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JAVIER MUNGUÍA

de promoción, lo lleva a la bienintencionada hipérbole de afirmar que, en las últimas décadas, tanto en México como en toda Latinoamérica el número de cuentistas notables es superior al de novelistas descollantes. Dada su difusión, la novela siempre predomina en los recuentos de la mejor ficción latinoamericana de los decenios recientes; el género en nuestros países, además, goza de muy buena salud. Lo cierto es que, aunque parezca escribirse poco y publicarse menos, el cuento entre nosotros sigue cultivándose con brillantez, sin rebajarse a nivel de ejercicio preparativo para enfrentarse a obras narrativas de mayor extensión. En México, Eduardo Antonio Parra y el propio Serna están entre sus mayores exponentes actuales. Los cuentos de Enrique Serna aparecen compilados en dos volúmenes, Amores de segunda mano (1994) y El orgasmógrafo (2001), a los que pronto se les sumará Parábolas egoístas, que reunirá relatos inéditos y otros ya aparecidos en revistas. Da la impresión de que Serna procura lo mismo en sus cuentos que en sus novelas: la redondez y la autosuficiencia. Sus ficciones largas exhiben la misma prosa contenida y eficaz que sus relatos. Por lo general, el nivel de aquéllas no está por debajo del de éstos, que han figurado, con justicia, en varias antologías de lo más granado de la narrativa breve mexicana. Tanto Amores de segunda mano como El orgasmógrafo rehúyen la unidad temática y formal, y más bien le apuestan a la diversidad. Al entregar un libro de cuentos a la imprenta, Serna parece operar como, según sus propias confesiones, lo hacía el gran Julio Cortázar: escribía cuentos sin pensar en un proyecto conjunto, y cuando tenía una cantidad considerable de ellos los reunía en un libro. Amores de segunda mano posee un título feliz que, sin embargo, no parece cubrir su variado contenido. Se trata de una buena reunión de relatos con algunos tropezones. El afán experimental, característico de la primera etapa narrativa de Serna, está presente en “Amor propio”, relato escaso de signos de puntuación (muy a lo Joyce), en el cual una actriz y el travesti que la imita cuentan su historia a dos voces, sin marcas que distingan una de la otra. Tal exhibición formalista intenta esconder la falta de hondura del relato, que, fuera de un guiño a El lugar sin límites, de José Donoso, no resulta memorable, sino más bien enmarañado y cansado. El libro incluye también una primera versión de Fruta verde: el cuento “La gloria de la re128

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