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LUIS FELIPE LOMELÍ

pasó la ventana a unos centímetros de mi cabeza). Así que salí agachado y ahí estaba, en el callejón, corriendo un tipo mientras se guardaba una pistola escuadra en la cintura. Volví a mi juego de video. Me quedé jugando hasta el amanecer. Miro la luna y la fumarola del volcán. Es un volcán. Al alba, una luz violeta se adormece sobre la nieve y bajo el enramado de cables y tinacos comienza el trajín de la ciudad. Aquí no pasa nada, pienso, por eso estoy aquí. Aquí la gente se levanta para el trabajo y trabaja. Aquí sigue existiendo aquello que llamábamos normalidad. Luego vino el contacto. Volvía de un bar con un amigo de Piedras Negras cuando, a una cuadra del depa, un tipo se nos dejó venir corriendo. No se veía amenazante sino, más bien, preocupado. —¿Hablan inglés? En seguida nos pidió que llamáramos al 911 y descubrimos que el 911 funciona igual de bien o de mal que cualquier otra policía. Sólo que la primer pregunta de la operadora fue: —¿De qué raza son? —Sorry? —¿Cuál es la raza de las personas involucradas en el secuestro? 134

En ese momento entendí una de las diferencias entre la violencia de nuestros países y la violencia del autollamado “Primer Mundo”: ahí, si no sucede entre los blancos, no cuenta: los inmigrantes no son franceses, no son alemanes, no importa que lleven tres generaciones, son otra raza y punto (Hitler estaría orgullosísimo). En Estados Unidos las zonas de blancos están cuidadas, los demás nos podemos matar entre nosotros sin que a nadie le importe. De hecho, la primera patrulla tardó en llegar más de media hora. Antes, el compa salvadoreño que nos había pedido llamar al 911 se quitó la camisa y dijo: Te la cambio. Yo le regalé la mía. Bien podía ayudarlo a escapar, pero por ningún motivo quería que me confundieran con él. La luz violeta, sobre la nieve, cambia a roja y a naranja y el barullo poblano sube con el sol. La fumarola del Popo se pinta con los colores de los suéteres de los niños que van a la escuela. Se escucha el claxon de la troca que trae leche desde Chipilo. Los gritos de las madres que apuran a sus hijos son ahogados por algunas sirenas. Aquí no pasa nada. Al día siguiente, entre las tiendas de salvadoreños, a un lado de la 16, se contaba que dos habían muerto ahí

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