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JAVIER MUNGUÍA

les de cenáculo creen que la masa está condenada a consumir subproductos culturales por su ineptitud para desentrañar el sofisticado lenguaje del arte moderno. Y agrega: “Pero la rusticidad del público no es un obstáculo insalvable para los novelistas, cineastas y dramaturgos que conciben el arte como una forma elevada de entretenimiento.” Sin duda, es en este grupo en el que Serna querría inscribirse. Resulta evidente que su obra, ajena a los vaivenes del mercado, siempre fiel a los demonios más acuciantes de su autor, busca divertir, provocar, fascinar, cuestionar y conmover a un público amplio, deseoso de historias, pero nunca a costa de condescender con la frivolidad o las fórmulas exitosas. Los libros de Serna apuestan por la reconciliación entre el entretenimiento y la capacidad de la literatura de husmear en los abismos del ser, tal como lo han conseguido quienes considera los más grandes novelistas vivos en lengua española, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, y otros de sus autores de cabecera. No es fortuito que su obra haya conseguido el aplauso tanto de los académicos como de los mal llamados “lectores comunes”, pues ella es capaz, con recursos dignos de Sherezada, de embrujar sus lectores y a la vez radiografiar “el corazón humano en conflicto consigo mismo”, en palabras de William Faulkner.

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