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Por: María José González Madrid


Por: EfraĂ­n Sigala Casas


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Por. Redacci贸n


S

in recato alguno lo hace suyo, obtenido a pulso, un Bush, ex presidente de Estados Unidos que compungido y al borde del llanto, conmemoró el 11 de septiembre el décimo aniversario de la caída de las Torres Gemelas, aún cargando en su “conciencia” la culpa y en su memoria histórica la intervención genocida. No teniendo limites, lo adoptan proclives mexicanos en campaña; el 15 de septiembre de 2011 sin empacho lo manifiestan y se regodean con él en la remembranza de una fecha emblemática para México. En pleno balcón público sin pudor y escrúpulo, mostraron su cinismo desparpajado e indecente: Peña Nieto, Montiel, Moriel y la

descomposición empeñada que detrás de ellos descaradamente los cobijan.

No hay nada, no tiene nada que

La noche despeñada, extrajo de sus cuerpos políticos una hora de avalanchas de cinismo y en los recintos oficiales torrentes solemnes de inconfesables ultrajes. Gotas de negrura pausada y cascadas de oscuridad administrada de golpe, para que al dar la vuelta se vuelvan un montón de escombro seco que es restregado en la chapa del pueblo que gravitado en su propia muleta de cinismo aplaude los jolgorios que les arranca de una sola mueca la máscara y se quedan sin rostro, sin dignidad, sin decir nada en un callar culpable de cinismo, de falsa solidaridad, de coexistencia amaestrada que gira en la punta de un grito que pregunta ¿quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Quiénes somos, si alcanzamos a ser algo dentro del catastrófico cinismo? En medio del ruido estridente y la bruma pestilente que ofende a la razón y rompe el corazón de la conciencia, empiezan los abismos y los aguijones en un camino tortuoso que hace esfuerzos de salir de su camino por el pavor que siente cuando le marcan la ruta a la perdición, al enriquecimiento ilícito.

darle al desierto: ni una gota de agua, ni valores reflexivos al bachiller. El cinismo de estos demonios es tan intenso que ya ni siquiera saben cuando mienten. Llevamos siglos apacentando a esta clase política que lejos de cambiar se tornan más prepotente, soberbia y arrogante. Con los ojos cerrados por la codicia y avaricia se recorren áridas veredas, avanzan por rectorías mancilladas, por plazas ensangrentadas, por palacios corruptos, por sótanos donde se arrincona e intriga el cinismo. A la izquierda, a la derecha y al centro prosigue él monólogo, el cuchicheo blasfemo, las risas innobles, la carcajada cínica como candidata natural de la inseguridad y la hipocresía.


Por: Guillermo C. Hernández Güerecka


Revista Dicen Noviembre 2da PARTE  

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