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TÉOPHILE GAUTIER

aldabón esculpido, el uso de campanillas con pomo de cobre no había penetrado en estas tierras remotas, y escuché varias veces el cordón rechinar sin éxito; por fin, gracias a un tirón más vigoroso, el viejo pestillo herrumbroso se abrió, y el portón con sus pesadas batientes pudo girar sobre sus goznes. Detrás de un cristal de una transparencia amarillenta apareció, a mi entrada, la cabeza esbozada por el temblor de una vela de una vieja portera, una pintura de Skalken. La cabeza me hizo un gesto singular, y un dedo magro se extendió fuera de la portería para indicarme el camino. Por lo que podía distinguir bajo la pálida luz que cae siempre incluso de los cielos más oscuros, el patio que atravesé estaba rodeado de construcciones de arquitectura antigua con aguilones agudos; sentí mis pies mojados como si estuviese caminando en un prado, pues los intersticios entre las baldosas estaban llenos de hierba. Las altas ventanas de estrechos cristales de la escalinata, que resplandecían sobre la fachada oscura, me servían de guía y no dejaron que me perdiera. Salvada la escalinata, me encontré al pie de una inmensa escalera como eran construidas en tiempos de Luis XIV, y en la que una mansión moderna bailaría con facilidad. Una quimera egipcia, al estilo de Lebrun, cabalgada por un Amor, extendía sus patas sobre un pedestal y tenía una vela entre sus garras curvadas en arandela. La pendiente de los peldaños era suave; los descansos y escalones bien distribuidos atestiguaban el genio del viejo arquitecto y la vida grandiosa de los pasados siglos; al subir esa rampa admirable, vestido con mi ligero frac negro, sentía que desentonaba con el conjunto y que usurpaba un derecho que no era el mío; la escalera de servicio hubiera estado bien para mí. Muchas pinturas, copias de obras maestras de la escuela italiana y de la escuela española, la mayor parte sin marcos, tapizaban los muros, y en lo alto, en las sombras, se dibujaba vagamente un gran plafón mitológico pintado al fresco. Llegué al piso señalado. Un cancel de terciopelo de Utrech, aplastado y tornasolado, cuyos galones amarillentos y tachones abollados daban cuenta de un largo servicio, me hizo reconocer la puerta. Toqué; me abrieron con las precauciones usuales, y me encontré en 144

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