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EL SALERO

Nº 1. AÑO 2014

REVISTA DIGITAL PARA ESTUDIANTES CURIOSOS 2.0 LECTURAS PARA EL CONCURSO "EL SALINERO" 2014/2015

TEXTOS PARA LA CLASIFICACIÓN ON-LINE

Mi

o t g n e n d i ffe r a sISphai n i s ! ” T e e R r h i d a a e f f v a o ’ e l s s n e n u ti e Mary Anning

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“ J e Tie n e s c e re b ro d e p in g ü in o

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En c e nFdrae r u n a h o g u e ra n ke n s t e i n

Edición y maquetación por Luis Clemente. IES Las Salinas (Arrecife, Lanzarote) e-mail de contacto: lclemar@gobiernodecanarias.org


Sigue leyendo en pág. 3

Francis Crick escribió una carta el 15 de marzo de 1953 a su hijo Michael, de 12 años, explicándole lo que su colega, Jim Watson, y él acababan de descubrir. El 10 de abril Michael subastó esta carta, que alcanzó los 6 millones de dólares, que irn a parar al Salk Institute for Biological Studies en San Diego, donde su padre era profesor.

El Instituto Belga de Ciencias Naturales alberga entre sus fondos una pieza única para la historia de la Humanidad, un peroné de babuino con unas extrañas marcas conocido como el hueso de Ishango, la primera herramienta matemática de la que se tiene constancia. Datada hace unos 20.000 años, se cree que servía para contar, aunque también se le atribuyen otros usos. Sigue leyendo en pág. 1

Mary Anning tenía sólo 12 años Los “Pingüinos de Madagascar” son cuando un una suerte de actualización infantil asombroso del “Equipo A” de los 80. Un equipo descubrimiento de “pingüinos militarizados” que en cambió su vida. Meses atrás, Sigue cada episodio cumplen misiones tan su hermano Joseph había leyendo en descabelladas como entretenidas. encontrado lo que parecía ser un cráneo de cocodrilo, pero la pequeña pág. Este equipo de cuatro pingüinos (al igual Mary era bastante escéptica con aquél 38 que pasaba en el “Equipo A”) llama fósil y, como si de un pasatiempo especialmente la atención por tener 4 cualquiera se tratara, siguió investigando miembros con personalidades muy para encontrar la verdad. Joseph, que pareció no darle mucha importancia a aquél diferenciadas pero complementarias. asunto, pronto dejó a su hermana sola en su Sigue leyendo en pág. 19 investigación. Esa anécdota fue el punto de origen para que, aproximadamente un año más tarde, cuando Mary contaba con 12 años recién cumplidos, hallara un fascinante fósil de 5'2 metros de largo que no se parecía a ningún animal conocido.

En 1822 Champollion descubrió la manera de leer los jeroglíficos egipcios mediante el estudio del contenido de la piedra Rosetta, un monolito en el que figuraba inscrito un mensaje en tres idiomas antiguos: griego, demótico y jeroglífico:

“Yo l o s oy tod o para Eg i pto y Eg i p t o l o e s t o d o p ara m í. ”

Sigue leyendo en pág. 16


El único premio tecnológico del mundo que nadie ha podido ganar nunca no se encuentra entre los problemas del milenio (la serie de conjeturas matemáticas no resueltas que propuso en el 2000 el Clay Mathematics Institute por cuyo desentrañamiento ofreció una recompensa de un millón de euros), pero el test de Turing sigue siendo uno de  los retos científicos más relevantes de este siglo. Permanece como un método infalible para calibrar el avance de la inteligencia artificial, en el sentido de la posibilidad de que pueda equipararse a la humana. Sigue leyendo en pág. 22 Jack London fue uno de los más afamados escritores estadounidenses, autor de libros tan conocidos como "Colmillo Blanco" o "La llamada de la selva". Debido a una situación familiar poco favorable (la relación de sus ¿ Los padres siempre fue un tanto españoles cenamos misteriosa y el dinero tampoco más tarde que en ningún abundaba en la familia), Jack London otro país o en realidad se auto-educó a sí mismo cuando era cenamos a la misma pequeño. Desde niño, pasaba horas hora que los otros, en la biblioteca de su ciudad leyendo pero con el reloj obras de grandes escritores. Cierto atrasado? Ésa es la día, leyó un libro que marcaría su vida pregunta que se le pasó para siempre: Signa (novela de una por la cabeza a Stefano escritora poco conocida llamada, Maggiolo, un Ouida). Este libro narraba la historia matemático italiano de un joven campesino que, sin de 29 años, durante educación escolar, llegó a convertirse una visita a Salamanca en un famoso compositor de ópera. el año pasado. «Pensé: 'Esta Jack se siente identificado con él y gente, ¿cena a las 10 de la no aspira entonces a un sueño parecido: por una cuestión cultural o convertirse en un afamado escritor. porque tienen la hora Sigue leyendo en pág. 24 mal?’», recuerda. Sigue leyendo en pág. 6 La historia que rodea la creación de Frankenstein como obra literaria es más que curiosa. Como es de conocimiento general, esta genial invención se debe a la imaginación de Mary Wollstonecraft Godwin, más Once upon a midnight dreary, while I pondered weak and weary, conocida como Mary Shelley (1797Over many a quaint and curious 1851), a raíz de su matrimonio con volume of forgotten lore, el destacado poeta inglés Percy While I nodded, nearly napping, Bysshe Shelley. Frankenstein, en suddenly there came a tapping, tanto obra literaria, es una de las As of some one gently rapping, cumbres del género del terror y la rapping at my chamber door. ciencia ficción, y en este último ` 'Tis some visitor,' I muttered, caso, su iniciadora, ya que es la primera trama en mostrar los usos y ` tapping at my chamber door Only this, and nothing more.' excesos de la ciencia aplicada. Sigue leyendo en pág. 10 Sigue leyendo en pág. 12


EL HUESO DE ISHANGO Año 1960. La ciudad de Leopoldville (hoy Kinshasa) está envuelta en una enorme agitación, a punto de nacer un Congo independiente tras 75 años de colonialismo. Ajeno a todo este revuelo, el geólogo belga Jean de Heinzelin de Braucourt explora en la zona noreste del país, más en concreto en un área conocida como Ishango, situada en una de las riberas del Lago Eduardo (frontera entre el Congo belga y Uganda), donde nace el río Nilo. Distintos descubrimientos arqueológicos, como arpones de hueso y hachas de piedras, han permitido averiguar que allí nació y medró hace unos 20.000 años, en pleno Paleolítico, una comunidad humana de cazadores y, sobre todo, pescadores, algunos de cuyos conocimientos pueden estar en el origen remoto de la civilización egipcia y del pensamiento y la filosofía occidentales. Ni siquiera De Heinzelin podía imaginar la importancia de lo que encontró en aquel año de 1960. Se trataba de un largo hueso marrón, en concreto un peroné de babuino, con un trozo de cuarzo incrustado en uno de sus extremos. En un principio fue datado en un rango que iba del 6.500 al 9.000 a.C., pero luego se pudo saber que, en

realidad, tenía más de 20.000 años de antigüedad. Pero, ¿por qué esta pieza era tan interesante? El hueso de Ishango, como comenzó a llamársele, presentaba tres columnas de muescas talladas que abarcaban toda su longitud. Desde el primer momento se descartó su carácter decorativo al ser completamente asimétricas y todos los indicios apuntaban a que era una herramienta de conteo, como un ábaco primitivo, y que el cuarzo del extremo se usaba para grabar o escribir, hacer anotaciones. Años después, otro hallazgo de aún mayor antigüedad vendría a confirmar el uso de herramientas similares en el continente africano. Se trataba del hueso de Lebombo, descubierto en la cordillera del mismo nombre situada en Suazilandia. En este caso, se había utilizado un peroné de mandril y el número total de muescas halladas fue de 29, lo que apunta más bien a un medidor de tiempo y, más concretamente, a un uso para controlar dos ciclos muy importantes para el ser humano, el lunar y el menstrual. Pero volvamos al hueso de Ishango, que presenta una complejidad mucho mayor

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que el hueso de Lebombo. Aunque en un primer momento se pensó que servía para cálculos simples, como contar a los miembros de una tribu o clan, pronto se descubrió que no. La columna central tiene 48 muescas, pero están agrupadas de manera significativa. Comienza con un grupo de 3 y luego otro de 6 (el doble); sigue un grupo de 4 marcas y otro de 8 (otra vez el doble); y luego aparece un grupo de 10 y otro de 5 (la mitad), para terminar con un grupo de 5 y otro de 7. Desde luego, no parecen fruto del azar o la arbitrariedad y revelan un cierto conocimiento de cálculos complejos, como la multiplicación y la división. Pero las dos columnas laterales son aún más sorprendentes. En la izquierda, las muescas están agrupadas formando cuatro números, 19, 17, 13 y 11, es decir, todos los números primos comprendidos entre el 10 y el 20. Por su parte, en la columna de la derecha los números representados son el 11 (10+1), el 21 (20+1), el 19 (20-1) y el 9 (10-1). Todos los números de las dos columnas laterales son impares y, además, en cada una de las dos columnas laterales se cuentan 60 muescas. La columna del centro tiene 48 marcas. Tanto el 60 como el 48 son múltiplos de 12 y esto no es una cuestión menor, ya que los pueblos africanos antiguos usaban la base 12 para contar y no la base 10 que es la aceptada hoy universalmente. Teniendo esto en cuenta, los números de la columna central cobran un nuevo significado:

3+6 (9, es decir, 12-3); 4+8 (12); 10+5 (15, es decir, 12+3) y 5+7 (12). En la columna lateral derecha, sin embargo, parece que se utiliza la base 10, mientras que en la columna izquierda aparecen los números primos. Este hecho ha llevado a la conclusión a algunos matemáticos de que estamos ante una especie de herramienta que servía para hacer conteos usando las dos bases. En otros yacimientos africanos, como Shankeinab (Sudán) y Nagoda (Egipto), se han encontrado petroglifos con incisiones similares a las de Ishango que también utilizan la base 12. Sin embargo, en todos los casos son posteriores, lo que apunta a que este lugar situado junto al lago Eduardo fue un auténtico centro de irradiación de cultura y conocimiento de la antigüedad. Otras teorías han intentado arrojar más luz sobre esta herramienta y se habla también de que recoge un ciclo lunar completo de seis meses o de que fue elaborado por una mujer para controlar su ciclo menstrual. Sin embargo, no son teorías excluyentes. En cualquier caso, el hueso de Ishango, que se exhibe de manera permanente en el Instituto de Ciencias Naturales de Bélgica, en Bruselas, nos sigue sorprendiendo a todos con sus enigmáticas muescas hechas por seres humanos a los que solemos imaginar más primitivos de lo que realmente fueron. Nuestros antepasados, al fin y al cabo.

FUENTE: http://guinguinbali.com/index.php?lang=es&mod=ne ws&task=view_news&cat=2&id=708

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M i qu erid o M ic hael , 19 Portug al Place Camb rid ge 19 de Marzo de 19 53

Mi qu eri do Mi ch ae l, Jim Watso n y yo , prob ab lem en te he mo s he de scu brim ien to mu y im po rtante . ch o un co ns tru ido un mo de lo de es tru ctu ra de He mo s de so xiribo nu cle ico , llamado D. N. A., para l ác ido ac ortar. Pu ed e qu e rec ue rd es qu e los ge ne s cro mo so mas, los qu e lle van los de los he red itario s, es tán he ch os de prote ína fac tores Nu es tra es tru ctu ra es mu y bo nita. El D.y D. N. A. pu ed e co nc eb ir ap ro xim ad am en te co N. A. se mo un a cade na mu y larga co n tro zo s de plano s qu hacia afu era. Lo s tro zo s de plano se e salen “b as es ” La fórmu la es alg o as í (añ llaman ad e un es qu em a). Ah ora ten em os do s de tas cade nas en ro lladas un a alred ed or de la otra, es ca da un a la cade na, he ch a de az úc are s y fósesforunosa hé lic e, y , es tá en el ex terior, y las base s es tán tod as en el int eri or. No pu ed o dib ujarla mu y bie n, pe ro se parec e a es to (añ ad e otro es qu em a). El mo de lo es más bo nito qu e es to.

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Ah ora, lo ex citan te es qu e au nq ue hay difere nte s, en co ntram os qu e só lo se 4 base s em parej ar de cie rta forma. Las base pu ed en s tie ne n no mb res . So n Ad en ina, Gu an ina, Tim ina y Citos ina. Y yo las llamo A, G, T y C. Ah ora en co ntram os qu e las parej as qu e po hace r – qu e tie ne n un a base de un a cade de mo s a un a base de la otra – so n só lo A co n Tna un ida y G co n C. Ah ora bie n, en un a ca , hasta do nd e no so tro s ve mo s, un o pu ed e tendeernalas se s en cu alq uie r orde n, pe ro si su orde n es fijo ba en ton ce s el orde n de la otra cade na tam bié n es, fijo su pó n qu e la prim era cade na va: A-. T-PoC-r eje mp lo, (aq uí po ne un a cade na de letras en la izqA- G- T- T en ton ce s la se gu nd a de be ir: T- A- G- T- C-uie rd a), po ne un a cade na de letras en la de rec ha). A- A ( y Es co mo un có dig o, si te dan un a co mb ina ció n de letras , pu ed es es cri bir las otras . Cree mo s qu e el D. N. A. un có dig o. Es to es qu e el orde n de las basees s (le tra s) ce un ge n difere nte de otro ge n (co mo unha a págin a de im pres ión es difere nte de la otra). Ah or ve r có mo la Naturale za hace las co piasa pu ed es ge ne s. Po rq ue si de se nroll am os las do s de su s en do s cade nas se parad as , y de cada cadecade nas otra cade na qu e se un e a él, co mo A sie na hace mp re va

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con T, y G con C, noso tros debe ríam os tene r dos copias dond e ante s teníamos una. Por ejem plo (hace un diag rama). En otras palab ras, pens amo s que hem os enco ntrad o el mecanism o de copia básic o por el cual la vida viene de la vida. La belle za de nues tro mod elo es la cond ición de que sólo estas pare jas pued en ir juntas, aunq ue podrían emp arejarse de otra man era si flotaran libre men te. Pued es com pren der por qué estam os tan excitados . Tene mos que tene r una lette r off para Natu re en un día o así. Lee esto con cuid ado para que pued as ente nderlo. Cuan do veng as a casa te ense ñare mos el mod elo. Much o amo r, Papi.

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Spa

! t n e r e f f i d s i n i

La sorpresa de Maggiolo es lógica. Los horarios españoles no tienen parangón en el mundo. En Colombia desayunan a las 7 u 8 de la mañana; comen a las 12 y media ó 1 de la tarde, y cenan a las 7 u 8. En Estados Unidos se come entre las 12 y la 1, se cena entre las 6 y las 7 y media y, cuando uno tiene un empleo estable, dice que tiene un trabajo «de 9 a 5», en referencia a la hora a la que entra y a la que sale. Aunque pocos superan a los habitantes de Pekín y, en general, a los asiáticos, donde suelen desayunar a las 6 ó 7, comer a las 11 ó 12, y cenar a las 5 (eso sí, en el mejor estilo de Extremo Oriente, se pasan el día entero picando).

Maggiolo, gracias a ocho horas de trabajo, un mapa de Wikipedia y un sistema informático, logró poner de manifiesto de forma gráfica -y también escrita, en un post para su blog- una tremenda realidad: no es solo que los españoles vivamos en la hora equivocada, sino que prácticamente toda la Humanidad está a destiempo. El ser humano del siglo XXI vive o demasiado pronto o demasiado tarde. Maggiolo colgó su post, con mapa incluido, en Reddit. La visión del desfase horario mundial provocó tal interés que tumbó el servidor de la web de los antiguos alumnos de Ciencias Exactas de la Facultad de Pisa, donde Maggiolo había estudiado. En el caso de España, el mapa deja poco lugar para las dudas: vamos con retraso. O sea, que no es que cenemos tarde, sino que nuestros relojes van atrasados. La culpa es de Franco, que en 1942 decidió poner a España en la hora de la Alemania nazi, con la que entonces estábamos aliados. El dictador al menos nunca se molestó en cumplir su promesa de que «un millón de bayonetas españolas defenderán Berlín», pero, a cambio, puso a su Ferrol natal a la misma hora que Nyireghaza, una localidad de Hungría situada a 3.000 kilómetros el línea recta hacia el Este. No es, entonces, que los gallegos cenen tarde, sino que cenan como si fueran húngaros. Incluso dentro del territorio español las diferencias son considerables.

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Según Maggiolo, el adelanto de Barcelona va 50 minutos más tarde que el sol mientras que Galicia pierde más de una hora y media. Claro que nada es comparable a Xinjiang, la provincia más occidental de China, donde la diferencia entre la hora solar y la oficial es de nada menos que cuatro horas. Eso se debe a que China, pese a ser la cuarta nación más extensa del mundo, solo tiene una hora oficial: la de Pekín, que encima está situada en el extremo oriental del país, a casi 4.000 kilómetros de Xinjiang.

El Señor Ministro dixit Para no quedar de ignorantes delante del señor Ministro, hagamos un poco de historia y repasemos algunos conceptos: ¿Qué es un meridiano? ¿qué es el meridiano cero? ¿Por qué el meridiano 0 pasa por Greenwich? ¿qué es un huso horario?¿cómo se determina la hora oficial de un huso horario? y lo más importante: ¿pasa el meridiano de Greenwich por Canarias? Los meridianos son las líneas imaginarias que sirven para calcular el huso horario  y que corresponden con  los semicírculos máximos del globo terrestre que pasan por los polos norte y sur.  Existen, por tanto, infinitos meridianos. Pero, sólo uno de ello es el  meridiano de referencia,  a partir del cual se miden las  longitudes  y las horas. Este meridiano es también conocido como  meridiano cero, meridiano base,  primer meridiano o más popularmente el meridiano de Greenwich. En el siglo XIX, cada ciudad tenia su propia hora y cada país su propio meridiano de referencia. Debido al aumento del comercio internacional los gobiernos de las principales potencias se plantearon la necesidad de establecer un acuerdo con el fin de facilitar las comunicaciones ya que al aumentar la relación entre las naciones fue necesario coordinar la diferencia entre la hora oficial de los distintos países. En concreto, el nacimiento del tren como medio de comunicación rápido trajo como consecuencia la necesidad de ajustar la hora de las distintas paradas de su recorrido a un sistema de horario común y normalizado.  En 1878 Sir Sanford Fleming, del Dominio de Canadá, propuso para medir el tiempo un sistema de zonas horarias que simplificaría el establecimiento de la hora a escala mundial, por el que la tierra se dividiría en 24 husos horarios, de 15 grados de longitud; y como la tierra realiza un giro completo cada 24 horas y existen 360 grados de longitud, cada hora equivalía a 15 grados de longitud, y a eso se le llamó un huso horario. Lo racional de esta propuesta llevó a varias naciones a establecer una hora común, que se llamó hora

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oficial. Así, el meridiano fue adoptado como referencia en una conferencia internacional celebrada en 1884 en Washington, auspiciada por el presidente de los EE. UU., a la que asistieron delegados de 25 países. En dicha conferencia se adoptaron los siguientes acuerdos: 1. Es deseable adoptar un único meridiano de referencia que reemplace los numerosos existentes. Os recuerdo que hasta entonces, cada país tenía su propio meridiano de referencia, que solía coincidir con el de su capital política. 2. El meridiano que atraviesa el Observatorio de Greenwich será el meridiano inicial. 3. Las longitudes alrededor del globo al este y oeste se tomarán hasta los 180°

desde el meridiano inicial. 4. Todos los países adoptarán el día universal. 5. El día universal comienza a medianoche (hora solar) en Greenwich, y tendrá una duración de 24 horas. Así, el huso horario es cada una de las áreas en que se divide la Tierra

conforme a esas 24 horas. Se llaman así porque tienen forma de huso de hilar, y están centrados en meridianos de una longitud que es un múltiplo de 15, que resulta de dividir los 360 grados de la circunferencia terrestre en dichas 24 horas. De este modo, la esfera terrestre se divide en veinticuatro husos horarios de quince grados de anchura, a cada uno de los cuales le corresponde, de forma correlativa y en sentido creciente de oeste a este, una de las veinticuatro horas en las que se divide el día. Aunque la Tierra, evidentemente, no rota a saltos sino de forma continua, este sistema mostró ser mucho más efectivo que el antiguo basado en las horas solares, o locales, según el cual cada población usaba la hora que le correspondía conforme a su propio

meridiano. 
Todos los husos horarios se definen en relación con el denominado tiempo universal coordinado (UTC), huso horario centrado sobre el meridiano de Greenwich.
Puesto que la Tierra gira de oeste a este, al pasar de un huso horario a otro en

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dirección este hay que sumar una hora. Por el contrario, al pasar de este a oeste hay que restar una hora. El meridiano de 180°, conocido como línea internacional de cambio de fecha, marca el cambio de día. Está claro que el dominio de los mares por la Inglaterra victoriana y la hegemonía de su dominio colonial en varias continentes fue la razón última de que se lograra imponer, en el seno de esa conferencia internacional celebrada en 1884 el meridiano de Greenwich, es decir, el de Londres, como meridiano cero a partir del cual se diseñaría todo el sistema de los husos horarios, el mismo que sigue vigente hoy en día.  A partir de este meridiano se marcaron los otros veintitrés a intervalos de quince grados, asignándole a cada uno de ellos la hora correspondiente. Puesto que a estos veinticuatro meridianos de referencia se les asignó por defecto el valor intermedio de sus respectivos husos horarios, las “fronteras” entre dos husos contiguos, que serían las que determinaran el cambio de una hora a la vecina, serían obviamente los meridianos intermedios entre los dos de referencia. Dicho con otras palabras, el huso horario del meridiano de Greenwich, o de cualquier otro, quedó definido en el intervalo comprendido entre el correspondiente a media hora antes (7,5 grados al este) y el de media hora después (7,5 grados al oeste). EL MERIDIANO DE GREENWICH NO PASA POR CANARIAS Parece evidente que el meridiano de Greenwich no pasa por las Islas Canarias ni siquiera por la Isla del Hierro. Sin embargo, el origen de la confusión del ministro se encuentra en que por ambas localidades han pasado el meridiano cero o de referencia. Antiguamente la mayoría de las marinas de Europa continental usaban el meridiano de El Hierro, que pasaba por la Punta de Orchilla, al oeste de esta isla canaria. De hecho, a la Isla de El Hierro se le denomina “Isla del Meridiano” ya que durante siglos el meridiano cero estaba en El Hierro, más concretamente en dicha Punta de la Orchilla. Antes de descubrirse América, cuando la tierra era plana para sus habitantes, la isla de El Hierro era el extremo más occidental del mundo. Según parece fue Ptolomeo el que colocó el meridiano cero en Punta de la Orchilla. Ese sí que era entonces el “fin del mundo” aunque este nombre lo llevara y lleve otro lugar de la costa gallega. En el siglo segundo de nuestra era, Ptolomeo consideró como "meridiano cero" al que pasaba por el extremo occidental de la isla y así se mantuvo durante años. En 1634 el cardenal Richelieu reunió en París a matemáticos, astrónomos y demás hombres de saber para establecer un meridiano cero, de tal forma que sirviera de referente para todos los países. Se mantuvo la decisión de Ptolomeo y El Hierro siguió siendo el punto de referencia. Un decreto de Luis XIII determinaba que los franceses no atacarían barcos españoles al este de este Primer Meridiano, ni al norte del Trópico de Cáncer. Así permanecieron las cosas hasta que a finales del siglo XIX fue desplazado por el que pasa por Greenwich. Por cierto, como ya sabemos la conferencia internacional celebrada en Washington se produjo en 1884 y no en 1844, como dice el ministro.

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FRANKENSTEIN

Mary Shelley, nacida en un ambiente familiar muy progresista y revolucionario para la época (su padre fue el político y autor británico William Godwin y su madre la destacada feminista Mary Wollstonescraft), debió pronto sufrir los embates de los prejuicios sociales de la era pre-victoriana: su relación con el poeta Percy Shelley, un hombre casado que había abandonado su matrimonio para unirse a ella, la enemistó con su entorno social, razón por la cual los enamorados prefirieron viajar de manera frecuente, así evitando el desprecio y el cotilleo al que eran sometidos (en rigor de verdad, el poeta Shelley también huía de sus numerosos acreedores). Uno de esos periplos, en 1816, los condujo a Suiza, en compañía de otro notable escritor, George Gordon, más conocido como Lord Byron, y un amigo y secretario de éste, el médico John Polidori. 1816 fue un año climáticamente horrendo, húmedo, lluvioso y de bajas temperaturas, a raíz de la erupción del volcán Tambora en Indonesia un año atrás. Tal situación impedía el esparcimiento al aire libre, por lo que el grupo se divertía leyendo historias de fantasmas en las noches pasadas en la Villa Diodati que Byron había rentado en cercanías del Lago de Ginebra. De acuerdo al estudioso Donald Olson, en la noche del 16 de Junio de 1816, Lord Byron sugirió que los cuatro miembros de la reunión escribieran una historia de fantasmas o aparecidos, muy populares en tiempos del romanticismo. El poeta Shelley no cumplió el encargo, Byron sólo esbozó una historia de vampiros de los Balcanes, región que había visitado. John Polidori completó el famoso relato El vampiro, que publicó en 1819, y que fue hasta la aparición de Drácula (1897), de Bram Stoker, la historia de vampirismo más famosa. Sin embargo, el relato de Mary Shelley, Frankestein o el moderno Prometeo, es el que más acabadamente homenajea a la literatura fantástica.

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Debe aclararse que el nombre de la obra, Frankestein, no hace alusión al monstruo sino a su creador, el malogrado científico Victor Frankestein. Nunca en las páginas de la novela se da nombre a la criatura. Frankestein apareció en 1818, sin firma, ya que no se consideraba de buen gusto que las mujeres se dedicasen a la literatura, y obtuvo un modesto éxito de público, aunque fue rechazado por la crítica. La segunda edición, que data de 1822, muestra a Mary Shelley como autora, ya que los lectores exigían conocer al dueño de una imaginación tan frondosa; grande fue la sorpresa al descubrir que se trataba de la señora Shelley. En 1831 vio la luz la tercera edición, expurgada de muchos elementos considerados provocadores, detalle por el cual la edición de 1818 es la preferida de todos los lectores hoy día y es considerada la verdadera y original. El subtítulo de la obra, el moderno Prometeo, hace alusión a la historia del titán Prometeo, conocida por Mary Shelley a través de su afición a la literatura antigua: según cuenta el poeta romano Ovidio, Prometeo forjó a la humanidad de la arcilla y robó a los dioses el secreto del fuego, transgresión por la que Zeus lo castigo impiadosamente. Prometeo es el creador de una humanidad frágil e imperfecta, como lo es Victor Frankestein respecto de su criatura. En cuanto al origen del nombre Victor Frankestein, muchas versiones se han ofrecido. Una de ellas sugiere que Mary Shelley tomó el nombre de pila, Victor, del poema El paraíso perdido, de John Milton, en el cual el autor llama a Dios the Victor, el victorioso. En referencia al sonoro apellido Frankenstein (cuyo significado es la piedra o el basal de los francos), numerosos castillos hay en Alemania y Polonia dotados del mismo nombre, en Hesse, Turingia, Silesia y el Palatinado. Incluso existe una noble dinastía alemana de ese nombre cuyos antepasados pueden rastrearse hasta el siglo X. Algunos estudiosos han sugerido que en sus reiterados viajes el matrimonio Shelley se hospedó en alguno de los castillos. La obra capital de Mary Shelley ha dado origen a sinnúmero de adaptaciones teatrales y cinematgráficas, desde la archifamosa versión de 1931 protagonizada por Boris Karloff hasta la superproducción de 1994, en la que el papel de la criatura correspondió a Robert de Niro. Así como Frankestein es la primera trama que trata de la fusión entre esoterismo y ciencia y que se aventura en la posibilidad de la resurreccion de los muertos a través de la manipulación tecnológica, al mismo tiempo es el primer relato zombi, ya que la criatura del infortunado Victor Frankestein está probablemente hecha de cadáveres humanos. En la novela, Frankestein se niega a revelar el método que utilizó para dar vida a su creación, pero la apariencia del monstruo permite suponer que es así. La moraleja de la obra de Mary Shelley es una advertencia romántica, pero a la vez muy realista, de los peligros involucrados en la manipulación del orden natural, los excesos del progreso científico y el riesgo de jugar a ser creador o destructor de la vida y el universo.

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O

nce upon a midnight dreary, while I pondered weak and weary,

Cierta vez, en una oscura medianoche, mientras me inclinaba, triste y cansado,

Eagerly I wished the morrow;- vainly I had sought to borrow

Ansioso yo deseaba el alba; - en vano había buscado olvido

la puerta de mi habitación;-

This it is and nothing more". Eso es, y nada más".

Presently my soul grew stronger; hesitating then no Over many a quaint and For my books sourcease of longer, curious volume of forgotten sorrow - sorrow for the lost Entonces mi alma se hizo fuerte, lore, Lenore demorándolo no más, sobre un antiguo y curioso volumen en mis libros, fuente de pena - pena por la de historias olvidadas, perdida Elenora,

While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,

For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore -

mientras cabeceaba, casi dormitando, surgió de pronto un golpeteo,

por la excepcional y radiante doncella a quien los ángeles llaman Elenora.

As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.

Nameless here for evermore.

Ya sin nombre aquí, para siempre.

Sólo eso, y nada más."

terrores nunca antes sentidos;

"Sir" said I, "or Madam, truly your forgiveness I implore; "Señor" dije "o Señora, su perdón sinceramente imploro;

But the fact is I was napping, and so gently you came rapping, pero el hecho es que dormitaba, y tan suavemente Usted llegó llamando,

como alguien, suavemente llamando, llamando a la puerta de mi habitación .

And so faintly you came And the silken, sad, tapping, tapping at my uncertainly rustling of each chamber door;"'t is some visitor", I purple curtain y tan delicadamente Usted muttered, "tapping at my Y el sedoso, triste, incierto crujido de cada llegó tocando, tocando en la chamber door cortinado púrpura puerta de mi habitación: "Es algún visitante" - musité - "tocando en la puerta de mi habitación. Thrilled me - filled me with That I scarce was sure I fantastic terrors never felt heard you" - here I opened Only this and nothing before; the door:more". me estremecía - me llenaba de fantásticos que yo ni seguro estaba de haber oído" aquí abrí la puerta: -

Ah!, distinctly I remember it So that now, to fill he Darkness there and nothing was in the bleak December; beating of my heart, I stood more. Ah! Claramente recuerdo, era en el frío repeating, Oscuridad allá y nada más. Diciembre;

tal que ahora, para contener de mi corazón el latido, dí en repetir,

Deep into that darkness And each separate dying peeping, long I stood there ember wrought its ghost "'t is some visitor entreating wondering, fearing, upon the floor. entrance at my chamber Avizorando en lo profundo de esa y cada moribunda llama dibujaba su door;oscuridad, largamente estuve fantasma sobre el piso.

"Es algún visitante aguardando entrar, en

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interrogándome, temiendo,

explore;-

déjame, corazón, quieto un momento, y

Doubting, dreaming dreams este misterio exploremos:no mortal ever dared to dream before; 't is the wind and nothing dudando, soñando sueños que ningún more." mortal osó antes soñar;

es el viento y nada más".

But the silence was Open here I flung the unbroken, and the stillness shutter, when, with many a gave no token, flirt and flutter,

pero el silencio estaba intacto, y la quietud Aquí, de golpe abrí la persiana, cuando, no daba indicio, con mucho aleteo y gracia,

And the only word there In the stepped a stately spoken was the whispered Raven of the saintly days of word, "Lenore?" yore;

By the grave and stern decorum of the countenance it wore, por la grave y pomposa actitud que su aspecto asumía

"Thought thy crest be shorn and shaven, thou", I said, "are sure no craven, "A pesar de tu escasa y pelada cresta", dije, "seguramente no eres tú, cuervo,

Ghastly grim and ancient Raven wandering from the Nightly shore -

fantasmagórico, lamentable y anciano cuervo, un vagabundo de las costas de la y la única palabra allí pronunciada fue la entró un majestuoso cuervo, de los sacros Noche susurrada palabra, "¿Elenora?" días de antaño;

Merely this and nothing more. Sólo esto y nada más.

Back into the chamber turning, all my soul within me burning,

Volviendo a entrar en la habitación, toda mi alma ardiendo en mi interior,

Soon again I heard a tapping somewhat louder than before. pronto escuché un golpeteo, algo más fuerte que antes.

"Surely", said I, "surely that is something at my window lattice;

"Seguramente", me dije, "seguramente es algo en el marco de mi ventana;

Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;

ni el menor temor expuso; ni un instante se detuvo u observó;

But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door-

mas, actuando tal Lord o Lady, posó sobre la puerta de mi habitación -

Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door-

posó sobre un busto de Pallas justo sobre la puerta de mi habitación -

Perched, and sat, and nothing more. se posó, se sentó, y nada más.

Let me see, then, what thereat is, and this mistery Then this ebony bird explore;beguiling my sad fancy into veamos, entonces, qué es eso, y este smilling, misterio exploremos;-

Let me heart be still a moment and this mistery

Entonces, este pájaro de ébano trocó en sonrisa mi triste estado,

Tell me what thy lord name is on the Night's Plutonian shore." Dime cuál vuestro nombre es, en las costas de la Noche Plutoniana."

Quoth the Raven, "Nevermore".

Dijo el Cuervo, "Nunca más".

Much I marveled this ungainly fowl to hear discourse son plainly,

Mucho me asombró escuchar a esa desgarbada ave discursear tan tontamente,

Though its answer little meaning - little relevancy bore;

por el escaso significado de su respuesta por su escasa relevancia y contenido;

For we cannot help agreering that no living human being

que no podía ayudarme a entender cómo ningún ser humano

Ever yet was blessed whit

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seeing bird above his chamber door-

había antes tenido la bendición de ver un ave sobre la puerta de su habitación-

Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,

ave o bestia, posada en el esculturado busto sobre la puerta de su habitación,

With such name as "Nevermore"

con un nombre tal como "Nunca más".

But the Raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only

Pero el Cuervo, solitariamente sentado en el quieto busto, dijo sólo

That one word, as if his soul in that one word he did outpour.

esa única palabra, como si su alma con esa única palabra se expresara.

Nothing farther then he uttered - not a feather then he fluttered Nada además entonces exclamó - ni siquiera entonces aleteó -

Till I scarcely more than muttered, "Other friends have flown before,

Hasta que yo, poco menos que musité, "Otros afectos han partido antes,

Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,

Sorprendido por el quiebre del silencio con fantasías entre fantasías, pensando qué ese ominoso pájaro ancestral respuesta tan oportunamente dicha,

"Doubtless", said I, "what it What this grim, ungainly, utters is its only stock and ghastly, gaunt, and ominous bird of yore store

qué este desdichado, desgraciado, "Sin duda", me dije, "lo que expresa es su espeluznante, esmirriado y ominoso pájaro única memoria, ancestral

Caught from some unhappy master whom unmercifull Disaster, tomada de algún infeliz amo a quien inmisericordes desgracias

Followed fast and followed faster till his songs one burden bore-

Then de bird said, "Nevermore".

Entonces dijo el ave, "Nunca más.

Meant in croaking "Nevermore".

Quería decir cacareando "Nunca más"

This I sat engaged in guessing, but no syllabe expressing

Esto me senté pensando, ni una sílaba expresando persiguieron cada vez más, hasta que sus pensamientos fueron una obsesión -

To the fowl whose fiery eyes now burned into my Till the dirges of his Hope bosom's core; that melancholy burden bore hasta que las letanías de su Esperanza se tornaron en esta melancólica repetición

al pájaro, cuyos fieros ojos ahora quemaban lo recóndito de mi pecho;

Of 'Never - nevermore'".

This and more I sat divining, with my heart at ease reclining

de "Nunca - nunca más"

esto y más estaba yo sentado adivinando, con mi corazón comodamente reclinándose Pero, aún tornando el cuervo en sonrisas mi tristeza,

But the Raven still beguiling my sad fancy into smiling,

Straigh I wheeled a cushioned seat in front of On the morrow he will leave bird and bust and door; me, as my Hopes have flown hice girar y llevé un acolchado asiento before." frente a pájaro, busto y puerta; en el alba él me dejará, como mis esperanzas antes han partido."

Fancy unto fancy, thinking what that ominous bird of yore -

Then, upon the velver sinking, I betook myself to linking

y entonces, en él arrellanado, mi ser llevé a trenzar

On the cushion's velvet lining that the lamp-light gloated o'er,

en la acolchada tela de aquel tapiz en que luz de la lámpara iluminó a Aquella,

But whose velver-violet lining with the lamp-light gloating o'er, pero en cuya tela purpurada con la lámpara iluminándola,

She shall press, ah, nevermore.

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ella no volvería a estar sentada, ah, nunca más.

Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer

adoramos -

sobre mi puerta!

Tell this soul with sorrow Take thy beak from out my laden if, within the distant heart,and take thy form Aidenn, from off my door!"

di a esta alma cargada de tristeza, si en el Quita tu pico fuera de mi corazón, y quita distante infinito, tu forma de sobre mi puerta!" Entonces, sentí que el aire se hacía denso, perfumado por un oculto incensario

Swung by seraphim whose foot-falls tinkled on the tufted floor. agitado por un duende cuyos zapateos golpeteaban en el piso alfombrado.

"Wretch", I cried, "thy God hath lent thee - by these angels he hath sent thee

"Malvado", exclamé, "a quien Dios ha utilizado - por esos angeles que Él te ha enviado

Respite - respite and nepenthe from my memories of Lenore;

dame respiro - respiro y alivio de mis recuerdos de Eleonora;

Quaff, oh, quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!" Bebe, oh, bebe este bálsamo gentil, y olvida a la perdida Eleonora!"

Quoth the Raven, "Nevermore".

It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore -

Quoth the Raven, "Nevermore".

Dijo el Cuervo, "Nunca más"

podrá abrazar la santa doncella a quien los ángeles llaman Eleonora -

And the Raven, never Clasp a rare and radiant flitting, still is sitting, still is maiden whom the angels sitting name Lenore." Y aquel cuervo, siempre quieto, sigue abrazar a la excepcional y radiante doncella a quien los ángeles llaman Eleonora."

Quoth the Raven, "Nevermore".

Dijo el Cuervo, "Nunca más"

"Be that word our sign of parting, bird or fiend!" I shrieked, upstarting

sentado, sigue sentado

On the pallid bust of Pallas just above my chamber door; sobre el pálido busto de Pallas, justo sobre la puerta de mi habitación;

And his eyes have all the seeming of a demon's that is dreaming,

tienen sus ojos siempre el aspecto de los "Sea esa palabra nuestro signo de partida, de un demonio en ensueños, pájaro o ser maligno!" vociferé, levantándome And the lamp-light o'er him

"Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!

Dijo el Cuervo, "Nunca más".

"Vuelve a la tempestuosa Plutoniana costa de la Noche!

"Profeta!", dije, "ser del mal! - profeta sí, ya seas pájaro o diablo!

No dejes ni una negra pluma como recuerdo de la mentira que tu alma ha dicho!

streaming throws his shadow on the floor,

y la lámpara de Aquella, con su luz, proyecta su sombra en el suelo,

And my soulk from out that shadow that lies floating on the floor "Prophet!" said I, "thing of Leave no black plume as a y mi alma, de esa sombra que yace evil! - prophet still, if bird token of that lie thy soul hath spoken! flotando en el piso or devil!

By that Heaven that bends above us - by that God we both adore por ese Cielo cuya esfera está sobre nosotros - por ese Dios que ambos

Leave my loneliness unbroken! - quit the bust above my door!

Deja mi soledad intacta - sal del busto

Shall be lifted - nevermore! no se librará - nunca más!

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“Je tiens l’affaire!” “¡Ya lo tengo!” fueron las primeras palabras de Champollion a su hermano antes de comunicarle que era capaz de descifrar la escritura sagrada del Antiguo Egipto. Acto seguido, sufriría un desmayo como resultado del agotamiento mental. Con la ayuda de los grabados de la piedra Rosetta, que ofrecían un mismo texto traducido a tres lenguas (jeroglífico, demótico y griego), Champollion acababa de demostrar que la escritura jeroglífica no era exclusivamente simbólica como erróneamente se había creído desde hacía siglos. ¿CÓMO LO HIZO? En primer lugar, comparó el número de caracteres egipcios con el de palabras griegas: 1.419 caracteres egipcios y 486 palabras griegas; por lo tanto, los jeroglíficos no podían representar palabras, sino fragmentos de representarían sonidos como en palabras. Además, se fijó especialmente en nuestros alfabetos? aquellos grupos de símbolos jeroglíficos que aparecían en un círculo (cartuchos) y que, El hecho de que la palabra según se pensaba, debían designar nombres “faraón” (Ptah) y el mismo nombre de personajes que reinaron. Por lo tanto, del faraón (Ptolemeu) presentaran hacían referencia a nombres propios que los dos mismos símbolos iniciales tanto en griego como en jeroglífico se (p y t), parecía responder deberían pronunciar del mismo modo. afirmativamente a esta pregunta. Para reforzar el planteamiento, Si el texto griego Champollion sólo debía hablaba de una fijarse en nombres de alabanza al regentes en otras rey “Ptolmis” fuentes que (Ptolomeo), compartieran el descendiente máximo de letras con del general de el cartucho de Ptolmis. Alejandro En el obelisco Filas Magno, no aparecía el nombre de costaría demasiado localizar los Cleopatra, que ofrecía correspondientes cartuchos para comprobar hasta cuatro letras comunes (p, t, que, efectivamente, los egipcios podían o y l). Con respecto a la letra T, también hacer referencia a una entidad del Champollion dedujo que se podría mundo real (por ejemplo el faraón) a través, no escribir de dos maneras de uno, sino de más de un símbolo. ¿Se podría diferentes, cosa que resultó hablar pues de la existencia de símbolos que correcta.

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Este procedimiento permitía a Champollion ir confeccionando un primer alfabeto de símbolos fonéticos (fonogramas), con el cual se aventuró a descifrar más cartuchos, como este: Las letras que conocía eran las siguientes: 123456789 
A L ? S E ? T R ? Así, dedujo que este nombre era el de ALKSENTRS (Alexandre), y añadió 3 símbolos nuevos a su diccionario. Mediante este procedimiento, en pocas semanas, estudiando numerosos cartuchos disponibles no traducidos todavía, llegó a definir alrededor de 100 signos jeroglíficos. Pero no acabaron aquí sus descubrimientos. Los jeroglíficos no eran tan sencillos. IMÁGENES QUE REPRESENTAN SONIDOS Los éxitos de Champollion no radican sólo en identificar algunos signos jeroglíficos con letras que representan sonidos (fonogramas), sino también en descubrir por qué se escogían precisamente estos signos para cada sonido. Esto lo consiguió gracias a sus grandes conocimientos de copto, lengua emparentada con el egipcio de la época faraónica. Los signos jeroglíficos no dejaban de ser figurativos (representaban objetos, como por ejemplo, un león) y fue al expresar estas imágenes en copto, cuando Champollion se dio cuenta de que se escogía la imagen para representar los sonidos iniciales. Por ejemplo, un león para representar el sonido inicial: "L". La complejidad de la escritura jeroglífica se hacía bien patente, puesto que un mismo nombre podía componerse de ideogramas y fonogramas. Por ejemplo, en el cartucho siguiente: El círculo representa el Sol, pronunciado RA en

copto. En la piedra Rosetta, Champollion encuentra el segundo símbolo traducido al griego por “nacimiento”, que en copto se pronuncia como MS. Finalmente, los dos últimos signos ya los había descrito en su diccionario como SS. Así, dedujo el nombre de RAMSSS, Ramsés, el faraón del gran Éxodo hebreo.Acto seguido, traduce también el siguiente: El pájaro del jeroglífico representa un ibis, que a su vez es símbolo del dios egipcio Thot. La traducción sería, pues: THOTMSS, Tutmosis, otro famoso faraón. Estas fueron los primeros pasos de Champollion a la hora de resolver el misterio de los jeroglíficos. Unos años después, —con el sistema más perfeccionado—, llegaría a la conclusión de que el jeroglífico era un combinado complejo de ideogramas, fonogramas y determinativos (símbolos para evitar ambigüedades). Desde entonces, la egiptología se serviría de todos estos estudios para seguir investigando.

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DICCIONARIO JEROGLÍFICO Champollion descubrió que los jeroglíficos representaban sonidos o conjuntos de sonidos. Pretendían plasmar por escrito el lenguaje hablado. Pero a menudo los jeroglíficos omitían las vocales y por esto hay palabras que nunca sabremos completamente como se pronunciaban. Los jeroglíficos, además, se podían escribir de izquierda a derecha, de derecha a izquierda o de arriba abajo. Para saber en qué sentido de los dos primeros se deben leer, debemos fijarnos si aparecen símbolos que representen hombres o animales. Si miran hacia la izquierda, el texto se leerá de izquierda a derecha.

La vida de J. F. Champollion (1790-1832) es una verdadera carrera contrarreloj que da sentido a la monumental tarea para la cual el lingüista francés se sintió en todo momento preparado: el desciframiento de los jeroglíficos.

Hablamos de un apasionado orientalista que ya con dieciséis años manifestó la sospecha que la escritura jeroglífica del Egipto faraónico estaba directamente relacionada con el copto, el lenguaje egipcio coincidente con la era cristiana. En sólo cuatro años, sin dejar de investigar y profundizar sus conocimientos en otras lenguas (árabe, hebreo, persa o sánscrito), Champollion fue nombrado miembro de la Académie Delphinale de Grenoble y profesor de la facultad de historia de la misma ciudad. Antes de su exilio a Figéac (1816-1817), tuvo tiempo de publicar su trabajo L’Egypte sous les Pharaons (1814) y de elaborar una La gramática y un diccionario del copto. Desde piedra Rosetta ha entonces y hasta 1822, Champollion retomó sido fundamental intensamente el estudio de los jeroglíficos en para el nacimiento Grenoble y en París. La fecha clave en esta de la egiptología. tarea fue el 22 de septiembre del mismo Esta importancia se 1822, cuando el incansable lingüista hizo origina gracias a la público a Lettre à Monsieur Dacier que, última frase del estudiando la piedra Rosetta, había texto que encontramos grabado: “Este conseguido lo que parecía imposible: decreto ha de ser escrito sobre piedra con descifrar los jeroglíficos egipcios. En 1828 viajó a Egipto y se dedicó a la frenética los símbolos de la escritura sagrada jeroglífica, popular demótica y griega”. La recopilación de material que después traduciría. En veinte meses puso a prueba in tranquilidad de saber que el texto en la situ todos sus conocimientos. No es extraño, enigmática lengua contenía la misma pues, que la primera cátedra de egiptología información que el texto griego, no sólo de la historia se creara en 1831 en el Collège animó a Champollion, sino también a de France expresamente para Champollion. Silvestre de Sacy (1758-1838), Thomas Young (1773-1829) o Karl Richard Lepsius Finalmente, el agotamiento venció a Champollion, pero ni siquiera una muerte (1810-1884), entre otros. Como vemos, prematura no impidió que se publicaran todo un reto que seducía a cualquiera. póstumamente —durante más de diez años— obras que habían quedado en el cajón, entre ellas la Grammaire égyptienne y el 18 Dictionnaire égyptienne.


TIENES CEREBRO DE PINGÜINO Los “Pingüinos de Madagascar” son una suerte de actualización infantil del “Equipo A” de los 80. Un equipo de “pingüinos militarizados” que en cada episodio cumplen misiones tan descabelladas como entretenidas. Este equipo de cuatro pingüinos (al igual que pasaba en el “Equipo A”) llama especialmente la atención por tener 4 miembros con personalidades muy diferenciadas pero complementarias. Para entender por qué este tipo de equipos (extremadamente diferentes pero complementarios tiene éxito) tenemos que viajar a Suiza a principios del siglo XX. Allí encontramos a Carl Gustav Jung, padre de la Psicología Analítica. Este coetáneo (y amigo) de Sigmund Freud sentó las bases para entender de forma clara por qué cada persona reacciona de una forma distinta ante situaciones idénticas. En su libro “Tipos Psicológicos” (Psychologische Typen, 1921), Jung detallaba dos actitudes básicas (introversión y extraversión) y cuatro funciones (pensamiento, sentimiento, sensación e intuición).

En una persona equilibrada, una de las funciones será dominante mientras que otras dos serán las auxiliares. Una de las funciones suele quedar inerte quedando únicamente como opuesta a la principal. En cada cuadrante estarán los pensamientos, sentimientos y repertorio conductual de cada indivíduo. Si contrapusiésemos los dos cuadros, se formaría un cubo con 4 zonas diferenciadas. De este modo, Jung nos presentaba que cualquier persona más allá de la actitud con la que decidiera (consciente o inconscientemente) actuar en cada momento o situación (introvertida o extrovertida) tenía una serie de pensamientos, sentimientos y repertorio conductual idénticos. De forma muy simplificada, podríamos decir que podemos clasificar a las personas en 4 tipos básicos, de los que podríamos conocer tanto la personalidad como la forma preferente de actuación en cada situación.

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A decir verdad, lo único que Jung hizo fue plasmar de forma analítica lo que todos sabíamos desde hace siglos. Frases como: “la cabra tira al monte” y fábulas como la del escorpión y la rana no hacen más que aclarar que desde la antigüedad, podemos saber (aproximadamente) como se comportará una persona a la que conocemos bien en una situación concreta. Vamos a hacer una pequeña prueba: ● Escribe en un papel una situación que consideres límite (un incendio en casa, un accidente en la piscina, una boda…) ● Ahora piensa en cómo se comportarían en ese caso las siguientes personas: ○ Tu jefe 
○ Tu madre 
○ Tu mejor amigo 
○ Tu camarero favorito de tu bar favorito Estoy casi seguro de que acertarías en un 90% de los casos la forma en que esas personas se comportarían en ese momento. La personalidad humana es muy compleja pero mucho más sencilla de entender si encierra dentro de unos límites. Vamos a poner esos límites y para ello utilizaremos a los Pingüinos de Madagascar. Cada uno de los pingüinos de Madagascar representa cada una de las zonas del cubo de Jung. Podría decirse que se trata de personalidades “desequilibradas” según la teoría de Tipos Psicológicos ya que carecen de rasgos de otros cuadrantes. SKIPPER Su personalidad estaría definida por el cuadrante de la racionalidad (pensamiento) y la intuición, podría decirse que tiene el máximo posible de ambas cosas. Ello le hace decidido a la hora de tomar decisiones. Prefiere la acción a la reflexión. Es extremadamente competitivo siempre que se plantea una situación en la que haya algo en juego, odia perder. Además, su exceso de intuición y ansia de acción, le hace llegar a ser temerario y a no evaluar suficientemente los riesgos en algunas ocasiones. En momentos de stress y cuando las cosas se tuercen se vuelve intolerante (ve insubordinación por todas partes), controlador y agresivo. KOWALSKI Se trata del pingüino que ocuparía el cuadrante entre sensación y el pensamiento. Prefiere la reflexión a la acción, pero esa reflexión ha de estar basada siempre en hechos racionales. Es el más imparcial de los pingüinos, nunca toma una decisión sin tener el máximo de información posible. Le

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gusta analizar los pros y los contras y desarrollar un método para cualquier acción. En un mal día, se vuelve suspicaz e indeciso. RICO No busques reflexión o racionalidad en este pingüino, si hay acción de por medio es tu pingüino. Además puedes contar con él siempre. Nunca te preguntará por qué le pides las cosas, las hará porque se las pides. Es emoción e intuición al 100%. Siempre está animado y optimista. Es espontáneo, efusivo y sociable, pero cuidado… la mayoría de las veces, sin alguien que lo controle se excitará y se volverá precipitado, frenético e indiscreto. PRIVATE Es el cuadrante de la sensación y el sentimiento. Es tranquilo y conciliador. Intenta evitar las confrontaciones ya que huye de cualquier sensación que no sea confortable para él. Es paciente, tolerante y muy sensible. Cuando se le intimida, se vuelve dócil y sumiso, pero si por el contrario no se le presta suficiente atención, se vuelve obstinado y repetitivo. Todos tenemos un poco de cada pingüino en nuestra personalidad, pero saber cual es nuestra función dominante y nuestras funciones auxiliares pueden determinar en muchos casos (no en todos), la forma en la que nos comportaremos, qué decisión tomaremos y cómo nos afectarán ciertas cosas. Para determinar todo ello, durante la segunda guerra mundial, se desarrolló el indicador MyersBriggs. Un conjunto de herramientas que permitían medir, analizar y clasificar a cada persona en función del peso de cada una de las funciones (pensamiento, sentimiento, sensación e intuición), de la forma de interactuar con los demás (introversión y extroversión) y de si dicha interactuación era consciente o inconsciente. Si queréis conocer un poco más de la vida de Carl Gustav Jung os recomiendo echarle un vistazo a la película “A Dangerous Method” de David Cronenberg con Michael Fassbender, Viggo Mortensen (interpretando magistralmente a Freud) y Keira Knightley. Aunque no se hable de los tipos psicológicos, os ayudará a entender un poco más como desarrolló Jung la teoría de la Psicología Analítica.

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Completely Automated Public Turing test to tell Computers and Humans Apart

Los captchas son utilizados para evitar que robots, también llamados spambots, puedan utilizar ciertos servicios. Por ejemplo, para que no puedan participar en encuestas o foros de discusión, registrarse para usar cuentas de correo electrónico (o su uso para envío de correo basura) y más recientemente, para evitar que un bot de este tipo pueda enviar correo basura (el remitente debe pasar el test antes de que se entregue al destinatario). Si bien 2012 fue el año dedicado a la memoria de Alan Turing, y el legado del matemático fue divulgado masivamente,  existe una película, Blade Runner, que ha contribuido a la difusión de un test que se ha convertido en una leyenda, aunque su objetivo no es otro que  demostrar la existencia de inteligencia en una máquina mediante una sencilla prueba donde un juez humano debe discernir, a través de una serie de preguntas, si su interlocutor es un robot o una persona. Desde 1990, auspiciado por el filántropo  Hugh Loebner,  también se celebra el  Premio Loebner para honrar la memoria de Alan Turing. Una vez al año, robots de todo el mundo compiten para tratar de superar la prueba, aunque nadie ha podido hacerlo todavía. Si bien existen premios menores de consolación, los 100.000 dólares del premio gordo permanecen desiertos. Cuando un androide sea capaz  de hacerse pasar por un humano antes los jueces, el concurso de desconvocará para siempre. Aunque muchos han estado cerca, aún no ha llegado el día en que una máquina haya imitado la inteligencia humana. A PUNTO DE LOGRARLO Entre todos los robots presentados, ha habido uno que estuvo a punto  de conseguirlo. Fue en 2010, cuando el andoide Suzette  (puedes probarlo online), desarrollado por  Bruce Wilcox, que volvió a ganar el certamen el año siguiente,  logró engañar al juez del Premio Loebner gracias a una conversación sobre política en la que el bot sembró la confusión con una imitación casi perfecta de un humano. En la palabra imitar está la clave. De hecho, los críticos del test de Turing esgrimen el argumento de que la mayoría de los robots que se enfrentan a él no están basados en un auténtica inteligencia artificial, sino en una especialmente dirigida para superar la prueba. Además, todo está permitido, desde las respuestas absurdas hasta las mentiras. De hecho, Wilcox es especialista en la programación de  chatbots,  y una de sus aplicaciones, de nombre Tom Loves Angela, es ya un clásico de los programas de conversación basados en inteligencia artificial.

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Según los expertos, el Premio Loebner es la prueba más fiel al test original, aunque existen una serie de concursos en la misma línea. Entre ellos, Turing 100, donde el año pasado se produjo una sorpresa protagonizada por un robot que imitaba a un adolescente de trece años. El programa  Eugene Goostman  (también puedes testarlo), que también obtuvo los mejores resultados en varias ediciones del Premio Loebner, obtuvo un 29% de respuestas consideradas humanas, cuando el límite para superar el test de Turing se encuentra en el 30%. FECHA LÍMITE Como ocurre con la ley de Moore, sobre la que existen pronósticos sobre su fecha de caducidad (unos hablan de que será el año que viene, mientras otros le dan algunos años más), con el test de Turing también existen especulaciones sobre cuándo los robots superarán el límite de su inteligencia hasta el punto que puedan ser considerados, desde esa perspectiva, completamente humanos. Ray Kurzweil, uno de los principales teóricos de este tipo de teorías, ha predicho que un ordenador pasará la prueba de Turing en el año 2029, basándose en el concepto de la singularidad tecnológica En ese sentido, Ray Kurzweil, uno de los principales teóricos de este tipo de teorías, ha predicho que un  ordenador pasará la prueba de Turing en el año 2029, basándose en el concepto de la  singularidad tecnológica. En la misma línea, Luis Von Ahn, uno de los mayores  expertos en inteligencia artificial de nuestra época, y creador de los que hoy se considera un test de Turing inverso, los captchas que hace varias semanas logró descifrar precisamente un robot, considera que aún resta un largo camino para que un androide sea capaz de igualar a los humanos.  “Es difícil saberlo, pero quizás hasta dentro de 10 ó 20 años no sea posible. Por ejemplo, un ordenador capaz de escribir noticias correctamente estaría muy cerca de superar el test de Turing”, explica el experto en ciencia computacional.

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ENCENDER UNA HOGUERA

De Jack London

Acababa de amanecer un día gris y frío, enormemente gris y frío, cuando el hombre abandonó la ruta principal del Yukón y trepó el alto terraplén por donde un sendero apenas visible y escasamente transitado se abría hacia el este entre bosques de gruesos abetos. La ladera era muy pronunciada, y al llegar a la cumbre el hombre se detuvo a cobrar aliento, disculpándose a sí mismo el descanso con el pretexto de mirar su reloj. Eran las nueve en punto. Aunque no había en el cielo una sola nube, no se veía el sol ni se vislumbraba siquiera su destello. Era un día despejado y, sin embargo, cubría la superficie de las cosas una especie de manto intangible, una melancolía sutil que oscurecía el ambiente, y se debía a la ausencia de sol. El hecho no le preocupaba. Estaba hecho a la ausencia de sol. Habían pasado ya muchos días desde que lo había visto por última vez, y sabía que habían de pasar muchos más antes de que su órbita alentadora asomara fugazmente por el horizonte para ocultarse prontamente a su vista en dirección al sur. Echó una mirada atrás, al camino que había recorrido. El Yukón, de una milla de anchura, yacía oculto bajo una capa de tres pies de hielo, sobre la que se habían acumulado otros tantos pies de nieve. Era un manto de un blanco inmaculado, y que formaba suaves ondulaciones. Hasta donde alcanzaba su vista se extendía la blancura ininterrumpida, a excepción de una línea oscura que partiendo de una isla cubierta de abetos se curvaba y retorcía en dirección al sur y se curvaba y retorcía de nuevo en dirección al norte, donde desaparecía tras otra isla igualmente cubierta de abetos. Esa línea oscura era el camino, la ruta principal que se prolongaba a lo largo de quinientas millas, hasta llegar al Paso de Chilcoot, a Dyea y al agua salada en dirección al sur, y en dirección al norte setenta millas hasta Dawson, mil millas hasta Nulato y mil quinientas más después, para morir en St. Michael, a orillas del Mar de Bering. Pero todo aquello (la línea fina, prolongada y misteriosa, la ausencia del sol en el cielo, el inmenso frío y la luz extraña y sombría que dominaba todo) no le produjo al hombre ninguna impresión. No es que estuviera muy acostumbrado a ello; era un recién llegado a esas tierras, un chechaquo, y aquel era su primer invierno. Lo que le pasaba es que carecía de imaginación. Era rápido y agudo para las cosas de la vida, pero sólo para las cosas, y no para calar en los significados de las cosas. Cincuenta grados bajo cero significaban unos ochenta grados bajo el punto de congelación. El hecho se traducía en un frío desagradable, y eso era todo. No lo inducía a meditar sobre la susceptibilidad de la criatura humana a las bajas temperaturas, ni sobre la fragilidad general del hombre, capaz sólo de vivir dentro de unos límites estrechos de frío y de calor, ni lo llevaba tampoco a perderse en conjeturas acerca de la inmortalidad o de la

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función que cumple el ser humano en el universo. Cincuenta grados bajo cero significaban para él la quemadura del hielo que provocaba dolor, y de la que había que protegerse por medio de manoplas, orejeras, mocasines y calcetines de lana. Cincuenta grados bajo cero se reducían para él a eso... a cincuenta grados bajo cero. Que pudieran significar algo más, era una idea que no hallaba cabida en su mente. Al volverse para continuar su camino escupió meditabundo en el suelo. Un chasquido seco, semejante a un estallido, lo sobresaltó. Escupió de nuevo. Y de nuevo crujió la saliva en el aire, antes de que pudiera llegar al suelo. El hombre sabía que a cincuenta grados bajo cero la saliva cruje al tocar la nieve, pero en este caso había crujido en el aire. Indudablemente la temperatura era aún más baja. Cuánto más baja, lo ignoraba. Pero no importaba. Se dirigía al campamento del ramal izquierdo del Arroyo Henderson, donde lo esperaban sus compañeros. Ellos habían llegado allí desde la región del Arroyo Indio, atravesando la línea divisoria, mientras él iba dando un rodeo para estudiar la posibilidad de extraer madera de las islas del Yukón la próxima primavera. Llegaría al campamento a las seis en punto; para entonces ya habría oscurecido, era cierto, pero los muchachos, que ya se hallarían allí, habrían encendido una hoguera y la cena estaría preparada y aguardándolo. En cuanto al almuerzo... palpó con la mano el bulto que sobresalía bajo la chaqueta. Lo sintió bajo la camisa, envuelto en un pañuelo, en contacto con la piel desnuda. Aquel era el único modo de evitar que se congelara. Se sonrió ante el recuerdo de aquellas galletas empapadas en grasa de cerdo que encerraban sendas lonchas de tocino frito. Se introdujo entre los gruesos abetos. El sendero era apenas visible. Había caído al menos un pie de nieve desde que pasara el último trineo. Se alegró de viajar a pie y ligero de equipaje. De hecho, no llevaba más que el almuerzo envuelto en el pañuelo. Le sorprendió, sin embargo, la intensidad del frío. Sí, realmente hacía frío, se dijo, mientras se frotaba la nariz y las mejillas insensibles con la mano enfundada en una manopla. Era un hombre velludo, pero el vello de la cara no lo protegía de las bajas temperaturas, ni los altos pómulos, ni la nariz ávida que se hundía agresiva en el aire helado. Pegado a sus talones trotaba un perro esquimal, el clásico perro lobo de color gris y de temperamento muy semejante al de su hermano, el lobo salvaje. El animal avanzaba abrumado

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por el tremendo frío. Sabía que aquél no era día para viajar. Su instinto le decía más que el raciocinio al hombre a quien acompañaba. Lo cierto es que la temperatura no era de cincuenta grados, ni siquiera de poco menos de cincuenta; era de sesenta grados bajo cero, y más tarde, de setenta bajo cero. Era de setenta y cinco grados bajo cero. Teniendo en cuenta que el punto de congelación es treinta y dos sobre cero, eso significaba ciento siete grados bajo el punto de congelación. El perro no sabía nada de termómetros. Posiblemente su cerebro no tenía siquiera una conciencia clara del frío como puede tenerla el cerebro humano. Pero el animal tenía instinto. Experimentaba un temor vago y amenazador que lo subyugaba, que lo hacía arrastrarse pegado a los talones del hombre, y que lo inducía a cuestionarse todo movimiento inusitado de éste como esperando que llegara al campamento o que buscara refugio en algún lugar y encendiera una hoguera. El perro había aprendido lo que era el fuego y lo deseaba; y si no el fuego, al menos hundirse en la nieve y acurrucarse a su calor, huyendo del aire. La humedad helada de su respiración cubría sus lanas de una fina escarcha, especialmente allí donde el morro y los bigotes blanqueaban bajo el aliento cristalizado. La barba rojiza y los bigotes del hombre estaban igualmente helados, pero de un modo más sólido; en él la escarcha se había convertido en hielo y aumentaba con cada exhalación. El hombre mascaba tabaco, y aquella mordaza helada mantenía sus labios tan rígidos que cuando escupía el jugo no podía limpiarse la barbilla. El resultado era una barba de cristal del color y la solidez del ámbar que crecía constantemente y que si cayera al suelo se rompería como el cristal en pequeños fragmentos. Pero al hombre no parecía importarle aquel apéndice a su persona. Era el castigo que los aficionados a mascar tabaco habían de sufrir en esas regiones, y él no lo ignoraba, pues había ya salido dos veces anteriormente en días de intenso frío. No tanto como en esta ocasión, eso lo sabía, pero el termómetro en Sesenta Millas había marcado en una ocasión cincuenta grados, y hasta cincuenta y cinco grados bajo cero. Anduvo varias millas entre los abetos, cruzó una ancha llanura cubierta de matorrales achaparrados y descendió un terraplén hasta llegar al cauce helado de un riachuelo. Aquel era el Arroyo Henderson. Se hallaba a diez millas de la bifurcación. Miró la hora. Eran las diez. Recorría unas cuatro millas por hora y calculó que llegaría a ese punto a las doce y media. Decidió que celebraría el hecho almorzando allí mismo. Cuando el hombre reanudó su camino con paso inseguro, siguiendo el cauce del río, el perro se pegó de nuevo a sus talones, mostrando su desilusión con el caer del rabo entre las patas. La vieja ruta era claramente visible, pero unas doce pulgadas de nieve cubrían las huellas del último trineo. Ni un solo ser humano había recorrido en más

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de un mes el cauce de aquel arroyo silencioso. El hombre siguió adelante a marcha regular. No era muy dado a la meditación, y en aquel momento no se le ocurría nada en qué pensar excepto que comería en la bifurcación y que a las seis de la tarde estaría en el campamento con los compañeros. No tenía a nadie con quien hablar, y aunque lo hubiera tenido le habría sido imposible hacerlo debido a la mordaza que le inmovilizaba los labios. Así que siguió adelante mascando tabaco monótonamente y alargando poco a poco su barba de ámbar. De vez en cuando se reiteraba en su mente la idea de que hacía mucho frío y que nunca había experimentado temperaturas semejantes. Conforme avanzaba en su camino se frotaba las mejillas y la nariz con el dorso de una mano enfundada en una manopla. Lo hacía automáticamente, alternando la derecha con la izquierda. Pero en el instante en que dejaba de hacerlo, los carrillos se le entumecían, y al segundo siguiente la nariz se le quedaba insensible. Estaba seguro de que tenía heladas las mejillas; lo sabía y sentía no haberse ingeniado un antifaz como el que llevaba Bud en días de mucho frío y que le protegía casi toda la cara. Pero al fin y al cabo, tampoco era para tanto. ¿Qué importancia tenían unas mejillas entumecidas? Era un poco doloroso, es cierto, pero nada verdaderamente serio. A pesar de su poca inclinación a pensar era buen observador y reparó en los cambios que había experimentado el arroyo, en las curvas y los meandros y en las acumulaciones de troncos y ramas provocadas por el deshielo de la primavera. Tenía especial cuidado en mirar dónde ponía los pies. En cierto momento, al doblar una curva, se detuvo sobresaltado como un caballo espantado; retrocedió unos pasos y dio un rodeo para evitar el lugar donde había pisado. El arroyo, el hombre lo sabía, estaba helado hasta el fondo (era imposible que corriera el agua en aquel frío ártico), pero sabía también que había manantiales que brotaban en las laderas y corrían bajo la nieve y sobre el hielo del río. Sabía que ni el frío más intenso helaba esos manantiales, y no ignoraba el peligro que representaban. Eran auténticas trampas. Ocultaban bajo la nieve verdaderas lagunas de una profundidad que oscilaba entre tres pulgadas y tres pies de agua. En ocasiones estaban cubiertas por una fina capa de hielo de un grosor de media pulgada oculta a su vez por un manto de nieve. Otras veces alternaban las capas de agua y de hielo, de modo que si el caminante rompía la primera, continuaba rompiendo sucesivas capas con peligro de hundirse en el agua, en ocasiones hasta la cintura. Por eso había retrocedido con pánico. Había notado cómo cedía el suelo bajo su pisada y había oído el crujido de una fina capa de hielo oculta bajo la nieve. Mojarse los pies en aquella temperatura era peligroso. En el mejor de los casos representaba un retraso, pues le obligaría a detenerse y a hacer una hoguera, al calor de la cual calentarse los pies y secar sus mocasines y calcetines de lana. Se detuvo a estudiar el cauce del río, y decidió que la corriente de agua venía de la derecha. Reflexionó unos instantes, sin dejar de frotarse las mejillas y la nariz, y

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luego dio un pequeño rodeo por la izquierda, pisando con cautela y asegurándose cuidadosamente de dónde ponía los pies. Una vez pasado el peligro se metió en la boca una nueva porción de tabaco y reemprendió su camino. En el curso de las dos horas siguientes tropezó con varias trampas semejantes. Generalmente la nieve acumulada sobre las lagunas ocultas tenía un aspecto glaseado que advertía del peligro. En una ocasión, sin embargo, estuvo a punto de sucumbir, pero se detuvo a tiempo y quiso obligar al perro a que caminara ante él. El perro no quiso adelantarse. Se resistió hasta que el hombre se vio obligado a empujarlo, y sólo entonces se adentró apresuradamente en la superficie blanca y lisa. De pronto el suelo se hundió bajo sus patas, el perro se ladeó y buscó terreno más seguro. Se había mojado las patas delanteras, y casi inmediatamente el agua adherida a ellas se había convertido en hielo. Sin perder un segundo se aplicó a lamerse las pezuñas, y luego se tendió en el suelo y comenzó a arrancar a mordiscos el hielo que se había formado entre los dedos. Así se lo dictaba su instinto. Permitir que el hielo continuara allí acumulado significaba dolor. Él no lo sabía, simplemente obedecía a un impulso misterioso que surgía de las criptas más profundas de su ser. Pero el hombre sí lo sabía, porque su juicio le había ayudado a comprenderlo, y por eso se quitó la manopla de la mano derecha y ayudó al perro a quitarse las partículas de hielo. Se asombró al darse cuenta de que no había dejado los dedos al descubierto más de un minuto y ya los tenía entumecidos. Sí, señor, hacía frío. Se volvió a enfundar la manopla a toda prisa y se golpeó la mano con fuerza contra el pecho. A las doce, la claridad era mayor, pero el sol había descendido demasiado hacia el sur en su viaje invernal, como para poder asomarse sobre el horizonte. La tierra se interponía entre él y el Arroyo Henderson, donde el hombre caminaba bajo un cielo despejado, sin proyectar sombra alguna. A las doce y media en punto llegó a la bifurcación. Estaba contento de la marcha que llevaba. Si seguía así, a las seis estaría con sus compañeros. Se desabrochó la chaqueta y la camisa y sacó el almuerzo La acción no le llevó más de un cuarto de minuto y, sin embargo, notó que la sensibilidad huía de sus dedos. No volvió a ponerse la manopla; esta vez se limitó a sacudirse los dedos contra el muslo una docena de veces. Luego se sentó sobre un tronco helado a comerse su almuerzo. El dolor que le había provocado sacudirse los dedos contra las piernas se desvaneció tan pronto que se sorprendió. No había mordido siquiera la primera galleta. Volvió a sacudir los dedos repetidamente y esta vez los enfundó en la manopla, descubriendo, en cambio, la

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mano izquierda. Trató de hincar los dientes en la galleta, pero la mordaza de hielo le impidió abrir la boca. Se había olvidado de hacer una hoguera para derretirla. Se rió de su descuido, y mientras se reía notó que los dedos que había dejado a la intemperie se le habían quedado entumecidos. Sintió también que las punzadas que había sentido en los pies al sentarse se hacían cada vez más tenues. Se preguntó si sería porque los pies se habían calentado o porque habían perdido sensibilidad. Trató de mover los dedos de los pies dentro de los mocasines y comprobó que los tenía entumecidos. Se puso la manopla apresuradamente y se levantó. Estaba un poco asustado. Dio una serie de patadas contra el suelo, hasta que volvió a sentir las punzadas de nuevo. Sí, señor, hacía frío, pensó. Aquel hombre del Arroyo del Sulfuro había tenido razón al decir que en aquella región el frío podía ser estremecedor. ¡Y pensar que cuando se lo dijo él se había reído! No había vuelta que darle, hacía un frío de mil demonios. Paseó de arriba a abajo dando fuertes patadas en el suelo y frotándose los brazos con las manos, hasta que volvió a calentarse. Sacó entonces los fósforos y comenzó a preparar una hoguera. En el nivel más bajo de un arbusto cercano encontró un depósito de ramas acumuladas por el deshielo la primavera anterior. Estaban completamente secas y se avenían perfectamente a sus propósitos. Añadiendo ramas poco a poco a las primeras llamas logró hacer una hoguera perfecta; a su calor se derritió la mordaza de hielo y pudo comerse las galletas. De momento había logrado vencer al frío del exterior. El perro se solazó al fuego y se tendió sobre la nieve a la distancia precisa para poder calentarse sin peligro de quemarse. Cuando el hombre terminó de comer llenó su pipa y fumó sin apresurarse. Luego se puso las manoplas, se ajustó las orejeras y comenzó a caminar siguiendo la orilla izquierda del arroyo. El perro, desilusionado, se resistía a abandonar el fuego. Aquel hombre no sabía lo que hacía. Probablemente sus antepasados ignoraban lo que era el frío, el auténtico frío, el que llega a los ciento setenta grados bajo el punto de congelación. Pero el perro sí sabía; sus antepasados lo habían experimentado y él había heredado su sabiduría. Él sabía que no era bueno ni sensato echarse al camino con aquel frío salvaje. Con ese tiempo lo mejor era acurrucarse en un agujero en la nieve y esperar a que una cortina de nubes ocultara el rostro del espacio exterior de donde procedía el frío. Pero entre el hombre y el perro no había una auténtica compenetración. El uno era siervo del otro, y las únicas caricias que había recibido eran las del látigo y los sonidos sordos y amenazadores que las precedían. Por eso el perro no hizo el menor esfuerzo por comunicar al hombre sus temores. Su suerte no le preocupaba; si se resistía a abandonar la hoguera era exclusivamente por sí mismo. Pero el hombre silbó y le habló con el lenguaje del látigo, y el perro se pegó a sus talones y lo siguió. El hombre se comienzo a de un había

metió en la boca una nueva porción de tabaco y dio otra barba de ámbar. Pronto su aliento húmedo le cubrió polvo blanco el bigote, las cejas y las pestañas. No mucho s manantiales en la orilla izquierda del Hen derson, y durante media hora caminó sin hallar ninguna dificultad. Pero de pronto sucedió. En un lugar donde nada advertía del peligro, donde la blancura ininterrumpida de la nieve parecía ocultar una superficie sólida, el hombre se hundió. No fue

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mucho, pero antes de lograr ponerse de pie en terreno firme se había mojado hasta la rodilla. Se enfureció y maldijo en voz alta su suerte. Quería llegar al campamento a las seis en punto y aquel percance representaba una hora de retraso. Ahora tendría que encender una hoguera y esperar a que se le secaran los pies, los calcetines y los mocasines. Con aquel frío no podía hacer otra cosa, eso sí lo sabía. Trepó a lo alto del terraplén que formaba la ribera del riachuelo. En la cima, entre las ramas más bajas de varios abetos enanos, encontró un depósito de leña seca hecho de troncos y ramas principalmente, pero también de algunas ramillas de menor tamaño y de briznas de hierba del año anterior. Arrojó sobre la nieve los troncos más grandes, con objeto de que sirvieran de base para la hoguera e impidieran que se derritiera la nieve y se hundiera en ella la llama que logró obtener arrimando una cerilla a un trozo de corteza de abedul que se había sacado del bolsillo La corteza de abedul ardía con más facilidad que el papel. Tras colocar la corteza sobre la base de troncos, comenzó a alimentar la llama con las briznas de hierba seca y las ramas de menor tamaño. Trabajó lentamente y con cautela, sabedor del peligro que corría. Poco a poco, conforme la llama se fortalecía, fue aumentando el tamaño de las ramas que a ella añadía. Decidió ponerse en cuclillas sobre la nieve para poder sacar la madera de entre las ramas de los abetos y aplicarlas directamente al fuego. Sabía que no podía permitirse un solo fallo. A setenta y cinco grados bajo cero y con los pies mojados no se puede fracasar en el primer intento de hacer una hoguera. Con los pies secos siempre se puede correr media milla para restablecer la circulación de la sangre, pero a setenta y cinco bajo cero es totalmente imposible hacer circular la sangre por unos pies mojados. Cuanto más se corre, más se hielan los pies. Esto el hombre lo sabía. El veterano del Arroyo del Sulfuro se lo había dicho el otoño anterior, y ahora se daba cuenta de que había tenido razón. Ya no sentía los pies. Para hacer la hoguera había tenido que quitarse las manoplas, y los dedos se le habían entumecido también. El andar a razón de cuatro millas por hora había mantenido bien regadas de sangre la superficie del tronco y las extremidades, pero en el instante en que se había detenido, su corazón había aminorado la marcha. El frío castigaba sin piedad en aquel extremo inerme de la tierra y el hombre, por hallarse en aquel lugar, era víctima del castigo en todo su rigor. La sangre de su cuerpo retrocedía ante aquella temperatura extrema. La sangre estaba viva como el perro, y como el perro quería ocultarse, ponerse al abrigo de aquel frío implacable. Mientras el hombre andaba a cuatro millas por hora obligaba a la sangre a circular hasta la superficie, pero ahora ésta, aprovechando su inacción, se retraía y se hundía en los recovecos más profundos de su cuerpo. Las extremidades fueron las primeras que notaron los efectos de su ausencia. Los pies mojados se helaron, mientras que los dedos expuestos a la intemperie perdieron sensibilidad, aunque aún no habían empezado a congelarse. La nariz y las mejillas estaban entumecidas, y la piel del cuerpo se enfriaba conforme la sangre se retiraba. Pero el hombre estaba a salvo. El hielo sólo le afectaría los dedos de los pies y la nariz, porque el fuego comenzaba ya a cobrar fuerza. Lo alimentaba ahora con ramas del grueso de un dedo. Un minuto más y podría arrojar a él troncos del grosor de su

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muñeca. Entonces se quitaría los mocasines y los calcetines y mientras se secaban acercaría a las llamas los pies desnudos, no sin antes frotarlos, naturalmente, con un puñado de nieve. La hoguera era un completo éxito. Estaba salvado. Recordó el consejo del veterano del Arroyo del Sulfuro y sonrió. El anciano había enunciado con toda seriedad la ley según la cual por debajo de cincuenta grados bajo cero no se debe viajar solo por la región del Klondike. Pues bien, allí estaba él; había sufrido el accidente más temido, iba solo, y, sin embargo, se había salvado. Abuelos veteranos, pensó, eran bastante cobardes, al menos algunos de ellos. Mientras no se perdiera la cabeza no había nada que temer. Se podía viajar solo con tal de que se fuera hombre de veras. Aun así era asombrosa la velocidad a que se helaban la nariz y las mejillas. Nunca había sospechado que los dedos pudieran quedar sin vida en tan poco tiempo. Y sin vida se hallaban los suyos porque apenas podía unirlos para coger una rama y los sentía lejos, muy lejos de su cuerpo. Cuando trataba de coger una rama tenía que mirar para asegurarse con la vista de que había logrado su propósito. Entre su cerebro y las yemas de sus dedos quedaba escaso contacto. Pero todo aquello no importaba gran cosa. Allí estaba la hogue ra crujiendo y chisporroteando y prometiendo vida con cada llama retozona. Trató de quitarse los mocasines. Estaban cubiertos de hielo. Los gruesos calcetines alemanes se habían convertido en láminas de hierro que llegaban hasta media pantorrilla. Los cordones de los mocasines eran cables de acero anudados y enredados en extraña confabulación. Durante unos momentos trató de deshacer los nudos con los dedos; luego, dándose cuenta de la inutilidad del esfuerzo, sacó su cuchillo. Pero antes de que pudiera cortar los cordones ocurrió la tragedia. Fue culpa suya o, mejor dicho, consecuencia de su error. No debió hacer la hoguera bajo las ramas del abeto. Debió hacerla en un claro. Pero le había resultado más sencillo recoger el material de entre las ramas y arrojarlo directamente al fuego. El árbol bajo el que se hallaba estaba cubierto de nieve. El viento no había soplado en varias semanas y las ramas estaban excesivamente cargadas. Cada brizna de hierba, cada rama que cogía, comunicaba al árbol una leve agitación, imperceptible a su entender, pero suficiente para provocar el desastre. En lo más alto del árbol una rama volcó su carga de nieve sobre las ramas inferiores, y el impacto multiplicó el proceso hasta acumularse toda la nieve del árbol sobre las ramas más bajas. La nieve creció como en una avalancha y cayó sin previo aviso sobre el hombre y sobre la hoguera. El fuego se apagó. Donde pocos momentos antes había crepitado, no quedaba más que un desordenado montón de nieve fresca. El hombre quedó estupefacto. Fue como si hubiera oído su sentencia de muerte. Durante unos instantes se quedó sentado mirando hacia el lugar donde segundos antes ardiera un alegre fuego. Después se tranquilizó. Quizá el veterano del Arroyo del Sulfuro había tenido razón. Si tuviera un compañero de viaje, ahora no correría

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peligro. Su compañero podía haber encendido el fuego. Pero de este modo sólo él podía encender otra hoguera y esta segunda vez un fallo sería mortal. Aun si lo lograba, lo más seguro era que perdería para siempre parte de los dedos de los pies. Debía tenerlos congelados ya, y aún tardaría en encender un fuego. Estos fueron sus pensamientos, pero no se sentó a meditar sobre ellos. Mientras merodeaban por su mente no dejó de afanarse en su tarea. Hizo una nueva base para la hoguera, esta vez en campo abierto, donde ningún árbol traidor pudiera sofocarla. Reunió luego un haz de ramillas e hierbas secas acumuladas por el deshielo. No podía cogerlas con los dedos, pero sí podía levantarlas con ambas manos, en montón. De esta forma cogía muchas ramas podridas y un musgo verde que podría perjudicar al fuego, pero no podía hacerlo mejor. Trabajó metódicamente; incluso dejó en reserva un montón de ramas más gruesas para utilizarlas como combustible una vez que el fuego hubiera cobrado fuerza. Y mientras trabajaba, el perro lo miraba con la ansiedad reflejándose en los ojos, porque lo consideraba el encargado de proporcionarle fuego, y el fuego tardaba en llegar. Cuando todo estuvo listo, el hombre buscó en su bolsillo un segundo trozo de corteza de abedul. Sabía que estaba allí, y aunque no podía sentirla con los dedos la oía crujir, mientras revolvía en sus bolsillos. Por mucho que lo intentó no pudo hacerse con ella. Y, mientras tanto, no se apartaba de su mente la idea de que cada segundo que pasaba los pies se le helaban más y más. Comenzó a invadirlo el pánico, pero supo luchar contra él y conservar la calma. Se puso las manoplas con los dientes y blandió los brazos en el aire para sacudirlos después con fuerza contra los costados. Lo hizo primero sentado, luego de pie, mientras el perro lo contemplaba sentado sobre la nieve con su cola peluda de lobo enroscada en torno a las patas para calentarlas, y las agudas orejas lupinas proyectadas hacia el frente. Y el hombre, mientras sacudía y agitaba en el aire los brazos y las manos, sintió una enorme envidia por aquella criatura, caliente y segura bajo su cobertura natural. Al poco tiempo sintió la primera señal lejana de un asomo de sensación en sus dedos helados. El suave cosquilleo inicial se fue haciendo cada vez más fuerte hasta convertirse en un dolor agudo, insoportable, pero que él recibió con indecible satisfacción. Se quitó la manopla de la mano derecha y se dispuso a buscar la astilla. Los dedos expuestos comenzaban de nuevo a perder sensibilidad. Luego sacó un manojo de fósforos de sulfuro. Pero el tremendo frío había entumecido ya totalmente sus dedos. Mientras se esforzaba por separar una cerilla de las otras, el paquete entero cayó al suelo Trató de recogerlo, pero no pudo. Los dedos muertos no podían ni tocar ni coger. Ejecutaba cada acción con una inmensa cautela. Apartó de su mente la idea de que los pies, la nariz y las mejillas se le helaban a enorme velocidad, y se entregó en cuerpo y alma a la tarea de recoger del suelo las cerillas. Decidió utilizar la vista en lugar del tacto, y en el momento en que

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vio dos de sus dedos debidamente colocados uno a cada lado del paquete, los cerró, o mejor dicho quiso cerrarlos, pero la comunicación estaba ya totalmente cortada y los dedos no obedecieron. Se puso la manopla derecha y se sacudió la mano salvajemente sobre la rodilla. Luego, utilizando ambas manos, recogió el paquete de fósforos entre un puñado de nieve y se lo colocó en el regazo. Pero con esto no había conseguido nada. Tras una larga manipulación logró aprisionar el paquete entre las dos manos enguantadas, y de esta manera lo levantó hasta su boca. El hielo que sellaba sus labios crujió cuando con un enorme esfuerzo consiguió separarlos. Contrajo la mandíbula, elevó el labio superior y trató de separar una cerilla con los dientes. Al fin lo logró, y la dejó caer sobre las rodillas. Seguía sin conseguir nada. No podía recogerla. Al fin se le ocurrió una idea. La levantó entre los dientes y la frotó contra el muslo. Veinte veces repitió la operación, hasta que logró encender el fósforo. Sosteniéndolo aún entre los dientes lo acercó a la corteza de abedul, pero el vapor de azufre le llegó a los pulmones y le causó una tos espasmódica. El fósforo cayó sobre la nieve y se apagó. El veterano del Arroyo del Sulfuro tenía razón, pensó el hombre en el momento de resignada desesperación que siguió al incidente. A menos de cincuenta grados bajo cero se debe viajar siempre con un compañero. Dio unas cuantas palmadas, pero no notó en las manos la menor sensación. Se quitó las manoplas con los dientes y cogió el paquete entero de fósforos con la base de las manos. Como aún no tenía helados los músculos de los brazos pudo ejercer presión sobre el paquete. Luego frotó los fósforos contra la pierna. De pronto estalló la llama. ¡Sesenta fósforos de azufre ardiendo al mismo tiempo! No soplaba ni la brisa más ligera que pudiera apagarlos. Ladeó la cabeza para escapar a los vapores y aplicó la llama a la corteza de abedul. Mientras lo hacía notó una extraña sensación en la mano. La carne se le quemaba. A su olfato llegó el olor y allá dentro, bajo la superficie, lo sintió. La sensación se fue intensificando hasta convertirse en un dolor agudo. Y aún así lo soportó manteniendo torpemente la llama contra la corteza que no se encendía porque sus manos se interponían, absorbiendo la mayor parte del fuego. Al fin, cuando no pudo aguantar más, abrió las manos de golpe. Los fósforos cayeron chisporroteando sobre la nieve, pero la corteza de abedul estaba encendida. Comenzó a acumular sobre la llama ramas y briznas de hierba. No podía seleccionar, porque la única forma de transportar el combustible era utilizando la base de las manos. A las ramas iban adheridos fragmentos de madera podrida y de un musgo verde que arrancó como pudo con los dientes. Cuidó la llama

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con mimo y con torpeza. Esa llama significaba la vida, y no podía perecer. La sangre se retiró de la superficie de su cuerpo, y el hombre comenzó a tiritar y a moverse desarticuladamente. Un montoncillo de musgo verde cayó sobre la llama. Trató de apartarlo, pero el temblor de los dedos desbarató el núcleo de la hoguera. Las ramillas se disgregaron. Quiso reunirlas de nuevo, pero a pesar del enorme esfuerzo que hizo por conseguirlo, el temblor de sus manos se impuso y las ramas se disgregaron sin remedio. Cada una de ellas elevó en el aire una pequeña columna de humo y se apagó. El hombre, el encargado de proporcionar el fuego, había fracasado. Mientras miraba apáticamente en torno suyo, su mirada recayó en el perro, que momentos y luchó por sentado frente a él, al otro lado de conservar la calma. los restos de la hoguera, se Luego se puso las movía con impaciencia, manoplas con los levantando primero una dientes y se pata, luego la otra, y levantó. Tuvo que pasando de una a otra el mirar al suelo peso de su cuerpo. primero para asegurarse de que Al ver al animal se le se había levantado, ocurrió una idea porque la ausencia descabellada. Recordó de sensibilidad en haber oído la historia de los pies le había un hombre que, hecho perder sorprendido por una contacto con la tierra. tormenta de nieve, había Al verle en posición matado a un novillo, lo erecta, el perro dejó de había abierto en canal y dudar, y cuando el había logrado sobrevivir hombre volvió a hablarle introduciéndose en su cuerpo. en tono autoritario con el Mataría al perro e introduciría sonido del látigo en la voz, sus manos en el cuerpo caliente, volvió a su servilismo hasta que la insensibilidad acostumbrado y lo obedeció. desapareciera. Después encendería En el momento en que otra hoguera. Llamó al perro, pero llegaba a su lado, el hombre el tono atemorizado de su voz asustó perdió el control. Extendió los al animal, que nunca lo había oído brazos hacia él y comprobó con hablar de forma semejante. Algo auténtica sorpresa que las extraño ocurría, y su naturaleza manos no se cerraban, que no desconfiada olfateaba el peligro. No podía doblar los dedos ni notaba sabía de qué se trataba, pero en algún la menor sensación. Había lugar de su cerebro el temor se olvidado que estaban ya helados despertó. Agachó las orejas y redobló y que el proceso se agravaba por sus movimientos inquietos, pero no momentos. Aun así, todo acudió a la llamada. El hombre se sucedió con tal rapidez que puso de rodillas y se acercó a él. Su antes de que el perro pudiera postura inusitada despertó aún escapar lo había aferrado entre mayores sospechas en el perro, que los brazos. Se sentó en la nieve y se hizo a un lado atemorizado. lo mantuvo aferrado contra su cuerpo, mientras el perro se El hombre se sentó en la nieve unos debatía por desasirse. 34


Aquello era lo único que podía hacer. Apretarlo contra sí y esperar. Se dio cuenta de que ni siquiera podía matarlo. Le era completamente imposible. Con las manos heladas no podía ni empuñar el cuchillo ni asfixiar al animal. Al fin lo soltó y el perro escapó con el rabo entre las patas, sin dejar de gruñir. Se detuvo a unos cuarenta pies de distancia, y desde allí estudió al hombre con curiosidad, con las orejas enhiestas y proyectadas hacia el frente. El hombre se buscó las manos con la mirada y las halló colgando de los extremos de sus brazos. Le pareció extraño tener que utilizar la vista para encontrarlas. Volvió a blandir los brazos en el aire golpeándose las manos enguantadas contra los costados. Los agitó durante cinco minutos con violencia inusitada, y de este modo logró que el corazón lanzara a la superficie de su cuerpo la sangre suficiente para que dejara de tiritar. Pero seguía sin sentir las manos. Tenía la impresión de que le colgaban como peso muerto al final de los brazos, pero cuando quería localizar esa impresión, no la encontraba. Comenzó a invadirle el miedo a la muerte, un miedo sordo y tenebroso. El temor se agudizó cuando cayó en la cuenta de que ya no se trataba de perder unos cuantos dedos de las manos o los pies, que ahora constituía un asunto de vida o muerte en el que llevaba todas las de perder. La idea le produjo pánico; se volvió y echó a correr sobre el cauce helado del arroyo, siguiendo la vieja ruta ya casi

invisible. El perro trotaba a su lado, a la misma altura que él. Corrió ciegamente sin propósito ni fin, con un miedo que no había sentido anteriormente en su vida. Mientras corría desesperado entre la nieve comenzó a ver las cosas de nuevo: las rib eras del arroyo, los depósitos de ramas, los álamos desnudos, el cielo... Correr le hizo sentirse mejor. Ya no tiritaba. Era posible que si seguía corriendo los pies se le descongelaran y hasta, quizá, si corría lo suficiente, podría llegar al campamento. Indudablemente perdería varios dedos de las manos y los pies y parte de la cara, pero sus compañeros se encargarían de cuidarlo y salvarían el resto. Mientras acariciaba este pensamiento le asaltó una nueva idea. Pensó de pronto que nunca llegaría al campamento, que se hallaba demasiado lejos, que el hielo se había adueñado de él y pronto sería un cuerpo rígido, muerto. Se negó a dar paso franco a este nuevo pensamiento, y lo confinó a los lugares más recónditos de su mente, desde donde siguió pugnando por hacerse oír, mientras el hombre se esforzaba en pensar en otras cosas. Le extrañó poder correr con aquellos pies tan helados que ni los sentía cuando los ponía en el suelo y cargaba sobre ellos el peso de su cuerpo. Le parecía deslizarse sobre la superficie sin tocar siquiera la tierra. En alguna parte había visto un35


Mercurio alado, y en aquel momento se preguntó qué sentiría Mercurio al volar sobre la tierra. Su teoría acerca de correr hasta llegar al campamento tenía un solo fallo: su cuerpo carecía de la resistencia necesaria. Varias veces tropezó y se tambaleó, y al fin, en una ocasión, cayó al suelo. Trató de incorporarse, pero le fue imposible. Decidió sentarse y descansar; cuando lograra poder levantarse andaría en vez de correr, y de este modo llegaría a su destino. Mientras esperaba a recuperar el aliento notó que lo invadía una sensación de calor y bienestar. Ya no tiritaba, y hasta le pareció sentir en el pecho una especie de calorcillo agradable. Y, sin embargo, cuando se tocaba la nariz y las mejillas no experimentaba ninguna sensación. A pesar de haber corrido del modo en que lo había hecho, no había logrado que se deshelaran, como tampoco las manos ni los pies. De pronto se le ocurrió que el hielo debía ir ganando terreno en su cuerpo. Trató de olvidarse de ello, de pensar en otra cosa. La idea despertaba en él auténtico pánico, y tenía miedo al pánico. Pero el pensamiento iba cobrando terreno, afirmándose y persistiendo hasta que el hombre conjuró la visión de un cuerpo totalmente helado. No pudo soportarlo y comenzó a correr de nuevo. Y siempre que corría, el perro lo seguía, pegado a sus talones. Cuando el hombre se cayó por segunda vez, el animal se detuvo, reposó el rabo sobre las patas delanteras y se sentó a mirarlo con fijeza extraña. El calor y la seguridad de que disfrutaba enojaron al hombre de tal modo que lo insultó hasta que el animal agachó las orejas con gesto contemporizador. Esta vez el temblor invadió al hombre con mayor rapidez. Perdía la batalla contra el hielo, que atacaba por todos los flancos a la vez. El temor lo hizo correr de nuevo, pero no pudo sostenerse en pie más de un centenar de pies. Tropezó y cayó de bruces sobre la nieve. Aquella fue la última vez que sintió el pánico. Cuando recuperó el aliento y se dominó, comenzó a pensar en recibir la muerte con dignidad. La idea, sin embargo, no se le presentó de entrada en estos términos. Pensó primero que había perdido el tiempo al correr como corre la gallina con la cabeza cortada (aquel fue el símil que primero se le ocurrió). Si tenía que morir de frío, al menos lo haría con cierta decencia. Y con esa paz recién estrenada llegaron los primeros síntomas de sopor. ¡Qué buena idea, pensó, morir durante el sueño! Como si le hubieran dado anestesia. El frío no era tan terrible como la gente creía. Había peores formas de morir. Se imaginó el momento en que los compañeros lo encontrarían al día siguiente. Se vio avanzando junto a ellos en busca de su propio cuerpo. Surgía con sus compañeros de una revuelta del camino y hallaba su cadáver sobre la nieve. Ya no era parte de sí mismo... Había escapado de su envoltura carnal y junto con sus amigos se miraba a sí mismo muerto sobre el hielo. Sí, la verdad es que hacía frío, pensó. Cuando volviera a su país le contaría a su familia y a sus conocidos lo que era aquello. Recordó luego al anciano del Arroyo del Sulfuro. Lo veía claramente con los ojos de la imaginación, cómodamente sentado al calor del fuego, mientras fumaba su pipa. -Tenías razón, viejo zorro, tenías razón -susurró quedamente el hombre al veterano del Arroyo del Sulfuro. Y después se hundió en lo que le pareció el sueño más tranquilo y reparador que

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había disfrutado jamás. Sentado frente a él esperaba el perro. El breve día llegó a su fin con un crepúsculo lento y prolongado. Nada indicaba que se preparara una hoguera. Nunca había visto el perro sentarse un hombre así sobre la nieve sin aplicarse antes a la tarea de encender un fuego.

Conforme el crepúsculo se fue apagando, fue dominándolo el ansia de calor, y mientras alzaba las patas una tras otra, comenzó a gruñir suavemente al tiempo que agachaba las orejas en espera del castigo del hombre. Pero el hombre no se movió. Más tarde el perro gruñó más fuerte, y aún más tarde se acercó al hombre, hasta que olfateó la muerte. Se irguió de un salto y retrocedió. Durante unos segundos permaneció inmóvil, aullando bajo las estrellas que brillaban, brincaban y bailaban en el cielo gélido. Luego se volvió y avanzó por la ruta a un trote ligero, hacia un campamento que él conocía, donde estaban los otros proveedores-de-alimento y proveedores-de-fuego. FIN

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Mary Anning

La buscadora de fósiles que revolucionó la paleontología

Mary Anning tenía sólo 12 años cuando un asombroso descubrimiento cambió su vida. Meses atrás, su hermano Joseph había encontrado lo que parecía ser un cráneo de cocodrilo, pero la pequeña Mary era bastante escéptica con aquél fósil y, como si de un pasatiempo cualquiera se tratara, siguió investigando para encontrar la verdad. Joseph, que pareció no darle mucha importancia a aquél asunto, pronto dejó a su hermana sola en su investigación. Esa anécdota fue el punto de origen para que, aproximadamente un año más tarde, cuando Mary contaba con 12 años recién cumplidos, hallara un fascinante fósil de 5'2 metros de largo que no se parecía a ningún animal conocido. Era el año 1810 en Gran Bretaña, una época en la que la teoría creacionista estaba empezando a tambalearse frente a nuevas hipótesis (sólo un año antes, en el 1809, Lamarck había presentado su teoría evolutiva). El descubrimiento de aquella niña causó furor en los círculos científicos y toda la sociedad inglesa estaba entusiasmada por poder ver el fósil de aquél monstruo desconocido. El naturalista William Bullock expuso públicamente el hallazgo en una mansión de Londres, y pronto el mundo de la geología y la biología empezó a investigar qué era en realidad. Científicos como Everard Home escribieron largos artículos describiendo al monstruo: Al principio pensaba que era un pez, más tarde llegó a la conclusión de que se trataba de un ancestro del ornitorrinco, e incluso llegó a afirmar que era una mezcla entre salamandra y lagartija. Pero lo que en realidad había encontrado Mary Anning era ni más ni menos que un espécimen de ictiosaurio, un reptil marino procedente de la época del Jurásico. Su apariencia, similar a la de un delfín, hizo que se ganase el nombre de "pez lagarto" (Ichthyosauria). Lo más extraordinario del fósil que Anning había encontrado es que estaba prácticamente completo y tenía unas condiciones de mantenimiento maravillosas (anteriormente, se habían encontrado indicios de la existencia del ictiosaurio por pequeños huesos, pero nunca nadie se había topado con un ejemplar completo). Por aquella hazaña digna de los más grandes paleontólogos, Mary Anning sólo ganó 27 libras, pero algo mucho más importante que eso había nacido: Su vocación como buscadora de fósiles. Mary venía de una familia de clase baja, lo cual, sumado a que era una mujer, hizo que se dificultara enormemente su entrada en el mundo de la ciencia. La Sociedad

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Geológica de Londres nunca la admitió entre sus miembros y siempre se la tomó como a una intrusa. De hecho, si hubiera formado parte de la comunidad científica, probablemente tendríamos mucha más información sobre sus descubrimientos, ya que, en ocasiones, los paleontólogos publicaban estudios a base de los fósiles que ella encontraba sin ni siquiera mencionarla. Uno de los mejores amigos de Mary escribió una vez: "Mary dice que el mundo la ha utilizado hasta la saciedad... estos hombres de ciencia han chupado su cerebro, y han sacado un gran partido publicando obras de las cuales ella elaboró los contenidos, recibiendo nada a cambio". Pero todas estas adversidades no impidieron que Mary desarrollara su afición: Tras el éxito que había generado su hallazgo del ictiosaurio, se decidió a abrir por sus propios medios una tienda de fósiles. Por aquél entonces tenía 27 años y una larga experiencia como coleccionista de fósiles. Este nuevo proyecto atrajo a geólogos de toda Europa y América, que venían en busca de sus exóticos descubrimientos. Personajes de tan reconocida importancia como George William Featherstonhaugh (primer geólogo de la historia de los Estados Unidos y uno de los más importantes contribuyentes al Liceo de Historia Natural de Nueva York) iban hasta a Inglaterra para comprarle fósiles a Mary. Incluso el rey Federico Augusto II de Sajonia formó parte de su clientela, que se permitió el "capricho" de comprarse un ictiosaurio para su colección particular. Lo más curioso de Mary Anning era su educación autodidacta: Diseccionaba peces y sepias para compararlos con los fósiles que encontraba y devoraba cualquier libro sobre paleontología que cayera en sus manos. Todo ello consolidó el papel de Anning como una de las más grandes expertas en la materia. De hecho, años antes de haber fundado su tienda de fósiles, ya había realizado muchos otros grandes descubrimientos. Incluso convendría decir que, desde el hallazgo del ictiosaurio, Mary no paró nunca de encontrar nuevos fósiles. Por ejemplo, durante 1820-1821 (cuando ella tenía 22 años de edad), realizó otro descubrimiento: Un extraño fósil de lo que parecía ser otro reptil marino. De nuevo, volvió a ser el foco de atención de numerosos paleontólgos que empezaron a idear hipótesis sobre el origen de aquella rareza. Resultó ser el primer fósil registrado del plesiosaurio, un animal de 5 metros de longitud procedente del Jurásico Superior, el cual despertó la admiración de todos los científicos. Unos años más tarde, la propia Mary encontró otro fósil del plesiosaurio que estaba incluso en mejores condiciones (el primero que encontró carecía del cráneo, pero el segundo era perfecto). El geólogo William Daniel Conybeare escribió el artículo más importante sobre el Plesiosaurio y le dio su nombre, pero en ningún momento mencionó a Mary como descubridora del fósil. Esta no es más que una de las numerosas muestras del desprecio que sufrió Mary a lo largo de su historia (de hecho, además de encontrar el fósil, ella había sido la responsable de muchos de los bocetos que acompañaban al artículo). Pero sus descubrimientos también generaban desconfianza. El naturalista Georges

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Cuvier, que era una de las mayores autoridades en el campo de la anatomía comparada, dudó de la veracidad del fósil y se dispuso a examinarlo por sí mismo para comprobar si era un fraude (algo nada extraño en aquella época). Y es que, el enorme cuello del plesiosaurio, que constaba de 35 vértebras, extrañó de sobre manera a Cuvier, quien pensó en la posibilidad de que fuera una combinación de las vértebras de varios animales. Sin embargo, después de una investigación junto a la Sociedad Geológica de Londres, llegó a la conclusión de que era un fósil legítimo, reconociendo que se había equivocado con sus acusaciones. A lo largo de su carrera, Mary Anning realizó muchos más descubrimientos que, a pesar de no ser tan espectaculares como los anteriores, tuvieron bastante importancia en el avance de la ciencia. Por poner un ejemplo, en el año 1828, descubrió un ejemplar en magníficas condiciones del Dapedium politum, un pez que vivió durante la época del Triásico y el Jurásico. A pesar de que ella no fue la descubridora de esta especie, fue la que aportó uno de los fósiles mejor conservados y que permitían un mejor estudio de sus características. También encontró partes del esqueleto del pterosaurio, los famosos vertebrados voladores que convivieron con los dinosaurios durante casi toda la era Mesozoica. Otra de sus contribuciones fue el de los descubrimientos relacionados con los belemnites, un grupo de moluscos ya extinto de gran parecido con los calamares y sepias actuales (en concreto, Mary llegó a la conclusión de que los belemnites usaban la tinta para defenderse al igual que lo hacen los cefalópodos de nuestros días). Pero la importancia de Mary Anning en la historia de la ciencia va mucho más allá que el simple descubrimiento de simples especies: Las pruebas paleontológicas que aportó fueron uno de los mayores apoyos a la teoría de la extinción de las especies, un elemento indispensable en la teoría de la evolución por selección natural. En aquella época aún algunos pensaban que ninguna especie se había extinguido. Aunque científicos como Cuvier ya habían comentado que ciertos mamíferos como el mamut, habían desaparecido, muchos otros pensaban que esos animales seguían existiendo en zonas inexploradas del planeta (ya que, para ellos, la desaparición natural de una especie creada por Dios era una muestra de imperfección). Sin embargo, cuando Mary llegó con aquellos extraños animales, nadie se atrevió a dudar que podrían seguir existiendo. También fue una de las fundadoras de la ciencia geológica que hoy conocemos como paleontología, demostrando que se podía estudiar la historia de los seres vivos mediante pruebas fósiles. El análisis de la cronología de la tierra a partir de pruebas geológicas y paleontológicas sufrió un momento de auge gracias a muchos de sus descubrimientos. A los 47 años de edad, murió de cáncer de mama, dejando tras de sí un legado inolvidable. Tras su muerte, numerosas obras se realizaron en su honor. Desde la Sociedad Geológica de Londres, le dedicaron un homenaje que nunca antes se le había hecho a alguien ajeno a la propia sociedad, y menos aún a una mujer. Otros ejemplos de reconocimiento son la iglesia de San Miguel Arcángel, en Lyme Regis, que tiene una vidriera realizada en honor de la paleontóloga; y el famoso escritor Charles Dickens, que llegó a dedicarle un artículo en una de las revistas en las que escribía, recordando las grandes dificultades por las que pasó esta pionera y experta de la paleontología.

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FUENTES Y AGRADECIMIENTOS Los artículos que aquí aparecen,y sin los que este proyecto no sería posible, han sido extraídos de Internet, y son de libre acceso. A continuación de reseñan las diversas fuentes: El Hueso de Ishango: http://www.guinguinbali.com/accionporafrica/index.php?lang=es&mod=news&task= view_news&cat=11&id=708 Mi querido Michael: http://www.loscaminosdedarwin.com/tag/doble-helice/ Mary Anning: http://elbustodepalas.blogspot.com.es/2011/03/mary-anning-la-buscadora-defosiles-que.html Tienes cerebro de pingüino: http://naukas.com/2013/09/09/tienes-el-cerebro-de-un-pinguino/ Je tiens l’affair!: http://www.portaleureka.com/accesible/linguistica/108-el-desciframiento-de-lapiedra-de-rosetta CAPTCHA: http://www.elconfidencial.com/tecnologia/2013-11-11/el-unico-premiotecnologico-del-mundo-que-nadie-ha-podido-ganar-nunca_52085/ Encender una hoguera: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/london/encender_una_hoguera.htm Spain is different: http://www.elmundo.es/ciencia/2014/03/10/531a3c08e2704e23248b4588.html El señor ministro dixit: http://naukas.com/2013/10/15/espana-esta-que-se-sale-el-meridiano-y-la-horaoficial/ Frankenstein: http://leyendas.about.com/od/criaturasmonstruosas/a/Frankestein-De-MaryShelley.htm The Raven: http://www.ciudadseva.com/sevacity/poems/en/poe/the_raven.htm

EL SALERO (Revista para estudiantes curiosos 2.0)  

Selección de textos para el concurso de preguntas y respuestas "El Salinero 2015" que servirán para la clasificación on-line de los equipos...

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