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Dirección: Abraham Carbajal Fundador: Erick Larrea Comité editor: Eiffel Ramírez, Lucía Palomino, Carlos Escurra, Juan Manuel Matos Portada: Katherine Medina

Facebook.com/revistaelbosque rcelbosque@gmail.com Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nro. 2014-03889


EDITORIAL Sigue el mar en su lugar, originando nuestros instantes más vertiginosos, motivando nuestra exploración en sus aguas, atormentando su frescura y su calidez danzante sobre nuestras sienes. El bosque permanece con sus alces, osos, tigres y algunas serpientes. No hay un Tiresias que logre separar el apareamiento de las especies, por el contrario, los ojos del entendimiento ven más largo y tendido. En cada parte renace una pequeña flor con su auténtica belleza. No necesitamos más, respirar su reflejo o algún eco de su trama, es revivir en ese instante profundo. A ello vamos, a la cadencia, a fundirnos sin nombre, solo un ritmo universal que une todo; solo una necesidad de golpear la ola sobre la misma tierra. La misma bocanada de aire, la misma fuente de nuestra alegría: el mar bravo y las soluciones de nuestros latidos por arrancarle el mejor instante a su reflejo. El bosque duerme, aprovechemos ahora para subir a la montaña, mirar no las estrellas, sino el universo.


CONTENIDO Serpens caput

Bruno Cueva

5

Escena séptima

Moisés Azaña

16

Génesis

Evelyn García

21

Resurgimiento

Ana Carina Díaz

32

Sonidos en la habitación

Gonzalo Solano

33

Pequeño poema de amor

Evelyn García

36

Recuerda que morirás

Lucía Palomino

40

Peeropolis

Eiffel Ramírez

48

Animal distraído por la lluvia

Carlos León

52

Ilustraciones

Katherine Medina

53

Fármacos

Hilsa Rodríguez

56

Fotografías

Hilsa Rodríguez

59

Canción animal

Isabella Portilla

61

Cayó esa moneda

Myrna Cronopio

63

El relojero

Abraham Carbajal

66

Agradecimientos

narrativa poesía

72


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SERPENS CAPUT* por Bruno Cueva

E

stá de más decirles que mis actitudes no tienen una justificación del todo coherente. Mi decisión de no hablar de los peligros que enfrenta la raza humana hoy, puede ser considerada como una aberración hacia la vida y la preservación de la especie. Tengo entendido, casi con certeza fiable, que la gente cercana a mi domicilio, cuchicheaba aquí y allá que padezco de una enfermedad mental fundada en mis supuestas ideas disparatadas de ciertos temas astronómicos. Cuentan, también, que me volví insociable y arisco desde que me echaron del programa de investigación norteamericano OADE (Observación Astronómica para la Detección de vida Estelar), cuyos tratados y métodos de recolección de datos había parametrizado yo mismo desde hace cuarenta y un años. Mi accionar no fue coherente, repito. Sé que era mi deber comunicar los resultados finales obtenidos en las observaciones del telescopio Ptolomeo XIII allá por los finales de los años noventa; sin embargo, confieso en estas notas que guardaré en un compartimiento secreto de este sótano-, que mi intención final radica en la salvación de la próxima repoblación de la tierra, mucho después de la hecatombe desencadenada.


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Iba a ser un esfuerzo inútil ganar la atención de los máximos entes gubernamentales. Desde los primeros pasos en mi vasto periplo cósmico, escuchaba rumores de mi vesania. Con el pasar de los años, mis colegas perdieron el respeto a mis postulados y la seriedad de mi trabajo se vino abajo con las duras críticas vertidas en los medios masivos. ¿Cómo podía yo seguir luchando contra los disidentes? ¿No iba a ganarme más oprobios si me seguía exponiendo? Tuve todas las ganas de ver un mejor amanecer; eso ya no será posible, al menos para mí. Me quedé y me quedaré en silencio, y pondré fin a mi vida con una concentración de cianuro que llevo en uno de mis frascos. Pondré fin a esto, antes que los levantados penetren mi barricada. No hace falta ser un gran matemático para sacar cálculos del lapso que permanezco en el anonimato. Había escrito líneas atrás que los resultados finales de mis observaciones se debieron dar a conocer a la opinión pública —y a los grandes grupos de poder que manejan el capital mundial— en las agonías de los años noventa. Así que será fácil descubrir que estoy cerca de dieciséis años callando esta información vital. Debo contarles, si me lo permiten, las razones de mi autocensura. Estudié astronomía en la Community J. Kepler University en Chicago, Illinois, hasta 1974. Y en uno de los pasillos de la universidad, el destino pareció juntarme con distinguidos colegas. Mi gran amigo, Claudio Rodríguez, entusiasta y escritor de largos ensayos como Otros tipos de


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sentido biótico entre las estrellas y El canibalismo de gigantes ya me había comunicado, con cierta cautela, interesantes postulados acerca del desarrollo de las estrellas con el transcurrir de millones y millones de años; ideas originales de cómo una gran masa de energía determinaba su evolución. A decir verdad, en los primeros compases de sus elucubraciones, no lograba entender el verdadero espíritu de sus afirmaciones; hasta que aquel día -a principios de solsticio de verano- me hizo una seña a lo lejos para indicarme que había descubierto nuevas pistas que lo llevarían a unas teorías aún más profundas de sus observaciones. Ni bien hube entrado a una pequeña sala del observatorio Vesto M. Slipher, Claudio reprodujo una cinta de video. Simón Cunningham e Indrani Abhisheki no movían ni un músculo desde sus asientos mientras yo preguntaba el porqué de la circunspección. Mi compañera, Indrani, intentó advertirme con una serie de mohines y palabras mal articuladas -a causa de su pobre manejo del inglés, cuyas exclamaciones parecían ser atropelladas por modismos de origen indio- que el material estaba a punto de ser decodificado en un televisor analógico. Les dejaré en este compartimiento una edición de las partes más importantes del material. Para cuando el ser humano se recupere del desastre, espero que el formato en el que lo estoy guardando les sea de utilidad.


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(Ruido cacofónico de un dispositivo de una videocámara) «¿Hola? ¿Hola? ¿Ya me escuchas? Asegúrate que tu batería esté cargada». (Una sombra, aparentemente del camarógrafo, tapa el lente por unos segundos y levanta su pulgar, signo de afirmación) «Bien. Es un honor para mí poder dejar este trabajo de investigación en la celebérrima casa de estudios Community J. Kepler University. Son las 00:25 horas de la madrugada del 29 de mayo de 1973 y estoy realmente emocionado por las últimas observaciones de nuestro telescopio espacial. Como podrán saber, ya estoy demasiado viejo para seguir con esto. Este tema requiere de hacer cálculos exhaustivamente precisos y responsables por parte de los investigadores que continúen mis sumergimientos a los abismos nebulares. Este universo vaga lleno de preguntas infinitas como sus dimensiones. Pero vamos de una vez con las novedades». (La cámara enfoca una computadora con un programa de datos estadísticos) «Dado que la mayoría de la comunidad científica ha desdeñado mi esfuerzo, estuve a micras de abandonar mis convicciones hasta que vi esto: Una variación en el comportamiento de un cúmulo de estrellas de la constelación de Ofiuco; en específico debo citar a la gigante naranja, Unuk, ubicada en Serpens Caput a setenta y tres años luz. A un principio, su desaparición repentina recaía en


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conjeturas facilistas, como que su espectro se veía opacado por la interposición de pilares de gas y polvo diseminados de tal forma, que a manera de eclipse, no podía hallarse. Con el correr de las semanas, nuestros ordenadores más potentes revelaron al comité científico que no existían anomalías que explicasen el fenómeno. ¿Cómo puede un astro desaparecer así por así? Su actividad nuclear no se ha visto mermada y sería absurdo inferir que la estrella ha explosionado. He aquí una prueba más que los cuerpos celestes poseen una forma de vida fuera de nuestra comprensión. Sus desplazamientos, de algún modo, no afectarían el equilibrio gravitacional de otros sistemas, si es que se mudan a otros. Este tipo de inteligencia va mucho más allá del razonamiento. ¿Quiénes somos nosotros para decir que ‗vivir‘, significa moverse, soñar, pensar? El factor biótico ha sido tomado como una convención para evitar la intrincada e insondable experiencia de demostrar nuevas definiciones. En pocas palabras, no sería la primera vez que descubrimos que la vida no solo viene en molde de un par de pies y un cerebro, sino de energía misma con voluntad, impermeables a la existencia del ser humano y sus extensiones homogéneas por todo el vecindario cósmico. Señores, que esta investigación no quede aquí. Al igual que en Ofiuco, nos gustaría, que le echen un vistazo a otros ejemplos parecidos. Si están interesados vayan a la videoteca y...». (El video fue editado, omitiendo datos repetitivos y de conocimiento general)


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Después de ver el video más de una decena de veces, llegamos a la conclusión que la voz rasposa pertenecía al profesor J. H. Maxwell. del taller de lectura de radiación electromagnética; fue él quien le implantó ideas a Claudio, y mi amigo, por supuesto, me las implantó a mí como un huésped oscurantista. El reto de continuar el trabajo de Maxwell suponía retraernos un poco de la comunidad científica, puesto que gran porcentaje de estudiosos que seguían cada paso del profesor, refutaban sus esfuerzos de mejorar sus postulados de entrega trimestral. Es una lástima que un paro cardiorrespiratorio haya puesto fin a sus deseos de vernos triunfar en este campo y fundar el programa OADE en junio del año 1975. Hasta hoy me causa mucha extrañeza de cómo Claudio Rodríguez consiguió una financiación por parte de la universidad y otras instituciones privadas de más de $300 millones en menos de once meses. Logramos, entre los cuatro, la construcción de un observatorio astronómico más grande que el de Vesto M. Slipher y supervisamos la distribución viga a viga. Rodríguez se nombró a sí mismo director general del programa; Indrani, jefa de investigación y aplicación de teorías; Cunningham, analista de resultados y yo, jefe de mantenimiento de software y métodos de recolección de datos. A su vez, pusimos en órbita el telescopio espacial Ptolomeo XIII con éxito. Nuestra primera misión consistía en ‗quemar‘ una a una las refutaciones. Por ello, Indrani tuvo la idea de efectuar


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nuestras observaciones de la constelación de Ofiuco mediante detección de rayos infrarrojos. Con esta tecnología, fuimos capaces de demostrar que Unuk no estaba siendo difuminado por pilares de gas o nebulosas errantes. Por su parte, Cunnigham envió un mensaje a Community J. Kepler para que su portavoz comunicase los resultados en una conferencia de prensa. Empero, a partir de esa época nos enfrentamos a un misterio que a la postre, terminaría por dividirnos como equipo: ¿Puede la energía de una estrella desaparecer? ¿Cómo demostrar que, según Maxwell, puede existir un factor decisivo que otorgue facultades a los gigantes cósmicos de borrar su rastro o simplemente de viajar a otros sistemas? Pasaron tres años para obtener una pista más. Encontré a Abhisheki sentada en uno de los sofás de la biblioteca leyendo un libro de teoría llamado Otros límites de Chandrasekhar; con sus largos dedos tecleaba en su ordenador portátil una serie de ecuaciones. Me dijo, luego de unos segundos de concentración, que podía demostrar que existía otra realidad resultante del colapso gravitatorio de una enana blanca (algo diferente a un agujero negro o una estrella de neutrones). Explicó sin muchos rodeos que puede haber un tercer resultado posible: Una estrella caníbal. Y la verdad, yo me reí mucho con la primera impresión. Sin embargo, luego me mostró una serie de pruebas y tuve que ofrecer disculpas por mi atrevimiento. Ella me mostró en su ordenador todas


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las posibles regiones del espacio en donde se daba este fenómeno. A un tempo pausado, señalaba que la principal diferencia con un agujero negro, era que estas estrellas caníbales no podían ser detectadas por su radiación sino únicamente por sus efectos. Aseguraba también, que luego de hacer el gran esfuerzo de absorber la energía nuclear de otros cuerpos, volvía a aparecer como un remanente y expulsaba energía igual a la obtenida por los astros canibalizados. Este habría sido el salvaje destino de Unuk. Digo, con toda seguridad, que a partir de aquí empezaron los problemas. Reconozco que me volví un obsesionado con el tema. Revisaba los datos de la sonda espacial a altas horas de la noche. Cuando Indrani leía más teoría para complementar su información, no era nada cordial y le quitaba el material para que me ayude a interpretar más datos. Hasta que una tarde decidí que esta información debía ser compartida al mundo exterior y figurar en todos los libros de ciencia. No soporté y llamé con mi sopor enfermizo al portavoz de la universidad sin medir las consecuencias. ¡Casi tumbé el esfuerzo de mis compañeros! Necesitábamos seguir observando el firmamento para corroborar nuestras ideas y lo eché todo a perder. Nuestra información era tan ínfima que mi aparición en la conferencia fue una puñalada profunda a la seriedad del programa. Prometí no volver a hablar. Claudio me quitó el saludo y no era para menos; y no fue hasta el año 1999 que observé unos datos en la computadora matriz que


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me llevaron a dejar estas anotaciones. Una noche de octubre de ese mismo año, me disponía a realizar mi rutina en el área de recolección de datos cuando pude confirmar lo que mi compañera ya me había anticipado: Una estrella caníbal surgió a poco menos de un año luz de Serpens Caput. Si las afirmaciones de Indrani eran confiables al ciento por ciento, los más potentes ordenadores -donados por el proyecto SETI con el patrocinio de la NASAdetectarían en tres o cuatro horas la energía expulsada por esta estrella teórica y posteriormente, trazaría una línea de su aparente trayecto por el espacio. Fue el esfuerzo más grande mi vida mantenerme callado toda la madrugada, por lo menos hasta que algo tangible aparezca en el software. Casi llegada la mañana y con un sol que apenas penetraba el recinto, conseguí identificar un fenómeno nunca antes estudiado. Detecté una potentísima radiación que viajaba a poco menos de la velocidad de la luz y tras hacer los cálculos matemáticos de rutina se confirmaron mis lóbregas sospechas: ¡Tal fuerza de los dioses pasaría en dieciséis años a pocos miles de kilómetros de la órbita terrestre! Me levanté del asiento de cuero con tanta zozobra que tropecé y reventé la cafetera. Mis compañeros se despertaron por el ruido e inmediatamente les expliqué mi descubrimiento. Simón tuvo que sostenerme la mano para que mis clics fueran más precisos. Una vez vista la muestra, Claudio sostuvo que podía haberme confundido con una lluvia de meteoros del mismo


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radiante. ¡Pero no fue así! ¡Juro que vi lo que les cuento! Por más que amenazaban con echarme del programa si daba conclusiones apresuradas, decidí lanzarme a hablar a los medios y como era de suponerse me cerraron las puertas por mi reputación. Y cuando pedía a decenas de colegas que adopten mis ideas y las hagan públicas con el fin de armar un plan de contingencia ante la inminente amenaza, se alejaban mirándome como un orate. Sin trabajo, con mi honor venido abajo y gente que perdió el respeto por la ciencia, me refugié en este sótano. La soledad se volvió una costumbre y no es que me afecte tanto; lo que me da lástima es que ninguno de mis compañeros logró detectar el electromagnetismo proveniente del radiante de la constelación de Ofiuco. Hace tres días que aquella fuerza del universo viene marchitando poco a poco todo indicio de vida terrestre. Pero lo más terrible es que sepan en forma de qué vino. ¡Imaginaba consecuencias mucho más misericordiosas! Al encender el televisor, vi los efectos lóbregos que derramó ese remanente. ¡Los muertos volvían a la existencia y se liberaban de sus tumbas! Esos levantados caminaban entre los vivos y devoraban todo tipo de viandas. Son tan voraces que cuando hubo déficit de alimentos comenzaron a irrumpir en las viviendas para comer carne humana. Y hoy, al asomarme a mi ventana, distinguí a varios cuerpos erráticos dirigirse a mi casa. Uno de ellos, parece ser el profesor Maxwell. Ofiuco, hijo del dios Apolo, levantó a los muertos como en la leyenda


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griega. No me queda más que escamotear estos apuntes. Llegó el momento de beberme el cianuro.

*Título del libro de cuentos que actualmente prepara el autor, cuya temática se centra desde el punto de vista científico.


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ESCENA SÉPTIMA DESCANSO ETERNO Por Moisés Azaña

Acto I

Qué sucede si una casa se cae si se derrumba a pedazos si el techo sucumbe ante la mirada de todos y nadie puede hacer nada nada ni la oración ni el ruego ni dios nadie logra impedir que se caiga


Acto II

Tiembla la casa desliza su odio bajo ladrillos sin dientes y hay gritos en las columnas y corazones en las botellas que alguien abandonó en el techo y los pies corren por salvar sus zapatos entonces sabemos que todo es inútil en este paraíso de humanos viejos ornatos esculpidos en forma de perros aquí allá los años de mordedura han carbonizado la sala los almanaques las ausencias y continúa despedazándolos el océano entra a las habitaciones carcome los sarros ensucia la grasa


todo es cucaracha y tiempo enmohecido la casa va cayendo como caen los abismos casa abismo casa tus ojos son un pedazo de alquiler habitada en esta avenida sin escaleras cuatro millares de azulejos bolsas de costillas / de polvo toneladas de relojes que la ventana que la puerta que los pasadizos que los baños que habría que doblar los fierros desvestir la armonía vestida de impureza Y los sudores se escapan como se escapan las cárceles de los hombres quieta en sus años no podemos hacer nada para no verla venir abajo


vamos quedando solos en esta avenida que nunca estuvo con nosotros y ya no jugamos a las pelotas y ya hemos dejado atrás los trompos los dinosaurios los antes de cristo y esta casa es carcomida por paraísos de los que nunca nos hablaron

y las canicas son juegos pleistocenos cae por pedazos y uno se pregunta si más bien no es uno el que cae cae cae la casa se cae como también han caído los naufragios de éxtasis a vacío


de abajo arriba fantasma por fantasma Y solo te queda mirar espectador de falsedades a esta verdad que te arroja entre sus plantas y la vida cuesta y la vida duele violenta inundaciĂłn de gestos olvidados terrible monotonĂ­a crucificada en un instante y estamos todos ocĂŠanos elefantes desperdicios todos dios barcos naufragios soledades todos condenados a vivir


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GÉNESIS de Evelyn García

CAPÍTULO I SAN MARCOS1 / (CAJAMARCA) (1872 - 1879)

SHITAMALCA

Dice Rosa Espinar: Llego con mi padre a la Feria Pecuaria del pueblo de San Marcos. La feria parece un inmenso hormiguero donde los campesinos de los caseríos aledaños se encuentran, se saludan, donde distintos grupos cercan a los vendedores de ganado. Hemos venido a comprar un buey. Mi padre va adelante y yo voy siguiéndolo con mi madeja de cabellos rubios cubriéndome la cara, lo que no me impide notar las miradas codiciosas de los hombres que me rodean, los codazos que se zampan entre ellos, lo que no me impide escuchar los silbidos que se echan para pasarse la voz, los cuchicheos llenos de malicia. Las trenzas que usan las chinas de mi edad me hacen doler la cabeza, por eso mis papás me permiten 1

Los topónimos, palabras en quechua, cajamarquinismos y coloquialismos que están en letras cursivas remiten al lector al diccionario situado al final del libro.


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llevar la pelambre al viento. En Shitamalca, el caserío donde vivo, todos somos rubios y yo no llamo la atención, pero aquí, en el pueblo de San Marcos, los cholos se ponen arrechos solo de verme; me dan ganas de reírme, pero mantengo el rostro serio. Los vendedores de ganado nos llaman de todos lados, los vecinos nos muestran fajos de billetes, talegas llenas de monedas: parecen creer que mi padre me ha llevado a la feria para ponerme a la venta. Nos detenemos frente a un joven alto y fornido, su cabello es negro y brillante como la laguna que rodea el infierno. Sus ojos, enormes y verdes, descansan sobre sombras profundas. Su piel tiene el mismo color del cielo en las tardes de verano y su boca, de labios finísimos y de comisuras suaves y burlonas, parece la de uno de esos pumas que viven en los montes. El joven ha puesto a la venta una magnífica pareja de bueyes. Papá le hace una serie de preguntas, a las que él responde de una manera rápida y mecánica, más atento a los detalles de mi rostro que a las palabras que escucha. Tiene las pupilas dilatadas y ha abierto los ojos todo lo posible. Nunca he visto que nadie me mire de esta forma, parece estar a punto de saltar sobre mí para devorarme. Harto de respuestas incoherentes, mi padre se da la media vuelta con la intención de largarse, pero el joven enseguida nos enumera, una tras


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otra, las dizque maravillas de su ganado. Nos cuenta tales historias que deja a mi padre boquiabierto y patitieso. El mercader me guiña el ojo, mientras se muerde los labios. Yo le saco la lengua despacito, y, sin dejar de observarlo, le sonrío. El joven se llama Pío Bautista. ―Es un macho muy fuerte –dice, señalando a uno de sus bueyes, pero estudiándome con descaro–. Sí, es fuerte, trabajador, dócil y sano, ¡se lo dejo en ocho pesos en centavos de cobre!, ¿qué dicen?‖ Mi padre acepta comprar el buey y Pío nos pregunta cuáles son las señas de nuestra casa, quiere llevarnos el animal y visitarnos luego con los mejores ganados. Nos despedimos con prisa: le explico al joven que tenemos que ir al cumpleaños de una tía que vive en el mismo centro del pueblo. Cuando nos alejamos, Pío nos contempla con tristeza, ¡no se conforma! Mi papá me susurra: ―¿Y tú qué dijiste, Rosita? ¡Ya lo hice tonto a este viejo! ¿Crees que no me di cuenta de cómo te cortejaba? Pero no te lo reprocho, sé que ese tal Pío ha juntado un dineral vendiendo el ganado que trae desde Río Seco. ¡Sí, Rosita, si quieres un poco a este pobre viejo, harás lo posible para casarte con él!‖ Pongo mala cara, pero no le digo nada, así creerá que me someto sin ganas a su voluntad. Caminamos hasta la feria dominical del pueblo, donde consigo una buena provisión de bizcochos cuadrados


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y caramelos de coco, que mi tía Paquita recibe, saboreándolos de antemano. A pesar de que es su cumpleaños, insiste en arreglarme ella misma: me embute en un vestido nuevo, me jalonea el cabello hasta tejerme un par de trenzas y me cuelga de las orejas dos pesadísimos pendientes de plata, cosa que cuando bajo con ella al patio empedrado de su casa, donde se realiza la fiesta, me siento horriblemente incómoda. Hay un conjunto de música típica que toca huaynos, marineras y cashuas. Ocupo una de las sillas destinadas a las señoras y al otro lado del patio, rodeado de amigos, descubro al famoso Pío Bautista. Él me mira con ese arrobamiento suyo tan ausente, tan de otro mundo. Cualquiera diría que está dentro de una campana de cristal, que nadie puede tocarlo. No se sorprende de verme. Me doy cuenta de que ha venido a la fiesta precisamente para eso, pero, ¿quién ha podido avisarle?, ¿acaso me ha seguido? Sus amigos, en medio de risas, le sirven un gran vaso de chicha de jora que él seca en un dos por tres, sin dejar de taladrarme con sus ojos de puma. Se nota que ninguna casa de San Marcos le está vedada. El redoblantero empieza a tocar un huayno, le siguen las quenas, luego el bombo, los platillos, las tablas y el güiro. Entonces, Pío levanta la parte delantera de su sombrero con el afán de palanganear y darse ánimos; veo que se cruza su poncho


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color habano y ya lo tengo aquí, frente a mi silla. No levanto los ojos del piso y me quedo contemplando sus botas negras. Estoy temblando un poco y no quiero que este hombre se dé cuenta. Él pone ante mis narices un pañuelo bordado con hilos de colores para invitarme a la danza. El pañuelo es tan huachafo, que miro a Pío a los ojos y reviento de la risa en su cara. ―Lo sé, Rosita –me susurra Pío–, le sobran dos o tres colores, pero es de la mejor calidad.‖ Acepto el pañuelo y nos encaminamos al centro del patio empedrado, bailamos junto a la pileta verde, llena de peces. El cholo ha sacado otro pañuelo de su bolsillo y lo mantiene alzado con ambas manos sobre su cabeza. Se da vueltas a un lado y a otro, verlo bailar es mi encanto. Baila tan bonito, que los chicos que lo rodean imitan sus movimientos. Lo más curioso es que no suda como los demás cristianos. Yo, para escándalo de los asistentes, muevo las sequichas, me contoneo, zarandeo bien mis fondos, no quiero ser menos. Pío me observa con la boca abierta sin poder creérselo, se acerca a mí, resoplando como un toro y yo le barro el rostro con el pañuelo. Todos se ríen con nosotros. Él se arrima un poco y me susurra: ―¿No te parece demasiada coincidencia el habernos encontrado aquí?‖ Quizás, después de todo, sí fue una coincidencia, pero le respondo sin dejar de zapatear: ―Yo no creo en las


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coincidencias, ¡creo en el destino!‖ Pobrecito, qué cara ha puesto, ese fue el tiro de gracia. Para tranquilizarlo, le invito unos caramelos de jalea de membrillo que he guardado en mi cinto; noto que le tiemblan las manos, como si estuviera agonizando. Con las justas me recibe los dulces, se ha puesto más rojo que mi vestido color sangre. Me hace señales secretas, levanta la mano derecha hacia el cielo, lo que quiere decir: ―¿Me aceptas cinco bailecitos más?‖ Yo en respuesta muevo un poco el sombrero y como eso equivale a un ―sí‖, Pío se pone la mar de contento, baila a todo dar. Adoro sus labios de gato mimado. Me sonríe y me manda un beso. Me gustan sus ojos de menta, de menta con manchas marrones. Termina el sexto baile y nos separamos un instante a beber chicha. Escucho que Pío les dice a sus amigos, mientras se apoya bromeando en el respaldar de una silla: ―¡Ah!, ¡qué chica esta!, ¡me ha hecho patalear!‖ Los amigos, que están zampados hasta las orejas, lo acogen, le quitan el sombrero y le gritan: ―¡Lo más te nos desmayas, cholo!, ¡la gringa esa te ha partido en cuatro!‖ ―Sí, ¡me ha quitado el resuello! Pero en los siguientes bailes… ¡van a ver cómo la doblego!‖, y aquí Pío me guiña un ojo, sus comisuras de puma parecen bailotear en el aire. Le sirven otro vaso descomunal de chichita de jora y se va derecho hacia el conjunto de músicos, les pide que se


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echen un huayno de matrimonio y me saca a bailar. Me barre la cintura, las caderas, las piernas y los pies con el pañuelo, me hace hartas cosquillas. A veces, los queneros dejan de tocar y se echan unos versos: ―Por aquí y por allá has venido, mosquita de oro, / dejando en llanto a tu padre y a tu madre. / Vamos, vayamos a nuestra casa nueva, mosquita de oro, / confundiéndonos, perdiéndonos en el camino; / por el sendero, voy llamándote, voy nombrándote: ―hermana mía‖, voy diciendo, voy cambiando nuestros nombres y apellidos.‖ El cajero es más que bueno, cambia de ritmo y los otros músicos lo siguen sin problemas, ¡hasta la niebla se disipa con su enorme destreza! Mi tía ordena a sus semaneras freír varias presas de cuy, ¡el olor está buenazo! Pío baila incansable, tiene los ojos de un hipnotizado, sus ojos parecen descubrir cosas que los demás no pueden ver. Levanta las dos manos al cielo, lo que significa: ―¿Me aceptas diez bailecitos más?‖ ¡Quiere que esté con él toda la noche! Iba a consentir, cuando se me ocurre una gran idea. Quiero engancharlo de una vez por todas, así que le digo que ―no‖ con el sombrero, y, con el fin de hacerlo patalear de veras, le susurro: ―Ten tu pañuelo, gracias. Ya me cansé.‖ Me mira como si no acabara de comprender. Al ver que no reacciona, le cuelgo el pañuelo en el hombro y lo dejo ahí parado, lo mismo


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que un poste. ―Dios contigo y Dios conmigo –le susurro–. Gracias por invitarme…‖ ¡Tiene que funcionar! A eso de la medianoche, el bailongo termina y mi tía insiste en hospedar a sus invitados en la planta baja de la casa. Nos hace pasar a una sala no muy grande, donde nos echamos a dormir, algunos sobre sofás, otros se desparraman por el piso, envueltos en frazadas y pieles de carnero. Pío y yo alcanzamos a sentarnos en sofás, el uno frente al otro; mi tía Paquita apaga todos los lamparines y la sala es invadida por la oscuridad y por la luz de la luna. Me envuelvo bien en mi colcha, me apoyo en el respaldar del sofá y acerco mi rostro al de una señora que está a mi lado, ya roncando. Me hago la que voy a dormir, pero, con el rabillo del ojo, observo a Pío, que ha posado su nuca sobre el sofá. Me contempla abiertamente. Su piel se ve tan blanca en medio de las brumas que parece hecha con retazos de luna. Sus cabellos son aún más negros que mis intenciones. Su perfil me hace recordar una estampa que vi hace años en la casa de mi tía: un principito, sorprendido por la noche, se había quedado dormido sobre la hierba en el claro de un bosque; estaba rodeado por muchísimas hadas de color azul que lo protegían con su luz. Una de ellas estaba a punto de despertarlo con un beso. Los ojos de Pío


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relampaguean como si fueran los rescoldos de una antigua hoguera. ¿Cuánto tiempo hace que estamos así, en silencio, a oscuras, mirándonos el uno al otro? ¡Qué ganas de cruzar de puntillas la sala para besarlo! Con todo, él y yo permanecemos quietos, como dos estatuas, contemplándonos. Ninguno de los dos es cobarde y, sin embargo, ¡el amor se parece tanto al miedo! Desde afuera nos llega el estribillo de un carnaval, cantado por una muchachita: ―¡Qué trabajo, vida mía!, / el poder y no poder, / tener el agua en las manos / y no poderla beber.‖ Pasan las horas, ni Pío ni yo cerramos los ojos como los otros invitados al baile. Nos vigilamos mutuamente. Ardemos de ganas por tocarnos, pero no lo hacemos. Seguro piensa que lo aborrezco, ¡me he mostrado tan indiferente, que lo he paralizado! Apoyo mis manos en el sofá para erguirme un poco y verlo mejor, pero, como me ocurre a menudo, los huesos de la muñeca izquierda me duelen de una manera espantosa. Lanzo un pequeño gemido que sólo Pío escucha. Me froto la mano y la abro y la cierro, con la esperanza de encontrar algún alivio. En un ángulo de la sala, una joven que duerme con la falda medio alzada para llamar la atención se pone a llorar en sueños, como una niña. Una sombra acude de puntillas a consolarla. Pío y yo seguimos observándonos, ¿en verdad está


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ocurriendo todo esto o solo me lo estoy imaginando? Quizás Pío puede leerme la mente, porque hace algo que borra todas mis dudas: se frota la muñeca izquierda y separa y junta los dedos de la mano varias veces. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? Los rayos del sol se cuelan como ladrones por la ventana. En unos momentos, Pío se levantará y se marchará de la casa, ¡tal vez nunca lo vuelva a ver! Susurro con un hilo de voz: ―¡Pío, por favor…! ¡Ven aquí!‖ Él cruza como un gato la sala y se sienta a mi lado sin hacer ruido. El corazón se me desboca como un caballo embravecido. Él entierra sus dedos entre mis cabellos, veo su sonrisa de puma a unos centímetros de mi rostro. Me besa en la mejilla y me dice al oído algo tibio e inesperado: ―Rosita, mi vida, ¿quisieras casarte conmigo?‖ Por toda respuesta, lo abrazo muy fuerte y beso con furia sus labios finísimos. Él trata de calmarme, pero al mismo tiempo lleva una de mis manos a su pecho: su corazón late más aprisa que el mío, sus ojos verdes brillan y están muy abiertos. Se acerca otra vez a mi rostro y me susurra al oído: ―Hoy, a primera hora, hablaré con tus padres.‖ Me besa en la mejilla nuevamente y me pone uno de sus anillos. Luego, antes que el sol bañe por completo la habitación, vuelve despacio a su sofá y se queda profundamente


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dormido. Una sonrisa le bailotea en los labios. ยกSe parece tanto al principito de aquella estampa!


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RESURGIMIENTO por Ana Carina Díaz

Del mismo sentimiento ancestral de amor por un país Del brotar del alma la rabia ante la indiferencia De la esencia sensible, de ese luchar por un lema De ese mismo sentir nació un poema Esa antigua lucha nunca reposa dormida Siempre busca renacer, incendia el espíritu De pronto me dice levántate que hay veinte motivos Que hay veinte y más libros cautivos Hay hambre de saber y tu raza no fue estéril Plantó sabiduría que hoy se extingue El desconocimiento la empobrece Heredera nuestra no dejes que triste en el olvido cese La grandeza de la tierra que te vio nacer No volverá si la hermandad de su gente se pierde Aquellos hermanos tuyos te piden que no los abandones Llévales saber, que cese ya la indiferencia de tantas generaciones


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SONIDOS EN LA HABITACIÓN por Gonzalo Solano

En Huarochirí habían llegado dos hermanos limeños por un corto periodo de tiempo, por vacaciones, se alojaron en una pequeña casa alquilada; cada uno disponía de un cuarto propio. En la primera noche luego de conciliar el sueño, a altas horas de la noche, en la madrugada; el hermano menor escuchaba un sonido extraño: ¡uuuma!, ¡uuuma!. Entre sueños lo escuchó durante tres noches seguidas, sabía que provenían de su habitación; pero no sabía exactamente el lugar preciso ni cómo ni por qué. En la cuarta noche el mayor decidió dormir también en aquella habitación o, mejor dicho, permanecer despierto, así fue, notó un sonido: ¡uuuma!, ¡uuuma!, es más, notó que provenía de debajo de la cama. En la madrugada fueron ambos a dormir en la habitación del mayor. No tuvieron ningún problema. A la mañana siguiente fueron a hablar con el dueño de la casa, pero no lo encontraron; al regresar encontraron a un vecino que ya conocían y siempre era muy amistoso que no dudó en entablar


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conversación con ellos y sin querer le contaron lo del sonido: ¡uuuma!, ¡uuuma!. El vecino parecía que recordaba algo, pero al mismo tiempo su actitud amistosa cambió; ya casi no quería hablar ni responder las preguntas que le hacían: ¿quién vivió allí?, ¿cómo eran los vecinos? Solo llegó a decir ―uma significa cabeza en quechua, pero lo dijo en un tono pensativo. Luego dio media vuelta sorpresivamente y sin despedirse caminó a paso veloz con el rostro casi pálido de la impresión. Los dos hermanos se miraron sorprendidos. Al llegar a casa el mayor decidió que había que cavar donde estaba la cama; el menor al comienzo se negó por miedo a lo que encontrarían pero luego aceptó. Cavaron un metro y no encontraron más que tierra, cavaron metro y medio y estaban muy cansados; solo hallaron un chullo, pensaron en dejar el trabajo, pero el menor sin querer hunde la pala y escuchan un sonido como de roca: era un cráneo humano, lo desentierran con las manos y lo sacan. El vecino estaba a punto de llegar a la casa y les contaría todo lo que sabía: la historia de un hombre mayor que provenía de la sierra central que después de ser abandonado por su esposa, se suicidó colgándose de su habitación; el dueño decidió enterrar el cadáver


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en la misma casa para que nadie se entere de lo ocurrido, de lo contrario nadie querría alquilarla; pero decidió colocar el cuerpo despedazado en diversas partes de la casa por razones desconocidas; además se decía del dueño que era una especie de brujo malero. Al llegar a la casa encontró la puerta sin seguro; pero decidió entrar hasta la primera habitación que vio; lo que encontró fue más que aterrador: en el suelo los cadáveres de los hermanos con el rostro y el cuello ensangrentados, rastros de sangre que continuaban emanado del cuello; además en el pecho huellas de dientes como si hubieran sido desgarrados. El vecino quedó paralizado de terror y pálido de miedo, no obstante, no había rastro de arma. Solo se escuchaba un sonido extraño de aquel agujero de un metro y medio de profundidad que gritaba cada vez más fuerte: ¡uuuma!, ¡uuuma!


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PEQUEÑO POEMA DE AMOR Por Evelyn García

Para T. T. Dios es visible a través de tu cuerpo Tu cabello es un bosque de pilares negros Tu rostro, un lago donde la luz se empoza Tus dientes, una media luna callada Tu cuerpo, un país salvaje, donde la noche graba sus misterios Tu cuerpo está hecho de vino mezclado con estrellas Tus brazos son dos columnas que sostienen el mundo Tus piernas, dos escaleras de ébano que conducen al cielo Voy a beber la luz que fluye de tu cuerpo; voy a beber tu alma, gota a gota; la alegría que se desprende de tus labios como un haz de luz. Tu cuerpo es solo un espejo en el que Dios se mira, una fortaleza que mi alma asedia, el despeñadero donde mi sed naufraga.


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Mi alma te ha visto ya en medio de la tormenta y ha querido evitar tus escollos, inútilmente. En el fondo de tus ojos, hay dos tigres que me acechan, en el fondo de tu boca, un cofre lleno de perlas. Tu rostro es una playa que me separa de la muerte Tus ojos estallan dentro de mi pecho Tu risa explota en el universo primigenio Estás aquí y no estás, estás dentro de mi pecho. Estás en las nubes, en el sol, en la luz. ¿Cómo puedes retener la noche en tus ojos?, ¿cómo puede nacer el día en tu boca? Tus ojos son dos cuervos negros Que sobrevuelan el mundo Y que, de noche, van a cantar a los dioses sus secretos. Son dos serpientes escondidas en el fondo de un canasto lleno de orquídeas. Tus ojos vierten hechizos en las almas de los hombres. Tus ojos se han llevado mi alma, tus cejas la han aprisionado. Tus ojos están más dentro de mí que mi propia alma Estás en mí, tus ojos están repletos de mí, se han bebido completa mi alma. Tu boca es la puerta del Paraíso, la llave que abre el Infierno. Tus piernas son más hermosas que una escalera llena de ángeles


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Tu boca es una zarza ardiente que brilla en el desierto de mi vida Árbol fatal del paraíso terreno Si tu luz se filtrara en el Limbo, las almas volarían al Cielo Si tu luz brillara en lo alto, los demonios dejarían la tierra Bajo tu piel ha acampado el sol y ha avivado las llamas que corren por tus cabellos Tus ojos vuelan asustados como bandadas de palomas Tu figura luce desnuda en medio de la bruma del mundo. La luna se duerme en tu rostro, a la medianoche. (Otoño de 2014)


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POEMA Podrán pasar miles de tardes Y jamás accederé al secreto Que está en el centro de tu ser Y que parece esperarme. Podrán pasar miles de años Y jamás comprenderé la secreta luz Que se desprende de tu piel Y que rodea tu figura, Como la blancura del día Rodea la nieve. Podrán pasar siglos y milenios Y jamás comprenderé cómo Un clavel nuevo como tú Vino a posarse junto A este pobre gorrión perdido, Que salta en medio de la calle, Buscando llegar a casa, sin encontrarla.


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RECUERDA QUE MORIRÁS Por Lucía Palomino Eran las cinco de la tarde más o menos, y estaba sentado en el sofá, jugando con un lapicero Trilux 031, tamborileando contra la mesa. Tic-toc, tic-toc se oía en toda la sala, acompañado del pat-pat-pat bien acompasado del lapicero. No sabía qué hacer. La pila de hojas yacía inerte sobre la mesa, debía descansar lo suficiente para su largo viaje hasta Detroit. El envío estaba caro, pero qué más daba. Dinero va, dinero viene. El sobre de carta estaba abandonado a un extremo, la estampilla recién impresa cobraba vida en mi mano, danzando en mi duda eterna sobre cómo decirle a Ian que el tío Ignacio… Que él… Bueno, hasta mencionarlo siquiera me es complicado. Sin más rodeos, seré directo: El tío Ignacio falleció el sábado pasado, y a Ian le iba a doler, puesto que era su tío favorito. Pobre de mi hermano. Decidí comenzar con un «Querido Ian, te escribo esto para…» y negué. No podía decírselo. Taché, y volví a escribir en una hoja nueva, esta vez un «Hey,


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Ian. El tío Ignacio… Te quiere mucho», y volví a negar, arrugando las dos hojas y lanzando estas al tacho más cercano. «¡Cesta!» pensé, mas gruñí al notar que ninguna llegó a entrar. Solté un suspiro hondo lleno de decepción, me levanté y recogí ambas bolas de papel, depositándolas en la basura, volviendo a tomar asiento. Cogí el lapicero, una hoja más y volví al inicio, esta vez totalmente decidido a decírselo. Más… Algo interno me detuvo. No sabía qué era, puesto que parecía una mezcla de angustia con pánico que me desesperaba, y me impedía continuar, porque sentía esa sensación de cuando van a matarte o estás a punto de morir sin previo aviso. Ignoré todas esas emociones albergadas en mi estómago, y sin vacilar escribí: Ian… El tío Ignacio está muer… ¡Boom! Se escuchó un trueno y todo se sumió en la más fúnebre obscuridad, encajando con el tétrico ambiente de mi estancia. Se fue la luz, culpa de las tormentas. «Estúpidos rayos», maldije en un murmullo, pero luego tragué saliva al ser consciente de un detalle. En ese lapso sentí como si me quitaran el lapicero y lo lanzaran al piso, lo cual era imposible, pues vivía solo desde el sábado. Di una mirada rápida, alternando entre mi mano y el suelo, encontrando efectivamente el objeto en dicho lugar. La mueca de horror se formó en mi rostro, acompañada de un terrible escalofrío que me recorrió la columna vertebral, provocando una


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ligera sacudida en mí. Traté de calmarme, pensando que simple y sencillamente se me cayó el lapicero por la impresión ante el fuerte ruido. Me levanté lo más rápido que pude de la silla, intentando buscar respuestas, pero… Sentí el peso de una mirada sobre mí, y la desesperación creció a un nivel abismal, que creía que se saldría por mis poros en conjunto con la adrenalina contenida. Entonces giré lentamente el rostro, cerrando los ojos en el trayecto, abriéndolos cuando supuse estar en dirección de la presencia intrusa en la estancia, encontrándome con un par de orbes amarillos los cuales apenas podía vislumbrar, unos que me veían desde las tinieblas, casi escondiendo la anatomía dueña de estos tras el mueble, simulando tenerme miedo y a la vez acecharme cual si fuese un cazador. Fruncí ligeramente el ceño, con el semblante confuso, mismo que duró milésimas de segundos, retomando mi expresión de inseguridad. Contuve el aire por unos segundos, temblando tanto que ni podía mantenerme de pie, gateando hasta regresar a la silla para tener algo de estabilidad. Los ojos continuaban mirándome, impidiendo que mi boca articule palabra alguna, apenas moviendo los labios sin emitir ningún sonido. Me abofeteé mentalmente, y vociferé, tartamudeando alguna pregunta coherente. — ¿Quién eres?


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Y no hubo respuesta, solo obtuve un parpadeo que me dejó con incertidumbre. Formulé la misma pregunta por segunda vez, manteniéndose el silencio. Con total atrevimiento hice una bola de papel y la lancé en dirección al extraño, notando otro parpadeo, como si no le importara si le impactó o no. Aunque, era obvio que no sentiría dolor por dicho objeto. La desesperación del momento me impedía pensar de forma lógica por mucho tiempo. Aproveché mis segundos de claridad mental, busqué la vela cerca de mi mesa de noche sobre la cual estaba escribiendo, tomé un fósforo y encendí la mecha, dejando al menos mi sector con iluminación, notando que el par de ojos ya no estaban. Me encogí de hombros, hice de cuenta que no pasó nada, y decidí terminar la frase con la sílaba que le faltaba. Craso error. …to. Acto seguido, el lapicero me fue arrebatado nuevamente, siendo apagada la llama, reemplazada ahora por varias llamaradas en las esquinas y bordes de las paredes. Todo comenzaba a incendiarse, sin llegar a quemarse, solo permaneciendo así, lleno de fuego. «¡No debiste hacerlo!» resonó en toda la sala como un eco, haciéndome girar la vista en todas las direcciones, buscando de dónde provenía esa espeluznante voz. El par de ojos volvió a hacer acto de presencia, saliendo de su nuevo escondite que eran las cortinas, dándose a


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conocer. Y… Mi corazón se detuvo por unos instantes, dejándome inmóvil. No podía ser verdad ¡no podía ser cierto! Ante mí estaba el tío Ignacio, de pie, con los ojos brillando de una manera que me producía pavor en demasía. No eran ojos normales, sino unos de color amarillo, los mismos con los que me crucé hace un buen rato. Parecía un demonio, puesto que la piel estaba tan pálida como la pared de un manicomio. Era irreal, pero a la vez tan… Real. Sacó un cuchillo de cocina, balbuceando un montón de palabras en latín mal colocadas que no logré entender bien, apenas un «¡Fiat lux!» seguido del chispeo de las llamas, como si quisieran atacarme. Luego un «Hic iacet, hic et nunc… Mortuus», y me miró, empuñando el arma filuda, acercándose a mí, poco a poco, haciéndome comprender el mensaje sin necesidad de traducirlo. Retrocedí por inercia, primero lento, y luego arrancando a correr con todo por el pasillo, escuchando los pasos persiguiéndome, acompañados de un grito gutural y más frases en latín. Algo obvio quizá es decir que estoy en peligro, pero sí. Lo estoy. Estoy a poco de morir a manos de mi tío muerto, o bueno, muerto hace tres días, vivo hace unos minutos. Me escondí tras un mueble, esperanzado de que no me viera, equivocándome. El ente estaba a unos centímetros de mí. Aguanté el desmayo, pedí reacción


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a mis piernas, y me escabullí con rapidez tras un muro. El chirrido del ápice de dicho cuchillo contra la pared me hizo huir nuevamente, encerrándome en la cocina y azotando la puerta al hallarme dentro. Bam, una certera cuchillada a la madera me sobresaltó, acompañada de otras, unas diez, veinte, quién sabe cuántas, pero la puerta estaba despedazada ya, y no me encontraba solo en el lugar. Cuando caí en cuenta de ello estuvimos tal cual gato y ratón, botando ollas por ahí, cubiertos por allá, conmigo usando las tapas a modo de escudo. Platos rotos yacían en el piso. Tomé una sartén y se la lancé sin dudarlo, buscando aturdirlo. Lo empujé y partí fuera del lugar, La persecución duró buen rato, entre escondidas, puñaladas a las puertas de todas las habitaciones y rasguños a las paredes, además de gritos y golpes en los objetos anteriormente mencionados, siendo maltratados a más no poder. Hasta que, al fin, llegué al cuarto del supuesto fallecido, refugiándome ahí, bajo las sábanas. Pensé que estaría a salvo, mas no fue así, comenzando porque fue un mal escondite. El pseudo demonio rompió la puerta sin mucha dificultad, atravesando cual si fuese hecha de un débil material, igual que con todas las anteriores. Solté un grito ahogado, intentando escabullirme, teniendo el peso ajeno sobre mí en un abrir y cerrar de ojos,


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impidiéndome escape alguno. Imploré por piedad, recé, sollocé, lloré… Pero de nada sirvió. «… Consummatum est, Fabio. Vos ne occiderent» Pronunció con algo de coherencia, y por primera vez en toda la noche fui consciente del por qué estaba sucediendo todo esto. La muerte era lo mínimo que me merecía por haberle hecho lo mismo el sábado pasado, por arrebatarle la única figura paterna que le quedaba a Ian. Cinco puñaladas le di ese día, fuera de mis cabales, y nadie supo cómo murió. Un asalto, pensaban todos, y nadie sospechaba que el asesino había sido su propio sobrino. La astucia me llevó a quemar la ropa mía ensangrentada, y actué de la forma más normal ante las investigaciones al respecto. Hasta fingí estar afligido. Fui un cínico, un cínico de lo peor. Una puñalada en el antebrazo me hizo salir de mis pensamientos, sintiendo el líquido caliente que recorría mi piel regresarme a la realidad, arrancándome un alarido desgarrador. Más que la puñalada, me dolía imaginar el llanto de mi hermano y la tristeza en la que se vería sumido. Me lo merezco, una agonía de muchas horas es lo que merezco. Otra puñalada al estómago, una más fuerte en el corazón, y todo se tornó completamente negro.


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Bip, bip, bip… Se escuchó en la habitación, siendo el sonido de la alarma. Eran más o menos las nueve de la mañana, comprobé ello al mirar de reojo, medio somnoliento. Dejé caer los párpados, mientras me desperezaba sobre mi cama. Solté un bostezo, tallándome los ojos, arreglándome el cabello. Me senté sobre mi cama, instintivamente mirando mi brazo, mas no encontré nada fuera de lo normal. No sé ni por qué lo hice. Sentí como si hubiera perdido la memoria, puesto que una angustia me dictaba que había ocurrido algo terrible, pero no supe exactamente qué fue. — Fabio, Ian, es hora del desayuno —, escuché al tío Ignacio llamarnos a mi hermano y a mí. Me puse de pie, con una alegría interna, alegría que no sentía desde que vi a mi madre por última vez hace diez años ya. Ahora tengo veintidós. Me incliné un poco para recoger una caja de fósforos en el suelo, y sentí un punzón en el estómago que me hizo sisear. A mi mente vinieron imágenes de puñaladas y gritos, simples recuerdos borrosos que me dejaron confuso. Ignoré el bizarro momento, me encogí de hombros, bajé las escaleras y fui a tomar el desayuno con mi única familia.


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PEEROPOLIS Por Eiffel Ramírez

¡Peer Gynt! ¡Peer Gynt!, tú eres legión de legiones J. E. Rodó, Motivos de Proteo, XXV Debo comparar, por mor de la veracidad y la admiración, a Henrik Ibsen con los clásicos antiguos. ¿Qué fundamento, me preguntan, para proclamar tal aseveración? Respondo una y otra vez, como el epígrafe: Peer Gynt, Peer Gynt. Sobre esta obra dramática en verso no cabe –y nunca cabrá– crítica lógica alguna, pues se encuentra allende la razón, vale decir, en el mundo de la alegoría; y en consecuencia no se necesitaría de críticos literarios –siempre racionales, siempre tardos–, restando solo los devotos. Por tanto, he aquí una aproximación de prosélito.


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En los campos noruegos de Gudbrandsdalen, Peer Gynt es un joven campesino holgazán que no hace más que mentir y alardear: engaña a su madre; huye con la prometida de otro; seduce a una tercera – llamada Solveig– y la abandona para viajar por el mundo (entre ellos, Marruecos, el Sahara y El Cairo), haciéndose próspero y rico. Luego, ya viejo, regresa a Noruega, en donde es juzgado por el Fundidor (especie de verdugo final), que no lo condenaría ni al cielo ni al infierno, sino a fundirse en una caldera para ser un simple botón; pero Gynt se encuentra nuevamente con Solveig (que esperó a su amor hasta la senectud) y esta lo acoge en su regazo, aplazándose el castigo. En Peer Gynt se reúne una plétora de fantasías: ‗trolls‘, brujas, enanos, orates, árabes, viajeros, el Hombre Magro (¿el diablo cristiano?) y el Fundidor. Este es su escenario; sin embargo, el objeto de la historia es mucho más espléndido, porque ambiciona descifrar la naturaleza humana. Peer Gynt es la pregunta por el yo, por la mismidad, y con ello arribamos a la interrogante trascendental: ¿qué es lo que nos determina como humanos? En el Acto Cuarto, Peer señala a sus acompañantes: ―Sí, señores, completamente clara / es la cuestión. ¿Qué debe ser el hombre? / Él mismo, es mi respuesta concisa‖. Y más adelante, con asombrosa revelación, brama: ―¡Yo seguiré el trayecto de la raza


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humana!‖ Gynt (campesino, negrero, embaucador, falso profeta, comerciante, y otras caras más), cuando llega su juicio final, procura probar que ha sido siempre él, es decir, la unidad incambiable a pesar del devenir; alma, más que cuerpo; en resumen, el Ser de Parménides. Con esa pretensión se situaría a la altura del filósofo, aunque, le da a este un golpe certero al quebrar la verdad –su incansable espada– con los siguientes versos: La verdad, llevada al exceso, Termina en sabiduría escrita al revés (Acto IV, Escena VII) Y Peer Gynt, posicionado ya entre los grandes sueños de la épica, es también la pregunta por la autenticidad del hombre, y probablemente, el ‗yo soy el mismo‘ (que tantas veces repitió aquel héroe), no es una respuesta muy esclarecedora, pero sí el motor más humano. Puesto que nadie es posible de definición absoluta (ni siquiera la propia autenticidad), Peer, o sus peripecias, se une a la larga lista de metáforas de la vida, siendo por eso una fuente inagotable de interpretaciones, bifurcaciones y travesías. Como libro clásico, no requiere de un lector, sino de generaciones de hombres para completar el ideal de la ficción.


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Aunque me equivoco. No urgen solo hombres. Hacen falta niños. La imaginación vivaz y el cruce de lo fantástico con la realidad se posibilitan sobre todo en estos últimos; y la obra de Ibsen está dirigida para espíritus de infantes. Hippolyte Taine (en Philosophie de l’art en Grèce, § I, IV) evocó que los griegos mantuvieron siempre esa vitalidad infantil: jugaron con la vida, la religión, la filosofía y la verdad. De igual modo, Ibsen tomó el drama humano como un párvulo que juega feliz con las figurillas de su retablo. Así ideó la fundación de su ciudad, Peeropolis; y más que eso, nos legó una preceptiva universal.


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ANIMAL DISTRAÍDO POR LA LLUVIA Por Carlos León

Ciervo delicado y tempestuoso Aléjate de los frondosos campos de algodón Mantente al margen de los ríos Ya no sigas el camino de los muertos Tampoco hagas caso de la luz roja Tú levanta la pata Y empieza a correr por el cielo


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Katherine Medina


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FÁRMACOS Por Hilsa Rodríguez

Como si de verdad habitáramos en la época de las tablillas cuneiformes y los hombres eruditos, me he transportado a diversos mundos para romper con este cielo oscuro donde hay un fantasma que quiere arrebatarme la razón. He olvidado completamente a todos, pero aún recuerdo los libros, esos que golpean fuerte el corazón teñido de negro y lo convierten en fuego. Leer es mantenerse en un abismo bello para olvidar que algún día se debe morir. Y aquí estoy todo el tiempo, en un laberinto: la gente entra y sale, y yo estoy desconcertado en estas cuatro paredes perdidas entre estrecho y estrecho, y donde los ojos son más que el sol y más que un Dios convulsionando por tanta pobreza intelectual. Todos los días presencio durante el lado donde me siento, a cuerpos extraños, a seres irracionales que rozan cada libro que he leído minuciosamente hasta romper esta burbuja de mi


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soledad. Adormecido por fármacos me introduzco en este mundo incierto, lleno de personajes así como los de Sábato: como si de verdad hablara con Alejandra, y como si el fuego me ensordeciera el alma. Como si un personaje de Aleksiévich susurrara en mi oído: ¿Cómo se puede matar con el amor? Y yo fuese Vasia en la inmensidad del espacio muerto. Como si de verdad fuese Eugénides trastornado por la angustia de las muchachas suicidas y de su trama nupcial. Como si de verdad la existencia de aquellos libros se empoderaran de mí, de este lugar y de todos.


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Se buscan

Se buscan poemas que hablen sobre alces.


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Hilsa Rodríguez

Título: Como si fueras un relámpago lleno de estrellas de fuego


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CANCIÓN ANIMAL Por Isabella Portilla

A la luz del día parecían muertos y en su estática retaban sin alarde ninguno a la gravedad. Permanecían encerrados en sus conchas, abstraídos, sigilosos y guardianes de su energía, como si estuvieran elaborando un plan de cada una de las rutas a transitar cuando llegara el turno de la noche. A la caída del sol se desenrollaban lentamente, desprendiendo del tórax el cuello, y del cuello, la cabeza: se abrían, y sobre sus conchas alardeaban colores de un caprichoso violeta y un tornasol esmaltado que bajo la luz de la luna se divisaba sobre sus lomos como un diamante. Peregrinaban asidos a la arcilla, se movían lentos, en apariencia vulnerables, pero siempre en busca de otro; y no era complicado porque estaban hechos para ser macho y hembra a la vez. Todos con uno, uno con todos. Bailaban en una


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orgía cósmica, cadentes y entrelazados por el cuello, arrebatados en una danza impúdica de tuberías. Entonces se lanzaban dardos calcáreos, flechas destinadas a producir el goce; la cópula grávida que emanaba tenues contracciones. El deseo de otra latencia sumergida en sus espirales los conectaba en una misma pulsión. Tras permanecer unidos en un coito eterno, baboseándose infinitamente, después de diez horas de placer real, volvían a separarse los metamorfas con la parsimoniosa complicidad que los había juntado, mientras el dardo engrandecido emergía de sus cuerpos en un tamaño que para el ojo humano resultaba sorprendente.


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CAYÓ ESA MONEDA Por Myrna Cronopio

Cayó esa moneda. Fue una moneda que de alguna mano se desprendió. Y cayó tan sutilmente que al mirarla fijamente era una pluma meciéndose y descendiendo en la nada. Al estrellarse en el concreto pude armonizarme con las vibraciones en cada circulo golpeado de hula hula que daba, Antes de quedar inmóvil, nuevamente y destinado a estar, si... inmóvil en el piso. Miré la moneda, sin nada especial ni atrayente Como el cielo, como la piel sin sol, mantenía su nublada tes No había brillo en aquel pedazo de metal. Ya no emitía ningún sonido más. Ahora era redonda y perfecta... y sin vida. Voltee a un extremo del no congestionado andén y giré mi cabeza hasta el lado opuesto. Lugar tan desolado. Solo estábamos la moneda y yo.


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Me incliné, y en cuclillas tratando de balancear mi poco balanceado cuerpo atiné a descifrar sus extraños y significativos grabados. 5...susurré y enseguida alcé mi mano de su lado anterior, removiendo micromilésimas de saliva que corrían de mis labios. Que es un cinco? Algún número de la suerte? Algún mal que se avecina en este lapso de tiempo? O como oí ( o leí) decir más de una vez "Debí de haber leído mi horóscopo esa mañana" Y si no era eso...acaso eran soles...córdobas, colones? Reaccioné casi perdiendo mi ya perdido balance tomé una pose erguida, descansando en la planta de mis pies. Dónde estoy? Estoy en mi mente, estoy en mi cuerpo. Estoy por mi casa? Estoy lejos? Cerré mis parpados cansados, con maquillaje puesto, creo, del dia anterior y al abrirlos nuevamente bajé la mirada y vi esa extraña forma redonda en el suelo, inerte sobre el suelo. Bajé mi brazo, arrugué mi cuerpo, la tomé. Sin bolsillos, la estrujé en mi mano. La guardé como aquel juguete en el desván polvoroso y viejo, como que para que dure para siempre.


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Algún día, pronto, tarde, no lo sé, esa moneda no será más perfecta y redonda, siendo solo un pedazo de metal. Algún día, lo sacaré de entre mi pecho y lo hare caer a favor de la gravedad. En ese momento volverá a vivir, volverá a dar su eco en el concreto, volverá a brillar. Sólo es cuestión de esperar.


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EL RELOJERO Por Abraham Carbajal

A Eduardo Breve se le ha perdido el reloj pulsera, y es algo preocupante. A Eduardo se le ha perdido la seguridad, se le ha perdido la confianza, se le ha perdido el mundo. Al señor Eduardo le obsesiona traer el reloj pulsera consigo, de lo contario, es incapaz de entablar conversación con alguna mujer; es como si a un cómico se le extraviara el humor o la sonrisa. A Eduardo le saben a nada las canciones del autobús, parece que con su reloj se le ha ido el gusto, parece que con su reloj, se le ha ido lo masculino, parece que con su reloj, se le ha ido el mundo. Ahora se pone a


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mirar por la ventana del autobús anuncios publicitando ropa elegante, recuerda que tiene un traje de frac, pero también recuerda que sin el reloj pulsera que se le ha perdido, el traje de frac no tiene el mismo encanto. Ya lo decía su abuelo: «Eduardito, el traje de frac para la boda de la miss Patricia, queda mejor con el Rolex de oro que tu papá te ha regalado». Eduardo Breve es un relojero de la calle Santa Cruz, y lo que más le indigna o remuerde, es que se le haya perdido el reloj pulsera justo ahora que tenía una cita con la dueña de la tienda Drums, una dama de ascendencia italiana con muy buen gusto para los relojes. A Eduardo, lo contento, se le va apagando, recuerda que él no es capaz, sin el reloj pulsera consigo, de pedirle la hora a un transeúnte, a quien sea, no es capaz. En cambio, con el reloj pulsera, podría preguntarle a alguien la hora, a quien sea, preguntarle el nombre, la edad, e incluso preguntarle a qué se dedica. Eduardo está preocupado, la cita era a las nueve en un café de una avenida maravillosa. Ahora no sabe qué hacer, el autobús va despacio, parece que el motor se compadeciera de él, parece que sus llantas se compadecieran, parece que hasta el semáforo se compadeciera de lo que le está pasando. Él, que tanto afán le puso y tanto empeño mostró para que acepte salir Martina, la dueña de Drums; pero ahora no sabe qué hará, si irá al café a esperarla, o mejor se para en


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una esquina para ver si llega ella, y entra en el café y escoge una mesa y lo espera a él. Piensa que eso es descortesía o falta de tacto, Eduardo ahora baja del autobús, enciende un cigarro y se pone a pensar en una esquina. Mientras lo hace, y echa humo, indudablemente está haciendo lo que no quería: está siendo descortés. Un tumulto de autos avanza y, como las nubes, cubriendo un pajarito, no le dejan ver a Eduardo que Martina está ingresando al café. Él sigue de pie, fumando, enciende otro cigarro y piensa que en verdad debería tener en cuenta lo de acudir a un psiquiatra, y no solo por la dependencia del reloj pulsera que tiene, sino que muchas noches se quedaba sin dormir, solo pensando en relojes, en oro pulido, en plata, en agujas y en el reloj cuco de su abuelo, que estando en el sótano de su casa, no ha tenido el valor de abrir. Parece que tiene más facilidad para abrir el corazón, para abrir la billetera, pero no el reloj cuco de su abuelo. Eduardo parece un buen tipo, pero ahora, está en un dilema, no sabe si entrar al café a preguntar si llegó Martina, o a fijarse si llegó; sería una falta de respeto, cómo preguntar si llegó Martina, si habían quedado a las nueve, cómo se atrevería a poner en duda las palabras de aquella muchacha, a poner en tela de juicio las palabras de la dueña de Drums, la tienda muy puntual de esa calle maravillosa, incluso más


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puntual que la relojería de Eduardo, que por cierto, siempre tenía el reloj principal de pared atrasado. Al relojero Eduardo Breve le entran unas ganas casi incontenibles de llorar, pero no llora porque exactamente no sabe por qué lloraría; si por el reloj perdido, o por la cita casi perdida, o por el valor perdido con el reloj y todo. Eduardo mira para el café, ve salir a dos damas con sus acompañantes, piensa que es el momento, ahora, el invierno parece que le inspira, o mejor, las noches de invierno. El relojero Breve cruza el semáforo, decide entrar al café, pero no sabe si adentro pedir un café o un reloj pulsera, Eduardo está como loco por dentro, pero también es consciente de que debe calmarse, que Martina debe estar por algún lugar, y no lo puede ver alzando la voz y menos por un reloj de oro, qué se habrá creído diría, con su tono pausado de poeta romántica, y con sus ojos sinceros como de monja alcohólica. Entonces Eduardo pide los servicios, el mozo le dice que no puede, el relojero Eduardo dice cómo que no puede, el mozo lo mira y le sonríe y le reitera que no puede, que los baños son para clientes. Eduardo entonces le explica lo del reloj, lo de la cita, lo del tiempo, lo del amor; le explica que está esperando a una dama, que la dama es la dueña de la tienda de cortinas Drums que está ubicada en la calle


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maravillosa, y que por cierto, es la misma tienda que diseñó las cortinas del café, que ahora en invierno, relucen. El empleado del café lo mira y se siente persuadido, le extiende el brazo y le señala hacia la dirección del baño. Eduardo hacia allá se dirige, y no sabe bien para qué fue al baño, si él quería saber si Martina estaba sentada en alguna de las mesas del café. Él se olvidó de eso y se fue de manera automática al baño, como si de verdad le urgiera, como si de verdad su vejiga estuviera en aprietos. En el baño se miró en el espejo y se dijo que su cara parecía la de un hombre que había perdido su reloj pulsera. Ahora, Eduardo, el relojero, no sabía si era peor perder el reloj o el tiempo, no sabía si era mejor o peor perder el reloj buscando el tiempo, o perder el tiempo buscando el amor, pero eso sí, se convenció de que Martina era exactamente lo más parecido al amor. Tocaron la puerta del baño y Eduardo pensó que el que la tocaba tenía su reloj pulsera. Seguían los golpecitos en la puerta, y pensó en su abuelo, un carpintero bonachón que confeccionaba relojes de cuco, hacía el armazón y los detalles, los pintaba y tallaba el pajarito, y posteriormente le daba golpes secos con los nudos de los dedos, como una manera de dar por finalizado su trabajo. El relojero Eduardo Breve entonces sintió que tenía que abrir la puerta, que mucho tiempo había pasado ya en el baño. El mozo


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era el que tocaba, escuchó su voz desde afuera que decía ¡caballero! El mozo, le comunicó desde allí que una señorita lo había visto entrar, y que estaba esperando en una mesa al lado de la puerta, y que se apurase que el café ya se le estaba enfriando. Eduardo, desde adentro, pensó que era importante esa noticia, de que tal vez Martina había llegado puntual, porque ella sí tenía un reloj pulsera, y eso equivaldría a que ya no le interesaba perder más el tiempo; tenía que salir del baño, ir a la mesa indicada, ver el reloj de Martina, sonreírle, decirle hola, a Martina, no al reloj, decirle a ella que había estado leyendo los poemas que le dejó en su negocio, y que por falta de tiempo no pudo terminarlos todos, pero que avanzó con más de la mitad. Que más tarde la acompañaría a su casa, y como él no sabía la hora, podría decirle tranquilamente, suelto de huesos, que no importaba la hora, que no importaba el tiempo, que había que encender la chimenea, leer los poemas que faltaban, abrir una botella de vino y dejar que el silencio discurra, mientras piensa él que lo mejor de la vida es perder, tal vez el un poco de tiempo, pero no el amor.


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Un agradecimiento especial a los lectores que nos escriben solicitando que algunos jรณvenes escritores que colaboraron en ediciones anteriores vuelvan a enviar textos. La convocatoria estรก abierta continuamente, todos los que deseen publicar sus textos son bienvenidos en este medio.

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Selección de narrativa, poesía e imágenes de la convocatoria abierta al correo rcelbosque@gmail.com De entre 55 textos, estos son los selecc...

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