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CARLOS RÍOS

muchachas, por si no fuera razón suficiente dijeron que no querían repartir el dinero con un niño, y a mí me dieron ganas de llevarlas a la cueva y darles licor para mostrarles que de niño ya no tenía casi nada, pero no sucedió nada de eso y volví al restaurante. A la abuela no le hizo gracia porque ahí también era un estorbo, y entonces me quedé afuera barriendo las hojas hasta que un día un viajante me pidió que le lavara los vidrios de su camión, y lo hice muy bien porque las monedas que me dio sumaban lo que la abuela me pagaba en una semana. Desde ese día me dediqué a lavar los vidrios de los autos y camiones y fui guardando ese dinero en mi colchón, no abajo sino adentro, entre la lana, como guardan los animalitos el sustento que es la base de la vida diaria. Esos días fueron maravillosos, mi abuela estaba contenta porque los viajantes no paraban de llegar, el restaurante iba de lo mejor y yo recibía a los clientes con los brazos abiertos, sumando cantidades en mi cabeza: tantos viajantes, tantas monedas. Esta paz se rompió cuando la abuela recibió una carta de mi padre. Le pregunté cuándo iba a verlo y me dijo que para Navidad. Algo más traía esa carta porque la abuela se puso mal, se la pasaba insultando por lo bajo, vaya a saber qué pasaba. Lo cierto es que ella no quería que yo estuviera en el camping, y aunque no me lo dijo directamente, sentí el rechazo materializándose en esa baba verde que veía salir de su boca a todas horas. Por la noche la baba era una luminiscencia que manchaba las paredes por las que ella iba agarrándose cuando iba al baño, y mi prima, cuando la veía así, lo único que hacía era escaparse, salir con el hijo del lechero o sus amigas, otras veces se iba a la parroquia a alisar billetes, no te quedés, me dijo, con tal de alejarme de la abuela prometió que me presentaría a una de sus compañeras, a esa sí me la podría llevar a la cueva, insistió, pero eso a mí no me importaba porque lo único que me interesaba en el mundo eran las monedas que salían de los bolsillos de los viajantes, lavar los vidrios y quedarme entre los camiones. Los muslos blancos del poema habían pasado a un segundo plano aunque mantuve eso de la actitud de entrega, me entregué con alma y vida a enjuagar bien esos vidrios, quitarle los insectos que traían pegados de la ruta. Si los camiones y los autos superaban el máximo de velocidad permitido, esos animalitos verdes estallaban dejando en los vidrios o en sus frentes una pasta verdinegra con olor a veneno para hormigas. Los humedecía con agua tibia para que aflojasen rápido porque 80

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