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EUSEBIO RUVALCABA

en verdad me interesó fue el hecho de que el muñeco era idéntico al individuo que lo manipulaba, además de tener —como era de suponerse y como lo descubrí más tarde— el mismo nombre: Farolito. Su atuendo era sencillo: un saco a cuadros rojos sobre fondo negro, una corbata de moño azul, sin camisa y un pantalón verde. —Farolito, ¿quieres contarnos un chiste? —¿Yo? Si el merolico eres tú. —No, Farolito. El show eres tú. —Pues eso lo dirás tú. Pero a ver, dile a tu público que te eche los pesos y entonces sí, nos arrancamos. 96

Hasta les canto la Negra, o que me la bailen… —No alburees, Farolito. —Nomás échenle. Nomás échenle. Y enrachadas en un ritmo continuo se oían caer, en un bote que alguna vez sirviera para contener aceite, las monedas que le arrojaba la gente. Decidido, me aproximé aún más y deposité dos billetes de cincuenta pesos. —¿Cien lanas? Ora sí te pusiste guapo, mi cadete. —No seas igualado, Farolito. Pregúntale al señor guapo qué quiere: canción, décima, película, chiste o receta. Y tenemos recetas de amor, de cocina o de brujería… ¿A ver? —Para lo que gusten —respondí—. Yo nomás quiero divertirme. —¿Sabes cuál es el pájaro que se orina en las retrasadas mentales? —¿Cuál, Farolito? —El pájaro mea tontas. —¿Y el pájaro que se orina en las penumbras? —¿Cuál? —El pájaro mea asombras. Y así siguieron un largo rato, hasta que el hombre sacó una guitarra diminuta, que parecía de juguete. Y mientras tocaba, el muñeco improvisaba versos que hacían una clara mofa de mí. No pude menos que reír, como hizo la gente que nos rodeaba.

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