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crítica149_crítica133 sin ilustraciones.qxd 30/05/2012 01:59 p.m. Página 12

muchos dentro de él”. Aparece de nueva cuenta la hoguera, pero en este caso se trata de poner fuego a “algunas torres y casas fuertes donde se defendían y nos ofendían”. Concluida la masacre, pedidas las disculpas, los señores principales salieron de vuelta a sus casas, la cabeza gacha, y pisando al vecino, la comadre y al nieto. Al transcurrir las semanas, Cortés se sorprende, salomónico, de que la vida siga su curso: “en obra de quince o veinte días que allí estuve quedó la ciudad y tierra tan pacífica y tan poblada que parecía que nadie faltaba de ella, en sus mercados y tratos por la ciudad como antes lo solían tener e hice que los de esta ciudad de Churultecal y los de Tascaltecal fuesen amigos”. Ni mandado hacer para presidente priista. Por último, Bernal. El encomendero de cuarta, soldado sin insignias, sin dinero, con la única compañía de su hijo y los mosquitos de la selva lacandona, escribe, en su vejez, lo que nadie más en la historia podrá escribir antes y después de él: la primera invasión marciana en la Tierra. Y la escribe en primera persona porque, a diferencia del obispo De las Casas, al que no tragaba porque “dícelo de arte en su libro”, él sí lo vivió, en carne y hueso, y dícelo de verdad. Como marciano. Llegaron a Cholula invitados por los 12

mismos cholultecas. En los primeros dos días comieron muy bien “y abastadamente”. Después las cosas se torcieron. Al cruzar una calle, el conquistador se topó con una sonrisa burlona de un indio. Otro día lograron librar el cerco los tlaxcaltecas y se allegaron a sus aliados para informarles que en las cañadas había un ejército mexica. Después, hubo sacrificios en las pirámides. Llegaron de nuevo los tlaxcaltecas, ahora a decirles que las calles tenían trampas con hoyos “y albarradas para que no pudiesen correr los caballos”. Tenían que hacer algo. Cortés optó por sobornar a dos sacerdotes con chalchuis, cristales verdes. Los sacerdotes les hablaron a medias. Hablaron además como quien no les tenían miedo, y sí mucho resentimiento a Moctezuma; parecía ya no creer en sus dioses, un día escuchaba a uno que le decía una cosa y otro día a otro que le decía la contraria, y no hacía nada, que era casi confesar que ya no creía en ellos. Moctezuma ya no valía la pena, pero tampoco valdrían mucho los barbados, así que del supuesto plan de emboscada nada se supo, pero que algo tramaban los cholultecas, eso seguro. “¿Qué fue lo que dijeron?”, preguntó Cortés. “Que sí, pero que no saben.” Estuvo a punto de caer en la treta.

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