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PABLO SÁNCHEZ

destino y me entretengo reinterpretando mi posible muerte como suicidio diferido. La reinterpretación es sólida; tiene piezas encariñadas unas con otras y el conjunto se parece bastante a mí. Esos meses anteriores de malestares difusos, esa soledad de autodiagnósticos y automedicaciones, esa extraña antipatía hacia mi propio cuerpo, esa náusea temida pero que no acaba de llegar; todo indica un alto porcentaje de suicidio en grado de tentativa. ¿He deseado la enfermedad? ¿He anhelado una postal de abismo para sentirme menos culpable de fracasos, mediocridades, incapacidades? ¿Cómo he llegado a ese punto de ingratitud cósmica? ¿Qué manera tan errónea de vivir es esa? He llegado a soñar con gestas de la corporeidad como el desmayo y peor aún, he construido un relato disparatado y egocéntrico: después de años de buscar un enemigo, un objeto de lucha, una vocación hostil, tengo por fin la muerte como rival a mi altura. Y pienso en mi altura y en la suya, y veo desde encima a los otros rivales: revoluciones, utopías, literaturas, mujeres, universidades. Nada como una buena muerte para sentirse vivo, digamos. Doctor, no me cure todavía y déjeme que saboree esto. Los seres imaginarios: alguno dice que es médico, y me atormenta con informaciones y deducciones que ha sacado del webmundo. Hay también mujeres imaginarias; reales, de hecho, pero no están conmigo ahora ni lo van a estar, aunque hablo con ellas, les levanto la compasión y a veces (soy egoísta, lo confieso) espero de ellas una recompensa sexual. Y me dan la recompensa. Son así de generosas. Luego están los muertos, que ontológicamente son los seres más pesados y densos entre los imaginarios. Uno en especial, que me acompaña desde hace algunos años: mi padre. Hoy, en el hospital, me comparo con mi padre y logro reconfortarme con la probabilidad de que mi muerte no sea como la suya. Él murió mal, definitivamente mal. Como para indignarse de veras con la vida. Murió con las manos atadas a las barras de la cama, sedado pero semiinconsciente (el semi es lo que asusta), traqueotomizado y robotizado con veinte máquinas. Y sobre todo: murió de buena mañana, solo, sin nosotros, 106

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