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EL AMIGO DE MI PADRE

ella se fue a vivir a otro lugar. El mecánico hizo reformas en la casa para transformarla en un taller. En lo que era mi habitación cavaron una fosa donde entraba una sola persona de pie. Luego de esto pasó un mes en blanco, y luego otro, y otro más. Pasaron los días de escuela, ni mi padre ni mi madre regresaron y la playa se llenó de langostas que siguieron de largo porque en el balneario ya no quedaba nada que comer. Por el restaurante de la abuela pasaban, como langostas también, los viajantes. Por la noche mi abuela contaba la recaudación con el encargado y la dividían. El encargado le ponía unos billetitos de más entre la ropa y mi abuela largaba una risita como de niña. El encargado se miraba los dedos y volvía a meterlos en el escote de la abuela, esta vez para sacar los billetitos y volverlos a meter. Y yo, que nunca antes había pensado en el dinero, al ver esas monedas y billetes apilados recibí un toc-toc en la cabeza, ahora que lo pienso fue el toctoc de la economía. Así la escuela pasó a un segundo plano, al principio no sabía bien en qué emplearme y le pregunté a mi prima qué podía hacer para ganar dinero, y ella me llevó a la parroquia donde las muchachas del catecismo se ocupaban, mientras escuchaban bien bajito a Marco Antonio Solís, en alisar billetes y pegarlos con cinta adhesiva. Dinero del diezmo que era rociado con agua de rosas y luego se planchaba, billete por billete como si la parroquia fuera una tintorería, dinero que después cambiaban en el banco por billetes nuevecitos. Me dijeron que por cada cien pesos que preparara me corresponderían unos cinco y acepté, pero tuve que dejarlo al día siguiente porque los billetes me hacían estornudar y eso afectaba el trabajo de las 79

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