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El club de los hachisianos THÉOPHILE GAUTIER Traducción de Pedro Santander

I

Una tarde de diciembre, obedeciendo a una misteriosa invitación redactada en términos enigmáticos, comprensibles para los afiliados e ininteligibles para los demás, llegué a un barrio lejano, especie de oasis de soledad en medio de París, al que el río, rodeándolo con sus dos brazos, parecía defender contra los intrusos provenientes de la civilización, pues era en una vieja mansión de la Isla de Saint-Louis, el hotel Pimodan, edificado por Lauzun, donde el extraño club del que yo formaba parte desde hacía poco celebraba sus sesiones mensuales, a las que yo iba a asistir por primera vez. Aunque eran apenas las seis, la noche estaba oscura. La niebla, vuelta aún más espesa por la cercanía del Sena, difuminaba todos los objetos con su guata agujereada y desgarrada de trecho en trecho por las aureolas rojizas de las linternas y los hilos de luz que se escapaban de las ventanas iluminadas. El empedrado, mojado por la lluvia, espejeaba bajo los faroles como el agua que refleja la luz; un cierzo acre, cargado de partículas heladas, azotaba el rostro, y silbidos guturales hacían el tiple de una sinfonía cuyas olas hinchadas que se batían contra los arcos de los puentes hacían el bajo: no faltaban en esta tardeada ninguna de las ásperas bellezas de invierno. Era difícil, a lo largo de ese muelle desierto, en esa masa de edificios sombríos, distinguir la mansión que buscaba; sin embargo, mi cochero, enderezándose sobre su asiento, alcanzó a leer en una placa de mármol el nombre casi borrado del antiguo hotel, lugar de reunión de los adeptos. Levanté el × THÉOPHILE GAUTIER

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