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TÉOPHILE GAUTIER

III. PARÉNTESIS

Antiguamente existía en Oriente una orden de sectarios temibles comandados por un jeque que adoptó el nombre de Viejo de la Montaña o príncipe de los asesinos. Este Viejo de la Montaña era obedecido sin replica; los asesinos, sus súbditos, marchaban con una abnegación absoluta a ejecutar sus órdenes, cualesquiera que fuesen; ningún peligro los detenía, ni siquiera la certeza de la muerte. Bastaba una señal de su jefe para que se precipitaran de lo alto de una torre y apuñalaran a un soberano en su palacio, en medio de los guardias. ¿Mediante qué artificios obtenía el Viejo de la Montaña una abnegación tan completa? Gracias a una droga maravillosa cuya receta él poseía, y que tenía la propiedad de procurar alucinaciones deslumbrantes. Aquellos que la habían tomado encontraban, al despertar de su embriaguez, la vida real tan triste y descolorida, que con gusto hacían el sacrificio para entrar al paraíso de sus sueños; puesto que todo hombre muerto en el cumplimiento de las órdenes del jeque iba al cielo directamente, o, si escapaba, era admitido de nuevo a disfrutar de la felicidad de la misteriosa composición. Ahora bien, la pasta verde que el doctor acababa de distribuirnos era precisamente la misma que antiguamente el Viejo de la Montaña hacía ingerir a sus fanáticos, sin que ellos se dieran cuenta, haciéndoles creer que él tenía a su disposición el cielo de Mahoma y las hurís de tres rasgos; es decir, el hachís, de donde proviene hachichin, comedor de hachís, raíz de la palabra asesino, cuya feroz acepción se explica perfectamente por los hábitos sanguinarios de los fieles del Viejo de la Montaña. Seguramente, las gentes que me vieron partir de mi casa a la hora en que los simples mortales toman sus alimentos no sospechaban que yo iba a Île Saint-Louis, lugar virtuoso y patriarcal, si lo hay, a consumir un manjar extraño que servía, hace muchos siglos, de medio de incitación a un jeque impostor para empujar a los iluminados al asesinato. Nada de mi vestimenta perfectamente burguesa me hubiera hecho sospechoso de este exceso de orientalismo; yo tenía más el aire de un sobrino que va a cenar con su vieja tía que de un creyente a punto de gustar las glorias del cielo de Mahoma en compañía de doce árabes. Más francés no podía ser. 146

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