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EL AMIGO DE MI PADRE

era para ver cómo estaba la cueva y ella dijo que fuera solo, enojado le tiré de la remera hasta que se puso mal. ¡Me hacés doler!, gritó, después se encerró en la habitación de la abuela y estuvo sin hablarme todo el día. Como entendí que con ella ya no lograría más que eso, puras negativas, empecé a acercarme a las amigas que iban de visita al camping. Para darme importancia les decía de memoria alguno de esos versos que recordaba de los libros de mi padre, en especial un poema de ese libro que había leído con mi prima, el causante del toqueteo esa tarde en la cueva, porque con el licor nada más me daban ganas de dormir, pero el libro sumado al licor provocaba sensaciones que no podía describir, algo raro y nuevo manifestándose en mi cuerpo, de adentro hacia afuera. Entonces me concentré en encontrar la manera de arrastrar a una de las amigas de mi prima hasta la cueva, y una vez ahí leerle ese poema, o recitárselo mejor, darle el licor de a sorbitos o de boca a boca y después sentarme a esperar el efecto: cerrar los ojos y sentir la primera tensión en el arco del pito, esperando la llegada de sus dedos... Nada de eso ocurrió. Las amigas de mi prima eran todas unas monjitas, más grandes que yo, y a la retranca siempre. Así pasaron los meses y el camping siguió desierto y mi padre sin aparecer: ya era el segundo año que había prometido ir a verme, eso me había dicho la abuela, pero no había cumplido. Como mi prima, también me olvidé de la cueva, pero seguí leyendo. Había descubierto dónde guardaba la abuela los libros de mi padre y cuando se iba a trabajar me subía a su cama, en puntas de pie agarraba la bolsa que estaba arriba del ropero y sacaba un libro, lo leía y, antes que ella regresara, ¡a guardarlo! De todos esos libros sólo quería leer el de los poemas de amor, en especial un poema que traía esas palabras como imanes: todas iban directo al pito y me lo endurecían. Yo leía y no podía creer que el señor que había escrito ese libro fuera capaz de sentir semejantes cosas y escribirlas, en especial eso de los muslos blancos y la actitud de entrega, palabras que se habían grabado a fuego en mi cabeza, y a la vez me preguntaba cómo había hecho mi padre para que mi madre lo tocase. A lo mejor le había leído ese libro o la habría llevado a su propia cueva para darle licor de a sorbitos y hacer que luego lo tocara, mi padre habría cerrado los ojos esperando la torcedura de piernas, el dolor escalofriante dentro del pito, lo punzante ahí adentro como una mordedura, y pensé que si mi padre me estuviera mirando en ese 75

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