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REVISTA DE MEDIOS

LECTURAS Y MÁS

¿Quién soy? Mi singularidad se disuelve en cuanto la examino y, finalmente, estoy convencido de que mi singularidad procede de una ausencia de singularidad. Incluso tengo en mí algo mimético que me impulsa a ser como los demás. En Italia me siento italiano y quisiera que los italianos me sintieran participante en su actividad. El otro día, hablando a un auditorio de la Champagne, me sentí achampanado. Ah, sí, quisiera ser como ellos. Adoro estar integrado y, sin embargo, no soy por completo ni de unos ni de otros. Podría ser de todas partes, pero no por ello me siento de ninguna parte, he arraigado aquí. No me distinguen el ejercicio de un talento singular ni la posesión de una verdad admirable. Me distingo por el uso no inhibido ni rígido de una máquina cerebral común y por mi permanente deseo de obedecer las reglas primeras de esta máquina cognoscitiva: reunir cualquier Conocimiento separado, contextualizarlo, situar toda verdad parcial en el conjunto del que forma parte. Mi capacidad de análisis es media, mi capacidad de síntesis también, pero nunca utilizo luna sin la otra. No sufrí la profunda marca de una cultura familiar, ni la de las evidencias impuesta por la educación. Así pues, mi domesticación superficial, mi débil imprinting, me convirtieron en una muestra representativa de humanidad, animada por las aspiraciones y contradicciones


antropológicas, literalmente un hombre cualquiera. Dudo mucho, creo mucho. Tengo la impresión de que tengo pocos prejuicios, me siento abierto a ideas que se contradicen mutuamente y me percibo interiormente libre. ¡Qué buena es esta libertad que compensa tantas cualidades ausentes! Escribí en otra parte que yo estaba animado por lo que el tao denomina el espíritu del valle, «que recibe todas las aguas que en él se vierten». Pero no me veo como un valle majestuoso; me veo más bien como una abeja que se ha embriagado libando de mil flores para hacer, con todos los pólenes distintos, una sola y misma miel. Hoy, considerando retrospectivamente mi andadura, veo que la ausencia de cultura es la fuente de mi cultura. Mi vacío cultural originario aspiró el aire de la curiosidad, el saber, lo imaginario, la búsqueda de la verdad, la búsqueda del bien, la elaboración de mis propias normas. Fui edificado por aquello de lo que sentía sed. Mi apertura omnívora mantuvo mi autodidactismo, que a su vez mantuvo mi apertura omnívora. A través de mi autodidactismo me descubrí, descubrí mis verdades contrarias. Cosa paradójica: mi curiosidad, que me singulariza con respecto a los normalizados, satisfechos o resignados, es lo que me convierte en un ser poco singular y relativamente indeterminado. Comencé así mi andadura autodidacta a partir de la novela popular, del cine, de la canción. He dicho autodidacta porque éstos no conocen jerarquía y compartimentación a priori, y efectúan su selección en función de necesidades tan profundas como inconscientes. Por esta andadura sin camino accederé por mis propios medios a la cultura de los cultos. No siento ese desdén cultural de los intelectuales nacidos en las clases altas de la sociedad y que jamás pasearon por los grandes bulevares populares; siguen pareciéndome atractivas las cancioncillas, las novelas no reconocidas como literarias, las películas que no son de filmoteca y, hoy, las series televisivas. Cuando, hacia 1960 declaré que me gustaba el western, en Florencia, ante un areópago de intelectuales de izquierda, Lucien Goldmann indignado, corrió a la tribuna para explicar que el western era la peor de las mixtificaciones capitalistas, destinada a adormecer la conciencia revolucionaria de la clase obrera, y logró con aquellas lúcidas palabras una tempestad de aplausos. He conservado las curiosidades de la adolescencia,

he seguido interrogándome sobre las cuestiones primarias.


EDICIÓN DE REVISTA DE MEDIOS No 1 año 2011