés) estarán —en palabras de Sarah Palin— enganchados durante la administración de Trump. Dichos eventos no causan sorpresa, aunque sean impactantes. Tanto el Brexit como la elección de Trump son expresiones nacionales de largos resentimientos contenidos y una confirmación de las violencias racistas sobre las cuales, tanto el UK como los EE. UU., están basados. Los votantes quieren “tomar su país de nuevo” de las manos de la gente de color, los migrantes y los musulmanes. Enlazado con esto están la desconfianza y el odio hacia los otros Otros: transpersonas, queers, inválidos y feministas. El látigo racista contra la globalización y los pocos logros que se han alcanzado en favor de la equidad étnica se dirige también a todos los demás movimientos de justicia social. Bajo el pretexto del resentimiento de los “antinegocios” y la desconfianza hacia las élites políticas liberales, los racistas están tratando de arrebatar de nuevo el control total. No hay mayor sensación de victimización que aquella en la que se percibe que los derechos y los privilegios se han perdido. 1 Tomado por recomendación de la autora de su blog. Publicación original: “The feminist classroom as a ‘safe place’ after Brexit and Trump”, 10 de noviembre de 2016, en Gender, bodies, politics: <https://genderate.wordpress.com/2016/11/10/brexit-and-trump/>. 2 Alison Phipps es directora de Estudios de género y profesora adjunta de Sociología en la Universidad de Sussex, Reino Unido. Es licenciada en Política e historia contemporánea, maestra en Teoría política por la Universidad de Manchester y doctora en Sociología de la educación por la Universidad de Cambridge. Anteriormente impartió clases en las universidades de Cambridge y Brighton y ha estado en Sussex desde 2005. Fue presidente de la asociación britano-irlandesa de estudios de feminismo y mujeres entre 2009 y 2012.

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ens a yo En este contexto, hablar de “espacios seguros” y feminismo en los salones universitarios podría parecer irrelevante o hasta indulgente. ¿No tenemos problemas mayores por resolver? Sí, mientras pienses que lo micro y lo macro están separados, que el prejuicio y la crueldad que dejamos pasar en lo privado no tiene nada que ver con el fanatismo, la agresión y la violencia que ahora se han dejado sueltos en una escala nacional pública. Creo que lo que hacemos en un nivel individual cuenta. Especialmente cuando los problemas socio-políticos parecen no tener solución, podemos abrirnos paso por el adormecimiento y la inercia al empezar con nosotros mismos. Los más privilegiados de nosotros que se interesan por la equidad tienen el deber de hacerlo: podemos dar a nuestro compañero más marginado tiempo para lamentarse y respirar, mientras pensamos en actuar. La universidad tiene potencial como espacio político-crítico. No debemos tomar una perspectiva romántica: el jurado de seguro se equivocará al decidir si es un sitio de deconstrucción radical o sólo un ala de la casa del maestro (y con probabilidad la respuesta es ambas). Las universidades también han estado neoliberalizadas, comercializadas y monetarizadas —depende a quien escuche— hasta el punto en que los valores cívicos han sido excluidos por otras preocupaciones. Sin embargo, en una época de educación superior masiva, los académicos están en una posición singular para interactuar e influir a los miembros

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de la generación más joven. Estamos también presionando una puerta de entrada, ya que la mayoría de jóvenes por debajo de 30 años en los EE. UU. votó por Clinton (aunque esto es gracias a la inmensa mayoría que representan los votantes jóvenes afro-americanos y latinos), y más del 70% de los jóvenes por debajo de 25 años en el UK votó por permanecer dentro de la Unión Europea. En medio de escritos desalentadores (amplificados cuando veo a mis hijos pequeños), una de las cosas que estaré haciendo en las próximas semanas es reflexionar con renovados compromiso y energía acerca de mi rol como maestra. ¿Estoy aquí sólo para preparar listas de lectura, asignar tareas y validar diplomas, o aspiro a algo más? ¿Qué hago con la proporción en aumento de mis estudiantes que prefieren que “enseñe con base en ensayos” a que explore los problemas alrededor? ¿Cómo creo espacio para el pensamiento y la acción políticos entre los jóvenes que a menudo están tratando solo de sobrevivir? Estas son enormes e intimidantes preguntas. Contestarlas de manera constructiva requiere que nutra mis propios autoconocimiento y capacidad de autodesarrollo, y asegurar que mi salón de clases es el tipo adecuado de espacio. Un espacio donde el más vulnerable de mis estudiantes puede expresar lo que siente, piensa y necesita, y donde sus enunciaciones serán escuchadas. Como ha dicho Akwugo Emejulu, crear espacios seguros en salones universitarios requiere de labor emocional, que no siempre


ens a yo están dispuestos a otorgar los académicos. Ahora más que nunca, debemos estar preparados a dar con emoción a los estudiantes. Con el fortalecimiento de intolerantes y el agravio de persecuciones intelectuales bajo una ola de populismo derechista, es probable también que enfrentaremos incesantes preguntas sobre de quién importa más la seguridad. Aquellos de nosotros que ya han lidiado con quejas de estudiantes que se sienten incómodos en nuestros salones políticos no duden que escucharemos más de estas, y quizá haya poco apoyo de nuestras instituciones en un contexto en el que la educación superior y los valores progresistas están bajo ataque. ¿Mantendremos nuestras bocas calladas, preocupados por la calidad de nuestro módulo, o defenderemos nuestra enseñanza y nuestras ideas políticas? ¿Pondremos nuestra labor emocional en hacer sentir cómodos a algunos alumnos, potencialmente a expensas de otros? Hay una gran diferencia entre seguridad y comodidad. Los marginados son hechos física y mentalmente inseguros por políticas basadas en la intolerancia y su manifestación violenta en las calles. Muchas de nuestras convicciones liberales, sobremanera contenidas, nos llevan a tranquilizar —no desafiar— dichas políticas. Se han convertido en “preocupaciones legítimas” que hacen sentir cómoda a la gente. Los estudiantes marginados pueden ser emocionalmente incapaces de permanecer en un salón mientras sus compañeros repiten “preocupaciones” que parecen benévolas, pero

son todo menos eso. Es incómodo abordar esto, sobre todo cuando los estudiantes piensan que ya lo “captaron”. Un salón antirracista debería y se sentirá incómodo con un racista, pero podría también sentirse muy incómodo con alguien que no está enfrentándose de manera activa contra su privilegio blanco. Un salón feminista podría sentirse incómodo en particular con un hombre cisgénero3 que siente que ha sido “reconstruido” y ha olvidado los beneficios que disfruta. Durante mucho tiempo hemos consentido la comodidad de la gente bajo el disfraz del “debate” o de “la libertad del discurso”. Los medios de comunicación aportan intolerancia escandalosa al aire y por escrito y la conciben como equilibrio, y nosotros no podemos retar (ni pasar por alto) a alguien por expresar versiones diluidas de dichas posturas. Es más fácil no sacudir el panal, en especial cuando estás tratando con familiares y amigos. No obstante, el derecho a mantener y compartir prejuicios se ha vuelto un movimiento normal y legitimado en las elecciones, el cual le dice a la gente que su simple existencia es inaceptable. Regresen al lugar del que vinieron. Su preferencia sexual es pervertida. Su identidad de género es inventada. Ha pasado bajo nues3 Nota del traductor: La palabra original es cishet, abreviatura de cisgendered, que se traduce aquí como cisgénero, que significa textual “del lado del (cis-) género” según la Real Academia de la Lengua. En términos prácticos, se ha utilizado para designar a las personas cuya identidad de género concuerda con su sexo reconocido por la sociedad.

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ens a yo tras narices. Principalmente en espacios críticos y progresistas; si no nombramos ni desafiamos esto y a las ideas políticas cada vez más “sensatas” que lo permiten, defraudaremos a todos. No podemos agachar nuestras cabezas y esperar a que el movimiento se rompa para que las cosas vuelvan a ser “normales”. Esta es la nueva “normalidad”, y la antigua “normalidad” no era mucho mejor. Una de las características de la “nueva normalidad” es un debilitamiento de las pocas restricciones que teníamos al expresar intolerancia y al cometer actos violentos en el exterior. Los líderes de la derecha populista nos han incentivado a estar orgullosos de nuestro odio, y este ha emergido a la superficie y se ha expandido a las calles. De ahora en adelante voy a decir con insistencia lo siguiente: esto no será tolerado en mi salón de clases, ni lo aminoraré a “preocupaciones legítimas”. Desafiaré más y con mayor intensidad, y daré a mis alumnos las herramientas para que lo hagan también. Lo anterior no conlleva a negar conversaciones complicadas, sino a tenerlas de una forma que implique que los más afectados sean capaces de hablar y ser escuchados. Si eso hace sentir incómodos a los demás, que así sea. En lugar de sacrificar la seguridad de algunos por la comodidad de otros como antes, debemos privar de la comodidad a unos cuantos para asegurar que otros, algún día, puedan estar seguros.

Ehwey Título: Jessica

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Ser mujer y ser mexicana en el oriente de Los Ángeles Martha Gálvez Landeros1 Si bien es cierto que las relaciones entre los sexos están menos transformadas de lo que una observación superficial podría hacer creer, hay que preguntarse cuáles son los mecanismos históricos responsables de la deshistorización y de la eternización de las estructuras de la división sexual y de los principios de división correspondientes. Pierre Bourdieu, 2003

El primero de julio de 2015, la Oficina de Censo de los Estados Unidos de América (USCB, por sus siglas en inglés) estimó que su población hispana ascendió a 56 600 000. Convirtiendo a este grupo en la mayor minoría étnica o racial de ese país. Los hispanos se constituyeron así en el 17.6% de la población total (USCB, 2015).2 Esta declaración fue esperada con ansia por ciertas asociaciones latinas y mexicanas en Estados Unidos (EE. UU.). La representación política y la visibilidad de la fuerza laboral traducida a la economía, sin duda sería así la faceta más reconocida por el aparato gubernamental de aquel país. Sin embargo, la base de tal conglomerado hispano va más allá de “hacer dinero”. Los grupos oriundos de México mantienen su vigencia cultural en gran medida por su vida cotidiana impregnada de lo filial, donde se incluye la familia consanguínea y las interminables redes locales y trasnacionales entre sus mundos de origen y destino. Y aunque aparentemente se hable de un solo grupo “étnico” de población, es impreciso y especulativo generalizar sobre sus atributos, especialmente porque se encuentran en transición permanente, aunque suene como paradoja. El estado de California, con casi 40 000 000 de personas, alberga al grupo de población de habla hispana más grande en EE. UU.: 38.8% según datos de la misma Oficina de Censo. En las ochenta y ocho ciudades contenidas en el condado de Los Ángeles desarrollan su vida poco más de 10 000 000 de seres, de los cuales casi la mitad de la población (48.4%) son personas de origen latino. De este último porcentaje, más de la mitad son mujeres. Los atributos que de forma abreviada expondré como componentes de los mundos de mujeres mexicanas migrantes, fueron interpretados en mi tesis doctoral3 a partir de los relatos de vida expresados por un grupo de mujeres residentes en el este de Los Ángeles (L. A.), California. Esta región geográficamente se compone por segmentos de dos vecindarios (Boyle Heights y El Sereno), ambos del distrito de L. A. Así como por regiones confluyentes de las ciudades de Commerce, City of Terrace, Monterey Park y Montebello. 1  Martha Gálvez Landeros es doctora en Estudios de desarrollo global por la Universidad de Guadalajara. 2  United States Census Bureau es la oficina especializada del Gobierno federal de Estados Unidos, responsable de producir periódicamente el sistema de estadísticas demográficas y económicas de ese país. 3  Tesis titulada Transiciones en las ideologías de género. Mujeres mexicanas migrantes en Estados Unidos, presentada para la obtención del grado de doctorado en Estudios de desarrollo global, 2011.

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ens a yo Las mujeres participantes en este estudio son migrantes de primera generación asentadas en el condado de L. A. Arribaron al país del norte después de sus 18 años cronológicos. Por tanto, su periodo de crianza e ingreso a la adultez se permeó con los recursos, exigencias y posibilidades sociales y económicas de sus grupos familiares en diversas regiones rurales mexicanas; entre las que destacaron Baja California, Jalisco, Michoacán y Zacatecas. Más allá de indagar razones o circunstancias que respondieran al porqué de la migración, el propósito de la investigación fue explorar los sistemas ideológicos interiorizados4 de cada una de las entrevistadas, que les permitieron irse posicionando como mujeres en diversas situaciones y contextos desde su llegada al país norteamericano resignificando sus modelos mexicanos de su crianza.5 La “lectura” para apreciar los datos producidos en la investigación se trabajó desde la perspectiva teórica de género, que niega la predeterminación del “ser y estar” de una persona de acuerdo a su anatomía y fisiología sexual como naturaleza fija. Más allá de ello, considera que las formas de pensar, de hacer y de autosituarse, van siendo resultados de procesos socio-históricos. Esta perspectiva cuestiona ideas y prácticas que históricamente se han asumido 4  Sistema ideológico es una forma de conocimiento y reconocimiento de realidades; funciona a través de aparatos; posee sus propias lógicas, valores y símbolos y así permite conocer, reconocer o desconocer, elementos del entorno que lo alimenta (Dumont, 1996). 5  Se consideró al modelo mexicano de crianza dentro del modelo patriarcal. Por patriarcado Gerna Lerner (1986) define “la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres, niñas y niños de una familia y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres en la sociedad”.

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como “naturales” de acuerdo al sexo de cada persona. ¿Cuáles elementos se mantienen y cuáles se han modificado en el conjunto de ideas tradicionales de género en las mujeres mexicanas migrantes en EE. UU.?, ¿cuáles han sido las variantes en las funciones naturalizadas como femeninas, considerando el tiempo de residencia en EE. UU.? Ambos cuestionamientos constituyen las premisas para exponer los siguientes argumentos. Lealtad a valores inculcados

Cristina6 dice: “Bueno, creo que yo me parezco con mucho a mi mamá en esto de ser una persona de casa, a ella no le gustaba andar de viaje o así salir…También en la forma de ella que era…, es todavía gracias a Dios…, somos muy de nuestras tradiciones y se las hacemos llegar a nuestra familia. Las mamás y las hijas hacemos hasta lo imposible por mantener la unión de la familia, creo eso es también un parecido entre mi hija y yo”.

Ser madre y ser esposa, como lo expresa Lagarde, significa para las mujeres vivir de acuerdo a normas que se encuadran en el ser para, de y otros (2001: 363). El principio de la maternidad suele encontrarse latente en la mayoría de mujeres mexicanas. Los propios modelos de crianza y las formas de maternidad temprana desarrolladas con familiares directos como los hermanos, queda finalmente coronada con la maternidad biológica; posicionando así la autopercepción de una mujer como madre, ante todo. Diferencia entre la crianza recibida y la crianza dada

María dice: “Yo no quería ser madre, en primer lugar; yo de chamaca dije me voy a casar a los 21, pero yo no quiero tener familia. Mi mamá tuvo

6  Se usaron nombres ficticios para denominar a las participantes en el estudio.


ens a yo un montón y ella los tenía y nosotros los cuidábamos. He tomado decisiones, ya estoy cansada de estar de obediente con él y todo eso creo que es debido a la forma en que te educan”.

El distanciamiento con las lealtades filiales, en el caso de las mujeres mexicanas migrantes, no lo constituye especialmente la distancia física en un sentido absoluto; sino el tener la capacidad de distanciar formas de pensar, de valorar y de proyectar su vida y la de sus hijos, de las visiones de sus antecesores y de sus mismas formas de crianza. Aun con la manifestación y latencia de las construcciones culturales de la maternidad y su idealización, a inicios de este siglo son visibles y comprobables las modificaciones en la vida cotidiana de un gran número de mujeres mexicanas, tanto instaladas en el territorio mexicano como en sitios mexicanizados de EE. UU. Uno de los primeros hechos que crearon el despegue para el cambio, ha sido y es la incorporación de las mujeres al mercado laboral. Este constituye una premisa para la autonomía económica. Otras evidencias que han acompañado las transformaciones que ha conocido la condición femenina desde las explicaciones bourdianas, son el acceso a la educación formal aunada al trabajo asalariado y, a partir de ello, el ingreso y permanencia en la esfera pública. Referencias Bourdieu, P. (2003). La dominación masculina. España: Anagrama. Lagarde, M. (2001). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. México: Universidad Nacional Autónoma de México. Lagarde, M. (1988). Cultura feminista y poder femenino. Una aproximación conceptual. Revista A, (IX)23-24, 135-150.

Ehwey Título: Lucía

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Ventajas de la participación de una mujer indígena en la contienda presidencial de 2018 Eugenio Isidro Gerardo Partida Sánchez1 Desde mediados del año pasado, han trascendido en el medio político nacional diversos ciudadanos que han manifestado su pretensión de participar como candidatos a la presidencia de la República Mexicana, en la contienda electoral federal de 2018; en este tenor, una de las noticias que más ha llamado la atención fue la del anuncio el mes de octubre pasado, de la existencia de un comunicado del movimiento Zapatista con el Consejo Nacional Indígena, para realizar una consulta entre los pueblos y comunidades indígenas para elegir y postular una mujer indígena, a fin de que contendiera por la vía independiente. Así, aunque aún no se ha dado a conocer el nombre de la ciudadana en cuestión, se estima que de hacerse realidad esa candidatura tendrá, sin lugar a dudas, un gran impacto en el desarrollo de la contienda presidencial; en la medida de que, de entrada, traerá a la mesa de discusión temas que tradicionalmente son relegados dentro de las agendas de los candidatos a la presidencia de la República, como lo son aquellos que se refieren a los derechos de las mujeres (en especial indígenas), el desarrollo de las comunidades más apartadas del país, la situación actual del campo y el desarrollo de las zonas rurales. Debe destacarse que esta candidata no será la primera mujer que ha pretendido alcanzar la presidencia de la República, puesto que a lo largo de los años ha habido diversas ciudadanas que pretendieron ocuparla, a saber: Rosario Ibarra (primera candidata mujer a ese encargo), quien contendió para los procesos de 1982 y 1988, en ambas ocasiones por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT); Cecilia Soto y Marcela Lombardo, quienes contendieron en el proceso electoral de 1994, por los partidos del Trabajo (PT) y por el Popular Socialista (PPS), respectivamente; Patricia Mercado, en el proceso 2006, por el Partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina (PASC); y, finalmente Josefina Vázquez Mota, por el Partido Acción Nacional (PAN), en el proceso electoral de 2012. Cabe mencionar que en cada una de las campañas realizadas por las mujeres se puso un especial énfasis en apoyar a los grupos menos favorecidos del país, tales como los obreros, campesinos, trabajadores, migrantes y mujeres; logrando que estos temas fueran tratados de forma importante dentro de las contiendas en las cuales participó cada una de ellas. No obstante, debe tomarse en consideración lo mucho que ha cambiado la política 1  Eugenio Isidro Gerardo Partida Sánchez ha participado en distintos foros y conferencias de equidad de género y fue secretario de estudio y cuenta en el asunto de “las Juanitas”, que marcó un paradigma en la resolución de sentencias con perspectiva de género.

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ens a yo nacional en cuestión de aceptación de la participación de la mujer desde la postulación de la primera candidata a la presidencia en 1982: en la actualidad, se cuenta con congresos más equilibrados y la ciudadanía apoya cada día más las candidaturas de mujeres a las presidencias municipales y a las gubernaturas de los estados. Actualmente la sociedad es más o menos tolerante, a la par de mucho más informada en temas como lo indígena y la necesidad de erradicar las diferentes formas de discriminación por motivos físicos, éticos, de género, socio-económicos y culturales. Existe mayor tolerancia para tratar distintos temas sociales que, hasta hace unos años, aún resultaban tabúes en los ámbitos sociales, políticos y, sobre todo, jurídicos, en los cuales el Poder Judicial de la Federación, a través de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el Tribunal Electoral y los tribunales y jueces de amparo han ido reconociendo, protegiendo y defendiendo los derechos humanos de las minorías. Es por lo anterior que se estima que una propuesta como la de una candidata indígena tendrá un efecto positivo en nuestra democracia, al llegar en un momento propicio para reivindicar, a nivel de una plataforma electoral presidencial, las necesidades más imperantes de las comunidades indígenas y campesinas del país. En especial las necesidades de un sector de la población que sigue siendo muy lastimado: las mujeres dentro de las propias comunidades indígenas.

Es momento de que se levante la voz por estas mujeres para que se hagan escuchar en un foro que nunca antes se ha tomado por ellas, tal como lo son las discusiones en las mesas de debate político nacional, aunque no será nada fácil lograr el triunfo en las urnas dada las todavía existentes discriminación y violencia política contra la mujer, sobre todo en algunas comunidades del país, mismas que se han hecho públicas, al menos en el ámbito político nacional, por casos como el de la alcaldesa de Chenalhó en el estado de Chiapas. Otro de los grandes retos que deberá superar la llamada candidata indígena será el satisfacer los requisitos para su registro por la vía independiente, pues tendrá que obtener, en primer lugar, el apoyo ciudadano, el cual para el cargo de presidente de la República, en términos del artículo 371, párrafo 1, de la Ley general de instituciones y procedimientos electorales, deberá ser el equivalente al 1% de la lista nominal de electores con corte al 31 de agosto del año previo al de la elección, y estar integrada por electores de por lo menos diecisiete entidades federativas que sumen cuanto menos el 1% de ciudadanos que figuren en la lista nominal de electores en cada una de ellas. Cabe destacar que dicha recaudación de apoyo ciudadano se debe realizar únicamente con financiamiento privado, el cual debe ser obtenido mediante aportaciones de personas físicas que cumplan con los requisitos establecidos tanto en la legislación electoral como en el re-

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ens a yo glamento de fiscalización correspondiente; toda vez que no podrá acceder a financiamiento público, sino hasta que obtenga el reconocimiento como candidata independiente e inicie la etapa de campaña electoral. En los últimos dos procesos electorales han existido múltiples historias de éxito de diversos candidatos independientes, quienes lograron ocupar los cargos de munícipes, diputados y hasta gobernadores, en estados como Chihuahua, Tamaulipas, Tlaxcala, Hidalgo, Oaxaca, Aguascalientes, Nuevo León, Michoacán, Guanajuato y Jalisco, sin embargo, debe resaltarse que de los candidatos independientes ganadores ninguno ha sido del género femenino. De igual forma, en la actualidad se cuenta con una legislación que protege el interés de la candidata de contender en la carrera presidencial, puesto que existen instrumentos que obligan a las autoridades electorales a velar por sus derechos como mujer e integrante de una comunidad indígena que pretende acceder por la vía independiente. Además se cuenta con diversos instrumentos que la soportan para evitar que sufra alguna clase de discriminación, lo cual se puede lograr a través de los diversos protocolos de acción creados por la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el Protocolo para atender la violencia política contra las mujeres, normatividad que, en su mayoría, no existía en las contiendas presidenciales anteriores y que protege a las candidatas y candidatos que pertenecen a los diversos grupos minoritarios del país. En estas condiciones, se saluda y se acoge con gran expectativa esta posibilidad de participación política de una mujer indígena en el próximo proceso de elección de presidente o presidenta de los Estados Unidos Mexicanos.

Oswaldo Hernández

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Movimientos antigénero en Europa: ¿qué hacer al respecto?1 Andrea Pető2 Traducción del inglés al español de Andrés Guzmán Díaz Un fantasma está asechando a Europa, acosa a expertos en equidad de género, activistas, políticos, y científicos por igual: los movimientos antigénero. De París a Eslovaquia, decenas de miles de personas llevan a las calles peticiones firmadas en oposición a la educación sexual, con el objetivo de manifestarse en contra de la legislación del “matrimonio homosexual” y en favor de remover la palabra “género” del medio escolar. Por primera vez desde 1945, la opinión general de nuestros valores europeos está siendo cuestionada (en repetidas ocasiones, puesto que hay que desarrollar estrategias que la contrarresten). Las fuerzas progresistas tienen que reconsiderar de manera crítica el concepto de la emancipación neoliberal e intentar “reencantar” el alma de la actividad feminista de Max Weber. Solo de esta manera puede hacerse esta actividad más atractiva para una audiencia más general, en lugar de hacer responsables a otros cuando sucede un malentendido o en vez de —peor aún— explicar repetidamente “¿qué es el género en realidad?” (Pető, 2015a; Pető, 2015b). ¿Qué hace que los movimientos sean tan relevantes? Los movimientos antigénero están abriendo un nuevo camino en el terreno socio-político-cultural de Europa y desafiando líneas conflictivas anteriores. Por un lado, el prestigio gozado por las políticas democráticas está disminuyendo: la concurrencia de los votantes está fracasando y los partidos establecidos están perdiendo el gran apoyo de su público. Por otro lado, el número de personas involucradas en organizaciones femeninas seculares y con base en derechos humanos se mantiene más o menos constante. Aunque los movimientos progresistas no aumentan en tamaño, los movimientos antigénero parece que no tienen dificultades en hacerlo. El resultado es una identidad retórica fuera del sistema de los derechos humanos universales, en la cual los problemas de género han encontrado, hasta ahora, un espacio cómodo. A primera vista, sin embargo, solo parece que estas organizaciones son “antigénero” porque atacan algo que ellos llaman “la ideología de género”. De hecho, un análisis más profundo

1  Compartido por la autora. Publicación original: “Anti-Gender Bewegungen in Europa. Was tun?” en Gender Matters! Antifeminismus-Marsch fur Das Leben, boletín informativo para el trabajo en políticas de género de la Fundación Friedrich Ebert, No. 6, 2016, pp. 41-49. 2  Andrea Pető es profesora del departamento de Estudios de género en la Universidad Central Europea en Budapest, Hungría.

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ens a yo en cinco países europeos (Hungría, Francia, Alemania, Polonia y Eslovaquia) revela que sus argumentos otorgan una alternativa a los patrones establecidos de pensamiento (Kováts & Põim, 2015). El “género” únicamente sirve como una especie de pegamento simbólico. Cómo las fuerzas progresistas deberían evaluar los nuevos desarrollos político, participativo, social y cultural, permanece como una pregunta abierta; así como el asunto de la influencia de los movimientos en partidos conservadores, los cuales son por sí mismos, en efecto, un producto del consenso europeo sobre los derechos humanos. Aunque en primera instancia los protagonistas de los movimientos antigénero parece que solo atacan los principios de género, hay mucho más escondido detrás de esta fachada: un rechazo a los principios europeos y valores de nuestro sistema, así como el deseo de deshacerse de la democracia liberal. Lo anterior se ha vuelto ahora posible porque la promesa de la equidad de género o se ha roto (en la “nueva Europa”) o ha devenido en cambios prematuros y más bien superfluos (en la “vieja Europa”). Los movimientos antigénero son un fenómeno mundial. Su atractivo está basado en el hecho de que las convenciones de los derechos humanos universales están siendo cada vez más cuestionadas por los estados nación. Los argumentos relacionados con “excepciones culturales”, los cuales dicen que necesitan ser creados, son comúnmente usados. Por ejemplo, varios países

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africanos han criticado programas de apoyo que tuvieron la intención de garantizar los derechos reproductivos de las mujeres. Dichos programas fueron criticados por forzar la “ideología de género” en esos países, a los que esperaban que reaccionaran en el marco de la lucha de libertad anticolonial. Los políticos progresistas que quieren entender este nuevo desarrollo político necesitan encontrar un nuevo marco conceptual. Los movimientos antigénero no poseen una utopía ni pretenden la equidad de género en el futuro inmediato. En lugar de ello, prometen una transición rápida según sus propios ideales. En esencia, esos movimientos son exitosos porque se basan en la debilidad esencial inherente a las fuerzas progresistas, las cuales, de una en una, han prometido una transición veloz en el mundo globalizado (Pető & Vasali, 2014). Reacciones Los movimientos femeninos progresistas, seculares y basados en derechos humanos han reaccionado a la creciente importancia de los movimientos antigénero de una manera apabullantemente defensiva. Las investigaciones y la política han empezado a entender ahora este desarrollo y trazan estrategias que lo contrarresten. En 2006, un artículo de Volker Zastrow apareció en el periódico conservador alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, en el que criticaba algo que consideraba como “género”. De esta manera, parece como si la línea entre las publicaciones conservadoras y dere-


ens a yo chistas se hubiera vuelto cada vez más borrosa, como si los argumentos se hayan puesto en camino de ser intercambiables. (¡)Ha sido tan solo en los últimos dos años(!) que las fuerzas progresistas se han percatado de que han sido acorraladas; y ha resultado demasiado difícil para estas maniobrar para salir (Heinrich-Böll-Foundation, 2015). Los movimientos antigénero están luchando por el control, una batalla de hegemonía en palabras de Gramsci, ya que a esto nos enfrentamos cuando los derechos humanos y la tradición europea progresista de la equidad se someten a una nueva definición. La primera reacción a dichos movimientos fue a la defensiva: la respuesta fue simplemente que los movimientos antigénero no comprendían en realidad a qué se referían con género. Fueron lanzadas campañas de concienciación. La segunda reacción fue también a la defensiva e intentó respaldar la justificación para la existencia de una política de equidad de género con argumentos apropiados. Elżbieta Korolczuk (2014) ha demostrado que los investigadores han hablado acerca de un “contragolpe”, el cual, no obstante, supone una opinión general de lo que es el género y qué es lo que se intenta lograr con el concepto. La tercera reacción, cual barricada de autos, fue la supervisión de los movimientos antigénero en los medios sociales, lo cual incluye la vigilancia asidua de la iglesia católica, la cual fue percibida como la iniciadora principal y la organizadora institucional de las campañas antigénero (Paternotte, 2014). Estos análisis culpan con explicitud a la iglesia católica, pero no toman en cuenta cambios en desarrollo: esta institución nunca ha sido homogénea y en la actualidad está tratando de hacer frente a los desafíos del siglo XXI al cambiar su estructura directiva, al integrar más mujeres a las posiciones de liderazgo, al mismo tiempo que está abriéndose a serios debates sobre problemas de género (Marschütz, 2014). Estrategias que contrarrestan La ciencia ha sido el área donde suceden batallas particularmente intensas sobre la “ideología de género”. De esta manera, han sido publicados nuevos “estudios científicos”, en los cuales, por ejemplo, se examina la estabilidad emocional de los niños que crecieron con dos padres del mismo sexo. En sus comparaciones de desarrollos en Eslovenia y Croacia, Roman Kuhar ha argumentado de manera convincente que la evidencia “científica”, otorgada por los movimientos antigénero contra la “ideología de género”, representa un cambio paradigmático en la ciencia como la conocemos: los descubrimientos científicos son ahora debatidos desde una postura moral normativa. La citación selecta de información sacada de contexto, con el propósito de adoptar posiciones ideológicas, es uno de los métodos usados con mayor frecuencia. Kuhar (2014) se refiere a esta estrategia como la “secularización del discurso para hacer clerical a la sociedad”.

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ens a yo El enfoque posmoderno de la ciencia (informada en política, crítica e interdisciplinaria) ha conducido a nuevos conceptos. Los actores antes marginados, quienes representaban una perspectiva crítica tal como ahora la de género, tuvieron que ser reconocidos. Lo anterior tuvo una fuerte base en las decisiones normativas, tales como hacer clara y reconocida la postura propia de los hablantes. También dio como resultado el cuestionamiento de la división sujeto-objeto, así como el desarrollo subsecuente de nuevos simbolismos, nuevas definiciones… y nuevos mitos. Esta “posicionalidad” fue reconocida por el historiógrafo británico Eric Hobsbawn en el siguiente enunciado: “Mi verdad es igual de válida que tu verdad”, que representa un enfoque antiuniversal del cual las fuerzas antigénero se están apropiando. La representación visible de los acontecimientos antigénero y la denuncia de sus actividades —inclusive la cuestión de ahora qué es científico para quién (“señalar y criticar”)— han sido exitosas solo en parte, principalmente porque la distancia entre las diversas posiciones ha ido aumentando sin un conocimiento real de cómo el sistema de los derechos humanos está amenazado y, aún más importante, sin un descubrimiento de instrumentos o argumentos nuevos para políticas progresistas. Una verdadera estrategia que contrarreste, que también aplica en el sentido de un nuevo “encanto” del sujeto, conllevaría un cambio tanto en el discurso como en la forma. En Hungría, la Fundación Friedrich Ebert está haciendo uso de un programa para organizar el diálogo entre mujeres participantes de Europa Oriental para discutir el problema desde varias perspectivas. Los temas hasta la fecha (“maternidad”, “masculinidades”, “amor” y “dignidad”) no encajan con las líneas de conflicto anteriores, sino que abren un espacio nuevo para temas relacionados con la equidad de género (Kováts, 2015; Kováts & Pető, en prensa). Los foros de diálogo funcionaron con una base “transversal”3 en el sentido acuñado por Nira Yuval-Davis, en la cual los conceptos de diferencia no deberían reemplazar los conceptos de equidad, sino más bien complementarse para crear un espacio para aquellas personas que quieren comprometerse. El primer paso para formular estrategias que contrarresten es a la ofensiva: desarrollar una estrategia independiente en lugar de reaccionar a los ataques. Al hacerlo tiene que aceptarse que una política progresista es un resultado de entendimiento y, por tanto, funciona al usar las bases normativas del entendimiento. En este proceso, las minorías inevitablemente emergen y la temida “Otredad” sucede; es decir, declarar que alguien es “otro” o “diferente”. La tradición europea del entendimiento funciona con posturas normativas. Los movimientos antigénero han adoptado dicho enfoque para 3  Esto intenta evitar la trampa no solo del universalismo asimilador y exclusivo, sino también de la política de identidad esencialista. Con la política transversal, todas las ramas reconocen que su postura previa podría haber estado incompleta, que no “inválida” (Yuval-Davis, 1999: 94-98).

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ens a yo lanzar un ataque unitario a la comunidad lésbico-gay-bisexual-transexual-transgénero-travesti-intersexual (LGBTTI) con el objetivo de fortalecer la adhesión de los grupos cristianos en Europa. Los movimientos antigénero son neoconservadores, crítica populista de democracias neoliberales (Grzebalska, 2016). Representan una lucha hegemónica por la nueva definición de la democracia neoliberal representativa, la cual está creando nuevas líneas de conflicto que deben ser consideradas por un diseño de políticas progresistas. Estos movimientos son un nuevo fenómeno en la política europea y están basados en el fracaso de la emancipación neoliberal, de ahí que las fuerzas progresistas necesiten un nuevo modelo conceptual para encontrar respuestas significativas. La lucha por la emancipación y el progreso siempre ha estado asociada con las políticas populares. Si las fuerzas progresistas no se relacionan con sus valiosas raíces innovadoras, volverán a las políticas familiares de equidad de género, con las que será imposible combatir con éxito el nuevo rumbo antigénero. En particular, su lenguaje no solo separa los objetivos políticos de sus simpatizantes, sino que también falla en expresar el contenido utópico de la equidad de género. Una vez más, necesitamos la valentía y la originalidad de aquellos actores históricos quienes se atrevieron a cuestionar qué se entendía antes por dogma indiscutible en la política y la sociedad. Las políticas progresistas “desencantadas” tienen que ser “reencantadas” (Pető,

2015b) y deberían de nuevo hablar el lenguaje cotidiano de la gente y no una jerga funcionalista. De hecho, el recurso más eficaz a disposición de los movimientos antigénero es su nuevo lenguaje. Si, por lo contrario, la categoría abstracta de “género” es usada para continuar en la lucha, podría traer un efecto más negativo que positivo a largo plazo, ya que es justo este sistema abstracto de la democracia neoliberal el objetivo de los ataques de los grupos antigénero. El uso injustificado de la “convención del género”, el “presupuesto del género” y otras políticas incluidas en el sistema neoliberal podrían incluso impedir que se encuentren alternativas y un lenguaje apropiado para los problemas actuales. El nuevo desafío: desde el final de la Segunda Guerra Mundial no habían ganado los antimodernistas tantos votos en las elecciones democráticas ni habían sido considerados como alternativas reales. El derechismo radical está de moda y su “supuesto antigenerismo” es un pegamento simbólico. Las fuerzas progresistas deben encontrar alternativas; unas cuantas posibles se han mencionado en este artículo: reconocer líneas de conflicto, conducir al diálogo, tomar acción ofensiva (en lugar de simplemente reaccionar) y dar verdaderas respuestas, hablar el lenguaje popular. Los actores progresistas no tienen tiempo que perder. Referencias Grzebalska, W. (7 de marzo de 2016). Why the war on “gender

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ens a yo ideology” matters – and not just to feminists. Anti-genderism and the crisis of neoliberal democracy. Recuperado el 5 de diciembre de 2016, de Visegrad insight: <http://bit.ly/28L4Zj9> Heinrich-Böll-Stiftung (2015). Antigender movements on the rise? Strategising for gender equality in Central and Eastern Europe. Recuperado el 5 de diciembre de 2016, de: <http://bit. ly/28Jy67c> Korolczuk, E. (septiembre de 2014). “The war on gender” from a transnational perspective: Lessons for a feminist strategizing. Recuperado el 5 de diciembre de 2016, de Heinrich-Böll-Stiftung: <http:// bit.ly/28Jj1BP> Kováts, E. (2015). Love and politics (pp. 5-14). Recuperado de Friedrich-Ebert-Stiftung: <http:// bit.ly/29lcuRr>. Kováts, E. y M. Põim (Coord.) (2015). Gender as symbolic glue. The position and role of conservative and far right parties in the anti-gender mobilizations in Europe. Fundación para los Estudios de Progreso Europeo/ Heinrich-Böll-Stiftung Budapest. Recuperado el 5 de diciembre de 2016, de: <http:// bit.ly/1VQY5dT>. Kováts, E. y A. Pető (en prensa) (2017). “The anti-gender discourse in Hungary: a ‘no case’?” en Roman Kuhar, David Paternotte (Ed.) Anti-gender campaigns in Europe: Religious and political mobilizations against equality. Rowman & Littlefield.

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Kuhar, R. (2014). Playing with science: Sexual citizenship and the Roman Catholic Church counter-narratives in Slovenia and Croatia. Women’s Studies International Forum 49. Marschütz, G. (2014). “Trojanisches Pferd Gender? Theologische Anmerkungen zur jüngeren Genderdebatte im katholischen Bereich” (pp. 433-456) en Kerstin Schlögl-Flierl, Gunter M. Prüller-Jagenteufel Ed.) Aus Liebe zu Gott – im Dienst an den Menschen: Spirituelle, pastorale und ökumenische Dimensionen der Moraltheologie. Münster. Paternotte, D. (8 de mayo de 2014). Christian trouble: The Catholic Church and the subversion of gender. Recuperado el 5 de diciembre de 2016, de CritCom: <http://bit.ly/28JdQnx>.


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Oswaldo Hernรกndez

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El posfeminismo y la nueva vida cultural del (anti)feminismo1 Rosalind Gill2 Traducción del inglés al español de Andrés Guzmán Díaz Estamos viviendo tiempos peligrosos y aterradores. Las oleadas de misoginia, racismo, homofobia, islamicofobia y nacionalismo desenfrenado que se vuelven evidentes en los votos del Brexit y su secuela, la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de América, el aumento y la “respetabilización” del Frente Nacional francés al mando de Marine Le Pen, y la fortaleza creciente de partidos derechistas junto con movimientos por toda Europa, marcan un nuevo momento en la vida política. Entre las muchas preguntas urgentes que han requerido respuestas en las últimas semanas y meses —en particular, tras la victoria de Trump— interesa la siguiente: ¿cómo puede ser que en un momento en el que el feminismo tiene una nueva imagen y parece que se ha vuelto “normal”, estamos a la par siendo testigos de una misoginia espectacular? La coyuntura actual es complicada; está marcada tanto por el feminismo como por el antifeminismo. A lo largo de los años recientes, el feminismo ha logrado una nueva luminosidad en la cultura popular. Libros feministas tales como Lean in (Sandberg, 2013) y Unfinished business (Slaughter, 2015) están en la lista de los más vendidos, revistas de moda publican “dossiers de feminismo”, músicos y otras celebridades anuncian con orgullo sus identidades feministas, e historias sobre castigos inequitativos o acoso sexual que habrían sido, hace algunos años, descartadas por bostezos —demasiado aburridas para ser relatadas— se han vuelto objeto de los titulares periodísticos y de los noticiarios en sus transmisiones más importantes. El feminismo se está haciendo “popular” (Banet-Weiser, 2015), “genial” (Valenti, 2014) y está logrando una “nueva imagen” (Keller & Ryan, 2014). Al mismo tiempo, no obstante, como ha dicho Angela McRobbie (2016), “el sexismo sin remordimientos de Trump parece que ha dado poder desmedido a un patriarcado insurgente que ahora puede reafirmarse con seguridad”. Además, como Sarah Banet-Weiser (2016) afirma, “la misoginia popular parece que se incorpora 1  Compartido y modificado por la autora. Publicación original: “Postfeminism and the new cultural life of feminism” en Diffractions, No. 6, primavera 2016: <https://lisbonconsortium. files.wordpress.com/2012/12/rosalind-gill_postfeminism-and-the-new-cultural-life-of-feminism.pdf>. 2  Rosalind Gill es profesora especialista en Sociología urbana en la Universidad de Londres. Da cursos sobre género, sexualidad, medios de comunicación y empleo cultural. En la actualidad dirige el doctorado de ocho estudiantes. Su trabajo abarca una variedad de diferentes áreas y temas en torno al género y la sexualidad, medios y cultura, y empleo. Ha investigado acerca de empleos precarios en las industrias culturales y creativas, nuevas formas y prácticas de la inequidad, consejos en sexualidad y relación, variaciones al representar en los medios de comunicación el cuerpo condicionado por el género; y, a la par, ha hecho labor académica. Toda su investigación está motivada por cuestiones sobre poder y justicia social y por tratar de comprender la complicada relación entre cultura y subjetividad. En la actualidad, investiga en torno a la vigilancia y el yo cuantificado y reflexiona acerca de la vida psico-afectiva del neoliberalismo.

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ens a yo a las estructuras estatal y nacional con una eficiencia espantosa”. El feminismo puede ser visible, pero la misoginia es estructural, como el racismo. ¿Cómo —pregunta Banet-Weiser— las mujeres jóvenes, educadas con las historias del “poder femenino” y la “diversidad” y el “apoderamiento”, dan sentido a la elección de un presidente que es desvergonzadamente racista, sexista y está en contra de la diversidad? Creo que para responder estas cuestiones necesitamos otro concepto (posfeminismo) en nuestro vocabulario crítico. Dicho término expresa no sólo la reacción violenta contra feminismos populares, sino también, de manera decisiva, el dominio del neoliberalismo como una ideología política y una “moral” en el entorno social. Incluye tanto la naturaleza de nuevas formas del antifeminismo como la manera en la que el neoliberalismo, como ha dicho Catherine Rottenberg (2014), está rehaciendo el posfeminismo. Varios escritores recién han comentado que el posfeminismo no mantendría fuerza ni tendría valor analítico para este contexto modificado. Diane Negra (2014: 275) asegura que “ahora necesitamos interrogar si —y cómo— las explicaciones sobre género desarrolladas en una época anterior aún tienen vigencia”, mientras que Retallack, Ringrose y Lawrence (2015) sugieren la necesidad de “cuestionar algunas de las ideas centrales del posfeminismo teorizado por investigadores de los medios de comunicación”, al argumentar que el posfeminismo es “potencialmente redundante” a la luz de la “cuarta ola” del activismo feminista basado en entornos sociales. Catherine Lumby (2011) hace un llamado a los investigadores a “pasar de largo el pos” e Imelda Whelehan (2010: 159) habla sobre su “frustración, aburrimiento y fastidio” hacia el término. En las siguientes páginas quiero responder a este sentido de desencanto hacia la defensa más breve que incluyo

—sólo en parte como broma— como un “manifiesto” para los reiterados trabajos críticos que utilizan el término. No debería ser la única palabra en nuestra “caja de herramientas” críticas, con certeza, pero es todavía, en mi opinión, un concepto clave para entender las políticas de género contradictorias de hoy. 1. Posfeminismo es un término crítico. La cultura posfeminista debería ser nuestro objeto de análisis, no una postura ni una perspectiva. No me veo como una “analista posfeminista”, sino como una analista del posfeminismo —un tema, pese a la contradicción, conectado sensiblemente con otras formaciones dominantes como el neoliberalismo—. Elementos de dicha sensibilidad “coexisten y están estructurados por crueles inequidades continuas y exclusiones relacionadas con “raza” y etnicidad, clase, edad, sexualidad e incapacidad, así como con género” (Gill, 2007). 2. Las nuevas tendencias culturales no sólo reemplazan a las antiguas o a las existentes. Un resurgimiento de interés, a veces visible, en el feminismo no debería guiarnos a la errónea conclusión que las ideas del antifeminismo o el posfeminismo ya no existen. Para combatir dicha postura festiva, sólo necesitamos pensar acerca de la persistencia de la doble moral sexual, incluso después de décadas de activismo feminista, producción cultural, ideas políticas y discusión en medios de comunicación. 3. Nuestros análisis deben atender tanto a la continuidad como al cambio, así

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como al “entrelazamiento” (McRobbie, 2009) del feminismo con otras ideas. Argumento que algo de lo que es proclamado como feminismo está moldeado por elementos profundamente posfeministas (Gill, 2016a); en particular, aquellos aspectos que se relacionan con la cultura empresarial, la fama y la adopción del feminismo como una identidad “moderna”. Precisamos aproximaciones que puedan ofrecer valoraciones sutiles y complejas de la manera en que ideas múltiples y contradictorias pueden coexistir en los mismos momento, plano y área. La vida cultural es contradictoria. Por cada levantamiento por cuenta del activismo feminista, hay otro por misoginia; por cada “triunfo” feminista, un flujo de odio oscilante entre el acoso sexual y la tortura y la muerte amenaza a los involucrados; por cada ocasión de solidaridad feminista, hay otra de provocación cruel. Necesitamos ser capaces de “copensar” las contradicciones del momento actual y rechazar las tentaciones de las narrativas en presente del singular (Banet-Weiser, 2015a; Garcia-Favaro & Gill, 2015; Gill, 2016a). La nueva imagen cultural del feminismo incluye muchas versiones de este, algunas de las cuales son antitéticas entre sí. Estas versiones funcionan bajo una atención económica que está muy moldeada por patrones de exclusión y dominación. Algunos de los feminismos recién proclamados

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tienen una aceptación neoliberal en su núcleo y poco en común con otros feminismos circulantes, lo que provoca que sean partidarios de una ideología empresarial individual que es más cómplice que crítica del capitalismo, y de otros (clasistas, racistas y trasnacionales) sistemas de injusticia (Hooks, 2013). En ese sentido, quizá estén asociados con la neoliberalización o el “feminismo de derecha” (Farris & Rottenberg, 2015). El posfeminismo requiere estudios empíricos. Decir que algo es posfeminista debería ser el comienzo —no el final— de un proceso analítico. A pesar de que hay un enfoque de investigación anterior en algunos textos de obras audiovisuales como Ally McBeal, Bridget Jone’s dairy y Sex and the city (Arthurs, 2003; Moseley & Read, 2002; McRobbie, 2004) no hay un canon del posfeminismo; el término puede ser usado de manera prolífica en varios aspectos de la vida cotidiana, a saber: social, cultural, político, económico y psíquico. Urgen estudios sobre las vidas socio-culturales desordenadas, complejas y detalladas. Sostengo que el posfeminismo debería abrir, en lugar de cerrar, el pensamiento; debería estimular cuestionamientos, generar ideas innovadoras y producir nuevas perspectivas. Necesitamos concebir el posfeminismo en términos de intersección internacional. El posfeminismo no es “sólo de las mujeres blancas” (Butler, 2013) ni es una sensibilidad


ens a yo única del Occidente o del Norte (Dosekun, 2015). Aunque el enfoque de muchas investigaciones ha sido sobre las construcciones mediáticas de las mujeres jóvenes, blancas, de clase media, heterosexuales y cisgénero, el posfeminismo como sensibilidad cruza fronteras al interpelar también a sujetos mayores, transgénero, queer o de la clase obrera. Urge también que las investigaciones indaguen cómo el posfeminismo se vincula con otras formaciones discursivas, tales como el “neoliberalismo severo” (De Benedictis & Gill, 2016) y el “posqueer” (McNicholas Smith, 2014). 8. El posfeminismo tiene una “vida psíquica” (Butler, 2007; Scharff, 2016; Gill, 2016b). No sólo existe en los medios, sino que moldea nuestras subjetividades y relaciones de manera notable, y remarca así nuestra identidad. La “cult(ur)a de confianza” (Gill & Orgad, 2015) con su sugerencia de “adentrarnos” y “amar nuestro cuerpo” es un claro ejemplo, pues de manera sistemática invita a ser una nueva forma de sujeto femenino. Esta cult(ura) busca persuadirnos de que las mujeres están siendo contenidas no por un capitalismo machista o un sexismo institucionalizado, sino por su propia falta de confianza, una falta que se presenta como ser completamente un asunto individual y personal, desvinculado de las inequidades estructurales y las fuerzas culturales. 9. El feminismo y el posfeminismo están estructurados por políticas afectivas. El “estado de estima” (Cruikshank, 1993), la “felicidad industrial” (Davies, 2015) y el “psicomplejo” (Rose, 1998) son tecnologías de la naturaleza (Foucault, 1988) con las cuales el feminismo está sobremanera involucrado. Así como el ser parte de un problemático cambio terapéutico que limita la injusticia en términos de déficit individual y defectos de carácter; el enfoque abrumador actual sobre la “actitud mental positiva” está perturbando la manera en que dicho cambio controla los sentimientos inteligibles e idóneos. 10. La vigilancia es un problema del feminismo. No solo a nivel del Estado o de corporaciones, sino de más nítidas “maneras de ver” (Berger, 1972), inclusive la “mirada de novia” (Winch, 2013), la “hermandad vigilante” (Elias & Gill, 2016), y “ópticas neoliberales” (Haywood, 2013). El posfeminismo está profundamente implicado en la vigilancia, e incluye también la autovigilancia y la covigilancia. Urgen estudios sobre “miradas posfeministas” (Riley et al, 2016) y nuevas formas de empleo que requiera el posfeminismo (Elias et al, 2016). Las ideas aquí mencionadas de manera breve están desarrolladas por extenso en seis artículos íntegros publicados entre 2015 y 2017, los cuales versan sobre: examinar la nueva imagen del feminismo (Gill, 2016a), la vida psíquica del posfeminismo (Gill, 2016b), la cult(ur)a de la confianza (Gill & Orgad, 2015) y el “feminismo en derecha” (Gill & Orgad, en prensa), la banalidad de la misoginia (Garcia-Favaro & Gill, 2015) y la intensificación de la “vigilancia de belleza” y el yo cuantificado (Elias & Gill, 2016). Referencias Ahmed, S. (2010). The promise of happiness. Durham: Duke University Press. Arthurs, J. (2003). Sex and the city and consumer culture: Remediating postfeminist drama. Feminist media studies, III(1), 83-98.

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Roles de género: ¿estábamos mejor cuando estábamos peor?1 Luis Rodolfo Morán Quiroz2 Si en algo no estuve de acuerdo con mi padre, a pesar de que en muchos de sus otros juicios sí lo haya estado, fue en su afirmación de que “las mujeres no deberían ser feministas, pues les hace más duro su papel de mujer”. Mi desacuerdo estriba sobre todo en que las mujeres deberían ser feministas en un grado mayor de aquel que implica adoptar algunos roles sin dejar el control de otros. Así, mientras que en la época de mi padre se insistía en que los hombres no cocinaban, ni lavaban platos ni hacían la limpieza del hogar y en que las mujeres no debían ser profesionistas de tiempo completo, en esta época en la que vivimos comienzan a borrarse las distinciones en cuanto a las ocupaciones, los espacios y la dedicación temporal que han de asumir los hombres y las mujeres en buena parte de las sociedades contemporáneas. Concretamente en la sociedad mexicana, en especial la urbana y en los estratos de clase media y baja, los roles de género que asignaban el papel de trabajadora del espacio privado a la mujer y de trabajador (o, al menos, habitante) del espacio público al hombre, se han visto cuestionados. Este cuestionamiento se ha visto cada vez menos feroz y más naturalizado desde los años sesenta y setenta del siglo XX. Dicho cuestionamiento, como se dijo, es cada vez menos implacable, aunque ello no significa que esté ausente del escenario: aún hay quienes se oponen airados a la entrada del hombre a la cocina o a la salida de la mujer al ámbito público o profesional con dedicación a tiempo exclusivo. La afirmación de mi padre hacía referencia a aquella época en que las mujeres comenzaban a reclamar el derecho de ser explotadas también profesionalmente, pero en el que seguía reclamándose el espacio doméstico como el espacio de su actuación y control. Así era como podía entenderse que fuera más cansado ser mujer feminista: se les “permitía” salir a ganar su propio dinero y a la vez se les seguía exigiendo que conservaran el control de las actividades de cuidado asociadas a la educación de los hijos y a la alimentación de los miembros de la familia (incluidos los cónyuges, los parientes políticos, los perros, los gatos y hasta el perico). En esa época, lo decían hombres y mujeres, había cosas que resultaban “lógicas”: el hombre debe mantener el hogar o, al menos, ser el principal 1  La pregunta la plantea Umberto Eco (“Si stava meglio quando si stava peglio?”) en el contexto de algunas paradojas de la política italiana de comienzos del siglo XXI en A passo di gambero, Bompiani, Milán, 2006, p. 166. 2  Luis Rodolfo Morán Quiroz es profesor del departamento de Sociología en la Universidad de Guadalajara.

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opini ó n responsable de los ingresos que se convertirán en la posibilidad de asegurar vivienda, vestido y sustento, mientras que la mujer debe saber cocinar, hacer uso de las tecnologías domésticas primitivas como la escoba, el trapeador y el tendedero o relativamente evolucionadas como la plancha, la lavadora, la secadora y la estufa. La lógica implicaba un hombre “protector” y una mujer “protegida”. El primero manejaría el automóvil (además de mantenerlo en condiciones mecánicas y legales y de limpieza adecuadas), le abriría la puerta del copiloto a la mujer, y esta se dejaría atender en el espacio público. El anterior esquema se repetir de algunos, zapatos, perfumes) (aunque fueran de costosa “ingresos propios, cuando el marido le daba “rotegida, sego no signía en los otros contextos en los que hubiera sillas, puertas, orillas de las aceras y otras oportunidades de proteger o de ser protegida, según fuera el caso y el género. Todo muy claro y muy lógico. Las mujeres se daban cuenta lo costoso que resultaba su modo de vivir hasta que se divorciaban, pues se esperaba que asumieran su rol de cocineras o de amas de casa, mientras que el hombre asumía el de pagar las cuentas de servicios, alimentos, transporte, educación y demás gastos domésticos. Entretanto estuvieran casados, resultaba “lógico” que la mujer gastara el dinero del marido en el hogar y que conservara los ingresos propios cuando el marido le daba “permiso” de trabajar en sus propios gastos (aunque fueran de

costosa “representación” como vestidos, zapatos, perfumes). La lógica de la visión de mediados del siglo XX se fue difuminando a medida que pasaron los años y las mujeres conquistaron el derecho o se vieron obligadas a desempeñarse en profesiones que antes les eran vedadas. Si antes se esperaba de ellas que fueran enfermeras y no médicas, profesoras y no funcionarias, primeras damas en vez de políticas, gradualmente aumentó la posibilidad de que sus contrapartes masculinas fueran enfermeros, educadores, esposos de políticas, cocineros. La lógica de los hogares con un hombre jefe de familia comenzó a verse cuestionada cuando las mujeres comenzaron a hacerse notar como cabezas del hogar. No solo resulta que las mujeres serían mejores administradoras, sino que en muchos casos el empleo femenino (formal o informal) acabaría por convertirse en la principal fuente de sostén de familias en las que no siempre había una pareja masculina. Al menos no una figura masculina que pudiera ser lo suficientemente responsable como para asumir un rol estable de “proveedor” principal de los ingresos, aunque solía ser el principal proveedor de límites, catorrazos y de “respeto” ante los demás varones. La presencia del varón, en algunos casos, acabaría por confirmar que las otras mujeres no querían apropiarse del varón ya aparejado, en la visión de algunas de las protagonistas de los conflictos de pareja de la época. Lo “lógico” era tener un hombre de respeto junto a cada mu-

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opini ó n jer, para evitar que otros hombres las acecharan, acosaran, explotaran. Cada mujer, se esperaba, sería explotada solo por su hombre. Cada hombre, por su parte, habría de asumir el papel de figura de respeto (“pues para eso es marido”) ante las demás mujeres y ante los demás hombres. Para algunas personas, lo lógico era asumir esta lógica. Cada quien que se haga cargo de las actividades y los papeles y los deberes que están asignados a su rol. Cuanto mucho, a los hombres se les permitía que “les sudaran los ojos” ante los dramas de las telenovelas, mientras que a las mujeres se les permitía llorar a moco tendido con las injusticias que cometían los galanes de la pantalla con las sumisas beldades que hacían lo posible por conservarse en los márgenes del honor y el amor romántico. Así, a más de abrir puertas y traer dinero, lo lógico para los hombres era que supieran de mecánica, manejaran herramientas, repararan desperfectos y salvaguardaran el honor de las damas bajo su protección. A veces se trataba no solo de la esposa, a la que se le denominaba catedral, sino también de alguna que otra “capillita” a la que le daban su semilla, su nombre y su constante hombría. Lo lógico para las mujeres era soñar con encontrar quién la mantuviera, aunque a veces resultaba que se trataba de algún zángano al que ella había de mantener pasados algunos meses de empleo y de romance. Sin dar cuenta pasaban al desempleo y al desamor.

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La verdad es que los roles han sido tan dinámicos que es poco probable que haya existido alguna pareja, familia, barrio o sociedad en los que las actividades y las responsabilidades de los hombres y de las mujeres estuvieran tan definidos y recortados tan nítidamente como para que no hubiera margen para el traslape entre los conjuntos femeninos y masculinos. Ni siquiera estaría definido el lado del lecho conyugal en que habría de dormir el hombre o la mujer. ¿El de afuera, junto a la ventana, correspondería al varón porque así dictaba la regla al caminar por una banqueta? ¿El de más cerca de la estufa se le asignaría a la mujer porque durante todas las comidas debería hacerse cargo de cuidar la preparación de los alimentos? Este problema de tratar de discernir una “lógica” a veces se convertía en fuente de conflictos entre nueras y suegras, entre ancestros e hijos, pues algunos creían que los acuerdos de las parejas debían ajustarse a determinados roles y los hombres habrían de “ser machitos” y controlar a sus mujeres en determinadas actividades y contextos, mientras las mujeres debían ser “mujeres de hogar” y controlar a sus hombres en las contrapartes. El problema es que los contextos, los ámbitos de control y de dominio de hombres y de mujeres están más lejos, en nuestra época, de una definición nítida e invariable. Por eso, muchos de nuestros contemporáneos se quejan de que los hombres ya no son tan hombres, ni las mujeres son tan mujeres. Mientras tanto, a algunos hombres tam-


opini ó n bién nos da por llorar y no sabemos cómo tratar románticamente a una mujer. De la misma manera, a algunas mujeres también les da por ser independientes en el ámbito profesional y no saber ni calentar una tortilla, para disgusto de suegras o suegros, de padres o madres. Cualquiera que sea la definición que ellos asuman como “lógica” de lo que es ser un buen representante a la antigüita de la maternidad, la paternidad, la hombría o la feminidad.

Oswaldo Hernández

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Mi hija y el horror de Donald Trump Kristen R. Ghodsee1 Traducción del inglés al español de Germán Robles Mi hija cumplió quince años justo cinco días después de la elección de Donald Trump como presidente, lo que se convirtió en el peor regalo atrasado imaginable para esa niña vívida e inteligente que ama las matemáticas y la química. Como feminista y profesora de Estudios de la mujer, creí haberla educado para un mundo donde ella tendría las mismas oportunidades que sus compañeros varones, donde las restricciones sociales que me inhibieron de niña pasaran por alto. En lugar de preocuparse por el ancho de su cintura, Kristiana se dedicaría a sus ecuaciones cuadráticas. En vez de enfocarse en su cabello y su maquillaje, conoció la tabla periódica a fondo y le creó personalidades a sus elementos favoritos: galio e indio. Para muchos estadounidenses, Donald Trump porta el estandarte del desastre para nuestro modo de vida liberal, tolerante. Él amenaza la fábrica moral de nuestra sociedad inclusiva, mientras que yo empatizo con los trabajadores indocumentados, los musulmanes y los reporteros que serán sus primeras víctimas. Como madre de una adolescente tengo miedo por las mujeres y las niñas, sobre todo. Nuestra Primera Dama es actriz pornográfica y esposa de un hombre que usa las palabras “cerdos” y “perros” para designar a las mujeres. Siento horror por el futuro en peligro de mi hija. ¿Acaso mi pequeña algún día me culpará por creer que ella podía ser algo más que solo otra cara bonita? ¿Algún día me odiará por contarle sobre el premio Nobel de Marie Curie por descubrir el radio y el polonio? Supongo que todas las madres sienten culpa por fallarles a sus hijos, pero el 7 de noviembre de 2016, un día antes de los resultados electorales, sentí la confianza de que mi hija viviría sus años de preparatoria durante el mandato de la primera presidenta de los Estados Unidos. A pesar de que inicialmente apoyé a Bernie Sanders, tuve la esperanza de que la elección de Clinton significaría un ejemplo para las jóvenes mujeres a lo largo del país, mostrándoles que hasta el vidrio más distante se alcanza a romper. 1  Kristen R. Ghodsee es doctora por la Universidad de California en Berkeley y profesora en Estudios de la mujer y de género en Bowdoin College. Es autora de los libros: The red Rivera: gender, tourism and postsocialism on the Black Sea (Duke University Press, 2005); Muslim lives in Eastern Europe: Gender, ethnicity and the transformation of Islam in postsocialist Bulgaria (Princeton University Press 2009); Lost in transition: Ethnographies of everyday life after communism (Duke University Press, 2011), y The left side of History: World War II and the unfulfilled promise of communism in Eastern Europe. También es autora de numerosos artículos sobre género, nostalgia postsocialista, sociedad civil y Europa Oriental. Ha obtenido becas de investigación de la Fundación Científica Nacional, la Fullbright, el Consejo Nacional para la Investigación Euro-asiática y de Europa Oriental, del Consejo Internacional de Investigación e Intercambios y el Consejo Estadounidense de Sociedades Ilustradas, así como becas de residencia para la investigación en el Centro Internacional Woodrow Wilson para Investigadores, el Instituto Max Planck para la Investigación Demográfica, el Instituto para Estudios Avanzados en Princeton, el Instituto Radcliffe para Estudios Avanzados en la Universidad de Harvard y el Instituto Freiburg para Estudios Avanzados. Ha sido presidente de la Sociedad para la Antropología Humanística y de la Asociación de Miembros del Instituto para Estudios Avanzados.

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opini ó n Mi padre inmigró al país unos pocos años antes de mi nacimiento. Venía de una cultura patriarcal que trataba a las mujeres como personas a medias, o medias personas. Mi abuela materna era una costurera puertorriqueña con tres años de educación primaria, y mi madre apenas terminó la preparatoria y gastó su vida trabajando como secretaria mal pagada. Mis dos padres me imaginaron como una casada joven y con hijos. Todavía recuerdo a mi padre cuando veía mis calificaciones de la escuela, arrepentido de que su intelecto se hubiera heredado a su hija. “Los hombres no quieren a una mujer inteligente” dijo, negando con la cabeza, “qué desperdicio”. Ver a Donald Trump con su mujer de portada de revista me recordó a mi padre. Regresó la total frustración de sentirme atrapada en el cuerpo de una niña, un cuerpo que él nunca podría respetar. Misóginos como Trump solo valoran a la mujer por su apariencia, luego se deshacen de ellas cuando están todas arrugadas y cansadas. Mi padre, quien se casó con mi madre cuando ella tenía dieciocho, la tiró como a un pañuelo en su cumpleaños treinta y seis, cuando la vio con sobrepeso después de haber dado a luz a dos niños. No puedo imaginarme a Meliana Trump sobreviviendo a los próximos cuatro años sin hacerse las suficientes cirugías faciales como para que ya no pueda mover su rostro en el 2020. Sí, estoy enojada, pero también estoy asustada. Una semana después de la victoria de Trump, en el Colegio Electoral de los Estados Unidos (donde Clinton tiene más de dos millones de votos de ventaja en la votación popular), leímos la novela The handmaid’s tale de Margaret Atwood en mi clase de teoría feminista. Aun cuando la historia fue escrita en 1985, el mensaje distópico tuvo mucho eco en el salón de clases. Atwood imaginó un futuro en el cual el gobierno rescinde los derechos políticos

y económicos de la mujer: un día, las estadounidenses perdían sus trabajos, sus cuentas bancarias eran clausuradas, sus salarios y ahorros eran transferidos a su familiar masculino más cercano. En la tierra de Galaad, las catástrofes naturales y cambios climáticos convertían a las masas de ciudadanos en infértiles, mientras que las mujeres con capacidades reproductivas se convertían en esclavas dadoras-a-luz llamadas “criadas”, a quienes se les prohibía leer, escribir o aspirar a otro futuro más allá de la maternidad. Mis estudiantes y yo discutimos el libro. Algunos de ellos se aguantaron las lágrimas, otros se mostraron furiosos y declararon su deseo de luchar, unos pocos se paralizaron con el discurso. Una mujer joven, quien trabajó durante el verano en varias campañas electorales y que esperaba postularse algún día para un puesto, nos confesó que sus sueños se desvanecieron. “Me siento tan inocente” dijo, sacudiendo su cabeza, “nunca pensé que una discriminación como esta todavía existiera”. El presidente electo de Estados Unidos alcanzó el poder con una corriente de sexismo, racismo y xenofobia que desata una tempestad de odio por parte de los hombres blancos que ven a la mujer, a las minorías y a los extranjeros como responsables de su condición social “débil”. Resulta peor que tantas mujeres blancas hayan votado junto a ellos, anhelando un pasado en el que los hombres mantenían a su familia con un salario decente. Aún hoy temo que tantos norteamericanos prefieran a sus hijas como futuras modelos y actrices en lugar de doctoras o científicas. Mientras todos son libres de opinar, ¿cuánto tiempo transcurrirá antes de que se vuelva a desalentar a las niñas de estudiar “carreras de hombres” como Física o Química? Con la justicia de derecha que se

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opini ó n encamina a la Suprema Corte, ¿cuánto transcurrirá antes de que los conservadores desmantelen los derechos de la mujer? Desde luego que las cosas nunca han sido perfectas en mi país; la discriminación contra las mujeres siempre subyace. Sin embargo, he vivido por largos periodos en Ghana, Japón, Bulgaria y Alemania, y siempre me he sentido suertuda de ser una mujer que nació y creció en Estados Unidos, donde puedo combinar mis dos facetas de madre y profesora sin tener que elegir entre una u otra. Además, el legado del feminismo en la nación fue lo suficientemente fuerte para ayudarme a sobrellevar las bajas expectativas de mis padres. Pero, tal vez, los últimos cuarenta años solo fueron una anomalía. He invertido las últimas dos décadas de mi labor académica en estudiar los altibajos de los derechos de la mujer en Europa Oriental. El compromiso del comunismo por emancipar a la mujer tuvo como respuesta la permisión para que estudiaran, trabajaran y vivieran de igual manera que sus camaradas masculinos. Tengo que admitir que allá las cosas tampoco fueron perfectas. De cualquier manera, todos esos beneficios se borraron enseguida tras la caída del Muro de Berlín en 1989. La repentina convulsión política significó el regreso a las condiciones conservadoras que veinticinco años antes se vivían. Los países donde se empujaba a las mujeres a que fueran Físicas nucleares ahora son exportadores de prostitutas hacia Europa Occidental. Si la elección de Donald Trump representa la misma convulsión tras el colapso del comunismo, no tengo duda del brote de derechos civiles que suscitará. Conforme la democracia del país desfallezca, las mujeres y niñas sufrirán las consecuencias del caos, y aquellos que quieren proteger los derechos de las mujeres se mantendrán en pie y lucharán. En este futuro, el conocimiento de mi hija sobre Química quizá resulte útil.

Ehwey Título: Michelle

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¿Y la Niña? Observaciones personales sobre el sexismo en la música y en la educación musical Charles Nath1 El sexismo… está en todos lados. James Rhodes, pianista Existen muchos estudios y artículos formales sobre el sexismo en la música y en la educación musical. Seguramente son muy valiosos, pero el sexismo ocurre en tiempo real, de persona a persona. Por esto quiero compartir un par de historias personales sobre el tema. Vine de Nueva York a Guadalajara hace más de veinte y ocho años para entrar en la Filarmónica de Jalisco como clarinetista principal y pronto fui invitado a impartir clases de clarinete en el departamento de Música de la Universidad de Guadalajara. En la enseñanza musical las clases son individuales y al final del semestre los alumnos tocan uno por uno frente a un jurado de varios maestros para su evaluación. Los maestros toman notas sobre el desempeño de cada alumno y, después de que todos tocan, consultan sus notas y hablan sobre los diferentes alumnos para estar de acuerdo sobre sus calificaciones. Recuerdo que en mis primeros años en este lugar me llamó la atención que los profesores se referían a los estudiantes masculinos por su nombre, pero cuando llegaba el momento de hablar de una mujer alguien decía: “¿y la niña?” No solamente maestros lo decían, sino también maestras. La expresión se usaba para referirse a mujeres de 18 a 22 años aproximadamente. Esto se me hizo extremadamente raro, ya que me pareció que mostraba una falta de respeto a la mujer. Obviamente las niñas son seres extraordinarios, con pensamientos y emociones como cualquier persona, pero realmente una niña se considera como menos que una mujer. Me imagino que cualquiera de aquellas mujeres se sentiría indignada al saber que los maestros hablaban de ellas como niñas, mientras que se referían a sus colegas masculinos por sus nombres. Confieso que nunca lo señalé porque era sensible al hecho de que yo era extranjero y no me correspondía señalar nada acerca de la cultura en la cual me encontraba como invitado. Además, pensé que simplemente yo era el raro, pero recientemente hablé sobre esto con una maestra europea, quien me dijo que ella lo había notado también en sus exámenes y que le parecía muy extraño, por la misma razón de falta de respeto. Es entendible que un profesor de cincuenta años de edad pensara en los alumnos como niños (yo tengo la edad para ser abuelo de casi todos), pero ¿por qué esta manera de pensar prevalece más respecto de las alumnas? Puede ser igual en otros países, aunque nunca he estado en un jurado en otro país, entonces no sé. En la actualidad en todo el mundo hay más consciencia del sexismo y se nota en la manera de hacer audiciones para plazas en orquestas profesionales: el aspirante tiene que tocar detrás de una cortina y tiene que hacerlo descalzo para que los 1 Charles Nath es profesor en el departamento de Música de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Clarinete por la Universidad Estatal de San Francisco, maestro y doctor en el mismo instrumento por la Universidad Estatal de Nueva York, en Stony Brook. Es primer clarinete de la Orquesta Filarmónica de Jalisco desde 1988.

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opini ó n miembros del jurado no sepan de cuál sexo es por el sonido que hacen sus zapatos al caminar. Obviamente con toda mi sensibilidad, consciencia e indignación que he sentido a veces por el sexismo, yo no puedo ser sexista, ¿verdad? Vamos a ver. Hace unos quince años toqué un concierto de trío de vientos en la mansión de una amiga, en una hermosa sala. Estaban muchos de sus amigos invitados. Estábamos sentados en posición para que mi colega, una exalumna mía, estuviera sentada directamente en frente de mí. Ella es una excelente clarinetista, pero en esa época solía equivocarse en conciertos, lo que me provocaba impaciencia y a veces coraje. En cierto momento vi en su mirada algo de duda y miedo, y por la fuerza de mi mirada (la verdad es que no sé exactamente cómo lo hice) le indiqué en qué momento debía tocar lo siguiente. Al final sobrevivimos el momento. El concierto terminó con muchos aplausos y felicitaciones. Como fue una fiesta grande que se extendió a la casa de un vecino, un par de horas más tarde me encontré con un grupo pequeño de gente conversando; sintiéndome en confianza, mencioné el momento de inseguridad en el concierto (primer error) y dije que sentía ganas de dar unas nalgadas a la clarinetista. Inmediatamente una joven mujer en el grupo, una canadiense, me regañó muy fuerte diciéndome que yo nunca habría dicho eso referente a un colega masculino. Mi primera reacción, como la de cualquier persona que es atacada, y pensando que ella no sabía nada de la historia del grupo, fue de enojarme y resistir. Pero seguí escuchando y pensando. Por fin le dije: “Tienes razón. Gracias por ser honesta.” Encuentro dos puntos interesantes en la anécdota: primero, la mujer expresó su enojo conmigo y me dijo por qué. Esto tiene validez completa y es muy poderoso y positivo (seguimos como amigos después). Sencillamente, ella cambió mi manera de pensar y actuar. El segundo punto es que me siento raro compartiendo algo tan íntimo con otros. Es como una reunión de Sexistas Anónimos: “Hola, soy Charles y soy sexista. Llevo 15 años no portándome como sexista.” La mujer en la fiesta fue honesta conmigo, y quizás si comparto algo con ustedes honestamente, alguien podría reflexionar y cambiar su manera de pensar y actuar.

Ehwey Título: Silvana y María José

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El mundo también se rindió ante su genio Rodrigo Ruy Arias1 El menosprecio hacia la mujer en las historias oficiales de música es irrefutable. Las grandes enciclopedias y los libros especializados descartan a la mujer, priorizando la presencia de los compositores. Es el hombre el que hace los cambios, los movimientos, los estilos en el arte. La mujer tiene un papel secundario. Clara Wieck, nombrada en las historias de la música Clara Schumann (otro soterrado machismo, pues se le conoce más por el apellido del esposo), es visualizada no tanto como la gran pianista —se dice que incluso llegó a ser comparada en su tiempo con Franz Liszt—, ni como la gran compositora —que en efecto lo fue—, sino como la mujer que llevó un romance —a la postre un matrimonio—, con Robert Schumann. Escuche cualquier obra de Clara. Un concierto para piano, las obras sueltas, y descubrirá a una compositora original. Conocedora de los artificios más ocultos de la armonía romántica. Nombres como Kassia (Constantinopla, 810-843/847), Beatriz de Día (ss. XII-XIII), Maddalena Casulana (ca. 1544-1590), Barbara Strozzi (16191677) ¡Demonios! ¡Qué melodías, qué sensibilidad tan profunda! Con Strozzi se evidencia que entre las sonoridades creadas por los hombres y las sonoridades creadas por las mujeres ¡sí hay una diferencia! En las nuevas tendencias de la música —cuyo termómetro son los premios importantes, entre ellos el Pullitzer—, el género es enarbolado en el mundo de la composición por Leslie Basset, Ellen Zwilich, Melinda Wagner, Jennifer Higdon, Caroline Shaw. Todas ellas en el camino de la innovación. México no es ajeno al movimiento femenino en la música. Acá, los nombres de Consuelo Velázquez, María Grever, Otilia Figueroa, y más recientemente Rosa Guraieb (1931-2014), Graciela Agudelo Murguía (1945), Hilda Paredes (1947), Marcela Rodríguez (1951), Ana Lara (1959), Gabriela Ortiz (1964), la ruso-mexicana Nadia Borislova, Julieta Marón y Ana Silvia Guerrero (ambas originarias de nuestra Guadalajara), sobresalen en los universos sonoros de la feminidad. Toca a los semióticos de la música, los grandes semióticos de la música de nuestro país, desentrañar los símbolos de estas sonoridades, que —¡créamelo en verdad, afanoso, dedicado lector!— no son iguales a lo tradicionalmente escuchado. 1  Rodrigo Ruy Arias es profesor del departamento de Música en la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras hispánicas y maestro en Estudios de literatura mexicana por la misma institución. Ha publicado ensayo, cuento y poesía en revistas locales y nacionales. Es autor de la novela Canciones para sirenas parasitarias, del libro de cuentos Pavana para un difunto viviente y del poemario Moi je, en Tretriti (Trauco editores). Correo electrónico: <leverkhun1@outlook.es>. Twitter: @AlterRuy.

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opini ó n ¿Cómo le explico? Mire, por ejemplo, en las melodías de Barbara Strozzi, el lugar común, ese que llevamos a cuestas desde que empezamos a ser melómanos, está ausente. Quizá, a la manera de Borges, oculta en el monasterio de una isla imaginaria, la gran enciclopedia de la música de todos los tiempos albergue entre sus páginas, amarillentas por los siglos y las tempestades, la biografía de los hombres y las mujeres que la historia de la música merece. Por lo pronto, vienen a mi memoria los destellos de una música. Una escala en sextas. La melodía clásica. Estudio en do mayor de Doloritas Páramo. Julio Estrada, desde una página electrónica, comenta que la compositora —nacida en Michoacán en el siglo XIX—, habría influenciado a Rulfo en la creación de uno de sus personajes femeninos en Pedro Páramo. Yo ejecuté su obra, en la guitarra, en un concurso del siglo pasado. Una grata experiencia.

Oswaldo Hernández

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entrevist a

Mujer bonita es la que lucha (parte II y última) Irene Vega (Continúa del número anterior) ¿De qué se encargaba el Comité de Madres? Pues de denunciar las vejaciones, los asesinatos, las muertes, las ejecuciones que se hacían en El Salvador contra los dirigentes sindicales, los maestros conscientes contra los campesinos despojados de sus tierras, que eran obligados a trabajar en condiciones de esclavitud porque tenían que trabajar de sol a sol por unas cuantas tortillas con frijoles y vivían en el campo en socavones. Ellas denunciaban todo eso… En pleno siglo XX… En 1985… La guerra de El Salvador terminó con un acuerdo de paz en 1992, la guerra armada. Porque la situación sigue todavía muy fuerte, aunque ya tiene presencia política en el gobierno el FMLN [Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional]. ¿Entonces el Comité de Madres no era una organización propiamente feminista, sino que buscaban denunciar las atrocidades de las que era víctima la sociedad salvadoreña? Sí. Lo que a mí sí me llamó mucho la atención es que por lo menos en El Salvador, y también en Nicaragua, en Venezuela, tenemos el ejemplo de Rigoberta Menchú; hay mujeres muy aguerridas. Conocí mujeres extraordinarias de lo más pobres económicamente, pero lúcidas: sabían qué estaban defendiendo. Llegué a ver casi ancianas pararse frente al ejército, que iba a reprimir, y decir: “dispárame, dispárame, porque aquí estamos nosotros para defender a nuestros hijos”, a la entrada de sus comunidades pobres, comunidades de casitas de cartón que construían los desplazados por la guerra o el terremoto. Y el gobierno exigía que la gente estuviera como si nada, aunque no tuvieran donde vivir. El ejército llegaba y detenía o mataba a los que estaban luchando para organizarse en el Frente, para que la situación no fuera nada más que llegaran y te balearan, sino que tuvieras cómo defenderte; que fue lo que empezaron a hacer muchos salvadoreños a los que ya no les quedaba otra más que armarse y pelear. Por eso surgió la guerra civil en El Salvador. Allí, como en otros países, fue el pueblo, que ya no aguantaba más tanta injusticia, tanta hambre, tanta marginación; los sindicalistas, los trabajadores también con salarios de hambre, dijeron “pues ya no hay de otra”. Muchos de ellos, no todos en El Salvador, porque fueron diferentes niveles de participación, fueron la gente más pobre, los campesinos, las señoras que trabajaban en los mercados, los que apoyaban al Frente. El Salvador es un ejemplo emblemático de lo que Eduardo Galeano denominó un día “las venas abiertas de América Latina”. ¿Cómo vivió ese país ese momento decisivo de su propia historia? ¿Fueron solo las armas o también el pensamiento decisivos en el proceso del país centroamericano? Yo creo que las dos cosas, porque lo que los llevó a las armas fue el tomar conciencia de que no había otra vía en ese momento más que la guerra. Y mira, lograron por lo menos acuerdos de paz, se paró la guerra; porque hubo un empate entre las fuerzas del gobierno, apoyados por el gobierno de EE. UU., y el FMLN. En la ofensiva final que hubo en esa guerra sacaron del hotel Presidente a los asesores militares

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entrevist a norteamericanos que tenían allí sus funciones y que ordenaban operativos para ir acabando con la población con base en el terror, en el despojo. Ahorita van cerca de 100 000 muertos por la guerra, y la mayoría fueron baleados, decapitados, arrojados a los abismos que hay en San Salvador. Entre todas esas montañas, cerros altos y volcanes que hay en El Salvador, hay una parte que se llama la Puerta del Diablo, que es una barranca que da a una planicie, y allá llevaban a torturar a los dirigentes sindicales de fábricas, de escuelas, a maestros, los decapitaban y los arrojaban al abismo. Bueno, y ahora está el FMLN como partido en el poder… Sí, está en el poder con muchos problemas, porque no creas que significa que automáticamente se crean condiciones ideales, El Salvador fue un país que quedó muy golpeado no solamente a nivel económico, sino también moral, psicológico… En el caso de “las maras”, es gente que nació y creció durante la guerra… Sí, eso generó una cultura de violencia, producto de toda esa gran injusticia. Y esa violencia tiene formas diferentes de aflorar, primero como lo fue la guerrilla, el FMLN, pero después de eso todo lo que queda circundante, en ese mismo contexto social, se manifiesta muchas veces en forma de delincuencia, de robo, de destrucción. Y esto junto con las drogas, con el consumo de drogas, que también enferma a las personas. Si una persona nació en una guerra civil como en El Salvador pues las drogas facilitan que aflore esa violencia. Esta última pregunta, más que ser sólo una pregunta, es una invitación a reflexionar en torno de la guerra, pero más que nada de la forma en que la palabra, el poder de comunicarse, pueden cambiar a las personas y, por consiguiente,

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al mundo. La tomé de Carpeta de apuntes de Michael Ende (1991: 61): La descripción de las atrocidades de la guerra ¿puede aleccionar o incluso cambiar a una persona que ha vivido esas atrocidades de la guerra, sin aprender la lección y sin cambiar? Bueno, aprender… me pregunto: aprender qué tipo de lección y qué tipo de cambio. Lo que yo he aprendido de haber estado cerca de esa guerra, la lección que a mí me queda, es que como humanos en nuestros grados de conciencia social, tenemos que seguir lo que aprendimos de los salvadoreños: la sociedad salvadoreña tiene que ser un ejemplo para nosotros. Los mexicanos podemos hacer algo como ellos, no igual, porque nosotros tenemos nuestro propio contexto, pero ellos son muestra de una calidad humana que pienso que muchos de nosotros todavía no alcanzamos. Porque yo creo que estos movimientos o estas situaciones van al fondo, a lo más profundo de un anhelo de forma de ser como humanos. Yo creo que mucho se enseña con el ejemplo, sin necesidad de decirlo, al llevarlo a cabo lo estás enseñando. Aunque también si uno es maestro, hay que motivar a los alumnos a que investiguen, que no se dejen llevar por una sola línea de información, pero además que procuren estar presentes en los sucesos en los que hay que estar; porque si yo veo pasar una marcha, por lo menos preguntar por qué van marchando o qué están pidiendo, si es justo lo que piden o no. En fin, tiene uno que enseñar no solamente desde el salón de clases, sino también afuera del salón; enseñar, pero con el ejemplo. Epílogo Es casi medio día y la maestra Tere debe continuar con sus actividades, nos despedimos y yo camino hacia mi destino con varias ideas cruzando por mi mente: el devenir de la historia, que nos muestra que la modernidad es un concepto


entrevist a válido tan solo para unos cuantos; lo que la empatía y la solidaridad, esos valores tan despreciados en nuestro tiempo, pueden hacer con la vida de muchas personas, de las que sufren, pero también de las que son solidarias y empáticas, y la lucha de un pueblo por salir adelante aún a pesar de las adversidades, pero sobre todo la fortaleza y la convicción de mujeres que no se arredran ante la injusticia y la muerte que provocan sus gobiernos, sino que prefieren sobreponerse y levantar la voz para continuar viviendo. La mayor riqueza de la humanidad se encuentra en esas convicciones que permanecen ocultas hasta que la tragedia las hace surgir. Y quién sabe si eso profundo, si ese sitio recóndito de la conciencia del que habla la maestra Tere no sea otra cosa que el deseo de crear una sociedad mejor, en la que las personas puedan desarrollarse a plenitud y no vivan con miedo o en la miseria, ni traicionen sus ideales a cambio de unas monedas. Quizás ese sitio sea la aspiración de formar una sociedad de individuos libres, de colaborar en la creación de esa sociedad por la que han trabajado tantos a fin de heredar ese mundo a los que vienen y que estos continúen el legado, pues en ese proceso siempre hay algo por hacer, repensar y aprender. Y cuando las convicciones flaqueen solo es preciso cantar, como La Negra: “¿quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Oswaldo Hernández

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f icci ó n

Dile que entraste a clases de violín Gabriel Rodríguez Liceaga1 I —No muerdas, sonsa; chupa —le digo a Ruth mientras con ambas manos me agarro la mata formando una improvisada cola de caballo, suspendida detrás de mi nuca y a dos de volverse chongo menos estorboso. Ella despega sus dientes de mi cuello que seguro le ha de saber a puro sudor con sal. O a chicle muy masticado porque lleva como cuarenta minutos con uno en la boca, dale y dale. Haciendo pucheros me saca la lengua. —A ver, fíjate si traigo un pelo. Usando uñas me deshago del problema. Coloco la fina cerda color rojohot-nuts en la punta de mi dedo y le soplo como si fuera pestaña de la buena suerte. —Tus pinches greñas no me dejan, Avelina; además ni que fueran enchiladas. Mejor tú hazme primero —me reclama. —Va, me rifo —respondo arrugando cejas—, ¿traes clínex? De un cierre, en su chamarra llena de cierres, saca varios cuadros de papel de baño hechos taco. Yo los uso para despintarme la plasta de labial que traigo en el hociquito. Mi beso queda perfectamente estampado en el pedazo de papel. Ruth se me queda viendo como si tuviera los ojos tapados y una piñata estuviera pendejeando enfrente de ella. Es chida, la Ruth. Mi mera carnala. Bueno, carnala nomás de puro decir porque no nos une la carne ni mucho menos la sangre. Aunque, bueno, a veces nuestros periodos llegan prácticamente al mismo tiempo. ¡Cada mes un final de fotografía! Según mis cálculos en una semana y cacho a las dos se nos va a descongelar el bistec, como dice ella cuando le sale lo camionero. —Pero no me vayas a morder, culera —me advierte y cierra los ojos, sin dejar de masticar el chicle. En su caso no es necesario librarse de engorroso cabello. Ruth trae media cholla rapada. Me le quedo viendo a su cuello, todo lleno de diminutos brillos y apestoso a crema para las manos de a granel. Le encajo mis labios. Succiono con paciencia. Ella se aguanta la risa. Estamos sentadas en una banca del parque enfrente del Hospital Siglo XXI. Ya mero se hace de noche y no va a ser tan seguro estar aquí sentadotas. Pienso en el día: estuvo bonito, me gusta más que haga sol a que haga frío. Pienso en un conejo que vi el otro día en Internet. Me despego para ver si lo estoy haciendo bien, pero ni madres. No hay señal de chupete alguno. 1  Gabriel Rodríguez Liceaga ganó el Premio nacional de cuento “Agustín Yáñez” en su edición de 2015 con su obra ¡Canta, herida! (Paraíso Perdido, 2016).

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f icci ó n —Tu piel es de teflón, me cae —o por lo menos sí es color sartén, pienso y me meto otra vez en su cuello. El chupetón es lo único que nos falta. Ya nos quitamos los chones, nos maquillamos como vampiras, traemos faldas cortas y las medias negras y rotas, nuestros escotes quieren hablar por sí mismos y hasta nos pusimos chingos de pulseras de conciertos a los que ni fuimos, peinados despeinados bien felinos. Brillamos opaco, como dos bolsas de la basura. El chupetón es lo único que nos falta para vernos como dos mujeres vergudas; de esas que se las saben de todas, todas. —¿Avelina, quedaste en algo con Tomás? —Me pregunta. —¡Ese puto! —Le respondo sin dejar de succionar, la voz me sale por un huequito de entre mis labios. —Concéntrate, ándale —me dice Ruth—. El antro abre en media hora. Va a haber cola. —Te dije que mearas en tu chante —digo, ahora sí despegándome del cuello —. No sé qué pedo con Tomás. No sé qué le ves, pinche culero altote y fuertecito. Pues sí, Tomás está altote y fuertecito. Y sí sé qué pedo con él. Me dijo que iría al Bar Uta con sus carnales. Pensando en él le doy un besote ahí mismo en el cuello a Ruth y siento cómo encajo chingonsísimo. La piel se le pone como pollo rostizado al adobo; siento su mano agarrándose de mi falda, arrugándola. Yo aprieto ambos párpados, como si fueran puños de boxeador. Siento dos lagrimitas formándose

en cada ojo. Imagino que Ruth es un Frutsi abierto por la parte de abajo del envase, como nos los bebíamos en la primaria. ¡Ya llovió! Pienso en Tomás, chupo y chupo. Ella, en cambio, ha de estar sintiendo que es una dona de alberca que luego de estar toda arrugada se infla poderosa, lista para salvarle la vida a un ahogado. Me aprieta más fuerte. Gime. —¿Estás mojando el trapo, pinche puerca? —Alcanzo a decirle. —Síguele, síguele… Un chupetón es como el hermano pendejo de un moretón, ¿no? Digo: sangre inútil y atascada en el anillo periférico de la piel. Juro que sentí como si la sangre que hubiera estado vagando por todo el cuerpo de Ruth se viniera corriendo en chinga con tal de formar parte del pedo. Sangre que estaba en sus patas o resbalándose en su cinturota. Sangre que era chapitas en sus mejillas. Sangre de sus venas bicolores que parecen mapa de las vías del metro en ambas muñecas. Ambas cruzadas por las cicatrices de tanto intento chafa de suicidio. ¡Ay, Ruth! Suicidarse es del siglo pasado, no chingues. —Ahistá —grito triunfal y señalando el moretón—. Y hasta con forma de Virgencita del Tepeyac para que no digas. Veo al chupetón en todo su esplendor. Se me figura una mancha de aceite haciendo el muertito adentro de un charco de agua. O algo así. Hoy ando muy pinche inspirada, me la pelan.

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f icci ó n —Te toca a ti, mi reina —me dice Ruth sonriendo y escupe el chicle hacia una jardinera. Pero sigue sin abrir los ojos. II Ruth jura que el cadenero pupilentes de gato cayó redondo gracias a los mordiscos en nuestras pieles del cogote. Yo digo que ni se nos veían entre tanta oscuridad y maquillaje. Mejor deberíamos agradecérselo a mis dos amenas tetas tamaño mano. Par de peritas asoleadas parejo. Ruth está plana. Pobrecita. Aunque sus nalgas sí parecen de maniquí de Izazaga, sobran machitos a los que les den ganas de acampar en ellas. Ahí la llevamos, pues. Si nos arrojaran desde un avión y con paracaídas a uno de esos países de niños con hambre, entre las dos podríamos alivianarles el pedo. ¿Me explico? Equis. Ya nomás había que pagar el cover y la boca del lobo del Uta nos iba a empezar a masticar sabrosón. Suman diferentes ecos en ese lugar conforme trepa una las escaleras. Nos habían dicho que el que se pone jefe es el piso de hasta arriba. Ruth me dice que la espere en lo que va al baño, que ya le anda. A ver si un día no se enferma gacho por andarse aguantando. —Si por alguna mamada nos separamos, aquí mismo te vuelvo a ver —le digo, señalando un graffiti de mujer chacal abierta de patas. En lo que mi chile entra y sale del bendito San Itario aprovecho para verme el peinado en un reflejo que devuelve un espejo cacarizo. Ponen los estrobos y es como si alguien estuviera pestañeando en chinga loca. Bueno, me imagino que ya todos saben cómo se ven las cosas cuando ponen los estrobos. Pues así. Ahistá el puto Tomás rodeado de querubines alados a los que les cambiaron el pañal hace poco. Oscuridad. Tomás saludándome como baboso. Oscuridad. Tomas salpicándome de Bacachá. Oscuridad. Tomás hablando sabrá dios qué mamadas muy cerca de mi oído. —Espérate a que Ruth salga del baño —grito. Él pone cara de guácatelas apenas escucha el nombre de mi amiga. ¡Ay pinche joto! La música nomás no deja de retumbar, chumbalacachúmbala, es como si estuviéramos adentro de un cólico. Tomás me toma de ambos hombros y en eso que llega Ruth. Ni la saluda bien, el mamón. Subimos al piso tres. Ahí están los amigos de este cabrón. Todos valiendo madres nos dan a cada una nuestra chela tibia y destapada. A veces creo que las chelas que los hombres beben nacen sin corcholata. Tomás habla y habla y gesticula y mueve las manos y hace rostros chaqueteros. Parece vieja, me cae. —¿Qué es eso que te brilla en los ojos? —Me pregunta. O al menos eso creo que es lo que me dice. Pinche forma de ligar. Me le quedo viendo a los labios. Cuando por fin se queda callado yo le enseño mi cuello para que vea el chupetonazo que me cargo. Como quisiera decirle que disque nos los hicimos para poder entrar al bar y vernos adultas. Ni madres: nos lo hicimos para ti, guaperas.

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f icci ó n Le doy tragos largos a las chelas que sabrá dios cómo llegan a mis manos. Ruth platica con dos greñudos que ya he visto antes en otros toquines. Se hace la que no se da cuenta que la estoy viendo con ojos de pellizco. ¿Pus qué quiere que haga si Tomás me está hable y hable a mí? Diría que están sabrosos sus labios, pero esas son mamadas de la tele. A mí lo que me gusta de un cabrón es todo él, no nomás su rodilla raspada o el agujero que el expansible le está haciendo en la oreja. —Mi amiga quiere ser tu torta —le digo a Tomás, al chile y acercándome a él seductoramente. —Desde hace rato —me responde y hace como que baila. Sabrá la verga qué oyó que dije. ¡Ah, pinche escándalo! —¿No te laten los tatuajes? —Le digo. Es lo único que se me ocurre. En ese momento nos hacen bola los demás. Ruth baila como tonta y me abraza como si fuéramos dos desconocidas. El lugar se llenó de repente. Hay una bandita de güeyes que se toman muy en serio eso de bailar soltando patadas. Medio nos arrinconamos al lado de la pista. ¡Cómo hay espejos en este lugar! Meto la panza, hago dientes de mazorca para revisar que no tenga frijolazo de lápiz labial y me acomodo la greña. Tomás me jala hacia sus cuates y me da trago de ¿tequila? directamente del pico de la botella. Tequila sabor ñonga. Ruth me avisa que se va a la terraza a fumar chingadera. Le digo que yo paso. Atrás de mí bailan dos gatú-

belas con evidentes manzanas de Adán. Las luces parecen seres vivos. El suelo tiene aspecto de lengua de perro viejo. Las paredes, híjole, son de laberinto resuelto. Le entro chido a una caguama. Fría como las llamas del infierno. Los amigos de Tomás me alburean y él se ríe con ellos. Bebo y bebo. Siento como si sus miradas tuvieran uñas. Ruth regresa y me arrima la cola. Bailamos como gringas una canción de rock en español. Nos rodean Tomás y sus amigos, chiflando y aplaudiendo. Ruth y yo parecemos escapadas de un video musical de negros. Nuestros perfumes dicen chócalas. Qué bueno que vinimos juntas a esta mugre. Le paso mis brazos por alrededor de la nuca, ella se me unta y así embarrada saca la lengua como demonio y yo le agarro las nalguitas de falluca. Chingue su madre: ¡perreo! —Beso, beso —dice alguien agitando el puño y alargando la letra “e”. —Si se besan les invitamos unos jochos —dice otro cabrón. —Bésense, no sean putas. Dejo de bailar de golpe, dando un paso hacia atrás. Ruth se me queda viendo. ¿Ubican cuando entre rola y rola hay segundos de silencio? Pues ese preciso instante fue en el que pasó esto último que cuento. Nomás se oía el grito de beso, beso. Y yo sentí cómo alguien me aventaba hacia Ruth, como cuando entras a un baño de mujeres en un fiestongo y el olor a chis y sangre de inmediato te empuja hacia fuera. Así. Ahora es la sangre de diferentes lados de mi cuerpo la que se

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f icci ó n pone en chinga a juntarse en mi estómago, como si me fuera a salir un moretonazo tamaño Avelina. —Ni madres —dice Ruth meneando el dedito. Pero los culeros nos rodean. Ladran y cacarean y nos salpican con chupe. Ruth les pinta dedo. Entonces Tomás se acerca y por atrás nos toma a las dos del coco. Hace como este movimiento de querer chocarnos las cabezas. De querer acercarnos los labios. ¡Ah cabrón! Ahora soy yo la que dice que nel y a la verga pinches hijos de puta malaleche pendejos del Cetis con sus erecciones todas pendejas. Me pongo a gritar como loca. Hay más empujones y la gente alrededor sigue bailando. Ponen una que se baila a madrazos. Tomás insiste. Ruth le suelta un rasguño y yo aprovecho para escabullirme. Bajo en chinga hasta el primer piso. No quiero llorar porque con tanto rimel voy a parecer la loca de los abortos. Me recargo en la pared, apendejadísima. Me acuerdo que no traigo calzones y siento como si estuviera encuerada. Siento que el chupetón me brilla. En eso aparece Ruth, como entre algodones, y me toma de la mano. Nos alejamos dándole la espalda a la mujer chacal rayada en la pared. III Ya en una hora abre el metro. Estamos en el Sanborns veinticuatro horas que está enfrente del pastelito de las Bellas Artes. La mesera se ha portado banda, como que luego luego agarró la onda de que no estábamos pasando la mejor de las noches. En la mesa de hasta el fondo también hay dos gays que nomás están esperando a que se haga de día. Las teles están apagadas y Ruth y yo no hablamos. Ella lleva rato dormida, recostada encima del canasto de pan y totopos. Yo me estoy haciendo pendeja sorbiendo una Fanta a cuentagotas. Ruth se levanta de pronto. Ve su reloj del celular. Y luego me mira a mí y se cubre la boca como si el primer pensamiento que le cruzara es que tiene mal aliento. Suspira hondo. —Morning —me dice—. Verga me estoy meando. Le miro los labios. —¿Por qué no me quisiste besar anoche? —Le pregunto al chile. —Ay Ave, porque no somos lenchas. —Pero un beso no nos vuelve lenchas. Ruth alza la mano. La mesera no se acerca, pregunta que qué pedo desde lejos. Ruth hace con mímica como que está comiendo a cucharadas una sopa. Yo no entiendo nada. —Mira: no me laten las panochas —me dice exagerando la voz de modorra, como si de deveras le costara un huevo estar viva—, pero si me gustaran… la que se me antojaría es la tuya. El pedo es que si yo me pongo ahorita a mamártela ya no podríamos ser carnalas. Y no quiero arriesgar lo chingonas que somos por sentir rico nomás un rato, ¿capichi? No respondo nada. Amaneció políglota, la cabrona. La mesera coloca un plato pequeño con una cuchara también pequeña en la mesa.

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f icci ó n —Bien congeladas —dice la mesera. Ruth le guiñe el ojo. Toma el cubierto y sin decir ahí te va, me pone el lado cabezón en el cuello presionando salvajemente. —Ay, está helada —alcanzo a quejarme. —Ese es el chiste, sonsa. No te muevas. Vamos a quitarte esta madre. —¡Verga! Ya se me había olvidado el chupetón. ¿Qué le voy a decir a mi mamá? —Dile que entrastes a clases de violín. —Entraste —la corrijo. —Ya sé, tampoco soy tan naca —responde Ruth, masticando un bostezo, presionando la cuchara congelada en mi cuello. Yo pienso: ¿qué sería de nosotras si hubiéramos nacido machitos?

Oswaldo Hernández

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II año - número 4 (género): enero-febrero 2017  

Colaboradores (orden en índice): Cándida Elizabeth Vivero Marín - Alison Phipps - Martha Gálvez Landeros - Eugenio Isidro Gerardo Partida Sá...

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