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EL AMIGO DE MI PADRE

o sí durante las vacaciones. Ella alquilaba la casa en la que había vivido de más chico con mi madre y mis hermanos. Después de ese año no fui más a la escuela, pero seguí diciéndole maestra hasta su muerte. Abrió su esposo, un mecánico que la esperaba a metros de la escuela siempre fumando, recostado en un árbol, como si fuera alguien recién salido de la cárcel. Saqué al hombre de su siesta y eso le dio bronca. ¿Qué querés?, dijo de mala manera. Vengo a ponerme al día, dije. ¿Al día con qué? Con la cuenta de la abuela, me mandó a cobrar la vianda, mentí. En una de esas, el hombre me daba unos billetes. Quería comprarme libros. La maestra no está, dijo. Le pregunté si él no sabía adónde había ido mi familia, y eso lo desarmó porque fue a buscar a su esposa y escuché que le dijo nena, te busca un alumno, no me gusta ese pibe, y ella dijo shhh, seguro que ya te escuchó, no seas así. Se hizo un silencio y la maestra apareció con un camisón blanco, descalza, como le gustaba andar a mi madre por esa casa, entonces me eché a llorar. Ella me acarició la cabeza y me dio un beso muy parecido a los besos que daba mi madre cuando con mis hermanos llegábamos de la escuela, después me hizo pasar a su casa y mientras me ofrecía un vaso con jugo de naranja miró con ojos de reproche a su esposo el mecánico. El hombre la llamó y ella puso su mano caliente sobre la mía, dijo esperá un poquito, y el mecánico golpeó con su bota el marco de la puerta. Se miraron como peleándose y, antes de desaparecer, él me miró como se mira a la gente que uno odia. ¿Puedo ver la pieza en la que dormía?, pregunté. Era mi momento. Ella dijo sí con la cabeza y me acompañó hasta la habitación que yo había compartido con mis hermanos. En vez del cuadro de la selección y la gaviota de madera colgando del techo vi a la mamá de la maestra acostada en la que había sido mi cama. Se notaba que la señora estaba muy enferma porque, cuando me vio, hizo fuerza para levantarse pero tosió y un hilito de baba bajó por el costado hasta tocar la sábana. La señora estaba por morirse justo en mi habitación y recordé que lo único que se había muerto ahí era un renacuajo que había atrapado en el estanque. Lo teníamos en una botella de vidrio, el bichito estuvo dos días viviendo ahí hasta que un día apareció flotando y antes que mis hermanos se despertaran vacié el contenido de la botella en el inodoro. Ese día juré que nunca más llevaría animales del estanque para ponerlos en mi habitación. Ahora estaba esa señora igual que el renacuajo, 77

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