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UNA ISLA BAJO EL VOLCÁN

mismo en la esquina del levantón y cuatro estaban desaparecidos (luego, en las mismas tiendas, me enteraría de que aparecieron ahogados en el Potomac con marcas de tortura). Del otro lado de la 16, en el barrio de negros, se contaba lo mismo. Pero abajo de Columbia Rd., mi calle, en el barrio de blancos no se decía nada o se decía lo mismo que en el Washington Post: “Hubo un herido de navaja.” Y a veces agregaban el comentario siempre políticamente correcto y racista: Es que así son los afroamericanos y los latinos. Luego el silencio. Silencio. Acá, después de las sirenas, o incluso antes, comienzan los rumores: Sutanita anda vendiendo, a Fulano lo levantaron, por allá hubo un operativo, Mengano no pudo tomar vacaciones porque dice que los acuartelaron, don Perengano ya cerró su tendajón porque no podía pagar las cuotas, apareció un muertito en el canal del desagüe (un muertito, aquí todos son “muertitos”). Y en la Embajada en Wáshington parecía que todos vivían en su burbuja. La ciudad era un paraíso para ellos y a mí me daba envidia, mucha. ¿Por qué leía yo las notas de los ejecutados? ¿Por qué a mí me contaban

en la tienda que el levantón del otro día —y todos los que siguieron— era porque estaban cambiando las rutas comerciales en México? ¿Por qué yo seguía escuchando las sirenas que ya nadie oía y entonces era incapaz de imaginarme otra vez que eran gatos que se habían quedado atrapados en los árboles? Dos días después de que tuve que pedirle permiso a un oficial para cruzar la cinta amarilla y entrar a mi edificio —nomás no pise la sangre, me dijo—, decidí dejar Wáshington y buscar mi burbuja. —En Puebla no pasa nada —afirmó un compa—. Aquí viven las familias y hay acuerdo entre los narcos, o entre los narcos y el gobierno, y decidieron dejar la plaza tranquila. Las nubes van cubriendo el volcán conforme avanza el día, como si el Popocatépetl fuera tímido y exudara un velo blanco para cobijarse de las miradas chismosas. Luego de un año en Puebla, he aprendido a tantearle el humor al muchacho: en los veranos anda endomingado con su poncho de nieve y, en invierno, sólo se deja una coletita blanca. Lo miro. De vez en cuando me imagino cómo explotaría en caso de que haga esa erupción que los geólogos nos vienen prometiendo desde hace años. Estoy 135

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