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LA MUERTE DEL AUTOR

calle, en la casa o en el trabajo. Será que en el hospital el miedo tiene coherencia, solidez teórica, algún tipo de madurez que lo aleja de las niñerías de cada día. Más que el miedo, me fascina la mala suerte, con sus ramificaciones interminables. Se ha convertido en la mayor de las obsesiones; es voraz y teológica, y reclama a todas horas su derecho a existir. Grita como si fuera humana. El silencio nocturno en el hospital dura pocas horas, pero es catedralicio y tiene su grado de solemnidad. Me quedo solo y tengo compañía. No es Dios, claro, pero sí es un misterio. Tiene rasgos de monstruo pero se retrae levemente, como algunos gatos cuando quieres acariciarlos. No siempre se me ocurre repasar mi vida. Lo he hecho varias veces y el resultado no da mucho juego. No es para tanto, me digo. Nada es para tanto. Pero habría que preguntárselo a mi madre. Ella sí sufre: yo sólo corro el riesgo de morirme. Su riesgo es mucho mayor. Pequeño motivo de orgullo. Ni una concesión, ni una sola, ni un solo segundo en todas esas semanas, creo, ni una sola huella, de Dios, de monoteísmo, de confesión o culpa religiosa o súplica o milagro o redención o paraíso o infierno. Dios no está presente, de ninguna manera: estamos el médico, el tumor y yo. Si necesito aliados, ya los tengo sin pagarles nada: madre y hermano. Y antes del quirófano, ya notando ese frío mecánico que mata todos los virus, un bendito anestesista me quita la última tentación. Por si acaso. Glorioso interruptor que ofrece la droga, y a la vez buen aprendizaje de muerte. Después del quirófano, sigo vivo. Extrañamente, no hay conclusiones relevantes, y nada de mística. Simplemente respiro, que no es poco. Repaso en compañía de los seres imaginarios mi trayectoria hacia el 105

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