Page 75

crítica149_crítica133 sin ilustraciones.qxd 30/05/2012 02:00 p.m. Página 74

CARLOS RÍOS

ro ni a nadie que ese lugar existía, y ella dijo sí, juro con la mano en el pecho y durante dos semanas entramos y salimos de la cueva como pequeños animales. Llevábamos al lugar comida y un poco de té, galletitas o lo que pudiéramos sacar del restaurante de la abuela. Ella apareció con una botella de licor y la tomamos de a sorbitos, entre risitas terminamos acariciándonos por primera vez. Mi prima me hizo jurar que no se lo contaría a nadie, y a cambio de mi silencio prometió hablar con el cura para que me dieran un trabajo en la parroquia. También dijo que prefería investigar algunas cosas conmigo porque sabía que nunca la traicionaría. Los otros varones le daban miedo por lo que irían a contar después de ella. Son todos iguales, dijo. ¿Y yo?, pregunté. Vos no, tonto, vos sos distinto porque sos mi primo. Sin pensarlo más dije a todo que sí y ella se puso a tocar según sus necesidades. Cerré los ojos y me dejé hacer hasta que sentí algo que me hizo doblar las rodillas, cerré las piernas y mi prima sonrió, en vez de aflojar la mano la cerró más fuerte, y siguió moviéndola hasta que paró de golpe y dijo uy, te mojaste. Esa tarde me quedé con el pito dolorido, cada vez que me daban ganas de hacer pis me venía un ardor horrible, como si tuviera una herida adentro, y un poco me asusté porque el dolor me duró hasta el día siguiente. Ninguno de los dos insistió para repetir esa experiencia. En ese silencio mutuo también se nos acabó el interés por la cueva y la dejamos abandonada, hasta que un día que andábamos de acá para allá sin hacer nada pasamos cerca del cobertizo. Entonces le dije a mi prima si quería tomar licor como lo habíamos hecho la otra vez, pero ella dijo que no. Le puse como excusa que 74

/critica_149  

http://revistacritica.com/revistas/critica_149.pdf

/critica_149  

http://revistacritica.com/revistas/critica_149.pdf

Advertisement