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DIRECTORIO Marco Tulio Castro Director marco@diez4.com Luisa Orduño Jefa de diseño luisa@diez4.com Carlos Aguilar Webmarketing carlos@diez4.com

ANTES Y DESPUÉS

Sergio Nolasco Editor redaccion@diez4.com Dalia Chávez Editor de foto dalia@diez4.com Luis Mario Sarmiento Ilustrador sarmiento@diez4.com Planeación y negocios bisnes@diez4.com VENTAS Lina Contreras lina@diez4.com Abril Valdez abril@diez4.com PORTADA Fernando Servín “Matices” Especial para Diez4. Técnica: Ilustración digital.

COLABORADORES Eduardo Rivera Scott, José Luis Camarillo, Nano Malhora, Diana Amador, Quitzé Fernández, Jorge Damián Méndez Lozano, Mario García, Patricia Torres Maciel, Joel Barrera. CONSEJO EDITORIAL Juan Pablo Proal Quitzé Fernández Carlos Rosquillas César González Gama Wilberth Chong

¿La gente tiende a cambiar de ideología radicalmente? Parece que sí. ¿En una sociedad diversa la respuesta será un abanico? Parece que no: cambiar la manera de pensar o comportarse resulta tan obvio como cambiar de ropa y tan natural como respirar. Y en general, la respuesta es sí. La gente tiende a cambiar. Las circunstancias que llevan a una persona a mutar no es el tema en cuestión, sino cómo influye un cambio en su entorno y en la sociedad en la que coexiste. Resulta raro que la «aceptación al cambio» sea proporcionalmente igual al nivel de discriminación que impera en el país. Si un día Mario se convierte en Glenda, El 55 por ciento de la población no le abrirá las puertas de su casa, según datos del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. Pero está también el México de puertas abiertas. El México que acoge a presuntos delincuentes y los convierte en estrellas y jueces nacionales. Está el fenómeno laurabozziano. El México que acepta, de la noche a la mañana, que Laura debe y puede ser la sentenciadora de las injusticias. La Laura arraigada por la Laura todopoderosa. Treinta años atrás, un par de punks nos decían que no habría futuro. Que no llegaríamos a donde estamos. Hoy, junto a su más moderno iPhone, uno dice que la vida es buena. ¿Se cambia por las circunstancias que llegan con el paso del tiempo o la persona en el fondo siempre mantuvo oculta su verdadera forma? ¿O las dos cosas? Aunque no pretendemos un ejercicio sociológico, aquí presentamos historias de la gente más diversa entre sí, que en algún punto de su vida han cambiado de rumbo. Otros, en contraste, parece ser que se aferraron a ser lo que siempre fueron.

Diez4 se incubó en: Diez4, año 1, número 30. Agosto de 2012. Revista mensual editada y publicada por Editorial Diez4. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier sistema o método del contenido, incluyendo cualquier medio electrónico o magnético sin previa autorización por escrito del director. Derechos de autor reservados en forma y concepto. El contenido de las imágenes, la publicidad y los artículos incluidos en Diez4 reflejan solamente la opinión de sus autores o anunciantes y no representan el punto de vista de Editorial Diez4. Esta publicación se encuentra protegida y registrada ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor, Secretaría de Educación Pública, según consta en la Reserva de Derechos No. 04-2011-090909291600-102. Esta revista es producida gracias al programa «Edmundo Valadés», de apoyo a la edición de revistas independientes, 2011, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Diez4 se imprime en Cias. Periodísticas del Sol del Pacífico S.A. de C.V. Dirección: Rufino Tamayo #4 Zona Urbana Río Tijuana.

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MÉXICO RESCATA A LA PERUANA PORQUE MÉXICO NECESITA SER RESCATADO

EL PARAÍSO DE LAURA BOZZO


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A casi cinco mil kilómetros de aquí, en Perú, dejó las demandas por lavado de dinero, el descrédito, los procesos judiciales y el arraigo por corrupción. Hoy está en México viviendo el momento más feliz de su vida Por: Diana Amador Ilustración: Luisa Orduño Fotografías: José Luis Camarillo Desde las salas de espera su voz y el humo de sus cigarrillos anuncian su presencia. La gente de su producción entra y sale del foro llevando el ritmo de sus alaridos y demandas. Decenas de personas hacen fila esperando audiencia: Mujeres con los ojos vidriosos y un hijo perdido, señores con una receta médica que no pueden pagar, huérfanos y sus abuelas en busca de alguna beca escolar. Esperan tres, cuatro, seis horas. Laura Bozzo pasó tres años encerrada en un foro de televisión cuando estuvo bajo arresto domiciliario en el Perú. Hoy, seis años después, pasa más de doce horas al día en el foro de Televisa donde trabaja desde enero del año pasado. Sus ráfagas verbales se convierten en sentencias. Resopla, manotea, grita. La producción se paraliza y voltea al suelo. Nadie es capaz de sostener esa mirada que devora. Laura Bozzo exige que esa mujer, la subordinada que ha despertado su furia, jamás regrese a Televisa, la empresa donde hoy aloja su reino. Se ha

olvidado de que una reportera y algunos de sus fans están en la sala, o simplemente no le importa. Su productor no tarda en asentir: sí, no volverá nunca. La mayoría de sus ochenta empleados son mexicanos y la conocen poco, son ellos los más asombrados y temerosos de esa voz que los desarma. Los otros, a los que llama «sus perros guardianes», son una decena de peruanos que conocen de memoria sus dislates y están aquí para reconstruir su imperio. No para de fumar, pero no es ella quien se extiende en busca del encendedor en su bolso Louis Vuitton, sino Fabián Larrosa, una extinta estrella de la cumbia para adolescentes, que ahora trabaja cumpliendo los caprichos de una reina. Este uruguayo fornido era parte del grupo Complot, liderado por Christian Suárez, el actual novio de Laura. Ella me espera, cómoda, en uno de los tres sillones que hay en su camerino, justo frente al espejo que, rodeado de luces centellantes, ocupa la mitad de un muro. El estampado de piel de leopardo en su blusa hace juego con las zapatillas, y las cuentas brillantes de su pantalón funden sus luces con los anillos y un dije con la imagen de la virgen de Guadalupe. Todo en ella brilla, desde el cabello engomado hasta la bastilla de los jeans, pasando por su nariz que ni el maquillaje ha logrado opacar. Se le ve tranquila, en su esencia, como suele decir. A casi cinco mil kilómetros de aquí, en Perú, dejó las demandas por lavado de dinero, el descrédito, los procesos judiciales y el arraigo por corrupción. Hoy está en México viviendo el momento más feliz de su vida, alimentando su gloria gracias a una audiencia ávida de esperanza y de

entretenimiento, que a cambio le da el rating más alto del horario. Lo que ella insiste en llamar renacimiento, es en realidad la consumación de un sueño que se fue gestando diez años atrás, o aún antes, cuando sus padres le hablaban del paraíso que era México. Le gusta compararse con un jugador del Club Alianza que sueña toda su vida con ser fichado por el Real Madrid. Y sí, Laura Bozzo llegó a las grandes ligas ocupando más horas que nadie, ocho a la semana, en la cadena más importante de habla hispana: Televisa. Su horario de transmisión no es estelar, pero ha sido ocupado antes por programas de entretenimiento ligero que suelen acompañar la sobremesa. Su sueldo se redujo a la mitad, pero nada comparado con el valor que tienen para sus anunciantes los millones de pares de ojos atentos a sus desplantes televisados. Bozzo no esperó a que la televisión la buscara después de su famoso encierro, ella vino en 2006 a buscar una segunda oportunidad. Mientras negociaba con Televisa, Tv Azteca transmitió un programa de una hora que prometía «la sórdida historia de la presentadora mas polémica del talk show latinoamericano, quien manipuló a la población más pobre de Lima tratando de favorecer a un gobierno acusado de corrupción y genocidio». Laura dijo que era una venganza porque se negaba a firmar un contrato con ellos. La indignación le duró muy poco, y la «manipulación» de Laura no fue impedimento para que después de haber pasado trece meses fuera de las pantallas, regresara a la televisión en el canal donde alguna vez la llamaron farsante y corrupta. El contrato venció en un año y el jaloneo entre empresas comenzó de nuevo. ¿Qué tenía


6 Este país con gustos tan diversos, le ha dado a muchos la oportunidad de alcanzar el éxito que su patria le ha negado la mujer más fea de la televisión (según la revista TV notas USA) para seducir a un duopolio millonario? Los números. Con pocas semanas al aire rebasó los quince puntos de rating, que superaban los de las telenovelas en Televisa  y que Tv Azteca jamás había registrado. Nunca se sintió tan querida y nunca una estrella de la televisión había pasado de una empresa a otra con tanta suavidad. Ella sabe que Tv Azteca fue sólo un trampolín. Admite que Televisa le paga la mitad de lo que ganaba, aunque le dieron un mejor equipo de investigadores y un departamento de 700 m2 en las playas de Acapulco, a donde viaja en auto durante cuatro horas cada fin de semana porque no le gustan los aviones. Con Bozzo no se trata de dinero o de comodidad, sino de lo que siempre quiso. El 24 de enero de 2011, se puso la camiseta del Real Madrid. Su secreto: dejar atrás el polémico show donde los panelistas se golpeaban y cada minuto era un escándalo. La reina de la televisión, es una versión más light de sí misma. Se siente atada de manos, pero el horario familiar dicta las reglas: nada de golpes, ni sangre, ni palabras altisonantes ni temas que levanten las cejas de las buenas conciencias. Aunque no deja de saciar el morbo de su público habitual desde un espacio nuevo; el teatro. Durante algunos meses la capital mexicana fue invadida por espectaculares con la imagen de Laura lanzando una tétrica mirada y una sonrisa casi perversa. Infidelidad,

drogadicción, divorcio, prostitución y violación, son las palabras que acompañan la promesa de encontrar «lo que no puedes ver en tv». Se anunciaron nueve fechas en un teatro con casi dos mil butacas. Las funciones estuvieron a cargo de ese pequeño grupo de peruanos que conoce las fórmulas del sensacionalismo. Aunque lo niegue y se empeñe en demostrar lo contrario, sin los reflectores de la empresa de comunicación más importante de América Latina, sigue siendo la misma de siempre. Pero no todo fue el Bernabéu. Bozzo ya conoce lo que es pisar la cancha del repudio, las carencias, el fracaso. Su programa en Perú había sido cancelado por los bajos puntos de audiencia, según dijo Alfredo Marcilio, el gerente general de la cadena que lo transmitía, Global Tv. Había intentado incursionar en la televisión española a través de Telecinco pero los ejecutivos cancelaron el proyecto en cuanto vieron el piloto. En 2008 se estrenó Laura en acción en Telemundo pero apenas duró cuatro meses. Y por si quedaban dudas de que su tierra le había dado la espalda, en 2009 una encuestadora peruana la eligió «el personaje más rechazado» del año. «Estaba en el inframundo», dice. No tenía trabajo, ni dinero y sus padres habían muerto, cuando el periodista Jaime Bayly la acusó de usar panelistas falsos en su programa y de violar los derechos de una menor, lo que no tardó en llegar a tribunales. Para entonces, Laura ya se consideraba muerta, aunque nadie lo notaba


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porque es «orgullosa hasta la enfermedad». Aunque Laura en América fue transmitido en un canal menor de Televisa hace unos años, en México ya no es la conductora acusada de corrupción, la que pasó tres años en arraigo, ni la que hizo que una mujer lamiera las axilas a un hombre frente a las cámaras a cambio de unos cuantos dólares. Aquí pareciera que la audiencia olvidó esos episodios y le dio la oportunidad de ser alguien distinto: una defensora de las mujeres que de política no habla y lo único que quiere es ayudar. Lo primero que hizo al llegar a México en 2006 fue visitar la Basílica de Guadalupe, principal centro religioso de América Latina, sede la divinidad más arraigada entre la clase popular, en la que 75 millones de mexicanos han depositado su fe. Marisela Velazquez, una vendedora de veladoras y talismanes, aún recuerda el día en que Laura fue a rezarle a «La morenita». Con otros vendedores y curiosos se arremolinó a su alrededor para sólo acariciar la posibilidad de tocarla, de poder hablar con ella. Laura saludaba a su público, repartía sonrisas, se detenía unos segundos para escucharlos, a algunos afortunados los tomó de la mano para rezar juntos. «Se veía con tanta luz, como si la santa fuera ella», recuerda la mujer. Pero Bozzo no es una guadalupana advenediza, ni una mexicana improvisada. Dice que siempre supo que viviría en México, siempre le ha rezado a la virgen y tiene más de veinte collares con su imagen. Ella cree que su destino estaba marcado. Una y otra vez repite que este país fue un oasis en medio de su desgracia. Y a cambio del milagro de su renacimiento, Bozzo regresa porque los pobres


8 En un país donde obtener sentencia por un delito es como sacarse la lotería, donde 98 de 100 criminales se salen con la suya, queremos justicia aunque sea en las pantallas y desgraciados de este país la necesitan, porque nadie más puede ayudarlos. O al menos así lo cree. Este país con gustos tan diversos, le ha dado a muchos la oportunidad de alcanzar el éxito que su patria le ha negado. Un ejemplo es la cantante peruana Tania Libertad o la argentina Amanda Miguel, que de ser corista en su país, en México ha llenado los foros más importantes como el Auditorio Nacional. La vedette cubana, Niurka Marcos, también pasó del anonimato caribeño a ser estrella de telenovela e incluso, durante algunos meses, fue la competencia de Laura con su programa Ella es Niurka, que fue cancelado por la baja audiencia. Una transacción en sentido contrario: la vedette mexicana Laura León quiso conquistar a los peruanos con su propio talk show, Señora León, que fue muy mal recibido por el público hastiado de esa fórmula. Algo tiene de razón Laura Bozzo cuando dice que las demás son copias, que no ha nacido quien pueda superarla.   LA NACIÓN ME LO DEMANDA Quince mujeres se sientan en lugares contiguos frente al escenario y forman así un corifeo al estilo de las tragedias griegas. Acusan a los «desgraciados», a los «malos hijos», a los «poco hombre», los señalan y los juzgan, emiten sus veredictos, ovacionan a la heroína, a la que imparte justicia. Todas rondan los 30 años, usan ropa entallada que

deja ver su sobrepeso, no paran de gritar durante el programa y se hacen llamar «la porra oficial», las fieles seguidoras de la autoproclamada abogada de los pobres. Teresa González participa en el ritual cinco veces por semana. Desde Iztapalapa, la delegación con más rezago económico en la capital mexicana, llega a Televisa en el transporte que la empresa pone a su disposición para poder ver a su ídola. La admira, la roza en cada oportunidad, cree que es la salvadora, la única que puede ayudar a las mujeres de este país. «Sin ella, ¿quién nos defiende? Es la única». Y así se vende La señorita Laura, como la auténtica redentora de las mujeres maltratadas en un país tradicionalmente machista, donde casi la mitad de las casadas tienen que pedir permiso a sus maridos para salir solas en la noche, y 67 de cada 100 han sufrido algún tipo de violencia en sus relaciones de pareja. A esos machistas, Bozzo los enfrenta hasta con las manos. A mediados de junio, uno de sus panelistas trató de llevarse del set a su pareja que había confesado haber sido violada. Bozzo comenzó a manotear con el hombre, a agredirlo. Le soltó una sonora bofetada, el público se ahogó en ovaciones como romanos en el coliseo después de que el emperador ha decretado la muerte del gladiador, y cuando las cámaras estaban apagadas lo empujó tan fuerte que el hombre cayó sobre su espalda. «Mierda.

Metí la pata», dijo a su equipo. Sí, la había metido pero no había suficientes testigos, en las pantallas no se vio el episodio completo. La imagen de amazona que proyecta Bozzo, contrasta con la cultura de abnegación entre las mexicanas promedio, pero también coincide con el culto a la matriarca benefactora: la mujer generosa y todo poderosa que alivia el dolor y ofrece consuelo. Pero ella no sólo ayuda a las de su género, sino a cualquiera con problemas, que necesita auxilio. Bozzo puede resolverlo, puede impartir justicia, puede hacer y decir lo que nadie más se atreve. Para Gil Barrera, editor del tabloide Basta!, en este teatro todos queremos ser Laura, queremos gritarle a quien ha hecho daño, expulsar el enojo y frustración a fuerza de gritos y manoteos acompasados, descubrir nuestro lado oscuro y juzgar sin ser juzgados. En un país donde obtener sentencia por un delito es como sacarse la lotería, donde 98 de 100 criminales se salen con la suya, queremos justicia aunque sea en las pantallas. Aún con las cámaras apagadas el show no termina. Laura se levanta y regresa a su camerino durante el corte comercial, pero en la arena continúa la pelea. Desde las gradas del coliseo, los espectadores lanzan diatribas contra gladiadores y bestias por igual: «Es tu culpa que tu esposo te haya engañado», «eres un poco hombre, cobarde», «es tu responsabilidad que tus hijos sigan en la escuela», «tan jovencito y ya eres un güevón», «eres una naca pela-nopales». Algunos panelistas responden, otros se quedan en silencio, mientras gente de la producción se acerca a susurrarles algo al oído. El show debe continuar. Sigue esta historia en diez4.com


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EL SUEÑO DE ROBERTO SALAS NO ERA PERSEGUIR NARCOTRAFICANTES, SINO CANTARLES

EL JUDICIAL QUE PREFIRIÓ SER POBRE

—Le vengo a presentar mi renuncia —dijo Roberto a su teniente coronel y puso la placa metálica que diario colgaba en su pecho sobre el escritorio de madera oscura de la rudimentaria comandancia, aquella tarde de 1983

Por: Jorge Damián Méndez Ilustración: Nano Malhora Fotos: Mario García El día que Roberto Salas cumplió quince años como judicial dedicado a la captura de jornaleros reflexionó sobre qué hacer con el resto de sus días. La duda se le incrustó en la cabeza esa misma tarde, mientras perseguía a un par de agricultores descalzos por unas parcelas de marihuana en San Miguel el Alto, Jalisco. Iba corriendo a penas con el permiso de su barriga entre los senderos de hierba junto a

su compañero Juan Fonseca, un judicial cuarentón que sus días de descanso los usaba para ver Magnum, la serie norteamericana de la que había adquirido el gusto por las camisas coloridas. —Dispárales, ¡pégale a ese par de hijos de la chingada! Se nos van a pelar —gritaba Fonseca con rabia mientras Roberto, en silencio, deliberaba sobre su futuro: «Estoy cansado. Digo, no cansado de correr ahorita, porque sí estoy cansado de eso; más bien harto: no me gusta joder al prójimo. Aquí ando atrás de estos pelaos corriendo y

de este enfadoso que siempre quiere disparar. Uno viene aquí a joderles la vida pa consignarlos por el delito de siembra de marihuana y pedirle al juez que les dé unos seis años, cuando lo único que quieren estos indios es llevar tortillas y frijoles a sus casas, porque en este pueblo no hay más que morir de hambre o sembrar marihuana. Lo que debería hacer mejor es dejar esto y vivir sin fregarme a pobres diablos». —¡Truénalos ya, Roberto! Roberto pensaba —porque siempre ha pensado mucho— que era peor detenerlos que dejarlos en libertad con una advertencia: o se salen del negocio o la próxima los detenemos. Esa tarde, había detenido a unos ladrones que no lo parecían y ahora, mientras se limpiaba el sudor de los ojos con el antebrazo derecho, jadeaba un poco y perdía su tejana favorita en plena carrera serrana, concluyó que una vez atrapados este par de pelaos, le presentaría su renuncia al jefe.


10 —Le vengo a presentar mi renuncia— dijo Roberto a su teniente coronel y puso la placa metálica que diario colgaba en su pecho sobre el escritorio de madera oscura de la rudimentaria comandancia, aquella tarde de 1983. —Verá usted, nomás quiero un trabajo que me deje dormir en paz. Tengo 36 años y ya lo pensé bien: como judicial nunca voy a estar con la conciencia tranquila. En el fondo, el teniente coronel asignado a comandante de la judicial federal en aquel municipio sabía que Roberto no decía toda la verdad porque lo miraba con recelo, como dudoso. A cada explicación de Roberto, venía un achicamiento en los ojos del jefe. Y viceversa. Con cigarro sin filtro en la boca, el teniente trataba de encontrar lo que Roberto parecía esconder. Pero Roberto no le compartía a cualquiera su ilusión, su motor de vida, su motivo para existir, su más profundo sueño. Y cómo comprender a un judicial que prefería vivir en la medianía y desaprovechar la boyante carrera de la persecución de delitos del orden federal. No, para el teniente no sería fácil comprender porqué Roberto salía de sus filas. Nunca entendería lo que en el fondo quería Roberto. Lo que Roberto quería, y lo quería ya, era cantar. Lo único que le hacía sentir felicidad era entonar corridos de pistoleros y bandoleros de aquellos años. Ya no le importa perseguirlos, le interesaba

Treinta y cinco horas después de querer cantar en medio de la central, Roberto llegó a Mexicali con un nudo de nostalgia en la garganta. Un migrante evacuado de su tierra por la buena conciencia. Bonanza por medianía narrar sus hazañas carrasperas acompañadas de su guitarra Paracho, su más fiel amiga. La única. —Me voy al norte a buscar trabajo, mi comandante. El malencarado coronel de la judicial comprendió que Roberto hablaba en serio cuando le dijo que ya había vendido el revólver que le heredó su padre para comprarse el pasaje a una ciudad llamada Mexicali, así que no tuvo más remedio que desearle buen viaje. Cuando Roberto llegó a su casa desarmado, sin tejana, sin placa y con el culo sudado, sólo tuvo energías para sentarse a la mesa y pensar en lo que sería su nueva vida. En eso estaba cuando llamaron a la puerta con energía que se abrió de golpe y de la que luego asomó un rostro. Era el de su vecino. —Ya supe que te vas para Mexicali ¿a qué te vas? Allá te morirás de calor. Un compadre que se fue de mojado pal otro lado me platicó que los huevos se pueden guisar en el cofre de los carros; es el mero infierno Roberto, ya ni chingas. Su vecino lo respetaba desde el día que Roberto rescató a sus

únicas dos gallinas que habían caído en una fosa séptica, pero el afecto que demostró al tratar de persuadirlo de nada sirvió: Roberto lo despidió con un abrazo. Llegó a la central de autobuses de Guadalajara con una maleta parecida a una caja de cartón. A su espalda colgaba su guitarra y en el pecho, en lugar de su charola metálica de policía judicial ahora colgaba una uñeta para tocar las cuerdas. Vestía un sombrero Stetson de terciopelo color plomo y una estridente camisa amarillo canario. Había aprendido de los vestuarios de los cantantes norteños que la falta de discreción era un distintivo y, total, de eso se trataba: de ser señalado, de que todos se dieran cuenta que estaba presente. Entonces tuvo un impulso que reprimió: quería cantar en público ya. Quería hacerlo ahí, en medio de la de espera de la central. Sobre el frío piso de mármol gris no pulido. Quería sorprender a los miles de pasajeros con destino a sonidos-guturalesno-entendibles-en-altavoz, con Flor de Capomo o con un Sabor de Engaño aunque después lo pensó bien. Pensó: debo darle más seriedad al debut.


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Ya verán esos norteños lo que es cantar con huevos y sentimiento. Pensado esto, sintió ganas de llorar. Roberto recuerda su historia tan bien, que las escenas son fáciles de ilustrar. Recuerda con detalles, por ejemplo, que cuando subió al camión lo observó lleno de paisanos que buscarían cruzar a Estados Unidos y concluye —30 años después, bajo un sol de mediodía de Mexicali—, que los usuarios y empleados de la central lo miraron como a un rural ridículo. Como a otro pelao con tejana en dirección al norte de México. UN MIGRANTE MÁS Hoy nadie puede burlarse de él porque la migración como el trabajo: a la baja. En 2000 Jalisco exportó el 8 por ciento de la migración hacia el norte de México con intenciones de cruzar a Estados Unidos. Diez años después, Jalisco expulsó sólo el 5.4 por ciento de migrantes. El dato viene del Consejo Nacional de Población. Hoy Roberto es un migrante más, que decidió instalarse en la frontera y no en Estados Unidos. Llegar a la esquina del país y no dar el siguiente paso. Cantar y no buscar fama. Vender y no cobrar. Dominar la guitarra y no tocarla. Treinta y cinco horas después de querer cantar en medio de la central, Roberto llegó a Mexicali con un nudo de nostalgia en la garganta. Un migrante evacuado de su tierra por la buena conciencia. Bonanza por medianía. Las horas a bordo de la bala plateada Estrella Blanca le hicieron ver la transición del verdor sureño con el salvajismo del desierto norteño. Carente de todo. El bosque había quedado atrás y el kilométrico desierto de nada le daba la bienvenida. Para

sentirse menos peor bajó del autobús tarareando una de sus canciones favoritas:

Los pistoleros de fama una ofensa no lo olvidan y se mueren en la raya no les importan la vida los panteones son testigos es cierto no son mentiras Así se están acabando todos los más decididos Desde aquí se les recuerda cantándole sus corridos murieron porque eran hombres no porque fueran bandidos Pistoleros famosos, de los Cadetes de Linares, le gustaba tanto a Roberto como ahora, 30 años después. Aunque sus clientes no la pidan, él la canta. Para él, para Roberto, un buen pistolero es un hombre de honor. Y a los hombres de honor se les respeta, se les canta. El marco legal no importa más que el código de valor. Dice que Pistoleros famosos en nada se parece a la narrativa del corrido actual. Hoy, en medio de una cruzada del gobierno federal en contra del narcotráfico y que ha dejado más de 60 mil

muertos, no hay bandoleros sino sicarios; mamíferos convertidos en una mancha de seres siniestros, cuerpos sin nombre, representantes de las pesadillas del mexicano a través de su vocero, BuKnas de Sinaloa:

Demonios empecherados la nueva mafia presente Vienen muy bien entrenados bien enfermos de la mente Van y ejecutan a varios sacan el jale en caliente Destrozando a los contrarios ajustando los pendientes Roberto es un clásico sin remedio. No quiere corridos nuevos. Dice que no los canta. Que son pura basura. Que aunque se los pidan, prefiere negarse y ofrecer una disculpa. Busca siempre un perfil de cliente: no chavales y de buen gusto. Su buen gusto. Es un barrigón de 65 años que recuerda a Lorenzo de Monteclaro. Es un hombre venido de otra época. Un migrante más que llegó a la frontera con el folclor de la sierra. Un gigantón de sonrisa desdentada, bota vaquera imitacion avestruz, pantalón


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poliéster texturizado, camisa tejana de botón metálico, sombrero de terciopelo oscuro y gafas de aviador. Un perpetuo predicador del respeto. —¿Cuál le cantamos, señor? ¿Señorita? ROBERTO CANTA DESDE SU PRIMER DÍA Desempacado en la sala de espera donde los viajeros miran con insistencia los relojes, a Roberto todo le resulta extraño. «Chingao, hasta las fritangas huelen diferente en la frontera», piensa. Paradójicamente, Roberto no encuentra un Norte. Voltea para todos lados tratando de encontrar algo conocido, algún rostro que le sea familiar, pero lo único que ve son paisanos o salvadoreños, no sabe. A todos los ve igual: de aspecto humilde cargando una mochila, signo inequívoco de su peregrinar hacia Estados Unidos. Piensa: «Al menos yo ya llegué a mi destino». Es momento de enfrentar a la ciudad. Aprieta los dientes. Fija la vista como un halcón en cacería. Se persigna mentalmente. Se dirige con aplomo a la calle. El sonido del tacón de sus botas se impone. Traqueteo parejos. El sonido de la autoridad del que hoy no es autoridad. Llega a la banqueta y lo recibe un aire desértico. Trata de leer los anuncios de unos restaurantes chinos cruzando la calle y de los que no entiende ni jota. ¿Se equivocó de ciudad? No. Sucede que en Mexicali hay más de 200 restaurantes de

—Mi nombre es Roberto Salas, para servirles, ¿dónde queda la zona de cantinas de Mexicali? Vengo llegando de Jalisco, ando perdido. Soy cantante comida china y una comunidad de 30 mil orientales que llegaron aquí como él: en calidad de migrantes. Jornaleros por un dólar que formaron su imperio en la capital de Baja California. Roberto es un migrante entre migrantes. Un cantante entre cocineros. Un sureño entre asiáticos que coinciden en el norte. Roberto es... Roberto está afligido porque no se ubica. Ni para dónde ir. Ahí está en la ardiente banqueta cuando a su lado ve lo que parecen ser unos músicos que caminan hacia el este. Sí, son tres músicos a los que alcanza 20 zancadas después. —Mi nombre es Roberto Salas, para servirles, ¿dónde queda la zona de cantinas de Mexicali? Vengo llegando de Jalisco, ando perdido. Soy cantante —dice a modo de introducción previa tosida doble para despejar garganta. El trío lo mira boquiabierto. Roberto no se ha dado cuenta que Gonzalo, El Tinaco y La Garrocha han quedado impresionados con su tono de su voz. Los ha espabilado como lo haría una jarra de cerveza helada si nos la arrojaran a la cara mientras hiciéramos fila en algún banco. Ha pasado. Gonzalo el acordeonista da algo

que intenta ser una dirección. Luego pregunta: —¿A poco anda usted en esto de la cantada? —Ando en la cantada. Acuerdan ir juntos a las cantinas. No es que al grupo le falte alguien al frente, pero La Garrocha, su cantante escuálido y demacrado que apenas puede con el peso de la tarola, da más tristeza que emoción al verlo. Y cuando canta las cosas empeoran. Agonía pura: un fastidioso chillido de rata que obstinado en espantar a la clientela. Saben que necesitan algo más robusto. Más agresivo; un trueno para los oídos del público. Lo que el desangelado trío requiere es a Roberto Salas. —Usted debería cantar con nosotros Roberto —le dice Gonzalo después de terminar la primera ronda de corridos en el bar Casa Carmina—. Jálese con nosotros. Hacemos buena química, desde que lo vimos supimos que queríamos estar con usted. Asiente El Tinaco, que se acomoda el contrabajo para agregar: —¿Cómo te gustaría que nos llamáramos? La verdad es que vamos iniciando y no tenemos nombre. Danos uno, uno pegajoso. Sigue esta historia en diez4.com


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UNO DEFENDERÍA A CRISTO Y EL OTRO HABLA POR IPHONE. DICEN QUE SER PUNK ES SER LIBRE E INDEPENDIENTE

UN PAR DE RENOVADOS PUNKS

Guillermo Jáuregui

Por: Eduardo Rivera Scott con información de Patricia Torres Fotos: Dalia Chávez y Luisa Orduño Guillermo era un niño de seis años con una mente abierta cuando conoció el rock. Aquella tarde en el set de ensayos de la banda de su tío, escuchó que su pariente tocaba Smoke on the water. Años más tarde, su cabellera llegaría hasta la cintura. Hijo único, Guillermo era el orgullo de mamá. Esa melena no era en balde, sus padres siempre habían querido tener una niña. Al menos pudieron tener una cabellera que peinar. Y

para su familia llena de músicos, su imagen era por demás ordinaria. Era 1981 y el Punk en Tijuana nacía. Con patineta en mano, Guillermo salió de su casa a la escuela. Su madre le acarició la cabeza y pensó que su hijo ya era todo un hombrecito. Después de clases, la norma decía que había que irse a patinar. Entonces ese día de insoportable calor y sudor, a Guillermo se le ocurrió raparse. Aprovechó que Jorge le cortaba el cabello a otros que patinaban y decidió acabar con los risos de adolescente que tanto le gustaban a su madre. Había llegado el día de ser parte de la

diferencia en el sistema. En su sistema. Cuando regresó a su casa, su madre estaba platicando con la vecina. Pasó corriendo y saludó de un grito. La señora no supo ni por donde. Tardó unos segundos en reaccionar: —¡Guillermo VEN PARA ACÁ! ¿Qué te pasó en el cabello? —Aquel día en que se rapó la melena, había decidido rebelarse como sus padres lo hicieron con los abuelos: Guillermo Jauregui definitivamente se convirtió en el curioso de la familia. Su nuevo look causó conmoción. —¿Qué te pasó? —preguntó la madre. —No, pues soy Punk.


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—No necesitamos ni drogas ni nada para imaginarnos un mundo más bonito, porque en nosotros está la respuesta, en nosotros está la posibilidad de hacerlo Ese día todo cambio. Pero su madre siempre lo apoyó. Dice que lo sigue haciendo. Memo es un auténtico punk de los 80, es de la generación que él llama de la bomba. Su pensamiento en ese momento iba dirigido a una revolución más radical a las anteriores, donde no cabían flores ni drogas, sino la crudeza del mundo, una protesta hacia el gobierno a través de lo grotesco y correcto. El gusto por la patineta, la música punk y su estética lo llevó junto con otros a investigar sobre la ideología que rompía

Alan Lezama

con lo establecido en pro de esa búsqueda por la libertad: Desde la apariencia hasta la manera de pensar; y detrás de la ideología, el estilo de vida y de ahí Punk hasta los huesos. En aquel tiempo, Guillermo Jáuregui y otros fueron entrevistados en un documental realizado por El Colegio de la Frontera Norte. El documental entre otras cosas mostraba la discriminación de la autoridad para con los punks: «Feos y Curiosos» eran los cargos por los que se les podía detener por llevar ropa rota, parches,

cabellos parados y pintados de colores. Pero eso sólo le dio más fuerza al movimiento. Un Guillermo con spikes, camisa sin mangas y pantalón roto explicándose en el documental: —No necesitamos ni drogas ni nada para imaginarnos un mundo más bonito, porque en nosotros está la respuesta, en nosotros está la posibilidad de hacerlo, porque hemos estado esperando: nosotros somos la generación de la bomba. El sociólogo José Manuel Valenzuela Arce, trataba de responder qué sucedía con los punks de Tijuana. Con Guillermo. Con Solución Mortal, una de las primeras bandas de punk de México. La leyenda viva del punk nacional a la que Guillermo pertenecía. Porque


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además de sentirse libre, se convirtió en exponente de la guitarra hardcore mexicana. Guillermo era el guitarrista de Solución Mortal. Treinta y dos años después, tenemos a un Guillermo de cabello largo que sigue dando protesta al sistema, pero ahora desde la comodidad de su hogar, tratando de hacer diferencia como padre de familia. De ser y pregonar la libertad y el bienestar colectivo. Hoy, a sus 49 años, Guillermo ha llegado al 2012, una fecha que nunca pensó vivir, pues entre la guerra fría y el desarrollo de las armas nucleares, su pensamiento era como el de Sex Pistols: no hay futuro. Pero las cosas no le pudieron haber salido mejor: vivió. Padre de familia de dos hijos, y diseñador gráfico de tiempo completo. Aunque se dice punk, el presente ya no es el mismo que en los 80. Ahora vestirse punk ya no es nada. El sistema ha cambiado para los punks. Más bien, los ha absorbido. La imagen punk ha llegado a convertirse en una serie familiar que sale por Disney XD, en las tiendas venden pantalones más rotos de lo que los punks usaban en los 80, los futbolistas usan Mohawk, cosa que irrita Guillermo y ya nadie sabe el porqué de la estética: no es reto andar por la calle con parches, aretes y con los pelos de punta. Cuando recién empezó como diseñador gráfico no lo querían por usar cabello largo. Hoy lo etiquetan de escritor y bohemio. Su hija usa el cabello azul eléctrico detrás de un mostrador de comida rápida. Recuerda con añoranza que su madre pasó cosas peores, como pensar cada día que a su hijo lo golpeara la policía, así nomás, por feo y curioso.

La imagen punk ha llegado a convertirse en una serie familiar que sale por Disney XD Le metieron miedo al sistema y el sistema se los comió: «Yo creo que de cierta manera nos asimiló. Vieron que era una fuerza ingobernable, de cierta manera, y yo siento que de alguna manera nos tragaron e hicieron comercial». Y ahora cosas por las que antes la policía los detenía y golpeaba, son utilizadas por la nueva generación sin saber de qué se trata, más bien sólo porque se ve bonito: «Ya como que el look, ya como que el show visual desapareció, ya el sistema absorbió eso. Pero yo creo que el corazón y la comunicación a través de Internet ha sido fantástica ahora». Guillermo habla mientras saca de su pantalón su más moderno iPhone y lo pone sobre una de las mesas del área de restaurantes de la plaza Galerías Hipódromo. —¿Perdiste tu ideología? —Yo creo que no, yo creo que, de cierta manera me ablandé un poquito. Ya los hijos hacen que te preocupes más por su desarrollo que por tu desarrollo personal. Para Guillermo hay dos caminos en el Punk: el lado político y el lado personal. La cara política aunque difícil, no es

imposible; está en las marchas del movimiento #YoSoy132, y el lado personal, tampoco es inalcanzable, se encuentra en el superarse cada día como persona, en no afectar a la gente que tienes alrededor, en hacer el cambio, poner el ejemplo y contagiar a los demás. Guillermo eligió este camino. Sabe que los últimos 32 años de su vida no se han ido a la basura. Si de algo está orgulloso, es que ser punk le dejó los ojos abiertos para poder ser cada vez mejor e independiente. —¿Fracasó el punk como movimiento? —Fracasó si vemos que no tumbamos la frontera y eso, ¿no? Pero en su momento hicimos lo que nuestro corazón nos dictaba. Y creo que hicimos lo más sincero. Fracaso no. Ojalá hubiéramos tenido más éxito. Pero con el éxito viene la razón, y el mundo sobrevivió. Falló el vaticinio. Se habla mientras la generación de la bomba procrea y recrea. —Estamos en la misma, a lo mejor han cambiado los medios pero seguimos estando al filo del abismo. Yo creo que nos falta más encontrarnos a nosotros y tratar de unirnos


18 Imagen del documental Feos y Curiosos, producido en 1986.

¡Yo prefiero que me arresten por ser feo y curioso y no por maleante o por subversivo de estupideces! y tratar de hacer entender que valemos la pena para no desaparecer. Yo creo que sí seguimos estando en mucho peligro, pero por un lado miras nuevas tecnologías, nuevas cosas y dices «¡Ay cabrón!, por lo menos se están preocupando un poquito por la salud» ¿no? No creo que haya variado mucho. A lo mejor rebasamos nuestras expectativas de vida, nunca pensé que iba a llegar al 2000, por ejemplo. Yo decía que en el 2000 esto ya se acabó ¿no? Y no, no se acabó. Tampoco para Solución Mortal, la banda en la que está basado el documental de José Manuel Valenzuela. Solución Mortal sigue tocando su historia que comenzó en 1977, cuando la familia Lezama llegó del DF a Tijuana esperando mejorar su nivel económico mediante la venta de arte.

La historia de los hermanos Lezama, Alan y Jorge, el mismo Jorge que le cortó el cabello a Guillermo. El arte los trajo a Tijuana. Su padre que se dedicaba al arte comenzó a tener éxito en el DF. Encontró la oportunidad de poderse dedicar de lleno a su pasión y se vino a Tijuana con todo y familia. Sorprendido por la forma de vida en frontera, Alan y Jorge se sintieron decepcionados por la carencia de espacios culturales y deportivos a los que estaban acostumbrados en la capital. Estaban en Tijuana, la última frontera, la ciudad de las bajas pasiones. Por si fuera poco llegaron en el auge del lema: «Haz patria y mata a un chilango». Lo resintieron. Los habitantes de Tijuana criticaban a la gente del

DF. Lo siguen haciendo. Pero su padre siempre les decía: «Si el arte nos trajo aquí, el arte nos va a desenvolver aquí». Comenzaron a involucrarse con el skateboard, la música que se escuchaba en frontera y se preguntaron «¿Qué le pasa a Tijuana?». Empezaron a hacer música. Por ese entonces había un antro llamado Discoteca Imperial. Este lugar empezó a traer el punk de Inglaterra a la ciudad. Alan y Jorge quedaron identificados con la vestimenta, la música y las letras: «Nosotros por medio de cartas empezamos a hacer comunicación con Inglaterra, con Francia. Nos interesó la ideología punk: lo que es vivir en una ciudad y estar educados y encontrarte en un cambio de esta ciudad» dice Alan. Sigue esta historia en diez4.com


EL PERIODISTA QUE SE HIZO BRUJA Y TRANSEXUAL

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GLENDA ESCRIBE CUENTOS DE TERROR Y LEE LAS CARTAS PARA SOBREVIVIR


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Glenda asegura que Mario Prado Cabrera murió esa noche cuando cambió todo, cuando lo descubrieron, exhibieron y humillaron: Mario Prado no existe, él está muerto desde esa noche Por: Quitzé Fernández Fotografías: Joel Barrera Mario Alonso Prado Cabrera murió una noche a sus 28 años de edad, ahora es Glenda, una hechicera, escritora, periodista, activista y política orientada a la izquierda que lee a Lovecraft y José Carlos Becerra. Lucha por los derechos de la comunidad homosexual, soñando con volver a pisar la redacción de un periódico. En marchas y manifestaciones anda sola, como queriendo guardar en su memoria un trozo de historia que algún día contará. Aquí está la suya, empezó aquella noche del 7 de junio de 1997, cuando cambió su atuendo escondiéndose en una caseta de ferrocarril, guardó su camisa y pantalón de vestir en una mochila: se maquilló y pintó los labios. Ajustó un sostén a su pecho, y salió convertido en mujer taconeando por las calles ensombrecidas del centro de la ciudad. A esa hora el aire seguía tibio. Un hombre se acercó; intercambiaron saludos: tal vez un piropo. Decidió regresar a casa en la colonia Talleres, pero un convoy de Seguridad Pública pasaba por Edison y Guadalupe Victoria. Permaneció parado

en el bulevar, pero la última patrulla se detuvo alumbrando de luces azules y rojas su cara de hombre, de colores centelleantes y ojos tristes. Uno de los policías lo reconoció; ordenó arrestarlo. Se habían conocido en las oficinas de Gobierno del Estado de Nuevo León, cuando Mario Prado cubría la noticia. Arriba de la patrulla preguntó: —Por qué me levantas, bájame, sabes quién soy. Acuérdate cuando platicábamos en la entrada de Prensa de Gobierno. —Mal encarado, el oficial respondió: —Yo no hablo con putos. —Ahí me di cuenta que la situación había cambiado totalmente, a partir de ese momento no volví a abrir la boca. En la delegación trató de inventar algo que lo salvara del apuro; algo que borrara ese día de la libertad de expresión, cuando por la mañana desayunó con Chuy Hinojosa, alcalde de Monterrey. —En ese entonces no me había destapado abiertamente. Me salía por las calles en las madrugadas a dar vueltas por el centro, y lo hacía a lo pendejo. No me daba cuenta que en algún punto ese asunto me iba a estallar en la cara, y me estalló. No estaba preparado para afrontarlo. No entendía que era una situación que debía abordar, que era como el alcoholismo para tratar de encontrar una solución. Aquel día había salido de trabajar a eso de las tres de la tarde, cuando generalmente acababa de escribir a las ocho. Los policías contestaron: Ahhh ¿Eres reportero? ¿Qué andas haciendo vestido de vieja? —Lo primero que se me ocurrió fue decirles: Ando haciendo una investigación. No ubicaba nada, estaba como si me hubieran

dado un mazazo en la cabeza. Fue lo único que se me ocurrió decir para que mi madre no supiera. Ellos tomaron el teléfono y marcaron a la redacción del ABC. Pidieron hablar con el jefe de información. —¿Mario Prado Cabrera? Lo agarramos vestido de mujer, dice que está haciendo una investigación. —No, él terminó su turno a las tres de la tarde, y hasta mañana entra. Los policías dijeron que lo iban a tener afuera de las celdas, sentado en una banca hasta que llegaran sus compañeros reporteros de la fuente judicial. Traía una mochila donde cargaba su ropa de hombre: No te vamos a dejar cambiar hasta que vengan a verte. —Hasta que terminó la pasarela me dejaron ir. Dejaron que me cambiara. Me habían dicho que iba a salir en el periódico al día siguiente. Glenda asegura que Mario Prado Cabrera murió esa noche cuando cambió todo, cuando lo descubrieron, exhibieron y humillaron: Mario Prado no existe, él está muerto desde esa noche. Llevó por mucho tiempo una doble vida. Incluso tuvo novias. —Yo me visto de niña desde los 8 años. Tengo 43. Mucha gente cuando después supo no lo podían creer, para la mayoría el ser gay, travesti o lesbiana tiene que ser muy obvio. Tienes que verlo en la calle, en la estética: amanerado, amariconado. A mí nunca me vieron nada de eso. Y es que Glenda tiene facciones duras, voz de hombre; cuerpo delgado y manos flacas, suaves…, como de papel: Tú me ves de mujer y esas cuestiones de mariconeo, de joteo, no se me dan. No son parte de mi personalidad.


22 —A partir de ahí mi carrera periodística se acabó. El medio era muy homofóbico, muy cerrado, muy misógino. Mario Prado cayó en la depresión. Se quiso suicidar abriendo las llaves de la estufa Su casa en Saltillo parece más bien la de un intelectual. Alguna vez escribió cuentos históricos. Ahora y desde hace muchos años crea cuentos de terror. El factor sorpresa es lo que más lo seduce. Y lee el futuro con las cartas. Hace hechicerías; amarres de amor. Brujería con imposición de manos. A veces vuela alto. Al día siguiente de su detención, Mario Prado revisó todos los periódicos con la esperanza de no hallar nada. Era domingo y fue a trabajar. El lunes descansaba. Llegó, hizo sus notas, revisó sus fuentes. Y se fue. —Obviamente no iba a salir nada, porque el hecho de que un periodista se vistiera de mujer, saliera a la calle y se lo balconearan, para el resto del gremio era una vergüenza. Antes había sabido de otro que le pasó lo mismo, nunca averigüe quién era, si llegaba a preguntar iban a decir: ¡Ahh, eres de los mismos! El martes que llegó a la redacción el jefe de información le mandó a llamar: —Yo me visto de mujer, respondió. —No lo hubieras hecho, vuelve a tu trabajo, deja ver qué hacemos. Al otro día le restregó en la cara: —Ya hablé con el director, dijo que no quiere putos en el periódico. Le explicaron que era muy buen periodista, que había hecho mucho por la empresa.

—Me pagaron mi finiquito, mi renuncia, y me echaron. Salí caminando con mi dinero en la mano, y lo primero que hice fue buscar trabajo en otro periódico. Al mes llamó por teléfono afuera del Palacio Federal al entonces editor de El Gráfico de Guadalupe, Nuevo León, del otro lado de la línea, respondió: Eh güey, qué pasó, hasta chupamos juntos, tú eras machín y me saliste de estos cabrones. Mario Prado se dio cuenta de la situación que atravesaba. EL PERIODISMO ES COMO SER GAY: NO SE QUITA Cuando Glenda hurga en el pasado, recuerda que estudiando en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, Mario Prado Cabrera quería escribir. Un compañero le platicó a él y a la ahora poetisa Ofelia Patricia Pérez Sepúlveda, que en el diario Tribuna estaban buscando quién escribiera cuentos y poesía. El único requisito era ir a redactarlos en las instalaciones del periódico. Mario Prado había publicado en el suplemento cultural de El Nacional. De repente estaba en Tribuna, donde se quedó en la sección de cultura, alternando la cobertura con la sección local y la facultad de comunicación, posteriormente trabajó en El Nacional, El Informador de Guadalupe, El Porvenir y ABC. Después vino la detención. —A partir de ahí mi carrera periodística se acabó, más bien dio un giro total, de estar como una línea recta, se hizo una

escalerita porque las cosas se pusieron muy difíciles, durante un año no conseguí trabajo. El medio era muy homofóbico, muy cerrado, muy misógino. Mario Prado cayó en la depresión, el 7 de enero de 1998 se quiso suicidar abriendo las llaves de la estufa. En una autobiografía publicada en el periódico La Rocka, en enero de 2008, titulada: Cómo ser transgénero en Monterrey (y no morir en el intento), escribió: «…El gas invade poco a poco la cocina, acostado en el piso se apodera de mí un sueño cada vez más pesado… Siento ya no tengo nada que perder, lo he perdido todo, trabajo, novia, estudios, el futuro servido en bandeja de plata; un jale seguro en el ABC… Apenas puedo respirar, un pensamiento me despierta: ¡Si te vences vivirás arrepentido toda la eternidad viendo pasar ante tus ojos la existencia que rechazaste…Vendrán tiempos muy duros, pero la decisión está tomada; viviré…» Después fue a un congreso y observó a una persona de la comunidad gay, quien finalmente lo ayudó poco a poco a salir del bache. —Cuando estás en esa situación buscas platicar con las personas más parecidas a ti, con las que te puedas desahogar, y a partir de ahí me gancharon. Y en mayo de ese año empezó a buscar trabajo en Tamaulipas y Coahuila, escribiendo sin goce de sueldo en El Demócrata, El Heraldo, Diario de Coahuila y Espacio 4, hasta que empezó a sacar dinero. Saltillo fue su casa durante un tiempo. Finalmente escribía. —El periodismo es como ser gay, no es gripa, no se quita. En la depresión, en el periodo de 1997 a 1998, Mario Prado Cabrera encontró cobijo en la carretera a García, Nuevo


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León, acompañando a los travestis y homosexuales que se prostituían. Ahí nació Glenda, en una amistad nocturna de asfalto, ropa ajustada y estrellas blancas en un cielo incierto, como el destino. —Un día que andábamos en la carretera, una de ellas me gritó Glenda, y no le hice caso. Todas me empezaron a decir Glenda. Y se me empezó a quedar. Un día pregunté: Por qué me dices así, respondió que no había Glendas, había muchas Thalías, muchas Paulinas. Pero Glendas no. Todavía le explicó: Se me ocurrió decirte Glenda porque se me hizo muy original. —Me di cuenta que no me lo podía quitar porque ya estaba en todos lados. Fui Lorena, o Paulina. A lo mejor me hubieran gustado muchísimos nombres. Glenda nunca se prostituyó; andar en la carretera la hacía despejarse de sus problemas. Las noches eran llegar, cotorrear un rato; irse caminando a sentir la oscuridad.

A los 10 años de edad papá lo encontró vestido de mujer, maquillado. Llegó a romper muchas medias de mamá, a tomar sus vestidos Cuando recordaba regresaba a casa a las cuatro de la mañana.  DEL AMOR ETERNO HACIA EL PAPÁ Mario Prado fue hijo único de Irene Cabrera y Abundio Prado Castillo, lo tuvieron casi a los 50 años. No lo esperaban. —Yo no fui abusada sexualmente, a lo mejor fui abusada sicológicamente. Y a veces el abuso sicológico es más cabrón que el abuso sexual. Abundio Prado era un hombre duro, dominante; ferrocarrilero, trabajaba de noche. Mario Prado vivió la infancia al lado de su mamá, una mujer sumisa que no había estudiado. Abundio la humillaba. Había estudiado hasta preparatoria: cantaba, pintaba. Alguna vez la golpeó.

Familiares cercanos llegaron a decir que la relación padre e hijo no existía. Parecían todo, menos lo que eran. —Yo estaba totalmente dominado por él. Quería estar a mi mismo nivel, se acostaba a un lado para estarme cuidando. Era una relación muy rara porque parecía que no era su hijo, parecía su esposa, mamá no contaba ahí. Me llevaba al cine, a viajar.  Lo que originó fue que  me convirtiera en un ser inútil, inestable, inmaduro, que dependía mucho de él. A los 10 años de edad papá lo encontró vestido de mujer, maquillado. Llegó a romper muchas medias de mamá, a tomar sus vestidos. Sigue esta historia en diez4.com


30 | Antes y después  

¿La gente tiende a cambiar de ideología radicalmente? Parece que sí. ¿En una sociedad diversa la respuesta será un abanico? Parece que no: c...

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