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JIM BAJO LA LLUVIA

sola carta en toda su ausencia, pero prefirió no hacerlo. En su lugar, habló de las virtudes de su tío muerto, enterrado no muy lejos de ahí, con un tumor enorme en el cerebro y el pelo y las uñas creciéndole todavía. Por la noche, en la cama de su novia, después de hacer el amor casi mecánicamente, ella le preguntó si sabía algo de Dan, un compañero de la preparatoria que había regresado unas semanas antes. Jim negó con la cabeza y ella rompió en un llanto silente. A los pocos días de su regreso Dan se había disparado en la cabeza detrás de las gradas del campo de futbol de su antigua escuela. Jim nunca había sentido tal nulidad emocional. Tuvo la sensación de cuando te cuentan un chiste que no entiendes; lo dicho no tiene sentido alguno, no dice nada. Imaginó a Dan y a su tío acostados en el mismo ataúd, abrazados. Aún desnudos en la cama, la novia de Jim sacó de un cajón un anillo que él le había entregado antes de partir. Promesa casi infantil de seguro regreso. Jim la besó en la mejilla y se puso el anillo. Ya no le quedaba, le flotaba alrededor del dedo como si nunca hubiera sido suyo. Es obvio que he adelgazado, pensó. Comí muy mal, mi cuerpo trabajó más de la cuenta, y además fumé como loco casi todos

los días. Era obvio que mi cuerpo tendría que sufrir algunos cambios. Se vistió y se marchó a su casa. Despertó por primera vez en meses en su propia cama y no en el piso lodoso de la jungla. Buscó en un cajón una playera y se la puso. Le quedaba muy grande e intentó recordar si era verdaderamente suya, pero la reconocía perfectamente, así que lo adjudicó también a su aparente pérdida de peso. Desde ese día, toda la ropa le quedaba cada vez más grande; al sentarse en las sillas del comedor sus pies ya no alcanzaban el suelo, los vasos comenzaron a ser demasiado grandes para tomarlos con una sola mano, los cubiertos se veían enormes, como de juguete. Cada día se encogía más y más, y nadie parecía darse cuenta. Al final de esa primer semana tenía ya un tamaño no mayor al de una regla común. Poco a poco sus padres y su novia dejaron de notarlo, ni siquiera lo escuchaban por más alto que intentara gritar. Nadie se percataba ya de su presencia, y mucho menos de su renovada ausencia. Intentaba llamar la atención de innumerables formas, pero cualquier esfuerzo era inútil. Brincaba, gritaba, agitaba los brazos desde el ahora tan cercano suelo sin respuesta alguna. 63

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