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TÉOPHILE GAUTIER

sus piernas, supe que estaban hechas de raíz de mandrágora, bifurcada, negra, rugosa, llena de nudos y de verrugas, la cual parecía recién arrancada pues había partículas de tierra adheridas todavía a los filamentos. Sus piernas se agitaban y retorcían con una actividad vertiginosa, y, cuando el pequeño torso que ellas sostenían estuvo frente a mí, el extraño personaje estalló en sollozos, y, enjugándose los ojos con el reverso del brazo, me dijo con la voz más doliente: “¡Hoy es cuando hay que morir de risa!” Y lágrimas gordas como guisantes rodaron sobre las alas de su nariz. “De risa… de risa…”, repitieron como un eco coros de voces discordantes y nasales. VI. FANTASÍA Miré en ese momento el plafón y percibí una multitud de cabezas sin cuerpo como las de los querubines, que tenían expresiones muy cómicas, fisonomías tan joviales y tan profundamente felices, que no pude evitar compartir su hilaridad. Sus ojos se fruncían, sus bocas se alargaban y sus narinas se dilataban; eran gestos para alegrar el tedio en persona. Estas máscaras burlescas se movían por zonas volviendo en sentido inverso, lo que producía un efecto sorprendente y vertiginoso. Poco a poco el salón se llenó de figuras extraordinarias, como no las encuentra uno más que en los aguafuertes de Callot y las aguatintas de Goya: una confusión característica de oropel y de harapos, de formas humanas y bestiales; en cualquier otra ocasión, yo me habría sentido inquieto por tal compañía, pero no había nada de amenazante en esas monstruosidades. Era la malicia y no la ferocidad lo que hacía chisporrotear sus pupilas. El buen humor sólo descubría sus desmedidos colmillos y sus puntiagudos incisivos. Como si yo fuera el rey de la fiesta, todas las figuras venían por turnos al círculo luminoso, en el cual yo ocupaba el centro, con un aire de compunción grotesca, me susurraban al oído bromas de las que no puedo recordar una sola, pero que en ese momento me parecían prodigiosamente inteligentes y me inspiraban la más loca alegría. A cada nueva aparición, una risa homérica, olímpica, inmensa, ensordecedora, que parecía resonar en el infinito, estallaba a mi alrededor con tronido de rayos. Voces, por turnos chillonas o cavernosas, gritaban: “¡No, 150

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