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Revista c Anayita

NĂšMERO 3


Revista c Anayita

PUBLICADO POR Revista ©Anayita

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CONSEJO EDITORIAL

Amaia Viñegra Antonio José Rodríguez

Isabel Mª Lafuente

Jaime Martínez

Paula Barba

Rosa Celiberti

MAQUETACIÓN

Editorial Bienvenidos todos al tercer número de la revista en formato digital. Coincidiendo con estas fechas tan señaladas para todos nosotros, lanzamos otro número más de este pequeño sueño que poco a poco (y con el trabajo de unos cuantos) va saliendo adelante. Nada se puede conseguir solamente con ilusión, se necesita esfuerzo y perseverancia para poder conseguir llegar a las metas que nos marcamos. Así sucede en ©Anayita y en todas partes. Si hemos llegado hasta aquí ha sido gracias al trabajo duro, con momentos buenos y no tan buenos. De modo que, de alguna manera, tal vez este grupo de chavales con una idea pueda serviros de apoyo o inspiración para que no desistáis de vuestras metas. Si nosotros pudimos ¿por qué no vosotros? Por eso mismo queremos animaros en esta época tan

Paula Barba

difícil donde todo el trabajo y el esfuerzo tienen que dar ese “sprint final” antes de llegar a la meta. Esperamos que estas páginas os puedan servir para un pequeño momento de “relax” entre apuntes y apuntes. ¡Mucho éxito con los exámenes!

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Índice:

* El lago Exánime (Miguel Ferreiro Valencia)....................... 3

* Perdone… ¿tiene por ahí una sonrisa? (Rosa Celiberti)..... 6 * Verso roto (Aroa Algaba Granero)......................................... 6

* (Claudia Garzia)......................................................................... 7

* Si no corriera el tiempo (Álex Bayona).................................. 7 * Soneto II (José Ramón Múñiz Álvarez)................................ 9 * Soneto III (José Ramón Múñiz Álvarez).............................. 10 *Soneto IV (José Ramón Múñiz Álvarez)............................... 11

* Ya era tarde (Álex Bayona)....................................................... 12

* La decadencia del lenguaje (J.M. Porro)................................ 13

Espacio Divulgativo: Serie Divulgativa Épica:

* El camino del Cid (Antonio J.R.L.).......................................... 16

Relato Corto

Microrrelato

Poesía

Ensayo:

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El lago Exánime

Miguel Ferreiro Valencia

Hace ya más de doscientos años, al otro lado del océano Atlántico, en las Indias, existió una gran zona habitada por una tribu indígena cuyos integrantes se denominaban araucanos, —al menos según los colonizadores españoles—. No obstante, ellos se hacían llamar a sí mismos mapuches, que en su lengua significa “gente de la tierra”. Pues bien, en una zona al sur de las Indias, donde actualmente se encuentra Argentina, vivía cerca de esta tribu un humilde hombre llamado Nehuen. Este había residido durante toda su infancia en la tribu que acabo de mencionar, pero decidió marchar porque el cacique que gobernaba la villa era muy irrespectuoso y malvado: establecía impuestos muy elevados para así enriquecerse, se adueñaba de las tierras de la gente más modesta y construía allí lujosas viviendas para su propio deleite. Al principio mucha gente protestó por tales actos tan injustos, pero el cacique encarcelaba a todo aquel que osase rebelarse e incluso los mataba. Por este motivo, el pobre Nehuen se marchó del lugar con su mujer y sus hijos. Dos años después de que nuestro hombre abandonara su pueblo natal, en el mes de marzo, decenas de personas invadieron desesperadas la ciudad en la que él vivía. Estaban todos sucios y cubiertos de barro, y con la ropa hecha jirones. Todos estaban llorando y gritando de tristeza e impotencia. La causa había sido que a su tribu la había azotado una terrible tempestad que había inundado la aldea entera y acabado con la vida de cientos de sus habitantes. Entre la turba, Nehuen se topó con un primo suyo, al cual acogió en casa. — Cuéntame, mi querido Auca, ¿qué le ha sucedido al pueblo? —le preguntó esa misma noche. — Todo comenzó hace una semana cuando llegó a la tribu un mendigo que iba pidiendo casa por casa un poco de pan para comer.

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La gente —que después de tantos años de convivir con el cacique acabaron por comportarse del mismo modo—, tan pronto como lo divisaban por la calle, cerraba sus puertas a cal y canto y le gritaba que se marchase. Así por dos días. Cando el cacique se enteró de que semejante individuo estaba pidiendo limosna por sus dominios, ordenó dar con él y matarlo; los guardias buscaron por toda la villa hasta que lo encontraron en las afueras, intentando huir. No tuvieron piedad alguna con él. El tal Auca quedó unos instantes sumido en un profundo silencio. Su primo se acercó a él. — ¿Qué pasó después, primo? Por favor, quiero saberlo. El hombre suspiró, y después de continuar unos segundos callado, continuó: — Esa misma noche, el cielo se comenzó a cubrir de las nubes más negras que había visto en mi vida. Y llovió; llovió como nunca había ocurrido. Cerca de donde los guardias del cacique habían dado muerte al mendigo se formó un pequeño riachuelo, que comenzó a crecer rápidamente. Yo mismo y los demás paisanos, muy asustados con el mal tiempo, rezamos a nuestro Señor Ngueneche para que cuidase de nuestras familias y de nuestras vidas, que detuviese semejante catástrofe. ¡Pero Dios no nos escuchó! Y nuestras lágrimas se abrazaban con la lluvia mientras nuestros corazones se deshacían junto a nuestras chozas de adobe... ¡No encontré a Mamá ni tampoco a Ginés o a sus hijos! El hombre acabó por derrumbarse en los brazos de Nehuen y echarse a llorar. Al día siguiente, varias personas fueron de vuelta al pueblo para ver como había quedado el lugar después del desastre. No había ni una choza en pie, y donde antes vivía toda la tribu ahora se encontraba un enorme lago de aguas tan azules como el mismo cielo. Algunos hombres buscaron por la orilla posibles restos de casas y útiles que poder recuperar, así como los cuerpos de los fallecidos. Se dice que un par de chicos encontraron el cadáver de una mujer a la orilla del lago y que cuando se disponían a recuperarlo, un hombre montado en un tronco de madera putrefacta y deshecha agarró a la difunta y la arrastró hacia el fondo del lago. Los hombres, sorprendidos, vociferaron llenos de ira contra este tercero, que los observó sin expresión. Su rostro estaba pálido y sus ojos blancos como la luz del sol. Los otros dos reconocieron con terror a aquel muerto. Era el malvado y ruin cacique de al tribu que había sido inundada por las lluvias de la tormenta.

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Ambos salieron corriendo despavoridos del lugar y, desde entonces, nadie osa acercarse solo al lago o cuando hay poca visibilidad.

. . .

El viejo Al-Yusuf se irguió de su diván y le dio otra calada a su narguile mientras deleitaba su vista con el tapiz de motivos geométricos, hecho a mano por los nativos mapuches, que había conseguido adquirir en uno de sus recientes viajes a mi Londres natal. — Cuenta la leyenda que el mendigo al que los guardias del cacique mataron era el hijo del mismísimo dios Ngueneche, que había decidido poner a prueba los límites de la maldad del jefe de la tribu. Como éste y muchos otros habitantes se habían mostrado crueles con su hijo, decidió castigarlos con una tempestad inimaginable. Asimismo, Condenó al cacique a vagar eternamente por el lago en busca de aquellos desgraciados que sufren la mala fortuna de morir en sus aguas —dijo. Levanté la vista hacia el cielo, que ya tenía un color naranja pálido, y que se tornaba lentamente en un azul oscuro. Me incorporé y le avisé a mi amigo que ya era tarde y debía volver a casa lo antes posible. Al-Yusuf asintió y me acompañó hasta la puerta. — Y ese es entonces el supuesto origen del Lago Lácar —comenté mientras salía a la calle. — Exactamente. ¡O por lo menos esa es la historia que me contó el caballero que vendía los tapices en el mercado! —respondió antes de prorrumpir en carcajadas.

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(Basado en una antigua leyenda mapuche)


Perdone… ¿tiene por ahí una sonrisa?

Rosa Celiberti

Iré a objetos perdidos a preguntar por mi sonrisa. En las aulas enseñan estafas de sueños que nos enseñan a no soñar. En el gimnasio ejercitan las piernas para huir del corazón. En los pasillos se escuchan los susurros de los niños perdidos. Iré a objetos perdidos a preguntar por sus sonrisas. Aprendemos a rendir culto al miedo con devoción. Iré a objetos perdidos a preguntar por nuestras sonrisas.

Verso roto

Aroa Algaba Granero

Miraba su reflejo en un verso roto. Y se preguntaba quién era aquella mancha imprecisa, de autobiografía abstracta en cada palabra de sus ojos. Parecía que bailaba, en la extraña danza de los puntos suspensivos, al son de “La vie en rose”, pero tarareada a ritmo ofeliano, de ninfa ahogada. Giraba eternamente sobre ella misma, rotación rayada en una búsqueda sin brújula. Y es que no había más norte que su latir desdibujado, incapaz de lanzarse más allá de su órbita circular. Si se inspeccionaba con detenimiento, se podían distinguir los cielos apagados en sus entrañas. Pero nadie se detenía a descubrirlos, pasaban de largo con sus risas estridentes, y a duras penas ella misma era capaz de verlos, con su borrosa miopía ante las capas ocultas bajo su piel.

...

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e

Claudia Grazia

Que mi sistema de planetas alineados no son sino una matriz inversa del útero materno que evoca en transparencia y me hace ser objetora de mi conciencia. m

x SI NO CORRIERA EL TIEMPO

Sólo a tus ojos miran mis ojos de tal modo. Y las miradas, que imaginan posibles historias, mueren en silencio. Dejan el regusto de lo amargo en una lengua seca sin razón para inundarse. Y las manos, saben que han de olvidar; las piernas, miedosas, temen no volver a sentir tus piernas frías bajo el techo de una sábana.

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Álex Bayona


Si no corriera el tiempo, me vendría en silencio a morir, cobijado en tu recuerdo, a la sombra de un almendro en primavera. Sería su almendra en tu boca otro verano. Serían sus flores mis palabras cayendo por otoño (y la lluvia subsiguiente.) Sería su tronco recio dejando la escarcha acoplarse este invierno. Sería tuyo las cuatro estaciones del año si, y sólo si el tiempo no corriera y yo fuera un almendro.

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“Arqueros del alba”

Soneto II

José Ramón Múñiz Álvarez

Un ángel vi de niño en la mirada De aquella anciana dulce y cariñosa, Más bella que la aurora perezosa Cuando apagó su voz de madrugada. En su cabello blanco la nevada Hirió el color luciente de la rosa, Y el pardo de sus ojos hizo hermosa De su mirar la luz, alma hechizada. De niño vi en su rostro la dulzura De aquella vieja a la que, agradecido, Besaba con amor en la mejilla. Su voz hablaba llena de ternura, Amable siempre, en tono suspendido, Mostrando, con amor, su alma sencilla.

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Soneto III

José Ramón Múñiz Álvarez

La orilla alborotó un mar coralino Y el cielo asaltó, puro y despejado, Aquel caballo raudo que, embrujado, Pincel se hizo del aire cristalino. Y hallaste, al avanzar en el camino, Crepúsculos sin voz, un mar dorado, Y pudo descansar, ya fatigado, Tu aliento, firme ayer, hoy peregrino. La noche vino larga y duradera Con el amanecer, robando el día, Su luz, su brillo, toda la hermosura: Mi pecho será luz, y, dondequiera, Habrá de iluminarte cuando, fría, Te aceche, sin pudor, la noche oscura.

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Soneto IV

José Ramón Múñiz Álvarez

No oiréis correr de nuevo el arroyuelo Que, alegre, se lanzaba a su caída, Ni al dulce ruiseñor, cuya venida La bóveda alumbró del alto cielo. Dolores era hermosa como el vuelo Que alcanza las antorchas de la vida, Luciente como el alba que, encendida, Cuajaba en sus cabellos el deshielo. Mi espíritu poblaron las malezas Dejándome en las sombras misteriosas

Para María Dolores Menéndez López.

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YA ERA TARDE

Alex Bayona

Conozco a las personas también por su tabaco más bien por su envoltorio con pliegues arrugas y sin ellos ausentes

conozco a las personas y quiero aprenderlas como una partitura bien interpretada virtuosa en dos por cuatro o en ternarios

conozco a las personas en andante y lento cuando hablan pianissimo y actúan forte in staccato dal segno da capo al coda conocía ciertas cosas pensaba conocía a las personas yo creía y me sorprendió la luna entretenido y tras unas horas efímeras absorto me acordé del desayuno ya era tarde

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La decadencia del lenguaje

J.M. Porro

Soy un gran seguidor de todos esos programas de tertulias y debates políticos, oyente de radio como el que más y lector voraz de periódicos. Uno no puede sino deprimirse cuando observa lo que han hecho los personajes públicos con la oratoria. La oratoria es, como se define tradicionalmente, la ejecución práctica del discurso o el arte de la elocuencia. Tras de él, suele haber un trabajo retórico, que son las técnicas y normas teóricas que buscan el comunicar bien (no solo correctamente) y persuadir. Para los antiguos era un ejercicio de suma importancia. En Grecia, en época de la Democracia Radical, los ciudadanos tenían que defenderse ellos mismos en los juicios (a veces con ayuda de logógrafos profesionales) y podían participar en las órganos políticos deliberativos. En Roma, durante especialmente el periodo de la República, son muchos los personajes ilustres considerados ejemplos del “ars bene dicendi”, como Marco Antonio Orator (abuelo del Marco Antonio triunviro), Cicerón o Licinio Craso Orator (tampoco confundir con el triunviro). Pero no vamos a pensar que solo hay grandes oradores en la Antigüedad. En época más reciente tenemos ejemplos como Churchill, Azaña o en los últimos años Obama, cuyo logógrafo usa técnicas clásicas de producción del discurso. Sin embargo, hay que decirlo, el 90% o más de las producciones oratorias que actualmente hacen nuestros políticos sobre todo, pero también otros personajes públicos, son realmente pésimas. Podemos preguntarnos por qué actualmente tenemos que escuchar verdaderas abominaciones oratorias de parte de gente que se supone que está preparada para hablar bien en público. Creo, personalmente, que gran culpa de ello es de los medios de comunicación. Hace siglos en la asamblea los ciudadanos griegos o romanos estaban horas escuchando al Demóstenes o al Cicerón de turno, o los ingleses de los 40 pegados varias horas a la radio escuchando a su Primer Ministro.

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En cambio, actualmente, hay que resumir quince horas de Debate del Estado de la Nación o cuatro horas de Sesión de Control del Gobierno en un minuto para los Telediarios. Porque sí, salvo raras excepciones de gente que decide tragarse horas y horas de discursos, réplicas y contrarréplicas en televisión y radio, normalmente el mayor contacto que tiene la gente con el Congreso de los Diputados son esos pocos minutos de los noticiarios. Y los políticos lo saben. ¿Qué consecuencias tiene? Que la mayor parte del discurso sea de una ejecución árida, una presentación de datos carente de interés para nadie (porque los políticos conocen ya esos datos y los ciudadanos probablemente no vean entero el debate), salpicado con supuestas frases ingeniosas, diatribas y ataques al contrario que hacen que la bancada del orador se levante a aplaudir mientras la del que recibe el ataque abuchea o en ocasiones insulta. Y ahí, señores, tenemos el minuto de telediario, así que ¿para qué nos vamos a esforzar en hablar mejor durante cinco horas, pudiendo hacer la gracieta de dos minutos? Pero tampoco vamos echar toda la culpa a los medios de comunicación. Muchas veces son los propios políticos los que dejan ver, sin motivos de limitación temporal, sus carencias. En ocasiones intentan llegar a un tono elevado con sus menciones a frases de escritores, políticos antiguos o grandes obras de la literatura, soltando una detrás de otra, normalmente sin conexión con el argumento. Como diría el otro: “fin de la cita”. Otras veces dan tales patadas a la lengua, que Nebrija se revuelve en su tumba. Hace poco leía en Twitter que había gente que apostaba a ver cuántas veces decían en un debate –ao en lugar de –ado: el “diputao”, “demasiao”, “dejao”... Hay mal uso de los artículos y los géneros, como “el terrible hambre”; dequeísmos y queísmos, selección casi aleatoria en ocasiones de tiempos verbales y así un largo repertorio. Una víctima recurrente en las ejecuciones oratorias es el latín, con los “a grosso modo” (que hasta el Word me lo corrige de lo horrendo que es), “de motu propio” (idem) o recientemente “delenda est Mariano Rajoy”, político al que le han salido tetas y que se ha convertido en la primera presidenta de España. Si Catón levantara la cabeza… Pero da igual, lo importante es que Rajoy, Rubalcaba, quien sea, hizo una gracia que dejó en ridículo al otro y el otro respondió intentando devolverle el golpe en un circo mediático vomitivo.

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Por último, hay que decir que se dedican entre todos los personajes públicos (no solo políticos) y periodistas a crear un nuevo corpus léxico que de nuevo repercute en ese supuesto tono elevado que lleva a ridículos espantosos. El otro día veía a un actualmente célebre ya desde hace poco exmagistrado que decía que él tenía el mérito de haber “reaperturado” un caso, participio del verbo de la primera conjugación “reaperturar”… Y se queda tan tranquilo. Sabemos que ya no hay “problemas” sino “problemáticas” (palabra que existe, pero de cuyo uso se abusa) o personas “influenciadas” por otras y no “influidas”. Pero da igual, el minuto de Telediario o el titular del periódico ya está servido con las ocurrencias de unos y otros, que al fin y al cabo es lo que la mayoría de la gente ve. Y así, con esto y otras muchas cosas, mataron a la oratoria.

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El camino del Cid

Antonio J.R.L.

Cuando pensamos en literatura española, cada persona, dentro de sus preferencias, escogerá el libro que más le haya gustado, más le haya impactado,… Pero si perfilamos un poco y nos centramos en la épica española, es posible que la mayoría pusieran su mano sobre la cubierta del Poema de Mio Cid. El Poema de Mio Cid es la opera prima de la literatura española ya que es la primera en ser escrita en esta lengua romance. Además es el único cantar épico extenso conservado casi al completo de nuestra tradición literaria. Aunque están perdidas la primera hoja y dos intermedias, estas lagunas han sido completadas a posteriori utilizando antiguas prosificaciones cronísticas. El título que ahora se le acuña no es el original, aunque por los versos “Aquis conpieça la gesta del mio Çid el de Bivar…”(1085, comienzo del Cantar II) y “Las coplas deste cantar aquis van acabando” (2276, casi final del Cantar II) nos inclinan a pensar que esta obra pudo titularse “El Cantar del Mio Cid” o “La Gesta de Mio Cid” [hay que recordar que la división interna en tres cantares la acuño Menéndez Pidal en 1913]. Este poema llegó a nosotros de la mano de un manuscrito en el que un copista llamado Per Abbat transcribió la obra completa. En su firma al final [últimos dos versos] podemos observar la fecha en la que acabó de escribirlo, lo que nos ayuda a datarlo: 1245 de la Edad Hispánica [en siglo XIII aún estaba vigente el calendario que iniciaba la cuenta en el año 38 a.C., siendo entonces cuando los romanos pacificaron por completo la península] y 1207 de la Edad de Cristo [calendario actual]. Sigue habiendo dudas acerca de la autoría del mismo y aunque llegó a pensarse en el abad como escritor, en la actualidad encontramos acuñados los libros con el anonimato siendo esta la postura más aceptada.

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Una de las características más reconocidas de esta obra es la verosimilitud que presenta frente a los cantares de gesta franceses y alemanes repletos de elementos sobrenaturales. La obra se centra en la persona de Rodrigo Díaz de Vivar, figura importante en la Reconquista, que fue capaz de conquistar el levante con su propia mesnada. Este personaje rompe por completo el ideal épico: es calmado, inteligente, erra golpes y es descabalgado,… Estos datos hace que el poema se considere un significativo archivo histórico de la época, aunque sus exaltaciones hagan de sus testimonios algo subjetivo. La minuciosidad de las descripciones abre la posibilidad de que el autor fuera un hombre con acceso a escritos históricos, pero la idea fue desechada al conocer el gran entramado de literatura oral con la que se pudo documentar. El tema central de la obra es la recuperación del honor por parte del Cid, el cual ha sido desterrado por el rey Alfonso VI, a esta trama se le suma con posterioridad el casamiento de sus hijas con los infantes de Carrión, la vejación que sufren estas en sus manos y el juicio con el que se finaliza la obra. Esta división temática facilitó que Menéndez Pidel hiciera la división en cantares que conocemos a día de hoy: Cantar I (en el que se narra el destierro del héroe), Cantar II (en el que se narra el perdón del rey y el casamiento de las hijas del Cid con los infantes de Carrión) y por último el Cantar III (dónde se relata la vejación sufrida por la hijas del Cid, el juicio con duelo y las nuevas bodas con los infantes de Navarra y Aragón).

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Los versos del poema están divididos en hemistiquios por una cesura. Esto facilita su memorización y oralidad, lo que acerca el pensamiento de que esta obra antes de recogerse por escrito, fue narrada por algún juglar por las ciudades. A diferencia de los cantares franceses, en los cuales los hemistiquios coincidían en número de sílabas, los españoles presentan anisosilabismo, es decir, los versos son irregulares en la métrica variando entre las diez y las veinte sílabas. Al igual que con “El Quijote”, el temor popular a acercarse a un texto tan complejo se ha resuelto con el estreno de varias películas y series basadas en la historia, que a día de hoy ha facilitado el acercamiento de estas obras a un público mayor, principalmente al público infantil.

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Revista ©Anayita #3 Mayo 2014  
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