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Traducir a Beckett

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Los jugadores de cartas

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Desde tiempos de Octavio Paz existe la discusión de si el título del poema debe traducirse como “golpe” o como “tiro” o incluso como “lance”. Yo prefiero la palabra golpe, no porque se trate de un golpe dado contra el objeto del poema, sino porque se trataría en todo caso del golpe de la muñeca en el momento de echar los dados sobre la territorialidad abstracta del poema. 12


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Sentido del demonio

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Edison

Nuestras vidas son lúgubres como el llanto una tarde se marchó de un garito un joven jugador afuera nevaba sobre los custodios de los bares el aire estaba húmedo pues se aproximaba la primavera sin embargo la noche temblaba como una planicie bajo el fuego de la artillería astral que escuchaban en torno a mesas pringosas borrachos frente a sus copas de alcohol mujeres semidesnudas con vestidos de plumas de pavo real y hombres melancólicos como el atardecer Sin embargo había algo grave que aplastaba la tristeza la añoranza y la angustia de la vida y de la muerte Yo regresaba a casa cruzando el Puente de las Legiones cantando mentalmente una pequeña aria bebedor de luces de barcas nocturnas sobre el Vltava en ese momento cuando daban las doce en la catedral de Hradcany medianoche de muerte astro de mi horizonte en esta suave noche de finales de febrero 21


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Sin embargo había algo grave que aplastaba la tristeza la añoranza y la angustia de la vida y de la muerte Al inclinarme vi una sombra sobre el puente la sombra de un suicida cayendo en la profundidad Sin embargo había algo grave que lloraba era la sombra y la tristeza de un jugador de azar dije por Dios señor quién es usted me respondió con voz triste nadie sólo un jugador Sin embargo había algo triste que callaba era una sombra que se alzaba como una horca una sombra que caía del puente grité ¡ay! ¡no usted no es un jugador! usted es un suicida Ambos caminábamos salvados ambos caminábamos en un sueño abierto detrás de la ciudad donde empezaba Kosire a lo lejos nos saludaban abanicos nocturnos encima de quioscos de la tristeza la danza de alcoholes caminábamos sin hablar entre sí Sin embargo había algo grave que aplastaba la tristeza la añoranza y la angustia de la vida y de la muerte Abrí la puerta encendí el gas del alumbrado llevando a albergar a mi sombra callejera dije señor es suficiente para los dos pero ya no quedaba ni sombra del jugador ¿había sido sólo un fantasma o una alucinación? yo estaba solo encima de mi cama cotidiana Sin embargo había algo grave que aplasta 22


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la tristeza la añoranza y la angustia de la vida y de la muerte Me senté a la mesa junto al montón de mis libros observando por la ventana como caía la nieve observando copos que tejían sus coronas con una nostalgia siempre quimérica bebedor de tonalidades inexpresables bebedor de luces sumergidas en las sombras bebedor de mujeres a las que obedecen sueños y serpientes bebedor de mujeres que sepultaron su juventud bebedor de mujeres crueles peligrosas y bellas bebedor de placer y de espumas sangrientas bebedor de todo lo cruel que enoja y aplasta bebedor de terrores y de la tristeza de la vida y de la muerte Entonces me dije olvídate ya de las sombras mientras abría un periódico de la semana pasada donde sumergido en el olor de la tinta de imprenta vi un retrato grande de Edison estaba allí con su invento más reciente estaba sentado con su toga como un sacerdote medieval sin embargo había algo hermoso que aplastaba el valor y la alegría de la vida y de la muerte

Nuestras vidas son verticales como un barco que se va a pique Una vez por la tarde regresaba un tren expreso entre Canadá y Michigan por desfiladeros de los que desconozco sus nombres por la plataforma iba un joven inspector 23


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con un kepí metido hasta los ojos sin embargo había algo hermoso que aplastaba el valor y la alegría de la vida y de la muerte Su padre sastre zapatero y leñador comerciante de trigo tenía una barraca un desván un sótano y la inconstancia que nos seduce a vagar murió de nostalgia por su patria y de tristeza por su juventud Padre tú sabías qué es una añoranza eterna hoy eres ceniza o una estrella o un rayo padre tú sabías que en todas partes hay gente ordinaria entre sastres y entre leñadores tú supiste lo que son la vagancia y el hambre me gustaría morir como tú sano y joven sin embargo hay algo grave que aplasta la tristeza la añoranza y la angustia de la vida y de la muerte No sé dónde está tu sepulcro si es que lo tienes de tu sangre quedó aquí un pequeño hijo póstumo mira ya deletrea en Canadá tus libros mira ya se alegra de que irá a ver carreras hípicas mira ya lee biografías célebres enciclopedias epopeyas antiguas mira ya creció mira el tiempo vuela mira ya no juega lee libros de química También yo solía ser valiente en mi juventud también yo solía leer a Darwin también yo solía jugar más seriamente que los otros con el ácido clorhídrico del armario escolar con pirolusita y amoníaco con la bobina de Rumkorf 24


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sin embargo yo quería aprender a tocar el arpa sin embargo amaba también los organillos sin embargo también jugaba a contar cuentos de hadas de lo que me quedó algo grave que aplasta la tristeza la añoranza y la angustia de la vida y de la muerte Tomás tú no eras un hombre de oficio leías el “Análisis de melancolía” y también conociste la aflicción la tristeza la añoranza y el amor en libros en Detroit entre miles de volúmenes y también soñabas sobre viajes por el mar en tu laboratorio primitivo que enganchaste a un vagón de un tren de carga en el que encrespabas alas de pájaros de papel ¡Grand Trunk Herald! ¡Grande Boletín de los vagones! ¡Compones! ¡Imprimes! ¡Guerra! ¡Precipitaciones! ¡Erosión! Grita ¡acaba de salir! ¡Compren! ¡Las últimas noticias! Un incendio en Canadá y El pequeño correo de Java sin embargo había algo hermoso que aplastaba el valor y la alegría de la vida y de la muerte Una vez súbitamente te arrojaste debajo de las ruedas no había allí ni alma y sacaste a un muchacho debajo del parachoques salvaste su vida te lo agradezco Ya trabajas en un taller de zapatero las máquinas vomitan fuego como vesubios cuánto sudaste con cada zapato heredaste la inquietud de tu padre Vagas como un mozo de cuerda de un patio a otro 25


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desengañado te fuiste a Nueva York vagando por esa metrópoli americana te fuiste decidido a hacer cualquier cosa quizá jugaste cartas entonces quizá también bebiste quizá dejaste allí mucho de tus mejores fuerzas Sin embargo había algo hermoso que aplastaba el valor y la alegría de la vida y de la muerte

Nuestras vidas son como un círculo vicioso Una vez caminaba por Nueva York un aventurero una tarde con un sol tibio de mayo un caminante silencioso se detuvo en Broadway ante el palacio de la West Union Telegraph donde todo zumbaba como en un tablero era un voceador de periódicos y un gran inventor Miles de inventores fracasaron Pero no por ello los astros alteraron sus órbitas eternas mire cómo miles de personas viven tranquilamente no eso no es trabajo eso es energía eso es la aventura como en el mar encerrarse en el laboratorio mire cómo miles de personas viven tranquilamente no eso no es trabajo eso es alquimia Ay pequeño domingo de cuántas campanas lúcidas una pequeña central oye repiquetear teléfonos sus orejas escuchan a amantes 26


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a defraudadores hablando sobre una libranza a bandidos de California y a asesinos nocturnos conversaciones telefónicas de la Grande Praga El mundo juega con el tímpano del oído usted se ha convertido en una fuente de energía eléctrica fonomotores y aves mecánicas vuelan hacia las estrellas de donde vuelven a usted como a un pajarero de un rincón de los suburbios anunciando su fama con carteles suele dormir cinco horas eso le basta en eso se parecen a un jugador de azar Siempre volver a vivir y tener esa manía una vez usted vio en Pensilvania de noche una lámpara de arco de Baker y se sintió triste así como yo ayer sobre la última página de mi novela como un acróbata que pasó por la cuerda como una madre que dio a luz a un niño como un pescador que pescó con redes llenas como un amante después de un dulce placer como escuderos que regresan de una batalla como la tierra el último día de la vendimia como una estrella que se apaga al amanecer como un hombre que de repente pierde su sombra como Dios que creó la rosa la noche y el beleño como Dios que ansia crear nuevas palabras como Dios que siempre tiene que estar creando amasando con su aliento nuevos cálices bajando con el agua desde las nubes 27


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Sin embargo había algo hermoso que aplastaba el valor y la alegría de la vida y de la muerte Una noche a principios de octubre del mismo año afligido mediste tus pasos silenciosos por el laboratorio del famoso Menlo Park rodeado de correspondencia y de regalos entre sueños enrollando con los dedos el molino como solía hacer y por azar separó el filamento de carbono un pájaro nocturno con quien velamos toda la noche látigo con el que ahuyentamos los monstruos del sueño ardillas voladoras de paseos soñadores un ángel encima de frontones esquinas y puertas rosas de restaurantes cafés y bares surtidores de la noche en el bulevar rosarios encima de puentes de ríos metropolitanos aureola de meretrices callejeras coronas encima de chimeneas de grandes vapores lágrimas que caen desde lo alto hacia el andar sobre un féretro de una ciudad que las apaga sobre antiguos templos de las momias sobre cafés con almas inanes sumergidas en el humo sobre espejos de vinos sobre su eterno invierno sobre el féretro de la ciudad con exhalaciones que provocan desmayo sobre mi alma guitarra desafinada con la que como un mendigo de luces sueños y amor toco y lloro cambiando de máscaras con la pasión de un trovador yo príncipe y rey errante de la ciudad de las orgías que se llama Balmoral por cuya famosa puerta entro siempre en el sueño por un cordón negro de mis súbditos y prisioneros príncipes de asesinatos y carmañolas histéricas 28


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coches de punto de la locura y ruedas enguirnaldadas de pasiones sádicas durante las que tocan campanas de quimeras que salen volando de dormitorios sobre los balcones bebedor de azarosas y bellas mujeres bebedor de placer y espumas sangrientas bebedor de todo lo cruel que provoca y aplasta bebedor de horrores y de la tristeza de la vida y de la muerte

Nuestras vidas nunca retornan morimos en las ruinas de las iluminaciones como efímeras palomillas y como rayos de truenos ya revolotean las luces entre las hojas de los árboles ya tiembla en la nieve un hilo conductor ya se acerca el tiempo de los paseos alumbrados ya se buscarán las almas con radiografías como bajo el neógeno a los dinosaurios ya se acerca a la mañana la rafia dorada ya somos testigos de la cinematografía ya podemos con interruptores ahuyentar las sombras del jugador de azar ya resuenan gritos y aplausos ya Edison hace reverencias a sus invitados De nuevo el alma está triste después de la fiesta ya está usted en su laboratorio y ya no hay invitados tantos inventores fracasaron pero no por ello los astros alteraron sus órbitas eternas mire cómo miles de personas viven tranquilamente no eso no es trabajo ni es energía 29


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encerrarse en el laboratorio eso es una aventura como en el mar mire cómo miles de personas viven tranquilamente no eso no es trabajo eso es poesía Basta con proponérselo y un poco de suerte para convertirse en presidente de su propia nación para convertirse en el poeta que superó a todos con sus versos para convertirse en la alondra que robó la semilla del hueso para ser siempre feliz jugador de ruleta para ser descubridor del séptimo planeta Miles de manzanas cayeron sobre la nariz del globo terrestre y sólo Newton le sacó partido miles de personas sufrieron de epilepsia pero sólo san Pablo vio la hostia miles de personas sordas han vagado sin nombre y sólo en una de ellas hemos encontrado a Beethoven miles de locos ya viajaron por ultramar y sólo Nerón fue capaz de incendiar Roma miles de inventos aparecen cada temporada sin embargo sólo uno de ellos fue el de Edison De nuevo no dormir y no tener garantías de nuevo quemar todo lo que llega a la mano carbonizar el yute pelambre del mono cañas las hojas secas de las palmeras las cuerdas de los laúdes de nuevo errar con su antigua incredulidad sobre el bambú de un abanico japonés ay señor aymé es el abanico de los enamorados que recibiste un día de una máscara desconocida cuando la encontraste en un baile en tu juventud 30


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quién fue ay señor recuérdelo despídase del aroma de su abanico de nuevo quemar todo aymé ay se está achicharrando tal vez fuera una de sus parcas de nuevo poner el reloj despertador en la noche de nuevo volver a la retorta de nuevo ser Colón de nuevo perseguir al bambú viajar por todo el vasto mundo tras tu abanico de madera mágica como el hombre que buscaba los cuatro cabellos dorados como el pescador de perla en la sombra de las algas como Cristo a la sombra en Via Appia como el buscador de la felicidad en las nieblas de opio como el judío errante de regreso a su patria como la madre vaga detrás del cementerio esperando la voz de su hijo desde el más allá como el impotente ante su enfermedad como un ermitaño que busca a Dios en la sed como los dioses que por la edad ansían su muerte como un poeta ciego que busca su verdadero rostro como el peregrino con la vista puesta en la aurora boreal como el loco el Día del juicio como el niño que mira la alondra amasando gleba Se fueron a Brasil a Japón tierra de hermosas magnolias a La Habana a morir de malaria como mueren los misioneros señor seguramente usted sonreía bajo el bambú de la muerte a caballo montado ya se han presentado doce sustitutos para su puesto ya están preparando sus mochilas 31


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Mac Gowan pasó allí casi dos años fue hacia el grande río Amazonas cuyo curso no tiene comienzo ni final muchas veces peleó con la aventura por su vida en el salto de sus aguas mortíferas peleó a cuchillo con ávidos buscadores de oro al llegar a Nueva York desapareció sin dejar rastro Cómo amaros caminos sin destino a noches tropicales ebrias de sol a las mejores de las luces nocturnas de pesadumbre a luces sumergidas en el fondo del mar a los que moristeis tan alegremente seréis ahora ángeles de bambú yo os recuerdo pero quién más os llora otra vez fabricar nuevos interruptores otra vez inclinarse al fondo de retortas otra vez hacer girar de nuevo una hélice mire envejecimos y el tiempo vuela de nuevo buscar elementos para nueva alquimia mire envejecimos y ya tiene ochenta años mire banderas como el día de las tablas gimnástica de Sokol sus manos pálidas como tiza blanca no el tiempo de los réquiem no ha llegado todavía todavía ver su sombra ante sí mismo todavía examinar los componentes alcalinos todavía la piel de las manos se descama todavía buscar un aparato para viajar al más allá todavía cantar y nunca tener paz todavía un pequeño imán sobre el perisprito humano todavía olvidarse de todo lo que aplasta de la tristeza y la angustia de la vida y de la muerte 32


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Nuestras vidas consuelan como la risa una noche sentado junto al montón de mis libros sumergido en el olor del periódico vi de pronto la nieve y un retrato grande de Edison fue después de medianoche del febrero tardío me encontré conversando conmigo mismo como si me hubiera emborrachado con un vino fuerte hablé con mi sombra ausente Como un estribillo sonaba un tono sin cesar fui de puntillas hasta el balcón ante mí brillaba un mar de luces a lo lejos bajo ellas dormía la gente en sus lechos sin embargo la noche brillaba como una planicie bajo el fuego de la artillería estelar yo oía callado cómo sonaba la hora en las torres observando a las sombras lejanas en el muelle las sombras de suicidas para los que no hay remedio las sombras de viejas meretrices callejeras las sombras de carros que atropellaban las de los peatones las sombras de pobres que vagan sin albergue las sombras de jorobados en las esquinas del mundo las sombras llenas de úlceras encarnadas de sífilis las sombras de los asesinados que vagarán para siempre alrededor de sombras de sus asesinatos las sombras embozadas en ropa de soldados las sombras de borrachos vencidos por amor las sombras de santos que se hicieron poetas las sombras de los que siempre amaban en vano las sombras lastimeras de meteóricas mujeres caídas 33


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las sombras frágiles de princesas adúlteras Sin embargo había algo hermoso que aplastaba el olvido de la angustia de la vida y de la muerte Sea hermosa sea triste buenas noches más deslumbrante que los meteoros cuyo poder antaño conocimos en noches cálidas de luces faros de sombras despojados como de azotes que nos golpearon hasta un vértigo ardiente hasta luego señales que sobre la vía me seducís como rosas sofocantes para ir lejos hasta luego estrellas besos de mi alma que abren piscinas en jardines para mí bálsamos oscuros y un olor de clavo viajes en alas iluminadas de aviones hasta luego placeres crueles de Edisones manantiales de pozos de petróleo cohetes célebres aristocráticas tierras sin etiqueta hasta luego estrellas que caen de torres hasta luego sombras lejanas en el muelle sombras del tiempo para las que no hay remedio sombras dulces sombras de sueños y de recuerdos sombras de azul cielo en los ojos de una mujer hermosa sombras de sombras de estrellas en un espejo de espuma de agua sombras de sentimientos sin nombre todavía sombras efímeras como un eco nocturno sombras de pálidos rostros bronceados sombras de aliento de niños nonatos sombras de madres que rezan por sus hijos sombras de alucinaciones por ciudades forasteras sombras de placeres que interrumpen el sueño de una viuda 34


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sombras de fantasmas y de nostalgias de la patria Sea hermosa sea cruel buenos días más hermosa que meteoros de lágrimas y juramentos de mujeres amor con el que nos detuvimos en el pico de la montaña para recoger nidos de estrellas y meteoros hasta luego más hermosa que un sueño y un fuego fatuo de nuevo poner el reloj despertador por la noche mire amigo cuánta gente vive tranquilamente no eso no es trabajo eso es poesía De nuevo recoger en sueños las azucenas pálidas de nuevo ir al café Slavia de nuevo sorber el café negro cotidiano de nuevo tener nostalgia y la cabeza de lado de nuevo no dormir de nuevo no sentirse asegurado de nuevo quemarse con lo que está a la mano de nuevo oír los tonos de un llanto ahogado de nuevo tener su sombra la sombra de un jugador de azar Nuestras vidas son como la noche y el día hasta luego estrellas pájaros labios de mujer hasta luego muerte bajo espino florido hasta luego adiós hasta luego adiós hasta luego buenas noches y buenos días buenas noches un dulce sueño

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Víteszlav Nezval: antilírico

. Exterior, día. Es un mediodía de primavera. El sol brilla radiante. Acodados en el barandal del Puente de las Legiones, vemos a grupos de jóvenes que alegremente conversan. Tienen una actitud despreocupada. (como se llama en checo la taberPoco después se dirigirán a una na) y beberán litros de cerveza y comerán salchichas y la plática estará salpicada de proyectos, de bromas, manifiestos, de poemas dichos al azar. Los baña la luz de un nuevo siglo y viven en Praga, cruce de camino de todas las vanguardias. La toma se cerrará hasta el punto en que la cámara enfoel rostro de uno de ellos. Mofletudo, robusto y volátil: una que en masa de energía creativa a punto de explotar. Es un mago de la palabra, en sus manos las naranjas se pueden convertir en estrellas, y en las noches sus dedos sacan notas al acordeón y puede hacer que una persona entre por una puerta en un cuarto y desparezca por un armario, o que del sombrero de copa en lugar de conejos salten versos encendidos. Le gusta frecuentar clubes nocturnos y componer himnos a las hermosas mujeres. Se llama Vítezslav Nezval. Destaca entre todos ellos por su vitalidad. En la composición de esa escena lo acompañan Teige, Styrsky, Biebl; unos poetas, otros teóricos de la palabras y las imágenes. Son los años veinte, la primera república checa, fundada por Masaryk, vive un ambiente de prosperidad, cosmopolitismo, tolerancia y madurez intelectual. Pronto esos jóvenes establecerán una hermandad con sus compañeros de aventuras estéticas que habitan otras latitudes. Acompañarán a Breton, a Eluard, a Soupault, en la aventura surrealista. 36


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De pronto, Nezval da un paso al frente, parece que caerá, redondo como es, en el vacío para sumergirse en las aguas del Vlatva, pero flota en el aire como los personajes de Chagall. Así imagina sus poemas y canta al nuevo mundo, como lo hizo su compatriota Dvorak en la música. Él realiza la misma hazaña en su poema “Edison”, sin olvidar su antigua tradición eslava. La poesía checa, la poesía en general, ya no sería la misma después de que sus dedos compusieron versos que instauraban otro orden mental que se atrevía a establecer alianzas de palabras y conceptos más insólitos. Libertad del pensamiento, libertad del deseo, automatismo y encarnación onírica de la poesía, todo eso y más logró Nezval. La época de su juventud hervía de ideas nuevas, de empeños de renovación y búsquedas y de hallazgos. En su madurez diría: “Fuimos los testigos de una época en la que difícilmente se creerá dentro de cien años.” Vítezslav Nezval nació el 26 mayo de 1900, en Biskoupky, pequeño pueblo de la Moravia occidental, rincón del país por el que él sintió un gran cariño toda su vida. Pasó allí todas sus vacaciones hasta el fallecimiento de su madre, en 1951. La madre de Nezval era de origen campesino; su padre, hombre muy cultivado, tenía gran afición por la música, al extremo de que tomó clases con el famoso compositor Leos Janacek. Un tío abuelo de Nezval había sido un excéntrico fabricante de herramientas y se ganaba la vida como empleado en la compañía de telégrafos. Había viajado y hablaba varias lenguas. Era “mitad científico, mitad poeta”, así lo calificó más tarde Nezval. 37


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Padre y tío ejercieron gran influencia en el joven Nezval, pero ese apego a su lugar natal también dejaría una huella muy profunda en su futura creación artística, pues tuvo un oído atento a un habla campesina que le aportó un vocabulario y un ritmo especial, elementos muy importantes en su poesía. Los padres lograron inculcar en su hijo un gran interés por la literatura, la música y las canciones populares. A la edad de once años, Nezval aprobó el examen para ingresar al Liceo de Trebic, ciudad situada a unos sesenta kilómetros de Brno. En Trebic, el futuro poeta escribió sus primeros borradores de obras de teatro. Su estudio, donde vivía, le sirvió como lugar para llevar a cabo las representaciones, en las que hizo participar a sus compañeros de clase, inventó cuentos de hadas y les hizo recitar monólogos. También aprendió a tocar piano e intentó componer música. A la edad de 15 años, el joven artista comenzó a interesarse intensamente en la poesía. A partir de los 16 años empezó a escribir sistemáticamente poesía, y se entregó a la lectura de los poetas calificados como decadentes; conoció así la obra de Karel Hlavacek, Otakar Brezina, Jiri Mahen. Su curiosidad enciclopédica lo llevó al descubrimiento de los autores franceses. Nezval se sintió particularmente atraído por las novelas de Balzac, de Zola, estupefacto por Ch. Baudelaire, A. Rimbaud, G. Apollinaire. Al finalizar los años veinte, publicó sus primeros poemas en la revista estudiantil (Svitani). Al concluir su bachillerato se inscribió en la Facultad de Derecho, de Brno. El medio académico no convenció al poeta. Una sensación de soledad lo invadió. El sueño lo abandonó y Nezval pasó sus noches en blanco tocando el piano y la lira. En marzo de 1918, cuando la Primera Guerra mundial se hallaba en su etapa final, la Gran Guerra, como se le conoció entonces, el joven poeta fue llamado para que se enrolara en el ejército. Fue rechazado por sufrir una enfermedad en parte real y en parte simulada. Después Masaryk, un eminente filósofo checo, fundó la república, la primera real democracia en la Europa central. Esa democracia permitió el debate de todas las fuerzas políticas y se discutió la futura orientación del Estado recientemente creado. A partir de lo que el joven poeta había observado en los barrios proletarios de ciudad, como la mayor parte de los artistas e intelectuales de la época, su posición política giró hacia la izquierda e ingresó en el Partido Comunista, en 1924, en el que permanecería hasta sus últimos días. Al año siguiente, rindió home38


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naje a la obra de su camarada y amigo, el poeta Jiri Wolker, que había fallecido algunos meses antes, con su libro (Wolker, poesía y verdad). Insatisfecho de Brno, se mudó a Praga donde ingresó en la Facultad de Letras de la Universidad Carolina. El primer contacto con la capital del país lo desilusionó. El ambiente era sórdido. El malestar del poeta tenía su origen en el hecho de que se había instalado en la ciudad en uno de los barrios populares más sucio, sombrío, desangelado. No había lugar para la alegría en ese lugar de vida tan precaria. Lo impresionó ese cuadro de abandono en el que vivían los obreros. La nueva Checoslovaquia era un país muy industrializado que no escapaba a las injusticias sociales. Sólo hasta que empezó a recorrer la ciudad y a maravillarse con su iluminación nocturna, a contemplarla desde los muelles, a vivirla en camaradería con un grupo de jóvenes que compartían sus mismas inquietudes artísticas y políticas, fue entonces que se prendó de la ciudad. Praga se convertiría así en la inspiración eterna de su poesía. La revolución política tuvo su contraparte artística. Los clarines de la vanguardia tuvieron la misma sintonía en toda Europa, y Praga no podía ser la excepción. Nezval publicó su primer libro (Most) a los 22 años de edad. El mismo año, el poeta debutante se adhirió al grupo Devetsil y se hizo así amigo de los artistas de vanguardia. En torno a Devetsil se agrupaban jóvenes como Jindrich Styrsky, Jaroslav Seifer, Karen Teige, Frantisek Halas y Toyen (Marie Cerminova). Conjuntamente con Karel Teige, lanzaría , en 1924. Nació así el “poetismo”, al mismo tiempo el que para promover este movimiento se fundaba una editorial con el nombre “La colección revolucionaria”, que hacía circular libros de poemas, ensayos y manifiestos. El Manifiesto de los jóvenes checos coincidió con el lanzamien, de André Breton. Fue entonces normal que, años to del más tarde, Devetsil sirviera de plataforma para la conformación del primer grupo surrealista de Praga. El Poetismo era la negación radical de un pasado. Esta propuesta estética se contraponía a la “poesía literaria” y proponía “un nuevo arte que dejaría de ser arte” (según Nezval), y se convertiría en “el arte de la vida”, “el arte del ser vivo y la vida viva” (Teige). En su , Teige procla39


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maba sus intenciones: “Hay que exigir ante todo la pureza absoluta de la poesía. No permitir que sea aplicada a ningún fin extraestético. Elaborar la forma en el espíritu de la función y del objetivo del poema, no para hacerlo comprensible por la razón sino para darle un máximo de poder emocional al medio de una eficaz psicológica máxima. La poesía de la Edad Media sirve para poner en versos y en rimas los conocimientos de diversas disciplinas científicas. Es solamente en el marco de nuestra civilización que ella puede hacerse mayor, pura, absoluta, sin otro objetivo que el de satisfacer por el lirismo la inmensa sed humana.” Y no dejaba dudas sobre las intenciones de los escritores y artistas de Devetsil: “Intentaremos no renovar, sino inventar formas nuevas. Los mundos nuevos, las reacciones nuevas, los ecos del subconsciente, la imaginación del subconsciente, los parajes inexplorados, infrarrojos y ultravioletas, los espacios blancos sobre el mapa de la estética, atraen nuestra atención y excitan el ingenio creador para nuevas experiencias.” Los años treinta, los de la década bárbara, fueron de gran agitación política. El ascenso del fascismo estuvo acompañado de violencia. La república checoslovaca no podía quedar a salvo de esas conmociones ni por su ubicación geográfica ni por su desarrollo industrial. La Gran Depresión del año 29 desencadenó en el país de Nezval luchas obreras, particularmente en el sector de la explotación de carbón. 1932 es el año del primer Congreso de Escritores Soviéticos en Moscú. Para Nezval, su fe no se perdió en Moscú, como le sucedió a André Gide, sino al contrario: el poeta se volvió un escritor militante. Ese mismo año, Nezval viajó a Francia e Italia. Su recorrido por ambos países dejó una profunda huella en él. De ese viaje resultó su libro . El poema que le da título al libro pasó a formar parte de la memoria colectiva del pueblo checo y se ha utilizado como oración fúnebre en más de un sepelio:

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Es en los años treinta cuando se despliega la mejor etapa de su poesía. En 1930 aparece (Los poemas de la noche), que incluye poemas tan novedosos como “Edison”, publicado por primera vez en 1928, y que es una visión poética mayor, cuyo centro es la lucha del hombre contra la naturaleza; en él se reflejan sus preocupaciones. El poema busca ser también un himno a la vida que transforma el trabajo en poesía y que penetra hasta el subsuelo del mundo moderno:

Al referirse a la obra de Nezval los críticos checos han destacado su gran talento para la versificación: combinaba metros, su oído le permitía jugar con las acentuaciones de modo que los poemas adquirían gran musicalidad. Y podía sostener grandes tiradas de versos, apoyado en la enumeración, siguiendo un ritmo sincopado. El verso libre se desplegaba sobre la página en blanco sin apartarse de las necesidades rítmicas de la poesía y jugaba con neologismos y metáforas sorprendentes. Fue el gran mago de la poesía y el antilírico que no se permitía caer en el sentimentalismo. Muchos de sus poemas se armaban como verdaderas cajas de sorpresas en las que el lector iba extrayendo los significados más insólitos. Su creatividad parecía no tener fin. Supo ser sublime y prosaico, arrebatado y melancólico, nuevo y antiguo. Su experiencia con el surrealismo le permitió traer a la superficie lo que 41


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la vida consciente y racional mantenía oculto. Su lógica en el poema obedecía a los dictados de su imaginación y su encanto reside en hacer legible lo que nos puede parecer absurdo. En Praga se cuenta entre los responsables que en 1924 divulgaron el Manifiesto surrealista. Y en la década de los veinte renueva su interés por el teatro y participa como dramaturgo en el teatro liberador que había fundado Jindrich Honzl. Esta actividad lo llevó a entrar en contacto con las obras de Jarry y los demás escritores surrealistas. Soupault y Breton viajaron a Praga y establecieron una gran camaradería con sus contrapartes checas. Pintores como Styrsky y Toyen emigraron a Francia y se incorporaron activamente a la vida artística de París. En 1931 se presentaron en Praga exposiciones de pintura de vanguardia en cuya organización tomó parte Nezval, jugando un papel muy importante como promotor de una nueva estética en las artes plásticas. En la segunda mitad de los años treinta publica dos de sus libros más destacados en los que se manifiesta la creación de una voz propia, una expresión poética que sólo puede pertenecer a Nezval, una voz totalmente nezvaliana, como lo expresan versos que nos dan su informe personal de la ciudad amada, lugar de su funambulismo poético. En 1936 es el año de la aparición de (Praha s prsty deste), en él la imaginación del poeta se concreta de una manera inédita al expresar los sentimientos que puede inspirar Praga, los aspectos más emocionales de la ciudad: 42


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A finales de 1938 publica (Prazsky chodec), diario en versos en el que Nezval consigna sus paseos a través de esta “ciudad de las maravillas”. Libro intensamente poético, revelador del mundo interior del autor que aspira a vibrar al unísono con los miles de habitantes de la ciudad; el libro pertenece al periodo en el que su país vive ya amenazado por la Alemania nazi y convoca a sus semejantes a cantar a su ciudad y defenderla. Nezval se convirtió en un activo militante de la causa antifascista. Hizo cuanto pudo para convocar a la resistencia contra el fascismo y el nazismo. Escribió versos, discursos y artículos. Pidió ayuda para los españoles que luchaban contra los militares rebeldes que habían decidido acabar con la república, participó en el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. El escritor ruso Ilya Ehrenburg atacó a los surrealistas, pero él salió en su defensa; en compañía de Teige escribió un manifiesto. Los antiguos poetistas, ahora devenidos surrealistas, se presentaban a sí mismos como miembros de un movimiento surrealista internacional. Por eso, decían, habían fundado el Grupo Surrealista de Checoslovaquia y no dejaban de mencionar que iban “de la mano con el proletariado revolucionario”. Pero el poeta Nezval no se apartaba de su compromiso político y se sintió en la obligación de informar sobre su decisión al Comité Central de Propaganda del Partido Comunista. En el futuro, su fidelidad al Partido lo apartaría de los surrealistas franceses, sobre todo de Breton, pero antes de que se llegara a ese extremo, checos y franceses convivían muy estrechamente en la realización de toda clase de proyectos. Las visitas de Breton y Eluard a Praga habían estimulado la 43


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publicación de nuevos libros y revistas, el montaje de exposiciones de arte y obras teatrales. La segunda guerra mundial interrumpiría tan fructífero diálogo y la posguerra traería la ruptura. Los comunistas aprovecharon los sueños de utopía y la situación confusa que se dio en Checoslovaquia para desalojar del poder a quienes no comulgaban con su credo. Para la mayor parte de los intelectuales, los que se habían incorporado al Partido Comunista, había sonado la hora de la construcción del socialismo. Al inicio de la instauración del nuevo sistema de gobierno, Nezval se vio expuesto a los ataques, junto con sus compañeros de aventuras estéticas (algunos de ellos no soportaron la presión y prefirieron el suicidio), de quienes pregonaban una ortodoxia artística dictada desde Moscú: la imaginación poética se había convertido en una amenaza para el proletariado, lo mismo que la creación en libertad. Algunos compañeros de Nezval sufrieron represión o marginación. Él, tristemente, abandonaría su pasado rebelde para amoldarse a la nueva situación. Se convirtió en un privilegiado del sistema, en “Artista nacional”, recibió honores de la cultura oficial y, como no podía ser de otra forma, escribió sus versos de elogio a Stalin. Aunque, como recuerda Ivan Klima, en los duros y oscuros años de la represión estalinista tuvo el gesto de volver a publicar toda su obra de la preguerra; para los jóvenes de entonces, agobiados por la grisura y mediocridad del realismo socialista, esa poesía de Nezval “tuvo el efecto de una agua viva, de un inesperado e increíble oasis”. Siguió muy activo en la escena cultural y viajó de nuevo a Francia e Italia; su poesía abandonó el riesgo y la aventura a favor de las notas propagandistas. Lejos habían quedado los años de arrebato vanguardista y desafío. No volvió a escribir nada importante después de su adhesión a la cultura oficial. En 1954 se le presentaron los primeros malestares cardiacos que terminarían con su vida. Nezval murió repentinamente el 6 de abril de 1958. Dejó inconclusas sus memorias. Sus restos reposan en el cementerio de Vysehrad en Praga, una especie de rotonda de los hombres ilustres. Veinte años han trascurrido desde que el país de Nezval vio con pasmo cómo se esfumaba la pesadilla del comunismo, muchos de sus compatriotas no le perdonan aún el “pecado original” que compartió con poetas y artistas 44


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de todo el mundo, sus contemporáneos. Algunos han llegado al absurdo de ignorar la importancia de su obra poética, pero afortunadamente escritores de mente lúcida y gran solvencia moral y estética, como Ivan Klima, anteponen a cualquier juicio político la validez de una poesía que se cuenta entre lo más notable del legado literario de la cultura checa del siglo . Recuerda Klima que, cuando Nezval murió, en la revista juvenil, , en la que él participaba, en lugar de redactar un obituario en el que hubieran tenido que ocuparse críticamente del gran contraste entre su obra escrita antes de la Segunda Guerra Mundial y la que publicó durante la posguerra, prefirieron incluir un poema que revelaba con nitidez su verdadera actitud hacia la vida:

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Desenlace sobre Tlalpan en día de clásico

Dicen que hay que estar muy pendejo para meterse con El Mascot. Hay que ser el más grande de todos los pendejos para meterse con la mujer de El Mascot. El problema es que, según cuentan, ella le afloja a cualquiera. Y “cualquiera” somos muchos. ¡Yo paso! Con mi Lupe y sus chichotas nos basta y nos sobra a mi hijo recién nacido y a mí. Pero vámonos entendiendo a vuelta de rueda, lento como en hora pico. ¿Dije hora pico? ¡No mames! Siempre es hora pico en esta ciudad y más sobre Tlalpan. Pinches traficales interminables a todas horas. Ya somos un madral de mexicanos. Lo que pasa es que a todos nos dijeron desde niños que tener coche te convierte en lo más cabrón que hay en el mundo. ¡Pues sí! Pobrecitos de nosotros los microbuseros, nos toca transportar diario a los jodidos sin automóvil. También es cierto que todos nos despertamos en la mañana con el pájaro duro y viendo nomás a qué hora y entre las patas de qué gata meterlo y sacarlo. Así le pasa a mi cacharpo. Es joven el güey. Oséase, en otras palabras, está bien pendejo. Hace una semana venía sentado aquí a mi lado cuando me dijo que le había echado el ojo a una morra que ya estaba escupida. Yo le dije que aguado. No sabía que la mujer de quien me estaba hablando era la funda del demonio ése al que todos llaman El Mascot. A mi cacharpo le tengo chorros de cariño porque es uno de los hijos que mi compadre dejó en el mundo. A mi compadre, dios ya lo tiene en su santa gloria. Murió hace dos años manejando su unidad, iba sin pasaje y como alma que lleva el diablo cuando se le cruzó una de esas camionetas blin46


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dadas de La Panamericana. Salió volando por el parabrisas. Fue sobre Tlalpan a la altura de La Obrera. Le mandamos poner una cruz negra con su nombre y dos fechas. Luego los de la delegación llegaron y quitaron la cruz. Quesque no está permitido poner nada en el acceso a un paso a desnivel. ¡Hijos de puta vieja! Como si uno pudiera elegir el lugar donde lo van a matar, como si mi compadre hubiera podido escoger entre qué calles lo iban a mandar al otro piche mundo. Con dinero de mi bolsillo pagué otra cruz negra con su nombre y la volví a poner ahí. En esa esquina sin prostis. La volvieron a quitar. Puse otra. Ésa ahí sigue. A ver quién se cansa primero. Nunca falta el pasajero estúpido que me interrumpe el padrenuestro cada que paso por la cruz, ya sea de ida o de vuelta. Extraño un montón a mi compadrito. Mi cacharpo heredó sus cejas de azotador, lo caliente y la facilidad para meterse con quien no debe. Se compró un teléfono con cámara y me pidió que le tomara unas fotos. El güey se ponía en pose, como si fuera uno de esos cholos matones que salen en la tele. Luego se puso un brillante en la oreja y se hizo uno de esos peinados de rapero pendejo. Dice que está ahorrando para tatuarse una calaca con el nombre de su jefe. Este idiota se está disfrazando para andar en quién sabe qué pedos, pensé. Dicho y hecho. Yo diario le recomiendo que no premie a ninguna de sus novias. Échaselos en la panza, le digo. Él se ríe. Cree que de esas cosas no sé. ¡Pobre pendejo! Yo podría ser su papá. Ahorita traigo despanochada a la novia del Mascot, me dice. Hay que ser el más grande de todos los pendejos para meterse con la mujer de El Mascot. Le dejo bien claro que si se arman los putazos no cuenta conmigo. Y es verdad. Juré que ya iba a ser bueno y desde entonces lo he sido. Lupe sabe. Mi cacharpo viene bien contento en el estribo, con una pierna en el escalón y la otra flotando sobre la calle. Siente el aire en la cara y se emociona, como perro. Me freno y él canta la ruta con su voz de niño gallo. Se la metí doblada a la vieja de El Mascot, me dice mientras se rasca las bolas, le gratiné el mollete, le medí el aceite, le maté el chango a puñaladas. No le cabe la sonrisa en la cara. Escupe hacia la calle. Yo le respondo que se deje de mamadas. ¡Apenas si te sabes limpiar la cola, pendejo! Lo mando por el para que se le bajen los humos y se acuerde que arriba de la micro soy su jefe, no su cuate ni su tío. 47


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Esa noche, mientras estoy entregando la unidad, se me acerca el cacharpo del Mascot. Flaco como el dibujo de un pobre. Tiene un arete de brillantitos en cada oído, los dientes chuecos y el mismo peinado de retrasado mental que mi ayudante. Ya no hacen a los chalanes como antes, pienso. Él me saluda respetuoso ofreciéndome un cigarro y lumbre al mismo tiempo. Me dice que a mi protegido se lo van a soplar si no le baja de huevos. Yo me hago del ojo pendejo pero le aseguro tomar cartas en el asunto. Usted es chido, Don; pero su ahijado se está pasando de lanza con la edecarne de mi patrón, me dice el cacharpo de El Mascot al mismo tiempo que se aleja golpeándose el pecho y haciéndome letras con sus dedos. Aviento el cigarro por una coladera. En otros tiempos lo hubiera apagado en el ojo del tarado ese. Al Mascot le dicen así porque su papá era nada menos que El Mascota, un microbusero meco que siempre daba el rol acompañado de un perrote macizo, dientudo y chiquitín que traía disecado a un lado del tablero. Ese señor fue de los primeros en hacer el servicio que conectaba a Ciudad Satélite con el D.F., era miembro de “Los Microbuseros Famosos”. Murió hace no mucho. De sus ocho hijos nomás uno le salió chafirete: el Mascot. Dicen que cuando se estaba tatuando en el brazo “Mascota” vio que no le gustaba el rayón, madreó al dibujante y su tatuaje quedó incompleto. Sin la letra “a”. Sabrá dios qué tanto sea cierto eso. Antes operaba en la ruta que va de La Villa hasta Chapul. Los meses que a Paseo de la Reforma la invadieron los perredistas, todos los vehículos tuvieron que tomar diferentes atajos pero él era el único cabrón que se seguía metiendo por la calle principal valiéndole pito los campamentos. Tiene fama de pitudo y traicionero. Yo la verdad sólo lo conozco de oídas. Pero todos esos güeyes son igual de ojetes. Clarito me lo imagino metiéndosele a los taxistas y dándole besitos a los bicicleteros. ¡No es cierto, sí lo conozco en persona! Ya me acordé que una vez lo encontré con el cofre alzado. Acerqué mi unidad para ver si necesitaba ayuda. Me pasó a sus pasajeros y tantán. Jamás me pagó el varo correspondiente. Eran treinta y cuatro pesitos. Me acuerdo a la perfección de la cantidad pero de él apenas si ubico un rostro narizón y cacarizo. Yo pensé: éste no va a durar. Pero más bien parece que los buenos microbuseros somos los que estamos en peligro de extinción. Desde que murió mi compa todo va de mal en peor. La gasolina cada vez está más cara, los ratas ya no lo respetan ni 48


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a uno y están reemplazándonos en todas las avenidas grandes. Ya perdimos Insurgentes, Reforma, Eje Central, Xola. ¿Cuál sigue? La mierda del Metrobús casi casi se maneja sola sobre su carril exclusivo. Ni siquiera trae cacharpo. Qué bueno que mi compita no vivió para ver cómo a los microbuseros de esta ciudad nos carga la gran chingada. Anoche te vinieron a buscar, porfa bájale a tu desmadrito; le ordeno a mi cacharpo al día siguiente. Pero él me dice que no hay fijón, que él es El Campeonísimo y que a la verga todos. Habla por hablar. Puras tarugadas dice. Aunque tiene razón en algo: nos vamos a la verga todos vía Calzada de Tlalpan. ¿Quién sube? Yo lo llevo. Desde Te Empino Suarez hasta Xochi, pasando por Salvador Cano, el Telas Jalamos, Colonia Obrera, General Canalla y Taxqueña, Xo te pingo, Aztecañedo, Izazaga, mentadas a lo cabrón, putos de San Antonio Abad, putas de Xola y putos de Ermita. Mi palanca de velocidades se queja dando sus mejores esfuerzos, como una vieja que chilla porque ya no le cabe tanta verga. Avanzo transportando pendejos hasta sus domicilios, empleos o novias. Soy como el cabrón al que le toca repartir las barajas. Bajan y suben, suben y bajan. No hay de otra. Mis manos apestan a moneda. A veces dormido sigo escuchando el timbre. Me gusta cuando amanece sin tanto smog y se alcanzan a ver los volcanes a lo lejos. Me gusta cuando el calor que sale de los autos marea el paisaje, como si entre todos trajéramos una borrachera chingona. Pasan los días y mi cacharpo sigue presumiéndome las posiciones en que se está empinando a la fulana esa, juro que la sonrisa se le va a salir de 49


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la cara. ¡Pinche drogadicto! Le valieron ñonga mis advertencias, en la bolsa del pantalón trae un chon que la vieja del Mascot le regaló. Le digo que me lo deje oler pero dice que no porque se le desgasta. A la altura de Eje 6 alcanzo a ver a lo lejos la unidad del Mascot. Me le acerco poquito y alcanzo a leer su estampa que dice “Mascota” con la letra del final tachoneada. También tiene pegados varios logos de la pendejada esa de Club América. ¡Es águila, el desgraciado! Por suerte viene hecho la madre. No quiero cruzarme con él. Le prometí a mi vieja que ya no más broncas. Pienso en el culito fiestero de mi Lupe. Mi Lupe apenas tiene veinte años, le llevo varias caguamas de ventaja. Yo bajo la velocidad y me hago bien güey en un puente peatonal, haciendo base como sin querer queriendo. Mi cacharpo aprieta los dientes y me dice que le meta, que no hay pedo. Le subo el volumen a mis cumbias y lo ignoro. Avanzando lentísimo recojo a un par de pasajeros. Freno en cada una de las estaciones haciendo tiempo, recogiendo pasaje, dándole chance a los sidosos de que vendan sus empanadas y a los guitarristas malos de que le hagan al . Después de un rato me vuelvo a meter a la horota pico sin fin. Al día siguiente mi cacharpo ya no viene tan sonriente. ¡Qué bueno! Al parecer la mona esa no se dejó meter la riata anoche. Quesque porque qué va a decir la gente. Pinche puta, le grito. No hay peor gata que la arrepentida, ya mándala a la ñonga. ¡Calientahuevos! Esa palabra no viene en ningún tumbaburros y es peor que ser americanista o ratero o gringo. Mi cacharpo me dice que de todas formas hoy se la va a tronchar así llueva o truene. Yo miro al cielo y está azul y clarito. Habiendo tantas viejas, le digo: acuérdate que chichis sobran porque vienen de dos en dos. Búscate una sin novio microbusero, son de las que más hay. Él me sonríe y se columpia de la puerta atrayendo pasaje. ¡Es galán mi cacharpo! Me gustan sus cejitas pobladas. Idénticas a las de su jefe, mi compa. Un vendedor de mazapanes me pide permiso de subir. Le pregunto que quién viene adelante y me dice que acaban de pasar El Cheque, El Rul, Toñito Toriz y El Mascot. Tres americanistas y un puma: no está el horno para bollos. Le devuelvo su dinero a mis pasajeros y me meto en la fila de micros haciendo base en Salvador Cano. Mi Lupe me prometió dejarme probar la leche de sus tetas. Ayudado por los vendedores de caramelos asoleados consigo no tener que 50


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compartir Tlalpan con El Mascot. El sábado trabajo medio turno. El domingo descanso. El lunes a la altura de La Luna pasa a mi lado, veloz como pedo, la unidad de El Mascot. Alcanzo a ver que en su defensa trae atornillada la cruz negra que mandé a ponerle a mi compadre ahí donde me lo machucaron. Me quedo pensando qué hacer. En la base le pido a mi cacharpo que se largue directito a su casa, que me salude a su mamá. Le doy el doble de paga y le suplico que no se lo gaste en chingaderas. Busco entre las micros estacionadas. Me comenta el encargado que El Mascot es de los que se siguen hasta La Noria. Quito mis letreros del parabrisas y con ambas puertas cerradas voy hasta La Obrera. Todo en mi unidad cruje, parece que en cualquier momento se va a desarmar mi vehículo. La cruz de mi compadre no está. Completo mis vueltas de ese día. A cada rato observo la estampa del Sagrado Corazón pegada al lado de mi velocímetro. Chucho me mira señalándose el corazón, como si quisiera que le soltara un madrazo. Esa noche ya con quién chingados sabe cuántos rones encima me encabrono en serio. Entiendo que los de la delegación quiten la cruz, es su chamba. Pero qué clase de hijo de puta arranca la cruz de un muertito. Hay muchas cosas que ya no entiendo. Una cruz es lo más sagrado que existe. Y ese perro la arrancó y la puso en su defensa para retarme. Tlalpan ya no es de nadie. Hasta Lupe se da cuenta de que me está cargando la chingada. ¿Qué traes, Esteban?, me pregunta en voz baja. Ya te dije que nada, chingadamadre; le respondo mientras le subo el camisón hasta el ombligo. Cogemos a un lado de nuestro hijo. Dios mediante no me salga mongol. Para no hacer el cuento largo (aunque cuando uno dice eso está haciendo la historia más larga de lo que ya era), al día siguiente me topo de nuevo al ojete del Mascot avanzando con prisa sobre Tlalpan, trae toda raspada la cruz negra de mi compa al lado de su placa de pendejez. Observo mis guantecitos de box colgando del retrovisor. Chocando entre sí. Clavo mi pie en el pedal. Metiéndome entre taxis homosexuales y coches manejados por pendejas maquillándose, lo alcanzo a la altura del chipote que hace Viaducto sobre Tlalpan. No se puede pasar por ahí sin que la sangre no se te suba hasta la cabeza del pito. Los pasajeros empiezan a mamar la verga. Una ñora hasta sale con la burrada esa de que no traigo reses. Me le emparejo a El Mascot y golpeando mi claxon lo mando a chingar a su jefa jirafa. Él se me cierra 51


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de golpe. Nuestras unidades se rozan. Tlalpan se transforma en muchas líneas y colores pasando hechas la chingada. Le digo a mi cacharpo que le pinte dedo pero él más bien se esconde atrás de mí, sentado. Le doy duro a mi unidad recordando mejores tiempos. No afloja las nalgas, el culero de El Mascot. Me le adelanto sin hacer trampa. Lo veo en el retrovisor, justo detrás de mí. En ese instante suena el timbre. Vuelvo el rostro y una gorda horrible me está haciendo la parada. ¡Con una chingada, reputísima madre! Disminuyo la velocidad. El Mascot no se frena, se sigue de lleno esquivándome. Escucho su bocina de Tarzán alejándose. Mi cacharpo se lleva ambas manos a la nuca haciendo una doble mentada. Si no le metes la riata a su vieja yo te cojo a ti, le digo con una mirada. La obesa sigue descendiendo. Por eso me caga subir gordas y ancianos. Decido ya no ir tras del güey ese. No hay prisa. Siento una irremediable necesidad de ponerme hasta mis pinches huevos. Lo voy a hacer. Me pondré tan pedo que hasta mi próximo hijo saldrá borracho del vientre de la Lupe. Cuando llego a casa prendo la luz pero luego luego la apago. Mi vieja duerme abrazando a nuestro chamaco. Reconozco las cejitas pobladas de mi compadre en el chilpayate que ella envuelve fuertote entre sus brazos. Pellizcando el borde de la cama, brindo por eso. Los próximos cuatro días ni las luces de El Mascot mierdero. Vengo cazándolo, no sabe con quién se metió. Le voy a enseñar quién manda. Mi cacharpo se dedica a lo suyo, cobra el pasaje, grita destinos y me consigue el sin que se lo pida. Saluda de lejos a los diferentes encargados en cada base. Me doy cuenta de que ya no anda tan salsita. Quítate esa mamada de arete, le ordeno, pareces la pinche Cenicienta puta. Se lo quita y me lo entrega. No sé si aventarlo por la ventana o regalárselo a una de las vestidas tem52


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praneras de San Antonio Abad. Ahora resulta que los malos usan joyería. ¡Hazme el puto favor! Domingo de América-Guadalajara. El único día del año en que no hay hora pico sobre Calzada de Tlalpan es el día del clásico. Eso se debe a que el tráfico es tan culero que más bien nadie avanza. La avenida entera se vuelve un bloque de coches parados y pobre pendejo el que tenga esperanzas de llegar temprano al nido. Los coches avanzan como gordas haciendo ejercicio y todas las unidades vienen hasta su madre de aficionados gloriosamente rojiblancos o putos de amarillo. Yo vengo llenísimo de chivas. Hasta vienen cantando y colgaron sus mantas en las ventanas. Mi cacharpo se puso su camiseta y clavó una bandera bien marrana en el cofre. Avanzamos con una lentitud tan mamona que parece guasa. No se me ha pasado el coraje contra el tal Mascot. Lo busco en mis tres espejos temblorosos. Si ganan mis chivas voy a ir por él a La Noria. A la altura de Ciudad Jardín agarro un atajo que me evita mamarme un tramo de autos atascados. Me evito como tres minutos de puta espera y salgo a la altura del puente de División. Me cagan los pasajeros que se sacan de onda cuando uno se aleja de la ruta. ¡Reses al matadero, jodidos mexicanos jodidos! Apenas me clavo sobre Tlalpan noto que la unidad de El Mascot está a mi lado. Gruñe mi vehículo. Él lo nota y, así de camotes, apaga el motor y se baja del pesero. ¡A huevo, principiante meado! Jalo a mi cacharpo. Pienso en los tres camisones diferentes que mi Lupe usa. Los pasajeros del Rebaño Sagrado no dejan de canturrear sus mamadas como si fueran argentinos. Lupe me dijo que si regreso al tambo se larga con mi hijo a Tlaxcala con su mamá. Me detengo un momento. Cuando me excito me dan ganas de cagar. Aprieto las nalgas y mando a chingar a su madre a Lupe y a su chamaco. ¡Tlaxcala me la pela! Ni está tan lejos. En el peor de los casos hago otro chilpayate con otra morra igual o más jovencita. El Mascot se me queda viendo. Lo imaginaba más mamado. Más alto. Más ponchado. Es un enclenque, desnutrido y mocoso. También usa peinado de pendejo. Ni siquiera tiene tatuajes en los brazos. Los otros autos aporrean sus bocinas. El sol está mamando la verga. Una mujer más fea que 53


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escupir en misa aparece de la nada. Detiene con besos a El Mascot. ¡Me cagan los pendejos que traen a sus viejas a dar el rol! Alcanzo a escuchar que él le pregunta que cuál de nosotros dos es el mamila que anda diciendo cosas sobre ella. Ella nos observa sorprendida, noto que jamás ha visto a mi cacharpo en su vida. Él está escondido detrás de mí, la barbilla le tiembla. No hay calzón de vieja en su bolsa del pantalón, sus dedos nunca olieron a chocho empapado. Apenas es un niño. ¿Cómo pude ser tan ingenuo? Los pasajeros americanistas que vienen en la unidad de El Mascot se bajan listos para la hora de los chingadazos. Mis pasajeros chivitas hacen lo mismito. Antes de que pueda hacer algo se arma la campal. De todas formas estoy contento. Sólo el más grande de todos los pendejos se mete con la vieja de El Mascot y queda claro que el hijo de mi compita no es ningún pendejo. Un día mi unidad va a ser suya. Pienso en mi mujer abierta de patas y en la promesa que le hice. De repente Lupe cierra los muslos y El Mascot me suelta el primer madrazo. Alcanza a darme en una oreja. Yo respondo con un puñetazo atarugado que El Mascot esquiva fácil. Me mete el pie. Caigo redondito. El Mascot me pone varias patadas, ninguna en los huevos. Por lo menos es leal. Alguien lo empuja. Me retuerzo intentando levantarme. Alcanzo a ver a mi cacharpo alejado de la madrina, casi escondido. Ojalá que en medio del desmadre a la vieja de El Mascot alguien le esté poniendo una buena manoseada. Me pisotean un brazo. Grito y luego de eso apenas si alcanzo a escuchar las mamadas que estoy pensando. Voy a tener que comprar otra cruz negra. A ver si de una vez pago varias y me hacen descuento. Si mi compadrito estuviera aquí nadie me pondría una mano encima. El cacharpo de El Mascot me levanta como si yo fuera una moneda que se encuentra en el camino. Antes de darme un rodillazo en la panza, murmura algo que no entiendo. Se me va todo el aire. Veo rojo. Es mi sangre. Varias manos me sostienen para que El Mascot me rompa la madre a gusto mientras a nuestro alrededor se va haciendo más grande la putiza entre amarillos, rojiblancos y granaderos de azul oscuro salidos de la nada. El Mascot gana. Por cada golpe que me da, yo le miento la madre. No puedo defenderme, se lo prometí a mi tlaxcalteca hermosa. Cómo me gustaría que las majaderías sacaran moretones. 54


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Diáspora(s): memoria de la posguerra

Diáspora(s). La Habana, 1993-2002. Grupo literario. Proyecto de escrituras alternativas fundado por Rolando Sánchez Mejías (1959) junto a Carlos A. Aguilera (1970), Rogelio Saunders (1963), Pedro Marqués de Armas (1965), Ismael González Castañer (1961), Ricardo Alberto Pérez (1963), José Manuel Prieto (1962) y Radamés Molina (1968). El término diáspora (en griego antiguo, διασπορά, “dispersión”) define el desplazamiento, normalmente forzado o incentivado, de grandes masas poblacionales originarias de una zona determinada, hacia diversas áreas de acogimiento. Que dicho término aparezca como nombre de un grupo literario y posteriormente como título de su revista, con una letra “s” al final, entre paréntesis, denota en primer lugar que las zonas de acogimiento a que se somete la literatura son múltiples

y, en segundo, que en dichos trazos se alberga una marca plural de disensión escritural heterogénea. Diáspora(s) no identifica su proyecto con causas nacionales —la consolidación de los cánones literarios, por ejemplo—. Lo podemos pensar como núcleo vanguardista, entendiendo lo vanguardista, en palabras de Peter Bürger, “como el intento de devolver a la práctica la experiencia estética (opuesta a la praxis vital) que creó el esteticismo”. Diáspora(s) integra los dos aspectos fundamentales de las vanguardias: la continuidad de la ruptura (sin desdeñar la influencia poética de José Lezama Lima, el grupo reivindica el contracanon origenista —Virgilio Piñera y Lorenzo García Vega— junto a Severo Sarduy, el más experimental de los discípulos de Lezama Lima) y la proyección política 55


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cubana de la década del noventa. También la ruptura con el modo predominante de practicar la literatura volvió a ser otro de los gestos de la vanguardia que Diáspora(s) pasó a practicar, y sobre el que ha dejado textos poéticos, ficcionales y ensayísticos que constituyen valiosas contribuciones a la relectura y reescritura de la tradición. Diáspora(s) ha buscado en la diferencia sus propios precursores, y su labor ha modificado tanto nuestra concepción del pasado como las posibilidades futuras para la escritura. (contra el nacionalismo de Estado). No cuenta con apoyo institucional, por tanto no inscribe su proyecto dentro de las directrices centrales de la política cultural del Estado, lo cual lo ruso y cenidentifica con el troeuropeo de la segunda mitad del siglo . Además, al considerar que la poesía es un arma de combate (ella es capaz de ejercer el terror) contra el totalitarismo, se está proyectando políticamente, lo cual es un rasgo inherente a todas las manifestaciones vanguardistas. Es ya un lugar común señalar que el objetivo de la vanguardia fue la integración del arte y la praxis vital, un presupuesto tan fuerte que, a casi cien años de su surgimiento en Hispanoamérica, todavía encontraba resonancia en esta zona de la poesía 56

Según palabras de Carlos A. Aguilera, Diáspora(s) tuvo dos etapas: “una que comienza en el 93 o 94, cuando quería ser una mezcla de terrorismo con pedagogía”, y otra que se inicia en 1997 con la publicación de la revista , hasta 2002. En esta primera etapa se hicieron , videos, cursos, lecturas para radio, charlas La veta vanguardista aflora y los escritores de Diáspora(s) se plantean dos maneras formularias de ubicarse en el campo literario, al afirmar que: Orígenes es diferente de Diáspora(s); Diáspora(s) es desigual a . Las estrategias de lucha por la expresión y la aceptación del proyecto pasan directamente por las matemáticas, la forma más lógica


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y sumaria de proclamar y demostrar una ruptura. En 1995, Rolando Sánchez Mejías publica, con el apoyo de la Embajada de Francia en La Habana, la antología la primera en definir el territorio Diáspora(s). En la producción ensayística y literaria del grupo, el nivel del discurso es elevado y constante en su tono, que no es rítmico, porque se aleja bastante de la oralidad del coloquialismo, aunque tampoco es arrítmico, sino más bien, por momentos, frío. La poesía que escriben sus miembros no es coloquial, es conceptual, aunque a menudo ese conceptualismo y esa imagen se disfracen de reflexión civil, de reflexión histórica, de reflexión , de reflexión estética. Inclusive Diáspora(s) parece ser, más que un grupo, “una avanzadilla (sin)táctica de guerra” (así lo describe Sánchez Mejías en su “Presentación” del primer número de la revista): pura imagen vanguardista. Diáspora(s) realiza lecturas en teatros, programas de radio, en formato de video, y también en el espacio Aglutinador, una galería de arte contemporáneo concebida como autónoma en relación a la institucionalidad. Con todo esto, el grupo estrecha sus vínculos intersemióticos: los artistas en la

revista, los poetas en el estudio, en la galería, en el escenario. No es un secreto que el hecho de integrar un grupo y publicar una revista manifiesta el modo de concebir la práctica artística que tenían estos escritores. En la llamada segunda etapa (1997-2002) participan todos los miembros del grupo, junto a colaboradores afines estéticamente, o que comparten la misma línea política contra el secuestro institucional del origenismo institucional que el grupo de Lezama Lima ha realizado en el imaginario literario de la isla. La revista asume la función de vehículo de comunicación de este núcleo vanguardista, dándole voz a través de ensayos y textos programáticos, difundiendo la creación individual de sus miembros (ruptura formal y discursiva), publicando textos de escritores cubanos excluidos de la literatura nacional por el nacionalismo de Estado (Lorenzo García Vega, Heberto Padilla). El grupo tiene un pensamiento disidente, y sus discursos poéticos y ensayísticos poseen un alto poder de demolición, como lo atestigua el importante grupo de ensayos de Rolando Sánchez Mejías, Rogelio Saunders, Pedro Marqués de Armas y Carlos A. Aguilera, respectivamente, publicados en la revista: “Olvidar Orígenes” 57


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y “El arte de graznar”, “El lenguaje y el poder”, “Orígenes y los ochenta”, “El arte del desvío”. Con los ensayos, sus autores llaman la atención sobre temas que hasta entonces no habían sido abordados en los medios oficiales de la cultura nacional: el fascismo, la violencia, la locura, el totalitarismo, la relación conflictiva con la tradición poética nacional. El grupo crea su propio modelo de reflexión, volcado a la discusión de la realidad que lo motiva y crea su propio vehículo de divulgación de ideas, en casi su totalidad provenientes de otros contextos: Roland Barthes, Pier Paolo Passolini, Maurice Blanchot, Gilles Deleuze, Jacques Derrida, Joseph Brodsky. Esto muestra que mantienen una postura creativa ante la tradición y también una postura crítica, en la cual el sentido mismo de la tradición es evidente. El tema mejor desarrollado es la resistencia al nacionalismo, que traspasa todos los géneros practicados por estos autores: , de Carlos A. Aguilera; , de José Manuel Prieto; , de Rolando Sánchez Mejías, entre las narrativas de más largo aliento, al tiempo que se apropian del prestigio de la 58

vanguardia estadunidense y europea de la segunda mitad del : John Ashbery, Robert Creeley, Haroldo de Campos, John Cage, Ernst Jandl, todos figuras axiales de estéticas radicales, con lo cual muestran estar conectados al ámbito internacional y, a menudo, a la actualidad de ese ámbito, contribuyendo a la revitalización del acto de lectura e interpretación. Vistas desde Cuba, las últimas cinco décadas han venido siendo cada vez más de ruptura entre los poetas cubanos y Europa. quiso reestablecer esa conexión, aunque se trata de una conexión asincrónica en su casi totalidad. No obstante, el grupo ha tenido un papel importante en el curso de la estética neovanguardista en la poesía cubana de los últimos veinte años, al tratar de ser un campo de ejercicio de la libertad y abrir un periodo de tensión generadora en la vida literaria (la existencia del grupo, la revista) y en las formas de escribir poesía en Cuba; trata de imponerse con un modo de ruptura que llega al antagonismo, de ahí que haya sido marginado institucionalmente. En la tradición cubana, innova con la visualidad no representacional del poema impreso, trabaja con cierto formalismo algunos elementos internos al poema como la sintaxis, la fonética y la métrica.


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En el plano político, se sitúa al margen del ámbito institucional y sostiene una relación agónica con el canon origenista, propuesto como instancia suprema de profundización en las raíces de la nacionalidad. En el grupo Orígenes no sólo encarna el ideal poético de la nación, sino además, para Diáspora(s), Orígenes es también el hábitat de Lezama Lima, el fantasma derrideano que hay que exorcizar para conjurar el peligro de la influencia, aunque lo acepten como matriz formal e ideológica de la literatura cubana. La resistencia a la representación autoritaria es central en la escritura más vanguardista de Diáspora(s), que también postula la posibilidad de buscar la literatura en otras zonas de la tradición, mostrando enorme interés por las llamadas “malas escrituras” de dos autores singulares de la literatura cubana, Virgilio Piñera y Lorenzo García Vega, configurando así un contracanónico que se inscribe en una tradición posvanguardista. La restitución de García Vega a la literatura cubana reconocida institucionalmente es también el resultado de la tentativa de los escritores jóvenes de los años

ochenta de redefinir una tradición y hacerla intervenir en el presente, para defender una idea de la literatura, una posición literaria, y para construir una nueva figura de escritor. Así, Diáspora(s) realiza un trabajo de asignación de valor a esas zonas marginales, lo cual acaba por generar divergencias entre el lenguaje que se distancia del nacional y el limitado horizonte de expectativas de la época. Basta observar la opción por el “desorden” a través de la fórmula propuesta en la primera manifestación pública del grupo. ¿Cómo construye su originalidad? Nos referimos a un grupo de grandes talentos literarios con una sólida formación cultural. Si bien los propios autores insisten en la diversidad de sus poéticas, sus textos son también variaciones de un mismo tema, de obsesiones que conducen a una relación entrañable, lo cual aporta densidad, profundidad y variedad a la posibilidad de entender la producción individual como obra de un único autor: el grupo. Los textos aquí reunidos fueron producidos en ese ambiente.

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Escrituras

El tren va a partir. Breve filosofía del tren:

.

Mis manuscritos en las piernas. El recital en Matanzas va a ser insulso. Mi hijo (como aquella vez) recogerá jazmines para el té, en el patio donde el viejo poeta parecía un mujik elegante. ¿Cómo puede ser medida la soledad? En el tren. Es decir vas el tren golpeará el Tiempo se abrirá paso en la costra de realidad y en su propia realidad es decir el tren será abolido y tendrás tu cuota de soledad. 60


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¿Pero cómo explicar lo que es imposible explicar? O mejor: “De lo que no puedas hablar mejor cállate.” (

.)

Amo de una manera especial a los gatos. Eso es, saltar. ¿Pero cómo explicar lo del gato en relación con la idea que tengo del salto y del tren? Nada, que mi gato no será nunca tu gato. Ya tú lo sabes. No obstante: “Quien me oiga asegurar que el gato gris que ahora juega en el patio es el mismo que brincaba hace 500 años dirá que estoy loco .) pero.” ( Entonces vuelves a saberlo pero de una manera novedosa a través de otro viejo y voluntarioso filósofo. Y así

.

El viejo poeta también estaba harto. Harto de las flores harto de su voz harto de su borrachera harto de sus perversiones harto de parecer un mujik, en fin. 61


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Él fue en su tren. Iba en tren con su cuota de soledad y a cada rato sacaba la botellita y se empapaba la barba fracasada su conversión, etc. Pero la soledad del gato es superior. Es como la soledad de un tren solo. Yo aspiraba desde niño a una conversión de mi soledad, es decir yo amaba las cosas de otra manera. Eso quiere decir que ahora las amo de una manera distinta de aquella vez. Por ejemplo en estos momentos puedo levitar pero no tiene sentido. Bueno sí habría una conversión hacia afuera. No sé cómo explicarles esto que para mí tuvo algún sentido. ¿Qué sentido hay entre el viejo poeta recitando y mi hijo recogiendo flores? Las flores estaban destinadas a un té futuro escapado para siempre. Ya para entonces el viejo poeta estaría muerto. 62


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Muerto

.

¿Y cómo explicar a mi hijo en su soledad actual? Son tiempos difíciles, empezaría así. La dificultad esencial de estos tiempos: la capacidad de levitar sin razón. En una callecita de Armenia vi levitar a un hombre. Se levantó a unos

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cm. del suelo.

Después se sentó y abrió una lata de cerveza que le ofreció un turista. Parecía (el armenio) un dios maligno de cejas pobladas en una postura de abandono pero en realidad. Esa tarde ella me habló de mi incapacidad de amar. Lo que es igual a mi incapacidad de conversión. Esa tarde el pene colgaba como un péndulo en el espejo (esa tarde fuera del Tiempo y no obstante era otra la realidad desde el punto de vista de ella). Corno era otra la realidad cuando el viejo poeta regresó en su tren. 63


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Iba dormitando. La saliva le goteaba en su barba canosa. Había leído unos cuantos poemas y había sido elogiado por un tropel de poetas jóvenes. Luego regresó en su tren. Dormitando (¿muriendo?) contra la ventanilla. Aquella tarde tuve una maravillosa conversación con ella. . Estás incapacitado para amar porque tu realidad. (El pene como un péndulo, etc.) . Tú amas crees en la realidad pero tu soledad es

.

(En la sábana su cuerpo vivo o sea en circunstancias en que esas palabras tienen algún sentido.) ¿De qué sirve la prosa? Hay un cuento muy didáctico al respecto. En el convento de una selva un monje duda de la Eternidad. Le parece muy largo ese tiempo. 64


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Entonces sale al bosque y ve un pájaro encantado. Lo persigue hasta la noche sin resultado. Opta entonces por regresar sin el pájaro. Pero ocurre que el convento ya no es el mismo. Todo ha cambiado casi todo ha muerto. Imagínense que han pasado par de horas.

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años que le han parecido al monje un

Y yo me pregunto, ¿si hubiera capturado al pájaro encantado qué hubiera sucedido? Mientras escribo esto oigo a Szymanowski. Es un compositor polaco lo que quizás explique su violín doloroso

Doloroso y

como un pájaro encantado.

A veces la música es puro dolor pero al fin y al cabo eso no parece tener importancia. ¿Es que en tiempos de desamparo también sobran los músicos los prosistas, etc? 65


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Al subir el tren vi a la señora con su hijo hidrocéfalo de ojos verdes como la muerte. Nos sentamos cerca ella junto a él algo impenetrable divino una realidad como una cripta entonces él cabeceó en un bostezo de extraña nobleza (¿como la muerte?). Pero al fin y al cabo la muerte no es ese problema. Ella me lo hizo saber aquella tarde. (¿Cómo decir lo que ella no quiso decir?) No obstante algo se volvió vital torpe entre los dos y la imagen del péndulo fue modificada hacia. Lo supe al subir al tren. Como lo supo el viejo poeta al subir al suyo, ya de vuelta, sabiendo que aquello era la muerte contra la ventanilla más allá la realidad, etc. Dentro del tren su soledad como el vacío perfecto, cuestión que ignorábamos afuera al agitar las manos el tropel de jóvenes escritores. La historia de la señora y de su hijo hidrocéfalo quizá sea la misma, lo único que cambia son las circunstancias. Como otra es la historia de Nietzsche loco en su tren. 66


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Otro filósofo viejo y voluntarioso. Los bigotes enormes y debajo los labios secos. Labios que murmuraban ininteligibles serenos y absolutos. Tren de Turín a Basilea. Una campesina lleva una cesta por donde asoma su cabeza una gallina. El tren entra en el túnel de San Gotardo. 30

y pico de minutos de absoluta oscuridad en tren.

(¿Absoluta como la muerte?) La gallina en uno de los instantes de los 30 y pico de minutos le da por picotear contra la cesta es decir contra el silencio absoluto de la oscuridad en tren. Y en ese mismo instante Nietzsche canta su último poema. El canto era tan intenso como la vida. Porque Nietzsche ya había resuelto el problema de su vida y de su muerte. (Lo que se llama matar

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pájaros de un tiro.) 67


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O sea de manera absoluta sin que mediaran los labios la gallina la campesina el traqueteo del tren los 30 y pico de minutos es decir todo lo de más acá donde tú y yo estamos mientras. Una vez un niño le dijo a un amigo mío: Veo los bigotes que no tienes. Entonces mi amigo miró a su gato tan distante en su interior (el gato). Aunque éste sería su gato y no el mío ni el tuyo como ya pudimos darnos cuenta. De esta misma forma yo no puedo penetrar la historia de la señora y de su hijo hidrocéfalo. Será porque nuestros motivos para estar aquí presentes no son los mismos. Los ojos de la señora: inmensamente pequeños de esa falsa profundidad que hay en los ojos de todos los viejos (incluidos los filósofos anteriores y el viejo poeta ahora muertos de una manera absoluta). Los ojos del niño hidrocéfalo: como la superficie de 2 verdes lagos soñolientos casi inverosímiles ninguna prosa podrá narrarlos así que. Ojos

.

Pero es un tren lechero hacia Matanzas entonces sus ojos me observan de una forma particular que no puede describir, es el precio que hay 68


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que pagar por la falta de absoluto en las palabras. . Parece que va a llover. . Sí, es posible que llueva. (El hidrocéfalo señalando con la cabeza un par de nubes pendulares y muy grises.) . Qué bueno porque hace calor. (¿Cómo decir lo que a la señora le da lo mismo decir?) (¿Cómo decir lo que el hidrocéfalo no puede decir?) (¿Cómo decir lo que el viejo poeta y los viejos filósofos no supieron o no pudieron o no quisieron decir?) El hidrocéfalo levanta su índice hacia el cristal bamboleando la cabeza con 2 lagos absolutos. ( escribe ¿verdá?

.) Él toca de lo más bien el piano y usted

Por los manuscritos los ojos cansados como la muerte (son tiempos difíciles más o menos de desamparo) todo lo que por prosa acumulativa era esa realidad que estaba frente a la señora y su idiota. 69


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(

). Él toca unas cuantas cositas de Mozart.

Entonces la risa la estupidez la saliva del idiota colgando de un instante del Tiempo el índice aún enlazado al par de nubes grises y pendulares. . A ver mi’jo enséñale tus manos a este muchacho que escribe. En un túnel de luz donde estamos vivos en la blancura real de una intensidad tal que.

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Enciclopedia de una vida en Rusia

. En 198... viví una larga temporada en un pequeño pueblo, casi una , junto a un inmenso río. Por las tardes bajaba a su orilla y ganado por la grandeza de aquel como mar inmenso, permanecía horas admirando la belleza del paisaje. A veces, durante un segundo largo, se me aparecían todos los libros buenos que alguna vez escribiría: la exacta visión de mi futuro fragmentado no en días, sino en las obras que habrían de aparecer bajo mi nombre. Restaba, entonces, la enojosa tarea de escribirnos. (En invierno una capa de hielo de un metro de espesor sostenía el peso de camiones cargados de trigo y allí también estaba yo mirándolos, admirado de que no fuesen al fondo: chofer, camión, granos.) en las afueras de alguna gran ciuVivir allí era como ocupar una dad: en las afueras del mundo. Sabía que no lejos de Moscú habían conspara escritores leales al , donde estos truido un poblado de pasaban los veranos describiendo el vuelo del mismo urogallo, los mismos rosados amaneceres. Tan fuerte era esa costumbre de escribir en que, , declarados fuera de la ley, muchos iban a refugiaraún fugitivos del se, desconozco por qué oculta razón, a . Solshenitzin, el terrible, termina su espeluznante bojeo al en la de Rostropovich, el famoso chelista. A. A. la bella vivió el fin de sus días en una como pequeña , la “caseta de Komorova” que, según sus biógrafos, le proporcionó la paz de una casa propia. En fin, toda la pléyade de escritores malos del (Evtushenko, Mijalkov y uno malísimo: Bondarev) vivían en y co71


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mo gravados por ellas planeaban hacia una prosa cómoda, el vuelo del mismo urogallo, los mismos rosados amaneceres. Quizás sobrevivan las particulares (parece que el mismo Alexander Isaievich habitaba en los bosques de Vermont), pero sostengo que el periodo “ ” influyó negativamente en la literatura rusa. (Para justificarse, algunos pushkinistas —con todos ellos— pintan el retiro de Pushkin en Mijailovskoe, durante el otoño de 1825, como superproductivo, una tem”. Y bueporada evidentemente “ no, si el mismo Pushkin…, es decir ” también en el genio, etc.) hallamos huellas de “ Yo también atravesé mi periodo , y para ser francos nunca he escrito más y mejor. Me levantaba de mañana…

. Son muy duchos los moscovos en . Anuncian a cada paso (escupo sobre esto y sobre lo otro) y en el lugar apropiado de la diatriba emiten un chasquido de profundo desprecio, que es el impecable remedo acústico de una . Al contrario de lo que se pudiera suponer, no es mal visto, porque todos lo practican y es muy teatral. real —tan inocente—, un salivazo al césped, los pone al borde Una de la histeria; primero porque se trata del césped y son muy amantes de lo verde y luego porque es muy “feo”. ¿Acaso no lo es también la falsa sonora? ¿Qué crees tú de eso K...? ¿Y de la manera como cascan en los cines pepitas de girasol y luego avientan la cascarilla? . Observada desde el cielo por un espacio de tiempo que abarque si72


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glos, la mudará vertiginosamente de color atravesada por miríadas de seres, desbordada por un temblor de cultivo bajo el microscopio, que es el paso de las épocas. (Pruebe a descolgar un brazo ocioso y pose el dedo de la Providencia, la marca que señala, sobre un oscuro jinete mongol que a galope tensa su arco y, a punto de soltar la flecha, descubre horrorizado la Presencia Cierta y rueda muerto, de bruces sobre el pasto.) La es la zona de bajas presiones donde cobró agua y vientos la Horda de Oro, el violento ciclón que arrancó de cuajo a la Rus de Kiev. Pero cuando la Horda se deshizo en jirones de impotentes tribus nómadas, hacia sus sabanas enrarecidas, fluyó la lava moscova y a paso lento —de un tiempo medido por siglos— alcanzó las costas del océano , adjetivo que, del ruso, además de “pacífico”, admite ser traducido como “apacible”. Colijo, entonces, que fue una sensación de calma, de fin del camino, la que embargó al primer explorador que avistó los límites de aquella otra , vasta inmensidad azul. Idéntica abulia provoca la real vista desde la ventanilla de nuestro tren: es interminable, vacía, desolada, sin alimento. . En 1949 dos escolares de Hamburgo descubrieron la lenta marcha de un glaciar junto al Elba. En algunos prevalece el errado concepto de que Europa se extiende hasta los Urales, cuando en realidad es Asia la que al, es un país asiácanza las fronteras de Europa Occidental. Rusia, el tico, sólo que habitado por naciones de tez pálida. II. Vale ampliar esta voz con la siguiente noticia sobre los hiperbóreos . En el libro IV, aportada por Cayo Plinio Segundo en su párrafo 89, leemos: “…detrás de estos montes y más allá del aquilón, hay (si es de creer), una gente dichosa llamada hiperbórea, que vive una edad de muchos años, celebrada con milagros fabulosos. Allí cree ser los quicios del mundo y ámbitos extremos de las estrellas, con lumbre continuada seis meses, y un día de ellos perpetuo, no como dijeron algunos ignorantes desde el equinoccio de verano hasta el otoño. Sálesle a éstos una vez al año el sol, y está, en solsticio, y pónesesle otra por diciembre. Región abrigada y de temple, de grande felicidad y que carece de todo viento dañoso; tienen éstos por casas las montañas y boscajes, y cultivan los dioses uno a uno y acompañados. No saben de discordia y enfermedad, ni mueren si no cuando ya están 73


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enfadados de la vida, arrojándose los viejos de una roca al mar después de haber comido y untándose opulentamente, y tienen este género de sepultura por muy dichoso.” . Para Nabokov, Oneguin, el de Pushkin, no es un en la pura acepción del término. En su traducción comentada de (New York, 1956) cita las siguientes palabras de … ”, y agrega: “ ” Distinción que nos parece equivocada, como dictada por el ligero matiz peyorativo que tiene la expresión para el oído ruso. No creo que el mismo Pushkin la aceptara. Su dandismo era tan elemental como su respirar en francés, aunque tal vez no imitase a Brummel en raspar la seda de sus trajes nuevos con el fin de quitarles el brillo y llevarlos con natural desembarazo. Sus biógrafos tampoco mencionan la invención de un nuevo tipo de hebilla para sus zapatos. Sin embargo acuñó una frase de singular importancia para un país frío, la exten, de mayor peso y consecuencia que la inocente sión asiática: hebilla del bello Brummel. Un título de nobleza, la cruz de hierro que adaptaron quienes se preciaban de ser homos occidentales, los . fue el primer y de (Técnicamente . No le bastó afeitar a los boyardos y vestirlos a la europea, sino que, llevado por un dandismo puro, metafísico, construyó una ciudad como quien desapareció a finales encarga un traje a la medida.) Este de los años veinte en las profundidades del Gulag y reapareció intacto de entre las nieves durante el deshielo, bajo el inofensivo aspecto de los de Moscú, una tribu apache que envaselinaba el pelo y usaba zapatos de puntera; desertores todos de la Roturación de las Tierras Vírgenes. Desconozco si Nabokov —otro genuino que por aquella época recorría los EU en un bella — se untaba y usaba gafas de carey, sin embargo doy por sentado que conocía las memorias de Panaeva. Yo las leí porque dejó curiosos testimonios sobre las figuras que visitaban su salón (un F.M. joven y perdidamente enamorado de la anfitriona, 74


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Turgueniev y Chadaev, redomados). Panaeva escribe que, de niña, vio a Pushkin en la Ópera. Nada parece indicar que aquel evitara, como Nabokov asegura, “anything marked”. “Cierta vez compartía un palco de la Ópera con mis hermanas y una de mis tías. Antes del último acto, en el palco vecino, ocupado por dos damas y un anciano, hizo entrada un caballero delgado, muy pálido y de pelo rizado. Al momento noté en uno de sus dedos una especie de dedal de oro que me dejó muy intrigada. Su rostro, además, me pareció conocido. El caballero de pelo rizado bostezaba y se estiraba atento a los demás palcos, sin prestarle atención a lo que ocurría en la escena, respondiendo sin ganas cuando las damas le dirigían la palabra en francés. De pronto recordé dónde lo había visto. Halé a mi tía por el brazo y le susurré: ‘Tenemos a Pushkin detrás de nosotros.’ No lo había reconocido porque era la primera vez que lo veía sin sombrero. Al rato Pushkin abandonó el palco y jamás le volví a ver. Ya de adulta supe para qué le servía aquel dedal. Se había dejado crecer la uña del meñique y usaba el dedal de oro para protegerla.”

. Infusión barata y al alcance de todos, goza de una amplia popularidad en todo el . Está difundida la práctica de tomar con galleticas y confitura casera. Su clara procedencia extranjera le salvó de convertirse, junto a la papa y el tomate, en cultivos siberianos muy nuestros. El buen lo importaban de Ceylán en cajitas rotuladas, paisajes de verdes colinas. El malo lo trasquilaban pérfidamente en las montañas de Georgia. Moscovia no pre75


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sentó nunca grandes dificultades con el TÉ, al menos durante mi estancia en el país. Otras infusiones, menos inocentes, calificadas de manjares ( ) eran mal vistas por las sombras de ineficiencia que arrojaban sobre el . Tuvimos un quinquenio de total ausencia de cacao en los dispendios. La Intendencia General organizó una amplia campaña de difamación e hizo imprimir un poster con estos versos de K.G. Chesterton:

Seguidos de una breve nota en negritas: Es bien sabido que el niño Ulianov amaba el , durante su infancia, etcétera. . Como si yo me llamase y ella . Yo sabía cómo llevar una existencia falsa bajo esos nombres. Sólo debíamos crecer en nuestra metamorfosis, saltar a la vida perfecta del tapiz y contemplar desde allí la cifra de un mal año cualquiera: 1990, 1991 como si fuera 1819 o 1099 o alguna otra combinación con sentido histórico, de lejanía. —nombre que tenía una resonancia de mamíDesdoblado en fero nórdico, seguido de , que era el sordo golpe de su cola contra el agua— yo adquiría una pasmosa facilidad para generar limpias frases musicales, melodías que lograban encajar en el copado mundo de las canciones vivas con toda naturalidad, como si hubieran sonado desde siempre. Una de ellas me había prestado el tono necesario para esta novela. Dos frases iniciales que se alternaban luego hasta el final de la composición. Una primera que se desgranaba como un repiquetear de abalorios contra un vaso de cristal de roca (perfectamente reproducible con un arpegiar de Celesta), seguida de una preñada de esperanzas que, arrancando del último la del campanilleo argentino, tardaba medio compás para romper en un vertiginoso y torrencial deshielo, el paso de los témpanos azules, el piar de las gaviotas en el aire de los vientos metales, los angustiosos lamentos del corno inglés (las lejanías fáusticas, el paisaje). Aquel era el tema de los días de sol y descuidados. Cuando les cuento 76


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la génesis de esta novela, mi visita al , se reduce al dibujo grácil de un pizzicato de las cuerdas, el sol y el rielar del sol en los canales, el verde tierno de los jardines: ligereza que también respalda el paseo esperanzado de por la Perspectiva Nevski en busca de . El momento crucial del reconocimiento, cuando el rostro de la asoma por entre los rasgos de la , está señalado por un levantar el vuelo de la primera frase, un abrirse una ventana... I. Concibamos entonces un libro muy caro, producto de una avanzada , con hojas de, al ir leyéndolas, determinar sobre qué párrafos descansan los ojos del lector. Entonces podría irse reproduciendo en el Hi-Fi de tu cuarto cierta melodía, el tema central y sus variaciones escritas expresamente para P.B.A. Serían otros libros, queda por ver. Tendríamos muestras de la voz argentina de , de la risa ronca, melancólica, de , del rodar de los autos por las calles de San Petersburgo, del apagado freír de la lluvia contra los adoquines. (De hecho el soporte informático de esta novela ha sido tratado convenientemente y el interesado puede recibir a vuelta de con el de P.B.A.: el tema principal (bajo concorreo un tinuo, violines cautivos en los momentos de tensión) del cual se ramifican toluchando contra dos los demás. Se titula “El monje”. Visualizo al pobre un mal, que página tras página lo va sumiendo en el abismo insondable de una demasiada lucidez. Algo terrible. Presten oído: Segunda introducción de “El monje”. sufría de un extraño mal.

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Tres poemas

eran China las murallas que se abrían para que tú pasaras (de largo) por la red de caligramas segmentos duros abiertos (al paso) en los rollos del Maestro Ka’ cada cual su pequeña de dedal donde uno de dolor parecía (azul franela el moño largo) o en cuadrillas de ocho maquinales 78


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(es un grabado…) más la hoja de cuchilla de Lapicque tensa y brillante orladas nubes por lo bajo acanaladas gotas de hiel cayendo como cajas de bolas en trenes de lavado al corredor de pulserías el arte de tomarlo en tres puntos del radial crujiente esqueletamen por el cuello de alambique ya colgaban al paso de las Ursulinas una exacta picota de coolies la farmacia o quincalla de los plúmbeos soldaditos de una legión de maos bajo el cielo igual color plomo los ejidos (mozárabes) 79


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de una capilla de Asís al lado la lometa que drenaba al oriente el dragón de corazón del cinema de roncha regresando al poniente (por fin) por si el eje se partía el jarrón con las flores del cornezuelo de centeno y el bosque de granadas así se derramaban (las murallas) antes de la Gran Revuelta como el ratón hace China de su madriguera subir la cuesta ¿qué muestran en este punto los rollos del Maestro Ka’? “como que no hay firmeza en lo que pisamos en inarmónicas partes rodamos” ya drenaban 80


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(las murallas) partículas ultra rotas desde el cielo se las podían ver: el terreno era lleno pero el plano llano cada cual su pequeña de dedal donde uno de dolor perecía (y de pedal también) el sol sobre los ideogramas mas el ratón ¡cataplún! a la caja ya encerada que en cuadrillas de ocho una a una colocamos.

En el borde interior de la frontera, que otros prefieren llamar callejón sin salida, B. se mató. 81


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Claro que todas las fronteras son mentales, y en el caso de B. mejor sería hablar de dos. De modo que B. se mató entre el borde interior y la cresta de un pensamiento que ya no se le desviaba. Para catapultarse, tomó aquellas raicillas de un alcaloide que había clasificado, y, echándose sobre el camastro de trozos fusiformes, al fin encontró la que buscaba: ésa de una sola dirección en la que todos los números están borrados, y los blancos pedúnculos mentales se desvanecen en una materia de sueño.

Ya viste los monos en la barcaza así el de percepción animales brotan de las celdillas del cerebro, en ininterrumpida y viste alguna roca peduncular con la vara de cedro ruso que golpea la puerta: mono, rata, lo mismo hombre oscuros tejemanejes del anti-Dios.

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Cronología

1926. Wittgenstein publica

(Wörterbuch für volksschulen). Edición empastada. Ribetes dorados. Letras góticas. Papel de hilo: 15 x 12 cm. Setecientos ejemplares (con sobrantes para el me autor). Después: “mi llevó hacia una visión más pragmática del lenguaje” ( ). Y después: “mi Wörterbuch me reveló, de una del lenguaje” ( vez, ). . Wittgenstein elabora unos “falos” pequeños, en estado de erección, que obsequia (de una manera lúbrica) a sus alumnos. Estos “falos” (de: masa-cruda-de-pan-y-resina-blancade-alerce) eran hechos, siempre, por la mañana, y al regreso (horas después): . Estos “falos” se pulían, se enceraban y se colocaban en un hornillo (con huecos redon-

dos e irregulares de tamaño mediano) . Más tarde eran extraídos (y regalados) uno-a-uno, con sutileza. . Secreción humorosa con peste. Pequeña inflamación en el bajo vientre. Escoriaciones rojizas en la piel. Irritación en los bordecillos del glande. Erección dolorosa. Cefalea. Neisseria g o n o r r h o e a e (Gonococo) . El maestro de escuela Ludwig Wittgenstein camina —a diario— 1 km. Hasta la granja Fetus de la familia Traht. Allí, come y bebe a su gusto. Después, sin hablar, se retira hasta el otro día —a la misma ho: ¿Aparte de comer, hacía ra—. otra cosa el Wittgenstein? : Sí, me decía: la verdadera filosofía es el acto de saber escupir a los demás. Y se reía. 83


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les bofetadas” ( ). Frase: esas nobles almas campesinas / Tolstoi. Escribe : Wittgenstein decía con frecuencia que lo que a él le importaba era sacar “a los campesinos de la basura”. ( , días después): “campesinos y sin lógica. Eso es lo que encuentro”. Y más tarde, a : “Ya Ud. Sabe, un pensador, como yo, debe asistir al encuentro con lo enfermo.” . Tolstoi: . Dostoievski: Novelas. Carroll: . Libros de aritmética. Una . Un excre) que “uso mento largo y seboso (de color amarillo- pequeña biblia ( en el escusado” flema) sale por el ano de Wittgenstein. sólo para ). Wittgenstein hace varias muecas, cie- ( rra los ojos, aprieta el abdomen. ¡Uff!, . Una tarde (dos-de-noviem: exclama. bre-de) golpeó con una vara a un -Sopa de albondiguillas niño/alumno, al que en seguida fue -Centeno necesario sacar del aula; al parecer, -Buchtel se había desmayado. (Aquel alumno, -Pulpeta de granos un-tiempo-después, falleció.) Los campesinos “por este único y vulgar motivo” ) procedieron judicial( mente contra él. El proceso se celebró . “Tenía razón nuestro padre en Gloggnitz. En él, aunque el maes) Trattenbach, no es más tro de escuela primaria Ludwig Josef ( que una aldea sucia de campesinos Johann Wittgenstein fue absuelto, se incluyó un resumido examen psiquiáinútiles ( ). Ellos ( trico sobre el estado de salud mental ) lo frenan. Si fuera por mí ( .) ) estuviera todo el día dándo- del profesor. ( 84


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. Los vómitos sucesivos del Sr. Wittgenstein hacen que su casa (construida con madera y piedras de Otthertal) permanezca en estado constante de pudrición. Una visita de trabajo realizada por los oficiales de la Municipalidad de B. ofreció los siguientes resultados: 1. Dispensar al ciudadano Ludwig Wittgenstein de sus labores como profesor de la escuela primaria rural del condado de Trattenbach. 2. Dispensar de otras labores (u otros ) al ciudadano Ludwig Wittgenstein hasta que su documentación (papeles y objetos personales) no sea debidamente procesada y revisada por los agentes de la municipalidad de B. En vista del total cum… (Y Wittgenstein: “este lugar huele tan mal, que mi cabeza muchas veces se hincha como un grano purulento que echa excrementos por la boca” ya ): “estos olores (a sólo son soportables por una cabeza tan lúcida, y tan poco judía, como la mía”.) . Había allí —señala— una línea de cal-blanca.

Una línea recta (que todas las tardes los campesinos de hacer). Wittgenstein se entretenía dando carreritas hacia delante sobre esa línea y dando carreritas hacia delante de esa línea. Hasta que la destruí y borraba (de una manera clara) todos sus contornos. Cuando no, escupía encima de la línea y pateaba sobre ella (con histeria) hasta que sus bordes de cal-blanca comenzaban a desaparecer. Entonces era que se calmaba y comenzaba lent-a-men-t-e a dictar sus clases. 1927 Wittgenstein es sorprendido intentando sodomizar a un niño “oligofrénico y baboso ( ) como todos los campesinos y obreros de este : Mienlugar”. Es expulsado. tras las familias de Trattenbach realizaban una procesión religiosa a las 20:00 horas (local) por los alrededoel res del Condado fue ciudadano Ludwig Wittgenstein de la “integridad” de un niño de sólo seis años. Según los vecinos, gracias fue posible intervenir a a los gritos de la víctima y al forcejo ruidoso con el citado ciudadano. Y Wittgenstein, a : “He sido de Trattenbach por una causa menor e higiénica. A partir de ahora el sentido de mis cartas será preciso:

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regreso a la filosofía (no hay otra solución). Mi vida ha estado tan podrida que lo mejor es que acabe de reventar.” 1928

Wittgenstein regresa a Viena.

: Como se ha escrito varias veces, Wittgenstein publicó en vida únicamente dos libros: el (1922) y el (1926), así como un artículo en inglés: “Some remarks on logical form” (1929). Además, dejó preparado para la imprenta otro libro: (del que se conserva sólo la primera parte). Todas las demás obras publicadas después de su muerte son en realidad “compilacio-

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nes” realizadas por los administradores del legado literario ( ) de Wittgenstein. Este texto (o biografema) fue construido, precisamente, con esos otros libros que fueron saliendo después de su muerte y subrayan el carácter , cuando no , del Prof. Wittgenstein. Salvo uno o dos sucesos que aún no han sido confirmados, todo lo que se ha escrito es jurídicamente real y preciso. Para no acceder a errores nos hemos reducido sólo a una “etapa” de la vida de Wittgenstein, la que avanza de 1926 a 1928. De ahí en adelante pueden ser consultados los diferentes tomos de y los diferentes tomos de . También: de Wilhelm Baum.


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El pájaro de oro

cerdos sacrificados a la luna copos de nieve lloviznando sobre un péndulo alas aisladas e irisados matices gatos jaspeados [semejantes] a un jarrón chino

asa porcelana pájaro pincel

(que concluye en) (como lados de)

volutas de azafrán y trenes elevados en la sombra

desnudo perfil

ocelote

dama

juglar

secretario 87


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muslo de cereza de ámbar de almendra de durazno de sílex

pétalo frío de loto el óvalo de óleo su rostro, su cabello el ladrido del pájaro de chile almeja bermellón pick up

pick up

pick up

pick up

pick up

pick up

me from the grass from the heaven au fond du ciel la espada y el relámpago: un muro un hombre con sombrero un dibujo de tiza un automóvil amarillo una zapatilla de tercio pelo incienso de jazmín un corset un cigarrillo una luneta de ópera 88


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don’t and weather weather and don’t versos inundados por la sombra

estasis es éxtasis

salto de las ocas en el blanco y el azul ojos abiertos de la inteligencia, nudos

Círculos de ocarina olas de arena

dispersión del iris: vuelo de hojas de tilo suspensión del arco: hojaldre doloroso doncellez sencilla tintineo del sembrador 89


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manzana suspendida cuchillo de hojalata pájaros sacrificados a la luna sálvame del hospital no de los ojos laqueados de los ojos laqueados no

cabeza en forma de jarrón chino

disforma

no

novia sinfonía

galope en la nieve o cuchillo ocre golpe de gong sueño de leche dispersión de la noche en la boca del pez mar batiendo contra la ventana de papel urinario en forma de gato jaspeado el espejo de cera con un doble perfil la boca del escriba es una moneda 90


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destellos de bronce sonidos de marfil

destellos de marfil sonidos de bronce

quítame este chaleco de fuego sonríe a mis ojos laqueados hiéreme con ese cuchillo

¡oh tú, Ermitaño!

la huella de los caballos púrpura y gris la sombra de la oca

el universo transgredido el tiempo transparente los globos los paseantes los niños mudos la bailarina 91


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el guía lento y arqueado señala al templo

¿dónde está el sol? sordo el pianista ríe como un idiota collar de la reina flauta de jade ¡OH TÚ! tap tap tap que se aleja muslo negro en la escarcha —dice Se ha roto el arco iris. Se ha quebrado la lira. Se han descarrilado los trenes. El pincel está seco. Yo estoy loco muerto esto dormido estoymuertoestoy

risa del pájaro de oro fin de la sinfonía

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Prosas

glesa, no hay sobrevivientes entre sus guardaespaldas y criados; Hume, el Hume es enviado como diplomático gran defensor de las ideas revoluciodesde Inglaterra para que espíe a los narias, es conducido otra vez a París franceses. En breve tiempo es consi- en medio del clamor popular de los derado un simpatizante de Francia. franceses. Con sus informes salva a los suyos de las ofensivas francesas que él mismo alienta y organiza; y entre los franceses nadie sospecha que un ferviente defensor y cronista de la Revolución pueda ser un espía. Los informes son enviados con puntualidad hasta que Hume recibe la orden de regresar a Londres. De vuelta los suyos le preguntan cómo hizo para llevar las cosas a ese extremo. Hume responde que le resultaba imposible delimitar en qué medida era un espía y en qué medida un agitador revolucionario. Los franceses envían un grupo de hombres con el propósito de rescatar a Hume; irrumpen en su mansión in93


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El picapedrero golpea con insistencia la piedra, mas el tiempo en que ejerce su oficio no puede de ningún modo ser eterno, todo se convertiría en polvo. Debe golpear con insistencia, con un extraño ritmo que permita ver en él a un picapedrero y no a la muerte.

En mi proyecto de historia Fiodor —así he decidido llamar a su protagonista— repite una escena de . —Es muy común —sugiero alguna idea que desencadene los sucesos— que los hombres sólo aparezcan en los paisajes para indicar las proporciones de los objetos. Fiodor me escucha y afirma: —Tú puedes tener un modelo humano. Yo por mi parte empiezo a creer que ha sido un error hacerle evidente que escribo una historia en la que él es el único modelo. Yo deseo una especie de historia sobre la historia, marcada por la sensación de que el presente se acepta de manera absoluta. 94

En realidad no creo que importe la existencia de Fiodor, me temo que Fiodor es una marioneta. Todo es un remedo, sólo incluyo un detalle trágico. En la escena de un hombre apuesta que puede beber una botella de Vodka de un trago, sentado en la ventana de un edificio muy alto. En mi historia Fiodor repite la escena y se precipita en el vacío. En el final de “Paisaje después de los sucesos” se nota la muerte de Fiodor. Estoy sentado en la ventana, miro el paisaje: ver cumplida esta escena es mi único propósito.

Un anciano tenía una yegua. Un día la yegua huyó y sus vecinos le dijeron: —Ahora ya no tienes caballo. ¡Qué mala suerte! El anciano se limitó a preguntarles: —¿Saben si eso es bueno o si es malo? A la semana siguiente la yegua regresó acompañada de dos sementales. —Ahora con tres caballos eres un hombre rico —le dijeron los vecinos—. ¡Qué suerte tienes! —¿Saben si eso es bueno o si es malo? —preguntó otra vez el anciano.


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Ese día su hijo único intentó domar a uno de los animales, pero éste le rompió una pierna. —Ahora ya no tienes a nadie que te ayude —le dijeron los vecinos—. ¡Qué mala suerte! —¿Saben si eso es bueno o si es malo? —repitió el anciano. Al otro día los soldados del emperador pasaron por la ciudad alistando a todos los varones primogénitos de cada familia, pero dejaron al hijo del anciano por tener la pierna rota. —Tu hijo es el único primogénito de China que no ha sido separado de su familia —le dijeron los vecinos—. ¡Qué suerte tienes...! —¿Saben si eso es bueno o si es malo? —insistió una vez más el anciano.

Los dos cuartetos son de construcción

paralela; van seguidas cuatro exclamaciones, cada una ocupa dos versos. El primero y el quinto son bipartitos, construidos en quiasmo. El segundo verso presenta una serie, que por lo extenso de sus términos resulta una gradación. El tercero está adornado por una anáfora —aliterada— y una metáfora, mientras que en el cuarto encontramos una antítesis. Incluye el sexto una construcción paralela. En el octavo destacan dos metonimias antitéticas algo gastadas. El ornato de los versos noveno y décimo es en expresiones sinónimas, formando quiasmos las del verso décimo. En el undécimo actúa —además de la metáfora— el ornato de la aliteración, que continúa en los versos siguientes. En los últimos versos del soneto se enumeran todos los objetos indicados en los versos anteriores, en el mismo orden en que aparecieron antes.

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Tres poemas

Todo me da una industria mala, delicada siempre; pésimo campo. No sé algo; por las fotos conozco cómo jugué con frascos en una caja frente al espejo. Salen las personas, los adolescentes; es cuando más salen/ se visten: —Hay un vaho tremendo en la curva —dicen, y profundo es el miedo que saliera de ti. —Suban, vamos/ Arriba, suban: que para eso he abierto esta puerta/ la he forzado.

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Escribo poesía porque sé que después no haré más nada. Mirando profundo en la zona que está entre el Bien y el Mal, uno sólo puede percatarse de que el Hombre sigue —como ha dicho Earth, Wind and Fire/ Tierra, Viento y Fuego. Lo que “sigue” es el Método de Amor Contemporáneo: Preocupación obsesiva por el hecho / No dejar que ese mismo hecho te deprima —como ha querido Neil. —Y recuerda que el amor es importante cada vez —dijo Martisel.

El Régimen de Asturias comenzó en Mil Ochocientos 9-7 con unos partenones con unas nubes con una estupidez: ¡primero apareciendo el 15 y después miserable el 10 pequeño —cosa que me tiene dando vueltas por los partenones 97


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con mi odio entero dentro cuando debo tener loor… Pero mi preocupación es la vida de la zona aquella toda sin usar hasta el año 27 —verde para vírgenes pastos y animales en los días tan brillantes que ahora no te dejan ya ni ver —y eso que he sido un gran mirante ¡que hasta estuvo recluido varias veces —pero si te ven tan solo en los pasillos, por la noche, te preguntan y preguntan acosándote “ “ “ “ “ sin dejarte en paz.

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Diáspora(s). Documentos. Ensayos (fragmentos)

La significación de para mí ha sido la significación que han podido tener algunas de sus escrituras: la posibilidad de contar con un imaginario complejo, de una apertura o conexión entre distintos órdenes de la vida, o lo que es lo mismo: un concepto de ficción en el orden del Absoluto. Para alguien cuya experiencia vital completa haya coincidido con la actual experiencia de modernidad perversa que es este país, para alguien cuya experiencia vital haya sido decidida a favor del animal político a que han sido reducidos los hombres de este país, sabrá lo problemático de aceptar que su tiempo es la encarnación suprema de una imagen. Aquello que para Lezama y para Vitier fue un corte o fulminación o consecución de la Historia, fue para otros hombres el dolor de la historia en sus propios cuerpos. Lo que para ellos fue la cifra alquímica de la Historia, fue para otros la marca secreta y a la vez impúdica de la violencia de la historia en sus cuerpos. Las empresas poéticas rara vez llegan a tiempo. , que había un Reino de la Poesía. No obstante, supimos, con Un Reino que empezamos a olvidar cuando supimos que ni ellos ni nosotros habíamos llegado a tiempo: ni para el ceremonial, ni para la crítica del ceremonial. Recuerdo los años en que los paseos y contemplaciones por las ciudades y paisajes de la isla tenían la consistencia del eterno retorno. Era un tiempo de los orígenes donde todos nos sabíamos de vuelta por el poder de las palabras: las imágenes encarnaban donde quiera: en las ruinas civiles, en los 99


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espacios muertos y sin nombre, en los soles que declinaban con el espanto de la identidad perpetua. Un buen día uno comprende que las palabras no son tan poderosas como para emprender el camino de vuelta: entonces uno se imagina en un claro del bosque descifrando no se sabe qué pasado donde uno intenta comprender por qué las palabras no son tan poderosas como para emprender el camino de vuelta: entonces uno comienza a borrar sus propias huellas. Y cuando termina, hace mutis por el foro. , núm. 1,

1997

En un Estado Totalitario, todo tiene que ver con el lenguaje. El lenguaje es, por así decirlo, el aire que se respira en un Estado Totalitario. Todo está lleno de cifras, de nombres, de consignas. De exhortaciones a la tarea y/o de cantos de guerra y de victoria. En general, nunca se ha cantado tanto a la victoria (imaginaria o real) como en un Estado Totalitario. Siendo una verdad general para el poder (el territorio del poder es el dominio frío de la cifra; y si ésta es secreta, mejor), se convierte en una verdadera fiebre bajo un régimen totalitario. Ya no hay descanso para los ojos ni para los oídos. La estética perversa del totalitarismo reedifica los géneros de la literatura para mejor adoctrinar, convencer e intimidar a la masa. ¿Cómo, en este orden caótico de letras, va a haber algún espacio para la Literatura? Y si ésta tiene algún derecho a existir, ha de ser bajo la consigna de reflejar exactamente 100


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la Verdad totalitaria. Tengo la impresión de que, quienes hablan de ello, suelen suponer que en Cuba, después de la década de los setenta, las cosas mejoraron o incluso “cambiaron”. Cuando la verdad es que lo que vino después de 1971 fue la petrificación de un estilo (el conversacionalismo o coloquialismo) como estilo oficial de la poesía en (durante el, como expresión del) llamado “proceso revolucionario”. Lo cual no cesó, sino que continuó en los años ochenta. (Situación que condujo, además, a un matrimonio impropio entre trovadores y poetas —parecía que un trovador era [podía ser] un eminente poeta, como en una versión perversa del periodo de la poesía provenzal—, y a la consecuente mediocrización de la poesía y de la tarea del poeta, reducido a contabilizar zapatos, ventanas y descamisados amores que siempre tenían lugar en muros, parques, ómnibus o aulas de escuelas. Cantos y más cantos a la fragilidad del hombre y la importancia de la lucha, haciendo uso de las palabras más comunes como materia necesaria de la poesía. De modo que parecía no solamente que un trovador podía ser un gran poeta, sino que cualquiera, casi literalmente, podía ser poeta —en particular, si era joven y estaba lleno de esperanzas y de oscuros anhelos—. Todo lo cual, en verdad, sigue perfectamente la lógica del totalitarismo, que afirma que todos tienen el derecho a la palabra y, dentro de este derecho, el derecho a ser poetas. , núm. 6,

2001

En el campus insular uno de los que mejor mostró esta mezcla curiosa de nación e infiernito fue Virgilio Piñera. Quizá el escritor más atípicamente nacional de cuantos ha procreado la isla. Muchos de sus relatos podrían estar firmados por cualquier narrador centroeuropeo, por una sensibilidad patética e irónica, por un dispositivo caricaturesco; a la vez, conviven en tensión con el imaginario social cubano, con la ausencia de una tradición “fría” o procesual, con la nadahistoria… Su teatro —su obra en general, verdadero horizonte de diferencia con 101


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todo lo que existía antes y con mucho de lo acaecido después, puede ser entendido como un laboratorio donde los flujos más reaccionarios (Nación, Cultura, Identidad…) son despiezados de una manera radical desde el entrecruzamiento de géneros: la tragedia que deviene comedia en , la comedia descoyuntándose en tragedia en , o desde la burla a esa suerte de deporte que es la ontología. También son una crítica bastante exacta a lo que Valéry llamaba las “fuerzas ficticias” del Estado. En este sentido también Lorenzo García Vega. Sus libros, pero especialmente y , abrieron una polémica en el maltrecho zoológico cubano que perdura en casi todo lo que se ha escrito a favor/contra las relaciones entre república de las letras y contexto. Sean éstas sobre las torcidas y complacientes de adentro (en la isla muchas de estas relaciones políticas se resuelven con un silencio grave o una pirueta de pasillo) o las maniqueas y muchas veces cegatas que se marcan fuera. Su crítica al nacionalismo, la más cáustica de las que ha hecho hasta ahora un escritor cubano, no sólo arremete contra una serie de lugares comunes o lecturas pastorales de la Grandeza insular: su ensayo sobre Casal y lo venido-a-menos continúa siendo uno de los textos más importantes para , sino que barre con una seentender tensiones sociopolíticas en el siglo rie de fetiches de identidad, comenzando por los que consolidó el grupo o (al que perteneció de ), y desmitifica generación de la revista todo el aparato folletinesco donde se ha enclaustrado el concepto nación desde su “entrada en occidente” hasta la fecha. , núms. 7/8,

2002

Leer a Lezama siendo adolescentes fue como recuperar de un golpe la memoria que habíamos perdido. El momento era oportuno. Todavía los agen102


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ciamientos colectivos no le habían agotado el “secreto” y persistía como un riesgo el hecho sencillo de leerle. Pero esto era puro fantasma. Las circunstancias eran pues propicias, y más que mítico-políticas y más que simbólico-económicas. Bien es cierto que entonces lo entendíamos al revés; los poetas al comienzo están demasiado ocupados en su descubrimiento. Con Lezama se iba a producir una avalancha del signo y una nueva puesta en escena del barroco. De modo que las tres “D” que lo constituyen en tanto estilo, pronto cayeron sobre nosotros. Claro que hubo en la mayoría de los casos, como era de esperarse, más “delicia” que “delirio” y aun más que “derroche”. La solución, pues, se abrió en lugar de hacia el verbo hacia el espíritu. Y puesto que el propio Lezama sostenía la unidad de ambos en vez de sus diferencias, el resultado fue, en la manera en que lo asumimos, puro trascendentalismo. Como en estos versos de Juan C. Flores: “nos decían que no, que no nos acercáramos, nos mandaban a leer a Pita, a Guillén, a cualquiera de los otros. Nos decían que no, y tuvimos que escoger”. Orígenes era ya, de hecho, una nueva catexis social —y libidinal— de lecturas. Superficie todavía virgen y fascinante para nuestras extracciones; bajo ese signo escribimos los primeros poemas. Resumiendo: se trataba en lo creador de una reproducción técnica de estilos y, en lo imaginario, de un uso político de sus ideologemas. Por ello no establezco ningún puente de sacralidad entre Orígenes y la promoción del ochenta. Ante nosotros teníamos simplemente otro imaginario, más culto y extenso. Así los caminos dictados por la metáfora pronto nos hi103


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cieron participar de un “doble devorador” con que devorar la realidad nuestra. No es casual que el fenómeno de los ochenta haya surgido a la vez en varios focos de la isla, ya con idéntica fuerza, en época que otros podrían precisar mejor, y con resultados estéticos casi constantes. Claro que sería reducir las cosas si no abundásemos en citas, derivaciones, comportamientos distintos y otras complejidades. Pero, en este marco, sólo pretendo graficar ese fenómeno extenso y de límites no muy bien precisados, esa nostalgia de retorno que puede llamársela posorigenista. Orígenes fue nuestra puerta de entrada en la modernidad (el filtro que depura o bien deja escapar los grumos de una parte de esa modernidad). Así nos abrimos a los simbolistas hasta Valéry, a la generación del 27, a Góngora, a los antiguos griegos, por Lezama, hasta Cavafis y Seferis, a un siglo cubano modelado por y ajeno a los fotograbados abyectos de la . Pero siempre a partir de Orígenes, con esa sombra a la vez acariciando y mordiendo la espalda. Creo entender que estas conductas, hábitos mentales, este “volver a la memoria” venía a suplantar cierto Orden simbólico que la revolución había “secuestrado”. ¿Quién no ha releído los poemas que escribió antes de leer a Orígenes? Cultura de campamentos, de reclusiones becarias, con sus finales recalcadamente líricos y potencias sórdidas de lo inmediato amoroso. Cladel que proveníamos, el ro que tal suplantación no iba a borrar el mismo e indiferenciado, pues lo cierto fue que ya organizada la fuga no hicimos más que repetir el síntoma. Otra vez la carencia iba a ser derivada por medio de una economía de : hipérbole y huella de lo que lenguaje, esto es, atesoramiento, décadas atrás había sucedido con los poetas que integran el grupo Orígenes. Ellos contra “la mala política desintegradora”, nosotros contra la afasia simbólica y el mentón de piedra de las ideologías. Aquéllos, con la coherencia que dicta el catolicismo y las imágenes que operan por futuridad en la historia. Nosotros, con la turbidez de los negativos y situados ya dentro de esa historia, ahora real que, según el propio Lezama, había igualado por obra de una Metáfora Suprema, resurrección y revolución. Ellos barrocos, interesados en las filiaciones genéticas de los estilos, en las “raíces protozoarias de la creación” —porque ya habían capitalizado la máquina célibe que les permi104


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tiría autoprocrearse y hacer cuantas veces quisieran— y, éstos, declinando ya en su gestación misma el aborto ante una historia que también se ha tomado resistencia, desintegración, aunque en este caso sin la gracia y auxilio del Ángel de la Jiribilla. Aborto que, proveniente del barroco, ha recluido las poéticas de una buena parte de los escritores del ochenta en un arcadismo provinciano, con sus paisajes inmóviles de una fauna fría donde la demorada contemplación reduce las posibilidades subvertidoras del lenguaje. Doble carencia la nuestra, exige otras políticas escriturales. Acaso un desvío ante la mala hermenéutica que hemos practicado. La ficción y la calidad de la escritura de Orígenes permanecen inalterables, no así los ideologemas derivados del Sistema Poético. Éste viene a retroinyectar un componente molar-paranoico (no aludo a la clínica) en una escritura que muchas veces opera procesualmente, en las márgenes de un espacio que la representación jerarquizó. “El sistema poético funciona, luego es.” Pero éste es, al mismo tiempo, lo disfuncional, aquello que en modo alguno funciona para los demás. Ironías del artefacto: antisistemas del esquizo. Sin embargo Lezama —embaucador— deviene Gran Paranoico y lo echa a andar. Lezama pone en boca del Ángel de la Jiribilla esta frase que traduce, por sí sola, la regresión del Sistema: “Ángel, repite. Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinitud.” Esta frase acontece en una fecha clave para todos nosotros. Rostridad, año cero. Habana, 1959. , núm. 1,

1997

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Los tuberculosos

beril-viril… como si a posteriori ironizante del sodio rechazado, humillado, trastabilla loca de ansiedad, loca con lazos de flexiones pélvicas en los cachetes; y viene usted con ese laúd pobre, /empobrecido que carga el peso de esas cuerditas ñoñas, no entre compotas de mango ni mamey-caney, entre pequeños sorbos de aguardiente y putas sin status (la garrapata cabezona que no tiene /bastoncillo, ni siquiera crecimiento en las pestañas, anhela). escombreo onto-feminoide (oídos rotos de las sirenas): mosquitas, mosquita que perturba el tiempo del tic donde la memoria se contrae y baja su energía (mezcla de colores brillantes), quieres anular la otra, la que ha matado con su cruz de azufre, de humo, de olfato esclavizado a la membrana invertida, para que el movimiento del paisaje exterior siempre sea aparente, montada sobre esta tarima 106


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con lentejuelas y los maricas los otros que vienen a ser de padres o comadrones, quiero decir comadrejos; como si /no existiera una gravedad, una vasta luz que tintinea por los extensos pabellones de las cínicas: ¡oiga, de las clínicas!, o no se da cuenta que empieza a amputar las palabras, tal si se tratara de la pierna podrida del usurero, o del que viene por la noche con su andar desagradable a inyectar su duda, sus límites en el huevo tranquilo, blanco, donde la fe crece como una yema que gira y se interrumpe… hasta yo hablaría mejor de la blancura del espesor súbito que siempre va a arrancar /las máscaras de estos señores menesterosos que vienen con su física trasnochada a establecer una suerte de geometría que sirva para medir la angustia insular y controlarla pero aquí no hay corintios, ni coronas para esas palabras que saben a cucarachín, líquido, licor: el insecto tiene prometido el retorno de su alma, intacta, espejeante, lista para ser contemplada, autoviolada como si los desmayos quedaran para contarse como un apéndice del psicoanálisis… /ellos permanecen con sus parloteos como exquisitos ejemplares que la ornitología no va a rechazar porque esos aloncitos húmedos 107


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necesitan la payasada rosadita, con todos los flecos bien dispuestos de tal manera que cada espíritu de estos pájaros muertos pueda conservar su risita, su ironía, la infinita tersura de lo que abandona el cuerpo. y me sorprendo, creo que con razón, de que este ruido marítimo saturado del molusco y la simulación haya desviado mi ojo, mi voz del sitio donde ella reconoce su origen… pero lo legítimo siempre /prevalece, no necesita de la estructura, ni de la pecera con esos personajes plateados que van a adormecer a aquellos próceres que aún no han alcanzado el sosiego detrás de los retratos; y la extrañeza que transmiten estos huesudos y pálidos, culpables del movimiento armonioso de mi lengua, quizás se deba a que han logrado existir en un boceto que no se paraliza… ¿fético, cómo usted puede /ser fético nuevo cada cierto tiempo, sin que este sombrero enorme pierda el sentido de estar rodeado de la maldita circunstancia del aire por todas partes? ¿qué nos sucede…?

ellos conversan animosamente pero a intervalos callan, y escuchan a Paul Klee que dice a su padre: la posteridad, la posteridad, 108


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la posteridad, y no se preocupe siga con su humo, con su tabaco, con su rostro magro, con su rostro femenino su poetisa, cada vez más delicada, como el verso, como la luz declinatoria y absoluta. ¿y la potencia médica señor, y la potencia médica? no se da cuenta que está allí entre el murmullo de esos alienados, y no en este hermoso aparato de rayos X… mi vecino posee otro aparato de fabricar cigarrillos, también hermoso y torpe… ¿qué me dice de esa economía (como fragmenta al cuerpo), de esta picadura en residuas, inmanente? ¿qué sucede en la lomita soterrada de la isla, qué sucede allí donde todos hacen ejercicios indicados por un tibetano? ése es su sitio Fidelio, su sitio prevalece, aunque el congreso de especialistas haya acabado ayer, en el palacio, en el palacio…

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La renuncia

El doctor Masoliver ha paseado por muchas ciudades de todo el mundo: Londres, París, Buenos Aires, Lisboa, Rapallo, Estocolmo, Villahermosa, San Luis Potosí... Ahora, en esa villa en la que siempre es primavera, le gusta salir a pasear justo en el momento en que la luz empieza a amarillear, justo antes del crepúsculo. Es el momento de su recorrido junto al mar, aunque lo hace a la saludable distancia que siempre le ha gustado mantener entre el mar —como otros muchos fenómenos— y él. Saluda educadamente a cada una de las personas con las que se encuentra porque no recuerda los nombres que corresponden a cada rostro —son tantas las caras con las que ha convivido a lo largo de su vida: los compañeros del colegio, los colegas de la universidad, los alumnos, las amantes, los muchos hermanos…—, y no podría perdonarse ser desconsiderado con sus vecinos. Adora este pueblo privilegiado y mimado por el sol. Al principio, le costó adaptarse, sobre todo a la peculiar manera de hablar de la población. Quizás porque había convivido con tantas lenguas diferentes a lo largo de su vida, cuando llegaba a un lugar, antes que nada quería saber qué lengua se hablaba allí. En sus primeros paseos por aquella villa, cuando algún lugareño se acercaba a saludarle, invariablemente, lo que primero inquiría era “Señor, disculpe, ¿qué lengua es la que habla usted?”, una pregunta que siempre violentaba a sus interlocutores y que, incluso, le reportó alguna impertinencia como respuesta. Después de tantos idiomas con los que aprendió a mirar el mundo en sus diferentes manifestaciones, al final pedía a su interlocutor que especi110


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ficara la lengua de la misma manera que hubiese solicitado que le facilitaran el código para interpretar los signos de la realidad. De la misma manera, después de haber vivido en las consideradas como las ciudades más bellas del mundo, había ido a instalarse a un lugar tan anodino como aquel pueblo en el que ni siquiera el clima deparaba sorpresas, puesto que siempre era primavera. Ni siquiera el mar, constantemente gris, ni la arena más gris todavía, casi negra, conseguían dotar de atractivo a la villa en la que había nacido y que abandonó con la firme decisión de no volver, tan firme que había perdurado casi una vida entera. Y sin embargo, ahora idealizaba aquel mar como de cemento. A pesar de la renuncia que hizo en su juventud, era el lugar en el que había nacido, y eso, en algún momento u otro, acababa por tener un significado muy concreto. Además, allí la gente sólo sabía que era hijo de aquel pueblo y nada más. Les bastaba con aquella credencial y con el prestigio que suponía que lo hubiese abandonado tan joven para conquistar su magnífica reputación de profesor aclamado por las universidades más vetustas y las ciudades más idealizadas. Pero ninguno de sus vecinos podría saber nunca qué había sucedido a lo largo de todos aquellos años de ausencia, un día tras otro. Sabían el nombre de su madre y el de su padre, y tenían más que suficiente. Por aquel mar que bañaba la villa habían visto marcharse a muchas personas, y llegar a otras tantas, y desconfiaban tanto de los que un buen día habían dejado de ver como de los que llegaban inesperadamente. Él también desconfiaba de la gente cuyo idioma desconocía, por eso nunca viajó a países en los que se hablase una lengua que considerase imposible de aprender. Consideraba imprescindible conocer el código que regía las relaciones. Fuera como fuese, el profesor Masoliver vivía ajeno al sentir y al parecer de sus vecinos. Formaban parte del paisaje, como el mar gris. Había venido para quedarse, para disfrutar de las temperaturas siempre cálidas que nunca llegaban a ser caniculares y para salir a pasear en el momento del atardecer sin sorpresas ni contratiempos. Muchas de las ciudades en las que había vivido, pese a sus maravillas —en todas ellas había encontrado una amplia variedad de tesoros y riquezas—, terminaron por ser inhabitables por la humedad y el frío. Siempre sentía frío. De otras se había visto obligado a marcharse por el desorden de su urbanismo, porque se había cansado de intentar, sin 111


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éxito, familiarizarse con el nombre de las calles —que, por otro lado, siempre tenía la sensación de que cambiaban de ubicación— y calcular el tiempo exacto de un itinerario. Detestaba deambular desorientado, como si no supiera adónde estaba yendo. Le parecía absurdo perderse en una ciudad en la que llevaba años viviendo. Aunque las hubiese abandonado, en todas esas ciudades había sido feliz. Ahora lo sabía, aunque los recuerdos confundieran e intercambiaran los escenarios. Había conocido a muchas personas distintas y eso le había permitido comprender de cuántas cosas es capaz el ser humano, la insondable diversidad de posibilidades que da la existencia, las múltiples manifestaciones que puede llegar a alcanzar la energía. Y todas esas personas hablaban lenguas diferentes que él fue aprendiendo alternativamente, según las necesidades que impusiera la comunicación. Comprobó que dentro de una única lengua existen muchos lenguajes y que a veces comunicarse es imposible porque las mismas palabras en el mismo idioma pueden tener significados muy diferentes para los interlocutores. También aprendió que los silencios tienen, asimismo, significados, y que a veces el silencio se propaga, y que los gritos, con frecuencia, no permiten que se escuche lo que se está diciendo. Todas las ciudades en las que el profesor Masoliver había paseado estaban habitadas por muchos hombres y muchas mujeres. Ellas casi siempre eran muy bellas, y no sólo porque el doctor las quisiera ver de aquella manera, sino porque cada una de ellas abría una sugerente puerta a un nuevo mundo lleno de misterios, de revelaciones y de epifanías que le estaban esperando. Y entonces ya no había nada más importante que las promesas que aguardaban detrás de aquellas puertas. Era necesario cerrar unas para abrir otras porque justo en el momento de franquear el umbral, el profesor Masoliver ya estaba descubriendo que no era sino decepción lo que iba a encontrar. Pero antes de sucumbir a la desolación, ya había entrevisto una nueva puerta que quería abrirse a un territorio ignoto aunque ya imprescindible. Y así siempre, hasta el final del amor, hasta que la encontró a ella, cuando ya estaba muy cansado, tanto que ni siquiera hubiese tenido fuerzas para apoyarse en el quicio ni para imaginar tan sólo el crujido que hacen algunas bisagras al permitir abrir el ángulo del misterio. 112


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Por eso tuvo que renunciar a ella, porque sabía que ella estaba al final del amor, porque ella era, por fin, la llegada a un punto donde poder descansar después de tanto tránsito y de tantas decepciones. Fuera de ella ya no habría nada más, y por fin podrían construir una casa, un hogar cálido y desordenado como el de Génova, con las ventanas abiertas para no dejar de percibir el estrépito del puerto; o una casa como la de Lisboa, sombría y húmeda, pero siempre caldeada por una melancolía difusa con la que convivirían aun sin ser suya, como se acostumbró a vivir, incluso sin saber ni una sola nota de música, con el piano que un excéntrico inquilino había abandonado en su apartamento de Manhattan. Ella habría tratado de convencerlo de que tomase algunas lecciones porque de pequeño siempre soñó con tocar el piano —¡lecciones a su edad!—, porque ella siempre hacía sentir a las demás personas que todo era posible y que había tiempo para todo, incluso para el amor. El profesor Masoliver hubiese estado a punto de creerla, pero por suerte no lo hizo, sino que acudió a rescatarlo su sempiterna sensatez. No en vano era un reputado profesor. Ella, como todas las demás mujeres, se había quedado en una de aquellas ciudades por las que él se perdía con frecuencia. A veces no recordaba en cuál, de la misma manera que con frecuencia se había perdido porque creía estar en Londres cuando en realidad estaba en Roma. También habían quedado atrás los discípulos, y los hijos, la trascendencia. Tuvo relaciones similares con unos y con otros. Agotadoras. Durante mucho tiempo había estado obligado a dar mucho de sí mismo sin tener 113


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claro cuál era la recompensa, pero lo hacía, porque formaba parte de sus rutinas, de sus costumbres, de lo que la vida había reservado para él. Por tanto, alguna indefinible parte del profesor Masoliver se había quedado para siempre en sus alumnos y en sus hijos. Cabía esperar que los segundos tardarían más en olvidarlo que los primeros. Rogaba a Dios, a la Suerte o al Azar que nada malo les sucediera. Le gustaba pensar en ellos a través del filtro de la memoria, de lo ya vivido, a la misma distancia saludable que disfrutaba observando los destellos reflejados en el mar. Alguno de sus hijos había heredado prematuramente su biblioteca, porque tampoco quiso llegar a la villa de la eterna primavera cargado de libros. Los más necesarios ya los había leído tantas veces que casi los sabía de memoria, así que podría recordarlos sin problema siempre que lo deseara. Y por los que había escrito él mismo sentía como si realmente no fuesen consecuencia de sus esfuerzos. Sí, los escribió en algún momento de su vida y debieron de formar parte de su ser, pero ya no significaban nada. Con cada libro sucedía algo parecido a lo que ocurría con cada una de las mujeres que formaban su colección de esposas. Buscaba lo mismo, la promesa de una respuesta aparentemente escondida detrás de lo que creía tan claramente sugerido. El profesor Masoliver probablemente desaprobaría la comparación entre una mujer, una puerta y una portada de un libro; pero sí que es válida en esta ocasión. Hay muchas demostraciones que aun siendo lógicas molestan al profesor. Una vez terminados los libros, tampoco ninguno de ellos acabó reportándole la epifanía que estaba persiguiendo. Sólo escribía para buscar, para entender, para desentrañar todas las dudas, los pensamientos que consiguen alterar las constancias vitales, la memoria que destruye. Y escribió mucho, de ahí su prestigio, aunque ahora ya no le importa. Curiosamente, no encontró ninguna respuesta válida, al parecer, para él, pero muchas otras personas agradecieron sus libros por esclarecedores, por reveladores y por saber mostrar muchos mundos que se hallan escondidos detrás de los aspectos más cotidianos de la existencia. Cuanto más frustradas eran sus preguntas y más inútiles le parecían las pesquisas, más sabios se hacían los demás y cada vez constituían una amenaza mayor. Ésa fue tal vez la razón por la que también acabó renunciando a todos sus libros. No sabía para qué escribía, mientras que en su conciencia crecía 114


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la sospecha de que estaba contaminando a otras personas con sus veleidades y sus mentiras. Temió que en algún momento alguien acabara descubriendo que era un impostor —¡he ahí la verdadera epifanía!— y se viese arrojado a una situación sin duda incómoda. Había llegado, por tanto, también al final de la literatura. Otro final. Todo para acabar descubriendo que tantos esfuerzos no habían servido para nada. La perdurabilidad era una patochada. Ojalá sus discípulos, sus hijos y sus mujeres acabaran olvidándole pronto. Para todas aquellas ciudades en las que había vivido sería, incluso, más fácil. Los lugares que hemos visitado indudablemente hacen mella en nosotros, las experiencias allí vividas, los pensamientos que nos abordaron, los fenómenos que hemos presenciado… Sin embargo, los viajeros, aunque sean tan ilustres como el profesor Masoliver, no pueden dejar huella alguna tras su paso, que se une al de tantas y tantas personas a lo largo de la historia. En una discusión durante una lección magistral, el profesor incluso se aventuraría a afirmar que las ciudades en sí no existen o no tienen ningún significado directamente relacionado, sino que sólo existen como tales en el momento en que alguien las menciona o las imagina. ¿Podría haber alguna persona de todas cuantas había conocido que en ese preciso momento, el del paseo al inicio del atardecer, estuviese pensando en él? ¿Le ayudaría eso a existir de alguna forma? Sabía que la única fórmula válida para sobrellevar la responsabilidad de la existencia era aferrarse al presente, a cada segundo. Lo demás no existía. La memoria puede confundirse muy fácilmente con el sueño o con el pensamiento, que no es más que mera especulación, o una creación abstracta de un órgano, el cerebro, que no produce nada material, nada tangible. Eso lo sabía bien, y por eso tenía que tener cuidado para no dejarse embaucar por las trampas de su mente. Durante mucho tiempo había conseguido mantenerla controlada con trabajo y con esfuerzo. Por eso era el mejor en su disciplina. No había profesor que preparase sus clases y sus publicaciones como él. No podía asegurar que había nacido para eso porque no creía en los destinos preasignados ni en ningún tipo de predisposición inherente ya desde el momento de nacer. Entonces, como no sabía para qué había nacido, dedicó todos sus esfuerzos a ser el mejor en aquello a lo que la casualidad o la oportunidad dispusieran. 115


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Así consiguió no pasar desapercibido en ningún sitio, como tampoco lo hacía en esa tranquila villa donde siempre es primavera, aunque hubiese sido más apropiado que siempre fuese otoño. El profesor Masoliver, como la mayoría de sus vecinos, ya tiene una edad respetable. Y disfruta cada día como si se tratase del primero en el que se descubre la explosión de las mimosas, tan efímeras. Y busca las glicinas, que eran las flores que su madre cuidaba en el jardín de la casa de la infancia. Pero prefiere no ir más allá en los recuerdos, sólo hasta el jardín de las glicinas. Asimismo, tampoco se permite evocar el rosal que había en el jardín de Londres, ni la buganvilla del de Génova, o tal vez era al revés, o a lo mejor se equivoca, o bien todo es mentira. Ya sólo existen las glicinas, porque las mimosas desaparecen tan rápido que a veces ni siquiera le ha dado tiempo a observarlas. Y eso sirve para que se dé cuenta que a lo largo de sus muchos años, probablemente, hubo muchas tardes primaverales y soleadas como ésta, aunque él lo hubiese ignorado. O tal vez no. Quizás sí las aprovechó en alguna de aquellas ciudades. Hubo un mes de abril magnífico en Londres, y un diciembre en Estocolmo. Las dos urbes igualmente iluminadas, por eso se mezclan los recuerdos cuando no deben. Por supuesto que debió de haber otras muchas tardes como ésta, pero no va a hacer ningún esfuerzo por recuperarlas. Puede ser que solamente las haya imaginado. Con frecuencia fantaseó con paseos acompañado de una mujer por calles que no reconocía, como tampoco era capaz de identificar la cara de la mujer que a veces piensa que es solo una y otras cree que son demasiadas como para atribuirle una personalidad concreta. Va a tener que hacer un esfuerzo para no imaginarse a sí mismo junto 116


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a la mujer que le ha llevado al final del amor. Ha renunciado a ella, no ha querido mirarla de frente para que no suceda como con las mimosas. Es un principio que a la vez es el final y solamente produce miedo o nostalgia, porque es el espejismo de la maravilla imposible. Esa mujer es algo parecido, sólo sirve para disparar las especulaciones más inútiles, puro pensamiento, pura invención del profesor Masoliver, que ha renunciado a tantas cosas. A estas alturas ya ni siquiera puede servir de musa, puesto que ha renunciado a su escritura; tampoco puede ya imaginarla en mitad de una calle de adoquines sentada en el suelo reclamando que él la ayude para que puedan salvarse los dos. Sabe por experiencia que el amor tampoco conduce a nada. Ha vuelto para quedarse, lejos de ella. Solo. Eso significa que nada de cuanto vio o hizo tuvo ninguna utilidad. Pero eso tampoco está dispuesto a aceptarlo. Todas esas experiencias están en algún sitio aunque en este momento no vayan a ir a socorrerlo de la angustia que siente después de su paseo, después del deber cumplido. Ha vivido mucho y era el momento de regresar. Esta villa no tiene apenas nada en común con la que él abandonó hace tanto tiempo, así que tampoco puede considerarse que lo suyo haya sido un regreso en el sentido estricto de la palabra. Ha llegado a un lugar en el que creyó dejar algo, pero eso tampoco significa que quiera recuperar nada. No ha venido con ese ánimo. Hace tiempo que acabó la búsqueda que le empujó a marcharse de este lugar. Tal vez sucedió en el momento en que renunció a sus libros o a las luces de Estocolmo o a las calles de Londres, o cuando decidió que ninguno de los libros que había ido atesorando tenía utilidad alguna, o cuando tuvo la certeza de que había sido incapaz de sentir el amor que en algún momento creyó que debía sentir. Sí es cierto que la curiosidad o la necesidad voraz de respuestas habían empujado sus pasos durante mucho tiempo. Sin embargo, como nunca consiguió identificar cuál era la pregunta, jamás recibió la epifanía de la respuesta. Otro esfuerzo de tantos, inútiles todos. La mujer que podría haberlo conducido al final del amor se llamaba igual que su madre. Cuando la conoció, le embargó una apacible sensación de descanso, como si ya hubiese llegado a la meta impuesta mucho tiempo atrás, donde podría descansar. Por fin. Sintió que ella, tan inoportuna, tan inconveniente, podría darle significado a todo. Entonces tuvo miedo. Temió ser 117


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víctima otra vez de sus especulaciones, de sus trampas, de su turbada inteligencia. Su experiencia le decía que no podía ser cierto, que muchas puertas habían sido abiertas para mostrar sólo la tristeza del sinsentido. También tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para convencerse que no hay círculos que se cierran, que tal perfección sólo es una abstracción matemática y que la geometría nunca tendría nada que ver con la existencia de los seres humanos. El hecho de que ella también se llamara Camila era sólo una irritante coincidencia que no podía empujarlo a cometer una estupidez como la que a veces fantaseaba. El mismo nombre, al inicio y al final del amor. La mujer que en principio debería haberle dado todo: la vida, las palabras, los pechos, el misterio, la infancia...; y la mujer que volvía a prometerlo todo: el descanso, la protección, la mentira necesaria para calmar los terrores... El profesor Masoliver se negó a aceptar que la respuesta a la pregunta de tantos años fuese tan sencilla. La joven Camila no podía darle significado a toda una historia. No aceptaría jamás que había regresado a aquella villa donde siempre era primavera —la estación en la que todo renace— como si todavía fuese el chiquillo que se marchó jurando que jamás volvería. Con frecuencia, cuando franqueaba con alguna de sus mujeres una de todas aquellas puertas que parecían llevar al placer y la placidez, creía percibir al otro lado alguna señal que le resultaba familiar, el olor o la voz de su madre. Y justo ahora, el profesor Masoliver no podría negar que se dejaba llevar en esa aventura como el niño ansioso que se cree a punto de recibir todo lo que se le ha sido negado injustamente. Al otro lado de cada puerta estaba Camila, la abstracta madre, esperando para tranquilizarlo, para darle todas las respuestas y desvanecer el miedo que tanto le ha dolido. Y puede decirle, desde el otro lado de la puerta, que la muerte no existe porque ella, que lo engendró a él, nunca vivió, por lo que nunca pudo quererle. El profesor Masoliver sabe que la joven Camila, la mujer que puede conducirle hasta el final del amor, también puede darle la respuesta que ha venido a buscar a la villa de la infancia. Ella, que todavía no ha atravesado ningún umbral, sabe descifrar las voces del otro lado porque es la mujer que ha buscado en tantas otras mujeres. La ha encontrado por fin. Y por eso ha de renunciar a ella. No podría aceptar que era solamente eso lo que buscaba. Sería demasiado absurdo. 118


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formas de habitar una esquina

Huyen avestruces — —. Sombras hilvanan puertos de aire. Entre la estampida reposa la mano sobre el talud de una rodilla. Habano y humo. Rojizo ciprés el sueño. El olor sigue más allá del borde. Desde el buró —poder, sonríe destruida/ tiento ocre, cuerpo estrófico . en el quicio—.

Donde los náufragos cantan apunta el ojo. Hacia el rabillo austral de la mirada —dorada agua de la memoria— el tono plomizo del frío. Uno podría ser entendimiento crepuscular, avanzada furiosa de jauría humana pero el vórtice detiene . Y entre el invierno de la rebelión. milnovecientosetentaydos y el presagio del dosmildocefindelmundo un día y el otro. Gramática de Babilonia. .

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Caramelos y una hormiga. Breve ataque de asma. Sedosas las patas recorren un dedo meñique. Este paisaje no es política: hueco, centro de bala o poema. Dos muros hacen un baldío entre sí. Menta, el caramelo es sabor menta. .

A ambos lados de la vía —párpados inestables, lozam de 2 mg—, la superficie de las cosas: tubos de acero, mosaicos ), textiles sintéticos de corte abstracto. Dolor ( en el lenguaje. Monopolio cromático. Todo cuerpo desnudo . mata a la teoría. Rota el espacio.

Un punto un punto en particular un punto un punto esquivando su propio punto un punto que arroja otro punto el punto que aniquila su sombra un punto el punto en punto: .

Lluvia sobre penumbra. Pelaje y lamido. Ensoñación y notas en brote de murmullo. Herida que sostiene. En el trazo de un sonido veloz —cielo abierto sobre cuerpo, lengua— partículas de azul Berlín. Desliz en el cerco de la boca. . 120


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Al ojo el vuelo, petrel negro. Caminar sobre precipicio claramente delimitado. Colinas, nubes, bosque boreal. Mujer desvistiéndose sobre cama helada. Bajo los pliegues de su ropa una constelación de aguanieve. Arden las corvas. Barbera o Bonarda, fuerte sabor en boca. .

En el cuerpo sésil de una hoja, apenas adherida, resplandece el estrato del mundo. Flujo audible. Inflexiones sostenidas por insinuación —dosel amazónico en medio del cuarto—. Intensidad de una figura dentro de otra, sonoridad del bulbo de luz, silbido en tono sordo. La cerveza cae al suelo. .

Baúl en madera de fresno, motivos vegetales y geométricos en perfecta simetría. Pies móviles para elevarlo del suelo, cerradura con llave, asas en los costados que facilitan su transporte. Periodo: siglo . La economía a gran escala destruye voluntades. Un hombre anuncia que desaparecerá. .

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Ángulos óseos, formas y cuesta donde radica el ritual. Fisura donde hay. Puerta pulida. Naturalezas muertas, humo de tabaco. . Un poema es una lima un día bisiesto un 31 de marzo un esquema mental un pinar. Retenes silenciosos demarcan umbral. Aire, pulmones saturados. Oxígeno para abastecer el cerco. Cercanía de pieles ante el viento. .

Un punto, paraguas negro, bolígrafo de tinta azul, orden para no pensar en la muerte, una mancha seca de sangre, garabateo cadmio en algodón, arca con motivos repetidos sistemáticamente —clavel del monte o calta palustre—. Toda la potencialidad del mirar: herida supurante espalda nupcial de un hombre labio bajo de grosor excitante cuerda que flota del fresno en vaivén madreperla ópalo de fuego luz . diurna sobre escena movimiento y rastros.

Júbilo y adoración en paréntesis. Sobre el cabello largo de esa mujer, vista en Baden Baden, sobresale una galaxia. No anillos de satélite. No corona de santidad. . Varios tañidos de campanas (no provincia eclesiástica) susurran 122


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una verdad a medias. Blancos y agrietados. Los labios. Se necesita una nueva contraseña para regresar a tiempo al mundo. Mientras la palabra aparece, ella dibuja sobre el agua una espiral. .

Circulan autos en pulgada y media. Espacio hendido. Ladra un perro al fondo. . Pastelillo de arándanos y chispas de chocolate. Píldora sintética de felicidad. . Gozne entre realidades, “mira tu cuerpo iridiscente, azulmoradoverde iridiscente”. . Territorio para la aparición de parques paisajísticos zonas urbes rehabilitadas laderas de casas con techo metálico piedras nucleicas espacios sacrificiales. Cajas y capas, espacio vital de pulgada y media.

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Ese vicio impune, la lectura

La expresión de un sentimiento muchas veces comprobado, resultado de una experiencia tenida a menudo por muchos de nosotros, se halla en el bonito poema de Logan Pearsall Smith que transcribimos aquí: El otro día, agobiado en el metro, busqué animarme con el pensamiento de las alegrías reservadas a la vida humana. Pero no hubo ninguna que me pareciera digna del menor interés; ni el Vino, ni la Gloria; ni la Amistad ni la Comida; ni el Amor ni la Conciencia de la Virtud. ¿Valía la pena entonces quedarse hasta el final en este ascensor y subir a un mundo que no tenía nada menos usado que ofrecerme? Pero, de pronto, pensé en la Lectura, en la fina y sutil felicidad de la Lectura. Era bastante esa alegría que los años no pueden debilitar, ese vicio refinado e impune, esa egoísta, serena y duradera embriaguez.

Una especie de vicio, en efecto, la lectura. Como todas las costumbres a las que volvemos con un vivo sentimiento de placer, en las cuales nos refugiamos y nos aislamos y nos consuelan y nos compensan por nuestras pequeñas tareas. Pero es también un vicio que nos da la ilusión de que nos guía a la virtud, que nos hace entrever una elevada sabiduría. Emerson, de quien no esperaría uno algo tan burdo, escribió: “Lee no importa qué durante cinco horas todos los días, y en el plazo de unos pocos años serás sabio.” (No podemos dejar de imaginar por un instante al desgraciado que haya podido seguir tal consejo.) Sabemos bien que no nos convertiremos en sabios a fuerza de leer no importa qué; pero tenemos la esperanza, bastante vaga, de convertirnos, a fuerza de leer, en más sabios y más felices. Puede ser que 124


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no sea más que una excusa: un número inmenso de hombres que han sido sumamente sabios y felices, y cierto número de santos, no sabía leer. Es un vicio, además, porque la experiencia y la estadística nos muestran que es una costumbre excepcional, anormal, como todos los vicios. El hombre normal lee por necesidad profesional, o para distraerse de sus ocupaciones y de su trabajo; las personas que leen por el solo placer de la lectura y que buscan ese placer con ardor son excepciones. El hecho de que casi todo el mundo sepa leer, y lea más o menos, no debe confundirnos: está la inmensa mayoría que sabe leer como sabe montar en bicicleta, servirse del teléfono o conducir un automóvil, y hay una pequeña minoría que son lectores, como otros, en minoría también, son jugadores o avaros. Antes del establecimiento de la instrucción obligatoria, la distinción era bastante precisa: había clases iletradas y clases letradas. Esta distinción puede hacerse todavía, ya no entre clases, sino entre individuos tomados de todas las clases; sólo que vacilamos al decir de un hombre que sabe leer que es iletrado. Nos falta la palabra exacta. Ciertas lenguas tienen la palabra “analfabeta”, que deja el lugar libre a “iletrado” en el sentido de no-letrado, pero que no considera que “analfabeta” esté destinado pronto a desaparecer con la especie a la que designa. Buscamos sesgos: “Un hombre poco instruido, sin cultura”, o incluso “un semi-letrado”; lo podemos decir de algunos hombres de carrera o de acción; ¿pero de un médico que lee obras de medicina, de un abogado que lee tratados de jurisprudencia, o incluso de un obrero electricista que lee los manuales de su especialidad? ¿Podemos tratarlos de iletrados porque no leen obras literarias, libros de poemas o novelas? Evitamos hacerlo, esquivamos la fastidiosa decisión, pero cuando encontramos a un hombre que a fuerza de consagrarse a la lectura posee una amplia cultura literaria, decimos: “Es un letrado.”A qué se opone la palabra letrado, lo callamos cortésmente. Es un error. Pero no tenemos la disposición para predicarle a nuestro médico o a nuestro abogado las ventajas y los placeres que obtendrían de la posesión de una cultura literaria, artística y filosófica. Tanto peor para ellos si no poseen esta cultura; para nosotros lo importante es que el médico nos cure y el abogado gane nuestros procesos. Pero hay gente cuya función consiste en predicarla y en expandir lo más posible el vicio de la lectura. Hay en cada país civilizado una categoría de personas a quienes se les paga para de125


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cirles a los niños y a los jóvenes: “Aparte de los oficios, de las profesiones y de las altas especialidades para las que os preparamos. Existe una aristocracia abierta a todos, pero que jamás en ninguna época ha sido numerosa, una aristocracia invisible, dispersa, desprovista de señas exteriores, sin existencia oficialmente reconocida, sin diplomas y sin patentes y sin embargo más brillante que ninguna otra; sin poder temporal, y que, no obstante, detenta un poder tal que a menudo ha guiado al mundo y preparado el futuro. Es de ella que han surgido los príncipes más verdaderamente soberanos que la historia conoce, los únicos que, después de años y en ciertos casos de siglos después de su muerte, dirigen las acciones de muchos hombres. Podéis formar parte de esta aristocracia: ella os invita, ella os espera, y la sola condición que exige para admitiros es que os libréis moderadamente y durante varios años a una cierta forma de placer que se llama Lectura.” Deberían agregar: “Este placer, como todos los otros, atraerá sobre vosotros la desaprobación de los puritanos, e incluso persecuciones. Vuestros padres, si os ven leyendo obras que no contribuyen a haceros pasar vuestros exámenes y a entrar en una carrera en la que no les seréis una carga, os reprocharán perder el tiempo y torcer vuestro espíritu. Y nosotros mismos, que estamos lejos de pertenecer a esta aristocracia sin diplomas de las que hablamos, si sorprendemos en vuestras manos libros de esos pretendidos escritores, recientes o contemporáneos, que no están en nuestros programas, os los confiscaremos, pues la lectura es un vicio y, como los otros vicios, de los niños y los menores, punible.” Maravillosa contradicción, inolvidable estilo de vida… Pero también es su camino oculto, su curiosa artimaña: eleva nuestro vicio a la dignidad de una pasión. Podríamos componer un tratado sobre el nacimiento, las fases sucesivas y los progresos de esta pasión. Desarrollemos esta idea Se tratará de describir la ruta seguida por un lector imaginario constituido por elementos sacados de nuestra propia experiencia y de lo que observamos en los otros, o bien de considerar el conjunto de lectores de una misma generación como un ejército en marcha: inmenso al principio —las tres cuartas partes de esta generación forman parte de ella—, veremos, de año en año, disminuir sus filas, la cabeza de la columna adelgazarse, y una gran masa de rezagados y desertores acumularse en la retaguardia o desparecer. Podíamos 126


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combinar la historia esquemática del lector que persiste en su pasión, con esta imagen de un ejército o de una muchedumbre de peregrinos en marcha hacia una Atenas intelectual que parece recular frente a ellos al mismo tiempo que el horizonte: nuestro lector es una unidad dentro de esta muchedumbre: o bien está dentro de las primeras filas, y nuestro amigo es capaz de leer libros de diferentes épocas y de muchos dominios lingüísticos, o bien en la retaguardia, este viejo camarada, X…, quien, desde hace muchos años no lee más que el diario y las revistas ilustradas que ruedan sobre las mesas de su círculo. Podríamos también expresar el desarrollo de esta pasión, sus etapas y sus resultados, bajo la forma de una alegoría a la manera de John Bunyan: el Progreso del lector. Pero no, no es como alegoría que el nos gusta, sino por otras cualidades y a pesar de la alegoría. En todo caso, podemos estar seguros de una cosa: que este desarrollo tendrá un carácter secreto, exactamente como el progreso del cristiano hacia la Jerusalén celeste. Abierta por primera vez, tal vez con fastidio, la puerta de cartón o de papel deja entrever el mundo maravilloso y los tesoros inagotables que están detrás. Es el día que se despierta, ahí donde sólo el instinto existía, la conciencia, la reflexión y la imaginación. Sin embargo nada señala ese día de la primera comunión intelectual del infante, sus padres no sabrán nada de ello y él mismo olvidará la fecha. Casi inmediatamente después comienza la época de la colaboración más activa. Sólo el nombre de Julio Verne figura sobre la cubierta, pero el libro 127


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que lee el niño es obra de él en colaboración con Julio Verne: él lo enriquece con su experiencia, con sus sentimientos, con sus descubrimientos, con sus sueños más viejos; él prolonga y complica las aventuras y agrega episodios y personajes de su invención. Eso también pasa desapercibido. Los libros de la clase son objetos del todo diferentes de aquéllos. Éstos interrogan, afirman, dogmatizan, ordenan resolver problemas sin interés. Las son las mismas dificultades presentadas hipócritamente como trampas. No hay por lo tanto en el casillero o en el pupitre más que un verdadero libro, y además hay que adivinarlo bajo su pobre blusón escolar: son los fragmentos escogidos de los escritores nacionales. En este punto muchos peregrinos han renunciado a ir más adelante, y aquellos que continúan se van a encontrar atrapados por muchos obstáculos: la anarquía ortográfica de los siglos pasados, la inestabilidad de la sintaxis y el significado de las palabras, los mil secretos de la prosodia, y además la sombra de fastidio que sobre todas la cosas derrama la palabra detestada, despreciada y temida: Tarea. Por suerte todo llega al final, el lector infante, viajero en el desierto, encuentra una pequeña fuente en la que puede beber una agua límpida y refrescante: un poema escrito en una lengua que le es familiar, en el que todas las palabras tienen el sentido que él conoce y que expresa pensamientos y sentimientos que parecen ser los suyos propios o le describen cosas que creía que sólo él había visto. Está salvado. Una nueva etapa va a comenzar: toda la literatura moderna de su país aparece como una tierra prometida donde el da sus primeros pasos. Ese gran día, lo castigan por no haber sabido su lección de geometría. Pronto tendrá problemas porque descubren una novela o poemas entre sus libros. Él aprende así que “contemporáneo” es sinónimo de toda suerte de expresiones peyorativas, tales como: malo, absurdo, peligroso, sin valor, ridículo. Y le dicen que la literatura nacional dejó de existir hace un par de décadas. También ahí algunos pierden el valor, son los amigos y los partidarios de la Tarea. Mirémoslos y sigamos. Estamos ahora en el periodo de las lecturas desordenadas en todas las direcciones, de recorridos por toda la extensión de este bello país moderno: y la curiosidad y la vanidad vienen a agregarse al apetito del lector: no sólo es placer buscado y disfrutado sin segunda intención: es la necesidad de saber 128


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qué hay detrás de tal nombre nuevo, y de deseo de “haber leído todo” y de presumirlo. Es también la época de las primeras tentaciones. Para comenzar, aquellas que le hacen amar los libros que se dirigen a sus apetitos más rudos y sus inclinaciones más vulgares, y toma una indecencia galante o un libro de propaganda política por una obra literaria. Además, aquello que lo atrae a lo que brilla lo hace víctima de la publicidad de los editores, lo hace creer que un escritor célebre es necesariamente un buen escritor y que un autor representado en un teatro importante es necesariamente un gran dramaturgo, mientras que aquellos de los que se habla poco no tienen ningún mérito. Algunos lectores no resisten más y se quedan ahí toda la vida. Son ellos a quienes llamamos, caritativamente, semi-letrados, y entre su élite se reclutan los escritores fáciles, proveedores del público grueso. Existe una tentación contraria a aquella que lo hará considerar desdeñables a los contemporáneos célebres. Ésta es un poco menos peligrosa que la primera, pues en general las buenas obras requieren mucho tiempo para hacerse conocer y porque en todas las épocas los mejores escritores no son los más conocidos. Esta tentación lo deja en el buen camino, pero lo hará adorar a algunos dioses desconocidos que permanecerán y lo harán enrojecer más tarde. Pero la belleza del camino en este país conquistado compensa esos obstáculos. Entre las cosas espirituales que este joven frecuenta no hay nada que toque la vida en más puntos que esta literatura llamada moderna. Ella fortifica su conciencia, aclara, explica y comenta su experiencia; enriquece sus sentimientos; le advierte, lo anima, lo guía, lo modera. Lo toma como confidente, le propone modelos y líneas de conducta, nutre y hace crecer la facultad que él tiene de observarse y estar atento al prójimo. Lo espabila, lo pone en guardia contra muchas mentiras, le provoca repugnancia por satisfacerse a bajo precio. Lo hace ver y mirar mejor lo que lo rodea. Incluso lo hace ver la belleza y atractivo de las cosas que la Tarea le hacían amargas. Un verso de Victor Hugo, por ejemplo, lo hace percibir por fin en la “cima” de los versos de Virgilio el “lugar extraño”, lugar de alba y ocaso sobre promontorios llenos de templos. Ella hace lo que la presentación del por el profesor y la amenaza de castigos no había podido hacer: le hace disfrutar la versión latina. Hace incluso algo mejor: lo hace desafiarla, le enseña que 129


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hay otras cosas: la pintura, la música y un gran número de ciencias que son, también, objetos dignos de pasión. Le proporciona una prueba de los placeres de la crítica, de la belleza de las matemáticas, de la harmonía de los grandes sistemas filosóficos. En fin, admite que ella no es sólo de este país y de este tiempo, pero que siempre ha sido joven y bella y, como él dice, moderna; que ha habido épocas en que ha sido aún más bella que ahora y que en ese mismo momento, en otros países, él la encontrará diferente, más sorprendente y más audaz, atractiva también, pero con otros ropajes. Él ha franqueado la única línea de demarcación que separa completamente al letrado del no-letrado: la palabra “moderno”, de allí en adelante, carece de prestigio, ha dejado de ser para él una recomendación, y sonríe cuando oye decir “Qué bello, se diría que es moderno”. El grueso de la tropa permanece de este lado de la línea y no la franqueará jamás; esta pasión, decididamente, exige mucha paciencia, muchas penas; todos esos velos que levantar, todas esas palabras que buscar en el diccionario, todos esos sistemas gramaticales que comprender… ellos se contentan, una vez terminados sus estudios obligatorios, de mantenerse al corriente, de leer las crónicas literarias de los diarios, de comprar los libros premiados y aquellos que llamamos de actualidad. Se acabó. Han renunciado. Pero él se aproxima a Atenas, da un paso hacia la Sabiduría. Ha triunfado sobre algunas de esas “locas opiniones en las que todo el mundo abreva” y que Pierre Charron enumera en su libro, como “valorar y recomendar las cosas debido a su novedad” y “estimar las cosas no según su verdadero, natural, esencial valor, que a menudo es interno y secreto, sino por su apariencia, afectación o resonancia vulgar”. Sin embargo este gran progreso se mantiene “interno y secreto”. Nada distingue a nuestro joven lector de aquellos que ha dejado atrás, y también existe la posibilidad de que a ojos de los demás sea él quien se ha dejado rebasar. Su pasión lo ha llevado con gran ímpetu a la conquista de un nuevo dominio lingüístico (que no está en el programa, el inglés, por ejemplo, cuando va a ser examinado sobre un texto alemán) o lo hace absorberse tanto en el estudio de un solo autor que ha olvidado preparar su examen, y lo reprueba o la pasa difícilmente, en tanto que los no-letrados aprueban con las felicitaciones de los examinadores. Él ha descuidado sus intereses materiales por su pasión, como un enamorado se endeuda por una mujer. 130


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Pero él ha pasado la gran prueba eliminatoria. Sabe ahora que un poeta como Calímaco, con seiscientos lectores en toda Europa, es más célebre y más seguro que perdure que ese contemporáneo cuyos libros se publican con tirajes de cien mil ejemplares. Y, sin embargo, no ha terminado todavía, no ha obtenido el elevado mandarinato que ningún botón designa; la selección es rigurosa, y las pruebas que ponen todo en duda tienen lugar varias veces al año en el transcurso de esos años de aprendizaje. Nuevas tentaciones se manifiestan. Él aprecia mucho los libros como objetos materiales: su formato, su peso, el gramaje del papel, la facilidad con la que se abre, el buen olor de algunos cuando son nuevos (incluso tienen un olor diferente según el país en el que están hechos). Él los ha llegado a perfumar cuando no tienen olor, y escoge con meditación las encuadernaciones que les pone. Los cuida, los acaricia. Esta forma de su vicio puede llegar a dominarlo por completo e incluso alejarlo de la lectura. El puede convertirse de lector en bibliófilo exclusivamente, resignarse y complacerse en eso. Perder de vista la función espiritual del libro. Y acabar, con los ejemplares raros y las primeras ediciones, en la especulación pura y simple. ¡Oh! Es una pasión bella y respetable; y útil: sus cuidados construyen ciudades y conservan pequeñas arcas de Noé literarias en las que muchas obras plenas de sabiduría, de consuelo y alegría, han pasado y pasarán por los diluvios de la Historia. Pero algunos de ellos sienten una especie de desprecio por el otro aspecto del libro, por aquello que para nosotros constituye todo su valor. Se diría que, para ellos, los autores no han sido más que los productores inconscientes de una materia prima que sirve de soporte a cualidades más preciosas que pueden tener: la rareza o la curiosidad o el hecho de ser un pretexto para el despliegue de un gran lujo material. Pero este desprecio es desprecio de los letrados que no son exclusivamente bibliófilos. Frente a la riqueza de ciertos bibliófilos se descubre uno pensando en bárbaros que habrían recibido instrumentos complicados provenientes de la civilización, y de los cuales no conocían exactamente su uso y su valor. He oído hablar con frecuencia de un bibliófilo francés que vivía en Ginebra bajo el Segundo Imperio y que coleccionaba únicamente “libros ridículos”: libros de poemas publicados por magistrados de provincia, tratados inverosímiles de metafísica, poemas épicos en veinte mil versos, libros de maniacos y de de131


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mentes, todo ello elegido y clasificado cuidadosamente por ese bibliófilo, que se había creado entre sus conocidos una fama de hombre inteligente. Y bien, no puedo evitar pensar que observando de cerca la colección de ese Monsieur uno encontraría y . Supongamos que nuestro lector ha superado fácilmente la tentación de la bibliofilia exclusiva; pero hay una tentación aun más fuerte. La erudición. Bajo todas sus formas: investigación de la génesis y fuentes de la obra, historia comparada de las literaturas, fundamentación de textos, verificación de atribuciones, estudios de la gramática y vocabulario del autor; y la biografía, en la que la intuición y el detectivismo juegan un papel. ¿No es hacia ello que lo lleva su pasión: no solamente disfrutar de la lectura de los libros y nutrirse de ellos, sino penetrar en ellos, ver su estructura íntima, disecarlos, conocer su historia, reconstituir su embriogénesis, descubrir sus taras congénitas? Y después contar todo eso; y justamente, si tiene una “brizna de pluma”, buscará emplearla con mayor utilidad. Al mismo tiempo, eso puede convertirse en una carrera, y la pasión se encontrará de esta forma reconciliada con el orden, la seguridad material y los honores. Sería una pasión sabiamente conducida y explotada. Y eso no impedirá… No. Sí impedirá. Porque la pasión, sabiamente conducida y explotada, se extingue pronto. Otra, sin duda, la reemplazará: la curiosidad erudita. Pero no es de la misma categoría. Es un poco a la pasión literaria lo que la avaricia es a la prodigalidad y la embriaguez al amor. Está demasiado al abrigo del riesgo, demasiado fácil de contentar, exige muy poco a aquel que la 132


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sufre. La deforma y la marchita demasiado pronto. El erudito exclusivo no tarda en ver en las obras sólo el aspecto que es objeto de sus estudios. Como a un medico a quien la enfermedad de un hombre le resulta más interesante, más real, que el hombre mismo. Pronto, el erudito no se detiene a considerar la belleza de la obra literaria: piensa en su historia, en su circunstancia. Siente que no coincide con ella, pero su amor propio le dice que se debe a que la domina y la supera, y le cree a su amor propio. No tiene relación sino con los objetos de estudio y acaba por vivir satisfecho en la ignorancia de todo el resto. Él se enquista. Podría decir los versos más malos de Tristan Courbière: “El arte no me reconoce. Yo no reconozco al arte.” Ahora bien, una de las características principales de la élite letrada es la atención que presta a la literatura contemporánea: quisiera seguir el desarrollo de las tradiciones cuyos orígenes conoce. Se prohíbe ese dominio, acaba por desear no conocerlo, desconfía de él. Él, por decirlo así, se desliza fuera de la élite. Y no importa que alguno de sus contemporáneos, lo que ningún verdadero letrado ignora, pudiera decirle como Lucifer al Ángel del Señor en Milton: “No conocerme es confesaros desconocidos vosotros mismos.” Pero nuestro lector, como el peregrino de John Bunyan, ha vencido esta última tentación. Eso no le impedirá, por otro lado, considerar con respeto la obra de los eruditos por la utilidad que de ella obtiene. Conocerá sus métodos de trabajo, tendrá la ocasión, él también, de emplearlos; pero no se dejará absorber completamente por ellos. La pasión es más fuerte que todo. Ha conquistado el más alto grado. (Y alrededor de él se dice: es un fruto seco.) El más alto grado, es decir la entrada al gran mundo de los libros, a lo que llamamos, en Francia y por el momento, la cultura. Él tiene 20 años y tras él, ya, cinco o seis años de lecturas voluntarias, cinco o seis años de verdadera vida literaria (se reirían si lo dijera él). Comienza a formar parte de una élite, de la “élite discreta.” ¡Y tan discreta! Verdaderamente, con respecto a la satisfacción de la vanidad, el clero secular recibe más que ella; pues, en efecto, ella es una especie de clero secular, sin nombre y sin honores en el mundo. Incluso el nombre de élite es demasiado altisonante para ella: ella no la quisiera. ¿Pero cómo designar de otra forma a este pequeño número de hombres y mujeres tan escogidos, elegidos después de tantas pruebas entre 133


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tantos miles de personas? (Pensemos en el número de aquellos que se quedaron atrás.) Pero entonces, ¿se trata, después de todo, de una especialidad o una profesión como las otras? Podría él adoptar el nombre de “letrado”, como esos personajes extraños que encontramos por todas partes, que hacen grabar en sus tarjetas de presentación “Hombre de letras”? No, no es una especialidad ni una profesión, es una cualidad, algo que posee al hombre mismo, que forma parte de su dicha, que puede indirectamente serle muy útil pero que no le reportará ni un centavo, como su amabilidad, su valor o su bondad. Es ahora que comienzan las verdaderas aventuras, y sonríe pensando en las de antaño: el descubrimiento de los clásicos de su país, el de Shakespeare o de Dante, el de Lucrecio o de Aristófanes. Eso le parecía entonces el fin del mundo. Y la época en que, pobre iletrado, no podía leer más que los modernos, no encontraba sabor más que en sus obras. Ahora esa literatura moderna, contemporánea de su infancia, y que le parecía tan vasta y más importante que el resto, no la ve más que como un episodio de la historia literaria de su país; de aquellos episodios, llega a examinar un par al año. En adelante sus viajes se extienden por un continente completo y reside en lugares que la mayor parte de los turistas desdeñan o de los cuales los guías no dicen nada. Viajes en el tiempo y en el espacio, pero que se pueden realizar permaneciendo sentado en una biblioteca, pues esos países se llaman Herodoto, Tácito, Rabelais, los místicos españoles, Marino y los marinistas, la lírica alemana contemporánea, la época de Isabel, Dada, los Parnasianos, las Preciosas, el Arcipreste de Hita, James Joyce, la reina de Navarra, Philippe Soupault… Allí todo es descubrimiento y placer de descubrir, incluso si uno regresa, si releemos. Sin embargo, él dirigirá y frenará su pasión, no abusará de sus pasaportes y los permisos para circular que ha obtenido: sabe que los libros no son nada sin la vida (los mismos libros se lo dicen) e impone límites, una disciplina a su apetito. Un día, después de haber vacilado mucho tiempo, renunciará a aprender una nueva lengua extranjera y se prohibirá un nuevo dominio literario. Es un sacrificio, una mortificación que Dios le tendrá en cuenta. Y no sólo goza las delicias del viaje y el descubrimiento: experimenta también las delicias de una ascensión, de un progreso en el conocimiento y 134


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de un incremento de su poder de apreciación. Ese drama, anunciado a bombo y platillo, representado con éxito en un teatro famoso y que ha encontrado admiradores entre el público y críticas favorables en los periódicos, él la lee con interés y curiosidad, como un deber escolar lleno de absurdos divertidos, disparates imprevistos y errores chuscos. Pero aquello que lo sorprende y lo divierte más son las pruebas de una cultura literaria insuficiente que encuentra en algunos eruditos, críticos, autores de manuales escolares… Así, él acaba de leer, en el reverso de su tarjeta de entrada a la de una de las más famosas bibliotecas de Europa, que está prohibido, entre otras cosas, “llevar obras de carácter frívolo”. Mira a su alrededor, sobre los anaqueles: Bocaccio, Bandello y Straparole están ahí, en los lugares de honor. ¿Al cabo de cuántos años una obra frívola deja de ser considerada como tal? O bien, ¿qué es una obra frívola? Sería interesante hacerle la pregunta a los directores de esta biblioteca, eruditos ilustrísimos. ¿Y sus antiguos maestros de letras? ¿Eran no-letrados o semi-letrados? Todos no, pero sí muchos de entre ellos. Simplemente ejercían esta profesión, que habían desposado por casualidad o por interés y a la que se habían habituado —matrimonios de razón— pero en ningún momento se habían sentido atraídos por la pasión imperiosa, y las Letras eran para ellos letras clausuradas. No sabían, y no hubiesen tolerado que uno les dijese que “la cultura es hija del placer, no del trabajo”. Nuestro letrado lo sabe, lo sabe por experiencia; es el secreto de la élite de la que forma parte, secreto que no es necesario guardar pues no es, para aquellos que no son parte de la élite, más que un enigma. Pobre élite del secreto incomprensible, élite sin autoridad temporal, insignificante por el número, dividida en pequeños grupos repartidos entre los ámbitos lingüísticos. Y sin embargo sigue existiendo, siglo tras siglo, y sus juicios siempre acaban por imponerse a la masa. Porque en realidad es una e indivisible a pesar de las fronteras, y porque la belleza literaria, pictórica y musical, y para ella es algo tan verdadero como la geometría euclidiana para el común de los espíritus. Una e indivisible porque, en cada país, tiene al mismo tiempo lo más nacional y lo más internacional: lo más nacional puesto que encarna la cultura que ha unido y formado la nación, y lo más internacional porque no puede encontrar a su pares, su nivel, su medio, más que entre las 135


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élites de otras naciones: los que se parecen se juntan. Por ello, la opinión de un alemán, suficientemente letrado para conocer el francés literario coincidirá probablemente, sobre un libro francés cualquiera, con la opinión de la élite francesa y no con los juicios de los franceses no-letrados. Uno de los pequeños romanceros del siglo , Nervèze, había entrevisto esto cuando decía hacia 1620: “Tengo por ellas [sus obras] un poco de celos por su honor para desear que su recorrido sea feliz y para que, en efecto, caigan en las manos de sabios y de modestos lectores más que de severos. Han pasado ya frente a los ojos de los dos, esperando la discreción de los primeros y la censura de los otros, en suma, probaron los humores y los juicios de su siglo, posiblemente mucho menos felizmente en su patria que en tierras extranjeras…” Vuelve a ello un poco más tarde, habla de las traducciones que han hecho de sus libros y exagera a placer la frialdad del recibimiento que han tenido en Francia (sabemos que, por el contrario, sus libros estuvieron en boga entre 1610 y 1630, aproximadamente), como si encontrara más halagador ser admirado en el extranjero que ser célebre en su país. Y es que, en efecto, sentía, sin explicárselo claramente, que la aprobación de las élites extranjeras le daba la razón a la minoría francesa que lo prefería sobre los autores favoritos de los no-letrados nacionales. E incluso ahora, ya no Nervèze, olvidado, sino Racine, pero no importa cuál gran clásico francés o inglés o italiano tiene al menos tantos lectores en el extranjero como en su país de origen. Grandes escritores, pequeñas capillas cosmopolitas. Hemos seguido a nuestro lector ideal hasta su entrada a la élite donde lo ha conducido el gran ardor de su pasión. Podemos ahora imaginarlo por su bienestar, más tranquilo, algo cansado. Más cuidadoso de su placer al haber encontrado un confortable equilibrio entre la vida y los libros. Lo que fue pasión se hizo vicio, pero vicio practicado con conocimiento y sabiamente cultivado, sin pérdida de tiempo, sin riesgos de escándalo u obligaciones. Saint-Beuve, fuera de su obra, fue así: “es como vivir: uno ve todo y lo contrario de todo”, y en otro lugar: “Hoy, 13 de septiembre de 1846, acabé la lectura de las Cartas de Rancé y traduje un idilio (el cuarto) de Teócrito. Incrementamos nuestros placeres.” El más grande de estos placeres, tal vez, es el de ver claramente y casi 136


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a primera vista lo que vale un libro. Placer de experto. Dos o tres páginas, a menudo, le son suficientes, como nos es suficiente escuchar hablar a un hombre o una mujer para saber a qué clase social él o ella pertenecen. Si lo juzga malo, lo rechaza sin vacilar. Y sin importar que venda miles de ejemplares y le dé al autor todas los beneficios que produce la celebridad. Pero dentro de diez años, su juicio será confirmado por una sentencia terrible: el olvido perpetuo. Placer de no ser engañado, de haber, hombre honesto, desbaratado las maniobras de los estafadores. Él ve los plagios, las vulgarizaciones de las grandes obras de acceso difícil, la falsificación. Él no se deja ni embaucar ni intimidar por las opiniones de los críticos. Él es el crítico silencioso de los críticos. Los clasifica, y encuentra a más de un semiletrado entre ellos. Sabe leer entre líneas sus artículos y sus estudios, productos fáciles de su cultura insuficiente, de su falta de gusto, de la mala fe, la camaradería, la envidia, la intriga. La intriga desplazada de la literatura tanto como la honestidad del amor. Al mismo tiempo, tiene el placer, incluso más grande que el de no ser engañado, de descubrir al genio en el momento en que se manifiesta, de ser de los primeros en adivinar el origen y el destino de ese libro oscuro, de padre desconocido, y que es en realidad el príncipe heredero de una línea elevada, de una gran tradición literaria. Desde ese momento deja de ser un gozador hastiado, la pasión que incuba se reinflama, y tiene muchos buenos días y noches de lectura. 137


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Y aquí una tentación, la última, aparece: escribir; hacerse crítico a su vez. Pero ¿para qué? ¿Denunciar los malos libros de éxito?, ¿para qué? ¿Turbar la fiesta local del público grueso y causarle penas a la gente honesta y trabajadora? No, sería prepararse recuerdos incómodos, casi de remordimientos, sin hablar del arrepentimiento de haber perdido el tiempo. Él no quisiera ser como Jules Lemaître vapuleando a Georges Ohnet, ni Léon Bloy empalando imperialmente, hacia 1885, a una veintena de nulidades cuyos célebres nombres hoy están absolutamente desacreditados, o tan completamente olvidados que sorprenden el oído del lector como los nombres de los rentistas confinados a la vida privada. Para qué decir públicamente que X y Y son malos escritores, si dentro de veinte años la crítica que los alaba hoy dirá lo que él dice ahora, a menos que hayan sido olvidados por completo El oficio de vapuleador repugna a su naturaleza indolente. No puede ver en ese oficio más que a un villano mediano, a un debutante, para llamar la atención sobre él o, para un crítico, hacerse temer. Oficio indecoroso que lo hace pensar en los luchadores de las barracas de feria, en las diversiones de los cargadores de bultos (antes llamados bellacos), en los peones. ¿Escribir para saludar la aparición de grandes obras o para iluminar los méritos de obras mal conocidas? Eso es más tentador. Pero la cualidad del letrado va acompañada de una gran dosis de discreción. Haría falta que la vanidad se mezcle con ella, como antes cuando quería haber leído todo, por curiosidad y para asombrar a sus camaradas. Vanidad con frecuencia útil, cuando está bien encauzada, vanidad calumniada. Pero supondremos que ha progresado en la sabiduría y que se ha liberado incluso de la vanidad. Estará satisfecho con ser un lector y de recomendar a sus mejores amigos, discretamente, los libros que ama, que pasan casi desapercibidos, y que serán célebres dentro de veinte años.

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Los glingrigianos: Génesis, Scott & Robert T. Patterson 1

Seremos breves, la relevancia del asunto así lo exige. Ya habrá tiempo para plantear hipótesis y debatir. Hoy nos limitaremos a presentar las pruebas de un asunto que nos ha ocupado por casi tres lustros: la existencia histórica de Brobdingnag y de los glingrigianos. Quienes nos siguen con frecuencia, imaginarán la dimensión de nuestra dicha.

Como muchos lectores recordarán, Lemuel Gulliver, en el relato de su viaje a Brobdingnag, el país de los gigantes, afirmaba que el rey de ese país quería conseguirle una mujer de sus mismas dimensiones para efectos reproductivos. Algo que Gulliver, por supuesto, no deseaba: El barco en que navegaba cuando quedé abandonado allí fue el único del que supe que hubiese avistado aquellas costas; y el rey había dado órdenes estrictas para que, si algún otro barco apareciese, lo sacasen a tierra y, con toda la tripulación y pasajeros, lo transportasen en un carro a Lorbrulgrud.2 Tenía grandes deseos de procurarme una mujer de mi mismo tamaño con quien pudiese propagar nuestra especie; pero creo que habría preferido morir antes que afrontar la Agradecemos a el permiso para traducir y reproducir este artículo en beneficio de toda la comunidad de habla hispana. (N. del T.) 2 Capital de Brobdingnag. 1

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desgracia de dejar una descendencia condenada a ser enjaulada como canarios domesticados, o quizá vendidos por todo el reino a personas de calidad, como objetos curiosos. Cierto que se me trataba con extrema amabilidad y que era el favorito de unos reyes poderosos, convirtiéndome en el deleite de toda la Corte, pero todo ello bajo condiciones que resultaban en el desdoro de mi dignidad humana.3

A la postre, Gulliver abandonó Brobdingnag y no tuvo que enfrentarse al dilema de fundar una especie de humanos miniatura. Irónicamente, el relato que hizo de sus viajes condujo a que europeos de diferentes nacionalidades zarparan, con amplísimos séquitos, en busca de los territorios por él descritos. Y uno de esos grupos, que logró llegar a Brobdingnag poco después de la partida de Gulliver, fue el que dio origen, para su infortunio, a los glingrigianos.4 Según Gulliver, Brobdingnag era una enorme península que sobresalía en el extremo noroeste del continente americano, a la altura de Alaska, y estaba completamente aislada por una cordillera de altas montañas con volca3

Benj. Motte, Londres, 1726, p. 171. Para restarle credibilidad al relato de estos viajes, los arquitectos de la desaparición de Brobdingnag negaron la existencia de Gulliver y lograron que, a la larga, su obra fuera atribuida a la pluma de un autor improbable, acaso un seudónimo colectivo: Jonathan Swift. 4 Glingrig: animal, persona o cosa de diminutas proporciones, según el idioma de Brobdingnag. 140


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nes en sus cimas. Como en muchas de sus descripciones, Gulliver exageró en el tamaño de este país y lo situó más al norte de lo que en realidad estaba. Hoy sabemos que Brobdingnag cubría parte de la costa del sur de Canadá y del norte de los Estados Unidos. Desde hace más de siglo y medio el registro histórico de Brobdingnag ha sido borrado de manera sistemática. El país fue literalmente cercenado del continente y sumergido en el fondo del mar. Centenares de científicos, universidades y centros de investigación han sido silenciados y sus hallazgos eliminados. Hasta hoy no se había podido probar la existencia de Brobdingnag ni de los glingriginos. Sólo habían sobrevivido leyendas que versaban, principalmente, sobre humanos miniatura que vivieron sometidos a gigantes, o bien sobre cómo estos últimos fueron eliminados en batallas épicas, cortados en trozos, enterrados y sumergidos en el Pacífico con todo y su pedazo de tierra. Nosotros, durante más de una década, nos tuvimos que conformar con registrar esas leyendas. Hasta que, hace dos años, uno de nuestros colaboradores recibió un aviso anónimo acerca de un extraño cofre, de aproximadamente cincuenta metros, enterrado al norte de California. Bajo el más estricto silencio, empezamos las labores de excavación. Después de casi siete meses de trabajo, logramos extraer el cofre y transportarlo camuflado hacia uno de nuestros centros de investigación. El cofre sólo contenía cuatro hojas de papel, antiguas pero bien conservadas, cada una de tres metros de largo por dos de ancho. Las hojas estaban escritas en el idioma de Brobdingnag; una de ellas contenía una relación de su alfabeto traducido al inglés y las otras narraban tres eventos ocurridos en Brobdingnag, todos en relación a los glingrigianos. Desde el principio nos desconcertó que sólo hubiera cuatro hojas en el cofre y que cada uno de los tres relatos estuviera narrado desde un punto de vista diferente. Lo más intrigante fue advertir que entre el primer y el tercer texto había más de cien años de diferencia, al menos si confiamos en su contenido. Por su relevancia, transcribiremos a continuación los relatos completos. Cada uno varía en extensión, pero los tres son breves. Ninguno venía fechado, sin embargo el orden cronológico de los eventos a los que se refieren es muy claro. En ese orden los presentaremos. Hemos querido respetar, también, el título y el espíritu fragmentario de cada texto. Evidentemente, 141


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nuestro conocimiento del idioma de Brobdingnag es aún precario. Es probable entonces que nuestra traducción al inglés produzca un efecto de homogeneización en los tres relatos, efecto que no parece estar contenido en los originales. Confiamos en la comprensión de nuestros lectores. Sin más preámbulo, los dejamos con “El umbral”, “El método” y “El presente”.

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Según lo que hemos aprendido con el alfabeto de Brobdingnag, el gentilicio para la especie de humanos miniatura debería ser glingrigs, y no glingrigianos como los conocíamos hasta ahora. Hemos optado por conservar el gentilicio de glingrigianos para evitar confusiones. Sin embargo, en el caso de los tres relatos respetaremos la forma original: glingrigs. 5

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Son muchas las preguntas que surgen con estos tres relatos, y que, por el momento, no tienen respuesta. Quizá la más obvia sea la siguiente: si los gigantes de Brobdingnag fueron exterminados, ¿qué pasó con los glingrigianos?, ¿se volvieron ciudadanos estadunidenses, canadienses o europeos?, ¿fueron sacrificados para que no revelaran nunca su origen? Pero hay una pregunta que sí podemos responder y que, a todas luces, es la más importante: ¿por qué se ha querido borrar, con tanto empeño, la existencia histórica de Brobdingnag y de los glingrigianos? Todo indica que es cierta la versión de que, antes de iniciar las batallas, se envenenaron las aguas de Brobdingnag, eliminando así a gran parte de la población de gigantes de ese país. Aun así, el triunfo sobre ellos no deja de ser titánico, espectacular. ¿Por qué entonces no hemos guardado 148


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memoria de ese triunfo? ¿Por qué no hay museos, películas, libros sobre las batallas? ¿Por qué ocultar la victoria más extraordinaria de nuestra especie? La respuesta está en los glingrigianos. Lo que se ha querido ocultar por más de siglo y medio no es la historia de Brobdingnag y de sus gigantes, sino de lo que allí pasó con nuestra especie. Los arquitectos de la desaparición de Brobdingnag se asumieron a sí mismos como guardianes de la grandeza humana, y prefirieron eliminar de un tajo cualquier asunto que tuviera que ver con Brobdingnag, incluyendo el triunfo sobre los gigantes, con tal de ocultar la vergüenza de los glingrigianos. Afortunadamente, hoy dimos el primer paso en el camino de regreso, el camino hacia la verdad histórica sobre Brobdingnag y los glingrigianos. Aún falta mucho, pero estamos seguros de que a raíz de este texto se detonarán nuevos hallazgos, cada vez más frecuentes y cada vez más importantes. Debemos estar alerta.6

Recibiremos con agrado cualquier información o consulta que deseen enviarnos a los correos electrónicos: drscott_patterson@gmail.com y bobglinted@gmail.com. Por razones de seguridad, estos correos estarán vigentes sólo durante dos semanas a partir de la publicación de este texto. En su momento, avisaremos de las nuevas vías a través de las cuales nos mantendremos en contacto. Esperamos su participación. Hoy más que nunca es necesario recordar aquella famosa frase del historiador y arqueólogo subacuático David Wallsbawn: “el pasado somos todos”. 6

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Sinsaber

No sé qué diablos sea la poesía pero las larvas del viento se alimentan de los sueños de los hombres camisas rojas se rinden ante la certeza del ansia los escritorios se vacían de notas amorosas y almuerzos a medio consumir las callejas se rompen en mil pasos pedazos de noche se agolpan en el pecho las putas no entienden de arrecifes nadie se salva de la inquietud No sé qué diablos sea la poesía pero palabras asaltan las pantallas y se confunden con el cabello de las mujeres los pájaros se agolpan en la planicie del insomnio y las nubes emprenden una galería de ausencias cada gota restaña a otra gota cada latido consuela a otro latido en la encendida cadencia del ámbar 150


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las paredes azules tiemblan desde la plataforma del olvido en cada cortina se esconden ojos asesinos lamentables testigos de la muerte nada los salva nada los condena sino su propia angustia No sé qué diablos sea la poesía pero los niños se enfrascan en juegos inocentes como desaparecer del mañana cuervos hambrientos los seducen en la tibia marea del desenfreno cada quien pierde lo que encuentra cada quien se atora en clavos ardientes cada quien se muestra desnudo ante la mirada absorta del abismo las luces de la alcoba se endurecen con cada madrugada de abandono muslos encendidos por el deseo de otros muslos las bombillas estallan en inciertos resplandores y llamadas perdidas en amaneceres de prostíbulo No sé qué diablos sea la poesía pero la canción sigue siendo la de siempre tras los ojos azules se esconden otros ojos alforjas plenas de alfileres esponjas marchistas de la propia estupidez 151


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mujeres con pechos de sal y miradas entristecidas por la ciudad abandonada gatos que buscan los restos del naufragio porque detrĂĄs de ellos no queda nada sino el hambre perpetua del aroma cabezas mutiladas espinas de un mismo artista nadie es condenado nadie se hace responsable sino la aurora que los acecha

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El hoy aún persiste: recordación de Miguel N. Lira

Consta en una carta fechada en Tlaxcala el 22 de noviembre de 1955, dirigida a Alberto María Carreño, secretario perpetuo de la Academia Mexicana de la Lengua correspondiente de la española y firmada por Miguel N. Lira, que el escritor, nacido en la ciudad de Tlaxcala en 1905, aceptaba con emotivo talante la designación de “Académico correspondiente en Tlaxcala”. “Es para mí un honor —decía Lira— que estimo como uno de los más grandes que he recibido en mi vida y que me estimula a seguir trabajando modestamente en la difusión de nuestra cultura literaria a la que he dedicado todos mis anhelos.”1 Lira había sido electo por unanimidad en una sesión presidida por el decano Manuel Romero de Terreros, en ausencia del director Alejandro Quijano, y con la presencia de los académicos de número —cito el texto del acta—: “Valle-Arizpe, García Naranjo, Jiménez Rueda, Monterde, Médiz-Bolio, José Vasconcelos, Castro Leal, Garibay K., González Guerrero, Gorostiza, el académico electo Gómez Robledo” y el secretario que suscribía, Alberto María Carreño. Al recibir esta noticia, Lira —“Miguel Ene” como le decían sus amigos, omitiendo el Nicolás— estaba en el cenit de su carrera. Poeta, novelista, dramaturgo, editor y animador de la cultura, escritor de cuentos, guiones y obras de teatro para adultos y niños, Miguel tenía tantos buenos amigos sembrados 1

Jeanine Gaucher-Morales y Alfredo O. Morales (comps.), , Universidad Autónoma de Tlaxcala, México, 1991, pp. 215-216. 153


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por el mundo que daban , para evocar el título del “Suceso en cuatro actos”, que recogió Antonio Magaña Esquivel en el tomo II de su .2 De ello dejan constancia las alrededor de diez mil cartas que su archivo ordena por fecha y orden alfabético o, más perdurable y emblemáticamente, el retrato que de él hiciera su amiga de juventud Frida Kahlo, y que fue iniciado en 1927 en el hospital, después de su accidente. Como él, la hija del fotógrafo alemán, descendiente de húngaros, apellidado Kahlo, pertenecía al grupo de los nueve “Cachuchas”, formado por Alejandro Gómez Arias, Manuel González Ramírez, José Gómez Robleda, Agustín Lira, Alfonso Villa, Jesús Ríos y Valles, a los que se añaden Octavio N. Bustamante y Ángel Salas. Ella era la única mujer, el “hada madrina” del grupo. Los Cachuchas —dice Manuel González Ramírez, amigo de Lira de toda la vida— éramos originarios de las provincias. La vorágine revolucionaria había arrojado hasta la ciudad capital a nuestras familias. Y como fue corriente en los estudiantes de la época fuimos estudiantes pobres (...) nuestra situación lindaba con la miseria. Las afinidades fueron las aglutinantes de la amistad y las diferencias en los caracteres sólo sirvieron para completar a nueve gentes, que acabaron por tener en común la tendencia anarquista de ir contra el poderoso y de sublevarse ante la injusticia. Ácratas y despreocupados, hallamos en el mundo de las letras y del espíritu el solo mundo posible. Literatos y oradores por inclinación, y afinados por el ejercicio, empezamos en aquellos días, para acabar en nuestros tiempos, a formar el único tesoro que hemos logrado, esto es, el tesoro de nuestras bibliotecas particulares.3

El retrato de Lira, un óleo al lienzo, es uno de los primeros cuadros que ella pintó a solicitud de su amigo tlaxcalteca, a quien llamaba afectuosamente “Chong-Lee” por su afición a la lectura de traducciones de poesía china. Independientemente de las claves obvias que se desprenden de ese cuadro, uno de los primeros pintados por ella, puede servir de guía para adentrarse en el mundo de Miguel N. Lira a través de su emblemática. El cuadro muestra al joven poeta de 21 años en el centro de un bosque Antonio Magaña Esquivel, , Fondo de Cultura Económica, México, 1956, pp. 512-560. 3 Jeanine Gaucher-Morales y Alfredo O. Morales (comps.), , p. 25. 2

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de símbolos. Una lira de oro en forma de herradura está suspendida sobre la cabeza del poeta, como un signo tutelar, y tras ella, en diagonal como tañendo al vuelo, se dibuja una campana, la llamada María Guadalupe del santuario de Ocotlán, que parece dejar caer las letras rojas de la pueril onomatopeya en un guiño estridentista. Si la representación de la lira recuerda que el nombre le valió al joven poeta Miguel chistes malos y palabras ingeniosas, la campana chorreando su onomatopeya hace recordar que en aquella época daba clases en la preparatoria Ramón López Velarde, quien fue, junto con Erasmo Castellanos Quinto, el descubridor de aquel joven que había hecho una parodia del “Nocturno a Rosario” y perpetrado otros graciosos plagios haciendo de la imitación destino, como quieren los clásicos. Años más tarde, en 1949, Lira ganaría los Juegos Florales de Saltillo con un “Corrido de Manuel Acuña”, escrito de buen humor para celebrar el centenario del poeta romántico mexicano que tanto le había impresionado en su juventud. Miguel N. Lira recuerda así aquel momento de 1921 en que descubrió su vocación de la mano del poeta: Era discípulo, en 1921, de Ramón López Velarde, que fue el primero que cantó a la provincia y la pintó con vivas pinceladas. No conocía en ese año su libro , que encierra la una y mil virtudes de las provincias felices; pero ya habían consultado mis ojos y mi corazón , libro que me enseñó inusitados adjetivos y que me hizo huir de la retórica absurda, de la consonante y del lugar común. Por entonces tam155


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bién mis ansias se habían juntado con el libro de Enrique Fernández Ledesma, , que me enseñara la ternura trémula y la delicadeza aristócrata de sus versos recordatorios de infancia. Pero una noche en el corredor de San Ildefonso, donde se quedaron prendidas mis mejores esperanzas y mis más caros anhelos, conocí la suavidad que anima a los míos. Juntos los tres hicieron de mí un poeta a su manera. Soy el primero en reconocerlo, porque comprendo que su aliento me dio fuerzas y me hizo pensar en que yo también tenía una provincia olvidada y unos recuerdos inefables. Así nació , mi primer libro y mis primeros trece poemas.4

La campana inclinada tras la lira de oro de siete cuerdas no sólo remite a la amistad y cercanía de Lira con su maestro de juventud, Ramón López Velarde, sino a la filiación discipular y afectuosa que tuvo con otros dos poetas regionalistas, como fueron Enrique Fernández Ledesma y Francisco González León, quien sería su primer lector y padrino poético, pues firmaría el “Introito” a , primer libro de Miguel, compuesto por trece poemas dedicados, entre otros, a Francisco Monterde, Francisco Orozco Muñoz, Xavier Villaurrutia, Francisco González León y Alejandro Gómez Arias. El libro sería acogido con simpatía y benevolente crítica por Francisco Monterde, Héctor Pérez Martínez y el polígrafo hondureño Rafael Heliodoro Valle —cuyo archivo, por cierto, se encuentra en esta misma biblioteca y quien fue también, por cierto, el primero que escribió algo sobre de nuestro querido Andrés Henestrosa. En ese libro primerizo, , hay una presencia explícita e implícita, enunciada y entrañada del autor : de

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En el cuadro, más que surrealista, vanguardista a lo Gómez de la Ser4 5

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, pp. 26-27 Raúl Arreola Cortés,

, Jus, México, 1977, p. 24.


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na con su estética de bazar, y estridentista en su taquigrafía de la sinestesia, aparece en el ángulo inferior izquierdo, en el regazo del andrógino arcángel Miguel (¿o será Rebeca, su novia de toda la vida?), abierto de par en par, un libro entre argentino y gris-plata que ostenta inscritas en color rojo las letras T-U, y abajo, en el extremo, una guayaba boqui-abierta, motivo y título de su segundo libro , cuyo colofón reza que la obra se produjo en la imprenta del gobierno del estado de Tlaxcala “en enero de 1927, dos meses después de que la ciudad se llenó del olor de guayabas”. Esta canasta de versos sencillos, titulada con el nombre antillano, arahuaco de una mirtácea oriunda del Caribe y de América Central, trae un coro nutrido de amenas salutaciones —“guayabazos” amistosos— que comprenden desde unos versos de Genaro Estrada hasta un corrido cantarín de Salvador Novo, pasando por una “Guayaba” de Alejandro Gómez Arias. Tres caminos se cruzan en el espacio del libro, que son otras tantas características de la obra de nuestro aquí recordado autor: la inclinación alerta y sensible hacia los elementos —sonidos, colores, sabores y cadencias— de la provincia y del ámbito regional; la propensión a cierto “criollismo urbano”, civil o ciudadano del cual surgirán más adelante obras como su exitoso ocasionado y lanzado por la actriz Berta Singerman en 1933. Sorprendentemente, esta orientación enlaza directamente a Lira con los poetas argentinos un poco anteriores, como el Jorge Luis Borges de “Fundación mítica de Buenos Aires”, y poetas como Ricardo Guiraldes, Oliverio Girondo y Leopoldo Marechal, congregados en torno a las revistas argentinas de vanguardia como y . La elección del corrido como forma literaria idónea para expresar la experiencia dolorosa y trágica de la Revolución que Lira vivió entre 1913 y 1916 (“Alaridos sonidos al viento en la noche inmedible y espanto en los ojos por la presencia de los hombres fieros (...), casas muertas, llenas de lágrimas y angustia…”) y su conocimiento y trato personal con algunos de los protagonistas de la Revolución Mexicana son motivos, caracteres y cifras que palpitan en poemas como “Revolución” tanto como en el ciclo subse: cuente del célebre

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En el retrato de su amiga, “La Cachucha” Frida, la muchacha traviesa que ponía cera en las lozas del patio de la Escuela Nacional Preparatoria para ver si algún maestro resbalaba, la Revolución puede estar representada por varios elementos: en primer lugar por , que va sobrepuesto a la aureola del Arcángel Miguel —que por cierto hace juego con la lira que lo corona—, , representada por una calavera de esmeraldas órbitas oculares, y la letra R y el número 19, audazmente plasmados en rojo, que, si bien cifran el nombre de su novia Rebeca y el número que la letra R ocupa en el alfabeto, también podrían aludir en siglas a la Revolución y los dos primeros números del siglo en que se dieron en el mundo al menos tres movimientos revolucionarios, el mexicano, el chino y el ruso. A través de estos poemas, corridos o romances de armas y bandidos y asunto guerrero guerrillero, Lira entronca con el gran tema de la cultura de la Revolución Mexicana que, en su segunda etapa, entre 1920 y 1940, en las letras y en la pintura, en el cine y en el teatro “mezcla lo rural y lo urbano, lo tradicional y lo obligatoriamente moderno, lo nostálgico y lo visionario, las tradiciones de los pueblos y las aportaciones de los ejércitos”, según define Carlos Monsiváis —vecino por cierto de la Colonia Portales, como el propio Lira— en el ensayo publicado póstumamente: “La revolufia al borde del Centenario”.7 Esta materia legendaria alimentará en adelante y con creciente intensidad las letras en verso y en prosa de Miguel N. Lira, y lo inscribirá, en el verso, entre autores como Manuel Maples Arce, Carlos Gutiérrez Cruz —el poeta proletario saludado por Pedro Henríquez Ureña—, para no hablar de las ya mencionadas instancias argentinas, y en prosa, años más tarde, cuando se dé a la fragua novelística, al lado de Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, ., p. 30. Carlos Monsiváis, “La revolufia al borde del Centenario”, en Olivia C. Díaz Pérez, Florian Grafe, Friedrich Smith-Welle (eds), , Biblioteca Iberoamericana, Velvuert-Bonilla Artigas, Daad Catedra Humboldt, Madrid-México, 2010, pp. 8-31. 6 7

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Mauricio Magdaleno y Agustín Yáñez. En las cinco estrofas del corrido que le dedica a Lira, Salvador Novo sopesa con gracia sus ascendientes y genealogía literaria:

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varios poemas como “La feria”, que están escritos a Aloja base de diálogos que apuntan ya hacia el teatro, género que, como sabemos, más tarde practicaría Lira, y que está representado premonitoriamente, en el retrato compuesto por Frida, por los cortinajes que, en el ángulo superior izquierdo, se abren como aterciopeladas y suntuosas alas de una mariposa givanguardista se gante que sugieren que el personaje de esta suerte de encuentra, junto con sus juguetes emblemáticos, dentro o cerca de un teatro o de un escenario. Vuelvo a los juguetes: si el caballo blanco puede remitir al corrido del mismo nombre o al cuento para niños que el propio Lira escribió con ese título para la Secretaría de Educación Pública, la muñeca de trapo remite a la fascinación del poeta por representada por la figura feme8

., pp. 28-29. 159


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nina en la persona de su novia Rebeca, pero también a la inclinación hacia el mundo femenino y a la infancia. Años más tarde, luego de exitosas experiencias teatrales, como la de la obra o el mismo Miguel estrenará la obra de teatro infantil (cuya edición ilustran bellamente los dibujos de Angelina Belloff que representan a los personajes que son juguetes mexicanos) donde, en el tercer acto, se inserta la conocida y entrañable “Canción para dormir a Pastillita”:

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La publicación del tercer libro de Miguel N. Lira en 1932, en la editorial Alcancía, inscribirá al poeta ya no sólo en el paisaje de la lírica o en el mural de la cultura de la Revolución Mexicana. Más allá, lo va a inscribir en el péndulo que deletrea en verso y en prosa el genio del lugar, el daimón devorador de la geografía, que pauta la dialéctica entre cultura urbana y cultura regional, escritura y primitivismo, con que las guardias festivas de las artes, el alborotado movimiento de las letras y las formas de principios de siglo , declinaron los verbos de la creación vanguardista, voz por cierto de origen bélico. Siete corridos componen el : campean el del guerrillero manco que da nombre al libro, el aplaudido y rápidamente memorizado de Máximo Tépal, y los dedicados a Adelita, Cirilo Urbina, Pancho Villa, Emiliano Zapata y al prodigioso Catarino Maravillas. El éxito de este libro fue inmediato, y su publicación disparó una inusitada ráfaga polémica en torno a la métrica en que estaba acomodada la materia legendaria. Alguien, Héctor Pérez Martínez, sugería que en vez de corrido el poema que da nombre al libro debía titularse romance. Ermilo Abreu Gómez y Gabriel Méndez Plancarte participaron en esta saludable polémica en torno a las pautas rítmicas de la versificación y al verdadero metro y forma del poema en cuestión. La segunda edición del libro fue llevada a la estampa en 1934, por el propio autor, en una prensa de mano que había sido desechada de los Portales de Santo Domingo y que fue a instalar en su casa de la colonia Portales bautizando a la modesta máquina con el pintoresco nombre de “La Caprichosa”, voz, hay que admitirlo, más apropiada para una ruleta que para una prensa elegante y nada erratabunda. Nacía así la benemérita editorial Fábula con la cual el poeta se labraría un nombre como impresor y tipógrafo, y se haría no sólo digno nieto de su prócer abuelo Lira Ortega, también hombre de imprentas, sino que se daría la mano con el linaje universal de los poetas tipógrafos. A partir de las preciosas ediciones de Fábula, el de Lira pasaría a ser apellido de una marca editorial cuyo sello de agua portaría el nombre clásico de Fábula, emparentándolo así con William Blake, Luis G. Inclán, Andrés Quintana Roo, el joven 9

., pp. 130-131. 161


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Germán Arciniegas, Allen Tate, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados y Tomás Segovia. La figura de la torre inclinada de metal o de la punta de trompo metálico invertido que aparece en el costado derecho del retrato de Frida bien podría aludir a un resorte o a un tórculo de las prensas de aquella máquina de la editorial Fábula donde se dieron a la estampa ediciones realizadas con medieval escrúpulo, y tacto artesanal, elocuente de una asiática paciencia, como corresponde a un lector de poesía china el que fue en su juventud Chon-Lee, el alias de Lira para Kahlo. Los huéspedes de esa virtuosa casa de las letras fueron autores como Xavier Villaurrutia, Alfonso Reyes, Rafael Alberti, Octavio Paz, Efraín Huerta, Renato Leduc, cuyo se lanzó ahí en forma anónima para alcanzar éxito inmediato, Arturo Torres-Rioseco, entre muchos otros de un catálogo tan apetitoso como generoso, que apenas si es como la uña del león que se desperezaba en las animadas fiestas arbitradas por “La Caprichosa”. Desde esa , donde a la macasa también se expedía el notable correo literario nera de el blog de papel creado por Alfonso Reyes —para citar la voz de José Emilio Pacheco—, Miguel N. Lira fue difundiendo, a lo largo de los años, las diversas estaciones, torneos y contribuciones que acendraba la festiva cultura literaria mexicana en aquellos años dorados en que ella misma era posible, al margen de mecenazgos forenses y subsidios públicos. Amalgamando oralidad y escritura, suena así el Recordemos que el padre de Lira conoció en persona a este guerrillero manco y genial en el campo de batalla, quien, junto con Emiliano Zapata, sería uno de los más populares jefes agraristas: 162


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Y el

funde igual lo oído y lo escrito:

Entrevera y traslapa Lira no solamente el habla vernácula mexicana con el modelo escrito, sino que —según apunta su biógrafo y crítico Raúl Arreola Cortés—,10 amasa la harina del romancero tradicional español para fundirla como levadura en la materia rústica del corrido y lograr así momentos diamantinos:

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O bien estos otros, donde resuenan las voces del “Romance del caballero que busca esposa”:

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., p. 43. ., p. 44.

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En estos y en otros versos de Lira sienta sus reales, soberano, el diálogo entre tradición y talento individual, evocado por T. S. Eliot. Con todo este bagaje lírico, narrativo, dramático y editorial, en 1936 Miguel N. Lira fue designado jefe de la Imprenta Universitaria y director de la . Lanzaría desde ahí la colección de Biografías Populares y planearía una serie de pensamiento americano que no llegaría a publicarse. Si del no llegó a desprenderse, como quería Andrés Henestrosa, un poema nacional al estilo del de José Hernández, se desgajaría, en cambio, la materia legendaria, histórica y dramática de la novela . Ya desde la crítica —sobre todo de su amigo Xavier Villaurrutia— a la obra de teatro en 1942, Lira había rumiado que el sendero del teatro colindaba con el de la narración de ínnovela. De ahí la publicación de dole indigenista no exenta del ulular de los nahuales, y el mismo año de 1947 la edición de Premio Lanz Duret, donde novela el renombracon invisible mano maestra. El texto sería do llevado al cine exitosamente por Roberto Gavaldón, con la actuación estelar de María Félix y Pedro Armendáriz, fotografia de Gabriel Figueroa, música de Raúl Lavista, concurso de Matías Goeritz y guión de José Revueltas. A los ojos siete veces calificados de Emilio García Riera, con se inaugura el sub-género del melodrama revolucionario protagonizado por esa “mujer fuerte” —avatar mexicano de la venezolana que, por lo demás, la Félix protagonizará— que luego se prolongará con otras cintas como , , . Otras dos cintas (1942), adaptación del inspiradas en la obra de Lira son poema dramático y la de la novela , titulada . Estas obras no tuvieron tanto éxito de taquilla como , cuyo rodaje se inició a principios de noviembre de 1955, apenas unos días antes de que Miguel N. Lira fuese designado miembro correspondiente en Tlaxcala de la Academia Mexicana de la Lengua. Entre esa fecha y la de su fallecimiento, acaecido el 26 de febrero de 1961, cuyo quincuagésimo aniversario recordamos en este acto, se publicó la novela (1956), en la colección Letras Mexicanas del , con prólogo y epílogo de Manuel González Ramírez. Epistolar y policiaca, en ella se novelan dos temas, 164


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por lo demás lamentablemente actuales: la libertad y soledad de la mujer que se ve marginada de la trama convencional de la sociedad y —qué sorpresa— el mundo de las drogas, en particular de la heroína, de los desesperados adictos y de sus torvos proveedores en aquel México todavía bailado por los personajes de de Carlos Fuentes. Tal vez esa maciza estructura metálica que se yergue junto a la calavera de ojos color esmeralda, en el retrato de Lira por Kahlo, podría aludir a ese ámbito tortuoso que registra con mano maestra el novelista, dramaturgo, poeta y tipógrafo. Miguel N. Lira legó un caudaloso archivo compuesto por más de diez mil cartas. Una selección de 282 de ellas, más un apéndice crítico de Agustín Yáñez, exdirector de la Academia Mexicana de la Lengua, fue publicada en 1991.13 En el curso de esas páginas se puede pulsar como el vivo rumor hospitalario de la tradición nacional y reconstruir el curso cordial y amistoso de una vida entregada a la letra en todas sus dimensiones: la lírica, como en , o en el , la dramática como en , o , la narrativa y la prosa legendaria como en , o , ambientada en la época maderista. Esta producción culmina con dos textos significativos: , que son como la estrella de cinco puntas que flota y se despide al fondo del retrato. Las obras mencionadas de Miguel N. Lira, tanto como aquellas cuyo título se ha omitido aquí, son como un espejo de la cultura de la Revolución Mexicana que en esta ocasión solemne he querido saludar para evocar, así, su grata memoria en esta hora en que parece declinar el sentido de la patria grande en la patria chica de la que él fue tan buen y honrado custodio.

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Jeanine Gaucher-Morales y Alfredo O. Morales,

, pp. 329-331. 165


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El taller

Asistí a un taller literario durante un año, pero tuve que dejarlo cuando me mudé de ciudad. El taller era en París y yo regresaba a vivir a Puebla. Cuando me vi en la forzosa necesidad de pedir o rogar a mis amigos un momento de su tiempo para que leyeran mis escritos, extrañé las tardes en las que un público atento me corregía por igual las comas y el registro narrativo. Por nostalgia, decidí empezar un taller yo mismo. Por motivos altruistas, lo empecé en la cárcel de San Pedro Cholula. A pesar de que no iba a cobrar un solo peso, me tomó casi medio año del Estado. De heobtener la aceptación de la Oficina Central de cho, si no me hago amigo de la secretaria, estaría todavía insistiendo. Por fin, papelito en mano, me presenté en la cárcel de San Pedro Cholula donde me recibió un cónclave formado por la secretaria, la maestra Sarita y el director del penal. El director, que sonreía todo el tiempo —muy probablemente de mí—, preguntó qué era eso de un taller de creación literaria. Antes de que terminara de explicarle, recitó el primer verso de “Hombres necios”, me dio la mano y ordenó que tratara todos los detalles técnicos con la maestra Sarita. Sentados en su despacho, un escritorio pelón de metal, sin una pluma, papel o folder que le diera vida, escuché el primer y único consejo de la maestra. “Tome asistencia.” Me incomodó un poco. Si mis alumnos preferían una celda a hablar de literatura, allá ellos, no iba yo a perseguirlos. Como no recibía sueldo, tampoco podían obligarme. “Lo pensaré”, le dije. 166


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Transcurrió una semana en la que preparé el plan de estudios. Incluí lecturas de los clásicos mexicanos, Rulfo, Revueltas y Arreola; uno que otro extranjero, Tabucchi y Chejov; y un campo vacío a llenar por los estudiantes. El día de inicio llegué diez minutos antes. Mientras cruzaba las cinco puertas, dos de metal y tres de barrotes, firmaba y me dejaba inspeccionar meticulosamente, recordé mis días de lectura en el taller de París. Respiré profundo, jalando por la garganta. Para esa primera sesión, tenía planeada una lectura introductoria de las , a la cual seguiría una reflexión espontánea del valor escapista de la literatura, luego una opinión personal de lo que cada uno buscaba en el taller, y al final, con broche de oro: “Me llamo Alejandro, y será un gran placer compartir con ustedes esta experiencia.” Rechinó la última reja. Me encontré de cara a cara con un patio atiborrado de presos, abrazados a las rejas y echados en el suelo. Un alumno me llevó hasta la biblioteca, donde la maestra Sarita me presentó con mis alumnos. Eran quince. Les di mi nombre. Olvidé preguntar el suyo. Entré de lleno a repetir las fórmulas que había escuchado en mi taller. Buscar una voz original. Escribir, reescribir, tirar. Personajes entrañables. Una historia tensa como una cuerda. “Sobre todo, no intenten hablar correctamente, hablen como hablaría su personaje.” Al ver que uno de mis alumnos miraba mi libro, decidí terminar leyéndoles un párrafo. Cuando acabé, el mismo alumno se acercó a pedirme el libro prestado. Se lo di y jamás lo volví a ver. Así perdí cuatro. En menos de un mes me quedaban solamente dos alumnos, Dante y Julio. El resto se había esfumado. “Le dije que tomara lista.” “Qué se le va hacer.” “¿Y ahora?” “Los que siguen le están echando ganas, maestra.” Dado que sólo éramos tres, le pregunté a la maestra si podía mudar mi clase de la biblioteca a la zona verde, un cuadrado de tres metros de césped ubicado entre la puerta del Interior y la segunda puerta después de la super167


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visión general. Había ahí más silencio, teníamos algo verde donde descansar la mirada, y para ellos sería una escapatoria de la rutina. “¿Les va a tomar lista?” “Claro.” La siguiente semana recibí a mis dos alumnos en la zona verde. Dante y Julio asistían sin falta y leían vorazmente. Semanas después de una lectura, rememoraban pasajes o conclusiones a las que habíamos llegado con la complicidad de quien las entendió y disfrutó. También empezaron a repetir lo del cuento como un y la novela como decisión unánime, o lo del cuento como un limón y la novela como una limonada. A Julio le gustó y . Este último fue el que le dio más orgullo terminar, pero el de Revueltas fue el que más le afectó. Dante se interesó en los cuentos, sobre todo en los de Poe. Julio era abuelo, ayudaba a su familia haciendo lámparas en el taller de carpintería. Había vivido en Cuba, becado por un programa en el que le habían obligado a leer a Marx. El verdadero socialismo nacerá de las cenizas del capitalismo, decía Julio, que había dicho Marx. Dante debía ser menor que yo, 25 o 27 años. Supe por Julio que Dante pasaba la mayor parte del día en la capilla, para escapar de los “franceses”, en jerga carcelaria: lo putos. Dante salía de la capilla a las cinco de la tarde, hora de pasar filas y entrar a las celdas. Una vez adentro, era la ley del dinero y el más fuerte. Julio durmió durante un mes en el suelo bajo un catre, me enteré porque durante ese mes leyó poco y no escribió nada. Dante corría, por lo general, con peor suerte. Nunca les pregunté a mis dos alumnos el motivo de su encarcelamiento. No quería crear complicidades y sentirme después culpable, no quería convertir la clase en una charla entre amigos. La verdad es que tampoco podía ayudarles, no tenía dinero ni conectes ni tiempo. Tenía libros, me gusta leer y me gusta escribir, eso era todo. Nunca les pregunté, pero uno se va enterando. A los cuatro meses, Julio trajo su tercer cuento y el primero que valió, en realidad, la pena. El cuento hablaba de un albañil que recibía el pago de su quincena. Tenía planeado ir a casa con su familia, pero un amigo insistió en que se tomaran una cerveza juntos. Después de seis horas, bares y un burdel, regresaron a sus 168


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casas en un taxi. El amigo se bajó primero, no pagó y dejó al albañil dormido en la parte trasera del coche. A unos metros de haber emprendido de nuevo el trayecto, el taxista se detuvo, le mentó la madre y lo bajó del taxi con un bat. El albañil caminó unos minutos antes de ser arrestado por una patrulla. Lo torturaron dos días hasta que confesó el intento de robo. En algún momento lo carearon con el taxista. El albañil le mostró su familia espantada, parados en una esquina del Ministerio, pero el taxista no desistió, según él no le habían pagado el viaje. Por eso, cinco años. El juicio duró otro año, así que, en realidad, fueron seis. Las reglas del taller eran dos: el que leía no podía hablar después de terminado el cuento, y los comentarios del grupo debían ser constructivos y respetuosos. Dante empezó la sesión. Dijo que le gustaba mucho el cuento, pero que algunos pasajes, sobre todo cuando hablaba el albañil, le parecían falsos. “Un albañil habla con más groserías, ¿no?” Estuve de acuerdo y añadí que sería interesante darle nombre a los bares, al burdel y a la empresa donde trabaja el albañil; de hecho, darle un nombre al albañil mismo. Agregué otra cosa sobre la motivación del narrador o el tiempo narrativo, y después cometí un error. Le festejé el cuento a Julio. Alabé su don natural para elaborar una trama, su oralidad reflejada, sobre todo en la lectura. A la semana siguiente leyó Dante. Dante se había contagiado del ambiente de éxito de su compañero, pero cuando llegó la fecha pensé que no iba a poder ni hablar. Era un día soleado, pero él llevaba suéter y pantalones largos, sudaba a mares aunque no se quitaba la ropa. Recordé entonces lo que me había contado Julio sobre los franceses: ¿lo habrían depilado?, ¿lo golpearon, lo violaron?, ¿las tres cosas? Leyó en un susurro. Por lo poco que pudimos sacar en claro, el cuento trataba de un joven en la prisión de Puebla, acusado de secuestro y asesinato. Todo empezó con el cadáver de una bella joven de clase rica, encontrado a un costado de la carretera a Momoxpan. Había pruebas de violación y una bala en el cráneo. Se atrapó a un sospechoso, pero éste, de manera que no quedó clara en el cuento, hizo una elaborada artimaña para que un joven llamado D. fuera apresado en su lugar. D. era inocente, pero aún así apa169


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recieron sus huellas digitales en la pistola del crimen y en el asiento trasero del coche. Irrumpió la policía en su casa, lo llevaron al Ministerio y lo torturaron por varios días. D. confesó el crimen inculpando también a su novia, que había sido, al parecer, cómplice. La novia no tenía nombre, ni inicial, era simplemente la novia. Los condenaron a cincuenta años. Ya en la cárcel, sus abogados defensores se dieron cuenta de que no había habido una orden de aprensión en su contra, y quisieron reabrir el litigio con esta argucia. Se enteraron de ello en el penal y, una noche, llamaron a D. y a su novia a la sección de Ingreso, les dieron la ropa con la que habían entrado, les abrieron una por una las cinco puertas del Interior, les dijeron que eran libres. Después de caminar una calle, al doblar una esquina, la policía les cortó el paso, les mostraron una orden de aprensión y los regresaron a sus celdas. Fin de la historia. Julio opinó el primero. Dijo que le parecía raro lo de las huellas digitales. “¿Cuáles huellas?” “Las del asesino. ¿Cómo aparecieron ahí? ¿Quién las plantó?... Además, ¿por qué acusó a la novia? Eso no se entiende.” Dante se encogió en su banca. “Si la novia es culpable, tiene que haber algo ahí que lo diga, ¿no? Si no, ¿por qué la acusó?” “Hay inconsistencias en la narración”, interrumpí. “Lo importante aquí es ver hasta qué punto son intencionales o errores en la trama.” No ayudó mi comentario. El rostro se le bañó de sudor y después empezó a temblar: Dante pasaba del calor al frío en lo que yo terminaba de decir una frase. Nuestro cuadrado de césped bajo un ciprés, que yo había querido convertir en la imagen idílica de la literatura, se convirtió en un infierno. Me di una pausa, simulando una relectura del cuento, y entonces escuché que Dante decía: “No soy bueno en esto, como Julio.” Recordé mis alabanzas de la semana anterior, y buscando una salida decorosa, cavé mi tumba: “Hay que escribir los cuentos por docena. Un buen cuento vale lo de cinco o diez malos.” Dante no volvió. Y, a la semana siguiente, me mandaron a llamar con 170


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la maestra. Preguntó si había un problema con mi curso. Me pidió que le explicara más a detalle qué era eso de la creación literaria; si se parecía a “Español”, ya había un maestro que daba esa materia, y asistían a su clase por lo regular de diez a veinte alumnos. Le quise explicar, pero como la primera vez con el director, llevaba dos frases cuando me interrumpió preguntando si había tomado lista. Cuando le dije que sí, que todo iba bien, que no había ningún problema, quiso saber si pensaba seguir con el taller aunque hubiera un solo alumno. Evité entrar en detalles y le respondí de nueva cuenta que sí. “Pero ya no va a poder salir a la zona verde, maestro. Va a tener que regresar a la biblioteca.” “¿Y eso?” “Los oficiales no quieren hacer tanto barrullo por un solo interno.” Lo único que tenían que hacer los oficiales era abrir la puerta del Interior y abrir después la reja que rodeaba el cuadrado de césped. Pero digamos que mi capital persuasivo no estaba en su punto más alto. Acepté, y a la siguiente semana nos asignaron una esquina de la biblioteca. Mi taller coincidió con la abarrotada clase de alfabetización. Apenas y logramos escuchar lo que leíamos entre las letras pronunciadas a coro de los vecinos. Julio empezó a hablar de Marx porque creía que así no iba a aburrirme, y yo le repetí por repetir lo de la voz sincera en los personajes y las motivaciones del narrador. Cuando me vio más distraído, me dijo que iba a recuperar los libros que yo había prestado durante las primeras clases. “Tú no más da la orden y voy por ellos.” “Está bien, Julio, que le saquen provecho. Yo ya los leí.” “Pinches ratas.” A las dos semanas de estar leyendo el mismo cuento, Julio me acompañó a la puerta de salida con la cabeza baja, en silencio. “No tuve abogado, el que me asignaron nunca habló conmigo, no sé ni quién es…”, me dijo antes de que partiera. “Ánimo, hombre.” “Es una pinche injusticia. Aquí estamos sólo los pobres. Los ricos, los que pueden pagarse un buen abogado, ésos no están acá.” Julio me preguntó si, de pura casualidad, no sabría yo de un abogado que pudiera ayudarlo. Le dije que buscaría a alguien. 171


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Fui al departamento de Derecho de la universidad en la que trabajaba. Me respondieron que sólo veían asuntos de lo civil, si quería ayuda en lo criminal había que buscar en otros organismos. Apunté los nombres. Los dos jueves siguientes me quedé en casa, no llamé a la cárcel para anunciar mi falta, pero sí hablé a un organismo de abogados en lo penal. Les dije que buscaba asesoría gratuita y me dijeron que ahí no podían ayudarme, que hablara a otro número. Cuando regresé a la cárcel, después de casi un mes, los policías simularon no reconocerme, o de plano no lo hicieron. Tuve que esperar veinte minutos en la calle para que bajara la maestra Sarita y me abriera las puertas. En el mismo escritorio pelón del primer día, me agradeció el trabajo voluntario, deseándome mejor suerte para el futuro. “¿Podría ver a Julio?”, le pregunté. “Quizás en los días de visita, maestro.” Para ello debía llenar formularios y esperar la aceptación del director. Mi solicitud para impartir un taller gratuito de literatura tomó medio año, no albergaba grandes esperanzas en este caso. Me despedí de la maestra Sarita sabiendo que ya no volvería a ver a Julio. Lo único que guardo de él es una lámpara. Al término de una clase me preguntó mi color y mi caricatura favorita. La siguiente semana me dio una lámpara roja, poliédrica, con la Pantera Rosa en cada una de sus ocho caras. Como es una lámpara bastante llamativa, mucha gente me pregunta dónde la conseguí, y yo les cuento la historia. Por lo general causa muchas risas, de sorpresa, de condescendencia, pero sobre todo de ternura.

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La vigilia de la aldea

Diálogo en la fábrica

Pablo Raphael,

, Anagrama, Barcelona, 2011, 302 p.

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Conozco dos que hubieran podido servirle mucho: Fernando Escalante Gonzalbo, 1

, El Colegio de México, 2007, y Luis Cárcamo Huechante, , Beatriz Viterbo Editora, 2007. 175


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Estalactitas hipotérmicas

Daniel Carpinteyro, , Versodestierro/Profética/Diablaco, México, 2011, 78 p.

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El heroísmo de la sensación

Fernando Carrera, , prólogo de Ángel Ortuño, Instituto Cultural de Aguascalientes, Aguascalientes, 2011, 86 p.

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Los peligros de ofrecer la otra mejilla

Armando González Torres, Libros Magenta, 2011, 72 p.

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Un extraño luto vitalista

Antonio Ramos Revillas, , Almadía, México, 184 p.

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