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EL CLUB DE LOS HACHISIANOS

es demasiado chistoso, basta! ¡Dios mío, Dios mío, qué divertido! ¡Es demasiado, demasiado! ¡Acabad, no puedo más… Jo, jo, ju, ju, ji, ji! ¡Qué buena broma! ¡Deteneos, que reviento, que me ahogo! No me miréis así… o hacedme enarcar que voy a estallar…” A pesar de las protestas, mitad burlescas, mitad suplicantes, la hilaridad iba creciendo, el estrépito aumentaba de intensidad, el suelo y las paredes de la casa se levantaban y palpitaban, como un diafragma humano, sacudidos por esa risa frenética, irresistible, implacable. Pronto, en lugar de venir a presentarse a mí uno por uno, los grotescos fantasmas me asaltaron en masa, agitando sus anchas mangas de pierrot, tropezando con los pliegues de sus túnicas de magos, aplastando su nariz de cartón en choques ridículos, haciendo volar nubes de polvo de sus pelucas y cantando desafinadas canciones extravagantes de rimas imposibles. Todos los tipos inventados por la inspiración burlona de los pueblos y los artistas se hallaban reunidos allí, pero decuplicados, centuplicados de poder. Era una batahola extraña: el polichinela napolitano palmeaba familiarmente la joroba del punch inglés; el arlequín de Bérgamo frotaba su morro negro a la máscara enharinada del payaso francés que lanzaba gritos pavorosos; el doctor boloñés echaba tabaco en los ojos del padre Cassandre; Tartaglia galopaba a caballo sobre un payaso y Gilles le daba de patadas en el trasero a don Spavento; Karagheuz, armado de un bastón obsceno, se batía en duelo con un bufón hosco. Más lejos forcejeaban confusamente las fantasías de los sueños chistosos, creaciones híbridas, mezclas informes del hombre, de la bestia y de los utensilios, frailes con ruedas por pies y marmitas como vientres, guerreros con yelmos de vasijas blandían sables de madera con sus garras de pájaro, hombres de Estado movidos por engranajes de asadores, reyes zambullidos hasta la mitad del cuerpo en atalayas de pimienta, alquimistas de cabezas dispuestas en fuelles, con miembros contorneados en alambiques, busconas hechas de un agregado de calabazas hinchadas extrañamente, todo lo que podía trazar con el lápiz en el delirio un cínico a quien la embriaguez empujaba el codo. Eso se movía, reptaba, saltaba, correteaba, silbaba, como decía Goethe, en La noche de los walpurgis. Para sustraerme a la atención exagerada de esos barrocos personajes, me refugié en un rincón oscuro, desde donde podía verlos librarse a dan151

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