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TÉOPHILE GAUTIER

Uno de ellos, de rostro pálido y barba negra, reía de las hazañas de un espectáculo invisible; otro hacía esfuerzos increíbles para llevar un vaso a sus labios, y sus contorsiones para lograrlo provocaban abucheos ensordecedores. Aquél, agitado de movimientos nerviosos, giraba sus pulgares con una increíble agilidad; ese otro, volteado hacia el respaldo de la silla, su mirada perdida, sus brazos muertos, se dejaba deslizar voluptuosamente al mar sin fondo del anonadamiento. Yo, acodado sobre la mesa, consideraba todo eso a la luz de un resto de razón que iba y venía por instantes, como una lámpara a punto de apagarse. Brutales calores me recorrían los miembros, y la locura, como una ola que revienta sobre una roca y se retira para abalanzarse de nuevo, alcanzaba y abandonaba mi cerebro, al que acabó por invadir por completo. La alucinación, esa extraña invitada, se había instalado en mí. —¡Al salón, al salón!, gritó uno de los comensales. ¿No oís esos coros celestiales? Los músicos están en sus atriles desde hace rato. En efecto, una harmonía deliciosa nos llegaba por arrebatos a través del tumulto de la conversación. V. UN SEÑOR QUE NO FUE INVITADO El salón era una enorme pieza de revestimientos esculpidos y dorados, de plafón pintado, de frisos adornados con sátiros persiguiendo ninfas en los cañaverales, de una gran chimenea de mármol de color, de amplios cortinajes de brocatel que respiraban el lujo de los tiempos pasados. Muebles de tapicería, sofás, sillones y poltronas, lo suficientemente largos para permitir que las faldas de las duquesas y las marquesas se extendieran con comodidad, recibían a los hachisianos con los mullidos brazos abiertos. Una silla baja, en la esquina de la chimenea, me hizo señas y yo me instalé y me abandoné sin resistencia a los efectos de la droga fantástica. Al cabo de algunos minutos, desaparecieron mis compañeros, uno después de otro, sin dejar más vestigio que sus sombras sobre los muros, los cuales pronto las absorbieron, como las manchas pardas que el agua deja sobre la arena se secan y se desvanecen. Después de ese momento, pues no tengo conciencia de lo que ellos estuviesen haciendo, será necesario que os contentéis por esta vez con el recuento de mis simples impresiones perso148

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